En el Zoológico y otros Cuentos - Guillermo Fernández

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En el Zoológico y otros Cuentos (Antología)

Guillermo Fernández http://signoroto.blogspot.com/

Índice

En el Zoológico Camino de Estelas Miradas Hagamos un Ángel De Suicidios y Fraternidades Plasticomanía Menelao y la Reina

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EN EL ZOOLÓGICO

El autobús se detuvo. Un hombre asomó pidiendo al chofer que lo dejara viajar gratis. Tal vez era su conocido. Nadie lo supo. El hombre se subió con timidez y se sentó en uno de los primeros asientos. Su cabello le caía sobre los hombros. Llevaba la ropa más desaliñada que había visto. En su mano derecha traía dos zapatillas de mujer. La madre y su hija que lo observaron con curiosidad estaban detrás del tipo. La niña sonrió con burla y la madre le indicó que se tranquilizara. Yo no había visto cuál era la causa de su agitación, hasta que me levanté un poco y observé que el hombre había puesto las zapatillas sobre el asiento de su lado. Este las contemplaba y parecía inquieto. La acción era graciosa y había que hacer un esfuerzo para no reírse a carcajadas. Había pocos pasajeros en el autobús. A través de las ventanillas, las calles se veían húmedas por las recientes lluvias. El chofer se incorporaba, a intervalos, para limpiar el vidrio con el dorso de su mano, no contento con la acción de la escobilla. La niña y su madre no cesaban de observar al hombre. Y yo también me uní a ellas. Era la cosa más terriblemente carnavalesca del mundo. Me recordó algo así como a Charlie Chaplin y a los hermanos Marx. El hombre se mostraba muy cuidadoso con las zapatillas, cada vez que el autobús frenaba y estas se querían salir del asiento. Intrigado por su conducta, me senté en la fila de asientos de al lado y, decidido a llevarme su secreto, le pregunté: —Bonitas zapatillas, ¿eh? 3

La pregunta hizo que la niña mirase a su madre con total enfado. Quizá le trataba de expresar que al loco se le había unido otro loco. La madre le ofreció un visaje de asentimiento. El tipo me vio con desprecio. Si había parecido humilde al principio era solo para viajar gratis. —¿Perdón? –me lanzó–. —Las zapatillas, hombre –insistí–. Me gustan mucho. ¿Las vende, acaso? El hombre se inclinó hacia mí y me recalcó, en tono de confidencia, para que nadie oyera más que yo: —Sé que mi actitud es poco convencional, pero aunque usted no lo crea, estas zapatillas están sobre los regazos de mi novia. —¿Es invisible? ¿Cómo iba yo a saberlo? –proferí sarcástico. —No es su culpa. Pero no se haga el listo tampoco. Respete los asuntos de los demás. Si nadie me va a detener por un hecho como este, ríase cuanto quiera. Arrebatado por el coloquio del orate, ordené mis suspicacias. —Perdóneme. —De acuerdo. No se aflija. Déjeme solo explicarle que a ella le gusta caminar desnuda, pero jamás deja sus zapatillas. ¿Cómo habría de pasear sin ellas? Mi novia puede andar descalza, pero la lluvia congela el pavimento. La absurda sinceridad pareció aumentar la tragedia del hombre. Creí que lo mejor era seguirle la corriente. —¿Viaja a San José? —Sí. 4

—¿Va de paseo? —Sí. Sí. Mi nombre es Horacio. —El mío es Francisco. —Entonces le digo Chico. —Como quiera. Y dígame, Horacio, ¿adónde va usted? Disculpe la pregunta. —Hágala, señor. Usted no me cae tan mal. Ya sé que es una locura andar así con unas zapatillas. No crea que esto liga con mi personalidad. Puedo ser bastante lógico, pero cuando mi novia quiere pasear me veo obligado a salir en estas condiciones. A ella no le interesa la gente. —Es un hecho, Horacio. —A ella le interesa romper los esquemas. Por eso es invisible. Nada de carne por aquí, nada de carne por allá. Solo viento acariciante. En cuanto a ser vanidosa, es igual a todas las mujeres. Hoy vamos al zoológico. Le gustan los animales. Su preferido es una lapa de colores tan vistosos que parece vestida para un carnaval. —¿Entonces se queda en el centro? Mi pregunta tenía una doble intención: saber dónde se vería Horacio forzado a poner las zapatillas en el suelo para que su novia se las ajustara y verlo después a los ojos, ante la completa imposibilidad, para conocer la reacción de un loco en dificultades. —Sí, señor. Nos bajamos en el centro. Aunque me sentí malvado, no podía vencer el deseo de ver a Horacio una vez que pusiera las zapatillas en el suelo. Era, claro está, la perversidad que desarrollamos los cuerdos ante los lunáticos. Un deseo de destruirles sus castillos y de hacerlos sentir miserables. —Mal tiempo para pasear, Horacio... –susurré, levantando una de mis palmas, y mostrándole el alrededor. 5

—No crea, Chico, para mi novia no hay un tiempo malo. Cuando llegue al parque Bolívar, aunque llueva, se sentirá feliz. Me gustaría que usted estuviera presente. —Ah, sí... sí... —Lo digo en serio, señor. La invitación de Horacio me confundió. Su calibre de loco seguro me irritaba. —Los acompañaré –exclamé firme. —Gracias. —¿Por qué, gracias? —Porque hay poca gente como usted. Gente que quiera pruebas de esta verdad. Gente que desea ver lo invisible y encantarse con una promesa. Horacio hizo un gesto como si alguien a su lado le hablara y prosiguió: —Mi novia desde ahora dice que le tiene respeto. Había guardado silencio al considerar que usted fuera una persona vulgar y despreciable. Ella entiende que no es así. —Dígale que se lo agradezco. —No es necesario. Ha profundizado su corazón y está convencida de que usted es incapaz de hacerme daño a mí o a ella. Está invitado, como le dije, para que nos acompañe al parque. Quizás hasta pueda observar de ella algunos detalles que solo me consagra a mí. —¿Detalles? —Sí. Debo decirle que ella no siempre es tan invisible. En algunas ocasiones es tan solo vaporosa. Una bruma que se contonea. Y créame una cosa: cuando 6

estimulada por la simpatía adquiere esta forma extraña, uno realmente se siente feliz. No hay nada que pueda comparársele... El autobús llegó en un momento inesperado al centro de San José. No había percibido, por la conversación de Horacio, que la capital estaba soleada. No se veían huellas de ninguna lluvia. Más bien hacía calor. Horacio me hizo un gesto de que lo siguiera cuando se levantó del asiento. Por un instante me percaté de que me había excedido. Más insidiosa fue la curiosidad. —¡Sígame, Chico, sígame! –me urgía. Atrás quedaron la niña y la madre viéndonos ingresar en la multitud. No sabían si olvidarnos o también seguirnos. Había mucha gente en las calles. Horacio tenía que hacer malabares entre los cuerpos para ser congruente con su prisa. De vez en cuando se volvía para mirarme, como si todavía guardara dudas sobre mí. Las zapatillas las llevaba en su mano derecha igual que un portafolios. Consideré en ese momento que había llegado la hora para que Horacio las colocara sobre la acera, y se mostrase a sí mismo, y ante un hombre normal, que nadie habría de calzárselas. —Horacio, espere un momento –le ordené–. ¿Y su novia no se va a poner las zapatillas? —Claro que no, Chico. Con este sol jamás inventaría algo así. Solo cuando hay humedad en las calles... recuerde... Había olvidado el detalle y observé el reloj. Todavía contaba con quince minutos antes de llegar al trabajo. No sabía por qué me hervía tanto deseo para que Horacio entendiera la verdad de su propia farsa. Enardecido, como mi acompañante, adopté un paso rápido. Quería que el asunto terminara lo antes posible. En algún momento le recomendé que tomáramos un taxi, pero el hombre declinó la oferta. —A mi novia le gusta este ritmo –dijo–. Y en efecto Horacio caminaba veloz, pero con suma delicadeza. Quizás como un gato se escabulle sobre un muro. En el 7

Parque España, volvió a cerciorarse de que yo viniera detrás de él y mientras atendía el semáforo en la esquina del Instituto de Seguros, movió sus piernas igual a un corredor en la línea de salida. Cuando llegamos al parque Bolívar, el sudor me corría por la frente. Por más que hacía el esfuerzo de limpiarme el sudor con un pañuelo, volvían a salirme más y más gotas. En la ventanilla pagué las dos entradas y penetramos en un parque casi solitario. El león y el tigre estaban dormidos. Como no habían hecho la limpieza había un olor insoportable. Solo los gansos parecían realmente animosos. —Bien, bien, Horacio. Es hora de que me vaya –le exclamé con angustia. Finalmente, no quería seguir adelante e iba a llegar tarde al trabajo. —No se va a arrepentir –me prometió, mientras me hacía giros con la cabeza para que lo terminara de seguir. Llegados ante unas jaulas donde jugaban unas lapas pintonas y alegres, el hombre me guiñó un ojo. Al cabo de unos segundos me susurró: —La siente. Sentí realmente como si alguien estuviera al lado de Horacio, pero todo era debido a su fanática obsesión. —Sí, claro. —Da vueltas y vueltas en torno a nosotros. Está bailando para las lapas, Chico. Es algo que usted no puede dejar de sentir. ¡Siéntalo, señor, siéntalo! Las dos manos del hombre tomaron mi hombro y me estremecí de un lado a otro. —Esto lo hace porque ve las lapas. Si estuviera ante el león no haría algo así. Ella no baila para seres carnívoros, sino para criaturas volátiles. Criaturas que comprenden su maravilloso poder.

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—Es hora de que me vaya –le reiteré mirando mi reloj y convencido de que era imposible modificar el mundo de Horacio. Al oír esto, el alucinado se dobló como si alguien lo hubiera atraído para confesarle algo. Sus ojos se cerraban y se abrían como si lo escuchado fuera terrible. —Aún no, Chico, debo hacerle una declaración. Horacio se me quedó viendo con el semblante totalmente cambiado. Creí ver que sus manos temblaban. Detrás de nosotros se oía el chillido de los monos y los graznidos de las lapas verdes. De vez en cuando se oía algún otro grito indefinible. —Lo que voy a decirle es bastante duro para mí... Cuando terminó la frase incluso las lapas simularon expectación. —Ahora sé que no debí haberlo invitado a venir, Chico. Creo que ella lo prefiere a usted. —¿Qué cosa? —Debí haberlo sospechado. Por algo me pidió que lo trajera. Esto es el fin para mí, pero el comienzo para usted. —No tome esto en serio, Horacio –le espeté palmoteando su espalda. —No me consuele. Esto le sucede a todo el mundo. Pero consideré que a mí no me iba a pasar. Era tan difícil que alguien más penetrara sus sentimientos. Déjeme decirle que desde este momento la he perdido. Aquí dejo sus zapatillas por si llueve más tarde. Cuando dijo esto se aseguró, volteando la palma de su mano, de que no hubiera tan solo un poco de llovizna. Tranquilo al reconocer que había suficiente sol, dispuso con cuidado las zapatillas sobre el césped. Las miró adolorido. Después siguió:

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—Me voy feliz de que un hombre con su corazón la haya enamorado en tan corto tiempo. Es algo imposible de creer... –Horacio se frotó la cara con una de sus manos–. ¡Yo tuve que cortejarla durante meses! No sabe lo que significa para un hombre como yo, sin estatus, famélico y torpe, atreverse a hablarle a una mujer como ella. —No creo que sea el fin –lo amonesté preocupado. —No sabe lo que dice. Ahora usted tendrá que complacerla. En el momento en que yo abandone este parque, usted se hará cargo de mi ex novia. Paseará cuando ella se lo indique. Llevará sus zapatillas por si cae un chaparrón. Con los días oirá sus primeras palabras. Palabras como ecos o tañidos de campana. Y usted se dirá a sí mismo que su voz no le concierne. Un día cualquiera lo llamará por su nombre. Le pedirá palabras amorosas los días en que usted no puede pronunciar ni siquiera palabras de odio. Le exigirá que la mire bailar sin que pueda saber cómo lo hace. Usted le afirmará que su danza es más bella que el sol. Ella soplará en sus oídos. Usted le dirá que sus manos son más frías que la lluvia o que su cabello se mueve como las hojas. Ella le imprimirá durante la noche una uña en su pecho o, cuando menos lo imagine, lo punzará con su pezón vegetal en la mañana para que despierte. ¡No hay sensación más encadenante! ¡Lo sabrá! ¡Usted no tiene armas contra eso! Cuando se le aparezca como un vapor, Chico, usted se considerará feliz. Creerá que atrapa una figura para mostrarse ante usted, y que moldeará sus brazos y muslos. Por un momento verá unos labios o un vientre atardecido. Usted pensará que al fin se le ofrece. Sin embargo, ella le susurrará promesas tan extrañas y anhelos tan hondos que usted postergará todo por oírla de nuevo. Cuando usted considere que la carne es accesoria, que los besos apasionados son asuntos de otros, usted habrá enloquecido, señor. Me voy contento porque me libro de una mujer que lo angustiará de una forma desconocida. ¡Usted no sabía lo que era sufrir hasta ahora!

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Al terminar Horacio me estrechó las manos y se alejó corriendo. Las lapas me miraban como señoras que han escuchado una confesión magnífica y aguardaban mi respuesta. Yo di una vuelta sobre mí mismo, mirando la amplitud modesta del parque. Ningún animal emitía sonido alguno. Miré los zapatillas de mujer sobre el césped y quise llamar a Horacio, pero el hombre ya se veía demasiado lejos. Hice un gesto de adiós a las zapatillas. Sonreí. Pensé que llegaría tarde. “No importa, me dije, casi nunca me sucede.” Me volteé para marcharme como lo hizo Horacio, pero no pude. Algo había ocurrido en tan solo unos cuantos segundos. Tuve la impresión de que si abandonaba las zapatillas, era posible que después lloviera, ¿cómo, entonces, habría de caminar ella conmigo, sobre tanta humedad?

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CAMINO DE ESTELAS Para Eliécer Chavarría

A medida que pasaron los años, sin embargo, se fue haciendo indiferente al reclamo de las tierras exóticas. Se vio a sí mismo inmerso en la extraña y embarazosa situación común a todos los marinos: no pertenecía, en última instancia, ni a la tierra ni al mar. El marino que perdió la gracia del mar, YUKIO MISHIMA

Recomendado por un amigo, acepté un trabajo de mecanógrafo en el periódico Excélsior. No había olvidado que el 26 de diciembre de 1972, fecha de mi cumpleaños, había salido del puerto de Golfito –luego de recibir un cable de Miami firmado por el señor Onorati, General Manager de la Wesfruco–, con destino a Puerto Barrios, Guatemala, donde me embarcaría en el Lord Frontenac, construido, como todos los barcos de la compañía, en Francia. La flotilla constaba de 10 barcos y casi todos eran lores: Lord Niágara, Lord Deepe, Lord Frontenac... Eventos como este se mantuvieron nítidos en mis primeros días como funcionario del periódico. Mis compañeros de trabajo me ayudaban a guardar una memoria de mis travesías por mar, debido a que constantemente me preguntaban sobre ellas. Me gustó contarles anécdotas, a la hora del café o en los interludios de los almuerzos: Fue una gran sorpresa –les decía– que el mismo día del primer embarque no hubiera radiotelegrafista en el Lord Frontenac, pues el anterior a mí se había peleado con el capitán Rioja, no habiéndome esperado para explicarme los ajustes de los transmisores, receptores y muchos aparatos más. Yo mismo traté de conocer el manejo de estos y, después de tres horas, ya estaba recibiendo el primer reporte del tiempo. La mayoría de la gente mira la televisión y acepta más el maquillaje que la experiencia verdadera –les aseguraba–. En el rostro de los náufragos hay una transfiguración que solo puede verse en el momento del rescate. Cuando nuestra nave salvó a tres marinos, únicos sobrevivientes de un barco que transportaba 12

hierro, habían pasado tres días asidos a una balsa, con todo en su contra. Había uno de ellos que tenía una pierna herida. No solo era el hambre, la sed y el sol lo que los venía matando, sino el hecho de que los tiburones andaban cerca. La huella de todas las adversidades estaba impresa en sus rostros. A pesar del naufragio, la destrucción y las necesidades insoportables inspiraban el respeto de quienes han traspasado el nivel... El hecho de contar mis experiencias en los barcos mercantes me producía, al principio, el sentimiento de ser diferente. Consideraba limitados a mis prójimos porque jamás habían navegado en barcos en los que yo había sido tripulante. Era una consideración que, con el transcurso de los meses, me tuve a mí mismo porque mi trabajo en Excélsior se volvía monocorde. Mis dedos eran hábiles con las viejas máquinas composser y desarrollé una velocidad digna de verse. Esta labor podía ser buena para sobrevivir; pero nunca se ajustó a mi temperamento. No tenía previsto que mi nueva ocupación, las constantes demandas de mi señora y la formación del hábito, cada día más enraizado en mi rutina, de ver levantarse a mis hijas, acariciarlas, llevarlas a jugar los domingos, estar cerca cuando lloraban, irían alejándome de la idea del mar. Sin embargo, uno puede apartar una inclinación por una larga temporada. Lo más probable es que, cualquier día, nos den ganas de llorar sin razón o de ponernos iracundos con quien nos hace una pregunta inocua. Entonces ocurrió lo predecible. Mis compañeros de trabajo dejaron de escrutarme sobre mis peripecias en altamar. Me transformé en un obrero como todos. Mi mujer guardó mis fotos de oficial en álbumes sellados: —¿Dónde están las fotos? Vladimir quiere verlas... –le pregunté a mi esposa una noche que invité a un compañero nuevo a mi casa. Ella me respondió, apenas asomándose por el vano de la puerta: —Están en el álbum verde, pero tiene llave. Creo que vos la perdiste. El mundo en sí quería borrar todas las pistas de cuando era oficial y me extraviaba toda relación con mis días oceánicos. Empecé a sentirme realmente denso. Engordé mucho en esos días porque me puse demasiado ansioso. 13

Cierto día mi primo Vicente me detuvo en una calle y me preguntó cuál había sido mi mejor experiencia como marino. La pregunta me obligó a recordar minucias de mis travesías. Fue cuando se me vinieron de golpe, como un árbol iluminado, la visión de muchas ciudades y gentes. “Sí, sí –le respondí–. Una Navidad, en Nueva Orleans, fuimos invitados a pasar en las casas de una misión de marinos. Se nos dio una acogida maravillosa. Hubo licor, baile y una cena espléndida. Al día siguiente nos llevaron a conocer unas playas. Esta es una magnífica costumbre que existe en Estados Unidos y en Europa, y me afirmó la noción de que hay amigos para los viajeros en todo el universo. Es difícil explicar que gente extraña te acoja en su hogar y que te sirva de su propia mesa. Lo mismo ocurre cuando viajás con hombres de distintas nacionalidades y tenés que aprender algo de ellos para comunicarte. Un poco de griego, de inglés, de alemán, de ruso. Al principio se deben decir las peores palabras de todos los idiomas para que te tomen respeto. Esas son las primeras palabras, también, que aprenden los niños y que, entre marinos, es necesario conocer para que te traten como en familia.” La respuesta que di la hice desde el corazón. Solo después de unas horas, mientras hacía reparaciones en el techo de mi casa, me reproché a mí mismo haber dado una respuesta a Vicente, que tal vez no era la real. “No se puede hacer una discriminación –le debí haber explicado–, al menos no por ahora.” Y hubiera sido mejor dicha otra respuesta porque la Navidad en Nueva Orleans solo fue uno de tantos encuentros dignos de ser recordados. Angustiado por el trabajo mecánico de Excélsior y los recuerdos de horizontes y ciudades que ocasionó la pregunta de Vicente, quizás atraje que la compañía naviera donde trabajé me llamara de nuevo; al no aceptar, porque también estaba a gusto con mi mujer y mis hijas, me ofrecieron honorarios más altos. Posiblemente el motivo económico me relanzó a la navegación. Era un hecho que la familia me haría falta. Analicé que el aumento en el salario era una excusa entendible a medias por mi esposa: en verdad, quería ejercer como oficial radiotelegrafista y, ahora, en el Lord Niágara.

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Como mi esposa tenía tres meses de embarazo acepté el puesto por un año. Volvía cada mes a Puerto Limón. Estando de vacaciones fui llamado por la compañía suiza Swiss Outremer, a la que envié mi currículum siendo oficial de la Wesfruco, pues pagaban más. Un radiotelegrafista suizo del barco Cabalino me había hecho la conexión. Ingresé, para empezar, haciéndole las vacaciones al radiotelegrafista del barco Favorita, un barco bananero que más bien parecía un crucero. Una nave modernísima. Gracias a esta prueba, me contrataron para el barco Cassarate, donde fui testigo de la disciplina alemana. Cuando el capitán Ladewig quería jugar conmigo master mind, me gritaba con su vozarrón: Funker, Funker. Mientras jugábamos bebíamos cervezas como Becks o Kool. El asunto de la disciplina tenía sus fisuras. La tripulación se ordena para navegar y cumplir con las misiones, pero el mar produce efectos en los hombres contrarios a los de una rígida conducta. Quizás lo que me gustaba de los barcos era eso: reírme de la jerarquía una vez que se llegaba a los puertos. Confabularme con mis amigos. Bañarme con las auras de los meridianos. Experimentar en el rostro la influencia de una mañana desde el suelo de nuevas geografías, urbes, aguas. Si en el mar convergen los grandes ríos como el Amazonas, el Nilo, el Orinoco, el Mississippi, en los puertos suelen confluir todas las etnias. Allí la sangre de todo el mundo se da la mano, o, por lo menos, se mezcla ardorosamente. En los puertos del mundo no hay un etnia en particular sino un solo cuerpo de músicas, historias, risas, peleas, neblinas, huracanes, borracheras, naves, mercancías, dineros, hoteles, pitazos, escaparates, tripulaciones, desnudos, vagos, tatuajes. Y cuando se llega a estos se pierden las líneas de la corporeidad propia. No se es más que un tizón agitado en la marejada ígnea que los incendia durante las noches y los vuelve a edificar en el amanecer. Esta era la emoción que había perdido y a la que deseaba volver una y otra vez. Era, también, la emoción buscada por los demás marinos. El comercio nos suplía de naves maravillosas, de 16 a 18 nudos de velocidad, que nos llevaban en días tan solo a ciudades como Ciudad del Cabo y sus zoológicos; East London y sus astilleros enormes; Hamburgo y su estruendosa avenida de San Paulis; Liverpoll y sus autobuses de dos pisos. 15

Quienes recibían el importe de las jugosas ventas de banano no sabían que ellos trabajaban para nosotros de alguna manera. Desde las agencias costeras nos mandaban mensajes para que pudiéramos sortear las devastaciones de los huracanes. No tenían la intención definida de dotarnos con rumbos hermosos y claros bajo el sol para que nos solazáramos ni creo que en los puertos internacionales se ocupasen de construir las guaridas del placer. Claro que no. Nadie trabaja gratuitamente para el esparcimiento de los otros. Pero podíamos pensarlo en algún momento. Podíamos pensar que las populosas ciudades costeras, una vez embarcados, desaparecían con la bruma. Ningún puerto era una realidad en sí misma, sino una aspiración, un anhelo. Transcurridos tres años de mi segundo embarque volví con mi esposa y mis hijos. Me reincorporé al periódico Excélsior y me fui especializando en la corrección de pruebas, labor que realicé luego para otros periódicos. Esta vez la decisión fue rotunda. Los hijos habían crecido. Ellos comienzan a enredarte con argumentos. Y tuve que defenderme contra los cables que reiteraban sus invitaciones para que me embarcara por tercera vez. Los colocaba sobre la mesa y solía mirarlos como se mira un arma. Si me dejaba llevar por la invitación me convertía en asesino del hombre que estaba tratando de construir. No es extraño tocar tierra, para el que ha navegado, y sentirse impropio. Sediento de algo que no es agua. Y andar con la sensación de estar siendo reclamado por el horizonte. Por el confín. Es algo que se debe superar con el tiempo. Estimé que el trabajo en el periódico me produciría desgaste. Y no digo desgaste del cuerpo físico sino de aquel otro que se había estado formando bajo mi piel, y que era el cuerpo del viaje, el nostálgico viajero pertrechado en mí. Con los años me hice maratonista de éxito. Gané trofeos. Entrenaba muy de mañana para próximas competencias. De la embriaguez por las montañas de aguas de sal, pasé a la borrachera por los campos de hierba y las autopistas ardientes. Sudé hasta la última gota la amplitud del mar por mí conocido. Mis pies habían desarrollado una cualidad imprevista (aunque siempre fui gran jugador de futbol), porque deseaba pisar la tierra, de modo tan insistente, como para no alejarme nunca más de su orilla. Ningún heraldo de mar tocó, entonces, a mi puerta. Los cables desaparecieron como por un acto de magia. Y me convertí en un corrector quisquilloso de 16

esquelas para defunciones. Por mis ojos desfilaron los nombres de miles de muertos. “Hoy hay un muerto importante, Chava –me decía el coordinador de anuncios para el departamento de filmación–. ¡Preparáte para la cosecha de esquelas!” Y en verdad, la cosecha de muertos es la única que no falla. Las esquelas nunca faltan en las páginas de obituarios de los periódicos. Vi nombres renombrados y otros apenas conocidos. Nombres que el río de la muerte envuelve en sus aguas y los devuelve al océano de lo innombrable, donde nadie es Pedro ni María, donde nadie lleva ni siquiera el recuerdo de lo que vivió porque todo se disipa como la cola del cometa en los cielos. Siempre guardé, aun así, muy en lo profundo, el ansia de reembarcarme. Cultivé esa esperanza porque la juventud nos convence de que está demasiado a gusto en nosotros. El día que se escabulle por una ventana, sabemos que no hay vuelta atrás. En 1998, mientras hacía mi trabajo frente a mi computador apple, apareció la siguiente esquela: LOS RADIOTELEGRAFISTAS DEL MUNDO Y ELIÉCER CHAVARRÍA LAMENTAN EL FALLECIMIENTO DE LA CLAVE Morse SUS FUNERALES SE EFECTUARÁN SOBRE LAS AGUAS DE LOS OCÉANOS. DESPUÉS HABRÁ COMPETENCIA DE FRAGATAS Y BEBETORIA GRATUITA PARA TODOS LOS DOLIENTES.

Se trataba de una broma hecha por mis compañeros de trabajo. Y como ya sabía la noticia de la descontinuación de la clave Morse, me reí con ellos de la astucia. No entenderían jamás, ¡oh desgraciados!, que, aunque lejano, mantenía un anhelo. Y que la esquela representaba el adiós de un oficio y su transformación en historia. La desventurada noticia me instigó una nostalgia por varios días. Y recordé la vez que mi primo Vicente me había detenido para preguntarme sobre cuál había 17

sido mi más hermosa experiencia en altamar. Reflexioné, también, sobre mi respuesta y la insatisfacción que me produjo. Una noche, necesitando ofrecerle otra versión a mi primo, lo llamé a su casa, aunque tenía años de no verlo. El hombre se sorprendió sobremanera cuando me oyó tratando de explicarme. —¿Respuesta de qué, Chava? –me preguntó. —Hace 19 años me interpelaste sobre la mejor experiencia que había vivido en altamar. —¿Ah, sí? —Pues te narré algo que no era cierto. Mirá, la noche navideña en Nueva Orleans fue muy bella, pero no fue mejor que otras noches. —¿Entonces? —No estaba preparado para decirte, en aquel momento, que el capitán español Jorge Rioja, del barco Lord Frontenac, en uno de mis primeros viajes, hizo algo muy extraño. A principios de mi primer embarque, del puerto de Limón a Nueva York, después que dejamos atrás Cabo Hatteras, y casi por ingresar a Wilmington, Delaware, nos encontramos con una manada de ballenas, muchas con sus ballenatos. Delante de ellas iban docenas de delfines. La tripulación se mantuvo en la cubierta para observar la caravana. Como al capitán Jorge Rioja le pareció muy hermoso, optó por seguirlas durante tres horas. Un cielo límpido cubría el curso del Lord Frontenac y de los cetáceos. El mar fluía como si estuviera risueño. El chapoteo de las ballenas iba dejando una estela espumosa que el Lord Frontenac rompía con su poderoso tajamar; pero en la coincidencia de las estelas de los mamíferos y del barco, se produjo una estela mayor. ¿Cómo pudimos haber permanecido tres horas contemplando a los enormes animales? ¿Qué le sucedió a la mente de Rioja para no respetar su curso hacia Wilmington? ¿Por qué ningún 18

oficial trató de disuadirlo? Creo que fue imposible para nadie optar por no ver el chapoteo de las ballenas. Se levantaban de las aguas y volvían a caer en un juego que nos pareció divino. Para algunos seres el jugar debe ser la cosa más seria. Y para las ballenas el acto de incorporarse de las presiones marítimas, suspenderse en arco unos segundos, no solo era una acción que se hacía con el gozo más absoluto sino con la religiosidad más profunda. Cuando llegamos a Wilmington nos esperaban los problemas. Sobre todo para el capitán. El arribo estaba programado para las cuatro de la tarde y el Lord Frontenac desembarcó en el muelle a las siete de la noche. La demora causó una gran pérdida para la compañía y, en el siguiente viaje, las autoridades de esta nos esperaban en Charleston, Carolina del Sur, y el capitán Rioja fue despedido. —Todo eso está muy bien, Chava –me respondió mi primo–, ¿pero qué hubiera pasado si hubieran seguido el camino de las estelas? A la pregunta de Vicente no pude responder. Me quedé sin argumentos. Tartamudeé tontamente en el auricular. Vinieron días duros para mi salud. Los médicos me indicaron que me despidiera del maratonismo. Las migrañas me atacaban de improviso frente al computador y eso me hacía pasar errores dactilográficos que los jefes me reprochaban con balances económicos. —Don Chava, ¿cuánto lleva usted en el periódico? —17 años, sí, señor... —El médico recomienda un mes de descanso. Y esperamos que se reponga. ¿Verdad, don Chava? —Claro... con mucho gusto...

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Los días marinos se borraron de mis horizontes. Las travesías se transformaron en aventuras que le pasaron a un lejano Eliécer Chavarría. Como hay preguntas cuya falta de respuesta nos puede ir matando con el tiempo, la voz de Vicente, convertida en una voz que lo trascendía a él mismo, era el timbre de un acreedor que martillaba mi cotidianidad. “Sí. Chava. ¿Qué habría pasado si hubieran seguido el camino de las estelas?” Me hice descuidado en mis asuntos. Mientras se precipitaba un aguacero, un vecino me indicó que abriera el paraguas pues lo llevaba en la mano y, aun así, me mojaba. Torpezas de toda clase, como romper el cheque de pago y quedarme con la colilla... Mis evocaciones de la tripulación sobre la proa del Lord Frontenac me pusieron sobre una cuerda de equilibrista. Las analizaba con el propósito de hallar una solución. Maldecía en mi interior a mi primo por haberme formulado una pregunta tan peligrosa. Hay cuestionamientos que no se deben realizar a un hombre: “¿Existe Dios? ¿Para qué se sufre en el mundo?” Sabía que las autoridades que despidieron a Rioja en Charleston, Carolina del Sur, jamás habrían de comprender que el capitán desvió el curso de la nave con un propósito esencial. Negligente hubiera sido su desinterés. Inhumano y estúpido hubiera sido cumplir con el horario, abandonando un instante donde todas las puertas que nos separan entre los hombres, y entre estos y los animales, estaban abiertas y nos unía un inmenso e inocente himno de alegría. Pero la posibilidad de seguir en pos de la manada de ballenas no tenía ningún sentido. ¿Hasta dónde podríamos haber llegado? Un extraño limbo se aposentó en mis actividades y todo parecía haberse estancado. Yo trataba de hacer mis asuntos: trabajar, comer, asistir a mi familia, conducir mi moto por las carreteras; pero, en realidad, comprendía que la pregunta de Vicente me había puesto de nuevo en mi tercer viaje y ahora sobre la tierra sólida. En ese nuevo viaje, el Frontenac se había detenido. Rioja no había dado la orden de volver a puerto. Las ballenas seguían su curso delante de nosotros. El 20

cielo estaba despejado como el ojo de un niño. La brisa era generosa. Hasta el barco tenía vida en su poderosa estructura. Rioja portaba sus binoculares y no se decidía a cambiar de curso. Estaba anonadado. Nos miraba con anhelo. Reía. Era un hombre libre y desnudo. Sin embargo, ahora Rioja era yo. Y no había más que mi presencia sobre la cubierta del barco. Aunque oía las voces de los marinos y rememoraba sus rostros, cada uno de ellos era mi propia forma de sentir y gozar. Inclusive el Frontenac era parte de mi propia sustancia. Antes de consumirme con la indecisión, me dejé llevar por el impulso más hondo. No luché más. Estaba cansado. Un día escuché nítidamente la voz de mi primo dentro de mí: “Sí. Chava. ¿Qué habría pasado si hubieran seguido el camino de las estelas?” Como lo había dado todo a ese impulso interno, me respondí: “Las ballenas tenían un camino fijado, un camino libre, transparente. Los hombres no tenemos vidas propias. Le damos el nombre de aventura a todo lo que nos enerva. Necesitamos un gran estímulo para sentirnos vivos. Potentes licores, desconcertantes luces, párpados invitadores en una ribera soñada. Lo que sentimos ante las ballenas fue la nostalgia del cuerpo impostergable de Dios y tal vez nos quisimos fundir en su curso. No había necesidad de seguir buscando más afanes para justificar el nuevo día. ”¿Qué habría pasado si hubiéramos seguido el camino de las estelas? es una pregunta que solo sirve para arrojar un poco de luz en el sendero donde los hombres nos vamos inclinando, como ramas de árboles viejos. Mantenerla viva en mi corazón debe bastarme. No creo que ha sido formulada para ser respondida. Se trataba solamente de una invitación.”

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MIRADAS

El chofer lo había estado esperando durante treinta minutos y ya casi se había dormido. Cuando se abrió la portezuela se levantó del volante como si lo hubieran hallado en falta. —¡Creí que eras el gerente! Cristóbal se restregó los ojos con desidia y arrancó el auto. La claridad de la mañana era invitadora. Los niños estaban de vacaciones y algunos de ellos se veían con patines jugando en las aceras. En el cielo transitaban aisladas nubes de fulgor tenaz. —Cuando salen de clases es un peligro –reclamó. Valenciano ajustaba la cámara con esmero. También, del fondo de un sobre extraía varias fotos sobre las cuales hacía ceños dubitativos o asentidores. —¡Nos falta una foto! –farfulló. —¿Ah, sí? ¿Solo una? –preguntó Cristóbal sin interés, mientras veía a un grupo de mujeres jóvenes con minisetas que exponían al aire sus ombligos. Hizo una mueca como si jamás hubiera visto algo así. Siempre esas modas picantes. —Sugerí un lugar –murmuró Valenciano–. Creo que tengo la mente en blanco. He hecho posar a tantos viejitos que ya no sé cómo ponerlos. Mirá estas fotos. Valenciano empezó a exhibir sus fotografías mientras Cristóbal las reojeaba con disgusto y trataba de conducir, al mismo tiempo, con prudencia en el bello día. 22

—Ya tenemos a la ancianita con sus matas y su gato preferido. A la pareja nonagenaria de enamorados. Al anciano incansable en el huerto. A la viejita que zurce una camisa... La verdad, ya se me secó el cerebro. El almanaque debe estar listo para dentro de tres días. La agencia desea distribuirlo a la mayor brevedad. —Se habrán cansado de las modelos –reveló Cristóbal para quien el tema de los ancianos era inexplicable. —No, hombre. Es la moda. Mañana volverán a los semidesnudos. Cristóbal tuvo la visión del almanaque del último año. Brenda Berlanga, la mejor modelo del país, había salido posando una variedad de biquinis con bolitas, a rayas, de un solo color, muy breves, mojados por las olas del mar, lujuriantes, falsas hojas. “Deberían haberla presentado ahora en traje de noche. ¡Es que no tienen imaginación!”, pensó. Hasta él podría haber inventado algo mejor sin ser el creativo de la agencia de publicidad. Valenciano proseguía mirando las fotos y no podía decidirse entre unas y otras. —Creo que la anciana del gato es muy convencional, pero tiene que ir. ¿Verdad? Veamos... veamos... Al decir esto arrojó el paquete en una gaveta y se asomó por la ventanilla del pick up. Lanzó una mirada hacia una intersección donde algunos vagabundos y vendedores se apostaban a la par del semáforo. Vio a un anciano bastante singular, barbudo y de una tristeza infinita que alargaba la mano sin que pudiera llegar a nadie. Como se apoyaba sobre un simulacro de bastón, era imposible que se extendiera hacia las ventanillas de los autos. Otros, sin embargo, podían desplazarse de un carro a otro con prontitud. Algunos vendedores ofrecían sus chucherías indescriptibles con toda diplomacia. Un limpiador de parabrisas, con su equipo de limpieza en mano, era el más atento. Nadie se le comparaba en destreza. ¿Dónde había aprendido a inclinarse como un caballero medieval? Valenciano le ordenó al chofer que se orillara. Cristóbal frenó lentamente. 23

—El viejo apoyado en el bastón es mío –promulgó el fotógrafo. No esperando que se detuviese el pick up se arrojó a la carretera y corrió directamente hacia el pordiosero. Cristóbal, que ya estaba harto de andar en busca de ancianos glamorosos o misérrimos, esperó en la cabina. Prendió la radio para escuchar los comentarios deportivos, pero recordó que su equipo había perdido recientemente, y que solo de eso se hablaba. “Que se vaya el entrenador. Con la mitad de lo que gana hasta yo podría sacarlos adelante.” Llevado tal vez por el masoquismo buscó la emisora con ansia. El vozarrón de un comentador deportivo entró en la frecuencia. Se echó para atrás, observando a Valenciano que apartaba al viejo hacia la orilla de la carretera. Se le ocurrió un muchacho demasiado estúpido haciendo el papel de fotógrafo como si fuera un gran director de cine. Valenciano había conseguido convencer al mendigo para tomarle unas fotos. Iba a presentar el último tema como Anciano en el camino. Le prometió darle cinco mil colones después de las tomas. —¿Me dará cinco mil colones por tomarme unas fotos? —Claro. Y saldrá en un almanaque muy importante. Hasta el Presidente tendrá uno en su despacho. Cuando llegue diciembre –hay un personaje por cada mes, ¿entiende?, y usted será el último– lo mirará a usted apoyado en su bastón y se dirá: “Este país le debe todos sus valores a ancianos como este.” A la afirmación del fotógrafo el mendigo esbozó un gesto de no haber comprendido. Tenía demasiado cansancio. Tenía hambre, pero no podía comer debido a una hinchazón que le bajaba y le subía por el estómago. Hizo todo lo que le pidió el joven bien vestido y oloroso a fina colonia. Sonrió sin gusto. No había tenido razones para hacerlo durante años. Sonrió de nuevo porque era necesario que rectificase la sonrisa. Representó a un mendigo que caminaba en forma difícil. No había nada que representar porque eso era él. Y se sentó en la cuneta, con la mirada perdida en el suelo, aludiendo patetismo. Cuando Valenciano completó las tomas, le hizo señas muy afectadas a Cristóbal para que encendiera el carro, rebuscó algo en su bolsillo y le extendió al 24

anciano un billete de mil colones. El anciano, reconociendo el arrugado billete, reclamó: —Usted dijo que eran cinco mil. —Ni una modelo gana cinco mil en veinte segundos. —Fue algo más. —Nos vemos... Valenciano dijo esto último observando con rapidez al viejo. Lo que vio fueron dos ojos con cataratas. Uno casi anegado en una nube. Después corrió hasta el pick up y le dijo al chofer que arrancara de inmediato. Cristóbal obedeció con prisa. Ya estaba harto de ancianos. El anciano los siguió aguzando la vista, con dificultad, hasta que desaparecieron en una intersección. No tenía suficientes fuerzas ni para maldecir al mentiroso. Depositó los mil pesos que apresaba una de sus manos en algún sitio de su ropa harapienta y analizó que lo más prudente era retirarse de la zona. No estaba para más engaños ese día. Con esfuerzo caminó en dirección al centro de la urbe, solo guiado por el sentido común, porque el mundo se le había vuelto un estanque de aguas turbias. Cada vez que cruzaba una calle los conductores se veían forzados a detenerse. El viejo quiso acelerar el paso, pero no pudo. Lo mejor era tener paciencia. Avanzó con visible pesadumbre un gran trecho hasta una avenida tumultuosa. No dejaba de pensar en el fotógrafo. Escuchaba su voz. Sus órdenes. Toda esa impulsividad había sido suya, también, alguna vez. No recordaba con quién había sido impulsivo. Realmente no recordaba gran cosa. A veces, al despertarse sobre una cuneta se decía: “Entonces no me he muerto, carajo. No me he muerto todavía...” Y se incorporaba como en una pesadilla que no ha terminado. Los transeúntes se le apartaban. Las muchachas. Los jóvenes. Los ejecutivos. Las señoras. Él se olvidaba a veces por qué el mundo entero se abría a su paso. La memoria le fallaba. No podía rastrear ni siquiera el timbre de su propio nombre. Sabía que debía elevar la mano en todos los sitios y que esa acción se había convertido en parte de sus últimas fuerzas. 25

Abrumado en cavilaciones se detuvo para tomar aliento. A un lado de la acera, a través de la ventana de una tienda de artesanía, sintió que se movía una figura. El hombre se acercó al vidrio, con un rescoldo de curiosidad, y vio los contornos de lo que parecía ser una joven. Acaso ninguna de sus líneas en detalle. Ella se desplazaba a lo largo de un mostrador, sacaba objetos de las urnas y los limpiaba. El anciano aguzó la mirada como quizá hacía mucho tiempo no lo hacía. Poner en orden la poca luz de su visión le produjo una sensación dolorosa en los ojos. La joven parecía molesta por la intromisión del polvo en todas partes. Había ennegrecido una toalla al quitarle la mugre a un reloj. Sus movimientos eran enérgicos pero también delicados. Captar la presencia del viejo tras la ventana la hizo estremecer. No sabía que la había estado mirando. Una de sus compañeras, que hasta ahora no se había visto porque estaba inclinada desempacando otros objetos en el piso: pinturas sobre motivos folclóricos, estatuillas de madera y collares, al incorporarse vio al anciano desastroso y explotó en una risa nerviosa. El viejo, asustado, siguió su camino. —¿Qué fue eso, Valencia? –preguntó desprevenida. —¿Qué sé yo? Un mendigo. Valencia no había sido impresionada tanto como su compañera pese a que la mirada había sido dirigida a ella. Los ojos del anciano la persiguieron por un instante como piedras apagadas rodando por una pendiente. —Te veía muy raro... ¿no te dio miedo? –insistió la mujer. —Era solo un viejito. Decrépito. El resto del día se movió mucho. Entraron y salieron turistas con sus recuerdos del país. Acomodó cajas. Volvió a limpiar las estatuillas de madera. A intervalos pensaba en los ojos del anciano que la observaban. Eran unos ojos que no tenían interés en ella sino en una propiedad de sí misma. En algo que a ella le pintaba juventud y que a él lo hacía más y más invisible.

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A las seis de la tarde llegó el joven que recién había conocido y fueron al cine. La película le gustó tanto que sus ojos lagrimearon un poco en la salida. Pablo, conmovido, le dio un beso en el lóbulo de su oreja. —Por dicha las historias no siempre terminan de esa forma –filosofó profundo. —¿En la muerte de los amantes? —En la muerte. Luego la invitó a comer en un buen restaurante. Mientras comían y comentaban la película, Valencia también le narró el incidente con el viejo. —Tengo los ojos del pordiosero aquí –dijo poniéndose el tenedor en la frente. —Pensá en la película. Te podés soñar con él –rió Pablo. —No es miedo. Es por lo que vi en sus ojos. Ni siquiera es lástima. —¡Compasión! –especuló el muchacho. —¿Quién sabe? Es como la sensación de que no hay paredes y que todos nos damos la mano en algún lugar del universo. —¿Y después? —Después nadie es ajeno ni extraño ni inferior. Para exprimir el jugo a la última hora del encuentro, ambos jóvenes caminaron por algunas calles de la ciudad. Especularon sobre el alto precio de la ropa en las vitrinas. Se burlaron de la desnudez impoluta de un maniquí que esperaba lucir al otro día una lujosa vestimenta. Se besaron frecuentemente en algunos rincones propicios. Después de la promesa de volverla a ver, Pablo la dejó en el umbral de su casa y partió silbando. La noche parecía el fondo de una mina llena de cristales. Valencia vio alejarse a Pablo, con las manos enfundadas en los bolsillos de su chaqueta. Sus pisadas se 27

escucharon a la distancia. Era un joven de expresiones concisas. Guapo. Estudioso. No era de muchos recursos, pero eso no era lo fundamental. Ella no entró de golpe a la casa porque la noche era digna de verse. Siempre le había gustado permanecer algunos minutos rodeada por el silencio del campo. El poste de alumbrado público, límite entre su casa y el inicio de los potreros, ahuyentaba la oscuridad hasta un límite donde parecía que las cosas tomaban las formas del misterio, pero, sobre todo, de ciertas licencias extrañas. Muy lejos se veían, entre brazos nudosos de árboles, luces que indicaban el avance paulatino de la ciudad, la muerte de la noche y la continuidad de un día falso. Sin bellos espíritus. El aire pasaba respirando la soledad inmensa. Olía a pasto quemado. Una frescura invadía el rostro, penetraba por los orificios de la nariz, navegaba hasta los sitios más recónditos del cuerpo. Pudo haber flotado en un sosiego adormecedor, desde el pórtico, si el gato no hubiera saltado hasta la calle desde algún escondite. Allí se desparramó con pereza y se lamió a gusto. Ante una indefinible percepción, el felino adoptó una actitud de defensa. ¿Cómo es que no se había percatado de la presencia de la mujer? Valencia le extendió su mano. El gato se le acercó, fascinado, por lo que veía brillar en el abismo de sus ojos.

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HAGAMOS UN ÁNGEL

No me gustaría ser aquel a quien he convertido en ángel. ROBERT WALSER, “El ángel”

A la recepción de nuestra revista llegó la carta de una niña de doce años. La editora creyó que se trataba de una broma y me extendió molesta la misiva, dando por descontado que yo la habría de arrojar al bote de basura. Solo en la tranquilidad de mi casa, mientras mi esposo y los niños dormían, desplegué la carta sobre el escritorio y la leí descubriendo que el bromista era listo. Me gustó sobre todo la manera de imitar la letra rudimentaria de una niña de doce años y los giros inocentes de su mentalidad: Queridas señoras: Me encontré su revista en un basurero y la leí con gusto. Era de un número anterior, el 20, creo. Ahora ustedes publican ya el 22. Eso no importa. A ustedes les agradará saber que la leí con muchas ganas. Mi maestra nos dice que el hábito de la lectura se desarrolla leyendo todo lo que caiga en las manos. Me interesó sobre todo la sección de “Manualidades” que ustedes dedican a la confección de un ángel para Navidad. Seguí paso a paso todas sus recomendaciones. Antonia mi vecina me ayudó a buscar los materiales. Para eso tuvimos que desviarnos un poco de la lista que ustedes anotaron. Hay algunos que no pudimos encontrar. Para ser sinceras con ustedes, fue necesario que robáramos la mayoría. Sin embargo, como se trataba de hacer un ángel, no nos importó. Antonia consiguió el estereofón, el mecate para el pelo, la tela de yute y la cartulina. A mí me tocó la lija de madera fina, el hilo blanco y la aguja. Para dar con un poco de pintura y los pinceles fue necesario hacer algunas hazañas que no mencionaré en esta carta. Las dos nos esmeramos mucho. En el patio de la casa de Antonia hay una bodega donde su papá arroja lo que no sirve. Nos quedó un lugarcito para nuestro 29

trabajo, lejos de la mirada de los demás. Después de venir de la escuela nos íbamos las dos. Como nuestras familias son muy grandes nadie se da cuenta de nosotras. Esto de las familias de muchos miembros tiene sus ventajas. Puede una desaparecer y nadie se entera. El hecho es que nos pusimos a darle forma a nuestro ángel y le cuento que se parece mucho al de la fotografía. Antonia se sorprendió bastante cuando lo terminamos. Apenas lo podía creer. No contentas con este, seguimos trabajando en detalles. ¿Qué sé yo? Las alas de cartulina tienden a caerse. Eso no es bueno. Así que les introdujimos unos alambres. Con estos las alas cobraron fuerza. Parecía un águila. Entonces dibujamos en su rostro una sonrisa amistosa. No queríamos un ángel serio o simplemente bonachón, como ustedes lo presentan, sino un ángel de sonrisa simpática. Sin exageraciones. El día que Antonia y yo vimos acabado nuestro ángel, nos sentamos a su alrededor, orgullosas de su belleza. Lo habíamos puesto sobre una mesa inservible de metal y la luz de un agujero que caía desde el techo lo cubría. “¿Qué haremos ahora?”, nos preguntamos. En ese momento el ángel movió las alas, sacudió su cabeza e hizo un giro espectacular con sus ojos. Al ver el sitio en el que estaba, se asustó sobremanera. Hemos oído hablar del ángel de la guarda, pero el que acabábamos de hacer no era de esa clase. Era un pobre ángel asustadizo. Cuando quisimos consolarlo, el ángel se echó para atrás. Las dos pegamos un grito temerosas de que se destrozara en el suelo, pero, ¡qué tontas!, el ángel se suspendió con sus alas, al igual que un colibrí. Desde allí, con los ojos llenos de miedo nos miraba, sin hablar. Luego, voló por toda la bodega quizás buscando una salida. Como no vio ni ventana abierta ni agujero, se empezó a golpear contra las paredes, despachurrándose un poco el pelo de yute y haciéndose heridas. Al caer al suelo, gimiendo, Antonia y yo lo recogimos y, mirándonos las dos, comprendimos que nuestro ángel nos iba a dar guerra, por lo que aprovechamos ese instante para cortarle las alas; no de manera definitiva, sino para que no se hiciera daño. Sus gimoteos se acrecentaron cuando vio que guardábamos sus alas en una bolsa. Más tarde le hicimos caricias que aceptó con prudencia y le tratamos de explicar lo que habíamos hecho. El ángel pareció comprender y se durmió, 30

cansado de sus movimientos. Al despertar, nosotras proseguíamos allí. Habíamos dispuesto, mientras dormía, un lugar adecuado para él en la bodega. No sé por qué, Antonia robó de su casa un florero con algunas rosas, tal vez para que se sintiera a gusto. Al verlo, el ángel se abalanzó sobre las flores y se las comió. Fue la primera vez que lo vimos sonreír. En ese momento comprendimos que comía rosas. Y solo rosas porque le trajimos muchas clases de flores que encontrábamos al volver de la escuela. Flores que una encuentra en el camino o que cuelgan de las tapias. Flores que botan de las floristerías. No saben lo que hemos debido hacer para alimentarlo. Hemos tenido que meternos a peligrosos jardines. Muchas veces nos pillan y debemos correr. Llevar las rosas a tiempo se nos ha vuelto un trabajo muy duro. El ángel reclama su ración de rosas y como le hemos cortado las alas nos da remordimientos. Nosotras le hicimos esa horrible mutilación, aunque podríamos simplemente devolverlas a su sitio. El problema es que las dos lo queremos demasiado. No dejaríamos que huya. Con todo y tener que realizar por él tantas incursiones a los jardines, el mirarlo engullendo su ramo de rosas nos contenta. A veces solo las mira atentamente, como si no las quisiera y, después de unos segundos, saca una lengüilla tan pequeña como la de un pájaro y las empapa de saliva. Las rosas se llenan de un brillo parecido al amanecer. Luego les arranca los pétalos, con ternura, uno por uno, cuando ya las flores parecen luces de bengala, pero no con sus dientes. Los pétalos se deshacen antes de llegar a su boca, resplandeciendo. Sé que nuestro ángel está encarcelado. ¿Pero es que no nos pertenece? Quizás no. Eso lo he discutido con Antonia que es más aferrada en estas cosas. Para mí, el ángel es solo un invitado. Vivió porque nosotras queríamos mucho algo nuevo en nuestras vidas. Miren ustedes, nuestro caserío es casi siempre gris. Las fachadas de las casas están torcidas. Los techos se inclinan y se comban como si sostuvieran pesados elefantes. Desde allí su peso obliga no solo a los sillones sino también a cosas tan pequeñas como roperos y vasos. Tiene algo extraño nuestra vecindad que no quiere ser bella. No es solo falta de dinero. La falta de dinero afecta a la gente hasta cierto punto. Es libertad de las personas dejar que un faltante de suerte destruya sus días y sus pocas posesiones. 31

Al parecer, en nuestro caserío la mayoría tomó en serio esto de ser pobre. Nadie pinta las paredes. Las grietas se dejan durante largos años, como si no hubiera tablas en algún aserradero que se pudieran obtener a un precio módico. Como nadie quiere ver mucho en el interior de las casas, la luz casi no existe. El televisor pasa prendido todo el día, tal vez para que nadie ose hablar sobre asuntos importantes. Tiene que haber un momento para decir: “¡ya basta!, necesitamos un lindo caserío, con cortinas nuevas, simples pero limpias; macetas en los corredores y árboles en la rotonda”. La ausencia de este colorido esencial nos ha dado a Antonia y a mí por contarnos cosas que nunca nos suceden. —Es una orden desde hoy –le dije un día– que nos contemos solo lo que no nos pasa. Ni vos ni yo tenemos que saber lo que ocurre en nuestro mundo. Las historias de todos los días son estúpidas. No alimentan a nadie. No hermosean la vida de ningún ser humano. En cambio, lo que una sueña puede cubrir de luz el cuarto donde se duerme y esparcir un poco de alegría sobre la calle donde se sale a buscar momentos sin nombre. Desde ese día, Antonia y yo somos de una familia diferente. No pertenecemos al vecindario más que en apariencia. Cuando suceden cosas terribles como muertes, peleas o borracheras, nosotras no ofrecemos curiosidad. Hemos matado la curiosidad hacia lo feo. Y aquí es donde de seguro entra nuestro ángel. El vino porque cuando se vive de acuerdo con leyes verdaderas acontece lo justo. ¿Es justo tener un ángel, incluso un ángel asustadizo? Yo creo que sí. Dios tiene que verla a una contemplando las cosas grises como cosas grises, y arrepintiéndose de haber nacido en un mundo donde nadie tiene tiempo para repintar un muro o poner una maceta a la entrada de la casa. Una no tiene por qué amar los corazones que se vacían, y en nuestro caserío hay mucho corazón pegado a la ropa como una mano tiesa. Volviendo a nuestro ángel, es necesario decirles que vino a nosotras un mes antes de Navidad. Sabemos que no era el fin de ustedes darle vida sino el que sirviera de adorno a los hogares. En el fondo sabíamos que no íbamos a llevarlo a ninguna de nuestras casas porque la gente de nuestro barrio celebra cuando alguien se pega la lotería o cuando el equipo de fútbol favorito gana cinco a cero; 32

no cuando dos niñas traen en sus manos a una criatura inocente, llena de temor. Antonia me dijo que deseábamos tanto algo así que bajamos un ángel y le dimos vida a los materiales de su revista. Si ustedes se ponen a pensar, casi todos los cuentos son de niñas que abren puertas y recuperan extrañas bellezas perdidas. Nosotras creemos que las niñas son los seres más poderosos. Nadie en este mundo es tan fuerte como la ilusión de una niña de doce años. ¿Verdad? Asumimos entonces cuidarlo como si fuéramos sus padres. Y cada día se aprende algo nuevo de él. Aparte del problema con las rosas –que no es tan agradable por cierto sino cuando se las come–, hemos visto que el ángel tiene sueños del mundo de donde fue arrancado. Cuando esto le ocurre su piel de cartulina se oscurece. Sus ojos angélicos se vuelven diabólicos. Una vocecilla gimiente sale de su boca y nos llena de melancolía. Es como una canción. La melodía es tan hermosa que ambas nos abrazamos, llorando. Un día estuvimos a punto de llamar a nuestras familias y al vecindario entero porque nos pareció que algo tan bello debería ser escuchado por toda la humanidad. Nos levantamos del suelo, llenas de escalofrío; nos sonreímos presas de terror. Pero no lo hicimos. —Hay egoísmos válidos –me exclamó Antonia–, no es un pecado oír tanta belleza solitariamente. Antonia tenía razón. Sin embargo, pensé que nosotras no éramos las dueñas de ese canto, y los demás se estaban perdiendo una melodía crucial, perfecta, transformadora. Los demás no tenían por qué estar excluidos y sentir que la vida los había olvidado. A mi insistencia, Antonia repuso: —Tal vez nadie quiera oírlo. Ante tan rudas palabras me senté de nuevo en el suelo y seguí escuchando el canto del ángel. Su voz se hacía dulce, suplicante, y también había en esa dulzura 33

una especie de profundo abandono. Bueno, dejo esta carta aquí por ahora. En cuanto suceda algo diferente y digno de ser relatado les escribiré de nuevo. Sus amigas, Ester y Antonia

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Después de leer la carta me fui a dormir. Era evidente que el escritor deseaba tomarnos el pelo para que tal vez nos sintiéramos obligadas a publicar su historia en la revista. Me olvidé de esa burla que, sin embargo, me hizo sonreír y comprender, también, que el relato carecía de originalidad. Ya los cuentos sobre ángeles están escritos. No es un secreto para nadie que vivimos en una época donde todo el mundo se autoriza a escribir sobre este hecho. Muchos se sienten tan especiales como para atraer presencias angélicas a sus casas. Vivimos el tiempo de los egos disparatados. Horóscopos, retórica curativa del alma, viajes en el astral, ovnis, hermandades poseedoras de la piedra de los alquimistas, científicos que clonan ovejas. Hay para todos los gustos. En mi caso prefiero entrevistar a seres de carne y hueso, con problemas como los demás y superados en la vida por la inteligencia y el tesón propios. Los milagros me dan alergia. Las cosas del más allá me aburren como la comida vegetariana y el amor por “Internet”. Aun así, la curiosidad sobre la carta me rondó la cabeza por varios días. No debo ocultar a nadie que para mi sorpresa me dirigí una tarde hacia el barrio descrito por la niña de doce años, como si hubiera perdido la ruta. Fue una traición planeada por mi inconsciente. Quizá el deseo muy hondo y primitivo de que algo de la carta fuera verdad. El barrio me pareció muy abandonado. Ester tenía razón al decir que se 34

respiraba una especie de derrota en las fachadas. Una se puede ir acostumbrando al rostro cotidiano de su país, pero aceptar con frío estoicismo la miseria es otra cosa… Recuerdo haber dejado el carro en un estacionamiento por temor de que me lo robaran. Caminé por la ruta consignada en el remitente del sobre y creo que lo vi todo vacío. Sin encanto. Completamente gris. En el aire se respiraba el humo de una conocida fábrica de manteca. Un olor incesante y vomitivo. Realmente estuve a punto de irme, mas cuando pasé por la supuesta morada de Antonia decidí tocar la puerta. Habría muerto de vergüenza si me hubiera visto alguna de mis compañeras periodistas. Y me di ánimo para no llegar a afligirme, en caso de que luego de mis preguntas alguien de la casa me hubiera tomado por loca. Sin embargo, nada de eso sucedió. Quien me abrió la puerta fue Antonia. Así me dijo que se llamaba cuando la interrogué sobre la carta. La niña no estaba extrañada de verme allí. Al preguntarle por Ester, la jovencita se quedó en silencio. Sus pequeños ojos castaños se abrieron y cerraron como un mensaje de misteriosa noticia anticipada. Miró hacia el fondo de su casa, con cautela, y cuando supo que podía actuar, me tomó de la mano y me llevó a una contigua y miserable tapia de cinc, donde me hizo pasar por una abertura. Al fondo de la casa vi la bodega. Entre esta y la puerta de atrás observé ropa tendida, una ropa que me pareció muy ajada por el sol. Temerosa de caer en un sueño sin retroceso, me detuve: —Esperá un momento, ¿entonces es todo verdad? —Sí. —¿Y nada más ustedes lo saben? –Bueno… Solo nosotras lo sabíamos hasta hace poco. Realmente la idea de Ester de que éramos unas egoístas y que el ángel solo nos servía de alimento a nosotras me empezó a convencer a mí. Un día me decidí a hacerlo. 35

—¿A hacer qué, niña? —A presentárselo a alguien más. —¿Cómo? —A mi papá el borracho. —¿Y qué sucedió? —Abrimos la puerta y lo condujimos hasta el umbral. Mi viejo me levantó el dedo índice en señal de amenaza. Pero cuando dio un paso hacia el interior y miró a nuestro ángel cayó de rodillas. Al oír su canto empezó a llorar. Temerosas de lo que pudiera pasarle, qué sé yo, un ataque cardiaco o algo así, corrimos para acompañarlo, pero ya era tarde. —¿Qué decís? —Llegamos tarde. El ángel lo devoró. Ese día supimos que no solo comía rosas sino también gente triste, sin esperanza. –Ah, sí, ¿y vos pretendés llevarme a la bodega para que tu amigo me devore? —No se preocupe. Ester está con él. Le acaba de llevar a su abuela. Yo también le llevé a mi abuela y a mi tía. Poco a poco el barrio va a quedar solo con la gente necesaria. Y si no queda gente entonces la traeremos de otra parte. Destruirán estas casas. Levantarán edificios bellos. ¡Sígame, no tema! Cuando no tengamos rosas le llevaremos a alguien que ya no necesite del mundo. El ángel se le quedará mirando con lástima. No, no es lástima, sino, como dice Ester, ¡interés religioso! ¡Sí! ¡Un gran interés religioso! En menos de lo que canta un gallo, nuestro amigo se incorpora de su aparente timidez, hace como si ensanchara las alas –recuerde que se las hemos cortado–, embruja al oyente con himnos desgarradores, y sin que se percate lo engulle con su boca de pájaro, como si fuera una termita. Al igual que las rosas, todos desaparecen, sin dejar rastro, en una estela brillante. ¡Tiene que verlo! ¿Usted cree que pueda salvarse la abuela de mi amiga? ¡Qué va! ¡No lo creo!

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La mirada de la niña se me volvió maléfica. Algo se había encendido en el fondo de sus ojos que miré al principio sin mancha. Rápidamente solté su mano que había aceptado estrechar mientras me llevaba hacia la bodega. Di unos pasos atrás, estrellando mis tacones contra viejas llantas y resortes de catres oxidados. La niña me miró exenta de emociones. Como una criatura de otro mundo. A la espera. Fue inesperado el momento en que la puerta de la bodega se abrió. Una niña hermosa, Ester, salía con toda serenidad y al ver a su amiga hizo un signo negativo con la cabeza. Al verme, se extrañó. Antonia de inmediato corrió hacia ella y le dijo algo en el oído. Ester se llenó de júbilo y me extendió una de sus manos. Yo retrocedí hacia la puerta de cinc y, sorteándola, de golpe salí corriendo. A los meses volví a pasar en mi carro. El barriecito ya no existía. Todo había sido demolido para construir un centro comercial. ¿Dónde estaban las niñas? ¿Qué había pasado con el ángel? Creo que tarde o temprano ellas debían de ser devoradas. Mientras tanto, la gente seguiría desapareciendo, poco a poco, en esa parte de la ciudad o, en cualquier otra.

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DE SUICIDIOS Y FRATERNIDADES El tedio hace tu alma cruel. CH. BAUDELAIRE

Pasé a la salida del trabajo a una céntrica armería y pedí que me las mostraran. Fue emocionante ver al rechoncho dependiente colocar con primor sobre la urna su línea de armas cortas o su oferta de pistolas de aire comprimido. Al reconocer mi vacilación, el hombre se mostró locuaz, y me pedía que tanteara las primorosas texturas, ¡que me enamorara de sus diseños! Con aire de humorista y estrangulado delicadamente por su corbata, me decía: “Se la vendemos siempre y cuando no sea para utilizarla contra usted o algún vecino”. Paso a paso, me volví curioso y pregunté sobre detalles técnicos consabidos por el dependiente. “A eso iba”, me proclamó puliendo su discurso. Al fin, y no sé por qué mágicas veredas, terminó en una historia de gángsteres por quienes sentía algo así como nostalgia, misericordia, culto. Aunque todo parecía invitador, y hubiera podido morir ese mismo día recordando alguno de los pasajes memoriosos de la vida de Al Capone, John Torrio o Big Jim, algo me ordenó considerar el asunto. Al decirle que lo pensaría, el vendedor me miró gratificado, invitándome a volver “cuando estuviera decidido”. Tuve la impresión, al despedirme, y contemplar su plácida sonrisa, de estar viendo la triste reencarnación de un gángster, condenado hoy solo a vender revólveres. Cuando salí de la armería, caía una lluviecita machacona –de esas que gustan acompañar funerales y mendigos y compradores de paquetitos extraños. Mientras daba pasos lentos y ceremoniosos bajo mi paraguas, me reproché el haber acariciado la idea volátil de dispararme un tiro. Pero bien sabía, en lo profundo, que se había tratado de una seducción espuria. Después de salvar unas 38

calles, me dejé de diálogos internos, y me decidí a respirar, aletargado, el vaho húmedo y alquitranoso de la ciudad. En eso iba, oyendo voces de la tarde, el rezongar de los motores bajo los semáforos, graznidos de pájaros en retirada desde algunas azoteas o árboles mínimos, cuando, saliéndome al paso, una mujer de semblante provocativo, pero vestida y maquillada al estilo punk, me pidió la hora. —Tengo hora y media de esperar a un maldito… –gritó al oír mi respuesta. —A todos nos pasa –la consolé, reparando en que me había gustado el timbre vehemente de su voz. —No me diga, señor sabio –ironizó con autosuficiencia. —Tal vez le entró algo de miedo –sonreí temerario. —¿Miedo? –preguntó susceptible. —Sí, el miedo de que nos sacrifiquen al amor –logré improvisar velozmente. Avispada por el piropo, la mujer se contuvo. Exhaló un largo vaho de su boca húmeda. —¿Qué sabe usted de los sacrificios? –me preguntó poniéndose una mano en la cintura. —No sé, hoy casi puedo hablar sobre cualquier asunto. Hasta creo poderte agradar –le dije sin resistir no vosearla. Aunque al principio temí su sorna juvenil, pues mordía su goma de mascar con desprecio y se aplastaba una especie de mechón violeta con sus manos de uñas púrpuras, la última frase manida pareció gustarle. El brillo a papel mojado de la tarde se fue extinguiendo. Los cristales de los edificios parecían llenos de criaturas marinas azules. Vi que nos habíamos quedado detenidos en la esquina de un negocio de electrodomésticos. Diez 39

pantallas de televisores, de súbito, cobraron vida. La muchacha continuó: —Jamás nadie me había dicho algo así –sonrió taconeando sobre la acera. Entonces hizo un gesto amistoso y alargó sus labios pintados de negro y se tocó un arete para que se balanceara. —El problema es que hoy ya no se le pone poesía a nada –declaré emocionado–. Ni siquiera a las ganas de suicidarse. —¡No me diga! –exclamó cautelosa. —Sí, sí, sí, esa falta de poesía es el único robo que debería lamentar la humanidad. —Usted es buena nota, señor –me dijo después de hacerse sobre mí un rápido informe–. Lucrecia es mi nombre. Su mano, que salía de un puño de negro encaje estrafalario, se extendió revelándome una piel blanquísima. —Vos también sos agradable –le añadí. La muchacha debió correrse por el paso de una señora gorda que llevaba dos paquetes felizmente sellados. Un hombre disminuido iba en pos de ella. —¿Por qué no caminamos un poco, señor? –dijo la mujer–. Caminemos… – me estimuló.

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Lucrecia y yo dimos lentos pasos sobre el parque Morazán. Creí que la poesía, o como se llame, había descendido sobre la tierra y que las pulsiones de muerte estaban por el momento amordazadas. Viéndome a su lado, en medio de faroles de luz tenue, le indiqué a Lucrecia que conocía el nombre de cada uno de los árboles del parque. 40

—¿De todos? –me preguntó descreída. Con cierta presunción le dije dónde estaban los árboles de corcho, el cedro amargo, las jacarandas, el orgullo de la India, el cedro amargo, las altas y sombrías araucarias. La mujer asentía como si los nombres le provocaran un divertido asombro. —Es usted una enciclopedia –se burló. Al abordar la otra acera, y pasar frente al vetusto restaurante de la esquina, la mujer me dijo: —Quiero una cerveza. —Yo también –sonreí. Adentro del restaurante, bajo la luz del derruido negocio y entre mesas vacías, lejos de unos ancianos gringos que comentaban sus asuntos, y de algún solitario bebedor que miraba la noche a través de la puerta (como se observa un cuadro abstracto en una exhibición de pintura), Lucrecia, con intolerable sencillez, me dijo: —Hoy era mi día para que me aceptaran en la fraternidad. Y debía llevar a un hombre que conocí… Mis hermanos esperaban hoy a alguien y yo tenía que llevarles la carnada. No sé por qué pienso que usted es una víctima ideal. Y tal vez logre llevarlo a la reunión… Al terminar sus palabras, me sentí profundamente desconcertado. La lírica se me hizo un coágulo de plumas en los intestinos. Hubiera sido fácil huir de la escena, pero algo me retuvo… Solo hice un gesto como de “qué charla”, seguido de un trago de cerveza para lo que pudiera sobrevenir. La congestionada atmósfera del restaurante, a pesar de hallarse combatida por el ventilador eléctrico antediluviano, de pronto se desaguó cuando alguien introdujo una moneda en la victrola e hizo fluir la música de un triste tango. —Los tangos me deprimen –afirmó la mujer sin esperar respuesta. 41

—Y… si te sigo, ¿qué me haría tu fraternidad? –pregunté por fin, curioso. —Ni yo misma sé. ¡Tal vez le hagan daños o lo golpeen…! ¿Quién sabe? Nunca he estado presente. —Quizás lo merezco –respondí simpático, pero convencido ya de que pasaba por un momento inútil–. No hace poco venía pensando que la vida era un tumor y hasta pasé por una armería para escoger una pistola. —Hablo en serio –me reprendió, mientras llamaba con una de sus manos al mesero. —Todavía estás lejos de embaucar a tu presa –le advertí–. Nadie te seguiría con esos argumentos. —Lo sé –repuso cambiando de semblante y dejando mostrar un brillo de ternura sospechosa–. Solo jugaba, señor. Pero puedo decirle que hasta el día de hoy no me han aceptado sino hasta que realice una hazaña importante. —¡Dios mío! –reí bamboleando mi vaso. —¡Y será pronto! Hoy fallé por una milésima. Mañana les llevaré a un tipo. Necesito que me acepten. Si supiera usted la manera en que ellos se murmuran los secretos, su inquietante seguridad de grupo, su humor siempre en la cresta, su desprecio por la estupidez, la gran estupidez que es todo… —¿Para qué te metés en esas cosas, niña? –la interrumpí molesto–. ¿Cómo se podría disfrutar de algo así? La muchacha se quedó en silencio. Mis preguntas le produjeron la incomodidad inevitable que causa un consejo no requerido. Luego continuó: —Me he enamorado del líder del grupo –susurró con irresistible finura, como si estuviera por ejecutar un Nocturno de Chopin–. Se llama Juan, pero exige que le digamos Mister Hyde. Él jamás me aceptaría si no me le uno en todo lo que hace. Las palabras me asaltaron como moscas. Como realmente son algunas palabras dichas por la gente. Pero no podía olvidar que yo también tenía mis 42

propios insectos. La imagen de un escorpión moviéndose en las paredes de mi cerebro me hizo mover la cabeza con vigor. —¿Le pasa algo? —Estaba el amor en el centro de este asunto y, también, el prodigioso aburrimiento –exhalé relajado después de hallar las causas de todo. Antes de ser yo mismo el que me aburriera, traté de comprender. Supuse que de haber aceptado el arma reluciente en la armería, ya habría ejecutado mi plan. En este momento lo mío solo sería historia. Cualquier cosa que me aconteciera después de lo pensado era ganancia y la seguidora de fraternidades dementes tenía que ser un símbolo, algo que el universo me estaba ofreciendo para que lo escudriñara.

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Salimos del restaurante después de consumir varias cervezas. La noche tenía una fragancia a polen, ladrillo triturado y madera mohosa. Mientras nos dirigíamos rumbo al Parque Nacional, la muchacha miró con inquietud a dos guardias charlando en la entrada de la Comisaría. Cuando entramos al parque sobrevino una lluvia leve. Algunos hombres de pantalones entallados y de camisetas ceñidas, que conversaban emocionados sobre uno de los senderos de piedra, se fueron apartando al vernos. Lucrecia buscó uno de los poyos del parque y se sentó. Allí se me quedó mirando mientras fumaba. Como estaba un poco ebria empezó a reírse sin motivo. ¿Tal vez de mi paraguas? ¿Sería para ella tan ridículo mi portafolios? Al sentarme junto a la mujer, vi dibujarse en su rostro invisibles gotas de noche. La biblioteca estaba a oscuras y vacía como un galerón de muebles y estantes amontonados. No se veía ni siquiera la sombra del guarda deslizarse a través de los ventanales. —¿Y por qué quiso matarse usted? –me preguntó cuando opté por sentarme a su lado.

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—Es una historia sin atractivo –argumenté–. Hasta mejor me parece el tema de tus amigos aunque se trate de una verdadera locura. —Ya yo le hablé de mi locura… ¿Por qué no prosigue usted? La invitación de Lucrecia me pareció honesta, así que le dije exactamente lo que había pasado. Acurrucados bajo mi paraguas, relaté mi historia con franqueza, sin ponerme solemne. Le conté que había llegado a un punto muerto, ese punto donde ya no hay dirección, ni viento que nos lleve, ni parentescos con nada. No quise dramatizar ni parecer el tipo de nihilista interesante. —Usted se parece a Juan en varias cosas –me espetó Lucrecia al terminar. Podrían llegar a entenderse muy bien. La chica empezó a hablarme de Juan. Me dijo que vivía a unas cuantas cuadras del parque, en Barrio Amón. —Hubiera creído que era de León XIII o de Aguantafilo –repuse sorprendido de que su amado no fuera un maleante vulgar y no viviera en alguno de estos suburbios. —Es un aristócrata, pero necesita diversión –reflexionó esquiva–. A veces creo que es espantoso. Sí. Cuando se droga. —¿Ah, sí? —Claro. ¿Quién no se droga en la actualidad? La droga está en el aire. Solo respire con fuerza. Vamos… —Eso me recuerda que mi mujer está viendo la telenovela en este momento. —¿Lo ve? En un mundo así nadie puede ver claro. —Ni vos, Lucrecia. Ni vos. Si fueras más clara no serías tan admiradora de Juan. No parece cuerdo. La crueldad está en el centro de sus acciones. —Pero por lo menos tiene ironía. Es un cínico. —¡Te gustan los cínicos! 44

—Me molesta la hipocresía. No sabe lo que odio al mundo de los hipócritas, de los falsos. Tanta gente falsa me enferma. Tanta máscara. Usted tenía razón cuando quiso suicidarse. ¡Quizás algún día yo también lo intente! —No te hablé del asunto para que lo hicieras vos. —¡Es que la vida es insoportable y Juan y todos son unos malditos! La mujer empezó a llorar y de sus ojos corrió un tinte oscuro. Hasta el momento no había visto que sus ojos estaban enterrados en sombras y que recobraban cierta pureza nocturna mientras caían sus lágrimas. Yo me atreví a ofrecerle un pañuelo que Lucrecia no despreció. Me sentí inquieto. La mujer se sonaba las narices, gimoteando. —Parece que nos toca comprender algunas cosas hoy –le dije palmoteándole uno de sus hombros–. Lo mejor es que cada uno camine hacia su casa. Y vos, Lucrecia, no soy quién para decírtelo, pero debés borrarte tu propia máscara. ¿Me entendés? Hay que iniciar el proceso por la de uno mismo. De esta manera, será una menos. ¡Un antifaz menos en la fiesta! Entonces, tal vez, los que andamos con el rostro desnudo nos reconozcamos y conformemos una verdadera hermandad. Paulatinamente, el gimoteo de Lucrecia cesó casi por completo, pero noté que ahora se veía preocupada. —Debo ir a ver a Juan. Es necesario que termine con esto. Usted tiene razón. ¡No tengo por qué amarlo! ¡Mire cómo ando vestida! ¡Esto es ridículo! —¿Es necesario? —Solo recogeré algunas cosas y le volveré la espalda a su grupo para siempre. Una mirada hermosa, como una rosa florecida en la lluvia matinal, salió del rostro de Lucrecia y me hizo sentir que debía acompañarla. —Pero ya no quiero que vaya –me dijo–, quizá piensen que lo he llevado para la reunión. 45

—Te esperaré afuera mientras terminás tus asuntos y luego te acompañaré a tomar un taxi. Siempre es posible comenzar de nuevo. Te lo digo yo. Con andar lento, nos alejamos del Parque Nacional. Corría por la ciudad un viento frío y hubo un momento en que hubiera deseado abrazar a la joven mujer impulsado por una honda gratitud. Pero supe que era mejor continuar con ella hablándole de la vida, de las zonas oscuras, de los milagros, de la búsqueda empeñosa que exige cada día a quienes despiertan en serio. Tenía demasiadas cosas que decir, pero regulé mi entusiasmo por mi reciente y frustrada tentativa de suicidio. Solo me sentía autorizado para expresarle frases paradójicas de donde pudiera obtener significados, y no, claro está, una cómoda receta de las que se venden por cientos. Era tal mi deseo de que Lucrecia se sintiese emocionada por la vida, por la verdadera vida que debe esperarnos a todos, que olvidaba los sitios recorridos, las casas señoriales dejadas atrás. Cruzaba calles estrechas, subía peldaños, salvaba bordillos de césped, viendo paredes renegridas por el musgo y la antigüedad, admirado tal vez por la visión de una acrotera en un jardín o por ménsulas ocultas entre ramas de árboles de araucaria o manzana rosa. —Esta es la casa, señor –me dijo de pronto Lucrecia. Enseguida vi una bella casa de estilo victoriano, con sus arcadas relucientes bajo el esplendor lunar. En el amplio jardín, la fuente de piedra exhalaba su propio tiempo. Insinué que no había luces detrás de las cortinas. —“Trabajan” en el sótano –me explicó. Lucrecia abrió el portillo de metal y caminó sobre las baldosas de fina cerámica. Subió con rapidez la escalinata y se introdujo en el manto de sombra del umbral. La vi sacar sus propias llaves de una minúscula cartera y abrir la puerta para luego desaparecer. Urgido por el rápido desenlace, esperé viendo las aceras solitarias, las luces inciertas de otros edificios, el aire extraño de esas noches que moldean las cosas a su antojo.

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Cuando estuve consciente de que había pasado más de media hora de espera, abrí el portillo, agitado. Di unas cuatro zancadas sobre las baldosas. Y me decidí con apremio a buscar yo mismo a la mujer.

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—Soy Juan –me dijo el hombre que me abrió la puerta, un hombre joven, de unos veinticinco años, vestido con pantalones y camisa impecables. En su rostro no se veían los rasgos de ningún descocado, sino unas mejillas aceptablemente pálidas, unos ojos profundos y desiertos. —Tenía que acompañar a Lucrecia hasta su casa; no se sentía bien –le resumí con firmeza, siempre guardando la precaución absoluta. El joven me miró con vacuidad. Y le dio unas chupadas al cigarrillo que traía en una de sus manos de una perfección poco común. Parecían manos de alguien que se la pasara tocando porcelana china, sedas, teclas de piano. —Ah, ¿es usted su amigo? Ella está un poco agitada, señor. Si quiere pase a verla. Está en su casa. Recordé las aficiones de Mister Hyde, y sonreí negativamente. —No, no. Prefiero esperarla aquí. El hombre, con ritmo perezoso, se volteó hacia el interior de la casa cerrando la puerta de un golpe, Al cabo de unos minutos apareció Lucrecia. —Te esperaba –le dije. —Ha tratado de convencerme –me explicó. —No te quedés aquí. No es bueno. —Ya lo sé. Entonces ayúdeme a llevarme mis cosas. 47

La mujer se introdujo esperando que la siguiera. Yo di unos pasos hacia el interior de la casa, sabiendo que debía hacerlo. Me topé con una oscuridad dificultosa, tropecé contra algo, y un estruendo en la cabeza me privó de sentido.

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Desperté obnubilado sobre una silla. No podía moverme: mis miembros habían sido amarrados con duras cuerdas. Enfrente de mí, a unos tres o cuatro metros, yacía sentado sobre un lujoso sofá veteado Mister Hyde. Fumaba tranquilamente, jugando con el humo que despedía de una boca de labios imprecisos. A su alrededor, se alzaban unas paredes tapizadas con el típico buen gusto y por doquier se comunicaba el peso de una densa decoración. Aunque la tensión me carcomía, pude ver retratos de probables hombres de estado, espadas de primorosa empuñadura, fusiles de mecha, armarios con platería destellante, relojes momificados anunciando agónicas horas de soledad, escudos de una República suramericana, muchas fotos de militares. —Es hora de que me suelte, vamos, se meterá en apuros con la policía. —Ah, sí, la policía. Detesto la policía. Tengo vestigios de policías en alguna parte de la casa–. Una larga bocanada de humo precedió a una risa estruendosa. Después la acompañó un silencio desesperante. —No se me haga el cínico –le grité con vigor–, es usted un psicótico. —De vez en cuando –exhaló con modestia falsa–. Algunas veces tengo que ser el hijo del embajador. Ese viejo mediocre y servil que adulan en las fiestas. –¿Y Lucrecia? ¿Dónde está Lucrecia? –requerí deseoso de saber lo que le había pasado. —Lo traicionó, amigo –bostezó con finura–. Ahora estoy pensando qué hacer con usted. Me tiene intrigado su persona. Había pensado en castigarlo, pero, no sé. Creo que usted se parece mucho a mí.

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—¿Y los demás integrantes de la fraternidad? –pregunté temiendo una represalia masiva. —No existen. Yo soy el único integrante. Lucrecia me confunde con tanta gente… Espero que no le haya creído su cuento. Ella solo lo utiliza porque he comprobado que despierta la curiosidad. Los monstruos son sagrados. ¿Sabe? La gente los necesita. Todos quieren un poco de destrucción y misterio y muerte. Mister Hyde fumaba como si posara para una película de suspenso. De vez en cuando se hacía masajes en la nuca con una de sus manos afeminadas. —¿Le gusta mi casa? –me preguntó–. Perteneció a una familia distinguida de políticos josefinos. Mi padre no ha variado casi nada de su moblaje, aunque hemos debido traer los emblemas propios de nuestra patria. Aquellos fusiles, por ejemplo, fueron usados por los combatientes de Simón Bolívar. y no me pregunte cómo llegaron a nosotros. ¿Le decía que esta es una de las mejores residencias de la capital? Cuando hacen fiestas, los invitados recorren los salones, como si fueran las galerías de un museo. Este país no es malo. No me disgusta. Podría seguir viviendo aquí. Aunque Europa es requerida constantemente por mi temperamento. Después de tres meses me asfixian las calles, el ambientillo nacional… y me voy a aturdirme a las grandes ciudades. Sí, eso he dicho, a aturdirme. Mi alma es un caos. ¿Qué le vamos a hacer? —Tenga usted cuidado con lo que me haga esta noche –le reclamé forzando cada uno de mis músculos, sintiendo las punzadas del miedo en mis pies–, porque iré directo a la policía. —¡Y dale con la policía! –tosió el hombre, evidentemente contrariado–. Es pura crápula. En la ciudad hay muchos rostros, vericuetos, precipicios. No creo que pueda narrar a nadie lo que le ocurra en esta habitación. —¿Por qué está tan seguro? –le supliqué, tratando de que las gotas de sudor no me empañaran la imagen de Mister Hyde. —Usted en el fondo quiere algo horrible –respondió frío. 49

—Reflexione… Yo no puedo desear algo así –insistí, abriendo más los ojos. —¿Quién sabe? –murmuró poniéndole musiquita a sus palabras. —¡Reflexione! –grité. —Es lo que he estado haciendo aquí mientras usted despertaba. Reflexionar –me dijo elevando su mano blanquísima y apuntándome con uno de sus dedos largos–. Reflexionar. Sí. Porque hoy no tengo ánimo. Quizá usted tenga la culpa. Los otros que vienen a mi casa son estúpidos, animales lujuriosos enredados en sus propias redes, cerdos embobados con lugares comunes; pero usted, señor, usted me ha impresionado, sí, me ha llegado hasta donde casi nadie llega. Sí, sí, sí. Todo ese asunto del suicidio, todos esos consejos o paradojas. Creo que yo no podría hacerle daño. Ni por toda la delicia que me produjera. Mister Hyde no es tan terrible. Y a veces perdona. —¿Y cómo sabe usted lo del suicidio? ¿Le ha dicho todo Lucrecia, supongo? – le pregunté arrepentido de haber seguido a la traidora. —Usted lo ha dicho –dijo con reposo–. Pero ahora a ella le toca jugar con usted. La dejaremos que lo haga, ¿no es cierto? ¡Se lo tiene ganado! —¿Jugar? –pregunté aturdido por la fuerza de mi propio pulso en las sienes. —Sí, sí –confirmó levantándose del sofá–, y debería estar agradecido. Resulta que hoy usted no solo se ha salvado de usted mismo, sino también de Mister Hyde, pero no de Lucrecia. Espero que la goce. De inmediato, Juan se inclinó detrás del sofá y levantó una bolsa. Tomándola por las puntas de abajo, hizo salir un fardo de prendas femeninas, pulseras, aretes, pelucas. No pasaron cinco segundos antes que reconociera la ropa de la joven. —¿Y Lucrecia? –ordené resoplando mientras la buscaba en los rincones de la amplia sala. —Ya viene, ya viene –me alardeó–. La impaciencia no es amiga del placer.

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Una vez que Mister Hyde vació todo el contenido de la bolsa, se empezó a desnudar con delicadeza. Su cuerpo blanco y delgado me repugnó. Sin pensarlo mucho, y sonriéndome con una malicia que me hizo buscar pistas dentro de mí mismo, pistas que me golpeaban la mente como una andanada de vergüenza y reproche, Mister Hyde tornó el vestuario que sus manos recogían de la perfectísima alfombra atigrada, mientras tarareaba los estribillos de un deprimente tango y se ceñía las prendas, una por una.

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PLASTICOMANÍA Los ojos son espadas, son pedernales, son los instrumentos más insidiosos de que se puede valer un hombre para injuriar a una mujer. SERGIO PITOL

Un amable y culto egipcio apodado Barkhia fue nuestro guía. Además de saber muchos idiomas, era un hombre reacio y flexible, que aún no había entrado a los 40 años y cuya cortesía no distaba a veces del servilismo. Mientras éramos guiados por este amo de las arenas, noté que en varios recorridos sus miradas recaían con prontitud sobre mí. Su astucia no permitió que mi esposo Rubén reconociera el balance que hacía el hombre de su mujer, ni el matiz entusiasta que cobraban sus pupilas cuando me tenía de frente, mientras ofrecía una explicación gentil sobre la imposible pirámide de Keops. Yo misma me sentí enaltecida, pero prudente, y debo decir que las miradas de Barkhia me anduvieron por dentro como pisadas de un exótico animal, sacudiendo el promontorio de mis esfinges mudas y llevando a mis calladas sequías los escarceos de una lluvia fogosa. Y toda esa prudencia, al fin, tan necesaria. Los días caminaron con aroma de desiertos poblados de turistas y debo decir que entre las ventas de tiliches egipcios –amuletos vanos, piedras falsamente extraídas de la tumba de Tutankamón, ibis de diorita y todos los papiros que usted quiera para cubrir las paredes de su sala–, hubiera deseado encontrarme el que estampaba la efigie de Barkhia, para llevarlo colgando entre mis pechos, o aquel otro que pudiera conjurar su hechizo. Nada vino en mi ayuda, sin embargo, ni para encontrarme a solas con el guía y así sondear lo que parecía su deseo, ni para verlo reducido en su delimitada circunstancia, lo cual me hubiera valido quitarme un gran peso de encima.

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Hice que mi mirada le hablase, obsequiosa, como es bien sabido que lo hace la mujer cuando no descarta por completo ni deja tampoco ningún camino hacia ella, y así hasta el último día que terminamos en el Valle de los Reyes, emocionados realmente por el acento obsesivo de una poderosa religiosidad, incrustada con fuego en la entraña de la piedra. Con alegría estábamos en ese sitio muerto, cuando Barkhia advirtió una tormenta de arena. De inmediato tomó las precauciones e improvisó el resguardo, de manera que, cuando pasó el fenómeno, pocos sentían temor. Fue la única ocasión en que Barkhia se me aproximó con una deferencia riesgosa para saber cómo estaba, como si hubiéramos dormido largas noches en senderos ocultos por palmeras, y fue también el momento en que el pobre hombre abrió los ojos con desmesura, y a través de ellos leí una sentencia que me cayó como un guillotinazo. Enseguida, indignado por lo que había visto, se arrojó a los demás turistas para conocer si habían pasado el trance en orden, y por momentos me miraba con aprensión. En ese instante, y como si hubiésemos vivido juntos toda la vida, mi deseo era exigirle de inmediato que se explicara, pero no tardé en sentir lo absurdo de todo. Llevada por mi propio sentido común, saqué un espejo de mi cartera y me vi con prisa el rostro. La razón de la extraña actitud de Barkhia se me presentó ante mis propias pupilas: la arena arrastrada por la tormenta no solo había arruinado mi maquillaje, sino que había corrido la pomada especial que siempre usé para invisibilizar las patas de gallo, exponiendo con sus miles de partículas el surco de las arrugas, como si hubieran sido trazadas por un lápiz delineador. La imagen cimbró mi propia vanidad y desde ese entonces Barkhia se convirtió en un odioso enemigo, al igual que a veces detestamos la indiscreción de un espejo.

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Salí de Egipto como de un lento funeral. Las escalas en ciudades populosas y de una arquitectura que humilla el recuerdo de las nuestras, me dieron después la idea de que las piedras pueden ser transformadas por un poco de ingenio. Piedras que serían mudos acantilados allí enseñan los más caprichosos relieves y las más 53

audaces subversiones de la razón en un mundo como el nuestro donde el tiempo marca la extinción de todas las hazañas, lozanías, bellezas, amores, bondades y estaciones. Me comparaba yo misma –bajo los techos modernos y el bullicio irreal de un aeropuerto en Madrid–, con la más desvalida de las piedras, y aun cuando quise hallar un refugio en el brazo de Rubén, siempre tan atento a mis desmayos peregrinos, me faltó impulso, entrega, pasión, debiendo sentirme como cuando nuestra individualidad es fragmentada por todas las fuerzas destructivas del universo.

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Mi ciudad natal me acogió de nuevo entre sus esquinas aseguradas y firmes. Despertar luego al otro día en mi propia cama, al lado del cuerpo de Rubén, oyendo el ruido de mi propio vecindario fue un consuelo fortificante. Pero no dejé de imaginar el rostro de Barkhia durante toda la noche y de concederle una fisonomía amenazadora, muy distinta a la del gentil egipcio. Entre mis visiones nocturnas, los ojos de Barkhia, que habían podido seducirme como a la moza del parque seduce el ceño ávido del colegial, pasaban del interés obsesivo, casi lujurioso, al del impúdico desprecio. Desperté sin fuerzas. Ni el canto del gallo, ni las prisas de nuestros hijos para ir a la universidad, ni las llamadas telefónicas de mis amigas, que me preguntaban sobre mi viaje, podían favorecer mi ánimo. Rubén me abandonó –porque abandono es la palabra–, ya que debía reintegrarse de inmediato a su fábrica de galletas y confites y tradicionales sabores que nunca deben faltar en su mesa, y yo tuve que beber sola el café mirando el reflejo de mi rostro en las vítreas puertas de la terraza. Después recibí muy temprano a Carmen, quizá porque le pedí venir cuanto antes pudiera, y le brindé un obsequio merecido por su prontitud: un anubis del que deseaba deshacerme por ser el señor de los infiernos y dios evaluador de los pecados. Aunque me maravilló al principio su contextura suave y su largo hocico 54

de perro que resguarda una misteriosa sabiduría, me confirmaba demasiado el recuerdo de Barkhia, y deseaba alejarme de la crisis que este hombre o la vida me había producido. Carmen me rescató durante las últimas horas de la mañana. Viéndome triste me llevó de compras a las tiendas de siempre y cuando era el momento de comernos algo, me dijo conocerme demasiado para no saber que ocultaba un suceso. No pude negarle nada. Y le narré lo acontecido con la aclaración de que yo misma sentía vergüenza por mi falta de consistencia espiritual ante las simplezas y absurdos experimentados. “No jodás, Julia, está bien claro, necesitás apoyo”. Lo último dicho por mi amiga me hizo pensar en toda clase de medicinas, y le respondí: “No quiero sedantes, ni hipnosis, ni yoga, ni aeróbicos… No quiero nada… No te acepto…”. Carmen rió moviendo el exceso de su mimada carne de sedentaria, y se pidió enseguida una ensalada de palmito. “Tampoco quiero otra dieta”, concluí.

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La sugerencia de Carmen, mientras comía su ensalada inocua (que luego sentiría como demasiado inocua, y con lo cual habría de pedir un bocado de comida “real”), me dio un poco de lástima de mí misma porque es un hecho que la humillación, de cualquier forma, toca a nuestra puerta. Sin embargo, la mujer me hablaba con una resolución cruda, como una amazona vital. —Una cirugía cualquiera se la hace, Julilla, no te me hagás la dramática. Y ya es hora te lo digo. Yo, por ejemplo, estoy pasada un poco de libritas, pero pronto me haré una abdo-mi-no-plas-tia. —¿Y qué dirá mi esposo? ¿Y has pensado lo que pensarán mis hijos? ¡Y las amigas! Algunas de ellas no son tan amigas. Las hay pasablemente envidiosas y perversas. Yo misma me he burlado de las mujeres que acuden a eso. —Todos seremos algún día el blanco de nuestras propias críticas. Y esta es una ley universal. 55

La transfusión de empeño que me brindó Carmen aquella fecha alimentó mi desnutrido ánimo. Y para quienes no somos buscadores de nirvanas ni griales, el engaño generalizado constituye nuestra única defensa contra la horrible paradoja del destino. Siempre será mejor el paliativo a no tener más que el deslumbrante horizonte de los hechos frente a nuestros ojos de carne. No me lancé de golpe a la sugerencia, sino que medité unas dos semanas tratando de encontrar una razón suficiente para iniciarme en la cirugía plástica. Leí todo acerca de ello. Me reí de mí misma cuando me sentía atrapada por algún reportaje clínico en el cual se prometían resultados exitosos. Y, lentamente, como cuando asimilamos los nuevos rumbos de los tiempos –ya con enojosa resistencia, orgullo o desolación–, una tarde que bebía café en la casa de Carmen y vi sobre la consola de su sala el anubis que le había regalado, con su mirada insondable y fiera, le asenté con estruendo festivo que ya había tomado una decisión positiva. La mujer me abrazó en un alarde de felicidad extremo, y bailamos en la sala haciendo temblar la vieja osamenta de un armario sobre el cual se movieron relojes, retratos y floreros. Después Carmen me dio el nombre de la clínica. Ella misma me acompañó. Y, finalmente, ella me llevó a mi casa después de las primeras operaciones.

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Transcurridos varios meses, mi temor de ser vista como la traidora del guión biológico que debemos representar se había desvanecido y la novedad dejó de serlo para todos. Las famosas patas de gallo desaparecieron. Las manchas que produce el martillo oficioso del sol. Las venillas rojas que exponen los arrebatos e indignidades invencibles. Las huellas de ese atlas de desventuras y batallas que es la faz humana se limaron de mis carrillos, y así fui renaciendo en partes. Rubén, que jamás me contrariaba, me dijo estar contento con mis transformaciones. Mis hijos suponían que era algo muy moderno ver a su madre resistirse contra la muerte o de irrespetar sus medios de sometimiento. Y las amigas, que no dejaba de temer, apoyaron mi idea y algunas hasta me pidieron las tarjetas de mi cirujano para darse ellas mismas esa oportunidad. 56

Pasado el susto, me sentí más libre. Fui testigo del retorno de mi humor juvenil, que había casi perdido por completo en algún suburbio de la vida, y hasta pensé que las mejores facultades nunca se extinguen sino que consentimos en abandonar por decisión propia, debido a que estamos acostumbrados a incorporar los papeles estándares de nuestro medio. Así, por ejemplo, tener sueños y cautivarse con frescas esperanzas, nunca será un error ni un malentendido, pero a alguien se le ocurrió que debemos deshacernos de tal soporte cuando ya no somos jóvenes atolondrados. Desterré de mi vida esta falsa apreciación de las cosas y salí a divertirme como cuando tenía 20 años, sin arrebujarme ante las miradas miopes –y que son miopes porque buscan demasiado el ridículo ajeno–. Obtuve gloriosa satisfacción, canté de nuevo, aprendí nuevos ritmos de baile, me hice vestidos más audaces. Al fin, cuando fue imposible que cupiera en mi nuevo papel –o en algunos vestidos que exigían de mí volúmenes inexistentes a mi edad– busqué de nuevo asesoría técnica. Entonces llegaron las formas. Abajo de mi piel se llenó el Sahara de caudal, y muy pronto exhibí los frutos…

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Mis amigas, casi todas de mi edad y enfrentadas a los mismos dilemas, me habían seguido desenfrenadas. Era habitual que nos reuniéramos para comentar los últimos avances de la cirugía en tal o cual tratamiento y estábamos decididas a asumir hasta el más atrevido. Carmen lució por esos días un cuerpo de bailarina de flamenco y mostraba las casi invisibles cicatrices. —¿Quién las notará? –reía satisfecha ante sus preciados pastelillos de carne y pollo. Esperábamos puntuales escuchar siempre acerca de mejoras y nos proveíamos de pomadas y medicamentos extraídos de las fuentes más raras. Empezamos a correr contra la senectud y la dejadez. Nos movilizábamos como una banda contra los operativos de una ley inflexible. Nuestras reuniones se distinguían porque dejábamos el salón inundado de perfumes frescos y 57

maravillosos. Todas nosotras congregadas no nos hacía más que pensar en el bosque: siempre creciendo y renovándose. El sol que se infiltraba a través de nosotras era el tesón de mantenernos alertas. Las flores se seguirían abriendo, los arroyos continuarían manando, los gorjeos serían siempre escuchados, si no nos dejábamos vencer por nosotras mismas, por la gran falta de juventud que nos aqueja desde el momento en que así lo pensamos. Nuestra consigna fue no dar marcha atrás. Si los años transcurrían como perros hambrientos que nos quitaban pedazos de nuestro esplendor, nosotras debíamos poner muros a esos perros hasta donde fuera posible. Era lógico que algún día seríamos derrotadas. Sí. La derrota al fin sería absoluta, pero de igual manera, nuestra falta de aprobación. Esto último, sin embargo, no era tan sencillo de integrar a nuestro reino. Las consecuencias alentadoras de nuestras operaciones nos pudieron haber insuflado un poco de orgullo. Se había hecho familiar oír charlas desorbitadas de algunas de nosotras en relación con los avances científicos. Estábamos seguras de que la obtención de tejidos jóvenes de nuestros propios genes se iba a realizar algún día, y que la posibilidad de injertamos huesos ya no desechables como los que nos había dado la naturaleza, sino imperecederos e irrompibles, no era tema de burla, sino una hipótesis que necesitaba un poco de fe. El ansia por ver estos sueños realizados se asentó entre nosotras con su poder hipnótico. Muchas creíamos que éramos apenas la punta inicial de un camino de conquistas que jamás habríamos de ver. Las mujeres futuras tendrían a mano lo que para nosotras era solo una especulación. Nuestras tataranietas podrían pasar a la clínica más cercana y pedir al médico un trasplante de esqueleto como se solicita hoy la remoción de una uña infestada por un hongo. El tiempo se habría detenido para ellas porque siempre hallarían la forma de detenerlo con nuevos implantes. Aunque la eterna juventud estuviera siempre un paso más adelante de las innovaciones, cada día más conturbadoras, se tendría algo muy próximo que dejara de partir en pedazos nuestra alma, cuando el retorno de un día más nos asentase de nuevo el rotundo éxito de la muerte, la enfermedad y la amargura.

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Fue sencillo volver a la depresión si nos reconocíamos en una etapa muy primitiva de algo que en el futuro habría de ser como tomar un vaso de agua. Juana, por ejemplo, una de las más rozagantes y afanosas con las operaciones al principio, empezó a declinar de una manera brusca. Recordamos con cierto temor que no habían transcurrido ni siquiera unos días desde que la habíamos escuchado reír con ese desparpajo del hedonista brutal, cuando nos sorprendió verla sumida en un estado de introversión y lobreguez insanas. A pesar de que intentamos hacerla salir de su celda, no logramos sino que se escondiera de nosotras. Puso a su empleada doméstica a tomarnos los recados al teléfono, como si fuéramos desconocidas, y si alguna de nosotras la vio por última vez sobre los pasillos de algún supermercado o conduciendo su automóvil por una de las calles de la ciudad, la describió como oscurecida y yerta. La última noticia que supimos de Juana la recibimos a través de una de sus vecinas, y nos embargó en una pena espantosa: “Apareció muerta en el jardín, después de haber desayunado tranquilamente con su marido. Este recuerda haberla visto comer alguna que otra fruta. Nada de café porque ella se había plegado a una dieta estricta. Aunque algunos de sus familiares andan diciendo que la mató un ataque cardiaco, un joven médico que trabaja en la clínica donde la llevaron y que es novio de mi hija, nos ha dicho que tal vez se suicidó. Una sustancia que hallaron en su sangre lo comprueba. Claro. A la familia no le sirve que se sepa esto. Nadie quiere pensar que una madre, una esposa, una abuela, simplemente se suicida como cualquier loco desesperado. Esto podría confundirnos a todos. Y creo que tienen razón”. La muerte de Juana incrementó la esperanza de que nuestra comunidad ya no produjera errores semejantes contra alguna de sus miembros. Entendimos con esta atroz experiencia que habíamos confundido la senda y tratamos de suplantar el entusiasmo ingenuo y la devoción ciega por la austera sensatez. “Sí, señoras –dije en una reunión–, lo que le pasó a Juana fue porque nos hemos alejado de la realidad. Nunca le podremos ganar la batalla a la destrucción. Y esto no nos tiene que deprimir. Que se quiten algunas arrugas y se depositen más rellenos está bien para todas, pero de ahí a considerar…”. Mi discurso fue sensato, pero nunca convincente. La muerte de Juana solo había detonado algo que ya estaba dentro de nosotras: no queríamos quedar 59

atrás, ni envejecer, ni sentirnos un despojo. Queríamos mostrar alegría, brillo, encontrar nuevas rutas, rescatar lo perdido y ponerlo como un pony sobre una sabana verde recién llovida. En este sentido todas sabíamos que Juana tenía razón. Nadie quiere a los vejestorios. Si debemos triturarnos como pasas es mejor que nos encuentren tiesos después de haber dejado todo listo. Es más, aun después de haber regado las flores del jardín, como había hecho Juana, porque ella había entendido que su desilusión era cabal y se dirigía contra un episodio de su existencia que hubiera detestado vivir en esas condiciones. Estaba claro que su amor y admiración por la vida permanecían iguales y que su acción no tenía por finalidad ser la anulación de todo lo existente.

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Una tarde, guiadas por el fantasma gigantesco que habíamos creado, invitamos a nuestra obligada reunión semanal al doctor Mejías, el mago que hasta la fecha se había enriquecido más con nuestras operaciones. Llegó con un pequeño maletín del que sacaba revistas sobre los más modernos avances en cirugía plástica. Aunque ya parecíamos conocerlo todo sobre el tema, Mejías nos desplegaba sobre la mesa nuevos métodos que nos sorprendían y estimulaban. Las gesticulaciones del hombre, rodeado de mujeres ávidas de novedad, sus manos repletas de anillos con piedras preciosas, su rostro límpidamente afeitado y su voz servil, a muchas les parecían la seña de que se podía seguir confiando en él, pero su premura para que firmáramos algunos documentos sobre nuevas experimentaciones me alertó. —Algún día las operaciones ya no serán tan posibles… y créanme que yo no las imagino como ancianitas… –susurraba con astucia–. Sería mejor que ingresen al futuro, señoras. Sí, eso he dicho, al futuro. Nuestra compañía ya puede darles lo que han soñado… Mis amigas enloquecieron con la imposible noticia de que se habían descubierto promisorias recetas de juventud. Rodearon al hombre como ingenuas adolescentes, y la mayoría estampó la firma sobre los documentos, sin tan 60

siquiera leer las cláusulas, que hasta podrían haber sido redactadas por el mismo diablo. —¿No firmará usted, Julia? –me señaló. —Esperaré unos días –dije. —No se preocupe –le exclamó jocosa Carmen–, yo me encargaré de que se convenza. ¿Verdad, amiga? El rostro de Carmen me abordó con una ansiedad odiosa, aunque tuve que encogerme de hombros. —Ya veremos –respondí. —Algún día las operaciones ya no serán tan posibles –volvió a decir el médico–, porque la naturaleza corrompe desde lo profundo. Ahora mismo la muerte pasa su hoz sobre el campo de su vida, y las últimas flores son llevadas por el viento. —¿Es usted poeta? —¿Cómo no serlo un poco en estos días? Las mujeres despidieron al médico con adioses azucarados y muestras de una indefensión crónica. Antes de cerrarse la puerta ante su rostro, su mirada, que no había visto sino imparcialmente y en el frío consultorio, me recordó a Barkhia. Y casi de inmediato me fui a la ventana para verlo desplazarse hasta su automóvil. Desde allí, analicé sus movimientos, su perfil, su porte oriental, relajado, satisfecho, y creí que Barkhia estaba vestido de cirujano y que él mismo se había aplicado algún tipo de cirugía para reaparecer en estos lindes. Lo primero que hice fue reír, más tarde, mirándome ante el espejo de mi casa, segura de que nadie me podía escuchar. Acto seguido, la inquietud y la sospecha empezaron a cobrar proporciones que me alarmaron. —Es él –le dije a Carmen por teléfono–. Estoy segura. No puedo estar confundida. 61

—¿Todavía te persigue ese hombre? –me regañó–. ¡De veras que te tocó, Julilla! Demostrále a su recuerdo espantoso que tu imagen en los espejos puede ser más lozana. Vamos, demostráselo. El tono de Carmen no me gustó. Había tomado en los últimos días un timbre a hojas secas movidas por aire del desierto. Su oficiosidad para que todas nos embarcásemos en las aventuras más desesperadas de la cirugía me había indicado, al principio, que la mujer era el extracto del espíritu de hoy. Su alegría y su apetito me daban la confianza suficiente para sentir que sus determinaciones eran cariñosas, pero, a lo largo de nuestras reuniones, a veces reparaba en la forma de su semblante y me negaba a confirmar –de seguro porque no todo el tiempo deseamos ser testigos de los hechos reales que había cambios sinuosos en sus miradas, con lo cual parecía impaciente y fúrica.

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A la mañana siguiente, me fui para la clínica del doctor Mejías. Conduje hasta el centro de la capital, dejando que el viento me diera en el rostro, un viento que casi no podía sentir porque los trabajos sobre mi piel la habían dejado insensible. Lo mismo podía decir de mis pechos y nalgas, aunque los efectos habían estado claramente consignados en el contrato. Disfruté del viaje corto en mi automóvil bajo un cielo que derramaba su perenne lozanía sobre las cordilleras, ríos, ciudades, sueños, guerras, aburrimientos, homicidios. Un cielo que perecía cada tarde y volvía con el mismo rubor todas las mañanas, al igual que un obsequio de flores para el corazón. Desde el fondo de cada célula tal vez escuché una voz o un eco en señal de que permaneciera tranquila, sin miedo, gozando de las imágenes que se alternaban y que eran escorzos de parques, arboledas, rotondas, raudas perspectivas de edificios en construcción, muros rotos, costados de suburbios heridos como largas y exitosas caries. —Señora Julia, ¡qué placer verla! –me celebró Mejías al verme abrir la puerta de su inmaculado consultorio lleno de afiches con productos para la reparación física y facial–. ¿Acaso viene para firmar el contrato? ¿Se encuentra ya preparada? 62

—No he venido para firmar el contrato, señor Mejías –le respondí sentándome ante su escritorio, después de haber caminado por los pasillos de la clínica y de precisar el aroma de absoluta y sospechosa pulcritud en cada recinto–. Usted sabe a qué he venido. —¿Perdone? –me rogó con el asqueroso servilismo que Barkhia me había representado sobre las tierras de los faraones. —Barkhia, Mejías, no importa el nombre –le dije–. Ustedes son el mismo hombre. Una figura juzgadora, atractivamente varonil, pero con un rostro hecho de reproche. ¿Así me quería ver, sin las patas de gallo? Y si me hubiera visto desnuda, señor Barkhia, si me hubiera visto desnuda le pregunto yo, ¿también habría deplorado la flacidez? ¿Sí? ¿Verdad que sí? Al decir esto me desabroché la faja de mi enagua. El hombre fingió asombro colegial y tomó su teléfono, pero no pudo asirlo con fuerza. Mi estómago macizo y terso se reveló ante sus ojos. Con prisa, me quité la blusa e hice brotar dos pechos firmes y perfectos. —Señora… por favor… ¿qué hace? —Su gran clínica ha puesto todo en orden sobre mi cuerpo, señor Barkhia o como se llame. Gracias por su ayuda. Desde mi cartera saqué el revólver con silenciador de mi esposo y le descargué todo el casquillo. Luego me vestí apropiadamente y salí de la clínica como si me hubiera quitado de encima a un fantasma.

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MENELAO Y LA REINA

Menealo En medio de una agitada estación de autobuses, su rostro de perfil griego se reclinó un poco para saludarme, porque a pesar de ser yo bastante alto, Menelao, como le habíamos puesto en la clase opcional de literatura, era todavía un poco más alto: lo suficiente para hacerme sentir defectuoso en alguna medida. En ese momento Menelao portaba una valija enigmática que sostenía su muñeca nervuda llena de esclavas de oro. Una corbata flamante lo hacía innecesariamente notorio pues Menelao era de por sí un rubio que no pasaría nunca inadvertido. Sin interés enfático me inspeccionó. No creo que hubiera durado mucho en hacerse un análisis somero de mi situación actual. Había en él desarrollada una cualidad astuta que se asomaba en sus ojos azules como llama viva. El humo y el bullicio de la estación de buses no me dejaban casi oírlo, pero Menelao me asió de un brazo, llevándome bajo el alero de un restaurante chino. —A mí me ha ido demasiado bien… –pronunció con su voz pausada y suave–, he sabido ganarme mis pesos… —No puedo decir lo mismo –repliqué casi con fastidio–. Tal vez no me den plata para ir a la universidad. Los ojos de Menelao se fueron iluminando como el lago risueño de un almanaque. 64

—Podría ayudarte –me dijo alzando más su mirada y casi contento por tenerme en una situación inferior–. No olvido que fuiste un buenazo conmigo. ¡Por vos pasé el quinto año! Y en efecto era así. Rápidamente desfilaron por mi mente todas las artimañas para que holgazanes como Menelao obtuvieran notas como las mías. Integrado al grupo adonde iban a parar todos los quedados y repitientes, que por falta de campo no habían podido matricular otros cursos –debiendo contentarse con las clases de literatura–, había optado por cargar a los fracasados. Menelao era uno de esos que bordeaban una existencia sin fines. En el fondo, jamás había considerado que mi labor extra en favor de tales diademas de la desidia, hubiera podido ser irresponsable de mi parte, una explotación a mí mismo. Solo el tiempo me lo refirió. Entonces pensé que hubiera tenido más tiempo para ser excelente o un alumno por encima de la norma. Hasta quizá hubiera podido disfrutar de alguna beca especial por algunas de mis facultades que, por un tonto afán de aceptación, las había socializado. Invertí todo mi empeño en conferencias y presentaciones de grupo que se diluían, inmerecidamente, en el nombre de todos. “¡Muy buena exposición!”, “¡Qué ideas más ingeniosas!”. Cuando un profesor experimentado olfateaba la creatividad del trabajo como emanación de un anónimo cabecilla, me parecía indecoroso salir con el premio del elogio y callaba a la pregunta: “Esta redacción no pudo haber sido hecha por todos, ¿quién la hizo?”. Estas y otras muchas escenas nos corrieron por la mente a mí y a Menelao, quien se había provisto de herramientas más útiles para bregar en el mundo. Sí. Él me debía algunas cosas y quería pagarlas. La noche de esa fecha de encuentro con un antiguo condiscípulo se pobló de dudas y esperanzas: Menelao me invitó a ingresar a su equipo de trabajo en una rama del comercio que, definitivamente, le había dado ese aire autosuficiente de la actualidad. Solo quedaba del viejo Menelao su voz dulzona y lejana, como si no quisiera ofender a su interlocutor. Seguía, sin embargo, por saberse, la naturaleza del nuevo trabajo, porque, solo para mi sorpresa, mi amigo se había rehusado a explicarme. Por su gran maletín de cuero y su radiante corbata lo avistaba halagüeño.

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La reina No tuve reparos, al otro día, en portarme un poco prepotente con mi padre que, viendo en mí estampados los 17 años, se agradecía por haberme llevado a una edad en la que ya podía ir sorteando solo las vicisitudes del mundo y los costos de la vida. Lo último sobre todo lo hacía tratarme con aspereza necesaria, con el desenfado de los machos rudos de la tribu. En el fondo siempre odié esa falsificación de la paternidad, ese interés espantoso de los padres hombres por ver rápidamente los frutos concretos de los hijos. Sin embargo, necesitaba comprobarle que era capaz de producirle admiración hacia mí, y de ofrecerle las pruebas irrefutables de mi eficiencia. El nuevo encuentro con Menelao se hizo esperar, mientras contaba los minutos en la salita lujosa y aséptica de una oficina de algún edificio del Paseo Colón, donde la secretaria del negocio me había invitado a sentarme. Recuerdo haber llevado un librillo de mitología, donde, por el azar de los cambios de la existencia, y llevado por una fuerza realmente desconocida, me fijaba en el apartado relativo a la M (“Menelao”, “Minotauro”), un juego de las coincidencias extrañas que me gustaba interpretar de inmediato con cierta burla: “Esto quiere decir que he estado, hasta la fecha, enfrentado ante la bestia aniquiladora de los hombres, y que ahora vengo a ver al rey”. Mi ex condiscípulo apareció con el esplendor que ya había instalado en mi admiración, aunque por dignidad del mejor alumno de mi clase no se lo demostraba abiertamente. Menelao me llevó a una sala de reuniones donde los demás colegas suyos bebían coca cola y comían bocadillos. Una rubia hermosa con vestido de ejecutiva me miró de reojo, quitando la vista bruscamente, como si el intruso no le revelara la más mínima distracción. Era evidente que se trataba de la hermana de Menelao, porque el parecido era innegable. Solo lo diferenciaba el fuego frío de sus pupilas, un frío fanático. En las paredes del lugar colgaban cuadros estadísticos y fotografías con el equipo de colegas sosteniendo un gran trofeo o con solo uno de ellos, evidentemente agasajado en una gran reunión, mientras elevaba una medalla del tamaño de una cabeza. Había globos que pendían del techo y serpentinas. Parecía una fiesta de cumpleaños. Un hombre jovial, el más viejo de todos, indicaba una cifra sobre un portafolio a la hasta ahora supuesta hermana de Menelao, con un bolígrafo que hería los ojos de resplandeciente. La mujer 66

imprecaba. El hombre consentía, para después reponer una objeción que apenas se podía comprender como tal. —Bienvenido a Rena Ware –me indicó el hombre jovial mientras se paraba de la silla y me extendía una mano demasiado ocupada para sostenerse por mucho tiempo en la mía–. Joaquín me ha hablado de usted, y me ha parecido idóneo. Al llegar a este punto había olvidado por qué razones sería yo idóneo, y se dirigió a Menelao: —¿Es él quien organizaba las conferencias? –Interpelado, mi amigo asintió casi con solemnidad, como si el hombre emanara un destello venerable. —Entonces no tiene más que entrenarse uno o dos días. Con estas palabras, el gerente, como me lo hizo saber Menelao en un susurro, volvió a su asiento a la par de la joven que, ciertamente, este último me señaló como su hermana. De ella solo pude obtener un “hola” seco. El resto de hombres y mujeres atendían deprisa las cosas sin prestarle mucha atención a los nuevos. Un vistazo más lento me hizo descubrir, al fondo de la sala y enmarcada con primor, a la reina por la que se efectuaba tanta agitación: la famosa olla Rena Ware de acero inoxidable, con sus diversas presentaciones, en medio de un colorido celestial. Sobre bancos y papeleras se amontonaban grandes cantidades de revistas y guías que hablaban sobre la grandiosidad de la olla y su diferencia con el resto de ollas productoras de cáncer y estreñimiento. —Era una sorpresa –me dijo–, ahora ya sabés de qué se trata. De inmediato, mi ex condiscípulo me llenó las manos de panfletos con los que se me entrenaría para ofrecer un delicado producto. No. No sería un vendedor común y corriente. Los vendedores ofrecen cosas que pueden ser perniciosas o de muy poca duración. Yo, en cambio, iba a ofrecer un producto que excedía el deseo de sacarle dinero a la gente. Iba a contribuir con su salud y esto podría demostrarlo científicamente. Por otro lado, mi amigo me desplegó un folleto sobre la mesa con la cantidad de artefactos que podrían venderse y las regalías que habría de obtener por dicha venta. 67

Una vez superado el shock de encontrarme en un sitio de vendedores, y de estar yo por convertirme en uno de ellos, el tema de las regalías parecía surtir un embrujo en mis oídos. ¡Cómo se había superado Menelao! Ahora era yo el que escuchaba su locuacidad, una locuacidad llena de música, aunque penetrada de giros chuscos y poco audaces. El logro personal puede impregnar a algunos individuos de fascinantes lentejuelas. Siendo intrínsecamente anti-materialista, fui entrando a la órbita donde el gerente, la hermana, Menelao y los otros, giraban alrededor de los negocios reales, y no de las ensoñaciones estúpidas en las que venía tejiéndome como una oruga. Qué cerca estaba yo de ser un hombre de acciones concretas y de resultados sólidos. El hecho de ir de casa en casa no me parecía indigno, sino parte del esquema de vida del hombre cazador, del hombre que domina la tierra con sus negocios y triunfos. ¿No se podía poner a Henry Ford como ejemplo? ¿Tenía que ser yo diferente? Podía hacer un poco de dinero y después dedicarme a otra cosa, u ocuparme simultáneamente de todas las cosas. Un mar de posibilidades se me desplegó y yo lo empezaba a transitar, primero, en una rústica lancha. No tardaría quizás en surcarlo en un trasatlántico. El primer día de entrenamiento fue trivial. No tuve más que conocer todo el proceso de presentación de un producto absolutamente atractivo para las amas de casa. Manejé con rapidez la información a mano. Ante una demostración del gerente, quien a su vez hacía sus ventas, quedé atónito por la facilidad de vender el artículo. —El fin de semana tuve pereza de quedarme en casa haciendo lo que todo el mundo hace: ver televisión. Así que me dije: “Raúl, estás perdiendo dinero, ponéte tu saco, alistá la valija, y andáte al campo: vos sabés que los campesinos compran a diestra y siniestro. Ya el área metropolitana está quemada; aun más, demostrále al equipo de vendedores lo que se puede hacer cuando uno se decide”. De inmediato me dirigí a Pérez Zeledón, y no fue un sitio que escogí apegándome a alguna estadística. Solo apunté el dedo en el mapa, y cerré los ojos. Yo siempre se los he dicho: la plata está en el campo, los precios del café están en buena época, y los cafetaleros grandes y pequeños no saben qué hacer con la plata. Ahora, vean ustedes las cifras: sigo siendo el vendedor estrella. Enseguida, Raúl presentó ante nuestros ojos asombrados una cifra de bonificación a su nombre. Le temblaba la boca, y como todo hombre que crece 68

económicamente, hablaba para sí mismo, para darse más ánimo: —Esto me ayudará a cambiar de vehículo, así que si alguien necesita uno usado, hablemos… La imagen de éxito total nos indignó a algunos, pero como había querido lograr el gerente, nos inoculó su veneno. Hasta Menelao, uno de los mejores, y ante las cifras manejadas por Raúl, se quitó la máscara risueña que andaba y me propuso de inmediato hacer un viaje rural. Como no contaba con el entrenamiento suficiente me aconsejó ese día emplearlo en visitas locales. Tenía que quitarme el miedo. Una sensación de parálisis en las piernas que acomete a todo nuevo vendedor. —Presentále a tus tías el producto, ofrecéselo a tu mamá, qué sé yo. Tenés que ir cogiendo “volados”. La sugerencia no pudo ser más propicia y no tuve reparos en llamar a una de las tías adineradas de mi madre para venderle la olla. Sin embargo, una cosa era nadar en las aguas donde se alimentaban Raúl y Menelao, y otra salir yo solo. Antes de ingresar a la casa de mi tía, adonde se me esperaba para hacer la demostración, tuve que soportar las befas de la voz interna, que hacía añicos las intentonas de ataque del pequeño cazador que yo deseaba alimentar dentro de mí. “No se puede vivir sin ese gran empuje de Raúl, sin la confianza en los medios propios de Menelao, ¿por qué me hacés esto, ¿por qué?”. La lucha interna era terrible. Sentía mi mano sostener la pesada valija que me había ofrecido Menelao para mi primera incursión, y oía el escarceo de los trastes finos y caros con cierto cinismo espantoso. “Dentro de la valija está la reina, yo he de venderla, tengo que hacerlo…”. El resultado fue triste, porque la tía adinerada de mi madre, a la que hice mi primera muestra, después de haber asentido durante toda mi presentación, me agradeció la visita, me auguró suerte para mi nuevo empleo, y siguió hablándome de su estado de salud, del último infarto de mi abuela, de lo buena que había sido mi madre con su mamá. Nunca hizo mención sobre su deseo de adquirir alguno de los artículos de Rena. Y solo fue clara cuando me confesó que nunca había dejado 69

su bendito fogón de leña. Llegado a este punto, mis fuerzas estaban agotadas. Mi capacidad de reacción y de probar una nueva acometida sobre algún otro terreno se había extinguido. Sin embargo, el desaliento fue borrado de la superficie de mis ojos con la voz aflautada de Menelao que respondió a toda mi experiencia pasada con: “eso ocurre siempre”. Jamás me aconsejó tomar en serio la prueba. —La familia es la peor compradora –añadió. Solo el viaje a la zona rural aparecía con sentido. Y después de otras pruebas, terminadas con idéntico resultado a la anterior, estaba desesperado, casi hambriento por encontrarme con los cafetaleros llenos de plata. “La gente de la ciudad está harta de vendedores; no así la del campo. Se considera a los vendedores como visitas familiares, como distantes primos”.

Candelaria Al saber mi padre que viajaría a su pueblo natal, donde su abuelo había sido poseedor de inmensas zonas cafetaleras, hizo rememoraciones tristes: —No olvidaré nunca que dejé allí a mi madre enferma para venir a la ciudad a convertirme en un guardia civil. Todo por abuelito: él quemó la hacienda de la familia. Lo tiró todo en guaro y mujeres… Habiendo crecido con esta anécdota en medio de las conversaciones de las hermanas de mi padre, cuyos ojos destellaban ante las fortunas perdidas y las posibilidades descuartizadas, lo miré sentado sobre el sofá raído con una compasión que hubiese querido expresar en un abrazo, pero algo físico me lo impidió. Solo atiné a preguntarle por el clima y otras vaguedades, como por dónde estaba la parada de autobuses, a lo que de nuevo dijo: —Llegarás al parque de Palmares, que fue donado por abuelito y que al final, en su miseria, terminó por barrer para la municipalidad como cualquier peón, y allí encontrarás una terminal de autobuses… 70

Una paradoja de este tipo había formado el carácter de toda la familia paterna, y esta cargaba, por años, con la imagen del hacendado convertido en barredor, especie de trauma que necesitaba expresarse en continuas lamentaciones o apelaciones al perdón divino por el alma del disoluto, y sentimiento de derrota anticipada que nos legó como sangre a los nuevos frutos. Luché internamente contra el significado de la historia del abuelo desordenado, porque me parecía de mal agüero cargar con ella hacia un misión donde necesitaba lo contrario. “Los males de familia no se transmiten”, pensé, mientras subía con Menelao al autobús, oyendo sus especulaciones de vendedor entusiasta, pero sin arte oratoria. Las dos horas del viaje las completé robando ímpetu al viento que se colaba por las ventanas. Quería ser ese viento. No tener ninguna forma humana y poder atravesar los campos con la despreocupación de una criatura silvestre. La sola conversación de Menelao, su gran admiración por las proezas de Raúl, sus referencias a la superioridad de su hermana en asuntos de ventas y otras banalidades, me hacían sentir que estaba en el infierno. Que salir del colegio había sido entrar al infierno. A través de los campos se me figuraba la existencia de una ciudad libre de Menelaos y de hermanas ambiciosas y de hombres rapaces y de ollas que pueden darte la felicidad económica. El pequeño pueblo apareció ante nuestros ojos bajo un cúmulo de radiante bruma mañanera. El aroma de las cosechas de café, un aroma dulzón, pletórico de bonanza, nos picaba las narices. Desde el vértice de una delgada curva vimos el perfil de la iglesia, y algunos despreocupados viajeros se empezaron a bajar en sitios aledaños. Los miramos descender del autobús y dirigirse con parsimonia hacia casitas cubiertas por matas y enredaderas tupidas de flores. Ya en el parque nos sentamos en un poyo y descansamos bajo las altas palmeras. El radiante día que nos rodeaba no podía ser pasado por alto, así que nos paseamos por las calles, sin dejar de hablar de las ventas que haríamos. Menelao era optimismo absoluto y no dejaba de mostrarlo en cualquier momento. Sin embargo, su optimismo era solo una dosis. Mañana tendría que ir por otra donde Raúl, o adquirirlo de un folleto redactado para vendedores de la casa matriz en Estados Unidos.

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La esperanza en la conversión económica me sostuvo en el asiento del vetusto autobús que nos llevó a Candelaria, y me hizo reforzar los formulismos triviales que lanzaba Menelao acerca de la obtención de grandes bonificaciones, sonriéndole a veces con ese inconfesable dolor que nos produce el fingimiento necesario. Solo al descender del armatoste, y tocar con mis polvorientos zapatos la tierra que había sido el escenario de la infancia de mi padre, me cubrió una nostalgia que se disipaba como un pájaro hacia el cielo azul. ¿En qué rincones habría padecido mi padre la terrible hepatitis que lo hizo sucumbir hasta quedar hecho un harapo? ¿Qué parte de esta tierra guardaba el sudor de agonía de mi abuela, que expiró de peritonitis mientras los vecinos ponían ladrillos calientes sobre su estómago? ¿Por cuál camino descendieron los pasos de mi padre en busca de mejores horizontes? ¿Qué albergó en su pensamiento? ¿Cuáles habrían sido las tierras despilfarradas por el abuelo disoluto? ¿Caminaba yo con Menelao por encima de ellas? ¿Serían tantas hectáreas o había algo de invención en esas historias? El sol de Candelaria ponía el suelo de color ocre. Las cigarras producían sonidos casi visibles. El murmullo de las infinitas hojas de los cafetos se confundía con el de los cogedores de café. Vimos laderas donde solo se alzaba una casita rodeada de un movimiento ufano: el precio del café se pagaba bien y la gente estaba contenta. Menelao me señaló una sencilla vivienda que imperaba alrededor de un cafetal cuyo verde competía con el rojo chillón de las bandolas caídas por el peso de los granos. Hasta allí se decidió, dando enormes zancadas, como un antílope.

¡Sorpresa! Una mujer retozona nos abrió la puerta. Una vez que Menelao hubo explicado la razón de nuestra visita, nos hizo pasar adelante. Su cordialidad nos hizo sentir renovados, porque estábamos por perder el aliento, algo que no se debe abandonar nunca en estos malditos quehaceres. Mientras Menelao preparaba su exhibición de ollas inoxidables, las tres hijas de la señora se hicieron presentes, más quizás por la descripción que les hizo la madre en secreto de la apariencia prototípica de este. Afectando impresión e interés desmesurado, las 72

tres mujeres, hermosas y frescas todas, no cesaban de interrumpir a Menelao en su aburrida defensa del producto. Hechizadas por la voz débil pero suplicante de mi amigo y por sus rasgos de estatuaria griega, empezaron a competir en gestos y miradas para atraer la atención del guapo, una oportunidad digna en una comarca cafetalera y de pocos habitantes. Como el propósito de Menelao era vender, desplegó muy pronto un serio contrato sobre la mesa que las mujeres apenas percibieron. Un guiño me permitió confirmar que muy pronto íbamos a ser testigos de una venta fácil y sin impedimentos. Sin embargo, la madre, saliendo ella misma de los vahos del encanto producido por el rubio capitalino, nos hizo una señal en medio de una batalla que parecía ganada desde nuestra llegada, aduciendo que el criterio decisivo para la adquisición de las ollas, como debíamos haberlo sabido, recaía en la voluntad de su esposo. Amo y señor de la situación, Menelao instó a las mujeres a que buscaran al esposo y padre, para que también se uniera al corro de admiradores de las ollas. La orden fue digerida con rapidez, y la madre, sabiendo que la disputa de las hijas iba en aumento y peligrosidad, con lo que ninguna de ellas se ausentaría para darle más chance a otra, salió en busca de su marido, internado en sus cafetales. La efímera ausencia de la madre fue aprovechada por las jóvenes mujeres para pulir sus armas de guerra, pero Menelao, como correspondía en un caso como ese, jugó al inocente inaccesible, papel que las provocaba aun más. La refriega fue interrumpida, sin embargo, cuando el padre asomó por una de las puertas traseras, con su traje caqui y sus altas botas de hule. Aleccionado por la esposa durante el camino, venía dispuesto a firmar cualquier cosa: ¿no habían sido unos años de magníficas cosechas? En un clima que se hacía casi familiar, el hombre nos confesaba algunos de sus intereses futuros. Era un hecho inminente que algunas de sus hijas necesitarían ir a la universidad y estaba pensando en disponer de vehículos. Las hijas lo mimaban apretándolo por el cuello. Su mujer le daba tiernos codazos para que dentro de sus planes no se olvidara de sus necesidades de esposa, a lo cual el hombre le reprochaba haberse ido llenando de artículos que compraba a un montón de vendedores, que luego amontonaba sin saber qué hacer con ellos.

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El finquero se sentó sobre una de las sillas del comedor para mirar el contrato y hacer muestra de su capacidad de firmar tales papeles ante sus hijas que, felices de poder contribuir con el destino laboral de Menelao, no cesaban de estimular a su padre sobre la importancia de contar con las ollas. Fue en ese momento que el hombre, adormilado, pero no ciego por las telarañas, dirigió una mirada más certera sobre la mercancía reluciente extendida sobre la mesa. Contrariado por lo que pudo averiguar, jugó con el bolígrafo que le extendió Menelao, mirando de pronto hacia el vacío. Como si algo lo hiciera sentir pena, pena de no poder cumplir todos los deseos de la gente, se excusó un momento y se perdió de la sala. Al cabo de unos segundos retornó con un paquete polvoriento del que fue sacando el juego de ollas marca Rena Ware. El encantamiento de todos se hizo pedazos. El finquero también parecía pedir perdón, perdón porque muchachos tan trabajadores vinieran en balde hasta su casa. Aun así, nos desafiaba a que le ofreciéramos cualquier cosa con tal de seguir agradándonos a todos. “¿Que llevan de más?, ¡a ver, quiero ver!”. Si hubiéramos sido vendedores de carros, los deseos se habrían cumplido, pero no llevábamos más que una sartén, bastante modesta en precio. Además, Menelao tuvo que volver a rendir la explicación sobre el uso de las ollas, advirtiendo sobre el pecado de mantener en una bodega recipientes tan caros, útiles y saludables. Finalmente partimos. Exhaustos.

El alza del dólar El apocamiento que esas primeras experiencias pudieron provocarme no fue suficiente. Ensayé una y otra vez ante clientes invisibles, y vecinos colaboradores, la forma de vender un equipo de ollas. Cuando me disponía a hacer uso de mi parafernalia de vendedor en cierne, el dólar se encumbró como nunca antes y los precios de las ollas brillaron en altitudes inaccesibles para la mayoría. Menelao fue instruido para seguir adelante, y aunque parecía dudoso, me aseguraba que todo volvería a tomar su cauce. Yo renuncié a nuevas incursiones. Pero tuve sueños en los que vendía miles de ollas y me casaba con la hermana de Menelao, solo como premio por haberme convertido en el mejor vendedor del año.

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Guillermo Fernández. San José, Costa Rica 1962. Es autor de los géneros de poesía, cuento y novela. Ha sido profesor y editor. Se graduó de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Actualmente trabaja como consultor en capacitación. Escribe comentarios de libros y otros temas en diarios y revistas. Ha sido Representante por Costa Rica en el Festival Internacional de Poesía en Medellín, Colombia, 1998 y Nominado representante por Costa Rica al Festival Internacional de Poesía en Oaxaca, México. También, ha sido invitado al Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA, 2008) en Guanacaste, Costa Rica. Se cita su obra en las siguientes antologías: Antología de poesía centroamericana, Editorial Costa Rica-UNESCO, 1994; Inventario de la poesía en lengua española, 2da. mitad del Siglo XX”, realizada por Juan Ruiz de Torres, Universidad Autónoma de Madrid, España; Costa Rica: poesía escogida, compilador: Carlos Francisco Monge, Editorial EDUCA, 1997; El amor en la poesía costarricense, compilador Alfonso Chase. Editorial Costa Rica, 2001; Sostener la palabra, compilador Adriano Corrales. Editorial del Tecnológico de Costa Rica. 2007; San José oculto, antología de cuento, Ediciones Andrómeda, vols. 1 y 2; Diccionario de la literatura centroamericana, Albino Chacón (et al). San José: Editorial Costa Rica / EUNA, 2007; Cuentos del paraíso desconocido. Editorial Algaida, Sevilla: España. 2008; Nuestros escritores y nuestros libros, ensayos de Myriam Bustos Arratia, Editorial Tecnociencia, 2009. Ha recibido algunos reconocimientos como el Premio Joven Creación. 1982; Premio 59º Juegos Florales de Guatemala. 1997; Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. 1997. Ha Publicado: Poesía: La mar entre las islas. Editorial Costa Rica, 1983 Atrios, Editorial Costa Rica, 1994 Estocada final, Editorial Costa Rica. 1997 Para días posibles, Editorial de la Universidad Nacional, 1997 Danzas. Editorial de la UNED, Universidad Estatal a Distancia. 2002. Cuento: Efecto invernadero, Editorial Costa Rica, 2001 Hagamos un ángel (Editorial EUNA; 2002) Novela: Babelia, Editorial de la Universidad de Costa Rica (2006) Nebulosa.com. Editorial Costa Rica (2007).

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