Literatura - Un Viaje de Cuento - Africa . Salva Rodriguez

* The preview only display some random pages of manuals. You can download full content via the form below.

The preview is being generated... Please wait a moment!
  • Submitted by: EnBiciados AQP
  • File size: 1.3 MB
  • File type: application/pdf
  • Words: 140,202
  • Pages: 426
Report / DMCA this file Add to bookmark

Description

Un viaje de cuento * Inicio Hola Esta es la historia de 5 años en bicicleta por África y Asia, de lo que acontece ante los ojos de un viajero, y de lo que acontece en el viaje interior: historias, aventuras, cuentos, y cierta poesía. Está escrito en Japón, donde he llegado tras una suma de variopintas circunstancias que van desde la gente anónima que me dio agua en cualquier desierto, a los libros que leí cuando era adolescente. Aunque debo bastante más de lo que puedo aportar, creo que es el momento de compartir esta historia con quien quiera leerla. Tokio, marzo de 2011. Si tienes problemas para abrir esta web puede ser debido a que todo el texto y fotos están en una sola página. Quizás debas cerrar otras aplicaciones que tengas abiertas. Esta página no va a ser actualizada durante el viaje por América. Contacto: Si necesitas más información o quieres contactar conmigo, por favor, escribe a [email protected] LA PARTIDA. 24 de enero de 2006, con algunas cosas nuevas y otras de toda la vida, salgo de Granada rumbo al África en una bicicleta. En la calle, nadie repara en mí, nadie sabe dónde voy, siquiera yo lo sé. En ese momento no tengo la menor idea de los cientos de amigos que voy a hacer por el camino, de la gente que me va a ayudar en momentos difíciles, que me va a dar agua en el desierto, refugio en tierras inseguras, sonrisas, comida, bienvenidas; la gente que me va a enseñar que este mundo es una maravilla. No sé que voy a ver increíbles

lugares, culturas asombrosas, tribus exóticas; ignoro las aventuras que voy a correr, y que en algunas circunstancias se tornarán peligrosas. Ni mi bici ni yo sabemos que vamos a dormir en algunas de las casas más pobres del planeta, también en hoteles de lujo; no sabemos lo mucho que vamos a cambiar... Atrás dejo una madre y muchos amigos, una vida feliz y cómoda. Una vida que no era la que soñaba cuando era un adolescente. En estos últimos años, por dos veces he estado a punto de romper mi billete de regreso a España estando de vacaciones veraniegas; una en Venezuela, otra en Polonia. No puedo consentirme una tercera, ni puedo seguir escuchando a ese gritón dentro de mí que chilla cada noche, ‘¡ésta no es la vida que me prometiste!’. Atrás se queda un profesor de instituto, un sueldo fijo para toda la vida, y el paraguas para resguardarme cuando llueva. Me convierto en un trotamundos sin casa, sin capa ni espada, que no sabe dónde va a dormir esta noche, ni lo que espera detrás de la siguiente curva. Pero es la vida que quiero tener, no puedo seguir pagando cada año diez meses a esta sociedad, para vivir durante dos cortos meses la vida que me gusta. Me voy. Rumbo al puerto de Algeciras paro en casa de mi madre, de algunos amigos, para decir adiós. - ¿Cuándo volverás? - No lo sé. Tal vez dos o tres años, tal vez dos o tres meses. No lo sé. En Ronda me detiene una nevada durante un par de días. La blanca nieve me recuerda su piel, podría intentarlo una vez más, tal vez seríamos felices, una familia... pero es demasiado tarde, y sin darme cuenta estoy en el ferry a Ceuta, a África. El viento me empuja y hago lo que no puedo dejar de hacer. Yo nací árbol. Nací en Granada y soy un chopo. Siendo preciso, un chopo del término municipal de Belicena, tierra donde somos ahora la única especie. Digo 'ahora' porque cuentan que no siempre fue así. Crecí feliz, afortunado, rodeado de mis hermanos, con excelentes nutrientes que parecían llovidos del cielo, agua en abundancia, y ajenos a las enfermedades. Teníamos también muchísima luz y como los chopos somos de

naturaleza firme, no como otros árboles, crecíamos sin estorbarnos unos a otros en fraternal rivalidad. Todas las semanas nos medíamos y envidiábamos al más alto. La verdad es que vivíamos en tan singular armonía de espacio que si no fuera porque soy un ateo convencido, creería como mis mayores en la existencia de un Jardinero Celestial. Digo 'ateo' porque soy un chopo moderno, y creo en la teoría de la reproducción por el aire y por los pájaros, bueno, por la cagarruta de los pájaros. Aunque mi especie es muy tradicional en lo religioso y casi todos creen en el Jardinero Celestial que nos planta y nos provee de nutrientes. Éramos, como creo haber dicho, felices. A cuál más recto, más convencido de su porte elegante. Felices cuando nos vestía la primavera de lentejuelas, con la danza del viento, con la meditación desnuda del invierno. No temíamos a nada, salvo a plagas o incendios. Y yo, por supuesto, ni a la muerte. Los chopos modernos creemos en la reencarnación en forma de otra planta, y a veces pensaba que en una vida anterior fui un gran ficus del África, no sé por qué. No temía a la muerte, pero sí al sufrimiento, a ser tronchado por un vendaval, devorado por las termitas, qué sé yo, imaginaba miles de torturas que me ocasionaban un pánico terrible. No podía evitar pensar en ellas, mi imaginación quería intuir un sufrimiento que la vida no me daba. Aún con eso, no estaba preparado para lo que iba a llegar. Quién lo podría. Vivía en un maravilloso lugar, sin falta de luz, de nutrientes, de compañía, sin plagas ni catástrofes naturales. Aquello era el paraíso. Y cuando uno vive en el paraíso resulta difícil comprender el sufrimiento. Seré claro. Me cortaron casi a la altura de la raíz. Digo 'claro' porque con el dolor no se pueden utilizar metáforas. El dolor fue más intenso de lo esperado. La quemazón que se dirigía hacia el centro de mi tronco no parecía terminar. Pero terminó, finalmente caí. Y perdí la consciencia. Yo nací árbol y soy un puntal de construcción. Quién me hubiera dicho que mantendría la memoria tras la muerte. Digo 'la muerte', pero quizás esto sea una reencarnación. Menuda

broma cósmica. Me pregunto si todos los puntales que han salido del chopo que fui habrán tenido la misma suerte. Cuando recuperé el conocimiento, apuntalaba en un espantoso bloque de edificios. Primera línea de playa. Frente al mar. Poco que hacer, nadie con quien hablar. El resto de los puntales parecían estar en un estado catatónico, tal vez muertos. Los días pasaban eternos, y el peso me provocaba grietas continuamente. Al menos, el dolor me daba la certeza de estar vivo. Al fin me liberaron. Digo 'liberaron', bueno, mejor dicho, me abandonaron. Y al momento, otra vez el corte. Es curioso comprobar cómo el mismo dolor cuando se sufre por segunda vez no resulta de menor intensidad. Siquiera la misma. Es peor. No hay aprendizaje en el dolor. Al despertar otra vez, en la misma orilla, no sabía si mi tacto mojado era a causa del agua o de mis lágrimas. Yo nací árbol. Ahora soy un trozo de basura. Qué triste. Qué triste. Qué triste. Yo nací árbol y ahora soy un trozo de basura abandonado. Y por mucho que insista en esa idea, por muchas veces que repita la palabra 'triste', tú jamás podrás comprenderlo. Tú vives en el paraíso. Cuándo se vive en el paraíso resulta difícil comprender el sufrimiento. Ahora que sufría de verdad, me resultaba imposible verme desde fuera, como tantas veces había hecho anteriormente. Me refugié en el pasado. En mis recuerdos, yo era un chopo moderno y por tanto me complacía contemplarme en el otoño amando mis hojas al caer, extasiado en el invierno con la nieve en mis delgadas ramas, en fin, en esos momentos era capaz de salir fuera y contemplar mi vida, que es otra forma de disfrutarla. Pero cuando la vida se hace realmente intensa, ya no hay tiempo ni posibilidad de contemplarla, te invade con las fuerzas de la selva, respiras algo atávico y lo sofisticado desaparece. Entonces creces. Y no lo ves sino cuando todo ha pasado, porque ya no eres quien eras antes de la vida. En el dolor crecí. En ese momento sentí una certeza: debía irme al corazón del África. Ya he dicho que a veces creía ser la reencarnación de un

árbol africano, pero quiero dejar claro que en ese momento tan intenso no tuve revelación alguna que me lo confirmara. Soy demasiado moderno para eso, tal vez. Fue evidente lo que tenía que hacer. Cuando la espuma de la marea me rodeó por primera vez y movió mi triste cuerpo mutilado haciéndome girar varias vueltas como si mis anillos fueran una rueda, sentí una emoción indescriptible. Al fondo, a lo lejos, un inmenso mar. No atisbaba más que una línea azul que se difuminaba hasta hacerse horizonte, pero sabía que al otro lado estaba el África y que de alguna manera llegaría hasta el corazón del continente. Me disponía a partir. Supuse que llegarían aburridos días flotando en el mar, tal vez más dolor, quizás algo de felicidad, la soledad, la duda. Sin embargo, esos pensamientos eran arrastrados por una fuerza irrefrenable; la sensación de partir era una efervescencia en la piel demasiado intensa para que el miedo me detuviese. Por ese momento irracional se han cometido muchas locuras. También se han descubierto otras tierras. Pero, dudé. También dudé un momento. Es inútil negar que en esos momentos también se siente miedo, un miedo que planta dique a las fuerzas que te arrastran. Entonces llegó la marea con más fuerza. Tiene gracia que la decisión más importante de tu vida la pueda tomar el azar. Para qué negarse. Por qué hacerlo. Yo nací árbol y ahora floto en medio del mar, me arrastra la marea y me dejo llevar. Vuelvo a ser feliz. MARRUECOS. Marruecos es un país frío cuando no hace sol, y pedalear en invierno es alternar días de sol y días nublados, así que llego a Fes con ganas de descansar de tienda y frías noches. Entro verdaderamente en Marruecos, en el lento ritmo de vida marroquí. Fes es una ciudad empeñada en dar la espalda a la globalización, donde no llegan los centros comerciales con

cines, supermercados, guarderías para aparcar los niños, y comida rápida. Todo se abigarra en un caótico dédalo de calles en el que dos burros pueden atascar el tránsito por un rato. Las carnicerías, los telares, el cuero, la minúscula mercería, el artesano del bronce, el de la madera, el que te mata el pollo-te lo hierve-te lo despluma, y el tenderete con dos pastillas de chocolate y tres mecheros que ayer tenía un manojo de enchufes y cuatro pilas alcalinas. Todo el mundo se conoce y se compran unos a otros, moviendo constantemente el poco dinero que hay. Mi cuerpo cortado por el frío también agradece los baños relajantes en los 'hamami', donde además de restregarme bien la piel, puedo estirar músculos en un ambiente de sauna. El 'hamam' es ante todo un lugar social, para hablar, para conocerse. También conmigo, pues el marroquí es de naturaleza abierta y entabla conversación con facilidad. Marruecos es un país estupendo en el que siempre me he sentido bien, pero estos días, mi mente está puesta más al sur, donde el mundo aprieta las tuercas y viajar no es tan fácil. Estoy en plena fiesta del 'assora', y las calles de Fes en la noche están llenas de niños y mujeres tocando timbales, panderetas, y dando palmas. Ahmed, el dueño de la pensión barata donde duermo, me pregunta dónde demonios voy si las montañas están nevadas. La fragilidad de viajar en bicicleta, expuesto a la climatología y a todo, es algo que impresiona fácilmente. Como Ahmed, en este viaje me encontraré a miles de personas que me preguntan cómo puedo viajar con este calor, con esta lluvia, este viento o esta nieve… Y ciertamente, en el Medio Atlas hay bastante nieve a primeros de febrero, pero la carretera está limpia. Aquí no llega a hacer frío para bloquear las carreteras y disfruto de un paisaje hermoso, todo está blanco, hasta que cruzo al otro lado de la cordillera y bajo al Sahara, donde paso unos días en compañía del desierto y nada más. Es una tierra poco habitada, para aprender a amar la soledad, el silencio. Me detengo con frecuencia por unos minutos en medio de la 'hamada', y disfruto la ausencia de vida. Los bereberes son mucho más hospitalarios que las gentes del norte y me invitan a su casa a dormir, sobre todo cuando hace

viento y me ven peleándome con la tienda, tratando de montarla sin acabar haciendo parapente en el Tinduf. Me llevan a una cálida habitación donde nos sentamos todos en el suelo alfombrado. Lo primero es el té y las presentaciones, el intercambio de información. Después las mujeres traen comida y comemos. Finalmente, con unas alfombras más se acolcha el suelo y dormimos en la habitación todos juntos. En cualquier lugar de la 'hamada', atardece tras todo un día pedaleando por el paisaje minimalista del desierto. La mente está tranquila, serena; la ausencia de estímulos calma el oleaje de los pensamientos. Falta una hora para que se ponga el sol y busco un lugar para poner la tienda. Ahora el lugar, ahora desmontar los trastos de la bici, y ahora montar la tienda; ahora estirar un poco… No hay resquicio para hacer dos cosas a la vez. Tras la cena llega el paseo bajo las estrellas. Todo es un respirar tranquilo, mirar el cielo, no hay preocupación alguna. Tengo comida para un par de días, tengo agua, mañana será un día igual que hoy, aunque nunca es lo mismo en el desierto. Y después está la ciudad... Llego a Marrakech por la 'bab Gehnat'; las murallas se suceden y me indican el camino. Atravieso arcos, otra puerta más y entro de lleno en un zoco donde todo el mundo pulula acarreando trastos. Llego excitado, otra vez aquí, en esta ciudad mágica; estoy ansioso y de pronto aparece el hermoso alminar de la mezquita Kotubia. Me freno con la bici y se me humedecen los ojos. Un coche me pita, un hombre me ofrece dátiles, otro me quiere vender una guía de Marrakech, otro quiere llevarme a su hotel… he llegado al caleidoscopio y no sé a qué estímulo prestar atención. Adiós calma, adiós. Encuentro un hotel barato, lleno de comerciantes de Níger que traen su artesanía a vender aquí, y me voy corriendo a la plaza Djeena el Fna. Gente por todos lados, corros de músicos, los de las serpientes, los cuenta-cuentos con sus disfraces de mujeres, el humo de los puestos de comida, los cuarenta puestos de zumo de naranja y los incontables que venden caracoles, los charlatanes con sus medicamentos milagrosos y sus reptiles disecados. Nosotros, los turistas; ellos, los marroquíes. Todos mezclados de un corro a otro sin saber

dónde quedarse. La música suena sin cesar, se mezclan los timbales con la última llamada a la oración, es una orquesta sin intención alguna que crea una música embriagadora, como el mismo mundo. Estoy entusiasmado como un niño, esta ciudad es única, ni un millón de turistas podríamos quitarle su magia. Me quedaré unos días descansando. Tras varios días de desierto, regreso a las montañas del Atlas para cruzar el puerto de Tich'n Tichka y entrar en Marrakech, una de mis ciudades favoritas. No sólo son días de curiosear por cada rincón, de intentar adivinar las historias de los cuenta-cuentos, sino también de avituallarme con viandas de mercado, pues en los pueblos hay cada vez menos variedad, conforme avanzo hacia el sur. En Marrakech, como en cualquier lugar turístico, hay precios para turistas, pero lejos de la plaza Djenna el Fna, por una 'harira' o un 'tajine' me piden un precio normal, y están más sabrosos que el 'cuscús' recalentado para el turismo. Comer en Marruecos es una delicia, y sabiendo que me esperan meses de comida africana sencilla, me regodeo con los platos especiados y las pastas dulces. Al dejar atrás el bullicioso Marrakesch, alcanzo la bonita Essaouira, una de esas ciudades costeras que traen imágenes de piratas y abordajes, donde por fin comienza la ruta Atlántica. Más de mil quinientos kilómetros de desierto hacia Mauritania, a veces entre pequeñas dunas, a veces junto a unos acantilados increíbles que se rompen al mar, y la mayoría de ellos, por la 'hamada', el desierto de piedra. La ruta de los elementos: a mi derecha, el líquido; encima, el gaseoso, y pedaleo sobre el sólido. El fuego lo pongo yo… Y a veces lo pone Argelia. Un fuerte viento, tan caliente que me da ganas de vomitar, viene a menudo del este. No sólo me frena, sino que me abrasa los ojos y pone la temperatura por encima de los cuarenta. Cuando arrastra arena de las dunas, ésta me embadurna como una croqueta. Me tengo que cubrir casi toda la piel porque es como alfileres diminutos clavándose sin piedad. Cuando por fin me lavo, descubro arena hasta donde no llega la endoscopia.

Aquí, los hombres y mujeres se protegen del viento con turbantes y chadores, de colores alegres, al igual que los pueblos de la ruta Atlántica; azules, blancos, que parecen acuarelas en la amplitud del paisaje. Más aún cuando llego a la frontera del pueblo saharaui.

El viajero para en uno de los pueblos deshabitados del Sahara: blancos, azules y color arena. Limpios y ordenados en cuadrícula, mezquita, zoco, hotel, ayuntamiento, pozo, casas adosadas limpias, hermosas contra el cielo del horizonte infinito que es el desierto. Y vacíos. Son los pueblos de la controversia. Marruecos dice que son para los saharauis que quieran venir. Los saharauis quieren la tierra, no las madrigueras, aunque ya quisieran esas preciosas madrigueras algunos bereberes del Atlas. Pasea el viajero por las calles vacías. Casi las seis, y el sol ya no cae a plomo, pero todavía quema su hombro derecho. Ni rastro de bidón de agua; debería haber un guardián, luego agua también. Siquiera hay agua en la muda mezquita, ni un moacín llenando el pueblo de 'la ilaha illa Allah'. El único respeto que recibe el nuevo minarete son unos lindos reflejos del sol. En el zoco todo está limpio de virginidad y se echa de menos el olor abigarrado de frutas, verduras, carnes, cabezas, pescados… el olor de la vida. El viajero hace una mueca de disgusto, nunca le gustó la asepsia de lo inmaculado y recuerda a Neruda, '…ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies, ven como un río lleno de ahogados…' Al sur de un pueblo donde sólo habla el viento con la arena, por las rectas calles aparece una enorme casa roja y en la puerta dos bidones azules, felizmente familiares; el viajero se relaja, 'agua'. La casa es impresionante: fachada con columnas, dos plantas, decenas de ventanas. Al poco llega Ibrahim, que ofrece la obligada hospitalidad saharaui en una de las veinte habitaciones de esta mansión, donde tiene su colchón, su

cocina de gas y una despensa con cuatro viandas. El viajero está impresionado. Por dentro, la mansión tiene una escalera de caracol y un eco de caverna a cada paso. Todas las habitaciones vacías resuenan con los pasos. En su habitación, a la noche, Ibrahim se comporta con hospitalidad, pero sus movimientos son de perro cazador. A cada paso gira la cabeza y se pone tenso, entonces se asoma a la ventana abierta y vigila; después sonríe y dice 'soy el guardián'. El viajero se pregunta quién demonios va a venir aquí y a qué va a venir, pero también se hace preguntas sobre esa mansión que no tienen respuesta. Ibrahim cocina entre un silencio de plomo que sólo rompe el estruendo de las dunas quebrándose, parecen gritos clamando justicia. No cesa de repetir su gesto, eriza las orejas, gira la cabeza y de un salto se asoma a la ventana. Es imposible no acordarse de Jack Nicholson y menos mal que lo único que se parece a la máquina de escribir de 'El resplandor' es la tetera. Cuando duerme el viajero, con un ojo abierto por si las moscas del resplandor acuden, sueña que se levanta a cada rato y se asoma a la ventana para comprobar que nadie anda por este pueblo del Sahara. Una de las mayores diferencias entre marroquíes y saharauis son las mujeres. Las saharauis son de armas tomar y no huyen de un viajero en bicicleta, sino que me inquieren, me paran y me invitan dentro de la casa a tomar té, a comer. Alegres y risueñas, con sus hermosos chadores de colores vivos, sus manos pintadas de 'henna', y su desparpajo. Muchos saharauis hablan español, y les encanta poder comunicarse, son muy simpáticos; aunque les pregunto, rechazan hablar de política. Hay mucha policía secreta por todos lados y en estos días hay una visita del rey marroquí que se toma como provocación. Es una presencia militar abrumadora, especialmente entre Laayoune y Dakhla, donde la carretera está llena de controles. Yo no puedo contar nada malo de ellos: me sonríen, me piden el pasaporte y me dan agua. A veces, naranjas también. Ser ciclista tiene sus ventajas, a pesar de sufrir sed y calor. En

invierno,

Marruecos

se

llena

de

coches-caravana

de

europeos, especialmente franceses. Ricos, auto-suficientes, y veloces, no necesitan ayuda del pueblo marroquí y su contacto con los locales es mínimo. En pueblos como Tarfaya, donde me habían asegurado que no había comida que comprar, llegar con una bici significa llamar la atención y ser invitado. Me llevan de la mano a las tiendas que están lejos de la carretera, donde no llegan las caravanas, y almuerzo un delicioso pescado frito. Pero claro, yo me bajo de la bici, saludo, doy la mano, me presento, les digo que estoy cansado y me tomo un té tranquilamente. Los ciclistas caemos simpáticos y es fácil encontrar ayuda; además, la gente es muy amable en el sur marroquí. Con frecuencia me regalan pastas, o me invitan a un segundo plato si les digo que me ha gustado la comida. Diferente es preguntar desde la ventanilla de la caravana sin siquiera salir del coche… el desierto no muestra sus pozos a quien viaja con prisa. Somos simpáticos, y también lentos. Los tramos de doscientos y trescientos kilómetros entre pueblos se hacen largos en bicicleta, aunque no tengo ninguno de los problemas que preveía. Al haber muy poco tráfico, lo normal es que los coches paren para ofrecerme agua o naranjas, a veces, comida. Al menos, disminuyen la velocidad y me preguntan con un gesto. La ruta Atlántica es el primer tramo de mi viaje en el que las condiciones se extreman, y la ayuda de esta gente amable lo hace menos duro. Descubro, como ocurrirá después, una y otra vez, que la gente de este mundo es mayoritariamente buena, y que cuando tiene la oportunidad de ayudar a alguien que lo necesita, no dudan en hacerlo. Otros dos ciclistas, una pareja holandesa, bajan también hacia Sudáfrica. Viajamos juntos un par de días pero llevamos diferente ritmo, y decidimos separarnos y coincidir más adelante. ¡Hacían ciento cuarenta kilómetros al día! Yo prefiero hacer cien o menos, pues me gusta disfrutar el atardecer, el silencio cenando junto a mi tienda en medio de la nada, me siento unido a la Naturaleza. Los desiertos son círculos, por más que mire a donde mire, sólo hay una leve concavidad por horizonte, y los círculos son lugares de calma. No existen aristas cortantes ni lineas estrictas, todo es una armoniosa curva sin principio ni final. Las

mezquitas de Estambul son lugares de paz, de luz. Los mandalas tibetanos, dibujos de calma. La tradición africana sienta a las disputas bajo un árbol y en círculo. Es la magia de otro lenguaje al que no llegan las palabras, un lenguaje sensitivo que el cuerpo reconoce. Círculos y naranjas aparte, voy algo preocupado con la famosa visa mauritana en la frontera. Todos me dan información diferente sobre el precio, entre veinte y cincuenta euros, y sobre los sobornos que pagan. Aunque es información de los europeos en caravana...

next MAURITANIA. Aquiles le está esperando. Será una lucha a muerte. Héctor mira a su mujer a los ojos, coge sus manos. Ella no entiende por qué se va, por qué elige la muerte en vez de elegir la vida con ella. - Soy la excusa que te exime de ser héroe. Estoy embarazada. Héctor cierra los ojos y siente dolor por todo el cuerpo. ¿Héroe?… tal vez es un cobarde. Entre términos opuestos la frontera es difusa, cuando no ocurre que por un lado se dan la espalda y por el otro la mano. Sale al ágora donde su pueblo aguarda reunido. Y en medio de un silencio tenso, camina sin poder mirar a la cara de nadie. Para ser capaz de decir adiós se necesita la esperanza del regreso. Una voz rasgada habla desde algún lugar. - Héctor, esto no es siquiera una batalla a perder en una guerra larga, es un martirio estéril. Te necesitamos vivo para la guerra, no para morir en vano. Héctor duda. A veces ha estado seguro de una decisión. Otras, no. Y decide sabiendo que puede estar equivocándose. Algunos hombres no eligen, son empujados. Sabe que su pueblo se alegrará si renuncia a luchar con Aquiles. Su vida será feliz entre los suyos, su mujer, su hijo... pero siente la palabra 'cobarde' como una nube que eternamente cubriría su cielo. Viviría en sombra el resto de sus días. Y hay hombres que

necesitan del sol para vivir. Son los mismos que a veces no eligen. 'No tengo elección' piensa, 'las tragedias arrastran vidas y la mía ya está escrita.' Cuando las cartas están boca abajo es la suerte quien elige, pero cuando están boca arriba sólo la locura dilucida entre el as de oros y el as de espadas. Y Héctor es un loco en realidad. Todo héroe es apariencia. Disfraza su locura con una hazaña que le excuse por no elegir. Y un viento, que sólo sienten los locos, le empuja adelante. Da la espalda a su pueblo, a su mujer con su hijo dentro, y se dirige hacia la muralla sin decir una palabra. Fuera de ella espera Aquiles, la muerte. Cientos de ojos contemplan con tristeza, y con admiración. Ellos necesitan la figura del héroe para sostener la carga de una existencia sin riesgos. Es necesario saber que alguien se aventura. El héroe que todo hombre lleva dentro, aunque pase la vida entera encerrado, necesita saber que más allá del confort está la hazaña, la aventura. Héctor será para siempre respetado. No saben que en el último paso, algo tan liviano como un llanto, o el roce de una mano, hubiera cambiado la historia. El cruce fronterizo entre Marruecos y Mauritania no desmerece a su fama. La carretera literalmente desaparece y por unos kilómetros he de adivinar la huella de las rodadas por el desierto pedregoso. Me equivoco un par de veces, y por fin veo las casetas de inmigración: unas cabañas de madera y techo de latón en medio de la nada. Entrego mi pasaporte y pongo veinte euros en la mesa, precio oficial del visado. - ¿Nada más? - me pregunta el oficial mirando mi pasaporte con desgana. Niego con la cabeza. - ¿No tienes ningún regalo para mí? - Mi eterna amistad, ¿quieres un abrazo? El tipo se ríe de mala gana y me pide que espere, mientras atiende a unos saharauis menos tacaños que yo.

Nunca he pagado un soborno, mi filosofía es radical en ese aspecto. Sobornar es cosa de dos, y pagar por ganar tiempo o por sentir miedo ante las bravatas de algunos oficiales me parece una equivocación. Nadie es más aventurero por pagar un soborno bajo la mesa en un país tercermundista, todo lo contrario, demuestra poca experiencia si soluciona sus problemas con dinero. Y, si bien, este escollo es fácil de superar, el siguiente me va a costar bastante más. Unos kilómetros antes de llegar a Nouadhibou, estoy empujando la bicicleta por la arena de unas dunas que cubren la carretera, cuando escucho un coche venir por detrás y lo siguiente es un golpe en la bici que me hace perder el control y caer al suelo. Mala suerte, caigo del lado del coche que me pasa por encima de la pierna y además se detiene. Chillando, golpeo el coche para que se mueva y me libere. Interminable, el momentito. Me levanto sorprendido de poder moverme -la arena ha evitado una fractura-, y aún pensando que es un asalto, estoy tan furioso que me voy contra el conductor que ha salido del coche. - ¡Lo siento mucho! ¡Lo siento mucho! ¡He perdido el control del coche! Dios mío, te llevo a un hospital. No te preocupes, amigo, te llevo a un hospital. Yo pago todo. Lo siento mucho. Un camión llega y acuerdan llevar mi bicicleta dentro. No me quedan dudas: es un asalto. Pero miro mi pierna completamente ensangrentada y no tengo más opción que irme con ellos. No hay mucha gente por aquí... Finalmente, no es un asalto, ni el camión está aliado con el coche, sino que me llevan al hospital donde me examinan y limpian la pierna. Mohamed, mi atropellador, es saharaui y habla un poco de español. Paga todos los gastos y las medicinas y me lleva a su casa, donde pasaré dos semanas cicatrizando una quemadura espantosa, del tamaño de una rueda.

En fin, lo malo se cuenta con brevedad. Mi familia y mis amigos me piden que regrese a España y acuda a un buen hospital, pero estoy bien, sólo necesito reposo, y quiero demostrarle a la vida que no voy a renunciar a cumplir mi sueño por una dentellada. 'Para ponerles de rodillas, hay que cortarles las piernas…' dice una canción de Serrat sobre los piratas. Dos semanas más tarde puedo caminar pero no puedo hacer en bici los quinientos kilómetros de desierto hasta Nouakchott, la capital. Abdul, cuñado de Mohamed, me invita a ir a su casa en Nouakchott y se ofrece para llevarme en coche. Me sugiere que puedo aprovechar el final de mi recuperación para hacer el visado de Mali. Acepto. En la capital mauritana conozco a otra pareja ciclista, Xabi y Lisa, que apuran el último viaje antes de empezar a tener críos. Quieren ir hasta Togo o Benin. - ¿Cuál es la pregunta que te haces cada día? Tal vez, cada noche -curiosea Xabi, con media sonrisa. - ¿Dónde está la chica? -respondo. - Ajá, exacto. ¡Yo la encontré! Lisa fue la pregunta. Yo bajaba de Norteamérica y nos Guatemala, donde ella pedaleaba solita. Así juntos una semana, dos, tres… y estiramos el por América.

respuesta a mi encontramos en que nos fuimos dinero tres años

- ¿Después? - Ella me preguntó si quería vivir en el país más bonito del mundo, y me llevó a Nueva Zelanda. Eso fue hace nueve años... El tramo hasta la frontera tampoco puedo hacerlo completamente en bicicleta. La herida aún está infectada y me duele bastante. Pedaleo hasta que no puedo más y paro a descansar en una gasolinera. Los empleados menean la cabeza desaprobando mi cabezonería, pero son demasiado educados

para decirme lo que tengo que hacer. Sí que me dan comida. Al poco llega el jefe, que es más enérgico y sin pedirme opinión, para una camioneta, le da dinero y me dice que monte en ella y deje de hacer el idiota. Otra frontera con mala reputación, gracias al trasiego del ParísDakar, que resulta ser muy tranquila; tal vez no soy el cliente perfecto para ellos. Por fin, entro en Senegal, en el África negra. Next

SENEGAL Y GAMBIA.

La pista roja divide en dos la sabana senegalesa y le da ese hermoso aspecto que tiene la naturaleza en África. Los pueblos son diferentes de dónde hay asfalto. Cambian las casas de ladrillos baratos por lindas chozas dispuestas en círculo, en torno a una plaza de grandes árboles. La gente camina por la pista sin prisa, sin coches, bailando los colores de sus vestidos. A lo lejos, veo impresionistas trazos amarillos, rojos, verdes, danzando al viento bajo una cesta con frutas en la cabeza que se convierte al poco en una robusta senegalesa, negra como la noche. Si la saludo en uolof, 'Nangadef', una carcajada estalla en su rostro y aparece la blanca risa de dientes blancos. 'Manifirek, tubap'. Otras veces son serios senegaleses musulmanes que me saludan con solemnidad, o jóvenes católicos, un tanto orgullosos de pertenecer a la religión de los ricos. Los mangos nos miran y nos ofrecen para la charla su enorme sombra; nos tientan a elegirles, pero pierden ante el magnético baobab. Todos aman al baobab, el árbol que también amaba 'El Principito', y aquí algunos de ellos son incluso santificados. Los cocoteros le eligen para apoyarse en él o sentir sus ramas en un delicado abrazo. Son la pareja de la sabana senegalesa. El baobab, algo extraño, realmente parece un árbol al revés: serio, contundente, un elefante convertido en árbol. El cocotero, ambicioso por llegar al cielo, se contonea moviendo su melena de grandes hojas al viento; la fragilidad también puede alcanzar las estrellas. Surgen de la llanura como si alguien se hubiese propuesto llenar el mundo de estatuas

vivas. Y perfuman de vida la tierra para el ciclista. Mucho mejor, estar fuera del asfalto. Estar a la orilla del Atlántico, después del calor asfixiante en Mauritania, es un sueño. El clima me da ánimo y fuerzas, y me reencuentro con Dienne y Coen, la pareja holandesa, lo que celebramos con una deliciosa 'Stamppot', un estofado de patatas típico de Holanda. Saint Louis es una agradable y -¿por qué no?- bonita ciudad colonial en Senegal. Decido que no pedalearé hasta estar completamente recuperado. O casi completamente. Ya apenas tengo dolor, pero es una cuestión de higiene, la costra debe estar bien cerrada para estar al aire libre. Regreso a los antibióticos, y todo se aúna para acelerar la curación. Amigos, alegría, buen clima, y amoxicilina, obran milagros en mi pierna izquierda, que en una semana está lista para seguir viaje. Dejar la costa senegalesa para evitar Dakar no resulta ser una buena idea. Apenas tengo tráfico, pero paso muchas horas por encima de los cuarenta grados. Son mis primeros días en aldeas africanas, donde soy siempre bien recibido y puedo acampar en algún lugar del poblado. La vida es sencilla, sin lujo alguno, ni complicaciones tampoco. Me gusta la relajación con la que todo fluye. Lo que no me gusta es el asunto de 'los niños del Marabú'. Niños enviados por su familia a estudiar en una escuela coránica que sólo se hace cargo de su formación religiosa. Los mercados están llenos de estos pobres diablos hambrientos que, tras la lección, a partir de las diez de la mañana se buscan la vida pidiendo, o simplemente esperando a que alguien termine su plato para comerse las sobras; el más lento, no come. Sus ojos son la mirada del hambre. Esperan como perros y se lanzan al ataque para coger un puñado de arroz que alguien ha dejado en el plato. Veo más cosas que no me gustan en Senegal, tal vez porque no me siento aún fuerte y eso me lleva a estar alerta ante cualquier problema. También veo el primer gran desfile africano. El día de la independencia lo paso en Thies, donde

puedo acampar en el jardín de la catedral de Sainte Anne. '¿Sólo por una noche? Vale', me dice un atareado sacerdote. Y con curiosidad, me quedo a contemplar un interminable desfile de colegios, deportistas, militares, ambulancias, bomberos… ¡aquí todos se agrupan en algo y desfilan! Y quien no desfila está de espectador. Tras la Petite Côte, un reducto para turismo europeo de playas feas y sexo barato, llego al delta del Saloum, un paraíso de pájaros. Vaya contraste. Playas más bonitas y pueblos pequeños de pescadores, vida lenta. Puedo pasar días tranquilos y pedalear poco, siempre hay una playa donde evitar las horas centrales del día, que gradualmente se acercan a los cincuenta grados. Cruzo a Gambia y las cosas cambian. Aquí se habla inglés y hay bastantes cristianos, a diferencia de Senegal, donde son musulmanes y hablan francés. Curioso país extendido sobre las orillas del río Gambia y absolutamente rodeado de Senegal; por unos años trataron de formar un sólo país, Senegambia, pero no resultó bien. Aquí hay más pájaros todavía, una maravilla que a veces se torna en un jaleo ensordecedor, y las gentes, sean yolas, akus, mandinkas, fulanis, son todos alegres y simpáticos. Antes de llegar a Banjul, unos akus cristianos pasan bien temprano por donde estoy acampado en medio de la selva. Todos nos sorprendemos. Ellos, de ver que he dormido ahí junto a los monos y las hienas; yo, de verlos salir de la selva con un jabalí colgando en dos palos que llevan a los hombros. - Es muy peligroso dormir aquí… en fin. ¿Eres cristiano? Hoy celebramos la Pascua y todo el mundo cocina deliciosos platos en nuestra aldea, ¿quieres venir? Claro. Uno de ellos, Patrick, se queda conmigo mientras recojo mis cosas para guiarme a la aldea. Patrick trabaja en Serekunda y no le van mal las cosas. Gana cierto dinero. Así que cuando regresa a la aldea, emplea bastante de ese dinero en hacer regalos a todos, y también en

cambiarse de ropa hasta tres veces al día. Se trata de exhibir la riqueza y de esa manera ganarse el respeto de los suyos: es un triunfador. El día resulta divertido. Vamos juntos, de casa en casa, cuando nos llega el aviso que la comida está preparada. Bebemos delicioso vino de palma, jugo de anacardos, y me cuentan sus costumbres, su forma de vivir. Al final de la tarde, para hacer la digestión de no sé cuántas comidas, partido de fútbol. Y a la noche, fiesta. ¡Creo que la Pascua aquí es más divertida! Llego al pequeño Gunjur, tras pasar las lujosas playas de Serekunda, otro lugar de sexo barato. Si en Senegal la oferta es sobretodo para mujeres occidentales, en las playas de Gambia lo es para clientela masculina. Gunjur, treinta kilómetros más al sur del negocio, es un pequeño paraíso de pescadores e interminable playa solitaria, donde descanso un par de noches. Más al sur está la Casamance senegalesa, que ahora atraviesa una mala época y se están tiroteando con la milicia de Guinea Bissau. Tras contemplar el fuego cruzado por las noches, decido no ir hacia allá y subir el río Gambia. Conforme me adentro hacia el Sahel la temperatura sube y sube. Cada mediodía alcanza los 50 grados, hay mosca tse-tsé, y la picadura de una araña me regala tres días de fiebre. Pero la gente es extraordinaria. Donde quiera que paro me insisten en que me quede unos días, en que no pase tan rápido sin conocerles. Ahora, en abril, es tiempo del 'Kánkora', un espíritu del bosque que entra en las aldeas a asustar a los niños. También a los adultos. Viene disfrazado con hojas, completamente cubierto y con una máscara. El 'Kánkora' es una tradición común en toda África Occidental, y en algunos lugares, muy agresivo. En donde lo he visto, la respuesta adulta es una mezcla de risa y miedo; la creencia en lo mágico es profunda aquí y no tiene un límite claro, sino que se mezcla con la realidad. En un hospital donde duermo una noche, uno de los médicos, tras explicarme con mucha profesionalidad aspectos sobre la fiebre dengue que acabo de sufrir, me habla del 'Kánkora’ en otros términos no tan científicos.

- Es realmente poderoso: puedes estar charlando con él y en un instante desaparece volando hacia un tejado. Y su fuerza es la de cien hombres, puede arrancar árboles con sus manos. Entro nuevamente en Senegal, un breve tránsito hacia Guinea Conakry. Al llegar a la frontera, mi termómetro marca 51 grados. Estoy deshidratado tras toda la mañana atravesando un parque nacional por una mala pista, y el oficial guineano me ofrece agua fresca dentro de su oficina, mientras comprueba mi visado. El efecto de beber un litro de agua del tirón causa una sudoración inmediata con la que mi cuerpo trata de refrescar la maltratada piel, pero la reacción es tan rápida que el oficial, al verme sudar a borbotones, se asusta y me pregunta si debe llamar a un médico. Es el comienzo de duros días en las montañas de Guinea.

Next

GUINEA CONAKRY

La selva huele profundamente a vida. Vaya en bici o caminando, hundo mi presencia entre su maleza húmeda, sus lianas que se enredan y me enredan, y el aroma me lleva a tu pelo recién lavado, donde descansa mi rostro. El desierto de arena que dejé atrás, huele al calor de tu piel entre las mantas del invierno. La dura tierra de la 'hamada' huele a viento incesante que nadie detiene. Las playas que baña este océano templado, huelen a niños jugando, a niños alegres que, ajenos al probable futuro de miseria, son como tus manos cálidas que juegan con mi cuerpo, dedos que van y vienen como las olas y la espuma. Las tierras altas de Guinea desprenden aromas de felicidad, la sonrisa de quien es feliz recibiendo a un huésped, a tu sonrisa tras un fin de semana sin vernos. Como el refugio de tu silencio, de tu apoyo, es el aroma del Níger que huele a agua en el desierto. Y el Sahel es el triste olor del olvido, el perfume de la gente que huye, como yo huyo, como tú me olvidas.

África huele a ti, como tú hueles a África. Yo camino sin conocer mi propio olor, de pueblo en pueblo, con mi casa a cuestas, como un zíngaro. Busco el país que es una mujer, la mujer que es un país, el aroma de la libertad. Voy aceptando la calurosa África en mi piel, poco a poco empiezo a amar esta sensación de humedad constante en mi cuerpo, día y noche, pues la temperatura no baja de los treinta grados hasta entrada la madrugada. Y algo que me desagradaba antes, se ha convertido ahora en una compañera. La carretera a Labé es una terrible pista pedregosa, subiendo y bajando verdes montañas, que atraviesa unos poblados donde sólo parece haber arroz con salsa de cacahuete. Y los mangos más grandes que jamás he visto. Es una zona aislada, por lo que sus mercados apenas tienen productos que no sean locales. Afortunadamente, llego en época de frutas y trato de mejorar el cansino arroz con salsa de cacahuete echándole mango y bananas, a escondidas de los locales, que se ríen si me ven hacerlo. Son días duros. Los camiones me llenan de polvo completamente desde bien temprano y muchos kilómetros están infestados de moscas tse-tsé, cuya mordedura es dolorosa, a menudo hacen sangre. Cada día me muerden veinte o treinta, y al asomar una molesta fiebre, empiezo a tomar antihistamínicos, pero el dolor del mordisco no se alivia. Las aldeas son de diez casas, los pueblos tienen escuela, pero en general la vida posee un nivel material mínimo, que no parece importarle demasiado a los guineanos. Sonríen mucho, '¿qué haces tú aquí?', y se mueren de la risa. Son felices pese a la escasez de todo. Al final del día, me quito la ropa sudada y llena de polvo, me lavo con el agua de un cubo prestado, y me pongo ropas largas, si no limpias, al menos secas. Ceno medio kilo de arroz…, con salsa de cacahuete, y yo también soy feliz. Estar lejos del confort, enfrentando un reto, me llena de alegría. Los hombres no hemos nacido para estar sentados en un sofá.

Y para ser más feliz aún, más dificultades. Llevo el eje pedalier oscilando desde que entré a Guinea y termina de romperse a cuarenta kilómetros de Labé. Me lleva cinco horas llegar, haciendo un ruido espantoso y cimbreando las bielas de tal manera que temo romper la cadena, pero llego. Esa es otra cuestión. Llego a Labé y puedo descansar un par de días en un hotel barato, comer bien y recuperarme. Para la gente que he conocido estos días, no hay nunca un hotel donde descansar de la miseria. Ellos seguirán día tras día con su arroz y salsa de cacahuete, sus casas precarias, su agua de pozo, sus mosquitos y la maldita tse-tsé. Y sus sonrisas. En Labé hay hoteles pero no hay tienda de bicicletas, ni la sofisticada herramienta que desenrosca mi eje pedalier. En el mercado, sin alternativa alguna, descubro aterrorizado e impotente, la 'multi-usos' africana: el martillo. No será la última vez que arregle un problema a martillazos, y me llevo puesto un eje africano de bolillas, además de hacerle un daño al cuadro que meses más tarde se agravará hasta ser una pesadilla. De momento, me sirve para continuar. Cruzo las montañas de Labé a Dalaba en unos días de felicidad, pues en el Sahel, estar a 1200 metros de altitud es el paraíso: la temperatura es fresca, y hay decenas de diferentes árboles, desde bambú a pinos, desde acacias a palmeras. Aquí la gente no me llama 'tubabu' (blanco), como en Senegal, y me recibe con una hospitalidad y simpatía genuinas; a veces, su generosidad me emociona, sus sonrisas inocentes. No hay turismo, apenas hay ONGs, y la tribu mayoritaria, los fulanis, es una gente que estima el trabajo digno, ni mendigan ni piden regalos, a diferencia de otras tribus. Es un país donde difícilmente puedo encontrar una lata de atún, o el popular quesito francés 'la vache que rit', pero los productos locales son deliciosos. Hay fruta y verduras en abundancia, incluso tienen cultivos de café, y el arroz de cada día lo adorno de crema de aguacate, mangos… La vida es básica, pero sabrosa. De las montañas bajo al río Níger, uno de los ríos más atractivos por los que he viajado, un estético paisaje donde agua y arena se funden formando curvas y dunas irreales. Por

casualidad, un tipo me pregunta si voy a la fiesta de la pesca. - ¿Cómo dices? ¿fiesta? Y me encamino a un pueblo llamado Baro. Por dos días me alojo en la escuela, gracias al maestro, cuyos hijos me llevan de un sitio a otro entrañablemente agarrados de la mano a ver espectaculares danzas con decenas de timbales, ritmos trepidantes. Como en toda feria saheliana, están los 'griots', una especie de juglar, pero sus cuentos y canciones me parecen lo menos auténtico de la fiesta, nada más terminar una canción de cinco minutos ya están pidiendo dinero. La fiesta finaliza al segundo día, con una carrera multitudinaria hacia el río; cientos de personas entre juncos y vacas, moviéndose de aquí para allá con sus enormes cestas y golpeando el agua para atrapar unos pocos peces que bendigan la prosperidad de la temporada. Una tradición interesante. Al día siguiente llego a Kankan, la segunda ciudad de Guinea Conakry, donde encuentro un cartón de leche y otros productos ‘lujosos’ para llenar las alforjas rumbo a Bamako, en Mali. Regreso a los 50 grados...

Hombre Fulani Play Pause

next

MALI.

Amanece y me despierta el barullo de la gente cerca de mi tienda. Es un momento nebuloso en el nunca puedo precisar dónde está el ruido, pero esta vez me parece demasiado próximo y me levanto de inmediato. Resulta que ayer instalé la tienda en el punto de partida de piraguas hacia el mercado de Segou, que es hoy. Bajo los tres mangos donde estoy acampado, en la orilla del Níger, se va arremolinando un grupo de gente que me saluda con una educación exquisita al verme salir de la tienda. Aprovecho la situación y desayuno en el chiringuito que dos mujeres bambara han puesto casi con los pies en el agua de este maravilloso río. Chiringuito es por llamar algo a la sartén donde fríen los buñuelos sobre puro carbón. Cafelito con buñuelos calientes, no me esperaba este lujo, ¡es como tener servicio en la habitación! Poco a poco el lugar se atesta de gente y de piraguas con destino a la orilla opuesta de Segou. Gente que va colocando sus enseres, sus motos, bicis, burros y vacas, con un cuidado extremo hacia el entorno de mi tienda que agradezco. Como en cada lugar de reunión africano hay siempre mujeres de cualquier edad con niño embolsado en las lumbares; siempre hay una anciana imposible que lleva como por milagro un bidón en la cabeza. Siempre un jefe de buen ver, que todo lo organiza, siempre un joven bien maqueado que inicia una conversación con el cansino objetivo de pedirme dinero, medicinas o mi dirección en España. Siempre alguien que lleva un cuadro de bicicleta, alguien que te saluda con una sonrisa limpia y pura, como imaginarías a un ángel. Llevan de todo a Segou. Los burros descargan madera carbonizada para las cocinas africanas. Comer en el Sahel es sinónimo de deforestación; una tragedia inevitable hoy día, que se podría evitar, como tanta tragedia en África. Las mujeres llevan sacos enormes de sandías, calabazas, mangos, tomates, patatas… Los ancianos me saludan con un ritual anacrónico en el que ponen una importancia que, aunque me guste, jamás

llego a comprender del todo. Los hombres jóvenes se pelean con las vacas cornilargas para hacerlas entrar en la piragua más grande, atadas de patas. Algunas se escapan al control y aterran al personal corriendo sin rumbo y dando cabezazos azarosos que todos tememos. Aparece, como en 'Un gringo en la corte del rey Arturo', un teléfono móvil que desentona entre tanta precariedad, apaños artesanos, calabazas recosidas y collares de almizcle. También soy yo objeto de su curiosidad, sin demasiada expectación pero con interés. Bambaras y peules se acercan a saludarme y a preguntar de dónde vengo, a dónde voy. Dado el trabajo que tienen por delante, no les importo gran cosa, pero tampoco soy invisible. Poco a poco, todas las piraguas, pequeñas y grandes, con el elegante barquero en pie clavando la pértiga en el lecho del Níger, marchan hacia la otra orilla. Parecen andar sobre el agua, más que flotar. Bajo los mangos de la orilla queda una tienda, una bici y un blanco, y el eco de las risas africanas.

Bamako es una de esas grandes ciudades insufribles, llena de polución por las furgonetas-taxi de sexta mano, y siquiera la orilla junto al río Níger relaja del ruido constante, la suciedad en el aire. Decididamente, en África se vive mejor en los pueblos. No he llegado a tiempo para reencontrarme con Xabi y Lisa, pero había una nota de ellos en la misión católica, cuyos albergues suelen ser el lugar más barato donde dormir, y ahí paramos todos. Así que tras descansar unos días, continúo viaje junto al Níger. Las pistas de arena junto a la orilla norte del río no tienen tráfico, sólo aldeas de pescadores que me reciben con los brazos abiertos, deseosos de ayudarme a cualquier cosa, a poner la tienda, a lavar una camisa, lo que necesite. Me he enamorado de este río, de la gente que lava, bebe, navega, y en suma, vive a la orilla del río. Es un placer detenerse a las horas del calor y nadar, o simplemente estar en remojo contemplando las orillas, que a veces son frondosas, y otras

veces, bancos de arena anaranjada. Las mujeres fulani son hermosas, adornadas con collares y pulseras, se rodean la boca con una fuerte pintura azul. Muy simpáticas, jamás consienten verme lavando ropa. - Ese es un trabajo de mujer -me dice con firmeza una chica-. Si lo haces tú, entonces ¿para qué sirvo yo? ¿qué hago? ¿me monto en tu bicicleta? Deja que las cosas sean como son. La chica se ríe y deja de hacer su colada para hacer la mía. Yo me siento algo incómodo, adaptarse en diferentes culturas no siempre es fácil. Viajo lentamente estos días, no quiero llegar a Djenné y que se termine esta belleza. También tiene sus contras, como el viento. En el Sahel, a la noche a veces hay un viento terrible, y aún siendo de buena calidad, se ha roto una de las varillas de mi tienda, que estaba ya dañada de los vientos del Sáhara. Mi equipamiento comienza a adornarse de apaños africanos, y me hace sonreír. Estoy en África para comer, dormir, lavarme, y vivir como un africano. Quiero tener esta experiencia. Djenné tiene el edificio de barro más grande del mundo, una espectacular mezquita. Hay otras del mismo estilo en muchos de los pequeños pueblos junto al Níger, pero ninguna impresiona tanto como la de Djenné. En el día de mercado, los colores de las mercancías y los puestos crea un contraste hermoso contra sus muros de adobe. A diferencia de Bamako, Djenné es bella, llena de rincones a fotografiar. En la tarde cae una calima de polvo en suspensión que hace de las calles y la gente dibujos al carboncillo. A esa hora ya no hace tanto calor y puedo pasear, o cenar en el mercado peleándome con los niños. Como Senegal, Mali es un país islámico, y los 'niños del marabú' están acostumbrados a cierto turismo en Djenné. Se dedican a crear en los occidentales una dudosa sensación de culpabilidad que, a fuerza de teatralizar su hambre, acaba por ocultar la dura realidad de su miseria, y en lugar de compasión, generan hastío y enfado. Al llegar a la falla de Bandiágara entro en la tierra de los

dogón, un pueblo bastante popular en Europa gracias al interés de antropólogos en su cultura animista, y de teorías fantásticas acerca de los 'hombrecillos verdes' que vivían encaramados en la falla, hasta que los dogón les expulsaron siglos atrás. Dejo la bicicleta en un albergue y me voy caminando por las aldeas de la falla donde, pese a la presión islámica y cristiana, persiste mucho animismo. Durante ocho días camino de pueblo en pueblo, por caminos o simplemente siguiendo la indicación del dedo de alguien que me señala por dónde ir. La falla es espectacular, un roquedal elevado sobre el infinito Sahel, con vistas hasta donde los ojos alcancen. Otras veces camino por la arena del Sahel, contemplando la falla y las increíbles cuevas que abandonaron los tellum y, en verdad, sin caer en esotéricas explicaciones, ¡vaya uno a saber cómo trepaban hasta allí! La falla está horadada con las cuevas de esta tribu, posiblemente pigmea, y los dogón aprovecharon la inaccesibilidad para usarlas como tumbas sagradas. A la noche, en las aldeas de la arena hay un mercado rotante donde la gente, además de vender mercancías, pasa la noche bebiendo cerveza de mijo y comiendo cordero asado. Lo ponen al fuego sobre una plancha oxidada, y por todo plato, lo sirven en papel de saco de cemento…, hum, ¡delicioso! Cuando entro en pueblos animistas me miran con desconfianza por ir sin guía, y a veces no me dejan caminar sin la compañía de un niño, no vaya a estropearles algún lugar de sacrificio. Es el lugar más impactante de estos primeros meses de viaje. Mi buena estrella aparece al llegar a Tereli, donde tras una mala recepción -por no tener el dichoso guía-, acabo congraciándome con Moussa y me invita a quedarme a un funeral por un viejo que acaba de morir. A los turistas en grupos organizados les organizan simulacros de funeral, un show con bailes, pero ésta es una oportunidad para ver un funeral de verdad y decido quedarme. Paso cuatro días en su pueblo para observar una fiesta de máscaras africanas que me transporta a otra era. Las mujeres cantando, el pueblo alrededor de la plaza, los hombres portando unas terribles máscaras y representando con danzas, la muerte, la vida. Impactante.

En el lado de la sombra, es una cultura donde hay costumbres muy primitivas; las mujeres pasan siete días al mes aisladas en 'la casa de la regla', pues son impuras para tener vida normal. También mantienen la circuncisión masculina y femenina, la poligamia... Al prolongar más de lo esperado la caminata por el país Dogón, regreso por mi bicicleta y encuentro que mi visado ha caducado hace tres días. Ahora qué digo yo en la frontera mañana... Esa noche tengo una terrible tormenta de arena que no me deja dormir, y causa estragos en mi tienda. En consecuencia, mi aspecto por la mañana es horroroso, lleno de arena, cansado, sucio. Con esa facha llego al último pueblo y me para un policía, que al verme, me pregunta: - ¿Quieres lavarte un poco? - No, gracias -respondo nervioso, pues no quiero dar juego a una conversación y que me pida el pasaporte. - Pero, ¿estás bien? ¿no quieres comer algo? Sigo negándome a todos los ofrecimientos del policía. Y finalmente, el tipo se encoge de hombros y me desea buen viaje. Pedaleo unos kilómetros y empiezo a extrañarme. Ya debería haber llegado a la frontera, según mi mapa. En fin, tampoco es la primera vez que el mapa no concuerda con la realidad. Continuo pedaleando por la pista y de pronto me fijo en una piedra escrita en el lado opuesto: 'Mali, 4 km'. ¡Ya estoy en Burkina Faso! El policía que me trató tan amablemente era el puesto fronterizo y, tanto empeño tenía el hombre en ayudarme que se olvidó de pedirme el pasaporte…

Río Níger Mezquita de Djenné Play Pause

BURKINA FASO. La contemplación viaja estos días más lenta; los vientos del sur me frenan y también traen un aire casi fresco. Vengo del norte, donde el Sahel pierde la batalla contra el Sáhara, donde la vida ralea y la quemazón de un aire asesino acaba arrasando la frágil tierra. Los enormes baobabs y sus infinitos brazos aparecen en las arenas sahelianas como los últimos guerreros que defienden la vida frente a las huestes de la arena. A veces, su quietud y la potencia del calor les da la imagen de un Cid muerto que nada puede hacer ya ante el avance del enemigo, sino imponer su presencia formidable. Enemigo que es fuerte. Puede ser un viento que quema todo lo

que roza; puede ser una tormenta de arena, y aunque a mí el viento me quema los ojos y me revuelve el estómago, creo que el peor es la tormenta. Parece una nube caída del cielo que camina como un monstruo, o una ola de tsunami que no llega a estallar. Tal vez tenga treinta, tal vez cincuenta metros de altura, roja de inconfundible arena; un ser vivo, un apéndice desprendido del desierto más al norte. Un monstruo que todo lo come y que envía el mismo demonio de la muerte. Se acerca lentamente y encuentro inhumano disfrutar de su llegada, pero la fascinación es inevitable. No me cabe duda de estar frente a algo vivo que nos va a devorar dentro de un par de minutos. Tras el fuerte y breve viento, todo se oscurece. No se ve absolutamente nada y la arena entra en el cuerpo por una ósmosis diabólica. Creo que los últimos guerreros han caído definitivamente, no logro ver nada. Tras casi media hora, lentamente, como un milagro del revelado fotográfico aparecen los contornos de los baobabs, todavía en pie tras un fondo granulado y rojo; después, puedo ver la silueta de una mujer infatigable que lleva veinticinco litros de agua en la cabeza, en este infierno que es su hogar. Pero no será hasta el día siguiente cuando se recupere la nitidez relativa del Sahel, hoy queda un atardecer en el que las figuras son como dibujos al carboncillo. Al día siguiente, las dunas que invaden esta tierra son más altas y grandes, más arena habita en el Sahel. Invasora como las colonias griegas en el antiguo Egeo o como los chinos en Urumchi, la arena manda sus tribus a asentarse hacia el sur. Yo huyo de ese norte hacia el sur y muchos de ellos huyen también, pero hacia el norte. Si me hacía falta alguna razón para comprender su desesperación, aquí está. El Sahel muere día a día. Al avanzar hacia el sur van apareciendo lentamente pequeños árboles. La seca tierra sin vida va tornándose roja, y a veces, como una pincelada descuidada, una mancha verde de yerba tizna el suelo. Más arboles y más árboles, que convierten el desierto en sabana, y un buen día de repente, el primer árbol

de veinte metros me ofrece una sombra que había olvidado. Camino de Ouagadogou, el horizonte, como en un ejercicio de degradación del color, va tornándose verde y el crepitar ardiente del sol sobre el horizonte se atenúa. A la llegada a Ouagadougou ya me flanquean los árboles y me parece un milagro que apenas trescientos kilómetros al norte, la vida huela a muerte. En tres días llego a Ouagadogou, que no es un trabalenguas sino la capital de Burkina Faso. Atravieso una zona de tribus que impresionan con sus escarificaciones faciales; algunos mossi tienen la cara completamente cruzada de marcas, haciendo círculos, líneas. Los gobiernos africanos, oficialmente prohiben este tipo de tradiciones, al igual que las circuncisiones, pero es algo muy arraigado en el sistema tribal, difícil de erradicar en las aldeas. Es viernes y apuro la pedalada para llegar antes que cierre la embajada de Ghana. Y pese a estar sudado y sucio, cuando la señora de recepción descubre que he llegado desde España en bicicleta, no cabe en su asombro y me pide que espere. Me siento junto a un francés que viene a recoger su visado. - Normalmente, son tres días de espera, pero me han dicho que tal vez no esté listo hoy y deba regresar el lunes -me explica de mal humor. La señora regresa al momento, diciéndome que el excelentísimo embajador quiere recibirme, y allí entro yo, con unas pintas asquerosas en un despacho alfombrado, no sin cierto lujo obsceno, para charlar un rato de las cosas que le pasan a un ciclista en África. De camino, me llevo el visado en cinco minutos y para noventa días. - ¡Espero que disfrutes en mi país! -me despide el embajador. Y salgo de allí sin poder despedirme del mosqueado francés que me fulmina con la mirada... En la capital, días de descanso, de comida diferente al arroz y la mandioca, aunque ahora echo de menos la cerveza de mijo local. También hago una excursión por el mercado de

bicicletas, en busca de repuestos. Tras casi cinco meses, mi navío comienza a hacer aguas, y el eje pedalier africano que puse en Guinea no ha aguantado dos mil kilómetros siquiera. Compro un segundo eje, y empiezo a comprender por qué los africanos me dicen constantemente que ellos no pueden hacer un viaje como el mío. Burkina Faso depende de la ayuda internacional en más de la mitad de su producto interior, y el país está lleno de cooperantes y también ONGs. En un campamento de Medicus Mundi, donde paro a chequear mi fiebre pensando que pueda ser malaria, charlamos de esta controvertida interacción. Como en otros lugares, la enorme inversión de ayuda en el país causa corrupción, hay donaciones ridículas que no tienen en cuenta la realidad local -quien necesita un frigorífico cuando no hay electricidad-, y una contagiosa mendicidad en la población, sobretodo en los niños. También dicen que si no estuvieran aquí, el país estaría en guerra civil. Yo prefiero callar, he visto a padres enseñando a sus bebés, que todavía no saben hablar, a decir 'L’blanc, donnez-moi un cadeau’ (Blanco, dame un regalo). Al oeste de la capital, en Boromo hay un parque nacional con elefantes, y allí me dirijo. No tengo mucha información, pero sí tengo suerte; entro por una pista equivocada que finaliza en un río, donde me los encuentro cruzando. Salto de la bici y me voy corriendo detrás de ellos para a verlos de cerca. El viento va en dirección opuesta y ellos me dan la espalda: ni me ven, ni me huelen. Una maravilla, uno de ellos trata de ayudar a un pequeñín que se resbala en el barro y no logra remontar la orilla contraria. Me recreo por unos instantes. Quien si me ve es un ranger. Al otro lado del río hay algo así como un campamento turístico, y rápidamente viene a decirme que he de irme o pagar por ver los elefantes… Al llegar al país Lobi, me detengo en Banfora, una ciudad considerable. No puedo más. El test de la malaria salió negativo, pero continúo muy débil y con fiebre. Tal vez estoy extenuado tras estos dos meses en el Sahel, pasando más de ocho horas al día por encima de los 40 grados. Decido pagar un

hotel con aire acondicionado y pongo la temperatura a unos escalofriantes 19 grados. Mano santa. Tras dos días en esa nevera, mis músculos recuperan cierta energía y cesa la fiebre. Pongo rumbo a las aldeas lobi. Las casas lobi parecen pequeños castillos, que se van extendiendo conforme la familia crece, llegando a adquirir el tamaño de una aldea. En una de ellas, soy invitado a pasar la noche junto a un patriarca de, ¡47 hijos! Muchos lobi son cristianos o musulmanes, pero los que siguen la tradición animista son los más llamativos, tremendamente exóticos; también orgullosos de su tradición y dignos, alegres de hospedar a un extranjero y mostrarle su cultura. En mitad de una pista tropiezo con unos niños que me dejan alucinado: desnudos, adornados tan sólo con plumas y cintas de conchas, empuñan un bastón contra la pista y gritan algo incomprensible en su lengua. Tras la sorpresa, averiguo que están pasando un rito de iniciación y deben vigilar el acceso a la aldea; la costumbre es darles unos céntimos al pasar por su puesto de vigilancia. Es un remoto lugar fronterizo con Ghana sin carreteras, sólo hay sendas y no sé si puedo cruzar. Pregunto y me dicen que sí; sólo hay que ir al río y esperar al barquero... next GHANA. Deja atrás la luz de un candil y la leve presencia del fuego, un silencio inquietante de locos que sólo rompe el crepitar de los troncos. La mujer abre la puerta y da unos pasos en la oscuridad: frío, árboles, olor a noche y un río infatigable. Traga saliva antes de articular palabra y un apagado nombre surge sin fuerza de su garganta. No puede evitarlo y las lágrimas resbalan silenciosas por su rostro, lágrimas que nadie ve. La tristeza es un monstruo que viene de fuera y cuando no espera público se esconde en el estómago y muerde todo alrededor. Caen unos copos de nieve tratando de hacer compañía y la mujer encuentra fuerzas suficientes para que un nombre salga a grito limpio, desesperado. Pero ni los perros ladran, ni el río calla. Sólo asoma, curiosa, un trozo de luna entre las nubes. Y

vuelve a entrar en la ausencia, en la casa. Se sienta decidida al piano y empieza una triste pavana de Ravel. Una mano tibia se posa en su hombro, y un beso en el cuello la estremece. La mujer deja de tocar y una sonrisa del pasado le rompe el rostro, quebrando la piel de quien ha olvidado sonreír. Pero detrás no hay nadie, sólo la locura, y estalla en un llanto violento y compulsivo. Con el impulso de quien ya no puede más, se levanta y busca en un cajón hasta dar con una escueta nota, 'Debo irme, volveré'. Sabe que si echa el papel al fuego acabará con este infierno, con el silencio inquietante y las noches de cristales rotos. Volverá a reír, a tocar el piano, a mirar otros hombres. También sabe que entonces, él jamás volverá. La mujer, inmóvil junto al fuego, espera una decisión que ella no puede tomar. Un perro ladra y es el impulso que arroja la nota al fuego. Horrorizada, la ve comenzar a quemarse y en un segundo, arder desapareciendo. Los perros ladran y un aire extraño viste su piel con escalofríos. En otro lugar del mundo, en una playa, un hombre empieza a escribir en la arena una frase. Indeciso, se detiene y borra lo escrito. Contempla el mar como quien espera escuchar algo interesante, y decide volver al hotel. A los pocos pasos se gira y vuelve otra vez a la orilla. La mujer ríe invadida por unas ganas de vivir que había olvidado. Se siente libre, con un deseo infantil de saltar, correr. Deja atrás la ausencia y sale otra vez a la noche. Nieva con fuerza y recibe los copos con brazos abiertos, quiere sentir la nieve en su piel, en su boca. Respira de la noche para llenarse de vida, para oler el principio de sus días. La certeza es redonda: ya acabó todo. No va a mirar más atrás y disfruta la enorme libertad de quien sólo puede comenzar de nuevo, la vida por delante en blanco, como el suelo que pisa. En otro lugar del mundo, en una playa, Augusto escribe en la arena, 'quien no es capaz de quedarse, no es capaz de volver'.

Mira hacia el mar, esperando una respuesta que no llega a una pregunta que no hace, y finalmente, regresa hacia el hotel. A su espalda, la marea se acerca para borrar las palabras dibujadas, y el sonido de las olas trae recuerdos de un tema de Ravel. Y sí. Llego al río Volta Negro y no tengo que esperar mucho hasta que unos locales aparecen, incluida una chica que habla un perfecto inglés y me invita a comer en su casa al otro lado del río. El barquero llega y colocamos mi bici atravesada en la proa de la piragua, en un frágil balance… a veces me pregunto hasta dónde llegará mi suerte, y qué día voy a perder mi navío en qué peregrinas circunstancias. La policía local me dice que no hay puesto fronterizo y que selle entrada en Wa, lo cual hago tres días más tarde, sin problema alguno; ciertamente, Ghana hace honor a su reputación de país relajado. Además, el nivel de vida es más alto y el clima cambia: muchas nubes, algo de lluvia y noches a veinte grados. ¡Frío! Conforme bajo al sur aparecen los árboles tropicales, las lianas, las plantas de hojas gigantescas; una bocanada de vida tras la desolación del Sahel, y me noto más contento. La selva trae también bichos por doquier. Hace un par de semanas que tengo rota la cremallera de la tienda y duermo echando la mosquitera por encima, lo cual evita los mosquitos pero no sirve para los bichejos que se arrastran, y ahora, en Ghana, hay muchos. La primera visita es una de esas orugas multicolores que al rozarse dejan la piel como una quemadura de medusa; una de ellas se da un paseo nocturno por mi costado que me deja una marca de latigazo. Pero la segunda es más preocupante. A media noche me despierta un cosquilleo por los pies, ilumino con la linterna y veo una enorme araña blancuzca y peluda, que me pone el corazón en la boca. Sin pensarlo, mi instinto trata de matarla con lo primero que tengo a mano, y que es, claro, la linterna. El resultado de mi astucia es romper la carcasa con el golpe, las pilas saltan fuera, y la araña y yo

quedamos en la más absoluta oscuridad de una noche sin luna. Ponerme a manosear buscando las pilas era otra idea genial, pero finalmente decido quedarme quietecito a la espera de que la araña esté también asustada. Me cuesta dormir, y con la luz del día encuentro a la pobre araña muerta en el suelo de la tienda. Al llegar a Kumasi, lo primero que hago pues, es buscar una costurera que me pone una cremallera nueva. Habilidosa, la chica. Y es que tras seis meses de viaje ya hay bastantes cosas deterioradas y mi habilidad está más próxima a Pepe Gotera y Otilio que a maravillas de McGyver. Kumasi es la clásica ciudad alegre africana. Abarrotada de mercados, negocios, árboles, gente relajada con la que fácilmente charlar de cualquier asunto. Especialmente de política. Ghana tiene reputación de ser la democracia más estable en África del oeste, y la gente participa más activamente, se preocupa. Es también la capital de la región Ashanti, y entro en una zona del continente donde aún hay mucho palacio y realeza; reyes, que sin tener poder activo, son adorados por su gente. También es una tierra donde los entierros se realizan con mucha ceremonia, y se pone mucho énfasis en asegurar una buena entrada al mundo de los espíritus. Cuestan mucho dinero y llegan a endeudar a la familia. Los ashanti son los más famosos en este aspecto, con sus elegantes túnicas blancas. No obstante, para los asuntos mundanales están muy modernizados y no se respira una tradición que en las tierras sahelianas está más presente. No se puede tener todo, y dejo atrás el África tradicional por las playitas tranquilas de Busua; cuatro bucólicos días de paseos por la arena y tumbadas bajo un cocotero escuchando al Atlántico. Los pescadores recogen pequeños peces en enormes redes, todos a una, no demasiado temprano en la mañana. A esa misma hora, hay algunos turistas blancos haciendo castillos en la arena. Luego llega el esfuerzo de traer contra el fuerte oleaje del Atlántico, las barcazas pesadas, para ponerlas lejos de la marea, cerca de los cocoteros. La misma marea de la que ponen a salvo las barcas es la que se lleva por delante los

castillos de arena. A la tarde, la comida humilde de los pescadores, maíz, plátano, cocos, casava, y unos metros más arriba, la lasaña vegetal en el restaurante de Bigmilly; una proximidad que sigo sin llevar bien, la suerte caprichosa de haber nacido en el lado rico del mundo a veces me incomoda. También, dentro de unos años, la marea se llevará por delante mi castillo de arena, y volveré a casa. Espero haber aprendido a poner la barca a salvo de las olas. En Ghana se come bastante bien, lo mejor desde Marruecos; el plato típico en todo el país es el arroz 'jolof', al que llaman 'la paella africana'. Con bastantes especias, por un euro que cuesta el plato, sabe a gloria. Feliz de descansar junto al mar, decido dirigirme a Accra bordeando la costa, parando en cada playa que encuentro. ¡Hasta Ulises se relajó unos días en la isla de Calipso! En Accra se me acaba la relajación. Consigo fácilmente los visados de Togo y Benin, pero me niegan el visado para Nigeria. - Ghana no es un país fronterizo con Nigeria y usted no tiene residencia en Ghana -me responde un altanero funcionario-. Debe usted pedir el visado en un país fronterizo… Los puntos suspensivos son el instante cómplice que yo debo aprovechar para insinuar. -¿Y no hay ninguna posibilidad de conseguirlo aquí? Realmente lo necesito. Pero soy firme en mi determinación. No quiero poner mi granito de arena en la corrupción de país alguno. Así que me despido educadamente y maldita sea, se viene abajo mi plan de cruzar Nigeria por su norte musulmán. Ahora he de ir por el visado a Cotonoú, en la costa de Benin. Pedaleo hacia las montañas togolesas de K'palimé con rabia. Por tener que cambiar mi ruta, y por la humillación que supone una puerta en las narices. No es mala enseñanza. Miles y miles de africanos enfrentan ese portazo contundente cuando

quieren ir a Europa. Nada mejor para la comprensión que la experiencia en carnes propias. Next TOGO Y BENIN. Imagina que un africano viaja por España andando o en bicicleta. Imagina que tras todo el día deambulando, no tiene digamos, su mejor aspecto, aunque una sonrisa le inunde la cara. Al llegar a un pueblo, pregunta por el alcalde, y alguien amablemente le lleva a su casa. Allí, el alcalde le saluda con respeto y le pregunta por su viaje, por quién es, a qué se dedica y le pide que espere, tiene que atender a alguien. Imagina que tras hacer su trabajo, el alcalde se monta en una bici y acompaña al viajero al lugar donde éste quiere poner su tienda, o que le invita a su casa, o que finalmente le recomienda que vaya a dormir a la escuela pues el director es un hombre muy amable. Imagina que el viajero acaba durmiendo en la escuela un par de días, invitado por el director, que pasa su tiempo libre con él, que le invita a comer y que le cuenta historias sobre las costumbres del país con una generosidad sin límites. Imagina que en ese pueblo, cuando el africano se va, la familia del director y del alcalde se ponen realmente tristes, le piden una foto para recordarle, le piden que no se olvide de ellos. Esto es lo que me pasa a mí cada tarde cuando decido parar en un pueblo de África. De una forma u otra, pero siempre con la misma amabilidad y generosidad. Las montañas de Togo son selváticas, un bonito paisaje por el que subir hacia el norte del país, alejándome de Cotonou y la visa para Nigeria, pero quiero conocer a los tamberma, y si cruzo por el sur, Togo es tan estrecho que se me acaba en unas horas. Es época de lluvias, todo está exuberante y limpio. Tengo largas pausas a veces, horas y horas esperando bajo el techo de un mercado a que cese la lluvia. Hasta me ha hecho ver algunos partidos del mundial del fútbol en los chiringuitos

locales. Una sala de adobe o cañizo donde un tipo pone una televisión y veinte sillas. Es todo un espectáculo observar la intensidad con la que viven el fútbol, la misma con la que ven el 'Pressing Catch', o cualquier película. Con la gente que acude de aldeas remotas es incluso más llamativo, pues para ellos lo que ocurre en la televisión es real. No pueden entender la idea de ficción, no existe en sus vidas. Chuck Norris es un ídolo para ellos, creen que son aventuras reales, que la gente muere en la pantalla. Los tamberma viven a caballo entre el norte de Togo y Benin, y tienen las casas-castillo más bonitas de África occidental. Pequeños castillos de adobe, torres incluidas, que son los dormitorios para la mujer y los niños. El hombre debe dormir abajo para garantizar la seguridad. La imagen de una aldea tamberma, decenas de castillitos de adobe entre el fantástico verdor y los enormes árboles, es una de las estampas más bonitas de África. La desnudez está aún muy presente en su vida cotidiana, niños y mujeres, pese a la presión de las misiones cristianas. Y también mantienen muchas costumbres animistas. En una de las aldeas paro bajo un gigantesco mango a preparar algo de comida. Enseguida vienen varios hombres. Quieren enseñarme las casas a cambio de dinero, pues de tanto en tanto viene una furgoneta con turistas alemanes, y ellos han aprendido que pueden negociar con sus costumbres. Es pleno verano, además. Me niego y sigo preparando un poco de arroz con margarina. - ¿No tienes dinero? - No para visitar casas, estoy acostumbrado a la hospitalidad africana, y mi dinero es para comida, no para malgastarlo. Seguimos charlando un rato, me preguntan por mi viaje. Les ofrezco, como es costumbre, compartir mi arroz, y educadamente cogen un puñado con la mano y me dejan el resto para mí. Al terminar de comer, uno de ellos me invita a su casa.

- Gratis. Ven y pasas unos días con nosotros. Voy a sacrificar una gallina en tu honor. En África el tiempo es diferente a Europa. No se mide por algo externo, como puede ser un reloj o una agenda de reuniones. Se mide con los acontecimientos que suceden, y uno sucede a otro cuando el primero ha terminado, no cuando está previsto por una cita horaria. Los tamberma, como tantos africanos, no entienden ni comparten la vida organizada europea, y cuando unos turistas llegan a sus casas y están en ellas media hora, para rápidamente mirar el reloj y despedirse, 'pues tenemos que estar en el hotel para almorzar a las dos', se quedan decepcionados. Para ellos, esa media hora es el protocolo para empezar a conocerse. Y conocerse en África es importante. Hacer amistad, huella. Lentamente. Tienen todo el tiempo del mundo… ¿quién es el rico y quién es el pobre en este planeta? Cuando un europeo se detiene en sus aldeas sin prisa, y pasa el tiempo con ellos, a veces sin nada que hacer, aburridamente, ellos lo agradecen. Es su forma de vivir, de conocerse. Aún en tierra de tambermas, cruzo a Benin por una senda junto a un mercado semanal, sin encontrar a nadie que me selle la salida de Togo. Tampoco resulta fácil al otro lado, y en el primer pueblo beninés doy finalmente con Inmigración, escondida en una carretera al norte, y les pido, por favor, que tengan la bondad de sellarme la entrada en su país. - ¿Y el sello de salida de Togo? - me preguntan. - No encontré ningún puesto de Inmigración, y cuando llegué a este pueblo me dijeron que ya estaba en Benin. Se ríen y me desean buen viaje por su país. Benin está más desarrollado, y dejo atrás la tranquilidad togoleña por gritos de niños maleducados pidiéndome dinero a mi paso. Lo que no cambia es el clima. Siguen las lluvias. Cada día, al caer la tarde, el cielo comienza a cubrirse con enormes nubes, y sé que tengo media hora más o menos para encontrar

un lugar donde dormir. Normalmente paro en misiones religiosas, que me reciben con los brazos abiertos y me dejan dormir bajo techo, en mi esterillo o en una cama. Mucho más agradable que soportar el yembe de la lluvia sobre mi tienda. En África, las misiones cristianas tienen un amplio jardín alrededor de las casas y la iglesia, lleno de árboles. Pese a que cualquier vecino puede alojarme en su casa, para ellos es mejor si duermo en la casa del jefe o en la misión cristiana. De una u otra manera, la hospitalidad es regla sagrada, incuestionable. El viajero ha de dormir en algún sitio, lavarse y comer; tan sencillo como sus vidas. Al llegar a Savalou me confirman que no puedo conseguir un visado para Níger en la frontera, y que debo regresar al sur, a Cotonou, para repetir intento con el visado de Nigeria. Espero tener más suerte, no tengo otra salida. Coincido con la fiesta del gname, un tubérculo de tamaño considerable y sabor parecido a la patata. El rey va a celebrar una ceremonia para autorizar la cosecha de este año, y hay varios eventos preparados. Música y danzas tradicionales durante tres días, una pequeña feria, puestos de comida en la calle, pero lo más impresionante es la ceremonia de 'los redivivos'. Los ancianos se colocan unas máscaras enormes, todas diferentes, bailan y persiguen a la gente. Al igual que con el 'kánkora', los adultos a veces se ríen, a veces tienen miedo, pero hacia el final de la larga fiesta el asunto se torna peligroso; los viejos están muy bebidos y las persecuciones se vuelven agresivas, con todo el mundo corriendo de aquí para allá. Incluso yo, que había estado al margen hasta ese momento, soy perseguido y tengo que levantar los brazos para no ser golpeado. De pronto, uno de los 'redivivos' se planta frente al tipo que está a mi lado, le dice algo, y éste cae al suelo fulminado. Rápidamente, se lo llevan en hombros a una casa próxima, y un tipo me explica que le van a dar una 'medicina' y en un par de días 'resucitará'. Terrible. Siento que se me pone el cuerpo enfermo. Lo he visto con mis propios ojos. Y yo que tenía curiosidad por el vudú…

Con el recuerdo de los ojos en blanco de ese pobre hombre, llego a Cotonou. ¡Salí de Accra hace un mes y estoy a dos días de pedaleo! Voy preocupado por la incertidumbre del visado nigeriano y por la cadena de la bici, que salta demasiado en un par de dientes. En casa, mi familia y mis amigos están preocupados por mi idea de cruzar Nigeria. Y yo no quiero contarles que llevo un mes con unas virulentas bacterias en mi intestino que no consigo matar, estoy perdiendo peso, fuerzas, y la lluvia constante me provoca calambres en las piernas. Preocupaciones… ¿quién dijo que cruzar África en bicicleta era sencillo? Casas-castillo de los Tamberma. Play Pause

next NIGERIA. De entre todas las manías y rarezas que Augusto trajo consigo al volver a casa, era llamativa la intensidad que ponía en todo lo que hacía. Le recordábamos ese entusiasmo de antaño pero no tan exagerado, parecía sobreactuar, era como aquel personaje idiota de Cortázar que disfrutaba mirando una araña. Nos preocupaba. Una noche, cenando en su casa, decidí preguntarle. - Es mi insulina -dijo. Y se echo a reír.- He de tener cuidado con ella, si me descuido se dispara. Era mentira, por supuesto. Y lo dejamos estar. Treinta años atrás, en el instituto, una mañana el profesor de Latín había dicho, 'Cuando alguien miente, lo primero que revela es su debilidad'. Nosotros que apreciábamos en mucho a don Carlos, habíamos sellado un pacto adolescente en virtud del cual, si uno mentía, el otro debía averiguar el motivo, no la verdad. Pasado un tiempo, Augusto recibió la visita de Johen, un amigo de Bavaria. - Está de paso. Va hacia el sur, a Kumasi, en Ghana. Tiene el mal de África. Yo había oído alguna vez hablar de ese mal. Me parecía una enfermedad ficticia, de cosmopolitas trasnochados, como cuando los románticos gustaban estar tísicos. - Existe esa enfermedad, - me dijo Augusto, - el mal de los trópicos, el mal de África, es lo misma. Los ingleses trataron de encontrarle un remedio a través de la heroína, pero es un mal que te afecta el alma. Y el alma es difícil de tratar. Hizo una pausa y me miró seriamente. - Te estoy hablando de una de esas cosas que no se pueden demostrar, que le hacen pensar a uno que está loco, hasta que encuentra a otro sufriendo la misma locura. Algunos de los colonos enviados a los trópicos eran sensibles al mal, y a su regreso al continente caían presos de un estado melancólico, depresivo, una eterna 'saudade', si me permites. Unos se daban a la heroína, otros morían en vida, y unos pocos volvían a los trópicos que no dejaba de ser la mejor solución. Bastien, un francés que vivió veinte años en Lambarené, pleno ecuador africano donde a cada hora has de echarte un cubo de agua sobre la ropa, me habló de un remedio.

'Has de estar atento a todo lo que ocurra, poner tu máxima atención en cualquier cosa que hagas, sea un paseo por el parque, un árbol, una niña cantando; trata de poner la mayor intensidad hasta en el más nimio acontecimiento. En el momento que falles y dejes un resquicio, la serpiente te atacará, y vendrá un recuerdo de allí donde la vida es fuego. Será una fiesta con tam-tam, un baño en un río, el sudor de una mujer bajo la mosquitera, y entonces, en el confort de tu casa millonaria desearás con todas tus fuerzas estar bajo un mango apartándote las moscas. No dejes que la serpiente te ataque.' Augusto hizo una mueca y medio suspiró con cansancio. - No es perfecto, pero ayuda a llevarlo bien. Unos años más tarde, cuando Augusto se fue al lado turco de la isla de Chipre, a aprender la danza de los derviches, comprendí por fin el motivo de la mentira. Y pensé que tal vez no volvería jamás. De todos los problemas, conseguir la visa nigeriana es el más sencillo de solucionar. Una entrevista relajada con un funcionario que sólo tiene un momento embarazoso. - Si yo pido un visado para su país, me lo negarán. ¿Es justo que yo le dé un visado para el mío? - Si un día viene usted a mi país, será para mí un honor invitarle a mi casa. - Es lo único que acierto a decir. El tipo sonríe y me autoriza el visado. Menos mal, al día siguiente se me acababa el visado de Benin… Pero en la frontera no son todo alegrías. Para evitar la carretera junto a la costa, saturada de tráfico, subo unos treinta kilómetros hacia una frontera secundaria. No creen que mi visado sea auténtico; en Nigeria no hay turismo, sólo negocios, y mi visado es para 'turismo'. Les lleva dos horas y muchas llamadas confirmar la veracidad de mis papeles y dejarme entrar. Aunque es sólo el principio de la pesadilla nigeriana. Inmediatamente después, empiezo a sufrir un control tras otro, pidiéndome una y otra vez el

pasaporte, la cartilla internacional de vacunación, e incluso, ¡el carné de conducir bicicletas! No todos los controles son de policía auténtica, y éste no lo parece. - Hum… sin carné de conducir bicicletas estás en graves problemas…Cien dólares, al menos. - Bien, pediré uno en Lagos. No te apures. - No llevas casco tampoco… hum… problemas… vas a tener que pagar cien dólares. - Nadie lleva casco aquí, hace un calor terrible. - Hum… y tampoco cinturón de seguridad… definitivamente estás en problemas, has de pagarme cien dólares. Ante la mención del cinturón de seguridad estallo en carcajadas, y le pregunto por su identificación de policía. - Oh, verás, los policías están un kilómetro más adelante, yo estoy aquí para ayudar. Dame cien dólares y te dejo seguir. - ¡Ni hablar! Se acabó perder el tiempo aquí, ¡hasta la vista! le digo con firmeza y echo a pedalear. No llevo treinta metros siquiera cuando le escucho gritar en tono lastimero, - ¡¿Y diez dólares?! ¡¿Qué te parece?! Si los controles de policía real y policía falsa serán un continuo incordio, no son nada comparado al tráfico infernal de Lagos. Es un área metropolitana con diez mil habitantes por kilómetro cuadrado, y este problema no está resuelto con eficacia japonesa. Es un infierno. Miles de mini-buses, ruido, suciedad, y peligro constante. Pedaleo sin cesar para cruzar lo antes posible, me siento amenazado en cada rincón. Y por fin, al final del día consigo alejarme veinte kilómetros sin que nada me haya ocurrido. No es que el ruido y el tráfico desaparezcan, el sur de Nigeria es uno de los peores lugares del mundo para viajar en bicicleta, pero al menos consigo dejar atrás la preocupación continua de un asalto, o un tiro. Duermo en una estación de policía, y el día siguiente amanece con el segundo de los problemas a resolver: la cadena de la bici se rompe definitivamente.

Tras un buen rato de absurda meditación mecánica con la cadena en la mano, y rodeado de una multitud curiosa que me hace trabajar con un ojo en las herramientas y otro en mis alforjas, aparece un ciclista. Un ciclista en los alrededores de Lagos, más que una aguja en un pajar, es un milagro. Mike, al igual que otros paisanos anteriormente, me ofrece su ayuda, dice que tiene una tienda de bicis, y acepto, mi instinto me dice que sí puedo confiar en él. Es una pena mostrar desconfianza en África, pero estoy en Nigeria, uno de los lugares con mayor tasa criminal del mundo, casi tan alta como en Nueva York…, y me voy con Mike a su tienda remolcado por una de las miles de moto-taxis que pululan en las carreteras. Pasamos todo el día tratando de salvar algo de mi transmisión shimano, pero no es posible; acabo con un juego completo africano y también un eje trasero prehistórico donde puede encajar el casette de los piñones. Junto a las nuevas adquisiciones, y el maldito eje pedalier, cuyas bolillas he de cambiar cada quinientos kilómetros, el aspecto de mi bici no es el más alentador para cruzar África Central hasta Namibia. Nos reímos, me lavo en la casa de Mike y nos vamos de cervezas para relajarnos. Todavía sigo con la alerta tras las orejas. La sensación que trasmite una ciudad nigeriana está muy lejos de la seguridad, pero con estos chicos, nada de problemas. No me dejan pagar nada, ni la cena, incluso me compran pan y margarina para el desayuno. Cuando voy a meterme en la tienda, en el patio de su casa, pido de nuevo a Mike la cuenta de todos los repuestos y me acuesto perplejo: nada, no quieren mi dinero, quieren ayudarme en mi viaje. - Tu dinero no nos sirve. El dinero viene y va, los gestos son para siempre, y nosotros queremos colaborar en tu viaje. A la mañana siguiente, la misma negativa, y tras los abrazos y la despedida estoy conmovido y sin saber muy bien cómo reaccionar: llegué con recelos y salgo con una gran lección de humanidad en mis alforjas. Avanzo hacia Camerún lo más rápido posible. No encuentro

mucha gente como Mike y sus amigos, todo lo contrario, un gran porcentaje del sur se busca la vida a través de la violencia. Afortunadamente, el buen aspecto de la superpoblación es que siempre estoy rodeado de curiosos, y es posible parar los pies a los problemas en su inicio, entre todos, antes que se conviertan en una difícil situación. A toda costa, evito quedarme solo entre un grupo pequeño, que no sé cómo va a reaccionar. En las ciudades siempre peligrosas, el lugar más seguro para dormir son las iglesias y los hoteles de lujo. Yo normalmente me dirijo a las primeras, y no con mis mejores galas, pues la época de lluvias que arrastro desde Togo parece insistir en pasarme bien por agua. Al llegar a Owerri, la primera iglesia que veo es la catedral. Allí me recibe el señor arzobispo que, perplejo, no termina de creerse mi historia. - Has de regresar a España. No estás bien de salud, no tienes buen aspecto. Mañana te busco un avión de regreso a tu país. - Mi aspecto, señor cura, es el de alguien que lleva noventa kilómetros bajo cubos de agua en el trópico, comiendo yuca y cassava con salsa picante. Si no puedo quedarme aquí, no dé más vueltas y dígamelo, por favor, que ya es de noche y he de encontrar un lugar para pasar la noche a salvo. - ¡Oh, no, no! No quería darte esa impresión, hijo. Claro que puedes pasar aquí la noche. Acompáñame, por favor. Tras ofrecerme el buen hombre una habitación estupenda y una cena pantagruélica de arroz, judías y pollo, mi presencia gana enteros, y algo cambia en su opinión sobre mí. Ciertamente, me miro en el espejo y no tengo buena cara; sigo con diarreas y perdiendo peso, con muchos calambres en las piernas, las lluvias incesantes no ayudan; el tercero de mis problemas empieza a ser algo serio. A la mañana siguiente, me despido del arzobispo que se niega a creerme. - De veras, tengo dinero -insisto una y otra vez,- sólo necesito un par de días sin lluvia y mi aspecto mejorará.

- Ni hablar, acepta mi ayuda, por favor. La necesitas. El sur de Nigeria es cristiano y Dios aprieta pero no ahoga. Si he mencionado los hoteles de lujo no ha sido como ironía, ciertamente son un lugar seguro para dormir. Unos kilómetros antes de llegar a Benin-city, una vez más, agotado, empapado y pensando que como siempre llego de noche y he de buscar una iglesia antes que me devoren los mosquitos, me encuentro un lujoso todo-terreno detenido tras una curva, esperándome. Phillip, el único europeo que conocí en este país, habla un poco de español y se ofrece a llevarme a Benin-city y pasar la noche con él. Dadas las circunstancias, acepto sin dudarlo. Phillip es un suizo que ha hecho una fortuna por su propio mérito. En su juventud fue autoestopista y su riqueza actual no le ha hecho olvidar que años atrás recibió ayuda y hospitalidad. Me invita a dormir en un hotel de lujo, con una cena opípara y una charla decente que me hace olvidar mi mala salud por unas horas. A la mañana siguiente nos hacemos una foto de recuerdo. Bastante especial, ¡con la policía de un control de carretera! Cuando llego a Calabar, frontera con Camerún, no estoy de tan buen humor, sino que sufro el primer momento crítico del viaje. Me siento muy débil y apenas tengo fuerzas para pedalear una hora continua, pero quiero salir de Nigeria. Decido cruzar a Camerún e ir a un hospital. Al mirar mi correo electrónico, encuentro un email de mis amigos holandeses: 'Salva, coge el ferry a Linde, pues la carretera es un barrizal con las lluvias y hemos tenido que poner las bicis en un camión. Desgraciadamente, no te podemos esperar en Linde. Coen tiene una malaria muy fuerte y volamos mañana a Sudáfrica para que pueda recuperarse en un país más cómodo.' África puede ser muy dura para ir en bicicleta… su email me deja deprimido. Empiezo a agobiarme por mi estado de salud, me tienta la opción de volar yo también al sur y buscar algo de confort, buena alimentación, librarme de la acechante malaria, los virus tropicales, el dengue, el agua contaminada, el sol asesino...

next CAMERÚN. Hacía un calor insoportable en Coro, en la costa venezolana. Eric, el reservado dueño del hotel, se acercó con dos cervezas. - Los chicos me han dicho que ya estuviste aquí hace unos años - dijo. - Si - respondió Augusto-, todo está muy cambiado. Esta casa también, la has dejado muy bonita. - Gracias. Todo ha cambiado en Venezuela - Eric hizo una pausa y en lugar de la previsible conversación política se decidió a romper el esquema -, también Venezuela podría decir que tú ya no eres el mismo que la visitó años atrás. Augusto reconoció cierta luz en sus ojos. Por tres días se había cruzado con Eric e intuía algo diferente en él. Ahora, Eric no esperaba una respuesta típica, esperaba la maravilla. - Estuve aquí hace quince años. Iba a Colombia y acabé con mis huesos en El Paují, en la Gran Sabana - hizo una pausa y vio que Eric asentía pero no iba a decir nada. Sólo escuchaba. - Allí conocí a una mujer extraordinaria, una antropóloga renegada, con una interesante vida en sus espaldas. Yo era joven, y una mañana le hice una pregunta importante para mí. Ella se giró y por toda respuesta me dedicó una leve risa. No insistí. Cuando me fui de allí, del Paují, de Venezuela, tomando la primera decisión equivocada de mi vida, ella me dijo 'No dejes nunca de soñar'. Hace un mes, quince años después de aquello, estaba en Medellín con unos amigos, me dirigía al Ecuador, y tuve un sueño. Charlaba con mi maestro en su casa de Shikoku. - Te atrae lo que no tienes porque no sabes lo que eres. Por eso te distraes mirando chicas bonitas en los parques - y se concentró por un largo tiempo antes de proseguir -. Que un millonario renuncie a su yate por hacerse un vagabundo es raro, pero ocurre. Lo extraordinario es el vagabundo que renuncia a la riqueza. Puse cara de no entender. - Ofrece joyas y fama a un vagabundo si quieres conocerle realmente. Los hombres disfrazamos la frustración por lo que no alcanzamos con desprecio. Pero si el azar pone unos guijarros de oro en nuestra mano, lo habitual es que nos brillen

los ojos de deseo. - Maestro, sigo sin entender - dije inclinando mi cabeza humildemente. - Tú dices que busca las esencia de la vida... ¡le petit prince! y se echó a reír dándose palmadas en el brazo -. Tienes razón, está muy escondida. En tu país el exceso de confort la ha enterrado aún más, en otras tierras vive a ras de suelo pero no la supiste ver. No te engañes, todavía no sabes ver lo invisible, ¡petit prince! Has de encontrar tu esencia primero, no puedes alterar este orden. Es vital descubrir que clase de hombre eres. Si caminas porque no quieres posada o porque no encuentras la posada que secretamente deseas. Si comes arroz porque desdeñas la carne o porque no puedes pagarla. En suma, si tu vida es un disfraz o el espejo limpio de tu alma. Ten paciencia. En algún momento llegarás a una encrucijada y alguien te regalará un mapa con un tesoro. Entonces te verás en el espejo. Quién eres tú. - Tal vez no lo encuentre nunca, maestro. Creo que evito ese encuentro. - Si la mujer de tu amigo te seduce, lo más sensato es evitar ese encuentro. Pero no olvides que a la vez te alejas de descubrir la verdad, tus deseos, lo que tú eres realmente. Si evitas que tus manos se quemen, entonces no emprendiste viaje alguno para conocer la esencia de la vida, sencillamente huiste. Ten paciencia, pronto podrás mirarte en el espejo. Está en tu sino encontrar al 'águila caminante'. Si el mapa quema tus manos y te deshaces de él, serás un cobarde; vuelve a casa, pues. Si el mapa te revela deseos de riqueza, síguelo y que te conduzca a la vida que anhelas. Pero si el mapa te provoca una sonrisa y cae en una alforja mezclado con fotos antiguas, un turbante y una manta, y a veces lo miras con curiosidad y otras veces no recuerdas que lo llevas contigo, y cualquier día del camino lo dejas olvidado en una posada y te das cuenta más tarde y piensas en volver atrás y te detienes y finalmente decides que no vale la pena regresar por él, entonces no pienses que la fortuna te fue adversa sino que tu camino trazó un puente sobre ella para hacerte por fin libre. Cesará el deseo por lo que no tienes al descubrir quien eres. Dejarás de hacer lo que sabes hacer y harás lo que no puedes dejar de hacer. Emprende entonces tu búsqueda, pues ya sabrás mirar.

Augusto hizo una pausa para beber un largo trago de cerveza. Eric seguía escuchando, sin la más mínima intención de decir algo. - Ahí desperté. La voz de mi maestro todavía vibraba, pero me di cuenta que su rostro era otro. Aún adormilado reconocí ese rostro sin duda alguna. Era la antropóloga del Paují, la misma medio sonrisa de quince años atrás. Cogí el mapa y busqué la frontera más cercana con Venezuela. No tengo opción alguna. He de volver al lugar donde una vez me equivoqué, he de volver al Paují. Eric asintió. Sonrió, encendió un cigarro y preguntó: - ¿Por qué no has ido por Los Llanos? Era bastante más corto. - Supongo que quería visitar Coro otra vez. - O porque uno acaba haciendo lo que no puede dejar de hacer. Rosa ya no vive en el Paují, aquello está casi abandonado, todos se han ido yendo. Si quieres, puedes ir, claro. Pero Rosa, la antropóloga, vive aquí, en Coro.

La travesía de Calabar a Linde se hace en uno de esos barquitos que cuando se hunden salen en las noticias de todo el mundo. Oxidado, con exceso de pasajeros, de mercancías… no en vano, un pastor anglicano pasa al micrófono las veinte horas de viaje rezando y pidiendo por nuestra seguridad; la vida, decididamente, es un deporte de riesgo aquí. Nada más salir de Inmigración, huyendo de un policía que quería cobrarme un impuesto para bicicletas, doy con la carretera y un simpático señor me para con su coche. Resulta ser español. - A ver, chaval, espera que te vea mejor - me dice a través de la ventanilla. Se apea y baja delicadamente uno de mis párpados. - Tú estás enfermo. Tienes el ojo completamente blanco. Estás anémico y tal vez tengas malaria. Ven a mi casa. José tiene 77 años, y en vez de disfrutar su jubilación cómodamente en España, está construyendo un barco pesquero en un precioso rincón de Linde, a los pies de una

playa con rocas de lava. Toda su vida en África como activo hombre de negocios, y ahora quién le lleva de vuelta a casa, a aburrirse. Paso con él y su encantadora mujer, Paulina, una semana recuperándome, comiendo bien y descansando. Y viendo llover como jamás había visto en mi vida. Hay desiertos en este mundo porque toda el agua parece estar aquí. La vecina Douala sale estos días en la televisión con las calles, no inundadas sino transformadas en ríos, y la gente usando canoas para moverse entre los edificios. La mejoría de la salud trae ánimos, y me digo una vez más, 'Garbancito, éste no es un viaje de vacaciones, sino un salir a ver cómo es el mundo, con sus amores y sus dolores'. Recupero fuerzas y, ¡adelante! Llego en unos días a la capital, Yaoundé, donde me acogen los salesianos con las puertas abiertas. Una gente entrañable. La mayoría de los misioneros que he conocido en África tienen una filosofía muy diferente a la política del Vaticano y sus dogmas. Vivir codo a codo con el sufrimiento genera un alto nivel de compasión, y jamás me preguntaron si era creyente ni trataron de convertirme. La persona, por encima de los dogmas. Yaoundé no es una ciudad atractiva, pero al lado del horror nigeriano, me parece un remanso de paz, y disfruto paseando por sus calles; volver a sentirme seguro me relaja, y en estos días termino de recuperar mi salud. Salgo de allí con los caros visados de Gabón y Congo en mi pasaporte, pero vuelvo a estar fuerte. Por razones climáticas que ignoro, de Yaoundé hacia el sur están aún en época seca, más no por mucho -sólo duran los tres meses de verano-, las lluvias están al llegar y he de darme prisa si no quiero verme atascado en los barrizales del Congo. El tramo sur hacia la frontera gabonesa es una selva continua, realmente frondosa. No puedo salirme de la carretera, ni de las pistas, pues se necesita un machete para abrirse camino entre tanta vegetación. Los restaurantes están bien surtidos de animales de la selva, enormes serpientes hervidas, elefante estofado, gacelas, jabalíes, pequeños mamíferos que una vez tostados al fuego no puedo siquiera imaginar qué son, y monos

de todo tamaño. Deben ser apreciados porque los venden en muchos rincones de la carretera, les meten la cola en la boca y los cuelgan de un poste para llamar la atención. El elefante resulta ser la carne más desagradable que jamás he comido, pero el mono… aunque alguna vez lo miro con curiosidad, imposible. Me faltan arrestos para probarlo.

Los chicos de la tienda de bici de Lagos. Play Pause

next GABÓN. El niño pequeño agarra su algodón dulce entre el tumulto de la feria; para él ya no hay más mundo. El algodón dulce no sólo le ha hechizado sino que le cubre el campo de visión, como un gnomo blandiendo un helecho. Con curiosidad arranca unos hilachos del dulce y le entusiasma el tacto pegajoso en los

dedos, en los labios, pero más le maravilla la alquimia que transforma tanto volumen en cristales diminutos y dulcísimos dentro de su boca. Fuera, en su derredor, la gente grita, el tumulto acorrala. El ruido insoportable genera una sensación de agresividad que flota en la feria, pero el niño es indiferente, está concentrado en arrancar los hilachos de su algodón. Mira por un momento la noche que cae cargada de nubes y no puede evitarlo: las nubes debe ser enormes algodones de feria. El tumulto se torna cada vez más sordo y el niño cada vez más grande. Tras el algodón le ha parecido ver algo brillante y arranca con avidez trozos de dulce que despejan la hermosa luz. A su lado, el ensordecido tumulto se va haciendo un murmullo rítmico de fondo que viene y va, y él ha crecido tanto que no alcanza a ver el suelo. Va despojando más trozos de nubes y la luz torna del amarillo a un brillo plateado, una forma perfectamente redonda se intuye aparecer. Como poseído, el niño arranca velozmente las nubes en ese rincón de la noche y una luna serena se muestra desnuda ante el niño ya gigante como un planeta. A sus pies un océano canta su eterna canción y en su derredor las estrellas, quietas y pacientes, vigilan el silencio. ¿En qué momento los hombres dejaron a un lado la paz del mar por el ruido del cemento? El niño descubre que la serena luna escucha a quien le habla, pero no siempre responde. Entonces vuelve a hacerse pequeño para regresar al tumulto de la feria, con su palo rosado del algodón dulce y la sonrisa de quien tiene un rincón secreto. Colinas y colinas, selva y selva. Este es el paisaje constante al sur de Yaoundé. Unas pendientes fortísimas que no puedo subir pedaleando, pues mi transmisión africana sólo tiene tres piñones útiles, y he de empujar para superar el tramo final de cada colina. Un kilómetro arriba, un kilómetro abajo, día tras día. Y la selva impresiona, casi intimida, exuda vida. No hay tráfico, apenas hay gente siquiera, aunque doquiera que hay

recibo una acogida maravillosa en las aldeas; descubro el relajado carácter de las tribus del África Central, nada es complicado aquí, y tienen unos ríos increíbles; los baños en los ríos profundos de la selva son una experiencia fantástica, pura jungla llena de vida, y un agua tan clara que se pueden ver los gusanos de la bilharzia..., maravillosos días. Pensaba atravesar África Central lo más rápido posible, por las lluvias que vienen, y me quedo prendado del paisaje selvático, de la naturalidad de la gente, de un entorno salvaje donde disfrutar lo esencial de la vida: el agua, la comida sencilla, la luz de la luna donde no hay electricidad. Mi vida en estos meses se ha tornado de una simplicidad abrumadora, y esa ausencia de lo prescindible me hace feliz. No necesito lujos. Sólo agua, un poco de comida, y un lugar para poner mi tienda a la noche. Vivir en lo esencial elimina las complicaciones absurdas, y regala una buena lección: aprendo a diferenciar lo que es verdaderamente importante y lo que no lo es, cada cosa en su sitio. Viniendo de un continente en el que lo accesorio se ha convertido en algo irrenunciable, África no es mala profesora. Después, cerca de Libreville rompo el desviador de los cambios y la vida sencilla se complica una vez más…, unos chicos de origen francés me recogen y me llevan en camioneta a Libreville. Gran fiesta. La cuñada de Jean emigra a Francia la semana próxima y paso con ellos un fin de semana de interminable fiesta, con deliciosa comida de selva… ¡sin monos! En Libreville encuentro un desviador antediluviano para incrementar aún más la precariedad de mi bici, y prosigo viaje. El navío está hecho un poema, pero continúo con buen viento y la tripulación como una piña, a la africana, remiendo sobre el remiendo del remiendo y muchas risas. Cruzo por tercera vez el cartel del ecuador -la primera fue empujando la bici rota, la segunda en camioneta- y llego a Lambarené, una ciudad estupenda a las orillas del río Ogooué, con un generoso mercado, donde me encuentro por fin con Josep. Durante nueve meses he oído hablar de otro ciclista español que va a Sudáfrica. 'Si, si, por aquí pasó hace unas semanas

otro español, con muchos tatuajes', me decía alguien en un supermercado, o una mama africana cocinando en la calle. Y cuando veo en el mercado a un tipo moreno, delgado y tatuado, no me cabe la menor duda. Tampoco hay mucha gente que encontrarse en África... - El otro ciclista español, supongo. Entre cervezas y reparando pinchazos en el jardín de la misión católica hacemos amistad y emprendemos juntos viaje hacia el Congo por una terrible pista corrugada, que es como pedalear sobre una tabla de lavar la ropa. Al final del día duelen todas las articulaciones desde las muñecas a las cervicales, pero al final del día también espera ese momento maravilloso del río en la selva, entre tanto árbol y lianas que no llega la luz del sol. Josep es cocinero y recupero con él cierto entusiasmo por hacer de mis cenas algo más sabroso que pasta hervida con lo que pille. Buen tipo, me da lástima cuando nos separamos en Djende, antes de la frontera. Josep quiere pasar unos días en la costa antes de cruzar al Congo. Para mí se acaba la tortura de la pista corrugada, al salir de Djende, por toda carretera, encuentro en una senda arenosa de apenas dos metros de anchura, rodeada de juncos. - ¿Es ésta la carretera al Congo? - Sí, todo recto…

next CONGO. Hay gente que apenas llega a fin de mes y se ven obligados a hacer economías la última semana. Augusto tenía dificultades para llegar a fin de año, las fuerzas se le acababan allá por diciembre y siempre temeroso de que el 31 no pudiera levantarse de la cama para celebrar fin de año. Así que el último mes prescindía de sus largos paseos por el lago y las clases de esgrima, manteniendo el gasto de energía en un nivel

basal. Eran buenos momentos para charlar con él en algún café, al amor del sol de invierno. - Algún año me pasa - decía riéndose -, que ya tan pronto como noviembre salta la alarma y casi he de hibernar. Después, a primeros de enero, cobradas las fuerzas para el nuevo año, se desquitaba del sosiego y era una avalancha de proyectos en marcha. - Deberías ahorrar momentos y así no tendrías problemas en diciembre. Entonces, nos miraba con los ojos encendidos de un loco y soltaba un rotundo, - Jamás. Ya dormiré en la tumba. Si he de descansar en esta vida que sea por falta de fuerzas, no por conservarlas. Y se iba a las montañas, o a tocar aquella extraña flauta armenia, o empezaba a entrenar una vez más para una marathon que jamás llegaba a correr. Una semana santa fatal apareció Susana, una fotógrafa italiana. Ella ahorraba tan poco como él, y ahí donde la vida daba una oportunidad se entregaba en cuerpo y alma sin pensar en el precio a pagar después. Todos vimos llegar el desastre, sobra decir. Al poco de conocerse convirtieron abril en otoño, veían dos puestas de sol al día, y ni siete lunas bastaron. En mayo, Susana se fue a fotografiar los patios cordobeses y nunca volvió. Augusto estaba tranquilo, regresó poco a poco a su vida habitual, y de golpe, se vino abajo. - Susana lo sabía también, aunque nunca habláramos de ello. Probablemente no hubiéramos visto junio -, me confesó ya encamado. Los médicos le diagnosticaron depresión aguda. 'Tristeza de amor', decían en el pueblo, pero yo sabía que si aguantaba hasta enero, volvería a resurgir. - Tal vez aprendas de ésta -, le dije con malicia. - Hay amores que se estiran toda una vida, o unos años. Otros

se pueden derrochar en una semana, quizás en un par de días… Todo tiene un fin - y zanjando cualquier asomo pesimista dijo-, pero todo es un ciclo. Hay que asumir la muerte y confiar en el renacimiento. Aquel año fue muy duro para él. A primeros de diciembre Augusto parecía que iba a morir. No salía de la cama, comía lo justo. - ¿Mereció la pena? - pregunté -. ¿De veras ahora piensas que mereció la pena? Apenas le salía una mueca por sonrisa, pero le brillaban los ojos. - Lo que me mantiene hoy vivo es el recuerdo de haber vivido un abril de siete lunas. Y se quedó dormido, exhausto. Bajé el sonido de la música, que repetía una y otra vez una escena de la Boheme; le tapé con una manta, y le dejé pasar fin de año solo. Congo es uno de los países con peor reputación de África. Guerras infames, salvajismo, corrupción, pobreza extrema, canibalismo… de lo cual, mi experiencia sólo corrobora la falta absoluta de desarrollo. La malvada policía congoleña me recibe con amabilidad y me invita a dormir con ellos. Cierto que en un puesto militar me piden dinero, pero sin demasiada insistencia, un 'no' rotundo basta. Sí es un problema evitar que me sellen el pasaporte en cada pueblo; dos controles, policial y militar, fichan a todo el que llega y sale. Los congoleños tienen una especie de carné de identidad, tamaño A-4, donde caben decenas de sellos, y total, ellos no se mueven mucho. Pero un pasaporte de treinta y dos hojitas no es para juguetear con él y llenarlo de sellos regionales, así que opto por mostrarles mi DNI en lugar del pasaporte. Ellos se quedan un rato perplejos, sin saber qué hacer ni dónde poner el sello, finalmente registran mis datos en sus libretas y me dejan seguir viaje… Las carreteras también responden a esa imagen del Congo que uno puede hacerse desde casa. Terribles. Desde la frontera de Djende voy por un sendero con un follaje de tres metros de

altura, que dura bastantes kilómetros antes de abrirse a la sabana congoleña, y hasta que llego a Nyanga, tres días después, no me cruzo con vehículo alguno. Allí paro en otro río maravilloso, y entre gente sencilla, que vive con apenas de nada y con sonrisas por todo. Me dicen que la carretera mejora después, pero sigue siendo lo mismo, una mezcla de barro cuando llueve, agujeros, piedras… en fin, en absoluto una línea de comunicación, y durante otro par de días sólo me cruzo con un camión de transporte que hace cuando se puede la línea Dolisie-frontera. Nadie más. Los pueblos se abastecen como Dios sabrá, los productos manufacturados son carísimos, aunque la mandioca en sus diversas formas, la carne de antílope, gacela, jabalí, serpiente, y una especie de enorme jineta están por doquier y son muy baratos. La gente es tranquila, como los gaboneses; en cuanto llego a una aldea y pregunto por la casa del jefe, sin dudarlo, me acogen, me buscan un sitio tranquilo para mi tienda y son muy considerados, no dejan que los niños curioseen por mi tienda, o puedan molestarme. Qué diferencia con la gente del África Occidental. El mapa Michelín coincide con la realidad hasta Nyanga, pero varias veces me aseguran que la carretera de Dolisie a Pointe Noire ya no existe, y la única forma de ir allá es atravesando la selva de Mayombe, que en mi mapa es una zona en blanco. - Pregunta cuando llegues a Mila-mila. Mila-mila es un cruce de carreteras importante, que aún no ha llegado a los mapas. Puedo ir a Brazaville, a Dolisie y a Pointe Noire. Descarto Dolisie, pues es un final sin salida. Girar al este, hacia Brazaville, supone cruzar a Kinkhasa, que está en plenas elecciones y el señor Kabila tiroteando a cualquier oponente en las calles. No tengo más opciones que ir a Pointe Noire y tratar de conseguir allí un visado para Angola. Mi vida puede ser sencilla, pero ahora mismo el futuro es complicado. El jefe de Mila-mila me escribe en un papel los nombres de los pueblos que hay en la selva de Mayombe, y los kilómetros que

los separan, más o menos. - La pista no tiene tráfico porque hay un puente roto, cerca de aquí, y compra toda la comida que necesites porque hasta Louboulou no hay mercado. La pista no es mala, sino espantosa, a nivel físico no he sufrido tanto con una bici: son los mejores días del viaje. El reto no es el barro o las piedras, sino que eso no parece ni por asomo una carretera. Veinte kilómetros después del cruce de Mila-mila, el camino entra en la selva y aparecen unas colinas insalvables, donde resbalo una y otra vez en el barro empujando la bicicleta, o remontando un río. Una suma de momentos esquivando piedras caídas en la pista, poniendo una abrazadera más en las parrillas rotas, compensando con los radios un llantazo tras otro, quitando el barro que me bloquea las ruedas… Me miro en el retrovisor y veo mi rostro salpicado de rojas picaduras del 'furrú' -un diminuto mosquito-, y lleno de barro, mezclado con suciedad y sudor. Cientos de moscas me sobrevuelan cuando estoy detenido tomando un respiro, cuando empujo lentamente la bici; en los pueblos no hay absolutamente nada que comer… Pero todo eso, toda esa situación extrema es en medio de una auténtica selva que atravieso en soledad. Kilómetro tras kilómetro, hasta llegar a una aldea estoy completamente solo con los pájaros incesantes. No me causa sensación de temor alguno, sino un extraño sentimiento; parado en medio de árboles cubiertos de plantas trepadoras y lianas, o bajo la lluvia que tamborilea con suavidad en las gigantes hojas verdes, y pese a tener los pies dentro del barro, es el barro de la misma Madre Tierra, algo atávico se despierta en mí, me activa los genes del mono que fuimos. Y me siento feliz y dichoso. A la noche, llego muerto de cansancio a una aldea, apenas con fuerzas para bañarme en el río, poner la tienda, cocinar y hablar un poco con la gente. Gente realmente aislada, gente que come los tubérculos crudos, donde los niños salen corriendo si me ven llegar y no paran hasta alcanzar a un adulto. ‘Si no te portas bien, llamaré al blanco para que te lleve consigo’, asustan aquí a los niños. Remoto, el rinconcillo éste.

Louboulou está cerca de una saca de petróleo francesa, y al llegar ahí, aparece cierto tráfico, mercados y tiendas. La carretera también mejora, se ensancha y pierdo la pura conexión con la selva. En un par de días llego a Pointe Noire y los salesianos me abren sus puertas para que descanse y me recupere un poco antes de afrontar el siguiente reto: conseguir un visado para Angola, el país más difícil de África. Si con barro en la bici, en la camisa y en mi cara, me han abierto la puerta de la misión, por qué no lo va a hacer Angola. En la primera visita al consulado no me dejan siquiera entrar dentro del edificio, y estoy limpio. Burocracia comunista legada de su pasado soviético. En la caseta del patio miran todos mis papeles buscando algo que falte, pero lo llevo todo, y deciden que las fotocopias no pueden estar cortadas; también me piden que me haga una especie de visado de estancia en el Congo, algo que ya no puedo hacer pues he superado el periodo de ocho días para eso. Regreso a la misión salesiana derrotado, pero ésta es una batalla larga, no un abordaje espontáneo. En la tercera visita me apadrina el padre Miguel Ángel y consigo dejar mi solicitud por fin dentro del edificio. Tratamos de hacerles creer que soy también misionero y voy a visitar las misiones de Luanda y Benguela para ayudarles a instalar un sistema informático. La historia es peregrina, pero es una historia. Por supuesto, nada de bicicletas. - De acuerdo, espera a que te llamemos… La estancia se prolonga y me pongo a trabajar en una obra que están haciendo los salesianos, para ser algo útil en esta casa donde estoy alojado. Tengo unas agujetas terribles en los brazos y me divierto, una experiencia más; los obreros están alucinados de tener a un blanco trabajando con ellos y también se divierten. Una manera simpática de celebrar los primeros nueve meses de viaje, pero el consulado angoleño no llama… Me pongo en contacto con la oficina de Cooperación Española en Angola. - Ah, perfecto. Sí que entendemos tus dificultades, incluso

nosotros tenemos problemas con los visados de los cooperantes. Veremos cómo te podemos ayudar -me dice Alberto, el jefe del equipo en Luanda. Alberto cuenta mi aventura en la embajada y el cónsul español se pone eficazmente manos a la obra. Hablamos por teléfono. - No te preocupes, estoy aquí para ayudarte - y de inmediato, recupero la confianza perdida-. Trata de averiguar el fax del cónsul angoleño y mandaremos un apoyo a tu solicitud. En la quinta visita al consulado, les convenzo que mi embajada en Luanda apoya mi petición, y por fin tienen a bien darme el número de fax del cónsul angoleño. - Hum... ésto es algo fuera de lo normal. ¿Para qué quiere usted el número de fax del señor cónsul? - me pregunta el tipo con mirada de inspector Colombo. -¿Para enviarle un fax, tal vez? Todo urge; mi visa de un mes para el Congo está a punto de finalizar y no puedo renovarla, pues debía haberlo hecho en los primeros ocho días. Los contratiempos africanos, es decir, la normalidad con la que convivo aquí y que ya no me sorprende, como entierros multitudinarios, inundaciones, cortes de electricidad, internet que no funciona, faxes que llegan, faxes que no…, hacen de cualquier proceso burocrático una montaña. Por fin, el último viernes de octubre, el cónsul español me envía un email confirmándome que tengo la autorización para el visado angoleño. ‘Dame un número de fax al que enviarte los papeles.’ Pero yo leo ese email a la noche, cuando vuelve a haber electricidad en Pointe Noire. Le doy el fax de la tienda de muebles de un francés que se parte de risa con la historia, y por fin, el sábado en la mañana tengo los papeles necesarios. ¡El martes 1 de noviembre termina mi visado de Congo! El lunes, a primera hora, pongo toda mi artillería en la recepción del consulado angoleño. - No me voy de aquí sin un visado, señorita. He de ir a las misiones a hacer mi trabajo -miento- y tengo la autorización de

su propio cónsul -lo cual es cierto. - Ajá. Bien, bien. Déjeme sus papeles. Le llamamos cuando su visado esté listo, lo antes posible. - No, señorita, no dejo mis papeles. Dejo mi pasaporte y en la tarde vengo a recoger mi visado. - No puede ser, el cónsul está hoy muy ocupado. La miro detenidamente y veo una cruz católica colgando en su pecho. - Señorita, usted es católica y yo voy a ayudar a las iglesias católicas de Angola -miento como un bellaco, pero en fin, bautizado estoy y al día siguiente mi visado expira-, por favor, ponga usted su grano de arena. La expresión de la mujer cambia, he tocado diana. - Un momento. El momento es eterno, pero regresa al cabo de una hora y me pide el pasaporte. - Mañana, a la una, puede usted recogerlo. Contengo mi júbilo y le doy las gracias educadamente. A la noche, gran alegría en la misión salesiana y todos bendicen mi buena suerte. La batalla ha durado dos semanas… Al día siguiente, dejo mi bicicleta preparada junto a unos ingleses que viajan en todo-terreno y están tramitando el visado de tránsito, de cinco días; ese es fácil de obtener, pero en bici yo necesito un mes. Recojo mi pasaporte. No me lo puedo creer. Tengo cuatro horas para llegar a la frontera con Cabinda, y sesenta kilómetros que hacer. ¡Pies para qué os quiero! Next ANGOLA.

Augusto trajo a la casa una enorme caja. Había una palabra escrita, 'Auténtico'. Abrimos la caja y dentro había otra, también con una palabra escrita, 'Único'. Abrimos ésta y una tercera caja apareció, 'Fugaz'. Una última caja decía, 'Sensibilidad'. Apareció entonces un bellísimo jarrón de porcelana que colocamos en el pasillo, y como niños dábamos vueltas y vueltas para disfrutar su belleza. Una mañana, Augusto dijo: 'Tal vez nunca ocurra, pero el jarrón bien podría romperse'. Le pregunté entonces por qué gastaba su escaso salario en comprar ese carísimo regalo. 'Nunca compré regalo alguno; traje a la casa un momento, y al contrario que los jarrones, los momentos no se rompen nunca'. Un paseo por el bosque de Hogsback, árboles de cuarenta metros, monos, pájaros y cascadas de nieve que el sol africano derrite con mirada de extrañeza. Una granjera pintora, tras la cena me mira en silencio, hace tiempo y me dice sin esperar respuesta, 'Tanto paisaje, tanto contacto con la naturaleza, debe darte una paz tremenda'. En las montañas de Lesotho, un reguero de cristales rotos muestra la inquietante Vía Láctea, quebrando el firmamento a casi dos mil quinientos metros de altura. Una cerveza fría que alguien deja sobre mi bici, un caramelo que encuentro brillando en el sillín, como un regalo de reyes. Lesotho, una ducha a la luz de una vela tiritando como un epiléptico en una escuela agrícola, casi un orfanato de Dickens, y seis mantas después que me devuelven el dulce calor y el descanso. Tres días de frente frío refugiado en la granja de Johnny y Jenny, felices, cariñosos y generosos. La madre de Devan, tras el desayuno me abraza con fuerza y ternura, sin querer verme marchar. En sus ojos, lágrimas; en su pecho, un corazón enorme. El viajero prosigue su camino. Nada que se repita será único, nada que pueda pagar será auténtico, nada que retenga será fugaz, nada que no sepa ver dejará su huella en él. Los

momentos aparecen, entran, pasan, llenan y se van. Él prosigue camino libre de ataduras y ligero de equipaje, un poco más feliz, con la curiosidad de ver que ocurrirá detrás de esa colina. Deja de lado la senda de un mundo confortable que busca retener el agua en las manos, que insiste en sufrir y en romper la ley más simple de la vida: todo pasa, nada permanece. Momentos. En la frontera angoleña de Cabinda me esperan más problemas. Al igual que en Nigeria, no están acostumbrados a ver un turista con un visado de treinta días. Lo habitual es que motos y todo-terrenos crucen en tránsito de cinco días hacia Kinkhasa, pues Cabinda es una zona sensible para Angola. Hay mucho petróleo y quiere independizarse. Así pues, espero un par de horas mientras alguien se lleva mi pasaporte a no sé dónde; yo confío en que no esté llamando al consulado y que se descubra que el misionero informático va en una bicicleta. Ignoro si mi mentira se descubrió o no, pero por fin, entro en Cabinda, Angola. La cruzo rápidamente en un par de días, y al llegar a la ciudad tengo la suerte de tropezar con el ferry que va a salir en una hora. Ese barquito tiene un caprichoso itinerario y nadie sabe cuándo regresará a Cabinda -una semana, dos-, pero yo he de entregar una carta del padre Miguel Ángel en una comunidad del centro. Delibero unos momentos, sólo tengo treinta días para cruzar el país... Qué le vamos a hacer, 'Garbancito, hay que entregar la carta'. Unas misioneras me reciben y me dicen que si pierdo el ferry, regrese y me quede con ellas hasta el siguiente. Voy como una moto de nuevo al puerto, y llego hasta el embarque, que está cerrado ya. Dejo la bici y saltando un par de vallas, voy a hablar con el tipo del ferry que todavía está cargando los últimos bultos. Le explico lo que ha pasado y el buen hombre consiente en regresar a taquilla, abrirla y venderme un billete. Respiro…¡la vida aquí no tiene tregua! Seis horas para superar unos cuarenta kilómetros de costa que pertenecen al otro Congo, y llego a Soyo, ya en Angola propiamente. Pedro me adelanta en una furgoneta y para de

inmediato. - ¿Qué haces aquí? ¿Qué necesitas? Me ofrece alojamiento y herramientas para arreglar el eje pedalier, lo cual celebramos con un bañazo en el río Congo, al siguiente día. También me regala su entusiasmo que viene de perlas para coger moral y afrontar el desastre que es mi galeón pirata. No sé cuántas veces he tenido que abrir el maldito eje para cambiar las bolillas, ponerles grasa, cerrarlo otra vez, gracias a lo cual -y a los martillazos de Guinea- la rosca interior del cuadro se ha ido mellando. El eje ya no agarra dentro. Cuando Pedro me despide, le veo meneando la cabeza, como quien piensa que con esa chapuza no hago ni cincuenta kilómetros. El eje lo llevo en la rosca del cuadro gracias a unos alambres apretados en forma de ocho. Pedalear, pedaleo, y salgo de la ciudad. Todo va más o menos bien durante cinco días, hasta Nzeto, por una mala pista donde si no llueve me atranca la arena y si llueve me atranca el barro, menos mal que hay ratos intermedios y consigo avanzar. En una tierra olvidada del mundo, mis objetivos de cada día son conseguir agua de lluvia y cambiar los alambres que sujetan el eje, pues con el rozamiento del pedaleo acaban por partirse cada cuarenta kilómetros. Estoy en un lugar donde encontrar alambre es imposible, y me pregunto si el que llevo será suficiente hasta Luanda. Puedo beber gracias a algún escaso río, y a la generosidad de la gente, que llenan mis botellas con agua que han traído en la cabeza durante una hora caminando bajo el sol. A veces, sólo me dan un litro, pero jamás me dejan sin agua. Como todo puede empeorar, llega un tramo de moscas tse-tsé, y durante trescientos kilómetros voy sufriendo mordeduras que añaden un objetivo más al día: flagelarme con una trama de nailon mientras pedaleo para espantar las moscas alrededor de la bici. Y es que cuando las cosas quieren ponerse difíciles buscan el país más duro y el momento más débil.

Sueño con llegar a Namibia, donde hay de todo; con olvidar mis tres piñones, los ejes y repuestos africanos que duran un suspiro, hasta solucionar un pinchazo se ha convertido en una pesadilla, pues el pegamento no pega y los parches no agarran. También es cierto que al llegar a un pueblo, la gente es tan amable y simpática que tras el rato mecánico para que la bici funcione al día siguiente, me lavo y el mundo me parece maravilloso. Me río de mis problemas con los angoleños, que tienen los suyos, y por unas horas me olvido que mañana volveré a estar agobiado con la bici, las tse-tsé, el sol, el agua… Si yo quiero salir adelante de ésta, no podría tener mejores maestros. Los angoleños son un admirable ejemplo de tesón y esperanza, afrontando un país destrozado, sin infraestructura alguna, pues apenas hace tres años que terminó una de las guerras más largas del continente. En una aldea, saco mi cocina de gas para hacerme un segundo desayuno a la sombra de una choza, y de repente todas las mujeres que me rodeaban salen corriendo hacia sus casas. Me quedo perplejo, sin saber por qué; al seguir cocinando, de repente miro la bombona… e intentando reírme y hacer broma del asunto me puse a gritar: ¡no bomba, gas! ¡no bomba, gas…! Poco a poco van saliendo de sus chozas y finalmente todos reímos, los africanos tienen un sentido del humor envidiable. De todas formas, no sé si esa risa tiene derecho a existir, es una triste muestra del legado que dejan treinta años de guerra. Exhausto, llego a Luanda, donde el personal de Cooperación española, Pilar, Alberto, me reciben con los brazos abiertos y me invitan a estar unos días con ellos. Días de descanso, de recuperar fuerzas y asumir que como sea, tengo que cruzar a Namibia con este maltrecho navío. La mañana antes de partir, regreso del mercado con un par de ruedas que durarán quinientos kilómetros, y una transmisión nueva, por si la que llevo me deja tirado en las montañas del sur. Me encuentro con el cónsul.

- Venga, chico, que te estamos esperando para almorzar. ¿De dónde vienes? - De 'O Roque Santeiro', tenía que comprar repuestos. - ¿Cómo? ¿Has ido allí solo? Es muy peligroso… Miro mis ropas viejas, mi bicicleta a medio romperse, y le pregunto. - ¿De veras crees que soy un apetitoso objetivo para los ladrones? Recibo una risa diplomática por respuesta y además una 'feijoada' que estaba de miedo. Luanda, como otras ciudades angoleñas, es el esqueleto en pie de lo que fue una hermosa ciudad enclavada entorno a una bahía, de relajada urbanización. La vida en este país tuvo que ser mágica. Ahora, edificios en ruinas, carreteras donde asomarse a un socavón da vértigo, carencia de agua, de saneamientos, con basura por doquier, donde las necesidades se hacen en el mismo mercado, en las mismas calles… llevan dos epidemias de cólera en este año, claro. En Lobito, en la privilegiada Restinga donde se alternan casas coloniales a medio caer con otras milagrosamente mantenidas, hay una tasca fuera de lugar. Junto a la orilla del puerto, tras un buen tramo de calzada sorteando piedras levantadas, 'buracos' y la misma arena, se llega a este bar pequeño que tanto se parece a una tasca del Madrid viejo. Entre cervezas de barril, vino de mesa portugués en tetra-brik, y una ginebra que rompería el estómago a un siberiano, hay cinco angoleños cantando con una guitarra en una mesa esquinada. Bebe, un viejo portugués que regenta el bar. Antonio, delegado de cultura, con una voz quebrada del dolor de tanta guerra; dos camaradas amigos que acompañan a los coros; y Joao, intachable caballero de delicados gestos, y con una voz

aterciopelada que hubiera querido Nat King Cole. Joao fue fue cantante en los cabarets de Luanda y Lobito durante los tiempos de la colonia. 'La gente era muy educada entonces', me dice, 'se agradecía el arte… ganamos una independencia que ha traído hosquedad y griterío, y se marchó la belleza, el arte… ¿dónde fueron?'. Entre bolero y bolero, desde el otro lado de la mesa se inclina hacia mí y me cuenta pequeñas historias de su vida y su Angola. Antonio, de repente, engancha con canciones de Silvio Rodríguez y a mí se me enturbian los ojos y me emociono cantando con él '… soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día, los muertos de mi felicidad'. Y Silvio es Cuba, Cuba es comunismo y Angola fue comunista. Cuando el delegado de cultura entona la famosa balada, el sentimiento de los parroquianos se exalta y toda la tasca es una sola voz. 'Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, comandante Che Guevara'. La voz de un extraño pueblo africano que quiso ser comunista en vez en aceptar la mayoría capitalista; trágico destino de un país que se libera del colonialismo y se encuentra una guerra fría con dos bandos en la que le imponen elegir; de la choza al edificio soviético y del tam-tam a la trova cubana en un soplo. Y aún hay quien se sorprende del desastre que habita África. Joao me cuenta algo fácil de ver en Angola, en África. Los jóvenes no están interesados en el arte, en la belleza, sino en lo que las parabólicas quieren venderles: vaqueros, perfumes, gafas, móviles, motos y música tecno. Cuentas de colores a cambio de oro. La historia no cambia mucho. Desean la música que viene del mundo blanco, ritmos más pobres que los suyos, que bailan con increíbles movimientos coordinados llenos de violencia y sexualidad, de la misma forma que en la aldea bailan con los xilófonos tradicionales. No quieren nada más, ya la vida es bastante dura aquí. 'Pero nosotros mantenemos en esta tasca la cultura', me dice Joao antes de entonar un 'I love Paris' de Cole Porter que me deja boquiabierto. A medianoche, todos estamos vencidos por el cansancio y el alcohol, llega la despedida. Quién sabe, pero no es probable. Uno se despide en estas ocasiones con la certeza de no volver

a encontrarse jamás; jamás otra vez sentado en esa pequeña mesa cantando a grito pelado 'la era está pariendo un corazón', jamás volver a atender las historias de Joao con sus delicados gestos de cantante exquisito. Hay un inevitable sentimiento de tristeza, de apego a lo que da placer, que es necesario contemplar, dejarlo estar y dejarlo ir… A la mañana siguiente, pedaleando hacia Benguela en una hermosa mañana de domingo, el sentimiento es de felicidad; una felicidad que tiene un ladrillo más, que ha crecido otra vez. Y me descubro cantando '… soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad'. El siguiente tramo junto a la costa es el más bonito. Me repito una y otra vez, 'este país tuvo que ser una suerte de paraíso', y ahora hasta conseguir agua es difícil. La que consigo está tan sucia que he de filtrarla y limpiar el filtro cada medio litro. Pese a la belleza de la costa, llego a Lobito en muy malas condiciones, absolutamente derrotado. Todo se rompe, la bici es una reparación día a día y se convierte en el centro de mi atención, me crea un estrés del que me cuesta huir. Las chapuzas con el material que vengo encontrando en Pointe Noire, en Soyo, en Luanda, duran lo que un sacacorchos de todo-a-cien y dejan la misma sensación, la misma cara de idiota que cuando miras el sacacorchos roto a la segunda botella. El golpe que me tumba es un pequeño accidente, al chocar con un autobús. Sólo son rasguños y una pequeña hinchazón, pero me graba una imagen en la retina que me hace desear por vez primera salir de África. Veo a un tipo mareado por el golpe del autobús, con una alforja rota y la parrilla trasera también rota, sangrando en la pierna izquierda. Se levanta, va hasta unas casas, pide agua, se pone a filtrarla pues está sucia, y se lava las heridas como un autómata, dolorido y casi delirando. '¿Por qué no me tumbo en el suelo y que alguien me recoja y me lleve a un lugar civilizado?'

El tipo descansa un poco y se levanta cojeando, arregla la parrilla con unas cuantas abrazaderas más, y asegura la alforja con una cuerda. Inexplicablemente, se monta en la bici y sigue viaje, tal vez porque sabe que aquí nadie puede recogerle ni llevarle a lugar civilizado alguno. En Lobito, paso cuatro días en casa de una amable cooperante, Concha, que se empeña en hacerme sonreír y que me olvide de los problemas mecánicos. Cuatro días que me devuelven la vida. - Menuda cara de crispación traías cuando llegaste, casi no te abro la puerta - me dice al despedirnos. Y sí, salgo de Lobito, pero esta vez no tengo mucha confianza en avanzar demasiados kilómetros. Acepto que tal vez entre en Namibia con la bici en un camión. La carretera por las montañas hacia Lubango es famosa en toda África, hay boquetes donde cabe un bus. Pero para ir en bicicleta no está mal, siempre hay una línea firme en la que mantenerse, y a veces me divierto bajando y subiendo los boquetes como en una montaña rusa. Y sin darme cuenta, entretenido por un paisaje hermoso, de amplias praderas y árboles donde puedo acampar tranquilamente, llego casi a Namibia. El eje pedalier lo sujeto ahora con unas abrazaderas de plástico que conseguí en Lobito, tardan más en quemarse y romper. Los parches de los pinchazos, con la bajada de temperatura, aguantan mejor. Hay agua en abundancia en las montañas. La gente sigue siendo generosa y amable, como en todo el país, y pese a estar cubierto de barro y polvo desde la mañana hasta el baño vespertino, las circunstancias del viaje han mejorado bastante. Vuelvo a sonreír. El sur de Angola es tierra de minorías tribales que viven ajenas al resto del planeta. Los mumuila, los muhimba, los himba, gente a veces un poco hosca y raras veces sonriente, que se ocultan en los mercados a la mirada de este ciclista que alucina con su atuendo mínimo de cuerdas y pieles. Cuando estoy apenas a doscientos kilómetros de Namibia, y a

trescientos de una ciudad con tiendas de bicicletas occidentales, decido aventurarme por el río Cunene, que hace de frontera entre ambos países. Una idea brillante. La parte angoleña del río Cunene es un pantanal lleno de baobabs y otros árboles que dan la sensación de estar en un jardín botánico. Cada día acampo en la orilla y los locales rápidamente vienen para cerciorarse de que estoy bien e invitarme a su aldea, pero ante mi deseo de acampar solo, se retiran pronto. Momentos deliciosos, con cientos de pájaros cantando, y de alguna forma me dan energía para seguir. Sin embargo cuando empujo la bici por el barro de las zonas pantanosas no es tan linda la estampa, con cientos de moscas que insisten en buscar ojos, nariz y boca. Son días duros y atardeceres de descanso maravilloso, me relamo pensando que en unos días podré comprar repuestos occidentales para mi bicicleta.

Jefe de una aldea y su mami. Play Pause

next NAMIBIA. Al cruzar a Namibia me advierten que la carretera que va de Ruacana a las cataratas de Epupa junto al Cunene es terrible. - Terrible, chaval -me dice un enorme granjero blanco.- No hay nada más que aldeas de himbas, piedras y cocodrilos. Un todo terreno no puede ir a más de 10 km/hora. Allá tú. Y allá voy yo, con una bicicleta a punto de romperse, pensando que podré con todo. Hasta un campamento turístico, la pista es como en Angola pero sin zonas pantanosas, hay pocos tramos de arena y el camino va casi siempre junto a un hermoso río ajeno a la civilización. Y comienzo a encontrarme con los exóticos himbas. A unos noventa kilómetros de las Epupa, paro junto a tienda local a amarrar el eje con nuevas abrazaderas, enésima vez y última. Me aconsejan que compre todo lo necesite hasta Epupa, pues es la última. En la tienda no más que pan, pasta, tomate y galletas; en fin, 'todo lo necesito'. Menos mal que compro de más.

una por que hay que

La senda se estrecha, y cuando va junto al río es agradable: palmeras, acacias, aldeas himba y de tanto en tanto, un tramo

de arena donde he de empujar la bici. Pero cuando se desvía hacia el sur, se convierte en un pedregal de colinas desérticas donde no hay nada de agua, y la temperatura sube a 48 grados. Ese primer día es genial, el Cunene es un río virgen, un río con cocodrilos. Los niños himba se meten en las orillas donde el agua no es más profunda de la rodilla y por si acaso tiran un par de piedras antes. Yo, pues, hago lo mismo para lavarme y filtrar agua. Al día siguiente llega el final de la agonía. Metido en un tramo de las colinas pedregosas el eje se rompe en dos, y me quedo mirando la biela izquierda en el suelo. Suceden unos instantes de 'ahora qué hago' con cara de idiota, pero pronto me activo y despierto, 'mira el lado positivo, Garbancito, se acabó la tortura del eje, ¡a caminar!'. Tras dos horas a pleno sol llego otra vez al río, deshidratado, hablando como los locos, con un golpe de calor enorme. Ni me acuerdo de los cocodrilos, y me doy un chapuzón que me refresque la piel y las ideas. Decido acampar y descansar. Recuperada la temperatura y la sesera, filtro agua tirando unas piedras antes… Un cálculo rápido de la comida me advierte que tengo dos días para llegar a Epupa, donde sé que hay un cámping y la aldea tiene una tienda básica con… 'todo lo que uno necesita'. Camino empujando la bici por la tierra de los himba; encontrárselos es un salto en el corazón, especialmente a ellas, con una faldita de cuero, brazaletes y nada más. Tienen toda la piel y el pelo cubiertos con una pasta anaranjada de olor fortísimo. Mujeres hermosas, pero parecen espectros cuando están bajo un árbol. Beben sangre de sus vacas, aguas marrones de los charcos, viven en unos rudimentarios 'tipis' hechos con ramas de arbusto que protegen de los animales con un cercado. Y son mucho más simpáticas que las mumuila de Angola. Yo me paro, las miro, ellas me miran, y todos nos reímos los unos de los otros. No es para menos, menudo rincón del planeta, completamente detenido. Estoy empujando, fatigado, con problemas de agua y de comida, pero estoy en un lugar que dentro de unos años tal vez piense que fue un sueño. Cuando al segundo día de caminata, estoy comiendo los últimos doscientos cincuenta gramos de espaguetti, con salsa

de aire del Cunene, me pasa un todo-terreno que lleva dos turistas alemanes y me dicen que las Epupa están sólo a quince kilómetros. - No te podemos llevar, ya ves que no hay espacio. ¿Crees que llegarás para la noche? -me pregunta Caesar, el guía. - Seguro. - Perfecto. Ánimo, campamento.

'Don

Quixote',

te

esperamos

en

el

Entusiasmado, hago el último esfuerzo y llego al anochecer. Mel, la recepcionista, y los del safari me están esperando con un banquete. Caesar lleva una empresa de safaris de lujo, y en su mesa tienen incluso una botella de champagne francés. La riqueza en este caso no va reñida con la hospitalidad: increíble bufete de brochetas, ensaladas y varias delicatessen. Al caer la noche estoy rendido y feliz, riendo con mis nuevos amigos, contando historias. A la mañana siguiente, me acerco a las cataratas. No importa si las había visto en fotos, es imposible captar con una cámara ese espectáculo. Son decenas y decenas de cascadas cayendo por las grietas de la falla, donde insólitos baobabs surgen de las rocas entre la violencia del agua. La imagen me deja sin palabras, una de las cataratas más hermosas del mundo. Me recreo unos días mientras espero transporte. Mel me avisa que un todo-terreno sale para Opuwo y no le importa llevarnos a mi bici y a mí. Todo sale 'sobre ruedas' y en Opuwo conozco a Jimmy, que me lleva a la capital, Windhoek, donde puedo arreglar mi bicicleta. Durante el viaje en coche no salgo de mi asombro ante el desarrollo de Namibia, llena de centros comerciales iguales a los de cualquier ciudad europea, casas bonitas de construcción sólida, lujosa, y jardines cuidados, aceras limpias. Jimmy se parte de risa viéndome mirarlo todo con la boca abierta, como si estuviera en un museo. - El pobre viene de África Central y se encuentra con esto… -le dice con sorna a una de las cajeras de un supermercado,

mientras yo contemplo ¡todo un pasillo sólo para cereales y desayuno! En fin, el agua es potable, puedo comer en un plato limpio que realmente merece el nombre de plato…, creo que necesitaba algo así. En la tienda no tengo muy buenas noticias. Reparar mi cuadro y comprar todo lo que he de reemplazar, sale más caro que una bicicleta nueva. Reflexiono durante un día, pero no hay mucho que pensar, y me recuerdo que llevo seis años con esa bici y nunca ha terminado de gustarme. Tokkie me ofrece una Trek sencilla por trescientos euros en la que puedo colocar mis parrillas. Me gusta el color, amarillo, y tengo el presentimiento que puedo dar la vuelta al mundo con ella. Es un amor a primera vista, y es mi cumpleaños… También he aprendido una importante lección. Yo quería ingenua y románticamente viajar como un africano, y cuando tuviera problemas, solucionarlos como un africano. Un año de viaje y la tortura de los últimos meses me ha enseñado por qué los africanos no pueden viajar en sus bicicletas. Me prometo que a partir de ahora, usaré repuestos occidentales. Cuando salgo con mi bici nueva de la tienda, la sensación al subir la primera cuesta y ponerme en pie sin que nada cruja… es inolvidable.

Augusto contempla asombrado las praderas desérticas del Namib; 'jamás tan cerca de Hemingway', piensa. Desde lo alto de una gran colina, el Namib es una intensa mancha amarilla; pequeños matojos de yerba que parecen un cuadro impresionista. A lo lejos, ve solitarias montañas, varadas como ballenas en un mar que se ondula con el viento. 'La mano que acaricia tu rubio y corto pelo, que parece un campo de yerba amarilla', escribía Hemingway. Esa noche, en medio de una noche de cristales rotos, duerme con los recuerdos flotando por la pradera. Despierta Augusto, extrañado de haberse quedado dormido y

contempla el cuerpo de su chica. Pasa los dedos por su cabello rubio y se acuerda de la novela que está leyendo, 'Por quién doblan las campanas'. Él quiere ser también un aventurero gringo en medio de la guerra civil española y que su chica se corte el hermoso pelo rubio para hacerse pasar por hombre, decirle que su pelo parece una pradera amarilla, pero es sólo un adolescente que se abruma con un futuro en blanco. La cita de la primera página de Hemingway le lleva a los poemas de Donne; Maugham a Hesse, y Hesse al interés por Oriente, por lo desconocido. Uno y otro le mueven a trompicones de la poesía a las novelas, de Khayyam a la pasión por la sensualidad persa, de Kavafis a la Alejandría vieja y las rutas de la seda. El mismo empeño en vivir con intensidad agota el amor y llegan otras mujeres. Afortunado Augusto, que podrá mirar el cielo de su historia y contemplarlo con la alegría de haber sido feliz, agradecido por lo que fue hermoso. Aparecerán como cristales rotos en la noche de un desierto las historias que terminaron, y que en la noche del viajero solitario regresan para enviar su resplandor plateado. Todo acaba, si, pero queda la luz, como las estrellas. Augusto se despierta extrañado de haberse quedado dormido, el frío de la noche aconseja meterse en la tienda. Aún tumbado sobre la dura tierra, contempla una vez más la inmensa bóveda estrellada. Pasa una estrella fugaz y sonríe, 'es la señal para irse al saco' piensa… algunas estrellas se dirigen a un rincón oculto de la memoria para no mezclarse con Orión ni Casiopea. Se levanta y mira al horizonte oscuro. Imposible acertar a ver el maravilloso amarillo, pero llega el recuerdo y de pronto, Hemingway regresa. Sonríe otra vez, es feliz. Mira al cielo y busca algunas estrellas; después, con la dicha de quien es arropado con una cálida manta, se duerme sobre la almohada de la Tierra. Namibia es un gran país para viajar en bicicleta. Los tramos entre ciudades son muy duros y solitarios, pero al llegar a una ciudad se puede comprar comida nutritiva de calidad, y reponer fuerzas fácilmente. Salgo de Windhoek con comida para cinco

días y cuatrocientos kilómetros por delante hasta Walvis Bay sin un solo poblado, solamente hay granjas, muy separadas unas de otras. La pista es a veces rocosa, a veces arenosa, y en pleno verano austral el sol da con dureza. Bebo entre doce y catorce litros de agua al día, que no son difíciles de conseguir entrando en las granjas, y con los granjeros que paran su coche para saludarme. Algunos turistas en todo-terreno también paran para hacerme una foto. - ¿Que vienes de España en bicicleta? ¿Puedo hacerte una foto? - Y a cambio de la foto me dan agua o una chocolatina que llevan en sus neveras. Hay muchos animales cerca de la pista, corriendo por campo abierto: impalas, avestruces, jabalíes verrugosos, gacelas, órix, y cómo no, monos. Tras doscientos kilómetros llego al Namib, un desierto protegido donde ya no hay granjas, ni animales, sólo una tierra bella y desolada. Son días que me muestran un África diferente, de espacios abiertos y animales salvajes, con turismo de safaris, nada que ver con el camino que me ha traído hasta aquí. Menos dura y más estética. Llegando al océano cambia el clima y dejo atrás el sol. Duermo en las bonitas dunas de Walvis bay y es el comienzo del Atlántico namibio: un lugar frío, eternamente cubierto en bruma, donde parecen ser siempre las siete de la mañana. La carretera se dirige al norte, hacia la llamada Costa de los esqueletos, y realmente es una tierra donde encallar. Tras los días de calor, ahora hace un frío incómodo. El frío es la excusa que le doy a los policías cuando me preguntan dónde está mi casco. Es obligatorio llevar casco en bicicleta en Namibia, y yo no tengo; me he puesto un gorro y les contesto que tengo frío, pero que compraré un casco en la primera tienda que vea. No hay ciudad en la que no me lleve una regañina... Y aguanto poco el frío. Decido seguir una ruta que me recomendó Tokkie, para cruzar Damaraland. En Hentiesbaai compro toda la comida que soy capaz de llevar, para unos seis días, y unos kilómetros más al norte tomo un sendero que cruza un área protegida, donde regreso al sol y al calor.

Durante cinco días cruzo uno de los paisajes más hermosos de África, absolutamente deshabitado, sólo hay animales, y un silencio tan puro que siquiera resuena en los oídos. Lo más cercano a la nada. Días de asombro. En uno de ellos, al abrir la tienda por la mañana me encuentro con un enorme órix -a seis metros de distancia son enormes-, mirándome y escarbando la tierra como un toro antes de embestir. Genial, los cuernos rectos que tiene son para ensartar a tres como yo, mira que morir ahora que tengo una bici decente. Pero no, el bicho tras merodear un rato acaba por irse. Será en Botswana, cuando me explicarán el motivo de su conducta. Y veo muchos animales, sobre todo serpientes, algunas peligrosas, como la 'Puff adder'. - Salta hacia un lateral si te encuentras por sorpresa con una 'Puff adder'. Atacan girando el cuerpo, y si saltas hacia delante o atrás, te morderá seguro - me explicó Caesar en Epupa, entre otros consejos. Aquí, la gente convive con los animales salvajes y conocen bien su comportamiento. Pero no llego a encontrar ninguno de los rinocerontes o elefantes del desierto que quería ver. Y al salir de Damaraland, enfilo hacia el noreste, por una carretera asfaltada hacia Zambia, donde todo son granjas privadas y se acaba la magia del paisaje. Los granjeros afrikaans son muy amables y hospitalarios y el día de Navidad lo paso en una granja, donde me llevan en busca y captura de kudus; afortunadamente no vemos ninguno y mi conciencia respira tranquila. Gente pintoresca, los afrikaans, sencillos y llanotes, de talla XXL, con los que es fácil hacer amistad y conversar. Beber y comer es también cosa seria con ellos, en breves días desarrollo una incurable adicción al 'biltong', finas lonchas de carne curada en salazón, deliciosa. Quiero cruzar a Zambia por el corredor de Caprivi, una estrecha franja namibia de doscientos kilómetros entre Angola y Zambia, a ver si tengo más suerte y veo elefantes allí. Justo antes, en Rundu, paso año nuevo y conozco a Beatriz, que

trabaja en la embajada española de Zimbabwe. Con ella, su marido y sus hijos paso una maravillosa cena de Año Nuevo y mejor charla. Y quedo en visitarles en Harare. Acceder a artículos occidentales, tomar un capuccino, obtener información fidedigna..., bastantes cosas han cambiado al entrar en el sur del continente, y una de ellas es que me encuentro con mucha gente blanca, sean turistas, afrikaans o ex-patriados. A menudo hacemos buenas migas, y mis conversaciones se han hecho bastante más interesantes. En África hay mucha gente viviendo vidas fuera de lo común. No Caprivi, que resulta ser el par de días más aburridos de este año, sin ver ningún elefante, aunque si veo cientos de cacas monstruosas y árboles destrozados. - Buen día, ¿hacia dónde va usted? - me pregunta el ranger en el control de la Reserva Nacional de Caprivi. - A Zambia -contesto nervioso, pues no sé si me autorizarán a pasar la Reserva en bicicleta. - Bien. A mitad de camino, a unos cien kilómetros de aquí, hay una aldea, Omega-3, y tiene un cuartel de policía. Debe usted dormir allí, no es seguro acampar entre los animales. - Perfecto. Muchas gracias. Adiós. - No tan rápido, señor, ¿dónde está su casco? Me quedo tan perplejo que no sé si echarme a reír. - Pero bueno, ¿va usted a dejarme entrar en un parque lleno de búfalos y elefantes y se preocupa de si llevo casco? Hace mucho calor, hombre, necesito el sombrero. El ranger parece divertido con mi respuesta y me despide indicándome que me dé prisa para llegar a Omega-3 antes antes de la noche. No sería la última vez. Cruzando la frontera a Zambia, ya con

el pasaporte sellado, casi me multa el policía que levanta la barrera, ¡por no llevar casco!

Desierto Namib. Play Pause

next ZAMBIA. Sol ardiente a las diez de la mañana, y las iglesias llevan ya dos horas de misa. Todos los pequeños establecimientos están cerrados e incluso en el mercado de Maramba hay multitud de tablones que brillan al sol sin sus pequeñas bolsas de tomates, berenjenas, azúcar, harina, aceite… El África cristiana cierra en domingo, la gente va a misa. Desde fuera se escuchan los coros cantando y entro en la iglesia presbiteriana, me coloco en la penúltima fila. A mi lado, una 'mama' africana me sonríe en señal de bienvenida. El pastor ha terminado una intervención y es el momento de las canciones religiosas. Cinco hombres y dos mujeres rezan cantando con un ritmo contagioso para los pies y las caderas, con sentidos gestos que los fieles conocen de memoria y la sala es un solo ser vivo. Cada vez que el coro intensifica las voces hay una vibración colectiva que pone el vello de punta. Delante de mí un hombre mayor se arrodilla en el suelo con los

brazos en cruz, ansioso por recibir el perdón. El coro no cesa de repetir lo mismo,'Lord, forgive me'. A mi lado, un joven impecablemente vestido menea una y otra vez la cabeza repitiendo con el coro mientras el fervor se va apoderando de los fieles que levantan las manos y las agitan en cada 'aleluya'. El pastor se apodera de un enorme micrófono amarillo y se une al coro, 'Yi-yi-yi' grita en voz alta sobre el ensayado volumen bajo de los músicos, y la iglesia es un clamor, '¡Yiiiisas!'(Jesús), una y otra vez. En la esquina cercana a los músicos, una chica joven comienza a agitar los brazos abiertos con un movimiento descontrolado, casi espasmódico; echa la cabeza atrás y los espasmos recorren todo su cuerpo. Su cara refleja llanto; ha perdido el control o ha encontrado algo, quién sabe. En trance, camina tirando sillas hacia el coro y su éxtasis no tiene freno, se agita, se retuerce, salta, y de los llantos, su rostro pasa a una expresión de felicidad intensa que calma sus movimientos, y sin cesar de bailar asiente una y otra vez con los ojos cerrados a una imagen que sólo ve ella. Nadie se preocupa, nadie se extraña. Delante de mí, el hombre mayor sigue de rodillas, ahora acurrucado en el suelo con las manos sobre la cabeza. La enorme señora no cesa de repetir algo parecido a un mantra en 'tonga', la lengua local. Más aleluyas y más 'Yiiiisas' dirigidos por el pastor, y el éxtasis va generando una energía en la iglesia que hace denso el aire. Siento mi vello completamente erizado y me ruborizo contagiado por la emoción colectiva; es imposible ser ajeno. Otro hombre mayor, ostentosamente vestido y enjoyado, tiene la mano levantada en pose de juramento hace más de diez minutos, como una estatua. Por todos lugares de la sala, chicas jóvenes bailan al ritmo de los músicos y cantan con un fervor entusiasta, sus rostros son la expresión de la alegría, cantan con la certeza de estar siendo escuchadas por Dios. La mujer en trance pierde de nuevo el control y vuelve a mezclarse con el coro gritando en voz alta, tal vez oraciones, que siempre concluye con un 'aleluya' que rasga la sala.

El pastor retoma el protagonismo y el coro va armoniosamente bajando el tono hasta hacerse el silencio. También todos los fieles van recuperando la calma y serenándose con una expresión de agradecimiento en sus rostros, de sentirse bendecidos. Yo igual retomo mi silla, la energía es tan densa en la sala que una ola infantil de bondad y amor me recorre el cuerpo, y experimento una sensación parecida a mis días escolares en la parroquia, cuando salíamos del confesionario y una atmósfera de pureza flotaba sobre nuestro silencio. El pastor comienza a leer un pasaje de la Biblia y decido irme; nadie se preocupa, nadie se extraña. Durante cinco horas de misa la gente entra y sale constantemente. Fuera de la iglesia, camino de sombra en sombra con una extraña sensación, contagiado por la emoción del sentimiento colectivo, pero también me siento como un mutilado. En esa sala, yo era el único incapaz de ver a Dios. Es difícil ver a Dios en este continente de desheredados y miseria, pero para África, no. Antes que en cualquier acción humana, ellos confían en que un Dios todopoderoso les traiga una vida mejor. Que tengan suerte. El sur de Zambia, junto al río Zambezi, es una tierra bastante tradicional, con un sistema aún vigente de reyes que vigilan por la seguridad de sus súdbitos. Un país donde la vida tribal está muy presente, donde hay ochenta y tres lenguas diferentes para sólo once millones de habitantes. Las lenguas, las marcas corporales, el atuendo, sirven para identificar a quien no es de tu tribu. Al enemigo. Entro en una aldea junto al Zambezi para pasar la noche, y buscando el río veo una bonita residencia africana con un enorme patio. Tal vez me dejen poner la tienda ahí. - ¡Alto, alto! ¿Dónde vas? -me detiene un chico, cuando enfilo hacia la puerta que precede a la casa. - Voy a esa casa, a ver si me dejan dormir allí con mi tienda. - ¡Es el palacio real! ¡No, no, no puedes entrar! Ven a mi casa

por favor, puedes poner tu tienda allí. Pasamos una tarde agradable y Eddy y sus amigos me explican algunas de sus tradiciones; me fascina ese par de palmadas silenciosas que hacen a modo de respeto cuando se saludan. Los saludos en África son algo importante, y en lugares donde la tradición se mantiene fuerte, he visto complicados chasquidos de dedos, genuflexiones mientras se dan la mano, e incluso llegan a ponerse de rodillas en el suelo. Lo más extendido es ofrecer la mano derecha con la izquierda tocando el codo derecho, un gesto delicado que también se ve en Asia, mientras que en zonas donde hay o ha habido guerra, es muy común saludarse levantando ambas manos como señal inequívoca de estar desarmado. Aquí, en el sur de Zambia, todos hacen al menos una suave palmada como signo de respeto al cruzarse, e inclinan la cabeza; las mujeres hacen varias palmadas a la vez que flexionan las rodillas levemente. Pero lo más curioso en la aldea de Eddy llega al caer la noche. De pronto, escuchamos unas campanadas. - ¿Y eso? - Tenemos que regresar a casa. El rey va a patrullar. - ¿Cómo? - En la noche todos debemos estar en nuestras casas, fuera sólo puede estar el rey con sus policías, que vigilan por nuestra seguridad. Si encuentran a alguien en la calle, le detienen y le azotan con un látigo de piel de hipopótamo. Las marcas se quedan para toda la vida. - Pero, pero… ¿y por ejemplo llega alguien tarde porque el mini-bus ha pinchado? - Igualmente, todo el mundo sabe que en la noche han de estar en sus casas. - ¿Y si yo hubiera llegado de noche?

- ¡Ah, bueno! Creo que en tu caso te hubieran perdonado…. Llego en pocos días a Livingstone, donde están las famosas cataratas Victoria, que hacen de frontera entre Zimbabwe y Zambia; una parada obligatoria para cualquier viajero, y que dada la inestabilidad zimbabweana, casi todos eligen hacer en el lado zambiano. La entrada no es tan cara como en otros parques africanos, diez dólares, pero los nómadas tratamos de sobrevivir gastando lo menos posible, y Marcin me explica cómo entrar a verlas gratis. - Antes de las cataratas hay un hotel de lujo que tiene su propio acceso. Ve al hotel y entra como si estuvieras alojado allí, cruza las piscinas y vete hacia un jardín donde hay unas cebras; al final del jardín verás la puerta. Habrá alguien que te pedirá tu número de habitación; debe tener cuatro cifras, elige una de las menos caras, que empiezan por 12. Firmas, y luego no se te olvide regresar por el mismo lugar y firmar de nuevo. No te preocupes, pese a tu aspecto de pobre, no van a correr el riesgo de desconfiar de un turista blanco y meterse en problemas. Efectivamente. Y cuando me asomo al primer mirador de las cataratas no puedo contener un '¡Coño!' ante la impresión. Son grandiosas. Tres kilómetros de agua cayendo en una enorme falla, y generando una bruma de lluvia donde se reflejan arcos iris constantemente. Una de las maravillas de la Naturaleza. A la tarde regreso a la puerta del lujoso hotel, vuelvo a firmar, y cuando paso por recepción me permito la sorna de preguntar a uno de los managers por la salida. - Camine unos metros adelante y luego a la izquierda, señor -me responde cortésmente. Y al caminar siento su mirada clavada en mi espalda, en mis sandalias rotas… Marcin y Akane son fotográfos, y viajan en motocicleta. Con ellos, y otro par de europeos también sin billete de vuelta a casa, como Aram, un holandés que toca flamenco con su guitarra y tiene un divertido acento gaditano, paso una semana

inolvidable en el cámping de Livingstone. Encontrarse con otros viajeros es importante; tenemos una similar filosofía de vida, intercambiamos información, y conocer a otro chalado que ha decidido irse por las ramas, en lugar de llevar una vida normal, refuerza las ganas de seguir adelante. Además, viajar genera un carácter relajado y suele haber buena química. Días de contar historias, de gente con vidas interesantes, que abren un poco más la mente hacia otras maneras de vivir. - Ven a visitarnos a Japón y cenamos con arroz japonés y 'wasabi' auténtico -me dice la hermosa Akane al despedirse. Y sí, cuatro años más tarde, volveremos a encontrarnos en su casa de Kobe… El paisaje que lleva de Livingstone al lago Kariba es montañoso, verde, muy agradable, y la lluvia esporádica alivia del fortísimo sol zambiano. Había dudado mucho sobre visitar o no Zimbabwe; inestabilidad, inseguridad, récord mundial de devaluación de la moneda, precios que cambian de un día para otro, y una reputación de tiendas carentes de todo que echa para atrás. Tal vez, eso que echa para atrás acaba por echarme hacia delante, y me dirijo al país de míster Mugabe. Cataratas Victoria, claro. Play Pause

next ZIMBABWE. Y yo, que olvidé preguntarle su nombre. El destartalado

autobús para frente a la tienda-restaurante, levantando una enorme nube de polvo que incrementa, si es posible más, la calurosa calima de la campiña zimbabwuana. Le miro enseguida; de entre las abiertas ventanas del bus abarrotado, la penúltima deja ver un anciano rastafari. Hay luces que se mueven en un mismo plano, o tal vez un hilo de Ariadna las guía. Yo me recupero de un golpe de calor, tras pedalear más de una hora a cuarenta y cinco grados, feliz y contento gracias a un inesperado trozo de pollo y patatas fritas que me saca de la monótona dieta de 'sadza', con la que llevo un mes alimentándome. A la sombra, que es el palacio de África. Nos cruzamos en el cubo para 'lavamanos' y no me pregunta el clásico 'dónde vas o de dónde vienes' sino que tras comentar que mi bici aparenta un largo viaje, me suelta, - ¿Qué es lo que te molesta de África? Sorprendido, no sé elegir bien o quiero ser educado. - Hoy, el calor, las moscas… África en general no me molesta. Tampoco miento. Regreso a mi rincón en la sombra, y tras unos minutos, nos miramos otra vez y viene a sentarse conmigo. - He visto unas galletas, tengo hambre pero no puedo pagar una comida. - Por favor, ten. En África el primer mandamiento es 'amarás a los que tienen canas'. Por cada viejo que dice, 'tengo hambre' deberían romperse los cristales de donde se tira comida a la basura, pero éste es el mundo que tenemos; hambre y cristales rotos. - ¿Dónde vas? - A Chipingo, tengo allí unos amigos, a pasar una semana. No quiero juzgar, no quiero imaginar, pero inevitablemente pienso, 'la salvación de la familia alargada'. Charlamos en el calor africano, con las camisas empapadas de sudor. - Hubo un tiempo en que me fue muy bien… en Zimbabwe quisimos la tierra que trabajábamos y bueno, se hizo mal, hubo sangre, se fueron los blancos,… y los países ricos no nos

perdonan. - Tampoco dejaron que Cuba fuera diferente, no sois buen ejemplo para los africanos pobres que trabajan para blancos ricos. Me sonríe, pero tal vez lo único que une a Cuba y Zimbabwe son sus longevos dictadores y el mercado negro. - ¿Puedo hacerte una foto? Tras la pose y la risa me dice, - Ya no, pero hace años fui actor, hice más de veinte películas aquí y en Sudáfrica. La revelación explica mucho de este hombre de Jah y tiene también el efecto de cortar la charla; él viaja a sus recuerdos, yo trato de imaginarlos, un Zimbabwe de hace diez años que competía con Sudáfrica en desarrollo. La breve brisa es incapaz de secar el sudor que encharca la piel, las gotas en las cejas, ni siquiera aliviar la quemazón de los ojos. - ¿De veras es el calor lo que te molesta de África? - me dice con una sonrisa cínica al despedirse con el puño en el corazón. Le devuelvo el saludo rastafari y le musito un imperceptible 'no'de impotencia. Aparece al rato en su ventanilla, con una dignidad que escasea en África. Hay hombres que con unos harapos y una mochila zurcida poseen la apariencia de un príncipe. Hombres, que tras las arrugas y el infortunio poseen un tesoro que envidian los mercaderes más ricos: brillo en los ojos. Y yo, que olvidé preguntarle su nombre. Efectivamente, un par de días son suficientes para darme cuenta del desastre que es Zimbabwe. Entro en la ciudad que está sobre el lago Kariba y lo primero que veo es una larga cola de gente esperando el reparto de harina de maíz para hacer 'zadza', un simple puré que comeré hasta odiarlo en este país desgraciado. 'Zadza, shima, ugali, foufou…' son nombres diferentes para la comida más extendida en África, la más pobre y barata. Consiste en un pegajoso puré hecho hirviendo harina de maíz, de banana verde, de mandioca, 'gname', o cualquier otro tubérculo. Sólo sirve para llenar el estómago,

pero son millones de africanos los que comen este engrudo tres veces al día, casi todos los días de sus vidas. Los niños también, y con semejante carencia de nutrientes, sobrevive el más fuerte. La malaria, las diarreas, las infecciones, enfermedades que un cuerpo fuerte resistiría se llevan por delante a los más débiles, y sobreviven los genes más fuertes, los que dan esperanza al futuro. En los noventa, Zimbabwe era un país que competía en riqueza y desarrollo con Sudáfrica, 'La cesta de África' se le llamaba. Todas las carreteras estaban asfaltadas, con áreas recreativas; había piscinas públicas en las ciudades, electricidad en todos los pueblos, y… enormes granjas, propiedad de los 'rhodesios' blancos. Llegó la locura y Mugabe, el dictador que lleva más años al frente de un país junto a Fidel Castro, comenzó una política nefasta de expropiaciones que permitió la invasión descontrolada de granjas, llevando noticias a los telediarios europeos de sangrientas matanzas. Casi todos los zimbabwanos blancos y europeos residentes huyeron. Devolver la tierra a las manos de los africanos negros es un argumento emotivo, de justicia, pero es a la par una acción que conlleva un desastre económico. Los africanos negros no saben cómo sostener granjas tecnológicamente desarrolladas y toda la riqueza se viene abajo en un santiamén. En las granjas donde se plantaba café ahora campan los monos a sus anchas. Cuando Tanzania logró su independencia, había quince licenciados universitarios en todo el país. Muchos países, tras sus guerras por la independencia y después por el poder, han pensado que con esas circunstancias es aconsejable seguir apoyándose en los africanos blancos de la colonia, en vez de aislarse del mundo sin autonomía para el desarrollo. Pero míster Mugabe no parece compartir esa filosofía. En mi camino hacia Harare, la capital, atravieso decenas de pueblos donde las tiendas están casi vacías. Sólo hay pan de molde, harina de maíz, y algunos productos traídos del régimen sudafricano -el apoyo que impide a este país morir de hambrecomo macarrones, latas de alubias, cerveza, cuyos precios cambian de un día a otro siguiendo la devaluación de la moneda. Una cerveza que hoy cuesta dos mil dólares

zimbabweanos, mañana puede costar tres mil quinientos. Consecuentemente, el mercado negro existe, pese a la vigilancia policial. Un US dólar se cambia en el banco a doscientos cincuenta dólares 'zim', y en el mercado negro consigo casi cinco mil. La verdad, es que de otra forma, yo también pasaría hambre aquí. La gente, con su inocencia africana, me saluda y me dan una bienvenida entusiasta. - Ya ves que hay seguridad, que no matamos a nadie, tienes que decir a los tuyos que regresen. Los necesitamos. No hay trabajo, no hay dinero, no hay comida, nada. Y es cierto. El sueldo mínimo son doce mil dólares 'zim'. Eso sirve para comprar trece panes de molde, que junto al azúcar y el aceite están subvencionados y no pueden subir de precio sin autorización de Mugabe. Este año muchos profesores no se incorporan a su trabajo pues el salario es ridículo para vivir; prefieren trabajar un pequeño parche de tierra donde plantar maíz y tener algo de comida asegurada. En Harare, Beatriz y Julián me reciben con los brazos abiertos, y paso unos días comiendo bien y charlando en español. Ellos reciben sus sueldos en US dólares y al cambio en el mercado negro pueden permitirse una vida decente. Pero en un cercano centro comercial, junto al ciber-café donde me conecto, hay una interminable cola que espera azúcar a la puerta del supermercado -dos paquetes por persona, máximo-, como también veo a la gente caminar con los zapatos en la mano para no gastarlos y ponérselos cuando llegan al trabajo. Capuccinos y precariedad, codo a codo. Hace unos años, Zimbabwe estaba en la ruta de turismoaventura 'Cairo-Cape Town', y en el país hay mucho que visitar, pero en treinta días no encuentro a ningún otro turista. Gracias a mis dólares cambiados en el mercado negro, puedo irme a caminar por el hermoso Parque Nacional de Chimanimani, fronterizo con Mozambique, con unas montañas maravillosas y una flora que volvería loco a un biólogo, cientos de orquídeas, flores exóticas y helechos arborescentes. También pude pasar por los resorts exclusivos de las montañas

de Nyanga. O visitar las ruinas del Gran Zimbabwe, que son las piedras más grandes al sur de las Pirámides. Un país verde, fértil, bendecido con mucha diversidad, desde tierras bajas llenas de cultivo, a montañas y bosques llenos de hermosas cascadas y lagunas. Y una gente, los zimbabweanos, muy abiertos, fáciles para entablar una conversación amena. Creo que en ningún otro país he escuchado tanta trágica historia con una cerveza. Como John, al que le está prohibido ser feliz en su país: es homosexual y aquí esa opción es ilegal. Tiene delito que en una tierra con tantas papeletas para el sufrimiento encima la tomen también con los gays; mister Mugabe, en una entrevista, pretende desconocer que el lesbianismo exista… O María, a la que le dieron en el 2004 cinco horas para coger lo que pudiera y dejar su granja antes que la quemasen dentro; y ahora encerrada con su hijo en Zimbabwe, sin pasaporte para huir a Zambia, o a Sudáfrica, malvive con su sonrisa maquillada. Y Mike, el profesor de 'carimba', un músico virtuoso que daba conciertos años atrás, ve ahora como se pudre su arte en la miseria, de escuela en escuela intentando que no se pierda este instrumento.

- No, aquí no puedes hacer camping, la policía no nos lo permite, prueba en el Nazareth Shelter. Tan pocas veces soy rechazado que mi primer pensamiento es negativo, de autodefensa, acendrado por la patética excusa. Dejo pues, la misión católica y doy esos primeros pasos en los que retumba la humillación de ser rechazado. Pronto lo acepto, cada anecdótico portazo me pone en la piel la amargura que llevan a fuego miles de inmigrantes en busca de otras tierras donde la vida es mejor. Pienso en buscar un colegio pero algo me encamina al Nazareth Shelter. La gente me indica con asombro; está en un suburbio. Prosigo y entro por las calles de la miseria canalla, de los sueldos de nueve dólares al mes… Llego al refugio y la primera vista me deja helado; es un asilo para viejos sin familia, con dos barracones para dormir y una cocina. El aspecto de los pobres viejos es terrible: sucios, malolientes, malcomidos y en harapos. La reciente lluvia incrementa la suciedad del asilo donde hay barro por doquier.

Me presento, y aún con todo, mientras nos damos la mano, una expresión de alegría en sus miradas surge de sabe Dios qué profundo lugar. Peter, un huérfano de los miles que el sida provoca, fue recogido por los religiosos y vive en el asilo. Se erige en mi guía, y me ayuda a poner la tienda bajo unos árboles. - Cuidado con los ladrones - me insiste una y otra vez. El Nazareth está en medio de un arrabal donde habitan los más desafortunados, sin vigilancia y lindando con la estación de mini-buses, todas las papeletas para tener un problema. Peter me mira preocupado por mis caros y tentadores objetos; yo busco en mi instinto y no hallo más que tranquilidad, pero no logro transmitírsela. - Hoy es domingo y todos están borrachos - dice. Le sonrío y le pregunto por el baño. Peter vuelve a dudar pero me lleva a los baños. Oscuridad, mosquitos, humedad y paredes donde da miedo rozarse. Peter, en un silencio que no comprende qué demonios hace un europeo sufriendo su miseria, me deja sus chanclas y se retira. Una vez limpio pero con una tristeza interior que me rasga, regreso con mi amigo y los viejos. Me cuentan; durante el día mendigan en la ciudad, mal comen, hace más de diez años que no han comprado una camiseta o unos calcetines, están solos, medio locos y pese a tanta hostilidad, viven, viven más que sus hijos, más que los padres de Peter, viven a salvo del sida, y encuentran un motivo, una broma con esa rara linterna del ciclista blanco, un dato sobre el invierno en España, y a esa mínima oportunidad se rompe el dique: sonríen, ríen y toda la alegría enterrada por la penuria ilumina la noche. Cenamos juntos, Peter prueba mis espaguetis y yo pruebo su 'sadza'. Me cuenta sus sueños, el administrador del asilo le ha comprado un pasaporte y se va a ir a Sudáfrica en busca de un futuro mejor, o simplemente huyendo de esta mierda de vida. - Soy buen jardinero, o puedo vigilar una tienda, o ser mecánico. Su ilusión me conmueve y le deseo lo mejor.

- Seguro encuentras un buen trabajo y creas tu familia allí. Voy a mi tienda con más pena rasgándome el alma. Las ciudades africanas están llenas de buscavidas como Peter que no encuentran trabajo, que buscan comida en la basura, enfermos, mendigando, robando, con la muerte a cuestas, amargados, 'hey, whiteman, look at me, I am a street boy, jaja, give me money'. Ojalá Peter tenga una milésima de la suerte que he tenido yo por nacer al norte, ojalá encuentre algo porque no es un número para mí; le conozco y no puedo ser ajeno, ni evitar preguntarme dentro de diez años '¿cómo le habrá ido a aquel chaval de Zimbabwe?'. En la radio un programa sobre el exterminio armenio se mezcla con noticias de Somalia, Guinea, Darfur, Irak …, esta noche me hiere fácilmente el dolor ajeno. Mi amigo Laurent, en Livingstone, daba en la diana: los blancos deberíamos ser pisoteados por una sociedad más fuerte para comprender la psique de los que hemos pisado y estamos pisando. Empero, cuando la rabia del mundo agredido nos da un coletazo y nos hace sufrir, en lugar de comprender, perpetuamos con estéticos aniversarios el dolor, el rencor, el odio y el miedo. Pese a que hay días en los me enerva la conducta africana, su dejadez, pereza, alcoholismo, su falta de iniciativa, cada vez entiendo más a esta raza que lleva siglos esclavizada y oprimida, sintiéndose una mierda ante el poderoso blanco, y soy consciente de que si yo viviera en sus condiciones jamás aparecería una sonrisa en mi rostro y solo devolvería al mundo la amargura recibida. Una cerveza simplemente, un encuentro fortuito, africanos: nadie es más feliz con menos. Amanece. Tras la lluviosa noche, un limpio cielo azul pinta de esperanza la mañana. Es tan limpio el aire en África, tan hermoso el color, que resulta imposible no creer en un futuro mejor, da ganas de vivir. Me despido y me parece increíble que Peter, estos viejos, me deseen buena fortuna en mi viaje, a mí que lo tengo todo; es gente que se siente feliz siendo buena.

Al final de mi estancia aquí, cerca de la frontera con Botswana, me descubro triste, afectado. Es el primer país donde no he visto esperanza en los hermosos ojos de los africanos. En la frontera tengo un episodio que pone una nota de alegría y diversión para salir de Zimbabwe. - ¡Ah, hola! Tu mujer está dentro -me dicen al llegar a Inmigración. Acostumbrado ya a esa situación en que los africanos presuponen que dos viajeros blancos se conocen de toda la vida, me encamino dentro del edificio. Virginie está esperando a que regrese su novio, Geráud, que ha cruzado a Francestown tratando de conseguir un permiso veterinario para su burro. Están caminando por el paralelo 20, del Índico al Atlántico, y al cruzar de Mozambique a Zimbabwe, compraron un burro que les llevase el equipaje en la caminata. Ahora quieren cruzar con el burro a Botswana, pero hay un estricto control veterinario en el país, no sólo por la vida salvaje existente, sino porque Botswana está bastante desarrollada y no dejan cruzar la frontera con un burro sin papeles sanitarios que les traiga una epidemia tipo 'vacas locas'. Llega en esos momentos, Mark, un inglés en motocicleta, y la estampa de los tres, con la moto, la bici y el burro en la frontera es una escena francamente divertida. Mark sugiere que, incluso con el permiso, tal vez no sea muy buena idea caminar en un país lleno de leones con una presa tan fácil y apetitosa. Pero llega Geráud todo enfadado, sin haber conseguido el permiso, y no tienen opción. Al no tener papeles algunos sobre el burro, lo más que consiguen son treinta dólares vendiéndoselo a un oficial de Aduanas, y continúan caminando. Les espero en el primer pueblo de Botswana y pasamos una divertida noche, contándonos anécdotas de burros y bicicletas.

El príncipe rastafari. Con Beatriz, Julián y sus hijos, en Harare. Una familia estupenda, muy relajada. Parque de Chimanimani. Play Pause

next BOTSWANA. Morir para vivir. Aguas sin dueño, aguas nómadas nacidas del mato angoleño encuentran el desierto… Entonces, morir para vivir. Cuando el viaje transcurre por la confusión de la diferencia, el ruido, en un mundo que no cesa de mostrar sus tesoros, hay que encontrar también el lugar del silencio y el vacío para escuchar las voces que no gritan… ¿y quién puede cerrar los ojos, atar sus manos, ante el cuerpo desnudo de un desierto? Cansado, el viajero, de templos y montañas, se abraza a la sencilla línea de las arenas. Morir para vivir. Viaja el Okavango contemplando ciudades y montañas, gentes que visten, lavan, sueñan, piensan, de modo dispar, y se encuentra con el Kalahari. Un río debe llegar hasta el mar, es su destino, pero al enamorarse del desierto, el Okavango detuvo su camino hacia el Atlántico. Aguas que corrían infatigables, tal vez buscando, tal vez huyendo, se pierden ahora entre las arenas y nace un paraíso de canales sin prisa que ya no llegarán a ningún océano. Agua y arena: complementos, nunca opuestos.

Otro viajero, en la más bella puesta de sol, le pregunta: ¿Quién eres tú?, ¿Quién detiene así su camino? El sol enrojece las aguas del canal, las hojas como islas dan calma, los nenúfares se tensan blancos como si aguardasen todo el día ese momento, los juncos no apagan su verdor…, y quedaba tanto por ver, tanto… ¿por qué te paraste?, ¿quién te ha revelado el momento en el que un viajero ha de detener su camino? ¿quién guarda ese secreto? Una inmensa luna llena contempla tímida la bella estampa, morir para vivir. Cada nómada tiene su camino; hay quien necesita más, quien menos; hay quien escucha, quien no escucha. Pero el camino pasa en algún momento por donde habita la muerte del ego, quien la encuentre y sepa reconocerla, será afortunado, sólo necesitará el valor de elegir. Ya no necesita el Okavango llegar a lugares donde el mundo regala una dicha tan intensa que parece estallar el pecho. Cada día se entrega al desierto y en su pecho, ahora palpita la bóveda estrellada de sus noches. Otro viajero prosigue su camino en la noche del Kalahari. Espera, paciente, encontrar el silencio necesario para escuchar la respuesta del Okavango. El nombre de un lugar a veces basta para crear un antojo infantil por ir hasta allí. ¿Quién no quiere ir a Samarkanda, o a Mombasa? Y Botswana tiene dos bonitos nombres: Okavango y Kalahari, un río y un desierto. En Francestown, una alegre ciudad con aires de desarrollo y perfume de tradición africana, paso un par de días con Mark, el motorista, y haciendo un control mecánico a la bici tras sus primeros cinco mil kilómetros. Me he prometido ser más cuidadoso con mi galeón… Y fresco como una rosa salgo rumbo a Maun, la ciudad del Okavango. Esperaba ver muchos animales, pero apenas veo gacelas, flamencos y alguna avestruz. A cambio, los cielos más espectaculares del viaje. Botswana es un país extremadamente

plano, el horizonte está donde alcanzan tus ojos: una leve curva convexa a la que nunca se llega. Es el cielo que pinta un niño, azul y perfectas nubes blancas. Acabado el verano austral, todavía hace calor, pero en este lado oriental no es tan fuerte como será en el desierto. En el cruce de una pista de arena que se adentra en el Kalahari, me encuentro con un safari que me invita a almorzar con ellos. - Viajar por aquí en bici no es la mejor idea del mundo, chico. Ayer, cuando entramos por esta pista, había un león bajo esta misma acacia donde estamos comiendo -me dice el guía. Mucha gente me advierte de los leones, y seguramente están en lo cierto, pero la realidad es que ni de lejos veo uno. Tal vez, mejor. - ¿Tú crees que para un león soy una presa? ¿con la bici y el ruido que hago? -le pregunto. - Depende del hambre que tenga, del calor que haga. Olerte, te huele. Si le ves mover la cola horizontalmente, es que te ha visto; si la mueve verticalmente, piensa que eres una presa. Reza lo que sepas. Pero llego a Maun sano y salvo, lo único que veo de interés son los bonitos Makadigadi, unos espectaculares lagos salinos llenos de flamencos y otros pájaros acuáticos. Ciertamente, Botswana es un país para disfrutar en todo-terreno y poder acceder a los parques embarrados o a las arenas del Kalahari. En Maun cumplo un sueño de largo tiempo y me voy con dos mochileros en una canoa por los canales del Okavango. Es un paraíso. El agua es pura y cristalina, tan clara que vemos cruzar una mamba negra delante de la canoa, justo en donde habíamos estado nadando un rato antes… En una isla acampamos un par de días para ir de safari a pie. En este país la tradición es ir desarmado, y ni siquiera el guía lleva un rifle. - ¿Y si aparece un león?

- Vosotros comenzáis a retroceder lentamente, sin darle la espalda y yo me quedo el último -contesta el chico impertérrito. Vemos jirafas, gacelas, avestruces, y por fin elefantes, pero no podemos acercarnos mucho porque el viento nos delata, llevando nuestro olor hacia ellos, y el papi de Dumbo no es tan simpático en la realidad como en los dibujos animados. Animales aparte, el lugar es muy hermoso, inolvidables las puestas de sol enrojeciendo los canales de agua. Al regreso, paso unos días más en el campamento de Maun, donde he coincidido con otros viajeros y tenemos buenos ratos. A la noche, varios guías de safari se dejan caer por el bar del campamento, amenizan la noche con historias de encuentros con leones, y contando curiosidades del comportamiento animal. Jack se ríe cuando le cuento el susto que me dio aquél órix en Namibia. - ¿Tenías agua contigo? - Claro. - Entonces, el órix estaba escarbando la tierra no porque quisiera embestirte, sino buscando el agua que olía. Tienen un olfato muy desarrollado. De todas formas, aunque es un animal tranquilo, no te acerques demasiado, todos los años hay algún fotógrafo que se lleva un susto o una pierna ensartada. Yo he decidido que aprovecharé la luna llena para cruzar el Kalahari en las noches, rumbo a Sudáfrica, y evitar los previsibles cincuenta grados del desierto en pleno día. Insisto en mi pregunta sobre los leones. - En la bici no eres una presa para el león; te huele pero haces demasiado ruido y eres demasiado grande -me tranquiliza Jack,- pero en cuanto pongas el pie en el suelo, te conviertes en una presa, y fácil. Trata de poner la tienda rápidamente y no cocines para evitar el olor a comida. Tampoco lleves fruta ni mermeladas, que huelen mucho. Los leones no atacan la tienda, son estúpidos: creen que es una piedra y se limitan a

dar vueltas alrededor olisqueándote. Y con esa mezcla de ingenuidad y osadía que me lleva adelante, salgo en plena luna llena hacia la Trans-kalahari. Un par de horas de pedaleo y veo un perro en el lado izquierdo de la carretera, que se va definiendo conforme me acerco. - Anda, un perro, …que raro….hum…coño, sí que es grande…. ¡ahí va! ¡es una hiena! -me digo al ver la inconfundible caída del culo. Pero no me hace ni caso cuando, bastante asustado, paso con la bici. Se detiene, me deja pasar, y cruza al otro lado detrás de mí. 'No es el comienzo más optimista' me digo. Unos días después, quedando atrás el desvío a Namibia, llego a una zona donde la Trans-kalahari tiene grandes distancias. Los pueblos están separados por más de doscientos kilómetros y es el corredor que los animales usan para cruzar del Kalahari al Kalagadi. Sigo pedaleando de noche, hasta las dos o tres de la mañana. Duermo un rato y me levanto con el alba, para seguir hasta que el calor es insoportable y encuentro una sombra donde quedarme; a veces es una gasolinera, o un campamento de peones camineros, o una acacia. Un día especialmente caluroso, en el que no puedo dormir siesta pese a lo cansado que estoy, miro el termómetro, y marca 42 grados en la sombra. Lo pongo al sol y cuando alcanza 57 lo recojo pensando que se va a romper. Al atardecer, me monto en la bici otra vez y disfruto la noche. La carretera es plana, asfaltada, no hay tráfico, y es todo un lujo pedalear en el silencio de la noche, tiene un olor especial. Un olor a miedo también. En pleno centro del corredor al Kalagadi me encuentro un camión parado que antes me había adelantado. Sigo camino, pero me echa las luces. Regreso. El tipo baja la ventanilla, no quiere bajar. Me presento y le pregunto qué quiere. - ¿Qué demonios estás haciendo? ¿Estás loco? ¡Acabo de

cruzarme un león hace un kilómetro! - ¿Dónde? ¡Yo no veo ninguno! -contesto, tratando de disimular el miedo. - ¡Estás loco! ¡Sube la bici al camión que te llevo hasta el siguiente pueblo! - No, gracias, quiero continuar en bici. - Mira, español estúpido. Yo hago la ruta WindhoekJohannesburgo todas las semanas, y no hay viaje que no vea leones. Monta en el camión si no quieres salir mañana muerto en los periódicos. Insisto en que quiero seguir pedaleando y me despido entre sus maldiciones. La verdad es que me ha metido el miedo en el cuerpo y cualquier ruido a mi izquierda consigue encogerme el estómago. Media hora más tarde, paro cerca de la carretera, y monto la tienda en una velocidad récord… Finalmente, cruzo a Sudáfrica sin haber visto león alguno, aunque mi adrenalina se ha disparado por las nubes con tanta expectación. Sí que veo muchas serpientes, que me preocupan más, tengo miedo de pisar un nido. Cuando acampo me pongo a cantar para hacer ruido y golpeo el suelo para ahuyentar vecinas viscosas. Pero incluso con lo mal que canto, tengo vecindario. Entre ellas, una pequeña pitón a la que grabo un rato, pues llevaba un pobre bicho en el estómago y se movía muy lentamente. Un país estupendo, Botswana, pero para ir de safari, ¡no en bicicleta!

Canal en el Okavango. El Kalahari y sus cielos. Play Pause

SUDÁFRICA. Nervioso, excitado, alegre; una alegría que no es pasajera. Pedaleo por amplias carreteras, jardines, un enorme cementerio, rotondas; todo desierto, huele a día festivo en una ciudad moderna. El frescor de la hora temprana airea el aire, y este lugar remoto, una imagen impresa en el deseo a fuerza de soñarla, se va poco a poco revelando y convirtiendo en la experiencia que dibuja los recuerdos. Impactado por la ciudad, alerta, curioso, cansado, renovado, satisfecho, orgulloso, en el albergue me acurruco en un rincón, se cierran mis ojos y por mi mente navegan decenas, cientos de encuentros de esta travesía. Aparece un maestro entrañable de Gambia, la mezquita de Djenné, alguien que paró su coche en el Sáhara y me dio agua fresca y naranjas, saharauis y té, arroz jolof en Ghana, la entrega de la hermana Amparo en Togo, una serpiente antes de ser guisada, la extenuación bajo el sol saheliano, el sonido de los pasos en el barro empujando la bici en el Congo, José y Paulina curando mi anemia, las puertas abiertas de los Salesianos, la primera mujer himba bajo la sombra de un arbusto, las risas, las buenas historias de Livingstone, de Maun, el viento, el desmoralizador y fortísimo viento de Sudáfrica…, las lágrimas se me agolpan en los ojos, los mismos que son rasgados por una incontenible sonrisa que me cincela la cara; me paraliza. No puedo abrir los ojos, no puedo abrir los labios, estoy en un lugar del que no quiero salir, estoy en ese lugar, el lugar, ahí donde la dicha se abraza con el orgullo, ahí donde no hay dudas, no hay preguntas, donde solamente, desnudo, está el ego. Un pequeño lugar sin paredes ni horizontes, un lugar donde los ojos no sirven, el tiempo no existe y el mundo no importa; un

lugar al que se llega por el camino que transitan los sueños. El aire que respiro me enseña que todo es posible, pero también que el camino es frágil. Tras de mí, hay demasiados momentos en los que la fortuna pudo ser adversa; emprender el camino de los sueños significa ponerse en manos de la suerte y marchar con una fe ingenua en que todo saldrá bien. Fe en los hombres, en uno mismo, en hallar soluciones para las dificultades, y fe en algo que los hombres de Dios llaman destino, y desde la incomprensión, simplemente, buena estrella. Fe en algo inexplicable que entrelaza dejarse llevar por lo que acontece con la perseverancia en seguir adelante, algo intangible, indefinible, para los que usamos palabras tan ambiguas como fortuna, camino o Dios. Algo que me empuja y que no atino a ver cuando soy yo el que decide y cuando obedezco. A veces es fácil creer que ese impulso tiene una intención. Ahora, desde este lugar me siento un privilegiado, recuerdo a gente que tropezó con la fatalidad. A mí no me han pegado un tiro en Camerún como al australiano Martin, ni he tenido una malaria espantosa como los holandeses, y pude conseguir la visa angoleña que le negaron al bueno de Josep. ¿Por qué? No hay respuesta, se quiebra la sonrisa, abro los ojos. La pregunta me ha expulsado del lugar, pero me palpo el pecho y me calmo, alguien ha dejado la llave de la puerta, el lugar ya me pertenece. Cruzar a Sudáfrica pone de buen humor a cualquier viajero. De golpe y gratis, un pequeño sello me permite estar noventa días en el país. No es cualquier cosa, porque necesito parar en algún sitio un mes y reponer fuerzas. Mi plan es seguir por el Green Kalahari hacia las dunas rojas, pero pronto descubro que es imposible. Las pistas al oeste son todas de arena, y arena profunda. No puedo pedalear por ahí. Y me encamino a Kimberley, donde está el boquete más grande del mundo, la leyenda del diamante para siempre. Desde el primer día compruebo que otra leyenda sudafricana, su hospitalidad, es igualmente cierta.

- Hola, ¿puedo descansar en esta sombra un rato? -le pregunto a un granjero que está preparando sus vacas para una venta. - ¿Por qué no entras en acondicionado? -me responde.

la

casa,

que

tenemos

aire

Y finalmente, paso dos días en casa de Jannie y Arina, y el ángel de su hija. Me tratan como a un rey, y Jannie me lleva en su avioneta a sobrevolar el Kalahari en pos de manadas de órices. Una gente estupenda, y en cada granja que paro encuentro un recibimiento similar. En Sudáfrica acampar es difícil, o imposible. Todo es propiedad privada y está vallada. Inmensas granjas de cientos de hectáreas. Así pues, al atardecer no me queda más opción que entrar por una de esas pistas que tienen un cartel de cariñosa 'bienvenida': 'No entrar. No compramos nada. Disparamos sin avisar' y otras lindezas. Cada año se cometen dos mil asesinatos entre los granjeros sudafricanos, y hay miedo. Pese a los esfuerzos reconciliadores del extraordinario Nelson Mandela, la situación entre blancos y negros no es aún la más deseable. Al caer la tarde, entro en una de las granjas y dejo mi bici en el jardín; la escena es siempre la misma. Llamo a la puerta y un sorprendido afrikaan me abre. - Hola, siento molestar. Soy español y estoy viajando por el mundo con mi bicicleta. En Sudáfrica es imposible acampar porque todo está vallado, ¿puedo acampar en su jardín? Mañana temprano continúo viaje. - ¿Español?… Ah, claro, claro. Sin problemas… Ahí, donde quieras - y entra de nuevo en su casa. La media de minutos que tengo que esperar está entre tres y cuatro, hasta que sale media familia a recibirme. - Mary, ¿ves? Es este chico. Es español, está cruzando África en esa bicicleta. 'Bedonner' (como una cabra).

- Ay, ay, ay. Entra, entra. Te das una ducha, cenas en condiciones y duermes en una cama como Dios manda. Tal cual. Hospitalidad se escribe con mayúsculas en África, y en Sudáfrica los granjeros pueden ofrecer un confort que no está al alcance de un bantú en el Congo. No lo dudan. Son blancos, pero llevan generaciones en este continente y han hecho suya la regla más sagrada: si puedes ayudar, ayuda. Incluso un lodge de lujo para safaris me invita a reposar mis huesos en una habitación principesca ¡y relajarme en su jacuzzi! Y así cruzo el inhóspito Gran Karoo, la continuación natural del Kalahari, donde las condiciones son completamente diferentes a Botswana. El viento del oeste es muy fuerte, y a finales de marzo, empieza a hacer frío, con dos o tres grados en las primeras horas de la mañana. Lo más duro es la monotonía del paisaje, matorrales y matorrales en un interminable semidesierto. A veces, cuando el viento aprieta bien y no puedo ir a más de 5-6 km/h, el cansancio de 15 meses de viaje me tienta a rendirme y hacer auto-stop; aguanto, porque sé que al caer la tarde seré bienvenido en una granja y tendré una divertida charla con la que desquitarme del aburrido y duro pedaleo por el Karoo. Al llegar al sur aparecen montañas que rompen la monotonía del Karoo, y cruzo un par de puertos espectaculares, con estrechas gargantas. Pero incluso en estos pasos de montaña, el paisaje es inhóspito, y recibe nombres del tipo 'Valle del Infierno, Valle de la Desolación'. Por fin, un puerto de montaña que es popular entre los afrikaans, Swatberg, marca el límite de la aridez del Karoo y la provincia 'Western Cape', unas tierras amables orientadas al mar, que recuerdan al Mediterráneo. Voy por la carretera 62 y me parece estar pedaleando por Andalucía, entre viñedos, frutales, plantas aromáticas y un invierno suave. Pero todavía, ¡viento! El famoso viento del Cape se intensifica al acercarme a Cape Town, al final de África. Y pese a que mi bici pesa setenta

kilogramos, y yo otros tantos, en un par de ocasiones ambos nos vamos al suelo. Cansado de pelear contra el viento, cae la noche en las afueras de Cape Town y busco un lugar para dormir. No es que ésto sea Nigeria, pero tampoco es el lugar más deseable del mundo para dormir y desecho un parque para preguntar en una comisaría de policía. - No, lo siento. No puedes poner aquí la tienda. - ¿Qué tal es de seguro ese parque de al lado? - ¿El parque? Espera un momento, por favor. - Y el policía entra en un despacho. Me puedo imaginar la conversación con el superior. 'Esto… que tenemos afuera un idiota blanco en bicicleta y quiere poner la tienda en el parque.' '¿Cómo? … Un turista, ¿verdad? ¿de dónde es?' 'De España. ¿Qué hacemos? Ese amanece mañana con todo robado en el mejor de los casos…' 'En el mejor… si no le pegan un tiro. Mételo a dormir en la habitación para los niños. Desde luego, será idiota…' Y el policía me lleva a dormir a una habitación llena de peluches y juguetes para niños, donde los entretienen cuando llega una madre a poner una denuncia de malos tratos o de violación. Y quien me iba a decir que a estas alturas dormiría abrazado a ositos de peluche. En la mañana siguiente, tras casi 25000 kilómetros y casi 500 días de viaje, entro en Cape Town. La ciudad es maravillosa, con una espectacular montaña amurallándola, decenas de playas y acantilados, llena de cualquier capricho que se antoje y se respira un aire cosmopolita. Cape Town es uno de esos lugares magnéticos que atrapa a los viajeros, y pese a tener bastante turismo, se percibe mucho más la presencia de viajeros independientes;

tipos locos que en todo-terreno, en moto, en bici, ¡incluso en tractor! vienen de cruzar una aventura por África. Es un aire especial, dota a la ciudad de un aura que engancha. Llega el invierno a Sudáfrica y el frío viste sillas y mesas de los cafés junto al mar, el hermoso mar azul que viene de la Antártica; el sol, enemigo durante muchos meses del viaje, ahora calienta mi piel. Una extraña nube flota en el lejano horizonte, y parece la puerta que conduce a la nada, confirmando la creencia que más allá de este cabo austral no existe vida ni camino a lugar alguno. A los escépticos que en Cape Point sueñan con Australia o las Américas, un vendaval de dioses enfurecidos les arranca de las manos los mapas, que van a clavarse, océano adentro, en los oxidados hierros de los barcos que encontraron aquí su suerte. Colgados los ojos sobre los acantilados de este poderoso lugar, el viaje parece llegar a su fin; no hay camino sin retroceder hacia el norte que abruma la espalda. El sur termina aquí, acaba el romántico descenso desde el norte y de ahora en adelante un rumbo incierto esperará el momento en que la estrella polar aparezca de nuevo en el horizonte de las noches. Hay cierta resistencia a marcharse y abandonar este espectacular rincón del mundo, un día tras otro las excusas amanecen e impiden la partida, pero el motivo verdadero se desnuda cada noche para entrar en la cama: aquí termina el sur, un viaje acaba y ahora no queda más que empezar otro, otro largo viaje, subir a Cairo, abandonar África, y llegar al Japón. Los largos viajes necesitan, como el deseo, amontonar ganas y sueños, que empujen a dar el salto. La partida no es un acto lógico ni racional, es la imposibilidad de permanecer más, perder la batalla con la prudencia y huir en un barco desconocido en el que hay que confiar. Poco a poco, ríos, montañas, ciudades que son un nombre en los mapas van filtrándose en el deseo. La curiosidad por conocer la realidad de la mala reputación etíope, o la dureza del desierto en el norte de Kenia, o el color de las aguas de Zanzíbar, va posándose y colapsando el dique. Sólo resta esperar la maravillosa gota que

colma el vaso y nos empuja a actuar irracionalmente, esperar el viento que nos empuja. En el albergue, la gente que he conocido se ha convertido en una pequeña familia, la cotidianidad nos embarga y olvidamos durante el día nuestros viajes para tener sensaciones y experiencias de vida normal; luego, a la noche, cenamos todos juntos y cada uno tiene una buena historia que contar de su viaje. Es un círculo vicioso, me atrapa. Como a Sean, el irlandés motorista que llegó hace dos meses aquí, tras recorrer América, y aún no ha encontrado el momento para continuar su viaje hacia Irlanda. - Hay una película española en el cine de la esquina, Salva, ¿vamos mañana a verla? -me pregunta Mary, una chipriota encantadora. - Claro. Al día siguiente me retraso y llego tarde a la cita, pero tengo curiosidad y me quedo para entrar en la siguiente sesión, no he visto una película en estos quince meses de viaje. Menuda idea, la peli se llama ‘Volver’ y desde mitad de ella tengo una angustia en la garganta que estalla cuando Penélope Cruz finge cantar el tango ‘Volver’ en versión flamenca. Lloro sin poder contener mi emoción, y tengo que esperar a que todo el mundo deje la sala para que nadie me vea quitarme las lágrimas como el parabrisas de un coche. Menos mal que no fui con Mary... Pasan las semanas, hago amigos sudafricanos -algo fácil en este país de gente muy abierta- y a veces me voy con ellos de fin de semana, a visitar Paternoster en el norte, o de fiesta en alguna casa, o alquilamos una película que ver con unas cervezas. ‘Que sea de risa, por favor’, le pedí a Dave, temeroso de echarme a llorar otra vez. Un mes ha pasado sin darme cuenta, entre amigos que veo con frecuencia, viajeros que llegan nuevos, e inesperadamente, surge una situación que me hace abrir los ojos. Merna me ofrece trabajar con ella, en un proyecto de Cooperación Canadiense que está analizando una futura inversión para

proyectos educativos; una mujer de carácter y bellos ojos azules, que ha trabajado en Kosovo, Palestina, Etiopía. Reflexiono, la oferta me ha creado una alternativa que interrumpe mi descanso: Garbancito, ¿te quedas o te vas? Los custodios del grial han vuelto a sus casas. El castillo aparece desierto y pocas luces quedan en las altas torres que protegen la plaza; desesperado, un tardío rayo de sol relumbra en los últimos ventanales del First National Bank, coquetea con el denso silencio que flota tras la desbandada de las 17 horas. El silencio, imperturbable, permanece callado. Una gaviota extraviada contempla con la calma de un Buda los restaurantes de 'fast food' cerrados. El sonido de las olas, el olor del salitre, la compañía de la bandada, quedan lejos de aquí. Sentado en un escalón, un tipo con los vaqueros rotos observa la gaviota detenida en la plaza; la suciedad del enlosado se extraña de esos pasos, está habituada al trajín de las palomas. Bruscamente, la gaviota cesa la meditación y camina un poco; se para frente al tipo sentado y levanta una pata que mira atentamente, como si le molestase algo… me pregunto si pensarán lo mismo. Los rascacielos de oficinas vacías miran también la escena con sus decenas de ojos acristalados. Es tiempo de ausencia… es tiempo también de los vigías mal pagados que pasarán toda la noche en vela, sentados en sus sillas de plástico, o paseando lentamente como si fuesen turistas en la plaza de armas de un castillo en Normandía. Desde un decimosexto piso miro hacia el cielo buscando un hueco para el aire, y me parece ver una bandada de pájaros jugando entre las torres. La gaviota se ha detenido otra vez, al igual que si estuviera frente al infinito horizonte del mar, pierde su mirada en una calle donde nunca dio el sol. El silencio de la plaza alimenta la llamada y entonces parece recordar que ése no es su lugar; levanta un torpe vuelo, y por encima de los coches sale a la gran avenida rumbo al mar.

El tipo de los vaqueros rotos la sigue con la mirada y en su rostro, por los cauces de la piel camina una sonrisa. Contempla la plaza por vez última, la plaza por la que corre el mismo aire frío que habita en los castillos. Se levanta con el gesto de quien decide ya he esperado bastante y se ajusta un largo turbante azul al cuello. También para él es momento de levantar el vuelo. Salgo de Cape Town, con las parrillas de la bici bien soldadas, algunas ropas nuevas que me dan mucho mejor aspecto, y una furiosa mirada de hielo azul como recuerdo. Vuelvo a ser un viajero, un trotamundos sin capa, ni espada. Y enfilo la costa rumbo a Port Elizabeth. Días de recreo: sin malaria ni dengue, ni animales, la comida es excelente y barata, las manzanas saben a manzanas, las zanahorias huelen, compro la leche directa de la granja… no hay lugar para la aventura y sí para solazarse en una de las rutas más idílicas del planeta. Cuando mis problemas son decidir entre hacer un cafelito con unas vistas al océano, o más abajo en la laguna de ese bosque… ay, la vida a veces besa en la boca. Los primeros días la carretera es de película de James Bond, entre vertiginosos acantilados y playas solitarias. Pueblos pequeños de pescadores, enclaves turísticos, enclaves de ricos privilegiados, un lugar espectacular y que en su suave invierno deja las puertas abiertas a los viajeros de pequeño presupuesto; y la gente, sean granjeros, sean excéntricos ricos, siguen siendo hospitalarios y curiosos por conocer la historia de un ciclista solitario. Un par de semanas en las que la ausencia de problemas, caminar entre focas y pingüinos, bucear con delfines y tiburones, hacer bonitas excursiones, o pasar un agradable domingo en una granja cocinando el típico puchero afrikaaner, llega a incomodarme, empiezo a echar de menos la aventura. Noche sin luna. En el negro cielo, la Cruz del Sur quiere lanzarse al océano y se curva buscando el impulso; en la playa,

la fuerza del oleaje es ensordecedora y apenas deja oír el recuerdo de otro bucólico día en la costa sudafricana. Cuando todo es perfecto, la felicidad huye a otras tierras y deja al alma tiempo para atormentarse. En su destierro, se quejaba León Felipe, 'ya no hay locos, ya murió aquel manchego, no quedan locos, todos están absolutamente cuerdos siguiendo sus relojes, tic-tac, tic-tac, tic-tac.' Se atormentaba. Me alejo; me alejo y me pregunto qué motivo empujó a Ulises lejos del paraíso de Calipso, ¿en dónde nace el río que nos lleva? Me alejo y la esperanza de encontrar una respuesta decae esta noche, pero ya sé que Ulises, entre aventuras contra cíclopes y lestrigones, también se torturó con la misma pregunta en noches como ésta. Me alejo y el escudo de los kilómetros es hoy un juguete para la lanza que viaja detrás acechando. Debe estar loco quien abandona la inmortalidad de Calipso para vivir en la escasez de un zíngaro, debe estar loco quien renuncia al mundo por la boca de Penélope en la piel del cuello. Vivir es elegir, mas no asunto de sabios que ponderen y acierten, es asunto de locos, y los locos no miden; así lo descubrió el 'lobo estepario' Harry, 'Teatro para locos, la entrada cuesta la razón'. Tío Hesse era un iniciado, y quien elige entre el mundo o una mujer es un loco. Cuando las enormes olas blancas embisten los acantilados se hace difícil conciliar el sueño, demasiado estruendo, nunca cesan; no se ha apagado el eco de una y ya llega la siguiente. Tal vez debería irme al interior, es tiempo de naranjas. Y bien puede el quejumbroso León Felipe descansar tranquilo en su tumba, que sí quedan suficientes locos en este mundo, ajenos al tic-tac, tic-tac. No murió aquel loco de la Mancha, ni Ulises; sus almas perviven en quienes se buscan un Rocinante y un motivo para echarse al camino, a la búsqueda del río que nos lleva. Al menos empieza el frío. El invierno sudafricano de 2007 será para los anales. Incluso Johannesburgo amaneció blanco una mañana y fue portada en los periódicos. El primer frente frío me retiene en una granja de la costa durante cuatro días que

no cesa de granizar; pero el segundo ya es de nieve, en Hogsback, camino de Lesotho. Un pequeño pueblo donde se ha formado una comunidad de artistas y jubilados alternativos, que disfrutan de un entorno maravilloso. Altas montañas y bosques casi selváticos, habitados por diversas especies de monos que viven dando saltos entre ríos, cascadas y árboles de cuarenta metros. Jamás lo hubiera creído si no llego a pasar este invierno en Sudáfrica, pero aquí las noches son de cuatro y cinco bajo cero. Afortunadamente, en mi camino a Lesotho, los granjeros siempre me acogen y duermo en una cama caliente. En una de ellas me dicen orgullosos: - Esta comarca tiene el récord de baja temperatura, ¡17 bajo cero!. Suficiente es pedalear con viento y frío durante el día. Y quién se niega a la hospitalidad afrikaan de grandes chuletas, vino dulce añejo y conversaciones agradables. ‘¿Dónde vas-de dónde vienes?' es una pregunta que escucho decenas de veces al día desde que empecé este viaje, pero ciertamente no me la espero en una frontera. Para colmo, es un cruce bastante secundario entre Sudáfrica y Lesotho. - Buenos días, ¿dónde va usted? -me pregunta el oficial sudafricano. - A Lesotho. - Ajá. Muy bien, ¿y de dónde viene? Me quedo un poco parado y le miro con complicidad. - ¿De Sudáfrica, tal vez? - Si, si. Me refería a la última ciudad. Está bien, tenga un buen viaje. Y voy a la caseta de aduanas para reclamar el IVA de varios artículos que he comprado en Cape Town.

- Oh, lo siento, señor. Aquí no podemos extenderle un cheque. - Por favor, mire esta fotocopia de su Administración donde se señala que en esta frontera puedo reclamar el IVA. - Si, si… entiendo… pero, lo siento. Aquí no podemos. Ha de ir usted a una frontera internacional… Segundo guiño de la mañana. - Ajá, y entonces, aquí ¿cruzo a Lesotho, provincia de Sudáfrica? - No, no, señor, Lesotho es otro país. - Bien, y si cruzo a otro país, ¿no es ésta una frontera internacional? La mujer no sabe que contestar y me maldice seguramente. - Ehhhh, si va usted a la frontera de Maseru, allí le devolverán el dinero. Bien, qué le vamos a hacer, al menos la mañana es divertida. - Buen día -me saluda la señora de Inmigración en Lesotho¿de dónde viene usted? Estoy al límite de la carcajada, pero respondo apretando los dientes. - De Sudáfrica. - Ajá, ¿y dónde va usted? - A Mozambique -contesto casi riéndome,- eso de ahí al lado es un canguro galáctico y voy a dar un salto hasta Maputo. A la señora no le hace gracia alguna mi broma, pero yo no podía aguantarme más.

- Muy gracioso, ¿y si no le dejo entrar a Lesotho? - Oh, lo siento, lo siento. Sentido del humor español, voy a Lesotho, a Malealea -y me pongo a rellenar la cartulina de entrada. Se la entrego. - Ajá. Usted quiere estar treinta días. - Si. - Esta es una frontera secundaria, sólo le podemos dar quince. Debe usted regresar a Sudáfrica y cruzar por Maseru. Ajá, agárrate, ¡la frontera internacional! - No importa, quince días es suficiente para mí -Lesotho tiene el tamaño de Galicia más o menos. - No, no, usted quiere treinta días y por tanto debe volver a Maseru, porque aquí sólo le podemos dar quince. La mañana comenzó con risas, pero ahora empieza a ser una absurda película de Peter Sellers. - De veras que quince días es suficiente... - Hum… le diré lo que puede hacer. Yo le doy quince días y usted va a Maseru, no a Malealea; una vez allí se dirige a la frontera internacional con Sudáfrica, que está muy cerca, y pide usted los treinta días, ¿comprendido? - Perfectamente -y extiendo mi mano para pedir el pasaporte. - No tan rápido, repita lo que debe hacer. Lo que me faltaba. A duras penas, sin reírme, consigo repetir el plan y confirmar que iré a la dichosa frontera internacional. Y sí, finalmente entro en Lesotho. Por supuesto voy a Malealea, donde me pilla un nuevo frente frío que deja todo blanco. El dueño del campamento me

aconseja cruzar el país por la nueva carretera asfaltada. - Con la nieve te encontrarás mucho barro en las pistas, no creo que puedas pedalear; además los ríos están crecidos y no hay puentes. Lesotho es buen país para el verano, no en invierno. Sigo su consejo y en ocho días cruzo una carretera de montaña donde no existe la idea de curva. Para ahorrar asfalto, la carretera va directa hacia el collado, con pendientes entre el 12 y el 20%. Subir es muy duro, pero bajar es jugarse la vida. ¡Llego a alcanzar 82 km/h! Una pena, no puedo llegar a todos los países en la estación oportuna, pero estoy contento de cruzar a Sudáfrica de nuevo y haber sobrevivido a los descensos en Lesotho. También aquí hay montañas, pues estoy en plena cordillera del Drakensberg, pero al menos hay curvas… El invierno hace una pausa y puedo disfrutar una semana subiendo a los diferentes picos del Drakensberg; buenas caminatas y buenas vistas. Y un ambiente de montañeros en los albergues que me resulta tan raro como un lodge de safaris en los Andes. La llegada de un nuevo frente frío me deja sin subir al Sentinel, y harto de amanecer con la tienda blanca, de cocinar con los dedos congelados, sabiendo que las playas del Índico están a una semana de viaje, decido emprender la huída a Suazilandia y a los cocoteros de Mozambique.

Ciudad del Cabo. Desde Table Mountain. Play Pause

SUAZILANDIA Y MOZAMBIQUE.

Mañana de sol para entrar en Maputo. Ocho extraños kilómetros de peaje, aunque las 'binas' no pagan, por una amplia carretera extendida como una alfombra sobre la realidad africana a la que regreso. A mi lado izquierdo, las chabolas de lata o maderos, que por jardín tienen descampado, basura, el esqueleto oxidado de un coche, como una ballena varada. Están repletas de harapos corriendo al arcén con niños dentro, que quieren mirar a un blanco... '¡¡da bina!!' Tímidos, respetuosos, inocentes. - ¡Bon dia, meninos! Una ráfaga deslumbra el tráfico; son sus enormes ojos y sonrisas que responden a coro, '¡Bon dia, senhor!' A mi derecha pasan decenas de mini-buses atestados, gente afortunada que puede pagar la tarifa, llevar impoluta la ropa, y tal vez vivir en uno de esos edificios soviéticos que espantarían a un ucraniano. A mi izquierda, la pendiente de hormigón que separa alfombra y miseria reluce como granito, las señoras la utilizan para lavar la ropa. A un kilómetro del centro de Maputo, una ordenada fila de chicas espera turno para llenar de agua sus bidones. Si no tienes agua, no tienes saneamientos, obviamente; y menos, recogida de basura, a no ser que llueva con fuerza... La gente que pasa a mi derecha sí tiene esa fortuna y a poco que consigan un pellizco tendrán también una parabólica, que mágicamente muestra la riqueza material de Occidente, crea sueños, y también como por arte de magia crea deseos y necesidades de la nada. Paso por un mercado, regreso a la venta para economías de día a día. Gente en el suelo con una tela y montoncitos de cinco tomates o cuatro mandarinas; un hombre con una cajita, ocho cucharas y cuatro pilas chinas; bolsitas, las bolsitas de África, del tamaño de una bolsa de pipas, o la mitad, o un tercio, en las que se vende azúcar, manises, aceite, o leche en polvo para un café. Fuertes muchachos empujando carros de mercancías para conseguir dos dólares al final del día, tal vez uno. En lo que debería ser un canal de agua se estanca basura, lodo, charcos de los últimos tres días lloviendo, cáscaras de piña, de naranja, tronchos de panocha.

Pedaleo despacio con mi lujosa bici, aunque también ha llovido para mí, y tras la rotura ayer de la cadena y noche sin aseo, ni la 'bina' ni yo damos la imagen apropiada de un europeo. Tal vez por lo que no aparento, los chicos sueltan las manos de los carros y saludan con sincera alegría. Viajar 'da bina' es también cosa de magia: despierta admiración y generosidad tanto en los pobres como en los ricos. A mi derecha, pasa un todo-terreno sin admiración ni cuidado alguno, mostrando orgullosamente que él no pertenece a la miseria, y ejerce con desprecio la ley del más fuerte, tratando de no salir del breve alfombrado que une centros comerciales con barrios exclusivos y excluyentes. A mi izquierda, una señora salta al 'rendez-vous' de la alfombra para pedir limosna: los semáforos en rojo. Algunos sacan unos metícais desde la ventanilla de un mini-bus, pero los todo-terreno y los BMW de segunda mano tienen sus ventanas ahumadas y cerradas 'on account of the weather'. Paro en una 'pastelaria' colonial decadente, o tal vez en ruinas, para tomar un 'bica' y celebrar mi entrada en Mozambique. Me atiende una chica con un bonito vestido y pulcramente aseada, que mira mis uñas sucias con indisimulado disgusto. En África la apariencia importa mucho, y algunas veces ni la magia de viajar en bicicleta te libra de la reprobación. La apariencia puede mostrar desde que tienes posibles a que no eres un bandido, y sobre todo, durante el día la apariencia vive el sueño de la alfombra: en una 'pastelaria', un supermercado o un comercio, limpio y perfumado, y la pesadilla de la chabola sin agua, ni luz, ni aseo, queda tan lejos como la noche del alba. Regreso al África, a sus luces y a sus sombras. La pausa del confort sudafricano me ha regalado una distancia muy valiosa. No es mi casa, pero vuelvo a un lugar donde, pese a las duras condiciones, siento felicidad, y esa dicha de quien tumbado en la arena frente al mar no le pide más al mundo. Cruzo Suazilandia en tres días, un mero tránsito hacia

Mozambique pues está lloviendo y yo estoy obsesionado con disfrutar buen tiempo. Me gusta Maputo. Me gusta el ambiente tan abandonado que desprende esta ciudad, los espantosos edificios soviéticos, las decadentes casas coloniales, las calles sin sus aceras, las 'pastelarias' que son café-restaurante-bar según la hora o la clientela, y que respiran inevitablemente aire latino. Y me gustan los mozambiqueños. Decididamente las colonias portuguesas son otra cosa, ellos se mezclaron bien. Aquí la gente disfruta charlando en la terraza de un bar, conversando sin gritos; es la dulzura portuguesa sin su 'saudade', con frescura africana. Maputo es una ciudad de fotografías antiguas. Junto a un nuevo y moderno edificio esta otro colonial, 'casa Coimbra', de altas puertas y columnas, casi abandonado, pero en el portal todavía quedan algunos nombres en sepia de los antiguos negocios que había en cada planta. Camino y me encuentro la 'delegaçao' del Diario, el teatro Scala, un enorme reloj estancado en las 11.56 y en el siglo pasado. Junto a él está 'salao Silva' con los cristales absolutamente opacos del paso del tiempo; en la acera, una señora vende montoncitos de naranjas en el suelo, hay decenas de telefonistas con una mesa plegable... en la era del móvil. En absoluto es hermosa, ni limpia, pero es una ciudad que habla en cada rincón, repleta de historias. Caminar por Lenin y torcer a Karl Marx para llegar a la enorme iglesia 'da Baixa', ironías de la vida. Tomar una cerveza 'Dois M' con estos mozambiqueños abiertos, amigables, tranquilos. Gente muy correcta. En Mozambique está mal visto llamar 'branco' a un europeo, lo cual dice mucho en un continente dónde ese es el apelativo más habitual que recibimos -le blanc, mzungu, tubabup, whiteman…-, son gente de maneras delicadas y de portugués anticuado, algo muy diferente a las colonias francesas o inglesas. Gracias a la amabilidad de María, de Cooperación Española, puedo alojarme unos días en Maputo y me repongo del invierno sudafricano. Aquí es estación seca y aún no hace mucho calor. Pero sueño con el mar, y parto hacia Vilanculos, que está a una semana de bici.

- Una pequeña ciudad de playa paradisiaca, con un mercado muy bien abastecido.- Me dice María. Días felices junto al cálido océano Índico. Vilanculos tiene unas playas bucólicas, de cocoteros y mareas kilométricas; a la puesta del sol, los reflejos sobre la orilla encharcada y las barcas inclinadas son inolvidables. El mercado es diurno, pero más interesante a la noche, con los chiringuitos de 'zurra' abiertos, el delicioso vino de palma. Los turistas sudafricanos o portugueses no suelen entrar en esas pobres habitaciones de cañizo y se pierden una entusiasta bienvenida, una noche de risas con la 'boa gente' de Mozambique. Me retiene más tiempo del previsto este pueblo, el sur mozambiqueño en general, donde se me ocurre que podría instalarme y ser feliz. Una tierra con la que sueño regresar a menudo, y pasado el tiempo, cuando alguien me hace la preguntita típica, - ¿Y cuál es tu país favorito? - Mozambique, el sur,- respondo sonriendo. El viaje por el interior desde Vilanculos al sur de Malawi es remoto, alejado de la carretera costera donde está el escaso desarrollo mozambiqueño, y me lleva a ver algunas gentes exóticas, muchas mujeres tatuadas y dientes serrados; también regreso a maneras muy tradicionales que no había visto desde el sur de Zambia. Pedalear en este país es disfrutar una vida muy sencilla, donde no falta lo esencial para comer, dormir y lavarse, y la alegría sobra a raudales. Tienen ganas de vivir. Una 'boa vida'. ¿Pobreza? Viajar por África me ha traído un significado más amplio a esa palabra que usamos únicamente para definir lo material. 'África es pobre', decimos. Contemplar cualquier calle de aquí a la caída de la tarde es ver a la gente regresando a casa riéndose, felices de haber vivido un día más, charlando unos con otros sin barreras sociales. Contemplar una calle europea a la misma hora es ver un río de gente con el gesto preocupado, personas

de apariencia sofisticada, regresando de un trabajo serio e importante, que a menudo disfraza soledad y tristeza. Pero el turismo y la televisión han enseñado a los africanos que viven en un continente pobre, donde pocos son ricos. A mí también, el turismo y la televisión me enseñan que vengo de un continente serio, donde pocos son alegres. No obstante, cerca de Malawi, la 'boa vida' se empieza a convertir en vida dura: el agua es una pregunta, mi dieta es poco más que 'pao con manteiga', las carreteras tienen mucha arena, cuando no son un simple sendero entre paisaje de baobabs y mosquitos. La temperatura sube hasta los 40 otra vez, y ¡aún es invierno! Pasando de Sena a Maturera, cruzo cuatro kilómetros de precario puente sobre el río Zambeze. Sólo pueden usarlo bicicletas y motos. Cuatro kilómetros de cauce que impresionan en época seca, y me sirven para imaginar la cantidad de agua que puede venir en las lluvias. Mozambique tiene una gente maravillosa y la desgracia de estar atravesado por tres enormes ríos que nacen en las selvas de África Central y se desbordan con frecuencia, arrasando el esfuerzo de cultivos y negocios, llevando a las televisiones del mundo imágenes catastróficas, como aquella mujer dando a luz en lo alto de un árbol. Pero ellos siguen luchando, felices, encarando la vida con una incombustible esperanza. - ¿Quieres saber el secreto de nuestra alegría? -me dice un tipo cuya casa se acaba de venir abajo. - Por supuesto. - Nosotros, los africanos, no tenemos problemas. - ¿Cómo? -y casi estallo en carcajadas. - Así es. No tenemos problemas, tenemos retos. Aquello no era ningún templo zen de arcana sabiduría, era una subdesarrollada aldea africana; toda una lección. Semejante actitud hacia la vida debería exportarse a las casas donde

encontrar un sofá que encaje en la decoración se convierte en un problema. Y cruzo a Malawi sabiendo que regresaré. Maputo. Playa de Vilanculos. Play Pause

MALAWI. La gente lo llamó 'el lago de las botellas'. Un pequeño lago, estrecho como para ver las dos orillas y largo para dotarlo de sur y norte. En la época de lluvias el viento sopla desde el sur, creando a veces un oleaje que impide salir a los pescadores; y en la época seca, el viento viene del norte y las aguas son mas tranquilas. En un país donde no se escribía la historia, es un misterio como comenzó todo. Timbas del norte y del sur arreglaron matrimonios, funerales, jefaturas, siempre a través del lago. Los más viejos dicen que antes de las botellas, el norte y el sur se comunicaban a través de signos en trozos de bambú; pero llegaron los blancos y con todo lo que trajeron y se llevaron, llegó la escritura.

Nadie recuerda cuando empezaron a enviar los mensajes en botellas, pero fue el padre André, él que un día comentó a sus colegas que le había parecido ver un montón de botellas flotando en el lago. Fue un comentario olvidado hasta que el padre Ferdinand volvió de una misa en la iglesia del sur comentando lo excitado que estaba el poblado a la espera de ciertas botellas en particular. Al día siguiente bajaron todos y encontraron a multitud de niños y mujeres en la orilla señalando algunas botellas que lentamente venían del norte. Era el clásico ambiente africano de fiesta. En la casa del jefe, ordenados meticulosamente, había docenas de papeles escritos con letra de niño y un gran número en el encabezado. Los padres pidieron leerlos, pero el jefe rehusó: - Faltan por llegar muchas botellas y el mensaje no tiene sentido aún. Una semana más tarde, el mensaje se terminó de completar. Trescientas veinte botellas, trescientos veinte mensajes, que de modo historiado relataban los acontecimientos más importantes ocurridos en el norte. - Ahora - explicó el jefe al atónito padre André, - tenemos que empezar a escribir nuestras noticias y esperar a los vientos del sur para enviar las botellas. Durante años fue una curiosa anécdota de un pequeño país africano, conocida sólo entre misioneros y los pocos blancos que a veces cazaban búfalos en las orillas del lago. Un día, un viajero extraviado paró en una de las misiones sobre el lago, y con alegría e inocencia, los padres le contaron lo que ya era una tradición asentada en la que viajaban cada año más botellas. - El último, tres mil cien botellas - dijeron alegres. - Mandarían más, pero aquí es difícil conseguirlas, apenas hay carreteras. Poco a poco, el lago comenzó a ver la llegada de turistas aventurados, y todos lo celebraban, orgullosos de sentirse importantes. Con el deseo de ayudar, un italiano emocionado, al volver a casa creó una pequeña ONG, 'Botellas sin fronteras', y envió al norte del lago, el mejor comunicado, un camión con medio millón de botellas donadas por niños de escuelas

italianas. Ciertamente era espectacular contemplar medio millón de botellas flotando en el bonito y azul lago, rumbo norte, rumbo sur. Con la globalización, llegó también el negocio, y los Timbas del norte ofrecieron a los turistas mandar sus propios mensajes en botellas y llevarlos después al sur para recogerlas allí, tras pasar en el ínterin varios días de safaris por los parques de la orilla oeste. Los turistas se llevaban el papelito en papel cuadriculado, con un artesanal sello de la oficina de correos Timba, creada por iniciativa de 'Carteros sin fronteras'. A veces se llevaban también la botella, a quince dólares, pero la mayoría permanecían en el lago y se incrementaban sin cesar hasta que llegaron al millón. Algunos dijeron que era más emocionante ver un millón de botellas flotando en el lago que un millón de ñúes migrando en el Serenguetti. Pero el numero de botellas comenzó a preocupar a los ecologistas franceses, que volaron hasta el lago para estudiar el efecto nocivo de dos millones de vidrios flotando en el lago. Concluyeron que el ecosistema estaba amenazado y presionaron a los Timbas para volver al sistema del bambú. No lo consiguieron, pero a cambio de paneles solares gratis, redujeron ostensiblemente el número a cien mil. En la era del móvil, los mensajes en botellas resultaban absurdos y la totalidad de los emisores eran turistas, que tras la reducción del número pagaban veinticinco dólares por mensaje y cincuenta por la botella. Para los turistas apresurados, les ofrecían lanzarlos a sólo cinco kilómetros de la orilla, y en un par de días de sol y baños idílicos se ponían morenos mientras observaban expectantes la llegada de botellas, ansiando que fuera la suya. Unos emprendedores timbas crearon una página web a través de la cual se podían mandar mensajes desde Europa a los amigotes de vacaciones en el lago. Como era de esperar, otros lagos de África del Este se sumaron al boyante negocio, aunque no todos tenían las periódicas mareas, y los mensajes se lanzaban desde una motora, quinientos metros lago adentro. Coleccionar mensajes de todos los lagos africanos pronto llegó a ser una moda en Holanda y Alemania. Había de todo; desde botellas personalizadas, a botellas de principio de siglo, originales del primer envío del primer lago… hasta canoas de juguete en las que enviar la botella con un pequeño motor de

baterías reciclables. National Geographic le dedicó un extra tratando de aclarar el origen de los mensajes, y un desertor de la NASA relacionó los antiguos signos en los bambúes con las líneas de Nazca en Perú, para probar taxativamente la presencia extraterrestre en los albores del planeta Tierra. Finalmente, en 2007, el Lago de las Botellas llegó a estar entre los candidatos a las nuevas Siete Maravillas del mundo. El viajero sonrió y dio un largo trago a su cerveza. Ella también sonrió, 'una historia estupenda, me has hecho reír', y mantuvo la sonrisa el tiempo suficiente para que él se diera cuenta. El silencio se expresa a gritos cuando un hombre y una mujer se miran a los ojos, y la distancia entre sus bocas es breve como una cerveza fría en la calurosa noche africana. Dos países mutuamente extraños, dos caminos que se encuentran; una pausa para hablarse en un idioma ajeno y amarse en un lenguaje universal. La fugacidad de quien sabe que va a despedirse, prende fuego para marcar una piel que no se volverá a arañar otra vez. Son días cortos, sin lugar a gestos comedidos, ni pudor, que crean una complicidad mas llena de picardía que de años en común. Un hombre y una mujer cruzan sus caminos en África. La noche es húmeda, calurosa en este continente. Te empapa de su pasión por vivir, te grita que el mañana tiene veinticuatro maneras diferentes de joderte la vida y hoy estás vivo, sano, con una 'Cuche' fresca y una chica bonita. La vida es una fiesta. Viajando, el tiempo sabe a especias persas, pero también pasa como el viento. A veces como una tormenta. Cuando llegue el 'Ilala' a la bahía de Nkhata, la llamada ronca del ferry legendario, marcará el final de la historia y será también el grito de victoria de la soledad sobre el amor, del camino sobre la pausa. Son breves días donde la pereza y el reposo no tienen cabida, donde no se huye de las horas de calor, y cada diente en la piel se siente con la fuerza del escalador aferrado en la roca. Un hombre y una mujer, cuando cruzan sus caminos en África se aman sin la palabra futuro en sus caricias, sin sueños, sin miedo a perder lo que no se tiene. Sólo agradecidos a la

belleza del momento. Y es un amor que no hace preguntas, ni formula promesas. Se entrega cada vez como si fuera la última, y cuando llega la mañana del lunes cada caricia se da con la tensión de escuchar la llegada a puerto del 'Ilala'. La idea de no volver a tocar la piel de quien conoces tan poco y sientes tanto, provoca un alud de bocas sobre los cuerpos, una urgencia desesperada, cuando el 'Ilala' anuncia su llegada a la bahía de Nkhata. Un adiós sin tiempo para algo más que escribir un email en la etiqueta de una 'Cuche', y una carrera entre la multitud que embarca en el muelle rumbo a Mozambique, rumbo a la soledad. En el muelle no hay alemanes de gris, ni ella va de azul, como en Casablanca, pero un adiós para siempre en esa bahía tropical, con el cielo enrojecido, entre cientos de africanos cargando sacos de maíz, muebles, bananas, bicicletas, gallinas, en un ferry intemporal, crea una escena tan extraordinariamente bella que es inevitable sentirse radiante. Algunas historias llegan a ser tan redondas que no tienen esquirla alguna que pueda hacer una herida. Esa noche, tumbado en la cubierta del 'Ilala', bajo las estrellas del sur y mecido por el Malawi, el viajero se recrea en el olor que aún persiste en su piel, sonríe como hacen los tontos y recuerda las últimas palabras, 'gracias por lo que ha sido hermoso'. Suspira, guiña a esa extraña Orión que está del revés, y aunque ya sabe que nada que merezca la pena debe ser repetido, por vez primera en cuatro días sueña… 'sería maravilloso encontrarnos otra vez'. Esta historia llegó en una botella a Nkhata Bay el 3 de septiembre de 2007, con los vientos del norte. En el extremo sur de Malawi la vida sigue siendo igual de escasa. No mejora hasta que me acerco a Blantyre, la primera ciudad, donde aparecen asfalto, coches, y en los mercados aunque hay más de lo mismo, es variado, las galletas tienen formas diferentes… No es que Malawi sea un país más rico que Mozambique, pero si está más habitado, y aunque los clientes sean pobres, la cantidad logra que el negocio sea rentable. Al sur y este del lago Malawi está la tierra de los yao, que viven en ambos países, pero en los últimos años Malawi se ha puesto

de moda entre las ONGs, al igual que fue Etiopía durante los 80, y la ayuda internacional eleva el nivel de vida a los yao malawienses, con sus luces y sus sombras. Los niños a mi paso no cesan de gritar, 'mzungu, give me money'. En África, el regalo desde quien tiene más a quien tiene menos es una costumbre milenaria, una forma de crear respeto y clases sociales. También crea una constante mendicidad, que desde el punto de vista europeo carece de dignidad. Sin embargo, para ellos es absolutamente normal pedir a quien tiene más, y no sólo ocurre hacia los turistas y los cooperantes, sino en la misma aldea, entre la misma familia. La obligación de dar cuando se tiene refuerza la cohesión entre los lazos de la 'familia alargada' africana, mantiene a las clases sociales sin grandes diferencias, y también frena el desarrollo, pues pocos quieren esforzarse en tener éxito si han de compartir las ganancias de su sudor con sus parientes más indolentes. En Malawi, como en tanto otro lugar, hay eficaces proyectos internacionales y también muchas ONGs repartiendo dinero a cambio de nada; quieren ganar adeptos religiosos o simplemente no saben qué hacer con el dinero que les sobra de las donaciones occidentales. Muchos turistas también dan dinero a los niños para quitárselos de encima, o con el llamado 'síndrome de Papa Noel', vienen a África cargados de regalos para los niños, que ellos revenden. Esta situación descontrolada causa que los niños prefieran pedir a ir a la escuela. Aprenden a generar lástima, pues posando con teatral gesto de hambre y señalándose la barriga, llegan a su casa con el triple o cuádruple del dinero que sus padres pueden obtener trabajando… Hay voces africanas que propugnan desenganchar el continente de la ayuda internacional, y generar un desarrollo propio, con una relación más equilibrada entre inversión y explotación. Pero los países ricos no están por la labor, la ayuda internacional camufla y pinta de rosa terribles injusticias: la explotación de las materias primas, el sostenimiento de la deuda externa y la protección del mercado. África no tiene dirigentes de la talla del señor Lula, y a cambio de llevarse diamantes o petróleo, ningún presidente exige que les abran el mercado para sus tomates o su maíz. El dinero se queda en los altos cargos, y al pueblo africano le quedan las

ONGs y los turistas con bolsas llenas de bolígrafos de regalo. Mi idea era cruzar el país bastante rápido, pero me encuentro alternando días de pedaleo con días de estancia tranquila y paradisiaca en este lago que parece un cuadro de Sorolla. Muy hermoso. ¿Quién quiere moverse de sus puestas de sol, de los baños en agua cálida y clara? También tengo dudas. Desde Malawi, la ruta hacia el norte se abre hacia tres países, Zambia, Tanzanía y Mozambique, y no tengo claro por dónde seguir. Trato de averiguar si puedo obtener visado mozambiqueño en Cobue, cruzando el lago, y algunos me dicen que no y otros que sí. En Nkhata bay, la inglesa del campamento donde duermo me dice que no con seguridad, y en la oficina de Inmigración me dicen que si a todo lo que pregunto, sea lo que sea. Uno de esos momentos africanos que por un lado me irritan y por otro me entusiasman, en todo caso nada aburridos: la incertidumbre y contradicción en la información. Decido visitar las montañas de Livingstonia, y hacer algo de ejercicio que me aclare las ideas. El antiguo asentamiento médico del doctor Livingstone está situado en un privilegiado lugar, a mil metros sobre el nivel del lago, con unas vistas de ensueño. Allí, con mi tienda plantada al borde de un precipicio de caída libre, abro el mapa y decido regresar a Mozambique, pese a la incertidumbre del visado. La panorámica desde Livingstonia al atardecer, dibuja un nítido dibujo geográfico. A seiscientos metros sobre el lago Malawi, contemplo al oeste las verdes montañas de Nyika y las fértiles llanuras, salpicadas de chozas unidas con arañazos de roja tierra; y al este, la suave luz africana, empieza a envolver mágicamente al lago. Las bahías de Chilumba y Chitimba son dos curvas de mujer con un filo blanco de arena donde uno desearía tumbarse a la espera de la caricia que no tiene adiós. Bordeándolas, el color azul del lago se diluye para fundirse con el horizonte levemente rojo. Con el ocaso, empieza a llegar el sonido de los tam-tam, creando más inquietud que compañía al que viene de una cultura tan diferente. Y curiosidad, enorme curiosidad.

Minutos mas tarde, lago y cielo son una fusión perfecta en donde no existe horizonte; una misma calma, una nada infinita es la mirada puesta hacia el oriente. Parece que tras la silueta femenina de las bahías no queda mundo, solo una nebulosa gris. Los sonidos rítmicos llegan de diferentes lugares y suben hacia las montañas, trepidantes, llenando de tradición la noche africana, desafiando al imponente silencio que, como la oscuridad, cae lento, tan medido como una pierna en una media. Aquí, tan lejos de todo, Livingstonia coincide con una de esas imágenes que despierta la palabra 'África' en nuestras mentes. La nebulosa que envuelve el oriente, pasa su mano de hada por las caderas de la bahía de Chitinga y la empieza a desdibujar. En la absoluta ausencia de luces, el dibujo geográfico ha desaparecido, todo es penumbra. Si callan los tambores, la tierra se convierte en un trozo de mapa vacío, sin rutas ni poblados, y se saborea la sensación de estar lejos de todo. Poco a poco, los pequeños fuegos de las chozas van conformando un insólito firmamento de estrellas rojas que contemplo desde arriba. Una extraña paradoja revelando, como en una confusa enseñanza veda, que el cielo se encuentra en la tierra. Brillan, parpadean y por unos instantes me confunden. Los tam-tam ayudan y la percepción me lleva por vericuetos entre mis recuerdos. La voz de Cathlyn me llega una y otra vez 'respeto, respetar a las personas, considerarlas, eso es lo que he aprendido en diez años aquí'. Un tibio brillo plateado poco a poco abre un sendero en la nebulosa y vuelve a mostrar la presencia del hermoso lago. Enorme, la luna llena asciende iluminando las aguas, creando sombras en la noche. Miro hacia arriba, muchas estrellas desaparecen con la presencia dominante de la luna. Veo Escorpión, busco otras, entretenimiento de noches africanas. Miro hacia arriba, las estrellas blancas; miro hacia abajo, las estrellas rojas. Una y otra vez, así como en el cielo, en la tierra. Ojalá. Ojalá un día dejemos de buscarlo tan lejos, en las estrellas, para encontrarlo, tan cerca, en la tierra.

En el camino de regreso me desvío al Parque nacional de Wvaza, fronterizo con Zambia, donde se puede acampar literalmente en medio de un camino de elefantes, y paso unos días inolvidables. El Parque tiene un pequeño lago, donde viven hipopótamos, que los elefantes cruzan a menudo. Pese a que los rangers me regañan varias veces por acercarme al lago, finalmente me dejan a mi aire, y al atardecer, consigo ver cruzar a veintiocho elefantes con el lago y las colinas al fondo, bajo la sombra de una acacia y contra viento, que evite llevar mi olor a los paquidermos. Tan cerca de ellos. Qué maravilla. Hoy día no es fácil tener esa experiencia en África, cuando todos los Parques obligan a ir en un coche o contratar a un guía armado. También regreso al lago con la parrilla delantera rota; la soldadura de Cape Town no ha aguantado el trajín de las pistas montañosas. Y en fin, remiendo sobre remiendo. Vida africana: no encuentras nada de calidad pero siempre hay una solución sobre la última solución del último problema; viajar tirando. En Mzuzu no puedo encontrar soldadura para aluminio, pero sí unas abrazaderas metálicas que hacen el avío; no puedo encontrar neumáticos buenos, pero un zapatero me cose los laterales de las cubiertas reventadas; no hay llave fija del 14, pero sí hay una del 18 y con dos monedas en un lado hacen la medida del 14. Termino de convencerme que no debo llevar nada de aluminio y sigo viajando. Nada es demasiado grave por ahora, aunque las hormigas del Rift han empezado a agujerear el suelo de mi tienda… En Nkhata Bay, Cathy se empeña en decirme que no me van a dejar desembarcar en Cobue y que me espera de vuelta en una semana, pero tengo un buen presentimiento y monto en el mítico Ilala, el viejo ferry, que inevitablemente trae aires de 'El amor en los tiempos del cólera'; sube en tres días del sur al norte del lago y en otros tres días baja, haciendo diversas paradas. El séptimo día no es para descansar sino para remendar la maquinaría de un vetusto y romántico barco. La travesía es genial. Aguas transparentes y buen tiempo; a la noche, con otros cinco turistas, duermo en el puente mirando

las estrellas. Y llegamos a la bahía de Cobue. Hay que llegar a la orilla en barcaza pues no es profunda para el Ilala, pero antes tengo que esperar a los oficiales de inmigración para sellar el pasaporte...

Lago Malawi. Play Pause

MOZAMBIQUE 2. El viejo yao que controla la ceremonia me coge de la mano y me lleva fuera de las chozas de la casa 'mapila'. En la oscuridad enciende una cerilla y me muestra su pene circuncidado; con dureza me exige que yo demuestre estar circuncidado y por tanto autorizado a estar ahí. Perfecto, lugar equivocado, momento equivocado. Había llegado a Mangochi, extremo sur del lago Malawi, al mediodía. Me gustó la ciudad, el abastecido mercado y decidí quedarme. Había un pequeño hotel que me dejaba acampar en su patio. A la noche, como las dos noches anteriores en la tierra de los yao, escucho los tam-tam. Pregunto.

- ¡Ah, cosas nuestras! Cultura africana. Ya he recibido esa respuesta otras veces, con el inquietante 'kánkora' en Gambia, la circuncisión femenina saheliana, los funerales… La entiendo como una mezcla de orgullo y vergüenza: esto es nuestro y somos salvajes. Sobretodo, como algo que quieren mantener alejado de los blancos que todo lo juzgan, todo lo preguntan y todo lo quieren saber, y después los llamamos salvajes, incivilizados y querremos que en vez de su tradición, juren la 'Shahadah' o se bauticen. Consigo más. Están preparando la fiesta de la circuncisión, la iniciación de los niños a la entrada en la vida adulta - algo que según la ley ya está prohibido en Malawi, como en muchos países africanos, como también está prohibida la circuncisión femenina -. Les pregunto si puedo ir. - ¡Ah, está muy lejos! Aunque parezca que están cerca, los tam-tam en la noche viajan muy lejos. Incómodos, cambian de tema. Al rato me quedo solo con el vigilante y, como un resorte, me levanto y me voy. El viento que me empuja sopla hacia el oscuro lugar de donde vienen los tam-tam. Voy por caminos, atravesando chozas y casas de ladrillo de adobe, e intentando quedarme con alguna señal para volver luego. Garbancito en África buscando emociones. No se ve un carajo pero voy memorizando. Me cruzo con gente que saluda extrañada, los blancos no suelen andar solos de noche por una ciudad. Ya muy cerca, el ritmo es poderoso y fuerte; encuentro a tres tipos que van para allí. '¿Puedo ir?' Se sorprenden, pero son hospitalarios y me aceptan con cierto entusiasmo. Acompañarse de un europeo es algo que priva mucho en este continente. Llegamos a una puerta arqueada de bambú donde cuelgan unos trapos que supongo de colores, pero en la noche sin luna africana todo es oscuridad. - A partir de aquí solo pueden entrar los circuncidados - me informan mis acompañantes, - ¿lo estás?.

Miento. Me duele la dignidad, pero cómo volverme atrás en ese momento. Pasamos dos puertas más y entramos en la casa 'mapila'. Un amplio recinto con una choza-habitación en donde los niños habitan y duermen, mientras reciben la tradicional enseñanza de los viejos durante tres semanas. Un amplio patio con una hoguera, un barril con un brebaje caliente, y en un lateral, sentados en el suelo, siete niños de entre ocho y doce años baten con palos un enorme tronco hueco en el suelo. Los adultos llegan, están unas horas, se van, vienen otros. De pie, enfrente de los niños, todos bailan al ritmo de dos adultos que tocan con fuerza los tam-tam. Les exigen que golpeen el tronco con fuerza, les gritan, les hablan, les muestran sus penes circuncidados. Los niños tienen rostro de impactados, tal vez asustados; están superados por la violencia de la situación, quizás bebidos o drogados. Obedecen las órdenes de los adultos y beben el brebaje caliente del barril de vez en cuando. Parecen estar ausentes, en trance. No todo aprendizaje viene dado en formas racionales o lógicas. Los adultos me animan a bailar y soy bienvenido, están muy borrachos y les excita ver un blanco entre ellos. Pero el viejo no está borracho… Ante la luz de la cerilla advierto que el viejo seguramente sabe que no todos los blancos nos circuncidamos, - siquiera en Malawi ocurre, - y antes de optar por hacer un juego con la piel y confiar en la poca luz de la cerilla, pruebo con algo que en otros momentos me ha ayudado. Lo miro y con firmeza me excuso por motivos religiosos. En África la religión es algo muy respetado, sea cual sea. El jefe asiente y me lleva de nuevo a la casa 'mapila'. Entramos y desconfío, empiezo a sentirme incómodo. Algunos adultos están expectantes y mientras me uno a la danza los veo hablando con el viejo. Al poco varios de ellos se acercan y me repiten una y otra vez que soy bienvenido. Vuelvo a relajarme un poco y disfruto la experiencia, danzo con ellos, observo a los niños, pero llega un momento en que la situación me supera, y me retiro unos metros atrás. No me siento bien, no me gusta lo que acabo de ver; soy demasiado blanco para tanto atavismo, porque no quiero

escribir 'salvajismo', y preferiría estar en un lugar menos agresivo y violento. Juzgo en defensa propia y por qué esta gente no se bautiza como Dios manda o juran el Corán. Siento algo parecido al miedo por el aire que hay en la casa 'mapila'. La misma sensación que tuve en Benín, durante la ceremonia vudú de los Redivivos. No me gusta. Un tipo me agarra muy violentamente y me empuja hacia la choza-habitación. Me exige que me siente y algo más que no comprendo. De inmediato, vienen otros en mi defensa, pero la situación es muy violenta y ya no me siento seguro; no quiero estar en una casa donde dos hermanos se pelean. Solicito irme; algunos insisten en que soy bienvenido, que me quede. Con la luz de la hoguera veo el rostro del viejo, sus ojos rojos, serio, mirándome. Esa mirada tiene un límite. Decido no sobrepasarlo y me marcho decidido entre ellos. Cuando salgo del tercer arco de bambú, respiro con fuerza y acelero el paso. Llego casi a la calle principal donde está mi hotel y veo niñas y niños bailando. Me parece más seguro. Es parte de la misma ceremonia: dos adultos con timbales van recorriendo calles y recogiendo a gente que se une para marchar en procesión, parar y bailar, cantar, hacia la casa 'mapila', en cuyas puertas bailarán toda la noche. Toda una gran fiesta y alegría para apoyar la dolorosa circuncisión de los niños, que tiene lugar sin anestesia ni higiene. Un chico que habla bien inglés me pregunta qué busco, qué hago ahí, y ante mi interés por aprender sus tradiciones, decide que está bien y se ofrece a protegerme. - No puedes estar solo aquí, tú no entiendes nuestra cultura, puedes hacer algo equivocado y meterte en problemas. Estoy con ellos una hora más, y cuando decido volver se ofrecen a acompañarme por si no encuentro el camino. Cerca del hotel, se cruza un coche y para. Es el manager, que me está buscando. '¿Cómo estás? ¿por qué has ido solo? - Estoy bien, estoy con estos amigos. - Monta en el coche, en estos días la ciudad no es segura. Insisto que estoy bien.

- Hay mucha magia en la noche, mucha gente mala, yo conozco lo que pasa aquí entre nosotros. Tú no conoces la cultura yao. Insisto y finalmente del coche sale un vigilante del hotel que viene con nosotros. Tras despedirme de mis amigos, dentro del hotel el vigilante saca una porra antidisturbios debajo de su chaqueta y me sonríe. Me mira perplejo cuando le cuento que he estado en la casa 'mapila'. Entro en la tienda, y sin poder dormir escucho el sonido de los tam-tam como si estuvieran a la puerta. En la noche los tamtam viajan lejos. Los oficiales de inmigración suben a bordo y tras chequear los documentos de los africanos que desembarcan, preguntan si algún turista se baja ahí. - Si, yo me bajo -contesto. - ¿Tienes visado? -y veo cómo el oficial abre una pequeña carpeta con varias pegatinas verdes, el dichoso visado mozambiqueño. Mis amigos levantan sus pulgares. - No, necesito uno, por favor. - Muy bien. Son veinticinco dólares. - Oh, verá, no tengo dólares, pero tengo meticais, pues ya he estado en Mozambique antes. - No, no. Lo siento. Ha de pagar en dólares o en rand sudafricanos. No sé si presionar, pues bien contento estoy de conseguir visado, pero, vaya a saber uno por qué motivos, la pegatina cuesta la mitad si se paga en moneda mozambiqueña. Pruebo otra vez. - Por favor, entienda que no tengo más dólares.

- Lo siento. Ha de pagar en dólares o rand. Esto es algo que no se debería hacer cruzando una frontera, pero África es relajada, y en ese momento se me viene a la cabeza una canción mozambiqueña que estaba de moda, y me pongo a cantar. - 'Se você tem um bom coração, ajude o seu amigo...' Los oficiales y la gente del Ilala se ríen y se ponen a canturrear todos a coro, casi bailan. La situación es divertidísima, y el tipo, ante la presión de sus compañeros, finalmente sonríe y consiente en aceptar mis meticais. No todo acaba ahí. Cuando bajo mi bici a la barcaza que debe desembarcar en la orilla, descubro que es una patera en mal estado con capacidad para veinte personas, donde ya hay treinta y dos africanos con sus mercancías. El nivel del los bordes de la patera está a unos escasos centímetros del agua. - ¿Qué? ¿Regresas a Malawi con nosotros? -me pregunta Kevin, un australiano. - Ni hablar. Al abordaje. Y en delicado equilibrio, la patera llega perfectamente a la orilla de una hermosa playa con cocoteros. Cobue tiene una vista de millones de dólares y es un remoto culo del mundo. Duermo en la playa, y al día siguiente voy al mercado donde no encuentro nada más que pan cocido sin sal, al que me acostumbraré pronto, pues la sal es muy cara en esta parte del mundo y ellos son, muy, muy pobres. Junto a una iglesia vacía abandonada, de enormes ojos negros por todos lados, tomo un pequeño sendero que me dicen es la carretera a Lichinga. Son doce kilómetros de 'mato' empujando la bici hasta llegar a un sendero donde puedo empezar a pedalear. Atravieso cincuenta kilómetros de sabana y por fin doy con un valle

poblado, puedo comprar comida, y la pista se hace apta para coches. Es la tierra de los yao mozambiqueños, que están de fiesta: los niños vuelven del 'mato'. Aquí, en la provincia Niassa, la iniciación yao lleva dos meses y se realiza en algún lugar retirado de las aldeas. Siempre que paro en una aldea me invitan a unirme a la fiesta, todas las casas tienen bebidas hechas tradicionalmente, con mucho alcohol, aunque nunca averiguo con qué las hacen; en fin, mi estómago es fuerte. Las mujeres tratan de enseñarme ese grito oscilante, tan típico en África y Medio Oriente, que se consigue poniendo la lengua en 'U', lo cual me lleva a hacer un ridículo espantoso y todos nos reímos. Mostrarles que los europeos no somos tan listos como piensan es una de las mejores formas para romper el hielo en África. Y llego por fin a Lichinga, una ciudad donde tienen un avión estrellado en un parque, y que es el comienzo de la tierra de los macúas, una tierra que los propios mozambiqueños consideran pobre y atrasada; para echarse a temblar… Veo a una señora en una aldea que está friendo patatas con dos tablones bajo un árbol. - Buen día, Mama, déme diez meticais de patatas fritas, por favor. Al rato, la señora me las sirve en un platito de plástico, y veo que no tienen sal. - ¿Me puede dar un poco de sal, por favor? La señora me trae otro platito de plástico con un poco de agua. - Perdone, no es agua lo que quiero, sino sal. - Eso es sal, señor. Sal diluida en agua, la sal aquí es muy cara. Sin saber qué decir, salpico mis patatas fritas con unas gotas de agua salada.

Nampula será el lugar donde vuelva al asfalto dos semanas después, casi en la costa. Por el camino: arena, piedras, yaos, macúas, 'pao con manteiga' sin sal y problemas con la bici y el agua. Dos semanas de viaje por una de las tierras más olvidadas, que dejan huella en cualquiera. El charco juega con las manos de los niños, niños felices ciegos ante su miseria. De la oscuridad de una puerta, una mano oscura extiende una panocha hervida que relampaguea; los granos se arrancan entre las pequeñas manos, y con el morbo del dolor y la muerte, la serpiente del cólera se agita dichosa en el charco. Alcohol de boca en boca, de hombre en hombre, consuela la impotencia de los miserables, evapora las escasas ganancias y mina el futuro. Al mismo tiempo, doce hijos sedientos de ropa juegan en la noche con una pelota de trapo, mientras la malaria escoge al más débil. África, como Dios, exalta la limosna; un deber, una virtud, un disfraz de fraternidad de los que tenemos más a los que tienen menos. Una norma que perpetúa injusticia y desigualdad, un axioma para no ser nunca iguales; limosnas como estacas en la roja tierra, estacas que forman un muro con resquicios para mirar allí fuera donde la vida es bella, muro que esconde las bocas hambrientas y desdentadas. Pasa un blanco pidiendo techo, sale cara; cientos de perlas brillan, manos que se ofrecen, puertas que estuvieron cerradas se abren alegres. Pasa en pena un refugiado negro, sale cruz; cientos de lenguas que separan tribus, leyendas negras, y el cobarde miedo al otro, vuelven a cerrar las puertas. Una marca rasgando el rostro, una parentela, será un odio ancestral que mata cruelmente, o una mano tendida para remar juntos

por los ríos de sangre donde navega África. Pájaros azules, pájaros rojos de negra cabeza, picos pequeños, grandes curvados, no cesan de cantar. Enormes colas visten de frac a los músicos de la vida, ellos visten de esperanza los días de la tierra olvidada. Falta de todo, y a veces, hasta lo básico; es una zona que me hace recordar al peor Sahel o al Congo. Gente llagada, herniada, con enfermedades espantosas como el 'pie de elefante', donde por toda cocina utilizan la llanta usada de un coche. Al parar en las aldeas, las muchedumbres me rodean con expresión boquiabierta, con una autoestima por los suelos, incluso algunas mujeres mayores se paran a saludarme arrodillándose en el suelo, lo cual no me hace gracia ninguna. O niños que salen huyendo si me los encuentro en un tramo solitario, temerosos del 'Coco', pues en África, el 'Coco' es 'el blanco que vendrá a chuparte la sangre si no eres bueno'. En los mercados no hay nada que no sean tubérculos locales o conservas caducadas, escasas y caras para ellos. Carreteras llenas de arena, sin tráfico alguno; encuentro gente esperando desesperada un transporte para ir al hospital de la misión con una terrible herida, y no pasa nadie en horas, sólo moscas, el silencio, la calor… Si detengo mi bici, lo que escucho es el sonido de una tierra abandonada a su suerte. Es una región de momentos duros, no para un viaje de confort. La suciedad constante en la que estoy hasta el baño de la tarde -un barreño con quince litros de agua-, hace que sea un mal lugar para las heridas que la bici crea; si la tapas no se curan, si la dejas abiertas se infectan. La falta de fuerzas por la mala nutrición, la pista arenosa, la bici y sus fracturas en las parrillas, los parches de mala calidad que se despegan y me hacen arreglar el mismo pinchazo cinco veces al día, todo ello con las malditas moscas en los ojos y a 45 grados... en fin, a veces me pueden, me tumban un rato. Entonces, surge del 'mato' un niño que va a con un enorme ramo de troncos en la cabeza que pesan más que él, y verle, tan canijo, malvestido, descalzo, me hace hervir la sangre. Me levanto y sigo camino,

apretando los dientes de rabia. Sobrevivo, yo puedo comprar las conservas caducadas, pero siento los niveles de vitaminas y de salud bajando día a día. También tiene su lado de maravilla, algo sonríe en un rincón del alma pasando noches y noches sin más luz que la claridad de la luna. El trato tradicional y exquisito de los jefes, cuando paro a dormir en las aldeas. Una fiesta con xilófonos de madera, danzas y wiski 'mac', que me lleva a algún lugar atávico, muy lejos de lo que soy. Y gente que aparece de la nada para intentar ayudarme con mis problemas mecánicos. Dos semanas en las que África me tinta la piel con su roja mano, con su lenguaje duro y sin palabras, directo al corazón. Días más tarde, en el descanso de Ihla junto al Índico, mi piel todavía anaranjada me recordará la tierra de los olvidados. Cuando llego a Nampula, de regreso a cierta civilización, me reencuentro con dos españolas que conocí fugazmente en Sudáfrica, Montse y Marimar, profesoras en excedencia, y quedamos en vernos en Ihla. Está ahí al lado, un par de cómodos días pedaleando por asfalto. Ihla es mágica. África no atrapa precisamente por sus ciudades, pero el decadente abandono de los caserones portugueses, fachadas desconchadas mostrando antiguos amarillos, rojos, azules; los 'coqueiros' esbeltos sobresaliendo de los patios, papayas asomando por las ventanas, raíces creciendo en los muros como si la tierra las agarrase con rabia. Hay habitaciones en las que todavía quedan algunas teselas portuguesas mirando al cálido Índico por una ventana sin cristales, y preguntándose dónde estarán sus muebles y los hombres que las habitaron... Es una ciudad especial, pues los macúas no ocuparon estas casas, como solía ocurrir tras la colonia, y las dejaron al antojo del paso del tiempo. Ahora sí, algunas de ellas se han reformado y convertido en museo o en caprichoso hotel, pero la mayoría siguen abandonadas o mejor dicho, habitadas por los árboles y plantas que crecen en ellas. Con Montse y Marimar paso una semana de risas, pescado fresco a la brasa, y cervezas 'Dois M' en el tejado de casa Luis, junto a la mezquita, mientras por el altavoz los macúas

aprenden a recitar en árabe, equivocándose una y otra vez. Es Ramadán, pero con la naturalidad mozambiqueña, por el altavoz llegan también sus carcajadas cada vez que alguien mete la pata, y que nosotros festejamos brindando con 'Dois M'. En días como estos, me siento el hombre más rico del mundo. Todo el planeta es mi jardín y mi casa es tan poca carga que puedo llevarla en una bicicleta, mis ataduras son tan suaves que puedo dejar un lugar hermoso porque viajo hacia otro. Y el camino es generoso en encuentros, aventuras y aventurillas. O al menos, es lo que me suelo decir cuando me cuesta abandonar un lugar... Pongo rumbo norte entre estos macúas del litoral, cuyas mujeres se pintan la cara de blanco, y paso buenos ratos entre fiestas tradicionales, música, y ríos de bancales arenosos que me recuerdan al Níger. Según me acerco a la tierra Makonde, aparecen mujeres con el rostro cruzado de escarificaciones. Las makonde tienen fama de poseer unas costumbres sexuales muy particulares, y cuando en una parada para comer charlo con unas chicas, les pregunto. Se mueren de la risa. - ¿Tú cómo sabes eso? -y no quieren aclararme nada, pues creen que si hablan de eso caerán desmayadas. Es uno más de tantos tabués que rigen la vida en África; vida que es, a la vez, sencilla y reglada. Una noche dormí en la casa de un chico que se acababa de independizar de su familia. Aquí no se esperan a tener los muebles de Ikea y la hipoteca, sino que con bambú y adobe se hacen una casa y el lugar indicado por el jefe será su 'chamba' para plantar mandioca. Esto habla de la sencillez africana, y también entre lineas, de la parte reglada, pues en este continente no se hace nada sin consentimiento del jefe. 'En África, cuando el jefe habla, el jefe ha hablado' decía con arrogancia, el dictador zaireño Mobutu Seseko. Y por desgracia, no le faltaba razón. - Aquí, la esclavitud es parte de la cultura -, me cuenta durante una cena el viejo padre Gino, que suelta unas cosas por la boca no demasiado habituales entre misioneros. También me da un

consejo que no es la primera vez que oigo: 'No hables de ciertas cosas cuando vuelvas a casa, te llamarán racista'. Paro en unas casas junto a la carretera, donde venden algo de azúcar y botellitas de whisky 'knock out'. Pregunto por el 'régulo'. - ¿Para que precisa? - Quisiera pasar aquí la noche. Rápidamente alguien se ofrece a acompañarme y dejamos la carretera para adentrarnos en la aldea africana. Pasamos un par de chozas vendiendo bolsitas de detergente 'omo', bolsitas de aceite de palma, y varios paisanos sentados en unos troncos bebiendo 'zurra' (vino de palma). Vamos por senderos de arena que cruzan plantaciones familiares de mijo, papayas, coqueros, mandiocas, papa dulce, piñas, naranjos, mangos.. que mi amable guía me va explicando. - … y de ese fruto hacemos aceite; si, se parece al anacardo pero no es. Y llegamos a la casa del líder. Setenta años de vida rural africana y hospitalidad me saludan ceremoniosamente, y me ofrece sitio para mi tienda, un cubo para el baño, y cena, si es que como comida local. Al ocaso, esa calima que tiñe de dulce rojo tantos lugares de África, hace del sol una naranja enorme y los 'coqueiros' cortando el horizonte crean una estampa deliciosa. A la noche, el 'régulo' me dedica su tiempo, charlamos. - ¿Qué es importante aquí, 'senhor' Antonio? - Trabajar en la 'champa'- responde sin dudas -Todos los días; también ir por agua, construir y reparar la casa (varias chozas redondas para diferentes funciones), ganar algo de dinero para comprar azúcar y gasolina para el candil... Su charla es firme y segura... 'Enseñar el respeto a los niños, sobre todo ahora con los nuevos tiempos; en los funerales tener suficiente aguardiente para toda la aldea,… hum ¿conoces? lo hacemos con eso que llamamos aquí 'uva'. Espera...

Puf, duro de tragar, pero un delicioso sabor a romero se queda en mi paladar tras el chupito de fuego. - En fin, eso es nuestra vida africana, una 'boa vida', tenemos de todo. Paseo por una ciudad ya de noche. Unos niños vendiendo huevos cocidos y manzanas me saludan; me vieron antes en el mercado con la bicicleta. Me siento con ellos y charlamos. Rápidamente, Alberto saca bajo su culo un cartón y me lo ofrece. Valdinho es el más grande y espabilado, aunque con dificultad hacemos cuentas para concluir que cuando venda los treinta huevos sacará un neto de cincuenta meticais, un euro y medio. - ¿Qué haces con el dinero? Sonríe relamido, algo tímido. - Cuando tengo doscientos meticais compro algo de ropa, o para el móvil, patrón. Ambos podrían ser alumnos de primero o segundo de la ESO; nada anormal en sus gustos, pues, salvo el medio que les rodea. Alberto se estremece de vez en cuando quejándose de un frío inexistente. Huérfano, como miles de víctimas del Sida, malvive no me quiere decir dónde, - 'estoy trabajando mi casa, patrón' - y gracias a una tal Yolanda, tras la escuela vende manzanas. 'Esto es sufrir, patrón'. Cuando Alberto entra en la 'padaria', Valdinho me susurra que su patrona le pega si no vende bien las manzanas, y que él sí tiene padre y madre, lo cual en el ámbito de la calle es algo para presumir. Sale Alberto con sus dos panecillos de a 'un meticai'; es su cena... 'esto es sufrir, patrón'. Varias veces miro su cena, dolido, y Alberto me malinterpreta y me abre la bolsa ofreciéndome. Me niego con una sonrisa y el corazón me palpita por su generosidad. Ver un elefante me altera menos. Llegan otros chicos más afortunados, que quieren comprar huevos; me ofrecen uno, 'voy a pagar yo, patrón', insisten ante mi negativa. En el sur mozambiqueño se acostumbra a mentir para ocultar que se pasa hambre, algo nada común en África, y pese a que soy blanco, desconfían de mi sinceridad.

A las ocho recogieron su negocio con su cantilena llena de sonrisas, 'esto es sufrir, patrón', y nos despedimos. Había mucha luz en esa oscura calle. Pemba no es el paraíso de cocoteros que me esperaba, pero es un lugar agradable para esperar la extensión del visado, y volver a encontrarme con Montse, Marimar, y otro par de viajeros sin billete de regreso; este rincón de Mozambique está muy aislado para unas vacaciones cortas. Seguir hacia el norte, a Tanzania, limita a quienes no tienen su propio transporte. La región de Cabo Delgado, la tierra Makonde, es uno de esos remotos reductos africanos donde los animales comparten suelo y vida con la gente. George, el australiano que lleva el cámping de Pemba, lo conoce muy bien y me habla claro. - Hay muchos leones. Todos los años hay decenas de locales comidos, y los elefantes son muy agresivos con el hombre por haber sido diezmados. Ten cuidado, no acampes. Y olvídate de cruzar por Mueda, cruza el Ruvuma por la costa. Efectivamente, cuando llego al final de la carretera y comienza una pista arenosa, en Macomía, unos locales me avisan de que no acampe. - El año pasado aquí no hubo problemas, pero hace dos años tuvimos cuarenta muertes. El problema con el león y el hombre es el sabor de la carne humana, que tiene sal. Una vez el león la prueba, se convierte en un come-hombres, y no para hasta que dan con él y lo matan. - Pero todavía no es la época, - me dirán en Mocimboa da Praia- es con las lluvias que vienen a la 'machamba' y se comen las vacas. El conflicto hombre-animal se extiende también al elefante, cuya muerte está penada. Los elefantes arrasan por donde van, destrozando árboles y sembrados, y claro, ésto incluye los cultivos de maíz de los makonde, que se ven indefensos, sin

poder proteger sus tierras, ni luchar contra los elefantes. No hay seguros que cubran el daño, nadie está interesado en ayudarles... demasiado lejos de todo. Los makonde resultan ser de lo más simpático del país, pese a su fama de aguerridos, que viene de tiempos de la colonia, y su costumbre de afilarse los dientes como tiburones, algo que ciertamente impresiona. Gente sencilla, muy tradicional, tatuados, a veces con unas escarificaciones terribles en el rostro, muy bailongos y hospitalarios. Las mujeres se hacen en los labios un par de agujeros que les sirve para una curiosa costumbre: cuando se enfadan, como protesta se colocan un broche de madera que les cierra la boca. Cabo Delgado es además, una región fértil, de bonitas aldeas llenas de coqueiros, mangueiros, cashueiros; vida sencilla y bucólica donde no hay apenas basura porque todo se reutiliza. Y la pobreza que en otras regiones mozambiqueñas es alarmante, aquí se percibe menos gracias a una naturaleza generosa. Palma, el último pueblo al norte del país, donde acaba la pista y el escaso tráfico que llega aquí -un coche o dos al día-, me deja sin palabras. Es un poblado pesquero idílico, en una bahía salpicada con cercanas islas de arena blanca y cocoteros. Aquí paso Eid al fitr, el final del Ramadán, invitado por el administrador; interminable comilona para muchos parientes y amigos, en la que puedo ver cómo oran y pasan la fiesta las mujeres, llenas de ropajes coloridos, algo que entre islámicos del otro continente está vedado al infiel. Tras un par de días de fiesta, me dirijo a la famosa frontera del río Ruvuma, que no aparece en ninguno de mis mapas. Para ir en bici, la realidad es peor que su reputación. Un infierno de cincuenta kilómetros pedaleando con dificultad, o empujando la bicicleta por una arena que arde, mientras esquivo mierdas de elefante, huellas de león, miles de moscas, con un fuerte olor a vida salvaje que me anima a no parar, sino llegar cuanto antes a la frontera. Llego, exhausto, a 48 grados, y me tumbo bajo un mango tan cansado que ni los oficiales vienen a chequear mi pasaporte. Cruzar el Ruvuma es una dificultad más, me piden demasiado

dinero para la canoa. Les digo que no, que acampo y espero a que llegue el ferry al día siguiente. - Por la noche vienen aquí los elefantes -y me señalan el suelo lleno de huellas y monstruosas cacas. - Muy bien, tomaré fotos. Finalmente, se creen mi intención de dormir en la playa, y me dejan ir con una canoa que regresa a Tanzania de vacío. Así pues, duermo en el lado tanzano del Ruvuma, donde los hipopótamos roncan y pastan cerca de mi tienda. ¡Viva la seguridad! Cuando ni los misioneros se quedan... Ihla de Mozambique. Play Pause

TANZANIA. Kuruya, como cada mañana, no desayuna. Es de noche aún

cuando sale de su casa y sólo las mujeres más madrugadoras comienzan a barrer las 'nyumbas'. Mientras carga sus sacos de maíz y arroz en una carretilla, los pájaros y el fru-fru de la retama limpiando el suelo advierten que un nuevo día amanece en África. Otro duro día mas. En el camión se reúne con sus compañeros de trabajo. Entre risas y saludos, se preguntan rutinaria y ceremoniosamente por la familia y la noche. Igual que hicieron ayer y antes de ayer. Como harán mañana. Hoy, martes, van a Chambala, que no está lejos de Babati, su hogar y un importante centro de comunicaciones en el desolado corazón de Tanzania. Treinta y cinco kilómetros de carretera algo embarrada por la lluvia nocturna, sentados sobre sus mercancías, sabiendo que el sobrecargado y chatarroso camión puede fallar en cualquier curva. Más otros doce kilómetros por una pista local, en la que piedras y escalones les hacen saltar agarrados a las barras para no caerse, tan estrecha que las ramas entran en la caja del camión buscando golpear al más despistado. En Chambala esperan su día de mercado. Traen ropa, sandalias, maíz, arroz, mijo, tabaco, té, y un extenso surtido tipo 'todo a cien', en donde hay desde termos a un par de amarillos cuadernos de escritura. Cuando el camión regrese al caer la tarde, Rosina tratará que Kuruya le lleve a Babati unos manojos de bananas y un cesto de aguacates, los venda más o menos bien, y le traiga el dinero al martes siguiente. Atrás quedará un día más de mercado en el que los beneficios son mínimos, dan para subsistir mañana. Un día donde se pasa el tiempo bajo el sol, la lluvia, el aburrimiento, la comida posiblemente contaminada, y el agua con certeza. También hay sitio para el comadreo, para tomarse la miseria con un sentido del humor admira-envidiable, para sentirse seguros entre su gente: formas de pensar, sentir y actuar conocidas, tradicionales, donde todo es igual que ayer y nadie esboza una idea distinta que pueda hacer diferente el mañana. Los móviles a los que nadie llama, los vaqueros, la radio, la coca-cola, no son más que un frágil barniz sobre los muebles de los abuelos. Madera firme en el África rural.

Tal vez Halifa, que consigue en el mercado de Moshi ropa donada por los 'wazungus' a un precio barato, y la vende sacando cuatro partes de beneficio, consiga hacer realidad su sueño, ahorre y compre un Toyota de sexta mano para taxi, que sí es un buen negocio. Y vivir fuera del vértigo que es preguntarse si mañana lograrás sobrevivir a la lucha. Bonna asiente, Halifa no tiene en Babati familia a la que estar obligado y puede ahorrar todo para él. Ella, en cuanto consigue ahorrar algo, un tío, un primo, viene y le pide para medicinas o para el uniforme escolar. No puede negarse. Siquiera es algo planteable. Cuestionar la 'familia alargada' africana es tabú de norte a sur del continente. La familia protege y también exprime al que es emprendedor o al que tiene fortuna. Halifa emigró de Moshi a Babati para estar lejos de los suyos y buscar aire para su futuro. Mañana, como Kuruya, como Bonna y los demás, irá a Giting por una carretera montañosa de espanto. Pasado a Ufana, y así día a día, todas las semanas. No puede ponerse enfermo. O sí, y también con la malaria destrozándole la cabeza irá de mercado en el traqueteo del camión. No puede pedirse un día libre, una excedencia. '¿Y por qué voy a sufrir ésto si he de darle mi dinero a alguien que está todos los días cruzado de brazos? Emigro y con suerte con la ayuda de Dios, dice - gano lo suficiente para poder ayudar a los míos sin quedarme yo vacío, y entonces ser respetado'. Quizás, el valor más deseado en África: ser respetado. Pequeños extraños y valientes cambios en la estática sociedad africana. Los viejos se quejan, pues pierden poder. Los niños ríen, pues son ajenos. Los jóvenes, sueñan. Las mujeres, trabajan. A la noche, en el bar de siempre en Babati, Kuruya y Halifa toman juntos una cerveza mientras un grupo de mujeres llevan veinticinco litros de agua en sus cabezas a casa. Celebran el fin de un día más en África. Otro duro día más. El sur de la costa swahili es una prolongación de las playas mozambiqueñas, cocoteros y arena blanca sin desarrollo alguno, e igualmente sin turismo, aunque la nueva carretera

está casi terminada y pronto la frontera de Mtwara estará comunicada con Dar es Salaam. Estos lugares remotos se llenan de anécdotas entrañables, como la noche en el hotel Old Boma, una antigua fortaleza portuguesa reconvertida a hotel de lujo, donde me dejaron acampar gratis en el jardín; o las cervezas con Giovanni, el eritreo negociante que me ha concedido la mano de su hija si llego a Asmara sin que me corten el cuello los afar… Pedaleo estos primeros días por Tanzania en alerta, temiéndome el terrible 'mzungu, give me money' de los niños, pero lo que me encuentro es un respetuoso 'shikamu bwana', el saludo reservado a la gente mayor. Es una cultura orgullosa de su lengua, de su forma de vestir, sus tradiciones, y me tratan con respeto y amabilidad. La comida es deliciosa, y el arroz hervido en leche de coco, un manjar, tan sencillo como exquisito; se come con la mano, como en toda África, y aunque tras el almuerzo me lave, el olor a coco se queda impreso por varias horas en mi mano derecha. Los mercados están bien abastecidos con leche fresca, yogur, frutas, zumos… aquí hay de todo, que es una expresión habitual entre ciclo-viajeros. Es una pena que el turismo en Tanzania se limite a los safaris y Zanzíbar, porque la costa swahili quedará en mi recuerdo como uno de los lugares más agradables de África. Y lleno de sorpresas, como Kilwa Kisawani. Esta isla, en la Edad Media fue una de las diez ciudades más ricas del mundo, y las ruinas lo atestiguan: piscinas octogonales, mezquitas, fortalezas, tumbas… un lugar apenas visitado por cien personas al año. Voy con un amigo francés, René, y tenemos que llegar hasta la casa del funcionario para despertarle, abrir la oficina y comprar los billetes… El vagabundo se detiene en Zanzíbar. En una calle aparece un 'caravanserai' con una hermosa puerta labrada; dentro, el clásico patio, las habitaciones de comerciantes que ahora están ocupadas por familias. Podría estar en Aleppo. Saliendo hacia el mar, los palacios de los sultanes omaníes de altas plantas, balcones y columnas, dan a la bahía Índica, pero podrían dar a la plaza del Imán Khomeini en Isfahán. Por un dédalo de

estrechas callejuelas aparecen celosías, ventanas geminadas, balcones que tocan al balcón vecino y protegen la calle del sol, y la madera huele a barrio otomano del viejo Estambul. En el interior de la Ciudad de Piedra, una habitación ofrece vistas en la última planta de algunas casas convertidas en hoteles, como 'mafrat' yemeníes donde mascar 'quat' al caer la tarde. Árabes, hindúes, africanos y su inevitable mezcla, viviendo en esta abigarrada arquitectura del Medio Oriente, llevan al vagabundo lejos de África, es un salto a otra civilización en un ferry de tres horas. En la mañana, un grupo de árabes me invita a tomar café con ellos; me transporto a su mundo de exquisita cortesía y sofisticada hospitalidad, son cientos de generaciones viviendo en la más transitada encrucijada del planeta. Cuando me despido, una de sus hijas se asoma para saludar y su mirada me retiene por unos segundos, hechizado; son cientos de generaciones conquistando hombres sólo con los ojos. Soñando aún con la judería de Damasco o con las insinuantes curvas que hay dentro de la 'habayya', me asalta un africano para venderme una baratija, un tour, lo que sea; descaro insultante o espontaneidad, según el punto de vista. Conforme se aleja me viene a la memoria la dignidad de los comerciantes persas en los zocos iraníes. Si África tiene una mirada limpia, Medio Oriente mira con elegancia y firmeza; si ésta es la sonrisa enorme, aquéllos son el saber estar. A la noche, en una estrecha esquina, unos hindúes me invitan a jugar al 'keram' con ellos en la calle. Y como la argamasa, lo que sostiene esta delicada armonía de diferentes culturas es el turismo, en uno de los más exóticos rincones del planeta. Pese a ser temporada baja, desde Essaohuira no veía estos grupos organizados que cenan en pizzerías, evitan mancharse las manos y se lavan los dientes con agua mineral. Más como siempre, fuera de las cuatro calles llenas de tiendas con baratijas para souvenirs, la vida es normal, la gente es cálida, y la conversación es el medio para conocerse, no para hacer negocio.

Un lugar mágico, Zanzíbar, y el vagabundo, antes de irse a descansar hacia alguna playa de anuncio, todavía se queda unos días en este rincón del mundo donde cada calle atraviesa una frontera. Y por fin, llego a Zanzíbar. Que no todo va a ser empujar la bici entre arena y moscas. Zanzíbar… durante semanas previas sólo pronunciar ese nombre me relajaba. Arena fina y blanca como polvo de talco, mar turquesa bellísimo, peces de colores en los arrecifes de coral, y... eso es todo. Tras cuatro días tumbado al sol y bañándome en ese paraíso tan anhelado, de repente me descubro aburrido y deseando coger la bici para cruzar el Parque Mikumi y quitarme moscas tse-tsé de encima. Quien nace tonto, muere tonto, que decía mi abuela. Quien no sabe jugar bien al ajedrez llega a un momento de la partida en el que necesita tiempo para pensar. Detenerse. Las piezas ya no están en su lugar de inicio ni volverán a estar; algunas yacen caídas como columnas romanas fuera del tablero, víctimas del juego. Hay un caballo demasiado nervioso por dar jaque, una reina que impone su poder, y un alfil pequeño pero certero empieza a ver camino abierto. Hay que detenerse porque lo que antes era futuro, ahora está ahí al lado, y hay mucho en juego. Un viaje que no merece ser vendido en un mercado, ¿cuál es el próximo movimiento? Volar a la India tras casi dos años en África es una tentación irresistible. Una cultura nueva, la novedad y el asombro otra vez en la rutina. El paso por la península arábiga tiene dos desiertos hostiles a las bicis y conflictos locales. Más, siempre hay luz. Como una puerta que se abre cuando dos se cierran, Sudán cambia de embajador en Addis Abeba y ahora expide visados de catorce días. Al igual que en Angola, cuando del 'no rotundo' que te tumba de impotencia se pasa al 'sí y vale tanto', uno recuerda que todo lo que puede pagarse con dinero es barato, y que el dinero sólo sirve para eso, para comprar lo que tiene precio. El camino a Japón por el norte africano, las milenarias tierras árabes y el Kurdistán hacia la Ruta de la Seda parece el más

despejado a largo plazo. Supone también atravesar las tierras sin ley del norte keniata, cruzar bajo pedradas Etiopía, sufrir el Sáhara una segunda vez, los vientos de 'la Bañera de Ulises', la inestabilidad kurda… 'Quien no quiera que le maten a la reina no debería jugar al ajedrez', me advirtió hace tiempo un tipo duro, con la impiedad de un colmillo. Tomar un avión a Mombay es fácil, barato y el exótico Sureste asiático susurra qué demonios haces comiendo judías y escuchando el atronante hip-hop africano. Pero también suena al que se levanta de la mesa en un momento difícil de la partida y pide tablas. No hay premio final para el que se retira, ni para quien tiene miedo de ver su reina tumbada fuera del tablero, como una columna romana. Y jamás sabría que explota en mi corazón entrando en Cairo tras cuarenta mil kilómetros en África. La vida a veces te besa en la boca, a veces te acorrala, y el camino se puebla de lestrigones y cíclopes. Los amigos preguntan qué masoca placer encuentro en atravesar desiertos, miserias y tierras inseguras. Y Kavafis reaparece en el momento oportuno, 'Cuando emprendas tu viaje a Itaca pide que tu viaje sea largo, rico en experiencias y aventuras…' No hay premio para quien vive con miedo, ni para quien deja de vivir por miedo y aunque Octaviano llegara para dar fin a Marco Antonio, la muerte no pudo despojarle de haber tenido a Cleopatra en sus brazos. Hay momentos que justifican una vida. Decir un día lo que escribió García Montero, 'me basta la vida para justificarme'. Regreso a Dar es Salaam y tras detenerme en una tienda india de bicicletas, donde me regalan varios repuestos, incluyendo parches y pegamento que pega -eso aseguran-, me dirijo al Mikumi, el único Parque tanzano donde se puede entrar con bicicleta. O no. Depende de la suerte y a quien te encuentras en la entrada. No me encuentro a nadie. Y es kilómetros después, contemplando a unos elefantes que están bastante cerca de la carretera, cuando un ranger se acerca.

- Buen día. Karibu sana (bienvenido) - Buen día, asante sana (gracias). - Es peligroso estar aquí con una bicicleta. Hay leones, ¿no se lo han advertido en la entrada? - Si, pero son pocos kilómetros. En una hora salgo -miento como un bellaco.- Son pequeños estos elefantes, ¿verdad? - Si, son crías, no hay ningún macho grande por aquí ahora. Están lejos. - ¿Puedo acercarme? - Ni hablar -me contesta riéndose, - anda, monta en la bici y sigue camino, que yo no te he visto. Veo muchos elefantes más, y muy cerca, pero ningún macho de grandes colmillos. Por lo demás, sólo jirafas, gacelas y un búfalo que estaba a unos cien tranquilizadores metros. Nada más. Por una carretera asfaltada, continúo viaje hacia el centro de Tanzanía, a Dodoma, la nueva capital. Y conforme me alejo de la costa cruzo una sucesión de diferentes ecosistemas en pocos días. De los cocoteros a la sabana de miombo, después a los bosques de baobabs, y finalmente a la sabana árida de acacias parasol. Es un lujo viajar en bicicleta y cruzar el mundo a un ritmo que el ojo pueda asimilar, sin prisas, viéndolo todo. También esa lentitud a veces se torna en mi contra. Al dejar atrás Dodoma para ir hacia Moshi y safarilandia, cruzo una de las peores carreteras del viaje: seiscientos eternos kilómetros de pedregales y arena que me lesionan un cuádriceps. La bici también se resiente de la dureza y tengo un instante de gloria en plena sabana, con una vara de la parrilla trasera rota y metida entre los radios. Un absoluto estropicio. Las moscas, contentísimas de que me detenga, aprovechan para atacar sin piedad. Trato de arreglarlo provisionalmente, lo más rápido posible, pues a 45 grados y con cientos de moscas buscándome los ojos, la nariz y la boca, lo que más deseo es pedalear y que cierto viento me alivie el número de molestos

insectos. Son ratitos como éstos, los que a la caída de la noche, tras el baño, hacen de una cerveza un brindis por la vida. África es un inagotable generador de problemas, y solucionarlos, uno a uno, genera también un inagotable entusiasmo. 'No son problemas, son retos', me recuerdo. La vida es intensa. Tanzanía es un país muy estético, con hermosas zonas para acampar. Mucho paisaje de infinito horizonte atenuado por la difusa luz africana, que hace imposibles las fotos pero que enamora al ojo. Paisajes inmensos de acacias salpicadas, baobabs, tierra roja deshabitada, y esa calima flotando que parece el aura de la Tierra. Tal vez sea eso lo que se agarra en el corazón de quien visita este continente. Los ojos miran una tierra sin hormigón ni asfalto, pura naturaleza donde las casas se hacen de barro, madera, y con las manos; parece como si toda la energía del planeta hubiera huido de Occidente para estar aquí en paz, para respirar libre de calles asfaltadas. Cuando llega la noche, pese a la dureza y las malditas moscas, estoy contento de haber pasado un día más aquí. Y más que problemas con animales famosos, son enjambres de abejas, hormigas que devoran mi tienda, lombrices que buscan su hogar entre la uña y la piel, o una tierra tan caliente que me parece dormir con la espalda en un radiador. Ya cerca de Moshi, la sabana me regala una imagen inolvidable, bajando a casa de un maasai para acampar, pues decía que había mucho 'simba' (león), y con elegancia, tres jirafas cruzan delante de nosotros como quien tiene preferencia de paso. Dejo mi bici en casa de unos 'Ingenieros sin fronteras' y descanso unos días, para recuperar mi pierna lesionada, entre Moshi y el lago Eyasi, una interesante zona de minorías tribales, de gentes con el rostro lleno de escarificaciones. En Moshi, a la falda del Kilimanjaro, conozco a John, un fotógrafo que me recomienda ir por las pistas al sur del Parque Amboseli. - Allí verás los mismos animales que en Amboseli, pero gratis, no es Parque y tampoco hay barrera natural que les impida moverse de un sitio a otro. Ten en cuenta que es muy arenoso

para ir en bici, y hay leones. Avisado estás. Me olvido de mi pierna aún renqueante, y marcho hacia el norte con un mapa dibujado en un papel por John. Once kilómetros antes de llegar a Longido, cerca de la frontera con Kenia, efectivamente hay una pista de arena que se dirige al este, 'John, eres grande'. En plena safarilandia con una bicicleta. Qué espectáculo. No sólo es el número incontable de jirafas, cebras, antílopes, ñúes, sino el paisaje y los auténticos maasai de lanza en mano, pues hay mucho 'simba'. Uno de ellos, orgullosamente me muestra las marcas de la mordedura de un león en su pierna derecha y con gestos me cuenta como lo degolló y salió vivo. No es el único. La tradición de esta tribu exige enfrentarse con un león al menos una vez en la vida. Gente brava estos maasais, tipos duros. Pese a ver muchas cacas de elefante, no doy con ninguno, y al llegar a Tinga Tinga, una aldea maasai en medio de mi papelmapa, me dicen, 'ahora deben estar allí, en aquella colina'. Y allá me voy con cinco de ellos, como unos amigos que se van de paseo al campo. Nos cruzamos con un niño de diez años que regresa a la aldea con el ganado, y por toda respuesta el chaval señala con su bastón una colina. Una hora más y los vemos desde la colina: una manada de veintiséis elefantes, con muchos machos adultos. Bajamos y contra el viento nos acercamos hasta unos veinte metros a dos enormes machos que han estado peleando, uno de ellos ha perdido un trozo de colmillo, que está en la yerba. Enormes colmillos que llegan hasta el suelo, impresionantes. Los maasai no quieren acercarse más pues esos machos están excitados, son auténticos monstruos, y aunque el elefante no ve bien, somos muchos, y empiezan a olernos y a trompetear. Es realmente emocionante: si cualquiera de ellos carga contra nosotros, nos destroza. A la noche, me río con ellos, cenando un engrudo de judías. Desde ahí enlazo con la carretera que rodea al Kilimanjaro. Es el África de Karen Blixen, espectacular. Días maravillosos en medio de la belleza y haciéndome fotos con las jirafas, que son curiosas; si me quedo entre ocho o diez metros, ellas se quedan también posando y preguntándose quién será ese vecino nuevo.

Al bajar desde el Kilimanjaro a la sabana del Amboseli, entro en Kenia y dejo atrás Tanzania sin haber sufrido sus famosas amebas ni su malaria cerebral. Todo lo contrario, uno de mis países favoritos.

Zanzíbar, existe. Isla Kisawani. Play Pause

KENIA. El peregrino saborea un capuccino delicioso en uno de los castillos fluorescentes de Nairobi. Los centros comerciales no aparecen en los mapas ni se paga visado a sus puertas, pero

son ajenos al África; climatizados, pulcros, bien surtidos de productos occidentales a precios desorbitados. Fuera, al sol, se venden panochas de maíz asadas a diez chelines. Dentro, en el Dormans, con aire acondicionado, un capuccino cuesta ciento cuarenta. Pero en esta ocasión, al peregrino le importa un comino la isla y su entorno, ha vuelto a despedirse. Cinco mil kilómetros al norte, los monjes de Mar Musa se reúnen para comer. El desierto sirio sobrelleva como puede el barullo intramuros de aperos y rezos hasta que se apaga y regresa el silencio. Un silencio tan inerte que reta la existencia de ese lugar. Desde hace mil quinientos años el calendario en Mar Musa se mide por los peregrinos que llegan caminando, y sus huellas entre las piedras del camino desmienten las apariencias: el tiempo pasa, el lugar existe en un rincón del mundo. Las notas caen como hojas desde la enorme acacia parasol; ¿nos vemos otro día? ¿qué haces el fin de semana? La lluvia moja los papelitos sobre el sillín de la moto y la tinta azul estalla en círculos diluidos, despertando a media noche de un sueño absurdo. El norte y el sur son direcciones opuestas en los mapas; no way, bye-bye, go well. 'Otro peregrino se acerca', comentan las sombras del monasterio al caer la tarde. Les da igual que sea estúpido o ingenioso, rico o andrajoso, creyente o curioso. Llegará, será acogido, se irá, y ellas permanecerán en el mismo lugar otros quince siglos, esperando visitas esporádicas que marquen el paso del tiempo. Bye-bye, go well, enjoy, take care of yourself. Las palabras se dispersan como bolas de billar tras chocar en medio de la mesa. Lentamente, cada bola prosigue su dirección y se aleja del centro del juego. Los viajeros no tienen un rincón del mundo que ofrecerse, sólo un trozo de iceberg con una arroba en el medio. Han aprendido a valerse de los rincones del mundo para refugiarse y han aprendido que unas gotas de hielo no sacian la sed pero alivian los tramos de desierto. 'Vuelve cuando quieras', despiden calurosamente los monjes al

peregrino. El desierto asiente. 'Vuelve con tu mujer y en taxi', añade uno entre risas. Tras los buenos deseos, el peregrino emprende los catorce kilómetros hacia la carretera de Damasco. Piensa, 'sí, aquí estarán; si vuelvo algún día los encontraré igual que los dejo, y me abrazará la magia de sentir que el tiempo no pasa, aunque tenga pruebas de lo contrario.' Un refugio contra el paso del tiempo. 'Todo el planeta es mi jardín', recuerda sonriendo el viajero, con espesa espuma de café en los labios. Desde flamboyanes a helechos arborescentes, desde selvas a desiertos. 'Y sin embargo no puedo sembrar nada; cosechar, menos. No puedo cuidar siquiera de unos geranios'. Asumir las reglas del juego no significa que las derrotas se lleven con alegría, y la felicidad serena de un hogar cálido, que tantas veces ha rechazado, ahora salpica cristales desde la mesa de enfrente que van a clavarse en las letras del verbo viajar. Atontado por el sol, el peregrino piensa '¿cuánta gente habrá regresado por una segunda vez en estos 15 siglos? Debí haberlo preguntado a los monjes'. Curiosamente, si dos bolas de billar chocan en el ecuador, sus sombras también se dirigen en sentido opuesto. Una hacia el norte, otra hacia el sur. '¿Cuántas sombras se cruzan una segunda vez en la inmensidad del mundo?' se pregunta el viajero mordisqueando los granos de una panocha asada. En un par de días llego a Nairobi, que apodada durante muchos años 'Nairobbery', ahora presume de calles tranquilas. Segura o no, es una ciudad poco agradable, pero yo necesito darle un serio descanso a mi lesionado cuádriceps y he de esperar a un amigo que me trae repuestos. Ambas cosas son imprescindibles. Conocí a Carles en el lago Malawi, donde viajaba en todoterreno con unos amigos y me invitaron a una espléndida cena. Hicimos buena amistad y ahora regresa a Nairobi para otro viaje en coche. Le pido si puede hacerme un par de favores, y

Carles, sin dudarlo, me consigue un montón de repuestos a los que no tengo acceso aquí. Así pues, me instalo para pasar dos semanas de descanso y espera, Navidad incluida, en el cámping de Chris, una leyenda entre los motoristas. Es un lugar 'embudo', cuya dirección se trasmite de boca en boca pues no aparece en guía de viajes alguna, pero todos los que cruzan África en su propio vehículo lo conocen. Aquí nos encontramos viajeros con muchas historias, aventuras, sueños, sonrisas, y todos con la misma filosofía de disfrutar estos cuatro días en la Tierra tan lejos de las oficinas como sea posible. El comerciante indio me advierte: - Si te decides, vuelve el lunes, después es Navidad y el 27 son las elecciones, estaremos cerrados. El 28... no te puedo garantizar que Kenia siga siendo un país en paz, 'still Africa' me dice riéndose. Es una simpática muletilla que usan los expatriados, al igual que 'C´est l´Afrique' en los países de habla francesa. Incluso tras años de lo que se llama 'democracia africana y paz', nadie pone su mano en el fuego por el día que sigue a unas elecciones, y en verdad, el centro de Nairobi está tomado por militares en todas las esquinas para garantizar la calma. Estas elecciones se prevén movidas. Mi plan es cruzar a Etiopía por el lago Turkana, donde no hay frontera oficial, ni nada más que tribus aisladas, que viven robándose el ganado desde hace cientos de años. Carles y los repuestos llegan el 27, pero con este calentón pre-electoral no me atrevo a dejar el papeleo para el 28, así que pido en Inmigración que me sellen el pasaporte con la fecha que he calculado voy a cruzar a Etiopía, dentro de un mes. La ruta es prometedora. Chris es mi mejor fuente de información. Hace nueve años que no ha ido por allí, pero tal y como visten esos tipos no parece que las cosas cambien muy deprisa en el norte de Kenia. - Ve por la orilla oeste del lago Turkana hasta casi la frontera. No tiene pérdida - dice con guasa. Tiene unos cocodrilos enormes, y no es lo mismo tirarle piedras

a un dinosaurio de dos metros que a otro de cuatro. - Cuando las rocas -sigue- empiecen a hacerte la vida imposible tuerce por el matorral hasta dar con un camino arenoso, síguelo hacia el norte. La primera aldea es la última keniata, la segunda es la primera etíope. No sirven los dólares, has de cambiar chelines keniatas. Cuando llegues a Kelem tienes que buscar algún lugar para cruzar en canoa el río Omo, y después sigue hacia el este hasta que la carretera mejore y te encuentres en la ruta a Turmi, donde encontrarás a mujeres hamer pidiéndote que les hagas una foto y les des un birr. Ya estás en la civilización, no hay pérdida. Y estas palabras son toda la información que poseo de la zona, con las que me voy a aventurar en un desierto que no se debe cruzar en bicicleta. Al principio del viaje, la escasa información o contradicción, a lo que no estamos en absoluto acostumbrados los europeos, me producía inseguridad. Ahora, si bien no me gusta, estoy acostumbrado. Especialmente, me divierten los mapas dibujados en un papel y la información de boca a boca, como la que me da Chris. En las zonas remotas de África hay carreteras que aparecen en un mapa y en otro no; que existen y no están dibujadas, o están y no existen. Pueblos, ¡y fronteras! a un lado u otro de un río, señales de puentes en un mapa donde en otro hay una fina linea de puntos… Son consecuencia de cartografías coloniales repetidas sin comprobar, de guerras africanas y dejadez, de las necesidades de la gente para comerciar, de la ignorancia africana sobre aquello más allá de su región, 'still Africa'... Con la información de Chris y los diferentes mapas que he visto, elaboro un esquema de la zona con casi diez pueblos, de los que cuatro aparecen consistentemente, aunque no siempre en el mismo lugar. Del resto, me temo que su existencia es más sospechosa que la Atlántida. El 27, Carles llega con abrazos y los benditos repuestos, y tras un día de mecánica estoy preparado para salir el 28, pero siquiera llegar al lago Turkana va a ser fácil. Los días previos a las elecciones el ambiente ha sido muy tenso entre kikuyus y

luas, las dos principales tribus con candidato. Y el 27 en la noche se anuncia la previsible victoria del presidente actual, mister Kibaki, kikuyu. Nadie se sorprende, y todos saben que el recuento de votos va a ser fraudulento. Lo que sorprende a propios y extraños es la reacción enloquecida de los luas, nada habitual en una Kenia de años en paz. De la noche a la mañana, los indignados luas empiezan a perseguir y matar kikuyus en represalia, incluso llegan a quemar una iglesia donde se habían refugiado varias familias. Kenia se descontrola y comienza una espiral de violencia. Desde nuestro cámping, en una zona tranquila de la capital, escuchamos disparos esporádicamente. Tras tres días de violencia, el 30 en la mañana hay un ambiente de tranquilidad en Nairobi. Es domingo, y en la tarde se espera el resultado oficial de las elecciones; momento de tregua, pues, para que la gente vaya a misa en paz, y Chris aprovecha para echar a todo el mundo hacia Tanzania, donde estarán fuera de peligro tras unas horas de coche. Pero no todos, yo voy hacia el norte y Chris me aconseja que suba por las tierras kikuyu, por el monte Kenia. - Salva, no te juegues la vida. Si te encuentras con una muchedumbre de locos, en una bici no puedes hacer así - y me hace con la muñeca el gesto de darle gas a una moto. Yo quería ir por los lagos del Rift, pero es tierra de luas y decido seguir su consejo. Abrazos, buena suerte, adiós. A nivel electoral, todo sale como estaba previsto, y el domingo duermo entre alegrías y borracheras del pueblo kikuyu, encantado de que Kibaki siga en el poder, mientras que en los lagos y en Mombasa, la violencia regresa con más fuerza. Hasta Nanyuki, junto al monte Kenia, todo va bien. Nada parece indicar que en otras áreas el país esté ardiendo y las carreteras bloqueadas. La revuelta incluso afecta a Uganda, Burundi y Rwanda, pues el petróleo llega a Kampala desde el puerto de Mombasa, y nadie se atreve a meter un camión por esa carretera. Decido seguir con mi plan de ir al lago Turkana; estoy en el límite de la Kenia desarrollada y ahora comienza el norte, donde pokots, marakwets, turkanas, viven como hace cientos de años y pocos de ellos se interesan por lo que sucede allende su tribu. Las tribus nilóticas de esta zona semi-

desértica, que se extiende al norte de Uganda y sur de Etiopía, son ganaderas, y el estado de guerra por los mejores pastos o el robo de ganado es constante. Los pokots y turkanas acaban de sellar una tregua. El pequeño puesto policial de Rumuruti me advierte: - La paz es frágil entre turkanas y pokots, pero no te preocupes, tú no les interesas, sólo quieren ganado. De todas formas si ves un grupo de guerreros no te pares a hacerles una foto. - Pero, ustedes son... ¿cuántos? ¿cuatro, cinco? ¿qué hacen cuando los guerreros vienen a quemar una aldea? - Nosotros estamos aquí para legitimar la soberanía de Kenia sobre estas tierras, no para jugarnos la vida por defender a estos 'salvajes' -me dice tajantemente el sargento. Perfecto. Quién soy yo para decir nada aquí. Paso la noche con la policía y entro al día siguiente en tierras pokot. La mayoría de los pokots visten un taparrabos únicamente, adornados con collares y plumas en la cabeza, y escarificaciones en diferentes partes del cuerpo. El pelo se lo untan con una pasta de barro y forman un extraño casco color marrón. No me parece la gente más amistosa del mundo, y en varios sitios recibo piedras a mi paso. Pero me preocupan más las carreteras y los animales. Las primeras están cada vez en peor estado y más difíciles de seguir, piedras y arena que en muchos lugares a duras penas marcan una huella clara. Al menos, mi dirección es siempre norte. Los segundos, son cada vez más. Hay muchos elefantes y la arena está marcada con huellas de hienas y leones. Por supuesto, los cientos de moscas siguen volando a mi alrededor, pero eso ahora ha pasado a un segundo lugar. Al detenerme para fotografiar un elefante solitario que parece bastante tranquilo, me llevo un buen susto. La imagen es bonita y está muy cerca, así que me doy la vuelta para sacar el trípode y me entretengo. Al girarme de nuevo, tengo a un monstruo de tres metros de altura frente a mí. A escasos

metros de distancia le veo los pelos saliendo de la piel agrietada, respiro un fortísimo olor y las dos patas delanteras parecen dos columnas del Partenón. Durante un segundo pienso '¡Guau, increíble!', y afortunadamente mi instinto de supervivencia bloquea estúpidos pensamientos y me hace salir corriendo. El elefante cruza la pista sin intención de querer perseguirme, y otra vez estúpido, regreso hacia mi bici para tratar de hacerle la dichosa foto. El paquidermo no quiere fotos y al verme regresar se gira hacia mí con las orejas en movimiento. Perfecto, vuelvo a retroceder, y espero a que se haya alejado unos metros. Entonces, con el corazón a mil, regreso a mi bici y me largo de ahí. Tengo más problemas; sólo hay agua en las aldeas, que están entre cuarenta y cincuenta kilómetros de distancia, pero tal y como están las pistas, voy muy lento, a una media de 10 km/h. No obstante, atravieso el país pokot bien. Acampo en lugares solitarios y no siento miedo. Aún. Karpedo es el primer pueblo de la tierra turkana, y la distancia a salvar ese día es una incógnita. Nadie sabe cuántos kilómetros hay, sólo me apuntan dirección norte. Les pregunto cuántas horas lleva caminando, pero estos tipos no usan reloj ni les importa un bledo el tiempo. Al caer la tarde me encuentro con unos guerreros pokots que han matado un antílope y lo están despellejando para asarlo en el sitio. Hay un pequeño río, pero su compañía no me seduce y sigo camino sin ver ya demasiado. Para estas tribus nilóticas, robar a quien no es de los tuyos no es considerado robo, menos aún si es de una tribu enemiga. Yo parezco ser neutro para ellos, o tal vez piensan que detrás de mí vienen más de mi tribu. Entrada la noche, por fin veo luces rojas de fuego, Karpedo. Y a menos de un kilómetro pincho una rueda. Nada es fácil hoy. Arreglo el pinchazo y entro en un pueblo vacío. Miro a todos lados, y repentinamente, de la primera casa en la izquierda sale un grupo de jóvenes turkanas que me reciben entusiasmados. - ¡¡Karibu, karibu sana!!. Bienvenido. Una chica, Nelly, que estudia en la universidad de Kampala, habla inglés y me invitan a pasar la noche en su casa.

- ¿Quieres darte un baño? ¡Vamos! Diez minutos más tarde estoy bajo una cascada de aguas termales, riéndome con mis nuevos amigos. Impensable final del día. Antes de acostarme me cuentan. - Vimos tu luz desde mucho antes que llegaras. Primero pensamos que era una moto, pero nadie ha venido por aquí en dos semanas. Después, antes de bajar aquí, la luz empezó a hacer movimientos extraños… - Claro, -interrumpo- había pinchado. - ¡Pensábamos que eran guerreros pokots! y todos entramos en las casas por nuestras armas. Pero después te vimos llegar y dijimos '¡Un turista en camello' '¡No, en bicicleta!' Y regresamos a las casas para esconder las armas y no asustarte… Al día siguiente, me quedo en la casa de esa estupenda familia turkana. Llevo varios días haciendo mucho esfuerzo y estoy agotado. Trato de comprar comida pero no hay nada en la aldea, desde que estalló la revuelta no han tenido ningún suministro. Nelly no puede regresar a la universidad porque no hay transporte. Sin apenas comida, más que una reserva de avena, unas galletas y un engrudo de arroz que me regala la madre de Nelly, pongo rumbo a Lokori, el siguiente pueblo. - Ciento diez kilómetros -me dicen-. Había tres aldeas, pero las quemaron los pokots. Hay un pozo a unos setenta kilómetros; has de llegar antes de la tarde. No te detengas allí a pasar la noche, es donde acuden los animales a beber agua. Es seguramente el día más largo de mi vida. Bajo el implacable sol del norte keniata, camino más tiempo que pedaleo por una pista de arena. El día es más caluroso de lo normal y no bebo todo lo que debo, administrándome el agua. Tengo un par de pinchazos gracias a las espinas de las pequeñas acacias, y rompo un radio en una bajada de piedras. No sé si voy a llegar al pozo antes del atardecer.

A mediodía he de hacer una pausa, completamente agotado con un fuerte golpe de calor, y la única sombra que encuentro es un matorral espinoso. Necesito parar, estoy a punto de desmayarme; me tumbo en el suelo y al menos mi cabeza está a la leve sombra del espino, que me regala unos cuantos arañazos. Unas horas después me quedo sin agua, a unos sesenta kilómetros de Karpedo, y ya sé que no tengo opción de volver atrás. Sólo hacia delante. Hay muchas huellas de animales en la arena, y siento miedo. Miedo de verdad. Me encuentro a mí mismo suplicando a mi buena estrella por una ayuda. A quien quiera oír. La razón no sirve en estos momentos. El cuerpo humano es un misterio y llego al pozo, que está a sesenta y ocho kilómetros de Karpedo. El agua sabe a rayos, sulfurosa, pero me sacio y lleno mis botellas. Como alma que lleva el diablo, dejo el pozo atrás antes de que lleguen los gatos grandes. No sé de dónde saco fuerzas, pero me alejo de allí unos veinte kilómetros. Estoy exhausto y cada minúscula colina he de pasarla andando. No tengo fuerzas. Y finalmente, mi cuerpo se derrumba. Alcanzo a poner la tienda sobre un arenal lleno de huellas de hienas y a tumbarme dentro. Me duele todo el cuerpo. Y me quedo dormido. A la mañana siguiente abro la tienda con expectación, pero nada que temer, no hay nadie ni huellas nuevas. Y decido cocinar mi últimos copos de avena. Otra vez me quedo sin agua y tengo los labios rotos de la deshidratación de ayer, pero me encuentro fuerte, y con ánimos. Hoy sí puedo pedalear por las pequeñas colinas. Cruzo un puente sobre un río seco y tengo el presentimiento de que Lokori está ahí al lado. Efectivamente, pronto llego a las primeras casas, donde me indican que hay una misión católica al final de la aldea. Allí me dirijo y los padres Carlos y Jhon, sudamericanos, me dan una bienvenida inolvidable con el rostro desencajado. - Pero…¿de dónde vienes? ¿cómo se te ocurre? Esto está infestado de leones, ¿dónde has dormido? ¿en el camino de Karpedo? pero... pero… ¿cómo se te ha ocurrido? si eres cristiano ve a darle las gracias a Dios esta tarde, que te ha

salvado la vida. Me doy una ducha y Carlos me ofrece su comida. Bebo agua sin cesar, y me acuesto. Horas más tarde, me levanto y he de volver a preguntarles sus nombres; no me acordaba... Esa noche me prometo no olvidar que el miedo a morir no compensa nunca; ese miedo te deja algo dentro del cuerpo, tal vez un poco del sabor de la muerte. Quería vivir esa intensidad, tener esa experiencia, y ahora no quiero volver a vivirla. Tras un par de días descansando, emprendo el tramo de Lokori a Lodwar. La pista mejora mucho, está habitada y atraviesa agradables aldeas turkana. Hay muchas misiones religiosas en esta zona y todos me preguntan por el camino, por la situación en Nairobi. Están aislados y preocupados por el futuro. Pero cuando llego a Lodwar me encuentro con la sorpresa de unas tiendas llenas de comida. El día anterior un convoy de camiones protegido por el ejército ha llegado hasta aquí cruzando la carretera de los lagos. ¡En buena hora! Lleno mis alforjas con toda la comida que puedo comprar y me dirijo al lago Turkana. Pronto descubro que no puedo seguir las indicaciones de Chris, el lago está crecido este año y la pista de la orilla oeste, bajo el agua. He de ir por una pista de arena. Más arena… Son largos días de pedaleo lento y muchos kilómetros empujando la bicicleta. Pero la seguridad, las aldeas y misiones del camino, me mantienen con agua y descansado. La cercanía del lago da también una sensación de mejor temperatura. Los turkana son un pueblo de mala fama, pues están en guerra con todos sus vecinos, pero a mí me parecieron muy simpáticos. Las mujeres se adornan con innumerables collares de cuentas que van desde la barbilla hasta el pecho; cuantos más tengan, más vacas cuesta la novia. Se rapan media cabeza, y en las aldeas no se preocupan de vestirse demasiado. En general, el desarrollo y la cultura occidental les importa un carajo; cuando me paro, lo miran todo con una curiosidad superficial que refleja su desinterés. Tener un móvil, o unos vaqueros, o unas gafas, les parece divertido y nada

más. Su forma de vivir está a años luz del consumismo. Unos kilómetros tras Lokitaung, la pista entra en un enorme desierto de arena dura. Dejo de ver arbustos y frente a mí, tengo un impresionante horizonte abierto. El lago Turkana queda casi atrás, a mi derecha. En medio de esa nada hay una pequeña iglesia con varias chozas y me indican que estoy en el límite de Kenia. Así es, unos kilómetros más adelante, encuentro unas casas junto al leve trazo de la pista. Policía keniata. Me piden el pasaporte y asienten al ver que ya tengo el sello de salida, todo está en orden. Me dan agua y me dicen que en unos kilómetros está el puesto etíope. - Allí, en aquella colina que se ve a lo lejos. Cuando me acerco a la colina, resulta ser un montículo de apenas seis o siete metros de elevación, pero es lo único que resalta en una planicie sin vida. Tiene una caseta y una torre de vigilancia. - Hay un río a unos dos kilómetros en esa dirección. Te acompaño -me dice uno de los dos oficiales. Obviamente, no esperan a mucha gente. Me lavo, cojo agua y al regresar hay un daasanech junto a mi bici. Un tipo lleno de escarificaciones en el pecho y plumas en la cabeza que me mira admirado. - Quiere sacrificar una cabra en tu honor -me traduce el oficial de la frontera. - Puedes quedarte aquí a dormir, en la torre. Y así es. El tipo, que regresaba a su aldea con su ganado, coge una de las cabras, la mata y tranquilamente la despelleja. Son las once de la noche cuando aún estamos comiendo hígado y carne asada del pobre bicho, en medio de aquella nada. Después, el tipo se despide y yo me echo a dormir en la torre. ¡Qué cosas pasan!

'El león está acostumbrado a que le teman. Eso despierta su

instinto y provoca la cadena estímulo-respuesta, entonces te caza. Tienes que darle una respuesta que no espere, que desconozca, ahí están tus escasas posibilidades de sobrevivir'. Ambos sonríen. El inglés reflexiona un poco, bebe un trago de cerveza, 'Dobry, dobry'. El séptimo control 'muhaidin' en la solitaria carretera del Hindu Kush. '¿De dónde diablos salen si llevo todo el día sin ver un maldito pueblo?', se pregunta Charlie. Pero algo palpita acelerado en su pecho y una señal de alarma se dispara, éste no va a ser un control más. - ¿No es el instinto, verdad? - pregunta Augusto. - No, no. Es la vida que te avisa, te da una oportunidad que tú has de saber escuchar. Los 'muhaidines' cargan sus armas y por todo gesto de 'stop' le apuntan al pecho. A cuatro mil metros de altura en un remoto valle del Amudarya, y a mil kilómetros del siguiente lugar más seguro, que se llama Kabul… el ciclista inglés encara la papeleta en una tierra sin ley dominada por talibanes, contrabandistas y mercenarios. Llueve con fuerza en Irkuskt, casi nieva. - ¿De veras vas a cruzar por Mongolia? - pregunta Charlie, ¿por qué no prolongas la visa y vas a Vladivostok? Es asfalto y el ferry a Japón es más barato que desde China. - Aún tengo dos días para pensarlo, tal vez mejore el tiempo, ¿otra cerveza?. 'No es momento en que se diferencien instinto y razón, la respuesta surge como una mano alzada solitaria entre toda la clase, meditada a una velocidad tremenda y sin embargo, muy nítida. Sobretodo, como sorda percusión de fondo, tu corazón repite una y otra vez: 'nunca pasa nada, nunca pasa nada…', y recuerdas que estás protegido, no puedes morir ahí.' - Bastante jodido, ¿eh? Mejor no ser consciente del peligro. Es más agradable pasar por la carretera a Bamako el día antes que lleguen los rebeldes de Costa de Marfil a subvencionarse con asaltos.

- Pero eso es buena estrella, - dice Augusto. - Buena estrella, Dios, Vida, ¡es lo mismo! ¡te protege y te avisa! Si sabes escuchar... La guapa camarera siberiana trae dos cervezas del tiempo, heladas, y sonríe a ambos aunque elige al inglés. - Pregúntale si tiene una amiga porque está por ti, amigo. Charlie baja de la bici, coloca con naturalidad la pata de cabra e intencionadamente lo hace de modo que la bici gire inestable. Prueba otra vez, nuevamente fracasando, y como si estar encañonado no fuese con él, o fuese secundario a dejar la bici estacionada, sonríe a los 'muhaidines' y les hace ver con signos que la bici tiene vida propia. Con el rabo del ojo ve a uno que esboza algo como una sonrisa y piensa, 'puf, ésto no es tan grave, el león no es tan fiero.' - Los ojos, amigo, los ojos. También alguna mueca, pero es la mirada lo que delata las intenciones, como las de esta chica. Años atrás, en la Cordillera Blanca, buscaba transporte para el lago Copán cuando dí con la furgoneta de unos escaladores que iban al Alpamayo. Uno de ellos tenía una mirada extraña, algo vacío en los ojos. A la semana, escuché que había caído una avalancha en el Alpamayo, con ocho muertes. Supe enseguida que él era uno de ellos y aprendí como mira la muerte. Después he conocido también como mira la buena estrella, gente que está protegida. Augusto se evade. Dios, buena estrella, destino, diferentes nombres para lo que no se puede nombrar. Algo fuera de la lógica y las palabras que sólo se vivencia en una situación extrema, con tanta claridad que no hay duda de su existencia. Después, al recuperar la normalidad, regresa la lógica y lo irracional difumina su presencia. 'Dios ya no es necesario en Europa', le dijo ese misionero tan raro, medio ateo, 'hay demasiado confort y los problemas no afectan a las raíces de la vida.' Tras los cristales la lluvia ya es nieve, y ambos ríen. - Sí, tal vez vaya a Vladivostok, parece una señal contundente. Por la libertad y el viento que nos empuja - brinda Augusto.

Cerca de un glaciar vertiginoso, a resguardo del viento, un inglés toma té y pan ácimo seco con un grupo de 'muhaidines', entre fórmulas islámicas en árabe y cuatro palabras en urdu. La tarde cae y finalmente coloca la tienda en su refugio, a dos kilómetros de la carretera, ¡no hay mejor lugar para dormir que entre amigos!

¡Fiesta! Paul y Jacinda, hacia el norte. Australianos. Y Alex, que está con la cámara, y Katja, hacia el sur. Todos en todo terreno. Gente brava! Mike y Ruby, dos canadienses que no paran de viajar. Tremendos. http://unusvita.com/Index.html Carmen, una alemana en moto solita por África. No hay muchas mujeres con esos arrestos. Play Pause

ETIOPÍA. Dejo la torre de la frontera atrás y prosigo por ese extraño desierto hasta acercarme a la ribera oeste del río Omo, el natural desagüe del lago Turkana. Lo que veo a mi paso pertenece a otro mundo. Convierte en modernos a pokots y

turkanas. Son aldeas itinerantes, de chozas dispuestas en círculo y construidas con poco más que ramas de arbustos, del tamaño de un iglú. Me cruzo con gente pintada completamente de blanco, de amarillo, llevando pesados adornos de hierro en los brazos, o en las orejas. Desde una de esas aldeas llega sonido de timbales, me acerco y veo a lo lejos un baile en corro. Esta gente me impone un poco, pero decido entrar; soy relativamente bienvenido, me saludan. La ceremonia es por una boda, creo entender; los hombres están en círculo, saltando y danzando con pieles de leopardo sobre ellos, y enormes cascos de avestruz. La piel de esta gente está surcada con escarificaciones, nudosa, sin un gramo de grasa, con un fortísimo olor. Al terminar la danza, me llevan a una de las chozas, donde tengo casi que reptar para entrar. El olor es nauseabundo. Hay una mujer muriendo, o eso parece. Empiezo a entender, los pocos europeos que pasen por aquí han de ser médicos y ellos dan por supuesto que yo lo soy. No sé qué hacer, pero ellos esperan que haga algo. Decido coger unas pastillas potabilizadoras, pensando que al menos, beber agua sin bacterias no le hará daño y trato de escurrir el bulto explicándoles que le pongan una pastilla en un cuenco de agua a cada puesta de sol. El agua que beben es marrón, de los charcos, como hacen los himba del Cunene. Es una tierra increíble. Me cuesta creer que en este milenio aún existan tribus viviendo así. No quiero irme, me gustaría pasar un par de días con ellos, pero creo que si la mujer muere, soy el primero al que van a culpar, y maldiciendo la inoportuna situación, me despido. Al otro lado del Omo es también zona tribal, pero se puede llegar en todo-terreno desde Addis Abeba, y las mujeres hamer están acostumbradas a posar para turistas a cambio de dinero. Viniendo de la orilla oeste, es todo un shock, pero pronto descubro que si en vez de hacerles fotos y meterte otra vez en el coche, pasas un tiempo allí con ellos, se relajan y se ríen con normalidad; son gente muy sencilla, y la verdad, me siento como en un capítulo de 'Otros pueblos'. De todas las tribus del Omo, los mursi y los hamer son los más exóticos. Cuando veo a las hamer por Turmi, que sólo visten una breve falda de piel, me impresionan las cicatrices en la espalda.

Los hamer celebran los matrimonios con una particular ceremonia llamada 'el salto del toro', aunque me explican que el salto en cuestión son los últimos cinco minutos de las cuatro horas que dura la 'fiesta'. Durante esa ceremonia, con una vara golpean a las mujeres en la espalda haciéndolas sangrar, con lo que demuestran su fidelidad o su fortaleza a su futuro marido. Cuantas más marcas, más valiosa es la novia. Es cierto que en África el dolor no es un tabú como en Europa, sino algo presente en la vida, visible y aceptado, un vehículo de aprendizaje, pues aquí la vida no es cómoda. En muchas tribus, los niños deben aguantar la circuncisión sin un grito o una lágrima. También las escarificaciones son dolorosas… Pero la cuestión en este contexto es que muchos de los turistas en todo-terreno van directos a una ceremonia, y pagan por ver como golpean a las mujeres hasta hacerlas sangrar. De esa manera me lo cuenta un canadiense emocionado por haber asistido a algo tan tribal, tan salvaje, - ¿Tú has pagado por eso? -le pregunto con rabia contenida. El tipo se queda callado, como quien se plantea por primera vez que algo huele a podrido, y al poco se marcha a su habitación simulando cansancio. Yo me quedo preguntándome cuál es el siguiente paso, ¿asistir a una circuncisión femenina? Definitivamente, no me gusta la vida tribal, cruzan un límite injustificable. Minorías de lugares remotos que conservan tradiciones horribles, casi siempre sufridas por las mujeres, como las 'mujeres-jirafa' birmanas, y que muchos apoyan o tratan de justificar con razones antropológicas. El turismo refuerza estas tradiciones con su dinero fácil, pero ninguno de nosotros quisiera que a su hermana le hicieran algo así. Me siento incapaz de disfrutar las tribus del Omo y emprendo la ruta más directa hasta Arba Minch, el comienzo de la Etiopía aymara. Estoy advertido de lo que va a suceder: las famosas pedradas de los niños etíopes a los ciclistas y mochileros que no les dan dinero.

Las hambrunas de los ochenta, provocadas por una política pseudo-comunista, causaron una conmoción en Occidente, y a Etiopía le llovió una enorme cantidad de voluntarios repartiendo comida y dinero a cambio de nada, ni con explicación alguna. Veinte años más tarde, en las aldeas aún esperan esa misma actitud de cualquier europeo que cruza por ellas, y la frustración de no recibir un regalo, unos birr, se libera a pedradas. Mi amigo Lontxo, tras nueve años pedaleando por el mundo sano y salvo, se llevó un recuerdo de cuatro puntos en la cabeza tras su paso por este país. Cuando llego a la primera aldea tras Arba Minch, compruebo que los etíopes son exactamente lo que me habían contado. Niños y no tan niños me persiguen por decenas gritando, tirando piedras, insultan, me amenazan, tratan de robarme cualquier cosa al mínimo descuido, empujan mi bicicleta… y todo ocurre ante el consentimiento y a veces las risas de los adultos, algo increíble para la cultura africana. Es insoportable pedalear en un país donde la gente me vuelve agresivo, e incluso llego a coger una vara para defenderme de los que me agarran pidiendo dinero. En los pueblos grandes son amables, normales africanos, pero Etiopía es un país de aldeas, y los primeros días convierten el recuerdo de Nigeria en un país agradable. Por lo demás, el café es excelente, la comida es original y la cerveza muy barata. El plato nacional es la 'injera', una especie de pizza ácima sobre la que ponen una salsa picante y carne o vegetales. Muy barata, pero a la hora y media me descubro otra vez hambriento. En esas circunstancias, llegar a Addis Abeba es llegar al paraíso. Y quien conozca Addis… se podría echar las manos a la cabeza ante esa afirmación. Addis, de día es un hormiguero africano no caótico, pero sí diverso. Nilóticos, bantúes y árabes conforman una variedad de rasgos que van desde los finos rostros de chicas como muñequitas, hasta amplios rostros de ébano y escarificaciones tribales. Cientos de mendigos, el hedor y la suciedad que genera vivir en la calle; pastelerías coloridas y pulcras donde

los modernos etíopes toman 'machiattos'; calles destrozadas, amputados y desgraciados estancados en las esquinas, y las inquietantes iglesias etíopes cerradas a cal y canto. Todo junto recrea una estampa de aire medieval con brisas del siglo XXI. Por la noche la ciudad se convierte en un gigantesco prostíbulo con calles. Los bares se llenan de gente que entra y sale, charla y bebe, entre chicas que buscan un ingreso extra para sobrevivir, o para comprarse un móvil. Algunas visten sin dejar duda de lo que ofrecen; otras, menos llamativas, tienen una expresión incluso tímida que llama la atención. Si en África la prostitución se integra en la vida con la misma naturalidad que mezclan los vaqueros y la circuncisión, en Addis la argamasa es espectacular. Con frecuencia, la obscena Addis irrita, no debe ser fácil vivir feliz aquí. Cada encuentro es una incógnita entre la amabilidad o la hostilidad; las chicas bonitas sonríen gritando 'sácame de aquí y llévame contigo'. Niños que juegan con pelotas de trapo entre los coches, bebés que aprenden a caminar entre la basura, todo bajo un gobierno cuya preocupación es sostener el ejército que controla el mosaico tribal y, si puede ser, también Somalia y Eritrea, mientras sus miserias y ciudadanos hambrientos los deja en manos de las ONGs y los donativos emocionados de Occidente. En una zona tan conflictiva, el Cuerno de África, es un oportuno gobierno cristiano, corrupto, que permite la tortura y la incomunicación; un oportuno lugar donde encarcelar a los enemigos de ‘la libertad’, similar mierda a la de Pakistán, Uzbekistán y tanto lugar de este mundo. Tal vez, el desastre de África alcanza en Etiopía su cúspide. También es la incertidumbre, pues no sé si puedo obtener visado para Sudán, o deberé cruzar de Djibouti a Yemen. La información que tenía es que el nuevo embajador sudanés expide visas de tránsito con cierta celeridad, pero al visitar la embajada sudanesa me encuentro con un cartel que dice 'No se expiden más visados hasta nuevo aviso'. No me importa esperar. Necesito un descanso y coincido con muchos viajeros que también esperan visados aquí. Viajeros de

mucho calibre, y algunos de ellos ciclistas. Como Daisuke, un japonés con una humanidad de gigante, que lleva pedaleando diez años. O Kenny, un artista y aventurero canadiense, con una de las vidas más apasionantes que he conocido: veinticinco años por el mundo, en barco, en bicicleta, incluso cruzó la Antártica con una expedición rusa. Daisuke va hacia Djibouti y Kenny hacia el sur, así que con otros viajeros, Guy y Marleen, regreso unos días después a la embajada sudanesa. Esta pareja belga lleva dieciséis años viajando en todo-terreno, casi siempre en África, y poseen una conversación embaucadora. En la embajada hay mejores noticias, se conceden visas de catorce días, mostrando el visado de Egipto como prueba de cruzar Sudán en tránsito. Eso es fácil. La embajada de Egipto adora al turismo y en diez minutos lo tengo en mi pasaporte. Tres días después recojo el visado para Sudán, me despido de mis amigos y pongo rumbo al lago Tana, donde nace el Nilo Azul. El norte etíope no desmerece del sur y me encuentro la misma actitud en las aldeas. Desmoralizante. Quiero salir de este país lo antes posible. Sólo me detengo unos días en Góndar, una ciudad de castillos con aire infantil, que me regala el mejor recuerdo de este país, junto con el sabor del café tostado en las casas. En un mes y medio he acampado una sola vez. No me sentí seguro jamás y escuché decenas de historias de robos. Afortunadamente, los hoteles son muy baratos, uno o dos euros; en ellos no hay ladrones, pues son burdeles, y las chicas van a lo suyo. Sí hay chinches y pulgas, en todos. Y por fin, al cruzar a Sudán, compro un spray para desinfectar mis ropas y el saco de dormir, sabiendo que no habrá más picotazos nocturnos. Gente Dasaanech. Habitual peinado en casco. Play Pause

SUDÁN. … Pues verás, de la manera más casual, en la boda de mi hermano. Charlábamos de viajes, y mi tío Aitor nos pidió contar la respuesta más extraña que habíamos escuchado. En mi turno, yo repuse riendo, 'La mitad. Una vez, en los Andes, pregunté a un hombre cuánto me faltaba para llegar al paso del Águila. El hombre en absoluto sabía de dónde venía yo, pero respondió sin dudarlo un segundo: la mitad.' - Tal vez era un filósofo ermitaño y te dio un koan que algún día podrás entender - dijo mi tío Aitor -, hum... un caminante hacia el paso del Águila… hay una interesante leyenda en la tradición oriental, 'el águila caminante'. Según ella, ningún viajero puede volver a su hogar hasta encontrarla. - El águila caminante... - musité asombrado -, es la tercera vez que oigo hablar de ella. Joseba, un amigo de mi padre, intervino. - Sé de un hombre que encontró al águila caminante. Todos nos giramos hacia él como si hubiera dicho unas palabras mágicas. De pronto, en esa mesa había una atmósfera extraña que la aislaba del bullicio de la boda. - Se llama Augusto. Vive en una pequeña comunidad sufí, en el lado turco de la isla de Chipre. - ¿Si voy a visitarle me contará como la encontró? - Tal vez si, tal vez no. Nos conocimos en Irán hace cuarenta años. Dile que vas de mi parte, aún me debe un favor. Augusto sonrió mientras fumaba su pipa de agua y asintió. Por unos momentos su mente se fue al pasado, al caluroso verano

iraní. - ¿Quieres más té? - Si, por favor. Y en fin, eso es todo. Así es como supe de ti y por eso he venido. - Es una historia un poco larga... - se quejó dudando. Miró a los ojos de su huésped y de pronto le vino un fuerte flash-back. '... this restless look in your eyes...' le había dicho Sema, aquella turca budista y misógina casi, que vivía con los zíngaros de Asia Central… qué habría sido de ella... volvió a mirar a su invitado y reconoció sin dudas aquella ansiedad: era la que tenía ahora enfrente. - Es una historia un poco larga. Fue en la isla de Shikoku, hace muchos años ya, tal vez treinta. Paseando por el parque me distraje mirando una chica bonita, y a modo de regañina, mi maestro me dijo: 'Hay hombres que desean lo que no tienen, por ejemplo, una mujer muy hermosa. O cuando ven pasar un pájaro desean su libertad y quisieran poder volar a cualquier lugar.' Y entonces era apropiada la reprimenda. En ese tiempo yo vivía en Japón, estaba casado, y había dejado de viajar. Esa noche, mi maestro me dijo: 'Mañana has de salir a la montaña. Has de buscar al águila caminante.' Contuve una mueca escéptica, y asentí pensando que habría algún malentendido entre idiomas. Anduve toda la mañana sin ver más que alguna ardilla y un par de hurones. - ¿La vistes? - preguntó al verme regresar. Negué con la cabeza. - Bueno. Mañana lo intentas otra vez. Tras una semana buscando la estúpida águila sin éxito alguno, le pregunté: - Maestro, ¿cómo es el águila caminante? - Es un águila que camina. - ¿No puede volar? - Si, claro, pero caminar le parece más excitante que volar. Así pasó casi un mes. Se acercaba el día de mi cumpleaños, y tras un almuerzo, mi maestro me abordó extrañamente.

- ... una vez me hablaste de una visión sobre un palacio oriental... De súbito me excité, perdí el control e imaginé que me iba a revelar el significado de esa visión como regalo de cumpleaños. - ¿Sabes que significa? ¡Llevo años dándole vueltas a ese palacio! Al verme perder el protocolo y la calma, mi maestro endureció su rostro, dijo algo en japonés y salió de la habitación. 'Mierda - pensé -, disciplina, disciplina, wabi sabi, no perder el control, no avergonzar con niñerías, ¡mierda! ¡yo no soy japonés!' Regresó mi maestro con unas partituras en la mano. - Siéntate al piano, por favor. Quiero que toques ésto. Me senté sin querer contrariarle, pero al poco no pude contenerme y me eché a reír hasta casi ser descortés. Le miré y le dije lo que él ya sabía: - Maestro, yo no sé tocar el piano. - Ya - dijo seriamente. - Sólo puedes hacer lo que sabes hacer. Por eso no encuentras al águila. E imitando mis carcajadas salió del salón. Pasé el día siguiente avergonzado por mi comportamiento. Sentía que le defraudaba, que su esfuerzo conmigo era en vano. Y el día de mi cumpleaños, a la mañana, volvió a hablar de la visión. - ¿Estabas solo o había alguien mas contigo? - Había una mujer conmigo, una mujer muy hermosa. Ella dormía; yo, no. - Respondí con calma. - Hum… ¿entraste en el palacio? - No, era como un holograma flotando frente a mí. - Hum… estabas fuera... por cierto, ¿has visto ya al águila caminante? hoy no te he visto salir a la montaña. Sin perder la calma, pero mostrando enfado, me levanté, me incliné ceremoniosamente para despedirme y salí en busca de la maldita águila. A la noche, tras la espléndida cena por mi cumpleaños,

charlábamos relajadamente de asuntos superficiales. Era para mí un alivio tras dos meses de zen, koans y respuestas absurdas. De pronto, tuve una certeza difícil de traducir a palabras. - Maestro, ¿soy yo el águila caminante? En la frontera sudanesa tengo el primer ratito caliente con la policía, que insiste en no sellarme si no compro ahí el 'Alien's permit'. Me dicen que sólo hay cuatro días de plazo y en bicicleta no llego a tiempo a la capital. Aquí cuesta veinte dólares más que en Khartoum y me temo que la diferencia no va a la 'Luna Creciente' -versión islámica de la Cruz Roja-. Finalmente, tras hacerme esperar dos horas y ver que no les voy a pagar, me devuelven mi pasaporte y me sugieren que pedalee deprisa. Bajar de las montañas etíopes al desierto cambia todo el panorama. Aparecen la hospitalidad y cortesía árabes, el té y las pastitas a raudales, todo el mundo viste la misma chilaba, y es el fin de las cuestas. También desaparecen las mujeres, la cerveza, y a cambio regresa el viento. Llego a Khartoum odiando a Eolo, en seis días, y el único problema que tengo para obtener el permiso dichoso es encontrar la oficina de Registro. Un edificio donde han de registrarse todos los extranjeros que pisan Sudán y que no tiene la deferencia de poner una placa en inglés, en noruego, ni cualquier cosa que dé una pista. Khartoum es, pese a su gigantismo, una ciudad de desierto. Edificios claros y bajos, arena por todos lados, y el impacto de dos lenguas de agua que crean el milagro de la vida en el desierto. Un lugar único. Si el Amazonas tiene a Manaus, el Sahara tiene a Khartoum, donde se unen el Nilo Blanco y el Nilo Azul, para buscar juntos el mar. El río que cruza un desierto. Acampo en el Blue Nile Club, un curioso club de yates que tiene un área destinada a cámping y ocupada únicamente por los escasos viajeros que visitan Sudán. Con mi tienda instalada a unos metros del Nilo, me pregunto en qué otra capital del

mundo se podría encontrar un lugar así. El viernes es su fin de semana y coincido con un diplomático inglés que va a darse un paseo en su yate. Él me pregunta por mi bici y mi viaje, y yo le pregunto por mi más que probable situación ilegal en breves días, pues mi visado acaba en una semana. - Creo que debería usted informar a su embajador ante todo, es una excelente persona que podrá aconsejarle… -empieza a decirme y ante mi mirada irónica, tose un poco y cambia el tono de voz -… de cualquier forma…, efectivamente, tras Dongola no hay ningún control de policía hasta la frontera en Wadi Halfa, y una vez allí lo más cómodo es deportarle, tal vez con una multa… en fin, que tenga usted suerte. ¿Tiene algún blog en el que pueda saber el final de su paso por Sudán? Tras disfrutar de las pirámides de Meroe y de una vibrante ceremonia sufí, salto al desierto y me enfrento a un ramo de manos en mi pecho que me detiene: es el viento. La fuerza suele bajar en la noche y empieza a subir con el día, así que pedaleo bajo la luna otra vez. Pero cuando es un furioso vendaval, apenas puedo avanzar y llena de arena cualquier lugar de mi cuerpo. Terrible, me deja los ojos con una perpetua sensación de suciedad, aunque estén limpios. Tengo seis días y cinco noches para hacer quinientos cuarenta kilómetros, en los que no me puedo permitir cansancio. He de llegar a Dongola antes que mi visado expire. Esta carretera a Dongola es una línea casi recta hacia el norte, cortando una extraña curva del Nilo que parece irse al mar Rojo y vuelve al desierto. En el camino hay bastantes restaurantes, aunque esa palabra remite a algo que en nada se parece a uno sudanés, y pequeñas aldeas; el agua nunca es un problema, pues. Entre el mediodía y la puesta de sol, cuando el viento se vuelve loco y más calor hace, descanso a la sombra y tengo agua fresca, ligeramente amarilla. La comida es siempre lo mismo: 'ful'. Pero nada que ver con la delicia siria, aquí es una pitanza de habas machacadas con aceite anónimo, alguna yerba, y cebolla con tomate si hay suerte. La misma comida tres veces al día, -para mí son cuatro o cinco- como en tanto país de este mundo; países donde

comer significa saciar el hambre exclusivamente. Recuerdo una charla con el padre Miguel Ángel en el Congo. Le hervía la sangre cuando de visita por España escuchaba a alguien decir 'No tengo que ponerme' mirando un armario rebosante de ropa. En el restaurante sudanés -cañizo, adobe y arena-, viendo pasar las ráfagas de arena, recordaba esa frase tan hogareña '¿Qué comemos mañana?'. Y mi pensamiento no es rechazar el lujo de la abundancia occidental, sino desear que en el resto del planeta el problema de la gente sea elegir. Que comer signifique algo más que saciar el hambre y encima dando gracias por tener. Yo he aprendido en África a dar las gracias por la sombra, por el agua, la comida, la seguridad, el refugio. A darlas con el corazón, porque vivo expuesto a su ausencia, y porque conozco su ausencia. Tengo un par de noches en las que el viento es suave, fresco; pedaleo entonces, rumbo a la Polar en la inmensidad del desierto, y me inunda una felicidad difícil de explicar. Ya sé que 'no tengo una casa solariega y blasonada, ni una capa ni una espada, ni un mi abuelo que ganara una batalla', y al igual que en el poema de León Felipe, sólo soy un paria, pero qué lujo pedalear en las frescas noches del Sahara bajo una bóveda llena de cristales rotos. Cuando me canso, paro, entro unos cientos de metros hacia el desierto, pongo la tienda en una pequeña duna o en una explanada infinita, y la calma me limpia mejor que la ducha ausente. Comida frugal, no hay grifos, no hay cuarto de baño, y quién demonios se acuerda de eso cuando está tumbado bajo las estrellas del desierto. Al amanecer, sin prisas, disfruto el desayuno y me echo a pedalear con un contento enorme, hacia la curva del horizonte. Finalmente, llego a Dongola agotado, pues las dos últimas noches no hay felicidad, sino fuerte viento. Y cuando me paran en el control no tengo mi mejor aspecto, ni ganas de poemas de León Felipe. Me retienen un buen rato esperando a que llegue un oficial que sepa leer mi visado, y yo estoy tan cansado, deshidratado y hambriento, que casi los mando al carajo: - ¡Tengo hambre! -les grito, perdiendo la calma por la falta de azúcar.

Sonríen una vez más y me piden disculpas por la espera, mientras un policía sale disparado a traerme un enorme plato de 'ful'. Buena gente, así no se puede enfadar uno… Mi visado caduca mañana y les digo que mañana regresaré a Khartoum en autobús para hacer una extensión. Perplejo, veo que el oficial asiente. Creo que su inglés no le da para entenderme y está deseando perderme de vista… Fantástico, a partir de aquí entro en tierra nubia y no hay controles. Ya sólo me queda salir del país, inch Allah. Descanso un par de días en Dongola, tratando de limpiar la arena que tengo en los más remotos rincones de mi cuerpo, y disfrutando los batidos de guayaba más dulces del planeta. Por fin, el ansiado país nubio, uno de los lugares con mejor prensa de África. Tiempos de mentiras. Tiempos fugaces que no dejan eco ni huella, aves de paso y mujeres hermosas mienten para sobrevivir. Quien crea el engaño será seducido, y el viento pasará por su rostro de estatua muerta, mientras la argucia se revela y regresa la soledad. Las tormentas de arena agotan la honestidad del nómada, y los espejismos entierran la ilusión del sediento. Cuando el viajero llama a una puerta, cubierto por un turbante sucio y los ojos de quien ha sufrido, la mujer del oasis no espera oro ni incienso de sus alforjas, sólo el viento de las historias bajo las estrellas, en las noches más bellas de la Tierra. Mentiras que se van con el alba. Tiempos fugaces a los que basta la sombra de una palmera. Ahí donde la vida cuenta con el mañana, los viejos recelan de las aves de paso. Sólo traen mentiras, bellas mentiras e historias asombrosas que iluminan la noche oscura del desierto. Ahí donde la vida acumula calma,

el nómada tras el turbante sucio trae el peligro y los miedos; también los sueños, el hechizo de quien no echa raíces, el absurdo encanto del hijo pródigo al que se perdona todo. Y los niños corren a su paso; ellos no saben de mentiras, sólo de juguetes que brillan. Los viejos le acogen en una habitación lejos de las mujeres; mienten para sobrevivir. Ahí donde la tierra no se quiebra en barrancos, el vértigo es agarrarse a las mentiras del viento que pasa, y los jóvenes tumbados en alfombras sobre la arena, sueñan con volar. En el desierto, cuando las aves de paso ya se fueron, un día más, las mujeres limpian sus patios pintados con sombras de palmeras. Como ayer, como mañana. Pero el silencio pesa más que el calor cuando levantan la mirada del suelo, y ven el infinito horizonte por donde él se fue. Nadie le acusará. Ahí donde la vida es espera, la línea que separa verdad y mentira la cubre la arena con el paso del viento. En el desierto no quedan huellas, ni brota el eco, y sus noches son las más bellas de la Tierra. Espectacular y único rincón del mundo en un duro tramo junto al Nilo. La luz aquí es la que generan sus gentes. Hospitalidad milenaria con la generosidad de quien no espera nada del viajero, sólo hacerle la vida más fácil en su esforzado camino. La creencia de que quien viaja sufre, no tiene raíces, familia, amigos, sino que ha salido de su tierra en busca de mejor fortuna. Aquí no existe la noción de turismo y el viajero es acogido con lo mejor que se tiene. Todos mis juguetitos occidentales, mi lucecita en la cabeza, mi bicicleta, mi tarjeta de crédito, aquí tienen el valor de un perro verde. Lo importante es la familia, la sombra, el agua, la comida, no estar solo. Reciben al rico ciclista compasivamente, me ven

como un paria. Exponerse a los peligros del desierto, del camino, del otro, de quien no habla tu idioma, es un riesgo a tomar sólo por desesperación, como hacen los subsaharianos que se juegan la vida en cayucos a España. En esta tierra nubia ajena a la globalización vivo unas experiencias extraordinarias, ellos abren su corazón y rompen el mío. Además voy junto al hermoso Nilo, el río de la humanidad, por donde una vez el mono listo que fuimos encontró el Mediterráneo, tierras más frías y fáciles. Salgo de África bebiendo sus aguas, tan lento como él, buscando también más confort y menos dureza para mis huesos, y me llevo el regalo de haber dormido con su arena por almohada. Casas bellísimas, las nubias, que me recuerdan algunos cortijos andaluces. Ocres, azules, naranjas, blancas, de puertas decoradas, patios enormes y frescos donde poner las camas de cuerda y dormir bajo las estrellas tras la cena en común. Una calma como no recuerdo en otro lugar. Sentados a la sombra, tomando dátiles, té, 'ful', guayabas, la vida pasa sin más sentido que vivir. A veces pasan las mujeres, cortando el horizonte con sus 'tobs' de colores. Así nadie va a descubrir la penicilina, por supuesto, toda luz tiene su sombra. En el país nubio no existen los psiquiatras, ni los viejos se aparcan en soledad. Se posee tan poco que todo se aprecia, y la imagen de un millonario con una casa impensable, llena de juguetitos y lucecitas, pasando un domingo en soledad no elegida, viendo pasar la vida por una pantalla y a la espera de un lunes loco que rompa la pausa de su condena a trabajos forzados.... es algo difícil de explicarles. También comienza a ser difícil para mí. Son a la par días muy duros físicamente, sobre todo los tramos que la pista deja el Nilo y se adentra en el desierto. En ellos paso un par de malos ratos buscando rodadas que aparecen y desaparecen, y al llegar por fin otra vez al Nilo lo hago con un golpe de calor tremendo, sin poder siquiera musitar 'Salaam aleikum', ni casi beber, sólo descansar en la sombra y echarme agua en la piel durante una hora. Pero todo lo compensa esa sonrisa que les estalla en el rostro cuando acepto su té o su

comida; es sincera y radiante. Lo único que me piden es que aprenda sus nombres. Creo que esto es algo grande. Recuerdos imborrables para la vejez, como la noche en la mezquita de Abu Saari, haciendo ramos de polen para fertilizar las palmeras. Se reían de mi torpeza liando los estambres, y que malgastaba la yerba aromática que le enlazan, como si a la palmera hembra hubiera que conquistarla antes de fertilizarla. Pero eran felices con el huésped 'hawaya'. Aquí donde la higiene es precaria, incienso yerbas, y agua se usan continuamente para que aunque estés sentado en la arena, y bebas agua marrón del Nilo, y los pájaros menudeen en la comida, pese a todo, huelas bien. Muy árabe. En la hermosa casa de Ahmed y familia, contemplando las estrellas, me encontré deseando tener una casa nubia en el desierto. Al llegar a Wadi Halfa, la romántica aventura nubia finaliza y recuerdo mis problemas: tengo un visado que ha caducado hace diez días. Al pasar por la calle central, un tipo me para y me invita a su casa; es la boda de su hermano, Wallid, y la última noche en Sudán la paso danzando con ellos, agarrados, lentos, hombres y mujeres enfrentados, moviéndonos 'como las aguas del Nilo', dicen. Disfruto y me olvido de mi pasaporte. Mañana será otro día. Y mañana siempre llega. La alegría de reencontrarme con unos amigos australianos que viajan en todo-terreno tiene que esperar, tengo el estómago lleno de gremlims y nervios. En el puerto del lago Nasser, relleno mi cartulina de salida, y la pregunta 'Fecha de entrada en Sudán' la dejo en blanco. No puedo mentir, ni puedo decir la verdad. El oficial que recoge mis papeles, los lee tranquilamente y cuando llega a la dichosa pregunta, frunce el ceño y piensa un momento. Me pregunta marcando muy bien todas las palabras. - When did you arrive here? (¿Cuándo llegó usted aquí?) - Yesterday (Ayer) -le contesto con toda la naturalidad del

mundo, sonriendo y tajante. El oficial me mira y refunfuña algo, lo piensa dos veces, y seguramente gracias a no saber realizar la pregunta de otra manera más precisa, simplifica su vida y la mía. Escribe la fecha de ayer y me convierte en el ciclista más rápido de la Historia, capaz de cruzar Sudán en un día. Perfecto. Sólo me falta un oficial más y el sello de salida, las cosas van bien. Con decisión, le entrego mi pasaporte y comienzo una absurda conversación en mi escaso árabe. El tipo se pone la mar de contento escuchando que Sudán es mi país favorito, abre mi pasaporte y me sella salida en medio de una página en blanco. Cuando se me acaba el repertorio de halagos e 'inch Allah', el tipo curiosea por mi pasaporte y encuentra el sello de entrada y su fecha. Alza la mirada y me mira con la boca abierta, vuelve a comprobar el visado, menea la cabeza, y sin decirme nada -al handullilah-, con media sonrisa me devuelve el pasaporte. Los gremlims desaparecen y yo también desaparezco. Me subo al barco antes de que alguien cambie de opinión. Un día más tarde, en Aswan, tras la travesía por el lago Nasser, las 'Stellas' heladas con mis amigos australianos celebrando los kilómetros nubios y la huída de Sudán saben a gloria. Momentos así…, por ellos merece la pena echarse al mundo.

. Nada, ¿verdad? Pues el desierto te atrapa el corazón. Play Pause

EGIPTO. Se pone el sol y me detengo. Como algunas pastas mientras el enemigo por fin se hunde tras el horizonte, dejando un intenso trazo anaranjado. Llega el descanso, el momento del gran silencio. El desierto parece todavía más inmenso, mi ego se desvanece y unido a la Tierra, soy parte de este Sáhara lleno de muerte y belleza, un extraño componente moviéndose inquieto donde no hay voces. Al poco, cuando la luz ya no es tan luminosa y se torna azul, me siento en la carretera. No pasa nadie. Una libélula aparece para desmentir la muerte, y luego otras. No, es la misma siempre. Extrañamente va de un lado al otro del asfalto, a veces hasta mi bici. Va y viene. Se aproxima a mí, me esquiva y prosigue su ir y venir absurdo, repetitivo. Me río. '¿Qué demonios haces?' pregunto. La libélula, indiferente,

no responde y sigue yendo y viniendo de un lado al otro. Cuando pasa cerca de mí, sus alas rompen el silencio que nos contempla. La luna llena surge entre una luz violácea, reflejo del ocaso en el oeste. Sube lentamente, el aire azulado comienza a oscurecerse, es el relevo de las sombras a la luz. Súbito, descruzo mis piernas y miro a la libélula sorprendido. Solitaria, moviéndose de un lado a otro sin cesar... ¿alguien me está mirando? ¿quién se ríe de mi ir y venir absurdo? ¿quién va a preguntarme qué demonios haces y qué voy a responder? La libélula se ha ido. Si no me contestó no fue para evitarme un infarto, seguramente no tenía respuesta. Con la oscuridad sobre el inmenso desierto, la luz de la luna poco a poco va creando leves sombras. La noche tiene siempre un olor especial, pero el momento se ha ido, hasta mañana no volveré a disfrutarlo, cuando otra vez la luz se torne oscuridad. Monto en la bici y prosigo viaje por el Sáhara iluminado con la luna, recreándome en el frescor nocturno. Como una absurda libélula. De Sudán a Egipto es pasar de la nada al todo, como si hubiera una frontera entre el Gobi y Torremolinos. Aswan está saturada de turistas, ¿quién no quiere venir a Egipto?. Tras un comprensible shock, me descubro alegre de disfrutar una infraestructura cómoda, deliciosa comida y hoteles baratos; Egipto, tanto conforta como abruma. Hay decenas de cruceros turísticos aparcados en las orillas del Nilo, con chicas occidentales tomando el sol en la cubierta, mientras el 'muacin' llama a la oración y miles de 'halabiyyas' se orientan a Mecca. Es una imagen curiosa. Hace unos días, encontrarme con otro viajero era intercambiar información sobre el estado de la pista; ahora, somos turistas, y me cruzo con grupos guiados que regatean cincuenta piastras por un papiro marca-páginas, y después los veo pagar por un té diez veces su precio. - Los turistas sólo tienen dinero, no tiempo -me dice Mohamed,

que prepara unos zumos deliciosos. Al rato le veo negando con la cabeza al pasar una turista rusa en minifalda. Siento vergüenza. Mucho del turismo occidental viene a ver monumentos milenarios sin detenerse a pensar que están en otra cultura, y que deberían ser más respetuosos con sus anfitriones, tal vez aprender unas cuantas palabras árabes de cortesía, vestir con modestia. Cuando Mohamed pide sin pestañear veinte liras por dos zumos a una pareja que siquiera ha saludado al llegar, comprendo que de nosotros sólo les interese el dinero, pues el restante no parece más que soberbia y mala educación de niños ricos. El tramo de Aswan a Luxor es muy bonito, pedaleando al lado del Nilo, y lleno de controles para garantizar la seguridad del turismo. En los controles sólo toman nota de mis datos y me dejan pasar sin escolta, aunque en el tercero me quieren enviar de vuelta a Aswan, y que ponga la bici en un bus especial para turistas. Ahí me tengo que borrar la sonrisa de la cara y ponerme firme. - Stanna, stanna shueyya (Calma, un momento) -digo con seriedad. Con los árabes, como flaquees te venden el burro a precio de camello. Y bueno, después de discutir, de los enfados por ambas partes y de gritarnos un rato, viene el té, las risas y 'Habibi, cuéntame como va el Madrid este año'. Son como son. Aprecian la discusión por encima de su resultado, es todo un axioma de su cultura. Cuando miro el mapa en Luxor, Cairo está a menos de seiscientos kilómetros, y me pone el vello de punta pensar que estoy a punto de acabar la vuelta a África, pero decido postergar la llegada e ir por la carretera del desierto a disfrutar la vigésimo séptima luna llena del viaje: la ruta de los oasis y mil cuatrocientos kilómetros de arena. Es una maravilla terminar esta aventura atravesando mares de arena. Durante dos semanas cruzo los oasis del desierto occidental, pedaleando más de la mitad durante las noches y

descansando en los puestos de emergencia durante el fuerte sol diurno. En los amaneceres, paseo por las dunas, con la arena todavía fría, pensando en las musarañas, en estos dos largos años de viaje. Los oasis principales son ciudades en crecimiento, pues Egipto está tratando de disminuir la densidad de población junto al Nilo, lo que produce a la par un agotamiento del agua subterránea en el Sahara. Pero los pequeños oasis son aún lugares maravillosos donde detenerse, como Al Kars, con su vieja medina de adobe y rodeado de dunas. Lugares donde no para el turismo y los viajeros son recibidos con una hospitalidad arcana, que no existe en el Egipto comercializado. Por contra, el Desierto Blanco sí es un lugar turístico, con bastantes campamentos, pero es ciertamente un lugar de magia, lleno de extrañas figuras de caliza blanca modeladas por el viento. Y se extiende por casi cuarenta kilómetros, con lo que no hay problema para encontrar un lugar solitario donde acampar. En la sombra de un gigantesco champiñón me detengo a tomar un segundo desayuno, como a un par de kilómetros de la carretera, y al rato veo un par de tipos que vienen caminando desde el interior. 'Vaya, hay un campamento por ahí cerca' me digo. Conforme se van acercando veo que arrastran algo, y por fin descubro que son dos occidentales empujando un carro con equipaje. En aquél champiñón, en medio de la nada, el encuentro resulta de lo más divertido. - ¿Qué diablos hacéis aquí caminando? ¿Estáis bien de la cabeza? - ¡Vaya, que gracioso! ¿Y tú? ¿qué haces comiendo aquí en lugar de un restaurante como Dios manda? Son un par de alemanes que intentaban atravesar los desiertos Blanco y Negro caminando, pero que finalmente se han quedado sin agua y han decidido caminar hacia la carretera para hacer auto-stop hacia Cairo.

- Es la tercera vez que hacemos una travesía por un desierto. Estamos aún cogiendo experiencia y aprendiendo, pero queremos hacer algo serio dentro de unos años -me dice Udo. Desde luego, viajar lleva a encontrarse gente rara a menudo, pero los encuentros en los desiertos son sin duda mis favoritos. Tengo una duna en el desierto, tan bella que pone celosa a la vida. Su arena es del color de una mujer. No conoce otras tierras, otras gentes, no sabe qué es el mar. Libre y solitaria, vive lejos de los hombres, no los necesita. A su lado sólo puedes pasar una noche. Tus pies descalzos hollarán su piel tersa, ella hará un nido para cada uno de tus pasos, y bañado en luz de luna, para siempre quedará el recuerdo de su silencio y su belleza. Ella te expulsará de su lecho a la mañana, cuando el sol abrase y la arena queme. La más sabia de las amantes dejó que tu peso venciera su cuerpo y ahora borrará tus huellas con la suavidad del viento. Virgen otra vez, reirá al verte mirar atrás. Si eres rico, no la encontrarás. No se vende. Tampoco si eres prudente, no está en los mapas. Pero si desprecias las joyas y perfumes, ella recompensa. Cuando pases a su lado tapa tus oídos. Altiva como los beduinos del oasis, mi duna aguarda siempre en silencio; no se ofrece con cantos de sirenas. Recuerda, sólo los hombres enamoran con palabras. Ellos buscan seguridad y posesiones, piensan en el mañana.

será

tu

Tú, no te parezcas a ellos. Recuerda, el amor más bello es el de un instante, a la mañana siguiente deberás marcharte. Ella, libre, silenciosa, jamás ha sido tuya y ya es tuya para siempre. Tras tu marcha, esperará paciente a otros, a quienes buscan, a quienes sufren, a las aves de paso, a los molinillos de viento, para dejarse amar y vivir en cada uno de sus corazones, en el rincón ajeno a las miserias, en lo que permanece, en la pequeña cajita que secretamente quisieras llevar contigo a la muerte. No todo son risas y paseos por las dunas, también sufro un par de fuertes tormentas de arena, que me machacan. El viento lanza la arena a una velocidad de demonios y son miles de diminutos alfileres que se clavan en la piel descubierta, creándome un dolor muy intenso, como de sinusitis. Esta batalla contra Eolo en el Sahara es especialmente dura al salir del oasis de Bahariya, el último antes de Cairo. Dos días de vendaval incesante, y conforme más cerca del Mediterráneo, más tintes de tragedia griega cobra el asunto. Sin embargo, la tragedia tiene un final feliz inesperado. Acampado a ciento setenta kilómetros de Cairo, amanezco alarmado, ¡el viento que mueve la tienda viene del oeste! Salgo a comprobarlo, y en efecto, sopla hacia estribor. Desayuno como un loco, antes que Eolo cambie de opinión, y voy en volandas hacia las Pirámides, a veces a más de 40 km/h. Cuando llego al tráfico del Cairo empiezo a mirar con ansiedad, ¿dónde están?. Aún me queda un rato de pedaleo por Gizeh, hasta que el corazón me da un vuelco y aparecen esas extrañas pirámides. Inevitablemente, los ojos se me inundan, he llegado. He dado la vuelta a África. Al poco, estoy frente a ellas, frente a 4500 años de persistencia, y no me dejan entrar al recinto… Diez años atrás, en unas vacaciones, había pedaleado entre las Pirámides -

¡incluso nos comimos un bocata sentados en los escalones de Keops!-, pero desde las bombas de 2005 la obsesión por la seguridad es extrema, y me dicen que ni hablar de pasar adentro con esa bici llena de bolsas. ¡A saber lo que llevas y quién eres tú! Les muestro mi pasaporte español, y veo que respiran un tanto aliviados. Son estrictos, pero no dejan de ser árabes. Les cuento que éste es mi premio a 42.007 kilómetros alrededor de África, el lugar a donde llegar tras 800 días de viaje, y se emocionan. Consultan y después de registrar mi bici, sacar la navaja y la cocina de gas, me permiten entrar y hacer unas fotos con mi galeón pirata encarando las Pirámides. Llegué… Un par de horas después estoy tomando un café en el balcón de mi pensión. Limpio por fin, descansando, y contemplando un rincón de esta ciudad donde el caos se recrea en sí mismo. En la rotonda de abajo, decenas de coches circulan, unos haciendo la rotonda, otros no; otros, empiezan a hacerla y giran de repente en sentido contrario; otros se paran en medio, tal vez a hablar por el móvil o a charlar con... ¡uno de los policías de tráfico! Entre la locura de incesantes pitidos a los que nadie hace caso, los peatones cruzan la rotonda por medio de los coches, charlando tranquilamente; un tipo en bici llevando una bandeja con doscientos panes en la cabeza sortea los coches y toma una calle en sentido contrario..., no puedo dejar de sonreír, es un espectáculo. No es caótico, es algo mas, El Cairo, Al-Masr. A la noche, el bullicio fascinante de este bazar milenario me confunde, me tienta a probarlo todo, a conocer cada rincón, a charlar con cada mercader. Los viajeros dicen que la amas o no la soportas, pero yo no veo escapatoria alguna a su hechizo, es la madre de las ciudades. ‘Aquí estoy, en Al-Masr, he cruzado África en bicicleta’, y escribir esta frase en mi diario me paraliza y me emociona. Hay tanto detrás… Siento un gigante dentro de mí, orgullo, felicidad, soy dueño de algo que nada podrá ya quitarme, ‘me basta con la vida para justificarme...’ Y siento un agradecimiento enorme a tanta gente que me ha echado una mano, me ha dado agua, me ha

escrito un email. Recorrer países en bicicleta permite hacer algo grande desde una fragilidad estremecedora, también paradójica: independiente y con una dependencia absoluta de los demás. Sencillamente, yo no habría llegado hasta aquí si no fuera porque la gente de este mundo es, mayoritariamente, buena. Y descubro que volver, para mí no va a significar regresar. Para mí, un día, volver será devolver; empezar a devolver al mundo lo que me está dando.

Play Pause

ASIA. EGIPTO 2. El derviche detuvo por un momento su danza y creó un instante de silencio. Entre sus dedos, los 'sagats' abiertos dejaban escapar un suave eco de cobre. Inclinado con un brazo hacia el cielo y el otro hacia la tierra, una expresión de éxtasis

le aislaba del mundo ordinario condenado a ser olvido. Durante ese segundo la mezquita condensó tanta energía que nos erizó la piel y respiramos un aire extraño. Después, continuó la danza y el delicado sonido de los 'sagats' que nos hipnotizaba, pero todo estaba lleno por el recuerdo de esa pausa. Augusto me convenció para regresar una segunda vez a la ceremonia sufí. Quería hablar con ese hombre, dijo, aunque haciendo gala de una de sus malas costumbres me ocultó su interés por el Sufismo. Mientras esperábamos el comienzo, conocimos a Nicolás, un ex-patriado chipriota que había decidido pasar su jubilación en El Cairo, enamorado del arte islámico; una cortés mentira que atajaba mayores explicaciones sobre por qué vivía allí. Nicolás podía pasar por ser un encantador anciano, pero sus ojos eran demasiado intensos, había más en su vida de lo que pretendía hacer creer. Cuando Augusto le explicó el motivo de la segunda visita, la pausa del derviche, su rostro se iluminó. No se anduvo con rodeos. 'Has de ir a Konya, es allí donde comenzó el Sufismo'. Le miró con fuerza y en sus palabras sonó la magia de los encuentros inesperados en ciudades exóticas: 'Has de hacerte sufí'. Augusto sonrió, y en ese instante los timbales comenzaron a llenar de ritmo la mezquita. Comenzaba la ceremonia. No volvió a mencionarme el asunto otra vez. Y fue tal vez diez años después de aquel viaje, cuando tuve una carta suya al respecto. Yo estaba inmersa en responsabilidades familiares, y los caprichosos intereses de mi ex, en busca de sabe Dios qué, cambiantes tras cada frontera que cruzaba, me interesaban bien poco. Nuestro contacto se había reducido a alguna postal desde cualquier rincón exótico interesándose por mis embarazos, y mis respuestas al poste restante de Cuzco, Pokhara o Manila. Un día llegó una postal desde la antigua Kasghar. 'Sofía, ¿te acuerdas de la mezquita sufí del Cairo? He vuelto a ese instante, o él ha vuelto a mí. Heráclito tenía razón. Fue en una danza uigur, anoche. Mañana parto hacia Konya'. Salgo de África. Los días en Cairo fueron de descanso y recreo.

Buena comida, inolvidables helados de mango en lo del 'Tío Abu', ceremonias sufíes, y paseos por calles atestadas de locura, bazares y monumentos. A la noche, disfrutaba una tranquila 'shisha' (pipa de agua) en un café local de mi barrio y hacía planes para atravesar Asia hasta Japón. También las dolencias que el cuerpo había silenciado durante los tramos de viaje aprovecharon la pausa para salir a la luz y reclamar cuidados. Y llego a Suez. No tengo muy claro cuál es el límite geográfico entre África y Asia, que en la antigüedad era el Nilo, pero decido que será el mar Rojo. Aquí, la única diversión es ver pasar los barcos por el Canal, lo cual no deja de ser una tontería, pero distrae. Una forma de entretener la mente, consciente de que el sueño y la realidad africana se quedan atrás, y que delante hay muchos días de buena vida por Oriente Medio. Cuando los problemas se reducen a decidir si almuerzo unos 'falafel' o un plato de 'hummus', viajar no tiene mérito. Y como quien pasa al año nuevo pensando 'un día mas', cierro la puerta africana. El porvenir arrasa siempre con todo, y ante semejante diversidad para recorrer en los próximos años, las expectativas entierran cualquier intento de nostalgia. No obstante, cruzar al otro lado tiene su aquél. Bien temprano me dirijo al túnel que pasa bajo el Canal de Suez, aún sabiendo que las bicicletas no pueden pasar, y cruzo el peaje en soledad, nadie sale a decirme nada. Tal vez, deberían… Tras un bajadón llego al comienzo del túnel donde un policía me para. - Alto. No se puede pasar en bicicleta, ¿le han dado permiso? - Por supuesto -digo alegremente, sin saber lo que me espera por delante. - Un momento -me dice, y llama por un teléfono. Le hacen el mismo caso que a mí un momento atrás, nadie coge el teléfono. El tipo insiste hasta tres veces y finalmente se encoge de hombros y me deja pasar. En maldita hora. Sigo bajando, ya dentro del túnel, y descubro por qué no

pueden ir bicicletas. No hay espacio. El túnel tiene dos carriles con la anchura justa para dos camiones y no separados por una línea continua, sino por una sucesión de enormes ladrillos amarillos, que impiden salirse del carril. 'En bonito asunto te has metido, Garbancito, como pase un camión, te veo espachurrado como el Coyote.’ Y el túnel es largo… Murphy diría, ‘Si puede pasar un camión, pasará’, y cómo no, al poco escucho un ruido llegar desde atrás que no es precisamente el Correcaminos haciendo ‘mic-mic’, es horrible. Ya he empezado a subir la pendiente cuesta arriba, pero viene muy cerca. No tengo tiempo. El ruido aumenta y veo las luces aparecer. Me asusto. No hay espacio y él no puede echarse al otro lado. Decido pararme y pego la bici todo lo que puedo contra la pared del túnel, yo en medio, pegado a la pared, conteniendo el aire. Viene el camión y pienso 'Hasta aquí has llegado, amigo. Se acabó'. Pero no, el camión pasa y lo siento a un par de milímetros apenas de mi bici y de aplastarme con ella. Respiro y me siento vivo. Es una alegría indescriptible. No hay tiempo que perder, emprendo la subida lo más rápido posible, bajo piñones y acelero hasta sentir el corazón en la boca, porque estoy escuchando otro camión venir. Aparece la luz de salida del túnel y es una contrarreloj entre alcanzarla o que el camión me alcance a mí. Las piernas me duelen pero voy todavía más rápido y llego a la luz antes que el camión. Resulta ser un autobús y viene lento, tal vez me ha visto. Me echo a un lado fuera del túnel y respiro, estoy sin aliento, con la adrenalina por las nubes, pero vivo. 'No más túneles prohibidos, Garbancito, promételo'. Cuando cruzo el puesto del otro lado -¿en Asia ya?-, varios policías controlando el tráfico me miran extrañados, pero no dicen nada. Y entro en el Sinaí, con la alegría de quien ha escapado de la muerte por un par de milímetros. Bonita entrada en Asia. - Cuéntame tu historia, Matías. Pidió el pequeño Eduardo. Matías asintió. 'Yo nací en el arrecife de coral, el lugar más bonito del planeta.

Era inquieto, siempre de un lado al otro, me fascinaban las historias de mar adentro, los mitos, lo diferente. No quería vivir protegido por el banco, sentía que la vida debía ser algo más. Un día conocí a Simón. Charlar con él fue un impulso definitivo y tomé una decisión radical. Pedí hablar con nuestro Líder y contarle lo que quería hacer con mi vida. - ... dejar el arrecife e ir océano adentro, conocer, vivir aventuras, y después alcanzar la orilla. Quiero saber que hay más allá del agua. - ¿Estás loco? - me espetó. - Fuera del agua morirías, necesitas el agua para respirar. ¡Eres un pez! - Si, pero he oído que hace muchos años, un pez salió del mar y se convirtió en mono... El Líder me miró con dureza. - ¿Quién te ha contado esa patraña? Enmudecí. - Hum…, Simón aun sigue en aquella cueva... ha sido Simón, el pulpo, ¿verdad? El Líder no esperó respuesta. - Matías, todo eso son mitos fantásticos, fábulas para engatusar a jóvenes sedientos de aventuras, pero... está bien, está bien. Tú eres distinto, Matías, te has dado cuenta que la mayoría del banco sigue una vida corriente y quieres algo más. Bien, haz algo diferente. Sal del arrecife y ve al mar de los tiburones, descubre, ten aventuras y conoce. Volverás convertido en un héroe y tendrás un lugar de honor en el banco. Los peces querrán escuchar tus historias y serás un ídolo para ellos. Sí, Matías, sal de arrecife. Pero no seas estúpido, no vayas a la orilla, morirías. - Pero… he oído que fuera del mar está el aire, la libertad. - ¿Libertad? ¡Maldito Simón! ¡Tú ya vives en el arrecife de la libertad! Aquí tienes de todo para elegir, puedes hacer de tu vida lo que desees, incluso los caballitos de mar hermafroditas pueden tener hijos. ¿Puede haber algún lugar con mas libertad que éste? El Líder me dejó confuso. No dejaba de tener razón, quizás yo quería ir demasiado lejos. Tal vez estaba aturdido por

fantasías. Hablé con Simón antes de partir al mar de los tiburones. - ¿Libertad? - dijo riendo. - Ningún banco de peces conoce esa palabra, Matías. La libertad sería un cáncer dentro de la sociedad, destrozaría el sistema. A la variedad, la llaman libertad. Me puso un tentáculo delicadamente en la cabeza. - Antes de que te vayas, Matías, recuerda que 'libertad' es una palabra demasiado grande. Quien la busca renuncia a lo demás: amor, riquezas, familia, puede que la vida misma... ten cuidado.' Matías se ensimismó en sus recuerdos durante un tiempo prolongado, provocando la ansiedad de Eduardo. - Entonces… ¿saliste? ¿viste a los tiburones? - Si, si, claro - respondió riendo -. Tiburones, mantas, ballenas, naufragios, todo. Viví multitud de aventuras entonces. Incluso conocí a una sirena. Pero quería saber que era el aire, que había más allá del mar. Era una frontera demasiado obvia para no cruzarla. Y fui a la orilla. - ¡¡Fuiste a la orilla!! ¿Cómo es? ¿qué hay? ¿qué…? - Había mucha luz, muchos colores, sentí el aire rodeándome, pero inmediatamente dejé de poder respirar y empecé a moverme convulsivamente. Era terrible, estaba muriéndome. De pronto, volví al agua y pude respirar. Me tranquilicé y pensé entonces que jamás me había sentido tan vivo como en ese instante cerca de la muerte. Fue el momento más intenso de mi vida, y… conocí el aire. Después, intenté nadar y me vi atrapado, chocando contra todo. No sabía qué pasaba. Y al poco tiempo, me colocaron en este acuario, con vosotros. Eso es todo. El pequeño Eduardo miraba asombrado a Matías. Qué vida la suya, tenía muchas preguntas que hacerle. Llegaron otros peces del acuario atraídos por el rumor, y le rodearon con curiosidad. Uno de ellos preguntó: - Matías, dinos, ¿es verdad que hay un lugar llamado 'el arrecife de la libertad'?

Las cosas mejoran y bajo hasta la punta sur del Sinaí con un viento de demonios en mi espalda. Voy como una moto, cuatrocientos kilómetros en día y medio, hasta parar en Ras Mohammed, el área protegida del mar Rojo. Recuerdo los consejos de Ana y Tonesillo en Nairobi. 'Llega al atardecer, que la taquilla ya está cerrada, y pagas al salir diciendo que has estado sólo un día.' Me detengo en la entrada, a ver si algún grupo de turistas de Sharm el Sheik me alquilan equipo de buceo, y no he de esperar mucho. La primera furgoneta para y el guía me mira con una simpatía que ya conozco bien. He tenido suerte. - Claro que sí, hombre. ¿Qué número tienes?… Toma… Déjalo en taquilla al salir; son amigos míos-. Menos mal, pues es tarde y sólo queda otra furgoneta más por salir del Parque. Efectivamente, el tipo de la taquilla se ha ido y en el control me dicen que pague al salir. Voy hacia el mar y acampo en una de las desiertas playas. Casi no puedo dormir, nervioso como un niño. Al amanecer, tratando de no herirme con el coral, camino y nado un par de centenares de metros, hasta que doy con la maravilla: la caída al arrecife de coral, que incluso me da vértigo. El azul que se difumina hacia un inalcanzable fondo marino me da la sensación de estar volando. Enormes corales y peces de colores sin fin, que hacen de Zanzíbar un pequeño acuario a su lado. Es algo maravilloso, no quiero salir del agua pero las tiritonas del cuerpo finalmente me sacan al sol. Hacia las 9.30 comienzan a llegar barcos desde Sharm el Sheik, y furgonetas a diversas playas, que se van tras el mediodía, dejando vacío el paraíso. Nadie acampa en el Parque. No me lo puedo explicar, porque cuesta una fortuna que te lleven en barquito a los arrecifes. Salgo al par de días y paro en la taquilla a dejar el material prestado. Extiendo en el mostrador moneda egipcia en lugar de dólares.

- ¿Es usted residente? - me preguntan, pues la diferencia de precios es como el arrecife, abismal: veinticinco liras egipcias o cincuenta dólares. - Si - y no miento demasiado, la extensión del visado me ha convertido en 'residente temporal'. Me sonríen con la calidez árabe y el corazón de quien quiere ayudar a un trotamundos y rechazan sonrientes mi dinero. - Que tengas buen viaje. Es la última sonrisa que veo en el Sinaí. El resto es una sucesión de resorts para buceadores donde un occidental es descarnadamente un fajo de dólares. Llego a sufrir algunas situaciones repugnantes, con gente que me quiere vender el pan a veinte veces su precio, y siquiera mi chapurreo en árabe o la obviedad de no ser un turista de vacaciones, les hace mover el precio. No encuentro más palabra que 'repugnante'. Cuando llego a Nuweiba, lejos de los arrecifes turísticos, regresa una normalidad relativa, pues aún siento el aire un tanto irrespirable. Algo que es común en lugares con gallinas que ponen huevos de oro. Puede ser una mina, una zona petrolera, o un rincón turístico, doquiera que la pobreza se codea con la posibilidad de agarrar un buen pellizco, pronto y fácil. Como el pellizco que se lleva el ferry, pues es la única manera de cruzar a Jordania sin pasar por Israel, y cobra setenta dólares por un paseo de cuatro horas. Adoro Egipto, pero el Sinaí me hace dejar este país indignado. JORDANIA Y SIRIA. Kavafis regresa una tarde más a su casa por las calles empedradas de Alexandría. Té, narguile, y unos 'kebabis' para matar el hambre antes de franquear la puerta. Su casa. Su templo. Atrás queda la existencia gris del funcionario a quien nadie saluda y una mesa amplia, llena de libros, notas y papeles, le aguarda para vivir en otra dimensión. Y una noche de insomnio escribirá ‘Itaca’. Va derecho al cuaderno que está en su mente desde el mediodía. Necesita un final para el poema de Marco Antonio y

Cleopatra. Marco Antonio muere, sí, pero ¿quién cruza el umbral de la eternidad? Octaviano le mata por haber vivido la vida que él soñaba… entonces, ¿quién saborea en vida la eternidad? Vivir la vida soñada…. Kavafis deja el cuaderno en la mesa y busca entre papeles viejos hasta dar con lo que busca, y lee, o recuerda tal vez. Aunque tenga un final el viaje, viajaré. Y cuando doble esa esquina del mapa donde termina la ida y comienza la vuelta, ni todo el peso del este, ni la luz del sur, ni los templos escondidos del saber, serán un freno para regresar a Alexandría. Volaré también, aunque la libertad tenga un final. Y cuando la ventana de mi hogar un mal día me parezca una cárcel y el aire asfixie, como quien abre una vieja caja de música, el eco de los pájaros con los que vi el mundo vendrá para calmar la pesadilla. Y amaré, ciertamente amaré, una y otra vez. Aunque tenga un final el amor, amaré. Sembraré trigo en las orillas del mar, abrazaré las arenas de los desiertos, y cuando caiga la despedida en la escena, huiré hasta que su recuerdo se canse de perseguirme. Así pasará el tiempo hasta el regreso, aún no envejecido pero cansado de viajar, de volar, de amar. Entonces, aunque tenga un final la vida, viviré. Viviré. Iniciado ya en donde habita la muerte del ego, pondré todos mis pájaros, mis mapas, mis heridas, en una ofrenda con hibiscos y violetas. Moriré para vivir. Abriré las puertas de mi templo donde tendrá el desconocido un plato de comida, y el amigo que llega, una taza de té caliente. Y yo, sin moverme más de Alexandría, esperaré que llegues buscándome, para contarte noche a noche, cuán largo fue el camino hasta ti.

El que buscaba habrá sido encontrado. Así será mi vida, así te esperaré. Porque tiene un final la espera, esperaré. Kavafis termina de recordar, de leer, y abre las ventanas de su habitación. Necesita aire. A veces los dioses le abandonan y su templo es una oscura caverna que le grita ‘Tú nunca tuviste a Cleopatra en tus brazos, nunca fuiste a los Mares del Sur, tu viaje mas atrevido es desprenderte de tu absurda chaqueta y corbata cada tarde aquí, sueñas despierto ante las puertas del mundo.’ 'Vivir la vida soñada es arriesgado,' piensa, 'yo no puedo escribir mi vida, sólo mis sueños. De la misma manera que yo entrego al César la vida de Marco, mi vida puede ser entregada. No, no. La chaqueta y la corbata son necesarias para soñar una vida no vivida.' Un día cualquiera, Kavafis regresará por las calles de Alexandría a su casa, y encontrará la fría caverna especialmente oscura. Entonces, esa noche, mordido de ira, dolor e insomnio, clamará su venganza contras las puertas cerradas del mundo. Se sentará a la mesa y empezará a escribir ‘Cuando emprendas tu viaje a Itaca, pide que el viaje sea largo…’

En el puerto de Aqaba no paro demasiado, sólo para comprar algo de comida y esperar que pase el caluroso mediodía. Voy rumbo a Wadi Ram, y los días en el Sinai me tienen temeroso de encontrarme hoteles varios y precios abusivos en la pequeña aldea beduina. No ocurre así. Ram sigue siendo el desierto de Lawrence de Arabia. Cerca de la Semana Santa europea, hay mucho turismo, pero no paran en la aldea. Simplemente pasan en los todo-terrenos hacia cualquier campamento perdido en el desierto. Y Ram es un desierto sin fin, tiene espacio suficiente para que escaladores, turistas, mochileros y también ciclistas, disfrutemos de la belleza. Con sus decenas de verticales montañas de piedra surgiendo de la

arena roja, es sin duda uno de los lugares del mundo que te dejan con la boca abierta. Allí me quedo una semana, cambiando pedales por roquedales, y prendado de las puestas de sol que enrojecen las montañas. - ¿Vas a ir a Petra? -me pregunta Gernot, un simpático escalador alemán. - No lo creo... Cantaba Miguel Ríos '…al lugar donde has sido feliz, es mejor que no trates nunca de regresar', y yo tuve la fortuna de disfrutar Petra vacía años atrás, gracias a la invasión de los Estados Unidos en Irak. Repetir visita en plena Semana Santa no me parece muy sensato y, tras dudar unos cuantos días, emprendo rumbo a la capital a través del desierto. Me despierta curiosidad Ma'an, un enclave importante en el 'Haji' -la peregrinación a la Meca-, que durante años fue la pesadilla del rey Hussein, con intermitentes protestas de ortodoxos musulmanes. La política del reino jordano ha sido tradicionalmente una inteligente doble faz, que por un lado mostraba a Occidente un país musulmán en vías de modernización y democracia, y por el otro, contentaba a los súbditos con su apoyo en los momentos importantes del año islámico. El rey Hussein ha sido, con esto, un importante pieza en el conflictivo Oriente Medio, fuera aplacando iras musulmanas, fuese haciendo entender a Europa la cultura árabe. No obstante, el sur jordano es un enclave radical al que no le ha hecho nunca gracia ver a su rey enchaquetado en fiestas occidentales. La ciudad está ‘tomada pacíficamente por las fuerzas armadas’, con puestos policiales en cada cruce de carreteras, y es lo único que hace sospechar algo extraño en una ciudad árabe común. Paro allí un par de días y recibo la misma cordialidad que en cualquier lugar. Un tanto desilusionado, continúo viaje por el desierto hacia la capital. Amman, aparte de estar hermanada con Lisboa merced a unas colinas terroríficas, es un lugar agradable para pasar unos días

comiendo bien y reciclar mi equipaje. Consigo una rueda japonesa de segunda mano con la que sustituir mi llanta delantera, que se rajó al dejar Wadi Ram y me ha hecho viajar hasta aquí sin poder usar el freno -de ahí mi pánico en las colinas de Amman…-, y gracias a mis amigos granadinos de ‘Sherpa’, recojo en la oficina de correos un paquete con una tienda de campaña nueva, y prendas para el frío. Se acabó el buen tiempo africano y comienzan las montañas que habitan arriba y abajo el paralelo 40. Viajar aquí, e igualmente en Siria, es una delicia, una de las mejores regiones para viajar pedaleando. Tienen monumentos impresionantes de diversas culturas -nabatea, romana, cristiana, árabe-, la gastronomía es para morir por Alah, y los árabes son de los tipos más cálidos de este mundo. Los ciclistas pasamos la mayoría del tiempo fuera de los lugares turísticos, en contacto con gente normal, y los árabes se desviven por ayudar, por agradar, por hacer al forastero sentirse indudablemente bienvenido. Siempre recibo la misma pregunta, '¿Necesitas algo?' - No, muchas gracias. Acabo de comprar comida en Aqaba, estoy bien. - Hum… pero vienes de Egipto, ¿verdad? - Si, claro. - ¿Tienes ya mapa? Yo tengo uno muy bueno… toma. ¡Bienvenido! A menudo me invitan a comer, o a dormir en su casa, ejemplo, al recoger el envío de España no me hicieron impuestos… una gente estupenda, especialmente Amman hasta Turquía, donde hay bastantes cristianos dos mil años llevan tolerándose unos a otros.

o por pagar desde y por

Hussan llega en su bici china al zoco de los artesanos. El bullicio de Damasco, los taxistas sin cuidado, quedan atrás. Camina saludando a otros más madrugadores ya con el café en

la mano, rechazando cortésmente las invitaciones que llegan de un lado y otro. 'Sabah al kher, sabah al nuur. ¿Keif halak?, Quais alhandullah'. Para un rato con Ahmed, al que si le acepta un café turco. Las cosas no le van bien, no vende mucho, tal vez debería cerrar. 'Ni hablar, cuenta conmigo si necesitas dinero'. Entra en el patio del zoco y se detiene. Treinta años trabajando en el mismo lugar y aún la risa fresca de la fuente le llena de alegría cada mañana. Cada día es una primavera de margaritas y amapolas. Mohammed y Wali juegan al backgammon bajo los soportales y fuman el primer narguile del día. 'Vinieron unas turistas a tu taller, dijeron que volverían por la tarde, inch allah'. El taller de Hussan está en la esquina oeste del patio. El sol alcanza ya una puerta donde no hay horario de apertura. 'Han estado hace un rato unas turistas, les dije que volvieran a la tarde', le dice su vecino Hussein. - Una diferencia entre árabes y occidentales es que nosotros no interrumpimos al que tiene algo que decir - comentó una vez con un alemán, - aunque sepamos lo que va a decir. - Es ineficaz - repuso el europeo. - Si, ni somos eficaces ni tenemos prisa, así nos va - bromeó Hussan. - Pero respetamos a quien nos habla - añadió sosteniendo la cálida y tajante mirada árabe. Hussan realiza copias de obras de arte antiguas, principalmente bajo-relieves de religiones sirias pre-cristianas. En barro para souvenirs, en mármol para quien puede pagarlo. Treinta años cincelando, treinta años de relajada música clásica, treinta años colgando recortes de prensa que denuncian los crímenes judíos en Palestina. - No tienes ninguno de bombas suicidas en autobuses israelitas - se quejó una canadiense hace años. - Aquí no llegan esos periódicos - se defendió sonriendo. Ningún musulmán honesto apoya el terrorismo, pero el hombre que ha visto morir a su bebé de un disparo, es un hombre enloquecido - justificó, señalando una foto de un niño llorando frente a un soldado judío que, rodilla en tierra, le apunta con una enorme ametralladora.

El día pasa como cualquier día desde hace treinta años. La misma tranquilidad, la misma fuente, el mismo murmullo quedo de los vecinos que sólo interrumpe la llamada a la 'salat', o la conversación con algún turista. Ajedrez o backgammon, té o café turco, 'hummus' o 'babagahnugh'… 'si pudiera elegir mañana cómo pasar otros treinta años, pediría a Dios la misma vida otra vez, aunque... con una Palestina libre'. Hoy ha sido un día de buenas ventas. Hussan aprovecha para cerrar pronto y sonríe pensando en un kilo de pasteles para su familia. Sale con su bici china despidiéndose de sus vecinos, se detiene para compartir un narguile con Mahmouth, su futuro yerno, y después vuelve a charlar un rato con Ahmed, insistiéndole en su ayuda. En los zocos, más que enriquecerse, importa engrandecer la sombra que tu árbol ofrece. Tras el bullicio del tráfico, sorteando autobuses y taxistas sin cuidado, entra en el Damasco antiguo. Por calles angostas de balconadas otomanas se encamina al barrio cristiano con el eco de la penúltima llamada del 'muacin'. Para a comprar los pasteles y se dirige primero a la casa de su hijo mayor para dejarles la mitad. Después, entra en la iglesia maronita y brevemente da gracias por las buenas ventas. A la caída de la tarde, en su casa todos ríen bebiendo té y comiendo pasteles borrachos de melaza, es una primavera de margaritas y amapolas.

Tras cruzar a Siria, llego pronto a Damasco, la vieja Dimashq, que aún conserva el Cardo Máximo romano junto a la medina amurallada, más de dos mil años comerciando en esa calle…, pero yo me voy directo a un rincón donde regresaré una y otra vez hasta que muera. En el viejo Damasco, dos cafés enfrentados junto a la mezquita de los Omeyas ofrecen té y 'shisha' en un ambiente difícil de calificar. Sé que aún colea la Semana Santa, que no voy a recibir una calurosa bienvenida árabe, sino unos precios desorbitados y el trato indolente hacia un turista más, pero no puedo negarme a ir. Tras satisfacer el capricho, no regreso. La medina está llena de románticos cafés damascenos sin turismo donde refugiarse; figuras geométricas, fotos antiguas y sirios con bigote entre el humo de los

narguiles y la música de Feiruz. Cada viajero tiene su ciudad favorita, la mía es la vieja Damasco; me siento en ella y entre los árabes como pez en el agua. Son días en los que me olvido que viajo en bici, sueño que tengo una antigua casa en el barrio cristiano y vivo aquí. Pero los sueños, sueños son, y yo quiero llegar en verano a las montañas de Asia Central, que aún están lejos. Así que dejo atrás Damasco y cruzo hacia Turquía en línea recta, a través de las norias de Hama y los caravanserais de Aleppo, con un poco de morriña por casa. Regresar al Mediterráneo es pedalear entre olivos, frutales, pinos, adelfas, matorrales aromáticos, margaritas, amapolas… todo me recuerda la primavera mediterránea, y al llegar a la frontera con Turquía la mitad de mi corazón clama por girar hacia Europa. Sentado en uno de los jardines que cuelgan al río Orontes, el viento te trae el quejido lastimero de las centenarias norias; aguas lentas mueven lentas norias. Si estuvieras en Simonstown, podrían ser cantos de ballenas, pero estás en Hama, la ciudad que llora. Nada más hipnótico que sentarse frente a una de las gigantescas ruedas y contemplar su continuo y esforzado movimiento, la madera ennegrecida resonando en los ejes, y las baldas chorreando en un llanto copioso. El río las refleja, ellas reflejan la misma vida. Hama tiene motivos suficientes para llorar por sangre derramada en sus aguas, pero al igual que en el poema de Donne, no has de preguntar por quién doblan las campanas. Hama te atrapa. Lazos invisibles. La cárcel más segura es para quien ama sin razones. Cuando un hombre no puede justificar los motivos que le atan a una ciudad, a una mujer, a una partitura, está irremediablemente condenado. Amo porque no puedo hacer otra cosa. Sentado frente a una noria, en un jardín con un narguile, en un paseo junto al río, el llanto de las maderas empapadas te cautiva como a Ulises las sirenas. Y el cuerpo es de plomo cuando sientes frío y has de volver al hotel a coger algo de abrigo. Cuesta levantarse, alejarse del hechizo. Viajero, dejar esta ciudad para ir a otra, más que una proeza

es una estupidez. Aún cuando las luces de Isfahan esperan por ti, encendidas en algún día del horizonte, las norias de Hama anulan el deseo de partir. Entre uñas de gato y polvo de lagarto agitan las aguas del Orontes como brujas preparando el brebaje que enloquezca a Macbeth. Lloran y lloran para que no las conviertas en un recuerdo romántico, para no habitar al lado de otras ciudades, otros recuerdos. Lloran para detener tu camino, lloran para no compartirte, lloran por miedo a ser abandonadas y que sea la ciudad de Khayyam, exótica, exuberante, la adornada por puentes, palacios, cúpulas de oro, el lugar donde construyas tu casa. Lloran por que no pueden hacer otra cosa. Así pues, viajero, si te detienes en Hama, endurece tu corazón para decir adiós y seguir camino, y no preguntes por quién lloran las norias, lloran por ti.

Desierto de Wadi Rum Viejo Damasco. Play Pause

TURQUÍA. En Gaziantep me doy de bruces con la Turquía moderna, de ciudades similares a Europa. Luminosos, escaparates, aceras peatonales, cascos antiguos restaurados con mimo germano… algo que casi había olvidado. Y todo bastante caro. Afortunadamente, entre ciudad y ciudad están los turcos bigotudos, una gente llana, hospitalaria y afable, que me invitan a comer y beber té, doquiera que paro. Si fuese por ellos, no pedalearía más de veinte kilómetros al día. Cada gasolinera, cada cafetería, es un turco con un té en la mano y

una invitación a voces para que tome algo con ellos. Me destrozan la mano al saludar, me hartan de comer hasta el punto de que sufro una indigestión, pero quién se resiste a esos kebabs con berenjenas… hay hospitalidades que matan y otras que ordenan la vida por ti, como en una aldea donde nadie me saludó, ni ofreció té, y decidí poner la tienda discretamente en las afueras. Al ver que iba a dormir dentro de 'eso', de inmediato, unos tipos se acercaron. - Espera un momento, por favor, pero ve levantando la tienda que en nuestro pueblo no duermes en el suelo. Uno de ellos fue a buscar al más rico del pueblo para que me hospedase en una casa en condiciones. - Una vez que pasa un forastero por aquí, y va a dormir en el suelo…¡ni hablar! -me dijo a la noche, Mehmet, el anciano de la casa, ofreciéndome otro kébab más. Cierto que he dejado atrás las delicias árabes, el ful, el hummus, babaganush… pero también he entrado en tierras de pinchos a la brasa y en 'Yogurtán', que extiende sus fronteras hasta Ulan Baator en Mongolia. No me viene mal mejorar las reservas de calcio. Atravieso el sur de Turquía, un batiburrillo de gentes diversas, donde todos dicen ser turcos, pero enseguida matizan si son árabes, kurdos o turcos-turcos. Y las aldeas que cruzo son de una u otra etnia, sólo las ciudades son mixtas. El antiguo Creciente Fértil hace honor a su nombre, y es una tierra rica, atravesada por ríos históricos, como el Éufrates o el Tigris. Una enorme región agricultora donde al arrancar una patata puede salir también una tesela babilónica, o unas monedas con efigies romanas. Cada pueblo está lleno de antiguas inscripciones, mosaicos, lugares sagrados, tumbas; en varias ocasiones, se me ha acercado un campesino mostrándome algo que encontró en su terreno y preguntándome si sé lo que es. Demasiadas películas de Indiana Jones... Conforme dejo el sur fronterizo con Siria e Irak, aparecen las

montañas, el Kurdistán turco. Montañas, en mayo, aún con nieve, sobre verdes valles. Desde el mirador de Mardin contemplo el sur que voy a dejar atrás, la planicie de Mesopotamia y me encamino a los encerrados valles de las montañas kurdas. Dejo atrás también ciudades antiguas como Mardin, que son un museo de Historia viviente, donde comenzó sus pasos la civilización occidental, y el sur turco refleja ese trasiego milenario de pueblos y naciones. Paso dos domingos cruzando el Kurdistán turco y me invitan a dos bodas. Muy tradicionales: baile y comida para todo el pueblo. Bailan en círculo, muy apretados unos a otros con los codos unidos, y llevando un ritmo unísono del que yo me desligo a menudo con torpeza, provocando sus risas. Son días agradables, a veces acampo, a veces acepto la hospitalidad kurda. Es bastante fácil encontrar un lugar bonito donde poner la tienda con un buen paisaje, en especial cuando alcanzo el altiplano del lago Van, una joya entre montañas de tres y cuatro mil metros. También es cierto que la zona es caliente, y antes de llegar al lago Van, en la carretera desde el río Tigris hacia Siirt, tengo unos días desagradables. Es una zona donde la resistencia kurda está muy activa, pues el proyecto de una nueva presa sobre el Tigris no sólo va a dejar bajo agua monumentos históricos, sino que inunda también la única carretera de acceso a muchas aldeas kurdas, cuya única solución es abandonar sus casas. Gente desplazada, incomunicada, pueblos vacíos, y árboles que no saben que este próximo será su último verano. Este pantano no contribuye a mejorar la situación entre kurdos y gobierno turco, y alguna noche que planto la tienda relamiéndome ante un delicioso atardecer, la paso escuchando tiroteos y bombazos. Es una guerra no declarada. Los controles militares turcos son polvorines llenos de tanques, ametralladoras, obuses, y los militares son soldados que no sonríen y van vestidos como en Plattoon; las carreteras están destrozadas y la sensación es de estar en un reportaje de guerra en los Balcanes más que de viaje, sobre todo cuando me sobrevuelan los helicópteros o me adelanta un tanque. - Espere un momento más, por favor -me dice el militar, que

lleva cruzado sobre el pecho un arsenal de balas. Llevo en ese control más de una hora esperando saber si me autorizarán a seguir o me tengo que dar la vuelta, y deshacer ciento cincuenta kilómetros. - Puede usted seguir -me dice finalmente, tras recibir instrucciones por la radio-, pero ¿no tiene usted miedo de los kurdos? Le van a pegar un tiro para robarle el dinero. Esbozo una sonrisa, lo miro de arriba a abajo, echo una ojeada al polvorín que tienen montado ahí, y en tono jocoso le respondo. - Quien me da miedo es usted. El militar se ríe orgulloso de su poder, sin captar un ápice de mi intención y me deja el paso libre. Por fin en el lago Van, lejos del calentón militar entre el Tigris y la provincia de Hakkari, me relajo y disfruto unos días de relax en su orilla este. Un limpio espejo donde se reflejan las montañas nevadas, con cientos de praderas para descansar un rato en la orilla, o acampar. Un lugar muy bonito. Imagino que si no estuviera donde está, en pleno Kurdistán y a dos pasos de Irak e Irán, este lago estaría más preparado para el turismo de montaña. A mi paso, en dos días, sólo veo un par de hoteles para locales, que están vacíos, y poco más. Salgo del Kurdistán turco con buenos recuerdos, una tierra estupenda para la bici, llena de rincones ajenos al tiempo. En muchas ocasiones me encontrado a mí mismo sentado ante el panorama, con unas galletas y una sensación de plenitud intensa, como esculpido a ese lugar. Con la extraña impresión de que si le ordeno a mis piernas un movimiento, no podrán obedecer. Momentos en los que todo lo que no es presente ha desaparecido. En el consulado de Erzurum recojo, sin más problemas que una puñalada en el bolsillo, la visa para Irán y lo celebro acampando frente al biblíco monte Ararat. Un impresionante volcán de 5165 metros, que se erige majestuoso y nevado

desde las praderas de Dogubayazit. La panorámica al atardecer sobrecoge, un lugar que tiene cierta magia, y es fácil imaginar la leyenda de Noé, cuyo arca dicen que quedó varada en la cima cuando lo del diluvio… De una tierra bíblica me voy al Irán de los mulahs, una teocracia en pleno siglo XXI, de cuyo extremismo islámico se mofan incluso en otros países musulmanes.

Play Pause

IRÁN. La vida juega con los hombres una partida de póker llena de argucias, trampas y faroles, y una sola regla: quien quiera ganar el mundo debe apostar su vida sobre la mesa y ofrecerla a la suerte. Lejos de los garitos clandestinos, en el Castillo de las luces y el confort, no tiene cabida algo que la televisión puede suplir, y convierte a los hombres en espectadores en vez de jugadores. Más, fuera de las murallas, aún hay hombres que se juegan la vida por sus ideas, por un sueño, por una mujer. Conocí a Theo en una aldea del mar Caspio. Vino con su motillo llamado por los paisanos que no tenían muy claro si era buena idea dejarnos acampar en el parque. - Ni hablar, seguidme. Hubo tres razones para obedecer: hablaba inglés, era ya tarde,

y su invitación fue una orden. La hospitalidad persa puede oscilar entre una acogida entusiasta y un autoritario paternalismo que no deja respirar al huésped. Huésped llega a significar 'más que el padre' y el abrumador maremoto de atenciones a veces desconcierta de tal modo al occidental que le hace pensar si más que un invitado es un secuestrado. No fue el caso de Theo, él nos conoce bien. Cuando nos despedimos a la mañana siguiente, tras la sabrosa leche recién ordenada, sus ojos pequeñísimos entre la melena blanca y la barba también blanca que le nacía en los pómulos, brillaban de felices lágrimas. Después, nos bendijo rezando el credo y nos deseó buen viaje. Theo salió de Irán a los doce años, en los tiempos del Sha, la marioneta inglesa que frenaba los sueños de Ataturk sobre un gran Turkestán en Asia central. Vivió en Alemania, Italia, Estados Unidos, y Cánada. Un curioso sacerdote católico en medio de una familia islámica moderada. Al sentirse viejo, la soledad le regaló un billete de vuelta a Irán, donde parientes suyos le buscaron una esposa y le arroparon el primer año mientras recordaba el farsi de su infancia. Su casa es pequeña, llena de paz, una mezcla de diseño americano con alfombras y cojines orientales. Una cruz en una viga y una biblia en alemán que coló en su equipaje son sus más preciadas posesiones. Los ojos del pequeño Theo, entre tanto pelo blanco, brillan cuando las señala. Se jugó la vida trayéndolos consigo. En el Irán de los 'mulahs', le encarcelarían en un psiquiátrico si le descubrieran. Y si alguien le abriese el cuello de la camisa y revelase la cruz judía junto a la cristiana, le cortarían la cabeza. 'Me la regaló un amigo; todos somos hermanos, como tú y yo ahora'. Le miré admirado, y como quien suelta una piedra enorme en un estanque, dijo: 'Quien ama no puede odiar, es así de sencillo' Tiene quince feligreses. Todo es secreto, clandestino, arriesgado. Nadie en la aldea sabe acerca de ello. Theo es simplemente un extraño viejecillo que ha vuelto a su país para

casarse con una viuda, que tiene tres vacas holandesas de las que regala más leche que vende, y habla idiomas. No va a la ciudad, no llama la atención, y siempre ayuda a quien le pide. Para mí fue un honor conocerle, estar en su casa y escuchar su historia. Baricco escribió, 'nadie está acabado mientras tenga una historia que contar' y la de Theo es impresionante. Él entró en uno de los garitos clandestinos donde la vida juega al póker y sin temblores, o muy probablemente con ellos, expuso su vida en la apuesta. Se llevará todo a la tumba consigo. Theo ha ganado la partida. Todo cambia de pronto, no sólo dejo de ver mujeres, sino que los bosques de las montañas se terminan, los ríos desaparecen y el viento que me llevaba en volandas lo tengo ahora de frente. Entro por las provincias azeríes de Irán, que no se sienten muy persas, ni identificadas con el extremismo shiita, y aunque la gente es mas fría que en el Kurdistán, son corteses y correctos. El 'tarof' es aquí más intenso que en otros lugares iraníes. - Bien. Me las llevo -le digo al zapatero del bazar, tras las cuatro idas y venidas, los dos tés y el regateo. Necesito unas sandalias nuevas. El tipo rechaza sonriente mi dinero, y me deja perplejo. Tras tanta discusión, ¿ahora me las regala? Insisto nuevamente. - Por favor, tenga. - Y otra vez que me encuentro la negativa del zapatero. A punto estoy de dar las gracias e irme con las sandalias cuando me llega a la memoria la dichosa costumbre del 'Tarof'. Ofrezco mi dinero por una tercera vez. - Aquí tiene. - Esta vez, sonriendo, el zapatero acepta mis riales, y los alza al cielo musitando 'Bismilah'. En Irán es costumbre rechazar los ofrecimientos por dos veces, o lo que es igual, ofrecer por tres veces. Sólo en la tercera, se acepta o se rechaza definitivamente. Y con mi amigo Alí, en Tabriz, más de una vez nos reímos.

- Déja de 'tarofearme', he dicho que este té lo pagaba yo. - ¡No te estoy 'tarofeando', Salva! Eres mi huésped, no puedes pagar. Lo siento. El 'Tarof' llega a extremos insólitos, como me ocurrió años atrás en Shiraz, donde tuve que ofrecer unas naranjas por tres veces a un mendigo que estaba pidiendo en la calle… Bajo desde las montañas hacia Tabriz, donde hay una afición ciclista enorme, y llegando a la ciudad se me engancha Amir, que lleva una bicicleta de carretera. Charlamos poco, pues su inglés es como mi farsi, pero escucha los ruidos de mi cadena saltando en varios piñones. 'Sígueme, por favor', y al entrar en Tabriz me conduce hasta la cueva de Saeed. Momentos antes, tenemos que hacer una pausa para que Amir se coloque unos pantalones largos sobre los 'culottes', pues los hombres no deben mostrar sus piernas en Irán. Saeed regenta un hueco en la calle, como toda buena tienda iraní, y en lugar de cofres con joyas tiene repuestos de marcas occidentales; dado el bloqueo que sufre Irán, a saber cómo diablos los consigue. Casi todo el material que tiene son modelos ya desfasados en Europa; en muchos casos, más resistentes y duraderos que las nuevas generaciones de productos ligeros. Nadie habla inglés pero saben lo que hay que hacer con la bici, y salgo de su tienda con una transmisión nueva, y todo reluciente como salido de fábrica. Tras la ruta por el Kurdistán, en Tabriz entro en plena Ruta de la Seda. Tal vez, el itinerario más popular del planeta entre ciclo-viajeros que puedan disponer de una pausa en su trabajo. Desde cualquier punto europeo hasta Pekín, lo que puede llevar de seis meses a un año, en función de la ruta elegida. Eso genera la posibilidad de encontrarse con camaradas de tanto en tanto, pues las grandes ciudades y los enclaves más turísticos funcionan como 'cuello de botella'. Y sin que viajar en bici pase de ser una insignificante minoría, cierto que nos organizamos bien a través del email y de los foros; con los años, quien no conoce a uno, conoce al amigo de otro. Esta pequeña comunidad ciclista ofrece también buena información,

y yo no quise cambiar mi transmisión en Turquía -donde los precios son europeos- porque sabía que podía hacerlo en Teherán. Pero de la tienda de Saeed en Tabriz, no sabía nada. En Tabriz surge una de estas ocasiones, y en el hotel más barato nos encontramos cinco ciclistas. Tres suizos que tienen un año sabático y van hacia Asia Central, y Steve, un flemático inglés que compagina el baño helado en el río y el té a las cinco. Todos juntos nos dirigimos hacia el mar Caspio, y al tercer día nos cruzamos con Álvaro Neil, el Biciclown, con lo que montamos un insólito campamento de seis ciclo-viajeros esa noche. No volveré a coincidir con semejante pelotón, pero sí con Álvaro, a quien en los siguientes años veré varias veces. Acampar es fácil, todos estamos acostumbrados a lavarnos con agua fría y a cocinar macarrones, pero encontrar una habitación para cinco ciclistas y cinco bicicletas… es harina de otro costal. En Ardabil, donde Steve y yo decíamos adiós a los suizos, nos las vemos y deseamos para encontrar sitio. Finalmente, un simpático iraní nos lleva al hotel de su amigo, y en una habitación minúscula, en la que tres camas lo ocupan todo formando una U, nos apañamos los cinco con todo el equipaje. Nos hartamos de reír y de pisarnos los unos a los otros, como en pleno camarote de los hermanos Marx; eso sí, nadie roncaba, creo. Steve y yo continuamos por las montañas hacia Masuleh y el mar Caspio. Diez días de viaje bien acompañado, de largos desayunos charlando de mil asuntos. Viajar en solitario lleva a tener un exceso de contacto con los locales de cada país, y de vez en cuando, conversar de la vida con otro europeo es reconfortante y sirve para no perder la chaveta. Steve, además, es un tipo con una interesante vida, y una agradable conversación. Los días por las montañas del Elburz, que separan el mar Caspio del desierto iraní, son más duros de lo previsto, y también gozamos de una hospitalidad abrumadora; no en vano, los iraníes tienen fama de ser uno de los pueblos más acogedores del mundo. En muchas ocasiones no nos dejan pagar en la tienda, o nos invitan a comer en un restaurante;

incluso, cuando acampamos, la gente de la aldea más cercana nos ve y les falta tiempo para traernos comida: crema frita, pan recién hecho, melaza, mantequilla… deliciosos manjares caseros imposibles de adquirir en tiendas. Viajar en bici es crear una sonrisa a tu paso, ser constantemente bienvenido; no contaminas, vas despacio, puedes parar y hablar con todo el mundo, e inevitablemente abres la caja de los recuerdos a cualquiera: la bici es cosa de niños. 'Si viajas en bici, eres un buen chico' dice Heinz Stücke, el ciclo-viajero más longevo, que lleva 46 años viajando. Y en Irán, te abre también las puertas de la maravillosa gastronomía casera, deliciosa, llena de especias y verduras. Un lujo, pues los restaurantes son una aburrida monotonía de arroz con kebab o kebab con arroz. Tras un día de lluvia y barro en el que, parodiando a Heinz, 'si viajas en bici, eres un buen chico bien sucio', bajamos al bonito pueblo de Masuleh, aún a mil metros de altitud, encarando la fértil orilla del Caspio, verde y cubierta de arrozales. Nos quedamos un par de días. Es un pueblo muy famoso entre los iraníes, a los que les encanta hacer turismo. Literalmente colgado en la montaña, las calles son los tejados de las casas de abajo, y en los techos amplios los niños juegan al fútbol, a la rayuela; en otros, las mujeres tejen lana al borde del filo, con una vista llena de bosque frondoso. Por la tarde cae un 'calabobos' que convierte a Masuleh en un rincón bucólico, al que sólo le falta una cerveza… De estos días, el único inconveniente es el tráfico, hay mucho más del que yo estoy acostumbrado. En Irán se llena el tanque con un dólar y claro, todo el mundo tiene coche y sale a la carretera, pues otra de las costumbres iraníes es pasar un día libre con la familia haciendo picnic en las montañas, o en cualquier parque. Al bajar al Caspio, el tráfico va a más, y la llanta que llevo agrietada amenaza con dejarme tirado en cualquier momento. Decido dejar la bici en un restaurante con un tal Saeed, un tipo muy agradable, y subo en autobús a Teherán a buscar una rueda nueva. Teherán no sólo es una de las ciudades más contaminadas e insoportables del mundo, sino que cruzar la calle es más

peligroso que bañarse entre los hipopótamos del lago Kariba. Lo mejor que me ocurre allí es conocer a Jose Antonio, un tipo de setenta años viajando en todo-terreno, con una vida periodística envidiable, y doctorado en el arte de vivir el presente. Regreso con la rueda nueva y subo al Elburz Central. Todo un reto. Quiero saber hasta qué punto estoy envejeciendo, y hago en un día 3000 metros de desnivel acumulado, desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, que llego al túnel, a 2650 metros sobre el nivel del Caspio. El cañón es espectacular, con una carretera de zetas excavadas en la vertical pared increíbles, una obra de arte ingeniero, pero los últimos once kilómetros se me hacen eternos, metido en una nube, sin poder estimar dónde diablos está el túnel y el final de la ascensión. Una vez al otro lado del túnel, la humedad desaparece y me enfrento a las montañas desérticas que bajan a Teherán. Al día siguiente, descubro que ya no tengo veinte años y las agujetas me durarán cuatro días, mientras espero los visados para Asia Central. Nadie llega a Irán y se echa las manos a la cabeza cuando comienza el papeleo burocrático para las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central. Es una pesadilla bien conocida en la comunidad viajera. 12 de julio, jueves. Temprano en la mañana, cogemos un taxi y primera visita al norte de Teherán. La embajada uzbeka está cerrada, la tayiki también, y la kirguis… también. 13, viernes. Cierran hasta las cuevas. ¡Teherán es una fiesta! 14, sábado. Segundo paseo al norte. Embajada uzbeka también cerrada, pero logramos hablar con ellos y prometen abrir mañana y de paso, amablemente nos informan que necesitamos una carta de recomendación de nuestra embajada. Se aclara el misterio: jueves y viernes cierran embajadas musulmanas; viernes y sábado, embajadas no musulmanas. Los 'Stans' cierran cuando les parece. 15, domingo. La estancia en Teherán comienza a pesar cuando no a deprimir. Vamos a la embajada española por las cartitas. Una funcionaria muy seria nos atiende.

- ¿Carta de recomendación para Uzbekistán? Vale, ¿algo más? - ¿Un café? -pregunta Álvaro. La mirada es de hielo -. Era broma. - ¿Algo más? -insiste. - Vale, ya que es usted tan amable, también para Kirguizistán, Tadjikistán y Turkmenistán, -pues no sabemos si las necesitaremos y las cartas son gratis para los españoles. - ¡Ocho! - Si. Cuatro para Álvaro y cuatro para mí. 'Y rapidito, nena, que nos cierran Uzbekistán a las once' (Ya vemos que tiene mucho trabajo y sentimos molestarla, pero verá, cierran la embajada uzbeka a las once, en la medida que pueda....) Finalmente, a las diez y media nos vamos con las cartas y un cafelito que estaba bueno. El cónsul uzbeko nos acepta la solicitud y en cuatro días hay que volver para pagar. Andi y Sabine tienen esa cara que se te queda cuando has pagado cincuenta euros por una carta que no dice nada; cosas de su embajada suiza. Nos damos una carrera hasta la embajada tayiki… cerrada. 'Pero mañana abrimos', nos dice el funcionario cerrando la ventanilla. Inch Allah. 16, lunes. A las nueve en Tadjikistán. - Rellenen esta solicitud y esperen dos semanas a ver si es aprobada en Dushambe. No, aquí no pueden obtener permiso para el Pamir. Y escriban una fecha de entrada. - Hombre, dos semanas… ¿no puede ser más rápido? -preguntamos. - Puede que sólo tarde una semana… -ponemos cara de no creer mucho- o incluso veinte días -. Y vemos brillar el diablo en sus ojos. - Verá, no podemos escribir una fecha de entrada si no sabemos cuánto tiempo estaremos esperando. El argumento bizantino sirve para algo y el funcionario lo piensa un momento. - Por favor, esperen -tras quince minutos en la ventanilla presionando educadamente, le hemos tocado el corazón u otra cosa. Y llama por un teléfono interno. - 'Nyet'. Lo siento -dice tras colgar el auricular -. Si no saben cuándo van a entrar, les recomiendo que pidan el visado en

Taskent. Mierda. Taskent es famosa por su corrupción y dificultades. - Es que vamos en bicicleta, de Samarkanda a Dushambe, no queremos pasar por Taskent. - Son las reglas. Fin de la discusión. Cuando un funcionario comunista dice 'Son las reglas' no hay nada más que hacer. Rellenamos la solicitud e inesperadamente nos deja omitir la fecha de entrada hasta que haya una respuesta positiva de Dushambe. Podría ser peor. Nos vamos corriendo a Kirguizistán. - Rellenen la solicitud, paguen setenta dólares y dejen su pasaporte aquí. Lo pueden recoger dentro de cinco días. Ni hablar, este país aún está lejos. Probaremos en otro lugar. 19, jueves. El cónsul uzbeko me recibe sonriente y a cambio de setenta y cinco dólares, por fin, la primera pegatina en el pasaporte. Corriendo a Turkmenistán con fotocopias de todo a pedir el visado de tránsito. Hay una ventanilla abierta, 'Sólo para residentes en Irán', donde pido entregar mis papeles. - ¿Tiene usted visado para Uzbekistán? - Si. - Bien, deje aquí las fotocopias y llame dentro de cinco o siete días a ver si su solicitud ha sido aprobada. Fuera, una nota simpática advierte a los ciclistas que lo especifiquen en la solicitud, y en vez de cinco días de tránsito, tendrán la gracia de siete, o no. A la tarde, agotado del norte de Teherán, taxis, buses, metro, atascos y arroz con kebab, cojo un autobús a Isfahan para matar el tiempo en un sitio bonito. La espera burocrática en Isfahán es agradable, con amigos, todos esperando visados. Allí me reúno con los suizos, Álvaro, y me reencuentro con el japonés Daisuke, al que conocí en Etiopía. Un tipo que rebosa humanidad, de esas personas cuya sola presencia te hace sentir mejor.

Isfahán es una ciudad de ensueño, llena de palacios, mezquitas, puentes maravillosos, parques. Tal vez, la ciudad más hermosa de la Ruta de la Seda. Para mí, es especial la inmensa plaza Iman Khomeini, un lugar mágico donde a la noche, cuando la temperatura es agradable, cientos de iraníes en familia se tumban con alfombras en la yerba, y comen, fuman narguile, beben té, charlan, con el palacio del Sha, las mezquitas y el bazar iluminados. Un lugar especial. A la semana, recibimos por teléfono la noticia de que nuestra solicitud tayika no progresa, y que lo intentemos en otro lugar. Y al volver a Teherán por el visado turkmeno nos acercamos a maldecirles. En nuestra queja vemos cierta luz, y peleamos dos horas en la ventanilla, con supuestas consultas al cónsul de parte del funcionario. Agotados, decidimos irnos, y el tipo dice, - Venid el domingo, hacéis la entrevista y obtenéis el visado ese mismo día-. Tal vez lo agotamos también a él. Increíble. Caminamos perplejos y a Álvaro y a mí nos entra el orgullo ibérico, nos miramos y decimos a la vez, - ¡Ahora, no la queremos! - y nos hartamos de reír, lo cual prueba que viajar no cura de la gilipollez. En fin, lo cierto es que el visado viene sin permiso para el Pamir. Andi y Sabine son más prácticos, pero el domingo tienen un trágico accidente que acaba en el hospital y con Sabine rumbo a Suiza. Álvaro y yo emprendemos once días de desierto hasta Mashhad. Durísimo. El viento nos tiene la mayoría de las horas pedaleando en relevos extenuantes, avanzando entre 8-12 km/h. La temperatura está siempre por encima de los cuarenta grados, y bebemos agua hirviendo, mucho tráfico de camiones, un paisaje desolador… inolvidable desierto. Paso muchos kilómetros pensando 'qué demonios hago aquí'. Lo mejor es la relación con el biciclown asturiano. Casi mil kilómetros de infierno y siempre estamos de buen humor, contando chistes, anécdotas de África. Ante los golpes de calor, bromas; con las averías, risas. A la noche, acampados contra el viento, lavado de botella con tres litros de agua y una buena charla cenando el inolvidable pan 'pergamino', en hojas ácimas, tieso e insípido, soñando con la ansiada cerveza en Turkmenistán.

- Pásame los Textos del mar Muerto, 'bro'. - No, acabaron; Hammurabi.

si

quieres

queda

algo

del

Código

de

O la noche en que acampamos junto a una casa y tras el aseo en un pequeño baño, no tenemos más remedio que cocinar ahí también para estar a resguardo del viento. - 'Brother', no sé si estamos cocinando en el aseo, o nos hemos lavado en la cocina Mucho del conflicto que el resto del mundo tiene contra Irán se centra en el enriquecimiento de uranio y el llamativo 'chador' negro que literalmente oculta a las mujeres. Como todo país en conflicto, la realidad es mucho más que eso. En el bazar, la gente apoya incondicionalmente a los radicales religiosos; fuera del bazar y en especial los jóvenes, están hartos de los 'mulah', la represión social y de estar aislados del mundo. El aniversario de la muerte de Khomeini está al llegar, y los jóvenes escupen al suelo al decir su nombre. No ocurre así entre la tradicional 'gran familia' de bazar iraní, gente tranquila, muy religiosa, que pasa su tiempo de ocio en familia, paseando, rezando. Es gente generosa, llena de hospitalidad y afecto por un extranjero, también con un inmenso y comprensible rencor a los gobiernos de Inglaterra y los Estados Unidos, que extienden a cualquier país que los apoye temporalmente. Una tensión encerrada en un baúl que cualquier caricatura o incidente hace estallar, y entonces sus brazos abiertos se convierten en golpes de fanáticos enloquecidos; se convierten en una horda que sigue los dictados del 'imán' cada viernes, sin cuestionar nada. Todos piensan y sienten igual, todos actúan a una. Hay culturas en las que eso da sosiego, y en otras, aterra; aquí, no se entiende la discrepancia. Pese a ello, a los iraníes les gusta hablar con extranjeros de cualquier tema, incluso de religión, e igual que los árabes, de una forma muy tolerante, saben escuchar. Más que el enfrentamiento con el Cristianismo, lo que les llama la atención es la falta de religión de muchos europeos.

- Pero, una vida sin Dios, sin creencias… ¿no te hace sentirte solo, sin rumbo? Es bastante más sencillo contestar que eres católico o budista. Casi dos meses en Irán son suficientes para ver que la esperanza de un cambio ha desaparecido. El tímido intento del 'renovador' Khatami, se ha diluido en la memoria tras la vuelta de los radicales, con Ahmadineyad al frente. Sólo los tradicionales del bazar y los abducidos por la fe del carbonero están contentos con una vida anacrónica. Quienes suenan con la libertad, el caleidoscopio de la diferencia, están frustrados. Y la represión sexual crea un ambiente aterrador, desesperado, generando una homosexualidad encubierta muy elevada, más que por deseo propio, por desahogo hormonal. Ellos dicen que es respeto a la mujer. Dentro de una mesacamilla negra los hombres no la desean y la convierten en un objeto, como en Occidente, donde vende desodorantes y muestra bolitas de la ONCE… Soluciones medievales a problemas del siglo XXI, igual podrían prohibir los coches para evitar accidentes de tráfico. En Mashhad, nos reunimos con Andi, el único de los tres suizos que ha seguido pedaleando. Álvaro tiene unos días de espera para recoger su visado turkmeno en el consulado, pero Andi y yo salimos sin descanso alguno, pues nuestra fecha de entrada es el 12 de julio, y la salida, el 16. Más de quinientos kilómetros que recorrer en un visado de cinco días.

En la cueva mágica con mr. Said y sus tesoros shimano. Invitados en una casa. Pelotón ciclista. Steve, los suizos y Álvaro. Una noche divertida. Masuleh. Play Pause

TURKMENISTÁN. 'Tomábamos un té dulzón en una terraza. - ¿Ves ese gato? - me preguntó mi maestro. - Si, lindo. - Contesté. - Lástima que no toque la flauta - dijo. Le miré extrañado. - Es un gato, maestro, los gatos no tocan la flauta; son gatos. - ¿Estás seguro? - insistió mi maestro. - Pues claro que si; los gatos maúllan, ronronean, suben a los árboles, pero no tocan la flauta, ¿deberían?. - ¡No! ¿eres idiota? - exclamó, y se ensimismó balbuceando un mantra.' - Extraño koan - comenté a mi tío. - No, no era un koan aquéllo, era una advertencia. - Augusto bebió un sorbo del café y continúo. - Al tiempo de regresar a casa, un día me descubrí a mi mismo queriendo que los gatos tocasen la flauta. Hace más calor en el Karakum que en el desierto iraní, pero, 'alhandullah' -gracias a Dios-, hay menos viento. Turkmenistán tiene una gente estupenda, una de las dictaduras más férreas del planeta, donde no existe prensa internacional, y vive absolutamente aislada del mundo. Tiene también una carretera llena de agujeros y baches, que en verano pasa de los cincuenta grados durante varias horas al día. El Karakum no es un desierto hermoso, es árido y duro para viajar; para vivir, mejor ni pensarlo.

No podemos detenernos mucho con este rácano visado, pero casi acabamos alcoholizados. La primera noche nos detenemos en un restaurante de carretera a saborear la ansiada cerveza, y unos camioneros nos muestran el salvaje ritual del vodka turkmeno. Obviamente, tras dos meses en Irán, dos cervezas y unos cuantos chupitos del espantoso vodka local son suficientes para tumbarnos, pero aún nos quedan veinte kilómetros para los cien que debemos hacer de media y acabamos pedaleando de noche, esquivando, y no, boquetes del asfalto. Incluso borrachos nos damos cuenta que en este estado lo más probable es que nos llevemos un problema en forma de llantazo y decidimos acampar. La mañana siguiente, a consecuencia de la inteligente estrategia nocturna, descubrimos que hemos dormido junto a un canal de agua infestado de mosquitos. Sin poder detenernos mucho, nuestra relación con los turkmenos es básicamente con los camioneros y la gente de los restaurantes. Durante el día son amabilísimos, y cuando no nos dan agua a raudales, o unas sandías gigantescas, bien se paran y nos fríen unos huevos fritos con salchichas en su cocinilla de gas. Una gente muy simpática. Pero, a la noche… en fin, dado que el segundo día concluye igual que el primero, decidimos seriamente tomar medidas; es decir, nos hartamos de ese maldito vodka con los camioneros, pero después no pedaleamos por la noche tras la juerga. Afortunadamente en cinco días cruzaremos a Uzbekistán, ¡el vodka uzbeko es de mejor calidad! En verano, los sencillos restaurantes en medio del Karakum son el milagro de la vida y el descanso. El lugar donde comer y encontrar agua. Cada cien kilómetros suele haber dos o tres. El agua ya no es salada como en Irán, pero la comida es repulsiva. Firme candidato al país donde se come peor de este mundo. Nos atiborramos de 'shorpa', la sopa nacional, agua hervida con grasa de cordero, que aderezamos con enormes panes redondos. Fantástica dieta. - Andi, tienes algo blanco en los labios.

- ¡Ahí va! ¡Tú también! La sopa es tan grasienta que a las pocas cucharadas los labios se tornan blancos, y al terminar de comer el cielo de la boca tiene una considerable capa mantecosa de la que cuesta deshacerse. Inolvidable gastronomía, la turkmena. Para el recuerdo, una salida del país acorde con estos ruinosos cinco días. Llegamos a la frontera turkmeno-uzbeka casi de noche, y esos entrañables amigos, los camioneros, empiezan a preparar la cena y nos llueven invitaciones a beber vodka. - La frontera cerró a las seis. Tenéis que esperar a mañana. Vamos hasta la enorme puerta vallada. Y preguntamos con inglés de Barrio Sésamo, que es lo más útil en estos países. - Hello… visa problem…transit five days… finish… kaput… ¿go possible? El oficial al otro lado de la valla lo piensa. - ¿Transit?… da, da…. ok, minukt, telefón. El teléfono no funciona y un soldado sale de la garita y se da el paseo hasta el edificio. Cuando regresa vuelve con una respuesta positiva. Que sí, adelante. En Inmigración no hay nadie apenas, y en tres minutos nos devuelven los pasaportes con sello del 17 de agosto, que es la fecha del día siguiente. Día de suerte, y llamamos también a la puerta uzbeka por aquello de no dormir en tierra de nadie. - Hello… tourist…¿go possible? ¿problem nyet? - ¿Tourist? - Da, da.

- Minukt, telefón -. Y otro soldadito que se da un paseo. Cuando regresa, nos abren la puerta y pasamos a la imponente aduana uzbeka, igualmente vacía. Nos llevan a un edificio y un funcionario muy amable va diciendo lo que tenemos que escribir en la ficha, que está en ruso y uzbeko. Su inglés es tan parco como nuestro ruso, y con buena voluntad damos a rellenar un tercio de los datos, ponemos cruces a diestro y siniestro, y casi con certeza que en la fecha de caducidad del pasaporte ponemos la de nacimiento. Aquello de no firmes nada sin leerlo antes, aquí es de risa; firmamos sin saber lo que no podemos leer. Cambiamos de edificio con otro funcionario muy simpático que ha visto el Europeo de fútbol, 'Spanya champion, ¿da?', y esta vez sin preguntarnos nada, una señora rellena entre tragos de coca-cola varios papeles por triplicado, y nos los da para que los firmemos. El día que descubran el papel de calco, la pobre se queda sin empleo. Pero es la lentísima burocracia heredada de su época soviética lo que dota de mala reputación a estos países, creando problemas y malentendidos. Nosotros, gracias a estar cerrada, en sólo veinte minutos de papeleo y tras contestar negativamente a si llevamos bombas o 'kalashnikovs' en las alforjas, entramos en Uzbekistán el 16 de agosto, un día antes de salir de Turkmenistán... Dos kilómetros tras la frontera, lo celebramos acampando con ¡¡unos camioneros!!

UZBEKISTÁN. Hubo un tiempo en que la Tierra se cruzaba sin pasaporte, con un salvoconducto del emperador. No había países, sino tribus. No había hoteles, ni cajeros, ni turistas. Mercaderes y aventureros se encontraban en los 'caravanserais' con faltriqueras llenas de oro, rubíes, sedas y collares. No había camisetas del tipo 'yo estuve en Manila' y las gentes se identificaban por sus ropajes y adornos. Las guías de viajes eran las leyendas del reino del mester John, bestiarios de seres mitológicos, amazonas guerreras y un inmenso vacío excavado por la ignorancia y cubierto con miedos y supersticiones. En

ese tiempo, Rui González de Clavijo marchó desde casi Finisterre hasta el reino de Samarkanda, con la misma incertidumbre que se espera de la tumba. Al llegar a Samarkanda, Claude cogió un taxi hasta el hotel que había reservado. Tras la ducha, preguntó si era seguro cambiar dólares en el mercado negro y ante la entrenada respuesta del recepcionista, decidió cambiar en el hotel. Después abrió su guía de viajes, leyó un rato y se dirigió a la plaza del Registán. Lo que vio le dejó maravillado. Jamás hubiera imaginado que los lejanos persas, esos infieles de Alah, vivieran en semejante lujo y exotismo. Clavijo permaneció en Isfahán por meses, atrapado por los placeres orientales, las cúpulas de oro y los jardines imposibles, en la dulce espera de una tropa enviada por el Khan para acompañarle en los peligros del desierto. Aprendió farsi y enseñó latín. Se descubrió a si mismo adoptando hábitos y costumbres ajenas que le placían. La mística sufí, la astronomía, le fascinaron. Tal vez el otro no fuese tan peligroso o ignorante por norma. Lo que escuchaba le dejaba boquiabierto. Las teselas azules, las fachadas gigantescas, Claude no perdía hilo del discurso de su guía, con la ansiedad de quien no quiere olvidar nada de lo aprendido. Después llegó el desierto. Interminables jornadas de calor abrasante, agua sucia y caliente, arena y polvo, ojos y piel quemados por un viento del mismo infierno, músculos fatigados, la espalda rota por el bamboleo del camello. Los 'caravanserais', escasos, eran oasis donde la sombra y el agua fresca valían más que el oro, y hasta la burda, grasienta comida, parecía milagrosa. La prolongada travesía por una tierra desolada, sin vida, de horizonte inalcanzable envuelto en calima y arena, le provocaban sueños con los 'hamami' vaporosos de Isfahán, las mujeres danzando, las comidas especiadas. Días terribles para un viajero cuando sabe que el mañana será igual que el hoy. Hasta que por fin, Clavijo divisó los minaretes de Buxora, el final del desierto. En Bukhara, tras un vertiginoso día, Claude tomó el tren de regreso a Taskent, admirado sinceramente por la mezquita de

Kalon. 'El minarete es impresionante, pero es una cuidad más pequeña que Samarkanda, hay menos que ver, en un día lo visitas todo', comentaba con una joven polaca. A la noche, Claude tomaba el avión de vuelta a casa, al confort del que nunca salió. Dichoso, feliz, recordando todo lo que había visto y oído, también igual de limpio, igual de joven, sin olvidar que el lunes tenía una cita con el dentista. Viajar es conocer más el museo del mundo, viajar es enriquecerse. En su diario, Clavijo escribe 'Buxora es la ciudad más hermosa que jamás he visitado. Puertas gigantes surgen como monolitos verticales de religiones paganas, la cerámica es delicada, hay árboles en todas las plazas y aljibes enormes que parecen lagos artificiales donde el agua corre y suena a risa de mujeres. Éstas, tienen una piel extraordinariamente limpia y acostumbran a unirse las cejas finamente sobre el puente de la nariz. Pero la mayor virtud de esta ciudad es ser el alivio al que sobrevive a las arenas del Karakum.' Clavijo alcanzó por fin Samarkanda, y con tristeza, porque el horizonte hacia el oriente era una llamada a gritos, regresó a casa. Había visto un mundo que esconde paraísos e infiernos, y en el espejo, un reflejo del mundo. Durante el viaje a veces mintió, otras fue honesto. Sufrimiento y gozo. Ayudó y fue ayudado. A veces fue generoso, también canalla. Hizo amistades de sangre y aprendió a mirar el mundo con los ojos de quien está de paso, de quien no tiene hogar. Aprendió a pedir, a recibir, a dar, a esperar. Tal vez descubrió el secreto de los seres compasivos. Su corazón era otro. Viajar es transformarse.

Para turistas y viajeros, Uzbekistán es Bukhara y Samarkanda. Ciertamente, nadie se interesa demasiado por el país que dirige Karimov como un cortijo, donde tampoco está permitido el acceso a la prensa internacional. Con su corrupción y sus papeleos, las ciudades uzbekas de la Ruta de la Seda son una maravilla. Y llegar desde el desierto a Bukhara es una sensación auténtica, hace de viajar en bicicleta algo especial. Las arenas inhóspitas del Karakum terminan a los pies de los minaretes y portales que se erigen por toda la ciudad,

precediendo a una mezquita, una madrasa, un bazar. Luminosas cerámicas, fuentes de agua, y árboles, que a quién ha soñado tantos años con llegar aquí y lo hace además, exhausto tras el desierto, crean una emoción tan intensa como inolvidable. Una ciudad pequeña, de cuento de las mil y una noches, fácil de recorrer, y un oasis para descansar unos días y reponerse de la insolación acumulada. Con las fuerzas repuestas, reemprendemos viaje por aburridas plantaciones de algodón hasta Samarkanda. Monótono pedaleo entre descansos a la sombra y enormes sandías frescas, pero trescientos kilómetros después estamos en la ciudad soñada, Samarkanda, y detenemos las bicicletas en la plaza del Registán. Quedo boquiabierto, con los ojos humedecidos: cumplir los sueños es algo hermoso, te aparta de la vida humana por unos instantes y rozas la maravilla, sientes por la piel una intensidad que deja marca. Es algo mágico, una sensación que se acumula, y como la quemadura de la medusa cada sueño cumplido provoca una reacción de más intensidad. Cerca de la espectacular Registán nos instalamos en el albergue más barato de la ciudad, y esperamos a que llegue Álvaro para ir los tres juntos hacia Taskent. Días de celebraciones, muchas risas y 'shasliks' (pinchos de carne asada) con cerveza rusa. A la tarde, saltamos el pequeño muro que rodea Registán y nos damos un paseo por las maravillosas madrasas, con sus mosaicos de ensueño. Días de felicidad. En la capital uzbeka nos está esperando Tanya, la amiga de un amigo; el clásico contacto que alguien te pasa y nunca sabes cómo va a funcionar. Con Tanya, Vlad y Shasha, funciona de maravillas y pasamos una semana con ellos, solucionando averías, visados e incluso nos vamos un par de días a unas montañas cercanas. Tanya vive en un pequeño apartamento soviético, y allí nos instalamos bien apretados, muchas bicicletas y equipaje; si bien el piso es viejo, con apariencia de submarino, recio y oxidado, lo cierto es que todo funciona. Mientras que las casas nuevas que construyen los chinos parecen palacios y se caen en una semana, en los apartamentos soviéticos todo sobrevive a los años, aunque su apariencia recuerde más a un capítulo de Crimen y Castigo que

al siglo XXI. Además, el comunismo no fue tan malo como dicen, y la enorme piscina del centro de Taskent es gratis, un alivio de esta temperatura en la que apenas se puede dormir. La embajada kirguis es más relajada aquí que en Teherán y nos ofrecen dos posibilidades, ciento diez dólares y visado al día siguiente, o cincuenta esperando cinco días. Pedimos la segunda, claro. - Pero, ¿no podría ser antes? Vamos en bici, y el verano es corto. - Paguen ciento diez dólares y la tienen mañana -responde impertérrito el cónsul. Álvaro prueba enseñándole varias fotos del viaje, y tras mirarlas detenidamente, el cónsul comprende que no llevamos las bicis en un autobús sino que las usamos para movernos. - Ah, interesante. Muy bien, quiero ayudaros. Pasad el miércoles por vuestro visado. Con la visa de Kirguizistán en el pasaporte, nos despedimos tomando rutas diferentes al entrar al valle de Fergana. Llevo desde Tabriz viajando con diferentes ciclistas, y pese a compartir buenos momentos, en las montañas deseo volver a viajar solo. Álvaro y Andi continúan juntos rumbo a China. La entrada en el valle de Fergana franquea un puerto de 2250 metros, preámbulo de las montañas kirguises. Un lugar peculiar, este valle, donde conviven uzbekos, kirguises y tayikos, en unas irritantes zonas fronterizas. Los rusos trazaron fronteras artificiales entre las diferentes etnias de Asia Central, pequeñas repúblicas mixtas con la filosofía romana de 'divide y vencerás', pero diseñaron las carreteras por el lugar más corto. Tras el derrumbe de la Unión Soviética han quedado decenas de carreteras que ahora cruzan tres países diferentes en el valle de Fergana. Karimov tiene cerrado Uzbekistán e impide el uso de sus carreteras, por lo que hay vecinos que viven a doscientos metros de distancia y para visitarse han de rodear cuarenta kilómetros. Yo quiero ir al valle del Chatkal, en el aislado oeste kirguis, y trato de cruzar la frontera Kasangoy-

Ala Buka, que no está abierta a extranjeros. Presiono y presiono, enseñándoles un mapa en el que no hay carretera a Ala Buka desde la frontera oficial, pero cuando estoy a punto de ser aceptado, el jefe decide llamar a Uchkurgan, la frontera oficial, y le dicen que sí que existe una carretera. Maldición, vuelta atrás y hacia Uchkurgan; no se gana siempre. Desde la mezquita de Kalon, Bujara. Andi trasteando. Tras casi un año de viaje, regresó a casa. Me dice de tanto en tanto que sueña con volver a viajar. Una sonrisa de oro. Play Pause

KIRGUIZISTÁN. Augusto sonrió, y fue a la cocina a abrir una botella de vino. Era una curiosa situación: dieciocho años después, ahora era yo el que pasaba por su casa unos días, a despedirme y emprender un largo viaje en bicicleta. - En aquellos días, yo no tenía tu edad para que el mundo, más que impresionarme, llenase un vacío. Todo lo contrario... - y se perdió en pensamientos - … mi maestro tuvo que enseñarme, de hecho, a vaciar mi vaso para poder llenarlo. Pero esa es otra historia. - Me hablabas del músico callejero belga, tío - le recordé. - Sí, Pius. Lo conocí en Varanasi; compartimos habitación por unos días. Un gran hombre. Y me regaló un tesoro que guardé desde entonces. Me reveló el camino que lleva a Shangri-la. Tú viajas ahora en bici por el mundo; es una hermosa historia.

Dura, pero con aire infantil, la bici es cosa de niños. Llénala de momentos que no caigan en el basurero del olvido. Aprende a tratarlos con mimo porque llegara el día en que mires atrás y tu viaje parezca un sueño. Para ese día deberás haber encontrado Shangri-la, para mirar atrás en paz, satisfecho. Le miré detenidamente. Aún me despertaba curiosidad el rostro de mi tío. A veces me parecía un extraño; en otras, sus gestos eran clavados al recuerdo fugaz que guardaba de él cuando pasó por casa a despedirse. Pero yo era un crío entonces, no me enteré de nada… - Shangri-la… ¿está en el Tíbet? - No, no está en valle alguno del Tíbet. Ni en una remota selva de Borneo. No es un lugar geográfico sino un agujero en el tiempo que permite el paso, de tanto en tanto, a los que buscan el Tesoro de la vida. Permite el paso, sobrino mío. Hay que salir de él para soñar con volver a entrar. En eso consiste el juego. Pius fue muy preciso en ésto. - ¿Qué sentido hay en perseguirlo, pues? - El momento. Lo auténtico, lo que jamás se puede pagar con dinero. No lo olvides: en cualquier cosa que puedas pagar resuena un eco de fraude. Evítalo para las cosas importantes de la vida. - Me miró a los ojos, y reflexionó un rato. - Realizar un sueño no implica retenerlo - dijo. Se río un poco y se fue a sus recuerdos. A la India. 'Pius dijo: Shangri-la está lejos de los hombres. Allí donde los dioses bajan para charlar con las montañas, a jugar silenciosas partidas de cartas. Es donde el equilibrio está perdido y la naturaleza es tan dominante que parece el mundo fue mentira. Un sueño, una ficción. Nada a lo que volver. Shangri-la es el mito de la vida eterna porque es donde la vida estalla, el júbilo te anega y se detiene el tiempo que han inventado los hombres. Entonces, rejuveneces. La vida te coge en brazos y te da la vuelta en camino hacia el niño que fuiste. Shangri-la es donde la vida estalla... no hay nada, pero no se sufre la ausencia de nada. Has de sufrir para llegar allí. Has de vestirte de fragilidad, exponerte a la ausencia de lo necesario sin red bajo tus pies. Has de maldecir tu suerte que te lleva por ese camino, conocer el dolor. Cuando estés tan lejos que nadie pueda auxiliarte,

empero no sientas sino una enorme confianza en ti y en la vida que te protege. Cuando estés tan solo, tan solo, que no sientas sino unión con las montañas que te rodean, y por fin la soledad sea ficción, estarás a las puertas. Tal vez tengas hambre, frío, miedo. Tal vez, tan cansado que parezca un sueño. Algo acontecerá que fuerce tu deseo a abandonar, a rendirte antes de que sea demasiado tarde. Si en ese momento te dejas llevar por el viento hacia delante, encontrarás Shangri-la. Y la primera vez, ... es la más impactante. Descubres que no es una ficción, que no son palabras inalcanzables de cuentacuentos orientales. Atónito, descubres: 'es cierto, Shangri-la existe'. Te costará salir de allí. Sufrirás. Pero saldrás sabiendo que en otro momento volverás a entrar y cierta paz vendrá para aliviarte. Serás entonces rico para siempre. El hombre más rico del mundo. Y reirás, pues no posees nada.' Reímos ambos, después sobrevino un silencio. La botella de vino estaba vacía y la noche repentinamente se enfrió. Pensé que ya habíamos conversado suficiente y me retiré a dormir. Al día siguiente quería partir temprano. Partir. Viajar. Descubrir. Para llegar a Ala Buka tengo, pues, que dar un rodeo tan absurdo como desesperante. Tras cruzar la frontera kirguis en Uchkurgan, tomo la vieja carretera soviética, y a los pocos kilómetros aparece una barrera, pues la carretera entra de nuevo a Uzbekistán, y yo he de torcer por un pedregal de mil demonios hasta que al rato, encuentro de nuevo la carretera soviética en el lado kirguis. Unos kilómetros más y otra barrera… así durante ciento veinte kilómetros, y finalmente, dos días y medio después de visitar la frontera de Kasangoy, estoy en Ala Buka, a un puñado de kilómetros de donde fui rechazado. Karimov… Pero estoy donde quería estar, y la carretera que me atrajo desde el primer vistazo al mapa de Asia Central, resulta ser una pista donde a duras penas puede pasar un todo-terreno: el valle de Chatkal, remoto y encerrado entre tres enormes cordilleras. Son cinco días muy intensos, con dos puertos duros de 2900 y 3300 metros de altitud, y cuatro aldeas donde no hay mucho más que galletas, conservas caducadas, kirguises

muy tradicionales, y alguna estatua de Lenin mirando el panorama. La naturaleza es espectacular, los ríos son tan claros y limpios que huelen; las montañas, difíciles para ir en bicicleta, y pasando un río sin puentes casi se me va la bici en una poza traidora de un metro. Una maravilla, son días donde uno cree que no hay mundo al que volver. Agua, mi tienda y comida. Mucha incertidumbre por una pista que conforme me adentro se hace más pedregosa, estrecha y difícil. Y no hay un alma, menudo sitio para tener un problema. El segundo 'piruval' (puerto), el Karaa-Bura, tiene unos kilómetros vertiginosos en un cañón antes de coronar la cima, que hago andando y sin mirar mucho hacia abajo. Días de emociones, hasta paso hambre, pues se me acaba la comida y aprendo que en las montañas de Kirguizistán las tiendas están casi vacías, pero qué lujo es vivir un lugar así. Tal y como está el mundo, el mayor tesoro de un viajero es encontrar lugares ajenos a lo que tiene precio puesto, que es casi todo. Pero no todo. Tras el Karaa-Bura, una bajada de ochenta kilómetros va mejorando conforme la pista sale de las montañas y se abre a un amplio valle. Llego a Talas y a una carretera asfaltada que se dirige a la capital kirguis, Biskhek, pero… pasando por Kazhastán. Yo he de tomar un desvío que me lleva a subir lentamente el 'piruval' Otmek, a 3300 metros, con asfalto, que lo hace más cómodo. Al otro lado está Susamyr, el corazón de Kirguizistán, otra vez pistas de tierra y piedra, y cualquiera de ellas es la misma maravilla. Rumbo al lago Song, junto a montañas, prados verdes, cañones espectaculares, cada tarde es un paraíso para acampar en la yerba junto a un río, aunque el baño a finales de agosto ya no refresca, sino que me hiela la piel. El tiempo es de alta montaña, tan pronto llueve como sale el sol o hace un viento del demonio, y a partir de 2500 metros amanece todo blanco. Vida silvestre. El único problema es la comida, y he de llenar las alforjas de viandas en los pueblos de las tierras bajas para no pasar hambre otra vez. Song-kol resulta ser más hermoso de lo que me esperaba. Tras un pedregoso puerto de 3400 metros lloviendo, aparece una impresionante pradera verde que asemeja la corona de un rey.

Entre las columnas de lluvia aquí y allí, veo el hermoso lago Song, que está a 3000 metros, rodeado de montañas nevadas; no es un lugar pequeño, y solamente el lago tiene casi cuatrocientos kilómetros cuadrados. Esa noche es mala, con mucha lluvia y viento, pero al día siguiente amanece todo blanco y soleado. Al poco, la nieve se derrite y la yerba tiene un verdor estridente, salpicado de yurtas nómadas, de manadas de caballos, y el hermoso azul del lago. Paso un par de días que me saben a poco, pero vuelvo a quedarme sin comida, y aún gracias a que me visitan algunos nómadas y me regalan yogur y 'kumus' (leche de yegua fermentada). He de salir y bajar a algún lado, y cruzando la esquina oriental donde el lago desagua, me encuentro un torneo tradicional en una enorme pradera. Dos equipos se enfrentan en cortas carreras, con dos jinetes por bando que tratan de llevar una cabra muerta a la meta, en el centro. Todo muy tradicional y lleno de sabor, también de 'kumus' y quesos agrios. Regreso al asfalto y al gran lago kirguis, Isyk-kol; vaya uno a saber por qué motivo sus aguas están deliciosamente templadas a una altura de mil seiscientos metros. Tras el Titicaca, es el lago de montaña más grande del planeta. Por su orilla sur y estupendos baños, voy rumbo a Karakol, donde comienzan los grandes glaciares. Quiero coger la ruta de Ingelchek, pero me dicen que es imposible, que la carretera ya no existe. En la ciudad pregunto a todo el que pueda saber, pues la zona es militarmente sensitiva y creo que no quieren turistas. Decido visitar la base militar rusa y allí un tipo con muchas medallas me dice con firmeza. - Si quieres, ve. Yo mismo te extiendo el permiso y te hago las fotocopias de los mapas. Pero no hay carretera por unos veinticinco kilómetros, no creo que puedas empujar esa bicicleta por allí. Son rocas. Permanezco callado, y el ruso insiste con un mapa. - ¿Quieres aventura? Puedes subir a Barskoon, y descender todo el río Naryn. Tampoco hay carretera, pero es una zona más fácil de seguir. ¿Ves aquí? Es el último lago, donde nace el

río Naryn. Hay un camino que sortea la cascada y tras él estarás en pleno valle. Has de mantenerte siempre en la orilla norte; pasas uno, dos, tres y cuatro ríos. El quinto, éste, tiene puente. A partir de ahí hay nómadas y una pista que poco a poco se agranda y llega a una carretera. Buena suerte. Así pues, regreso hacia el corazón kirguis por el extraño 'piruval' de Barskoon, que está a 3800 metros y una vez que se franquea, la pista continúa subiendo hasta los 4000. Allí empieza a nevar con fuerza y he de acampar. Esa pista está en muy buenas condiciones pues se dirige a una explotación de oro de una compañía canadiense, y en la mañana siguiente, encuentro la bifurcación del mapa donde una leve marca entre el barro y la nieve, se dirige hacia el oeste. Perplejo, miro el mapa una y otra vez. No hay duda. Es ésto. Ánimo, Garbancito. El día es feo, nieva con intermitencia, pero el lugar es espléndido: todo este pequeño altiplano está rodeado de montañas y glaciares que llegan hasta las lagunas que caracterizan el lugar. El camino es difícil de seguir, y además he de ir buscando las zonas menos embarradas, pero voy llegando de lago en lago, siguiendo el mapa, hasta que, como me dijo el ruso, llego a un último lago y tengo una vista al valle del río Naryn, que más que ser espectacular es preocupante, con un clima que no mejora. Durante dos días no veo a nadie, sólo la solemne naturaleza de alta montaña. Pedaleo sobre la misma superficie de la tierra, aunque a veces aparecen huellas de coche, tal vez de la armada rusa que pasa un par de veces al año para mantener 'la carretera'. A finales de verano, los ríos que caen del norte se abren en abanicos de hasta un kilómetro, con lo que no tienen lecho profundo, y franquearlos es sólo un asunto de tiempo, en ninguno llega el agua más alta de la rodilla. Días lentos, pedaleo a 5-8 km/h, y descanso a menudo, pues el paisaje me detiene una y otra vez. Al final de cada jornada, he hecho unos escasos cuarenta kilómetros, pero estoy radiante, feliz. Antes del quinto río me encuentro con un chaval en caballo; me ha debido avistar desde algún lugar y ha venido a invitarme

a su casa, me explica que está junto al puente. Perfecto, el ruso no hablaba sin saber. Rechazo cortésmente y al día siguiente doy con el puente y el comienzo de una rodada que kilómetro a kilómetro se hace más nítida hasta unirse con una pista para todo-terrenos que me lleva a la ciudad de Naryn. Otro tramo de cinco días intensos que me llevo en las alforjas, más belleza con la que construir mis recuerdos del mundo. También llego a la ciudad con las fuerzas en reserva, muy agotado. Llevo casi un mes subiendo y bajando sin parar puertos de más 3000 metros, por carreteras de piedras, y necesito un descanso, siento también la fatiga acumulada de los desiertos pasados. Para no desentonar conmigo, mi galeón tiene problemas: dos rajas en la cubierta trasera, y voy sin freno delantero desde hace dos días, algo que no es muy sensato en este país de largos descensos. A ésto se une un email de Álvaro advirtiéndome que la embajada de Tadjikistán ha cambiado de cónsul y el visado ya no es tan fácil. 'Ven a China, compañero'. En fin, uno de esos momentos en los que de pronto, todo son problemas. Los momentos de crisis son delicados. Un viajero debe aprender a pasar por ellos. Incluso Ulises dudaba en ocasiones. Desde casa, este verano han empezado a llegar emails preguntándome cuándo voy a volver, cuál es mi plan. Ciertamente, pese a la belleza de Kirguizistán, empiezo a notarme cansado de la batalla diaria que es viajar en bici, y sueño con un mes sin hacer nada, sin preocuparme de dónde voy a dormir o qué voy a comer. En Naryn, con la bici en mal estado y muy cansado, no es momento ni lugar para tomar decisiones. Decido tragarme mi orgullo y pongo la bicicleta en un autobús rumbo a la capital, Biskhek. Allí, el visado tayiko va a llevar una semana o más, estaré en el confort de una ciudad y tendré tiempo para ver las cosas desde un punto de vista más saludable. Es la segunda vez que mi navío es remolcado en este viaje, algo que va en contra de mis principios; no se gana siempre… El 3 de septiembre voy a la embajada tayika. Encontrarla me lleva una hora y media, pues ni los taxistas saben dónde queda. Es una casa en medio de una zona residencial de los

suburbios del sur de Biskhek. Ni hay bandera ni nada, sólo una pequeña placa en cirílico donde se adivina Tadjikistán. Llamo. 'Nyet. Konsul' por toda respuesta, desde el otro lado. Insisto y un tipo me abre un portón, me dice hoscamente que el consulado está más abajo. Regreso y de repente veo una pequeña puerta en la esquina de la casa que parece la entrada a la cocina y una diminuta placa en cirílico, 'Konsul'. Bien. No hay ni horario, pero hay un timbre. Llamo. A los 20 minutos me abren. Necesito una LOI (una carta de invitación). - Pero… antes no era necesario -me quejo-, conozco a gente que ha obtenido aquí un visado en diez minutos. - Desde que yo estoy aquí -me dice la guapa funcionaria en perfecto inglés-, se necesita LOI, puedes comprobarlo en la página web de mi país. - ¿Puedo hablar con el cónsul? -pregunto. - Yo soy el cónsul -me responde con una sonrisa. Pido excusas avergonzado, y lo intento otra vez. - La LOI llevará de dos a tres semanas y yo voy en bici, voy a morirme de frío en el Pamir… 'Nyet', pero finalmente me da el teléfono de una agencia en Osh que me asegura es barata y rápida. 'Con la que tú tienes el negocio, guapa', intuyo. Llamo a la agencia. 'Da. Envía datos y veinte dólares, la LOI lleva de tres a cinco días'. Genial, las cartas de invitación para estos países suelen costar de cincuenta dólares en adelante y tardar más de dos semanas. No está mal. Les envío un email con los datos y espero respuesta. Tu tía. Llamo otra vez. - Ah, no he mirado el correo. - (Grr…) ¿Puedes mirarlo?

- Vale. Ah, manda también fecha de entrada, de salida e itinerario por el Pamir. - Ok, en cinco minutos lo tienes. Mando email con toda la información. Espero respuesta. Tu tía 2. Llamo y el teléfono no funciona. A la noche, con otros amigos viajeros, muchas risas en el albergue entre cervezas Báltika y chupitos de Nemeroff. Al día siguiente, miro el correo: hay respuesta. 'Datos recibidos, envía el dinero a Mrs. Umarjan Binara…' Perfecto, sin cuenta bancaria ni dirección alguna. Mando otro email pidiendo datos bancarios, y cuando llevo un tiempo esperando respuesta -que no va a llegar, por supuesto- empiezo a pensar 'lo mismo hay un modo soviético de mandar dinero a un nombre'. Voy a una agencia de turismo. 'Da', existe, una clase de Western Union soviética. Busco un banco, y obviamente todos los formularios están en cirílico. Trato de hacerme entender pero la historia es demasiado compleja para mi ruso. En el tercer banco, una chica, un ángel, habla inglés y rellena los formularios por mí mientras me explica cómo funciona el pago. Envío un nuevo email con los datos del pago. Esta vez, no espero respuesta. Llamo e informo. - Todo está conforme, mira el correo, por favor. - Vale. - Bien, el lunes me mandas la LOI adjunta en un email, ¿da? - ¿Lunes?… tal vez, eeeeh…, ¿cuándo viene usted por Osh? Ah, casi me da un infarto. - ¡Nooooooo! ¡Estoy en Biskhek! La misma ciudad donde está la embajada, necesito la maldita LOI aquiiiiiiiiiii. Por dios, puedo votar a Eurovisión desde el Congo, no creo sea tan

difícil. - Eeeeh, vale, lo intentaré -pi, pi,pi, pi. El lunes 8, sin mucha esperanza abro mi correo y tengo un email de la agencia. No dice ni buenos días pero la LOI está adjunta. Volando a la embajada. 'La puerta de la cocina' está cerrada. Llamo y llamo. Nada. Voy al portón. - Kónsul nyet. Genial, pero ésto no es un 'dejavú'. Insisto. Sale el mismo malhumorado tipo y entiendo que el cónsul está durmiendo y no abre hasta el miércoles. A la noche se aclara todo, el martes es el día de la independencia tayika y se han tomado el puente. Soy afortunado, semanas mas tarde me enteraré por otros viajeros que en Taskent se tomaron dos semanas de puente... El miércoles 10, 'la puerta de la cocina' está a tope. Un japonés, un turco y servidor. Llamamos y treinta minutos después nos abren. El amable turco me cede turno y entrego todos los papeles. - Ok, a ver… perfecto. Cincuenta dólares, por favor -me dice la guapa cónsul-, el viernes por la mañana la tienes. - Oh, por favor, llevo una semana en Biskhek, ¿no puede ser esta tarde? - Nyet. - Y si te traigo flores, ¿mañana? - Nyet -pero sonríe. Mientras le explico a Naoshi cómo diablos conseguir la dichosa LOI, el turco pregunta, y también necesita LOI. Enfadado, pues los turcos son casi locales en los países de Asia Central, se va de mal humor. Aunque no sin girarse antes y con una sonrisa darme su email e invitarme a Estambul si paso por allí alguna vez.

El jueves, Naoshi aparece con unas cervezas por el albergue y me pregunta. - ¿Cuánto me dijiste que pagaste por la LOI? - Veinte dólares -respondo. - Me han pedido cincuenta... Reímos todos. ¡¡La nueva cónsul ha espabilado bien rápido!! El viernes 12, a las 9.30 llamo y en diez segundos me abren la puerta. Entro desconfiado y sorprendido. Mi visado está listo. Sonrío a la guapa cónsul y le doy una flor que corté del jardín de mi albergue. Sonríe ella también y me desea una feliz estancia en su país. Y tú que lo veas, guapa. Los días de negociaciones por el visado son también de arreglos mecánicos. Afortunadamente, Kirguizistán es el país más abierto de estas ex-repúblicas soviéticas, y hay una tienda con repuestos occidentales; el bueno de Antón me deja la bici, si no en perfecto estado, sí bastante mejor de lo que estaba y con la esperanza de que aguantará hasta Katmandú, en Nepal, mi próximo lugar con repuestos de garantía. Pero lo mejor de la estancia en Biskhek son los viajeros que encuentro en el albergue, donde estamos todos bastante atrapados. 'El agujero negro de Asia Central' decía el divertido finés Markus. En septiembre de 2008, Biskhek se convierte realmente en un lugar difícil para seguir viaje. China ha cerrado las fronteras debido a los Juegos Olímpicos, y aunque hasta mitad de agosto concedían visados de un mes si se presentaba un billete de ida y vuelta en avión junto a reserva de hotel, finalmente descubrieron la habilidad occidental para imprimir documentos falsos y han cerrado definitivamente la frontera. Ir hacia Kazhastán, deriva sin remedio en Rusia, el visado más caro y casi imposible de obtener desde Asia Central; además, llega el invierno. Las únicas opciones son deshacer camino hacia atrás o ir hacia el sur, lo cual implica pasar por Afganistán. Volar a

Delhi o Bangkok es la salida ‘más barata’. Así que un par de motoristas, otros tres ciclistas, y un autoestopista, se convierten en mi pequeña familia al atardecer, cuando todos regresamos de la ciudad, de nuestros problemas geográficos, y nos relajamos cocinando juntos, contando historias. Tras una larga semana, soy el primero en seguir viaje, el viernes 12 de septiembre, pero al recoger mi visado tayiko, acabo dándome media vuelta y regreso al albergue. ¡Aún quiero pasar un día más con mis amigos! Y es la confirmación de que necesito pasar un tiempo sin despedirme cada día de los amigos que hago. Necesito parar por un mes. De tripas corazón, porque octubre se echa encima y no quiero morirme de frío en el Pamir tayiko, pongo rumbo a Osh, atravesando Kirguizistán hacia el sur por una cómoda carretera asfaltada, que ni quita belleza al paisaje de este país, ni hace más bajos los puertos. Uno de los países más bonitos del mundo. Apenas hay nómadas ya, sólo muchas huellas circulares de lo que fue una yurta de verano. Resisten los que llevan sangre silvestre en las venas y prefieren abrir la puerta de su yurta en la naturaleza, que hacerlo en una ciudad con asfalto y horribles edificios soviéticos. Osh es la capital del valle de Fergana, a donde he tenido que regresar para emprender la carretera que sube hacia el Pamir tayiko, y por supuesto, otra vez los innumerables rodeos evitando la carretera soviética que cruza una y otra vez a Uzbekistán. En cada barrera siempre grito algo en español sobre la madre de Karimov, y los kirguises se mueren de risa; se imaginan lo que estoy diciendo… La gente de Fergana, pese a su fama de violencia, quedará para mí como la más hospitalaria y simpática de Asia Central; inolvidables también, sus sabrosas manzanas, tan aromáticas que las usaba como ambientador en las alforjas. Muy simpáticos. Aún me río del tipo que me saludó al pasar por su casa, 'París-Dakar, ¿da?'.

En Osh nada ostenta siglos de existencia pero ésta es una de las ciudades más antiguas de la humanidad, y la ausencia de ruinas milenarias la compensa una vitalidad sostenida de mercado y parada obligatoria del comercio entre Oriente y Occidente. Ciudad con hechizo donde las haya, y un bazar extraordinario. Tayikos, kirguises, rusos, uigures, uzbekos, chinos, un embriagador conjunto de negocios sin fin, restaurantes para cada etnia, que entretiene los días sin hacer nada. Caleidoscopio de Asia. Un detalle de lo que importa esta ciudad es que se puede comprar moneda de más de diez países en los innumerables cambistas, o cuchillos de Kasghar, o abrigos rusos, o plátanos ecuatorianos, ¡que también llega la globalización! Descanso unos días antes de afrontar la subida al altiplano del Pamir, pues venir por asfalto no me ha privado de subir 'piruvales' por encima de los 3000 metros, y empieza a hacer frío. El otoño es puntual y la temperatura baja unos grados en un solo día. - En el Pamir ya se duerme a 10 y 15 bajo cero -me cuenta un camionero. Perfecto. De Osh a Sary Tash hay dos puertos malos, con mucha arena fina y piedras donde la bicicleta rueda a duras penas. Y tras pasar el segundo de ellos, el Taldik, a 3600 metros de altitud, aparece una vista inolvidable: el ramal Alay de la cordillera Tien Shan. Un valle este-oeste de dimensiones tibetanas, con una muralla de capirotes de nata llena de seismiles y algún sietemil, como el pico Lenin. No es un lugar para humanos, somos demasiado pequeños para ese escenario. Hasta donde llega la vista, nada más que monstruos de nata, y a la par cierta excitación o preocupación pensando '¿por dónde? ¿por dónde diablos pasa la carretera?'. Sin duda, una de las mejores acampadas del viaje. A la mañana siguiente continúo la carretera, y por el lugar menos alto entra en un valle glaciar donde sello salida de Kirguizistán y continúo. Voy avanzando entre monstruos inquisitivos que me miran desde izquierda, derecha y enfrente. Las nieves eternas lanzan destellos con el sol o azules sombras

de plata, pero me acerco más y más al fin del valle y no veo salida, sólo una pared blanca. Jueces en un torneo de caballos. Valle de Chatkal. Subiendo al lago Song. Play Pause

TADJIKISTÁN. Hay salida. Al fin aparece hacia el este, un valle limpio de nieve que me lleva al Kyzul Art, a 4250 metros de altitud, por un roquedal y mal viento. La frontera está después, a 4100 y los oficiales me reciben con té, galletas y mermelada. Cuando recupero el calor y el color en la cara, gracias a las estufas, me piden el pasaporte. Es claro que los ciclistas somos bien recibidos aquí. - Si quieres puedes dormir con nosotros, hace mucho frío.

'Problem nyet'. - Gracias, pero acampo algo más abajo, en ese lago salado. ¿Hay agua para beber? - Si, pero tienes que buscarla. Hay un par de lugares donde brota agua sin sal. Menudo lugar. Ya he llegado al Pamir. Vistas a valles de gigantes, a picos de documentales. Me fascinan estas autopistas glaciares, lechos planos de decenas de kilómetros de amplitud flanqueados por montañas que se elevan verticalmente. Pero, si la tormenta llega, no es lugar para estar con una bicicleta expuesto.... Al día siguiente comienza el mal tiempo y subir un 'piruvalito' desde 3900 a 4220 me lleva media mañana, pues además, con la altura me cuesta más trabajo coger el mismo aire. Aparece el lago Karakol, a 4000 metros, resultado de un meteorito caído en medio de estos monstruos. Aún con suerte, puedo disfrutar de un paisaje enorme, de nevados, aguas azules y verdosas. Diez minutos de regalo antes que se cierre la tormenta. Llegar a la aldea de Karakol, veinticinco kilómetros después, me cuesta el primer gran esfuerzo. Fuerte ventisca. Llego derrotado, sin otro pensamiento que pasar dos noches y descansar. Desde Osh han sido cuatro malos puertos en cinco días, y llevo mucho desnivel acumulado en las piernas. En Karakol, a partir de noviembre las noches están entre 20-40 grados bajo cero, aunque los yaks parece que se mueren de risa con eso. Es una tierra inhóspita, de vida muy dura y comida básica para un ciclista que necesita reponer fuerzas: pan, mucho pan, mantequilla, 'smetana' y arroz. El Pamir está casi deshabitado, y los lugares de abastecimiento, muy lejos unos de otros. La gente que comercia en este altiplano ha de ir de compras bien a Osh en Kirguizistán, o bien a Khorog, en el otro extremo del Pamir. Gasóleo y alimentos cuestan caros, cuando los hay, pues los mercados no están atiborrados precisamente, y poca gente se dedica al comercio aquí. Los locales aseguran que en verano pasan más ciclistas que coches. Seguro que es cierto, yo apenas veo uno o dos viejos

Ladas al día. Con esta situación, la premisa en el Pamir es clara: comer con la gente donde haya casas, y reservar mi comida para los tramos solitarios, que son muchos. La comida que compré en Osh me ha de durar hasta Murgab; así pues, llego a un acuerdo con la casa donde paro y me harto de pan y 'smetana'. Muzkol aparece en algunos mapas de Tadjikistán. A 4100 metros, en un duro valle del Pamir, consiste en dos casas y una yurta; en una abuela, hijo, mujer y tres niños. Lo extraordinario se da en lugares tan remotos como éste, pues el pueblo tiene un 'imán'. Cinco veces al día, Osmaan, con una potente voz llama a la oración desde su puerta, nieve o haga sol, y tal vez tamaña fe acabe por convertir a las atónitas montañas que contemplan la escena. El viajero para en Muzkol, agotado por la ventisca. La abuela lo invita al calor de la yurta, la estufa, y le ofrece té caliente con pan y 'smetana'. A la hospitalidad se le aúna el refugio, y el viajero recupera poco a poco calor, vida y sonrisa. Ésta se acentúa al escuchar en ese lugar, en medio de la nada, un potente '¡Allaaaaaaaaah o akbar!' Cuando llega Osmaan, al rato de una rala conversación en ruso, el viajero se da cuenta que la hospitalidad tiene precio, y de repente, al fondo de la yurta un jarrón se rompe haciéndose añicos. Tal vez es mejor irse, piensa. Él busca experiencias auténticas, algo que escasea en un mundo donde casi todo tiene ya un ticket con el precio, donde el maldito dinero sonríe contemplando a hombres que queman sus días para alimentarlo. La tenia del planeta. Sale de la yurta y ve llegar una nueva tormenta todavía más oscura, que en cinco minutos lanza dardos blancos por doquier. La vida habla, enseña, y una tormenta puede ser un maestro. En el Pamir hay pocos turistas pero hay, y una red de alojamientos ofrece básica hospitalidad a cambio de un moderado precio. Es la región más pobre de un país ya muy pobre, donde no hay casi nada. El viajero sabe que unos dólares harán algo de bien a esa anciana incombustible; pacta

un precio y decide quedarse. Se tumba junto a la estufa y convive con dos sentimientos bien distintos: feliz por dejar dinero donde se necesita, y triste por un devenir que trasforma la acogida en un negocio. Se relaja, hace tiempo que su corazón es un reflejo del mundo, un lugar donde a la vez conviven diferentes pueblos y diferentes lenguas. En los templos se vende espiritualidad, y en las yurtas, hospitalidad. El corazón habita cada vez más cerca del bolsillo. Dinero, maldito dinero, poderoso caballero... Al día siguiente, el viajero es llamado desde una casa. Acude, pero aún con el eco del jarrón roto coge de sus alforjas un pan antes de entrar. Hay una comida familiar y es sentado en un lugar de honor, entre los ancianos. Todo respira tradición y alegría. Es el día después de 'Eid al fitr', acabó el Ramadán. Se charla y ríe por los codos y en pocos minutos se ha intercambiado la información obligada: dónde va, cómo se llama, su familia, trabajo y cómo es su país. - ¿Yenna (esposa)? - Paton, paton (después). Sorok leita, yenna da (a los cuarenta) - Sorok leita, starik (viejo), nye rabota (no funciona) - dice, riendo uno de los hombres señalándose la pelvis, y la habitación es un estruendo de risas, especialmente de las mujeres. El viajero ríe con ganas, se siente bienvenido, disfruta el momento, la autenticidad, lo escaso de este mundo, corazones abiertos y fraternidad arcana. Él entrega su pan que es pasado de mano en mano; cada uno arranca un trozo entre 'bismillahs' y sonrisas. Al final de la comida, la anfitriona regala a los parientes invitados y al viajero, una bolsa con pan y arroz para el viaje. Costumbre pamir. Tras las gracias a Dios por triplicado, - otra costumbre, el 'Amín'-, todavía queda mucho arroz en una celebración más parecida a una ofrenda que a una fiesta. Y el viajero recuerda el pasado 'Eid al fitr' en Mozambique, donde no quedó un solo grano de arroz en las enormes ollas del 'senhor' Joao. Qué distinto el mundo, la gente, incluso en lugares donde la pobreza es la misma.

Cuando se marcha, rumbo a un enorme horizonte, vuelve su cabeza atrás para saludar a la familia y ve un hermoso jarrón temblando en el aire, brillando. Prosigue viaje reconfortado, feliz; sabe que pese al ambicioso que todos llevamos dentro, siempre quedara algún jarrón en el mundo para humillar al maldito dinero y ponerlo en el lugar donde merece estar: esclavo y no señor de los hombres. Tras dos días en Karakol, salgo con una suave nieve que cae con pereza. Cuando dejo el lago a mis espaldas, aparece el sol y parece el fin del frío. Me regocijo… Veinte minutos más tarde estoy en el valle que sube al At-baikal en medio de una terrible ventisca que me da el segundo golpe. En una pausa de la ventisca, veo una yurta a lo lejos, a unos cinco o seis kilómetros, y me parece el paraíso. Me lleva hora y media llegar. Noventa minutos sufriendo alfileres de hielo contra mí, pero pensando 'estás más cerca, más cerca; ánimo, que en breve este infierno acaba y estás al calor de una estufa'. Así es, pero me duele todo el cuerpo cuando me tumbo en las alfombras de la yurta. Por fin, a la mañana siguiente acaba el mal tiempo y subo el At Baikal, el puerto más alto del Pamir, a 4655 metros. El sol a estas alturas es muy fuerte, derrite la nieve y puedo subir bien, a lento ritmo, aunque a veces la pendiente es fuerte y tengo que parar, echarme sobre la bici y abrir la boca para tratar de coger el aire que me niega la altitud. Mi garganta empieza a resentirse de esas, el aire que respiro es muy frío. Dejando atrás ese 'piruval', el Pamir es más amable, y más habitado también, un poco por debajo de los cuatro mil metros. Las montañas se abren dejando paso a grandes vistas, e incluso puedo ver el lejano Muztagata, en la vecina China. En Murgab, el mercado tiene poca variedad, pero galletas, macarrones, copos de avena y chocolate ruso no faltan. Compro todo lo que puedo, porque me quedan unos cinco o siete días hasta Khorog. Tras Murgab, subo nuevamente por encima de los cuatro mil metros y aparecen unos lagos salados enormes, de bonito color celeste; las montañas son menos

impresionantes, dando esa sensación de desierto que caracteriza a esta tierra. A primeros de octubre, aunque el aire sea frío, durante el día la sensación es agradable gracias a la estufa del sol, pero a la noche la temperatura alcanza dentro de la tienda cinco grados bajo cero; fuera no llego a comprobarlo, hace frío para solazarse mucho rato mirando las estrellas. Dejo la carretera que cruza el Pamir para coger el valle del Wakhan. De nuevo por una pista de arena fina y piedras, que sube al Khargush, un 'piruval' a 4280, me lleva lentamente a través de más lagos y aparecen las primeras vistas al Hindu Kush afgano. Es una tierra extraordinaria, donde me siento muy lejos de cualquier lugar civilizado, nada más que alta montaña y una pista. Nada más. Eso me da una energía que re-equilibra las fuerzas, porque hay noches que estoy exhausto. Y al bajar el Khargush, alcanzo el río que se convertirá después en el Amudarya, el Oxus de Alejandro Magno. Un valle que lentamente baja hasta los tres mil metros y en donde no veo coches por tres días. Muchas de las aldeas que atravieso son de auto-subsistencia absoluta, sin mercado ni tienda alguna. La gente es auténtica aquí, convierten el Wakhan en un lugar donde quiero volver otra vez. Pertenecen a la etnia persa, tayikos, a diferencia de kirguises y uzbekos que provienen de la rama turca. Una gente de pocas palabras, nada dados a armar jaleo porque haya aparecido un ciclista; tranquilos, amables, y de un comportamiento tan tradicional como cortés. Gente de otro tiempo, anclada en el pasado; cuando pregunto dónde puedo comprar pan, a falta de tienda, alguien se acerca a una casa y me regalan un trozo de hogaza que pesa un quintal. Una de las anécdotas más dulces del viaje ocurre aquí: acampado en las afueras de una aldea, una mujer con su hija se detienen a curiosear un rato y a preguntarme, cómo no, de dónde vengo y quién soy. 'Hablo' con ellas a la par que ordeno mis cosas, y en un momento que me pongo a quitar el polvo de mi chaleco, la chica se viene hacia mí con gesto amable y determinado, me quita el chaleco de las manos y desanudándose el pañuelo de su cabeza, lo limpia con él. Me deja sin palabras y con el corazón roto.

Bellas casas, con una habitación central más parecida a una taberna que a la estancia de una casa. Y bellos también los rostros persas: grandes ojos negros, a veces azules o verdosos. Mujeres que podrían ser una cordobesa o una asturiana, siempre que no sonrían, claro, pues con esta costumbre suya de enfundarse los dientes en oro... Las vistas a los sietemiles afganos que surgen imposibles desde el lecho glaciar del valle, lanzando al cielo azul destellos de plata. La gran panorámica al unirse los dos valles, el Amur y el Wakhan, con el majestuoso Hindu Kush de fondo, cuyos nevados parecen una boca de tiburón. Sin duda, es una de las rutas más espectaculares del mundo que se pueden hacer en bicicleta. O en burro, en el lado afgano. Pues si yo voy quejándome entre dientes por el estado de la carretera en el lado tayiko, al otro lado, en Afganistán, lo único que hay es un pequeño sendero para burros tallado en la roca, que da vértigo incluso desde la distancia. A treinta kilómetros de Ishkashim aparece el asfalto soviético. Malo, pero asfalto y vuelvo a tener la sensación de pedalear, de avanzar con soltura. También es el fin de las vistas a los vertiginosos sietemiles afganos. El Amudarya se estrecha, formando un profundo cañón y cada vez que miro el camino de burros que hay en el lado afgano me pone el estómago del revés… aterrador hasta para ir andando. En Ishkashim me encuentro muy agotado, débil, y presiento que la fiebre que va a estallar, así pues continúo haciendo un último esfuerzo hasta Khorog, lugar de inicio o fin de las rutas por el Pamir. Una ciudad con electricidad, a 2100 metros de altitud, donde el clima es mejor, aunque llueva y haga frío; es otoño. Y la pequeña infraestructura de punto clave, entre la capital y el Pamir, genera cierto confort; en las tiendas hay queso ahumado, embutidos, y galletas de chocolate rusas, copos de avena… en fin, cierto confort. La coca cola viene de contrabando, a través de Afganistán. Acabado el esfuerzo, aprovecha la fiebre para salir a flote y quejarse de estas dos semanas de aire frío en mi garganta, comida básica y dureza física. Laalmo, la amable dueña de la pensión, me obliga a descansar y me trae leche de unos

vecinos. - Deberías haber venido en verano; en otoño, los pocos que pasáis, os ponéis malos. No son tonterías lo que dice Laalmo. El Pamir tiene una reputación de severas neumonías, que en algún caso han acabado fatal. Naoshi, el japonés que conocí en Biskhek y que venía detrás de mí, me contará semanas después en un email, que tuvo que pagar un Lada-taxi a Dushambe e ir al hospital, pues agarró 41 de fiebre en Murgab. Yo no quiero saber la temperatura que tengo, pero durante cuatro días ardo por las noches y amanezco empapado. Laalmo me da unas bayas que dicen son buenas para sudar, y bien que sudo. Tras una semana, la fiebre empieza a ser más leve y el pecho deja de dolerme al toser. Algo debilucho, pero de buen humor, aprovecho una parada en las lluvias para seguir viaje, ya con el visado afgano en el pasaporte. En Khorog hay un consulado afgano, que a diferencia de la embajada en Dushambe, expide visados sin demasiados obstáculos, aunque responder a la pregunta '¿Por qué quiere usted visitar Afganistán?' tenga su gracia. Hay que responder 'Voy a Mazar i Sharif', una ciudad antigua del norte, con restos arqueológicos y habitada por mayoría tayika, que tradicionalmente ha estado libre de conflictos. En el consulado, a nadie se le pasa por la cabeza que un tipo quiera ir en bicicleta hasta Kabul… Paso varios días más pedaleando en el cañón del Amudarya, que a veces es espectacular, y otras, un infierno gracias a la carretera, o a la ausencia de. Poco a poco recupero fuerzas, sonrisa y disfruto la hospitalidad de los tayikos, que como en Irán es abrumadora. Son casi seiscientos kilómetros junto a este río, del que me llevo muchas hermosas acampadas. Igual que en África, junto al Níger, al Cunene, o al Nilo, viajar junto a grandes ríos es algo especial, un deslizarse por el mapa de manera natural. Y me gusta la nana de las aguas fuertes. Pero tras seiscientos kilómetros, dejar el paisaje de este gigantesco cañón es un cambio bienvenido. Subo un puerto suave y al otro lado, un horizonte libre de montañas se abre a

la campiña tayika. Es una tierra donde muy rara vez deben ver turistas, pues queda al margen de las montañas y hace frontera con Afganistán. En este tipo de lugares acontecen siempre peregrinas anécdotas, como la de un pequeño hotel que me invitó a descansar en su sauna y fue el comienzo de una surrealista historia que acabó con un pantagruélico desayuno patrocinado por la policía; no entendí nada, pero creo que estuve cerca de dormir en prisión. O en Farhor, donde necesitaba confirmar un contacto para quedarme en Kabul, y una docena de personas movilizaron al personal de correos, a los dos bancos, para encontrarme finalmente a un tipo que tenía internet en su negocio. Gente que me persigue para regalarme comida, controles militares que se hacen fotos conmigo y… ¡que me dejan hacerles fotos! Llego a tener kilos y kilos de pan en mis alforjas, pues el pan es sagrado desde Turquía hasta aquí, y no se puede rechazar. Tierras así son escasas, pero es un lujo encontrar rincones donde sentirse viajero y no turista en este mundo. En esas, me dirijo contento hacia la frontera de la República Islámica de Afganistán...

En las praderas de Sary Tash, frente al Lenina. Bajada al lago Karakol. Karakol. Play Pause

AFGANISTÁN. Zabid acaba de regresar a Kunduz. Fue capturado en la frontera griega, encarcelado y deportado a Afganistán. La desventura le ha costado los cinco mil dólares que había ahorrado y un serio conflicto con su familia que no aprobaba ese plan. Le pregunto por qué no invirtió esa fortuna en abrir negocio aquí, algo más seguro y confortable que malvivir ilegalmente en Tesaloniki vendiendo cedés entre el tráfico. - Mira mi país, mi sociedad, como se vive aquí, ésto es una cárcel. Es fácil de entender, son argumentos emotivos. Con bastante mala educación, insisto para tirarle de la lengua. -Si no compartes las costumbres de tu gente, ¿por qué no tratas de colaborar en el cambio? Podrías permitir que tu mujer fuese libre como las mujeres occidentales con las que sueñas; podrías dejar elegir a tus hijos con quien quieren casarse… Harina de otro costal, en el mundo islámico y ademas tribal,

que es el caso afgano, luchar por un cambio interno es una idea que no existe; el destino es inamovible y determinado por Alah. De la edad media a la Revolución Francesa pasaron muchos siglos. Mansour es un chico despierto. Tiene veinte años y a la vez que termina algo así como secundaria, da clases de inglés en dos academias de Kunduz. Viste como un occidental y piensa con clichés televisivos que es incapaz de criticar, estructurar o asociar, pero que barnizan su pensamiento medieval donde Islam, familia y clan son prioridades intocables. La sola idea de no ser propiedad de su familia o que haya vida más allá del Islam son tabúes. Sueña con ser feliz, con disfrutar su juventud. También desearía cruzar ilegalmente a Grecia. Podría conseguir el dinero escondiendo parte de lo que entrega a su familia. Tiene una novia, si esa palabra puede remitir vagamente al concepto afgano, pero sus padres ya han elegido esposa para él. Está desesperado. Como todos los afganos será unido a alguien que no conoce, deberá tener hijos y compartir toda su vida, aunque la mayoría del tiempo vivirá en el gueto masculino con los amigos que si ha elegido. Con todo, Mansour será la mitad privilegiada del matrimonio. La mujer no tiene derechos humanos porque no es considerada humana, sino un objeto de compra-venta, desde unas vacas a unos miles de dólares. En Afganistán, cuando nace un niño hay alegría y fiesta; cuando nace una niña, silencio y tristeza. En Afganistán, cuando una mujer es violada, en el mejor caso será silenciado para guardar el honor; en el peor y mas común, será asesinada por haber manchado el honor provocando a un hombre. Llevase una 'burka' demasiado sexi. Viajar pone al nómada en contacto con la diversidad del mundo, y vivencia el relativismo cultural en carne viva, sin academicismos. Costumbres, formas de pensar, de agruparse, de convivir, ciertamente variopintas. Y aunque es abierto a la diferencia, algo que ve como riqueza, los modos violentos y

tribales de algunas sociedades le revuelven el estómago y le despiertan su intolerancia aletargada. Entonces, no acepta argumentos que justifiquen ni que razonen, y agradece haber nacido dentro de las murallas del Castillo. El cruce a Afganistán es un poema. Todo empieza treinta kilómetros al norte, en una carretera que quedaría muy bien en Angola. Nuevamente alcanzo el río Amudarya, y una pista de arena-polvo va a la aduana sin señal ninguna, pues sólo hay un puente, y tarde o temprano se da con él. Tengo suerte y salgo de Tadjikistán rápido porque hay un camionero que está entregando descaradamente un pasaporte con más dólares que hojas y yo soy una presencia incómoda. Les sonrío, '¿qué llevará? ¿qué llevará?…' Cruzo el nuevo puente y tras una lenta recepción acabo invitado por un oficial a pasar la noche con ellos. - Ya no te da tiempo a llegar a Kunduz, y ni se te ocurra acampar en este país, si quieres salir vivo. Quédate con nosotros. La paso boquiabierto; para ser la primera noche en un país islámico y en guerra, pasamos la velada viendo películas porno rusas, bebiendo vodka y fumando marihuana. Definitivamente, ni el mundo es como nos cuentan, ni las gentes son lo que dicen ser. Y en la mayoría de los casos, la gente honesta y sincera que podría mejorar este planeta, vive y trabaja alejada del poder, tal vez por lo mal que huele. Al día siguiente llego a Kunduz, tras cruzarme con un convoy alemán del ISAF, que está limpiando los restos de un atentado en medio del desierto. Me dan el alto como a cien metros de los tanques, y ningún alemán sale a comprobar quién es ese ciclista cargado de bolsas, sino que envían a un militar afgano. Cuando éste les confirma que soy un turista, pese a la distancia puedo verles meneando las cabezas enfadados. Efectivamente, en este país ni se me ocurre acampar. Bien, yo estoy dispuesto a pasar varios días en lo que dicen es la parte más segura del país, así que ésto es toda una bienvenida.

En Kunduz, buscando dónde diablos dormir, que no sea uno de los cuatro hoteles que piden los mismos veinte dólares, independientemente del estado de la habitación, acabo en una academia de inglés, invitado por el dueño. - Aquí estás seguro -me tranquiliza-, mi vecino es un alto cargo militar. Charlo mucho durante un par de días con el profesor y los estudiantes. Muy interesante, un país que pese a las continuas guerras e invasiones que sufre, mantiene incombustible su identidad. Después, hacia Kabul, emprendo un pedaleo ‘tranquilo’. Durante el día el riesgo es muy bajo, todo parece normal si no se repara en los convoyes del ISAF y los controles militares; y en las noches siempre acabo acogido en restaurantes, o estaciones de policía. Son amables, aunque no es una invitación espontánea, puedo percibir el miedo que les ocasiona hospedar a un occidental y que unos talibanes quieran venir a dar su opinión en el asunto. Son varias las veces en las que me veo encañonado en un control, mientras hojean mi pasaporte con desconfianza, temerosos de que sea un loco suicida con las alforjas llenas de bombas. En una de ellas, estúpidamente, cojo mi MP3 para escuchar música un rato, y... - ¡Eh, eh, eh! - le grito a uno de ellos alzando mis manos arriba, al verle que me va a disparar. Casi me llevo un tiro, pues pensaron que el aparatito era un detonador. No volví a sacarlo hasta Kabul... El verdadero susto del viaje llega al cruzar el histórico túnel Salang. Está a 3400 metros, subiendo una carretera con mucha pendiente que en noviembre ya está nevada. Los tres o cuatro kilómetros de túnel son un infierno: no hay luz ni ventilación, es estrecho y bajo, lleno de baches profundos. Imposible pasar en bicicleta; ni yo lo voy a intentar, ni los militares me dejan. Ellos paran un camión y subo a lo alto. Con una mano agarrada a los sacos de trigo y otra a la bici me dispongo a vivir uno de los peores momentos del viaje. En este túnel cayeron muchos convoyes rusos emboscados por la guerrilla afgana, es una trampa. A cada cruce con otro camión hay que parar y pasar despacio, y en la mitad de

camino, el susto. Cruzamos un convoy del ISAF y nuestro lado se detiene para que pasen ellos lentamente. Cuando el primer camión del ISAF ha pasado y una tanqueta está junto a mí, delante del convoy un mini-bus se cala y no consigue arrancar. Mierda, mierda, todos paranoicos temiendo lo peor; los militares salen de las escotillas y las ventanas apuntando a todos lados y a todos. El compañero del que apunta en la tanqueta junto a mi camión me alumbra con la linterna. Trato de sonreír. - How are you? Beautiful day, isn’t it? (¿Qué tal? Bonito día, ¿verdad?) Me imagino que esa noche se reirían de la situación pero el tipo nos alumbra un rato a la bici y a mí, sin contestar. Maleducado. Afortunadamente, es un percance y no un atentado. Tras unos minutos eternos, el mini-bus consigue arrancar, y el convoy pasa. Nosotros salimos finalmente del túnel y respiro aire puro, tratando de limpiar mis pulmones de monóxido. Estuve realmente asustado, me daba pena morir en un lugar tan feo. El resto del camino es una larga llegada a Kabul, donde me retienen un rato en el principal control de la ciudad. Tratan de asustarme. - Usted está haciendo algo muy irresponsable. Si le sucede algo, su embajada tendrá que pagar el rescate o buscar su cuerpo. - Bueno, tienen unos sueldos bastante elevados. Algo de trabajo feo no les vendrá de sorpresa. - ¿No tiene miedo a morir? Aquí, los talibanes van en motocicletas. Disparan en marcha. Pum, pum. ¡Se acabó! Finalmente, tras contarme varios asesinatos recientes, se cansan de mí y me dejan entrar en Kabul. Llego al centro y encuentro la casa de mi contacto, Hilde, con cierta facilidad. - ¡¡Salvaaaaaaa!! -escucho al otro lado de la puerta y antes de conocerla ya me siento bienvenido- ¡Hola! ¡Pasa, pasa! ¿Cómo

estás? ¿Todo bien? Hilde es una amiga belga de Daisuke, el ciclista japonés. Y al comentarle Daisuke mis intenciones de ir a Kabul, rápidamente me ofreció su casa para lo que necesitara. Paso diez días allí y me voy con una enorme amiga en el corazón. Una mujer de bandera. La situación en Kabul es tranquila, aunque cada día hay algún secuestro, un asesinato, un atentado, o los tres a la vez. Es sencillamente una cuestión de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, mucha mala suerte, y yo soy un tipo con suerte. Estar esperando en la embajada india, que lleva dos atentados con bombas, se hace eterno, ese es un lugar equivocado. O la pakistaní, aunque ha tenido sólo una bomba y es por tanto el doble de segura…. O caminar con Hilde. Esta mujer es impresionante, no sólo por su trabajo aquí, sino por su actitud; nada de políticas correctas, es de las que llaman al pan, pan, y al vino, vino, y en una cena la veo subirle los colores a un jefazo de la Unión Europea. Ella va sin cubrir su cabeza, algo que muy pocas mujeres hacen en Kabul; admirable, la puede matar cualquier radical desde una moto, como unos días antes de mi llegada le ocurrió a una cooperante inglesa por moverse en bicicleta, algo prohibido socialmente a la mujer. - ¡Sin miedos, Salva! Esta vida hay que afrontarla a pecho descubierto, hay que ser por fuera lo que se es por dentro -me dice Hilde, mientras se prepara para ir a hacer 'footing' con su colega Fernand. Por mucho que yo coincida con su filosofía, hasta que no la siento regresar, no respiro tranquilo. La mujer en Afganistán… antes de la llegada de los talibanes al poder, las mujeres iban a la universidad y vestían según les placía. Mucho del personal médico era femenino, y ahora, fuera de Kabul sólo hay burkas, mientras que aquí hay burkas y velos. Y los hospitales están llenos de gente desatendida porque las mujeres no pueden trabajar. Por muy llamativa que sea la burka, es lo más suave de un país donde la mujer es un objeto de venta, que puede ir desde unas vacas a miles de dólares. Al igual que ocurre en Pakistán, ciertamente, donde

hay muchos más millones de talibanes y radicales que en Afganistán, pero a saber por qué razones el país que exporta la libertad al resto del mundo lo considera su aliado. De Kabul hacia el sur comienzan las provincias pastún donde no hay control del ISAF; los talibanes son, sencillamente, la población. Ir hacia allí en bici es suicidarse, en caso de que me dejasen pasar los controles de la carretera, y mi experiencia afgana termina aquí. La embajada pakistaní sólo da visado si entro volando al país, pues el famoso puerto Khyber es zona de guerra abierta desde el verano, y justo ahora muy intensa. Los estadounidenses están bombardeando posiciones de Al Qaeda en los territorios tribales del Khyber, y en fin, una guerra muy complicada llena de intereses y partes implicadas: pakistaníes y afganos que simpatizan con los árabes de Al Qaeda, radicales terroristas, mercenarios, talibanes afganos, talibanes pakistaníes, militares pakistaníes y afganos pro-UN, militares pakistaníes pro-talibanes… todo un mejunje de sangre y sufrimiento, aderezado por una corrupción que podría avergonzar al mismísimo Mobutu Se Seko del antiguo Zaire. Los que sufren son, como siempre, el pueblo. Todas las partes implicadas causan sufrimiento y víctimas civiles, creando una situación paradójica: deseo de vivir libres sin la presencia extranjera, y un miedo atroz a que se vaya la presencia extranjera y regrese el poder talibán pastún. Entre tanto, la reconstrucción que sucede a toda guerra, es un negocio fantástico para muchos. A saber cómo diablos pueden dormir. Yo duermo bien, y ciertamente es mi estancia más lujosa desde las granjas sudafricanas, y divertida; asisto a la boda del cónsul turco, e incluso ceno con gente de las UN, aunque como decía Felipito, el de Mafalda, a veces las orejas deberían tener un interruptor para no escuchar según que cosas. Como yo también sé contar mentiras, el visado pakistaní lo consigo gracias a 'trabajar' para el proyecto educativo de Hilde, que lleva siete años aquí y su palabra va a misa, o a la mezquita. Aún con suerte, pues en la segunda visita me advierten que tal vez sea rechazado. No es así, y con cierta mirada de desprecio, me dan quince días. El visado se

acompaña de un enorme sello que dice 'Sólo válido en aeropuertos'. Siguiente problema: cómo entrar en Pakistán volando. Con una aerolínea oficial es más barato volar a Delhi que a Islamabad, pero todavía muy caro. Hilde me ofrece viajar gratis a Peshawar con la Cruz Roja -ventajas de 'trabajar' para Cooperación Internacional-, pero es una avioneta y sólo puedo llevar una mochila conmigo. En la búsqueda de una solución para el transporte de la bici y el equipaje a Peshawar me acerco a la embajada española. Un simpático sevillano guardia civil me recibe y de buen ánimo me sube la moral. Un tipo sencillo que no trata de aterrorizarme. - ¿Y a qué has venido? ¿A registrarte? Nada de eso, vengo a preguntar qué empresa utilizan ellos para el transporte de mercancías entre la embajada de Islamabad y ésta. - No se lo aconsejo en absoluto, señor -me dice muy seriamente el diplomático que me atiende en la puerta.Nosotros estamos aún esperando desde hace dos semanas mobiliario de Islamabad. La situación de guerra en el Khyber convierte la comunicación terrestre en algo muy relativo. Permítame aconsejarle que su vida vale más que doscientos dólares. Coja ese vuelo a Delhi y continúe a salvo con su maravilloso viaje, ¿no le parece? - ¿Una taza de té? -pregunta el sevillano, que parece ser el único en reparar sobre la más elemental hospitalidad. En éstas, aparece un coche negro blindado. - ¡Ah! El señor embajador. - Y un elegante caballero de pañuelo al cuello se acerca a nosotros. - Este señor es español, y está viajando en bicicleta por Afganistán -me presenta al embajador. Por una décima de segundo, antes de decirme nada, veo la mirada de pánico en

sus ojos y una frase silenciada 'este maldito idiota acaba secuestrado o muerto y yo me como el marrón'. - ¡Ajá! ¡Qué interesante historia! ¿Y cuándo tiene usted previsto dejar el país? La situación no termina aquí. De repente, sale de la embajada otro diplomático que se lanza a mis brazos y me saluda efusivamente. - Pero bueno, ¿no me reconoces? Si estuviste en mi casa de Nigeria una semana, en Lagos. - Eeehhh, creo que se confunde, señor. Yo pasé por Lagos, sí, pero no me detuve. - Sí, hombre, cómo no te vas a acordar, estuviste en mi casa, el ciclista español que está dando la vuelta al mundo, el payaso. - Eeehh, me temo que no fui yo. Me acordaría… Tal vez, Álvaro, el biciclown. - ¡Ah! ¡Claro! Bien… bueno…. he de trabajar. ¡Buen viaje! Y afortunadamente, sus señorías regresan a sus importantes ocupaciones, y yo me tomo una taza de té con el guardia civil sevillano, que estoy seguro se acordará de mi cara si nos volvemos a encontrar alguna vez. Álvaro, por cierto, está en Islamabad, y por email me dice, 'Si consigues salir de ahí y llegar a Islamabad en una semana, te espero y nos vamos juntos a India. Daisuke está al llegar también, por la Karakoram Highway.' Un par de noches después, cenando con Hilde en un restaurante para ex-patriados, me presenta a un diplomático pakistaní. - Hombre, si llego a conocer tu historia, yo te expido bajo la mesa un visado sin ese sello de aeropuertos. Aunque cruzar el

Khyber en bicicleta… Verás, yo puedo conseguir transporte para tu bici. Te lo confirmo en la mañana. A la mañana siguiente, un taxista aparece en la casa de Hilde y tiene orden de llevar mi bici, pero ante la visión de tanta alforja llama a su jefe. 'No, lo siento. Podemos pasar la bici, pero no el equipaje. Tendríamos problemas en la aduana'. La situación comienza a ser preocupante. Decido volar a Delhi y ya amortizaré el precio del billete comiendo barato en India. - ¡Ni hablar! -me dice Hilde- Déjame intentarlo con un refugiado que trabaja para nosotros. Y sí, Haquím tiene pasaporte de refugiado, con lo que puede cruzar libremente de un país a otro. - Yo conozco a esa gente, no te preocupes, como si tus bolsas están llenas de heroína; mañana tienes tu bici en Peshawar, la dejaré en la fotocopiadora de un amigo. Bien, no es el más seguro de los planes, pero tampoco estoy en el mejor de los lugares. Acepto y Hilde me consigue plaza en la avioneta a Peshawar, unos tristes cuarenta minutos de vuelo, y cuando sobrevolamos el Khyber lo veo desierto, sin apariencia alguna de guerra. En fin…. Una cárcel puede ser un lugar seguro para dormir. Llegando al Salang. Play Pause

PAKISTÁN. …Y así terminó todo entre los dos hermanos. Más, ahora, mi dueña y señora, si prestáis atención os contaré sobre esa misteriosa Orden de Keops que os mencioné anoche. Sherezade asintió en silencio. Todo comienza con el enigma de la Esfinge de Gizeh en el Antiguo Egipto, ¿cuál es el motivo de la misteriosa sonrisa? Durante más de cuarenta siglos nadie supo acertar su significado, hasta que a principios del s. XIV, Balduino Merces, un misterioso aristócrata de la Flandes española cuya familia procedía del reino de Saba, viajó a España con el propósito de chantajear al emperador con su descubrimiento de la Orden de Keops. Obviamente, dada la gravedad del asunto, Balduino fue asesinado y su nombre borrado de los archivos de la Historia. Y ahí podía haber acabado todo. No obstante, el emperador supo que antes de morir Balduino, el secreto y las claves habían sido reveladas a al menos dos personas. En ese momento, sin despertar sospecha alguna, Rui González de Clavijo fue enviado como emisario a la corte de Samarkanda, más allá de los mapas. Aquello salvó su vida, pero no la de quien consiguió enviarlo como embajador del imperio. Sólo una persona conocía el secreto. Clavijo manejó astutamente el viaje para detenerse en los lugares mencionados como punto de encuentro para la Orden. Y en Isfahán, al encontrar la enigmática sonrisa en dos leones esculpidos junto al puente 'Pol-e-Khaju', una clave aún no registrada, intuyó que ese podía ser el lugar elegido para el próximo encuentro. Se interesó fingidamente por el farsi, el Sufismo y la filosofía de Avicena, que conocía bien a través de un morisco cordobés, hasta que obtuvo la confianza del sultán, y de su astrólogo. Con curiosidad ingenua aprendió a calcular los eclipses lunares, y más fácilmente de lo esperado, averiguó la fecha en que la Orden de Keops se reuniría ese siglo. Sólo faltaban dos años. Jurando amistad eterna al sultán partió a Samarkanda, donde

cumplió sin tachas la labor oficial, y de regreso al imperio se detuvo nuevamente en Isfahan, trayendo a su amigo persa toda clase de sedas, almizcles, oro laminado, y un mágico polvo negro que al encenderlo provocaba dibujos en la noche. El sultán, que jamás había visto fuegos artificiales, quedó maravillado y bajo las normas de hospitalidad persa no le dejó partir, reteniéndolo entre músicos, danzas, vino y mujeres. Clavijo fingió resignación y envió noticias de su retraso al emperador. Pero no todo pudo estar bajo control del osado aventurero. El mensajero que partió hacia Alcalá de Henares era un espía del señor de Barcelona, que informó de ciertos comportamientos extraños en ciudades como Constantinopla o Aleppo, donde Clavijo desaparecía durante días enteros. El conde no sospechó nada, pero celoso por la fama que cobraba el aventurero, escribió una misiva al emperador dando pábulo a una conspiración con el imperio Otomano para recuperar la Reina de las Ciudades. Entretanto, ajeno a su suerte en palacio, Clavijo acertó a descubrir el pasadizo que desde el puente conducía a una cámara espaciosa, para su sorpresa no lejos del palacio del sultán, al que suponía muy ajeno de la secreta Orden. En el centro de la cámara ya alguien había preparado el evento, y siete copas de lapislázuli egipcio esperaban colocadas bocabajo. Clavijo no pudo evitar una fuerte sensación en el pecho, aquellas copas tenían más de 4000 años. A la noche, aquejando molestias, se retiró pronto de la compañía del sultán. Faltaba una semana para la reunión y debía elaborar un plan. Y ahora, mi dueña y señora, me vais a excusar pero ya es tarde para continuar la historia. Si me concedéis una noche más a vuestro lado, mañana os contaré el desenlace. Sherezade asintió en silencio, sonrió, y se acercó para unir sus cuerpos. La zona que rodea al pequeño aeropuerto de Peshawar está llena de hoteles para cooperantes, con precios para

cooperantes. Decido alejarme de allí y pasar la noche en otro lugar a la espera de recoger la bici al día siguiente. Yo no me entero de nada, pero en el hotel dónde me deja el transporte de Cruz Roja y que Hilde me había recomendado para dormir, matan a un cooperante estadounidense esa tarde. Al día siguiente, reencuentro feliz con mi bici y el equipaje en la fotocopiadora. Todo perfecto, y el amigo de Haquím, un tipo amable, me ofrece té y me desea buen viaje. En general, los musulmanes son gente que se toma muy en serio la palabra dada; no ha sido la primera vez que dejo mis 'posesiones' en manos de un desconocido musulmán. En un par de días llego a Islamabad, con un tráfico que me parece el mismo infierno. 'Pocos lugares del mundo debe haber así' voy pensando, sin saber lo que me espera en India. Todo son alegrías en la capital pakistaní, donde me reencuentro con Daisuke y Álvaro. Parecemos tres cotorras contando aventuras de los últimos meses. Quien no está tan alegre es Hilde, y cuando veo mi correo electrónico me encuentro varios mensajes de ella preguntando por mi estado, pues sabe del tiroteo en el hotel donde supuestamente debí haber dormido… Tras unos días en la ciudad más aburrida de Asia -hasta Teherán tenía más alegrías-, los tres mosqueteros nos vamos juntos hacia Lahore, que de aburrida no tiene nada. Es un horror: una eterna nube de polución difumina los edificios, y no puede caber más tráfico. Si matriculan un 'rickshaw' más, se bloquea la ciudad. Insoportable, ruidosa, peligrosa para cruzar la calle, pero entretenida. Vamos a varias ceremonias, una danza sufí y el show de la frontera con India. La primera tiene lugar cada jueves en una extraña mezquita de las afueras. Bob Marley estaría como en su casa. La mezquita está llena de insólitos pakistaníes con rastas, que fuman porros sin cesar al ritmo de los tambores. Algunos de ellos hacen un canal con dos orificios en considerables zanahorias, colocan ahí la marihuana, y se fuman el invento entre movimientos de cabeza. Otros, los derviches, danzan en medio de la mezquita con descoyuntantes giros de cuello. Apenas se mueven, sólo el cuello, un incesante trance giratorio al que imagino ayuda bastante la zanahoria mágica.

Pero la ceremonia más espectacular es la diaria exhibición de los oficiales indios y pakistaníes al caer la tarde, cuando cierran la frontera. Es incalificable, no me había reído tanto desde un show de Moncho Borrajo. Con una mezcla de patriotismohistrionismo, soldados a uno y otro lado de la valla caminan ostentosamente, agresivos, desfilando con las piernas estiradas y con gestos desafiantes unos a los otros, banderas al viento que azuzan al público para que grite desaforadamente 'Pakistán' o 'Industán'. Hay tal vez más de quinientos en el lado paquistaní y casi mil en el indio. No tiene por donde cogerse, genial. Soldados indios y pakistaníes se hacen bravatas al cruzarse en la valla, y finalmente, los dos últimos oficiales, se dan la mano girando la cabeza para no mirarse. Lo insólito es que, aunque se me caigan las lágrimas de la risa, la ceremonia es seria; es un acto de patriotismo y de cierta tolerancia entre enemigos. Cosas de este mundo. Y por fin dejamos Pakistán, el país que tira la piedra y esconde la mano; por mucho que su gente sea a su manera hospitalaria, con su eterna retahíla, 'ya ves, no somos terroristas, somos normales', fue un alivio cruzar la frontera. Al otro lado, descubro de nuevo a la mitad del planeta que llevo más de un mes sin ver: las mujeres. Saris de colores, pendientes y sonrisas. Otro alivio. Bienvenidos a 'Incredible India'.

Con Álvaro y Daisuke. Rawalpindi. Estas chicas tan majas nos invitaron a comer. Play Pause

INDIA. Oímos hablar de una monja budista que había pasado doce años meditando en una cueva. Como en una película de Peter Sellers, el retiro acabó con la llegada a la gruta de un oficial indio de Inmigración que graciosamente le dio una semana para dejar el país. A la noche, era el tema de conversación en Dharamsala. ¿Y cómo verá el mundo esta mujer? ¿Encontraría la iluminación? Los comentarios era todos de índole budista, de admiración e interés por saber más de la historia. Todos menos uno. Paul, un canadiense de ojos escépticos y un gran medallón en el pecho, comentó, 'me gustaría saber si hubo una gran diferencia entre lo que alcanzó meditando durante los primeros años y el doceavo.' María, una pequeña portuguesa dijo que si alcanzó algo, tal vez eso la llenase tanto que no pudiera renunciar a ese estado. Y la conversación derivó hacia la felicidad. Augusto permaneció ensimismado casi toda la velada. Faltaba un mes para cumplir el doceavo año de su viaje. Y a la mañana siguiente se encontró a sí mismo con una decisión rotunda que no podía desobedecer: era momento de volver a casa. Entramos por el Punjab, la única carretera posible entre Pakistán e India, pese a compartir una extensa franja fronteriza. - ¡Ah, españoles! 'No más té, por favor, una servessa' -dice en español, el simpático oficial indio, jugando con el saludo hindi 'namasté'. - Tranquilo trabajo el suyo, señor. - ¡¿Tranquilo?! Ustedes son el número… ¡128! Hoy han cruzado 128 personas -contesta indignado.

Son casi las cuatro de la tarde y han cruzado 128 personas por la única frontera entre dos países superpoblados… dice mucho acerca del afecto que se tienen. Y nos encaminamos a la ciudad inmediata, Amritsar, donde está el Templo de Oro, el lugar más importante para la religión Sikh. El 'gurú' Nanak desarrolló en el siglo XV una curiosa religión, tratando de conciliar Islam e Hinduísmo, llena de compasión y sentido caritativo. Sus templos, las 'Gurduaras', están orgullosamente 'abiertos a todo el mundo sin prejuicio de raza, religión o sexo'; no comparten el sistema de castas y en ellos cualquiera puede pedir alojamiento y comida gratis. La comunidad sikh se toma muy en serio sus obligaciones hacia la humanidad, y en estrictos turnos, velan en los templos por la limpieza y porque nunca falte comida al pobre, al peregrino, y al ciclista… Haciendo honor a su nombre, el templo está recargado de oro por doquier. Algo ostentoso, pero quién va a objetar nada con semejante muestra de generosidad hacia el prójimo. Otra peculiaridad de la gente sikh es su eficacia en los negocios, suelen ser muy solventes, y asumen que parte de su riqueza debe ser donada a las ‘Gurduaras’ para su embellecimiento y para el cuidado de los peregrinos. Tal vez, son más conocidos por su aspecto: ni se afeitan la barba ni se cortan el pelo, que llevan dentro de un bonito turbante, como aquel personaje de 'El paciente inglés'. Allí pasamos un par de días. Algo importante que aprende cualquier nómada es a aceptar con humildad y agradecimiento la ayuda de la gente, una saludable cura contra el orgullo de rico occidental que piensa 'todo se ha de intercambiar mediante dinero'. Es bonito sentarse en el suelo con los peregrinos y los pobres, comer con ellos, o pasear alrededor del templo. Y la verdad, son gente divertida y amistosa. Tampoco tenemos muchas ganas de salir fuera, pues los indios son insoportablemente ruidosos. Todos los coches llevan detrás escrito 'Toca el claxon'... enloquecedor. No sé si me va a gustar pedalear aquí. El tráfico disminuye un poco al entrar en Himalchal, que es un estado montañoso, lleno de verdor y árboles, pero los que hay, pitan. Y pitan como locos. Parece que quisieran romper el

claxon. Llegamos a Dharamsala, o mejor dicho, a su barrio turístico, Macleod Jung, en las faldas del Himalaya, donde alquilamos un apartamento con balcón y vistas al hermoso Triund por tres dólares. Inmediatamente descubrimos por qué la gente se queda a vivir en India. Es quizás, el país más barato del mundo. Álvaro y Daisuke se van tras unos días, rumbo a Kathmandú, y yo me quedo. Este es el lugar donde por fin me tomo un descanso, nada que ver con la realidad india: un enclave turístico limpio, rodeado de montañas y bosques, lleno de confort a precios irrisorios; todo es tan barato que a veces me restriego los ojos por si estoy soñando. Tres semanas de diciembre en las que no hace siquiera frío. Estupendas vacaciones del viaje: no tengo que buscarme la vida cada día, ni tengo un contacto exclusivo con locales, ni comidas dudosas y sé dónde voy a dormir cada noche. Descanso de viaje y de bici. Tal vez, ha sido un tramo excesivo desde El Cairo hasta aquí; Daisuke me ha aconsejado que pedalee menos al año, unos 10000 kilómetros. Y yo estoy haciendo casi 20000… Macleod Jung es también donde vive el Dalai lama, así que es un turismo lleno de simpatía por el budismo y la causa tibetana, con los que a veces tengo interesantes charlas, y otras veces no, pues radicales, los hay en toda religión. - Verás, hay que apoyar este monasterio de monjas. El mismo Dalai lama lo supervisa; es muy innovador y hablan un inglés perfecto -me repetía por tercera vez una entusiasta californiana. - Imagínate, las mujeres tibetanas podrán ir a Europa o a América, a enseñar budismo; no será sólo una cosa de monjes. - Con todos mis respetos, pero tal vez cuando en los monasterios cambien los 'mantras' por la biología y las matemáticas -le respondí, enfriando una conversación que me traía agotado. Creo que en mi próxima vida seré una sanguijuela nepalí. El budismo Mahayana, la rama tibetana, mantiene un sistema monástico medieval, y antes de la sangrienta invasión china, el

Tíbet era una teocracia donde los lamas poseían la tierra que trabajaba el pueblo, no había educación que no fuese religiosa, y las fronteras estaban cerradas a extranjeros. Occidente simpatiza con la causa tibetana gracias al inmenso valor espiritual del Dalai lama y a la propaganda anti-China, pero la situación entre tibetanos y chinos procede de una constante historia de guerras, poco citada en los libros de espiritualidad budista. Más, asumido que ya estoy condenado a los infiernos o destinado a sanguijuela -'cuán largo me lo fiáis' diría el Tenorio-, caigo miserablemente en las tentaciones terrenales y entrego mi cuerpo banal al pecado, o a las ilusiones de los placeres temporales. Preguntada si quiere pasar fin de año conmigo, la bella dama contesta 'si quiero', y nos vamos de luna de miel. Ella, con unos amigos, se va en tren a Rishikech, y yo, en bici, claro. Quinientos kilómetros que son un buen aperitivo de la India no turística. Donde hay poco tráfico y montañas es agradable, los indios son sonrientes y honestos. Donde hay tráfico… es insoportable. A cada minuto pido por un castigo divino que borre de la faz de la Tierra a este pueblo de asesinos al volante, y obviamente, debido a mi poca fe, no soy escuchado. No es que conduzcan mal o sin cuidado, no; son unos asesinos en potencia. Si alguien se asoma para adelantar, me ve y acelera pitando para que me tire a la arena o a donde pueda, yo no encuentro otro nombre. No es excepcional, sino constante. En esos días, recibo un email de Daisuke, contándome un accidente que le ha llevado unos puntos en la cabeza. Empiezo a sospechar que la sabiduría vedanta se queda en los libros de espiritualidad, ni encuentro relación alguna entre la vida cotidiana en India y la armonía del yoga; he visto más respeto al prójimo en las ignorantes aldeas africanas que en la milenaria India. Pero desde un punto de vista budista, los camioneros son mis maestros y yo estoy aquí para ejercer mi paciencia y tolerancia. 'Gracias, señor conductor, por intentar atropellarme' dije mil veces al día. Tal vez, si cruzo India pedaleando, purifique y cambie mi destino de sanguijuela… La comida es también una batalla. Desde que entré a Pakistán no

consigo averiguar a qué sabe nada, mis labios arden y mi estómago es una centrifugadora. Acaso sea otro medio de purificación. Con los sikhs paro siempre que puedo, no sólo porque me dan de comer y dormir gratis, sino por la sonrisa y el cariño con que lo hacen. Disfrutan ayudando, y cuando estoy a salvo de la carretera lo paso bien con ellos, con su digno porte de caballeros de otro tiempo. Pero ciertamente, la India me desilusiona. Esperaba algo más que un extenso menú de cursos de yoga para curar problemas occidentales. Tras los años, en las tapas del diario aparece un leve musgo. El otoño cubre de hojas las rutas de un mapa en el suelo, y sopla un suave viento, familiar al viajero, ¿dónde ir? Es tiempo por fin, para no pensar sino dejarse llevar, y descubrir a dónde va el río que le lleva. Tiempo de asumir sin literaturas, que ya no es el dueño de su destino, ni apunta con un dedo tierra alguna a la que arribar. El niño ríe sin comprender que está lejos de su casa. Moja sus dedos en el azul del mapa y saborea sal, puertos, naufragios y sirenas. Cuando sea mayor, un marinero de voz cavernosa le entregará un papel marrón con el plano de un tesoro, y entonces, en una sucia posada lo dejará olvidado. Otoño, y en los campos de arroz flotan palabras, si queda alguien que sepa aún leerlas. Pero es una niña quien le regala una flor y un beso, y la pureza infantil se asoma por vez primera al amor de los mayores. El viento se lleva el mapa que va a clavarse en un rosal; velozmente, una araña teje sus hilos entre las espinas y revela al viajero un camino a seguir, frágil, una cuerda para los pies de un funámbulo. Cuando sea niño querrá oír historias de Sandokán; la princesa que se escondió en la bodega para ser suya,

que acabó vendida como esclava al rey de Timor. Porque los piratas necesitan aire y sal para respirar, porque los piratas no se enamoran. En Rishikech me esperan días de miel y una sorpresa. Me encuentro a Josep, con quien pedaleé en Gabón hace algo más de dos años, y está ahora haciendo un intensivo curso de yoga. Este mundo es un pañuelo. Y entre unos cuantos viajeros formamos por unas semanas un ambiente de familia. Amigos a los que visitar un día en el futuro, como Ezequiel y Noa, que han hecho una pausa en sus vidas preguntándose si hay algo más allá de fabricar microchips para móviles, y no piensan volver hasta encontrar una respuesta. U otro punto de vista, que suele ser lo que el viajar nos regala a todos: puntos de vista diferentes. A mí, el 2009 me trae la treinta y sieteava luna de viaje, que está tan presente en mis días como el arroz o los baches del camino. Y salgo de Rishikech cuando los lobos aúllan, los locos sienten deseos de matar, y los nómadas huyen de la posada hacia el camino. Seguramente, Ulises también dejó la isla de Calipso en luna llena. Cruzo el estado de Uttar Pradesch alucinado. La superpoblación india genera un ambiente irrespirable que contrasta con su actitud pacífica y no-violenta. Ya puede ser la mayor torpeza o molestia de uno hacia otro, que todo lo resuelven charlando, sonriendo y con ese gesto insoportablemente encantador al ladear la cabeza un par de veces. Muchísima tolerancia hacia el prójimo que te está incordiando porque cinco minutos más tarde, tú estás fastidiando a alguien. Ante todo, 'peace, peace'. Menos mal, porque de otra forma estarían matándose a miles por día. Aprendo también que, dejando atrás las tierras islámicas, la hospitalidad desaparece, salvo los excepcionales sikhs. Son muchas las ocasiones que pido poner mi tienda en algún sitio y ni hablar del asunto. Además, mi piel morena, y estar sucio al final de un día en bici rodeado de polución, me convierte en 'casta baja', y el sistema de castas aún conforma la estructura social hindú. Otra versión del racismo.

A la mañana, pese a lo temprano de la hora, en la cocina había café preparado, una cajita y una carta. Mi tío había salido a dar su paseo por el lago, dando por sentado que la cena había sido una despedida. Tío Augusto… no volvería a verle en mucho, hasta que regresó enfermo de su retiro en la isla de Chipre. 'Un sufí preparado para la muerte' decía irónico y sonriente a sus noventa años. Yo, en aquellos días, sin saberlo empezaba también una azarosa vida de viajes. Sin saberlo.... Abrí la carta, eran hojas de un viejo diario. Finalmente llegué a la maldita ciudad de Kolayat, tras caminar unas cuantas horas por las arenas del Rajastán. 'Un hermoso templo hindi donde los sadhus se bañan en el lago, flotando con un neumático de camión', me habían dicho. Tras la paliza bajo el sol allí no había nadie. Un par de sadhus en sus templos. No obstante, el lugar era muy sereno y relajante. Una paz extraña en la India. Estuve un par de horas sentado en el lago, y antes de irme me acerqué a un sadhu que enebraba cuentas ensimismado. - Soy el costurero de abalorios. - Se presentó. - Tengo uno para ti. 'Vaya, otro vendiendo baratijas,' pensé, pero me fijé bien en los abalorios y cambié de opinión. 'Pásatelo bien' 'Trata de ayudar al vecino y pasátelo bien' 'Respeta a los demás y busca su respeto' 'Deja algo hermoso antes de irte de un lugar' 'Aprende a esperar' 'Y pásatelo bien' 'Cuídate de los mercaderes de la verdad' 'Habla menos, sonríe más' 'Aprende a decir algunas cosas sin palabras' 'Pásatelo bien' 'Sé agradecido, medita' 'Encarece tu intimidad' 'Busca tu camino sin miedos' 'Cuando aparezca tu ángel, ponte bajo su protección. Confía' 'Y pásatelo bien'

Todos los abalorios podían tener nombre y rostro, incluso podía recordar el lugar donde alguien me dijo exactamente esas palabras. Cuando el costurero terminó el collar me lo entregó ceremoniosamente. Bajé mi cabeza, pero no puso su mano en ella. - No tengo poderes algunos - sonrió -, sólo soy un costurero. - ¿Cómo se cierra? - pregunté. - Yo no sé hacer broches. Tendrás que buscar a alguien que te haga uno. - Pero… ¡se me van a caer los abalorios! El sadhu me miro inquisitivo. - Ya perdiste uno, ¿verdad? Me dejó perplejo por unos instantes. Bajé los ojos y me fui a mis recuerdos. El sadhu aguardaba en silencio una respuesta. Finalmente asentí. - Si, era muy bonito, lo compré en Mozambique. - ¿En África? - exclamó sorprendido -. Los abalorios has de conseguirlos en India… Hum… Tal vez me he equivocado contigo. Esperé un momento por si seguía hablando. Parecía mas extrañado que contrariado, alguien que no entiende cómo se ha podido equivocar. Le expliqué la historia. - Compré el collar en Ihla. Los macúas hacen hoyos en la arena con la marea baja, a veces hasta seis metros de profundidad. Buscan antiguas cuentas de vidrio de los barcos que arribaban a la costa provinientes de la India, y después venden collares a los pocos turistas que pasan por allí. El sadhu asintió aliviado. - Bien, ¿dónde los perdiste? - Perdí bastantes en tierras swahili, también entre los turkana, un lugar de vida muy dura. Finalmente, en el Sinaí perdí las restantes. 'Al salir de África', me dije a mi mismo, notando la coincidencia por primera vez. - ¿Cuánto tiempo has viajado sin abalorios? - Diez meses, - calculé rápidamente, - pero dos veces vi el

brillo de un diamante. - Y sonreí presumido. El sadhu sonrió también. - ¡Tú no tienes ningún diamante! Aún…, pero está bien que los hayas visto. - Descruzó sus piernas y se levantó ágilmente. - Trata de conservar bien los abalorios. No hay un tercer collar para ti, ten ésto claro... Cuando está abierto es fácil que caigan algunas cuentas y vas a tardar bastante en encontrar a alguien que sepa hacer un broche para éste. Sigue viajando, pero cuida de tu collar. No lo olvides, sigue viajando pero cuida de tu collar. Terminé de leer el diario de mi tío. Al final, una nota me desconcertó: 'En algún momento llegarás al oeste del Himalaya, a Triund. Deja allí el pendiente'. Miré en la cajita y allí, junto al collar había un viejo pendiente en aro. 'Respecto al collar de abalorios, no puedes portarlo. Despréndete de él pronto, en la manera que desees, y olvídalo. Un día tendrás el tuyo.' Finalmente, al llegar al norte de India, cumplí con su deseo, pero lo más fascinante ocurrió seis años después de aquella mañana, en Sapporo, cenando con su ex-mujer. Tras el sushi, Miyuki se levantó y fue a su cuarto. Regresó con una cajita y me mostró el collar, dejándome sin palabras ni respiración. Pero, como llegó a sus manos atravesando el mundo es otra historia.

Conforme me acerco al desierto del Rajastán, disminuye el tráfico, la densidad y la hostilidad en el aire. Empiezo a encontrarme con tipos exóticos de grandes bigotes y turbantes, y mujeres que van con el sari cubriéndolas de pies a cabeza, como si una burka. Las ciudades rajastanis son preciosas, llenas de casas antiguas, 'havelis', todo muy ornamentado y barroco. Cualquiera de ellas tiene monumentos, palacios, fuertes, templos, y en las más famosas hay mucho turismo, aunque los indios dicen que hay poco debido a las bombas de enero en Bombay. Fortalezas y palacios que hacen realidad el

dicho 'vives como un marahá'; paseando por ellas es fácil imaginar la vida extravagante y lujosa de los 'marahás', años atrás, a costa y 'casta' de la miseria del populacho. Con todo, el ruido en las ciudades, el caos, la mierda por doquier, persisten. Literalmente, viven en un estercolero. La filosofía hindú echa todo residuo fuera de la casa y del cuerpo, para mantener la pureza dentro. Es un país que impacta mucho, constantemente provoca emociones. En diez metros puedo oler desde incienso a mierda de vaca sagrada, pasando por aguas podridas y marihuana. O mientras como un 'thali', el jaleo que pasa delante de mí es un desfile de 'sadhus', vacas sagradas, burros, saris de colores, bicis, camellos, y .... 'rickshaws', los terribles 'rickshaws': ruidosos, imprevisibles y dejando a su paso una densa nube de humo negro. Es llegar al extremo de una miseria que ya he visto en otros lugares. Rajastán es el estado donde más feliz viajaré en India: poco tráfico, cielo de azul precioso, semidesierto, muchas gacelas que huyen a mi paso, noches bajo las estrellas, ciudades legendarias y templos de toda índole, incluso... ¡templos de ratas sagradas! La gente es relajada, y también la comida es más suave, o yo me empiezo a acostumbrar a las fuertes especias. En ese momento no podría haber imaginado que la comida india acabaría siendo una de mis favoritas. En los templos jainistas no hay un centímetro sin esculpir en cada columna; figuras sensuales, muy explícitas, algo que no entiendo bien cómo casa con la conservadora sociedad india. Camino de Jaisalmer, en Phalodi, una ciudad de 'havelis' muy bonitas, un tipo me invita a su casa. Acepto asombrado. Resulta ser un modesto rajput, segunda casta, que no sólo me pasea por su ciudad sino que me habla sin tapujos de las costumbres indias y, dejando a un lado la 'cast pollution', acepta comer conmigo, ¡menudo honor! Sucede en la noche. La hija trae comida para mí y yo le pregunto a mi anfitrión con malicia, '¿no comes conmigo?'. Duda un poco, y manda traer otro plato para él. Coge un trozo de pan dulce con sus dedos y me lo pone en la boca como

muestra de amistad. Yo he de hacer lo propio y empezamos a comer con el hielo derretido. Su charla me deja atónito, con la sensación que el 'Apartheid' fue un juego de niños comparado al sistema de castas que crearon los brahmanes, los sacerdotes hindú. Me duermo pensando, 'si esto es lo que genera la espiritualidad, espero que mi cuerpo no albergue espíritu alguno'. Tal vez, la seidad, la muerte del ego, el vacío interior, sean ideas orientales fascinantes, pero el Hinduísmo no me parece más que otra forma esotérica de perpetrar las dos alianzas más comunes de este mundo: entre hombres para explotar a las mujeres, entre reyes y sacerdotes para explotar a la plebe. Y llego a Jaisalmer, junto a la frontera pakistaní. Tras cruzar un desierto, llegar en bici es 'Llegar', y me emociono cuando diviso a lo lejos la legendaria ciudad rosa. No obstante, nuestro tiempo es de modernidad y suelo arribar con cautela a estas ciudades históricas, pues muchas de ellas han perdido su magia con autovías y macro-hoteles para el turismo. No ocurre con Jaisalmer: es un superviviente de la edad media. Al atardecer, con los últimos rayos de sol, las murallas y fortalezas de la ciudad se tornan de un rojo difícil de creer. Tengo también otra entrada de cuento oriental a Jodhpur, cruzando la ciudad azul de los brahmanes y literalmente por la puerta del castillo. Maravillosa. Creo que cuando deje la India, el mundo me va a parecer en blanco y negro. En el sur rajastani comienza la región donde hay más jainistas. Una religión que presume ser anterior al budismo, y que lleva su respeto por la vida ajena al extremo de taparse la boca con un pañuelo para no tragar accidentalmente un insecto; algo que me parece muy oportuno, dado que esta región está infestada de diminutos mosquitos. Una gente de costumbres 'purificadoras', dicen, como arrancarse del tirón los pelos de todo el cuerpo. - No todos pueden llevar esa vida de purificación - explican unos jainistas que me han invitado a tomar algo en su casa. Los que elegimos una vida familiar, tenemos obligaciones y no podemos mortificarnos, ni ayunar en extremo. Tenemos que esperar a otra vida para poder ser santos.

- ¿Qué hacen los santos? -pregunto. - Peregrinan y meditan. No poseen nada, y algunos van completamente desnudos, no piden nada. La buena voluntad de la gente ha de alimentarles, aunque, cuidado, nosotros no podemos comer animales ni ciertas cosas impuras, como lo que crece bajo la tierra. Saboreo mi delicioso té de jengibre y comento irónicamente. - Vaya, no sabía que el jengibre brotaba de los árboles en el Rajastán. - ¡Hacemos nuestras excepciones! -exclaman alegremente, y todos reímos. Pese a parecerme un tanto radicales, me interesa esta religión minoritaria. Hay algo en su intención que me despierta curiosidad, y duermo un par de veces en sus templos, donde la austeridad es extrema. Nadie viene aquí a fingir religiosidad. En uno de ellos, me llevan a un hueco en la pared para que deje la bici, y cuando estoy metiendo dentro mis cosas, el monje me dice riendo: - ¡Esa es tu habitación! Si metes la bicicleta no cabes tú dentro… La ceremonia de Ranakpur, un templo de unas mil columnas iluminadas con velas, fue algo impactante. Aires de secta arcana. Tras un mes en el Rajastán, en Udaipur me siento algo abotargado. Ser turista consume mucha de mi energía, y dejo la romántica ciudad del lago Pichura para acudir a otro romántico asunto: mi enamorada me espera en Goa. Emprendo viaje directo al sur. Más de la India no turística, con sus maravillas y sus miserias, que sigue sin gustarme. País singular éste. No es tercer mundo, ni es rico. No es hospitalario, pero son amistosos y simpáticos. Es injusto, también caritativo. Y lleno de color, y de… ¡¡ruido!! aman el ruido. Lo que pita en

mis oídos no es un gato al que torturan, ¡es una mujer cantando en una película de Bollywood! India posee una gran tradición milenaria e importa del extranjero nada o casi nada. Todo es 'made in India', desde las ceremonias a las bicicletas, lo cual genera una cultura muy auténtica en este mundo tan globalizado, gente muy orgullosa de su país y sus costumbres, también desinteresada de lo que existe más allá de sus fronteras. Para nosotros, turistas, es muy exótica, pintoresca, llena de anécdotas. Para los indios ricos es la madre India, si, 'pero yo vivo en Londres o en California…' Las sombras de este país son muy insoportables: ruido constante, altísimo, mierda igual de constante hasta en el aire, y millones y millones de indios con un comportamiento infantil que continuamente me reta a conservar la paciencia. Las luces, también muy intensas, diversión por doquier; este país es muy divertido si puedes mirar la escena siendo ajeno. Las anécdotas se acumulan, como los presos esposados y conducidos por la policía que al verme pasar me saludan sonriendo con sus manos libres, y la policía hace lo mismo, con sus porras al aire. Las advertencias en la carretera llenas de filosofía hindú, 'Be late but don't be late'. El inglés, versión hindi: - Do you have mosquitos here? -pregunto antes de poner mi mosquitera en la habitación. - Yes, sir. Here, mosquito is available -me contesta el tipo con la solemnidad de un lord británico. O su sentido de la privacidad, 'Disculpe señor, ¿podría tener el honor de hacerle una pregunta?' Lástima que con semejante cortesía me estuviera despertando de una siesta... La infantilidad es también alegría y ganas de ayudar constantes. La gente sencilla es buena, y aquí son muy, muy, sencillos. Hay tanto comportamiento humano imprevisible a cada instante, tanto estímulo, que me obliga a algo interesante: dejo de ser yo el que quiere convencer a los demás de mis ideas para sobrevivir en una tierra donde no

comprendo las suyas. India no me deja en paz ni un momento, me obliga a cuestionarlo todo, a adaptarme en defensa propia. Nada de aburrimiento, ni paz. Pero… ¿de dónde demonios viene la reputación de espiritualidad y armonía? El sol de invierno calentaba la terraza de aquel café en Dharamsala. Un rincón de felicidad... - Supongo que es la pregunta que más veces te han hecho estos años, pero…¡7 años! Es inevitable.. ¿por qué? La argentina era bien bonita y todo iba sobre ruedas hasta que llegó la dichosa preguntita. Aposté fuerte. - ¿Quieres una respuesta comodín o eres capaz de escuchar una historia? Violeta sonrió, se puso cómoda en la silla y me hizo un brindis con su lassi de mango. Fue hace diez años, pero recuerdo muy bien aquella noche, aquellas palabras de mi tío Augusto, '… qué haces con los mejores años de tu vida'. Me provocaron el ansia por vivir, aunque a mi madre le indignasen y le gritara si había vuelto a España para quitarme las ganas de estudiar. - No, no. Lo siento mucho -respondió azorado.- Es difícil volver a un lugar al que ya no se pertenece y no soltar estupideces de tanto en tanto. Tío Augusto y Miyuki regresaron a Hokkaido antes de lo previsto y mi madre se sintió culpable. No tenía por qué. finalmente, tampoco perduró mucho en el Japón ni en el matrimonio. 'En la facultad, mi profesor trataba de hacernos entender un sistema social en el que trabajo y ocio no estaban separados, sino que la vida se marcaba en una pauta global, muy diferente a la nuestra. Y él veía con claridad que no teníamos la más mínima idea de aquello aunque lo memorizásemos. Peor aún fue el día que comentó que los Itu, una tribu del Congo, no tenían una palabra para 'futuro'. Aquello me dejó perplejo, como Octavio Paz, era algo incomprensible. Pero me interesaba mucho la antropología y estudiaba con ahínco, de alguna manera estructuraba en mi mente eso de 'sociedades que viven con un tiempo externo y sociedades que viven con un

tiempo interno'. Y trocaba mi esfuerzo por un papelito oficial. Fue años después, en un asentamiento tibetano de Ali. Losang, que trabajaba para un comercio chino, me dijo en una conversación: 'Sí, estoy contento, ya me he acostumbrado a trabajar ocho horas al día.' Tuve que despedirme bruscamente porque mi cabeza había sufrido un terremoto. Por breves segundos tuve la clara visión de lo que es aprendido con la razón y lo que es aprehendido en directo. Que una y otra cosa son dos mundos bien distintos. Que la vida en el primer mundo se observa, se estudia, se desglosa, pero para sentirla había que salir fuera del Castillo. A partir de entonces fui dejando paulatinamente los libros y buscando aprendizajes en carne viva alejado del confort. Presencié ritos de iniciación, ceremonias en trance, vidas primitivas y muchas respuestas sociales ajenas al comportamiento racional o práctico. Cierto es que de todas las culturas en las que anduve, en ninguna llegué a imbuirme hasta el punto de perder mi perspectiva, pero mi cabeza se llenó de grandes grietas por donde entraba la luz de otras maneras de vivir. Mis años universitarios quedaron como la imagen del fotógrafo en el Serengetti que capta a un león cazando. Un privilegio poder observar la vida salvaje, estar ahí, analizar y traducir a una lógica humana el comportamiento del león. Pero en esa escena, quien está viviendo no es el fotógrafo, es el león. Ahora tú estudias, sobrino. En este momento de tu vida y en esta sociedad no puedes hacer otra cosa, pero después se te presentará una elección: podrás vivir o podrás contemplar la vida. No tengas prisa, en Japón se dice que 'la juventud no es el tiempo para vivir, sino para prepararte a la vida'. Así será, querido sobrino. Y en tu mano estará la responsabilidad de decidir qué haces con los mejores años de tu vida.' Apuré mi capuccino, ya frío, y sonreí a la bonita argentina, preguntándome si esa noche me invitaría a su habitación. Si sería fotógrafo o león.

Camino de Goa, me detengo en Ellora. Lo llaman cuevas, pero en realidad son excavaciones en la montaña, como Petra o Lalibela. La diferencia es el trabajo y el resultado, que en Ellora llega a ser primoroso. Viajar mucho tiene sus peajes, y para que algo impresione hay que buscar y buscar, pues siempre hay algo parecido que se vio previamente. Aquí, Kailasha, la llamada cueva 16, me deja boquiabierto durante veinte minutos. Es el monolito trabajado más grande del mundo, del tamaño de una colegiata. Una sola pieza. Verla desde arriba es algo inolvidable; andurrear por dentro, tocando sus esculturas, relieves, todo de una sola pieza… afortunadamente, el mundo no agota sus maravillas. Yo si me agoto. Y cruzo a la costa muy cansado de la realidad india. En Goa, jungla, exuberancia, humedad, cocoteros, mangos, y la sensación optimista que la gente es más comunicativa y abierta a quien no es hindú. Interminable arena blanca, cálidas aguas, cocoteros que se cimbrean con la brisa... Goa es un pequeño paraíso y hace diez meses que no veo el mar, desde el Sinaí. Nos quedamos en Arambol, una playa abierta al mundo donde se refugian los hippies de los sesenta que nunca encontraron el camino de vuelta a casa; donde se encuentran turistas, gente alternativa, rusos huyendo del invierno por una semana, vagabundos, buscadores de paz interior en el exterior, e incluso, ¡tres ciclistas! A la caída del sol, la playa es un zoo humano: gente que baila, gente tocando timbales, trompetas, guitarras, danzando con hula-hops, haciendo expresión corporal, meditando en la orilla, haciendo yoga, tai-chi, sectas en círculo con extraños rituales, personajes de aires misteriosos, hippies jóvenes, hippies de barbas blancas... un espectáculo. Mis simpatías se decantan por los entrañables seres de sonrisa cálida y ojos brillantes, ya arrugados, que contemplan las modas ir y venir con tolerancia y curiosidad, con su maravilloso lema 'vive y deja vivir' y su desapego al materialismo. 'Make love, not war', el mundo le debe bastante a los hippies. Y yo, por primera vez en tres años, me debato entre finalizar el

viaje y comenzar una familia. Si fuera sensato lo pondría todo en la balanza, ponderar es asunto de sabios. Pero vivir es asunto de locos, y elegir es un verbo alejado de la razón.

Cuando el viajero abandona la posada, frente a él están de nuevo todos los caminos del mundo. Una fuerte sensación de libertad. Y esta vez, también un hueco en el estómago que le quita el hambre y las ganas de viajar. En sus ojos sólo lleva la imagen del nido que ella hizo sobre las olas del mar. Todos los caminos. El amor es una tierra sin caminos, y al asomarse a la playa donde sólo hay mar, el viajero siente vértigo y huye una vez más. Ahora, él también tiene a su espalda una playa de Barcino, '… allá quedó su ventura, su amoroso batallar, va cargado de amargura, va ocioso el caballero, sin peto ni espaldar'. Maldito León Felipe. Salgo de Goa en luna llena, para poder justificar mi locura, y paso los días más tristes del viaje. El viento me empuja de nuevo, pero mi tristeza es amarga, ni saber que no fue un sueño me consuela. Apenas como, o hablo con nadie. Me refugio en algunas carreteras secundarias y en las playas al atardecer. En Kerala, las playas ya no son tan inmensas como en Goa, pero siguen siendo cálidas y llenas de cocoteros, donde poner mi mosquitera y bañarme en el agua tratando de limpiar mi tristeza. Asisto a una curiosa ceremonia theyyam en Parassini y me olvido de hacer fotos. No estoy en lo que estoy. Es en un interesante templo donde con pintura y adornos, que parecen máscaras africanas, dos sacerdotes y séquito personifican a un Dios a cambio de llenar el cepillo bien… es muy idolatrado y realmente la fe de esta gente es asombrosa. Hereditariamente, una familia brahmán mantiene el ritual -'el chollo', pienso de mal humor-, generación tras generación, y lo cierto es que son agradables, y me dejan dormir en el templo con los fieles. A Fort Cochín llego en domingo, junto a una multitud de

turistas indios que tiran al suelo y al mar toda clase de basura. Toda clase. Aún, Cochín es de esos lugares mágicos en India que absorben lo negativo y devuelven un aura de belleza. Como los árboles. Casi todos los lugares de culto se han erigido junto a un árbol importante. Y una de las virtudes de los indios es que, pese a ensuciarla, respetan mucho a la naturaleza, a los animales y árboles. Lejos de arrancar árboles de las plazas y calles para encementarlas y poner maceteros de pensamientos, aquí si hace falta se abre un boquete en un tejado para una rama caprichosa. El resultado es que India está tan superpoblada de árboles, y ardillas, pájaros, monos, como de personas. A veces me da la sensación que ese extraño aura que parece emanar este país, viene de mantener el contacto con la naturaleza. Me detengo en Fort Cochín unos días, a coger aire y pausar esta huída de loco. Y a lavar mi ropa y piel impregnadas de salitre de las noches en las playas, donde el mar estalla cristales contra la arena y no me deja dormir. Cristales rotos, siempre son cristales rotos. También para ver una exhibición de la famosa danza-drama, kathakali. Excepcional, verdaderos artistas de la expresión corporal, capaces de explicar sólo con sus movimientos de la cara toda la trama de una obra teatral. Después continúo hacia el sur, quiero llegar a su extremo, Kanya Kumari, cabo Comares. Y en la bella playa de Varkala descanso unos días que me devuelven cierta paz. - Ahora sonríes -me dice un vecino del hotelillo donde duermo-, cuando llegaste aquí parecías enfadado con todo el mundo. Es una comunión muy particular. Abstraído en su ceremonia, Diógenes prepara su saxofón, enciende un incienso, coloca minuciosamente la caña y mima por unos momentos la boquilla. Frente a él, en la playa de Varkala, el sol lentamente baja para fundirse en el mar. Diógenes toca sin partituras por una hora, más o menos. Su música transmite emociones y sostiene unas notas tan redondas que generan el efecto buscado, comulgar con el día

vivido, mimetizar música y vida. - ¡Diablos, tocas fatal! ¡Se ha puesto a llover! Reímos ambos. - Si, debería ir a los desiertos a tocar. - Y nos vamos a cenar. Diógenes en esta vida se llama José Carlos. Es un palentino de cincuenta años que sin molestar a nadie, sino todo lo contrario, dejando una profunda huella en quien se le acerca, vive revelando al mundo una incómoda filosofía: lo que se necesita para ser feliz no cuesta dinero. Seis meses en la India, y seis meses en Mallorca, o Francia, o Grecia, donde le llamen sus amigos músicos, vive con una sencillez que abruma, decididamente desprendido de cualquier confort que pueda dar sombra a la esencia de la vida que a él le hace feliz. Para sus necesidades materiales basta el dinero que hace tocando en Europa en la calle. Su última cuenta bancaria fue en el 86... visa para India, avión y doscientos cincuenta euros al mes para cobijarse y alimentarse. - ¿Y en Mallorca? - Vivo de prestado en el campo, un cuartito en la casa de un amigo, con una mesita y un colchón. Si, como el poema de León Felipe. Le limpio el jardín o le preparo la leña. El último año me puso una bombilla, pero si no estoy pintando yo prefiero mis velas, son más silenciosas. 'La música es amor, meditar es energía, el dinero... a veces bueno, a veces veneno. Es muy duro ver a tus amigos de la infancia envenenados, la vida que han elegido. La mía es otra, yo necesito mi luz, no arrastrarme con posesiones, necesito volar. Mi felicidad está aquí, charlando contigo, en la playa tocando, en un chaparrón de lluvia, en una meditación afortunada... porque es como la música, ¿verdad?. Hay días que los dedos corren y días que no.' Diógenes es un tipo auténtico. No es un fantástico, ni un gurú lleno de ambiciones escondidas. Necesita encontrar gente como él, o en un camino similar. Eso le hace feliz, le da fuerzas.

- Hay que ponerse en manos del mundo, de la energía - dice él. - La mayoría confía en el sistema para su futuro, para su día a día; un sistema que los devora, los apaga. Yo confío en la vida, ella provee cuando lo necesitas. Siempre. Tú también lo has descubierto y sabes que estás protegido. Te permite volar, te da luz... Diógenes comparte, no predica. Es consciente que cada cual tiene su camino y que su apuesta no es fácil de compartir. Dejar de golpe aquello que nos han convencido es bueno y necesario implica un salto que probablemente sólo lleve a la locura o a un vacío sin sentido. - Yo he llegado poco a poco. Al principio me daba miedo prescindir de la seguridad... - y se echa a reír - ... ¡seguridad! Confiaba en un papelito con un sello oficial... ¡un papel! Ahí había puesto mi confianza.... Bueno, al principio planeaba, ¿sabes?, hasta que aprendí a volar. Ahora puedo prescindir también del saxofón. El año que viene vendré sin él, sólo a meditar; he de trabajar en limpiarme bien, tengo el presentimiento que algo importante que viene en camino. Si conoces a Diógenes alguna vez, que se llama José Carlos en esta vida, no te pares demasiado tiempo a su lado. Corres el riesgo de ver algo incómodo, y de ese recuerdo ya no podrás huir. La gente que elige hacer en su vida lo que profundamente desea hacer emana luz, pero es una luz molesta para quien sufre en la penumbra. Míralo como miras a un mendigo, a un emigrante, a un 'sintecho'. A fin de cuentas sólo es un paria 'que no tiene una capa, ni una espada, ni una casa solariega y blasonada…' Míralo sin ver, porque este mundo se sostiene gracias a eso: nos enseñaron a mirar con los ojos y nos cegaron el corazón.

Al llegar a Kanya Kumari no encuentro ninguna compensación a este absurdo esfuerzo de cruzar India hasta el sur. Los vértices geográficos de este mundo me atraen como una luz a

una polilla, pero en este caso no siento nada especial. Y las ganas de subir hacia Nepal han desparecido por completo. El subcontinente indio es una tierra sin salida para ciclistas. No se puede cruzar ni a China, ni a Birmania, cuyas fronteras terrestres están cerradas. Sólo queda volver atrás a Pakistán, o volar. Muy cansado de India, decido volar; el billete más barato me lleva de Chennai a Kuala Lumpur, en Malasia. Perfecto. Allí me puedo reencontrar con Daisuke, que va de regreso a Osaka, tras once años de viaje. Él lo pasa en India muy mal, sus ojos rasgados implican casta inferior para este pueblo. En sus emails me cuenta que cuando dice ser nepalí o chino, le tratan con mucho desprecio, incluso alguien le golpeó con una vara sin motivos. Pero cuando dice ser japonés, le tratan mucho mejor, pues Japón es un país rico. Así son. Nunca en otro país me he sentido mirado tantas veces de arriba a abajo, ni con tanta desconsideración. Me he llevado la misma desilusión que los sub-saharianos cuando llegan a Europa. '¡Anda, si ésto no es lo que me habían contado!'. India es un país donde los cocineros han de ser de casta superior, brahmán, para que todo el mundo pueda comer en el restaurante sin 'cast pollution' como dicen ellos. Donde beben de los vasos sin tocarlos con los labios porque no saben quién bebió antes. Donde todavía se practica el infanticidio femenino, donde se educa en la desigualdad, la mentira, para luego dar migajas y aparentar una caridad que no deje ver tanta injusticia. Limosnas como estacas aquí también. Para alguien que cree en los hombres, no en los dioses, éste es un país horrible. Los ciclo-viajeros tenemos la fortuna de convivir con los pueblos. Nos abren sus puertas, nos manchan, nos tocamos, nos hacemos hermanos. Luego llegamos a un sitio turístico y somos un turista más, pero en el camino viajamos conociendo el corazón del pueblo. Esta es la joya de viajar en bici. Sin embargo, en la India jamás me he sentido bienvenido, con la excepción de los sikhs, y en absoluto me he encontrado otra cosa que puertas cerradas y distancia. Tras casi cinco meses, aún no sé si al tipo que tengo enfrente le puedo dar la mano o será 'cast pollution'. Es el primer país donde he anhelado llegar

a un lugar turístico para sentirme feliz, a salvo del desprecio. Hay mucha gente apasionada con la India, tal vez porque aquí se vive como un rey con trescientos dólares al mes. He conocido bastantes de ellos, a todos en un lugar turístico, por cierto. Ahora sé por qué otros amigos ciclistas me aconsejaron poner la bici en un tren y cruzar India lo más rápido posible. De pronto, con el cambio de plan me invade una alegría olvidada. Doy la espalda al sur y me dirijo a Chennai soñando con dejar este país que me ha traído tanta irritación como buenos momentos. Me siento como el vaso antes que caiga la gota que lo rebosa. Y, ya en Chennai, la antigua Madrás, me sorprendo pensando 'a lo mejor regreso un día…' Tan increíble como 'Incredible India'. Con los Sikhs, en el Templo de Oro. Comiendo gratis en el Templo de Oro. Álvaro acaba de descubrir una cucaracha en las lentejas. Vacas sagradas. Play Pause

MALASIA. La mujer tenía una hermosa voz, algo quebrada en las notas altas. Cantaba canciones de Cole Porter en una playa de Goa, cerca del último lugar donde tomar algo frío, al atardecer. La escuchábamos distraídamente con unas cervezas, y por un tiempo calló, sólo se escuchaba la llegada de las suaves olas. Entonces la mujer empezó a cantar aquella canción, la más hermosa canción que he escuchado jamás. Nos acercamos a ella cuando guardaba su guitarra y le pregunté si la canción era suya. - Sí, ¿le gusto? - Muchísimo, ¿tiene alguna casette que le pueda comprar? La mujer sonrió, y la sonrisa le llevó a reír suavemente. - No, pero muchas gracias. Toco por el placer del momento. Quince años más tarde, cuando Augusto regresó de su primer viaje, una tarde vino por fin a mi casa. Charlamos como si el tiempo no hubiera pasado, aunque por respeto a mi marido evitamos el asunto de nuestra separación. Por llamar de alguna forma al hecho de que Augusto no hubiera regresado de aquellas vacaciones en Venezuela. A fin de cuentas, ya no tenía importancia alguna. - Tengo un regalo para ti - dijo antes de irse. Y me dejó una casette envuelta en papel rojo. Una hora después, antes de acostarnos me acordé de ella, y la puse en el radio-casette del dormitorio. Sonó aquella canción… y yo casi me desmayo. El salto a quince años atrás, joven, sin hijos ni responsabilidades, con otra vida, otros sueños, me generó un vértigo que me hizo perder el pie. Creo que si se pudiese cruzar a las antípodas a la velocidad de la luz no me hubiera impactado igual. No podía dormir. Le llamé. - Hola, soy yo. Lamento las horas, ¿dormías? - No. Insomnio, ya sabes. - ¿Dónde volviste a encontrar a aquella mujer? - En la isla de Sakhalin, el extremo oriental de Rusia. - Pero… ¿cómo te acordaste de ella? ¿cómo coincidisteis? - Nada de eso, Sofía. La encontré. La estuve buscando durante

dos años. Quería un regalo para ti que pudiese compensar el no haber regresado en su momento, si era posible... ¡Mierda! Eran las tres de la mañana, mi marido dormía, y el cabrón de mi ex (porque en ese momento no era Augusto sino el cabrón de mi ex) pretendía hacerse perdonar con una maldita casette... Descubrí que quince años no le habían cambiado nada, seguía siendo un estafador que ofrecía un racimo de uvas para comprar un billete de avión. ¿O era realmente el ingenuo que nunca entendió como funciona el mundo? 'La mujer se llama Carol. Una noche, en un hotel de Hanoi conocí a un periodista argentino. Un tipo majo. Le gustaba Kavafis y no entendía a Octavio Paz, así que nos hicimos amigos. Por casualidad nos encontramos un año más tarde, y otra vez en Hanoi, en la embajada china. Aquella noche lo celebramos emborrachándonos con la porquería que llaman cerveza en Vietnam, y en un momento dado le regalé uno de los marcianos de barro que había hecho últimamente. - ¿Así te ganas la vida?- me preguntó. - No, no los vendo. Los regalo en contadas ocasiones. Son todos diferentes; lamentablemente uso arcilla barata y no dura más de un par de meses, si lo cuidas bien. - Pero… ¡si es precioso! ¡Qué diablos! Puedes ganar dinero con ésto, ¡es una preciosidad! Negué con la cabeza. - Es efímero y ha de desaparecer. En eso radica su maravilla si la tiene. El argentino entonces recordó algo. Un poeta chileno que escribía poemas en la orilla del mar y que renunciaba a publicarlos. Me dijo podía encontrarle en Brasil o tal vez en Punta Arenas durante el verano del cono sur. Tuve un flashback y la imagen de aquella cantante en la playa de Goa apareció nítidamente. Con un fuerte presentimiento fui a Brasil a buscar a ese chileno. El poeta me hablo de Carol pero ignoraba como podía encontrarla. - Hay un músico armenio con el que ella solía tocar cuando la

conocí en Brasil. Vive en Araz, en las faldas del monte Ararat, y una vez al año da un concierto en una tenebrosa iglesia ortodoxa. Toca temas propios que no graba, una sola vez, y acude bastante gente. Es un virtuoso del 'Duduk'. Suele ir gente que realiza también este tipo de arte efímero e irrepetible. Tal vez puedas encontrarla allí. No la encontré, pero Vartán, el músico, me dijo que se había casado con un ruso y vivía mas allá de Siberia, en la isla de Sakhalin. Así pues, crucé a la Unión Soviética y tras varios camiones, el Transiberiano, más camiones y un barco, dos años después de la borrachera en Hanoi, la encontré por fin en Korsakov.' - Vaya historia. ¿Es un club de chiflados egocéntricos o algo así? - Si, algo así. - ¿Y cómo es que te autorizó a grabar su canción? ¿No va en contra de ese egoísmo al que llamas 'único e irrepetible'? - 'Efímero e irrepetible'. Sofía, se trata de preservar la emoción de lo fugaz, lo irrepetible. Es la emoción. Cualquier causa que la pueda generar es válida, pero ha de ser el sirviente del señor. En el momento en que la repitas, en que negocies con ella, desaparece la intensidad de la emoción y el sirviente se convierte en el amo del castillo. Sofía… ya has sentido la emoción, por muchas veces que la vuelvas a escuchar jamás volverás a sentirla otra vez. ¿Ha sido muy intensa?... ¿Sofía?… Está bien, como tú desees. Éste era mi regalo. Imagino que como habitualmente ocurre, no logro lo que pretendo. De cualquier forma, por favor, destruye la cinta. Se lo prometí a Carol. Colgué el teléfono. No sabía si le odiaba, o si por primera vez en mi vida, por fin le entendía. En Kuala Lumpur, la vida es simplemente estupenda. Si me descuido, me quedo un mes en esta ciudad. Muy cosmopolita, limpia, llena de parques, de árboles tropicales; algunas calles van en medio de selva, y a los árboles de la embajada española acuden los monos. También hay rascacielos imponentes, como las Torres Petronas, que tienen casi medio

kilómetro de altura. El tráfico es educado y silencioso, y los malayos, muy corteses y atentos, siempre deseosos de ayudar. Viniendo de India yo me conformaba con que no empujen en las calles o no escupan continuamente, pero ésto es maravilloso. La capital malaya no suele gustar a los turistas, pero engancha a los viajeros; buen lugar para hacer un descanso, o una conexión entre viajes. Y tal vez sea la ciudad cosmopolita más barata del mundo. Puedes almorzar en un restaurante malayo, después tomar un capuccino, pasear entre rascacielos o jardines de orquídeas, cenar en un chino y acabar la noche con unos dulces en 'little India', todo por cinco euros. Y cuando vives en un sitio así, la gente se contagia del buen aire; en la embajada española no ponen pega alguna a que les deje mi material de invierno y lo recoja unos meses después tras recorrer las islas del sur asiático. Muy majos. Tal vez una de las causas de la relajación tropical sea el clima, Malasia es como vivir en un cuarto de baño, baja la tensión a cualquiera. Mi piel está levemente húmeda todo el día, y cinco minutos de pedaleo son suficientes para empapar la ropa. Me gusta esta sensación, la piel sufre menos que en climas secos y soleados. En estos días de abril, llueve con fuerza todas las tardes, lo cual puede ser sólo media hora o varias tandas de media hora. Lluvia torrencial que deja tras de sí una sensación de limpieza. Aquí me encuentro con Daisuke por cuarta vez, y llega Adam, un ciclista polaco de fácil sonrisa, aunque él asegura ser de Cracovia. Tras casi un año de viaje, se le acaba el dinero y en breve deberá trabajar un tiempo como arquitecto para poder seguir en esta adictiva vida nómada. Daisuke sale solo y con prisa, en Japón le esperan para otorgarle varios premios, no en vano es el japonés con más países recorridos en bicicleta, 140. Y se despide, con su enorme corazón a cuestas. 'Te espero en Osaka, Salva.' Unos días más tarde, salgo en compañía de Adam hacia Georgetown, casi en la frontera thai, con la idea de coger un ferry al norte de Sumatra. En una semana llena de felices

pedaladas nos plantamos allí. Baños nocturnos en ríos termales, subidas por medio de densas junglas, plantaciones de té como cuadros de Van Gogh… Todo impoluto en este país moderno y desarrollado, excepto una parada imprevista en medio de la jungla con los 'asli', los aborígenes malayos, de los que quedan entre veinte mil o cien mil, según a quien preguntemos. Al principio nos acogen con timidez, con esa mirada de ‘tú qué haces aquí’, pero al poco estamos bañándonos en un río, arrancando orquídeas y poniendo la mosquitera para dormir. Unos tipos muy auténticos. El gobierno malayo trata de 'modernizarlos' con toda clase de subvenciones y golosinas, pero en muchas aldeas prefieren seguir la vida a su manera, viviendo de la jungla. Tras una agradable noche con ellos, en sus casas elevadas sobre postes, a la mañana, nosotros cogemos las bicis para volver hacia la desarrollada costa malaya y Atyang, nuestro amable anfitrión, coge su cervatana de bambú de metro y medio para ir a cazar en la jungla. - Monos, si que comemos, pero no los que tienen blanco en los ojos -decía en un inglés de Barrio Sésamo, con más gestos que palabras. En Georgetown tenemos que esperar unos días el ferry, y sin problemas, la ciudad es muy interesante. Amalgama de chinos, malayos y colonos, que ha generado una arquitectura muy propia; la parte antigua es Patrimonio de la Humanidad. Al atardecer, patrimonio de la vecindad, y los paisanos colapsan las calles con carromatos cocinando cualquier cosa; humo por doquier, aromas, y mucha gente con palillos sorbiendo fideos. Terrazas de té. Play Pause

INDONESIA.

Por fin cruzamos a Sumatra, la isla más grande del archipiélago indonesio, y subimos a las montañas que hacen de espina dorsal a lo largo de la isla. Sumatra tiene un extenso historial de volcanes activos, terremotos, tsunamis… pues la isla está entre dos placas tectónicas. Con cierta prudencia, es fácil hacer excursiones a volcanes, llegar a la caldera y acercarse a esas grietas amarillas de azufre exhalando humo, algo que no deja de impresionar. La actividad volcánica en estas islas tiene su buen punto, y hay muchas aguas termales, un alivio para los músculos fatigados. También el malo, tras el terrible tsunami de 2004, vinieron un par de terremotos más, y un volcán estalló, así que el turismo en Sumatra poco menos que ha desaparecido. Nosotros llegamos al lago Toba rodeándolo por el oeste, y desde casi dos mil metros de altitud, lo vemos por primera vez en un atardecer lluvioso. Tras la tormenta, la claridad del aire nos regala un espectáculo: rodeado por colinas escarpadas y selva, el azul del Toba brilla con la puesta de sol. Dormimos en ese mirador, el comienzo de unas semanas estupendas en Sumatra. La comida es simple, un 'nasi goreng' -arroz frito- en el restaurante de la curva de la carretera, la ducha es de barreño en un aseo improvisado, y la charla es con una vista de millonarios. A la mañana siguiente bajamos una carretera de vértigo y pasamos varios días allí. No hay turistas y los precios son del pasado, pues he de hacer memoria para recordar un lugar donde haya pagado un dólar por dormir, con agua caliente y sábanas limpias. Los habitantes de esta zona son batak, mitad musulmanes, mitad cristianos. Una gente extraordinaria. Felicilandia, vamos pedaleando entre clones del Dalai lama; todo son sonrisas y me cuesta pensar que no sean sinceras. Rebosan alegría y la contagian. Pese a la actividad tectónica, tienen una buena vida aquí, pues Sumatra es un vergel, una gigantesca fruteríaverdulería-jardín botánico, donde si se te caen las gafas en el barro, tras un año brota un árbol que da gafas. El paisaje es bonito, la vida sencilla, y los batak, de costumbres también sencillas. Vida tropical paradisiaca.

Tras el lago Toba, pedaleamos alternando la Trans-Sumatra, que tiene unos ocho metros de anchura, con carreteras secundarias que rara vez llegan a los cinco o seis metros, hasta alcanzar el otro lago espectacular de la isla: Maninjau. Tierras de la tribu Minang, casi todos musulmanes e igual de felices que los batak. La Indonesia de radicales y terroristas no aparece; todo lo contrario, la gente es muy relajada, las casas abiertas, sin que haya hielo alguno que romper y en cualquier lugar la gente charla con nosotros, bromea, son muy cálidos. Y el idioma es pegadizo, fácil de aprender. - ¿Sabes dónde podemos pasar la noche? Tenemos mosquiteras -suele ser nuestra pregunta al atardecer. - ¿Por qué no en mi casa? -suele ser la respuesta. En el camino, atravesamos algunos tramos de valles cultivados, donde hay tráfico, y otros tramos de montañas donde vemos más monos que gente. Mucha jungla, es espectacular todo lo que crece alrededor de un árbol, todo es gigante, y las subidas permiten ver la selva desde arriba. En los valles, la panorámica de los arrozales tras la lluvia pinta el paisaje de un verde casi irreal, con pájaros y flores exóticas por doquier. Bella Sumatra. Y viajar en Indonesia, problema cero. Siempre bienvenidos, comida en cualquier lugar y muy barata; la fruta es para volverse loco, aguacates de pura crema, guayabas deliciosas… a finales de abril todavía llueve, y la temperatura es agradable. La comida nacional es el 'nasi goreng', que no llega a costar un euro y es fácil encontrar restaurantes en las aldeas. En estos tiempos, la mayoría de las casas son modernas, sencillas, pero las casas tradicionales que quedan son muy pintorescas, asemejan barcos anclados en medio de la aldea: enormes tejados en parábola inversa, como cuernos de buey. No tiene mérito viajar aquí. En el lago Maninjau, paramos a tres metros de la orilla, por lo que estoy todavía dormido cuando salto de la mosquitera a nadar un rato. Y tienen un delicioso pescado al curry, 'nila' lo llaman. Tan fresco como que

un par de horas antes de comer se lo encargamos a la señora y su hijo sale de inmediato con un arponcillo a bucear en el lago… Estación Maninjau, apeadero del mundo. Y casi mejor detenerse a vivir allí, porque alcanzar el cráter que acoge al lago Maninjau es una larga subida con cuarenta y tres curvas de ciento ochenta grados, algunas con una rampa en las que tengo que echar mano del piolet...; incluso, se forman atascos de varios vehículos porque no caben dos coches a la vez en esas curvas. Bromeo con Adam, pues en polaco hay también una palabra que se pronuncia 'curva' y tiene un significado diferente… Las vistas desde el cráter son estupendas, pero al estrujar la camisa dejo un charco de sudor en el suelo. Adam sube muy lento, le escucho jurar 'kuuuurwa' a menudo. No se encuentra bien, y nos detenemos unos días en la cercana Bukittingi. Hemos hecho buenas migas; tras las obvias diferencias entre Cracovia y Granada tenemos mucho en común sobre la forma de viajar y de ver la vida. - ¿Seguro que eres de Cracovia? -bromeo con él-. Algo raro, un polaco que pilla un catarro en pleno ecuador. Seguimos viaje por las montañas, entre lagos y volcanes. El más espectacular y elevado de todos es el Kerinci, a 3900 metros, donde no llegamos a subir pues en esos días está expulsando más humo del habitual. - ¡Tidak apa apa! (sin problemas) -nos dice la gente, que vive en sus faldas. Pero el segundo día que rodeamos el volcán, hay un momento en el que el humo se torna muy oscuro y alto; todos miran con cierto ojo de preocupación. - ¿Seguro que podemos subir? -preguntamos. - No, no. Mejor no subir a la cima en unos días. 'Hati hati' (ten cuidado) -. Esto no deja de ser Sumatra. Visto que el volcán no es buena idea, nos decantamos por otra igual de brillante, y cerca del lago Kerinci ponemos las tiendas

entre unas grietas sulfurosas, piscinas humeantes y fumarolas. La diversión local consiste en hervir huevos en alguno de los charquitos, y en bañarse en unas pozas donde el agua achicharra, pero que pasemos allí la noche no les parece muy inteligente. El caso es que despertamos enteros. Cinco meses después, estando en Kuala Lumpur siento moverse el hotel: un terremoto de 7.6 devasta Sumatra, con más de mil muertos entre Kerinci y Padang. Las montañas de Sumatra tienen un par de curiosas especialidades: unos ramos de canela enormes, que parecen tuberías, y el café más caro del mundo, el 'kopi luwak', una 'delicatessen' que exportan a precio de oro. El motivo es que, al parecer, las civetas de las montañas se deleitan con los granos verdes y los expulsan después sin digerir. Dicen que el sabor es diferente, y en algunos países ricos les priva semejante excentricidad. Nosotros preguntamos a los locales y no sacamos nada en firme. Unos decían que sí, que es verdad; y otros decían que es un timo... Tras el lago Kerinci se nos acaba la carretera por la montaña y saltamos a la costa por una jungla protegida. Qué mejor manera de proteger que dejar de arreglar la carretera para que no pase nadie; está llena de tremendos boquetes y tomada por la vegetación, lo que nos hace ir muy despacio, y saborear ese olor especial de la selva. Pero la costa no es nada maravillosa. Un rompe-piernas terrible, subiendo y bajando aburridas plantaciones de palmera de aceite. Indonesia se lanzó décadas atrás a este monocultivo y ha talado ya mucho de su jungla natural. A diferencia del subvencionado monocultivo andaluz -el olivo-, la Unión Europea les dice a Indonesia y Malasia que si siguen plantando palmeras no les compramos más aceite. Dado que nosotros devastamos nuestros bosques para construir la Armada Invencible, ¡a ver dónde nos vamos de vacaciones los ricos si los pobres acaban con sus selvas! Después de Bengkulu aparecen por fin las playas de postal con aguas turquesas, agradables baños y pernoctas en pequeñas bahías coralinas. Una zona protegida donde hay más jungla y menos palma. En Indonesia el Islam es muy relajado, pero jamás me hubiera imaginado que un día me daría un baño en los grifos de la mezquita junto a varias mujeres musulmanas. Con un 'batik' en torno a su cuerpo, ellas se ríen, y yo también.

Regreso a la playa coralina donde hemos puesto las mosquiteras, y Adam está charlando animadamente con unos locales, pero en cuanto le cuento lo de las chicas, ¡le falta tiempo para salir corriendo a la mezquita para bañarse! De ahí, nos unimos a la locura del tráfico. El último día en Sumatra y el primero en Java hasta Jakarta son horribles. Superpoblación de todo, en especial de motillos; sólo en la capital hay censadas seis millones. Se acaba la calma y el paisaje bonito. En cada semáforo de Jakarta nos vemos rodeados por más de cien motos, y la escena parece una salida de carreras donde el que va en bici tiene muchas papeletas para tener un accidente. Me siento dentro de una secuencia de 'La guerra de las galaxias', ¡vienen por todos lados! Es momento de despedirse. Adam quiere cruzar Java, y yo no quiero repetir escenas de superpoblación. Me voy en ferry a Kalimantan, la parte indonesa de Borneo, donde no hay asfalto, sino selvas, ríos y orangutanes. La información que consigo es muy limitada, poca gente viaja a Kalimantan, y lo hace en grupos organizados que navegan por los ríos de la isla. - ¿Pedalear en Kalimantan? ¿es posible? ¿hay carreteras? - es casi todo lo que obtengo preguntando. El mapa de Adam no coincide con el mío siquiera en los nombres de las aldeas. Un tailandés me escribe contándome su ruta por el oeste de Kalimantan, pero me advierte que tuvo que hacer la mitad navegando un río. Unos tipos de Borneo, que llevan una tienda de regalos en Jakarta, me dicen que en la 'realidad' hay una sola carretera sur-norte, sin tráfico ni transporte público, de suelo arcilloso, llena de cruces sin señales. Todo me pone loco de contento, alegre de estar otra vez en un lugar aventurado, tras meses de viaje tranquilo. Entre tanto, la gente de 'Bike2work-Indonesia' nos pone a punto las bicis, nos dedican su tiempo y su ayuda, todo con el mayor cariño posible para que nos sintamos bien en su país. Este club está tratando de extender el uso de la bicicleta para ir a trabajar, y disminuir la polución causada por los seis

millones de motos que circulan. Unos tipos estupendos que han hecho montar en bicicleta al mismo presidente del país. - ¿Sabes que en mi país muchos piensan que sois unos extremistas musulmanes subdesarrollados? -le digo a Dani, brindando con unas 'Bitang'. Viajar es también delatar la propaganda de miedo y mentiras que las televisiones occidentales distribuyen sobre el resto del mundo. Días antes, acampados en un bonito río que daba al mar, Adam fue por algo de cenar al otro lado del puente. - Trae un par de cervezas, 'stary' (viejo) -le pedí con ironía, pues allí no había más que una mezquita y un par de tiendas. Y al rato aparece con arroz y el delicioso pescado de turno. - Salud, amigo -me dice, sacando de otra bolsa dos 'Bitang'. - ¿De dónde las has sacado? -pregunto sorprendido. - De la tienda frente a la mezquita… Al pobre Kapuscinski, indefenso en su tumba, la furia católica post-soviética le busca cosquillas y supuestas adhesiones a los rusos. Quieren difamarle como a Walessa. Me imagino que tío Kapu, con su sabiduría africana, estará sonriendo al panorama con una cerveza fría doquiera que se encuentre. Pisando la Tierra, la calurosa y húmeda tierra de Borneo, Yuga se detiene con su moto-tienda en Labai, una aldea de unas trescientas almas asentada en un bonito río de la jungla. Pregunta si les interesa ropa, y ante un gesto que un extranjero interpreta como 'si', o 'no', o 'haz lo que te dé la gana', desmantela su tienda. Desarma los casi dos metros de cestas de bambú que lleva como alforjas, quita los envoltorios de lona y plástico que protegen la mercancía del polvo, y expone un impresionante baturrillo de pantalones, camisetas, toallas, pañuelos, 'batiks', sandalias e incluso una caja con móviles. Con su brillante sonrisa dayak me cuenta orgulloso que ha nacido su segundo bebé, una niña. Tiene veinte años y se casó hace cuatro. Los dayak mantienen vivo el sistema de familia

joven y numerosa. Tienen hijos en el momento en que la naturaleza irrumpe con el deseo violentamente. Las madres son jóvenes y fuertes; los padres, alegres para jugar con los niños. Y disfrutan sin tabúes de su juventud. Hace varias generaciones que los dayak no visten taparrabos, ni se elongan las orejas, ni cazan cabezas de enemigos. Yuga tiene una moto coreana barata y un móvil casi sin cobertura. Como en muchos lugares del mundo, los dayak se encaprichan de los juguetitos occidentales, pero cambiar la esencia de su cultura, 'modernizarla', es harina de otro costal. 'No hay atajo en el desarrollo' decía tío Kapu, que presenció muchas de las independencias africanas, guerras y tiempos de paz. Sus reportajes provocan un irrefrenable deseo por ir al África y revelan un sabio conocimiento del llamado 'puente' entre occidente y los países en desarrollo. Pero quien mira velozmente cualquier rincón tribal del mundo desdice al polaco. Y son muchos los turistas que tras quince días en Kenia, regresan a casa comentando que los maasai se han modernizado y que sólo usan sus tradiciones para vender shows al turismo. Cambiar el tam-tam por un móvil es goloso. Vestir las ropas que llevan los que viven tan lujosamente en la televisión les hace sentir que ellos son igualmente modernos, guapos y desarrollados. Es fácil de entender: juguetes y lucecitas no generan conflicto. Sólo son barniz. Empero, adoptar valores occidentales como 'democracia' o 'libertad' genera un terrible conflicto con los mayores, la familia, la jerarquía tribal, con el firme sistema de obediencia debida. En Etiopía, no circuncidar a tu hija significa que no se podrá casar en la aldea. Deberá emigrar a una ciudad y buscar su vida lejos de los suyos. En Borneo, terminar los estudios e ir algo así como una universidad, convierte a una preciosa e inteligente mujer dayak de veintiocho años en una solterona entre los suyos. Cambios profundos generan conflicto, sufrimiento, víctimas. También generan héroes a imitar. Pero como dice el Dalai lama con sencillez, 'los seres humanos tratamos de evitar el sufrimiento' y las mayorías viven amoldadas a la tradición en uso para ser felices. Contemplan al héroe con envidia y admiración, pero escuchar las historias de

los fracasados detiene la bravura y refuerza la confianza en lo malo conocido. Y causa una evolución tan lenta que llega tarde a lo que ambiciona, pues los países desarrollados prosiguen su desarrollo. Todo se mueve. - Los blancos llegaron, nos dijeron que éramos salvajes, incivilizados, que nuestros dioses eran falsos - dice Patrick, un makinda de Gambia. - Con gran esfuerzo cambiamos nuestras costumbres, lentamente. Ahora vestimos como vosotros, tenemos pocos hijos, vamos a la iglesia. Pero me dicen que los blancos ya no creen en Dios. Entonces, ¿qué se supone debo hacer yo ahora? 'No hay atajo en el desarrollo...' Salud, tío Kapu, donde quiera que estés. Los dayak también se cristianizaron, quizás para diferenciarse de los malayos musulmanes y de los chinos budistas-taoístas. Pero ese cambio no les hace perder su esencia por ambiciones materiales. Tal vez viven tan cerca del anhelado paraíso que huelen a podrido en la paradoja occidental que les vendemos: trabajar duramente cincuenta semanas al año para vivir dos semanas a ritmo tropical. Con todo, el mundo sigue su marcha. Las tribus en desarrollo, desorientadas, son cada vez más capitalistas, más consumistas, cada vez trabajan más. Su desarrollo les conduce a una vida alienada que la truculenta televisión les pinta de rosa. Curiosamente, en el primer mundo surgen tribus anónimas que dejan atrás el sistema y buscan una vida más relajada, más humana. E irónicamente, se parece mucho a la vida tropical. Me gustaría preguntarle al tío Kapu qué piensa él de todo esto. Cruzo en un 'Pelni', la compañía pública de ferries en Indonesia, y pronto descubro que el lado oeste de Kalimantan está más habitado de lo que pensaba, y también que es más duro de lo que esperaba. Están empezando a construir la Trans-Kalimantan, y los ingenieros me confirman que es viable cruzar al lado malayo. 'Sigue la carretera principal' me dicen, una pista arcillosa de continuas colinas. Seguir la pista no es problema, pero las aldeas dayak están siempre ubicadas en un

río, y la carretera no pasa por muchas de ellas, pues la selva es terreno difícil para construir. Las grandes distancias entre aldeas bajo un potente sol, más la humedad ecuatorial, me hacen temblar de debilidad en muchos momentos. No obstante, una cosa es seguir la carretera y otra bien diferente es saber las distancias kilométricas, algo que he de preguntar en cada aldea. Cuando la distancia a la siguiente aldea es mayor de treinta kilómetros, mucha gente me responde que no lo sabe, o incluso ¡que no hay carretera hasta allí! Los dayak no acostumbran a moverse mucho, y cuando lo hacen, usan los ríos, que son las tradicionales vías de comunicación en Borneo, o caminos que sólo se pueden seguir a pie. La ‘carretera’ es una novedad, que junto al programa de transmigración desde otras islas superpobladas, trata de desarrollar y aprovechar una tierra prácticamente vacía. Ochocientos kilómetros largos entre gente buena y sonrisas 'Eddy Murphy', donde no hay turismo alguno y su comportamiento es natural, como su sencilla vida. No encuentro hoteles sino hospitalidad dayak, ni electricidad alguna, la comida es un básico y repetitivo arroz con lo que haya, y si llueve la arcilla de la pista es una trampa. Cuando me cruzo con algún dayak, a menudo se detienen; no se creen que pueda subir esas colinas tan empinadas y suelen parar su moto para empujar mi bici, mientras yo me dejo el aliento del esfuerzo. Gente feliz, los dayak, que me hacen sentirme cómodo cuando paro en sus aldeas, nunca me da tiempo para preguntar dónde puedo dormir. La casa junto a la que detengo mi bici inmediatamente lo organiza todo; es decir, un baño, una cena y un sitio para tumbarme a dormir. Sin embargo, los dayak son conocidos por una costumbre menos hospitalaria: cortar las cabezas de los enemigos para apoderarse de su espíritu. Yo me siento tranquilo entre ellos, la última redada -entre trescientas o mil doscientas cabezas, dicen-, se remonta a… ¡1997! La razón de ir a estos lugares remotos es siempre la misma: la vida se hace intensa cuando el confort desaparece. Se convierte en una sucesión de momentos de lucha, que a la

caída de la tarde explotan en el baño de un río en medio de la selva. Instantes hermosos como la llegada a Sangau. Frente a mí tengo un atardecer rojizo, pero encima y detrás, un cielo negro que amenaza con diluvio. Empieza a llover, no mucho, pues estoy en un extremo de la tormenta. Al cesar, la pista comienza rápidamente a evaporar los charcos y la luz del ocaso se filtra generando un metro y medio de humo anaranjado frente a mí. El resto es casi oscuridad. Parece magia. Cae otro chaparrón, por mi cara se mezclan sudor, polvo arcilloso, agua, y siento en mis labios un sabor que en absoluto es asqueroso: es la vida. Pedaleo sonriendo. Las gotas enormes caen sobre la selva creando un seco tam-tam que es el único aplauso para los ciclistas solitarios. Paso tramos de jungla hermosos, ríos donde bañarme a la tarde o acampar, y casi no hay tráfico, lo cual también dice que a estos lugares remotos hay que venir siendo autosuficiente y confiando en tener buena suerte. Para acampar tengo que limpiar de bichos, ramas y hojas, un trozo de suelo donde plantar mi mosquitera, y a la noche, cocino una cazuela de pasta tratando que me piquen los menos mosquitos posibles. No hay baño ni luz, huele a selva. Ni hay televisión ni radio, sólo el sonido de la selva. A mí, me da la vida. También hay tramos feos donde la tala y quema ha empobrecido el suelo, o plantaciones de palma. Pero es la intensidad del clima, en pleno ecuador, lo que a partir del tercer día convierte esta ruta en un tramo duro, cuando la acumulación de una colina tras otra bajo el sol, empieza a provocarme unas pájaras que me hacen tambalear. En ocasiones tengo que parar y meterme entre la vegetación a descansar, el golpe de calor hace que me quede dormido por un par de horas. Eso y la comida básica me crea un estado de debilidad que no cesa hasta el descanso en el lado malayo, tras doce días de continuado esfuerzo por una de las rutas menos transitadas de Asia. Débil y feliz.

MALASIA 2 Y BRUNEI. Al llegar a Kuching, una ciudad moderna de Borneo-Malasia, paso tres días descansando, relamiéndome de la aventura con el confort del aire acondicionado y el café instantáneo. Después, me voy a pasar unos días al parque Bako, donde tienen plantas carnívoras y una divertida fauna... - 'Yeah…' - 'Ajá… yeh…' - 'Yeah…' - Maldita sea, -me digo aún a medio despertar,- no ha salido ni el sol, cómo es posible que hayan llegado hasta aquí unos turistas. Estoy durmiendo en una remota playa de Bako, un lugar idílico donde la selva llega hasta la orilla. Me incorporo para ver quién está andando por ahí y me llevo una sorpresa que casi me hace tirar la mosquitera. A través de la red veo a dos enormes monos narigudos a mis pies, que con su entrañable gesto humano parecen decirme 'Queremos saber quién diablos es usted'. Tras un par de segundos, los tres nos asustamos; ellos brincan atrás y yo cojo instintivamente lo más cercano para defenderme, que resulta ser un bote de mermelada. Ridículo. Pasan unos segundos más de curiosidad, y ellos deciden volverse a las ramas de los árboles; respiro agitado, sonrío, y me voy a la playa a nadar un rato. Después desayuno con la familia al completo, que desde las ramas miran divertidos a ese mono desnudo bebiendo café. Son una especie de mono amenazada, que sólo habita en Borneo, con una enorme nariz y pelaje brillante, muy limpio. Una sorpresa estupenda, pues el día anterior estuve buscándolos sin éxito ninguno. Los alrededores de Kuching son también un buen lugar para ver orangutanes. Aparte de lo divertido que es contemplarles moviéndose de una rama a otra, estos grandes simios despiertan una sensación difícil de explicar. Silenciosos, de lentos movimientos, dan la sensación de alguien que no quiere hablar contigo. Quién sabe si la teoría de Darwin durará más

de lo que duró la bíblica, pero mirarles a los ojos es algo sensitivo, siento proximidad. De Kuching salgo con la intención de rodear la isla y volver a entrar en Indonesia, por el este de Kalimantan. La carretera en Borneo-Malasia es excelente, pero monótona. Los malayos están muy modernizados, son distantes y a veces tengo días bastante aburridos, algo que nunca ocurría en Indonesia. Con todo, una bici provoca siempre curiosidad, da pie a que ocurran cosas, como asistir a un par de peleas de gallos, algo ilegal en Malasia. Muchas de las familias tribales viven en la tradicional 'longhouse', una larga casa común, con cincuenta o setenta ventanas, que en estos días no es de bambú sino de construcción sólida y con aire acondicionado. En algunos ríos del interior de la selva todavía quedan antiguas 'longhouses', que se han transformado en museos o en alojamiento turístico. No dejan de ser gente dayak, pero nunca me ofrecen dormir en sus casas sino que me indican los centros de juventud o las iglesias, 'Lugares públicos', dicen, donde puedo poner la mosquitera. Por mí parte es perfecto, pero me da rabia que una hora más tarde, cuando comprueban que no soy un bandido, ni estoy vendiendo nada, siempre venga alguien a invitarme a su casa. - Hombre… ¡qué ya estoy cocinando! La comunidad china es distinta. Los chinos malayos, que emigraron aquí hace varias generaciones y han permanecido a salvo de la revolución cultural de Mao Tse, mantienen muchas costumbres vivas. Son dulces, tímidos, muy respetuosos y divertidos. Suelo buscar el barrio chino para alojarme y pasar el tiempo. Otra cosa es la comida. Normalmente voy por un clásico 'arroz con lo que sea', pero otras veces me aventuro y pido lo de la mesa de al lado y acabo con un colorido bol que tiene judías, maíz, gelatinas varias, hielo y algo blandito que ojalá sea tofu… En Sibu voy a un templo taoísta donde un simpático monje me dedica una lección sobre filosofía tao; después, insiste en revelarme mi destino, '¿Te leo la mano, mi arma?'… Algo así pero con un tipo de ojos rasgados. Nunca sabré el motivo de

tanta dedicación, pero el tipo me lanza el Ying y el Yang y me cuenta mi futuro. - Gracias, maestro -el monje ha insistido en que le llame así. Mañana vuelvo con la cámara y mi bici para hacernos una foto, ¿vale? -le propongo al despedirme. - Perfecto. Te espero mañana. Al día siguiente, encuentro al sonriente chino aguardándome. - Tengo un regalo para ti. Muy importante. Has de llevarlo contigo de regreso a casa, así cumplirás tu destino. Pongo una mirada de póker, pues la historia empieza a tornarse en 'Maestro y Pequeño Saltamontes', pero cuando le veo sacar el regalo, estallo en una carcajada… ¡una porcelana de una emperatriz china tocando la flauta! - Hombre…, maestro… -no sé por dónde empezar-, pero no ves que voy en bicicleta. ¿Cómo demonios va a llegar eso intacto a mi casa? ¿Y dónde lo voy a llevar? - Sin problemas. Yo te lo empaqueto muy bien. - Y es inútil que insista en rechazarlo porque el monje ha decidido que me lleve la emperatriz dichosa. La envuelve cuidadosamente y lo coloca todo en una caja de cartón que tiene las dimensiones de una de mis alforjas. Como puedo, la amarro encima de la tienda de campaña, y tras varias bendiciones taoístas y un par de fotos, me despido de mi peculiar maestro. Decido regresar al lugar donde he dormido. Unos chinos me habían invitado la tarde anterior a ver una pelea de gallos y acabé durmiendo en el garito donde ellos juegan al dominó. Busco al dueño y le regalo la emperatriz con mis mejores deseos de prosperidad. El pobre hombre no sabe qué decir, tal vez está pensando a quién diablos se la va a regalar a su vez, pero se pone muy contento, me invita a un segundo desayuno, y más o menos, todo el mundo queda feliz. El príncipe termina su excelente desayuno servido en la habitación, recoge su equipaje y baja al recibidor. El sonriente recepcionista le desea buen viaje, y le pregunta si es posible tomar una foto más con él. De buen animo, el príncipe asiente.

Amir llega a su casa y ve una bicicleta cargada de bultos junto al coche de su padre. - ¿Apa? (¿Y ésto?) - Orang spanyol, jalan jalan dunia (Un español que viaja por el mundo). Entra en el salón, y se presenta con un perfecto inglés británico. El padre viene tras él con una bandeja con arroz y pollo, y el invitado le pide a Amir 'Por favor, dile a tu padre que no me traiga más comida, estoy completamente lleno, no puedo más.' Amir es maestro vocacional. Estudió Económicas en Inglaterra, pero su madre le pidió antes de morir que se hiciera docente, como ella fue. En Brunei, y en Borneo, como en todo Oriente, el respeto a los padres es un pilar básico de sus sociedades. Si en Occidente los padres desean que sus hijos vivan una vida mejor que la que ellos tuvieron, aquí eso es inadmisible y los hijos han de proporcionar a sus padres el mismo estatus material que ellos puedan alcanzar. Amir ofrece al huésped una bebida dulce con sabor a rosas, -y éste, por unos segundos se transporta a Isfahan- y le cuenta su éxito en una aldea del interior, en la selva. Ocho de los chicos que pasaron el examen nacional a Secundaria han obtenido plaza en un instituto para alumnos aventajados en la capital, Bandar Seri, con pensión completa. '¿Puedes imaginarlo? ¡Vienen de la jungla!' No fue fácil, dice. Cinco lentos años haciendo creer a los mayores que apostar por la educación merece la pena. Los aborígenes en Borneo recelan en general del sistema moderno que hipoteca muchos años y fuerzas de la juventud en aras de una incierta mejor calidad de vida. Sin poseer habilidad alguna útil para un mundo sofisticado y tecnológico, no ven su lugar ahí. Pese a ello, en Brunei, y en Borneo, como en todo Oriente, decir que eres 'gurú' (maestro), genera inmediatamente una expresión de aprobación y respeto. Es una profesión honorable, muy respetada. Maestro es quien dedica su vida a llevar conocimiento a quienes no lo tienen. - ¿Por qué no enseñas aquí, cerca de tu casa?- pregunta el huésped. Amir sonríe. - En las áreas desarrolladas tenemos la misma situación que vosotros en Europa. La globalización es veloz para ciertas

cosas… Los padres del alumnado hablan con desprecio de los profesores a sus hijos, e incluso si pierdes los nervios y gritas a un chaval, te pueden denunciar. Son tiempos en que la televisión e internet, la cultura de usar y tirar, tienen más autoridad que la escuela. Junto a los derechos humanos y la liberación de la mujer, la globalización exporta su filosofía de usar y tirar con una velocidad que ya quisieran el millón de africanos que mueren de malaria cada año, para los que la globalización va mucho más lenta. La información es más importante que el conocimiento. El periódico y las noticias brillan por encima de los aburridos libros. Y el mundo se convierte sin remedio en un enorme tejado de información golosa y superficial cuyos cimientos son cada vez más débiles. El 'gurú', que desgraciadamente se encarga de poner ladrillos resistentes, no tiene nada que hacer ante la mágica parabólica. Casas de usar y tirar. - Lo peor de este rápido cambio - continua Amir, - es que a muchos les ha hecho olvidar que sus padres vestían con taparrabos y cazaban con cervatana. Han olvidado quienes somos y de donde venimos. Pero en su aldea es diferente. Los profesores enseñan fuera de horario, van en busca de patrocinio a hoteles, gasolineras, y regresan con ropas para que los niños vistan decentemente cuando salen de excursión. Decoran la escuela de tal forma que un miserable edificio aparece como el mundo feliz que los libros de pedagogía sueñan. - Por tus alumnos - brinda el huésped con el agua dulce de rosas. Tras las fotos, el príncipe se despide del mánager y su equipo. Sale del ostentoso Sheraton en una bicicleta cargada de bultos. Y a la tarde, una tromba de agua le sitúa en una casa para resguardarse. Vuelve a ser quien era, un vagabundo pidiendo refugio. Sonríe divertido, es bonito ver la vida poniendo las cosas en su sitio. Se acabó la realeza y sus alforjas están manchadas de barro. Y es inevitable comparar la cálida bienvenida del padre de Amir con la invitación políticamente correcta del Sheraton. La riqueza vacía de valor vale poco. Casi lo mismo que una bonita casa con los cimientos de barro.

Unos días después, entro en Brunei, el país de uno de los hombres más ricos del mundo. Me detengo en la capital, Bandar Seri, pues de otra manera casi lo cruzo en un día. Una ciudad curiosa, tal vez la única capital del mundo en la que no hay taxis, pues todo el mundo tiene uno o dos coches. El sultán cuida con astuta generosidad de sus súbditos, que disfrutan uno de los índices de desarrollo más altos de Asia. Desde el arroz hasta el Haji -la peregrinación a la Meca-, todo goza de subvenciones para mantener contenta y quietecita a la población. Las mujeres no pueden votar, aunque tampoco hay candidatos al trono, que es el gobierno. Verdaderamente curioso. Como la invitación a dormir que tengo allí: ni más ni menos que el lujoso Sheraton. Llego a sentirme un poco incómodo ante tantas almohadas y albornoces. - Y si no te invitamos, ¿dónde hubieras dormido? -me pregunta uno del equipo directivo, en el aperitivo de la noche. - Tal vez hubiera acampado en algún parque. Parecen muy tranquilos. - ¡Ja! ¡Ni hablar! Te hubiera detenido la policía. Los parques son tranquilos precisamente porque no se permiten vagabundos… - En fin, hasta el relaciones públicas del Sheraton puede meter la pata. A mí me hizo gracia. En Bandar Seri hay un barrio flotante, Kampung Ayer, algo habitual en el Sureste asiático. En el caso de Brunei, lo interesante es que no tiene cientos de turistas, como hay en Tailandia. Todo en pilares sobre el agua: calles y casas. Cuando camino sólo escucho mis pasos por los tablones y el glup-glup del agua contra la madera. Y las mezquitas tienen aire acondicionado, un buen lugar para refugiarse del calor. Al salir de Brunei viene una locura de fronteras y me llevo ocho sellos en pocas horas. De Brunei a Malasia, otra vez a Brunei, otra vez a Malasia. Y después… dos sellos más. Resulta que el estado malayo de Sabah es semi-independiente y tiene su aduana propia. Cruzo también de estación seca a lluviosa, al entrar en el norte de Borneo. Diluvia durante dos o tres horas

al día y los mosquitos me acribillan. Tengo verdaderas batallas alguna noche, cual Quijote, aunque en lugar de pellejos de vino, acuchillo mosquitos. Malditos mosquitos. Adam, mi amigo polaco, ha pillado un dengue fuerte en el este de Java y pasa una semana en el hospital. El mosquito que transmite el dengue experimenta brotes cíclicos en toda la zona del Sureste asiático, al igual que en África y América. Y justo aquí, en Borneo-Malasia, están trabajando con un controvertido proyecto: introducir mosquitos estériles, alterados genéticamente, para eliminar la especie. - Hum… ¿y estos pelos azules en las picaduras de mi tobillo? Kota Kinabalú es la agradable capital de Sabah, y tras ella tengo tres días de montañas y cierto alivio en la temperatura, pero después todo el resto de Sabah es terreno colinoso, excelente para el cultivo de palma de aceite. El 50% de Sabah está ocupado por plantaciones y la alteración del ecosistema ha provocado un incremento de la temperatura, ya alta de por si. En Borneo, donde hay selva, a la tarde llega un frescor que alivia del sol diurno, y la noche es agradable. Donde hay plantación de palma, el planeta parece tomarse una venganza y no baja la temperatura en la noche. Tras varios aburridos días atravesando plantaciones, llego a Tawau, la frontera con Indonesia, y me dirijo al consulado para pedir un nuevo visado. Allí descubro que mi nivel de Geografía no es tan bueno como creía. Había solicitado mi primer visado en Kuala Lumpur. Para obtenerlo, Indonesia exige mostrar un billete de salida, y yo alteré un e-ticket de un amigo inglés. Supuestamente volaría de Dili a Darwin, en Australia. Recuerdo que me pregunté '¿Dónde está Dili?', pero acababa de llegar a la zona e Indonesia tiene tantas islas que no le di importancia. El tipo de la embajada se entretuvo mirando mi ticket y pensé que no se creía el truco, pero no era eso... en fin, me dio el visado y asunto zanjado. Tres meses después, voy a solicitar un segundo visado en el consulado de Tawau, e imprimo con prisas el e-ticket dichoso cambiando fechas solamente, sin prestar atención. La amable

funcionaria me pregunta. - ¿Usted va a volar de Dili a Darwin? - Si, claro, a Australia. - Ya, pero... ¿Dili está en Indonesia? ¡El Dili del carajo! No, no está en Indonesia, estoy seguro que no está; ya conozco bien el mapa y me suena, pero no está en el país. ¡Por supuesto que está en Indonesia! digo contundentemente, acusándola con mi tono de ignorancia. Qué otra cosa podía hacer. Y aquí me ayuda la experiencia previa mintiendo como un bellaco en la embajada pakistaní de Kabul. 'Necesita usted una carta de recomendación de su embajada' me dijo el funcionario. Obviamente mi embajada no iba a darme carta alguna sabiendo que viajo en bicicleta. 'Imposible, señor, no hay embajada española en Kabul'. '¿Está usted seguro?' '¡Por supuesto! Soy ciudadano español, conozco donde están mis embajadas!'. El tipo se disculpó ante mi firmeza y afortunadamente no comprobó mi mentira. En en el consulado de Tawau, la chica se gira hacia sus compañeros y pregunta. - ¿Dili está en Indonesia? Yo no sé si echarme a reír o echarme a temblar. No se debe mentir en la solicitud de un visado. Un tipo se gira desde su silla y contesta 'Si'. Fuera de Occidente, ante una pregunta cuya respuesta desconocen, mucha gente responde siempre 'Si'. Es una forma mixta de no demostrar ignorancia y no contrariar al que pregunta. Desde su punto de vista no es mentir. Las preguntas '¿Esta es la carretera a Nairobi?' o '¿El museo abre por la tarde?' tienen una respuesta fija 'Si', independientemente que la carretera vaya al Congo o el museo lleve en obras un año. Es mejor hacer la pregunta evitando una posible respuesta 'Si/No',

'¿Dónde va esta carretera? o ¿A qué hora abre el museo?' Ahí, si el tipo no lo sabe, puede que hasta lo confiese. La chica del consulado, pues, coge mi pasaporte, sonríe y me pide que espere. Yo, discretamente, me voy al mapa que cuelga en la pared y busco... ¡Dili es la capital de Timor Leste! Garbancito, ya no hay nada que hacer, espera a ver qué pasa. Y como no suelen desconfiar de los occidentales, salgo con el visado en el bolsillo. Aunque mentir sea útil en ocasiones, ¡la Geografía es más importante! Parque de Bako. Maestro, Pequeño Saltamontes y la Emperatriz china. Play Pause

INDONESIA 2. De Borneo cruzo a Sulawesi, las antiguas Célebes, y allí me encuentro de nuevo con Adam para pedalear juntos en las montañas Toraya. Es agosto, tiempo de ceremonias funerarias; al coincidir con las vacaciones europeas, hay bastante turismo y algunos toraya negocian con ello. Al pasar con las bicis por un par de ellas, nos invitan, pero no coincidimos con ningún momento estelar, así que tampoco duramos demasiado, impacientes; hemos venido a Sulawesi por las selvas. Rantepao nos cura de la absurda prisa y tenemos que parar un par de días, pues yo tengo una fiebre que ignoro de dónde viene. Me temo que es cansancio acumulado y el cuerpo no sabe cómo decirme que pare. Le pido una prórroga para llegar a una playa bonita y descansar bajo cocoteros. Mi piel entera está bañada en sudor. La camisa empapada se

pega al cuerpo y a mis labios llega un continuo goteo salado. Entonces, ella me besa. Me besa y me hace virgen de golpe. Estoy de pie, jadeo, trato de recuperar el aliento, las fuerzas para seguir adelante. El barro y la suciedad hacen de mis arañazos incómodas quemazones y algunos músculos hace horas que no los siento cansados, sino que duelen. Pero ella me está besando en la boca y caigo en la locura. Ella me hace virgen. Jamás vi las nieves del Hindu Kush, ni respiré aromas de los bazares persas. Nunca el Nilo me acunó con melismas, ni dije un día 'adiós' rumbo a África. Soy virgen de recuerdos y me entrego a su boca sin sueños de futuro. Llevo hoy cuarenta kilómetros por un sendero de dos palmos de anchura, golpeándome con piedras, ramas y troncos; restregándome con palmeras y hojas gigantes; vadeando ríos y empujando la bici en pendientes donde resbalo una y otra vez. Y casi oscurece. Hace una hora que no veo el mínimo espacio para pasar la noche. La selva lo llena todo. Lo que al mediodía fue agotamiento ahora es un dolor continuo. Y nada importa, sigo asombrado. A cada poco me detengo para contemplar dos árboles gigantescos, o unas raíces como tentáculos, unas lianas asfixiando una palmera, un pájaro que canta con un sonido casi acuático. Inabarcable: no puedo ver ni oler siquiera una centésima parte de lo que me rodea. A mi alrededor, la naturaleza es exuberante hasta un extremo que rebasa cualquier presunción de sentirse a salvo; puede ser un resbalón en el barro, una araña donde poner la mano, la ausencia del mínimo espacio para pasar la noche. Aún de pie, aún jadeando, recibo la fuerza de la selva. Su beso insufla de vida cada rincón de mi cuerpo. La selva me arrolla, ocupa todos mis sentidos y me llena con más fuerza de la que yo puedo ejercer atravesándola. Como estando tan extenuado, siento esta energía es inexplicable para mí. A la noche, descansando en una orilla arenosa junto al estruendo del río, trato de pensar en algún recuerdo, y no llega ninguno. La selva se recuesta a mi lado, sobre mí, su olor es intenso. Vivo un momento eterno en el filo que separa dos páginas. Liberado del pasado, de mi gloria y mis miserias.

Liberado del mañana, sus sueños y sus desventuras. Y en ese vértigo, el sabor de la selva en mi boca me hace ajeno a la vida de los hombres. Detenido en el tiempo, me hago eterno y durante un instante accedo al magma prístino del que estamos hechos. Desvestido de la razón me fundo con la vida y tengo el privilegio de tocar su esencia. La sensación es tan simple que tal vez sea la nada. Por fin llegamos al centro de la isla, donde un bonito lago precede a la deshabitada región de altas montañas y selva frondosa que queremos visitar. Tan impresionante como única, tiene muchos endemismos tropicales, como unas curiosas palmeras que asemejan paraguas rotos. Y unas carreteras donde nos dejamos el alma, en muy mal estado, con mucha roca y arena. Pero da igual. La única preocupación es encontrar a la noche un espacio para las dos tiendas y un río para beber y lavarnos, el resto del día pedaleamos con mucho esfuerzo pero con la boca abierta; las selvas de Sulawesi son un increíble pulmón virgen. Desde unas montañas que superan los dos mil metros, de golpe bajamos al valle de Daba y la vista es inolvidable: un hueco de luz y fertilidad aparece en medio de estas cordilleras selváticas. Varias aldeas en torno a un río, y campos de arroz por doquier. Una tierra amable, plana y fértil donde la gente vive casi aislada del resto de Sulawesi. Sensación de Edén olvidado del mundo. El único acceso para coches es por donde venimos nosotros, y supone un día de todo-terreno hasta la primera ciudad con mercancías. El resto de sus caminos son sólo posible en moto o a pie, ¡o en bici! Acampamos junto a Palindo, el más grande de unos monolitos antiguos que hay en el valle; una curiosa figura masculina con un enorme pene. Después toca salir de allí. Y tenemos sesenta kilómetros de sendero por la selva hasta Gimpu, donde enlazar con una mala carretera, pero carretera. En esa senda de un palmo de anchura rompemos dos pedales, pues nos golpeamos continuamente con piedras y raíces, varios radios y una cubierta. Y son dos de los días más intensos del viaje. Para vivir momentos así todo vale la pena, por mucho que vadear

algún que otro río, o pasar por encima de un árbol caído, no sea cosa fácil con una bici que lleva cuarenta kilos de equipaje. Alegres y cansados, llegamos a Palu donde nos despedimos de nuevo, con el plan de vernos en Pekín al año siguiente. China precisa arquitectos occidentales. Palu es un infierno equatorial nada apetecible, así que decido postergar el descanso y seguir buscando. Sueño con un paraíso de cocoteros y olor a mar. Bajo por la costa oeste dirección sur, cruzando varias aldeas que viven entre palmeras y aguas turquesas a las que tiran bolsas de plástico. Sigo sin encontrar un lugar que me guste y decido cambiar a la isla de Lombok, voy a lo seguro: un rincón turístico. Cuando llego a Kuta-Lombok, descubro lo difícil que es buscarse la vida en un paraíso tropical en plena temporada alta, con todo lleno y la ratonera más barata a diez dólares. No es sólo por el turismo de verano, la mayoría de los mochileros hoy día tiene una filosofía más próxima a la comodidad pagada, que a la tradición mochilera de 'cómomelohagoconpocodinero'. Pocos de ellos van a la estación de autobuses para viajar barato y mezclarse con los locales, sino que pagan costosos mini-buses que les recogen en la puerta de un hotel y les dejan en otro. Siquiera se molestan en ir a la embajada a pedir un visado, pues una agencia puede ahorrar esa 'pérdida de tiempo'. Cenan en pizzerías y se lavan los dientes con agua mineral. Esta transformación del turismo que, lenta pero firmemente, está borrando las opciones de 'hágaseloustedtodoyviajebarato' genera una presión incómoda, pues los mochileros ricos dejan más dinero que los hippies, claro. Y ocurre que, 'ya sé que te estoy pidiendo el doble por este plato de arroz pero es que detrás de ti van a venir diez más que no se plantean lo que cuesta y lo van a pagar'. Lo cual no es malo porque a los pobres nos agudiza el ingenio y al final siempre damos con alguien que nos mira con simpatía y cierta fraternidad. Siempre hay alguien que aprecia al que hace el esfuerzo de hablar su lengua, comer su comida, conocer sus costumbres, al que se mezcla. Así pues, tras una hora buscando en Kuta beach, doy con un retirado campamento de bungalows en la orilla, muy bonito.

Me piden los cansinos veinte dólares. - A ver, ¿tengo yo aspecto de poder pagar veinte dólares por noche? ¿por qué no me dejas poner la tienda ahí entre esos árboles, en ese rincón tan lindo? Tras explicarles lo que es una tienda de campaña, la dueña asiente aún no muy convencida de mi idea, pero cuando ve la tienda montada empieza a reír y me pide cinco dólares por día. - ¿De veras quieres dormir ahí dentro? Finalmente lo dejamos en dos y que la comida del restaurante me la cobren a precio local. Genial, ¡siempre se encuentra una solución! Por fin puedo descansar, y el lugar es un paraíso. Las olas del arrecife de coral me acunan por la noche, a la salida del sol los pájaros cantan y al rato, tras un cafelito, descansan mis huesos fatigados en aguas turquesas y arena blanca. Me parece mentira, pues estos cuatro meses de islas han sido sin descanso y a veces duros. He acumulado un cansancio que amenazaba con estallar como una olla de vapor. Los indonesios son una de las gentes más cálidas de Asia, y la familia del campamento me adopta literalmente al segundo día, me tratan como a uno de la familia durante diez días. - Mañana no vayas a ningún lugar por la tarde, Salva. Tenemos un cumpleaños. Resulta ser el primer aniversario del primer nieto. Un dispendio desmesurado, incluso sabiendo que les va bien en el negocio. - ¿El primer nieto es algo especial? -le pregunto a la madre del bebé. - No, nada de eso. - Y entonces, ¿todo este lujo lo celebráis en cada cumpleaños?

- Pues claro que no. ¡Sólo cuando tenemos dinero! Así son. Las antípodas de Occidente. Aquí no se ahorra, viven el presente y cuando tienen un dinero extra lo celebran, que la vida son cuatro días. Felices, sin preocupaciones por una cuenta bancaria que no existe. 'El dinero que ganas, que ahorras, que mantienes, no es tuyo hasta que no te lo gastas' dicen en las islas. Mundos distintos. Me despido de mi familia indonesa y cruzo al otro lado de la isla para subir al volcán Rinjani, que lleva unos meses expulsando lava. Tras un tiempo de precaución, parece que la actividad no va a más y han decidido reabrir las visitas. Dos mil metros arriba y abajo para dormir en una joya de este planeta. El cráter aloja entre selva un precioso lago de color esmeralda, dentro del cual hay un segundo volcán, como una isla, y éste es el que emana lava, que fluye hacia las aguas verdosas. En la noche oscura una lengua roja de lava bajando al lago acompaña al brillo de las estrellas. Algo que no veo todos los días. La más peculiar de las islas indonesias es Libolibo, cerca de Sulawesi. Una infértil isla de tierra volcánica habitada por una pareja. Son ciegos. Cuando Dani y Bilsa se mudaron a vivir allí, nadie prestó demasiado interés. Uno de los barcos que pescan en la zona les llevó los pocos enseres que tenían, pensando que los encontrarían muertos en una semana. No fue así. Dani prosiguió construyendo canastos de bambú que los pescadores llevaban a Sulawesi y recibiendo provisiones de vuelta. La vida es relajada en Indonesia, son gente de los trópicos. Y quienes sabían de la peculiar pareja lo comentaban con simpatía, sin asomo de interferir en sus vidas. Por contra, los cestos de Dani 'el ciego' se vendían con rapidez en el mercado de Makassar. Todo cambió cuando Dani comenzó a vender sonajeros de libos

en el mercado. El libo es un extraño arbusto que crece en tierra volcánica. Agreste, espinoso y de flor nada llamativa. Su particularidad es un fruto parecido al tamarindo, encerrado en una vaina comestible, aunque sin buen sabor. Al secarse, las semillas duras quedan libres dentro de la enorme vaina y se convierte en algo parecido a un sonajero, cuyo sonido recuerda una ola de mar. Dani y Bilsa habían llenado en poco tiempo la isla con libos colgando de un fino nailon. Y una formidable red sonora hacía para ellos la utilidad de mapa. Un libo cada metro era un camino libre; dos libos juntos, un cruce a la derecha; tres libos, a la izquierda; y cuatro, una encrucijada. Toda la isla estaba descrita en libos y hasta un rincón de la hermosa playa coralina que ellos no podían ver estaba encerrado en un enorme círculo de libos colgantes. Caminos, cruces, mangos, piñas, riachuelos, hamaca, despensa, dormitorio... la silenciosa isla era acunada del día a la noche por el continuo roce de manos sobre los libos. Su oído era tan agudo que Dani, mientras rasgaba el bambú, sabía si Bilsa estaba preparando algún pescado o lavando la ropa. Cuando al atardecer llegaba una fuerte brisa del oeste, la isla entera tocaba una sinfonía que podían escuchar los pescadores más cercanos. Algunos empezaron a llevar sonajeros hechos por Dani en sus barcos y le preguntaron por qué no los vendía en el mercado. Y sus vidas cambiaron. A los pocos meses, Dani dejó de fabricar cestos de bambú y se concentró en los sonajeros de libo, creando extrañas figuras que salían de una mente ajena a la luz. Para él, la forma no importaba, sino el sonido que debían producir; unos eran leves mareas, otros, oleaje. Dani era capaz incluso de mezclar la resaca con las olas. Sulawesi es, pese a cristianos y musulmanes, de tradición animista. El rumor de que el sonido de los libos agradaba al espíritu de los muertos se extendió rápidamente, y en especial entre los toraya, que pronto no tuvieron mausoleo alguno sin

un sonajero de libos. Cuando la belleza abre su puerta al mercado, tarde o temprano sucumbe al consumo.También crecían libos en otras tres islas al oeste de Palu, y decenas de imitadores emprendieron fortuna con los libos. El mercado se pobló de diferentes sonajeros que se vendían bien, pues Dani no podía satisfacer una demanda que había llegado hasta Jakarta. Sonajeros para niños, para bodas, para turistas, aunque para funerales nadie buscaba un sonajero que no fuera hecho por Dani 'el ciego', cuya ceguera se asociaba a la tranquilidad de los espíritus. Algunos viajeros llegaban también a la isla atraídos por la historia, y eran recibidos con la cálida bienvenida indonesia. Acampaban o dormían en la playa, a relajarse con el sonido de los libos y la brisa. La vida era próspera y feliz para Dani y Bilsa. Hasta el gobernador de Makassar visitó un día la isla para recorrerla con los ojos cerrados junto a Dani. Aquello no ocurrió para bien. Un avispado comerciante ofreció la isla como atracción turística, y aunque al principio Dani y Bilsa apreciaron la idea y se sintieron orgullosos, a los pocos meses se hartaron. Llegó el verano y había días que Dani no dejaba de escuchar a los turistas chillando, riéndose, de aquí para allá, jugando al escondite y haciendo ruido. Otra vez el ruido. Diez años atrás, Dani y Bilsa habían decidido que no querían seguir soportando el incesante ruido que había crecido en su pueblo. Las motos y la música estridente habían modificado unas calles en las que antaño se jugaba a la petanca y se celebraba el paso de un coche. Y se negaron a aceptar el ruido a cambio de desarrollo alguno. Su paz era mas valiosa. Una mañana, un gran ruido proviniente de la playa atrajo a Dani hasta allí. Iban a construir un resort. Ecológico, sin música ni generadores eléctricos, querían mantener el silencio como negocio turístico. 'La isla sinfónica', se llamaría. Dani y Bilsa fueron arrinconados en un par de años. Al primer resort siguió otro, y otro, que paulatinamente fueron abandonando sus proyectos de turismo silencioso, pues los extranjeros

necesitaban cerveza fría, aire acondicionado y se aburrían sin música. Doce años después de su llegada a Libolibo, su paraíso se había convertido en otro ruidoso lugar. Pero, ¿donde podían ir ahora? 'Sé de un lugar tranquilo, cerca de la selva de Linde. Una cueva'. Les dijo un pescador. Un año más tarde, en un remoto lugar del interior de Sulawesi, Dani había vuelto a construir cestos de bambú, aunque era rara la semana que no llegaba una familia toraya hasta su cueva, con una bolsa de libos para que Dani hiciese un sonajero funerario. No había ruido, sólo pájaros y agua. Pero Bilsa estaba triste. Añoraba la sinfonía de la isla. Dani no sabía qué hacer para volver a sentirla feliz; le llevó mucho tiempo hasta que algo se le ocurrió. En cada estalagmita, puso medio coco vacío, y en breve, un caprichoso goteo llenó la cueva de ecos acuáticos. Eran pocos durante el día, pero a la tarde, un viento vespertino del oeste que les parecía familiar, se filtraba por los caminos del agua y entonces, tres o cuatro gotas seguidas caían aquí y allí, y la cueva se llenaba de arpegios de colores que les hacían sonreír a la vez... Mi visado está en sus últimas y Álvaro Biciclown me espera en Bali. Esta vez, con direcciones opuestas, nos encontramos en la casa de Tri y Teresa, una familia con un corazón que no cabe en Bali. Tri lleva una solvente agencia de viajes, Indobali, y rebosa generosidad, no es la imagen de una persona de negocios. Por encima de cualquier materialismo, su prioridad en la vida es ser buena persona y tener relaciones fraternales. Nos invita a Álvaro y a mí a conocer la isla con uno de sus guías y disfrutamos templos, ceremonias, playas y danzas. Y esta isla es ciertamente lo exótica que su reputación airea. Hay personas en este mundo que me convierten en aprendiz de ser humano. Tri insiste en que me quede más días, pero no

puedo perder el ferry que sale de Surabaya. Repuesto de proteínas y vitaminas, pedaleo fresco, como si tuviera viento de espalda, me siento tan fuerte que me parece ir sin equipaje. Lamentablemente, en la primera parada pongo los pies en la tierra; en efecto, hay viento de espalda. Llego al puerto de Surabaya mentalizado para subirme a un ferry con el triple de pasajeros permitidos, pues estoy a dos días del Eid al Fitr, la fiesta del final del Ramadán, y la mitad de doscientos millones de musulmanes viaja para reunirse con la otra mitad. Tras el 'Pelni' que me llevó de Sulawesi a Lombok, coincidiendo con el final de las vacaciones universitarias, yo ya sé lo que es un barco para mil quinientas personas que lleva cinco mil. Cinco mil y su carga... Subir la bici a bordo es como meter una bicicleta cargada de bultos en el metro de Madrid a hora punta, aunque aquí si le das a alguien con el pedal en la oreja, te sonríe y te ayuda a moverte un centímetro más. Viven acostumbrados a ayudarse, incluso en las situaciones más incómodas tienen una buena disposición para solventar los problemas, que en lugar de irritarles, les hacen reír y crear nuevos amigos. Poseen un espíritu muy positivo para afrontar la vida. Sin embargo, en el puerto de Surabaya, el Pelni comienza a vomitar gente por tres puertas durante una hora, y cuando subo encuentro sitio ¡hasta para pillar colchoneta! Como el ferry tiene una siguiente parada en Jakarta, la gente se baja en Surabaya, pues se cruza más rápido en bus o tren. A mí me esperan dos barcos más en la travesía hacia Singapore, y los oficiales de a bordo me organizan el viaje para que llegue sin problemas, ni esperas. Tras casi cuatro meses en sus islas, dejo Indonesia con el corazón roto. Si, entre ellos subí mi bici con la casa encima. Posible. Robin, un escocés con un gran dilema. Tras 4 años de viaje, su chica no quiere seguir. ¿Y ahora qué pasa? Tumbas Toraya. Adam no parece muy contento con los amigos de esta noche. Play Pause

SINGAPORE Y MALASIA 3. Durante su azarosa vida, Augusto siempre prefirió las montañas. Ver la mar mediterránea en invierno era un rito obligado, pero de los bronceadores y las raciones de calamares se mantuvo receloso en una alérgica distancia. 'Hay una contradicción pacífica y altamente extática en la cima de una montaña', contaba una mañana mientras desayunábamos jugando al ajedrez. 'Me siento dichoso del logro, pero a la vez que lo disfruto, la contemplación de otros picos me lleva al deseo de alcanzarlos también, sin conflicto interior. Entre el 'carpe diem' y la mirada puesta en el futuro se traza una amplia polaridad que es sólo aparente. Y en las montañas, en la paz de un momento de descanso, el paisaje interior me muestra un movimiento circular donde los opuestos son complementos. El momento y el futuro danzan lentamente, a veces en solitario, a veces entrelazados. Un día conseguiré dejar de enfrentar el amor y la libertad, dejaré de huir hacia el este, y la entrega bailará con el viento que me empuja. Los velos habrán sido descorridos por fin.' Años después de que Augusto dejase la casa, supimos de él a

través de un extraño misionero de jerga casi budista. Augusto vivía en un rincón de playa tropical, en una isla no demasiado grande, con pocas cosas como a él le gustaba, 'aquello que es necesario y algún capricho que endulce la rutina diaria'. Lo imaginé con ciertos libros y la pipa de agua egipcia en aquel paraíso. Según contó el misionero, Augusto llegó a la isla de paso y se detuvo varios días en aquella playa. Por semanas no tuvo la curiosidad de ver que había mas allá, al otro lado, incluso en la presunción de que un paraíso de cocoteros y arena blanca fuese allí incluso mas espectacular que el suyo. Estaba absolutamente saciado en aquella playa, el futuro no era mas que el deseo de perpetuar el presente. Sus sueños: la permanencia. - Además, comprendió para su salvación que cualquier absoluto necesita de un opuesto, - dijo el misionero desapareció su libertad, y con ella, su ego - concluyó. - ¿Descorrió todos los velos de los que hablaba? El misionero miro con tensión, iba a decir algo, pero finalmente su mirada se fue al vacío, relajó su rostro y sonrío con bondad. - Dios no se esconde tras velo alguno para quien lo busca. No volvimos a saber de Augusto en mucho tiempo, tal vez diez años, hasta que ayer apareció por casa, para visitarnos. Don Jose Antonio me está esperando en Singapore. Le conocí en Teherán, un endiablado señor de 72 años con un espíritu incombustible, que realiza su último viaje alrededor del mundo, pues me cuenta que a partir de los 75, viajar por tu cuenta se torna complicado a nivel de papeleos. Antonio, sabiendo que me dirigía hacia la península, cambia su plan para volar a Australia y me invita a pasar unos días con él. Un lujo. Ver sus fotos es mirar un libro de Historia contemporánea, desde tribus africanas vestidas con plumas hasta entrevistas a Salvador Dalí. - Deberías escribir un libro sobre tu viaje, Salva.

- Hum... no creo que lo haga, Antonio, esto es mi vida, mi sueño, ya la comparto con mis amigos, ¿por qué voy a querer contarla a quien no me conoce? ¿por qué voy a exhibir algo tan privado? - Salva, ostias, ¡te la coges con papel de fumar! Y Antonio me hace cuestionar mis principios en estos días. Tal vez tenga razón. Pero vivimos una época en que cualquiera cuenta a todo el mundo su viaje a Londres, o la excursión en Gredos. No quiero montarme en ese tren. Occidente vive de cara a la galería y ha perdido el celo a la privacidad. Nuestras mujeres se depilan para ir a la playa junto a mil extraños, y en invierno se descuidan para quien aman. Los hombres salimos bien vestidos a la calle, y dentro, cenamos con nuestra mujer en chándal. Somos un escaparate y no quiero contribuir a incrementarlo. Sin embargo, el respeto a mi amigo Antonio cuestiona mis convicciones seriamente; tal vez, estoy equivocado... Singapore es algo curioso para visitar unos días, un gigantesco centro comercial rodeado de rascacielos futuristas. Todo con una tecnología muy sofisticada, impoluto. En los aseos hay cuadros y si no tiras de la cadena, te multan. Como te multan si entras con chicle al país, si tiras un papel al suelo, no te bajas de la bicicleta para cruzar un semáforo o fumas en la cola del taxi... ¡en la calle! Tras tanta regulación, estoy contento de regresar a Malasia. En tres días llego a Melaka, una ciudad Patrimonio de la Humanidad donde cualquier cosa habita al lado de otra. En las calles del barrio chino, un tipo vende tocadiscos de los setenta junto a una cafetería con capuccinos a tres dólares; hay puestos de toda clase de comidas y dulces, un karaoke en medio de la calle donde los chinos se entusiasman cantando a duetos; una señora me dice que mi bici tiene muy mal 'Feng Shui' y que ella me lo arregla por unos dólares; en otro lugar, unos peces te mordisquean la piel muerta de los pies, o te dan un masaje; casas coloniales iluminadas por collares de luces que se apagan y se encienden… Melaka, la ciudad más kitsch, donde lo diverso crea una insólita armonía de extravagancias. Y regreso a Kuala Lumpur. Todo sigue igual en la capital

malaya. Me gusta esta ciudad. Paso por la embajada a recoger mi material de invierno y me encuentro un regalo: los chicos de Bike-tech de Barcelona me han enviado unas cubiertas Schalbwe, con las que puedo hacer los 20000 kilómetros siguientes, desinteresadamente. 'Nos gusta ayudar a gente como tú', me dicen. Gracias mil. El buen ambiente de la embajada no da para una segunda chapuza con mi pasaporte. Desde Sudáfrica viajo con dos pasaportes españoles, gracias a una ayuda diplomática que consideró mi situación más segura con un segundo documento. Pero en Malasia no quieren saber nada del asunto, ni les hace siquiera gracia enterarse de mi doble número. Si quiero renovar pasaporte he de entregar ambos. Acepto sin luchar mucho, pues me pilla con la cabeza en otra cosa, mi madre viene a visitarme tras casi cuatro años sin vernos. Es todo un acontecimiento y trato de mentalizarme para cambiar el chip del viaje, las cosas van a ser diferentes con ella. Pasamos tres semanas juntos de turismo decente, en buenos hoteles y restaurantes. Un descanso muy oportuno que me permite constatar lo que ve el turista rápido y lo que ve un lento ciclista: dos países distintos. La distancia en el tiempo y el espacio rompe muchos esquemas, y en este caso tiene la virtud de romper el de madre-hijo. Son semanas en las que conozco a la mujer que hay detrás de mi madre; puedo comprender muchas cosas del pasado, de ella y de mí. Días estupendos. Días malditos también. Mi amigo Ken muere. Llevaba más de veinticinco años por el mundo, viajando en bici y pintando artísticos murales. Un tipo extraordinario que derrochaba y contagiaba ganas de vivir. Estar a su lado era decirme 'diablos, vivir merece la pena'. 'Kenny ha muerto de malaria cerebral en el norte de Camerún' me escribe su hermana Shelly. Se dirigía hacia España, desde donde quería volar a Cánada, su país, y asentarse por fin. Descansar y contar a su gente que la vida ahí fuera es maravillosa, que no se conformen con lo que les venden, que

hay más. Ken era un Quijote enfrentado a este mundo de molinos de miedo. Ya no va a ser así. Ahora su gente no verá al valiente, sino dirán 'Ah, África es peligrosa, viajar es peligroso, yo conozco a un tipo que murió de malaria', y seguirán comprando seguros de vida y un paraguas a mano por si llueve. Paso unos días muy triste. No me explico como la vida ha podido hacerle algo así a Ken. No a él. Me da por pensar que yo también tengo mi sino esperándome con un machetazo en Colombia o con un idiota ruso borracho, y por primera vez en mucho tiempo tengo miedo. Tal vez mi buena estrella es una historia que yo me he montado, y que ni estoy, ni estamos protegidos, que la vida no entiende de bravatas. Tengo miedo a morir, dejo de confiar en mi suerte. Regresando de una tienda de bicicletas casi pago el precio. En uno de los 'scalextrix' de Kuala Lumpur, se me incorporan por la izquierda dos líneas dejándome en el medio de cinco carriles. Trato de coger la izquierda -se conduce en la izquierda- y un coche viene rápido por ese carril, directo hacia mí. A cámara lenta, le siento pasar por mi derecha derrapando y me adelanta. Pierdo control e invado el carril de mi izquierda donde viene un coche negro. Lo veo claramente, éste sí que me da, esta noche ceno con Ken. Pero también frena, derrapa y se va al arcén. Le doy las gracias y me quedo palpitando un rato. Así es la vida, no puedes desconfiar, ni tener miedo un solo instante. Ella deja de protegerte en cuanto das un paso atrás; te muestra los dientes. El camino de los sueños exige entregarse en cuerpo y alma sin un milímetro de dudas. En un mundo de aparentes peligros caminar sin miedo es lo más seguro, confiando en ser protegido. En el momento en que comienzas a amontonar seguros de vida y paraguas por si llueve, la vida ya no ve necesario cuidar de ti. Ya tienes miedo, ya eres un 'amontonador'. Allá tú, quedas solo. Durante mucho tiempo recuerdo a Kenny cada noche, y como parece que la próxima cerveza con él va a demorar, decido tomar su relevo y combatir los molinos de nuestro tiempo, los

molinos de miedo. Que el miedo a sufrir nos conduce irremediablemente al miedo a vivir, a no hacer nada, a estarnos quietecitos, como dice el Galeano, 'miedo a esa chica musulmana que empuja un carrito con un bebé y puede ser una terrorista'. Miedo al otro, a que la comida no sepa como en casa, a que llueva y la ropa no se seque. Miedo al sexo, a suspender un examen, a perder el trabajo. Miedo al que hace auto-stop, al que habla con acento suramericano, al que lleva un turbante, al que duerme en un parque porque no puede pagar un hotel. Miedo a enamorarse. Miedo a los países que la BBC juzga peligrosos, miedo al aire que respiramos, a gripes, a vacas, a pollos. Miedo a que mi mujer me deje, a que mi hijo sea punkie, a que me roben en el bus, a que Irán tenga una bomba nuclear, a que Dios no me perdone. 'Atención: esta bolsa de cereales puede contener trazas de cacahuete'. ¡Esto es ridículo! El rey está desnudo y nadie grita. Tal vez porque todos están viendo la televisión, que es muy interesante. Están por todos lados, ¿no los ves agitar sus grandes brazos, amigo Sancho? ¿o yo me estoy volviendo loco? El sultán se levantó y se dirigió a uno de los tapices que colgaban sobre el diván. Lo descorrió y dijo algo en una lengua que no era farsi. Después se sentó sonriendo y pidió excusas por la interrupción. En ese momento, Clavijo pensó que tal vez su muerte estaba siendo organizada. - Como te decía, querido amigo, elegimos a Isa en lugar de Juan. Una historia de milagros y viajes no podía funcionar con alguien tan famoso como el Bautista. ¿Quién iba a creer los cuarenta días en el desierto si jamás salió del río Jordán? Isa era perfecto. Un joven judío rebelde que durante un tiempo gozó fama de profeta y fue asesinado anónimamente en un viaje a Al-Masr. Así pues, nadie sabía que había ocurrido con él, pero le recordaban, y la leyenda de un mesías mitad humano-mitad divino, crucificado por Poncio Pilatos fue fácil de extender. Pilatos mismo toleró las habladurías -bien pagado, claro-, pero pese a que la Orden de Keops lo intentó, fue imposible registrar la crucifixión de Isa en los anales romanos.

Aunque parece que nadie presta demasiada atención a ese detalle - y el sultán hizo un gesto cómplice de 'qué le vamos a hacer'. - Numerosos escribas -continuó- redactaron la vida de Isa con milagros de las mitologías egipcias y babilónicas, y la extendieron a lo largo del Mediterráneo. El resto es una historia que ya conoces. La nueva religión alcanzó el poder con Constantino, el primer emperador romano que aceptó el soborno de la Orden; cesaron las persecuciones y se constituyó una jerarquía bien fácil de entender por el pueblo. De los textos redactados sobre la vida de Isa elegimos cuatro que presentaban pocas contradicciones y literalmente sumimos a Occidente en la oscuridad, el miedo y la superstición. - Y anulasteis al enemigo judío - dijo Clavijo en voz queda. El sultán sonrió y asintió. - ¿Y el Islam? ¿por qué? - Los judíos consiguieron transportar el Arca de la Alianza a lo largo del Nilo, más allá de las tierras nubias, en la lejana Etiopía. Pronto se enriquecieron, el oro manaba desde el Cuerno Africano a la península de Arabia. Reavivaron el reino de Saba y a través del desierto arábigo llegaron a estas tierras persas -zoroastrianas por entonces- donde comenzaron a establecer colonias prósperas y a negociar con los dravidianos de la India. La Orden les atacó varias veces entre los siglos IV y V, pero siempre perdimos la batalla africana. Los judíos tenían alianza con los asmara de las montañas etíopes, incluso tenían hijos con ellas para asegurar su fidelidad, ¡con aquellos salvajes! Y la derrota constante nos llevó de nuevo a la estrategia de otra religión: el Islam. Aunque esta vez había más urgencia a tenor del poder que los judíos conseguían con el maldito oro africano, y con cierta precipitación se escribió el Corán, muy sencillo y menos controvertido que los Testamentos. A través de un descendiente de la dinastía de Tebas se llevó la rebelión a las ignorantes tribus árabes, fáciles de manipular. Por cierto, el verdadero nombre de Mohamed es Ramsés. - Y el Islam aisló nuevamente a los judíos… - Sí. Conquistamos el Sáhara, Persia y las tribus del Indus, aislándolos del comercio con Oriente y el Mediterráneo,

aunque... Un ruido provino del tapiz que colgaba sobre el diván. El sultán se excusó otra vez, pero ya no regresó hasta la madrugada. Clavijo fue llamado para cenar en soledad. Durante dos días el sultán no apareció aunque enviaba constantemente atenciones y mensajes fraternales. Clavijo se sentía seguro pero no podía salir de palacio. Al fin, el sultán volvió a cenar con él. En un momento de la velada, tras la danza, expuso claramente la situación comprometida de su huésped, y con exquisito tacto persa evitó acusarle de haber descubierto el escondite de la Orden de Keops. Quería hacerle entender que de alguna manera admiraba su osadía. - Eres como mi hermano, querido amigo. En tanto permanezcas en Isfahán tu vida no corre peligro alguno. Pero no puedo garantizar tu seguridad si abandonas mi reino. ¿Qué vas a hacer, pues? Clavijo reflexionó durante unos minutos con la mirada puesta en la pared que les espiaba, y aludiendo al tapiz preguntó: - ¿Habláis aún la lengua de los faraones? - Sí. Lamentablemente no puedes aprenderla, está restringida a las familias de la Orden. Clavijo respiró profundamente, y miró a su amigo buscando algún atisbo de mentira en sus ojos. Sólo encontró su cálida mirada como respuesta. - En ese caso, creo que deberé tomar una esposa. El sultán sonrió sin poder ocultar su felicidad y cogió las manos de su huésped. - Será para mí un honor si aceptas a una de mis hijas. Cinco días antes de la boda llegaba a Isfahán una embajada del reino de España. Entre ellos, un sirviente del señor de Barcelona tenía la orden de asesinar al conspirador Rui González de Clavijo… Una parada de un mes largo es una buena manera de

actualizar la dichosa preguntita que duerme bajo la almohada, '¿qué quiero hacer con mi vida?'. Me confirmo que quiero seguir viajando. Aunque la excitación del principio ahora sea un bagaje de experiencias, pesa mucho más conocer lo que hay por venir, y disfrutar esta libertad de vagabundo con la casa a cuestas. Y la disfruto bien; tras un mes de cama segura, la primera noche buscando un sitio para lavarme y poner la mosquitera, es como un caramelo en la boca de un niño pobre. Subo hacia Georgetown otra vez, para pedir el visado de Tailandia, pues en mi rumbo a Bangkok no puedo elegir ruta. A primeros de noviembre, en el lado oriental de esta península ya golpea con fuerza el monzón del mar de China, y el sur thai está absolutamente inundado. He de subir por la costa oeste. Deseo salir del clima tropical en el que llevo un año metido y encontrar algo de frío para mis músculos, aunque echaré de menos a los pájaros... días antes de llegar a Georgetown veo dos preciosos cálaos -una mezcla de tucán y pterodáctilo-, haciéndose arrumacos en lo alto de un cartel publicitario. Pájaros libres… También voy a dejar atrás el Islam. Mucho tiempo viajando con el eco de 'Allah o akbar' y a partir de Tailandia se acaba. Con sus luces y sombras, es una cultura en la que sé cómo comportarme y siempre me he sentido bien, exceptuando a los radicales... En estas islas, donde pesa mas la herencia tropical que la ortodoxia religiosa, el Islam se ha desdibujado un tanto y a veces me llegado a olvidar que estaba entre musulmanes. Con todo, me llevo el recuerdo de la llamada del 'moacin' entre los rascacielos de Kuala Lumpur, bonita mezcla. Ahora, budismo y filosofía oriental. Viajo por el planeta de las diferencias. Me siento un espectador de lujo en un momento privilegiado de la Historia, en el que la humanidad está empezando a aprender a convivir en la diferencia, tras tantos milenios de miedo al otro, de conquistas, colonizaciones y monopolios de la verdad.

Jose Antonio, maestro y señor. El tipo que te gustaría tener por vecino. www.vueltalmundo-ja.com Mercado de Malaka. Cuarto encuentro con Daisuke-san. Una de las mejores personas que he conocido estos años. Un euro y comes. Play Pause

TAILANDIA. Tailandia es uno de esos países cuya fama le precede. La leyenda del masaje con 'happy end' es el sueño de la mitad de la población europea -la masculina. Resulta ser un país precioso, de gente relajada, educada; gente que vive, deja vivir y si puede te ayuda. Listos, y pese a la dificultad con el idioma, pues el tai es una lengua tonal, saben hacerse entender. Barato, limpio, con una gastronomía que sí hace honor a su fama. Y lo de las chicas... como los parques nacionales y templos, esa fama está algo exagerada. Tras salir de Georgetown con un visado gratis, política tai para incrementar el turismo, llego a la frontera en un par de días, y en medio de unas lluvias como no recordaba. A partir del mediodía puede caer un diluvio de una hora, o dos tormentas, o empezar y no parar hasta la noche. Mi única diversión consiste en calcular cuántos kilómetros puedo hacer antes de que las nubes negras me alcancen, pues la pequeña cordillera en medio de la península no es suficiente para detener el monzón que devasta la orilla oriental. Con este clima llego hasta Krabi, a través un verde paisaje sin tráfico, de pequeños pueblos y gente simpática. Aquí el panorama comienza a llenarse de unas espectaculares torres

kársticas; pináculos y murallas de caliza cubiertas por vegetación se elevan de la planicie hasta alcanzar en ocasiones trescientos metros verticales. Y en las solitarias carreteras de playa, parece que amurallan el mar. La comida tai es deliciosa. Tiene muchas especias picantes, pero no destrozan el estómago. Y es uno de los países más sencillos para dormir, que nunca es un problema. En cualquier lugar se puede dormir: parques, bomberos, áreas recreativas, colegios, pero yo elijo los templos. Son lugares silenciosos, llenos de árboles, muy amplios y los monjes a veces reparten su botín matutino conmigo. Es costumbre que salgan al alba, a recorrer las calles, y la gente les ofrece comida, como señal de respeto o para recibir una bendición. Otra curiosa costumbre mantiene que todos los varones deban pasar un tiempo como monjes en un templo, algo así como un servicio espiritual obligatorio. Los tai se mueven mucho, y la peregrinación es algo muy budista, por lo que en el pensamiento social está presente que si vas de un lado a otro, tienes que dormir en algún sitio. Estar de paso no es visto como vagabundeo o desgracia. Krabi es el lugar donde paro unos días para alquilar una piragua y palear entre karts, lagunas, manglares y túneles imposibles. Y también donde doy con el turismo 'made in Thailand'. Un sin fin de turistas y hostales sacados del mismo molde: variada oferta de habitaciones baratas, internet y un pequeño restaurante con panqueques de banana a precios que cuadruplican el desayuno en un mercado. Cierto que es el mismo hotelillo de ambiente distendido, confortable, que se puede encontrar en otros puntos turísticos del orbe, sea en Malawi o en el Cusco. Y el famoso turismo sexual tai también viene en hornadas homogéneas. El personal llega al aeropuerto de Bangkok y se dirige a uno de los 'centros de negocios', Phuket, Pattaya, Ko Samui o el mismo Bangkok, que está más cerca. Con una de las chicas que pululan por los bares en busca de sponsor, acuerda un precio diario, más los gastos, y se va con ella de vacaciones. Lo pintoresco de la versión tai sobre el negocio más antiguo del mundo es que no se trata de un acuerdo por

un ratito de gloria o una noche, sino que el cliente paga a la chica, o al chico, para que haga de 'mi novia' durante las tres o cuatro semanas de vacaciones. El clásico es, por supuesto, un alemán cincuentón con una diminuta chica sonriente, pero la sorpresa es que muchas de estas parejas que me cruzo tienen veintitantos años. ¡Incluso un iraní! Viniendo de la sociedad que ha inventado la agencia matrimonial, no soy quien va a decir como debe ser una pareja, bienvenida más diversidad al caleidoscopio del mundo. Pero, ciertamente, fuera de esos centros calientes, las chicas tai son tan normales como el resto de la humanidad, algo más simpáticas si cabe. Viendo lo agradable que es la Tailandia no turística y que los parques naturales están sobrevalorados, prescindo de visitar las paradisiacas islas y sigo hacia el norte, donde ya no llega el monzón. Todo está exuberante, lleno de flores, y en bicicleta nunca se viaja a una velocidad que pase por alto una flor bonita. O así debiera ser, porque de eso se alimenta el alma, de flores bonitas. Frutas deliciosas, ensaladas, arroz al 'wok', sopas... los tai son muy trabajadores y consecuencia de ello tienen mercados abarrotados, llenos de competencia y precios bajos. Cuando tienen cien baths -dos euros-, se los gastan en wisky con el amigo, viven al día. Y yo, cada día me engancho más de este país. Imágenes exóticas de niños pelones y ojos rasgados jugando entre templos, pagodas y Budas, en uno de los países más seguros que he pisado. La ley del 'Karma' y la compasión budista se llevan a rajatabla. Un monje, una noche, me decía: - Mete la bici contigo en la habitación que este chaval no es bueno. La cara que tenía el 'pillo'… Ya puedo dejar un billete de cien dólares en el suelo, que me llama a la puerta para devolvérmelo. Si ese monje entrase en una clase de tercero de la ESO… Bangkok es el mejor lugar del Sureste asiático para arreglar una bicicleta y comprar repuestos. O el único. Pero es una ciudad que me despierta un rechazo inmediato, instintivo; en

cuanto tengo arreglado el galeón, y me avituallo de lo que calculo se puede romper en los próximos cuatro meses, me voy corriendo hacia Camboya, no quiero pasarme la vida en carreteras asfaltadas. Y Camboya tiene las montañas del Cardamomo, en el suroeste; una de las últimas selvas vírgenes asiáticas, pues gracias al asesino Pol Pot y al comunismo, no han llegado todavía los madereros a talar la selva en masa. Cruzo rápido una zona rural tai y al llegar a la zona fronteriza, todo un jaleo: cuál es la aduana abierta a extranjeros y cuánto cuesta el visado. Sisco, que lo mandó todo al carajo y se vino aquí. Un tipo que ha acertado. Feliz. Su mujer, y su sobrino, Aleu, que tampoco parece que vaya a vivir mucho en España. Compañeros de noche en un templo. A por el botín. Play Pause

CAMBOYA. Augusto quiso ser libre siempre, ¿cómo le cazaste? - pregunté a Miyuki. - Fue al revés. Él buscaba un corazón donde vivir -contestó sonriendo. - Es algo complicado. Cuando nos conocimos, Augusto sufría mucho, estaba convencido de haber malgastado su vida. - ¿Cómo? - interrumpí. - No puedo creer eso que me dices. - Un año antes de conocernos, Augusto estaba en Perú. Por entonces, Sendero Luminoso batallaba fuerte con la milicia peruana. Compartía una habitación con otros viajeros también sedientos de aventuras, de emociones. Un inglés iba al

Ucayali… '- ¿Allí vas?…Hum, pasan cosas. Ten cuidado - dijo el dueño del hotel. - ¿No te da miedo morir? - Muchísimo - contestó, exagerando su acento británico. - Me da un miedo atroz morir en vida, ver la vida pasar desde el cristal de un féretro. Todos rieron, todos compartían esa filosofía. Todos menos uno, Paul, un extraño canadiense que Augusto había conocido en India años antes. Pero ya no parecía el mismo. Apenas había hablado hasta ese momento. - Parece que estás en lo cierto, pero no, estás equivocado. Tu vida es aparente, tan luminosa que seduce y parece cierta. Nada de eso. Morimos en vida cuando nadie piensa en nosotros. En ese momento nos aislamos de la energía que circula por el mundo, estamos vivos pero somos olvido. Es un momento en que los hombres se mustian y apagan. Ni el dinero ni el confort pueden hacer nada, es un apagón completo. Los ojos se vacían de vida y somos 'muertos de vacaciones'. Algo como una llamada de teléfono puede conectarnos otra vez al mundo, alguien está pensando en nosotros. Y la vida asoma otra vez. Dicho ésto, Paúl se levantó sonriendo y se marchó dejando un silencioso eco en la mesa.' - Dos o tres años después de casarme con Augusto, en una de sus noches de insomnio bajé al salón a ver si estaba bien, y fue entonces cuando me contó esa historia. Llega la hora de la cena en una granja del Karoo sudafricano. Jack y Jeanne charlan acerca del día, de sus hijos, hasta que en un momento, Jack pregunta '¿Dónde estará Salva?' 'Ah, el ciclista español… qué majo, que buen apetito tenía, todo le parecía buenísimo…' En Japón, al sur de Fukuoka, Akane pregunta a Marcin, '¿Cuánto tiempo hace que no tienes email de Salva? ¿cuándo va a venir por aquí?' Marcin ríe. 'Está en Tailandia…, tal vez un año, si no hace otro desvío.' Al solecito del mediodía, en un rincón de Andalucía, un par de amigos toman unas cañas antes de llegar a casa. 'Oye, esta mañana he visto algo en la prensa sobre secuestros en las

Filipinas, ¿no va Salva para allá?' 'Creo que si, pero seguro no le pasa nada, está ya inmunizado contra problemas...' A veces, el ciclista se sienta en un rincón del mundo; un limpio café, una sucia habitación de hotel barato, o simplemente se acuclilla en las piedras de un río, y siente que la piel se le eriza. Es el hombre más rico del mundo. No tiene casa pero habita en cientos de corazones. Tal vez miles. Ya ha perdido la cuenta, pero cada vez la emoción es mayor. Más intensa. Cada vez que alguien le recuerda, a su lado canta un pájaro. Y sentirse en el corazón de amigos en la distancia genera una energía tremenda. Nada malo puede ocurrir a quien es objeto de buenos deseos. El mundo se confabula para protegerle. Tener dinero debe ser más práctico, pero sentirse presente en tantas personas multiplica las fuerzas. Es una emoción tan difícil de explicar como de creer. Cerrar los ojos, ver el mundo pasado y contemplarlo lleno de luces, como un cielo estrellado que son los amigos que no le olvidan, es una sensación que hay que vivir para entender, está más allá de las palabras. La vida es lo que sobrevive al olvido. El ciclista deja una fuerte huella en la gente con quien fraterniza en el camino. La bici provoca esa huella inolvidable. La inesperada visita de una bicicleta alrededor del mundo. Y vivir eternamente en el corazón de tanta gente es hacerse inmortal en vida. - Y, ¿qué paso entonces? ¿por qué volvió Augusto a España? - Fue a la isla de Shikoku, a un retiro zen, y encontró al 'águila caminante'. Entonces, yo le pedí que se fuera. Paso por un pedregal y me encuentro a unos occidentales que están 'corriendo' el visado tai. Tailandia no expide fácilmente visados de larga estancia, y la mayoría de los extranjeros que viven o negocian en el país, han de salir y entrar cada dos meses. - Hola, qué tal. El visado cuesta veinte dólares, ¿verdad? -pregunto. - Has de pagar en baths tai, mil doscientos. - Eso son treinta dólares… ¿estás seguro? - Estoy seguro que es la manera de evitar problemas, ya

sabes, son corruptos,- me responde un alemán, guiñándome un ojo con gesto de quien está de vuelta de todo. Me acerco a la ventanilla de la aduana, saludo y pongo con mi pasaporte un billete de veinte dólares en el mostrador. El tipo lo coge, y en dos minutos me devuelve el pasaporte con el visado hecho. - Por favor, si tiene algo que declarar diríjase a esa oficina. Corrupción es cosa de dos, existe cuando alguien paga. Y si el personal no se toma la 'molestia' de seducir a una dama, sino que alquila sus servicios, pues que se puede esperar en una frontera que utilizada para 'correr el visado tai'. A mí me indigna ver a occidentales haciendo lo que jamás harían en sus países, contribuyendo al 'status quo' de la miseria y la corrupción. Ponen expresión de tipos 'viajados', curtidos, cuando la realidad es que pagan con dinero su falta de habilidad y de ideales. Cruzo la frontera y llego a Pailin. La primera impresión es obvia, Camboya es un país muy pobre. Ahí obtengo la misma información sobre la selva del Cardamomo que traía, es decir, apenas nada. Había preguntado en foros ciclistas y sólo encontré un blog donde una pareja había hecho un tramo y se dio media vuelta ante el panorama. No puede ser más provocador el asunto. El camino de la incertidumbre lleva a la cocina de los dioses, y cuando no sabes qué hay tras la curva ni dónde o cuándo volverás a coger agua, ese es el lugar donde esperan manjares de gloria. Pura magia. A los dieciséis kilómetros de Pailin cojo un desvío. - ¿Ésto va a Oda?- pregunto. - Si. ¡Anda! Mi mapa concuerda perfectamente y pienso, 'a ver si ésto va a ser coser y cantar'… Veinte minutos más tarde, me encuentro en medio de la nada, con una aldea de cuatro gatos y un puente de bambú de diez metros de altura y otros diez de largo. - ¿Oda?

- No. Oda está allí - y señalan hacia el este. Perfecto, ya me parecía demasiado fácil. - Bien, ¿a dónde va este puente? - A Samlot. Busco en mi mapa, nada. Le enumero una lista de pueblos de mi mapa con todas las entonaciones posibles. Ni uno. Genial. - ¿Y después de Samlot? - Y el tipo me enumera una lista de unos ocho pueblos. - ¿Cómo, cómo? ¿Has dicho Veal Vieng? ¿Val Veng? - Si. Genial, ese está en mi mapa. A unos ciento cincuenta kilómetros, calculo. - Después puedo seguir a Kok Kong, ¿verdad? El tipo me mira, mira mi bici... - ¿A Kok Kong con eso? Que tengas suerte, 'gud-lak'. Visto lo que sirve, guardo mi mapa en una alforja y me voy como en la selva congoleña de Mayombe, con una lista de pueblos y un dedo que señala al sureste. Garbancito en Camboya buscando aventuras. Esa noche acabo durmiendo con los vigilantes de un puesto para la conservación del tigre y el elefante, que si queda alguno, estará efectivamente en conserva, a donde he llegado tras encontrar una pista relativamente buena, con puentes. Al día siguiente, ni puentes, ni pista. Un camino de barro seco, una tortura, va cruzando bosque y remotas aldeas poco habitadas, de gente agradable. Voy muy despacio, no sólo por el estado del camino, sino porque cada vez que me encuentro a alguien compruebo que voy en la dirección a Veal Veng. Y si, otro día más y doy con una pista enorme que viene de la nacional 5, y va hacia Veal Veng. Unos kilómetros después… '¡Bienvenido al oeste, Garbancito!', me digo cuando llego por fin al que es el pueblo importante de estas selvas. Menudo cuadro. En fin, hay dos pistas. Una va a Tailandia, esa no. '¿La otra?' No sin algunas dificultades finalmente averiguo que va a Osom. No entiendo por qué deliberan tanto para responderme, pero se consultan entre unos y otros, y hasta llaman al maestro para que me confirme por teléfono.

- Si. Directo a Osom, 'gud-lak'. - Y después de Osom, ¿puedo seguir a Kok Kong? -pregunto. Todos ríen. 'Soli, soli', se disculpan. - Si. En Osom hay un hotel. Pregunta allí. La pista a Osom es perfecta y sube por una preciosa selva. Lo más cercano a una selva tropical desde Malasia. Enormes árboles, lianas, tierra roja, y puentes. Llego a Osom de noche, bien recibido. Hay un grupo de Phom Phem, la capital, que está promocionando la venta de teléfonos móviles. - Pero… ¿hay cobertura aquí? - Por supuesto. ¿Quieres llamar a tu país? ¡Puedes! Miro a un lado y veo a su colega dando voces al teléfono, pues evidentemente no escucha a quien está al otro lado, y declino la oferta mientras el pobre tipo no sabe donde meterse. Gracias al jefe de la compañía telefónica consigo hablar en inglés y me explican la ruta. - Cruza el río que hay a este lado del pueblo. - ¿Hay puente? - Risas… - Después, tal vez dos horas en bicicleta, hay otro río más profundo. Ten cuidado. Un par de kilómetros después hay un cruce, coge a la izquierda y no te salgas del camino principal, pero es muy estrecho ¿eh? Son cien kilómetros a Kok Kong. No hay nadie, sólo selva. ¿Tienes comida? Podemos darte. - Gracias. A la mañana cruzo el río y voy por un precioso tramo de selva, realmente hermoso, hasta una bajada peligrosa al segundo río. Este tengo que pasarlo en varias tandas, alforjas y bici, pues es profundo y rocoso. Una vez al otro lado, me seco al sol con unas deliciosas galletas 'maria' para festejarlo. El tipo tiene razón y hay un cruce dos kilómetros después, con la única salvedad de que la senda es tan estrecha que apenas cabe mi bici, y a mí jamás se me hubiera ocurrido llamar a eso 'un cruce de caminos'. Durante veinte kilómetros alterno duras colinas, empujando la bici, con bucólicos llaneos entre selva virgen. Pero todo me golpea y tengo arañazos hasta en el ánimo. Empujar la bicicleta en una selva es asunto de fuerza y equilibrio, pues una piedra inoportuna, un resbalón en el barro, conlleva un porrazo que irremediablemente, como le pasaba al

Coyote, se completa con la bici cayendo encima. El tramo es muy duro, y al llegar a otro río me quedan todavía sesenta y tantos kilómetros a Kok Kong, pero no sé si el camino mejorará o empeorará… No puedo más, estoy completamente agotado. Me quedo a descansar y obviamente a dormir. Si ésto sigue así son tres días, no dos… Echo cuentas de la comida, 'Hum… justita'. Dentro del río me duele todo el cuerpo, me escuecen los arañazos y un sonrisón me dibuja la cara. Vaya ratito, hoy. Pero qué unión con la Tierra. Estoy naranja de arcilla, bebo agua de río, respiro el sudor de las hojas, del bambú que me golpea. Todo me toca, me mancha. Todo lo lamo como un niño lame una galleta de chocolate. Sé que es efímero, que después está la ciudad. Estoy lleno de energía, en la cocina de los dioses. Cuando el día se llena de tamaña intensidad, y cruzar un humedal de cien metros lleva un siglo quitando barro de ruedas y frenos, me siento vivo. Si la vida es lucha y el confort está lejos, cada aliento es pura energía. Al día siguiente todo mejora. El sendero se hace un poco más ancho, aunque tras la lluvia de la noche, encuentro algunos tramos de barro que me cuesta cruzar. Por fin, tras empujar una empinada colina que me lleva media hora, resbalando una y otra vez, casi todo es pedalear. Y a treinta kilómetros de Kok Kong entro en una pista afirmada que me conduce a la ciudad. Fin de la aventura. Tenía pensado descansar, pero me siento tan triste con el cemento, el asfalto y el aire fronterizo de este lugar que postergo el descanso hasta Sihanoukville. Un completo error. Encaro tres días de pedaleo mustio, sin fuerzas, penoso. Una lástima estar débil porque cruzo el sur de las Cardamomo, y es un paisaje precioso. Quedan sólo dos selvas en Asia que lleguen al mar, y la disfruto a medias, maldiciendo el asfalto que le roba el alma a la Tierra. En Sihanoukville si paro unos días, pues tanto la bici como mi cuerpo requieren cuidados. Todo está dañado tras el cruce por la selva y no doy abasto con la silicona en las rajas de las alforjas. Algunos radios rotos, pedales en mal estado… hacer 'mountain-bike' con la casa a cuestas malogra mucho el

material. Son rutas que he de dosificar bien, y decido continuar por asfalto hacia China. Algunos puentes del navío no tienen buen aspecto, capitán. Yo estoy contento. Este tramo de aventura, como las selvas indonesas de Borneo y Sulawesi, me ha regalado una intensidad que en el Sureste Asiático echo de menos. Es una tierra de culturas y gentes fascinantes, pero con largas semanas carentes de emociones, de aventura. Viajar sin problemas es agradable de vez en cuando, pero cuando se prolonga demasiado... aburre. La razón importante que me ha traído hasta Sihanoukville es que el consulado vietnamita en esta ciudad expide visados sin papeleos en diez minutos, algo a valorar pues los visados para Vietnam tienen muy mala reputación. Aparte del asunto burocrático, lo que hay aquí es una playa sobrevalorada y un exceso de turismo algo difícil de entender, si no es por razones sexuales. Esto es un juego sobre la soledad de muchos europeos y la necesidades económicas de Camboya, en donde la poca alegría que veo no está en el señor sino en la ilusión de las chicas por el dinero que tras el trago se llevan. Me decía una monja colombiana en Angola, 'El Tercer Mundo está lleno de oprimidos, y el Primero, de deprimidos'. Creo que tenía su razón, a diferencia del Tercer Mundo, muchos problemas del nuestro no se pueden solucionar con dinero. Camboya y Tailandia nunca han sido buenos vecinos, pero desde un año atrás la cosa se ha encendido y ahora acaban de retirar sus embajadas respectivamente. Estas cosas pasan, y a veces los conflictos internacionales cambian planes. Mi idea de cruzar Tailandia hasta su norte se viene abajo, pues no puedo pedir un visado de dos meses en la embajada y me he de limitar a los quince días que dan en las fronteras terrestres. Visto que no necesito ir a la capital camboyana, regreso a la vida rural, aunque esta vez las carreteras del interior me vuelven loco. No hay señal alguna, la gente entiende donde quiero ir pero no siempre saben el camino. Finalmente llego al lago Tonle, pero algo desesperado de dar rodeos y vueltas innecesarias. Disfruto, eso si, de la calma y el ritmo de vida

ajeno al reloj; la Camboya rural me recuerda mucho a la vida en África. Cientos de niños en bicicletas por pistas rojizas donde apenas pasan coches. La imagen de esas interminables hileras de blancas blusas en bicis sobre la roja carretera y el verde de los árboles es mi recuerdo favorito de Camboya. En el lago Tonle, que ocupa mucho del centro del país, hay grupos de población vietnamita que llegaron ahí huyendo de las persecuciones y guerras camboyanas. Me acerco a uno de sus pueblos flotantes, y me quedo sin palabras: literalmente, todo flota. Desde las casas a la gasolinera, pasando por comercios y por supuesto los vendedores, que llevan en la canoa lo mismo un restaurante que unas cajas con pan. Único. La ducha es fantástica: un tipo sale de su casa y se da un chapuzón en el lago, se aúpa de nuevo al porche y se enjabona, tras lo cual vuelve a tirarse al lago y regresa a la casa para ponerse una camisa. Genial. Algunas calles son muy anchas y están surcadas de motoras, pero en las calles pequeñas sólo pasan canoas a remo, y la sensación es de una paz absoluta. Un pueblo realmente singular, aunque me voy de allí preguntándome dónde jugarán los niños a la rayuela… Como único es Ankor Wat, de donde me llevo un recuerdo muy especial. Aquí cambio de año, y alumbrado por la luna llena, a las doce del treinta y uno, pido por otro año más de libertad y salud. Durante tres días veo amanecer en Bayon, el templo de las mil caras. Los rostros de sonrisa búdica se revelan cada día tras el alba, lentamente, orientados hacia los puntos cardinales. Muy hermoso. Después, la mañana se convierte en toda una estrategia para esquivar los grupos organizados y disfrutar los templos con cierta tranquilidad, pero pese a que hay mucho turismo, sobre todo coreanos y japoneses, es posible. Es un complejo religioso gigantesco. Tras saciarme de merodear por piedras viejas, sigo hacia el norte para entrar nuevamente en Tailandia.

Cruzando la selva del Cardamomo.

Play Pause

TAILANDIA 2. - '¿Pai nai?' El ciclista asiente, esboza una sonrisa que el cansancio torna mueca, no responde y se sienta en el puesto de comida. Miles de veces ha escuchado la cansina pregunta. '¿Darimana?' '¿At kuda?' '¿You…going?', el insoportable dónde vas o de dónde vienes en decenas de lenguas. Cuando en cada parada, las primeras palabras que escucha son ésas; en cada cruce, en cada tienda, en cada pozo de agua, ni el mejor de los ánimos evita el malhumor de quien llega agotado y por toda bienvenida recibe la dichosa preguntita. Ya quisiera el acogedor 'Sein banoon' de las estepas mongolas, o el 'Salaam aleikum' árabe, incluso un estándar 'How are you?' sería suficiente. Aunque de todos, su favorito es el sencillo swahili 'Karibu', bienvenido, sin más. La diferencia entre la curiosidad inoportuna o generar cierta acogida es abrumadora, porque el ciclista no está bajándose de

un mini-bus climatizado sino que tal vez lleva dos horas a cuarenta y ocho grados, o se siente débil, o tiene frío, o ese día está bien, solamente cansado. Un cansancio que necesita unos minutos para ofrecer una buena cara y al que no ayuda la pregunta impertinente. A veces ellos se dan cuenta y rectifican, suele haber un viejo o alguien más educado que cuestiona si no es mejor preguntarle cómo está, o si necesita algo. Otras veces no, y se erigen en maestros de la paciencia y la comprensión. En un mundo lleno de millones de analfabetos es necesario aceptar la bofetada y la idiotez, pues son el contrapeso de la amabilidad y el buen corazón. E indudablemente porque el viajero es un reflejo del mundo y unas veces es amable, otras un idiota, y otras suelta una bofetada. 'Junto a la queja y todo lo que la rodea habita una realidad que la irritación quiere ocultarme - piensa -, no me estoy bajando de un mini bus frente a un hotel, lo que recibo es el precio de ser un viajero, no un turista.' Alguien que se detiene en un restaurante de caña y adobe en medio del Sáhara, se quita un turbante sucio, el polvo de la ropa, y va directo a beber de la tinaja fresca agua turbia con un asqueroso vaso de plástico, es alguien que viene de algún lugar y se dirige a otro. La pregunta es inevitable y a veces tan irresistible que se antepone a la educación recibida. Con el paso del tiempo, la paciencia se ha hecho más fuerte que la irritación, aunque en ciertas ocasiones una fugaz rabia gana la batalla, que el ciclista justifica diciendo, 'sangre española'. Cuando llega a los alrededores de un lugar turístico y recibe de los niños dedos señalándole, 'tourist-tourist', sabe que desde ese momento, los días que esté ahí deja de ser quien va de un lugar a otro y se convierte en un turista más. Y aunque la bici provoque curiosidad, hasta el hotel más barato incluirá en el precio la privacidad y la ausencia de preguntas cansinas. Ser turista puede ser un descanso. - Del planeta amo las montañas - solía decir Augusto, - pero como viajero mis lugares favoritos son los desiertos y las estepas. Da igual el país, son pueblos cuya sangre es la misma.

Vivían en interminables tierras que atravesar para llegar a un lugar de comercio. Tenían sólo tres cosas con ellos: agua, comida y refugio. Hoy afortunadamente tienen algo cierto confort y pertenencias, pero lo esencial de ese triángulo se apoya firmemente en sus rituales y su modo de relacionarse. También en el modo en que reciben al viajero. Si en la ciudad se creó la tecnología, del desierto brotó la hospitalidad. Quien atraviesa el Gobi no es un turista y ellos saben lo que anhela el que llega de paso: agua, comida y refugio. Y le dejan en paz para que se recupere. Después, viene la conversación, el intercambio de datos que en las circunstancias de un lugar remoto convierte a huésped y anfitriones en hermanos por una noche. Hacen la vida simple y su generosidad es pura, limpia, no esperan nada de quien se irá al día siguiente. Le dan lo que tienen y no piden nada. Saben que todo lo que lleva es necesario, pues un viajero no carga con cosas prescindibles. No es un mercader, ni un turista. Vive como ellos, en los términos esenciales de la vida. Y cuando agotado, acaba el desierto y aparece el confort de una ciudad donde habita la abundancia, alguien tras la comida le pregunta que móvil tiene, o si tiene un GPS. Y no entienden y se avergüenzan un poco, cuando el viajero responde que no tiene nada de eso, ni lo necesita, lo que necesita es un lugar para lavarse y para dormir. Contento de regresar a Tailandia. Pese a que Camboya tenga pan, gracias a la influencia francesa, el té sea gratis y el segundo plato de arroz también, la comida tai es mucho más sabrosa. Y duermo mejor también, pues en Camboya en vez de agua casi siempre me daban té, y con ese calor, no bebía menos de 4 o 5 litros al día... Cruzo Isaan, la panza oriental tai, un inmenso arrozal lleno de pájaros. Cientos de caballeros blancos pintando el cielo de las nubes que le faltan, como el dibujo de un niño. Grullas, garzas y garcillas se levantan a mi paso con elegancia, yendo de un arrozal a una arboleda, con su calmado vuelo que tanto se parece a un pedaleo. Rumbo al río Mekong subo alguna montaña, y eso, junto al tirón hacia el norte, alivia el clima. El

sol empieza a ser más suave y el aire más fresco. Llevo un par de meses sintiéndome no débil, pero tampoco fuerte, creo que por el exceso de sol y calor de este último año tropical, y me alegra subir grados en el paralelo. Lo que me da temor es que en este rumbo al norte me coma el último mango y lo haga sin saber que es el último. Que a veces uno pasa por la vida sin enterarse... Junto al Mekong doy con uno de esos lugares que, de tanto en tanto, aparecen en el camino y me detienen: Chiang Khan, un pueblo colgado al majestuoso y sereno río. Al otro lado, tras un kilómetro de agua, está Laos. Es un lugar de turismo local, reducto de cultura tai al que llego por puro azar; casas de madera muy singulares y vida a otro ritmo. No hay hoteles con internet, ni panqueques de banana, ni bares con música occidental, ni chatis, así que tampoco hay turismo foráneo. Todo es al puro y muy singular estilo tai, delicioso, como su comida. Y a precios tai. Si tuviera más tiempo de visado, me quedaba unas semanas. Una ruta de bonitos días pedaleando junto al Mekong, y sin darme cuenta, mis quince días en Tailandia se han pasado volando. He de dejar el país y cruzar a Vientiane, la capital de Laos. Adiós, bella Tailandia.

Hospitalidad budista. Ciclo-tai-rista. Río Mekong. Play Pause

LAOS. 'Esta noche voy a matar a un hombre admirable,' escribe Hernando d´Ors, 'y no sólo eso, sino que voy a traicionar su

confianza; después, inevitablemente, me mataré yo también. En estos breves días el tiempo ha transcurrido veloz, diabólico. Mi misión se desarrolla de la manera prevista, aunque esta tarde, charlando en uno de los aposentos reales he notado un repentino asombro en sus ojos. Un brillo. Como si tras el humo de las pipas de agua se hubiese dado cuenta de mi verdadera intención. Un instante que nadie más ha notado, pero en sus ojos contemplé fugazmente mi trama desvelada. O tal vez es solo la culpa que me tortura y me trae imaginaciones. González de Clavijo es un hombre para la gloria, no alguien que merezca morir vilmente asesinado en la previa noche de sus bodas. En el tiempo que lleva aquí, en Isfahán, se ha ganado el respeto de todos y en especial del sultán, quien le trata como a un hermano y le ha entregado una de sus hijas para esposa. Habla farsi, es capaz de prever eclipses, y sin dejar de ser cristiano su pensamiento está poblado de filosofías sufíes y orientales que al oírle hablar no parecen presentar herejía alguna, sino dijérase que amplían lo conocido en el imperio y tenido por verdadero. No entiendo los motivos por los que Clavijo se ha convertido en un peligro para el señor de Barcelona y en enemigo del Emperador. Ahora que le conozco, lamento profundamente haber aceptado el encargo de su muerte. La fama de su viaje a Samarkanda, de buen negociador con los sultanatos, se ha extendido por todo el imperio. Así como una aureola de iniciado en los secretos de la masonería, conocedor de los templos clandestinos de Venecia, Constantinopla, Aleppo, Bagdag, ciertamente su forma de hablar es a veces encubierta, enigmática…' El viejo sefardita detiene la lectura cansado y coloca el diario de Hernando d’Ors junto a otros manuscritos. Sus movimientos son tan lentos como su discurso. Kapuscinski aprovecha la pausa para ordenar pensamientos. Le asaltan cientos de preguntas, pero aguarda en silencio. Un mes antes, en Luanda, el polaco descansaba por unos días de viajes en el mato angoleño, entrevistando a los protagonistas -los causantes, piensa él- de una terrible guerra que impacta en Europa, que incluso ha provocado la

intervención sudafricana, temerosa de una victoria comunista en el país vecino. Cierta noche, dos elegantes hombres nilóticos piden permiso para hablar con él. - Monsieur Kapuscinski, hay un hombre muy viejo en Tombuctú que está pronto a morir, se llama Hamid Mercés. Desciende de una importante familia sefardita que huyó de España cuatro siglos atrás. Se asentaron primero en el norte bereber, después definitivamente en los bancos del Níger de la entonces próspera Tombuctú. Su familia trajo consigo riquezas, libros y textos de la época. Fundaron una pequeña biblioteca que han mantenido generación tras generación. La mayoría de ellos están escritos en sefardí y castellano antiguo, algunos en latín, y tratan de asuntos de poca importancia. 'Una curiosa excentricidad de la historia española en el Sahel africano', ha calificado un famoso hispanista. Monsieur Hamid es el último descendiente que lee la lengua sefardita. No ha querido enseñarla a sus hijos para librarles del peso de un peligroso secreto, la oculta historia de la Orden de Keops. Kapuscinski dio un respingo. Desde el comienzo de la conversación intuyó que éste no era un asunto trivial. - ¿Qué sabe usted de la Orden de Keops? - le pregunta serenamente el nilótico. El polaco lo piensa dos veces y algo le dice que no es momento de ocultar nada. - Tengo cierta amistad con el emperador Haile Selassie, de Etiopía. Una noche me comentó veladamente algo acerca de esa orden misteriosa, pretendiendo que era una poderosa organización que controla el mundo. Honestamente, no le di mucha credibilidad, el emperador también pretende ser el protector del Arca de la Alianza, escondida en algún lugar de las montañas etíopes – dijo levantando sus manos en gesto de complicidad. Pero los dos nilóticos no compartieron la ironía. - Monsieur, tiene que venir a Tombuctú, por favor. Hamid Mercés va a morir y necesita transmitir su información. Le ha elegido a usted. Sabe que es usted un periodista fiel a sus ideales.

Diez días después, tras un penoso viaje en barco por el Níger desde Bamako, Kapuscinski llamaba a la puerta abierta de una modesta casa en el desierto de Mali, preguntándose si sería recibido con un 'shalom' o un 'salaam aleikum.' - 'Bonjour', monsieur Kapuscinski – dice una voz gastada desde una sombra del patio, – bienvenido a Tombuctú. Viendo al viejo sefardita dispuesto para hablar otra vez, Kapuscinski le inquiere. - Monsieur Hamid, si esa era la última página del diario de Hernando d’Ors, he de suponer que asesinó a Clavijo y después se suicidó. ¿Ocurrió así? El viejo mira al periodista polaco durante unos instantes y con su esforzada habla contesta. - Antes de darle más información acerca de la Orden de Keops necesito su palabra, monsieur Kapuscinski, necesito su compromiso. Debe usted asistir a la última reunión de este milenio. Yo le explicaré cómo, si usted acepta. Vientiane, más que una capital, es un pueblo colgado al Mekong. Tan pequeña que a los dos días ya reconozco las caras de los ex-patriados franceses que viven aquí y los turistas. Aburrida. Un extraño mejunje de colonialismo y comunismo asiático. Y caro. Es un país que casi todo lo importa desde Tailandia o Europa, y tiene dos vidas paralelas: la sopa de saltamontes para los locales y la 'baguette' de quesitos 'La vache qui rit' para los extranjeros. Ningún lugar excitante para quedarse unos días, pero gracias a que los lao no necesitan visado para entrar en China, y los únicos ingresos de la embajada china aquí son a través de visados para extranjeros, tienen la manga más ancha que en otros países. Pese a eso, desde los Juegos Olímpicos de Pekín, visitar China sin hacerlo en grupo organizado es cada vez más difícil. Preparo mis papeles falsos y voy a la embajada china caminando, pues si averiguan que viajo en bicicleta, la solicitud es automáticamente denegada. Otras formas de obtener un buen portazo en las narices es declararse periodista o querer visitar el Tíbet.

- 'Ni hao'. Soy pintor, quiero hacer un par de cursos de caligrafía china, algo de turismo, ésta es mi millonaria cuenta corriente, éste es mi itinerario por la grandiosa China Han, y mi billete 'low cost' para salir y entrar del país. Quiero pedir un visado de dos entradas de noventa días cada una. El funcionario coge mis papeles, los lee, me mira y me los devuelve. - 'Ya, bastaldo capitalista; ésto es mentila, tú quieles il al Tíbet en bicicleta.' Pues nada de eso, sonríe, o algo así, y me da un recibo de cuarenta y ocho dólares. - Puedes recoger tu pasaporte dentro de cinco días. Salgo de la embajada dando saltos de alegría, pues la noche anterior tuve un email de un contacto en Hanoi advirtiéndome ‘Coge lo que te den en Laos, que aquí acaban de negarle un mes siquiera a un ciclista inglés’. Tras la provechosa y aburrida espera en Vientiane, emprendo camino norte por el Laos rural, mísero, con una ausencia de iniciativa comercial propia de países ex- soviéticos. Regreso a estampas de una pobreza que sobrepasa el límite de la dignidad humana, y tal vez porque me he deshabituado a ellas, encuentro que me afecta más que antes. Casas con gente durmiendo en el suelo, fuego y humo para cocinar, insectos y ranas como fuentes de proteínas… me afecta tanto verla como compartirla, pues a fin de cuentas los ciclistas no llevamos detrás una 'roulotte' donde refugiarnos y hay que adaptarse a saborear una sopa asquerosa en un tugurio sucio, oscuro, lleno de moscas y de mosquitos dengue. Relajarse y disfrutarla incluso. Por lo demás, el norte lao es bonito. Montañoso, y hace algo de fresco acampando. Recupero vitalidad. La gente es distante, pero simpática, especialmente los niños. Cruzar una aldea es un bombardeo de sonrisas y pequeñas manitas agitándose

gritando ‘Sabaidiiiiiii’, el habitual saludo lao. Laos es un país que se ha puesto de moda en los últimos años y hay más turismo que infraestructura preparada, pero lo que llama la atención es un lugar muy especial, Vangvieng. Vangvieng es una burbuja en medio del Sureste Asiático donde se reúnen cientos y cientos de veinteañeros de países ricos para estar bebiendo veinticuatro horas al día y hacer lo que no se puede hacer en sus países, llenos de normas y reglas sociales. Una suerte de Ibiza llevada al desmadre en un país subdesarrollado. Los lao, que son budistas, tolerantes, no ven nada malo en que chicas borrachas se paseen en bikini por la ciudad, aunque ellos sean muy tradicionales; las mujeres usan falda larga, algo raro en estos países del sur. - Si tu quieres diversión, yo te vendo la cerveza. Enriquecerse es honorable. Pero con este escándalo y esta imagen de Occidente que se les exporta, la opinión que deben tener de nosotros…. no es de extrañar que ¡esté prohibido casarse con extranjeros! Turismo en el Sureste Asiático: un interminable filón de material para delicia de psicoanalistas y trabajadores sociales. Al pasar por Vangvieng doy con Aitor e Íñigo, unos vascos que han cogido un año sabático, y hacemos buenas migas enseguida. Días de lujo compartiendo la hermandad de los nómadas y el castellano. Juntos llegamos a Luang Prabang, una bonita ciudad con casas coloniales de la Indochina francesa que es, cómo no, Patrimonio de la Humanidad. La UNESCO, con su encomiable labor y generosidad en las etiquetas, mete en el mismo saco al Coliseo romano y a…. Luang Prabang. Lo más señalado de esta ciudad es el paseo matutino de los monjes para pedir comida. La larga fila de túnicas anaranjadas contra el fondo de una calle colonial se ha convertido en una popular imagen asiática que todo turista quiere tener, a cualquier precio; y al amanecer, decenas de europeos con una cámara se plantan a dos centímetros de monjes y fieles para sacar la instantánea más hermosa. Definitivamente, no creo que tengan una buena opinión de nosotros.

Con Aitor e Íñigo llego hasta Muang Xai, casi la frontera con China. Ellos siguen para Tailandia, yo para Vietnam. Unos chicos de principios sólidos a los que me cuesta decir 'adiós', por mucho que eso sea abrir el camino al reencuentro. El camino de los nómadas no está exento de peajes. Y es bonito, el norte de Laos. Ver pasar un coche es un acontecimiento, tranquilas carreteras por valles con grandes ríos donde acampar, de aguas claras. Paso los últimos días de mi visado en una aldea idílica, Muang Khoan, que me deja un dulce sabor de boca de este país. Situada a caballo entre dos ríos con una naturaleza generosa, muchas casas cuelgan a las orillas, y un puente de hierro de casi doscientos metros, también colgando, conecta ambos barrios. No deja de impresionar la vista desde el puente. Un lugar remoto, con cuatro horas de electricidad al día, y de mercado poco abastecido, pero que dada la velocidad a la que Laos desarrolla su potencial turístico, no quisiera visitar dentro de cinco años. Rumbo a Vietnam, la carretera atraviesa una zona de minorías étnicas, bonitas montañas, pero en un estado deplorable; falta un año para que la terminen de construir. Mi mapa marca cien kilómetros e imagino que serán tal vez ciento veinte o algo más; en la realidad son setenta, por lo que salgo de Laos y me encuentro en tierra de nadie antes de lo previsto, 17 de febrero. Mi visado para Vietnam comienza el 18, pero decido probar. En pleno puerto de montaña, ese día ya empieza hacer un frío considerable al caer la tarde, y el viento es fuerte.

Parque de Budas, Vientiane. ¡Sabaidiiiiiiii! Play Pause

VIETNAM. Una vez en la vida de cada hombre se cruza la mujer que es un país. Ella iza las velas en una cáscara de nuez , y le invita a una travesía por un mar sin puertos ni arrecifes de coral, donde el horizonte no es futuro mientras ella lleva el timón. No hay modo de equivocarse. Sin un milímetro de hormigón, ni la asepsia de un salón de té, su piel está hecha de desiertos, arcilla, y noches lluviosas. Y por todo perfume la humedad de su pelo huele a selva. En sus ojos habita la soledad y el bullicio de un burdel. A veces miran al otoño, a veces al verano. Es la sombra de un cocotero en la arena, a veces, el surco de un arado en el arrozal. Cuando pregunta qué tienes para ofrecerme, sólo el hombre que renuncia al mundo puede construir una casa para ella. El hombre preso de vértigo en la esquina de un mapa, el que baja de un tren sonriendo con sus últimos cien dólares en el bolsillo. Una sola vez en el camino de cada hombre, como una trama de seda sobre el vacío, ella espera para librarle del peso de sus sueños. Si acepta detenerse en una duna del Namib, en un valle escondido del Hindu Kush. Si afronta caminar donde no hay caminos, en el país que es una mujer. Entro en Inmigración, y aquello es un caserón estilo soviético más propio de una película de Einsenstein que del relajado

Sureste Asiático. Nadie. Silencio. Carteles de propaganda vietcomunista, retratos de Ho Chi Minh emulando el perfil de Lenin, dibujos soviéticos de soldados combatiendo el mal... igual podría estar en Bulgaria o en la misma madre Rusia. Un portazo llena de ecos el edificio y un sonido de tacones duros se acerca a mí. Aparece un horroroso uniforme soviético con un viet dentro sin sonrisa asiática. - ¡Passport! -… Bienvenido a la herencia del Viet Cong, Garbancito. El oficial no parece reparar en que mi visado comienza mañana y me da una ficha de entrada. Llega André, un francés de sesenta y seis años que lleva una mochila en la bici y cuando le apetece pedalea, cuando no, la monta en un bus. Un tipo singular a quien su mujer le da tres meses de vacaciones cada año. Yo no doy crédito pero el oficial me sella entrada con fecha 172, justo al lado de 'Entry date: 18-2'. André y yo hacemos planes para compartir habitación en Diem Biem Phu, a unos treinta kilómetros, cuando el oficial vuelve a pedirme el pasaporte como quien recuerda algo raro. ¡Mierda! Estoy vivo y le doy el pasaporte del francés, que está rellenando su cartulina de entrada. - Mon ami, nos vemos en el primer restaurante viet del camino. - ¡Pies para qué os quiero! En la barrera de esta desangelada y remota frontera, un militar muerto de frío apenas mira mi pasaporte y me deja salir. Tengo veinte kilómetros de descenso, así que no creo que el oficial vaya a salir a buscarme. Un par de horas más tarde, André y yo cenamos riéndonos a costa del pobre oficial viet. Al día siguiente comienza el invierno. André coge un bus a Hanoi y yo agarro seis días de frío, lluvia, niebla y montañas, con los primeros puertos que afronto desde Sumatra. El primero lo paso bien, pero el segundo puerto me rompe el cuerpo y el ánimo: dos horas a cuatro grados con viento y

lluvia es un cambio demasiado brusco para quien lleva más de un año en el trópico y dos días antes estaba aún a treinta grados. Tengo varios momentos malos estos días: descensos tiritando empapado, un rato de gloria bajo la lluvia cambiando los frenos comidos por el barro, radios rotos, mi tienda que comienza a envejecer y el suelo cala, y -¡maldición!-, el saco de invierno se ha malogrado tras tanto tiempo guardado, haciéndome pasar frío un par de noches. Las simpáticas gentes tribales de estas montañas me sacan con frecuencia una sonrisa. Están de fiesta, es el Año Nuevo chino, y en cada parada me invitan a beber, a bailar, a comer, pero parece que yo me fijo sólo en mis problemas. Siquiera me animan los bellos campos de arroz, los arrozales más hermosos de Asia, un verde intenso gritando entre verticales rocas kársticas. A veces van las cosas de esa manera: cuatro tonterías que en otro momento me hacen sonreír, pero que tras la comodidad de los últimos meses me pillan desentrenado en avatares y me hunden. Me siento cansado de solventar problemas con la incertidumbre de 'hastadondeaguantará', de vivir expuesto, de buscarme la vida solito, de sufrir sol, viento, frío, lluvia... en fin, en estos casos, uno se sienta y espera a que pase el chaparrón. Todo es pasajero. Y lo que gano a cambio de estos escasos momentos malos es demasiado para queja alguna. Así es. Obviamente, arreglo los radios rotos, la tienda se seca, el saco de dormir parece que sólo tiene las plumas apelmazadas y revive lentamente, llego a Hanoi y sale el sol. Todo es pasajero y Hanoi es un vaso de agua fresca. Me gusta esta ciudad. Me gusta que los viet sean difíciles y diferentes; hoscos, a veces. Que viajar vuelva a tener picante tras tanto confort, y que a este país no haya Dios que lo entienda. Estimulante. Hanoi es bulliciosa como una medina árabe, pero en la lejana Asia. Muy exótica, llena de clichés, como los sombreros cónicos, las mujeres llevando en una balanza al hombro dos canastos de lo que sea; llena de bicis, motos, ruido, velocidad, agresividad. Mercados repletos de frutas exóticas, cosas secas

raras y cosas que no doy a imaginar qué son; comportamientos impredecibles de los viet que a veces me hacen reír, otras me irritan. ¡Vida! La gente vive y comercia en la calle. Y estafan. Hay que estar vivo con los vietnamitas. Uno de los timos más comunes -y algo infantil- es ofrecer una habitación en el Hilton o Holiday Inn a treinta dólares; el turista que pica da con su maleta en un hotelucho llamado 'Hilton', cuyas habitaciones no cuestan más de diez dólares. En Hanoi hay varios hoteles que se llaman de la misma manera, al igual que agencias de viajes. Enseguida que un negocio tiene cierto éxito, los demás cambian su nombre y copian el suyo para robarle los turistas. Es divertido encontrar carteles que dicen 'Agencia de viajes Lucky Star, ¡Somos los originales! ¡No caigas en una imitación!'. Es una forma de pensar y vivir nada familiar para el occidental. Se acabaron el confort y la paz budista. Con la luna llena, el invierno hace una pausa y me voy a ver la bahía de Ha Long, el laberinto de islotes kársticos en el mar. Un paisaje casi irreal al que quería venir desde que vi la película 'Indochina'. Feliz, regreso a Hanoi y saboreo las últimas cervezas en la calle, que me hacen sentirme como en casa, por muy mala que sea la cerveza viet. Y los últimos cafés, inolvidables… el café en Vietnam se hace usando un filtro metálico que gotea con una lentitud exasperante. Es delicioso, pero cuando vas a beberlo, ya está frío. Salgo de Hanoi con un interesante viaje por delante subiendo el río Rojo, otro gran río que recorrer. Pero el tramo viet resulta ser un arrozal de trescientos cincuenta kilómetros hasta la frontera china en Lao Cai. Aburridillo, aunque la gente sea maja. Antes de cruzar a China me voy a Sa Pa. Una ciudad en las montañas envuelta en perenne niebla, donde las coloridas y pintorescas gentes tribales van a negociar, comprar y darse un paseo. El mercado es grande, un sitio agradable para ver a mujeres con media cabeza rapada y un pañuelo rojo en la otra mitad, de orejones y pesados pendientes. Especialmente, a las chicas jóvenes les encanta salir de sus aldeas, ir a Sa Pa y ver extranjeros, hablar un poco -no aprenden vietnamita, pero chapurrean inglés- y ver cómo es la vida fuera de su sistema

tribal. Son listas, resueltas y carecen del instinto mercantil de los vietnamitas. - ¡Hola! ¿De dónde vienes? ¿Buscas hotel? -me interpelan tres chicas Hmong, nada más llegar al mercado. - Hola, gracias. Puedo encontrarlo solito, gracias. - ¡No queremos dinero! Queremos ayudarte, los ciclistas siempre buscáis el hotel más barato, ¿cuánto quieres gastar? - Cuatro dólares. - Síguenos. Tras unos pintorescos días, en los que mis mejores ratos son con mis divertidas amigas Hmong, regreso a la frontera y entro en China.

Arrozales. André, un francés en plena forma y con una sonrisa envidiable. Sabe vivir. Niñas Hmong. Play Pause

CHINA.

Diez años atrás, en la frontera china de la Karakoram Kighway, me registraron hasta la bolsa con ropa sucia. Esta vez, sonrisas, un sello rápido, y 'porfavorpasaporaquitubici', sin problemas, ni abrir una sola alforja. No es la única sorpresa que me espera. China es tal vez el país que más velozmente ha cambiado en los últimos años. Mis recuerdos del desprecio han, son ahora continuas sonrisas, amabilidad y cierta intención por comunicarse con el extranjero. Compro un mapa chino de Yunnan que me sirve para preguntar, comprobar mi dirección con el garabato de la carretera, y para poco más, pues no tiene kilómetros ni indicaciones de altura. El que tengo en cristiano para esta zona tampoco es muy detallado, así que calculo seis o siete días de viaje hasta Dali con una absurda bisectriz entre ambos. Serán diez. Tras unos días más por el río Rojo, subo a Gejiu junto a unas montañas enteramente talladas para hacer terrazas de arroz. La tradición de este cultivo crea un paisaje insólito, muy estético cuando brilla el sol en los charcos verdes, y algunas de ellas tienen cientos de años. Después, las montañas se hacen más escarpadas y los puertos, vertiginosos. Son interminables carreteras de curvas que no puedo prever en mis mapas, pero voy contento, comienzo a ganar altura, con una constante neblina en el horizonte. - Es la polución de India, que la trae el viento -me dicen. Meses más tarde me pregunto si la polución de Pekín la trae el viento de Mongolia. En China, uno de los pilares psicológicos se basa en evitar 'quedar en evidencia'. Aunque se haya cometido un error, no se reconoce, lo cual crea muchos conflictos y, por supuesto, lleva a rechazar cualquier defecto o culpa propia: la contaminación viene siempre de otro país. Al bajar de nuevo al río Rojo, gracias a la bisectriz entre mis mapas, entro en un profundo cañón que lleva a su nacimiento. Acampo aquí, donde el río no está limpio, pero tampoco da asco. Los ríos chinos son el lugar donde se ubican las industrias, pues es fácil y barato desprenderse de los residuos tóxicos, y se crean lugares que parecen sacados de 'Mad Max',

con cientos de camiones, polvo y vertidos contaminantes. Una imprevista subida de treinta kilómetros me hace regresar a las montañas y llego a Dali, a dos mil metros de altitud, en un bonito escenario junto a un lago. Un lugar muy turístico para chinos, agradable, lleno de fuentes, antiguas casas restauradas, pagodas, y tiendas para experimentar esa nueva moda de 'sel tulista'. Definitivamente, se acabó el aburrimiento. Tengo que prestar atención a todo para no meter la pata, y hasta pedir agua puede llevar un rato. Pero los chinos son amables y me dedican tiempo tratando de entender lo que quiero. En Asia, en general, hay más tolerancia hacia el error y hacia quien se equivoca que en Europa. Por supuesto, algunos tratan de evitarme por no verse enfrentados a una situación de incomunicación y evidenciar que no saben inglés; la policía mira a otro lado cuando me ve pasar. Otras veces se escudan en un rudo 'mei yo' (no/no hay) ante cualquier pregunta, pero si me acerco con algo sencillo que ellos puedan leer, con el mapa chino o un diccionario de caracteres, cogen confianza y finalmente nos entendemos. Bueno, no siempre, pero es muy divertido. Sobre todo cuando se animan más de la cuenta y empiezan a escribirme en chino, asumiendo que 'vale que no sepa hablar, pero leer, sabrá'. Pese a la diversión, los malentendidos y el tiempo que llevan, la vida en bici es sencilla en China. La comida es sabrosa, muy variada y repetir arroz es gratis. Los mercados están saturados, desde deliciosas piñas a manzanas, tomates 'sherry', guisantes, leche de soja…, quiero probarlo todo y me basta señalar con el dedo lo que quiero. La cerveza no sirve ni para regar ortigas, pero los pacharanes... hum, deliciosos. ¡Me llenan el termo por medio euro! China es muy barata y la gente bastante honesta; no tratan de engañarme. Al viajar con Li Wee compruebo que a él le dicen los mismos precios que a mí. Li Wee es un ciclista chino con el que viajo tres días. Un clásico del entusiasmo asiático que estalla de alegría porque le propones ir a cenar. Y nos lo hemos pasado bien, aunque su

inglés generaba a veces más desentendidos que aclaraciones... Ser ciclista es algo que traspasa fronteras. Da igual que seas polaco, inglés, chino, que español. Todos nos volvemos locos mirando un mapa, preguntando por rutas, compartiendo información, soñando con lugares remotos. Todos con un ojo puesto en esas nubes, en el viento, en esa rodilla que duele, buscando el hotel más barato, dónde comer más por menos. Todos soñando con un lugar nuevo, otro país, otro viaje, y con la mujer que nos libere de soñar tanto. En fin, ciclistas… en algún momento nos salimos de la rosca y después no entramos en ningún tornillo. El precio de palpar la libertad. 'He comido muchos animales en mi vida. Cuando muera quiero tener un funeral tibetano, que mi cuerpo sea devorado por los buitres. Me parece algo simplemente justo.' Cerrar el círculo. Conocí a Hutch en Lijiang, amigo de un amigo, y me invitó a pasar unos días en su casa. Un estadounidense que dice empezó a vivir a los cincuenta y ocho años, asumiendo valiente el más vale tarde que nunca, y que ahora, a sus setenta estaba preparando un viaje en bici al monte Kailash. Hombre de costumbres particulares; cada mañana se conecta al mundo con su ordenador, pero a la tarde su teléfono suena y suena sin que haga el más mínimo gesto de detener un paseo por el Lijiang antiguo para responder. Habla con temor del vuelo de dos horas a Hong Kong para renovar su visa, cuando dentro de un mes va a emprender un viaje por el altiplano más duro del planeta. Al principio de todo camino, el caminante percibe que se aleja. Vacaciones y viajes cortos sólo generan ida y vuelta. Te alejas y regresas. Refuerzan el pensamiento lineal de Occidente y crean la apariencia de extremos opuestos. Empero, el caminante que llega lejos se da cuenta que comienza a acercarse. Un viaje largo es la asombrosa iniciación a un mundo redondo, alejarse de un lugar conlleva acercarse también. Cada vez más lejos y cada vez más cerca. Pero Occidente prefirió a Platón, y a Heráclito le llamó 'el oscuro'. 'Tengo baja tolerancia al aburrimiento. Nunca pude estar en el

mismo lugar, ni con la misma mujer mas de tres años.' Hutch hizo dinero en los Estados Unidos escribiendo guiones de cine. Enriquecerse no le ha llevado al extremo opuesto de la pobreza, sino a acercarse a ella. 'No quiero tener un centavo cuando muera. Todo ha de ser devuelto' me dice tajante, tras pagar un delicioso almuerzo en un restaurante italiano. A veces, una fuerte sonrisa alegra su rostro envejecido, pero es una luz que ha de cruzar cincuenta y ocho años de insatisfacción y cuesta un esfuerzo que revela cansancio. Sus largas décadas de vida independiente, estancado en viajes de ida y vuelta, en mujeres de ida y vuelta, se quebraron a los cincuenta y ocho. 'Vivir ha de ser algo más, no podía ser que casi a los sesenta tuviera la sensación de estar perdiéndome algo grande'. Hutch dejó su país y expuso su corazón para cumplir sus sueños, para quedar en paz con quien le gritaba desde dentro, y emprendió un largo viaje hacia la esencia de la vida. Rápidamente descubrió que para llegar a recibir, el camino comienza dando. Cuanto más te alejas, más cerca estás. Para él, sin embargo, puede que sea tarde, pues el camino del egoísmo es extraordinariamente largo antes de acercarse a la entrega. 'He aprendido a ser generoso, pero compartir mi vida... para eso creo que ya es tarde, y además, puede que no sea mi naturaleza.' A veces, el caminante se duele por la soledad, la falta de amor, pues la iniciación ha de ser un proceso en plena libertad, un término que no admite compañía. Pero tras los años comienza a preguntarse hasta qué lugar debe llegar su camino. Tal vez comienza a acercarse... ha de esperar. Un problema no puede ser resuelto desde el mismo nivel en que se formula, decía Einstein. El planeta es redondo, la vida también. El camino de la independencia conduce al compromiso, la soledad al amor, el egoísmo a la entrega. Es sólo una cuestión de cuán larga traza

cada hombre la circunferencia, hasta dónde quiere probarse a si mismo. Alejarse para llegar al punto de partida. Hutch me acompañó unos kilómetros para despedirnos pedaleando. Sonreía al verme partir. Aunque es difícil que volvamos a encontrarnos, él sabe que despedirse es algo más que decir adiós. Es también el primer paso del camino hacia el reencuentro. En Lijiang paro de nuevo unos días. Es otra turística ciudad 'antigua'. La revolución de Mao Zedong acabó con tradiciones milenarias y el estilo de vida antiguo, pero en la última década el gobierno chino ha descubierto el filón que genera el turismo y ha revitalizado las ciudades que mejores posibilidades ofrecían. Ahora, en China, hay decenas de 'ciudades antiguas' que visitar, recientemente construidas… Desde Lijiang comienzan las montañas serias. Tomo una ruta alternativa a la carretera principal, que me lleva entre montañas de picos nevados y valles profundos a dar un rodeo largo, pero que cruza el Yang Tsé, y tengo una enfermiza obsesión por dormir en los ríos más importantes del mundo. Bajar a éste tiene un rato entretenido. Un camino de caballos baja hasta el remolcador que cruza a la otra orilla, y por un par de veces veo mi bici en el río, y otro par, nos veo a los dos. Agotador, pero esa noche duermo con mi tienda en una maravilla de la naturaleza, a escasos metros del estruendo que genera el poderoso Yang Tsé. Al día siguiente, un puerto sube a tres mil metros, altura de la que no bajaré en casi dos meses, y paso cerca de las primeras nieves eternas, el nevado del Dragón de Jade, de 5500 metros. Todo empieza a ser de dimensiones gigantescas, y la carretera serpentea con incontables curvas para salvar valles y puertos. Voy pasando por tierras de diferentes minorías étnicas, que siguen viviendo y vistiendo tradicionalmente, muy coloridas, como los naxi, o los bai, cuyas mujeres llevan un espectacular sombrero negro, casi un paraguas. Antes de llegar a Zhongdian me detengo en Bai Shui Tai, donde hay unas piscinas de travertino, el mismo material que las de Pamukale, en Turquía.

Son igual de blancas y puras, mucho más pequeñas, pero en vez de un horizonte lleno de hoteles turcos, lo que hay enfrente es un paisaje que quita el hipo. Y de los bai doy con los tibetanos. A 3200 metros de altura, Zhongdian es el límite sur de las tierras tibetanas, el comienzo de la antigua provincia Khando. Ahora, como todo el Tíbet, está invadido y controlado por el gobierno chino, que le ha puesto de nombre Shangrilá, para reclamar la veracidad de la novela de James Hilton, y… ¡fomentar el turismo! La entrada a Zhongdian es desmoralizante, contra viento y frío, comienzo de un temporal y de dos duros meses por tierras tibetanas y mal tiempo. Durante cuatro días se alternan leves nevadas matutinas con lluvia y algún rato de sol, pero el horizonte al norte donde quiero ir está siempre cubierto por las nubes. La carretera a Litang, de unos cuatrocientos kilómetros, tiene fama de ser dura y espectacular, y no quiero hacerla encerrado en una nube. Aunque no todo es asunto climático en las regiones tibetanas… La información que consigo es que Litang está abierto a 'aliens' -nombre oficial para designar a los extranjeros- desde el primero de abril, la fecha en que llego a Zhongdian; no obstante, la PSB -la policía que controla a los 'aliens'- tiene cerrado todo acceso norte a las zonas tibetanas. Un mochilero francés intenta comprar un billete de autobús a Litang sin éxito, y después convence a un chino para que lo compre en su nombre. Al salir de la estación, la PSB le descubre dentro del bus y lo envían amablemente de regreso a la pensión. Yo confío en que la bicicleta sea más discreta, y un estadounidense que lleva una empresa de escalada me explica entre cervezas cómo rodear la estación de buses par salir de Zhongdian y lo que me espera en el camino. - El primer control difícil lo tienes a veinte kilómetros. No digas que vas a Litang sino a las aguas termales de Daochengxian, están cerca de un Parque Nacional y te dejarán pasar, son turísticas. En medio de la ruta está Xiangcheng, la única ciudad con PSB; tendrás que entrar a comprar comida, claro, pero no

te entretengas y ni se te ocurra dormir allí. Si llegas hasta el cruce de Daochengxian, no creo que allí te pare nadie, pero en ese caso, di que vienes de Litang, pues su orden es enviar a la gente de regreso. Doy las gracias a Kevin, y como parece que el tiempo no va a mejorar, decido salir hacia el altiplano con un bastante incertidumbre. Resulta ser un inolvidable mes de abril, donde tengo tres días de sol contados, y las ventiscas caen una tras otra. Las carreteras están en mal estado, hace mucho frío y enfermo dos veces. Nada de ésto es una queja; la dureza de estas semanas alimenta al animal que llevo dentro, convierte las prioridades de mi vida en tener un refugio seco a la noche, comida, agua y avanzar. Avanzar puerto a puerto, valle a valle, sentir frío, cansancio, incertidumbre, rabia contra el viento, y maravillarme con el paisaje. Pese a tener la cara congelada contra el viento, llevo una sonrisa contemplando enormes nevados y las panorámicas inabarcables del Tíbet. Pedalear sobreviviendo no deja rincón alguno para la condición urbana, todo es esencia animal, y el corazón no se alimenta de capuccinos, sino de emociones fuertes; las que le recuerdan cuando era peludo, vivía en una cueva y tenía que luchar para sobrevivir. Río Rojo. Dali, 'antigua ciudad' Play Pause

TIERRAS DEL TIBET. Rumbo a Litang, paso el primer control a la hora del almuerzo y está desatendido, como la carretera, en la que apenas veo un camión cada hora. Tras todo el día nevando cuatro copos, subo el primer puerto a 4000 metros, que tiene poca nieve en la carretera. Bajo de nuevo a los tres mil metros y cuando me recupero del frío me siento bien, pienso que todo va a ser fácil… Al día siguiente trato de alcanzar el Daxueshan, uno de los famosos puertos de Khamdo. Un barrizal horrible me hace subir a 5 km/hora, cuando no tengo que empujar la bici. En la tarde ya tengo claro que no me da tiempo a cruzar el puerto y busco un lugar para instalar mi tienda. Los últimos kilómetros están muy nevados y patino con frecuencia, hasta que por fin, a 4000 metros doy con un refugio de peones camineros y me instalo contento. Ha salido el sol, veo unos nevados espectaculares y mañana el convoy de camiones me derretirá la nieve. Pues no. Paso dos días encerrado allí, con unos nevazos de espanto. Estar atrapado, mirando caer la nieve o el barómetro con la esperanza de que suba unos milibares puede parecer aventurero, pero llega a ser aburrido. El segundo día empiezo a perder la paciencia y me digo: 'Mañana paro al convoy y paso este infierno de una vez, tampoco tengo comida para mucho'. Pero 'mañana' amanece con dos milibares más y aunque no hay sol, me digo, ‘hoy es el Daxueshan, Garbancito, pero un buen día tendrás que luchar por algo realmente serio; no aprendas a rendirte’, y me lanzo a pedalear sobre la dura nieve. No aprendo.

Los últimos cuatro kilómetros los hago caminando, pues la bicicleta patina sobre una masa blanca helada. No es que caminar sea fácil, y con frecuencia me caigo dándome un duro golpe contra la nieve, algo nada divertido. Y sentado en el suelo, con mi bici tirada por quinta vez, me pregunto hasta cuándo va a durar esto. Nada es eterno, ni la mañana es implacable; la ventisca se alterna con leves nevadas hasta que aparece por sorpresa el collado. Literalmente aparece, pues mi visión no alcanza más allá de veinte metros de distancia. Vaya ratito. Ahora toca patinar cuesta abajo. Tres kilómetros y puedo volver a montar en la bici; me parece mentira que tras tanto barro y nieve todavía queden frenos. Durante veinte kilómetros rodeo vaguadas por un infierno entre las dos cotas del Daxueshan, ambas sobre los 4200 metros, se me hace eterno. El viento es tan fuerte que la nieve no puede asentarse en lugar alguno, incluso yo tengo problemas con el control, pues voy muy despacio y en ocasiones, luchando por mantener el equilibrio me veo poniendo un pie al borde del precipicio. Por fin, bajo. Un pedregal me lleva a 3000 metros, a un valle fértil, salpicado de preciosos pueblos tibetanos. Me inunda una felicidad indescriptible, vaya día acabo de dejar atrás. Y un hora después, más feliz si cabe en unos baños termales contemplando las montañas nevadas. ¡Quién me lo hubiera dicho esa mañana! Entro en Xiangcheng al día siguiente, para comprar comida y los problemas con la PSB no aparecen, suficiente reto es subir estas montañas. Tras un largo valle, el siguiente puerto, Kulutie, tiene cuarenta y cinco kilómetros hasta alcanzar los 4700 metros. Ha salido el sol y la subida es una maravilla, es todo tan inmenso aquí, pura naturaleza sin traza humana. Casi cien kilómetros por una desolada plateau a 4500 metros me lleva a pensar que la ciudades no existen, pero afortunadamente si, porque llego a Litang nevando otra vez y estoy feliz de poder pasar el temporal a resguardo. Es la primera ciudad de amplia mayoría tibetana y la calle principal está llena de tiendas y productos tibetanos, pieles de yak, mantequillas, botas de invierno, joyería… A los tibetanos les encanta adornarse, y tanto hombres como mujeres llevan

collares, pendientes, bolas de almizcle. Un lugar agradable en medio de un valle abierto, con unos filetes de yak a la plancha deliciosos. La siguiente parada es en Ganzi. El nevazo de Litang me regala unas vistas inolvidables al salir. Cuando alcanzo el puerto siguiente, una pequeña subida de 4000 a 4300, se abre la niebla matutina y contemplo un manto blanco tibetano doquiera que miro. El desvío a la carretera de Ganzi está bajando a 4000 metros, en un cruce entre dos corredores glaciares. Uno va al oeste, hacia Chengdu, y el otro al norte. El policía del control me mira curioso. - ¿A Ganzi? Tú mismo - parece decir. Rumbo otra vez por una autopista glaciar. El día es soleado y tengo un largo puerto hasta 4500 metros, con todo nevado alrededor. Aparecen algunas casas tibetanas aisladas que reflejan la dura vida de este pueblo. Me gritan desde ellas para que me acerque a comer algo con ellos. Son muy sencillos, hospitalarios. Voy contento: sol, sin viento, 'ha llegado la primavera' pienso. Nada de eso. Es el último buen día. Tras el puerto, bajo un bosque de cedros por una pista muy rocosa, y finalmente doy a la carretera de asfalto que serpentea por el cañón del río Yalong, un considerable afluente del Yang Tsé. Tengo las muñecas y los hombros doloridos del traqueteo incesante, la bajada me ha llevado a los tres mil de nuevo, hay una temperatura agradable y al ver el asfalto me relamo. Pero en el puente, una cadena corta la entrada a la carretera y un tipo no quiere dejarme entrar en el cañón. - ¡Prohibido! ¡No! ¡'Mei yo'! ¡No aliens! - son las sucesivas palabras que mitad entiendo, mitad adivino. La discusión lleva un rato, pero comprendo que la carretera está cerrada a extranjeros y si quiero ir a Ganzi he de dar un largo rodeo que comienza deshaciendo la pista rocosa que acabo de bajar, casi cien kilómetros… Trato de persuadirle para que me deje pasar, mientras pienso, 'acampo un par de

kilómetros río arriba y a mitad de la noche, cruzo', pero al decirle que voy a dormir en un hotel de Xilong, el tipo entiende las palabras 'Hotel', 'Xilong', y deviene un desenlace inesperado. Rápidamente me levanta la cadena gritando que me dé prisa, pues va a anochecer y aún tengo setenta kilómetros hasta Xilong. China… no comprendo nada. Paso dos días cruzando el enorme cañón, con preciosos valles laterales, tramos vertiginosos de carretera colgada, casas tibetanas imposibles en lo alto de una ladera, ventiscas, y muchos controles militares. La zona en cuestión es de fuerte resistencia tibetana, pero ningún control es de la PSB y todos me dejan pasar tras apuntar mis datos en su libreta. En uno de ellos decido no parar pues estaba desatendido, y diez minutos más tarde, aparece un coche detrás de mí hablando por un altavoz: - 'This is a police car, please, stop' - Y se deshacen en disculpas una y otra vez por tener que pedirme los datos del pasaporte y hacerme perder el tiempo. Muy amables. No me puedo imaginar semejante cortesía policial en los Estados Unidos, por ejemplo. No nieva a esta altura, sino que graniza. Todos los días tengo varias tormentas, de las que no siempre puedo protegerme; las distancias entre aldeas son amplias y alguna de ellas la paso apretando los dientes y tiritando. Otra de ellas, casi acaba en boda. Encuentro en la orilla del río unas tibetanas acarreando arena en un remolque, y acepto su invitación a comer. De repente, llega una tormenta y preparo un refugio de emergencia con el protector del suelo para mi tienda, ayudado por una de las chicas; obviamente, ambos pasamos la tormenta bajo el protector y al concluir el granizo, todo son risas y bromas preguntándonos qué ha pasado ahí debajo. 'No tienes más remedio que casarte con ella', me insisten. Casi mejor pasar las tormentas en la bici… Ganzi es una ciudad tibetana con vistas cordillera que corona el cercano seis flanquea con picos nevados las vistas al días, pues mi cuerpo pide un descanso

de abrir la boca. La mil, monte Chola, sur. Paro un par de y tengo un poco de

fiebre, pero debería ser más tiempo. De Ganzi a Manigango subo otra vez a los 4000 metros, de los que no bajaré en varias semanas, y en una bonita acampada mi cuerpo estalla de nuevo: una fuerte gastroenteritis, por ponerle un nombre, me deja hecho una piltrafa. Muy débil, consigo llegar al día siguiente a Manigango, un culo del mundo, y me instalo en la pensión de una simpática familia. Enfermo, débil, con mal tiempo, descansar en un lugar sucio y oscuro no genera ningún ánimo positivo para salir de ésta. Son cuatro días que me doy lástima: no tengo fuerzas, y el Tíbet demanda muchas. Ya que no puedo moverme mucho, decido acampar en el cercano lago Yihun Lhatso, uno de los más bonitos en este altiplano, aguas turquesas encerradas por las nieves del Chola. Y al menos el ánimo va a mejor, un lugar espectacular que me devuelve la sonrisa. Mejoro un poco y el siguiente pueblo en la ruta es Serxu. Tres días de mucho frío y ventiscas continuas, con amaneceres blancos. Mis dedos están congelados de la mañana hasta la noche, cuando descanso dentro del saco de dormir, y mi entusiasmo empieza a venirse abajo, desesperado de ver que valle tras valle, puerto tras puerto, no llega la primavera. Todavía me duele el abdomen, y el reducto de mi tienda a la tarde es todo el confort al que puedo aspirar. El Muri-la, a 4633 metros, se me hace interminable gracias a las malditas molestias intestinales; entre estos amplios valles tibetanos y la falta de salud, me siento muy poca cosa… En Serxu puedo por fin, lavarme con agua caliente, lavar la ropa, comer algunas verduras. Siento que mi estómago va a más, aunque aún sigue sin aceptar mucha comida, y estoy siempre justo de calorías. En la ducha descubro que he perdido peso. Eso no ayuda a sentirme fuerte contra los puertos, el viento y el frío... Serxu es una ciudad chino-tibetana más de esta aislada región. Desde Zhongdian, los pueblos que he atravesado son tibetanos, con un reducto chino en una esquina donde está la policía, el centro de salud y la escuela. Mientras que en las ciudades hay más presencia china y comercio, dividiéndose en dos partes: el barrio de tradicionales casas tibetanas, y el

barrio chino de modernas construcciones. Pero en la mayoría de estas ciudades, incluso en el barrio chino, no hay ni agua caliente, ni sanitarios. En Tíbet, el aseo es un agujero excavado que puede ser más, o menos nauseabundo. Los tibetanos son agradables casi siempre, de fácil risa, y se toman muy en serio la comida. Es un pueblo de gente recia, nada que ver con los pequeños chinos, y cuando me invitan a comer, me hartan. También son rudos, con una curiosidad que torna en impertinencia a menudo. Es una cultura que impresiona, tal vez de las más interesantes de este planeta. Vidas muy duras en este altiplano y ellos están 'a la altura'. Pese al entorno hostil han generado una cultura de sofisticadas ceremonias, casas elegantes, música dulce, y rebosan alegría infantil. Es normal que caigan simpáticos en Occidente. Llevan sesenta años saliendo, quieran o no, de la Edad Media, lo que China llama 'la liberación del Tíbet'. Un pueblo invadido que ha pasado de una teocracia medieval a una opresión militar a cambio de puentes, carreteras, hospitales, escuelas, desarrollo, comida, torturas y asesinatos. Un estadío más en los siglos que llevan los tibetanos luchando contra uigures, mongoles y chinos. La historia de un Tíbet idílico, pacífico, que se vende a Occidente, a mí se me cayó al suelo hace diez años cuando estuve en Tíbet Occidental. El tibetano tradicional va armado siempre, e históricamente han sido unos de los asaltantes más temidos en la Ruta de la Seda. El Dalai lama actual es un hombre de un peso espiritual enorme, de gran sabiduría, pero antes de la invasión china vivía en su palacio Potala, con el único aseo que existía en su país, gracias al trabajo de los campesinos en una sociedad donde existía la esclavitud. Y no se le caían ningún anillo si había que ordenar quemar algún monasterio lejano que no pagaba los impuestos a Lhasa. Al exiliarse en Dharamsala, la CIA le protegió unos años, a la vez que surtía de armas a la resistencia tibetana, entre otros detalles que se ignoran cuando estás encandilado por el budismo a los veinte años. Hoy en día, la sociedad clerical está muy presente en Tíbet. Hay monasterios y monjes por doquier. Gordos, bien vestidos, en todo-terreno, manos cuidadas de contar rosarios en vez de trabajar con los yaks; ser monje en

Tíbet es una aspiración comprensible. El pueblo los adora, el tibetano es profundamente religioso y analfabeto, dos términos que no deberían vivir juntos. O tal vez si, la gente aquí tiene un grado alto de compasión, mucho mayor que el mío, que fui a la universidad y desdeño las religiones. Me detengo en una casa para pedir agua caliente y cocinar unos fideos instantáneos, algo que hago habitualmente, aquí es costumbre guardar agua hirviendo en termos. Al salir la chica de la casa, me trae media hogaza de pan y mantequilla, pues no les quedaba agua en los termos y, por supuesto, cómo iba a dejarme sin comer algo. Situaciones de esta índole me ocurren con frecuencia en este país y en otros, igualmente subdesarrollados en aspectos materiales. Me hacen pensar… Cuando planeaba meses atrás esta ruta por Tíbet, mi plan tras Serxu era ir a Jushu, y desde ahí entrar ilegalmente en la restringida provincia Tíbet Lhasa, por pistas de nómadas. Sin embargo, unos días antes de alcanzar Serxu, un tremendo terremoto destruye Jushu causando casi dos mil muertes y un daño incalculable. Las autoridades chinas y el apoyo popular crean de inmediato un contingente de ayuda y, por supuesto, se cierra el acceso a Jushu a cal y canto. Si algo aprendieron los dirigentes chinos tras la matanza de Tiannamen, es a no permitir presencia extranjera en sus asuntos internos. De no ser por mis problemas con la salud, yo hubiera estado en Jushu en esos fatídicos día… Ya sin prisas, ni destino claro, me quedo unos días en Serxu para que mejore mi salud y trato de recuperar peso. Está nublado constantemente, y de tanto en tanto, cae un poco de nieve, lo justo para cubrirlo todo con unos centímetros y convertir la carretera en una pista de patinaje. Al abrirse el cielo, salgo una mañana a cinco bajo cero, confiando en el fuerte sol tibetano. Subiendo voy bien, pero al bajar... en la primera casa que veo, pido entrar y una tibetana encantadora me sienta a la estufa y no deja de traerme té durante casi una hora, que me lleva dejar de tiritar. La casa tibetana y la estufa... palacios para mí. Han sido los refugios donde descansar y tomar fuerzas para salir otra vez fuera, a la

batalla. Las tibetanas amables, siempre dándome té, tsampa, pan frito, preguntándose qué diablos hace ese loco viajando en una bici con los guantes llenos de mocos congelados. Son un par de días muy fríos donde a pleno sol de mediodía aún estoy a tres grados bajo cero, pero el problema no es ese, sino mi salud, el viento.... Bajar el Namba-la, a 4700 metros, me lleva al cruce de Jushu, pero no tengo más opción que girar al norte, entrando en la parte más elevada del viaje. Paso bastantes días entre 4300 y 4800 metros de altitud, en una tierra donde apenas hay montañas, es el famoso 'Techo del mundo'. Valles planos con panorámicas de 360 grados, vistas infinitas al hermoso y escaso azul que las nubes dejan entrever. Los ríos y lagos están blancos, congelados. Es una tierra donde vive muy poca gente, una casa aquí y otra allá. Apenas veo alguna tienda de nómadas; el gobierno chino está acabando con el nomadismo, a base de fomentar y forzar asentamientos en las esporádicas aldeas que hay cada cien kilómetros, o incluso más, lo cual es para mí una distancia enorme, pues el viento me hace ir entre 5 y 8 km/hora. No es un lugar bonito, como pueda ser Noruega. Es único, algo que para mí ha llegado a ser más importante: estar en un lugar que no tiene 'otro parecido en tal país'. ¡'Suizas' hay muchas! Es también 'Yakilandia'. La gente vive del yak y el comercio de su carne, leche, piel, pues nada se puede cultivar aquí. No hay árboles, ni arbustos. Las estufas arden con mierda seca de yak. La ropa, las mantas, vienen de su piel y su lana. La orina de yak es también un importante contribuyente de la hidrología en el altiplano, mi estómago lo sabe bien. Pero considerando la dura vida que tienen, los tibetanos no viven mal. Son fuertes, comen mucho y bien, están abrigados -se lavan poco, claro-, y son gente sencilla, niños grandes que a veces me hacen sonreír, y a veces me cansan con su curiosidad sin respeto por la privacidad ajena. Llegan a ser muy exóticos en estas aldeas remotas, donde las mujeres se colocan grandes bolas de almizcle en el pelo, largas trenzas con cadenas colgando y todos visten con ropajes tradicionales. Es un lugar realmente

difícil de acceder, un lugar que ha estado aislado del mundo siglos y siglos. El puerto Shankoua, a 4825 metros de altura, marca la frontera entre Khamdo y Amdo. No doy crédito, pero Amdo es un lugar todavía más desértico y duro. Menos gente y mucha pobreza, menos pasto para yaks y además, el viento viene con más fuerza; un vendaval que brota directamente de donde los Dioses ponen la cerveza a enfriar. Veo a tibetanos caerse de la moto con una ráfaga; como igual tira mi bicicleta por un terraplén, desastre del que salen varias cosas rotas, una alforja entre ellas; rompe las varillas de mi tienda... Cada vez que escucho venir una de las ráfagas fuertes, me echo a temblar. En estas tierras, si no hay una casa donde descansar un rato, sólo puedo abrigarme, ponerme en cuclillas de espaldas al vendaval hasta que la espalda se me enfría demasiado y entonces otra vez salto a la bici. En esas condiciones, muchos días, ya al mediodía estoy soñando en poner mi tienda y meterme en ella a salvo del viento y su frío. Cuando ésto sucede día tras día, semana tras semana, se me hace difícil sonreír y disfrutar el panorama. 'Garbancito, ésto lo has de disfrutar a toro pasado, ahora toca sufrir.' En esta desolada tierra, antes de llegar a Mado surge repentino un insólito paisaje: decenas de hermosos lagos, unos azules, otros blancos -helados- entre dunas de arena. No lo puedo creer. Y pese a la abundancia de agua no hay nadie ni nada, sólo veo un par de tiendas de nómadas al abrigo de una duna. Una maravilla. Mado es todo a lo que puede llegar un pueblo en tan remota región. Agradezco que haya un restaurante chino y tres tiendas donde avituallarme. Es también el fin del 'buen tiempo', y al incansable viento se le reúne otra vez la tormenta, alternándose un día de ventiscas y nieve, con un día de 'pax tibetana'. La carretera 214, por la que vengo, continúa hacia Xining, que se sitúa ya fuera del altiplano, fuera de este infierno, pero aún me siento con fuerzas y giro al sureste, junto a la cordillera de Anymachen. Un valle de grandes montañas y un río completamente congelado que parece una lengua glaciar. Voy por una pista que atraviesa la zona más estéril,

pobre y remota que visito en el Tíbet. Apenas hay gente, y un par de pueblos de mi mapa ya están deshabitados. Como parece que Buda aprieta bastante más que Dios, mi suerte decide ponerme a prueba. Acampo a 4600 metros, en una parte descongelada de la orilla por la que corre agua, y comienzo a instalarme; el lugar es como tantas veces, un impresionante paisaje de alta montaña donde estoy solo; siento paz, calma. Una varilla de la tienda se rompe, agotada por los meneos del viento. No es un problema grave, busco la pieza que sirve para ensamblar la rotura y descubro perplejo que viene de una medida errónea, no sirve. Genial, tengo un puerto todavía por subir y ochenta kilómetros de piedras hasta la siguiente casa; el viento arrecia, y a la noche calculo que caen unos quince bajo cero, pues estoy teniendo -7 dentro de la tienda... una tienda que no puedo montar. Maldigo a la compañía y al tipo que empaqueta los kits de emergencia, pero la rabia tiene que esperar mejor momento porque hay un problema a resolver. Y es a la africana, con una pieza de plástico flexible que aguanta por esa noche. A la mañana, descubro que el desastre ha empeorado, pero he dormido y tengo todo un día por delante. Lo que ocurre en estos lugares es que tras el marrón, al día siguiente no hay un autobús que te lleve a un hotel para darte una ducha caliente, descansar y reír a costa de la anécdota; lo que hay es un pedregal interminable y ventisca. A mediodía, llego exhausto a un pueblo de mi mapa, que en la realidad es un cruce de pistas donde hay un control policial que duerme en tres tiendas. Llegar en estas condiciones a estos lugares genera una inmediata simpatía. La policía me acoge, me da de comer, un redbull, té, cerveza, carne seca, en fin, todo lo que tienen me lo van dando poco a poco. Estoy muy cansado y me invitan a echar una siesta, que me sirve para descansar, aunque apenas puedo dormir porque el viento hace un ruido insoportable. Tras la comida y el descanso recupero fuerzas para llegar hasta una aldea al caer la tarde; respiro, estoy a salvo. Sin mucha fe en poder montar la tienda, lo intento junto al río que cruza la aldea, pero el 'apaño africano' está quebrándose y me ha roto

aún más la funda de la varilla: imposible. Unos tibetanos que asisten al panorama me invitan a su casa, tal vez la casa más pobre que he visto desde Camboya, y se arma una fiesta. Yo estoy todavía pensando que me encuentro en medio de un lugar muy remoto, y a no menos de diez días para llegar a una zona civilizada, sin poder usar mi tienda para dormir. La situación no es para fiestas. Pero estos tibetanos me cambian el humor, bromeamos acerca de un futuro matrimonio con su hija y lo pasamos bien. Total, hoy tengo un lugar donde dormir, mañana ya se verá. Trabajosamente, con tibetana, reconstruyo podré acampar tres o día, donde puede ser Ellos, sin dudarlo, me lo que necesito: calor,

hilo de yak y la ayuda de una hábil la funda rota de la varilla rota, y bien, cuatro noches más, pero a partir de ese busco siempre la hospitalidad tibetana. ofrecen lo poco que tienen, que es todo refugio y comida. Mucha tsampa.

La famosa tsampa consiste en unos puñados de harina en un cuenco, un generoso pegote de mantequilla de yak, azúcar, unos granos de un cereal duro, y té. Todo se remueve hasta formar un engrudo, y en lugar de meterlo en el horno para hacer un bizcocho, pues te lo comes tal cual. En estos días me acuerdo de África Central y los problemas mecánicos de la bici. Allí, avanzar cada día era un logro, pendiente del eje pedalier que colgaba y que a cada noche debía arreglar. Aquí, cada noche que consigo hospitalidad, o dormir sin que la tienda se derrumbe, es el logro. Diez años atrás hubiera metido mi bicicleta en un camión y ahí se hubieran quedado el Tíbet y su infierno, pero ahora soy más fuerte. Lentamente sigo. Dejo la pista por la que voy, pues se dirige hacia Chengdú, casi mil kilómetros al sureste, y tomo la carretera asfaltada 101 que me lleva a Gade, un pueblo con unos tibetanos especialmente amables. No la policía. Me detienen cortésmente y me llevan a la comisaría donde me someten a un absurdo interrogatorio a través de un programa de traducción en un ordenador.

- ¿Hablas chino? ¿Tibetano? ¿Eres periodista? -y una cansina retahíla de acusaciones que, si fueran ciertas, nadie en su sano juicio respondería afirmativamente. Finalmente, me dicen que Gade y las áreas circundantes no están abiertas a 'aliens'. - Nadie me ha parado en ningún control. Pero siguen en sus trece y tras venir un jefe tras otro, me dicen muy seriamente que confiscan mi pasaporte y mañana me ponen en un autobús hacia Xining. Ahí me planto y finjo un enfado desmesurado. - Mi pasaporte está en regla, tengo un visado legal y soy por tanto un huésped del gobierno chino -escribo en el ordenador, mientras les miro con furia. - No he cometido ninguna infracción, ni en la carretera hay control alguno. No pienso darles mi pasaporte a menos que me detengan, y me den una razón para estar detenido. Conforme leen el texto traducido los veo ponerse rojos y, para mi sorpresa, la bravata funciona. Se calman las aguas y me piden excusas repetidas veces. Al final, me acompañan a mi pensión, me piden que no salga durante la noche, y que mañana, he de irme con el autobús de las siete que va a Machen. A la mañana siguiente, un policía llama a mi puerta a las seis. - Ok, ok. - Respondo. Y sigo durmiendo. Me despierto una hora más tarde gracias al ruido del autobús que va a Machen, sin mí… Salgo a desayunar a la calle, todo tranquilo, ningún policía alrededor... Y una hora después, monto en la bicicleta y salgo de Gado sin problema alguno. Sorprendido. Sigo sin entender a los chinos. La segunda parte de esta historia acontece casi dos meses más tarde. Mis amigos Joseba y Corinne pedalean por esta misma ruta y cuando llegan a Gado -ya les había avisado de los problemas, pero van- la policía les detiene también. Joseba me cuenta en

un email que cuando descubrieron que su pasaporte era español, se enfurecieron, les gritaron algo, y les montaron en una camioneta policial para sacarlos cien kilómetros fuera de la ciudad. Cosas que pasan. Yo continúo hacia Machen y Zeku, donde en un valle cercano habita una minoría mongol que quiero visitar, pero no podrá ser. El día que salgo de Machen es duro, subo un puerto contra una ventisca incesante y a la noche tengo un fuerte nevazo que vuelve a romper el apaño de la tienda, y no la echa abajo por poco. Mi moral empieza a tocar fondo. Un día de 'pax tibetana' me anima un poco, y al siguiente, me atrapan en un interminable valle abierto una tormenta de arena por la derecha y otra de granizo por la izquierda. El rato que paso empapado, congelado, y mascando arena en los dientes es uno más, pero es la gota que colma el vaso. En Zeku, me seco, ceno y me prometo 'se acabó'. No puedo más, llevo dos meses con la esperanza que llegue la primavera y no llega. Suficiente. Decido poner rumbo al norte para salir de este infierno. A la mañana, toca 'pax tibetana', y casi cambio de opinión. 'Recuerda la promesa de anoche' me digo. Estar seco y desayunando caliente no me va a llevar a otras dos semanas de sufrimiento. Han sido dos meses viajando con esta mente de mono. Cinco minutos pensando, 'vaya infierno, ¡sal de aquí lo antes posible!', y a los cinco minutos siguientes, 'en menudo sitio estás, Garbancito, en Tíbet, ¡luchando! ¡sigue adelante!' Vida intensa. Aunque las veces que me he visto a mí mismo, chillándole a la ventisca que sople y sople hasta reventar, que yo voy a seguir adelante... eso tal vez es el comienzo de la locura. Por tanto, de Zeku giro al norte y paso el último puerto de 4000 metros, la última nieve. En lo alto del collado miro todavía con dudas, '¿vuelvo atrás?'. Prevalece el cansancio, y guardo la imagen de ese lugar en mi zurrón de recuerdos para dejarme caer al otro lado. En unos días voy bajando lentamente, y tras un par de pasos de 3000 metros llego al cañón del Huang He, el río Amarillo, que había visto nacer cerca de Mado, a 4300 metros de altitud. Sigue el mal tiempo,

todavía hace frío y viento, llueve con frecuencia, pero comparado con el altiplano me parecen brisas de verano. Me sonrío viendo que puedo ir más rápido de 12 km/h. También llego al confort del desarrollo chino. Hay de mucho y los plátanos ya no están congelados. Atravieso una curiosa zona musulmana minoritaria, los hui, con mezquitas de minaretes en tejado chino. Y dos últimos desfiladeros antes de dar con el valle de Xi'an, donde hace calor, el tráfico es intenso y es la entrada al desarrollo chino descontrolado: superpolución y superpoblación. Pero nada me importa, sólo quiero llegar a Xi'an y descansar. Cuando me instalo en un albergue de juventud, miro atrás y veo dieciocho puertos por encima de los 4000 metros y 2500 kilómetros de altiplano, eternas horas contra alfileres blancos, las 'nutritivas' cenas cocinando en la tienda fideos instantáneos, la sonrisa de las mujeres tibetanas llenando mi taza de té caliente una y otra vez, el dolor de mis dedos congelados, los ratos de hambre, el viento, el viento… Abro los ojos y miro el menú del restaurante, 'Capuccino, 25 Yuan'… siento que me inundan las lágrimas, y no sé si es por la emoción o por el cansancio. Subiendo al Daxueshan. Últimos kilómetros. Otro puerto. Play Pause

CHINA 2. Descanso una semana en Xi'an y por primera vez en el viaje, cada vez que paso cerca de mi bicicleta, la miro sin ganas. Me quiero divorciar. Prolongo el descanso y visito a mi amigo Nico en Chengdú. Otro arquitecto ciclista, argentino esta vez, que también está ahorrando para volver a la carretera. Nico me trata entre algodones, y cuando regreso a Xi'an, aunque sigo mirando mal a mi pobre navío, estoy fuerte para seguir viaje. Y no me quiero pelear por quién se queda con la cámara de fotos. He pasado tres semanas de descanso, con la renovación de mi visado chino, que he aprovechado para preparar cosas necesarias para un futuro próximo. Y los amigos están ahí, al

otro lado. No importa que llevemos más de cuatro años sin tomar juntos una cerveza. Ahí están cuando los necesito. Además, la marca que fabrica mi tienda de campaña, al conocer la historia se disculpa por el error y me envía una nueva a Xi'an. - Cari, que tenemos casa nueva. Vamos a intentarlo otra vez… El sacerdote dice que es increíble. En toda su vida jamás ha venido hasta aquí un blanco, y ahora en una semana, dos. Y los dos preguntando por las ruinas de san Giorgis. Kapuscinski asiente y piensa 'de ésto se guardó muy bien el viejo Hamid. Veremos cuántas sorpresas más quedan.' Cuando llegan a san Giorgis, tras cuatro horas de camino pedregoso, Kapuscinski busca los restos del altar, lo rodea y observa el muro. Algunas ramas están rotas, definitivamente ha llegado tarde. A la noche, mientras su guía duerme en el campamento con un fuerte narcótico, el polaco regresa al altar. Con esfuerzo consigue mover dos piedras y hacer el hueco suficiente para arrastrarse por un estrecho túnel, unos interminables diez minutos serpenteando dan por fin a una amplia estancia. El olor es nauseabundo y apenas hay aire que respirar. Por unos instantes, una fuerte opresión en el pecho le asfixia y ha de acuclillarse para coger algo de oxígeno con todas sus fuerzas. Más calmado, alumbra la estancia y descubre en el centro, como un mueble tapado en una casa abandonada, el tesoro más preciado del planeta: el Arca de la Alianza. Una semana más tarde, en Addis Abeba, Kapuscinski curiosea en un hotel donde acostumbran a alojarse los cuatro aventureros que van desde Cairo a Cape Town, y el recepcionista le señala el aparcamiento donde está el único turista del hotel: un hombre de unos cuarenta años que carga bidones de gasóleo en un Lada ruso. - Es el único blanco que hemos visto desde que comenzó la Guerra de los Seis días - le dice en voz baja el recepcionista. Una hora después, Kapuscinski le sigue hasta una cafetería y le observa un rato. El tipo escribe en un viejo diario que encaja bien con sus ropas gastadas. Lo que no encaja en su aspecto

de aventurero son sus ojos. Obviamente necesita un corte de pelo, una camisa nueva y una correa para el reloj que lleva atado a la muñeca con una cuerda. Pero sus ojos son los de quien no necesita nada de eso. 'Debe ser él' piensa, y una mezcla de frustración y rabia le acelera el pulso. - ¿El señor Sánchez? - Si - responde el tipo con una mirada cálida -, siéntese, por favor. ¿Un macchiato? - Claro, gracias. Llevo todo el día caminando. Por su apellido imagino que es usted español, o mejicano tal vez. - No, no, nada de eso; pura cuestión de azar, soy sirio. Mi familia desciende de un español que se afincó en Damasco siglos atrás. El resto es consecuencia del instinto reproductivo, señor… - Chalupski. Tomasz Chalupski, polaco. Es curioso… recuerdo una conversación en Samarkanda acerca de un ilustre viajero español de la antigüedad. Mi colega uzbeko me comentó que ese hombre hizo una fortuna inmensa en Persia y jamás regresó a España sino que se estableció en algún lugar de Oriente Medio. Tal vez podría ser su antepasado.... - ¿Tengo yo el aspecto de pertenecer a una familia rica, señor Chalupski? - Usted tiene el aspecto con el que yo imaginaría estos días a Rui González de Clavijo. El tipo, lejos de molestarse por el acoso impertinente, sonrió y bebió lentamente el final de su macchiato. - Interesante, señor Chalupski, interesante. Porque usted tiene el aspecto con el que yo imaginaria al periodista Ryzchard Kapuscinski. Ambos enfrentaron la mirada por un segundo, el polaco estaba indignado por la traición de Hamid. ¿Para qué aquella historia de Tombuctú? Se sentía utilizado. Y de súbito, los dos hombres se echaron a reír. - ¿Monsieur Hamid juega a dos bandos? - preguntó el polaco con un nuevo macchiato en su mano. - Eso depende del bando en el que esté usted ahora. Créame que lamento su indignación, pero era necesario, ¿qué va a hacer ahora que conoce el escondite? - Pretendo entrar en la Orden de Keops.

- Ryzchard, es usted un iluso -responde Clavijo casi riendo. Tal vez lo que usted quiere es un buen reportaje. Una lástima, porque nadie podrá publicarlo. - Tal vez los medios judíos estén interesados... - Lo estarían. Mucho. Pero pese a la enemistad, se mantiene un anacrónico código de honor entre caballeros y no se aceptan terceros en esta batalla. Delatar al enemigo llevaría a demasiada publicidad, todo debe seguir siendo secreto. - ¿Me asesinaría la Orden? - ¡No! ¡Qué ocurrencia! Le repito que anda usted entre caballeros. No se asesina a un huésped. A cambio de revelarles el escondite del Arca usted podría ser realmente rico, la cifra más desorbitada sería aceptada; pero si su precio es asistir a la próxima reunión de la Orden de Keops, igualmente sería aceptado como contrapartida. No obstante, tal vez al final de la reunión le entregasen una lista de cien personas que usted aprecia, cuyas vidas dependerían de que no escribiese artículo alguno sobre la Orden. O algo similar. Olvídelo, Ryzchard. Usted conseguirá nada y la Orden tendrá en sus manos el Arca y a los judíos. El polaco reflexionó un rato en silencio. - Un particular punto de vista sobre el honor... pero dígame, Clavijo, Hamid me dijo que usted abandonó la Orden. Si son tan poderosos, ¿cómo ha logrado sobrevivir? ¿qué demonios busca? - Hasid Rui González de Clavijo lleva diez años muerto oficialmente, pero esa historia a usted no le interesa en absoluto - dijo con frialdad, cortando la calidez de su rostro -. Respecto a mis intenciones, no hay nada que desee ocultarle: chantaje. - ¿Chantaje? - Si. Dentro de un mes, un grupo de arqueólogos alemanes visitará las iglesias de Lalibela, quieren comenzar un trabajo de restauración e incluirlas dentro del Patrimonio de la Humanidad. Le ofreceré al gobierno de Israel una lista de diez exigencias en relación a Egipto, Siria y Palestina. Si no aceptan en el periodo de seis horas, le revelaré a los arqueólogos el escondite del Arca de la Alianza. - Hum… Clavijo, tiene usted una causa bastante más noble que la mía. Cuente con mi silencio sobre su resurrección. Dígame,

¿por qué los judíos no han recuperado nunca el Arca? - Es sencillo. Nunca han tenido poder suficiente. La escondieron para protegerla de la Orden, y tras más de mil años en las montañas etíopes, nunca han podido rescatarla. Prefieren no acceder a ella antes que arriesgarse a perderla. A principios de los años treinta consiguieron llevar hasta las tierras nubias un contenedor 'invisible', dentro de una misión diplomática, pero fueron delatados en el último paso. La Orden advirtió que con los nuevos avances, la posibilidad de un rescate era una amenaza real, hubo cierto pánico, y emprendió un terrible castigo disuasorio. En fin, Ryzchard, usted es polaco, conoce bien la historia... - ¿Insinúa usted que las persecuciones nazis tuvieron lugar para disuadir de la recuperación del Arca? Clavijo guardó silencio. - Creo que es ir demasiado lejos. Puedo imaginar que obviamente la Orden tuviera parte en la guerra, pero ponerla del lado nazi significaría que habrían perdido todo su poder tras la derrota. - Esto requiere una explicación que no puedo confiarle, Ryzchard. Usted es inteligente, no hurgue donde huele mal Clavijo hizo una larga pausa. - El Arca es realmente importante, Kapuscinski, realmente importante. Se creó un incómodo silencio de diez minutos entre ambos hombres, y el polaco pensó que el encuentro podía terminarse. Hizo ademán de levantarse, pero Clavijo le detuvo. - Ryzchard, ese Arca no pertenece a nuestra era. El hombre de hoy está muy lejos de su origen, está racionalizado y urbanizado. Su dimensión sensitiva, la que dio inicio a la vida y que le conecta a la vida, está casi completamente dormida. Aún puede ver usted personajes curiosos en los circos que doblan cucharas con la mirada, pero ya no hay nadie con la pura energía que se necesita para hacer un milagro. El entrenamiento del cerebro a lo largo de milenios es a la vez la desalfabetización del lenguaje humano prístino, la pérdida de comunicación con el universo. El Arca pertenece a un tiempo en el que los hombres eran aún más instinto que cerebro, estaban en contacto con la Energía. Y ese Arca es el acceso al Portal que generó la vida en este planeta. O si es usted

religioso, a Dios. Como puede comprender, la Orden de Keops hizo y hará cualquier atrocidad en relación a hacerse con el Arca o, al menos, evitar que los judíos la lleven al Sinaí. - ¿No a Jerusalen? - ¡No! - y Clavijo estalló en risas. - Olvídese de la Biblia, Kapuscinski. El lugar es el Sinaí, que ahora ha invadido Israel. Interesante, ¿verdad? Kapuscinski se sentía abrumado, 'tal vez estoy delante de un loco.' - Ryzchard, no se torture. Hamid le eligió a usted consciente de su humanidad. Su papel no va a a poner en riesgo su vida. Le contaré mañana. Pero permítame una pregunta, usted ha sido, sin contarme a mí, el primer hombre que entra en la sala desde 1927, ¿no tuvo usted ninguna emoción fuera de lo normal? - En absoluto. Si he de ser honesto, quedé desilusionado por completo. Todo me pareció de una vulgaridad indignante. Recuerdo más el olor y la falta de oxígeno que el Arca en sí. De todas formas, no soy creyente. Clavijo sonrió. - No es una cuestión religiosa…, lo percibió, pero yerra en el juicio. Esa sala, Kapuscinski, está perfectamente ventilada. No falta aire. Cuando salgo de Xi'an ya es el comienzo del verano continental. Una zona muy alejada del mar, donde los cuarenta y tantos grados son tan secos que siquiera puedo empañar las gafas con el aliento antes que se evapore. Subo hacia el norte por un bonito paisaje de pequeñas montañas, valles fértiles, y chinos hospitalarios, en el estricto sentido de la palabra. En la provincia de Shanxi no hay ninguna localidad turística, ni desarrollo, no hay occidentales y los niños se acercan a mí como a los juguetes de los Reyes Magos, locos de excitación. Da igual que me aloje en una pensión barata que en un hotel decente, pues todos me dejan estar por el precio que quiera a cambio de tenerme entre ellos, hacerse una foto y pasearme por el pueblo. La mayoría de las tardes me invitan a una pantagruélica cena, y la hospitalidad china es una experiencia absolutamente asiática, tal y como la sueña un occidental. Me

tratan como a un bebé, me colman de atenciones, y si abro la boca o miro algo con deseo, inmediatamente alguien lo pone en mi cuenco, o se levanta para salir disparado a comprarlo. Tosí, y me trajeron jarabe y pastillas. Ponen un entusiasmo vital del que es imposible no contagiarse, lleno de sonrisas y felicidad. Pero después doy con mi bici en la zona china de donde se extrae el 80% del carbón del país. Miles de camiones llevando y trayendo carbón, atascos con kilómetros de camiones parados uno detrás del otro; una pesadilla tras el dulce sueño. Todo está sucio, todo está negro del polvo de carbón que hay por doquier, y la gente no es feliz, quién podría. Yo tampoco, y al final del día parezco un minero al salir del trabajo. Ahora entiendo por qué no hay turismo aquí. En cada cruce de carreteras trato de elegir la que pueda tener menos tráfico, pero todas acaban siendo la misma pesadilla. A fin de cuentas, es una experiencia interesante, nunca antes había visto algo así. Como dice Marty Feldman, en 'El jovencito Frankenstein', - … podría ser peor, podría llover. Y se pone a llover, alcanzando la suciedad en mi bici y en mí un nivel alarmante. En un pueblo, unos policías vienen hacia mí y me invitan a comer tras ver que la gente rehuye a responderme. Me dan un espejo para que me lave antes de comer y comprendo por qué nadie me quiere hablar. Mi cara está tan negra de carbón y barro que da miedo. Acercándome a Pekín, por fin encuentro una carretera de montañas que resulta ser tranquila, bonita y sin tráfico; una inesperada llegada bucólica a la capital. - Llevaba tres días en casa de la ex-mujer de mi tío, y ciertamente no quería pasar mucho más tiempo allí, pero tampoco quería irme sin conocer la historia completa, y de qué manera 'el collar de abalorios' había llegado a sus manos. Miyuki limpiaba el arroz, concentrada en lavar una y otra vez el

arroz hasta que el agua salió por fin absolutamente clara. La miré fascinado durante quince minutos. - A tu tío también le asombró la disciplina japonesa. Ten cuidado, - dijo riéndose, - a ver si acabas en un matrimonio shunto. - Quédate tranquila, - respondí riendo yo también. - Es sólo algo fascinante, como tu país. Honestamente, me conformo con mirar, no encajaría en vuestra sociedad. A veces me pregunto como alguien del carácter de Augusto pudo pasar cinco años aquí. Me imagino que tú eres la respuesta. Le vi un leve temblor en la barbilla. Leve. Dejó el arroz preparado reposando en agua fría y me señaló la mesa del té. Nos sentamos en el tatami y me sirvió una taza del delicioso té verde japonés. - Augusto trataba de hacer huella, detenerse, pero no encajó en su país tras tanto tiempo fuera. Y volvió a irse. Esta vez buscando un lugar donde echar raíces. Y así llegó hasta aquí, incapaz de darse cuenta que si tras cruzar Europa y Asia no había encontrado su lugar, era porque no había lugar para él más que en sus sueños. Estaba muy interesado en el zen, y vino varias veces al templo de mi familia. Allí nos conocimos. No pude evitar sonreír maliciosamente mientras sorbía el té. - No te equivoques. Yo no era una japonesa deseosa de un novio occidental. Me parecéis totalmente perdidos, sin control alguno sobre vuestra vida y vuestros sentimientos. Augusto me pareció otro de esos occidentales extraviados, viajando sin cesar, con muchas historias que contar. Una vida aparentemente llena y absolutamente vacía. Sin embargo, una tarde, al comienzo del 'Sakura', me dijo algo bonito: 'Sólo estamos vivos cuando alguien piensa en nosotros. Si no tenemos a nadie que nos recuerde, estamos apagados, sin luz'. Me enamoré. Y él de mí, pero como un desesperado náufrago del barco que le rescata. Me di cuenta cinco años después, a su regreso de Shikoku. Hablaba de la historia con pausas para servir una y otra vez la pequeña taza de té, como quien lee un cuento al que es ajeno. - Así pues, no hubo ardid japonés que embrujase a tu tío. Él

deseaba probar a echar raíces, sentía su vida malograda, y si había un posible lugar en el mundo era el exótico Japón. Y en cierta forma, Augusto encajó aquí, le fascinaba la ritualidad, el silencio, la delicadeza por el detalle... pero sin poder fluir, siempre contra río. Conforme la novedad fue haciéndose su día a día, lentamente creció el deseo por volver a viajar, por conocer otra cultura, por besar otros labios. - Entonces, ¿se fue a Shikoku? - Si, quería calmarse, liberarse del deseo por la novedad continua. Mi tío Hiroshi-san le tenía aprecio y le invitó a pasar unos meses con él en la isla de Shikoku. Quería iniciarle en una antigua tradición zen, 'el águila caminante'. Di un respingo. - ¿Tiene eso algo que ver con 'el collar de abalorios'? - Tal vez. No lo sé. Cuando Augusto regresó era otro. Había desparecido la inquietud en su mirada, la curiosidad, incluso desapareció la rebeldía constante hacia las reglas sociales japonesas. Hizo varias alusiones a un castillo oriental, una visión que tuvo, quería entrar dentro de ese castillo. Y además, ya no me amaba, era pura 'tateamae'. Entonces, le pedí que se fuera. La miré detenidamente. Era imposible saber si había sufrido o no. Su rostro era sereno, sin expresión alguna de sentimientos. - Triste historia…, - dije por decir algo. - Miyuki-chan, por favor, necesito saber cómo tienes tú 'el collar de abalorios.' Me sirvió otra taza de té y asintió. - Hace dos años viajé a la India. En Rishikech conocí a Josep, un pintoresco profesor de yoga repleto de tatuajes. Un tipo extraordinario. Hicimos amistad y una noche me invitó a cenar. Cuando vi en su casa el collar no pude evitar sobresaltarme. Lo reconocí de inmediato y Josep fácilmente hiló la historia. - Tú eres la mujer de Augusto, ¿verdad? Por fin has llegado, el collar lleva aquí tres años; te cuento. Dos ciclistas suizos fueron invitados a una ceremonia sufí en Mary, Turkmenistán. Al final de la danza uno de los músicos se acercó a ellos y les preguntó si iban al norte de India. Ellos asintieron. El sufí les entregó entonces una cajita con el collar y una nota escrita para dejarlo en manos de alguien que lo reconociese. Cuando

llegaron aquí estuvieron haciendo yoga conmigo y por supuesto, yo reconocí el collar. Augusto era buen amigo mío. - Pero… ¡es increíble! Mi tío me ordenó deshacerme del collar pronto. Y se lo di a una italiana al comienzo de mi viaje, hace... ¡seis años! Era un poco rara esa mujer. Me dio un masaje reiki, y cuando tocó el collar se alteró. Dijo que ese collar tenía energía propia, y que debía viajar solo. Así pues, se lo di a ella. Es increíble… - repetí ensimismado. De pronto, Miyuki se levantó. Permaneció un rato de pie y por fin dijo: - Durante veinte años Augusto me ha escrito puntualmente por 'Sakura'. Y el año pasado le contesté por vez primera, preguntándole qué debía hacer con 'el collar de abalorios'. La miré sorprendido. La calma se había roto y su rostro reflejaba una emoción, tal vez ansiedad, temor, excitación. Le hice un gesto para saber más. - No me respondió, no es su estilo. Ahora el invierno está a su fin y en pocas semanas comenzara 'Sakura' en el sur. Llegará aquí a finales de abril. Para entonces, presiento que Augusto llamará a la puerta. Pekín, o Beijing, es una ciudad agradable para ser tan grande. Fácil para orientarse y moverse, llena de espectaculares rascacielos, parques y carriles bici... Aquí el carril bici no sólo sirve para el clásico aparcamiento de coches, sino que acoge al universo chino móvil de menos de cuatro ruedas, que no es poco: 'rickshaws' de hojalata a motor, a pedales, triciclos, carromatos, carros a burro, motos ruidosas, silenciosas motos eléctricas, puestos de frutas, grupos de abuelas haciendo taichi o bailando con sombrillas, ah, y bicis, también bicicletas. Tras cuatro meses en China, no puedo decir que me entusiasme el país, pero es uno de los más divertidos del viaje. Al principio me llamaban la atención los modales groseros de los chinos, gritando, muy rudos, escupiendo constantemente con un regurgitar previo que parece salir del intestino. También que todo sea cutre, todo se rompe con mirarlo, es de plástico, una imitación barata para aparentar una calidad de vida que no

existe. Las ciudades chinas son un gigantesco decorado de cartón piedra. A nivel social, no existe la individualidad, son muy conservadores, de culto al grupo. Y sumisos, soportan salarios miserables de esclavitud que permiten a China construir como los faraones del Antiguo Egipto. Sin embargo, poco a poco he ido descubriendo cosas muy positivas: la atención por el detalle, la paciencia, la tolerancia, la humanidad en cosas delicadas, el amor por los jardines, las flores, el entusiasmo, la alegría que cualquier tontería les hace brotar, la amabilidad, es gente que se siente feliz ayudando. Me instalo en casa de un contacto que me invitó a pasar unos días, David. Llegó a Pekín en bici para ver los Juegos Olímpicos y se quedó aquí a trabajar. Cuando nos despedimos, quien era un contacto se convierte en un amigo al que volver a ver un día. Pero a quien tengo la sorpresa de ver otra vez y cumplir con lo planeado en Sulawesi, es a Adam, el arquitecto polaco, que ha regresado de Japón y justo empieza a trabajar en Pekín. Mi visado para Mongolia se retrasa, porque lo he pedido en pleno festival Nadaam, pero qué importa. Grandísimo reencuentro con mi amigo polaco y los días pasan y pasan entre cervezas, risas, berenjenas en salsa agridulce y nuevos planes para encontrarnos algún día pedaleando en América Latina. Además he de esperar a Shelly, la hermana de mi amigo Ken. Ella solía visitar a Kenny cada dos veranos, donde fuese que él estaba, y pedaleaban juntos por un mes. Me escribió preguntándome si podía viajar conmigo, toda vez que Ken debe estar pedaleando en otra dimensión, y desde el primer día que llegó a Pekín nos sentimos como hermanos. Una mujer encantadora. Tras esta inesperada parada de tres semanas, salimos rumbo al Gobi. Por supuesto, queremos ver la muralla china, pero pasamos de largo los lugares populares, pues el turismo chino es proporcional a la densidad de población del país, y quita completamente las ganas de entrar a un museo, o un templo. En Huanghang, la están empezando a reconstruir. Acampamos allí solos y pudimos bañarnos en un lago contemplando la

muralla que corona las colinas. Estupendo. El camino hacia el Gobi tiene cada vez menos edificios, menos árboles, menos chinos, y más arena, más espacio libre y más mongoles. Una gran parte de la China actual es la provincia 'Mongolia Interior', similar caso a las ocupaciones de Tíbet, Kasgharia, el norte hui, o el sur de Yunnan. De hecho, la China han es menos de la mitad del actual país. La política del gobierno es fomentar -anulando impuestos, permitiendo tener más de un hijo- la emigración han a las tierras invadidas, con el doble propósito de dejar a sus históricos habitantes en minoría y disminuir la densidad en las superpobladas provincias han. Esa misma política tiene un otro lado de la moneda, pues los que emigran en dirección contraria no tienen derecho a escuela, salud, trabajo público… ¡China! Un país muy interesante con una de las opresiones más severas de este planeta, y un adoctrinamiento que empieza en la escuela, donde se anula la posibilidad de cuestionar algo. Las ideas son colectivas y memorizadas desde la infancia. Incluso para quien ha pasado un tiempo en Occidente, como Liu, -una doctora de Chengdu-, tener una opinión que no sea la repetición de un cliché es muy difícil. Lingyiang, una espabilada chica de veintiún años que habla un perfecto inglés, ignora completamente lo que ocurrió en Tiannamen en 1989. Tal vez, como un chino educado en los Estados Unidos me comentó, es la única manera de mantener juntos a mil trescientos millones de personas. Al otro lado de la frontera, espera Mongolia, con una densidad inferior a los dos habitantes por kilómetro cuadrado... Río Amarillo. Plaza Tiannamen, Pekín. En Pekín, con David, un tipo a corazón abierto. En dos palabras, buena persona. http://carabancheltobeijing08.blogspot.com Play Pause

MONGOLIA. Detrás de la sonrisa maquillada hay un alma de niña que juega a mentir. - ... Estoy aquí de turismo.... soy china.... la semana que viene me iré a Italia…. Minutos después, sentada detrás de un minero en moto, se despide agitando la mano y lanzando un beso al aire. Fin del juego, fin del sueño, fin de la mentira. Y cuando se agarra al minero regresa al mundo del que querría huir. Hay lugares de este planeta donde para vivir hay que tener la esperanza de que un día te irás de ahí. Profesiones, que para encarar cada mañana un nuevo día necesitan la esperanza de un final. Y vidas que para sobrellevarlas precisan soñar que la vida va a cambiar. Tuul no tiene suerte y se lleva las tres en línea. En una remota mina de Mongolia se gana la vida como prostituta. Para el minero embrutecido que consigue unos gramos de oro, Tuul representa un día de gloria. Sus manos encallecidas abrazan por unas horas el cuerpo de una mujer hermosa. Un sueño fermentado en semanas bajo el sol se hace realidad, y como un arco iris se desvanece después. Los sueños, sueños son. La vida para la mayoría de este mundo es una realidad dura, oscura muchas veces, que necesita de sueños, de esperanzas, de cristales rotos, aunque duren lo que dura un arco iris. Una vida de mierda necesita esas burbujas de mentiras, jugar por unas horas a que la vida es bella, y finalmente otra vez bajo el

sol buscando oro entre la tierra mojada, soñar, soñar, soñar que un día la suerte cambiará y la vida será bella de verdad. Tuul, como tantas otras prostitutas de este mundo, tiene en su corazón una mina de oro. Oficio tan asqueroso provoca una enorme compasión. Sólo quien sufre es capaz de ver el sufrimiento ajeno. Y quien sufre, no desea sufrimiento a nadie más. Y mientras haya un príncipe con quien coquetear por unos minutos, soñará que es una princesa, que la llevarán al Castillo y la vida será bella. Mientras exista el sueño y la mentira, la vida será posible. Naima, una refugiada liberiana, me abordó en una playa de Ghana. Renuncié a su masaje con una sonrisa, 'gracias, pero no'. Naima, joven y guapísima negra de cobalto, insistió, 'no quiero tu dinero, y sé que la posibilidad de que te enamores de mí es mínima, pero déjame intentarlo'. 'Sólo quiero que me digas que mi vida va a cambiar' decía llorando y borracha la protagonista de 'Solas'. La desesperación ajena es algo difícil de contemplar y salir indemne. Te encallece el corazón. Hay miles, millones de personas, viviendo una mierda de vida fuera del Castillo. También dentro. Pero dentro, la mentira y el sueño viven codo a codo con la vida bella. A veces, un salto de coraje, un golpe de pequeña suerte, es suficiente para abrir la puerta que te saca de ese horrible lugar. Fuera, lejos del Castillo de lucecitas y juguetitos, Naima, Tuul, y todas las damas de la noche que he conocido, que se han reído de mi bici, de que no tuviese dinero para pagar más que un burdel, acceden al sueño y a la mentira tal vez dos o tres veces en su vida. Tal vez una. Tal vez, nunca. Y cuando acontece el milagro, tras el maquillaje aparece la princesa, la niña a la que llegó su príncipe azul. El sueño se hace realidad, ahí está, mira qué hermoso arco iris tras la tormenta. En un burdel de Gondar, una de las chicas cogió toda mi ropa cuando me disponía a lavarla, para hacerlo ella. Hablábamos. Me quedé allí tres o cuatro días. A la tarde me llamaba cuando

iban a tostar café, la deliciosa ceremonia etíope. Después, entrada la noche me venía a buscar a mi habitación, 'tengo un cliente, me va a pagar diez dólares por la noche, pero…' y me sonreía dulcemente esperando que yo dijese algo, algo como 'no vayas con él y quédate conmigo'. - Un día yo tendré dinero y vendré por ti - mentí. Y ella salía con la sonrisa triste a regalar su belleza por diez malditos dólares, y se llevaba mi mentira como un sueño, la promesa que un día su vida cambiará. La esperanza que permite vivir sufriendo. En Asia, la esperanza para vivir se basa en escapar de la rueda del sufrimiento, semejante a alcanzar el paraíso junto a Dios para los cristianos. Curiosamente, a la par que la historia de Jesús, existe también una personificación que encoraje la fe: la historia de Buda. En ella se cuenta como un príncipe quiso vivir en sus carnes el sufrimiento al que era ajeno en su palacio. Lo encontró, pues, y se cuenta que meditando alcanzó la iluminación y se liberó de la rueda del sufrimiento para siempre. Al menos, en esa historia hay algo cierto: quien tiene la fortuna de vivir ajeno al sufrimiento, es incapaz de entenderlo. Tras la última colina china tenemos una desmoralizante vista del Gobi: desapareciendo en el infinito, la planicie arde como una barbacoa. Y el próximo árbol debe estar en un parque de Ulan Baator. En la frontera nos unimos con Álvaro Biciclown, que viene del oeste. Es la cuarta vez que coincidimos y la segunda que pedaleamos en un desierto. Buena compañía y risas, pocas veces el Gobi habrá visto pasar tanto buen humor. Pasar a Mongolia es dejar atrás el contaminado cielo chino, pero también la deliciosa gastronomía china y la carretera asfaltada. Diversas huellas de rodadas transcurren más o menos paralelas en una franja de veinte kilómetros. Una de ellas es bastante consistente y estable; las demás, no. Hay también una línea de postes eléctricos y la vía del tren hacia

Ulan Baator. Y eso es todo lo que hay, amén de unos cielos límpidos maravillosos. Empezamos por la pista junto al tren, pero al segundo día decidimos tomar la principal, que resulta ser menos arenosa, lo que nos hace cargar con once o doce litros de agua al día, pues los pozos están muy distanciados fuera de la vía del tren. En un desierto abierto sin referencias físicas para orientarnos, la pista no es fácil de seguir, y durante dos días tomamos diversos cruces, creyendo saber dónde estamos; al llegar a unas casas preguntamos si es Ulan Uul. - 'Bakco' (no) -contestan. Y señalan al sur. Bueno, hay agua y sombra. Cocinamos, comemos, y preguntamos. Nos aseguran que siguiendo una pista cercana llegaremos a Sainshand, final del primer y más arenoso tramo del Gobi. Tal vez, al perdernos hemos dado con un atajo. - No os separéis de los postes de la luz - nos avisan. Cargamos con todo el agua que podemos llevar y nos dirigimos a Sainshand con cierto optimismo. Al atardecer, ocurre una de esas historias que revelan la fragilidad de viajar en bicicleta. Mi pedal izquierdo comienza a bailar. Paro. Le echo un ojo y algo se preocupa dentro de mi estómago, ésto no huele bien. Un kilómetro después, el pedal se cae; descubro que la rosca de la biela está pasada completamente y no agarra al pedal. Bien. Acampamos y tratamos de buscar una solución. La africana -atravesar un pedal de madera- no funciona pues el palo con que sostengo mi bici es demasiado liviano y frágil. Probamos con picas de la tienda, y tampoco. Nada. Ok. A cenar. Mañana será otro día. Al día siguiente planeamos. Álvaro me propone que cuando ellos lleguen a Sainshand buscarán un taxi y vendrán por mí. Yo decido finalmente que no, hay muchas posibilidades de que vengan por una pista distinta a la mía y no nos encontremos. - No te apures, saldré de ésta. Nos vemos en Sainshand o en

Ulan Baator. En el país Himba caminé dos días con la bici rota. No es algo nuevo. Y tengo la estúpida certeza que un camión va a pasar por esta remota pista. Empiezo a caminar. A las dos horas escucho el ángel llegar: un flamante todo-terreno coreano. El tipo para y me inquiere con un gesto, '¿qué pasa?'. Le muestro el pedal con la mano, 'ésto pasa'. En medio del Gobi esa situación no debería generar duda alguna a nadie, y menos para un mongol que sabe lo que es la arena, el sol y el agua. Sin dudarlo, pues, el tipo hace sitio para mis alforjas entre sus mercancías chinas y ata mi bici atrás, en el lugar donde suele haber una rueda de repuesto que no hay. Resulta ser el Carlos Sáinz del Gobi y volamos por la arena a 80 km/h. Pasamos a mis amigos, les doy mi agua y quedamos para encontrarnos en Sainshand. Al llegar a la ciudad, mi ángel pregunta por una biela y tras varias opiniones de lugareños me lleva a una tienda del centro. Es una mercería donde una señora tiene en una vitrina, además de ropas, dedales y manteles, varios repuestos de bicicletas chinas. Gracias a comprar siempre el material más barato, mi galeón conserva el desfasado, pero universal, eje pedalier cuadrado. Una biela de bici para niños encaja hasta dos tercios del eje, y ésto es verlo para creerlo, pero el problema de la tarde anterior ha sido solucionado en medio de un buen 'culo del mundo'. Mi ángel, feliz de haberme ayudado, se despide casi sin aceptar mis gracias y, a la noche, Álvaro me cuenta que ese fue el único coche que les pasó... No lo volveré a ver en mi vida. Otra persona más que me ha sacado de un problema a la que no podré devolver el favor. Pero así es este mundo, y ayudar a alguien no implica que esa persona te devuelva la ayuda. Las conexiones son infinitas e imprevisibles, y la oportunidad de echar una mano a alguien se presenta inesperadamente, en otro momento, a un desconocido, tal vez.

Seguimos disfrutando del desierto, del viento en contra, la arena de la pista, de los pinchazos continuos con una planta rastrera que parece tener clavos de acero, la ducha al atardecer con dos litros de agua, todo con buen humor, y tres días después, Álvaro rompe una llanta que llevaba malograda. Afortunadamente, ocurre en Choir, donde habíamos entrado a comprar comida, y sólo hay que acarrear sus alforjas y bici trescientos metros hasta la estación del tren. En ese momento, viendo que no llego para el día 9 de agosto a mi cita en la embajada rusa, decido no arriesgar la única oportunidad de conseguir visado para Siberia y propongo que acompañemos al mustio Alvarito, que lleva una mala racha de averías. De tripas, corazón, ponemos las bicis en el tren y arribamos a Ulan Baator tristones. No es forma de llegar. Un poco de confort y todos nuestros problemas solucionados, nos tiene cuatro días después brindando con cervezas Ginkis. Quién lo hubiera dicho. Conseguir un visado para Rusia es complicado. Se necesita una invitación, un seguro, y lo más importante, se necesita tramitar la solicitud en el país de residencia, una inoportuna ley que impide a los nómadas visitar Rusia; en mi caso, a efectos legales yo resido en España. Pero el mundo es capaz de confabular nexos tan aislados como una cabina telefónica en Cape Town, un hangar en Borneo y un despacho importante de Moscú, para que yo pueda ir a Siberia a morirme de frío. Tal vez, las alas de una mariposa en la Amazonia puedan ciertamente desencadenar un terremoto en Europa. El día 9 de agosto, en la embajada rusa de Ulan Baator hay una invitación a mi nombre que procede de altas instancias. - Ajá. Efectivamente, señor. Aquí está el fax. ¿Puedo tener su pasaporte? -me dice el oficial ruso. - Aquí tiene -y me froto las manos de contento. Tras examinarlo un rato y escribir varias cosas, el oficial me lo devuelve. - Me temo que no puedo expedirle el visado, señor. Usted no es residente en Mongolia.

- Perdóneme, señor, creo que la procedencia de la invitación resuelve ese inconveniente. Eso me aseguraron. - Lo lamento. La ley es clara: debe usted ser residente aquí. Trato de presionar un poco más, pero veo que esta puerta está cerrada. Pruebo otra. - ¿Puedo tener una entrevista con el señor cónsul? -pregunto. - Si. Pero le va a decir lo mismo que yo. Las reglas son las reglas. - ¿Puedo? -insisto. El funcionario asiente y me pide que le acompañe. Por un teléfono interno habla con alguien que supongo es el cónsul, y me ruega que espere. Sube unas escaleras. Al cabo de unos minutos eternos, regresa y fríamente me dice. - El señor cónsul va a hacer una excepción en su caso. Regrese mañana con la solicitud, por favor. Al día siguiente estoy puntual en la embajada y entrego mis papeles al mismo funcionario. - Ajá… perfecto. ¿Puedo ver su seguro de viajes? Me lo temía. No tengo, claro. ¿Dónde está mi paraguas por si llueve? Maldito romanticismo. En la casilla 'Datos del seguro de viajes y repatriación' de la solicitud, he puesto el nombre, dirección y teléfono de mi banco en Cazorla. Y por si me pedían algo, he imprimido las condiciones de contrato de una tarjeta de crédito. Y eso es lo que entrego. Más difícil todavía, doble mortal con tirabuzón… El funcionario lo mira desencajado. Ni de lejos eso coincide con algún seguro de viajes internacional. - Mi seguro está obviamente en español, señor -le digo con la mayor entereza posible, pero mis piernas están temblando, ¿y

ahora qué pasa, Garbancito? Afortunadamente, este oficial ya tiene el visto bueno del cónsul para hacer algo excepcional, y decide que por donde pasa un perro verde, que pasen dos. O eso imagino yo que está pensando. Me devuelve los papeles y me entrega un recibo de noventa dólares por tres meses de estancia en Rusia. El visado más difícil de mi viaje ha terminado, y con redoble de tambores. Ahora, rumbo a los lagos del oeste, a las estepas, a los 'gers', a disfrutar 'el campo de golf' más grande del mundo, y convivir con uno de los pueblos mas peculiares, los mongoles: los que no edifican, los que no dejan huellas. Augusto contemplaba la marea subir lentamente. Una frase escrita en la arena comenzaba a desdibujarse, 'quien no es capaz de quedarse, no es capaz de volver.' La brisa del mar era fresca y limpia, traía sosiego. Se sentó junto a la orilla, sentía ese silencio interior que pide un instante de atención. De vez en cuando la vida susurra una orden en donde habita el escondido instinto animal del hombre. Y escuchó: debía volver. El ave del paraíso levantaba su discreto vuelo. No esperaba una sorpresa así al abrir la puerta. Sin decir palabra nos abrazamos largamente. - Bienvenido, hermano. 'Seinbanoon' - pude por fin decir. - 'Sein, seinbanoon.' Un niño de diez años contemplaba en silencio la escena, sin decidirse a interrumpir. - Es tu tío Augusto. - Dije a mi hijo al notar su presencia, como si con esa frase revelase una adivinanza mantenida por años. Ha vuelto, - y me giré para confirmarlo, - ¿has vuelto? Augusto, por toda respuesta asintió con la cabeza. Cenamos aquella noche como si el tiempo no hubiera pasado. Augusto parecía estar más interesado en entretener a mis hijos con historietas de elefantes, serpientes y tiburones, que en dar

explicación alguna. Tampoco era necesaria, había vuelto. Iba pasando la semana. La casa era un alboroto de amigos yendo y viniendo. Cada tarde comenzaba con una peregrina anécdota que Augusto contaba de Mozambique o Bolivia, para rápidamente pasar a momentos que vivimos juntos años atrás y acabar viendo viejas diapositivas. El domingo, al amanecer, preparaba café cuando le escuché bajando las escaleras. - ¿Café? - Sí, por favor. Sigues levantándote con las gallinas, hermano. - Y puso a Rachmaninov en el tocadiscos. Concierto para piano, número dos. Al escuchar los arpegios del piano, mi mente se fue a la universidad, a aquella casa del Albaycín granaíno, bohemios tiempos de escaso dinero, libros de Hermann Hesse y muchos sueños. Me hizo recordar un tema delicado. - Sofía se ha casado. - Augusto asintió - Te esperó un tiempo, pero... - me detuvo con un gesto. - ¿Irás a verla? - Si, claro. Pero no por ahora. - Hago cábalas pensando en la razón por la que has vuelto, si la hay. Te confieso que había perdido la esperanza. - Hum… ¿cuándo diablos vas a tener una cafetera decente? - y nos echamos a reír como veinte años atrás en el Albaycín. Nunca me fui del todo, y ya nunca regresaré completamente. Pero sin tanto misterio, he vuelto por el mismo motivo que me fui: no podía dejar de hacerlo, - se detuvo, e hizo una mueca de disgusto sorbiendo el café. - ... hacer lo que uno sabe hacer o hacer lo que no se puede dejar de hacer, dos historias bien diferentes... en fin, ¿te acuerdas de aquel viaje que hicimos por Mongolia? Asentí. - Aquella gente me impactó de veras. La mayoría de las civilizaciones se asientan, edifican, acumulan y finalmente dejan ruinas cuando desaparecen. Los nómadas se mueven de un lugar a otro con lo que son capaces de llevar, sin dejar huella de su paso. Fascinante. El planeta está lleno de testimonios. Las personas queremos dejar constancia de

nuestra riqueza, arte, tecnología…, pero si tras una catástrofe, un extraterrestre examinara la Tierra, encontraría los templos nabateos de Petra y no sabría jamás que existieron los tuareg del Sáhara, los nómadas tibetanos, mongoles... ¿Sabes que hay una extraña comunidad de artistas que no publican su obra? No, claro, ¿cómo podrías saberlo? Es un arte tangente a este mundo que le ha puesto precio a todo, también a la belleza, a la privacidad. Un arte efímero, sin huellas, sin ataduras. Libre. El discreto vuelo del ave del paraíso. Sonríe levemente cuando sobrevuela los mercados. Estuvimos un rato en silencio. Por fin, le pregunté. - ¿Es humildad, egoísmo, elitismo? ¿o es el miedo opuesto a la libertad, el miedo a compartir? - Imagino que todo a la vez. Ningún aspecto de la vida se puede reducir a un calificativo. El espíritu libre es una forma de ser que no abunda, pero existe. Según como te afecte, le darás un nombre diferente. Le puedes llamar 'libre', con admiración; pero si te duele su marcha, le llamarás 'cobarde' o 'egoísta'. Si te inspira lástima, le llamarás 'vagabundo'…, los calificativos sólo rellenan un silencio insoportable, el pavor de no entender nada de lo que vemos. El Principito dio en la diana, 'lo esencial es invisible a los ojos'... por cierto, ¿qué piensas tú de mi regreso? No tuve mucho que pensar. - Estoy feliz de que estés aquí ahora. - Gracias, hermano, - dijo sonriendo. - Entonces, no has venido a echar raíces sino de visita, ¿verdad? - He vuelto... porque no podía hacer otra cosa. Me gustaría contarte que tengo un plan, pero no es así. Detenerme y hacer huella... ¡suena a dejar ruinas tras el desastre! - Tener una familia y una casa no tiene que acabar ruinosamente siempre. - Tal vez. En mi caso, no puedo engañarme. Mi naturaleza es caminante. Ligero de equipaje y sin muertes a mi espalda. Asentarme iría en contra de mi esencia y causaría sufrimientos. En fin, hermano, tu mujer necesita ayuda con los monstruitos ahí arriba. ¿Hay más de este brebaje que llamas café? - Si -respondí algo aturdido.

Augusto fue a la cocina a servirse otra taza y le espeté algo desafiante: - El Principito nunca olvidaba una pregunta una vez que la había formulado, ¿vas a responderme a qué has venido? Augusto se giró y asintió sonriendo - Quiero averiguar si es posible para mí hacer huella, detenerme. En Mongolia, a menudo atraviesas valles, inmensas estepas donde sólo hay yerba pintando la tierra. La 'carretera' es una leve marca que parece una alfombra, la bici avanza silenciosa, kilómetros y kilómetros, bajo un cielo limpio y un horizonte inalcanzable... es lo más parecido a pedalear por el mar. En otros momentos, subiendo un puerto, cruzando bosques o zonas pantanosas, pedalear se convierte en un reto por lo que llaman aquí 'carretera'. Nada que objetar, también en Indonesia llaman café a ese brebaje negro y nadie les ha echado aún de las Naciones Unidas. En Mongolia, te detienes en los ríos para acampar. Son ríos tortuosos, como serpientes, que buscan en curvas la pendiente necesaria para deslizarse por la pradera. Lentos, silenciosos, a veces tengo la sensación de ser yo quien en la mañana despierto con mi jaleo a las aguas durmientes. En la tarde, contemplando la panorámica de una naturaleza pura, llega el momento del descanso. Oro. La soledad cae con un abrazo inconfundible que revela unión con la vida. Nada más lejos de esa otra soledad, la urbana, que este reconocimiento de formar parte de un gran universo. Y es por momentos así, por los que cobra sentido dejarlo todo y salir a recorrer el mundo. Encontrar este portal abierto es tal vez el mayor tesoro de quien peregrina, porque un día cualquiera, en una posada ruidosa, el peregrino descubre atónito que el portal está dentro de él. En Mongolia, el precio de estar constantemente en naturaleza virgen es asumir lo que ocurra en ausencia de confort. No hay noches de hotel, ni agua caliente, siquiera agua saliendo de un

grifo. Las distancias entre las pequeñas ciudades donde comprar comida son grandes y has de llevar peso extra, con comida para días. Si la bici se rompe, o la arreglas en plan 'McGiver', o has de regresar a Ulan Baator, que tampoco es fácil. Si hay tormenta no hay otro refugio que un chubasquero. Si hay viento, la tienda se convierte en la falda de una bailaora y dentro de ella es donde tratas de dormir. Viajas lento, te lavas en agua helada, la dieta es básica, pero son días que transcurren lejos del hormigón y la electricidad, en la pura esencia de la vida. La falta de esa adormidera que llamamos confort impregna de libertad las estepas. Muchas de las imágenes que asociamos a la idea de libertad están aquí: las águilas sobrevolando cielos limpios, los caballos galopando por las praderas, el viento silbando entre el silencio, los hermosos paisajes con una tienda junto al río en medio de la nada, del silencio.... Silencios hay muchos. Tantos, como colores de la nieve para los esquimales. Y el de Mongolia es muy particular. Es el de una vida que contiene el aliento para calmarse y relajarse. La tierra donde no se ha edificado, que no se ha asfaltado, ensuciado. El impacto humano se detuvo aquí, apenas es, y ha generado un silencio lleno de aire contenido que calma, trae paz, y que se pinta de colores con el chisporroteo de los caballos, los ríos, el viento. Los amigos traen muchos días de risas y buenos ratos a este silencio. Shelly ha traído consigo la presencia de Kenny con una fuerza impensable y como un árbol de frutas ha sido mi hermana mayor por unas semanas. Álvaro llena de alegría y complicidad el hombro a hombro; son ya muchas las historias compartidas con este biciclown. Y Joseba + Corinne, la prueba que dos mitades pueden crear una naranja; una maravillosa pareja con un futuro lleno de sueños, más que de ceros en la cuenta bancaria. Disfruto con estas extraordinarios personas el viaje al lago Kovsgol, para continuar sólo después. En las carreteras secundarias, no hay cercas, ni postes de luz, ni hormigón, ni señales, anuncios... nada. Todo es pura naturaleza en prístino estado. Y de tanto en tanto, llego a

lugares que me golpean el pecho. Dejo de pedalear y miro boquiabierto. Me bajo de la bici y me siento a contemplar la belleza, sin poder hacer otra cosa. Lleno de felicidad, incapaz de mover un músculo, como si tras un pedazo de orgasmo... el remoto valle de Chuluut, el lago Kovsgol, la fronteriza área con Rusia del río Eg, los lagos de la meseta del Hunuy… ver para creer. Y si hay un pueblo que entienda a un ciclista nómada, es el pueblo mongol. Los que no construyen, los que no dejan ruinas tras su paso. Aceptan la amistad del momento, que puede ser un encuentro fortuito, un 'ger' para descansar de la tormenta, una mano para cruzar un río… y después decir, 'adiós, buen viaje', frase que cuando es sincera, proviene de quien acepta la libertad ajena. Una idea ausente en muchas sociedades desarrolladas, donde todo se quiere retener, como agua en las manos. Y en Mongolia, la tradición es abrir la puerta del 'ger' al caminante, ofrecer descanso, té, comida, y despedirle sin esperar volverle a ver. Sin nada a cambio. Tal vez, sólo la promesa de ser igualmente aceptados si un día ellos son los peregrinos necesitados de libertad. Tras un mes largo en las estepas, regreso a Ulan Baator, donde llego tan justo que en la puerta del mercado mi bicicleta deja de funcionar. Llevaba unas semanas con un terrible ruido que por fin identifiqué: el eje trasero estaba rompiéndose. 'Cari, aguanta y llévame a Ulan Baator' le rogué a mi maltrecha bici. A duras penas, el navío llega a puerto empujado por el viento más que por mis piernas, pues el eje apenas genera tracción durante los últimos kilómetros. Para añadir pimienta, la noche previa mi hornillo deja de cocinar. Arroz duro para cenar y cafe frío de desayuno. Fantástico. Con este menú, la tripulación se me amotina el día menos pensado. Mongolia es seguramente mi país favorito, pero casi dos mil kilómetros sin asfalto y la ausencia de confort provocan mucho desgaste en la tripulación y en el capitán. En este galeón pirata, ya todo hace aguas y grita por una renovación. No hay semana en que no se derrumbe algo de la bici, del equipaje, o de mis fuerzas. Y más que un destino, llegar a Japón se ha

convertido en un grito de guerra, 'Resistiré', aunque el bucanero ya no grita '¡Al abordaje!', sino 'Aguantad, muchachos, aguantad'. Como los milagros existen, consigo una rueda de segunda mano en el mercado de la ciudad. El hornillo es irreparable, y he de comprar uno nuevo. Pero, lo mejor de esta segunda visita a la capital mongola es conocer a Koos, de Bike-Tech Barcelona, que patrocina a Álvaro y ha venido a pedalear unos días con él. No viene con las manos vacías, y me trae de regalo unas cubiertas con clavos para que no me caiga en el hielo siberiano, lo que dice mucho de su generosidad, pues yo no tengo una página web en la que hacerles publicidad a cambio. Un tipo extraordinario, y un amigo. Y rumbo hacia el frío, salgo con frío. Nieva en Ulan Baator a finales de Septiembre y me despido en una mañana fresquita a un par de grados bajo cero. Los días empiezan a ser cortos y el frío llega lento, pero llega, sé que en breve tendré que pedalear disfrazado de Juanito Ordiazábal. Mientras tanto disfruto las últimas acampadas en Mongolia, junto a unos cuantas riberas que se mantienen verdes, ahora que con el otoño toda la yerba está amarilleando. Conforme subo a Rusia, aparecen más y más árboles. Es el segundo otoño que veo en este viaje; hojas amarillas y rojas. La taiga está ahí cerca. El primero de octubre, un tipo en bicicleta se presenta en la frontera y muestra un pasaporte con una invitación diplomática.

Play Pause

RUSIA. Nadie descubre que viaja sin rumbo hasta que pasa una noche junto a un faro, en alguna playa solitaria. El extenso océano sin caminos ni gentes, aparece entonces como una estepa deshabitada y el faro guía con la claridad de un 'ger' blanco en la infinita Mongolia. Augusto solía decir también que el deseo de emprender un largo viaje surge cuando se entra en una remota estación de tren cubierta por la nieve. Él entró en la estación de N. por casualidad. Hacía mucho frío para estar sentado en lugar alguno y el hotel era una locura donde las enormes estufas de cerámica rusas nos tenían en ropa interior y bochorno. Yakutios y rusos de abrigo largo y gorro de piel merodeaban por la estación. No había tren ese día y los raíles estaban cubiertos por la nieve, invisibles en algún

lugar del manto blanco. Augusto había nacido en una ciudad con tren, pero eso no le dotó de ansias para viajar. Había demasiada salida y entrada, demasiados andenes, y además, nunca nevaba. A la mañana siguiente desayunábamos un té que se enfriaba segundo a segundo, y escuchamos la llegada del tren proviniente de Tynda. Augusto soltó las manos de la tibia taza, me dijo algo y se levantó rápidamente con un buñuelo en la mano para el camino. Al entrar en la estación se quedó boquiabierto, inmóvil como quien arriba a Machu Pichu tras los caminos incas de selva y montaña. Columnas de vaho humano entre la marea de gente, humo de los samovares vendiendo té, de las empanadas recién fritas, humo del ferrocarril detenido junto al área techada, y dos limpias brillantes líneas negras en medio de la nieve. Dos líneas de ébano hacia algún lugar que no sea esa pequeña ciudad. Había algo invisible en la escena, algo mágico que hablaba con el lenguaje de los sueños, diciendo '¡Coje ese tren!'. No coger el tren hoy es esperar varios días a que llegue otra oportunidad, y Augusto sabía bien que en tres o cuatro días un hombre puede perder su libertad, si la fortuna le enlaza con una mujer o le sienta en una silla de ruedas. Comprendió, como de una bofetada. Ese invierno, sintió por primera vez el deseo de emprender un viaje largo, un deseo muy diferente de las ganas con que se cogen unas vacaciones. Fue años más tarde cuando emprendió viaje por fin, viaje sin genitivo estival. Y en el extremo de una tierra dura, de vida difícil, paró a dormir en una playa donde anidaban pingüinos, junto a un viejo faro de esbelta silueta. El sol, como una fiesta, se puso tras el Atlántico por vez última en varios años para él, pero fue la presencia sólida del faro dando guía lo que le impactó. Quien encuentra la mujer que es un país, descubre el sentido de sus manos, de su abrazo cóncavo. Descubre también el sentido de las muertes del camino. Augusto, frente a tanto mar, tan poca carretera y el fin del sur que le había guíado como a un ave migratoria, comprendió que estaba viajando en un océano demasiado extenso para hacerlo sin rumbo.

Empezaba a correr el riesgo de extraviarse entre tanta agua, dando vueltas y vueltas hasta el fin de sus días. Comprendió que necesitaba un faro, un destino. Entonces, cogió con fuerza aire para varios años, y puso rumbo hacia el país que es una mujer. La chica de la aduana mira mi bicicleta y me saluda. Cuando termina de leer mi visado, vuelve a mirarme bien y llama a un segundo oficial. Otra mujer se acerca tras unos momentos, y habla cierto inglés. - Por favor, rellene este formulario. ¿Hacia dónde se dirige usted? Mi invitación viene de Moscú y en la embajada dije que, por supuesto, iba a Moscú en tren. Pero voy a Vladivostok, al otro lado del país y a ocho franjas de diferencia horaria. En este tipo de situaciones, siempre me pregunto hasta dónde llega la información interna. Veo que el formulario tiene dos hojas, entrada y salida, y que la hoja de salida la he de conservar hasta dejar el país. Decido no mentir y ver qué pasa. - A Vladivostok. - ¡Oh! Jolodna…(frío), ay, ay, ay, ¡velosiped! (bicicleta) - pero sonríen y terminan el papeleo. Afortunadamente, los datos de la embajada no se mandan a la frontera. Sin embargo, Rusia no va a ser tan fácil. Todo lo contrario, doy aquí con los problemas más serios del viaje. Llevo treinta y cinco kilómetros rusos, cuando entro en una granja a pedir agua. Los perros, cinco o seis, son muy agresivos, más de lo normal. Veo al dueño salir, y espero la habitual respuesta que tranquiliza a los animales, pero no. Demasiado tarde me doy cuenta que no va a controlar los perros sino que todo lo contrario, los azuza contra mí. Por unos segundos me veo muerto entre esas fieras que en círculo me atacan con dentelladas. De alguna manera consigo

un par de metros y salir corriendo como si me fuera la vida en ello, y bien que me va. Al alcanzar mi bici compruebo que los perros ya no me siguen. Jadeo, me echo un ojo, y bueno, no parece mucho. Voy a la carretera, saco el botiquín y empiezo a limpiarme. Tengo unas seis heridas y dos de ellas con sangre muy oscura. En este tipo de situaciones se piensa poco y se actúa mecánicamente. Me limpio, me vendo, y guardo todo otra vez; el botiquín está, por supuesto, en el maldito fondo de una alforja. Me incorporo y pienso si podré pedalear hasta un hospital. Son situaciones en que se piensa poco, y lo poco que se piensa son estupideces, así que el resto de mi cuerpo se gira para detener al primer coche que pase. Resulta ser una furgoneta con un simpático ruso, Sergey, que me lleva al hospital de Osinoozersk, a unos sesenta kilómetros. En el pequeño hospital, tras la confusión por el problema del idioma, la enfermera jefe me dice enérgicamente que he de estar varios días en observación. Yo le pido que me limpien y me cosan, pero que me voy a dormir a una pensión que seguramente es más barata que el hospital. - Relax, relax. 'Problem nyet, bisplanat' (Sin problemas, es gratis). Sé buen chico y déjanos hacer nuestro trabajo. Tras mi respectiva parte de confusión, pues no es fácil hacerse entender con un pequeño diccionario en una situación de esta índole, por fin me relajo y de golpe todo empieza a doler horrores. Muy eficazmente, me limpian las heridas, me cosen en un par de mordiscos feos, me vacunan contra la rabia y me vendan con un ungüento cicatrizante que deja la piel azul por una semana larga. No puedo caminar siquiera, pero las enfermeras me traen comida y té sin cesar; finalmente me inyectan un calmante y me duermo. Cuatro días de descanso imprevisto. Todos los pacientes pasan por mi habitación para darme ánimos, mirar mis fotos. Todos son muy amables y me traen comida. Al cuarto día, las heridas dejan de supurar, y me dejan sin vendajes. Aprovecho para tratar de caminar, y consigo dar ocho vueltas al hospital, con varios pacientes animándome. ¡Es como entrenar en un

estadio! Aksuna, una encantadora abuela de pelo blanco y enormes ojos azules, me controla el tiempo de cada vuelta, y de la primera a la octava bajo un minuto. Compruebo que me hace bien moverme. Siento que mejoro y como pedalear es cosa de activar pocos músculos, decido continuar viaje. Los rusos son gente dura y pese a que me preguntan si no prefiero descansar unos días más, me dan el alta con deseos de buen viaje. - ¡Shasliva! (Felicidad) - me despiden a la puerta del hospital. Es el primer idioma en el que escucho decir 'Felicidad' como palabra de despedida. Bonito. - Os mando una foto desde Vladivostok -prometo, montándome en la bici con cuidado. Y salgo del hospital. Con unos calmantes y pedaleando despacio, hago en dos días cien kilómetros casi planos hasta Ulan Ude, lo cual, pese a ciertos problemas cuando acampo, pues muchos movimientos son dolorosos, me viene muy bien. El movimiento activa la regeneración. Ulan Ude es la ciudad con la cabeza más grande del tío Lenin, que está muy graciosa con una 'chapka' (gorro) de nieve. En Siberia, muchos aspectos de la vida se rigen aún a la soviética. Haces cola, eliges el pan, la chica te da un recibo, vas a la caja, haces cola, pagas, y al regresar a la panadería, la chica te da el pan a cambio del ticket. En el mercado, compro ropa para el invierno, termos para que no se me congele el agua, y emprendo rumbo a Chita, la siguiente ciudad, a unos setecientos kilómetros. Apenas cojeo ya y estoy bien de ánimos. Sólo he de hacer coincidir ciertas fechas en ciudades con hospital para las siguientes dosis de la vacuna contra la rabia. Y me adentro en la desolada región de Zabailkaski. Siberia es remota, hay poco tráfico, pocas aldeas, y en las que no son grandes no existe 'militsya', ni ley. Es históricamente un lugar peligroso, lleno de prisiones y expresidiarios, lleno de minas y mineros, de gente dura, hecha a la sangre. En estos tiempos, empobrecida y con mucho desempleo, especialmente en las aldeas donde no hay nada

que hacer. Zabailkaski es, junto a la región Tuva, la que tiene peor reputación, llena de malas historias, de asaltos, de asesinatos. El tramo a Chita son setecientos kilómetros de pura taiga siberiana y apenas algo más. Escasos pueblos y cafeterías donde entrar por un rato a recuperar calor y aliento. Los días son sin descanso, llenos de intensidad. Me despierto aún de noche para desayunar bajo cero, recoger con el amanecer la tienda congelada y ponerme en marcha. El frío genera una energía tremenda, y cada mañana empiezo a pedalear lleno de entusiasmo, ¡un día más! Enfrentar retos es una bomba de vitalidad. Por la solitaria taiga, paro en todo lugar donde es posible, que no quiere decir frecuente; una vez al día, o dos. Las cafeterías son para mí palacios lujosos donde descanso de la exposición al frío. Recupero calor, limpio la tienda y el saco de dormir, pido agua pues los ríos ya van bajo una gruesa capa de hielo, y como algo caliente. En lugares fríos y deshabitados, comer es un continuo 'picoteo': sirve para descansar unos minutos cada hora, pero ha de ser poco y rápido para no perder el calor del pedaleo. Trato de mantenerme en un delicado intervalo que me evite sudar y me mantenga caliente, algo que subiendo un puerto es imposible, pues la ropa de abrigo inevitablemente provoca sudor, que al bajar se convierte en un témpano pegado a la piel. Al caer la tarde busco un escondido rincón en la taiga y acampo. Cocino un abundante plato de arroz para generar calor, me meto en el saco y cierro la tienda que rápidamente se convierte en un frigorífico. Cuando la temperatura en el interior de la tienda desciende de los diez bajo cero, las paredes se adornan con un hermoso barniz de hielo, producto de mi transpiración al congelarse. Todo se congela: agua, comida, baterías, incluso en las gafas de ventisca, el leve sudor de mis ojos al subir una colina se convierte en hielo al comenzar a bajar, y no veo nada. El hielo llega a la bicicleta también, los cables se mueven con resistencia, se bloquea el desviador, la cadena torna rígida. Las bicicletas son para el verano, no están hechas para cruzar Siberia. Sin embargo, la

continua resolución de problemas durante el día, comprobar que pese a ellos avanzo y Vladivostok puede ser una realidad, me hace sentirme pletórico, lleno de entusiasmo. Pedalear a quince o dieciséis grados bajo cero no es tan terrible como pensaba, y si hace sol, menos. Cuando hace viento…, bien, entonces toca sufrir. Siberia es monótona y aburrida. Interminables kilómetros de taiga, miles de árboles uno junto al otro, y pocas veces tengo tramos de paisaje bonitos. Pero las puestas de sol y amaneceres son espectaculares; el sol está muy bajo en estas latitudes, apenas levanta una parábola sobre el sur, y provoca interminables ocasos enrojecidos. Llego a Chita en una linda mañana de sol a nueve grados bajo cero. Me detengo en un mercado, donde me invitan inmediatamente a té caliente, y Pavel se acerca a saludarme. - Privet! (Hola) ¿Puedo ayudarte en algo? Trabajo en una tienda de bicicletas. Todo es rodar. Vamos a la tienda y tengo una bienvenida entusiasta. Anastasya y su marido, Mihai, me invitan a su casa; un pequeño apartamento soviético de baño, cocina y una habitación. Su generosidad es extrema, pues no tienen una habitación de sobra para mí, y la única que tienen la comparten conmigo. Empiezo a conocer a los rusos, un pueblo de personalidad compleja, del que acabaré enamorado. Misha es un tipo extraordinario. Ha de ir tres veces por semana al hospital para recibir una hemodiálisis que no frena su vida; es un deportista extraordinario y lleno de vitalidad. Una de esas personas con un problema real que afronta con sobresaliente. Cuando mi amigo Bastien cruzó Siberia en el invierno de 2008, evitó el tramo Chita-Skovordino y puso en un tren la bicicleta hasta Blagovenchesk. Este verano pasado, entre sus consejos para el frío, me advirtió sobre el lugar. 'Ten cuidado'. Hablo con mis amigos sobre eso, pues ya he sufrido tres leves asaltos en el tramo a Chita, que si bien no llegaron a nada, me inocularon miedo. Gente que me ha bloqueado el camino con un coche, borrachos, y han jugado a asustarme. Con una bicicleta, en

medio de un lugar remoto y deshabitado, soy la víctima perfecta. El problema ruso se ve en los ojos de cierta gente; están locos, alcoholizados. No es una mirada cálida, sino que intimida, y yo estoy muy desacostumbrado a esa mirada, pues la gente de África y Asia es abrumadoramente pacífica. Nastya y Misha no quieren asustarme, pero 'has de saber dónde estás y dónde te vas a meter', y me cuentan historias de asaltos y problemas. - Zabailkaski está poblada por generaciones de prisioneros desde los tiempos del Zar y ahora los hijos son peores que los padres. Este verano, asesinaron a un motorista en una cafetería cerca de Skovordino. Y cerca de Hilok, tú pasaste por ahí hace unos días, un francés fue asaltado y golpeado por seis bandidos, con serias heridas en la columna vertebral. Salgo de Chita con más amigos en las alforjas y lleno de ilusión hacía el frío. También preocupado por la carretera a Skovordino y su mala fama. Tras unos días de sol y frío llega el segundo golpe ruso. Un tipo en moto me asalta saliendo desde su aldea y me rompe la rueda trasera chocando. En ese momento no sé que va a pasar. Pasa un ángel otra vez. Mientras forcejeo con ese canalla, un coche se detiene. Tres tipos salen, me ayudan y finalmente el asaltante huye en su moto. Los tipos llevan un coche pequeño y esperamos a ver si pasa un camión que pueda llevar mi bici, pues con la rueda rota está absolutamente bloqueada. No pasa nadie en unos eternos cuarenta minutos y hace frío, así que metemos la bici en el maletero y con la puerta abierta me llevan de regreso a Chita. En plena noche, Nastya me recibe con los brazos abiertos. Yo estoy muy nervioso, ni el viaje de regreso en coche ha conseguido calmarme. En ese momento quiero dejar mi bicicleta en cualquier calle de Chita y volver a casa. No quiero seguir. Estoy agotado completamente de problemas y de luchar. Y tengo la sensación de que mi suerte está llegando a sus últimas. En veinte días me atacan unos perros y me asaltan. Todos los problemas que he solucionado durante casi cinco años de viaje me caen encima de golpe, sin fuerzas para levantarme.

Cuando salía del hospital de Osinoozersk miraba al cielo con un guiño y cantaba esa canción de Serrat sobre los piratas, 'para ponerles de rodillas, hay que cortarles las piernas'. Pero también es cierto que en este último año, a veces sueño que estoy de vuelta en casa, releyendo 'Bomarzo', o saboreando un café decente con un amigo… Esa noche me tumbo a dormir y no canto. Me rindo. Seas quien seas, déjame en paz de una vez y llévame a una vida normal. El peregrino cansado nunca tiene futuro, sus ojos arden por el sol del desierto. La piel tirante, quemada, vendería sus sueños por la sombra de una palmera. Atrás quedan los días jóvenes, cuando se despedía en la mañana y el horizonte era una incertidumbre (pájaros libres cantaban en las ramas). Un día más es también un día menos, una ciudad menos que descubrir, un puerto menos al que arribar. Y las pesadillas sobre un mundo finito matan la luz, la alegría y traen la vejez. Atrás quedan los días jóvenes, tan atrás como las vidas que no se recuerdan. Las alforjas pesan llenas de experiencias, y los rincones del planeta que antes eran sorpresas, son ahora variantes de algo que se vivió. Camina porque ha olvidado el verbo descansar, porque detenerse significa acumular, y en la soledad no hay espacio para el amor, ni el techo, ni el colchón. Sólo para la ceniza leve que pueda levantar vuelo con un suspiro entre los dedos. De batallas contra el mundo está hecho su cansancio, batallas que nadie más que él ve,

cual Ulises clamando contra el infortunio de su navío. De batallas, traiciones y motines. De noches sin una luna que pueda tenderle una mano, de amigos a los que su voz no alcanza. En la derrota, las historias de un viaje largo reaparecen con nombres, rostros y olores. Es una carga viva contra el deseo de un mundo infinito. El peregrino cansado nunca tiene futuro, sólo un corazón desesperado por detenerse, sólo unos pies de los que quisiera brotar raíces y llenar la soledad de trinos y colores (por más que detenerse sea también, guardar bajo llave la ceniza de un viaje largo y llenar sus días con pájaros cantores enjaulados). Al día siguiente estoy mejor, trato de no pensar en el problema, en el viaje, y relajarme. Descansar unos días para poder ver la situación desde otro punto de vista. Nastya hace circular la noticia del asalto e inmediatamente me llueve el apoyo de gente que pide disculpas 'por vergüenza nacional' y me animan. Este segundo incidente me va a hacer descubrir hasta dónde llega el corazón de los rusos. Que llega muy lejos. Un club de viajeros ofrece pagarme un billete de tren a Khabarovsk, a dos mil doscientos kilómetros, donde dicen que hay seguridad y todo irá bien. La tienda de Nastya y Misha me regala una rueda trasera para sustituir la rota. Mucha gente llama a Nastya y vienen a visitarnos, a mostrar su apoyo, y un conocido fotógrafo publica varias fotos mías en su página web, relatando la historia de mi viaje. Yo estoy agotado. En estos cinco años no he descansado y veo algo claro: demasiados problemas en los últimos meses. La vida me avisa, 'estás pidiendo demasiado a tu buena suerte'. En Rusia, primero los perros, después el asalto... no quiero pensar en que me está advirtiendo de un mal tercero… y eso es lo peor: tener miedo. Es lo peor que puede ocurrir en la vida, ver el miedo dentro. Necesito un poco más de descanso.

De Khabarovsk a Vladivostok son sólo ochocientos kilómetros, y tengo claro que no quiero llegar así al final de esta etapa. Decido comprar un billete de tren a Skovordino, el límite de Siberia y Zabailkaski. Cuando voy con mis amigos a la estación de tren, el móvil de Nastya suena. Un programa de televisión ha escuchado mi historia y quieren ayudar. Nos ofrecen encontrar transporte en uno de los camiones que van a Vladivostok. 'Puedes bajarte del camión en el lugar que quieras, pero te recomendamos que lo hagas en Khabarovsk, o al menos Blagovenchesk. No queremos que te pase nada, tu viaje no merece un mal final.' Tras varios días en Chita, esa es la solución final. Acepto la ayuda, y esperamos a que llegue el camión, pues ha nevado mucho y la carretera está bloqueada. Lo siento como una derrota, pero hay que aprender a perder. Miro a Misha, que está cocinando una deliciosa sopa 'borshch', con sus riñones hechos polvo y sonriendo, y todo se pone en su sitio. A fin de cuentas, yo no tengo problema ninguno, sólo un ego jodido. Salimos a pasear por la ciudad nevada, tan blanca, refrescante. Y recupero alegría gracias al buen humor de mis amigos rusos. En pocos días hemos hecho una amistad profunda. Un simpático Alexis me monta en su camión rumbo al Lejano Este ruso. Conforme cruzamos el oriente de Zabailkaski mi cuerpo se relaja, dejo de estar preocupado y vuelvo a ver el camino como siempre: curiosidad por ver que hay tras la siguiente curva. Es una de esas cosas que no se pueden comprobar, pero siento la certeza que había algo malo esperándome en esa región. Alexis dice que me voy a congelar cuando le confirmo que quiero bajarme en el cruce de Skovordino, a unos quinientos kilómetros del lugar del asalto. Es el punto más al norte de esta carretera. Refunfuñando y sin entender por qué no voy con él, calentito en el camión hasta Vladivostok, me ayuda a bajar mi bici y me regala un par de sólidos kits de comida de emergencia. Empiezo a pedalear entusiasmado, a 16 grados bajo cero…

Todavía estoy en taiga remota, lo cual significa continuas colinas, carretera solitaria, mucha distancia entre pueblos y cafeterías, ríos congelados, y miles de silenciosos árboles por toda compañía. Tras un par de horas de pedaleo, me adelanta un todo-terreno y hace señas para que me detenga. '¿Otro asalto?' No. Vladimir y Nina regresan a Vladivostok tras un viaje de tres meses por Europa. Tomamos café caliente en su coche, con risas e historias rápidas, y aquello me parece una buena señal. 'Todo va a ir bien, Garbancito. Adelante.' Esa noche paro a dormir en un cafetería, pues caen veinticinco grados bajo cero y la nieve es muy alta para acampar. Me acogen sin problemas, pero llegan después dos idiotas borrachos que no cesan de molestarme con un absurdo discurso. Están tan borrachos que también molestan a otros rusos, y a los pobres finalmente les dan una paliza que llena de sangre el suelo de la cafetería. - ¿Puedo retirar la mesa? -me pregunta la camarera a la par que limpia la sangre, como si eso ocurra día si, día no. Impresionante. En ningún otro lugar he visto tanta violencia y agresividad contenida que cualquier tontería incendia, jamás tantos ojos inyectados en rabia, odio... Siberia. Decido que no dormiré en más cafeterías y visto que hay casi un metro de nieve en la taiga, ajusto mis kilómetros diarios a los pueblos de la carretera. Pueden ser setenta y cinco, que se ciñen cómodamente a las horas de sol, o ciento cinco, y entonces apenas tengo tiempo para darme un respiro. Pero no tengo otra opción, empujar ochenta kilos por la nieve sobre dos ruedas, para encontrar un sitio donde dormir a -25 grados es una estupidez que… ¡intento! Conseguir alejarme cien metros de la carretera, me lleva quince minutos arrastrando la bici, que colapso de nieve, y rápidamente mis piernas se congelan entre 'nieve inglesa' -nieve hasta las ingles-. Paro por un momento, reflexiono sobre la situación y meneo la cabeza. Otros quince minutos

para regresar a la carretera... En la carretera no es que sea una maravilla. Es noviembre y ya hay muchos tramos de hielo, a veces dos kilómetros seguidos de placa helada, pero con las ruedas de clavos avanzo bien. A veces me caigo cuando paro a comer unas galletas y mis botas resbalan… Muchas, muchas galletas, es la única comida que no se congela. Las excavadoras tratan de mantener lo más limpia posible la carretera, pero los accesos a los pueblos no se limpian y son pistas de nieve dura, apelmazada. Es muy bonita la estampa. Escarmentado de aldeas, sólo busco alojarme en pueblos grandes, que tengan 'militsya'. Normalmente me acerco a la escuela o al ayuntamiento y tengo un entusiástico recibimiento. Siempre -siempre sin excepción- me buscan un lugar para pasar la noche, que puede ser una escuela, un teatro, un club de ballet, un apartamento, el estadio de deportes, y a veces me llevan a una 'gostinitsa' (pensión) a cargo de las arcas municipales. - Un tipo que habla inglés en el pueblo..., es español…va en bicicleta…. ¡con este frío! La hospitalidad de la buena gente rusa es de lo mejor en este planeta. Una gente, además, muy divertida. En Samanok paro a vacunarme por última vez de la dichosa rabia, y conozco a André, que me invita a su casa. Desde ahí, paso cuatro días yendo de pueblo en pueblo, de amigo en amigo. Una experiencia maravillosa. Los buenos rusos de la taiga, 'civilizados' se llaman ellos, son una gente de enorme corazón. En cada casa que paro me dan ropa, comida, a veces dinero, lo cual resulta un problema, pues aunque les explique que su ropa es buena pero no es la adecuada para pedalear, o que esos deliciosos 'pelmeni' se convertirán en témpanos congelados tras un par de horas en la carretera…, ¡es imposible decir 'no' a un ruso! Dejando atrás Zabailkaski, entro en Dalnivostok (Lejano Este), donde hay más riqueza que en la región siberiana. Los viejos apartamentos soviéticos están reformados por dentro y

parecen pisos europeos. Tras tantas invitaciones, empiezo a conocer las diferencias entre los bloques de era Stalin, era Kruchev… todos coinciden en que los 'stalenka' son los mejores. Pese a cierto confort de vida aquí, estos rusos no olvidan que han pasado recientemente tiempos de miseria. Son muy generosos, poseen un alto sentido compasivo y el bagaje comunista ha creado un carácter poco dado al consumismo. También es una tierra donde la 'Perestroika' ha llegado lenta y escasa, no hay turismo, no hay contacto con occidentales, pero es gente inteligente, que sabe de Historia, de literatura, música, que discuten, y un extranjero es recibido con auténtica alegría. Conforme avanzo al sureste, hacia Blagovechensk, hay menos nieve y frío, y vuelvo a acampar. La proximidad del océano hace que el clima sea más suave que en Siberia: el duro invierno llega tarde aquí. A mediados de noviembre, las noches no van más allá de quince grados bajo cero, y en los días soleados vuelvo a tener máximas positivas en el clímax de la tarde, tres o cuatro grados, aunque si hay nubes nunca pasa de cinco bajo cero. Una mañana, parado al mediodía para comer unas galletas a -7 grados, me invade un estúpido ataque de risa, ¡si alguien me hubiera puesto esa imagen un año atrás en Malasia! No obstante, la exposición continuada al frío trae problemas de todo tipo. A Khabarobsk llegaré con el desviador roto por el hielo, y mis músculos comienzan a resentirse de trabajar a esas temperaturas. En Dalnivostok, gradualmente, el paisaje empieza a cambiar; la monótona taiga se salpica de grandes ríos helados, blancas lenguas, y a veces pedaleo por valles abiertos. El color del alba, con los árboles y matorrales helados, es casi una foto en blanco y negro; después, si hay sol, se torna brillante todo. Alcanzo las planicies del Amur, doscientos kilómetros antes de Khabarovsk, y se acaba el subir y bajar de la taiga que me trae agotado. Todo plano, junto a la vía del tren. Llego a una cafetería y pregunta de rigor. - ¿A cuánto está la siguiente cafetería?

- Ochenta kilómetros - Vale, gracias… -pero me quedo un rato pensativo, ochenta y dieciocho se parecen mucho y creo que ha dicho dieciocho. - Perdón, ¿ochenta o dieciocho? - Dieciocho, uno y ocho. - ¿Está usted segura? La anterior cafetería la he dejado ciento cincuenta kilómetros atrás. La señora sonríe y asiente. - '¡Suda sivilisatya! (¡Has llegado a la civilización!) Me las prometo dichosas pero Rusia no perdona en noviembre, y si se acaba la taiga, las colinas y la soledad, también se acaba el sol y comienza el viento. A veces tengo dificultades para generar el calor suficiente, y el lado izquierdo, de donde viene el viento norte, lo pierdo irremisiblemente hasta la noche, congelado. A Khabarovsk llego nevando, comienzo de un temporal. En una tienda de bicicletas me reparan gratis el desviador roto, y al mirar el correo electrónico veo la invitación de Boris a su casa; todo sucede velozmente. En veinte minutos viene a recogerme, y con su estupenda familia paso cuatro días de museos y paseos. Boris supo de mí gracias a una entrevista en Chita que obtuvo mucha popularidad en internet. Los rusos tienen un gran sentido del romanticismo y les fascina la idea de recorrer el mundo en bicicleta desprendido del confort, en contacto con la naturaleza y las gentes. Y Boris es uno de ellos, como otra gente también me ha escrito desde Vladivostok ofreciéndome su ayuda. Son días de grandes emociones. El temporal no cesa durante cuatro días; carretera y aeropuertos se bloquean. Boris insiste en que aproveche la pausa para descansar bien, disfrutar su deliciosa comida, compañía y paseos por la ciudad nevada. Khabarovsk ha resultado ser una ciudad bonita, en una curva del enorme río Amur que hace frontera con China y lleva ya más hielo que agua en la superficie. - En diciembre se congela completamente y usamos el río como carretera. - Me dice Boris, paseando por la ribera. Yo me encuentro extrañamente fuerte, como si mi cuerpo

estuviera llegando al final de una carrera. Presiento que no quedan muchas fuerzas, pero las que quedan bastan para un sprint final. Me quedan sólo setecientos kilómetros a Vladivostok, para ver el mar, para zanjar esta etapa de mi vida. Cinco años de viaje, sesenta lunas acaban en Vladivostok. Algunos rusos me preguntan qué demonios hago aquí, pues bien saben que no es el lugar más interesante del planeta. Nada realmente atractivo que visitar, salvo la vida rusa; rusos buenos y rusos malos. Pero hay una carretera... en los mapas hay una maldita carretera que cruza la fría Siberia y lleva hasta el puerto más lejano de Asia y el fin del Transiberiano: Vladivostok. Una ciudad que se queda en la memoria desde los días del colegio, cuando se sueña… 'Un día iré a Vladivostok'. Un hombre tiene la obligación de hacer realidad los sueños de su adolescencia. Es una luz irresistible para una polilla en bicicleta. Al igual que brillan Cape Town en África, o Ushuaia en América del Sur, Vladivostok es un destino con mayúsculas donde se van los ojos al abrir un mapamundi. Un lugar al que trazar una línea e ir... ir...ir. Y descubrir finalmente que las Itacas no son nada más que el impulso para lo que realmente importa: el camino. Salgo de Khabarovsk y de la abrumadora hospitalidad de Boris a pleno sol y doce grados bajo cero. La carretera está llena de nieve apisonada y placas de hielo, que con la suciedad del tráfico se oscurecen, quedando el asfalto bajo una pista de piedras heladas. Es como pedalear por un espejo, muy resbaladizo. Obviamente, hay muchos accidentes, los coches patinan aunque vayan despacio. Yo voy también muy despacio esos días, hasta que alcanzo una zona menos afectada por el temporal, con menos nieve y puedo pedalear más rápido. Las mañanas ya son muy frías, casi veinte grados bajo cero y la temperatura sube muy lentamente durante el día, a veces con máximas de -7. Mi cuerpo se queja de esta exposición continuada al frío y tengo calambres en las piernas, dolor en la espalda. No me siento bien. Débil, cansado, decido ir despacio y hacer sólo cincuenta kilómetros al día. Hay poca nieve y puedo elegir entre acampar o acercarme a un ayuntamiento a pedir hospitalidad.

Unos doscientos cincuenta kilómetros antes de Vladivostok me cae una gran nevada acampando, y en la mañana siguiente tengo trescientos metros para regresar a la carretera, empujando la bicicleta por mucha nieve. El frío me cala hasta los huesos y las botas, que tras dos meses ya están envejecidas, no impiden que entre nieve dentro, y primero se hace agua con el calor de mi piel pero al pedalear se vuelve a congelar. Ese día, varios tendones en las piernas me duelen bastante y decido que no acamparé más. No quiero llegar a Vladivostok en una ambulancia. Las ciudades de esa zona son bastante grandes y desarrolladas, e igualmente soy bien recibido en los ayuntamientos, siempre me ofrecen un lugar donde dormir. Más allá de la hospitalidad, las dos últimas noches soy agasajado con comilonas y suites de lujo en hoteles decentes. Me tratan como si fuera un explorador ártico, una gente extremadamente amable, que me halagan y felicitan por este viaje, pero yo sigo pensando que ésto no es más que un fin de semana algo salido de madre, en el que me han sucedido peregrinas aventuras. Tras tantos países estos años, donde la gente siempre pregunta, '¿por que?', sin entender vagamente el gusto occidental por la aventura, es un gran alivio recibir el apoyo y respeto de los rusos, cuya historia está llena de exploradores y aventureros; ellos entienden que algunas personas no puedan tener el culo en un sofá, existiendo una montaña que subir. Y llego a Vladivostok. Al final de 'Okeaninsky prospekt' (Avenida del Océano) me encuentro con el mar de Japón, el extremo del continente Euro-asiático. El viento hiela la orilla y el mejor de los ánimos. Resisto frente a él, contemplo el mar tiritando, he llegado. Y hay tanto detrás… Tras recorrer medio mundo en bicicleta tendría bastante de lo que confesarme, pero nada de lo que arrepentirme. 90280 kilómetros en 60 lunas de viaje para llegar a una playa donde hace tanto frío que el mar siquiera huele a salitre. Fin de esta etapa. Garbancito puede estar contento. Mis lágrimas tampoco saben a sal, sino a lo que saben los sueños.

- ¡Salva! ¡Lo lograste! -me grita Vladimir, que viene a recogerme al puerto. Un mes antes, paró en la carretera para invitarme a café en su todo-terreno. Me lleva a su casa, donde me instala como a un amigo; es viernes. Cuando nos despedimos al miércoles siguiente, me abraza como a un hermano. Son varios días esperando al ferry que me llevará a Japón, casi una semana inolvidable con Vladimir y Nina; yendo y viniendo por toda la ciudad con Galina, con Alan, Julia, Sasha, Sergei, Natasha… sin parar y mi cuerpo deja de doler. - ¿Y después de Japón? -me pregunta Vladimir, llenando los vasitos de vodka. - No lo sé, amigo mío. Mi vida ahora mismo está abierta. En Japón quiero hacer una larga pausa, reordenar mis ideas, y tal vez escribir un libro. Necesito poner en claro esta experiencia que he vivido, compartirla, y preguntarme qué quiero hacer con los siguientes años de mi vida. - Sería estupendo encontrarnos otra vez en algún lugar de América… - Si, sería estupendo… - y sonrío, qué fácil es soñar.Completar la vuelta al mundo en bicicleta… - ¡Por la libertad, Salva! Para venderte el viento que me lleva, que me ha hecho ver el mundo. Viento de oro, de historias, viento de abrazos. Detrás de mí llegan las pobres manos sucias que me dieron agua en los desiertos. Traigo ladrillos de las casas que me alojaron, dientes blancos de las sonrisas que me dijeron adiós, hasta siempre, gracias por venir. Viento de oro vengo a venderte. La riqueza de haber pasado hambre, la fuerza de haber sentido miedo, las tizas que para mí conjugaron el verbo vivir. Soy zíngaro, soy ave de paso, soy cuentacuentos. Mi presencia es la levedad del segundo que se va,y mi

recuerdo, el peso del soñador que llevas dentro. Viento de pájaros, viento de aliento, que desde las casas por donde pase un día llega hasta mí cuando me recuerdan. Miro atrás y escucho ecos de promesas, un día volveremos a vernos otra vez. Zíngaro fui para recorrer el mundo y zíngaro soy ahora para venderlo, para comerciar con todo lo que hurté, para venderte manojos de risas, mis días de soledad, el pulmón que nunca me permitió desandar una sola senda de este mundo. Pobre zíngaro ladrón sin techo ni espada, yo robé la alegría en todos los idiomas, me llevé la luz, la esperanza, la ilusión. Y ahora, rico zíngaro desesperado, todo te lo vendo por una moneda azul. No quiero nada más. Me río de los hombres que quieren pagarme con riquezas, con palacios alfombrados, princesas y un harén. Ellos quieren mi viento para limpiarlo y perfumarlo, quitarle los harapos y vestirlo con lentejuelas. Zíngaro soy, todo será tuyo por una moneda azul, funámbula, que sepa bailar en un alambre, y liviana, que quiera volar en un avión de papel. Un avión de papel que se lleve el viento, un avión de papel que te lleve dentro. Vuelve a nevar mucho y convierte la ciudad en una belleza de mármol blanco. Además, Vladivostok, tal vez por ser puerto y frontera, o por estar tan lejos de todo, es la ciudad menos soviética que he conocido en estos dos meses. La arquitectura es diversa, e incluso hay edificios modernistas, japoneses. La omnipresente 'ulitsa Lenina' (calle principal de cualquier ciudad) es aquí 'ulitsa Sweta' (calle de la luz). Una ciudad

agradable en un lugar especial, y yo me siento feliz. Pese a perros y bandidos, me voy de Rusia enamorado de este pueblo. Con decenas de amigos y la promesa de volvernos a ver. Los rusos, su pasado soviético, su presente abierto a una enorme incertidumbre, es un pueblo romántico, de unas maneras más cercanas a la cortesía de los libros de Dostoievski que al trato aséptico del siglo XXI. La cabeza de Lenin más grande. Ulan Ude. Pasión rusa. Frío ruso. Play Pause

Y FIN. Uno de los encuentros más curiosos en Rusia fue con Iván, descendiente de familia cosaca, una gente brava y aventurera con la que no pudo acabar el régimen soviético. Iván añadió al manillar de mi bicicleta una medalla cosaca para que no le olvidara. De ese manillar cuelgan amuletos y recuerdos que me regalan amigos del viaje, como Iván, aunque la mayoría no duran mucho pues yo los regalo a su vez, y en ocasiones me los quitan. Sin embargo hay alguna excepción, como la maltrecha bruja Maripili que ya sin escoba, tuerta y coja, ha sobrevivido a este último duro año para ver Japón. Pero el recuerdo más veterano es una moneda de cinco yen, símbolo japonés para reflejar una amistad sin barreras, que milagrosamente ha viajado desde Cape Town hasta aquí. Kim me la regaló deseándome suerte, allá por abril del 2007, y yo lo dije bromeando, 'te la devuelvo en Japón'. Ya en el ferry, rumbo al país del sol naciente, miro mi bici, el manillar y la moneda de Kim. Es diciembre de 2010, la vida a veces permite que ocurran cosas bonitas. Create a free website with Weebly