Príncipe de Nada 1 - En El Principio Fue La Oscuridad
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EN EL PRINCIPIO FUE LA OSCURIDAD (Prيncipe de Nada, vol.1) R. Scott Bakker 2003, The darkness that comes before Traducciَn: Ramَn Gonzلlez Férriz
PRسLOGO Las ruinas de Kuniuri «Si es sَlo después cuando entendemos lo que ha sido antes, entonces no entendemos nada. As يpues, definamos el alma como sigue: lo que precede a todo«. Ajencis, El tercer analيtico de los hombres
ٌ del Colmillo 2147, montaٌas de Demua Ao No se pueden erigir muros contra lo que ha sido olvidado. La ciudadela de Ishual sucumbiَ en pleno Apocalipsis. Pero ningْn ejército de inhumanos sranc ascendiَ por sus murallas. Ningْn dragَn de corazَn يgneo derribَ sus poderosas puertas. Ishual era el refugio secreto de los Grandes Reyes Kuniْricos, y nadie, ni siquiera el No Dios podيa cercar un secreto. Meses antes, Anasurimbor Ganrelka II, Gran Rey de Kuniuri, habي a huido a Ishual con lo que quedaba de su corte. Desde los muros, los centinelas observaban, meditabundos, los bosques que tenيan debajo, con el pensamiento acongojado por el recuerdo de ciudades que ardي an y multitudes que gemيan. Cuando el viento ululaba, se agarraban a la indiferente piedra de Ishual y rememoraban los cuernos de los sranc. Intercambiaban entrecortados comentarios tranquilizadores. ؟Acaso no
habيan escapado de sus perseguidores? ؟Acaso las murallas de Ishual no eran resistentes? ؟En qué otro lugar podrيa un hombre sobrevivir al fin del mundo? La peste se llev َen primer lugar al Gran Rey, como tal vez fuera de esperar: Ganrelka no habيa hecho mلs que llorar en Ishual, encolerizado como sَlo un emperador de la nada puede encolerizarse. La noche siguiente los miembros de la corte bajaron el féretro a los bosques .Advirtieron los ojos de los lobos reflejados en la luz de la pira. No hubo cantos fْnebres, y sَlo entonaron unas cuantas oraciones apل ticas. Antes de que la brisa matinal pudiera llevarse sus cenizas, la peste habيa acabado con otros dos: la concubina de Ganrelka y su hija. Como si siguiera el rastro de su sangre hasta elْ ltimo vestigio, atacَ a m لs miembros de la corte. Los centinelas apostados en las murallas fueron cada vez menos, y a pesar de que todavيa escudriٌaban el monta ٌoso horizonte, veيan poco. Los gritos de los moribundos poblaban sus mentes de un horror excesivo. Pronto, incluso los centinelas desaparecieron. Los cinco Caballeros de Tryse que habيan rescatado a Ganrelka después de la catلstrofe de los Campos de Eleneot yacيan inmَviles en sus camas. El Gran Visir, con los dorados ropajes manchados con la sangre de sus entraٌas, habيa caيdo entre sus textos de hechicerيa. El tيo de Ganrelka, que habيa liderado el desgarrador asalto a las puertas de Golgotterath en los primeros dيas del Apocalipsis, colgaba de una cuerda en sus aposentos y, mecido por el aire, daba vueltas lentamente. La Reina miraba para siempre con fijeza a través de sلbanas purulentas. De todos los que habيan huido a Ishual, sَlo el hijo bastardo de Ganrelka y el sacerdote bardo habيan sobrevivido. Aterrorizado por las extraٌas formas del bardo y su ojo blanco, el muchacho se escondiَ, y sَlo se atrevيa a salir cuando el hambre le resultaba insoportable. El viejo bardo lo buscaba constantemente, cantando viejas canciones de amor y de guerra, pero profanando, a la vez, las palabras con blasfemias. --؟Por qué no te muestras, niٌo? --gritaba mientras daba tumbos por las galerيas--. Déjame que te cante, que te atraiga con canciones secretas. ،Déjame compartir contigo la gloria de lo que un dيa fue! Una noche el bardo cogiَ al niٌo. Primero le acariciَ la mejilla y después el muslo. --Discْlpame --susurraba una y otra vez, pero las lلgrimas sَlo
manaban de su ojo ciego--. No hay crيmenes --susurrarيa después-cuando nadie queda vivo. Pero el niٌo sobreviviَ. Cinco noches mلs tarde, atrajo al sacerdote bardo a lo alto de las inmensas murallas. Cuando el hombre llegَ arrastrando los pies a causa de su ebriedad, lo empujَ desde las alturas. Permaneciَ un largo rato acuclillado al borde del abismo, contemplando a través de la oscuridad el cadلver desmembrado del bardo. «Sَlo se distingue de los demلs --pens --en َ que sigue hْmedo« ؟.Acaso se trataba de un asesinato si nadie mلs quedaba vivo? El invierno aٌadiَ su frيo al vacيo de Ishual. Apoyado en las almenas, el niٌo escuchaba cَmo los lobos cantaban y se peleaban en los oscuros bosques. Sacaba los brazos de las mangas y se abrazaba el cuerpo para protegerse del frيo, susurrando las canciones que le habي a enseٌado su madre mientras saboreaba la mordedura del viento en las mejillas. Corrيa a través de los patios, respondيa a los lobos con gritos guerreros Kuniْricos y blandيa armas que le hacيan tambalearse por su peso. Y de vez en cuando, con los ojos bien abiertos, llenos de esperanza y un terror supersticioso, toqueteaba los muertos con la espada de su padre. Cuando empezَ a nevar, unos gritos le llevaron a la puerta delantera de Ishual. Observando a través de oscuras troneras, vio a un grupo de hombres y mujeres cadavéricos: refugiados del Apocalipsis. Al advertir su sombra, le pidieron a gritos comida, refugio, cualquier cosa, pero el niٌo estaba demasiado asustado para responder. Las penalidades les habيan dado un aspecto temible, salvaje, como hombres lobo. Cuando empezaron a escalar las murallas, corriَ a las galerيas. Como el sacerdote bardo, le buscaban, le garantizaban a gritos su seguridad. Al fin, uno de ellos lo encontrَ encogido tras un barril de sardinas. --Somos dunyainos, niٌo. ؟Qué razَn puedes tener para temernos? --dijo con una voz ni tierna ni dura. Pero el niٌo cogiَ la espada de su padre. --،Mientras hay hombres vivos, hay crيmenes! --gritَ. Los ojos del hombre se llenaron de asombro. --No, niٌo --dijo--. Sَlo mientras los hombres estلn engaٌados. Por un momento, el joven Anasurimbor sَlo pudo observarlo. Después, solemnemente, dejَ la espada de su padre y le cogiَ la mano al extraٌo. --Yo era un prيncipe --murmurَ.
El extraٌo lo llevَ con los otros, y juntos celebraron su excepcional fortuna. Gritaron --pero no a los Dioses que habيan repudiado, sino a otros-- que all يhabيa una gran correspondencia de causa. All يla mلs sagrada conciencia podيa ser atendida. En Ishual, habيan encontrado refugio contra el fin del mundo. Todavيa escuلlidos, pero vistiendo las pieles de los reyes, los dunyainos cincelaron los hechizados augurios de los muros y quemaron los libros del Gran Visir. Enterraron las joyas, la calcedonia, la seda y los ropajes de oro con los cadلveres de una dinastيa. Y el mundo los olvidَ durante dos mil aٌos.
«Nohombres, sranc y hombres: El primero olvida, El tercero lamenta, Y el segundo es el que se divierte.» Antigua canciَn infantil Kuniurica «Esta es la historia de una gran y trلgica guerra santa, de las poderosas facciones que trataron de poseerla y pervertirla, y de un hijo en busca de su padre. Y como con todas las historias, somos nosotros, los supervivientes, los que escribiremos su conclusiَn«. Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Finales de otoٌo, aٌo del Colmillo 4109, montaٌas de Demua De nuevo regresaron los sueٌos. Vastos paisajes, historias, contiendas de fe y cultura, todo entrevisto en cataratas de detalles. Caballos resbalando sobre la tierra. Puٌos apretando el lodo. Muertos esparcidos en la costa de un mar cل lido. Y como siempre, una ciudad antigua, tiza que se seca bajo el sol, levantلndose contra pardas montaٌas. Una ciudad santa: Shimeh. Y después la voz, fina como si hablara a través de la atiplada garganta de una serpiente, diciendo: «Mandadme a mi hijo». Los soٌadores se despertaron a la vez, dando un grito ahogado, tratando de arrancarle un sentido a la imposibilidad. Siguiendo el protocolo establecido después de los primeros sueٌos, se encontraron en las oscuras profundidades de los Mil Veces Mil Pasillos. Tal profanaciَn, segْn decidieron, no podيa seguir siendo tolerada.
Ascendiendo por escarpados caminos de montaٌa, Anasurimbor Kellhus doblَ una rodilla y se girَ para mirar la ciudadela monلstica. Las murallas de Ishual se alzaban mلs all لde una pantalla de pيceas y alerces, aunque eran empequeٌecidas por las agrestes laderas de las montaٌas. «؟Viste esto, Padre? ؟Te giraste para mirar porْ ltima vez?» Figuras distantes desfilaban entre las almenas antes de desaparecer bajo la piedra. Los ancianos dunyainos abandonaban su vigilia. Kellhus sabيa que descenderيan por las imponentes escaleras y entrarيan uno a uno en la oscuridad de los Mil Veces Mil Pasillos, el gran Laberinto que daba vueltas en las profundidades, bajo Ishual. Allي morirيan, tal como habيa sido decidido. Todos aquellos a los que su padre habيa corrompido. «Estoy solo. Mi misiَn es loْ nico que me queda.» Apartَ la vista de Ishual y siguiَ ascendiendo por el bosque. La brisa de la montaٌa era amarga a causa del olor del pino marchito. Aْ ltima hora de la tarde, dejَ atrلs los lيmites del bosque y después de dos dيas escalando glaciales laderas alcanzَ la cima de las montaٌas de Demua. En el extremo mلs lejano de su campo visual, los bosques de lo que en el pasado habيa sido llamado Kuniuri se extendيan bajo nubes en movimiento. ؟Cuلntos paisajes como ése deberيa cruzar antes de encontrar a su padre? ؟Cuلntos horizontes escarpados deberي a dejar atrلs antes de llegar a Shimeh? «Shimeh ser لmi hogar. Moraré en la casa de mi padre.» Descendiendo por barrancos de granito, se adentrَ en la espesura. Vagَ por la oscuridad del interior del bosque, a través de galerيas de secuoyas silenciadas por la total ausencia de hombres. Tir d َ e su manto entre matorrales y sorte lَa fiereza de las corrientes de las monta ٌas. A pesar de que cruzar los bosques que habيa bajo Ishual habيa sido muy parecido, por alguna razَn, Kellhus se sintiَ agitado. Se detuvo para tratar de recuperar la compostura valiéndose de antiguas técnicas para imponer disciplina a su intelecto. El bosque estaba tranquilo, alborozado por el canto de los pلjaros. Y sin embargo, él oيa los truenos... «Algo me est لsucediendo. ؟Es ésta mi primera prueba, Padre?» Encontrَ un riachuelo brillante por la luz del sol y se arrodillَ en su
ribera. El agua que se llevَ a los labios era mلs reconstituyente, mلs dulce que cualquier agua que hubiera probado antes. Pero ؟cَmo podيa el agua ser dulce? ؟Cَmo podيa la luz del sol, quebrada en la espalda de las aguas de la corriente, ser tan hermosa? Lo que sucede antes determina lo que sucede después. Los monjes dunyainos pasaban sus vidas inmersos en el estudio de ese principio, con el fin de arrojar luz sobre la intangible malla de la causa y el efecto que determinaba todas las casualidades, y para minimizar todo lo salvaje e impredecible. Debido a esto, en Ishual los acontecimientos siempre se desarrollaban con una certeza granيtica. La mayor parte de las veces, uno conocيa el balanceante curso que una hoja seguirيa a través de las arboledas dispuestas en terrazas. La mayor parte de las veces, uno sabيa qué dirيa el otro antes de que hablara. Comprender lo que habيa sucedido antes era saber lo que sucederيa después. Y saber lo que sucederيa después era la belleza que acallaba, la sagrada comuniَn del intelecto y la circunstancia: el don del Logos. La primera sorpresa de verdad, aparte de los dيas de formaciَn de su infancia, habيa sido esa misiَn. Hasta entonces, su vida habيa sido un premeditado ritual de estudio, condicionamiento y comprensiَn. Todo era sabido. Todo era comprendido. Pero entonces, caminando a través de los bosques del Kuniuri perdido, parecيa que el mundo se hundيa mientras él permanecيa inmَvil. Como tierra en las aguas apresuradas, era golpeado por una infinita sucesiَn de sorpresas: el débil trino de un p لjaro desconocido; espigas de hierbas también desconocidas en su manto; una serpiente enroscلndose en un claro iluminado, buscando una presa igualmente desconocida. El seco aleteo pasaba sobre su cabeza, y él se detenيa para cambiar de paso. Un mosquito se posaba en su mejilla, y él le daba una palmada; entonces, sus ojos veيan una configuraciَn distinta de un ل rbol. Sus alrededores le habitaban, le poseيan, hasta que era movido por todas las cosas a la vez: el crujir de las ramas, las infinitas transformaciones del agua sobre las piedras. Esas cosas lo sacudيan con la fuerza de las mareas. En la tarde de su decimoséptimo dيa, una ramita se alojَ entre su sandalia y su pie. La sostuvo contra unas nubes cargadas de tormenta y la estudiَ; se perdiَ en su forma, en el camino que trazaba en el aire: las delgadas y musculosas ramificaciones que llenaban tanto vacيo en el cielo. ؟Habيa caيdo simplemente con esa forma o habيa sido ahormada, como un molde que se vacيa de cera? Levantَ la mirada y vio un cielo surcado por las infinitas horcas de los ramajes. ؟No habيa
un solo modo de comprender un cielo? No fue consciente del largo rato que permaneciَ allي, pero para cuando la ramita cayَ por fin de sus dedos ya era de noche. En la maٌana del vigésimo noveno dيa, se acurrucَ sobre unas rocas enverdecidas por el musgo y observَ cَmo los salmones saltaban y cabeceaban contra la corriente del rيo. El sol saliَ y se puso tres veces antes de que sus pensamientos escaparan de esa inexplicable guerra de peces y aguas. En los peores momentos, sus brazos eran vagos como la sombra contra la sombra, y el ritmo de sus pasos se avanzaba a él mismo. Su misiَn se convirtiَ en elْ ltimo vestigio de lo que habيa sido. Por lo demلs, carecيa de intelecto e ignoraba los principios dunyainos. Como una hoja de pergamino expuesta a los elementos, cada dيa veيa cَmo le eran robadas mلs palabras, hasta que sَlo un imperativo permaneciَ: «Shimeh... Debo encontrar a mi padre en Shimeh». Siguiَ vagando hacia el sur, a través de las estribaciones del Demua. Su desposeimiento se agudizَ, hasta que dejَ de engrasar su espada después de que se hubiera humedecido por la lluvia, hasta que dejَ de dormir o comer. Sَlo habيa bosque, camino, y los dيas que pasaban. Por la noche, buscaba refugio como un animal en la oscuridad y el frيo. «Shimeh. Por favor, Padre.» El cuadragésimo tercer dيa, cruzَ un rيo poco profundo y trepَ por terraplenes negros de ceniza. Los rastrojos abundaban entre la materia carbonizada que ocultaba el suelo, pero nada mلs. Los لrboles muertos se hincaban en el cielo como lanzas ennegrecidas. Se abriَ camino a través de los desechos, aguijoneado por los hierbajos que se clavaban en su piel desnuda. Finalmente, llegَ a la cima de una cresta. La inmensidad del valle que vio a sus pies dejَ a Kellhus sin aliento. Mلs all لde la desolaciَn causada por el fuego, donde el bosque seguيa oscuro y espeso, antiguas fortificaciones se erigيan por encima de los ل rboles y formaban un inmenso anillo al otro lado de las distancias otoٌ ales. Observَ cَmo los pلjaros revoloteaban alrededor de las fortificaciones mلs cercanas y aparecيan por entre franjas de piedra moteada antes de descender en picado bajo el dosel de ramas. Muros en ruinas, mلs frيos y desamparados de lo que el bosque podيa llegar a ser.
Las ruinas eran demasiado antiguas para contradecir totalmente al bosque. Habيan quedado sumergidas, maltrechas y en desequilibrio tras eras sosteniendo su peso. Guarecidos por hondonadas llenas de musgo, los muros abrيan brechas en montيculos y de repente se interrumpيan, como si fueran contenidos por las parras que los cubrيan como inmensas venas sobre el hueso. Pero en ellos habيa algo, algo de otro tiempo, que despertaba en Kellhus pasiones desconocidas. Cuando frotَ las manos en la piedra, supo que estaba tocando el aliento y el duro esfuerzo de los hombres, la marca de un pueblo destruido. El suelo daba vueltas. Se inclinَ y apretَ la mejilla contra la piedra. Arenilla y el frيo de la tierra a la intemperie. Arriba, la luz del sol era interrumpida por un arco de nudosas ramas. Los hombres..., allي, en la piedra. Antigua y jamلs tocada por el rigor de los dunyainos. De algْn modo, habيan resistido el sueٌo, habيan alzado el trabajo de las manos contra la maleza. «؟Quién construyَ este sitio?» Kellhus vagَ por entre los montes percibiendo las ruinas enterradas debajo. Comiَ frugalmente galletas secas y bellotas que llevaba en su olvidado zurrَn. Apartَ las hojas de la superficie de un pequeٌo charco de agua de lluvia, bebiَ y se quedَ mirando con curiosidad el oscuro reflejo de su propio rostro, el largo pelo rubio que le cubrيa el crلneo y la mand يbula. «؟ةste soy yo«? Escudriٌَ las ardillas y los pلjaros que podيa distinguir entre la oscura profusiَn de لrboles. En una ocasiَn vio un zorro deslizلndose entre los matorrales. «No soy un animal mلs.» Su intelecto se debatiَ, encontrَ un asidero y se agarrَ a él. Percibيa cَmo la naturaleza se arremolinaba a su alrededor en mareas estadي sticas. Tocلndole y sin tocarle. «Soy un hombre. No soy lo mismo que estas cosas.» Cuando la noche se cerraba, empezَ a llover. A través de las ramas observَ cَmo se formaban las nubes, gélidas y grises. Por primera vez en semanas, busc rَ efugio. Se abriَ camino hacia un pequeٌo barranco en el que la erosiَn habي a provocado la caيda de un bloque de tierra que habيa dejado a la vista la fachada de piedra de un edificio. Trepَ por la arcilla llena de hojas hacia una abertura oscura y profunda. En el interior, le rompiَ el cuello al perro salvaje que le atacَ.
Estaba acostumbrado a la oscuridad. La luz habيa sido prohibida en las profundidades del Laberinto. Pero aquella cerrada oscuridad no se debيa a motivos matemلticos; loْ nico que all يencontrَ fue una azarosa sucesiَn de muros cubiertos de tierra. Anasurimbor Kellhus se tumbَ y durmiَ. Cuando se despertَ, el bosque estaba en silencio y cubierto de nieve. Los dunyainos no sabيan a qué distancia estaba Shimeh. Simplemente, le habيan abastecido con las provisiones que iba a ser capaz de portar cَmodamente. El zurrَn estaba cada dيa mلs vacيo. Kellhus sَlo podيa observar pasivamente cَmo el hambre y el frيo iban doblegando su cuerpo. Si la naturaleza no podيa poseerle, lo matarيa. La comida se terminَ, pero siguiَ andando. Todo --la experiencia, el anلlisis-- se tornَ misteriosamente severo. Cayَ mلs nieve, hizo mلs frي o, se levantaron vientos لsperos. Camin َhasta que no pudo mلs. «El camino es demasiado angosto, Padre. Shimeh est لdemasiado lejos.»
Los perros del trineo del cazador aullaron y husmearon la nieve. ةl tirَ de las riendas y atَ los arneses a la base de un pino raquيtico. Perplejo, apartَ la nieve de los miembros que se retorcيan debajo. Su primer pensamiento fue alimentar a los perros con el cadلver. De todos modos, los lobos acabarيan con él, y la carne era escasa en el abandonado norte. Se quitَ los guantes y puso las puntas de los dedos en la mejilla barbada. La piel era gris y estaba seguro de que la cara estarيa tan frي a como la nieve que la cubrيa parcialmente. No lo estaba. Gritَ, y sus perros le respondieron con un coro de aullidos. Maldijo, y después contrarrestَ la imprecaciَn con la seٌal de Husyelt, el Cazador de la Oscuridad. Cuando lo levantَ de la nieve, el hombre tenيa flلccidas las extremidades. La lana y el cabello quedaron rيgidos bajo el viento. El mundo siempre habيa tenido un extraٌo significado para el cazador, pero entonces se habيa tornado aterrador. Corriendo mientras los perros tiraban del trineo, huyَ de all يantes de que se desencadenara la cَlera de la cercana tormenta de nieve.
--Leweth --dijo el hombre, llevلndose una mano a su pecho desnudo. Tenيa el pelo corto, plateado, con un destello broncيneo, demasiado hermoso para enmarcar adecuadamente sus toscas facciones. Sus cejas parecيan estar siempre arqueadas en seٌal de sorpresa, y sus incansables ojos no hacيan mلs que pedir excusas, siempre simulando interés en detalles triviales para evitar la atenta mirada de su pupilo. Sَlo mلs tarde, después de aprender los rudimentos de la lengua de Leweth, descubriَ Kellhus cَmo habيa acabado al cuidado del cazador. Sus primeros recuerdos eran de pieles sudorosas y fuegos encendidos. Del techo bajo colgaban pellejos de animales. Los sacos y los toneles se amontonaban en las esquinas de una sola habitaciَn. El olor del humo, la grasa y la podredumbre ocupaban el poco espacio libre que quedaba. Como Kellhus supo mلs tarde, el caَtico interior de la cabaٌa era, en realidad, una expresiَn, totalmente sistemلtica, de los muchos miedos supersticiosos del cazador. «Cada cosa tiene su sitio --le dirيa a Kellhus--, y las cosas fuera de lugar presagian desastres.» La chimenea era lo suficientemente grande como para abrazar todo el interior, incluido al propio Kellhus, con una dorada calidez. Al otro lado de las paredes, el invierno silbaba a través de las inexploradas leguas del bosque, pero de vez en cuando agitaba la cabaٌa con tanta fuerza que las pieles se balanceaban en los ganchos. Leweth le dirيa que aquella tierra se llamaba Sobel, la provincia mلs al norte de la antigua ciudad de Atrithau, aunque habيa sido abandonada hacيa generaciones. ةl preferيa vivir alejado de los problemas de los otros hombres. Pese a ser un hombre robusto, de mediana edad, Leweth era para Kellhus poco mلs que un niٌo. La hermosa musculatura de su rostro carecيa por completo de control y parecيa atada como por cuerdas a sus pasiones. Lo que movيa el alma de Leweth movيa también su expresiَn, y al cabo de poco tiempo, Kellhus no tenيa mلs que echarle una mirada a su rostro para conocer sus pensamientos. La capacidad de anticiparlos, de volver a representar los movimientos del alma de Leweth como si fueran los de la suya, llegarيa mلs tarde. Mientras tanto, se desarrollَ una rutina. Al alba, Leweth enjaezaba los perros y se marchaba para comprobar los corrales. Los dيas en que regresaba temprano, pedيa a Kellhus que arreglara cepos, preparara
pieles o cocinara una nueva olla de estofado de conejo para «ganarse la manutenciَn», como decيa él. Por la noche, Kellhus se cosيa su propio abrigo y sus polainas tal como el cazador le habيa enseٌado. Leweth le observaba desde el otro lado del fuego. Sus manos tenيan una crيptica vida propia cuando tallaban, cosيan o simplemente se frotaban una con la otra: pequeٌas tareas que paradَjicamente le conferيan el don de la paciencia, incluso de la elegancia. Kellhus sَlo veيa las manos de Leweth en reposo cuando dormيa o estaba extremadamente borracho. La bebida era lo que, por encima de todo, definيa al cazador. Por la maٌana, Leweth nunca miraba a Kellhus a los ojos; sَlo lo hac يa de reojo, nerviosamente. El hombre parecيa embotado, como si su pensamiento careciera de يmpetu para convertirse en habla. Y si hablaba, su voz era tensa, constreٌida por un pavor ambiental. Por la tarde, su expresiَn se ruborizaba. Los ojos le refulgيan con un brillo crispado. Sonreيa, se reيa. Pero al caer la noche, sus movimientos se abotargaban y se convertيa en una parodia distorsionada de lo que hab يa sido apenas unas horas antes. Conversaba a golpes y le sobrevenي an ataques de ira y mal humor. Kellhus aprendiَ mucho gracias a las pasiones exacerbadas por la bebida de Leweth, pero llegَ un momento en que ya no pudo permitir que el objeto de su estudio se tornara en una caricatura. Una noche sacَ rodando los barriles de whisky al bosque y los vaciَ sobre el suelo helado. Durante el sufrimiento que siguiَ a eso, continuَ dedicلndose a sus tareas.
Estaban sentados frente a la chimenea, con la espalda apoyada en mullidos montones de pieles de animales. Con la expresiَn grabada por el fuego, Leweth hablaba, animado por la honesta vanidad de compartir su vida con alguien a quien los hechos cautivaban mientras se los contaba. Viejos pesares afloraron en la narraciَn. --No tuve otra opciَn que marcharme de Atrithau --reconociَ Leweth, hablando una vez mلs de su esposa fallecida. Kellhus sonriَ con pesar. Calculَ la sutil interacciَn de los mْsculos bajo la expresiَn de aquel hombre. «Quiere llorar para asegurarse mi pena.» --؟Atrithau te recordaba su ausencia? «Esta es la mentira que se cuenta a s يmismo.»
Leweth asintiَ con los ojos llenos de lلgrimas y expectantes al mismo tiempo. --Atrithau parecيa una tumba después de su muerte. Una maٌana reunieron a la milicia para que guarneciera la muralla, y recuerdo haber mirado hacia el norte. Los bosques parecيan... hacerme seٌales. ،El terror de mi infancia se habيa convertido en un santuario! Todo el mundo en la ciudad, incluso mis hermanos y mis compatriotas de la cohorte de la regiَn, parecيan regocijarse secretamente de su muerte. ،Y de mi sufrimiento! Tenيa que... Estaba obligado a... «Vengarte.» Leweth bajَ la mirada hacia el fuego. --Huir --dijo. «؟Por qué se engaٌa de este modo?» --Ninguna alma se mueve sola por el mundo, Leweth. Cada uno de nuestros pensamientos es producto de los pensamientos de los otros. Cada una de nuestras palabras es una repeticiَn de palabras dichas antes. Cada vez que escuchamos, permitimos que los movimientos de otra alma porten la nuestra. --Interrumpiَ el discurso para no desconcertar al hombre. La percepciَn golpeaba con mucha mلs fuerza cuando aclaraba lo confuso--. ةsa es la verdadera razَn por la que huي ste a Sobel, Leweth. Por un instante, los ojos de Leweth se empequeٌecieron de horror. --Pero no lo entiendo... «De todo lo que yo pueda decir, lo que mلs teme son las verdades que ya conoce, pero aun as يniega. ؟Son todos los hombres nacidos en el mundo tan débiles?» --S يlo entiendes. Piensa, Leweth. Si no somos mلs que nuestros pensamientos y pasiones, y si nuestros pensamientos y pasiones no son mلs que movimientos de nuestras almas, entonces no somos mلs que lo que nos mueve. El que tْ fuiste en su dيa, Leweth, dejَ de existir en el momento en que tu esposa muriَ. --،Y por eso hu !ي--gritَ Leweth con los ojos implorantes y provocadores al mismo tiempo--. No pude soportarlo. ،Hu يpara olvidar! Un destello en su pulso. Vacilaciَn en la contracciَn de los delicados mْsculos de alrededor de los ojos. «Sabe que es mentira.» --No, Leweth. Huiste para recordar. Huيste para conservar el modo como tu mujer te movيa, para proteger el dolor de su pérdida del vigor de otros. Huiste para hacer de tu sufrimiento una defensa. Las lلgrimas cayeron por las flacas mejillas del cazador. --،Ah, crueles palabras, Kellhus! ؟Por qué dices esas cosas?
«Para poseerte mejor.» --Porque has sufrido el tiempo suficiente. Te has pasado aٌos solo junto a este fuego, refocilلndote en tu pérdida, preguntلndoles a tus perros una y otra vez si te quieren. Acaparas tu dolor porque cuanto mل s sufres, mلs se torna el mundo una atrocidad. Lloras porque el llanto se ha convertido en una prueba. «،Ves lo que me has hecho!», gritas. Y permaneces despierto noche tras noche condenando las circunstancias que te han condenado a revivir tu angustia. Te atormentas, Leweth, para seguir haciendo al mundo responsable de tu aflicciَn. «De nuevo me lo negarل...» --؟Y qué si es as ?يEl mundo es una atrocidad, Kellhus. ،Una atrocidad! --Es posible --respondiَ Kellhus, con tono de pena y tristeza--, pero hace ya mucho tiempo que el mundo ha dejado de ser el causante de tu angustia. ؟Cuلntas veces has gritado estas mismas palabras? Y cada vez se han apelotonado por la misma desesperaciَn, la desesperaciَn que uno necesita para creer en algo que sabe que es falso. Detente, Leweth; niégate a seguir los hitos que esos pensamientos han depositado en tu interior. Detente, y verلs. Obligado a replegarse hacia el interior, Leweth vacilَ, atَnito y con el rostro flلccido. «Lo entiende, pero no tiene el coraje necesario para admitirlo.» --Pregْntate --insistiَ Kellhus-- por qué esa desesperaciَn. --No hay desesperaciَn --replicَ, ausente. «Ve el lugar que he abierto para él, se da cuenta de la futilidad de todas las mentiras en mi presencia, incluso de las que se dice a sي mismo.» --؟Por qué sigues mintiendo? --Porque..., porque... A través del resuello del fuego, Kellhus oيa los latidos del corazَn de Leweth, enfebrecido como un animal enjaulado. Los sollozos le estremecيan todo el cuerpo. Levantَ las manos para enterrar su rostro pero se detuvo. Levantَ la mirada hacia Kellhus y llorَ como un niٌo ante su madre. «،Duele! --gritaba su expresiَn--. ،Duele mucho!» --Ya sé que duele, Leweth. Liberarse de la angustia sَlo puede lograrse por medio de mلs angustia. «Como un niٌo...» --؟Q-qué debo hacer? --dijo entre gemidos--. Kellhus, por favor, ،dي melo! «Treinta aٌos, Padre. Qué poder debes ejercer sobre los hombres
como éste.» Y Kellhus, con el rostro barbado cلlido gracias al fuego y la compasiَn, respondiَ: --Ninguna alma se mueve sola, Leweth. Cuando un amor muere, uno debe aprender a amar a otro.
Al cabo de un rato, el fuego de la chimenea se fue apagando, y los dos permanecieron en silencio, escuchando cَmo una nueva tormenta reunيa su furor. El viento sonaba como si pesadas mantas se agitaran contra las paredes. Fuera, el bosque rugيa y silbaba bajo el oscuro estَ mago de la ventisca. --El llanto embarra el rostro --dijo Leweth, rompiendo el silencio con un viejo proverbio--, pero limpia el corazَn. Kellhus respondiَ con una sonrisa, con una expresiَn de reconocimiento desconcertado. ؟Por qué --se habيan preguntado los antiguos dunyainos-- confinar las pasiones a las palabras cuando hablan primero en la expresiَn? Una legiَn de rostros vivيa en su interior, y podيa escoger entre ellos con la misma facilidad con que elegيa sus palabras. En el corazَn de su sonrisa jubilosa, de su risa comprensiva, se advertيa el frيo del escrutinio. --Pero desconfيas --dijo Kellhus. Leweth se encogiَ de hombros. --؟Por qué, Kellhus? ؟Por qué iban los dioses a mandarte a m?ي Kellhus sabيa que para Leweth el mundo estaba lleno de dioses, fantasmas, incluso demonios. Estaba infestado de sus conspiraciones, atestado de malos augurios y presagios de sus caprichosos humores. Como un segundo horizonte, sus designios provocaban las luchas de los hombres: oscuras, crueles y, al fin, siempre fatales. Para Leweth, haberlo descubierto bajo la nieve acumulada durante la ventisca en Sobel no habيa sido un accidente. --؟Quieres saber por qué he venido? --؟Por qué has venido? Hasta entonces, Kellhus habيa evitado hablar de su misiَn, y Leweth, aterrado por la velocidad con que se habيa recuperado y habي a aprendido su idioma, no le habيa preguntado por ella. Pero el estudio habيa progresado. --Busco a mi padre, Moenghus --dijo Kellhus--. Anasurimbor Moenghus.
--؟Est لperdido? --preguntَ Leweth, inmensamente satisfecho por este reconocimiento. --No. Hace mucho que abandonَ a mi pueblo, cuando yo era todavي a un niٌo. --Entonces, ؟por qué lo buscas? --Porque mandَ a buscarme. Pidiَ que yo viajara para verle. Leweth asintiَ, como si todos los hijos debieran regresar a sus padres en algْn momento. --؟Dَnde est?ل Kellhus se detuvo el tiempo que tardَ su corazَn en dar un latido; aparentemente tenيa la mirada fija en Leweth, pero en realidad estaba perdida en un lugar vacيo ante él. Como un hombre con frيo que pudiera acurrucarse hasta convertirse en una bola, reunir tanta piel como fuera posible entre los brazos y arrebatلrsela al mundo, Kellhus, ensimismado, se retirَ de la habitaciَn y se refugiَ en su intelecto, indiferente a la presiَn de los acontecimientos externos. Las legiones interiores estaban enyuntadas, las variables aisladas y extendidas, y el maremلgnum de las posibles consecuencias que podيan seguir a una respuesta veraz a la pregunta de Leweth floreciَ en su alma. El trance de la probabilidad. Se levantَ y parpadeَ ante la luz de la lumbre. Como en tantas otras preguntas acerca de su misiَn, la respuesta era incalculable. --Shimeh --dijo lentamente--. Una ciudad llamada Shimeh; est لal sur, muy lejos. --؟Mandَ a buscarte desde Shimeh? ؟Cَmo es eso posible? Kellhus adoptَ una expresiَn ligeramente desconcertada, que no estaba lejos de la verdad. --A través de los sueٌos. Me mandَ a buscar en sueٌos. --Brujerيa... Como siempre, la curiosa mezcla de sobrecogimiento y pavor cuando Leweth pronunciaba esa palabra. Habيa brujas, le habيa dicho Leweth, cuyos requerimientos podيan espolear a los organismos dormidos en la tierra, los animales y los لrboles. Habيa sacerdotes cuyas plegarias podيan resonar en el Exterior, mover a los Dioses que movيan el mundo para que dieran tregua a los hombres. Y habيa hechiceros cuyas aseveraciones eran decretos, cuyas palabras dictaban mلs que describيan cَmo tenيa que ser el mundo. Supersticiَn. En todas partes y en todo, Leweth habيa confundido lo que venيa después con lo que venيa antes; el efecto con la causa. Los hombres venيan después, as يque los colocaba antes y los llamaba
«dioses» o «demonios». Las palabras venيan después, as يque las colocaba antes y las llamaba «escrituras» o «conjuros». Limitado a las consecuencias de los acontecimientos y ciego a las causas que los precedيan, consideraba exclusivamente la propia ruina, los hombres y los actos de los hombres el modelo de lo que venيa antes. Pero lo que venيa antes, segْn habيan descubierto los dunyainos, era inhumano. «Debe haber otra explicaciَn. No hay brujerيa.» --؟Qué sabes de Shimeh? --preguntَ Kellhus. Las paredes se estremecieron bajo una fiera sucesiَn de rلfagas de viento, y la llama revoloteَ con una abrupta incandescencia. Las pieles colgadas se balancearon ligeramente hacia adelante y hacia atrلs. Leweth paseَ la mirada con el ceٌo fruncido, como si se esforzara por oي r a alguien. --Es un camino muy largo, Kellhus, a través de tierras peligrosas. --؟Shimeh no es... sagrada para ti? Leweth sonriَ. Como los lugares demasiado cercanos, los lugares demasiado lejanos no podيan ser sagrados. --Sَlo habيa oيdo su nombre unas cuantas veces hasta ahora --dijo--. Los sranc poseen el norte. Los pocos hombres que quedan allي son incesantemente sitiados, confinados en las ciudades de Atrithau y Sakarpus. Sabemos poco de los Tres Mares. --؟Los Tres Mares? --Las naciones del sur --respondiَ Leweth con los ojos abiertos de puro asombro. «Mi ignorancia le parece divina», advirtiَ Kellhus--. ؟No has oيdo hablar nunca de los Tres Mares? --Si tu pueblo vive aislado, el mيo lo hace todavيa mلs. Leweth asintiَ sabiamente. Al fin, era su turno para hablar de cosas profundas. --Los Tres Mares eran jَvenes cuando el norte fue destruido por el No Dios y su Consulto. Ahora que no somos mلs que una sombra, ellos son quienes detentan el poder sobre los hombres. --Se detuvo, descorazonado por la rapidez con que su conocimiento le habيa fallado--. Sé poco mلs que eso, sَlo un puٌado de nombres. --Entonces, ؟cَmo sabes de la existencia de Shimeh? --En una ocasiَn, le vend يarmiٌo a un hombre de las caravanas, un hombre de piel oscura, un ketyai. Nunca antes habيa visto a un hombre de piel oscura. --؟Caravanas? --Era la primera vez que Kellhus oيa esa palabra, pero la pronunciَ como si quisiera saber a qué caravana se referيa el
cazador. --Cada aٌo llega a Atrithau una caravana procedente del sur; si sobrevive a los sranc, claro estل. Viaja desde una tierra llamada Galeoth a través de Sakarpus. Trae especias, sedas, ،cosas maravillosas, Kellhus! ؟Has probado alguna vez la pimienta? --؟Qué te dijo de Shimeh ese hombre de piel oscura? --No mucho, en realidad. Me hablَ sobre todo de su religiَn. Me dijo que era inrithi, seguidor del عltimo Profeta, Inri, o algo asي. --Sus cejas se arquearon un segundo--. ؟Te lo imaginas? ؟Unْ ltimo profeta? --Leweth, con la mirada perdida, se callَ, tratando de traducir el episodio en palabras--. Me decيa que yo estaba maldito a menos que me sometiera a su profeta y abriera mi corazَn a los Mil Templos; nunca olvidaré este nombre. --؟De modo que Shimeh era sagrada para aquel hombre? --La ciudad mلs sagrada de todas las ciudades sagradas. Hace mucho tiempo, era la ciudad de su profeta. Pero habيa alguna clase de problema, creo. Algo relacionado con guerras y con infieles que la tomaron a expensas de los inrithi... --Leweth se detuvo, como si se le hubiera ocurrido algo especialmente significativo--. En los Tres Mares los hombres luchan contra otros hombres, Kellhus, y no se preocupan por los sranc. ؟Te lo puedes imaginar? --De modo que Shimeh es una ciudad santa en manos de infieles. --Por suerte, creo yo --respondiَ Leweth, repentinamente brusco--. Ese perro no dejaba de llamarme infiel a m يtambién. Siguieron hablando de tierras distantes hasta bien entrada la noche. El viento aullaba y golpeaba los macizos muros de la cabaٌa. Y en la oscuridad del fuego titubeante, Anasurimbor Kellhus fue induciendo en Leweth sus propios ritmos decrecientes: respiraciَn mلs lenta, ojos adormilados. Cuando el cazador estuvo totalmente hechizado, le hizo desvelar elْ ltimo de sus secretos, lo persiguiَ hasta que no le quedَ ningْn refugio.
Solo, Kellhus recorriَ, con raquetas en los pies, glaciales bosques de abetos hacia la mلs cercana de las cimas que rodeaban la cabaٌa del cazador. La nieve se amontonaba alrededor de los oscuros troncos. El aire olيa a silencio invernal. Kellhus se habيa transformado completamente durante las semanas anteriores. El bosque ya no era la pasmosa cacofonيa que
habيa sido en el pasado. Sobel era la tierra del caribْ, la marta y la marta cibelina. El armiٌo dormيa en sus suelos. La piedra refulgيa desnuda bajo sus cielos, y sus plateados lagos estaban llenos de peces. No hab يa nada mلs, nada que produjera miedo o pavor. Ante él, la nieve cayَ de un risco poco profundo. Kellhus levantَ la mirada en busca del camino que debيa llevarle mلs rلpidamente a la cima. Trepَ. Excepto por unos cuantos espinos raquيticos y sin hojas, la cima estaba despejada. En el centro habيa un viejo hito: una flecha de piedra inclinada contra la distancia. Runas y figuras talladas lo rodeaban por los cuatro costados. Lo que habيa llevado a Kellhus allي, una y otra vez, no era solamente el idioma del texto grabado --aparte de algunos modismos, era indistinguible del suyo--, sino el nombre de su autor. Empezaba: «Y yo, Anasurimbor Celmomas II, miro desde este lugar y presencio la gloria lograda por mi mano...». Y proseguيa relatando una gran batalla que habيa enfrentado a dos reyes que llevaban ya mucho tiempo muertos. Segْn Leweth, esa tierra habيa sido en el pasado la frontera entre dos naciones: Kuniuri y Eanmor, ambas perdidas hacيa milenios en guerras mيticas contra lo que Leweth llamaba «el No Dios». Como sucedيa con muchas de las historias de Leweth, Kellhus menospreciaba abiertamente sus leyendas sobre el Apocalipsis. Pero el nombre de Anasurimbor grabado en una antigua diorita era algo que no podيa menospreciar. Entonces comprendيa que el mundo era mucho mلs antiguo que los dْnyainos. Y su lيnea de sangre se remontaba hasta ese Gran Rey, de modo que también él lo era. Pero tales pensamientos eran irrelevantes para su misiَn. El estudio de Leweth estaba tocando a su fin. Pronto tendrيa que continuar en direcciَn al sur, hacia Atrithau; Leweth habيa insistido en que allي encontrarيa medios seguros para viajar hasta Shimeh. Desde las alturas, Kellhus mirَ hacia al sur, mلs all لde los bosques invernales. Ishual quedaba en algْn lugar a su espalda, escondida entre las montaٌas glaciales. Tenيa ante s يuna peregrinaciَn a través de un mundo de hombres unidos por costumbres arbitrarias, por la infinita repeticiَn de mentiras tribales. Se presentarيa ante ellos como un hombre despierto. Se refugiarيa en los huecos de su ignorancia y los convertirيa en sus instrumentos a través de la verdad. ةl era un dْnyaino, uno de los Aptos, y poseerيa a toda la gente, todas las circunstancias. ةl les precederيa. Pero le esperaba otro dْnyaino, uno que habيa estudiado la
naturaleza durante mucho mلs tiempo: Moenghus. «؟Cuan grande es tu poder, Padre?» Apartando la mirada del paisaje, advirtiَ algo extraٌo. Al otro lado del hito vio huellas en la nieve. Las escudriٌَ por un momento, antes de decidir que preguntarيa al cazador por ellas. El causante caminaba erguido, pero no parecيa humano.
--Son as ي--dijo Kellhus, y perfilَ una réplica de la huella con un dedo desnudo en la nieve. Leweth lo observَ con ademلn severo. Kellhus sَlo tuvo que mirarle para ver el horror que trataba de ocultar. Al fondo, los perros ladraban y corrيan en cيrculo, tirando del extremo de las correas de piel. --؟Dَnde? --preguntَ Leweth, que miraba fijamente la extraٌa huella. --El viejo hito Kuniْrico. Trazan una tangente con respecto a la caba ٌa, hacia el noroeste. El hombre barbado se girَ hacia él. --؟Y no sabes qué son esas huellas? La trascendencia de la pregunta era evidente. «؟Eres del norte y no sabes lo que son?» Entonces, Kellhus lo comprendiَ. --Sranc --dijo. El cazador mirَ a su espalda y observَ detenidamente la cercana muralla de لrboles. El monje advirtiَ el revoloteo en las entraٌas del hombre, la aceleraciَn de su pulso y la letanيa de sus pensamientos, demasiado rلpidos para tornarse en una pregunta: «؟ Qué-hacemos-qué-hacemos-qué-hacemos...?». --Debemos seguir las huellas --dijo Kellhus-- y asegurarnos de que no cruzan tus corrales. Si lo hacen... --Ha sido un duro invierno para ellos --dijo Leweth, que necesitaba hallarle algْn significado a su terror. --Vienen al sur en busca de comida... Cazan comida. Sي, comida. --؟Y si no es as?ي Leweth le mirَ con los ojos embravecidos. --Para los sranc, los hombres son un alimento de otra clase. Nos hacen daٌo para calmar la locura de sus corazones. --Se acercَ a los perros y la aglomeraciَn en torno a sus piernas le distrajo--. Tranquilos, ،chsss!, tranquilos. Les palmoteo las costillas y les hundiَ los hocicos en la nieve mientras les acariciaba con vigor la parte superior de la cabeza. Sus
brazos se balanceaban amplia y azarosamente, para dispensar de forma equitativa su afecto por ellos. --؟Puedes traer los bozales, Kellhus?
El rastro era delgado y grisلceo a través de los terrenos. El cielo se oscureciَ. Los anocheceres invernales llevaban un extraٌo silencio al interior de los bosques, esa sensaciَn de que estaba terminando algo m لs importante que la luz del dيa. Habيan recorrido un gran trecho con las raquetas, y entonces se habيan detenido. Permanecieron sobre las yermas raيces de un roble. --No deberيamos volver --dijo Kellhus. --Pero no podemos dejar a los perros. El monje mirَ cَmo Leweth respiraba. Sus exhalaciones se hincaban con fuerza en el aire. Sabيa que no le serيa difيcil disuadirlo de regresar. Fuera lo que fuese aquello que perseguيan, sabيa de los corrales, y quiz لtambién de la propia cabaٌa. Pero las huellas en la nieve --marcas vacيas-- eran demasiado pequeٌas para valerse de ellas. Para Kellhus, la amenaza sَlo existيa en el miedo manifestado por el cazador. El bosque seguيa siendo suyo. Kellhus se girَ y juntos se encaminaron hacia la cabaٌa, corriendo con la desgarbada elegancia de las raquetas. Pero después de un breve trecho, Kellhus detuvo al hombre con una mano firme en el hombro. --؟Qué...? --empezَ a preguntar el cazador, pero los sonidos lo silenciaron. Un coro de aullidos y gritos amortiguados perforَ el silencio. Un solo aullido recorriَ la hondonada, seguido por un pavoroso y glacial silencio. Leweth permaneciَ tan inmَvil como los لrboles. --؟Por qué, Kellhus? --Su voz se quebrَ. --No tenemos tiempo para los porqués. Debemos huir.
Kellhus estaba sentado en la oscuridad cenicienta, observando cَ mo los dedos rosados del alba se adentraban por entre las ramas de los matorrales y los pinos oscuros. Leweth seguيa durmiendo. «Hemos corrido mucho, Padre, pero ؟hemos corrido lo suficiente?» Vio algo. Un movimiento rلpidamente oscurecido por las profundidades del bosque.
--Leweth --dijo. El cazador se estirَ. --؟Qué? --respondiَ, tosiendo--. Todavيa es oscuro. Otra figura, mلs a la izquierda, se acercaba. Kellhus permaneciَ inmَvil, explorando con la mirada perdida los escondrijos del bosque. --Vienen --dijo. Leweth se incorporَ bajo las gélidas mantas. Tenيa la cara cenicienta. Perplejo, siguiَ la mirada de Kellhus hacia la oscuridad circundante. --No veo nada. --Se mueven con sigilo. Leweth empezَ a temblar. --Corre --dijo Kellhus. Leweth le mirَ asombrado. --؟Correr? Los sranc dan caza a cualquier cosa, Kellhus. No se puede huir de ellos. ،Son demasiado rلpidos! --Ya lo sé --respondiَ Kellhus--. Yo me quedaré aqu يpara entretenerlos.
Leweth sَlo pudo mirarle. No logrَ moverse. Los لrboles bramaban a su alrededor. El cielo les atraيa con su vacuidad. Entonces, una flecha cruzَ su hombro y cayَ de rodillas; Leweth se quedَ observando la punta roja que sobresalيa por su pecho. --،Kellllhuuss! --jadeَ. Pero Kellhus se habيa ido. Leweth se arrastrَ por la nieve, buscل ndolo, y le encontrَ corriendo entre unos لrboles cercanos con su espada en la mano. El primer sranc fue decapitado, y el monje corrيa, corrيa como un espectro blanco. Otro muriَ mientras clavaba el cuchillo inْtilmente en el aire. Los otros cercaron a Kellhus como لsperas sombras. --،Kellhus! --gritَ Leweth, quiz لllevado por la angustia, quizل esperando que retrocedieran, hacia uno que ya estaba muerto. «Morirي a por ti.» Las formas fueron cayendo, agarrلndose a s يmismas en la nieve, y un aullido extraٌo, inhumano, cruzَ por entre los لrboles. Cayeron mلs, hasta que sَlo quedَ el monje. Al cazador le pareciَ que sus perros ladraban en la distancia.
Kellhus tiraba de él. Puntos de nieve parpadeaban bajo el sol naciente cuando impactaban en los matorrales. Leweth tenيa calambres alrededor del hombro dolorido, pero el monje era implacable y le obligaba a seguir un paso que a duras penas podrيa haber mantenido de no estar herido. Cruzaron atropelladamente tierras de acarreo, rodearon لrboles, casi cayeron en barrancos y salieron de ellos valiéndose de las manos. El monje y sus brazos estaban siempre allي, como una delgada red de hierro que le impulsaba hacia adelante una y otra vez. Todavيa le parecيa oيr a los perros. «Mis perros...» Al fin, se vio lanzado contra un لrbol que le pareciَ, a su espalda, una columna de piedra, un pilar contra el que morir. Apenas distinguيa a Kellhus, que llevaba la barba y la capucha cubiertas de hielo procedente del manto de ramas desnudas. --Leweth --estaba diciendo Kellhus--, ،tienes que pensar! ،Crueles palabras!, que tiraron de él hacia la claridad, lo arrojaron a su dolor. oigo. --Mis perros --gimi .--Los َ Los ojos azules no reconocيan nada. --Vienen mلs sranc --dijo Kellhus entre trabajosos jadeos--. Necesitamos un refugio, un lugar en el que escondernos. Leweth echَ la cabeza hacia atrلs y tragَ saliva contra la punta de dolor que tenيa en el velo de la garganta. Tratَ de concentrarse. --؟En qué direcciَn hemos avanzado? --Hacia el sur. Siempre hacia el sur. Leweth se apartَ del لrbol y le dio un abrazo al monje. Era presa de unos escalofrيos incontrolables. Tosiَ y mirَ por entre los لrboles. --؟Cuلntos riachuelos... --sorbiَ el aire--, riachuelos hemos cruzado? Sintiَ el calor del aliento de Kellhus. --Cinco. --،Al oeste! --jadeَ. Se echَ hacia atrلs para ver el rostro del monje, pero no le soltَ. No sentيa vergüenza; ese hombre no tenيa de qué avergonzarse--. Debemos ir hacia el oeste --prosiguiَ, poniendo la frente ante los labios del monje--. Ruinas, ruinas, ruinas de nohombres. Estلn a poca distancia de aquي.
Leweth sinti َque el suelo cubierto de nieve le golpeaba el cuerpo. Aturdido, loْ nico que pudo hacer fue cogerse las rodillas y hacerse un ovillo. A través de los لrboles vio cَmo la figura de Kellhus, distorsionada por las lلgrimas, retrocedيa entre los لrboles. «No-no-no.» Sollozَ. --؟Kellhus? ،Kelllhuuss! «؟Qué est لpasando?» --،Nooo! --chillَ. La alta figura desapareciَ.
La ladera era peligrosa. Kellhus tirَ de s يmismo, agarrلndose a las ramas, y avanzَ tratando de evitar los cepos que habيa bajo la nieve. Las conيferas obstruيan todos los pasos francos de la pendiente. Cadalsos radiales de ramas le araٌaban. Una penumbra distinta de la palidez del invierno techaba todo cuanto tenيa a su alrededor. Cuando al fin alcanzَ el claro de la cima, el monje mirَ el cielo con el entrecejo fruncido, y la vista lo apaciguَ. Cubierto de nieve, el suelo se levantaba y adoptaba el hambriento perfil de un perro. Las ruinas de una puerta y un muro se erigيan en las laderas mلs cercanas. Mلs allل, un roble muerto, de inmensas proporciones, se doblaba contra el cielo. La lluvia caيa de las oscuras nubes que cruzaban por encima de la cumbre, helada bajo las capas de nieve.
Kellhus estaba impresionado por las inmensas piedras de la puerta. Muchas eran tan grandes como el roble que ocultaban. En el dintel habيa sido esculpido un rostro vuelto hacia arriba: ojos en blanco, tan pacientes como el cielo. Pasَ por debajo. El suelo se allanَ un tanto. Tras él, las grandes extensiones boscosas se oscurecيan sobre la cada vez mلs intensa lluvia. Pero el ruido creciَ. El لrbol llevaba mucho tiempo muerto. Sus colosales ramas carecي an de corteza y las raيces se extendيan en el aire como colmillos retorcidos. Despojadas de toda protecciَn, el viento y el agua corrيan con facilidad entre ellas. Se girَ cuando los sranc surgieron del bosque; aullando, trotaban sobre la nieve.
Era tan despejado aquel lugar. Las flechas silbaron junto a él. Cogi َ una en el aire y la estudiَ. Le resultَ cلlida, como si hubiera sido presionada contra la piel. Después la espada en su mano refulgiَ a través del espacio circundante, del que se apoderَ como las ramas de un لrbol. Llegaron --un oscuro torrente--, y él estaba allي, ante ellos, preparado antes de que pudieran preverlo. Una caligrafيa de gritos. El ruido sordo de la carne estupefacta. Arponeَ el éxtasis de sus rostros inhumanos, se introdujo entre ellos y apagَ el latido de sus corazones. No podيan saber que aquella circunstancia era sagrada. Ellos sَlo tenيan hambre. ةl, en cambio, era uno de los dunyainos Aptos, y todos los acontecimientos cedيan ante él. Cayeron, y el aullido amainَ. Por un momento se apiٌaron a su alrededor, con los hombros estrechos y el pecho de perro, la piel apestosa y collares de dientes humanos. Permaneciَ paciente ante su amenaza. Tranquilo. Huyeron. Se inclinَ junto a uno que todavيa se retorcيa a sus pies y lo levant َ por el cuello. El bello rostro se contraيa de furia. --Kuz'inirishka dazu daka gurankas... Le escupiَ. El lo clavَ en el لrbol con su espada. Dio un paso atrلs. Chillَ. Se sacudiَ. «؟Qué son estas criaturas?» Un caballo resoplَ detrلs de él, pateando la nieve y el hielo. Kellhus recuperَ la espada y se girَ rلpidamente. A través de la aguanieve, el caballo y el jinete eran solamente figuras grises. Kellhus observَ cَmo se acercaban lentamente, defendiendo su posiciَn; el abundante pelo se le habيa helado como pequeٌos colmillos que chasquearan al viento. El caballo era grande, de unos dieciocho palmos, y negro. El jinete iba cubierto con una larga capa gris bordada con apenas visibles motivos abstractos de caras. Llevaba un casco sin emblema que oscurecيa su semblante. --Veo que no van a matarte --atronَ una voz poderosa en kuniْrico. Kellhus permaneciَ en silencio. Atento. El sonido de la lluvia parecي a arena volando al viento. La figura desmontَ, pero mantuvo un silencio cauteloso. Estudiَ los cuerpos inertes esparcidos a su alrededor. --Extraordinario --dijo el desconocido, y después le mirَ. Kellhus vio el brillo de sus ojos debajo de la visera del casco. --Debes de tener un nombre. --Anasurimbor Kellhus --respondiَ el monje.
Silencio. Kellhus pensَ que podيa percibir la confusiَn, una extraٌa confusiَn. --Eso lo dice todo --murmurَ el hombre lentamente. Se acercَ mirando a Kellhus--. S ي--dijo--, sي... No te estلs riendo de mي. Veo su sangre en tu cara. Kellhus permaneciَ en silencio. --También tienes la paciencia de un Anasurimbor. Kellhus le escudriٌَ y se dio cuenta de que su capa no tenيa bordadas estilizadas representaciones de caras, sino rostros de verdad, con las facciones distorsionadas al haber sido aplanados. Debajo de la capa, se adivinaba un hombre de complexiَn poderosa; llevaba una pesada armadura y, por el modo como se comportaba, no temيa nada. --Ya veo que eres un estudiante. El conocimiento es poder, ؟eh? ةse no era como Leweth. En absoluto. Todavيa se oيa el ruido de la aguanieve, que iba cubriendo pacientemente a los muertos. --؟No deberيas temerme, mortal, sabiendo quién soy? El miedo también es poder. --La figura empezَ a rodearle, andando con cuidado entre las extremidades de los sranc--. Esto es lo que separa a los tuyos de los mيos. El miedo. El desesperado, resoluto impulso de sobrevivir. Para nosotros la vida es siempre una... decisiَn. Para vosotros..., bueno, digamos que ella decide. Kellhus hablَ al fin. --La decisiَn, pues, parece ser tuya. La figura se detuvo. --،Ah, las burlas! --dijo con pesar--. ةsa es laْ nica cosa que tenemos en comْn. La provocaciَn de Kellhus habيa sido deliberada, pero habيa servido para poco, o al menos eso pareciَ al principio. El desconocido bajَ de repente su cara oscurecida y echَ la cabeza hacia atrلs y hacia adelante sobre el eje de la barbilla. me --،Me hostiga! El mortal me hostiga... --murmur .--Esto َ recuerda, me recuerda-- ...Empez a َ rebuscar en su capa y cogiَ una cara contrahecha--. ،A éste! ،Oh, impertinente! ،Qué alegre era éste! Sي , me acuerdo... --Levantَ la mirada hacia Kellhus y silb، .--Me َ acuerdo! Y Kellhus vislumbrَ los principios de aquel encuentro. «Un nohombre. Otro de los mitos de Leweth convertido en realidad.» Con una solemne deliberaciَn, la figura sacَ el sable. Brillَ extraٌ amente en la oscuridad, como si reflejara el sol de otro mundo. Pero se volviَ hacia uno de los sranc muertos y lo girَ con la hoja del sable, hasta
que quedَ boca arriba. Su piel blanca estaba empezando a oscurecerse. --Este sranc, cuyo nombre no podrيas pronunciar, era nuestro elju..., nuestro «libro», como decيs en vuestra lengua. El animal mلs devoto. Estaré desolado sin él, al menos un tiempo. --Le echَ un vistazo a otro cadلver--. En realidad, son unas criaturas repugnantes y sanguinarias. --Volviَ a levantar la mirada hacia Kellhus--. Pero... memorables. Una grieta. Kellhus la explorarيa. --Qué apurado. Das lلstima --dijo. --؟Yo te doy lلstima? ؟Un perro siente lلstima por m-- ?يEl nohombre ri cَ on aspereza--. ،El Anasurimbor se apiada de m !يY hace bien... Ka'cunuroi souk ki'elju, souk hus'jihla. --Escupiَ, y seٌalَ con su espada a los muertos esparcidos a su alrededor--. Estos..., estos sranc son ahora nuestros niٌos. ،Pero antes! Antes, vosotros erais nuestros niٌ os. Nos habيan arrancado el corazَn, de modo que acunلbamos el vuestro. Compaٌeros de los Grandes Reyes norsirai. El nohombre dio un paso hacia él. --Pero ya no --prosigui .--A َ medida que pasaban las eras, algunos de nosotros necesitلbamos recordar algo mلs que vuestras peleas de niٌos. Algunos de nosotros necesitلbamos mلs brutalidad de la que ninguna de vuestras contiendas podيa ofrecernos. La gran maldiciَn de nuestra especie ؟,lo sabيas? ،Claro que lo sabيas! ؟Qué esclavo no se regocija con la degradaciَn de su amo, eh? El viento envolviَ la vetusta capa a su alrededor. Dio otro paso. --Pero me excuso como un hombre. La pérdida est لescrita en la misma tierra. Nosotros somos sَlo su recordatorio mلs dramلtico. El nohombre habيa alzado la punta de su sable ante Kellhus, que ya se habيa puesto en posiciَn y habيa levantado la espada curva por encima de la cabeza. De nuevo, se hizo el silencio, pavoroso esa vez. --Soy un guerrero de eras, Anasurimbor..., eras. He hundido mi nimil en miles de corazones. He cabalgado en contra y al lado del No Dios en las grandes guerras que ocasionaron estos pلramos. He escalado las murallas de la gran Golgotterath y he visto cَmo los corazones de los Grandes Reyes estallaban de ira. --Entonces, ؟por qué --preguntَ Kellhus-- levantas ahora tu arma contra un hombre solo? Risa. Seٌalَ con la mano libre los sranc muertos. --Una miseria, ya lo sé, pero a pesar de todo serيas memorable. Kellhus atacَ primero, pero su espada retrocediَ ante la malla que el
nohombre llevaba debajo de la capa. Se agachَ, esquivَ el contraataque del nohombre y le barriَ las piernas para hacer que perdiera el equilibrio. El nohombre cayَ de espaldas, pero logrَ volver a ponerse en pie sin esfuerzo. La risa atronَ desde la cara cubierta. --Muy memorable --gritَ, cayendo sobre el monje. Y Kellhus se sintiَ atrapado. Una lluvia de poderosos golpes le oblig َ a retroceder, y se alejَ del لrbol muerto. El anillo de acero dunyaino y el nimil del nohombre restallaban en el aire de la cumbre azotada por el viento. Pero Kellhus percibiَ el momento, aunque fue mucho, mucho mل s breve de lo que lo habيa sido con los sranc. Se introdujo en ese breve instante y la sobrenatural hoja se alejَ mل s de su blanco y se clavَ todavيa mلs en el aire vacيo. Entonces, la espada de Kellhus alcanzَ el cuerpo de la oscura figura; cortَ y pinchَ la armadura, e hizo trizas la macabra capa, pero no logrَ que derramara sangre. --؟Qué eres? --gritَ el nohombre, enfurecido. Habيa un espacio entre ellos, pero los cruces eran infinitos... Kellhus le rajَ la barbilla descubierta al nohombre. La sangre, negra en la penumbra, le salpicَ el pecho. Un segundo golpe y la asombrosa espada saliَ deslizلndose sobre la nieve y el hielo. Mientras Kellhus saltaba, el nohombre fue dando tumbos de espaldas y cayَ. La punta de la espada de Kellhus, colocada sobre la abertura de su casco, le acallَ. Bajo la gélida lluvia, el monje respirَ sin alterarse, con la mirada puesta en la figura caيda. Pasaron varios segundos. Entonces podيa empezar el interrogatorio. --Responderلs a mis preguntas --le instruyَ Kellhus sin pasiَn en la voz. El nohombre riَ misteriosamente. --Pero la pregunta eres tْ, Anasurimbor. Y entonces vino la palabra, la palabra que, al oيrla, desgarraba el intelecto. Una furiosa incandescencia. Como un pétalo soplado de la palma de la mano, Kellhus fue derribado y cayَ de espaldas. Se deslizَ sobre la nieve y, asombrado, tratَ de ponerse en pie. Observَ, absorto, cَmo el nohombre se levantaba en seguida, como tirado de un hilo. Una luz pل lida, acuosa, formaba una esfera a su alrededor. La lluvia helada chisporroteaba y siseaba contra ella. Tras él se erigيa el gran لrbol. «؟Brujerيa? Pero ؟cَmo puede ser?» Kellhus huyَ, corriَ por entre los edificios en ruinas hendiendo la
nieve. Se deslizَ sobre el hielo y resbalَ en el extremo mلs lejano de las cumbres, fue derribado por las infames ramas de los لrboles. Volviَ a ponerse en pie y se abriَ paso entre la لspera maleza. Algo como un trueno retumbَ en el aire, y grandes, cegadores incendios ardieron entre los abetos a su espalda. El fuego le envolviَ y corriَ mلs de prisa, hasta que las laderas se convirtieron en abismos, y el bosque oscuro, en un torrente de confusiَn. --،Anasurimbor! --gritَ una voz sobrenatural, rompiendo el silencio invernal--. ،Corre, Anasurimbor! --tron، .--َMe acordaré! Una risa como un trueno, y el bosque que quedaba a su espalda fue desgarrado por mلs luces feroces, que fracturaron la penumbra circundante. Kellhus vio cَmo su propia sombra huيa, titilando, tras él. El aire frيo le hiriَ los pulmones, pero corriَ mucho mلs rلpidamente de lo que los sranc le habيan hecho correr. «؟Brujerيa ؟Es ésta una mلs de las lecciones que debo aprender, Padre?» La frيa noche cayَ. En algْn lugar, en medio de la oscuridad, aullaron los lobos. Parecيan decir que Shimeh estaba demasiado lejos.
PRIMERA PARTE: EL HECHICERO
_____ 1 _____ Carythusal «Hay tres, y sَlo tres, clases de hombres en el mundo : cيnicos, fanلticos y Maestros del Mandato.» Ontillas, Sobre la locura de los hombres
«El autor ha observado con frecuencia que, en la génesis de los grandes acontecimientos, los hombres ignoran por lo general lo que sus acciones auguran. Este problema no es, como se podrيa pensar, consecuencia de la ceguera de los hombres ante las consecuencias de sus acciones. Es mلs bien el resultado del enloquecido modo en que lo trivial se torna terrible cuando los objetivos de un hombre se topan con los de otro. Los eruditos de los Chapiteles Escarlatas tienen un viejo dicho: "Cuando un hombre persigue una liebre, encuentra una liebre. Pero cuando muchos hombres persiguen una liebre, encuentran un dragَn". En la persecuciَn de intereses humanos en disputa, el resultado es siempre desconocido y, con demasiada frecuencia, aterrador.»
Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa Mediados de invierno, aٌo del Colmillo 4110, Carythusal Todos los espيas se obsesionaban con sus informantes. Era un juego al que se dedicaban en los momentos previos al sueٌo o durante los nerviosos silencios de una conversaciَn. Un espيa miraba a su informante como Achamian estaba mirando a Geshrunni entonces y se preguntaba: «؟Cuلnto sabe?». Como muchas tabernas situadas cerca del extremo del Gusano, el inmenso barrio bajo de Carythusal, El Santo Leproso era a la vez lujosa y paupérrima. El suelo era de baldosas de cerلmica tan elegantes como las que se podيan encontrar en el palacio del Gobernador-Palatino, pero las paredes eran de adobe pintado y el techo resultaba tan bajo que los hombres mلs altos tenيan que agacharse bajo las lلmparas de latَn, que eran imitaciones auténticas, segْn Achamian le habيa oيdo fanfarronear al propietario, de las encontradas en el templo de Exorietta. El lugar estaba siempre atestado, lleno de hombres misteriosos y, en ocasiones, peligrosos; pero el vino y el hachيs eran lo suficientemente caros como para impedir que los que no podيan permitirse un baٌo se mezclaran con los que s يpodيan. Hasta que fue a El Santo Leproso, a Achamian nunca le habيan gustado los ainonios, especialmente los de Carythusal. Como a la mayorيa de los habitantes de los Tres Mares, le parecيan vanos y afeminados. Llevaban demasiados aceites en las barbas, eran muy aficionados a la ironيa y los cosméticos, y resultaban excesivamente irresponsables en sus costumbres sexuales. Pero habيa cambiado de opiniَn tras las infinitas horas que habيa pasado esperando la llegada de Geshrunni. Se habيa dado cuenta de que la sutileza de carلcter y el
gusto que en las otras naciones sَlo afectaban a las castas mلs altas eran una fiebre endémica entre esa gente, e infectaban incluso a los hombres libres y los esclavos de las castas mلs bajas. Siempre habيa pensado que el Alto Ainon era una naciَn de libertinos y conspiradores de tres al cuarto; que eso hiciera de ella una naciَn de almas gemelas a la suya era algo que nunca habيa imaginado. Quiz لésa fuera la razَn por la que no reconoci َinmediatamente el peligro cuando Geshrunni le dijo: --Te conozco. Oscuro incluso bajo la luz de la lلmpara, Geshrunni bajَ los brazos, que habيa cruzado sobre el chaleco de seda, y se inclinَ hacia adelante en la silla. Era una figura imponente. Tenيa un rostro duro de soldado y llevaba la barba recogida con lo que parecيan correas de cuero negro. Los brazos estaban tan bronceados que sَlo se podيan advertir, pero no descifrar, las lيneas de pictogramas ainonios tatuadas desde los hombros hasta las muٌecas. Achamian tratَ de sonreيr afablemente. --Tْ y mis esposas --dijo, y se bebiَ de un trago otro cuenco de vino. Respirَ entrecortadamente y se relamiَ los labios. Geshrunni siempre habيa sido, o as يle habيa parecido a Achamian, un hombre corto de miras, para el que los misterios del pensamiento y la palabra eran pocos y profundos. La mayorيa de los guerreros eran asي, especialmente cuando se trataba de esclavos. Pero su afirmaciَn no habيa sido corta de miras. Geshrunni le observ َcuidadosamente, y en su mirada recelosa advirti u َ n rastro de asombro. Neg cَ on la cabeza, contrariado. --Deberيa haber dicho: «Sé quién eres». El hombre se recostَ, pensativo, de una manera tan poco propia de los modales de un soldado que a Achamian se le erizَ la piel de miedo. La ruidosa taberna se desvaneciَ y se convirtiَ en un cuadro de figuras sombrيas y puntos de luz dorada de las lلmparas. --Entonces, escrيbelo --respondiَ Achamian, como si se estuviera aburriendo-- y dلmelo cuando esté sobrio. Apartَ la mirada como suelen hacerlo los hombres aburridos y se dio cuenta de que la entrada de la taberna estaba vacيa. --Sé que no tienes esposas. --؟De verdad? ؟Y cَmo es eso? Achamian mirَ rلpidamente a su espalda y alcanzَ a ver a una prostituta que se apretaba un refulgente ensolarii de plata contra sus sudorosos pechos.
--،Una! --rugiَ la vulgar muchedumbre que la rodeaba. --Es muy buena haciendo eso, ؟sabes? Lo hace con miel. Geshrunni no se distrajo. --Los hombres como tْ no podéis tener esposas. --Los hombres como yo, ؟eh? ؟Y quiénes son los hombres como yo? Otra rلpida mirada a la entrada. --Eres un hechicero. Un Maestro. Achamian se riَ, sabedor de que su momentلnea vacilaciَn lo habيa traicionado. Pero tenيa motivos para seguir con su pantomima. Al menos, podrيa ganar un poco de tiempo. De tiempo de vida. --Por el maldito عltimo Profeta, amigo mيo --gritَ Achamian, mirando otra vez de reojo la entrada--, jurarيa que tus acusaciones tienen algo que ver con el vino. ؟De qué me acusabas anoche? ؟De hijo de puta? --،Dos! --gritَ alguien con gran estruendo, entre carcajadas. Poco le dijo a Achamian la mueca de Geshrunni. Todas las expresiones de aquel hombre parecيan una mueca, especialmente su sonrisa. La mano que surgiَ rلpidamente y le agarrَ la muٌeca, sin embargo, le dijo lo que necesitaba saber. «Estoy perdido. Ellos lo saben.» Pocas cosas eran mلs aterradoras que «ellos», especialmente en Carythusal. «Ellos» eran los Chapiteles Escarlatas, la Escuela mلs poderosa de los Tres Mares, y los seٌores secretos del Alto Ainon. Geshrunni era un capitلn de Javreh, los guerreros-esclavos de los Chapiteles Escarlatas, razَn por la cual Achamian habيa estado buscل ndolo durante lasْ ltimas semanas. Eso era lo que hacيan los espيas: tratar de ganarse el favor de los esclavos de sus rivales. Geshrunni le mirَ ferozmente a los ojos y le abriَ la mano con la palma hacia arriba. --Hay una manera de satisfacer mi sospecha --dijo en voz queda. --،Tres! --resonَ en las paredes de adobe y la caoba llena de hendiduras. Achamian hizo una mueca de dolor por la fuerza con que le agarraba aquel hombre y porque sabيa a qué «manera» se referيa Geshrunni. «As يno.» --Geshrunni, por favor, estلs borracho, amigo mيo. ؟Qué Escuela osarيa provocar la ira de los Chapiteles Escarlatas? Geshrunni se encogiَ de hombros. --La Myunsai, quizل. O el Saik Imperial. Los cishaurim. Son tantos
los de tu detestable especie. Pero si tuviera que aventurarme, dirيa que el Mandato. Dirيa que eres un Maestro del Mandato. ،Malvado esclavo! ؟Cuلnto tiempo hacيa que lo sabيa? Las palabras imposibles estaban ahي, suspendidas en el pensamiento de Achamian; palabras que podيan cegar ojos y dejar llagas en la carne. «No me deja otra opciَn.» Habrيa un tumulto. Los hombres bramarيan, desenvainarيan las espadas, pero no podrيan sino apartarse dando tumbos de su camino. Los ainonios temيan la brujerيa mلs que cualquier otro pueblo de los Tres Mares. «No tengo otra opciَn.» Pero Geshrunni ya se habيa metido una mano en el interior del chaleco bordado. Cerrَ el puٌo bajo la tela. Hizo una mueca como la de un chacal sonriendo. «Demasiado tarde...» --Parece --dijo Geshrunni con una tranquilidad amenazadora-- que tienes algo que decir. El hombre sacَ el Chorae. Parpadeَ, y después, con una aterradora brusquedad, se puso la cadena de oro que lo sostenيa alrededor del cuello. Achamian lo habيa percibido desde su primer encuentro; habيa utilizado incluso su desconcertante murmullo para identificar la vocaciَn de Geshrunni. Entonces, Geshrunni lo utilizarيa para identificarle a él. --؟Qué es eso? --preguntَ Achamian, y un estremecimiento de terror animal le cruzَ el brazo inmovilizado. --Creo que ya lo sabes, Akka. Creo que lo sabes mucho mejor que yo. Chorae. Los Maestros los llamaban Baratijas. Con frecuencia se da nombres despectivos a las cosas mلs terribles. Pero los otros hombres, los que seguيan a los Mil Templos en la condena de la hechicerيa como blasfemia, los llamaban Lلgrimas de Dios. Pero Dios no tenيa nada que ver con su fabricaciَn. Los Chorae eran reliquias del Antiguo Norte, tan valiosas que sَlo se podيan obtener mediante el matrimonio de herederos, el asesinato o el tributo de naciones enteras. Y valيan su precio: los Chorae daban a quienes los portaban inmunidad a la hechicerيa y mataban a todo hechicero que tuviera la mala suerte de tocar uno de ellos. Manteniendo la mano de Achamian inmَvil sin esfuerzo, Geshrunni alzَ el Chorae entre el pulgar y el يndice. Parecيa totalmente vulgar: una pequeٌa esfera de hierro, de un tamaٌo semejante a una aceituna, pero cubierta con la escritura cursiva de los nohombres. Achamian sinti َ que tiraba de sus intestinos, como si lo que Geshrunni sostuviera fuera
una ausencia en lugar de una cosa, un pequeٌo hoyo en el tejido del mundo. El corazَn le retumbaba en los oيdos. Pensَ en el cuchillo envainado bajo su tْnica. --،Cuatro! --Carcajadas estridentes. Tratَ de liberar su mano cautiva. En vano. --Geshrunni... --Cada capitلn de Javreh tiene uno de éstos --dijo Geshrunni, en un tono a la vez reflexivo y orgulloso--. Pero t ْya lo sabيas. «،Ha estado engaٌلndome todo este tiempo! ؟Cَmo he podido no darme cuenta?» --Tus dueٌos son generosos --dijo Achamian, transido por el horror suspendido sobre su palma. --؟Generosos? --le espetَ Geshrunni--. Los Chapiteles Escarlatas no son generosos. Son despiadados. Crueles con los que se les oponen. Y por primera vez, Achamian vislumbrَ el tormento que animaba al hombre, la angustia en sus refulgentes ojos. «؟Qué est لpasando aquي ?» Y aventurَ una pregunta: --؟Y con los que les sirven? --No hacen diferencias. «،No lo saben! Sَlo Geshrunni...» --،Cinco! --resonَ bajo el techo. Achamian se lamiَ los labios. --؟Qué quieres, Geshrunni? El guerrero-esclavo bajَ la mirada hacia la temblorosa palma de la mano de Achamian y baj َla Baratija como si fuera un niٌo curioso por lo que pudiera suceder. Con sَlo mirarla, Achamian se sinti m َ areado y percibi e َ l regusto de la bilis en el velo del paladar. Chorae. Una lلgrima tomada de la mejilla de Dios. La Muerte. La Muerte de todos los blasfemos. --؟Qué quieres? --siseَ Achamian. --Lo que todos los hombres quieren, Akka. La Verdad. Todas las cosas que Achamian habيa visto, todos los padecimientos a los que habيa sobrevivido, estaban atrapados en el pequeٌo espacio que habيa entre la resplandeciente palma de su mano y el acero engrasado. Baratija. La muerte sostenida entre los dedos callosos de un esclavo. Pero Achamian era un Maestro, y para los Maestros nada, ni siquiera la propia vida, era tan precioso como la Verdad. Eran sus cicateros guardianes y guerreaban en todas las oscuras grutas de los Tres Mares para apoderarse de ella. Mejor morir
que ceder la verdad del Mandato a los Chapiteles Escarlatas. Pero all يhabيa mلs. Geshrunni estaba solo; Achamian estaba seguro de eso. Los hechiceros podيan ver a los hechiceros, ver la herida de sus crيmenes, y en El Santo Leproso no habيa hechiceros ni Maestros Escarlatas, sَlo borrachos haciendo apuestas con prostitutas. Geshrunni estaba jugلndosela solo. Pero ؟por qué absurda razَn? «Dile lo que quiere. Ya lo sabe.» --Soy un Maestro del Mandato --susurrَ rلpidamente Achamian. Y a ٌadi :--Un َ espيa. Palabras peligrosas. Pero ؟qué otra opciَn tenيa? Geshrunni le escudriٌَ sin aliento durante un instante. Después, lentamente, cerrَ el puٌo alrededor del Chorae y le soltَ la mano a Achamian. Hubo un incَmodo momento de silencio, interrumpido solamente por el ruido de un ensolarii de plata contra la madera y un rugido de carcajadas. --،Has perdido, puta! --bramَ una voz ronca. Pero Achamian sabيa que eso no era asي. Por alguna razَn, aquella noche habيa ganado, y lo habيa hecho como siempre lo hacen las putas: sin comprender por qué. A fin de cuentas, los espيas no eran muy distintos de las putas. Y los hechiceros, todavيa menos.
Si bien de niٌo soٌaba con ser hechicero, a Drusas Achamian nunca se le habيa ocurrido la posibilidad de convertirse en espيa .Espيa no formaba parte del vocabulario de un niٌo criado en las aldeas de pescadores nronios. Para él, durante su niٌez, los Tres Mares sَlo habي an tenido dos dimensiones: habيa lugares cercanos y lejanos, y habيa gente de casta alta y de casta baja. Escuchaba a los viejos pescadores contar sus leyendas mientras él y otros niٌos los ayudaban a abrir ostras, y descubri m َ uy pronto que estaba entre los de casta baja, y que la gente poderosa moraba muy lejos. De aquellos viejos labios salيa un nombre misterioso tras otro-- el Shriah de los Mil Templos, los malvados infieles de Kian, los conquistadores scylvendios, los hechiceros conspiradores de los Chapiteles Escarlatas, etcétera--, nombres que trazaban las dimensiones de su mundo y lo poblaban de una aterradora majestad, a la vez que lo transformaban en el escenario de unos hechos increي
blemente trلgicos y heroicos. Se dormيa sintiéndose muy pequeٌo. Era de esperar que convertirse en un espيa aumentara las dimensiones del simple mundo de un niٌo, pero a él le sucediَ exactamente lo contrario. A medida que maduraba, obviamente, el mundo de Achamian se fue haciendo mas complicado. Descubriَ que habيa cosas sagradas y profanas, que los Dioses y el Exterior tenيan sus propias dimensiones y que no eran personas de casta muy alta que vivيan en un lugar muy remoto. También descubriَ que habيa épocas recientes y antiguas, que «hace mucho tiempo» no era como cualquier otro lugar, sino mلs bien una especie de extraٌo fantasma que rondaba todos los lugares. Pero cuando uno se convertيa en espيa, el mundo tenيa la curiosa costumbre de venirse abajo y adoptar una sola dimensiَn. Los hombres de mلs alta alcurnia, hasta los emperadores y los reyes, acostumbraban a parecer tan abyectos e insignificantes como el mلs vulgar pescador. Naciones lejanas como Conriya, el Alto Ainon, Ce Tydonn o Kian ya no le parecيan exَticas o encantadas, sino sucias y erosionadas como una aldea de pescadores nronios. Las cosas sagradas, como el Colmillo, los Mil Templos o incluso el Ultimo Profeta, se convirtieron en meras versiones de cosas profanas, como los fanim, los cishaurim y las Escuelas de Hechicerيa, como si las palabras sagrado y profano fueran tan fلcilmente intercambiables como los asientos en una mesa de juego. Y lo mلs reciente simplemente se convirtiَ en una repeticiَn mلs chabacana de lo antiguo. Como Maestro y espيa, Achamian habيa cruzado los Tres Mares, habيa visto muchas de esas cosas que en el pasado le habيan hecho estremecer de miedo sobrenatural, y sabيa que las leyendas de la infancia eran siempre mejores. Desde que habيa sido identificado de joven como uno de los Escogidos y habيa sido mandado a Atyersus para ser formado en la Escuela del Mandato, habيa educado a prي ncipes, habيa insultado a grandes maestros y habيa enfurecido a sacerdotes Shriah. Y entonces sabيa con bastante seguridad que el mundo se iba despojando de sus maravillas gracias al conocimiento y los viajes; que cuando uno desbarataba los misterios, sus dimensiones se desmoronaban en lugar de florecer. Obviamente, en ese momento el mundo le parecيa un lugar mucho mلs complejo que cuando era un niٌo, pero también mucho mلs simple. En todas partes, los hombres codiciaban y codiciaban, como si los tيtulos de «rey», «shriah» y «gran maestro» fueran solamente mلscaras llevadas por un mismo animal hambriento. Le parecيa que la avaricia era laْ nica dimensiَn del mundo.
Achamian era un hechicero y espيa de mediana edad, y se habيa cansado de ambas vocaciones. Y aunque no le habrيa gustado reconocerlo, estaba abatido. Como decيan las viejas viudas de los pescadores, habيa recogido la red vacيa en demasiadas ocasiones. Perplejo y consternado, Achamian dejَ a Geshrunni en El Santo Leproso y corriَ a su casa --si as يse la podيa llamar-- a través de los tenebrosos caminos del Gusano. Extendiéndose sobre la ribera septentrional del rيo Sayut hasta las afamadas Puertas Surmلnticas, el Gusano era un laberinto de casas vecinales que se desmoronaban, de burdeles y de empobrecidos templos cْlticos. Achamian siempre habيa pensado que el nombre del lugar era adecuado. Hْmedo, lleno de callejones estrechos, el Gusano parecيa, ciertamente, algo encontrado debajo de una piedra. Dada la naturaleza de su misiَn, Achamian no tenيa por qué estar consternado; mلs bien al contrario. Después del enloquecedor momento del Chorae, Geshrunni le habيa contado secretos, secretos importantes. Geshrunni resultَ que era un esclavo infeliz. Odiaba a los magos Escarlatas con una intensidad que resultaba casi aterradora una vez revelada. --No me hice amigo tuyo por la promesa de tu oro --le habيa dicho el capitلn de Javreh--. ؟Para qué? ؟Para comprarles a mis amos mi libertad? Los Chapiteles Escarlatas rechazan todo lo que tiene algْn valor. No, me hice amigo tuyo porque sabيa que me serيas de utilidad. --؟De utilidad? ؟Para qué? --Venganza... Durante todo este tiempo has sabido que yo no era un mercader. Risas desdeٌosas. --Por supuesto. Fuiste demasiado liberal con tus ensolariis. Siéntate a la mesa con un mercader o siéntate con un pordiosero. Siempre ser لel pordiosero quien te invite primero a beber. «؟Qué clase de espيa eres?» Achamian habيa fruncido el entrecejo ante aquello, ante su propia transparencia. Pero si la perspicacia de Geshrunni le preocupaba, estaba aterrado por lo mal que él le habيa juzgado. Geshrunni era un guerrero y un esclavo: ؟qué fَrmula mلs segura podيa haber para la estupidez? Aunque Achamian suponيa que los esclavos tenيan buenas razones para ocultar su inteligencia. Un esclavo sensato era quiz لalgo digno de encomio, como los esclavos-eruditos del viejo Imperio Ceneiano; sin embargo, un esclavo astuto era algo que temer, algo que debيa ser eliminado.
Pero esta idea no alcanzaba a consolarlo. «Si me ha podido engaٌar tan fلcilmente...» Achamian habيa arrancado un gran secreto de la oscuridad de Carythusal y los Chapiteles Escarlatas; el mلs grande, tal vez, en muchos aٌos. Pero no habيa sido gracias a su talento, que raramente habيa cuestionado durante los aٌos, sino a su incompetencia. Gracias a ella, se habيa hecho con dos secretos: uno era temible para el esquema general de los Tres Mares; el otro, para su propia vida. «No soy --se dio cuenta-- el hombre que era.» La historia de Geshrunni era alarmante por s يmisma, aunque sَlo fuera porque demostraba la capacidad de los Chapiteles Escarlatas para albergar secretos. Geshrunni le dijo que los Chapiteles Escarlatas estaban en guerra y lo habيan estado, en realidad, durante losْ ltimos diez aٌos. A Achamian no le impresionَ; al principio. Las Escuelas de Hechicerيa, como todas las Grandes Facciones, siempre organizaban escaramuzas con espيas, asesinatos, sanciones comerciales y delegaciones de enviados indignados. Pero esa guerra, segْn le asegurَ Geshrunni, era mلs trascendental que una simple refriega. --Hace diez aٌos --dijo Geshrunni--, nuestro anterior Gran Maestro Sasheoka fue asesinado. --؟Sasheoka? Achamian no tenيa por costumbre hacer preguntas estْpidas, pero la idea de que un Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas pudiera ser asesinado era absurda. ؟Asesinado? --En el sanctasanctَrum de los propios Chapiteles. En otras palabras, en mitad del mلs formidable sistema de Guardas de los Tres Mares. El Mandato no sَlo no se habrيa atrevido a hacer una cosa asي, sino que no hubiera tenido ninguna posibilidad, ni siquiera con las brillantes Abstracciones de la Gnosis, de tener éxito. ؟ Quién podيa haber cometido un acto como aquél? --؟A manos de quién? --preguntَ Achamian, casi sin aliento. Los ojos de Geshrunni titilaron bajo la rojiza luz de la lلmpara. --De los infieles --dijo--. Los cishaurim. Achamian estaba desconcertado y complacido a la vez por aquella revelaciَn. Los cishaurim, laْ nica Escuela infiel. Al menos eso explicaba el asesinato de Sasheoka. En los Tres Mares habيa un dicho muy comْn: «Sَlo los Escogidos pueden ver a los Escogidos». La hechicerيa era violenta. Ejercerla era cortar el mundo como se harيa con un cuchillo. Pero sَlo los Escogidos --los hechiceros-- podيan ver esa mutilaciَn, y sَlo ellos podيan ver,
ademلs, la sangre en las manos del mutilador, «la marca», como as يla llamaban. Sَlo los Escogidos podيan verse y ver los crيmenes de los otros. Y cuando se encontraban, se reconocيan con la misma facilidad con que los hombres reconocيan a los criminales gracias a que no tenي an nariz. No sucedيa lo mismo con los cishaurim. Nadie sabيa cَmo ni por qué, pero tramaban acciones tan vastas y devastadoras como cualquier otra hechicerيa sin dejar una marca en el mundo o llevar la marca de su crimen. Sَlo en una ocasiَn Achamian habيa presenciado una muestra de la hechicerيa cishaurim, que ellos denominaban Psukhe, una noche no hacيa mucho tiempo, en la distante Shimeh. Valiéndose de la Gnosis, la hechicerيa del Antiguo Norte, Achamian habيa destruido a sus asaltantes, que iban vestidos con tْnicas de color azafrلn, pero cuando se refugiَ tras sus Guardas, le pareciَ que veيa destellos de rayos silenciosos. Ningْn trueno. Ninguna marca. Sَlo los Escogidos podيan ver a los Escogidos, pero nadie-- al menos ningْn Maestro-- podيa distinguir a los cishaurim o sus obras de los hombres comunes o el mundo comْn. Y Achamian conjeturَ que eso habيa sido lo que les habيa permitido asesinar a Sasheoka. Los Chapiteles Escarlatas tenيan Guardas para los hechiceros y esclavos-soldados como Geshrunni para los hombres que llevaban un Chorae, pero no tenيan nada que les protegiera de hechiceros indistinguibles de los hombres comunes, o de la hechicerيa indistinguible del mundo de Dios. Los perros de presa, segْn le asegurar يa Geshrunni, corrيan entonces libremente por los salones de los Chapiteles Escarlatas, adiestrados para oler el azafrلn y la henna con que los cishaurim teٌيan sus ropas. Pero ؟por qué? ؟Qué podيa haber llevado a los cishaurim a declarar abiertamente la guerra a los Chapiteles Escarlatas? Por muy extraٌa que fuera su metafيsica, no podيan albergar ninguna esperanza de ganar esa guerra. Los Chapiteles Escarlatas eran, simple y llanamente, demasiado poderosos. Cuando Achamian le preguntَ a Geshrunni, el esclavo-soldado se limitَ a encogerse de hombros. --Ha pasado una década y todavيa no lo saben. Eso, al menos, era motivo de un pequeٌo regocijo. No habيa nada que valorara mلs un ignorante que la ignorancia de los demلs. Drusas Achamian se adentrَ todavيa mلs en el Gusano, hacia la escuلlida casa de vecinos en la que habيa alquilado una habitaciَn, todavيa mلs preocupado por él que por su futuro.
Geshrunni sonriَ mientras salيa dando tumbos de la taberna. Se equilibrَ sobre el abundante polvo del callejَn. --Hecho --dijo, y después se riَ a carcajadas como nunca habيa osado hacer en pْblico. Levantَ la mirada hacia la estrecha franja de cielo cercada y oscurecida por los muros de adobe y los toldos de lienzo rajado. Vio unas cuantas estrellas. De repente, su traiciَn le pareciَ algo patético. Le habيa contado elْ nico secreto que tenيa a un enemigo de sus amos. Entonces ya no le quedaba nada, ninguna traiciَn que atenuara el odio de su corazَn. Un odio muy amargo. Ante todo, Geshrunni era un hombre orgulloso. Cَmo era posible que alguien como él hubiera nacido esclavo, sometido a los deseos de hombres débiles de corazَn, hombres afeminados... ،De hechiceros! En otra vida, sabيa que habrيa sido un conquistador. Habrيa doblegado a un enemigo tras otro con la fuerza de sus propias manos. Pero en esa execrable vida, loْ nico que podيa hacer era frecuentar a otros hombres afeminados y murmurar. ؟Qué tenيan de venganza las murmuraciones? Descendiَ tambaleلndose por el callejَn y se dio cuenta de que alguien le seguيa. La posibilidad de que sus amos hubieran descubierto su pequeٌa traiciَn le sobrevino momentلneamente, pero le pareciَ que era improbable. El Gusano estaba lleno de lobos, hombres desesperados que seguيan cualquier seٌal en busca de hombres que estuvieran tan borrachos que pudieran ser asaltados sin riesgos. Geshrunni ya habيa matado a uno, hacيa muchos aٌos: un pobre desgraciado que se habيa arriesgado a morir en lugar de venderse, como el padre sin nombre de Geshrunni habيa hecho, a la esclavitud. Siguiَ andando, con los sentidos tan despiertos como el vino le permitي a, y sus ebrios pensamientos daban vueltas alrededor de una sangrienta posibilidad tras otra. Pensَ que ésa serيa una buena noche. Sَlo cuando pasَ bajo la imponente fachada del templo que los carythusali llamaban la Boca del Gusano, Geshrunni se alarmَ. Los hombres eran con mucha frecuencia seguidos hacia el interior del Gusano, pero pocas veces lo eran al salir. Sobre el maremلgnum de los tejados, Geshrunni logrَ vislumbrar el mلs alto de los Chapiteles, carmes يcontra el campo de estrellas. ؟Quién se atreverيa a seguirle hasta all ?يA no ser que fuera...
Se dio la vuelta y vio a un hombre calvo, voluminoso, vestido, a pesar del calor, con un abrigo de seda bordado que podrيa haber sido de cualquier combinaciَn de colores, pero que en la oscuridad parecيa azul y negro. --Tْ eras uno de los idiotas que estaban con la puta --dijo Geshrunni, tratando de sacudirse la confusiَn de la bebida. --S ي--respondiَ el hombre, con los carrillos tan sonrientes como los labios--. Era muy... atractiva. Pero a decir verdad, a m يme interesaba mلs lo que le contaste al Maestro del Mandato. Geshrunni entrecerrَ los ojos, perplejo a causa de su ebriedad. «As يque lo saben.» El peligro siempre le devolvيa la sobriedad. Instintivamente, se metiَ la mano en el bolsillo y cerrَ los dedos alrededor del Chorae. Se lo tirَ violentamente al Maestro... O a quien él creيa que era un Maestro Escarlata. El extraٌo atrapَ la Baratija en el aire como si se la hubieran lanzado para que le echara un vistazo amistoso. La escudriٌَ un instante, como un cambista dubitativo que estudiara una moneda de plomo. Levantَ la mirada y volviَ a sonreي r, parpadeando con sus inmensos ojos bovinos. --Un regalo precioso --dijo--. Muchas gracias, pero me temo que no es una contrapartida justa por lo que quiero. «،No es un hechicero!» Geshrunni habيa visto a un hechicero tocar el Chorae en una ocasiَn; su carne y sus huesos se habيan deshecho, incandescentes. Pero, entonces, ؟qué era ese hombre? --؟Quién eres? --preguntَ Geshrunni. --Nada que tْ puedas comprender, esclavo. El capitلn de Javreh sonriَ. «Quiz لsَlo sea un idiota.» Una peligrosa y ebria amabilidad se apoder َde sus modales. Camin h َ acia el hombre y le puso su mano callosa sobre una hombrera. Percibi e َ l olor a jazmيn. Los ojos bovinos le miraron. --،Oh, cielos! --dijo el extraٌo--. Eres un idiota valiente, ؟verdad? «؟Por qué no tiene miedo?» Recordando la tranquilidad con que el hombre habيa atrapado el Chorae, Geshrunni se sintiَ, de repente, terriblemente desvalido, aunque resoluto. tiempo me has estado vigilando? --؟Quién eres? --susurr ؟.--Cuلnto َ --؟Vigilلndote? --El hombre gordo a punto estuvo de sonreيr--. Esa presunciَn es impropia de un esclavo. «؟Est لvigilando a Achamian? ؟Qué es esto?» Geshrunni era un oficial, estaba acostumbrado a amedrentar a los hombres con la amenazadora intimidad de un enfrentamiento cara a cara. Pero no a ese
hombre. Blando o no, mostraba una tranquilidad imperturbable. Geshrunni lo percibيa. Y si no hubiera sido por el vino que no habيan rebajado con agua, habrيa estado aterrorizado. Clavَ los dedos un poco mلs en el hombro de aquel hombre corpulento. --Te he dicho que me lo digas, gordo idiota --dijo entre sus dientes apretados--, o mancharé el suelo con tus intestinos. --Con la mano que tenيa libre, blandiَ la navaja--. ؟Quién eres? Imperturbable, el hombre gordo sonriَ con una repentina ferocidad. --Hay pocas cosas tan penosas como ver a un esclavo que se niega a darse cuenta de cuلl es su posiciَn. Atَnito, Geshrunni bajَ la mirada hacia su mano inerte y observَ cَmo su navaja caيa sobre el polvo. Loْ nico que habيa oيdo habيa sido el golpe de la manga del extraٌo. --Arrodيllate, esclavo --dijo el hombre gordo. --؟Qué has dicho? El bofetَn hizo aflorar lلgrimas a sus ojos. --He dicho que te arrodilles. Otro bofetَn, tan fuerte que le hizo bailar algْn diente. Geshrunni retrocediَ dando tumbos, unos cuantos pasos y alzَ una mano torpe. ؟Cَ mo podيa ser? --؟Qué tarea nos hemos impuesto --dijo el extraٌo con tristeza, siguiéndole-- si hasta sus esclavos son tan orgullosos? Presa del pلnico, Geshrunni buscَ a tientas la empuٌadura de la espada. El hombre gordo se detuvo y lanzَ una mirada a la empuٌadura. --Suéltala --dijo con una voz inconcebiblemente frيa, inhumana. Con los ojos como platos, Geshrunni se quedَ helado, paralizado por la silueta que se erigيa ante él. --،He dicho que la sueltes! Geshrunni vacilَ. Una nueva bofetada lo postrَ de rodillas. --؟Qué eres? --gritَ Geshrunni con los labios ensangrentados. Cuando la sombra del hombre gordo le cubriَ, Geshrunni observَ cَ mo su cara redonda se desencajaba; después se doblَ con la tensiَn de la mano de un pedigüeٌo bajo el peso de una moneda. «،Hechicerيa! Pero ؟cَmo podيa ser? Tiene un Chorae en la mano...» --Algo inconcebiblemente antiguo --dijo aquella abominaciَn en tono suave--. Extraordinariamente hermoso.
Un hombre, un hombre fallecido hacيa mucho tiempo, alz lَa mirada entre los muchos ojos de los Maestros del Mandato: Seswatha, el gran adversario del No Dios y el fundador de laْ ltima Escuela Gnَstica, su Escuela. A la luz del dيa, era vago, tan impreciso como un recuerdo de la infancia, pero por la noche los poseيa, y la tragedia de su vida tiranizaba sus sueٌos. Sueٌos llenos de humo. Sueٌos sacados de su vaina. Achamian observَ cَmo Anasurimbor Celmomas, elْ ltimo Gran Rey de Kuniuri, caيa bajo el martillo de un traicionero caudillo sranc. Aunque Achamian gritَ, sabيa con esa media certeza propia de los sueٌos que el mayor de los Grandes Reyes de la dinastيa de Anasurimbor ya estaba muerto, que llevaba muerto mلs de dos mil aٌos. Y sabيa, ademلs, que no era él quien lloraba, sino un hombre mucho mلs grande. Seswatha. Las palabras le afloraron a los labios. El caudillo sranc se sacudiَ en medio de un fuego abrasador y se desvaneciَ para convertirse en un montoncillo de trapos y ceniza. Mلs sranc recorrieron la cima de la colina y mلs murieron, abatidos por la luz sobrenatural que su canciَn habيa provocado. Mلs allل, vislumbrَ un dragَn distante, como una figura de bronce en el sol poniente, suspendido sobre el campo de batalla de los sranc y los hombres, y pensَ: «Ha caيdo elْ ltimo Rey Anasurimbor. Kuniuri est لperdido». Gritando el nombre del Rey, los Altos Caballeros de Tryse se reunieron a su alrededor, se abalanzaron sobre el sranc al que habيan quemado y cayeron como locos sobre las masas que habيa al otro lado. Con un Caballero de Tryse al que él no conocيa, Achamian arrastr َ a Anasurimbor Celmomas entre los histéricos gritos de sus vasallos y parientes, a través del olor de sangre, intestinos y carne quemada. En un pequeٌo claro, recostَ el cuerpo del Rey sobre su regazo. Los ojos azules de Celmomas, de costumbre tan frيos, le imploraron. --Déjame --dijo entre jadeos el Rey de la barba grisلcea. --No --respondiَ Achamian--. Si mueres, Celmomas, todo estarل perdido. El Gran Rey sonriَ a pesar de tener los labios destrozados. --؟Ves el sol? ؟Ves su destello, Seswatha? --No --susurrَ Achamian. --،El sol! ؟No ves el sol? ؟No lo sientes en tus mejillas? Las revelaciones estلn escondidas en cosas simples como ésas. ،Lo veo!
Veo tan claramente lo estْpido y terco que he sido... Y contigo, contigo m لs que con nadie, he sido injusto. ؟Puedes perdonar a un anciano? ؟ Puedes perdonar a un anciano estْpido? --No hay nada que perdonar, Celmomas. Has perdido demasiadas cosas, has sufrido demasiado. --Mi hijo... ؟Crees que estar لallي, Seswatha? ؟Crees que me reconocer لcomo su padre? --Sي..., como su padre y su Rey. --؟Te he contado alguna vez --dijo Celmomas, con la voz entrecortada pero henchida de un orgullo estéril-- que mi hijo, en una ocasiَn, se introdujo a hurtadillas en uno de los pozos mلs hondos de Golgotterath? --Sي. --Achamian sonriَ entre lلgrimas--. Muchas veces, viejo amigo. --،Cَmo le echo de menos, Seswatha! Cَmo me gustarيa estar una vez mلs a su lado. El anciano llorَ un rato. Abriَ mلs los ojos. --Le veo perfectamente. Ha tomado al sol como corcel y cabalga entre nosotros. ،Lo veo! ،Galopando a través de los corazones de mi gente, despertando el asombro y la furia! --،Chsss! Conserva tus fuerzas, mi Rey. Los médicos estلn de camino. --Dice... Me dice cosas tan dulces para confortarme. Dice que uno de mis descendientes volverل, Seswatha; que un Anasurimbor volverل... Un estremecimiento recorriَ al anciano, obligلndole a jadear y babear entre dientes. --En el fin del mundo. Los refulgentes ojos de Anasurimbor Celmomas II, Seٌor Blanco de Tryse, Gran Rey de Kuniuri, se quedaron sin vida. Y con ellos, el sol del atardecer titubeَ y sumergiَ la gloria de las armaduras broncيneas de los norsirai en el crepْsculo. --،Nuestro Rey! --gritَ Achamian a los hombres estremecidos que le rodeaban--. ،Nuestro Rey ha muerto! Pero todo estaba a oscuras. No habيa nadie a su alrededor, ningْn rey recostado sobre sus muslos. Sَlo habيa sلbanas empapadas de sudor y una inmensa ausencia que zumbaba all يdonde habيa estado el clamor de la guerra. Su habitaciَn. Estaba tendido a solas en su mي sera habitaciَn. Achamian se rodeَ fuertemente con los brazos. Otro sueٌo salido de su vaina.
Se llevَ las manos a la cara y llorَ un instante por un Gran Rey Kuniْ rico muerto hacيa tiempo y un rato mلs por otras cosas menos precisas. En la distancia, creyَ oيr aullidos. Un perro o un hombre.
Geshrunni fue arrastrado por callejones infectos. Vio muros llenos de agujeros tambaleلndose contra un cielo negro. Habيa perdido el dominio sobre sus extremidades y tenيa los dedos fuertemente asidos a un ladrillo cubierto de grasa. Olيa el rيo entre los borbotones de sangre. «Mi cara...» --؟Qué eres? --tratَ de gritar, pero hablar le resultaba casi imposible sin labios. «،Te lo he dicho todo!» El sonido de botas marchando entre el estiércol hْmedo. Una sonrisa procedente de algْn lugar encima de él. --Si el ojo de tu enemigo te ofende, esclavo, se lo arrancas, ؟no? --Por favor..., piedad. Te lo ruego..., piedad. --؟Piedad? --La cosa ri .--La َ piedad es un lujo de los holgazanes, idiota. El Mandato tiene muchos ojos y tenemos que arrancarlos todos. «؟Dَnde est لmi cara?» Ingravidez. Después el impacto del agua frيa; se ahogaba.
Achamian se despertَ bajo la luz previa al amanecer, con la cabeza zumbando por el recuerdo de la bebida y mلs sueٌos angustiosos. Mلs sueٌos del Apocalipsis. Tosiendo, se incorporَ en la cama de paja y se dirigiَ dando tumbos a laْ nica ventana de la habitaciَn. Abriَ el postigo lacado con las manos temblorosas. Aire fresco. Luz grisلcea. Los palacios y templos de Carythusal se erigيan entre los matorrales de edificios mلs pequeٌos. Una densa niebla cubrيa el rيo Sayut y recorrيa los callejones y las avenidas de la parte baja de la ciudad, como el agua en las trincheras. Aislados y pequeٌos como una uٌa, los Chapiteles Escarlatas se alzaban en la etérea expansiَn de terreno, sobresaliendo como torres muertas por encima de las dunas blancas del desierto. A Achamian se le espesَ la garganta. Parpadeَ para alejar las lل grimas de sus ojos. No habيa ningْn fuego. No habيa un coro de
gemidos. Todo estaba en calma. Hasta los Chapiteles mostraban un reposo monumental, sin aliento. «Este mundo --pens ,--no َ debe terminar«. Apartَ la mirada del paisaje y la dirigiَ a laْ nica mesa de la habitaciَn. Se dej َcaer sobre el taburete, o lo que parecيa un taburete, que tenيa el aspecto de haber sido encontrado en un barco varado. Humedeci sَ u pluma y, tras desenrollar un pequeٌo pergamino entre pedazos sueltos de papel, escribi» :Vados َ de Tywanrae; igual. Incendio de la Biblioteca de Sauglish; distinto. Veo mi rostro y no una S en el espejo». Una curiosa discrepancia. ؟Qué significarيa? Por un momento, reflexionَ sobre la futilidad de la pregunta. Luego, se acordَ de haberse despertado en mitad de la noche. Después de una pausa, aٌadiَ: «Muerte y Profecيa de Anasurimbor Celmomas; igual». Pero ؟era igual? Sin duda en los detalles, pero el sueٌo habيa tenido una inquietante inmediatez, suficiente para despertarle. Después de tachar igual escribiَ: «Distinto. Mلs poderoso». Mientras esperaba que la tinta se secara, releyَ los fragmentos escritos con anterioridad, remontلndose por la curva del rollo de papiro. Una cascada de imلgenes y pasiones acompaٌaba a cada uno de ellos y transformaba la muda tinta en mundos fragmentarios: cuerpos tambaleل ndose por entre las aguas nudosas de la catarata de un rيo, un amante borboteando sangre por entre los dientes apretados, el fuego envolviendo torres de piedra como un bailarيn libertino. Se apretَ los ojos con el pulgar y el يndice. ؟Por qué estaba tan obsesionado con ese registro? Otros hombres mucho mلs grandes que él se habيan vuelto locos tratando de descifrar la desquiciada secuencia y las permutaciones de los Sueٌos de Seswatha. Sabيa perfectamente que nunca hallarيa una respuesta. ؟Era, pues, una especie de juego perverso? ؟Un juego como el que su madre ponيa en prلctica cuando su padre regresaba borracho de los barcos? Quejarse e importunar, exigir razones all يdonde no las habيa, estremecerse cada vez que su padre levantaba la mano y gritar cada vez que inevitablemente la golpeaba? ؟Por qué quejarse e importunar cuando revivir la vida de Seswatha era ya suficientemente cansino? Algo frيo le alcanzَ el esternَn y le rodeَ el corazَn. El viejo temblor sacudiَ sus manos y el rollo de papiro se cerrَ con la tinta todavيa hْ meda. Basta... Entrelazَ las manos, pero el temblor se extendiَ a sus brazos y sus hombros. ،Basta! El aullido de las trompas sranc entrَ por la ventana. Se encogiَ bajo la sacudida de las alas del dragَn. Se meciَ en el
taburete. Todo el cuerpo le temblaba. --،Basta! Durante un rato, tratَ de respirar. Oyَ el repiqueteo distante del martillo del herrero, las riٌas de los cuervos en los tejados. «؟Es esto lo que querيas, Seswatha? ؟Era as يcomo tenيa que ser?» Pero como sucedيa con muchas otras de las preguntas que se hac يa, ya conocيa la respuesta. Seswatha habيa sobrevivido al No Dios y al Apocalipsis, pero sabي a que el conflicto no habيa terminado. Los scylvendios habيan regresado a sus praderas, los sranc se habيan esparcido para guerrear por los restos de un mundo en ruinas, pero Golgotterath habيa quedado intacta. Desde sus negras murallas, los sirvientes del No Dios, el Consulto, todavيa seguيan observando, poseيdos por una paciencia que eclipsaba la perseverancia de los hombres, una paciencia que ning ْn ciclo de versos épicos ni ninguna admoniciَn de las escrituras podيa igualar. Quiz لla tinta fuera inmortal, pero el significado no lo era. Seswatha sabيa que con el paso de cada generaciَn, el cuello de su recuerdo se romperيa un poco mلs, y hasta el Apocalipsis serيa olvidado, as يque al fallecer, su desgarradora vida se reencarnَ en los sueٌos de sus seguidores. De este modo, habيa convertido su legado en una incesante llamada a las armas. «Estoy destinado a sufrir», pensَ Achamian. Obligلndose a enfrentarse al dيa que tenيa por delante, se engras َ el pelo y se cepillَ las salpicaduras de estiércol que tenيa en los ribetes bordados de su tْnica azul. Detenido junto a la ventana, calmَ su estَ mago con queso y pan duro mientras observaba cَmo la luz del dيa quemaba la neblina tras la negra espalda del rيo Sayut. Después preparَ las Palabras de Llamada e informَ a sus intermediarios en Atyersus, la ciudadela de la Escuela del Mandato, de todo lo que Geshrunni le habيa contado la noche anterior. No le sorprendiَ su relativo desinterés. La guerra secreta entre los Chapiteles Escarlatas y los cishaurim no era, a fin de cuentas, su guerra. Pero el llamamiento para que volviera a casa le sorprendiَ. Cuando preguntَ por qué, le dijeron sَlo que tenيa algo que ver con los Mil Templos; otra facciَn, otra guerra que no era la suya. Mientras recogيa sus pocas posesiones, pensَ: «Una misiَn mلs sin sentido». ؟Cَmo no iba a ser cيnico? En los Tres Mares, todas las Grandes Facciones guerreaban
contra enemigos tangibles por objetivos tangibles, mientras que el Mandato guerreaba contra un enemigo que nadie podيa ver por un objetivo en el que nadie creيa. Este hecho hacيa de los Maestros del Mandato unos parias no sَlo a la manera de los hechiceros, sino también a la de los locos. Obviamente, los potentados de los Tres Mares, tanto los ketyai como los norsirai, sabيan del Consulto y de la amenaza de un Segundo Apocalipsis --؟cَmo no iban a saberlo después de siglos de insistentes emisarios del Mandato?--, pero no creيan en ninguna de las dos cosas. Después de siglos de refriegas con el Mandato, el Consulto, simplemente, se habيa esfumado, desvanecido. Nadie sabيa cَmo ni por qué, a pesar de que se habيan hecho todo tipo de especulaciones. ؟Habيan sido destruidos por fuerzas desconocidas? ؟Se habيan aniquilado a s يmismos desde dentro? ؟O, simplemente, habيan encontrado el modo de eludir los ojos del Mandato? Habيan transcurrido tres siglos desde laْ ltima vez que el Mandato se habيa topado con el Consulto. Durante tres siglos, habيan hecho una guerra sin enemigo. Los Maestros del Mandato cruzaban los Tres Mares persiguiendo a un enemigo al que nunca encontraban y en el que no creيa nadie. Por muy envidiados que fueran por su posesiَn de la Gnosis, la hechicerيa del Antiguo Norte, eran objeto de toda clase de burlas, el hazmerreيr en las cortes de todas las Grandes Facciones. Pero cada noche Seswatha los volvيa a visitar. Cada maٌana se despertaban a causa del horror y pensaban: «El Consulto est لentre nosotros». ؟Habيa habido algْn momento en el que Achamian no hubiera sentido ese horror en su interior? La sensaciَn de mareo en la boca del estَmago, como si una catلstrofe pendiera sobre algo que habيa olvidado, le sobrevino como un susurro sin aliento. «Debes hacer algo...» Pero nadie en el Mandato sabيa qué debيan hacer, y hasta que no lo supieran, todas sus acciones serيan tan estériles como los gestos de un actor de mimo. Los mandarيan a Carythusal para seducir a esclavos bien colocados como Geshrunni, o a los Mil Templos, para hacer quién sabe qué. Los Mil Templos. ؟Qué podيa querer el Mandato de los Mil Templos? Fuera lo que fuese, implicaba necesariamente abandonar a su suerte a Geshrunni, su primer informante real dentro de los Chapiteles Escarlatas en toda una generaciَn. Cuanto mلs cavilaba sobre ello, mلs extraordinario le parecيa.
«Quiz لesta misiَn sea diferente.» Pensar en Geshrunni le puso, de repente, ansioso. Como mercenario que era, habيa arriesgado algo mلs que su vida para darle al Mandato un gran secreto. Ademلs, era inteligente y estaba lleno de odio a la vez: un informante ideal. Nada bueno traerيa perderle. Después de sacar de su hatillo la tinta y el papiro, Achamian se inclinَ sobre la mesa y escribiَ un rلpido mensaje: «Debo partir. Pero debes saber que tus favores no han sido olvidados, y que has encontrado a un amigo que comparte tus objetivos. No hables con nadie y no correrلs ningْn riesgo. A». Achamian le pagَ la habitaciَn al portero sifilيtico y se encaminَ hacia las calles. Encontrَ a Chiki, el huérfano al que le habيa encargado algunos recados, dormido en un callejَn cercano. El niٌo estaba acurrucado en un saco de cٌلamo tras una montaٌa de desperdicios que emitيa un zumbido. Pese a la marca de nacimiento en forma de granada que le afeaba la cara, su rostro era bonito; tenيa la piel color aceituna, suave como la de un delfيn a pesar de la mugre, y sus rasgos eran tan bellos como los de cualquier hija del Palatinado. Achamian se estremeciَ al pensar cَmo se ganaba la vida el chico, aparte de sus negocios de poca monta. La semana anterior, Achamian habيa sido abordado por un borracho, cuyo maquillaje aristocrلtico se veيa medio corrido en la cara; cogiéndose la entrepierna, le habيa preguntado si habيa visto a su dulce «granada». Achamian despertَ al niٌo con la punta de la zapatilla de mercader. Lentamente, el niٌo se puso en pie. --؟Te acuerdas de lo que te enseٌé, Chiki? El niٌo se le quedَ mirando con la actitud alerta de quien acaba de despertarse. --Sي, seٌor. Yo soy tu mensajero. --؟Y qué hacen los mensajeros? --Llevan mensajes, seٌor. Mensajes secretos. --Bien --dijo Achamian, mostrلndole el pergamino doblado al niٌo--. Necesito que lleves este mensaje a un hombre llamado Geshrunni. Recuerda este nombre: Geshrunni. No lo puedes confundir. Es un capit لn de Javreh y frecuenta El Santo Leproso. ؟Sabes dَnde est لEl Santo Leproso? --Sي, seٌor. Achamian sacَ un ensolarii de plata de su monedero y no pudo evitar sonreيr ante la expresiَn atemorizada del niٌo. Chiki cogiَ la moneda de la palma de la mano como si se tratara de una trampa. Por
alguna razَn, el tacto de su pequeٌa mano moviَ al hechicero a la melancolيa.
_____ 2 _____ Atyersus «Escribo para informarle de que durante mi mلs reciente audiencia, el Emperador de Nansur, sin mediar provocaciَn alguna, se dirigiَ pْblicamente a m يcomo "idiota". Esto a usted, obviamente, no le conmueve. Se ha convertido en un suceso habitual. El Consulto nos elude ahora mلs que nunca. Sَlo lo oيmos en los secretos de otros. Lo vislumbramos sَlo en los ojos de los que niegan su misma existencia. ؟Por qué no iban a llamarnos idiotas? Cuanto mلs se oculta el Consulto entre las Grandes Facciones, m لs dementes parecen nuestras peroratas a sus oيdos. Somos, como dirي an los malditos nansur, "un cazador en los matorrales", un cazador que, en el mismo acto de cazar, extingue toda esperanza de atrapar a su presa.» Maestro del Mandato anَnimo, Carta a Atyersus
Finales de invierno, aٌo del Colmillo 4110, Atyersus «Llamado a casa», pensَ Achamian, herido por la ironيa de la palabra, casa. Podيa pensar en pocos lugares del mundo --Golgotterath sin duda, quiz لlos Chapiteles Escarlatas-- mلs ingratos que Atyersus. Pequeٌo y solo en el centro de la sala de audiencias, Achamian trat َ de recobrar la compostura. Los miembros del Quorum, el consejo dirigente de la Escuela del Mandato, permanecيan en pequeٌos grupos dispersos entre las sombras, escudriٌلndole. Veيan, y él lo sabيa, a un hombre bajo y fornido vestido con una simple tْnica de viaje marrَn y con una barba recortada en لngulos rectos y con mechones plateados. Transmitيa la sensaciَn de fortaleza de un hombre que ha pasado aٌos en el camino: la postura amplia, la piel curtida y bronceada de un trabajador de las castas inferiores. No debيa tener en absoluto el aspecto de un hechicero. Pero ningْn espيa debيa parecerlo. Molesto por el escrutinio, Achamian reprimiَ el impulso de preguntar
si querيan, como todo esclavista escrupuloso, mirarle los dientes. «Al fin en casa.» Atyersus, la ciudadela de la Escuela del Mandato, era su casa --siempre serيa su casa--, pero el lugar lo empequeٌecيa de una manera inexplicable. Era mلs que la arquitectura pesada: Atyersus hab يa sido construida siguiendo el estilo del Antiguo Norte, cuyos arquitectos no habيan sabido nada de arcos o cْpulas. Las galerيas interiores eran bosques de recias columnas, y los techos estaban oscurecidos por capas de opacidad y humo. Todas las columnas estaban revestidas de estilizados relieves, cuyos excesivos detalles, o al menos as يse lo parecيa a Achamian, eran iluminados por los braseros. Cada vez que la luz parpadeaba, el suelo parecيa girar. Finalmente, uno de los integrantes del Quorum se dirigiَ a él. --Los Mil Templos no deben seguir siendo ignorados, Achamian; al menos desde que ese Maithanet se ha hecho con el Trono y se ha proclamado Shriah. Inevitablemente, habيa sido Nautzera quien habيa roto el silencio. Elْ ltimo hombre al que Achamian querيa oيr hablaba siempre el primero. --Sَlo he oيdo rumores --contestَ en un tono comedido, el tono que siempre empleaba cuando se dirigيa a Nautzera. --Créeme --dijo Nautzera, agriamente--. Los rumores apenas le hacen justicia a ese hombre. --Pero ؟cuلnto tiempo puede sobrevivir? Era una pregunta natural. Muchos Shriah se habيan hecho con el timَn de los Mil Templos sَlo para descubrir que era un barco inmenso que se negaba a girar. --،Oh, sobrevivir-- !لdijo Nautzera--. De hecho, le est لyendo muy bien. Todos los Cultos han acudido a reunirse con él en Sumna. Todos le han besado la rodilla, y sin ninguna de las maniobras polيticas obligatorias en transiciones de poder como ésta. Ningْn mezquino boicot. Sin una sola abstenciَn. --Se detuvo para que Achamian tuviera tiempo de apreciar el significado de aquello--. Ha despertado algo --dijo el viejo hechicero frunciendo los labios, como si estuviera manteniendo a raya la siguiente palabra--, algo novedoso... Y no solamente en los Mil Templos. --Pero hemos visto a otros como él antes --aventurَ Achamian--. Fanلticos que sostienen la redenciَn con una mano para que nadie le preste atenciَn al lلtigo que tienen en la otra. Tarde o temprano, todo el mundo ve el lلtigo.
--No, no hemos visto «a otros como él» antes. Nadie se ha movido tan rلpidamente ni con tanta astucia. Tres semanas después de su toma de posesiَn se descubrieron dos conspiraciones para envenenarlo, y lo extraordinario del caso es que las descubriَ el propio Maithanet. No menos de siete funcionarios del Emperador fueron denunciados y ejecutados en Sumna. Ese hombre es algo mلs que astuto. Mucho mلs. Achamian asintiَ y entrecerrَ los ojos. Entonces, comprendيa la urgencia de su regreso. Los poderosos detestan por encima de todo los cambios. Las Grandes Facciones habيan reservado un lugar para los Mil Templos y su Shriah. Pero ese Maithanet, como dirيan los nronios, se habيa meado en el whisky. Y lo mلs inquietante era que lo habيa hecho con inteligencia. --Se va a producir una Guerra Santa, Achamian. Aturdido, Achamian buscَ las siluetas oscuras de los demلs miembros del Quorum para que se lo confirmaran. --Bromeas, sin duda. Nautzera emergiَ de las sombras. Era mucho mلs alto que Achamian y sَlo se detuvo cuando se encontrَ frente a él. Achamian reprimiَ la urgencia de dar un paso atrلs. El viejo hechicero siempre hab يa poseيdo una presencia desconcertante: intimidante debido a su altura, pero patética a causa de su avanzada edad. Su piel parecيa un insulto a las sedas que lo cubrيan. --No es una broma; te lo aseguro. --؟Contra quién, pues? ؟Los fanim? A lo largo de su historia, los Tres Mares sَlo habيan sido testigos de dos Guerras Santas, ambas libradas contra las Escuelas mلs que contra los infieles. Laْ ltima, la llamada Guerra Escolلstica, habيa sido desastrosa para los dos bandos. Atyersus habيa sido sitiada durante siete aٌos. --No lo sabemos. Hasta el momento Maithanet sَlo ha afirmado que habr لuna Guerra Santa. No se ha dignado decirle a nadie contra quién. Como te he dicho, es un hombre endiabladamente astuto. --As يque os teméis otra Guerra Escolلstica. Achamian a duras penas podيa creer que estaba manteniendo esa conversaciَn. La posibilidad de otra Guerra Escolلstica, y él lo sabيa, deberيa horrorizarle, pero en lugar de eso, su corazَn latيa de euforia. ؟ Cَmo podيa ser? ؟Se habيa llegado a hartar tanto de la estéril misiَn del Mandato que entonces celebraba la perspectiva de una guerra contra los inrithi como una desfigurada especie de alivio? --Eso es precisamente lo que nos tememos. Una vez mلs, los
sacerdotes cْlticos nos denuncian abiertamente y se refieren a nosotros como impuros. Impuros. La crَnica del Colmillo, que segْn los Mil Templos era la palabra de Dios, habيa llamado as يa los Escogidos con los conocimientos y la capacidad innata de ejercer la hechicerيa. «Cortadles la lengua --decيan las palabras sagradas--, porque su blasfemia es abominaciَn como no hay otra...» El padre de Achamian --que, como muchos otros nronios, habيa despreciado la tiranيa ejercida por Atyersus sobre Nron-- le habيa inculcado esa creencia. La fe podيa morir, pero los sentimientos permanecيan eternamente. --Pero yo no he oيdo nada de eso. El anciano se inclinَ hacia adelante. Llevaba la barba teٌida y recortada en لngulos rectos como la de Achamian, pero meticulosamente trenzada al estilo de los ketyai orientales. A Achamian le sorprendiَ la incoherencia del rostro anciano y el pelo oscuro. --Era imposible que oyeras nada, Achamian. Has estado en el Alto Ainon. ؟Qué sacerdote denunciarيa la hechicerيa en una naciَn regida por los Chapiteles Escarlatas, eh? Achamian mirَ con hostilidad al viejo hechicero. --Pero es lo que serيa de esperar, ؟no? --De repente, la idea le pareciَ ridيcula. «Estas cosas les suceden a los otros hombres, en otras épocas»--. Dices que ese Maithanet es astuto. ؟Qué mejor forma de reforzar su poder que incitando al odio contra los que son condenados por el Colmillo? --Tienes razَn, por supuesto. --Nautzera tenيa la forma mلs irritante de hacerse con las objeciones de los demلs--. Pero hay un motivo mucho mلs inquietante por el que creer que nos declarar لla guerra a nosotros y no contra los fanim... --؟Y cuلl es ese motivo? --Achamian --respondiَ una voz que no era la de Nautzera--, es imposible que una Guerra Santa contra los fanim pueda tener éxito. Achamian escudriٌَ la oscuridad entre las columnas. Era Simas. Una sonrisa sardَnica cruzaba su barba blanca como la nieve. Llevaba unas vestiduras grises sobre la tْnica de seda azul. Hasta su apariencia era agua para el fuego de Nautzera. --؟Qué tal tu viaje? --preguntَ Simas. --Los Sueٌos fueron particularmente malos --respondiَ Achamian, un tanto desconcertado por la sustituciَn de las duras especulaciones por los amables cumplidos. En lo que entonces le parecيa otra vida, Simas habيa sido su
maestro, el que habيa enterrado la inocencia del hijo de un pescador nronio bajo las increيbles revelaciones del Mandato. Hacيa aٌos que no hablaban en persona, pues Achamian habيa estado fuera mucho tiempo, pero la facilidad de su trato, la capacidad de hablar sin los rodeos del jnan, permanecيan. --؟Qué quieres decir, Simas? ؟Por qué no podrيa tener éxito una Guerra Santa contra los fanim? --Por los cishaurim. De nuevo, los cishaurim. --Me temo que no te sigo, viejo maestro. No me cabe duda de que a los inrithi les resultarيa mلs fلcil una guerra contra Kian, una naciَn con una sola Escuela, si es que los cishaurim pueden ser llamados asي, que una contra todas las Escuelas. Simas asintiَ. --Aparentemente. Pero piensa en ello, Achamian. Estimamos que los miembros de los Mil Templos poseen entre cuatro y cinco mil Chorae, lo que significa que podrيan disponer de al menos otros tantos hombres inmunes a cualquier hechicerيa que pudiéramos conjurar. Suma a eso todos los seٌores inrithi que también disponen de Baratijas, y Maithanet podrيa disponer de un ejército de hasta diez mil hombres que serيan inmunes a nosotros en todos los sentidos. En los Tres Mares, los Chorae eran una variable crucial en el ل lgebra de la guerra. Comparados con las masas, los Escogidos eran, en muchos sentidos, como Dioses; sَlo los Chorae impedيan que las Escuelas dominaran completamente los Tres Mares. --Sin duda --respondiَ Achamian--, pero Maithanet podrيa igualmente reclutar a esos hombres contra los cishaurim. Por muy diferentes que puedan ser los cishaurim, parecen compartir nuestra vulnerabilidad. --؟Podrيa? --؟Por qué no? --Porque entre esos hombres y los cishaurim estarيan todas las fuerzas armadas de Kian. Los cishaurim no son una Escuela, viejo amigo. No son distintos, como nosotros, de la fe y la gente de su naciَn. Mientras la Guerra Santa tratara de vencer a los infieles Grandes de Kian, los cishaurim los cubrirيan de ruinas. --Simas bajَ la barbilla y se frotَ el esternَn con la barba--. ؟Lo ves? Achamian lo vio. Habيa soٌado con esa batalla antes: los vados de Tywanrae, donde las huestes de la antigua Akssersia habيan ardido en los fuegos del Consulto. Con sَlo pensar en esa trلgica batalla, las imل
genes refulgieron antes sus ojos: hombres sombrيos retorciéndose en las aguas, consumiéndose en imponentes fuegos... ؟Cuلntos se habي an perdido en los vados? --Como Tywanrae --susurrَ Achamian. --Como Tywanrae --replicَ Simas, con la voz solemne y amable al mismo tiempo. Todos ellos habيan compartido esa pesadilla. Los Maestros del Mandato compartيan todas las pesadillas. Durante la conversaciَn, Nautzera los habيa estado contemplando de cerca. Como si fuera un Profeta del Colmillo, sus opiniones eran manifiestas, con la salvedad de que all يdonde los profetas veيan pecadores, Nautzera veيa idiotas. --Y como te decيa --prosiguiَ el anciano--, ese Maithanet es hلbil, un hombre inteligente. Sin lugar a dudas sabe que no puede ganar una Guerra Santa contra los fanim. Achamian contemplَ con la mirada perdida al hechicero. Su euforia habيa desaparecido y habيa sido sustituida por un miedo gélido y hْ medo. Otra Guerra Escolلstica... Pensar en Tywanrae le habيa proporcionado las terrorيficas dimensiones de esa perspectiva. --؟Es ésta la razَn por la que he sido llamado al Alto Ainon? ؟Para prepararme para esta Guerra Santa del nuevo Shriah? --No --respondiَ Nautzera con contundencia--. Simplemente te hemos contado las razones por las que nos tememos que Maithanet pueda declararnos una Guerra Santa. Pero lo cierto es que no sabemos cuلles son sus planes. --Cierto --aٌadiَ Simas--. Entre las Escuelas y los fanim, los fanim son, sin duda, la mayor amenaza para los Mil Templos. Shimeh ha estado en manos de los infieles durante siglos, y el Imperio no es sino una débil sombra de lo que en el pasado fue, mientras que Kian se ha convertido en el poder mلs fuerte de los Tres Mares. No. Serيa mucho mلs racional que el Shriah declarara a los fanim el objetivo de su Guerra Santa... --Pero --interpuso Nautzera-- todos sabemos que la fe no es amiga de la razَn. La distinciَn entre lo racional y lo irracional significa poco cuando hablamos de los Mil Templos. --Me estلis mandando a Sumna --dijo Achamian--, para que descubra las verdaderas intenciones de Maithanet. Una pérfida sonrisa partiَ la barba teٌida de Nautzera. --Sي. --Pero ؟qué voy a poder hacer yo? Hace aٌos que no voy a Sumna.
Ya no tengo contactos allي. Eso era cierto o no dependiendo de qué se entendiera por «contactos». Conocيa a una mujer en Sumna, Esmenet, pero de eso hacيa mucho tiempo. Y también estaba... Achamian detuvo esa lيnea de pensamiento. ؟Podيan ellos saberlo? --Eso no es cierto --respondiَ Nautzera--. En realidad, Simas nos ha informado de ese alumno tuyo que... --dijo, y se detuvo como si buscara el término ideal para referirse a un asunto demasiado aterrador para una conversaciَn educada--, que desertَ. «؟Simas? --Mirَ a su viejo profesor--. ؟Por qué se lo habr لdicho?» Achamian hablَ con precauciَn. --Te refieres a Inrau. --S ي--respondiَ Nautzera--. Y ese Inrau se ha convertido, o al menos eso me han dicho --una nueva mirada de soslayo a Simas--, en un sacerdote Shriah. --Su tono estaba cargado de censura. «Tu discي pulo, Achamian. Tu traiciَn.» --Eres demasiado duro, Nautzera, como siempre. Inrau estaba maldito: habيa nacido con el buen juicio de los Escogidos y, ademلs, con la sensibilidad de los sacerdotes. Nuestras costumbres lo hubieran matado. --،Oh, s!ي, sensibilidad --replicَ el viejo rostro--. Pero cuéntanos, con toda la claridad que te sea posible, tu opiniَn sobre ese antiguo estudiante. ؟Lo hemos perdido para siempre o crees que el Mandato podr لrecuperarlo? --؟Si podrيa convertirse en espيa nuestro? ؟Es eso lo que me estل s preguntando? ؟Inrau, un espيa? Obviamente, Simas habيa exagerado su traiciَn al no contarle nada de Inrau. --Me pareciَ que era evidente --dijo Nautzera. Achamian se detuvo y mirَ a Simas, que tenيa una expresiَn desalentadoramente seria. --Respَndele, Akka-- le dijo su viejo profesor. --No --respondiَ Achamian, girلndose hacia Nautzera. De repente, sintiَ que su corazَn se convertيa en una piedra--. No. Inrau naciَ ya perdido para siempre. Y no volverل. Un frيo regocijo, extremadamente amargo en el rostro de un anciano. --،Ah, Achamian, s يlo har!ل Achamian sabيa lo que le estaban pidiendo: las hechicerيas y la traiciَn que éstas representarيan. Habيa sido amigo de Inrau, habيa
prometido que le protegerيa. Habيan sido... amigos. --No --respondi .--َMe niego. El espيritu de Inrau es frلgil. No tiene entereza para lo que me estلis pidiendo. Necesitamos a otra persona. --No hay nadie mلs. --En cualquier caso --respondiَ, y empezaba a comprender las consecuencias de su impetuosidad--, me niego. --؟Te niegas? --le espetَ Nautzera--. ؟Porque ese sacerdote es un pelele? Achamian, deberيas contener a la madre que llevas... --Achamian obra as يpor lealtad, Nautzera --le interrumpiَ Simas--. No confundas las dos cosas. --؟Lealtad? --repitiَ Nautzera--. ،Pero ésa es la verdadera cuestiَn, Simas! Lo que nosotros compartimos es incomprensible para los otros hombres. En nuestros sueٌos gritamos como uno solo. ،No hay ningْn vinculo mلs fuerte! ؟Cَmo puede la lealtad hacia otro ser menos que sediciَn? --؟Sediciَn? --exclamَ Achamian, sabiendo que tenيa que andarse con cuidado. Esas palabras eran como toneles de vino: una vez destapados, las cosas tendيan a deteriorarse--. Me malinterpretas; ambos me malinterpretلis. Me niego por lealtad al Mandato. Inrau es demasiado débil. Nos arriesgamos a enemistarnos con los Mil... --،Qué mentira tan ridيcula! --gruٌَ Nautzera. Después se riَ, como si se diera cuenta de que deberيa haberse esperado esa impertinencia desde el principio--. Las Escuelas espيan, Achamian. Ya estamos enemistados. Y tْ lo sabes. --El viejo hechicero se alejَ de él y se calentَ los dedos en las brasas de un brasero cercano. Una luz naranja recorriَ su gran figura y perfilَ sus cerradas facciones contra las colosales paredes de piedra--. Dime, Achamian, si este Maithanet y la amenaza de la Guerra Santa contra las Escuelas son obra, por decirlo suavemente, de nuestro escurridizo adversario, ؟no valdrيa la pena arrojar la débil vida de Inrau, o incluso la buena reputaciَn del Mandato, en el otro plato de la balanza? --En ese caso, Nautzera --respondiَ, ausente--, sي. --،Ah, s !يMe habيa olvidado de que te considerabas un hombre escéptico. ؟Qué puedo decir? Que perseguimos fantasmas. --Mantuvo la palabra en la boca como si fuera un pedazo de comida de sabor discutible--. Imagino, pues, que dirلs que esa posibilidad, la de que estemos siendo testigos de las primeras seٌales del regreso del No Dios, no pesa tanto como la realidad de la vida de un desertor; que arrojar los dados del Apocalipsis es menos importante que la vida de un idiota. Sي, eso era precisamente lo que él creيa, pero ؟cَmo iba a
reconocerlo? --Estoy dispuesto a ser sancionado --tratَ de decir sin alterarse. ،Pero su voz! Grosera. Herida--. ،Yo no soy débil! Nautzera estudiَ su rostro. cometéis el mismo error. Nos --Escépticos --le espet .--Siempre َ confundيs a nosotros con las demلs Escuelas. Pero ؟acaso nosotros codiciamos el poder? ؟Nos arrastramos por los palacios colocando Guardas y olisqueando hechicerيas como perros? ؟Susurramos en las orejas de los Emperadores y los Reyes? En ausencia del Consulto, confundes nuestras acciones con las de aquellos que no se mueven por otro interés que el poder y sus infantiles gratificaciones. Nos confundes a nosotros con las putas. ؟Podيa ser eso posible? No. Habيa pensado en ello muchas veces. A diferencia de otros, como Nautzera, él distinguيa su era de aquella en la que soٌaba noche tras noche. Advertيa la diferencia. El Mandato no sَlo estaba atrapado entre dos épocas, sino atrapado entre los sueٌos y la vigilia. Cuando los escépticos, los que creيan que el Consulto habيa abandonado los Tres Mares, miraban al Mandato, no veيan una Escuela que albergara ambiciones mundanas, sino lo contrario: una Escuela que vivيa fuera de este mundo. El «mandato», que a fin de cuentas era también el mandato de la historia, no consistيa en participar en una guerra mortيfera o santificar a un hechicero hacيa mucho tiempo fallecido que se habيa vuelto loco por los horrores de la guerra, sino aprender y vivir desde el pasado, no en él. --؟Discutirلs de filosofيa conmigo, pues, Nautzera? --le preguntَ, adoptando la fiera mirada de aquel hombre--. Antes has sido demasiado duro, pero ahora estلs siendo demasiado estْpido. Nautzera parpadeَ, estupefacto. Simas intercediَ apresuradamente. --Comprendo tu renuencia, viejo amigo. Yo también tengo mis eludas, como bien sabes. --Mirَ fijamente a Nautzera, que seguيa mirando a Achamian, perplejo--. Esa es la fuerza del escepticismo. Los que creen ciegamente son los primeros en morir en los momentos difي ciles. Pero éste es un momento difيcil, Achamian; mلs difيcil que en muchos, muchos aٌos. Quiz لtan peligroso como para que los escépticos lo seamos incluso ante nuestro escepticismo, ؟de acuerdo? Achamian se girَ hacia él, sorprendido por su tono. La mirada de Simas vacilَ. Un pequeٌo combate le ensombreciَ el rostro. Prosiguiَ. --Ya te has dado cuenta de lo intensos que son los Sueٌos. Puedo
verlo en tus ojos. Todos tenemos la mirada un poco salvajeْ ltimamente... Algo... --Se detuvo, con la vista perdida, como si estuviera contando los latidos de su corazَn. Achamian se enfureciَ. Nunca habيa visto a Simas asي: indeciso; asustado, incluso. --Pregْntate, Achamian --dijo finalmente--: si nuestro adversario, el Consulto, fuera a hacerse con el poder en los Tres Mares, ؟qué vehي culo serيa mلs eficaz que los Mil Templos? ؟Dَnde esconderse mejor de nosotros y a pesar de ello detentar un inmenso poder? ؟Y qué mejor que destruir el Mandato, elْ ltimo recuerdo del Apocalipsis, que declarando la Guerra Santa contra los Escogidos? Imagina a los hombres guerreando contra el No Dios sin nuestra guيa y protecciَn. «Sin Seswatha.» Achamian se quedَ mirando un largo instante a su viejo profesor. Sus dudas eran evidentes para todo aquel que le mirara. En cualquier caso, le sobrevinieron las imلgenes de los Sueٌos, un goteo de pequeٌos horrores. El internamiento de Seswatha en Dagliash. La crucifixiَn. El brillo de la luz del sol en los clavos de bronce de sus antebrazos. Los labios de Mekeritrig recitando las Palabras de Agonيa. Sus gritos..., ؟ suyos? Pero se trataba de eso: ،esos recuerdos no eran suyos! Pertenecيan a otro, a Seswatha, cuyo sufrimiento debيa ser contemplado si querيan tener alguna esperanza de seguir adelante. Pero Simas le observaba de un modo extraٌo, con los ojos curiosos por su propia indecisiَn. Algo habيa cambiado. Los Sueٌos se habيan vuelto mلs intensos, incesantes, tanto que cualquier pérdida de la concentraciَn significaba que el presente fuera barrido por algْn trauma del pasado, a veces tan horrendo que las manos le temblaban y la boca se le abrيa para emitir gritos en silencio. La posibilidad de que ese horror pudiera regresar... ؟Valيa la pena sacrificar a Inrau, su amor, el ni ٌo que tanto habيa aliviado su cansado corazَn, que le habيa enseٌado a paladear el aire que él respiraba? ،Maldiciَn! ،El Mandato era una maldici َn! Despojado de Dios. Despojado incluso del presente. Sَlo el hiriente, asfixiante miedo de que el futuro se pareciera al pasado. --Simas... --empezَ, pero no encontrَ las palabras. Querيa admitir su derrota, pero el mero hecho de que Nautzera permaneciera cerca de él le impedيa hablar. «؟Me he vuelto tan mezquino?» Tiempos tumultuosos, sin duda. Un nuevo Shriah, la fiebre inrithi con renovada fe, la posibilidad de que se repitiera la Guerra Escolلstica, la repentina violencia de los Sueٌos... «ةstos son los tiempos en los que vivo. Todo esto est لsucediendo
ahora.» Parecيa imposible. --Comprendes nuestras obligaciones tan profundamente como cualquiera de nosotros --dijo Simas con voz queda--. Y lo que nos jugamos. Inrau estuvo con nosotros un breve perيodo de tiempo. Quizل se lo podamos hacer entender. Sin Palabras, quizل. --Ademلs --aٌadiَ Nautzera--, si te niegas a ir, nos obligarلs a mandar a otra persona, ؟cَmo decirlo?, menos sentimental. Achamian estaba a solas en los parapetos. Incluso allي, en las torretas que dominaban los estrechos, sentيa la opresiَn de las edificaciones de piedra de Atyersus, empequeٌecido por los muros ciclَ peos. El mar no ofrecيa gran compensaciَn. Las cosas habيan sucedido tan rلpidamente como si hubiera sido agarrado por unas manos invisibles, le hubieran hecho dar vueltas entre las palmas y después le hubieran colocado en una direcciَn distinta; distinta, pero siempre la misma. Drusas Achamian habيa recorrido muchos caminos por los Tres Mares, habيa desgastado muchas sandalias, y nunca habيa vislumbrado siquiera a aquel al que supuestamente perseguيa. Ausencia. Siempre la misma ausencia. La entrevista habيa proseguido. Parecيa obligatorio que una audiencia con el Quorum fuera larga y estuviera repleta de rituales y una seriedad insoportable. Achamian se decيa que quiz لtal seriedad fuera apropiada para el Mandato, dada la naturaleza de la guerra, en el caso de que andar a tientas en la oscuridad pudiera llamarse asي. Incluso después de que Achamian hubo capitulado, aceptado reclutar a Inrau por las buenas o por las malas, a Nautzera le habيa parecido necesario reprobar su renuencia. --؟Cَmo puedes haberlo olvidado, Achamian? --le habيa increpado el viejo hechicero con la expresiَn avinagrada, pero suplicante--. Los Viejos Nombres siguen vigilando desde las torres de Golgotterath, ؟y hacia dَnde miran? ؟Al norte? El norte es la jungla, Achamian. Sranc y ruinas. No. Miran hacia el sur, ،hacia nosotros!, y traman con una paciencia que devasta el intelecto. Sَlo el Mandato comparte esa paciencia. Sَlo el Mandato recuerda. --Quiz لel Mandato --respondiَ Achamian-- recuerda demasiado. Pero entonces sَlo podيa pensar: «؟Lo he olvidado?». Los Maestros del Mandato nunca podيan olvidar lo que habيa sucedido; la violencia de los Sueٌos de Seswatha as يlo garantizaba.
Pero la civilizaciَn de los Tres Mares era muy insistente. Los Mil Templos, los Chapiteles Escarlatas, todas las Grandes Facciones, guerreaban interminablemente a lo largo y ancho de los Tres Mares. En mitad de tal laberinto, el significado del pasado podيa ser fلcilmente olvidado. Cuantas mلs fueran las preocupaciones del presente, mلs dif يcil resultaba ver las formas en que el pasado auguraba el futuro. ؟Acaso su preocupaciَn por Inrau, un alumno que habيa sido como un hijo para él, le habيa llevado a olvidar eso? Achamian comprendيa perfectamente la geometrيa del mundo de Nautzera. En el pasado, habيa sido la del suyo. Para Nautzera, no hab يa presente, sَlo el clamor de un pasado desgarrador y la amenaza de un futuro semejante. Para Nautzera, el presente se habيa ido desvaneciendo, se habيa convertido en la palanca con la que la historia proyectaba el destino. Una mera formalidad. ؟Y por qué no? La agonيa de las Viejas Guerras era indescriptible. Casi todas las grandes ciudades del Antiguo Norte habيan caيdo en manos del No Dios y su Consulto. La Gran Biblioteca de Sauglish habي a sido saqueada; Tryse, la sagrada Madre-de-las-Ciudades, rapiٌada a fondo; las Torres de Myclai, derruidas; Dagliash, Kelmeol..., naciones enteras sometidas a la espada. Para Nautzera, ese Maithanet no era importante porque fuera Shriah, sino porque podيa pertenecer a ese mundo sin presente, ese mundo cuyoْ nico marco de referencia era la tragedia del pasado, porque podيa ser el autor del Segundo Apocalipsis. «؟Una Guerra Santa contra las Escuelas? ؟El Shriah, un agente del Consulto?» ؟Cَmo no se echaba a temblar ante esos pensamientos? A pesar del cلlido viento, Achamian se estremeciَ. Debajo de él, el mar se mecيa entre los estrechos. Inmensas olas oscuras combatيan entre s يy chocaban con un يmpetu sobrenatural, como si los Dioses estuvieran combatiendo debajo. «Inrau...» Para Achamian, pensar en ese nombre era saborear la paz durante un momento fugaz. Habيa conocido tan poca paz en su vida. Y entonces se veيa obligado a poner esa paz en una balanza, junto al terror. Debيa sacrificar a Inrau para responder a esas preguntas. Inrau era apenas un adolescente cuando acudiَ a Achamian; era un niٌo que todavيa parpadeaba tras el amanecer de la hombrيa. A pesar de que su aspecto y su intelecto no tenيan nada de extraordinarios, Achamian habيa reconocido inmediatamente algo distinto en él, un
recuerdo, quizل, del primer estudiante al que habيa amado, Nersei Proyas. Pero si Proyas se habيa vuelto orgulloso, ebrio por el conocimiento de que algْn dيa serيa Rey, Inrau habيa seguido siendo... Inrau. Los profesores tenيan numerosas e interesadas razones para amar a sus alumnos. Sobre todo, los amaban simplemente porque ellos escuchaban. Pero Achamian no habيa amado a Inrau como estudiante. Habيa advertido que Inrau era bueno. No bueno en el gastado sentido del Mandato, cuyos integrantes tenيan sus miserias como todos los hombres. No. La bondad que vio en Inrau no tenيa nada que ver con los gestos amables o los propَsitos dignos de elogio; era algo innato. Inrau no albergaba secretos, no tenيa la sombrيa necesidad de esconder defectos o de ganarse con excesiva evidencia la estimaciَn de otros hombres. Era abierto como lo son los niٌos y los locos, y poseيa su misma ingenuidad sagrada, una inocencia que se debيa mلs a la sabidurيa que a la ignorancia. Inocencia. Si habيa algo que Achamian habيa olvidado era la inocencia. ؟Cَmo podrيa no haberse enamorado de un niٌo as ?يRecordaba haber estado con él en ese mismo lugar, observando cَmo la argéntea luz del sol impregnaba la espalda de una ola tras otra. «،El sol!», habيa gritado Inrau. Y cuando Achamian le habيa preguntado a qué se referي a, Inrau simplemente se habيa reيdo. --؟No lo ves? ؟No ves el sol? --le habيa dicho. Y entonces, Achamian lo habيa visto: lيneas de una luz solar lي quida deslumbrando la acuosa distancia; una gloria inextinguible. La belleza. ةse era el don de Inrau. Nunca dejaba de ver la belleza y, gracias a ello, siempre lo comprendيa todo, siempre veيa lo que hab يa al otro lado y perdonaba las imperfecciones que atenazaban a los otros hombres. Con Inrau, el perdَn precedيa al pecado en lugar de seguirlo. «Haz lo que debas-- decيan sus ojos--, porque ya estلs perdonado.» En su momento, la decisiَn de Inrau de abandonar el Mandato en pos de los Mil Templos, por un lado, habيa consternado a Achamian y, por otro, lo habيa aliviado. Le habيa consternado porque sabيa que habيa perdido a Inrau y el indulto de su compaٌيa, pero habيa sentido alivio porque sabيa que el Mandato habrيa acabado con su inocencia si hubiera permanecido allي. Achamian nunca podrيa olvidar la noche en que habيa tocado en persona el Corazَn de Seswatha. El hijo del pescador habيa muerto en ese momento; sus ojos habيan sido
duplicados, y el mundo en s يmismo se habيa transformado, se habيa tornado grande y cavernoso a causa de su trلgica historia. Inrau hasta podrيa haber muerto. Tocar el Corazَn de Seswatha le habrيa carbonizado el suyo. ؟Cَmo podيa esa inocencia, toda inocencia, sobrevivir al terror de los Sueٌos de Seswatha? ؟Cَmo podيa uno encontrar solaz simplemente en la luz del sol cuando la amenaza del No Dios se cernيa en todos los horizontes? La belleza era negada por las v يctimas del Apocalipsis. Pero el Mandato no toleraba defecciones. La Gnosis era demasiado preciosa para ser confiada a descontentos. ةsa habيa sido la amenaza tلcita de Nautzera durante su conversaciَn: «El chico es un desertor, Achamian. De todos modos, debe morir». ؟Cuلnto tiempo hac يa que el Quorum sabيa que la historia del ahogamiento de Inrau era una farsa? ؟Desde el principio? ؟O en verdad Simas le habيa traicionado? De los innumerables actos que Achamian habيa realizado en su vida, conseguir la huida de Inrau era elْ nico que consideraba un verdadero logro, elْ nico acto bueno en s يmismo, aunque hubiera traicionado a su Escuela para conseguirlo. Achamian habيa protegido la inocencia, le habيa permitido huir a un lugar mلs seguro. ؟Cَmo podي a nadie condenar una cosa as?ي Pero todos los actos podيan ser condenados. Al igual que todos los linajes podيan ser trazados hasta llegar a un rey que llevara mucho tiempo muerto, todos los hechos podيan ser reconstruidos hasta alguna catلstrofe potencial. Uno sَlo tenيa que seguir lo suficiente las bifurcaciones. Si Inrau fuera secuestrado por otra de las Escuelas y obligado a confesar los pocos secretos que conocيa, entonces la Gnosis podيa llegar a perderse, y el Mandato serيa condenado a la impotente oscuridad de una Escuela Menor. Quiz لincluso fuera destruida. ؟Habيa hecho lo correcto? ؟O simplemente habيa hecho una apuesta? ؟Era la vida de un hombre bueno motivo suficiente para lanzar los dados del Apocalipsis? Nautzera habيa argumentado que no, y Achamian habيa estado de acuerdo. Los Sueٌos. Lo que habيa sucedido no podيa volver a suceder. Ese mundo no podيa morir. Un millar de inocentes --،un millar de millares!-- no valيan la posibilidad de un Segundo Apocalipsis. Achamian habيa estado de acuerdo con Nautzera. Traicionarيa a Inrau
por la razَn por la que siempre son traicionados los inocentes: el miedo. Se apoyَ en la piedra y observَ mلs all لde los arremolinados estrechos, tratando de recordar cuلl era su aspecto aquel dيa soleado con Inrau. No lo consiguiَ. Maithanet y la guerra santa. Achamian no tardarيa en abandonar Atyersus y partir hacia la ciudad nansur de Sumna, la ciudad mلs sagrada para los inrithi, hogar de los Mil Templos y del Colmillo. Sَlo Shimeh, lugar de nacimiento del عltimo Profeta, era tan sagrada. ؟Cuلntos aٌos habيan transcurrido desde laْ ltima vez que habيa visitado Sumna? ؟Cinco? ؟Siete? Se preguntَ ociosamente si encontrar يa a Esmenet allي, eso en caso de que siguiera con vida. Siempre habي a sabido cَmo tranquilizar el corazَn de Achamian. Y también serيa bueno ver a Inrau, a pesar de las circunstancias. Como mيnimo, tenيa que avisar al chico. «Lo saben, querido. Te he fallado.» Tan poco consuelo en el mar. Preso de una lلnguida soledad, Achamian mirَ mلs all لde los estrechos, hacia la lejana Sumna. Anhelaba volver a ver a esas dos personas; a una de ellas la habيa amado sَlo para perderla en favor de los Mil Templos, y a la otra, habيa creيdo que podrيa amarla... Si él fuera un hombre en vez de un hechicero y un espيa.
Después de observar cَmo la figura solitaria de Achamian descendي a por entre los bosques de cedros que habيa a los pies de Atyersus, Nautzera siguiَ en los parapetos, saboreando el infrecuente destello de luz solar y escrutando las nubes preٌadas de tormenta que se perfilaban en el cielo septentrional. En esa época del aٌo, el viaje de Achamian a Sumna iba a tener lugar bajo un clima inclemente. Nautzera sabيa que sobrevivirيa al viaje, por medio de la Gnosis si era necesario, pero ؟ sobrevivirيa a la mلs intensa tormenta que le esperaba? ؟Sobrevivirيa a Maithanet? «Nuestra tarea es tan grande --pens ,--yَ nuestras herramientas son tan frلgiles«. Sacudiéndose su ensoٌaciَn --una mala costumbre que no habيa hecho mas que empeorar con la edad--, se apresurَ por las recargadas galerيas, ignorando por igual a los compaٌeros y los subordinados que se cruzaban con él. Al cabo de un rato se encontrَ en la penumbra de papiro de la biblioteca, sintiendo que sus viejos huesos le dolيan por el
esfuerzo. Tal como esperaba, encontrَ a Simas encorvado sobre un antiguo manuscrito. La luz de la lلmpara refulgيa a través de una delgada lيnea de tinta salpicada que Nautzera, por un momento, tomَ por sangre. Observَ al hombre absorto un instante, molesto por un destello de resentimiento. ؟Por qué envidiaba tanto a Simas? ؟Era porque al hombre todavيa no le habيan fallado los ojos mientras que Nautzera, como muchos otros, tenيa que valerse de sus alumnos para que le leyeran? --Hay mلs luz en el scriptorium --dijo Nautzera, sobresaltando al anciano hechicero. Aquel rostro amable se alzَ, sorprendido, y observَ en la oscuridad. --؟De veras? Pero la compaٌيa no debe de ser mejor, imagino. Siempre una ocurrencia sardَnica. Simas, a fin de cuentas, era un hombre predecible. ؟O era eso parte de la farsa, como el ligero aire de avejentada cortesيa que utilizaba para desarmar a sus estudiantes? --Deberيamos habérselo dicho, Simas. El anciano frunciَ el ceٌo y se rascَ la barba, absorto. --؟Decirle qué? ؟Que Maithanet ya ha convocado a sus fieles para comunicarles contra quién va a librar esta Guerra Santa? ؟Que la mitad de su misiَn es un mero pretexto? Achamian no tardar لmucho en descubrirlo. --No. Esa omisiَn habيa sido necesaria, al menos para que la perspectiva de traicionar a su antiguo alumno fuera mلs soportable para aquel hombre. Simas asintiَ y suspirَ hondamente. --Entonces, estلs preocupado por lo otro. Si hemos aprendido alguna lecciَn del Consulto, viejo amigo, es que la ignorancia es una arma poderosa. --Tanto como la sabidurيa. ؟Por qué يbamos a negarle armas que necesita? ؟Y si es descuidado? Los hombres con frecuencia se tornan descuidados en ausencia de una amenaza real. Simas negَ con la cabeza vigorosamente. --Pero se dirige a Sumna, Nautzera. ؟Acaso lo has olvidado? Tendr لcuidado. ؟Qué hechicero no lo tendrيa en la guarida de los Mil Templos? Especialmente, en tiempos como éstos. Nautzera frunciَ los labios y permaneciَ en silencio. Simas se recostَ y levantَ la mirada del manuscrito, como si saliera de su estado de concentraciَn. Escudriٌَ a Nautzera minuciosamente. --؟Has oيdo nuevas informaciones? --dijo al fin--. ؟Ha muerto
alguien mلs? Simas siempre habيa poseيdo la asombrosa habilidad de intuir la causa de sus muy diversos estados de لnimo. --Peor --dijo Nautzera--. Desaparecido. Esta maٌana, Parthelsus ha comunicado que su principal informador en la corte de Tydonni se ha desvanecido sin dejar rastro. Los nuestros estلn siendo perseguidos, Simas. --Deben ser ellos. Ellos. Nautzera se encogiَ de hombros. --O los Chapiteles Escarlatas, o incluso los Mil Templos. Recuerda que los espيas del Emperador parecen estar sufriendo un destino similar en Sumna... En cualquier caso, deberيamos habérselo dicho a Achamian. --Eres siempre tan puritano, Nautzera. No. Cualquiera que nos ataque es demasiado tيmido o demasiado astuto como para hacerlo tan directamente. En lugar de golpear a nuestros hechiceros de mلs rango, golpean a nuestros informadores, a nuestros ojos y oيdos en los Tres Mares. Por alguna razَn, quieren dejarnos ciegos y sordos. A pesar de que era consciente de las temibles implicaciones que aquello tenيa, Nautzera no logrَ ver cuلl era la relaciَn. --؟Y? --Y Drusas Achamian fue mi alumno durante muchos aٌos. Lo conozco. Utiliza a los hombres tal como debe hacerlo un espيa, pero nunca le ha llegado a gustar tanto como debe gustarle a un espيa. ةl es, por naturaleza, un hombre inusitadamente... abierto. Débil. Achamian era débil, o al menos eso habيa pensado siempre Nautzera, pero ؟qué podيa tener eso que ver con sus obligaciones para con él? --Estoy demasiado cansado para tus acertijos, Simas. Habla claro. Los ojos de Simas refulgieron de irritaciَn. --؟Acertijos? Creيa que estaba siendo muy claro. «Al menos vemos quién eres en realidad, viejo amigo.» --Se trata de lo siguiente --prosiguiَ Simas--. Achamian se hace amigo de las personas de las que se vale, Nautzera. Si supiera que sus contactos podيan estar siendo perseguidos, dudarيa. Y lo que quizل sea mلs importante, si supiera que Atyersus ha sido infiltrada, podrيa censurar la informaciَn que nos diera para proteger a sus contactos. Recuerda que mintiَ, Nautzera; puso en riesgo la mismيsima Gnosis para proteger a ese traicionero discيpulo suyo. Nautzera agasajَ al hombre con una extraٌa sonrisa, y aunque le
pareciَ malvada allي, en su rostro, sintiَ que era totalmente justificada. --Estoy de acuerdo. Una cosa como ésa serيa intolerable. Pero desde hace mucho tiempo, Simas, nuestro éxito ha dependido de nuestra capacidad para garantizar la autonomيa de los agentes que hacen el trabajo de campo. Siempre hemos confiado en los que conocen mejor la situaciَn para tomar las mejores decisiones. Y ahora, a causa de tu insistencia, negamos a uno de nuestros hermanos el conocimiento que necesita; un conocimiento que podrيa salvarle la vida. Simas se levantَ abruptamente y se acercَ a él en las sombras. A pesar de la pequeٌa estatura y el semblante avejentado del hombre, a Nautzera se le puso la piel de gallina cuando estuvo cerca de él. --Pero nunca es tan sencillo, ؟o lo es ahora, amigo? Es el equilibrio entre el conocimiento y la ignorancia lo que avala nuestras decisiones. Créeme, a Achamian le hemos dado la proporciَn adecuada de ambas cosas ؟.Me equivocaba al decir que la defecciَn de Inrau nos serيa de utilidad algْn dيa? --No --reconociَ Nautzera, recordando las acaloradas discusiones que habيan mantenido dos aٌos antes. Entonces, le habيa preocupado que Simas estuviera solamente protegiendo a su querido alumno. Pero si algo le habيan enseٌado los a ٌos de Polchias Simas era que el hombre tenيa tanta astucia como carencia de sentimientos. --As يpues, créeme en esto --le instَ, llevando una mano amable y manchada de tinta a su hombro--. Venga, viejo amigo, nosotros también tenemos nuestras arduas tareas. Satisfecho, Nautzera asintiَ. Arduas tareas, ciertamente. Quienquiera que persiguiera a sus informadores lo hacيa con una facilidad mortificante, y eso sَlo podيa significar una cosa: a pesar de revivir la agonيa de Seswatha noche tras noche, un Maestro del Mandato se habيa convertido en un traidor.
_____ 3 _____ SUMNA «Si el mundo es un juego cuyas reglas son escritas por Dios, y los hechiceros son los que hacen trampas y mلs trampas, entonces ؟quién ha
escrito las reglas de la hechicerيa?» Zarathinius, Una defensa de las artes arcanas
Principios de primavera, aٌo del Colmillo 4110, de camino a Sumna En el mar de Meneanor, les alcanzَ una tormenta. Achamian se despertَ de otro de los sueٌos, abrazلndose. Las viejas guerras de sus sueٌos parecيan enmaraٌarse con la negrura de su camarote, el suelo inclinado y el coro de agua atronadora. Estaba tumbado, acurrucado, temblando mientras trataba de distinguir lo real de los sueٌos. Caras le acechaban en la negrura, retorcidas por el asombro y el horror. Formas con armaduras de bronce forcejeaban en la distancia. El humo embadurnaba el horizonte, y habيa un dragَn alzل ndose, ensortijado como ramas de metal negro. «Skafra...» Un trueno. En la cubierta, atenazados por la lluvia difusa, los marineros nronios gemيan y suplicaban a Momas, Aspecto de la tormenta y el mar, y Dios de los dados.
El buque mercante nronio fondeَ fuera del puerto de Sumna, antiguo centro de la fe inrithi. Apoyلndose en una desgastada barandilla, Achamian observaba cَmo el bote del prلctico del puerto se dirigيa hacia ellos entre el oleaje. La gran ciudad era indistinguible del trasfondo, pero logrَ discernir los edificios de la Hagerna, el vasto complejo de templos, graneros y cuarteles que conformaba el centro administrativo de los Mil Templos. En el centro se erigيa el legendario bastiَn de la Junriuma, el sanctasanctَrum del Colmillo. Podيa percibir la atracciَn de lo que en el pasado debيa de haber sido su grandeza, pero todo parecيa acallado en la distancia, mudo. Sَlo mلs piedra. Para los inrithi, éste era el lugar en el que los cielos poblaban la tierra. Sumna, la Hagerna y la Junriuma eran mucho mلs que un lugar geogrلfico; eran partيcipes del devenir de la historia. Eran las bisagras del destino. Pero para Achamian eran cascarones de piedra. La Hagerna atraي a a hombres distintos de él, hombres que, segْn suponيa, no podيan escapar al peso de su tiempo; hombres como su antiguo alumno Inrau. Siempre que Inrau hablaba de la Hagerna, lo hacيa como si el
mismيsimo Dios le hubiera dictado sus palabras. Achamian se habيa sentido muy ofendido por lo que decيa, como con tanta frecuencia le sucedيa cuando se enfrentaba al entusiasmo excesivo de otro. El tono de Inrau tenيa un يmpetu, una loca certidumbre, que podيa someter por la espada a ciudades, incluso a naciones, como si su recta alegrيa pudiera acompaٌar a cualquier acto de locura. ةsa era, de nuevo, la razَn por la que Maithanet debيa ser fieramente temido: poseer ese يmpetu era ya suficiente dolencia, pero transmitirlo... Se hizo una pausa para el pensamiento. Maithanet portaba una plaga cuyo principal sيntoma era la certidumbre. Cَmo Dios podيa ser equiparado con la ausencia de dudas era algo que Achamian nunca habيa comprendido. Después de todo, ؟ qué era Dios sino el misterio que todos ellos portaban consigo? ؟Qué era la duda sino una forma de morar en el interior del misterio? «Quizل, en ese caso, yo soy uno de los hombres mلs pيos», pensَ, sonriendo para sus adentros. Era un hombre que no escatimaba los falsos halagos a s يmismo. Demasiado rumiaba ya. --Maithanet --susurrَ entre dientes, pero el nombre también estaba vacيo. Ni podيa amarrar los altisonantes rumores que revoloteaban a su alrededor ni proveerle de motivos suficientes para los crيmenes que iba a cometer. Como arrastrado por un sentido de la obligaciَn hacia elْ nico pasajero al que no comprendيa del todo, el capitلn del buque mercante se uniَ a su silencio meditativo deteniéndose un poco mلs cerca de lo prescrito por las normas del jnan, un error comْn entre los miembros de las castas inferiores. Era un hombre robusto, hecho, al parecer, de la misma madera que su barco. Sal y sol en sus antebrazos, el mar en su pelo despeinado y su barba. --La ciudad --dijo al fin-- no es un buen lugar para alguien como tْ. «Alguien como yo... Un hechicero en una ciudad sagrada.» No hab يa ninguna acusaciَn en las palabras o el tono de aquel hombre. Los nronios se habيan acostumbrado al Mandato, los dones del Mandato y las exigencias del Mandato. Pero ellos seguيan siendo inrithi, los piadosos. Una cierta vacuidad en su expresiَn les valيa para solventar esa contradicciَn. Siempre iban hablando por ah يde su herejيa, quizل esperando que si no la tocaban con palabras, tal vez pudieran mantener su fe intacta. --Ellos nunca saben qué somos --dijo Achamian--. Eso es lo horrible de los pecadores. Somos indistinguibles de los pيos. --Eso me han dicho --respondiَ el hombre, evitando su mirada--. Los
Escogidos sَlo pueden verse entre ellos. --Habيa algo inquietante en su tono, como si estuviera investigando los detalles de un acto sexual ilي cito. ؟Por qué hablar de eso? ؟Estaba el muy idiota tratando de congraciarse con él? A Achamian le sobrevino una imagen: él, de niٌo, trepando por unas grandes piedras --las que su padre utilizaba para secar las redes--, deteniéndose sin aliento de vez en cuando solamente para mirar a su alrededor. Algo habيa sucedido. Era como si hubiera abierto unos pل rpados distintos, unos pلrpados que tenيa debajo de los que normalmente abrيa cada maٌana. Todo era exasperadamente rيgido, como si la carne del mundo hubiera sido secada y tensada en los huecos que hay entre los huesos: la red contra la piedra, la rejilla de sombras proyectلndose sobre los huecos, las cuentas de agua recogidas entre las lيneas de los tendones de sus manos, ،tan claras! Y dentro de esa rigidez, la sensaciَn de florecimiento interior, del colapso de ver en el ser, como si sus ojos hubieran sido arrojados al centro mismo de las cosas. Desde la superficie de piedra, se podيa ver a sي mismo, un niٌo oscuro alzلndose ante el disco solar. El tejido mismo de la existencia. El onta. El lo habيa «experimentado», y todavيa no era capaz de expresarlo adecuadamente. A diferencia de la mayorيa, habيa descubierto de inmediato que era uno de los Escogidos. Lo habيa sabido con la terca certidumbre de los niٌos. «،Atyersus!», recordaba haber gritado, sintiendo el vértigo de una vida que ya no estarيa determinada por su casta, por su padre o por el pasado. De niٌo, las ocasiones en que el Mandato habيa pasado por su aldea de pescadores le habيan marcado profundamente. Primero el sonido de los platillos y después las figuras envueltas en sus ropajes, protegidas por parasoles portados por esclavos, empapadas del aura er َtica del misterio. ،Era todo tan remoto! Rostros impلvidos, tocados sَlo con los mejores cosméticos, y con el correspondiente desprecio jnanico por los pescadores de casta baja y sus hijos. Sَlo los hombres de altura mيtica podيan estar detrلs de caras como ésas; eso él lo sabيa. Hombres impregnados de la gloria de Las Sagas. Matadores de dragones y asesinos de reyes. Profetas y abominaciones. Los meses de entrenamiento en Atyersus sirvieron para que ese infantilismo menguara. Hastiada, presuntuosa y engaٌلndose a sي misma, Atyersus sَlo era diferente en su escala. «؟Soy yo tan diferente de este hombre? --se preguntَ Achamian,
observando al capitلn con el rabillo del ojo--. No tanto», pensَ, pero ignor َ al hombre de todos modos y se girَ para contemplar Sumna, nublosa entre las oscuras colinas. Sin embargo, a pesar de todo, era diferente. Tantas preocupaciones y tan poco a cambio. Diferente en que sus enfados pod يan abatir las puertas de la ciudad, pulverizar la carne y partir el hueso. Mucho poder, pero las mismas vanidades, los mismos miedos y caprichos infinitamente mلs oscuros. Habيa tenido la esperanza de que lo mيtico le elevara por encima de eso, que exaltara todos y cada uno de sus actos, pero en lugar de eso lo habيa desorientado... La distancia no ilustraba a nadie. Podيa convertir ese barco en un refulgente infierno y caminar por encima de las aguas totalmente indemne; no obstante, nunca podrيa tener... la certidumbre. Eso casi lo habيa susurrado. El capitلn le dejَ por un momento, visiblemente aliviado por la llamada de su tripulaciَn. El prلctico se habيa subido al barco en movimiento. «؟Por qué se muestran tan distantes conmigo?» Aguijoneado por este pensamiento, bajَ la cabeza y mirَ las profundidades oscuras como el vino. «؟A quién desprecio yo?» Formular esa pregunta era responderla. ؟Cَmo no podيa sentirse uno aislado, distante, cuando la propia experiencia respondيa a su boca? ؟Dَnde estaba el terreno firme en el que uno podيa permanecer cuando las simples palabras podيan arrasarlo todo? Se habيa convertido en un lugar comْn entre los eruditos de los Tres Mares comparar a los hechiceros con los poetas, una comparaciَn que a Achamian siempre le habيa parecido absurda. A duras penas podيa imaginar dos vocaciones tan trلgicamente distintas. Con la salvedad del miedo o la maquinaciَn polيtica, ningْn hechicero habيa creado nada con sus palabras. El poder, las brillantes rلfagas de luz, poseيan una irresistible direcciَn, y era la equivocada: la direcciَn hacia la destrucciَn. Era como si los hombres sَlo pudieran remedar el idioma de Dios, sَlo pudieran envilecer y embrutecer su canciَn. Cuando los hechiceros cantaban, decيa el proverbio, los hombres morيan. Cuando los hechiceros cantaban. E incluso entre los suyos, él era un anatema. Las otras Escuelas nunca le podrيan perdonar al Mandato su herencia, la posesiَn de la Gnosis, el conocimiento del Antiguo Norte. Antes de su extinciَn, las grandes Escuelas del norte habيan contado con benefactores, pilotos que las conducيan entre bancos de arena que ninguna mente humana podrيa llegar a concebir: la Gnosis de los
magos nohombres, la Quya, refinada a través de otros mil aٌos de astucia humana. En muchos sentidos, él era un dios para esos idiotas. Siempre necesitaba recordarse eso; no sَlo porque era halagador, sino porque eran ellos quienes no lo podيan olvidar. Los que le temيan, y por lo tanto los que inevitablemente le odiaban; lo arriesgarيan todo en una Guerra Santa contraيas Escuelas. Un hechicero que olvidara ese odio olvidaba cَmo seguir con vida. Detenido ante la inmensidad borrosa de Sumna, Achamian escuch َ cَmo los marineros discutيan en el fondo, y cَmo el barco gruٌيa acompasadamente con las gaviotas. Pensَ en el incendio de los Barcos Blancos en Neleost, mil aٌos antes. Todavيa podيa percibir el humo enmohecido, ver el refulgir de la fatalidad en las aguas del anochecer, sentir su otro cuerpo temblando de frيo. Y Achamian se preguntَ adonde llevaba aquello, el pasado, y por qué, si ya habيa pasado, despertaba tanto dolor en su corazَn.
En las atestadas calles que habيa al otro lado de los muelles, Achamian, que con frecuencia se tornaba contemplativo ante las aglomeraciones de gente, volviَ a tomar conciencia de lo absurdo de su presencia allي. Era un pequeٌo milagro que los Mil Templos hubiera permitido a las Escuelas mantener misiones en Sumna. Los inrithi tenي an la impresiَn de que Sumna no era solamente el corazَn de su fe y su sacerdocio, sino también, y de un modo literal, el corazَn mismo de Dios. La crَnica del Colmillo era la mلs antigua y, en consecuencia, la mل s atronadora voz del pasado; tan antigua que carecيa en s يmisma de una historia clara, «inocente», como habيa escrito el gran comentarista ceneiano Gaeterius. Repleta de personajes, narraba las grandes invasiones migratorias que marcaron la ascensiَn de los hombres en Earwa. Por alguna razَn, el Colmillo siempre habيa estado en posesiَn de una tribu, los ketyai, y desde los primeros dيas del Shigek, antes incluso del alzamiento de Kyraneas, habيa estado instalado en Sumna, o al menos eso sugerيan los documentos que habيan sobrevivido. En consecuencia, Sumna y el Colmillo se habيan convertido en dos cosas inseparables en la mentalidad de los hombres. Los peregrinajes a Sumna y el Colmillo eran una cosa y la misma, como si el lugar se hubiera convertido en un objeto y el objeto en un lugar. Caminar por Sumna era caminar por las escrituras.
No era sorprendente, pues, que se sintiera fuera de lugar. Se encontrَ siendo empujado tras una pequeٌa reata de mulas. Brazos y hombros, caras fruncidas y gritos. El movimiento en la callejuela se detuvo. Nunca habيa visto la ciudad tan enloquecedoramente llena. Girَ a uno de los hombres que le apretaban. Era un conriyano, a juzgar por su aspecto: solemne, de hombros anchos, con una densa barba; un miembro de la casta de los guerreros. --Dime --le preguntَ Achamian en sheyico--, ؟qué est لpasando? La impaciencia le llevَ a prescindir del jnan: estaban, a fin de cuentas, compartiendo su sudor. El hombre lo evaluَ con los ojos oscuros y una expresiَn curiosa en el rostro. --؟Quieres decir que no lo sabes? --le preguntَ, alzando la voz por encima del barullo. --؟Que no sé el qué? --respondiَ Achamian, sintiendo un ligero cosquilleo en la columna. --Maithanet ha llamado a los creyentes a Sumna --dijo, desconfiando de su ignorancia--. Va a revelar contra quién declarar لla Guerra Santa. Achamian estaba aturdido. Mirَ los rostros apelotonados a su alrededor y, de repente, se dio cuenta de cuلntos de ellos tenيan el aspecto endurecido de la guerra. Casi todos iban ostensiblemente armados. La primera mitad de su misiَn, descubrir contra quién iba a declarar la Guerra Santa Maithanet, iba a resolverse por s يmisma. «Nautzera y los demلs debيan saberlo. Pero ؟por qué no me lo dijeron?» Porque necesitaban que fuera a Sumna. Sabيan que se resistirيa a reclutar a Inrau, as يque lo habيan preparado todo para convencerlo de que debيa hacerlo. Una mentira por omisiَn --quiz لno fuera un pecado muy grande--, pero le habيa plegado a sus objetivos de todos modos. Manipulaciَn sobre manipulaciَn. Hasta el Quorum hacيa trampas con sus propias piezas. Era un viejo escلndalo, pero no por ello dejaba de escocer. El hombre siguiَ hablando, con los ojos refulgentes de un repentino fervor. --Roguemos por que hagamos la guerra contra las Escuelas, amigo, y no contra los fanim. La hechicerيa es siempre el mayor cلncer. Achamian a punto estuvo de darle la razَn.
Achamian alzَ el brazo con la intenciَn de meter un dedo en la ranura que habيa en el centro de la espalda de Esmenet, pero vacilَ, y en su lugar se cubriَ con un montَn de sلbanas manchadas. La habitaciَn era oscura, densa a causa del calor de su acoplamiento. A través de las sombras, veيa las migas y los desperdicios que habيa por todo el suelo. Una cegadora rendija en las contraventanas era laْ nica fuente de luz. El estruendo de la calle se colaba por los delgados muros. --؟Nada mلs? --dijo, sintiéndose remotamente aturdido por la inseguridad de su propia voz. --؟Qué quieres decir con «nada mلs»? --La voz de ella estaba marcada por una herida vieja y paciente. Ella le habيa malinterpretado, pero antes de que se pudiera explicar, le sobrevino una repentina sensaciَn de nلusea y calor asfixiante. Se obligَ a salir de la cama y a ponerse en pie, e inmediatamente se sintiَ como si fuera a caer de rodillas. Las piernas se le combaban, y se apoyَ como un borracho en el aparador. Un escalofrي o le recorriَ el vello de los brazos y el cuero cabelludo, y volviَ a descender. --؟Aldea? --preguntَ ella. --Estoy bien --respondiَ él--. El calor. Achamian se incorporَ y regresَ como pudo al colchَn, que daba vueltas. El tacto de ella contra su piel le pareciَ como el de un puٌado de anguilas ardiendo. ،Tanto calor a principios de primavera! Era como si el mundo tuviera fiebre ante la perspectiva de la Guerra Santa de Maithanet. --؟Has sufrido las fiebres antes? --dijo ella, con la voz aprensiva. Las fiebres no eran contagiosas, eso lo sabيa todo el mundo. tuve hace --S ي--dijo él con voz ronca. «Estلs a salvo», pens .--Las َ seis aٌos, en una misiَn en Cingulat... Estuve a punto de morir. --Hace seis aٌos --repitiَ ella--. Mi hija muriَ ese mismo aٌo. Amargura. Se sorprendiَ lamentando la facilidad con que su dolor se convirtiَ en el de ella. Le vino a la mente una imagen del posible aspecto de su hija: robusta pero con buena osamenta, el cabello oscuro y lلnguido cortado corto siguiendo la costumbre de la casta baja, una mejilla perfectamente curva como la palma de la mano. Pero en realidad era a Esmi a quien estaba viendo. A ella de niٌa. Permanecieron en silencio un largo rato. Los pensamientos de
Achamian se aposentaron. El calor se tornَ tranquilizador, perdiَ el filo acre de sus esfuerzos. «Ella ha malinterpretado lo que le he dicho antes», pensَ Achamian, recordando el extraٌo tono herido de su voz. ةl solamente habيa querido saber si habيa algo mلs que rumores. En cierto modo, Achamian siempre habيa sabido que regresarيa allي, no sَlo a Sumna, sino a ese lugar, entre los brazos y las piernas de aquella mujer cansada. Esmenet, un nombre extraٌo y pasado de moda para una mujer de su carلcter, pero a la vez sorprendentemente apropiado para una prostituta. «Esmenet.» ؟Cَmo podيa un nombre afectarle tanto? Ella se habيa empequeٌecido en los cuatro aٌos que habيan transcurrido desde laْ ltima visita de Achamian a Sumna. Mلs demacrada, tenيa el humor dolido por la acumulaciَn de muchas heridas pequeٌas. Sin dudarlo, Achamian la habيa buscado después de abrirse paso en el atestado puerto, sorprendido por su propio entusiasmo. Verla sentada en la ventana habيa sido extraٌo, una mezcla de pérdida y vanidad, como si hubiera reconocido a un rival de la infancia tras el rostro picado de un leproso o un pordiosero. --Veo que sigues coleccionando bastones --habيa dicho ella sin la menor expresiَn de sorpresa en su mirada. La grasa infantil también habيa desaparecido de su ingenio. Gradualmente, ella fue arrancلndole de sus preocupaciones y adentrلndole en su intrincado mundo de anécdotas y sلtiras. De un modo inevitable, habيan acabado yendo a su habitaciَn, y Achamian le habيa hecho el amor con una urgencia que le sorprendiَ, como si le hubiera sido imposible aplazar la animalidad de ese acto, un aplazamiento de la agitaciَn de su misiَn. Achamian habيa ido a Sumna por dos razones: para determinar si el nuevo Shriah planeaba lanzar una Guerra Santa contra las Escuelas y para descubrir si el Consulto tenيa algo que ver en esos trascendentales acontecimientos. La primera habيa sido un objetivo tangible, algo que podrيa utilizar para racionalizar su traiciَn a Inrau. La segunda era... fantasmal, y poseيa una anemia febril de excusas que no bastaban ni de lejos para lograr la absoluciَn. ؟Cَmo podيa utilizar la guerra del Mandato contra el Consulto para racionalizar la traiciَn cuando la guerra en s يmisma habيa acabado pareciendo tan irracional? ؟De qué otro modo se podيa describir una guerra sin enemigo? --Maٌana debo encontrar a Inrau --dijo, mلs a la oscuridad que a Esmenet.
--؟Todavيa tienes la intenciَn de... convertirlo? --No lo sé. La verdad es que sé muy poca cosa. --؟Cَmo puedes decir eso, Akka? A veces me pregunto si hay algo que tْ no sepas. Siempre habيa sido una zorra consumada. Atendيa primero al cuerpo y luego al corazَn de Achamian. «No sé si podré soportar esto otra vez.» --Me he pasado toda la vida entre gente que me considera un loco, Esmi. Ella se riَ al oيr eso. Pese a que habيa nacido en una casta bajي sima y nunca habيa recibido ninguna educaciَn --al menos formal--, Esmenet siempre habيa apreciado la ironيa. Era una de las muchas cosas que la hacيan distinta de las otras mujeres, de las otras prostitutas. --Me he pasado la vida entre gente que me considera una ramera. Achamian sonriَ en la oscuridad. --Pero no es lo mismo. Tْ eres una ramera. --؟De modo que tْ no estلs loco? Ella se riَ, y Achamian se sintiَ decepcionado. Esa ingenuidad femenina era una charada, o al menos eso habيa creيdo él siempre, algo fingido para los hombres. Le recordَ que era un cliente, que a fin de cuentas no eran amantes. --De eso se trata, Esmi. Que yo esté loco o no depende de si mi enemigo existe. --Achamian vacilَ, como si las palabras le hubieran llevado a un precipicio sin aliento--. Esmenet..., tْ me crees, ؟verdad? --؟Que si creo a un mentiroso inveterado como tْ? Por favor, no me insultes. Fue un atisbo de irritaciَn que rلpidamente lamentَ. --No, en serio... Ella se detuvo antes de responder. --؟Creo yo en la existencia del Consulto? «Ella, no.» Achamian sabيa que la gente que repetيa las preguntas tenيa miedo de responderlas. Sus hermosos ojos marrones le escudriٌaron en la oscuridad. --Digamos simplemente, Akka, que creo que la pregunta del Consulto existe. Su mirada tenيa algo suplicante. Achamian sintiَ mلs escalofrيos. --؟No es eso suficiente? --preguntَ ella. Incluso para él, el Consulto habيa abandonado el terror real para adentrarse en la ansiedad de las preguntas sin arraigo. Lamentلndose
de la falta de respuesta, ؟se habيa olvidado de la importancia de la pregunta? --Debo encontrar a Inrau maٌana --dijo. Los dedos de Esmenet hurgaron en su barba, en su barbilla. Alzَ la cabeza como un gato. --Hacemos una pareja muy triste --dijo ella, como si hiciera un comentario casual. --؟Por qué dices eso? --Un hechicero y una ramera... Eso tiene algo triste. ةl le cogiَ la mano y le besَ la punta de los dedos. --Todas las parejas tienen algo triste --dijo.
En su sueٌo, Inrau caminaba entre caٌones de ladrillo quemado, a través de caras y figuras iluminadas por restos de antorchas. Y oيa una voz procedente de ninguna parte, gritando a través de sus huesos, por toda la superficie de su piel; decيa palabras como las sombras de puٌos, golpeando justo donde el ojo no veيa. Eran palabras que azotaban lo que quiera que quedara de él; palabras que caminaban con sus piernas. Vislumbrَ la fachada verdosa de la taberna; después, un grave, resplandeciente recinto lleno de humo, mesas y lلmparas colgantes. La entrada lo envolviَ. El suelo inclinado le empujَ hacia adelante y le llevَ a una malévola oscuridad, en el extremo mلs lejano de la sala. También le envolviَ; otra entrada. Todo se precipitaba hacia el hombre barbudo que tenيa la cabeza apoyada en el estuco agrietado y la cara levantada en un لngulo perezoso, pero tenso, en un éxtasis prohibido. La luz se vertيa por su boca en movimiento. Coلgulos de sol en sus ojos. «Achamian...» Entonces, el murmullo imposible se abriَ camino entre el alboroto de los clientes. El turbio interior de la taberna se tornَ robusto y vulgar. Los لngulos de pesadilla se afilaron. El juego de las luces y de las sombras se volviَ vigorizante. --؟Qué estلs haciendo aqu ?ي--farfullَ Inrau, tratando de aclarar sus pensamientos--. ؟Eres consciente de lo que est لsucediendo? Escudriٌَ el interior de la taberna y a través de las vigas y de la neblina vio una mesa de Caballeros Shriah en el extremo opuesto, tan lejos que no le habيan visto. Achamian le observَ amargamente. --Me alegro de verte, chico.
Inrau frunciَ el ceٌo. --No me llames chico. Achamian sonriَ. --Pero ؟qué otra cosa --parpade --َse supone que un querido tيo debe llamar a su sobrino? ؟Eh, chico? Inrau exhalَ un largo suspiro y se recostَ en la silla. --Me alegro de verte..., tيo Akka. No era mentira. A pesar de las dolorosas circunstancias, se alegraba de verle. Durante un rato se arrepintiَ de haberse alejado del lado de su maestro. Sumna y los Mil Templos no eran los lugares, los santuarios, que él creيa que eran, al menos no hasta que Maithanet habيa sido elegido para el Trono. --Te he echado de menos --prosiguiَ Inrau--, pero Sumna... --No es un muy buen lugar para alguien como yo, lo sé. --Entonces, ؟por qué has venido? Estoy seguro de que has oيdo los rumores. --No he venido, y ya estل, Inrau... --Achamian se detuvo, con el rostro repentinamente atribulado--. Me han enviado aquي. A Inrau se le erizَ el cuero cabelludo. --،Oh, no!, Achamian. Por favor, cuéntame... --Tenemos que saber de ese Maithanet --dijo Achamian en un tono forzado--, de esta Guerra Santa. No me cabe ninguna duda de que lo comprendes. Achamian bajَ su cuenco de vino. Por un momento, pareciَ estar desolado. Pero la repentina pena que Inrau sintiَ por él, el hombre que en tantos sentidos se habيa convertido en su padre, fue empequeٌecida por una atribulada sensaciَn de que el suelo desaparecيa bajo sus pies. --Pero lo prometiste, Akka. Lo prometiste. Las lلgrimas refulgieron en los ojos del Maestro. Eran lلgrimas prudentes, pero igualmente llenas de arrepentimiento. --El mundo tiene por costumbre --dijo Achamian-- romper mis promesas.
A pesar de que Achamian habيa esperado presentarse ante Inrau bajo la apariencia de un profesor que finalmente reconoce en un antiguo alumno a un igual, una pregunta jamلs formulada seguيa importunل ndole: «؟Qué estoy haciendo?». Escudriٌando al hombre joven, sintiَ una punzada de afecto. Su
rostro parecيa extraٌamente aguileٌo afeitado a la moda nansur. Pero la voz era familiar y estaba cada vez mلs y mلs enmaraٌada en ideas que competيan entre sي. Y también sus ojos: exuberantes, anchos y marrَn vidrioso, perpetuamente girando sobre el vértice de la honesta duda en s يmismo. Inrau habيa sido mلs maldecido que los otros al recibir el don de los Escogidos. Por su temperamento, estaba perfectamente dotado para ser un sacerdote de los Mil Templos. El atisbo de candor desinteresado, de atrevida pasiَn, ésas eran las cosas de las que el Mandato le habيa despojado. --Pero Maithanet es mلs de lo que podéis comprender --estaba diciendo Inrau. Todo el cuerpo del joven parecيa estremecerse bajo la violenta corriente de aire de la taberna--. Algunos casi le rinden culto, aunque esto le hace montar en cَlera. Debe ser obedecido; no, adorado. Por eso escogiَ ese nombre... --؟Escogiَ? A Achamian no se le habيa ocurrido que su nombre pudiera significar algo. Eso le perturbَ. Era una tradiciَn Shriah adoptar un nuevo nombre. ؟Cَmo cosas tan simples se le podيan pasar por alto? --S ي--respondiَ Inrau--. De mai'tahana. Achamian no conocيa la palabra. Pero antes de que pudiera preguntar, Inrau prosiguiَ su explicaciَn en un tono desafiante, como si el antiguo alumno sَlo entonces, finalmente fuera del alcance del Mandato, pudiera dar rienda suelta a viejos resentimientos. --Su significado te ser لdesconocido. Mai'tahana es un término del thoti-eannoreano, el idioma del Colmillo. Significa «instrucciَn». «؟Y qué conclusiَn debo sacar de eso?» --؟Y nada de esto te inquieta? --le preguntَ Achamian. --؟Nada de qué me inquieta? --El hecho de que Maithanet haya logrado sin ningْn esfuerzo el Trono, de que fuera capaz, en cuestiَn de semanas, de purgar el aparato del Shriah de todos los espيas del Emperador. --؟Inquietarme? --gritَ Inrau con incredulidad--. Mi corazَn estل exultante por esas cosas. No tienes ni la menor idea de lo profundamente desesperado que estaba cuando llegué a Sumna, cuando llegué y me di cuenta de lo sَrdidos y corruptos que se habيan vuelto los Mil Templos, cuando me di cuenta de que el propio Shriah era simplemente otro de los perros del Emperador. Y entonces, llegَ Maithanet. ،Como una tormenta! Una de esas infrecuentes tormentas de verano que barren la tierra y la dejan limpia. ؟Inquieto por la facilidad con que limpiَ Sumna? Akka, me alegré.
--Entonces ؟qué pasa con esta Guerra Santa? ؟Acaso tu corazَn también se alegra al pensar en ella? ؟Al pensar en otra Guerra Escolل stica? Inrau dudَ, como si le sorprendiera que su vigor anterior se hubiera apagado tan rلpidamente. --Nadie sabe contra quién se va a librar esta Guerra Santa --dijo frي amente. Por mucho que Inrau despreciara al Mandato, Achamian sabيa que la idea de la destrucciَn le horrorizaba. «Una parte de él mora entre nosotros todavيa.» --؟Y si Maithanet declara la guerra contra las Escuelas? ؟Qué pensarلs de él entonces? --No lo harل, Akka. Estoy seguro de eso. --Pero ésa no era mi pregunta, ؟no? --Achamian se estremeciَ en su interior por la falta de misericordia de su tono--. Si Maithanet declara la guerra contra las Escuelas, ؟entonces, qué? Inrau se llevَ las manos --unas manos delicadas para un hombre, como siempre habيa pensado Achamian-- a la cara. --No lo sé, Akka. Me he hecho esa misma pregunta mil veces, y todavيa no lo sé. --Pero ؟por qué? Ahora eres un sacerdote Shriah, Inrau, un apَstol de Dios tal como fue revelado por el Ultimo Profeta y el Colmillo. ؟Acaso no exige el Colmillo que todos los hechiceros sean quemados? --Sي, pero... --Pero ؟el Mandato es distinto? ؟Una excepciَn? --Sي. Es distinto. --؟Por qué? ؟Porque un viejo idiota al que amaste en el pasado es uno de ellos? --Baja la voz --susurrَ Inrau, mirando de soslayo y con preocupaciَn la mesa de los Caballeros Shriah--. Sabes perfectamente por qué, Akka. Porque te quiero como padre y como amigo, sin duda, pero porque también... respeto la misiَn del Mandato. --As يque si Maithanet declara la guerra contra las Escuelas, ؟qué pensarلs? --Me apenarيa. --؟Te apenarيa? Me parece que no, Inrau. Creerيas que estل equivocado. Por muy brillante y sagrado que Maithanet sea, pensarيas: «،No ha visto lo que yo he visto!» Inrau asintiَ, ausente. --Los Mil Templos --prosiguiَ Achamian, con un tono mلs gentil--
siempre han sido la mلs poderosa de las Grandes Facciones, pero se ha visto con frecuencia mermada, si no arrasada, por la corrupciَn. Maithanet es el primer Shriah en siglos que reclama su preeminencia. Y ahora en los conciliلbulos secretos de cada facciَn, hombres despiadados preguntan: ؟qué har لMaithanet con ese poder?, ؟contra quién dirigir لesta Guerra Santa?, ؟contra los sacerdotes fanim y los cishaurim?, ؟o contra los condenados por el Colmillo, las Escuelas? Nunca Sumna habيa estado tan llena de espيas como ahora. Merodean por los Recintos Sagrados como buitres a los que se ha prometido un cadلver. La Casa Ikurei y los Chapiteles Escarlatas tratarل n de dar con el modo de ligar los planes de Maithanet con los suyos. Los kianene y los cishaurim vigilarلn con los ojos bien abiertos todos sus movimientos, temiéndose que su lecciَn sea para ellos. Minimizar o explotar, Inrau; todos ellos estلn aqu يpor una de esas dos razones. Sَlo el Mandato permanece fuera de este sَrdido cيrculo. Una vieja tلctica, eficaz gracias a un ingenio desesperado. Cuando se recluta a un espيa uno tiene que abrir con las palabras un espacio seguro, hacer que parezca que lo que est لen juego no es la traiciَn, sino una fidelidad mayor y mلs exigente. Lيmites, darle lيmites mلs amplios con los que interpretar la traiciَn de sus acciones. Ante todo, un espيa que recluta espيas debe ser un maestro en la narraciَn de historias. --Ya lo sé --dijo Inrau, contemplلndose la palma de la mano derecha--. Ya lo sé. --Y si hay algْn lugar --dijo Achamian-- en el que una facciَn oculta pueda ser encontrada es aquي. Todas las razones que me has dado para explicar tu devociَn a Maithanet son las razones por las que el Mandato debe vigilar a los Mil Templos. Si el Consulto puede encontrarse en algْn lugar, Inrau, es aquي. En cierto sentido, loْ nico que Achamian habيa hecho era tirar del hilo de unas afirmaciones en absoluto polémicas, pero la historia que habيa explicado ante Inrau era clara, aunque al joven no le pareciera as ي. De todos los sacerdotes Shriah en la Hagerna, sَlo Inrau serيa capaz de ver los lيmites mلs amplios; sَlo él actuarيa movido por intereses que no serيan provincianos ni autoengaٌos. Los Mil Templos era un buen lugar, pero era desventurado. Tenيa que ser protegido de su propia inocencia. --Pero el Consulto --dijo Inrau, mirando a Achamian con una expresiَn dolorida--. ؟Y si ellos han muerto? Si hago lo que me pides a cambio de nada, Akka, entonces estaré condenado. --Como si se temiera un castigo inmediato, mirَ ansiosamente a su espalda.
--Pero la pregunta, Inrau es: ؟y si ellos...? Achamian se detuvo, inmovilizado por la horrorizada expresiَn del joven sacerdote. --؟Qué pasa? --Me han visto. --Tragَ saliva rيgidamente--. Los Caballeros Shriah que hay detrلs de m ,...يa tu izquierda. Achamian habيa visto que los Caballeros entraban poco después de su llegada, pero aparte de asegurarse de que no estaban entre los Escogidos, apenas les habيa prestado atenciَn. ؟Y por qué deberيa haberlo hecho? En misiones como ésa, resultar llamativo era un punto a favor. Lo que llamaba la atenciَn eran los hombres normales, no los fanfarrones. Mirَ de reojo a la pequeٌa gruta de lلmparas en la que los tres Caballeros estaban sentados. Uno de ellos, un hombre bajo y fornido con el pelo lanoso, todavيa llevaba puesta la malla de su armadura, pero los otros dos vestيan los ropajes blancos con bordados de oro de los Mil Templos, al igual que Inrau, si bien el traje de aquellos hombres consistيa en una extraٌa mezcla de uniforme marcial y las vestiduras sacerdotales caracterيsticas de los Caballeros Shriah. El hombre con la armadura trazَ unos cيrculos en el aire con un hueso de pollo, describiendo algo con avidez --una mujer o una batalla, tal vez-- a sus camaradas, que estaban al otro lado de la mesa. El hombre que estaba entre ellos, con la cara flلccida y la arrogancia de la casta alta, mirَ a Achamian a los ojos y asintiَ. Sin decir una palabra a sus compaٌeros, el hombre se puso en pie y se dirigiَ a grandes zancadas hacia su mesa. --Viene uno de ellos --dijo Achamian, sirviéndose otro cuenco de vino--. Asْstate, tranquilيzate, haz lo que quieras, pero déjame hablar. ؟ De acuerdo? Un asentimiento sin resuello. El Caballero Shriah sorteَ las mesas y los clientes circundantes con maneras bruscas; se detuvo en una ocasiَn para apartar con brusquedad a un transportista que se tambaleaba en mitad de su camino. Tenيa una esbeltez patricia, iba bien afeitado y llevaba el cabello negro azabache muy corto. Parecيa que el blanco de su intrincada tْnica hacيa encoger a las sombras, pero por alguna razَn, su cara no. Llegَ portando la esencia del jazmيn y la mirra. Inrau levantَ la mirada. --Creo que te he reconocido --dijo el Caballero Shriah--. Inrau, ؟ verdad?
--S-sي, Sarcellus. ؟Sarcellus? El nombre le resultaba extraٌo a Achamian, pero el estremecimiento de Inrau sَlo podيa significar que se trataba de alguien poderoso, demasiado poderoso para tratar en persona, habitualmente, a los pequeٌos funcionarios del templo. «Un Caballero-Comandante...» Achamian mirَ de soslayo mلs all لde su torso y vio a los otros dos Caballeros observلndolos. El de la armadura se inclinَ hacia un lado y murmurَ algo que hizo reيr al otro. «Esto es alguna clase de broma. Algo para divertir a sus amigos.» --؟Y quién es éste? --preguntَ Sarcellus, girلndose hacia Achamian--. ؟Te est لcausando algْn problema? Achamian se bebiَ el vino de golpe y, furiosamente, apartَ la mirada del Caballero-Comandante, como un viejo borracho que no tolera interrupciones. --El niٌo es hijo de mi hermana --le espet --yَ est لde mierda hasta el cuello-- .Entonces, como si se le ocurriera después, aٌadi --:َSeٌor. --؟Ah, s ?يLe ruego que me diga por qué. Rebuscando en sus bolsillos como si buscara una moneda suelta, Achamian negَ con la cabeza con un enfado sardَnico, aْn sin posar la mirada en el interrogador. --Por comportarse como un idiota, ؟por qué si no? Puede vestir de oro y blanco, pero es un estْpido mojigato igualmente. --؟Y quién eres tْ para reprender a un sacerdote Shriah, eh? --؟Qué? ؟Yo reprendiendo a Inrau? --exclamَ Achamian, imitando el miedo sarcلstico de un borracho--. Por lo que a m يrespecta, el niٌo es una perita en dulce. Sَlo le estoy transmitiendo el mensaje de mi hermana. --Ya veo. ؟Y quién es ella? Achamian se encogiَ de hombros y sonriَ, lamentando momentل neamente tener la boca llena de dientes. --؟Mi hermana? Mi hermana es una puerca en celo. Sarcellus parpadeَ. --،Hummm! Si as يes, ؟qué eres tْ? --،El hermano de una puerca! --gritَ Achamian, que finalmente mirَ al hombre a la cara--. No resulta raro que el niٌo esté cubierto de mierda, ؟ eh? Sarcellus sonriَ, pero sus grandes ojos marrones permanecieron extraٌamente muertos. Se girَ hacia Inrau. --El Shriah nos exige nuestra diligencia, joven apَstol, mلs ahora que en cualquier tiempo del pasado. Pronto declarar لcontra quién
lanzaremos la Guerra Santa ؟.Estلs seguro de que irte de juerga con un payaso, por mucho que tenga lazos de sangre contigo, es una buena idea justo antes de un momento trascendental? --؟Y qué hay de ti? --murmurَ Achamian, sirviéndose mلs vino--. Préstale atenciَn a tu tيo, niٌo. Los bellacos pomposos y engreيdos como... El dorso de la mano de Sarcellus le golpeَ el lado de la cabeza, dejَ su silla inclinada sobre dos tambaleantes patas y, finalmente, le derribَ al suelo adoquinado. La taberna estallَ en gritos y aullidos. Sarcellus apartَ la silla de una patada y, con el aire rutinario de un rastreador que olisquea un rastro, se acuclillَ junto a él. Achamian se protegiَ la cara con los brazos temblorosos. --،Asesino! --logrَ gritar el actor que llevaba dentro. Una mano de hierro le atenazَ la nuca y lo levantَ hasta alzar su oي do a los labios de Sarcellus. --Cuلnto tiempo hacيa que tenيa ganas de hacer esto, cerdo --susurrَ el hombre. Y entonces desapareciَ. El duro suelo. Un vislumbre de su espalda alejلndose. Achamian tratَ de levantarse. ،Malditas piernas! ؟Dَnde estaban? La cabeza colgando hacia atrلs. Una lلgrima blanca de la luz de la lلmpara, refulgiendo sobre un colgante de latَn, iluminando las vigas y el techo, las telaraٌas y las moscas momificadas. Después Inrau, detrلs de él, gruٌendo mientras le ayudaba a ponerse en pie, susurrando algo inaudible mientras le arrastraba a su asiento. Apoyado en su silla, apartَ las manos maternales de Inrau. --Estoy bien --dijo con voz ronca--. Sَlo necesito un momento para recuperar el aliento. Achamian sorbiَ el aire por sus fosas nasales, se apretَ un lado de la cara con la mano y se hundiَ los dedos retorcidos entre la barba. Inrau volviَ a sentarse y observَ con aprensiَn cَmo cogيa de nuevo el vino. --Un p-poco mلs dramلtico de lo que querيa --dijo Achamian con un displicente aire de buen humor. Cuando sus manos temblorosas derramaron las primeras gotas de vino, Inrau se acerc َy le quit a َ mablemente el decantador. --Akka... «،Malditas manos! Siempre temblando.» Achamian observَ cَmo Inrau le servيa el vino en el cuenco. Tranquilidad. ؟Cَmo podيa estar tranquilo el chico? --Una pizca demasiado dramلtico, p-pero eficaz..., igualmente
eficaz. Y eso es lo que importa. Se secَ las lلgrimas de los ojos con el pulgar y el يndice. ؟De dَnde habيan salido? «El aguijَn. Eso es, el aguijَn.» --Le he tomado el pelo, chico. --Un resoplido que querيa ser una risa--. ؟Has visto cَmo lo he hecho? --Lo he visto. --Bien --declarَ, bebiéndose de golpe el vino del cuenco y jadeando--. Observa y aprende. Observa y aprende. Inrau volviَ a servirle en silencio. A Achamian empezaron a dolerle la mejilla y la mandيbula, antes feroces e impertérritas. Una rabia incomprensible se adueٌَ de él. --،Las iras que podrيa haber desencadenado! --espetَ en voz baja para asegurarse de que no le oirيan. «؟Qué mلs da si vuelve?» Mirَ de reojo, rلpidamente, a Sarcellus y los otros dos Caballeros Shriah. Se estaban riendo de algo, de un chiste o de algo as ;يalgo. haberle hecho hervir el --،Las palabras que sé! --gru، .--ٌPodrيa َ corazَn en el pecho! Se zampَ otro cuenco, como aceite ardiendo en su helado intestino. --Lo he hecho antes. --«؟Era yo ése?» --Akka --dijo Inrau--, tengo miedo.
Nunca habيa visto Achamian a tanta gente reunida en un lugar, ni siquiera en los Sueٌos de Seswatha. La gran plaza central de la Hagerna era una selva de humanidad. En la distancia, baٌados en la luz del sol, los muros inclinados de la Junriuma se alzaban sobre las masas. De los edificios circundantes, sَlo ése parecيa inmune a las multitudes. Los otros, diseٌados en losْ ltimos y mلs grلciles dيas del Imperio Ceneiano, estaban abrumados por la retorcida maraٌa de guerreros, esposas, esclavos y comerciantes. Armas colgantes y rostros indefinidos congestionaban los balcones y las largas columnatas del recinto administrativo. Montones de jَvenes estaban posados como palomas entre los cuernos curvos y las grupas de los tres Toros Agoglianos que normalmente dominaban el corazَn de la plaza. Hasta las anchas avenidas procesionales, que bajaban por entre la bruma de la gran Sumna, estaban atestadas de gente que se movيa lentamente, recién llegados que todavيa esperaban abrirse paso hasta mلs cerca, mلs cerca de Maithanet y su revelaciَn. Achamian no habيa tardado mucho en lamentar haberse acercado
tanto a la Junriuma. El sudor le aguijoneaba los ojos. Por todos lados, extremidades y cuerpos se tambaleaban contra él. Finalmente, Maithanet se disponيa a anunciar contra quién se declararيa la Guerra Santa, y como el agua en una esclusa, los fieles habيan acudido en riadas. Achamian se encontraba periَdicamente arrastrado por mareas en movimiento. Era imposible permanecer inmَvil. La presiَn lo habrيa tragado y se hubiera visto lanzado contra las espaldas de los que estaban ante él. Casi podيa creer que nada se movيa, exceptuando el suelo bajo sus pies, agitado por un ejército oculto de sacerdotes deseosos de ver cَmo se asfixiaban. En cierto momento, lo maldijo todo: el sol castigador, los Mil Templos, el antebrazo entre sus hombros, Maithanet. Pero los instantes mلs feroces los reservَ para Nautzera y para su propia y maldita curiosidad. Parecيa que una combinaciَn de las dos cosas era lo que le habيa llevado allي. Entonces, se dio cuenta: «Si Maithanet declara la guerra contra las Escuelas...». Entre tantos, ؟qué posibilidades habيa de que le reconocieran como un hechicero, como un espيa? Ya se habيa topado con varios hombres rodeados de la mareante aureola de una Baratija. Era costumbre que los miembros de las castas dirigentes llevaran su Chorae colgando alrededor del cuello. Las masas estaban pespunteadas por pequeٌos puntos que susurraban muerte. «Yo..., la primera vيctima de la nueva Guerra Escolلstica«. La ironيa de ese pensamiento fue suficiente para dibujarle una mueca en el rostro. Las imلgenes revoloteaban ante el ojo de su alma: fanلticos seٌalلndole y gritando «،blasfemo!, ،blasfemo!», su cuerpo desmembrado lanzado por encima de una muchedumbre furibunda. «؟Cَmo puedo haber sido tan estْpido?» El miedo, el calor y la hediondez le hacيan sentir nلuseas. La mejilla y la mandيbula le latيan con fuerza otra vez. Habيa visto a otros --en sus sienes un entramado de brillantes venas, los ojos adormilados por una confusiَn cercana a la inconsciencia-- que eran alzados entre la multitud y transportados bajo el sol sobre una ola de manos alzadas. Verlo le habيa infundido una mezcla de asombro y desolaciَn, aunque no sabيa por qué. Mirَ hacia la inmensidad de la Junriuma, la Cلmara del Colmillo, que se erguيa en un silencio pétreo sobre las multitudes. Grupos de sacerdotes y otros funcionarios pululaban por las alturas y se inclinaban
sobre las almenas. Vio cَmo una figura volcaba una cesta de lo que parecيan pétalos de flor blancos y amarillos. Cayeron revoloteando por las laderas de granito antes de posarse sobre la formaciَn de Caballeros Shriah que guardaban con barricadas los rellanos inferiores. Fortaleza y templo, la Junriuma tenيa el aire monolيtico de los edificios destinados a repeler ejércitos, tal como habيa hecho muchas veces en el pasado. Suْ nica concesiَn a la fe era la gran entrada abovedada de la puerta delantera, flanqueada por dos pilares kyraneanos, sus dimensiones eran tales que sَlo podيa empequeٌecer a cualquier hombre que permaneciera debajo de ella. Achamian esperaba que Maithanet fuera la excepciَn. Durante losْ ltimos dيas, especialmente después del desconcertante encuentro con el Caballero-Comandante, el nuevo Shriah habيa llegado a hacerse un gran hueco en sus pensamientos, un hueco que Achamian tenيa que llenar con la fuerza de la presencia del hombre. «؟Merece tu devociَn, Inrau? ؟Merece Maithanet tu vida?» Las Trompas de la Llamada, cuyo timbre sin fondo tanto se parecي a a las antiguas trompas de la guerra de los sranc, sonaron detrلs de él. Cientos de ellas reverberaban entre los grandes huecos del cielo sobre sus cabezas. Alrededor de Achamian, los hombres empezaron a gritar, extasiados, prorrumpiendo en un rugido que fue llenando, y luego eclipsando, el quejido oceلnico de las Trompas de la Llamada. Las Trompas se alejaron, y el rugido creciَ, hasta que pareciَ que los muros de la Junriuma se resquebrajarيan y se vendrيan abajo. Una formaciَn de niٌos calvos vestidos de color escarlata saliَ por la puerta de la Cلmara; saltaban descalzos por las monumentales escaleras y tribunas, sacudiendo hojas de palma en el aire. El rugido decreciَ lo suficiente como para que se distinguieran gritos individuales por encima de la estela de hombres que susurraban. Se percibيan fragmentos de himnos que inmediatamente decaيan y se desvanecي an. Las masas se habيan convertido en un trasfondo impaciente, lentamente acallado por la espera de los pasos que en seguida iban a darse por encima de él. «Todos nosotros por ti, Maithanet. Qué se debe sentir...» A pesar de lo que habيa dicho Inrau, Achamian sabيa que el joven, a su manera, veneraba al nuevo Shriah, una idea que habيa herido su vanidad. Achamian siempre habيa valorado la adoraciَn de sus alumnos, y de ninguno mلs que de Inrau. Entonces el viejo profesor habيa sido suplantado. ؟Cَmo podيa él rivalizar con un hombre que
inspiraba acontecimientos como aquél? Pero él lo lograba. De alguna forma habيa arrastrado los ojos y los oيdos del Mandato al corazَn de los Mil Templos. ؟Habيa sido su astucia lo que habيa convencido a Inrau, o fue su humillaciَn a manos de Sarcellus? ؟Era pena? ؟Acaso habيa vencido una vez mلs fracasando? Una imagen de Geshrunni cruzَ sus pensamientos. El hecho de que lo hubiera logrado sin Palabras calmَ su vergüenza, al menos un tanto. Las habrيa utilizado en caso de que Inrau se hubiera negado. Achamian no se hacيa ilusiones. Si no hubiera conseguido su misiَn, el Quorum habrيa matado a Inrau. Para hombres como Nautzera, Inrau era un traidor, y todos los traidores debي an morir; tan simple como eso. La Gnosis, incluso los escasos rudimentos conocidos por Inrau, era mلs valiosa que cualquier vida. Pero si hubiera utilizado las Palabras de Coacciَn, tarde o temprano el Luthymae, el Colegio de monjes y sacerdotes que gestionaba la vasta red de espيas de los Mil Templos, habrيa identificado la marca de la hechicerيa en Inrau. No todos los Escogidos se convertيan en hechiceros. Muchos utilizaban el «don» para hacer la guerra contra las Escuelas. Y Achamian no dudaba de que el Colegio de Luthymae habrي a matado a Inrau por llevar la marca de la hechicerيa. Habيa perdido a otros agentes a manos del Colegio antes. Lo mلximo que las Palabras podيan hacer era ganar tiempo. Eso, y romperle el corazَn. Quiz لésa era la razَn por la que Inrau se habيa mostrado de acuerdo en convertirse en espيa. Quiz لhabيa vislumbrado las dimensiones de la trampa que el destino y Achamian le habيan tendido. Quiz لlo que mلs temيa no era la perspectiva de lo que le pudiera suceder si se negaba, sino la perspectiva de lo que le pudiera suceder a su antiguo profesor. Achamian habrيa utilizado las Palabras, habrيa convertido a Inrau en un tيtere hechicero, y él se habrيa vuelto loco. Los sacerdotes, envueltos en ropajes blancos con bordados dorados y sosteniendo réplicas doradas del Colmillo, desfilaron en filas de cuatro entre los pilares kyraneanos. Los Colmillos refulgيan al sol. Algunos gritos roncos sobresalieron entre el estallido de la masa hasta convertirse en muchos. Como palmeras hْmedas, la masa se apretَ con mas fuerza sobre Achamian. Su espalda se arqueَ ante el empujَn hacia adelante y jadeَ. El aire tenيa sabor. Las esquinas del cielo empezaron a difuminarse. Parpadeando para sacarse el sudor de los ojos, mantuvo la boca abierta hacia arriba por la promesa de un aire mas fresco, como
si en alguna parte justo encima de él hubiera una superficie en la que el aliento de miles terminara, y empezara el cielo. Las voces eran un estallido. Bajَ la mirada, y la Junriuma llenَ sus ojos. A través de una extensiَn de brazos alzados, observَ la forma emergente de Maithanet. El nuevo Shriah era una figura poderosa, tan alta como cualquier norsirai. Llevaba una tْnica blanca impoluta y una poblada barba negra. Hacيa que los sacerdotes que lo flanqueaban parecieran afeminados. Achamian sintiَ la repentina necesidad de verle los ojos, pero desde esa distancia permanecيan escondidos bajo la sombra de sus cejas. Inrau le habيa dicho que Maithanet procedيa del sur profundo, de Cingulat o Nilnamesh, donde el dominio de los Mil Templos era incierto. Habيa caminado, siendo un inrithi solitario, por las tierras infieles de Kian. En realidad, no habيa llegado a Sumna, sino que se habيa apoderado de ella. Entre los hastiados administradores de los Mil Templos, sus misteriosos orيgenes habيan sido un punto a su favor. Ser un funcionario de los Mil Templos era oler a corrupciَn, un olor que ninguna pureza de intenciones o grandeza de espيritu podrيa jamلs hacer que desapareciera del todo. Los Mil Templos habيan llamado a Maithanet, y Maithanet habيa acudido. «؟Podيa el Consulto haber descubierto esta carencia? ؟Haberte engaٌado para que la solventaras?» Con sَlo pensar en ese nombre, el Consulto, Achamian se tranquiliz َ. Innumerables pesadillas le habيan llenado de tanto odio, de tanto temor, que se habيan convertido en un sostén de su ser casi tanto como su propio nombre. Sus pensamientos se vieron abrumados por la hْmeda reverberaciَn de las bocas de la muchedumbre. Durante un instante, el aire se estremeciَ por sus gritos. Sintiَ que se le ennegrecيan sus lيmites, una frialdad en el pecho y el rostro. El ruido de la multitud se adelgazَ y amainَ. Oyَ alguna cosa incoherente, pero estaba seguro de que era la voz de Maithanet. Mلs estruendos. La gente tratando de tocar su figura distante con la punta de los dedos. Se tambaleَ entre la hْmeda presiَn de los hombres que le rodeaban, sintiَ una punzada en el velo del paladar, el escozor del vَmito. «Fiebres...» Las manos estaban sobre él, y fue alzado por los extraٌos por encima de la superficie de la multitud. Palmas y dedos, su tacto era tanto y tan ligero, all يun instante y en seguida desaparecido. Sentيa que el sol quemaba en la negrura de su barba, en la sal hْmeda de sus
mejillas. Vislumbrَ titubeantes grietas de ropa empapada, de cabello y piel; un suelo de caras observando el paso de su sombra. A través del cielo interior de ojos medio cerrados, el sol se ensamblaba con las lل grimas, y oy َuna voz, tan clara y cلlida como una tarde de otoٌo. --En s يmismos --estaba gritando el Shriah--, los fanim son una afrenta a Dios. ،Pero el hecho de que los pيos, los inrithi, toleren esta blasfemia, es suficiente para que la ira de Dios arda con toda su fuerza contra nosotros! Con el cuerpo postrado sobre las manos, bajo el sol, Achamian se sintiَ transido por un delirante asombro al oيr el sonido de la voz del hombre. ،Qué voz! Una voz que se posaba sobre las pasiones y los pensamientos, y no sobre las orejas, con entonaciones exquisitamente moduladas para incitar, para encolerizar. --Ese pueblo, esos kianene, son una raza obscena, seguidores de un Falso Profeta. ،Un Falso Profeta, hijos mيos! El Colmillo nos dice que no hay mayor abominaciَn que un Falso Profeta. Ningْn hombre es tan vil, tan malvado, como aquel que se burla de la voz de Dios. Y sin embargo, firmamos tratados con los fanim, compramos seda y turquesas que han pasado por sus impuras manos. Intercambiamos oro por caballos y esclavos criados en sus venales establos. ،Nunca mلs deben los fieles relacionarse con naciones prostitutas! ،Nunca mلs deben los fieles ver cَmo su indignaciَn disminuye a cambio de unas chucherيas procedentes de tierras de infieles! No, hijos mيos, ،debemos mostrarles nuestra furia! ،Debemos descargar sobre ellos la venganza de Dios! Achamian flotaba en mitad del estruendo de la multitud, impulsado por unas palmas que pronto se cerrarيan en un puٌo, por manos que golpearيan mلs que alzar. --،No!, no vamos a seguir comerciando con los infieles. ،De hoy en adelante, lo cogeremos! ،Los inrithi no seguirلn permitiendo estas obscenidades! ،Maldeciremos al que sea maldito! ،Debemos guerrear! Y la voz se acercَ, como si las innumerables manos que sostenيan a Achamian no pudieran hacer mلs que entregarlo a la fuente de esas palabras que resonaban, palabras que habيan partido el sudario del futuro con una terrible promesa. Guerra Santa. --،Shimeh! --gritَ Maithanet, como si su nombre estuviera en la raيz de todos los pesares--. La ciudad del عltimo Profeta est لen manos de los infieles. ،En manos impuras y blasfemas! El santificado suelo de Shimeh se ha convertido en el mismيsimo hogar del mal abominable.
،Los cishaurim! Los cishaurim han hecho de Juterum, ،las sagradas cumbres!, la guarida de ceremonias indecibles, ،la sede de hediondos y bلrbaros rituales! Amoteu, la Tierra Santa del Ultimo Profeta; Shimeh, la Ciudad Santa de Inri Sejenus, y Juterum, el santo lugar de la Ascensiَn, se han convertido en el hogar de una atrocidad tras otra. ،De un atroz pecado tras otro! ،Debemos recuperar esos lugares sagrados! ،Debemos volver nuestras manos al sangriento trabajo de la guerra! Debemos golpear a los infieles con el filo de la espada afilada. Debemos atravesarles con la punta de la larga lanza. ،Debemos azotarlos con la agonيa del fuego sagrado! Debemos guerrear, y debemos guerrear hasta que ،Shimeh sea libre! Las masas hicieron erupciَn, y a través de su insoportable trلnsito, Achamian se preguntَ, con la extraٌa lucidez que se tiene al borde de la inconsciencia, por qué los fanim y las Escuelas eran un cلncer entre ellos. ؟Por qué asesinar a otro cuando es el propio cuerpo el que necesita ser sanado? ؟Y por qué iniciar una Guerra Santa que no podي an ganar? Una superficie imposiblemente distante de piedra inclinada contra el sol --la Junriuma, bastiَn del Colmillo-- y los hombres le estaban bajando sobre los sombreados escalones. El agua salpicَ su cara, cayَ entre sus labios. Le levantaron la cabeza, vio un muro de gritos, de rostros enrojecidos y de brazos alzados. «Quieren Shimeh..., Shimeh. Las Escuelas nunca estuvieron amenazadas.» Cada instante era tenso a causa del exultante estruendo de la asamblea, pero por alguna razَn, habيa cierta intimidad entre los que estaban en los escalones. Achamian echَ un vistazo a los demلs --los que habيan sido alzados por la muchedumbre como él, temblando y empapados por el cansancio--, pero todos estaban paralizados por algo que habيa en los escalones que quedaban por encima de ellos. Levant َ la mirada, asustado por la bota gastada que estaba a un palmo de su frente. Mirَ el vacيo que enmarcaban las extremidades de un hombre que se arrodillaba junto a la rodilla de otro. El hombre lloraba, parpadeaba para contener las lلgrimas; luego, le vio. Asustado, Achamian observَ cَmo la cara del hombre se relajaba al reconocerlo y después se tensaba con una furia monolيtica. Un hechicero... allي. «Proyas.» Era el Prيncipe Nersei Proyas de Conriya..., otro alumno al que habيa amado. Durante cuatro aٌos, Achamian habيa sido su tutor en artes no hechiceras.
Pero antes de que pudieran intercambiar una palabra, las manos guiaron al Prيncipe, que todavيa le observaba, a un lado, y Achamian se quedَ mirando la serena y sorprendentemente joven cara de Maithanet. Las multitudes rugieron, pero un extraٌo silencio se habيa establecido entre ellos dos. La cara del Shriah se oscureciَ, pero sus ojos azules refulgieron con..., con... Hablَ suavemente, como si lo hiciera con un يntimo: --Los tuyos no sois bienvenidos aqu ,يamigo. Huye. Y Achamian huy ؟.Declararيa َ un cuervo la guerra a un leَn? Y a lo largo de la estremecida locura de su lucha a través de las huestes inrithi, se sintiَ paralizado por un solo pensamiento: «Puede ver a los Escogidos». Sَlo los Escogidos podيan ver a los Escogidos.
Maithanet cogiَ con fuerza a Proyas por el brazo, y entonces, con la voz suficientemente alta para agujerear los rugidos de adulaciَn de la muchedumbre, le susurrَ: --Hay muchas cosas que tengo que comentar contigo, mi Prيncipe. Sus pensamientos todavيa bullيan con la furia y la sorpresa de ver a su antiguo tutor. Proyas se secَ las lلgrimas que le bajaban por las mejillas y asintiَ abstraيdamente. Maithanet le pidiَ que siguiera a Gotian, el ilustre Gran Maestro de los Caballeros Shriah, que le indicَ el camino en direcciَn contraria a la refulgente procesiَn Shriah, hacia las profundidades de las galerيas semejantes a catacumbas de la Junriuma. Gotian aventurَ unos cuantos comentarios amables, sin duda para tratar de entablar conversaciَn con él, pero Proyas sَlo podيa pensar: «،Achamian! ،Insolente sinvergüenza! ؟Cَmo ha podido cometer un ultraje as»?ي. ؟Cuلntos aٌos habيan pasado desde que le habيa visto porْ ltima vez? ؟Cuatro? ؟Cinco, incluso? Durante todo ese tiempo habيa estado tratando de limpiar su corazَn de la influencia de ese hombre. Y todo ese tiempo le llevaba a ese penْltimo instante, a arrodillarse a los pies del Padre Santo, sintiendo que su gloria le cubrيa con una descarga dorada, y besar su rodilla en un momento de pura y absoluta sumisiَn a Dios. ،Sَlo para ver a Drusas Achamian temblando en el escalَn inferior!
Un blasfemo impenitente acurrucلndose a la sombra del alma mلs gloriosa que habيa pisado la tierra en mil aٌos: Maithanet, el Gran Shriah que liberarيa Shimeh, que acabarيa con el yugo de los emperadores y los infieles que cargaba la fe del عltimo Profeta. «Achamian. Te quise en el pasado, querido profesor, ،pero esto! ،Esto es intolerable!» --Pareces atribulado, mi Prيncipe --dijo Gotian al fin, conduciéndole por otro pasillo mلs. El incienso de una mezcla de maderas olorosas humeaba por los espacios abiertos y rodeaba con un halo la luz de las linternas. En algْn lugar, un coro practicaba los himnos. --Lo siento, Gotian --respondi .--Es َ un dيa de una extraordinaria importancia. --As يes, mi Prيncipe --dijo el Gran Maestro de pelo plateado con una prudente sonrisa dibujada en el rostro--. Y todavيa adquirir لmلs importancia. Antes de que Proyas pudiera preguntarle a qué se referيa, el pasillo con columnas termin yَ desemboc e َ n una inmensa habitaciَn flanqueada por colosales pilares..., o lo que él crey q َ ue era una habitaci َn, porque pronto se dio cuenta de que estaba en un patio. La luz del sol se colaba a través del distante techo, atravesando la oscuridad con rayos inclinados y prolongados dedos de luz entre las columnas occidentales. Proyas parpadeَ y se quedَ mirando el suelo de mosaico del patio, que estaba a un nivel mلs bajo... ؟Podيa ser? Cayَ de rodillas. El Colmillo. Un gran cuerno de marfil curvado, mitad iluminado por el sol, mitad en penumbra, estaba suspendido por cadenas que se alzaban hacia lo alto y se perdيan en el contraste del brillante cielo y la oscuridad de la columnata. El Colmillo, lo mلs sagrado de lo mلs sagrado. Brillaba por los aceites y estaba ribeteado de inscripciones, como las extremidades tatuadas de una sacerdotisa de Gierra. Los primeros versos de los Dioses. La primera escritura. ،Allي, ante sus ojos! Allي. Después de un instante sin resuello, Proyas sintiَ la consoladora mano de Gotian en su hombro. Parpadeando para ver entre las lل grimas, levantَ la mirada hacia el Gran Maestro.
--Gracias --dijo con la voz empequeٌecida por las inmensidades que le rodeaban--. Gracias por traerme a este lugar. Gotian asintiَ y le dejَ solo para sus oraciones. Los triunfos y los arrepentimientos recorrieron por igual sus pensamientos; su victoria sobre los tydonnios en la batalla de Paremti; las palabras de odio que habيa dirigido hacia su hermano mayor la semana antes de que muriera. Le pareciَ que all يlas redes ocultas salي an, por fin, a la superficie, de tal manera que todos esos acontecimientos se reunيan en aquel momento. Incluso los aٌos que habيa pasado con Achamian de niٌo, repitiendo un ejercicio tras otro, riéndose de sus gentiles bromas, tenيan un lugar en la preparaciَn de ese momento. Entonces. Ante el Colmillo. «Me someto a tu palabra, Dios. Encomiendo mi alma a la feroz tarea que has puesto ante mي. Haré del campo de batalla un templo.» El sonido de los pلjaros jugueteando sobre los altos aleros. El olor de sلndalo aclarado por el aire del cielo lيmpido. Las bandas de luz solar. Y el Colmillo, suspendido contra las sombras de los poderosos pilares kyraneanos. Inmَvil. Silencioso. --؟Rompe el corazَn --dijo una poderosa voz tras él-- ver por primera vez el Colmillo, verdad? Proyas se girَ, y a pesar de que hacيa mucho tiempo que creيa ser ajeno a la adulaciَn, inevitablemente mirَ al hombre con veneraciَn. Maithanet, el nuevo e incorruptible Shriah de los Mil Templos, el hombre que llevarيa la paz a las naciones de los Tres Mares ofreciéndoles la Guerra Santa. «Un nuevo profesor.» --Desde el principio, ha estado con nosotros --prosiguiَ Maithanet, observando con reverencia el Colmillo--. Nuestro guيa, nuestro consuelo y nuestro juez. Es loْ nico que nos testimonia, incluso cuando lo contemplamos. --S ي--dijo Proyas--. Puedo sentirlo. --Conserva ese sentimiento, Proyas. Llévalo fuertemente junto a tu pecho y nunca lo olvides, porque en los dيas que seguirلn, serلs asediado por muchos hombres que lo han olvidado. --؟Su excelencia? Maithanet se dirigiَ a su lado. Habيa cambiado sus elaborados ropajes con trazos dorados por un sencillo hلbito blanco. A Proyas le parecيa que todos sus movimientos, todos sus gestos, transmitيan una sensaciَn de inevitabilidad, como si la escritura de sus actos ya hubiera sido escrita.
--Hablo de la Guerra Santa, Proyas, el gran martillo del Ultimo Profeta. Muchos hombres tratarلn de pervertirlo. --Ya he oيdo rumores de que el Emperador... --Y habr لotros también --dijo Maithanet, en un tono triste y a la vez cortante--. Hombres de las Escuelas... Proyas se sintiَ aleccionado. Sَlo su padre, el Rey, se habيa atrevido a interrumpirlo, y sَlo cuando él habيa dicho alguna estupidez. --؟Las Escuelas, su excelencia? El Shriah girَ su poderoso perfil barbado hacia él, y a Proyas le sobresaltَ el penetrante azul de sus ojos. --Dime, Nersei Proyas --dijo Maithanet con la voz de un edicto--, ؟ quién es ese hombre, ese hechicero, que ha osado contaminar mi presencia?
_____ 4 _____ Sumna «Ser ignorante y ser engaٌado son dos cosas distintas. Ser ignorante es ser un esclavo del mundo. Ser engaٌado es ser el esclavo de otro hombre. La cuestiَn siempre ser ؟:لpor qué, cuando todos los hombres son ignorantes, y por lo tanto esclavos, esta segunda esclavitud nos escuece tanto«? Ajencis, Las epistemologيas «Pero a pesar de las historias de las atrocidades fanim, el hecho es que los kianene, infieles o no, fueron sorprendentemente tolerantes con los peregrinajes inrithi a Shimeh; antes de la Guerra Santa, se entiende. ؟Por qué un pueblo entregado a la destrucciَn del Colmillo mostrarيa tal cortesيa con los "idَlatras"? Quiz لestaban en parte motivados por la perspectiva del comercio, como otros han sugerido. Pero el motivo fundamental reside en su tradiciَn del desierto. En kianene, guerra santa se dice si'ihkhalis, que significa, literalmente, "gran oasis". En el desierto abierto tienen la estricta costumbre de no codiciar el agua de los viajeros, aunque sean enemigos.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
La Guerra Santa de los inrithi contra los fanim fue declarada por Maithanet, el ciento dieciséis Shriah de los Mil Templos, la Maٌana de la
Ascensiَn del aٌo del Colmillo 4110. El dيa habيa sido inusualmente cل lido para aquella estaciَn, como si Dios hubiera bendecido la Guerra Santa con una premoniciَn del verano. De hecho, por los Tres Mares corrيan rumores de augurios y visiones; todos ellos daban fe de la santidad de la tarea que habيan de emprender los inrithi. La palabra se difundiَ. En todas las naciones, sacerdotes de los templos Shriah y cْlticos clamaron contra las atrocidades y las iniquidades de los fanim. ؟Cَmo podيan los inrithi considerarse fieles cuando la ciudad del عltimo Profeta habيa sido esclavizada? Por medio de invectivas y apasionadas arengas, los abstractos pecados de pueblos distantes y exَticos fueron acercados a las congregaciones de los inrithi y transformados en los suyos. Les decيan que tolerar la iniquidad era cultivar la maldad. Cuando un hombre no conseguيa desbrozar su jardيn, ؟acaso no estaba cultivando maleza? Y a los inrithi les parecيa que habيan sido despertados de una inercia mercantil, que habيan sufrido de una incomprensible pereza de espيritu. ؟Cuلnto tiempo soportarيan los Dioses a un pueblo que habيa convertido sus corazones en rameras, que se habيa dejado insensibilizar por la corrupta facilidad? ؟Cuلnto tiempo pasarيa antes de que los Dioses los abandonaran, o lo que es peor, se tornaran contra ellos con una intensa ira? En las calles de las grandes ciudades, los vendedores ambulantes contaban a sus clientes rumores de este o aquel potentado que se habي a declarado a favor del Colmillo. Y en las tabernas, los veteranos discut يan y comparaban la piedad de sus distintos seٌores. Reunidos alrededor de la chimenea, los niٌos escuchaban con los ojos abiertos como platos, transidos por el sobrecogimiento y el terror, mientras sus padres les describيan cَmo los fanim, un pueblo inmundo y desdichado, habيa saqueado la pureza de un lugar increيblemente maravilloso, Shimeh. Se despertaban gritando en mitad de la noche, lloriqueando por culpa de cishaurim sin ojos que veيan a través de cabezas de serpiente. Durante el dيa, mientras correteaban por las calles o los campos, los hermanos menores eran obligados a ser los infieles, para que sus hermanos mayores pudieran derrotarles con palos en forma de espada. Y en la oscuridad, los maridos les contaban a sus esposas las ْltimas noticias de la Guerra Santa, y hablaban en solemnes susurros de la gloria de la tarea que el Shriah habيa puesto ante ellos. Y las esposas lloraban --en silencio, porque la fe las hacيa fuertes--, sabiendo que muy pronto sus maridos las dejarيan. Shimeh. Los hombres hacيan rechinar los dientes al pensar en ese
nombre sagrado. Y les parecيa que Shimeh tenيa que ser un lugar silencioso, un territorio que habيa contenido el aliento durante atormentados siglos, esperando a que los perezosos seguidores del Ultimo Profeta finalmente despertaran de su sueٌo y pusieran fin a un crimen antiguo y atroz. Irيan all يcon una espada y un cuchillo, y limpiar يan el terreno. Y cuando los fanim estuvieran muertos, se arrodillarيan y besarيan la dulce tierra que habيa engendrado al عltimo Profeta. Se unirيan a la Guerra Santa. Los Mil Templos emitieron edictos declarando que los que se aprovecharan de la ausencia de cualquier seٌor que hubiera hecho del Colmillo su causa serيan juzgados por herejيa en los tribunales eclesiل sticos y ejecutados sumariamente. Asegurados, pues, sus derechos de nacimiento, prيncipes, condes, palatinos y seٌores de todas las naciones se declararon Hombres del Colmillo. Se olvidaron las guerras triviales. Las tierras se hipotecaron. Los caballeros siervos fueron llamados por sus seٌores y barones. Los vasallos fueron proveيdos de armas y alojados en barracones provisionales. Grandes flotas de barcos fueron contratadas para hacer por mar el viaje a Momemn, que era donde el Shriah habيa anunciado que la Guerra Santa se prepararيa. Maithanet habيa hecho un llamamiento, y los Tres Mares al completo respondieron. La espalda del infiel serيa rota. La santa Shimeh serيa limpiada.
Mediados de primavera, aٌo del Colmillo 4110, Sumna La hija de Esmenet nunca estaba lejos de sus pensamientos. Era extraٌo cَmo cualquier cosa, incluso la casualidad mلs trivial, podيa evocarle recuerdos de ella. Esa vez fue Achamian y su curiosa costumbre de olisquear las pasas antes de metérselas en la boca. Una vez su hija habيa olisqueado una manzana en el mercado. Era un recuerdo sin aliento, pلlido, como si se le hubieran aclarado los colores por el horrible hecho de su muerte. Una adorable muchachita, brillante bajo las sombras de los transeْntes, con el cabello negro y liso, una cara regordeta y tierna, y los ojos como una esperanza perpetua. --Mamل, huele como... --habيa dicho. Su voz se fue apagando cuando le fallَ la intuiciَn--. Huele como agua y flores. --Le dedicَ a su madre una mirada triunfante. Esmenet levantَ la mirada hacia el avinagrado vendedor, que seٌalَ
con la cabeza las serpientes enlazadas que llevaba tatuadas en el dorso de su mano izquierda. El mensaje era claro: «Yo no vendo nada a los de tu clase». --Es curioso, querida. A m يme huele que es muy cara. --Pero mamل... --habيa dicho su querida hija. Esmenet tratَ de contener las lلgrimas. Achamian le estaba hablando. --Me resulta difيcil --dijo en un tono confesional. «Deberيa haber comprado la manzana en otra parte«. Ambos estaban sentados en taburetes bajos en su habitaciَn, junto a la maltrecha mesilla. Las contraventanas estaban abiertas y el frيo aire de la primavera parecيa exagerar los sonidos de la calle. Achamian se habيa cubierto los hombros con una manta de lana, pero a Esmenet no le importaba temblar. ؟Cuلnto tiempo hacيa que Achamian estaba all يcon ella? Lo suficiente como para que se sintieran a salvo y aburridos el uno del otro; casi como si estuvieran casados. Habيa llegado a pensar que un espيa como Achamian, un espيa que reclutaba y dirigيa a los que en realidad tenيan acceso al conocimiento, se pasaba la mayor parte del tiempo simplemente esperando a que sucediera algo. Y Achamian habيa esperado allي, en su pobre habitaciَn de un viejo edificio que albergaba a docenas de rameras como ella. Al principio, habيa sido extraٌo. Muchas maٌanas ella yacيa despierta, escuchando los espantosos ruidos que él hacيa al ir de vientre en su orinal. Esmenet enterraba la cabeza debajo de las mantas, insistiendo en que fuera a ver a un médico o a un sacerdote, sَlo medio en broma, porque era realmente espantoso. ةl empezَ a llamarlo su «apocalipsis matinal» después de que ella le gritara, mلs desesperada que de buen humor: «،Sَlo porque revivas el Apocalipsis cada noche, Akka, no significa que tengas que compartirlo conmigo por la maٌana!». Achamian se reيa entre dientes con tristeza mientras se limpiaba y murmuraba algo acerca de las ventajas de beber mucho y tener limpio el orinal. Y Esmenet encontraba tanta comodidad como diversiَn en la visiَn de un hechicero limpiلndose el culo con agua. Se levantaba, abrيa las contraventanas y se sentaba medio desnuda sobre el alféizar como siempre hacيa, mirando alternativamente a través del humeante clamor de Sumna y escudriٌ ando la calle en busca de un posible cliente. Los dos comيan un desayuno frugal a base de pan لcimo, queso amargo y cosas por el estilo, mientras hablaban de toda clase de cosas: losْ ltimos rumores
acerca de Maithanet, la corrupta hipocresيa de los sacerdotes, el modo como los transportistas podيan hacer que hasta los soldados se sonrojaran con sus maldiciones, etcétera. Y a Esmenet le parecيa que eran felices, que por alguna extraٌa razَn estaban bien en ese lugar y en ese momento. Tarde o temprano, sin embargo, alguien la avisarيa desde la calle, o uno de sus clientes habituales llamarيa a la puerta, y las cosas se agriarيan. Achamian se pondrيa sombrيo, cogerيa su capa y su mochila, e invariablemente irيa a emborracharse a alguna lْgubre taberna. Normalmente, ella le observarيa desde el alféizar cuando regresara, caminando solo entre los incesantes empujones de la gente, un hombre envejecido, ligeramente redondeado, que parecيa que hubiera perdido todo lo que llevaba en el monedero apostando. Cada vez, sin excepciَn, ya estarيa mirلndola cuando ella le viera. ةl la saludar يa con la mano dubitativamente, intentarيa sonreيr y un atisbo de pesar recorrerيa el cuerpo de ella, a veces con tanta intensidad que soltarيa un grito ahogado. ؟Qué era lo que ella sentيa? Muchas cosas, al parecer. Pena por él, sin duda. En mitad de desconocidos, Achamian siempre parecيa tan solitario, tan incomprendido. «Nadie --pensaba con frecuencia-- le conoce como yo.» También sentيa alivio porque regresara a pesar de que tenيa oro suficiente para hacerse con los servicios de prostitutas mucho mلs jَvenes. Era una pena egoيsta. Y vergüenza, vergüenza porque sabيa que él la querيa, y que cada vez que aceptaba un cliente le rompيa el corazَn. Pero ؟qué otra opciَn tenيa? ةl nunca subيa a su habitaciَn a menos que la viera en el alféizar. En una ocasiَn, después de ser golpeada por un desalmado especialmente desagradable que afirmaba ser herrero, ella no pudo hacer mلs que encaramarse a la cama y llorar hasta quedarse dormida. Se despertَ antes del amanecer y se acercَ corriendo a la ventana cuando se dio cuenta de que Achamian no habيa regresado. Se quedَ all يacurrucada durante horas, esperلndole, observando cَmo el sol tornaba cobrizo el mar y después se abrيa paso a través de la neblinosa ciudad. Los tornos de los primeros alfareros gruٌeron al cobrar vida en la calle adyacente, y los primeros rastros de humo de hornos y cocinas se enroscaron sobre los tejados hacia el cielo cada vez mلs azul. Ella llorَ en silencio. Pero incluso entonces dejَ que un pecho se le saliera de las sلbanas, como si fuera una madre dando de mamar, y permitiَ que una larga y pلlida pierna colgara contra los frيos ladrillos para que los que
miraran hacia arriba pudieran vislumbrar la promesa sombrيa entre sus piernas. Y después, al fin, cuando el sol empezaba a calentarle la cara y el hombro desnudo, oyَ unos golpecitos en la puerta. Cruzَ la habitaciَn corriendo y abriَ la puerta de un tirَn, y all يestaba el despeinado hechicero. --،Akka! --gritَ con las lلgrimas cayéndole de los ojos. ةl la mirَ y después observَ la cama vacيa, y le dijo que se habيa quedado dormido junto a la puerta. Y entonces, ella habيa sabido que le amaba de verdad. El suyo era un extraٌo matrimonio, si es que as يpodيa llamarse. Un matrimonio de parias santificado por votos jamلs pronunciados. Un hechicero y una prostituta. Quiz لse podيa esperar cierta desesperaciَn en uniones asي, como si esa extraٌa palabra, amor, fuera profunda solamente en proporciَn al grado en que uno fuera despreciado por los demلs. Esmenet se abrazَ los hombros. Estudiَ a Achamian con un suspiro impaciente. --؟Qué? --preguntَ cansinamente--. ؟Qué es lo que te resulta difيcil, Akka? Achamian apartَ su herida mirada de ella y no dijo nada. Cuando comprendiَ lo que ese herrero habيa hecho, montَ en cَlera. La arrastrَ a diversas herrerيas mientras le exigيa que identificara al hombre. Y a pesar de que ella protestَ y manifestَ que esos ataques eran parte connatural de los clientes que obtenيa en la calle, se emocionَ en secreto, y una parte de ella esperَ que quemara a ese hombre hasta convertirlo en un puٌado de ceniza. Por primera vez, quizل, comprendiَ que Achamian podيa hacerlo y que lo habيa hecho en el pasado. Pero no encontraron al hombre. Esmenet sospechaba que Achamian seguيa rondando por las herrerيas, buscando a alguien que encajara con la descripciَn que ella le habيa dado. Y no tenيa ninguna duda de que Achamian lo habrيa matado en caso de encontrarlo. Habيa seguido hablando de él mucho después del incidente, simulando ser galante cuando en realidad, o eso sospechaba Esmenet, una pequeٌa parte de él querيa matar a toda su clientela. --؟Por qué te quedas aquي, Achamian? --le preguntَ ella con un punto de hostilidad en su voz. ةl la mirَ, enfadado, y su pregunta fue sencilla. --؟Por qué sigues acostلndote con ellos, Esmi? ؟Por qué insistes
en seguir siendo una ramera mientras yo estoy aqu يcontigo? «Porque tarde o temprano me dejarلs, Akka... Y los hombres que me dan de comer encontrarلn a otras rameras.» Pero antes de que él pudiera hablar, oyeron un tيmido golpe en la puerta. --Me voy --dijo Achamian, poniéndose en pie. Un relلmpago de temor recorriَ su cuerpo. --؟Cuلndo volverلs? --le preguntَ, esforzلndose por no parecer desesperada. --Después --dijo él--, después de que... ةl le ofreciَ la manta, que ella cogiَ con sus manos nudosas. ع ltimamente lo cogيa todo con una extraٌa fiereza, como si desafiara a las cosas pequeٌas a que fueran de cristal. Lo observَ mientras abrيa la puerta. --Inrau --dijo Achamian--. ؟Qué estلs haciendo aqu?ي --He descubierto algo importante --dijo el joven sin aliento. --Pasa, pasa --dijo Achamian, guiando al sacerdote a su taburete. --Tengo miedo de no haber tenido cuidado --dijo Inrau, evitando la mirada de ambos--. Es posible que me hayan seguido. Achamian le estudiَ un momento y después se encogiَ de hombros. --Aunque te hubieran seguido, no importa. Los sacerdotes suelen ser aficionados a las prostitutas. --؟Es cierto, Esmenet? --dijo Inrau con una sonrisa nerviosa. Esmenet sabيa que su presencia le hacيa sentir incَmodo. Y como muchos otros hombres amables, trataba de ocultar su vergüenza con un humor forzado. --En ese sentido, se parecen mucho a los hechiceros --dijo de forma irَnica. Achamian le dedicَ una mirada de juguetona indignaciَn, e Inrau sonriَ nerviosamente. --Cuéntanos --dijo Achamian, traicionando con los ojos su sonrisa--. ؟Qué es eso que has descubierto? Una expresiَn de concentraciَn infantil cruzَ el rostro de Inrau. Tenيa el pelo oscuro y era esbelto, iba bien afeitado y poseيa unos grandes ojos castaٌos y unos labios femeninos. Esmenet pensَ que tenيa la atractiva vulnerabilidad de los hombres jَvenes a la sombra de los terribles azotes del mundo. Esos hombres eran muy apreciados por las prostitutas, y no sَlo porque acostumbraban a pagar los daٌos infligidos, sino por el placer que experimentaban. Eran una compensaciَn de otra clase. Esos hombres podيan ser amados sin riesgo, tal como las
madres aman a sus hijos pequeٌos. «Comprendo por qué le tienes tanto miedo, Akka.» --Los Chapiteles Escarlatas han aceptado unirse a la Guerra Santa --dijo Inrau recobrando el aliento. Achamian frunciَ el ceٌo. --؟Es eso un rumor que has oيdo? --Supongo. --Se detuvo--. Pero me lo dijo un orador del Colegio de Luthymae. Sospecho que Maithanet hizo su oferta hace tiempo. Para demostrar que no era un frivolo, llegَ a mandar seis Baratijas a Carythusal como gesto de buena voluntad. Como Luthymae tiene un gran poder en la administraciَn de los Chorae, Maithanet se vio obligado a darles una explicaciَn. --De modo que es cierto. --Es cierto. --Inrau le mirَ como mirarيa un hombre hambriento que ha encontrado una moneda extranjera a un cambista. «؟Qué vale esto?» --Excelente, excelente. Es ciertamente una noticia muy importante. La euforia de Inrau era contagiosa, y Esmenet se sorprendiَ sonriendo con él. --Has hecho un buen trabajo, Inrau --dijo ella. --S ي--aٌadiَ Achamian--. Los Chapiteles Escarlatas, Esmi, es la Escuela mلs poderosa de los Tres Mares, regentes del Alto Ainon desde laْ ltima Guerra Escolلstica-- .Pero demasiadas preguntas se apiٌ aban en sus pensamientos para poder continuar. Achamian siempre habيa tenido tendencia a dar explicaciones innecesarias; sabيa perfectamente que ella conocيa a los Chapiteles Escarlatas. Pero Esmenet se lo perdonaba. En cierto modo, sus explicaciones eran una medida de su deseo por incluirla a ella en su vida. En muchos sentidos, Achamian era completamente distinto de los otros hombres. --Seis Baratijas --espet، .--َUn regalo extraordinario! ،De valor incalculable! ؟Era ésa la razَn por la que ella le querيa? La palabra parecيa tan pequeٌa --tan sَrdida-- cuando estaba sola. Y cuando él regresaba parec يa como si cargara los Tres Mares enteros en su espalda. Ella llevaba una vida sumergida, una vida en las catacumbas a causa de la pobreza y la ignorancia. Entonces, llegaba ese hombre corpulento de buen coraz َn, un hombre que parecيa incluso menos un espيa que un hechicero, y por un tiempo, el techo de su vida se desmoronaba y el sol y el mundo llenaban su existencia. «Te quiero, Drusas Achamian.»
--،Baratijas, Esmi! Para los Mil Templos son las mismيsimas Lل grimas de Dios. ،Darle seis a una Escuela de blasfemos! Sorprendente. --Se mesَ la barba mientras pensaba, trazando con los dedos cinco vetas plateadas y volviéndolas a trazar. Baratijas. Eso recordَ a Esmenet que a pesar del asombro, el mundo de Achamian era extremadamente mortيfero. La ley eclesiلstica dictaba que las prostitutas, como las adْlteras, debيan ser castigadas mediante la lapidaciَn. Lo mismo era cierto para los hechiceros, con la salvedad de que a ellos sَlo les podيa herir una clase de piedra, y era suficiente que les tocara una sola vez. Por suerte, habيa pocas Baratijas. El mundo, por otro lado, estaba lleno de piedras para las rameras. --Pero ؟por qué? --preguntَ Inrau, con un dejo de pena en la voz--. ؟ Por qué Maithanet iba a contaminar la Guerra Santa invitando a una Escuela? «Qué difيcil debe de ser para él --pensَ Esmenet-- estar atrapado entre dos hombres como Achamian y Maithanet.» --Porque debe hacerlo --respondiَ Achamian--; de lo contrario, la Guerra Santa estarيa condenada. Recuerda que los cishaurim residen en Shimeh. --Pero los Chorae son tan letales para ellos como para los hechiceros. --Quizل... Pero eso es una diferencia pequeٌa en una guerra como ésta. Antes de que la Guerra Santa pudiera hacer que las Baratijas ejercieran su influjo sobre los cishaurim, tendrيa que haber derrotado a las huestes de Kian. No, Maithanet necesita una Escuela. «،Menuda guerra!», pensَ Esmenet. En su juventud, su alma se aceleraba cuando oيa historias de guerra. E incluso entonces, solيa pedir a los soldados a los que daba placer que le contaran historias de guerra. Por un instante, casi logrَ ver el tumulto, las espadas destellando bajo la luz de un fuego hechicero. --Y los Chapiteles Escarlatas --prosiguiَ Achamian--. No podrيa haber una mejor Escuela a la que él... --Ninguna escuela mلs odiosa --protestَ Inrau. Esmenet sabيa que el Mandato albergaba un odio especial por los Chapiteles Escarlatas. Ninguna Escuela, segْn le habيa dicho Achamian en una ocasiَn, envidiaba mلs al Mandato su posesiَn de la Gnosis. --El Colmillo no discrimina entre abominaciones --replicَ Achamian--. Obviamente, Maithanet ha hecho este intento de
aproximaciَn por razones estratégicas. Se dice que el Emperador pretende hacer de la Guerra Santa su instrumento de reconquista. Aliل ndose con los Chapiteles Escarlatas, Maithanet no depender لde la Escuela del Emperador, el Saik Imperial. Piensa en lo que la Casa Ikurei puede hacer de su Guerra Santa. El Emperador. Por alguna razَn, su menciَn atrajo la mirada de Esmenet a dos talentos de cobre que habيa sobre la mesa, uno apoyado sobre el otro, con sus perfiles en miniatura de Ikurei Xerius III, el Emperador de Nansur. Su Emperador. Como todos los habitantes de Sumna, nunca pensaba en él como su lيder, a pesar de que los soldados imperiales eran una parte de su clientela casi tan numerosa como los sacerdotes Shriah. El Shriah estaba demasiado cerca, pero lo cierto era que ni siquiera el Shriah significaba mucho para ella. «Soy demasiado pequeٌa», pensَ. Y en ese momento, se le ocurriَ una pregunta. --La pregunta... --empezَ Esmenet, pero se detuvo cuando los dos hombres la miraron, extraٌados--. La pregunta no deberيa ser: ؟por qué los Chapiteles Escarlatas han aceptado la oferta de Maithanet? ؟Qué podrيa inducir a una Escuela a unirse a una Guerra Santa? Son extraٌos compaٌeros de cama, ؟no creéis? No hace tanto, Akka, temيas que la Guerra Santa pudiera ser contra las Escuelas. Se produjo un momento de silencio. Inrau sonriَ como si le divirtiera su propia estupidez. Esmenet percibiَ que a partir de ese momento Inrau la mirarيa como a una igual en esos asuntos. Achamian, sin embargo, seguirيa mostrلndose distante, el juez de todas las cuestiones. Como tenيa que ser, tal vez, dada su profesiَn. --En realidad, hay muchas razones --dijo Achamian, finalmente--. Antes de partir de Carythusal, supe que los Chapiteles Escarlatas han estado guerreando en secreto contra los hechiceros-sacerdotes de los fanim, los cishaurim. Guerreando durante diez amargos aٌos. --Se mordi َ el labio un instante--. Por alguna razَn, los cishaurim asesinaron a Sasheoka, que era entonces el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. Eleazaras, el pupilo de Sasheoka, es ahora el Gran Maestro. Se rumoreaba que era يntimo de Sasheoka, يntimo en el sentido de los hombres ainonios... --De modo que los Chapiteles Escarlatas... --dijo Inrau. --Esperan, para vengarse --dijo Achamian, completando el pensamiento de su protegido--, poner punto final a su guerra secreta. Pero hay mلs. Ninguna de las Escuelas comprende la metafيsica de los cishaurim, la Psukhe. Todas ellas, incluida la Escuela del Mandato, estل
n aterrorizadas por el hecho de que no pueda ser considerada una forma de hechicerيa. --؟Por qué os aterroriza que no pueda ser considerada as?ي --preguntَ Esmenet. ةsa era solamente una de las muchas pequeٌas preguntas que nunca se habيa atrevido a formular. --؟Por qué? --repitiَ Achamian, muy serio de repente--. Me haces esta pregunta, Esmenet, porque no tienes ni idea del poder que ostentamos, ni idea de lo desproporcionado que es comparado con la fragilidad de nuestros cuerpos. Sasheoka fue asesinado precisamente porque no podيa distinguir la obra de los cishaurim de las obras de Dios. Esmenet frunciَ el ceٌo. Se girَ hacia Inrau. --؟Te hace lo mismo a ti? --؟Te refieres a encontrarle defectos a la pregunta en lugar de responderla-- ?dijo Inrau de forma irَnica--. Constantemente. Pero la expresiَn de Achamian se habيa ensombrecido. --Escuchad. Escuchadme con atenciَn. Esto no es un juego. Cualquiera de nosotros, pero especialmente tْ, Inrau, podrيa acabar con la cabeza hervida en sal, alquitranada y colgada ante la Cلmara del Colmillo. Y hay mلs cosas en juego que nuestras vidas. Mucho mلs. Esmenet se quedَ en silencio, ligeramente sorprendida por la reprimenda. Habيa ocasiones en las que se olvidaba de las profundidades de Drusas Achamian. ؟Cuلntas veces le habيa abrazado después de que se despertara de uno de sus sueٌos? ؟Cuل ntas veces le habيa oيdo hablar en extraٌas lenguas mientras dormيa? Le mirَ de soslayo y vio que la ira de sus ojos habيa sido sustituida por el dolor. --No espero que ninguno de los dos comprendلis lo que est لen juego. Incluso me he cansado de oيrme a m يmismo parlotear sobre el Consulto. Pero esta vez es algo distinto. Sé que te duele pensar en ello, Inrau, pero tu Maithanet... --No es mi Maithanet. No es propiedad de nadie, y eso --Inrau vacil َ, como si estuviera turbado por su propio ardor--, eso es lo que le hace digno de mi devociَn. Quiz لno comprendo exactamente lo que est لen juego, como dices, pero sé mلs que la mayorيa. Y me preocupa, Akka; me preocupa, honestamente, que esto sea simplemente otro recado de un idiota. Mientras Inrau decيa esto, mirَ --«involuntariamente», pensَ Esmenet-- la marca serpentina de la prostituta tatuada en el dorso de la
mano. Ella se tapَ los puٌos bajo los brazos cruzados. Entonces, inexplicablemente, le sobrevino el verdadero misterio que se ocultaba bajo esos acontecimientos. Mirَ a ambos hombres con los ojos por completo abiertos. Inrau bajَ la mirada. Achamian, sin embargo, la contemplَ amablemente. «Lo sabe --pensَ Esmenet--. Sabe que tengo un don para estas cosas.» --؟Qué pasa, Esmi? --؟Dices que el Mandato acaba de enterarse de la guerra de los Chapiteles Escarlatas contra los cishaurim? --Sي. Esmenet se inclinَ hacia adelante, como si esas palabras debieran ser susurradas. --Si los Chapiteles Escarlatas pueden ocultarle una cosa as يal Mandato durante diez aٌos, Akka, entonces, ؟cَmo es que Maithanet, un hombre que acaba de convertirse en Shriah, lo sabe? --؟A qué te refieres? --preguntَ Inrau con alarma. --No --dijo Achamian, pensativamente--. Tiene razَn. No es posible que Maithanet se acercara a los Chapiteles Escarlatas a menos que supiera que la Escuela estaba en guerra con los cishaurim. Serيa demasiado absurdo de otro modo. ؟La Escuela mلs orgullosa de los Tres Mares uniéndose a una Guerra Santa? Piensa en ello. --«؟Cَmo podيa saberlo?» --Quiz ل--dijo Inrau-- los Mil Templos simplemente se toparon con ese dato, como tْ, pero antes. --Quiz ل--repitiَ Achamian--, pero es poco probable. Por lo menos eso nos exige que lo vigilemos mلs de cerca. Esmenet volviَ a estremecerse, pero esa vez de euforia. «El mundo gira gracias a personas como éstas, y yo acabo de unirme a ellas.» El aire, pensَ, olيa a agua y flores. Inrau mirَ momentلneamente a Esmenet antes de devolver la mirada quejumbrosa a su mentor. --No puedo hacer lo que me pides... No puedo. --Debes acercarte mلs a Maithanet, Inrau. Tu Shriah es demasiado astuto. --؟Qué? --dijo el joven sacerdote con un sarcasmo desganado--. ؟ Demasiado astuto para ser un hombre de fe? --En absoluto, amigo mيo. Demasiado astuto para ser lo que parece.
Finales de primavera, aٌo del Colmillo 4110, Sumna Lluvia. Si una ciudad era vieja, muy vieja, las alcantarillas y las charcas siempre eran de un color negro brillante, empapadas del detritus de la historia. Sumna era antigua, sus aguas eran como brea. Abrazلndose a s يmismo, Paro Inrau escudriٌَ el oscuro patio. Estaba solo. En todas partes se oيa el ruido del agua: el monَtono rugido de la lluvia, el borboteo de los aleros y el chasquido de las alcantarillas. A través del chapoteo, oيa el gemido de los suplicantes. Arqueados en una postura de dolor y pena, su canciَn cruzaba la piedra hْmeda y sostenيa sus pensamientos en alargadas notas. Himnos de sufrimiento. Dos voces: una muy aguda y quejumbrosa, preguntando por qué debemos sufrir, siempre por qué; la otra grave, henchida de la inquietante grandeza de los Mil Templos y con la circunspecciَn de la verdad: que los Hombres eran solamente sufrimiento y ruina, que las lل grimas eran lasْ nicas aguas sagradas. «Mi vida --pens .--Mi َ vida«. Inrau bajَ el rostro y tratَ de borrar su llanto con una sonrisa. ،Ojalل pudiera olvidar! ،Ojal!ل «El Shriah. Pero ؟cَmo puede ser?» Estaba tan solo. A su alrededor se alzaban mamposterيas ceneianas, amontonadas en la oscura vastedad de la Hagerna. Se deslizَ hasta agacharse y se meciَ contra la piedra hْmeda. El miedo a aquel recinto no le dejaba ninguna direcciَn en la que correr. Sَlo podيa encogerse en su interior, tratar de llorar hasta desaparecer. «Achamian, querido tutor, ؟qué me has hecho?» Cuando Inrau pensَ en sus aٌos en Atyersus, estudiando bajo la atenta mirada de Drusas Achamian, recordَ las ocasiones en que habيa salido con su padre y su tيo para arrojar las redes lejos de la costa nronia; esas ocasiones en las que las nubes se habيan oscurecido y su padre, sacando los peces argénteos del mar, se habيa negado a regresar a la aldea. --،Mira qué pez! --gritaba con los ojos transidos por una desesperada buena suerte--. ،Momas nos favorece, compaٌeros! ،El Dios nos favorece! Atyersus le recordaba a Inrau uno de esos peligrosos momentos, no porque Achamian se pareciera a su padre --no, su padre habيa sido fuerte, sus piernas inclinadas sobre la cubierta, su espيritu indomable
ante las cabezadas del mar--, sino porque como los peces, las riquezas que él habيa obtenido del seno de la hechicerيa habيan sido conseguidas contra la amenaza de la muerte. A Inrau, Atyersus le habي a parecido una violenta tormenta congelada en inmensos pilares y negras cortinas de piedra, y Achamian se asemejaba a su tيo, subyugado por la cَlera de su padre y, a pesar de ello, esforzلndose para recuperar su botيn y as يpoder salvar a su hermano y al hijo de su hermano. Le debيa la vida a Drusas Achamian, de eso Inrau estaba seguro. Los Maestros del Mandato nunca regresaban a la costa y mataban a los que abandonaban sus redes para hacerlo. ؟Cَmo pagaban los hombres esas deudas? Cuando se debيa dinero, un hombre simplemente lo retornaba con intereses al usurero. Lo que se daba y lo que se devolvيa era lo mismo. Pero ؟era ese intercambio tan sencillo cuando un hombre le debيa su vida a otro? Por haberle retornado a la costa, ؟le debيa Inrau a Achamian unْ ltimo viaje por los tormentosos mares del Mandato? Pagarle a Achamian con la misma moneda que le debيa le parecيa un error de todos modos, como si su viejo profesor hubiera anulado su regalo en lugar de pedir un regalo a cambio. Inrau habيa hecho muchos intercambios en su vida. Al dejar el Mandato por los Mil Templos, habيa intercambiado el corazَn roto de Seswatha por la trلgica belleza de Inri Sejenus, el terror del Consulto por el odio de los cishaurim, y el rechazo condescendiente de la fe por la pيa condena de la hechicerيa. Y se habيa preguntado, en aquellos primeros dيas, qué habيa ganado con ese intercambio de vocaciones. Todo. Lo habيa ganado todo. Fe por conocimiento, sabidurيa por astucia, corazَn por intelecto: no habيa escalas para aquello, sَlo hombres y sus muy diversas inclinaciones. Inrau habيa nacido para los Mil Templos, y al permitirle abandonar la Escuela del Mandato, Achamian se lo habيa dado todo. Y debido a ello, la gratitud que Inrau sentيa por su viejo profesor estaba mas all لde toda medida o descripci َn. «Cualquier precio --pensaba mientras paseaba por la Hagerna, obsesionado por el alivio y la alegrيa--. Cualquier precio.» Y entonces la tormenta se habيa desatado. Se sentيa pequeٌo, como un niٌo abandonado en mitad de las aguas oscuras y agitadas. «،Por favor! ،Permيteme olvidarlo!» Por un momento, le pareciَ que podيa oيr el ruido de unas botas haciendo eco por uno de los callejones, pero entonces sonaron las Trompas de Llamada, increيblemente profundas, como el oleaje del océano oيdo a través de un muro de piedra. Cruzَ el patio corriendo
hacia las inmensas puertas del templo, tirando de su capa contra el aguacero. Las puertas de Irreuma se abrieron chirriando y arrojaron una amplia banda de luz sobre los adoquines en los que chisporroteaba la lluvia. Con cuidado de evitar las miradas curiosas, avanzَ entre la repentina masa de sacerdotes y monjes que salيan del templo. Ascendi َ corriendo los anchos escalones entre las serpientes de bronce que adornaban la entrada. Los guardianes fruncieron el ceٌo cuando entrَ. Al principio, sintiَ vergüenza, pero después se dio cuenta de que habيa dejado un rastro de agua y arena en el suelo. Les ignorَ. Ante él, dos hileras de columnas formaban un ancho pasillo desigualmente iluminado por braseros colgantes. Las columnas se alzaban para sostener el triforio, la secciَn central alzada del techo, demasiado alta para que la luz llegara hasta all ي. A ambos lados del pasillo del triforio habيa dos hileras de columnas mلs pequeٌas que flanqueaban las pequeٌas capillas de diversas deidades cْlticas. Todo parecيa estar al alcance de la mano, al alcance de la mano. Puso una mano ausente sobre la piedra caliza. Frيa. Impasible. Ninguna seٌal de la gran carga que soportaba. Esa era la fuerza de las cosas inanimadas. «Dame esa fuerza, Diosa. Haz de m يun pilar.» Inrau trazَ un cيrculo alrededor de la columna y se introdujo en la penumbra de su capilla; se sintiَ aliviado por su frيa piedra. «Onkis... querida.» «Dios tiene mil veces mil caras --habيa dicho Sejenus--, pero los hombres sَlo tienen un corazَn.» Toda gran fe era un laberinto con innumerables y pequeٌas grutas, lugares medio secretos en los que las abstracciones se desvanecيan y donde los objetos de culto eran lo suficientemente pequeٌos como para calmar las ansiedades cotidianas, lo suficientemente familiares como para llorar abiertamente por cosas de poca importancia. Inrau habيa encontrado su gruta en el santuario de Onkis, la Cantante en la Oscuridad, el Aspecto que estaba en el corazَn de todos los hombres, que les movيa a tratar de abarcar siempre mلs de lo que podيan sostener. Se arrodillَ. Los sollozos lo sacudieron. ،Ojal لhubiera sido capaz de olvidar!, olvidar lo que el Mandato le habيa enseٌado. Si hubiera sido capaz de hacer eso, entonces esaْ ltima revelaciَn que le habيa roto el corazَn no hubiera tenido ningْn sentido para él. ،Ojal لAchamian no hubiera ido all !يEl precio era demasiado alto. «Onkis.» ؟Podrيa perdonarle que regresara al Mandato?
El يdolo estaba tallado en mلrmol blanco, con los ojos cerrados y el aspecto hundido de los muertos. A primera vista parecيa la cabeza escindida de una mujer, hermosa pero algo vulgar, colocada sobre una peana. Pero una mirada mلs atenta permitيa descubrir que la peana era un لrbol en miniatura, como los que cultivaban los antiguos norsirai, pero trabajado en bronce. Las ramas se le metيan en la boca abierta y le subيan por la cara; la naturaleza renacida a través de los labios humanos. Otras ramas subيan por la parte trasera de la cabeza y se enredaban en el pelo inmَvil. La imagen nunca dejaba de conmover algo en su interior, y ésa era la razَn por la que siempre regresaba a ella: ella era esa conmociَn, el lugar oscuro en el que sus pensamientos se ponي an en marcha. Ella le precedيa. Dio un respingo al oيr el sonido de una voces procedentes de la puerta del templo. «Guardianes. Deben de ser ellos.» Después rebuscَ en su capa y sacَ un pequeٌo fardo con comida: albaricoques secos, dل tiles, almendras y un poco de pescado salado. Se acercَ lo suficiente como para que ella pudiera sentir el calor de su aliento y, con las manos temblorosas, puso la comida en un pequeٌo comedero colocado en el pedestal. Toda la comida tenيa su esencia, su لnima, lo que los blasfemos llamaban el onta. Todo arrojaba su sombra sobre el Exterior, donde los Dioses se movيan. Con las manos temblorosas sacَ su modesto لrbol genealَgico y susurrَ los nombres, y sَlo se detuvo para rogarle a su bisabuelo que intercediera en su favor. favor, fuerza... --Fuerza --murmur .--Por َ El pequeٌo rollo de pergamino cayَ al suelo. El silencio era completo, opresivo. El corazَn le dolيa; tanto era lo que estaba en juego. ةsos eran los acontecimientos sobre los que giraba el mundo. Suficiente para una Diosa. --Por favor, hلblame. Nada. Las lلgrimas se ramificaron sobre su rostro. Levantَ los brazos y los sostuvo en lo alto hasta que le ardieron los hombros. --،Cualquier cosa! --gritَ. «Corre --susurraron sus pensamientos--. Corre.» ،Cobarde! ؟Cَmo podيa ser tan cobarde? Algo tras él. ،El sonido del batir de unas alas!, como el revoloteo de los clérigos entre los inmensos pilares. Volviَ el rostro hacia el oscuro techo, buscando con sus oيdos. Otro revoloteo. En algْn lugar del triforio. Se le puso la piel de gallina. «؟Eres tْ?»
«No.» Siempre dudando. ؟Por qué siempre estaba dudando? Dando traspiés, saliَ corriendo de la capilla. La puerta del templo habيa sido cerrada y los guardianes no estaban allي. Al cabo de un rato, localizَ la estrecha escalera que ascendيa por el muro hacia los balcones del triforio. A medio camino, la oscuridad de la escalera se hizo completa. Se detuvo un momento y respirَ profundamente. El aire ol يa a polvo. La inseguridad, siempre tan poderosa en él, se desvaneciَ. «،Eres tْ!» La cabeza le latيa de arrobamiento cuando llegَ a la cima de la escalera. La puerta del balcَn estaba entreabierta. Una luz grisلcea se colaba por la rendija. Finalmente --después de todo su amor, de todo su tiempo--, Onkis le cantarيa a él y no a través de él. Saliَ al balcَn cautelosamente. Se lamiَ los labios. El estَmago le daba saltos. Oيa el rugido de la lluvia a través de la piedra. Los capiteles de los pilares eran la primera cosa que se distinguيa en la oscuridad, y después, el techo que se alzaba cerca, por encima de ellos. Parecيa antinatural que tanto peso estuviera suspendido a tanta altura. Los troncos de las columnas se tornaban mلs brillantes a medida que escapaban de la visiَn. La luz procedente de abajo era distante y difusa, tan suave como los bordes desgastados de la mamposterيa. La baranda del balcَn tenيa una aura de vértigo, as يque mantuvo la espalda pegada al muro. La mamposterيa parecيa quebradiza, resquebrajada por el paso del tiempo en la oscuridad. Los frescos de la pared se habيan desconchado. El techo estaba lleno de avisperos de arcilla, y recordَ los barcos de guerra varados sobre la arena de la playa como cلscaras de percebe. --؟Dَnde estلs? --susurrَ. Y entonces lo vio, y el horror le estrangulَ. Estaba a poca distancia, apostado en la baranda, observلndole con unos refulgentes ojos azules. Tenيa el cuerpo de un cuervo, pero su cabeza era pequeٌa, calva y humana, del tamaٌo del puٌo de un niٌo. Tensando los labios sobre unos pequeٌos y perfectos dientes, sonriَ. «،Dulce Sejenus! ،Oh Dios! ،No puede ser! ،No puede ser!» Una parodia de sorpresa cruzَ su cara en miniatura. --Sabes lo que soy --dijo en una voz quebradiza--. ؟Cَmo es eso? «،No puede ser! ،No puede ser! ،Consulto aqu يno, no, no!» --Porque --replicَ otra voz-- en el pasado fue uno de los estudiantes de Achamian. --La voz estaba oculta en las sombras, a cierta distancia
en el triforio. Entrَ caminando en la débil luz. Curtias Sarcellus le saludَ con una sonrisa. --؟No es asي, Inrau? ؟Un Caballero-Comandante tratلndose con una Sيntesis del Consulto? «،Akka, Akka, sلlvame!» Un terror de pesadilla y desconfianza sin aliento, los pensamientos presas del pلnico. Inrau retrocediَ, tambaleلndose. El suelo se moviَ. El sonido del hierro rascando contra la piedra a su espalda le hizo gritar. Se dio la vuelta y vio a otro Caballero Shriah salir de la penumbra. También a ése lo conocيa: Mujonish, que le habيa acompaٌado a recolecciones del diezmo en el pasado. El hombre se acercَ con ademل n cauteloso y los brazos abiertos, como si estuviera arreando un toro peligroso. ؟Qué estaba sucediendo? «؟Onkis?» --Como puedes ver --dijo la Sيntesis con cuerpo de cuervo-- no tienes adonde ir. --؟Quién? --consiguiَ decir con un jadeo Inrau. Entonces veيa la marca de la hechicerيa, la cicatriz de las Palabras utilizadas para atar el alma de un hombre al abominable recipiente que tenيa ante s ؟.يCَmo no se habيa dado cuenta? --Sabe que esta forma no es mلs que un cascarَn --le dijo la Sي ntesis a Sarcellus--, pero no veo a Chigra en su interior. --Girَ los ojos del tamaٌo de un guisante, pequeٌas cuentas de cristal azul celeste, hacia Inrau--. ،Hummm! ؟Chico, tْ no sueٌas el Sueٌo como los demلs, ؟verdad? Si lo hicieras, me reconocerيas. Chigra siempre me reconocيa. «؟Onkis? ،Diosa zorra y traicionera!» A través del terror, una imposible seguridad se apoderَ de él. Una revelaciَn. Las palabras de la plegaria se habيan convertido en un tejido. Debajo percibiَ otras palabras, palabras de poder. --؟Qué queréis? --preguntَ Inrau, esa vez con la voz mلs tranquila--. ؟Qué estلis haciendo aqu ?ي--No le importaba la respuesta, sَlo el tiempo. «Por favor, recuerda; por favor, recuerda.» --؟Haciendo? Bueno, lo que nosotros siempre hacemos: supervisando nuestros intereses en estos asuntos. --Frunciَ los labios sobre sus pequeٌos dientes, pero amargamente, como si su sabor le desagradara--. No hay ninguna diferencia, supongo, con respecto a lo que tْ estلs haciendo en los aposentos del Shriah, ؟no? Respirar se habيa vuelto doloroso. No podيa hablar.
«Sي, sي, sي, eso es, pero ؟ahora qué?; ؟ahora qué sigue?» --Veamos --dijo Sarcellus, acercلndose--. Me temo que es en parte culpa mيa, Viejo Padre. Hace algunas semanas declaré que el joven ap َstol era disciplinado. --As يque es culpa tuya --dijo la Sيntesis con la burla en miniatura de un ceٌo fruncido. Dio algunos pasitos sobre la baranda para seguir el retroceso de Inrau--. Sin direcciَn, simplemente puso todo su ardor en la vocaciَn equivocada. --Un pequeٌo resoplido, como el de un gato--. Ah, ؟ lo ves, Inrau? No tienes absolutamente nada que temer. El Caballero-Comandante asume la responsabilidad. «،Eso es, eso es, eso es!» Inrau percibiَ a Mujonish tras él. La plegaria se adueٌَ de su lengua. La blasfemia asomَ a sus labios. Girلndose con una velocidad hechicera, metiَ dos dedos en la cota de malla de Mujonish, le rompiَ el esternَn y le cogiَ el corazَn. Dio un tirَn con la mano que tenيa libre y sacَ un cordَn de sangre relumbrante al aire. Mلs palabras imposibles. La sangre ardيa con una llama incandescente, siguiendo su arrolladura mano hacia la Sيntesis. Gritando, la criatura se tirَ de la baranda hacia el vacيo. Gotas de sangre cegadoras rompieron la piedra desnuda. Se hubiera girado hacia Sarcellus, pero la visiَn de Mujonish le inmovilizaba. El Caballero Shriah habيa caيdo de rodillas y se secaba las manos sangrientas en el sobretodo de la armadura. Entonces, como si se derramara de una vejiga, la cara se le cayَ, volviéndosele hacia fuera, desasiéndose... Ninguna seٌal. Ni el menor murmullo de hechicerيa. «Pero ؟cَmo?» Algo le golpeَ con fuerza en la cabeza y se cayَ. Se levantَ con dificultades. Un golpe en el estَmago lo hizo rodar. Vislumbrَ la sombrيa figura de Sarcellus danzando a su alrededor. Dijo jadeando mلs palabras, palabras de refugio. Unas fantasmales Guardas surgieron de él... Pero fue inْtil. Alargando el brazo a través de los luminiscentes cristales como si fueran humo, el Caballero-Comandante le cogiَ por el cuello y lo levantَ en el aire. Levantَ un Chorae con la otra mano y lo pas َ por encima de la mejilla de Inrau. Agonيa chamuscada. El suelo de piedra golpeَ la cara de Inrau. Se encogiَ de dolor. La piel se le descascarillaba entre los dedos, transformada en sal por el tacto del Chorae. La carne expuesta le ardي a. Gritَ otra vez.
--،Cederلs! --oyَ que gritaba la Sيntesis. Mirando fulminantemente esa cosa odiosa, Inrau retomَ su canciَn blasfema. Vio el sol brillando a través de la ventana de su cara. Demasiado tarde. Luces como mil anzuelos salieron de la boca de la Sيntesis. Las Guardas de Inrau se agrietaron y se partieron con un tableteo cegador. Entonces, su canto se ahogَ en sus labios. El aire le asfixiaba con la densidad del agua. Flotَ sobre el suelo del triforio. Torrentes de burbujas plateadas salieron de su boca abierta para estallar contra el techo. El peso de un océano le golpeَ con un puٌo embalsamador. Al principio, mantuvo la calma. Observَ cَmo la Sيntesis se posaba en el hombro del Caballero-Comandante y le miraba con sus pequeٌos ojos azules del tamaٌo de un botَn. Admirَ la negrura de sus plumas, salpicada con reflejos cristalinos morados. Pensَ en Achamian, desventurado, ajeno al peligro. «،Oh, Akka! Es peor de lo que osaste imaginar.» Pero no habيa nada que hacer. Con la garganta cerrلndosele, Inrau pensَ en la Diosa, en las infidelidades de ella y en las suyas. Pero su corazَn latيa mلs y mلs fuerte e introducيa mلs presiَn en su crلneo, hasta que los labios se le doblaron y abrieron. Entonces, se desplomَ y se retorciَ con locura; sus estْpidos pensamientos estaban seguros de que en algْn lugar habيa una superficie que romper, alguna abertura al aire. Un reflejo salvaje e irresistible le abriَ los pulmones. Convulsiones, arcadas, agua como un calcetيn en la garganta, sacudiéndose en una neblina de puntos blancos. Después, el duro suelo, tosiendo, ardiendo, asfixiلndose. Sarcellus lo puso de rodillas tirلndole del pelo y le arrancَ la cara hacia el confuso borrَn de la Sيntesis. Inrau vomitَ, sac َa golpes mلs fuego de sus pulmones. --Soy un Viejo Nombre --dijo la pequeٌa cara--. Aunque porte este cascarَn, podrيa mostrarte las Agonيas, estْpido del Mandato. qué? --،Aj! --Inrau tragَ saliva. Solloz ؟.--Por َ De nuevo, la sonrisa delgada, minْscula. --Tْ rindes culto al sufrimiento. ؟Qué crees? Una ira colosal se apoderَ de él. ،No lo entendيa! No lo entendيa. Con un rugido de toses, avanzَ dando sacudidas, arrancلndose el pelo del cuero cabelludo. La Sيntesis pareciَ salir volando de su camino, pero no era su muerte lo que él deseaba. «Cualquier precio, viejo
profesor.» La baranda de piedra le golpeَ la cadera, que se rompiَ como un pastel. Estaba flotando de nuevo, pero era tan diferente. El aire le bat يa la cara, le baٌaba el cuerpo. Con una sola mano extendida, Paro Inrau siguiَ un pilar hasta el suelo.
SEGUNDA PARTE: EL EMPERADOR
_____ 5 _____ Momemn «La diferencia entre el emperador fuerte y el débil es simplemente ésta: el primero hace del mundo su ruedo, mientras que el segundo hace de él su harén.» Casidas, Los anales de Cenei «Lo que los hombres del Colmillo nunca comprendieron era que los nansur y los kianene eran viejos enemigos. Cuando dos pueblos civilizados se encuentran en guerra durante siglos, una infinidad de intereses comunes surgirلn en mitad de su mayor antagonismo. Los enemigos ancestrales comparten muchas cosas: respeto mutuo, una historia comْn, un triunfo en punto muerto y una plétora de treguas tلcitas. Los Hombres del Colmillo eran intrusos, una marea impertinente que amenazaba con arrasar los cauces respetados de una enemistad mucho mلs antigua.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Principios de verano, aٌo del Colmillo 4110, Momemn
Diseٌada para capturar la puesta del sol, la Sala de Audiencias imperial no tenيa muros detrلs del estrado del Emperador. La luz del sol entraba en el interior abovedado a través de los pilares de mلrmol de la explanada e iluminaba los tapices que habيa suspendidos entre ellos. La brisa arremolinaba el humo de los incensarios colocados alrededor del estrado y mezclaba la fragancia de los aceites olorosos con las del cielo y el mar. --؟Se sabe algo de mi sobrino? --preguntَ Ikurei Xerius III a Skeaos, su Primer Consejero--. ؟Algo de Conphas? --No, Dios-de-los-Hombres --respondiَ el anciano--. Pero todo va bien. Estoy seguro. Xerius frunciَ los labios e hizo cuanto pudo para parecer sereno. --Procede, Skeaos. Con el frufrْ de su toga de seda, el marchito Primer Consejero se gir َ hacia los demلs funcionarios reunidos alrededor del estrado. Desde que tenيa uso de razَn, Xerius siempre habيa estado rodeado de soldados, embajadores, esclavos, espيas y astrَlogos... Desde que tenي a uso de razَn, habيa sido el centro de esa muchedumbre que correteaba de aqu يpara allل, el gancho del que colgaba el maltrecho manto del Imperio. Entonces, de repente, le sorprendiَ no haber mirado nunca a ninguno de ellos a los ojos, jamلs. Mirar a los ojos al Emperador estaba prohibido para aquellos que no tenيan sangre imperial. Esa idea le horrorizَ. «Con la salvedad de Skeaos, no conozco a ninguno de esos hombres.» El Primer Consejero se dirigiَ a ellos. --ةsta ser لuna audiencia distinta de todas las que habéis presenciado antes. Como sabéis, el primero de los grandes caballeros inrithi ha llegado. Somos el portal a través del cual él y sus pares deben pasar para unirse a la Guerra Santa. No podemos impedيrselo ni cobrarles por ello, pero podemos ejercer nuestra influencia, hacerles ver que nuestros intereses coinciden con lo que est لbien y es verdadero. A medida que avance la audiencia, manteneos en silencio. No cuchicheéis. No os movلis. Adoptad un aspecto de severa compasiَn. Si el estْpido firma el Solemne Contrato, sَlo entonces prescindiremos del protocolo. Podéis mezclaros con su séquito, compartir la comida o la bebida que los esclavos os ofrezcan. Pero medid vuestras palabras. No reveléis nada. Nada. Quiz لcreلis que estلis al margen de estos acontecimientos, pero no lo estلis. Formلis parte de ellos. No cometلis ningْn error, amigos mيos; el propio Imperio est لen juego.
El Primer Consejero mirَ a Xerius, que asintiَ. --Ha llegado el momento --grit َSkeaos, haciendo un gesto hacia el extremo mلs lejano de la Sala de Audiencias imperial. Las grandes puertas de piedra, reliquias kyraneanas recuperadas de las ruinas de Methsonc, se abrieron pesadamente. --Su eminencia --gritَ una voz--, el seٌor Nersei Calmemunis, Palatino de Kanampurea. Sintiéndose por sorpresa sin aliento, Xerius observَ cَmo sus ujieres imperiales guiaban al séquito conriyano por la sala. A pesar de su anterior resoluciَn de permanecer inmَvil («los hombres que parecen estatuas --pensaba-- irradian sabidurيa»), se encontrَ tirلndose de las borlas de su faldَn de lino. Habيa recibido a innumerables peticionarios en cuarenta y cinco aٌos, embajadas de guerra y paz de todos los Tres Mares, pero como Skeaos habيa dicho, nunca habيa presidido una audiencia como aquélla. «El propio Imperio...» Habيan pasado meses desde que Maithanet habيa declarado la Guerra Santa contra los infieles de Kian. Como la nafta, los manيacos llamamientos habيan incendiado los corazones de todos los hombres de la naciَn inrithi; a los pيos, los sedientos de sangre y los codiciosos por igual. Incluso entonces, las arboledas y los viٌedos que habيa mلs all لde las murallas de Momemn estaban repletos de los autoproclamados Hombres del Colmillo. Pero hasta la llegada de Calmemunis, habيan sido sobre todo chusma: hombres libres de las castas inferiores, mendigos, sacerdotes cْlticos no hereditarios e incluso, segْn le habيan dicho a Xerius, un grupo de leprosos, hombres con pocas esperanzas mلs all لde la promesa de Maithanet, incapaces de comprender la temible tarea que su Shriah les habيa encomendado. Hombres como ellos no merecيan el escupitajo del Emperador, y mucho menos sus preocupaciones. Nersei Calmemunis era una cosa completamente distinta. De todos los grandes nobles inrithi de los que se rumoreaba que habيan hipotecado sus derechos de nacimiento por la Guerra Santa, él habيa sido el primero en llegar a las costas del Imperio. Su llegada habيa provocado tumultos entre la poblaciَn de Momemn. Tablillas de consagraciَn de arcilla, compradas en los templos por un talento de cobre, fueron colgadas en las calles. Las piras de Cmiral quemaron a una infinita procesiَn de vيctimas donadas en su nombre. Todo el mundo comprendiَ que un hombre como Calmemunis, junto a sus barones y caballeros vasallos, serيa la quilla y el timَn de la Guerra
Santa. Pero ؟quién serيa su piloto? «Yo.» Aguijoneado por un pلnico momentلneo, Xerius apartَ la mirada de los conriyanos que se acercaban para observar el revoloteo de alas en las alturas. Como siempre, los gorriones jugueteaban y se enmaraٌaban bajo las oscuras bَvedas. Por un momento, se preguntَ qué serيa un emperador para un gorriَn. ؟Sَlo un hombre mلs? Le pareciَ poco probable. Cuando bajَ la mirada, los conriyanos se estaban arrodillando en el suelo, debajo de él. Xerius advirtiَ con desagrado que muchos de ellos llevaban pequeٌos pétalos de flores en el pelo y entre los tirabuzones aceitados de sus barbas. Marcas de la adulaciَn de Momemn. Se pusieron en pie al unيsono, algunos parpadeando, otros protegiéndose los ojos de la luz del sol. «Para ellos, soy sَlo una figura oscura enmarcada por el sol y el cielo.» --Siempre es bueno --dijo con una sorprendente resoluciَn-- recibir a un primo de nuestra raza de allende los mares. ؟Cَmo van las cosas, seٌor Calmemunis? El Palatino de Kanampurea se adelantَ de entre su séquito y se detuvo ante los monumentales escalones, eligiendo con poco tacto la larga sombra de Xerius para bloquear aquel resplandor. Alto y ancho de hombros, el hombre tenيa una figura imponente. La pequeٌa boca fruncida entre la barba sugerيa algْn defecto de nacimiento, pero los ropajes rosados y azules que llevaba eran dignos de la envidia de un emperador. Los conriyanos podيan parecer salvajes con sus barbas, especialmente entre la elegancia bien rasurada de la corte imperial de Nansur, pero sus vestimentas eran impecables. --Bien, ؟cَmo va la guerra, tيo? Xerius a punto estuvo de salir disparado de su trono. Alguien reprimiَ un grito. --No pretende ofenderte, Dios-de-los-Hombres --le murmurَ en seguida al oيdo Skeaos--. Los nobles conriyanos con frecuencia se refieren a sus superiores como tيos. Es su costumbre. «S ي--pensَ Xerius--, pero ؟por qué ha mencionado la guerra? ؟Me est لacosando?» --؟A qué guerra te refieres? ؟La Guerra Santa? Calmemunis mirَ con los ojos entrecerrados lo que para él debيa de ser un muro de siluetas en lo alto.
--Me dijeron que tu sobrino, Ikurei Conphas, marcha contra los scylvendios en el norte. --،Oh! Eso no es una guerra. Es solamente una expediciَn de castigo; una simple escaramuza, en realidad, si se la compara con la gran guerra que se avecina. Los scylvendios no son nada. Elْ nico objeto de mi preocupaciَn son los fanim de Kian. Después de todo, son ellos, y no los scylvendios, quienes profanan la santa Shimeh. ؟Podيan los demلs oيr el hueco que tenيa en el estَmago? Calmemunis frunciَ el entrecejo. --Pero he oيdo que los scylvendios son un pueblo formidable, que nunca han sido vencidos en el campo de batalla. --Has oيdo mal... Pues bien, Palatino, tu viaje desde Conriya se ha producido sin incidentes, intuyo. --Nada digno de menciَn. Momas nos favoreciَ con un mar tranquilo. --Merced a su gracia viajamos... Dime, ؟tuviste ocasiَn de hablar con Proyas antes de partir de Aoknyssus-- ?Podيa oيr claramente cَmo Skeaos se tensaba a su lado. Menos de tres horas antes, el Primer Consejero le habيa informado de la enemistad de Calmemunis con su ilustre pariente. Segْn sus fuentes en Conriya, Proyas habيa ordenado que Calmemunis fuera azotado por impiedad en la batalla de Paremti el aٌo anterior. --؟Proyas? Xerius sonriَ. --Sي, tu primo. El Prيncipe Coronado. Su cara y su pequeٌa boca se oscurecieron. --No, no hablamos. --Creيa que Maithanet le habيa ordenado que condujera a todos los conriyanos a la Guerra Santa. --Estلs equivocado. Xerius reprimiَ una carcajada. Se dio cuenta de que ese hombre era estْpido. Con frecuencia se habيa preguntado si no era ésa la verdadera funciَn del jnan: la rلpida separaciَn del grano de la paja. Entonces comprobaba que el Palatino de Kanampurea era paja. --No --dijo Xerius--. Creo que no. Varios miembros del séquito de Calmemunis fruncieron el entrecejo al oيr eso --el funcionario rechoncho a su derecha incluso abri َ la boca en seٌal de protesta--, pero no pronunciaron palabra. Sabيan perfectamente, como supuso Xerius, que no debيan decir nada que pudiera sugerir que a su Palatino se le habيa pasado algo por alto. --Proyas y yo no... --Calmenius se detuvo, como si a media frase se
diera cuenta de que habيa dicho demasiado. Se quedَ boquiabierto, desconcertado. «،Oh, esto es todo un arte! El idiota de un idiota.» Xerius hizo un gesto desdeٌoso con la mano y observَ cَmo su sombra revoloteaba sobre los hombres del Palatino. El sol le calentaba los dedos. --Ya basta de Proyas. --Sin duda --espetَ Calmemunis. Xerius no dudaba de que mلs tarde Skeaos encontrarيa una forma poco original de regaٌarle por haber mencionado a Proyas. No tendrيa en cuenta el hecho de que el Palatino le habيa ofendido a él antes. Seg ْn Skeaos, estaban all يpara seducir, no para enzarzarse en discusiones. «El viejo ingrato --pensaba Xerius-- se est لvolviendo tan malo como mi madre.» No importaba. El Emperador era él. --Las provisiones... --susurrَ Skeaos. --Tْ y tu contingente seréis proveيdos de cuanto necesitéis, por supuesto --prosiguiَ Xerius--. Y para asegurarme de que te hospedas de un modo acorde a tu rango, he preparado una cercana casa de campo para tu solaz. --Se gir َhacia el Primer Consejero--. Skeaos, ؟eres tan amable de mostrarle al Palatino nuestro Solemne Contrato? Skeaos chasqueَ los dedos, y un inmenso eunuco saliَ lenta y pesadamente de detrلs de los cortinajes, a la derecha del estrado; sostenيa un atril de bronce. Un segundo eunuco le siguiَ; llevaba como si se tratara de una reliquia, sobre sus brazos de foca, un largo rollo de pergamino. Calmemunis, asombrado, retrocediَ por los escalones cuando el primer eunuco colocَ el atril ante él. El segundo sostuvo con dificultades el pergamino durante un instante --una indiscreciَn que, sin duda, tendrيa su castigo-- y después lo desenrollَ lentamente sobre el bronce inclinado. Ambos se retiraron a una prudente distancia. El Palatino conriyano entrecerrَ los ojos burlonamente mirando a Xerius y después se inclinَ para estudiar el pesado documento. Pasَ un largo rato. --؟Lees sheyico? --le preguntَ Xerius finalmente. Calmenicus le mirَ de soslayo. «Tengo que andarme con cuidado», pensَ Xerius. Pocas cosas resultaban tan imprevisibles como los hombres que eran a la vez estْ pidos y susceptibles. --Leo sheyico, pero no lo entiendo. --Eso no servir لde nada --dijo Xerius, inclinلndose hacia adelante en su trono--. Eres el primer hombre de alto rango, Calmemunis, que
honra con su presencia la inminente Guerra Santa. Es crucial que nos entendamos sin ningْn tipo de reserva, ؟no crees? --Es cierto --respondiَ el Palatino con un tono y una expresiَn gélidos, propios de quien trata de mantener la dignidad en un estado de desconcierto. Xerius sonriَ. --Bien. El Imperio de Nansur, como bien debes saber, ha estado guerreando contra los fanim desde que los primeros hombres de la tribu kiani llegaron aullando de los desiertos. Durante generaciones hemos luchado contra ellos en el sur, incluso mientras luchلbamos contra los scylvendios en el norte, y hemos ido perdiendo una provincia tras otra a manos de su ardor fanلtico. Eumarna, Xerash, incluso Shigek..., pérdidas pagadas con el sacrificio de miles y miles de hijos nansur. Todo lo que hoy es llamado Kian perteneciَ en el pasado a mis ancestros imperiales, Palatino. Y como quien yo soy ahora, Ikurei Xerius III, no es sino el rostro de un Emperador divino, todo lo que hoy es llamado Kian me perteneciَ, a mي, en el pasado. Xerius se detuvo, transido por sus palabras y emocionado por la resonancia de su voz a través de las estancias de mلrmol pulido. ؟Cَmo podيan negar la fuerza de su oratoria? --El Solemne Contrato que tienes ante ti, Calmemunis, solamente te une, como todo hombre debe estar unido, a la verdad. Y la verdad, la verdad innegable, es que todos los estados de Kian son, en realidad, provincias del Imperio de Nansur. Firmando este contrato, prometes deshacer esa antigua injusticia; prometes devolver todas las tierras liberadas por medio de la Guerra Santa a su legيtimo propietario. --؟Qué es esto? --preguntَ Calmemunis, que a punto estaba de temblar de recelo, y eso no era bueno. --Como te he dicho, es un contrato mediante el cual te comprometes a... --Te he oيdo la primera vez --ladrَ Calmemunis--. ،No me han dicho nada de esto! ؟Tiene el visto bueno del Shriah? ؟Lo sabe Maithanet? ؟El muy idiota tenيa el descaro de interrumpirle? ؟A Ikurei Xerius III, el Emperador que querيa ver restaurado el Nansurium? ،Qué escل ndalo! --Mis generales me dicen que has traيdo a mil quinientos hombres contigo, Palatino. Estoy seguro de que no esperabas que les diera una cama y un pecho del que mamar a cambio de nada, ؟verdad? --La palabra pecho atrapَ su imaginaciَn, y no pudo evitar aٌadir:-- El Imperio no tiene tantas tetas, mi amigo conriyano.
--N-no sabيa nada de esto --tartamudeَ Calmemunis--. ؟Debo prometer que voy a renunciar a todas las tierras de infieles que conquiste? ؟Que voy a dلrtelas a ti? El rechoncho funcionario que estaba a su lado no pudo aguantar m لs. --،No firmes nada, Palatino! Estoy seguro de que el Shriah no sabe nada de esto. --؟Y quién eres tْ? --le espetَ Xerius. --Krijates Xinemus --dijo el hombre con brيo--. Mariscal de Attrempus. --Attrempus..., Attrempus. Skeaos, por favor, dime, ؟por qué me resulta tan familiar este nombre? --Por supuesto, Dios-de-los-Hombres. Attrempus es la hermana de Atyersus, la fortaleza que la Escuela del Mandato ha dado en usufructo a la Casa Nersei. El seٌor Xinemus, aquي, es un amigo يntimo de Nersei Proyas. --El viejo Primer Consejero se detuvo durante el mلs breve de los instantes, sin duda para permitir a su Emperador asimilar la importancia de aquello--. Su maestro de esgrima durante su infancia, si no me equivoco. Por supuesto. Proyas no era tan estْpido como para permitir que un idiota, especialmente un idiota tan poderoso como Calmemunis, se enfrentara, él solo, a la Casa Ikurei. Habيa mandado a una nodriza. «،Ah, madre! --pens ,--los َ Tres Mares al completo conocen nuestra reputaciَn«. --Mariscal --dijo Xerius--, olvidas cuلl es tu lugar. ؟Acaso mi maestro de protocolo no te ha ordenado que permanecieras en silencio? Xinemus se riَ y negَ con la cabeza, compungido. Se girَ hacia Calmemunis. --Nos advirtieron de que esto podيa suceder, seٌor --dijo. --؟Qué os advirtieron que podيa suceder, Mariscal? --gritَ Xerius. ،Eso era completamente intolerable! --Simplemente, que la Casa Ikurei podيa jugar con lo que es sagrado. --؟Jugar? --exclamَ Calmemunis, girلndose para enfrentarse con Xerius--. ؟Jugar con la Guerra Santa? Me he dirigido a ti con el corazَn abierto, Emperador, como un Hombre del Colmillo ante otro, ؟y tْ juegas con lo sagrado? Silencio fْnebre. El Emperador de Nansur acababa de ser acusado. --Te he pedido... --Xerius se detuvo, tratando de no gritar--. Te he
pedido, ،con buenas maneras, Palatino!, que firmaras mi Contrato. O lo firmas, o tْ y tus hombres os morيs de hambre; tan sencillo como esto. Calmemunis habيa adoptado la mirada de alguien que iba a desenfundar su arma, y por un momento, Xerius luchَ contra la demente necesidad de huir, a pesar de que las armas del hombre habيan sido confiscadas. El Palatino podيa ser un idiota, pero estaba terriblemente bien proporcionado. Parecيa como si se dispusiera a ascender por los escalones que habيa entre ellos de siete en siete. --؟De modo que no nos darلs provisiones? --gritَ Calmemunis--. ؟ Matarلs de hambre a Hombres del Colmillo para valerte de la Guerra Santa en tu favor? «Hombres del Colmillo.» La frase hacيa que Xerius tuviera ganas de escupir, y sin embargo ese parlanchيn idiota la pronunciَ como si fuera el nombre secreto de Dios. Mلs fanatismo lerdo. Skeaos también le habيa advertido de eso. --Sَlo estoy hablando de lo que la verdad exige, Palatino. Si la verdad sirve en mi favor es porque yo sirvo los fines de la verdad. --El Emperador de Nansur no pudo reprimir una sonrisa perversa--. Que tus hombres mueran o no de hambre depende de tu decisiَn, Calmemunis. Tu... Algo cلlido y viscoso le golpeَ la mejilla. Asombrado, se dio una palmada en la cara y estudiَ la mugre de sus dedos. Una premoniciَn de condena le sobrevino y arrancَ el aliento de su pecho. ؟Qué era aquello? ؟Qué clase de augurio? Alzَ la mirada hacia los gorriones que revoloteaban. --،Gaenkelti! --bramَ. El capitلn de la Guardia Eَtica corriَ a su lado: llevaba el aroma de b لlsamo y cuero. --،Matad a esos pلjaros! --siseَ Xerius. --؟Ahora, Dios-de-los-Hombres? En lugar de contestar, agarrَ a Gaenkelti por la capa carmes يque el hombre vestيa, de acuerdo con las costumbres nansur, recogida sobre el hombro izquierdo y anudada en la cadera derecha. La utilizَ para limpiarse los excrementos de pلjaro de las mejillas y los dedos. Uno de sus pلjaros le habيa corrompido... ؟Qué podيa significar eso? Lo habيa arriesgado todo. ،Todo! --،Arqueros! --gritَ Gaenkelti hacia las galerيas superiores en las que estaban escondidos los Arqueros Eَticos--. ،Matad a los gorriones! Después de una breve pausa, se oyَ el taٌido de las cuerdas de unos arcos invisibles en lo alto.
--،Morid! --rugiَ Xerius--. ،Traidores desagradecidos! Pese a su cَlera, sonriَ al ver cَmo Calmemunis y su embajada correteaban para esquivar las flechas que caيan. Las saetas repicaron en el suelo de la Sala de Audiencias Imperial. La mayorيa habيan errado el blanco, pero unos cuantos pلjaros cayeron revoloteando como semillas de arce, llevando consigo unas pequeٌas sombras retorcidas. Pronto la sala quedَ llena de gorriones caيdos; algunos daban cabezadas como peces arponeados, y otros estaban inertes. Los arqueros se detuvieron. El golpeteo de las alas puntuaba el silencio. Un gorriَn empalado habيa caيdo sobre los escalones entre él y el Palatino de Kanampurea. Llevado por un capricho, Xerius se alzَ de su trono y descendiَ por los escalones. Se inclinَ y alzَ la flecha con su maltrecho mensaje. Escudriٌَ el pلjaro un instante, observَ sus convulsiones y bandazos. «؟Fuiste tْ, pequeٌo? ؟Quién te ha llevado a hacer esto? ؟Quién?» Un simple pلjaro nunca hubiera osado ofender al Emperador. Levantَ la mirada hacia Calmemunis y fue presa de otro capricho, esa vez mلs oscuro. Sosteniendo la saeta y el gorriَn ante él, se acercَ al estupefacto Palatino. --Toma esto --dijo Xerius con calma--, como muestra de mi estima.
Intercambiaron palabras de mutua indignaciَn y después Calmemunis, Xinemus y su séquito salieron bramando de la Sala de Audiencias imperial y dejaron a Xerius solo con su corazَn atronante. Se rascَ los restos de excremento de pلjaro de la mejilla. Entrecerrando los ojos contra el sol, mirَ su trono, la silueta bruٌida de sus sirvientes. Oyَ vagamente a su Gran Senescal, Ngarau, pedir a gritos un cuenco de agua tibia. El Emperador debيa ser limpiado. --؟Qué significa esto? --preguntَ Xerius, absorto. --Nada, Dios-de-los-Hombres --respondiَ Skeaos--. Tenيamos previsto que inicialmente se negaran a firmar el Solemne Contrato. Como todos los frutos, nuestro plan necesita tiempo para madurar. «؟Nuestro plan, Skeaos? Querrلs decir mi plan.» Tratَ de bajar la mirada hacia aquel idiota insolente, pero el sol le confundiَ. --No estoy hablando contigo ni del contrato, viejo estْpido. --Para subrayar su argumento, le dio una patada al atril de bronce. El contrato
se tambaleَ en el aire como un péndulo antes de caer al suelo. Entonces, seٌalَ el pلjaro ensartado que tenيa a sus pies--. ؟Qué significa esto? --Buena fortuna --gritَ Arithmeas, su augur y astrَlogo favorito--. Entre las castas inferiores, ser... ،Ah!, que un pلjaro se te cague encima es motivo de gran celebraciَn. Xerius quiso reيr, pero no pudo. --Pero que se les caguen encima es elْ nico destino que conocen, ؟ no es as?ي --En cualquier caso, esa creencia encierra una gran sabidurيa, Dios-de-los-Hombres. Creen que las pequeٌas desgracias como ésta auguran cosas buenas. Las advertencias sombrيas siempre deben acompaٌar al triunfo para recordarnos nuestra fragilidad. Sintiَ un cosquilleo en la mejilla, como si reconociera la verdad de las palabras del augur. ،Era un augurio! Y, ademلs, bueno. ،Lo sentيa! «،Una vez mلs, los Dioses me han tocado!» De nuevo animado, ascendiَ los escalones, escuchando ل vidamente cَmo Arithmeas seguيa hablando sobre el modo como ese acontecimiento coincidيa con su estrella, que acababa de entrar en el horizonte de Anagke, la Zorra del Destino, y entonces estaba sobre dos fortuitos ejes con el Clavo del Cielo. --Una conjunciَn excelente --exclamَ el corpulento augur--. ،Sin duda, una conjunciَn excelente! En lugar de regresar a su lugar en el trono, Xerius pasَ junto a él y le pidiَ a Arithmeas que le acompaٌara. Liderando un pequeٌo grupo de funcionarios, caminَ entre los grandes pilares de mلrmol rosado que resaltaban la ausencia del muro y saliَ a la terraza adyacente. Como un vasto fresco enturbiado por colores ahumados, Momemn se extendيa ante él, expandiéndose hasta el sol poniente. Su palacio, las Cumbres Andiamine, estaba en el barrio marيtimo de la ciudad, de modo que podيa, si lo deseaba, ver Momemn en su laberيntica entereza simplemente girando la cabeza de lado a lado: las torretas cuadradas del Cuartel Eَtico al norte, el monumental malecَn y los edificios del templo-complejo de Cmiral directamente al oeste, y el congestionado tumulto del puerto a lo largo de las orillas del rيo Phayus al sur. Escuchando todavيa a Arithmeas, observَ a través de los distantes muros hacia donde las arboledas y los campos circundantes se decoloraban bajo el vientre del sol. Allي, arracimados y esparcidos a lo largo del paisaje como el moho en un pedazo de pan, veيa las tiendas y
los pabellones de la Guerra Santa. No eran muchos hasta entonces, pero Xerius sabيa que en cosa de meses podrيan cubrir perfectamente el horizonte. --Pero la Guerra Santa, Arithmeas... ؟Significa esto que la Guerra Santa ser لmيa? El augur imperial entrelazَ sus gruesos dedos y agitَ sus carrillos afirmativamente. --Pero los caminos del destino son estrechos, Dios-de-los-Hombres. Hay muchas cosas que debemos hacer. Tanta atenciَn prestaba Xerius a los diagnَsticos y las prescripciones de su augur --entre los que habيa detalladas instrucciones para el sacrificio de diez toros-- que al principio no se percatَ de la llegada de su madre. Pero all يestaba, una sombra estrecha en su periferia, tan inconfundible como la muerte. --Prepara las vيctimas, pues, Arithmeas-- dijo perentَreamente--. Es suficiente por ahora. Mientras el augur se retiraba, Xerius vio de soslayo un grupo de soldados que portaba el cuenco de agua que aquél habيa pedido antes. --؟Arithmeas? --؟Sي, Dios-de-los-Hombres? --La mejilla... ؟Debo limpiلrmela? El hombre agitَ las manos de un modo cَmico. --،No! E-en ningْn caso, Dios-de-los-Hombres. Es crucial que esperes al menos tres dيas. Crucial. Le asaltaron muchas otras preguntas, pero su madre se habيa acercado seguida por la tambaleante mole de su eunuco. Ella se movيa con la esbelta gracilidad de una virgen de quince aٌos pese a sus sesenta de ramera. Con un batir de muselina y seda azules, se girَ hacia él y escudriٌَ la ciudad como habيa hecho Xerius hacيa un instante. La luz del sol brillaba sobre las capas de su tocado de jade. --Un hijo --dijo secamente-- que depende de un idiota que balbucea y lloriquea. Es muy reconfortante para el corazَn de una madre. Percibiَ algo extraٌo en sus maneras, algo contenido. Pero, de todos modos, nadie parecيa sentirse cَmodo en su presenciaْ ltimamente; Xerius suponيa que era porque finalmente habيan vislumbrado la divinidad que moraba en su interior, después de que los dos grandes cuernos de su plan habيan sido puestos en movimiento. --Son tiempos difيciles, madre; demasiado peligrosos como para ignorar el futuro. Ella se girَ y lo estudiَ de un modo que era a la vez coqueto y
masculino. El sol profundizَ sus arrugas y proyectَ la sombra de su nariz sobre la mejilla. Xerius siempre habيa pensado que los viejos eran, en cuerpo y alma, desagradables. La edad transformada para siempre en resentimiento. Lo que era viril y ambicioso en los ojos de los jَvenes se convertيa en impotencia y codicia en los de los viejos. «Me pareces insultante, madre. Tanto por tu aspecto como por tus maneras.» En el pasado, la belleza de su madre habيa sido legendaria. En vida de su padre, ella habيa sido la posesiَn del Imperio mلs celebrada: Ikurei Istriya, la Emperatriz de Nansur, cuya dote habيa sido la quema del harén imperial. --He estado observando tu audiencia con Calmemunis --dijo gentilmente--. Un desastre, tal como te habيa dicho, divino hijo mيo. --Su sonrisa resquebrajَ el maquillaje de alrededor de sus labios. A Xerius le sobrevino el deseo de besar esos labios con una fuerza fيsica. --Supongo que sي, madre. --Entonces, ؟por qué insistes en ese sinsentido? Y entonces ese extraٌo giro: su madre discutiendo contra la pura raz َn. --؟Sinsentido, madre? El Solemne Contrato ver لel Imperio restaurado. --Pero si ni un idiota como Calmemunis puede ser embaucado para que lo firme, ؟qué esperanza tiene tu contrato de prosperar, eh? No, Xerius, servirلs mejor al Imperio sirviendo a la Guerra Santa. --؟También a ti te ha embrujado Maithanet, madre? ؟Cَmo se embruja a una bruja? Risas. --Ofreciéndole la destrucciَn de sus enemigos, ؟cَmo si no? --Pero todo el mundo es tu enemigo, madre. ؟O me equivoco? --Todo el mundo es enemigo de todo hombre, Xerius. Harيas bien en recordarlo. En un extremo de su campo visual, vislumbrَ a un guardia acercل ndose a Skeaos y susurrلndole algo en el oيdo. Sus augures le habيan dicho que la armonيa era musical. Exigيa que uno estuviera en sintonي a con los matices de cada circunstancia. Xerius era un hombre que no necesitaba mirar las cosas para verlas. Poseيa un refinado sentido de la sospecha. El viejo Primer Consejero asintiَ; después, por un momento, mirَ a su Emperador con la vista inquieta. «؟Estلn tramando algo? ؟Es esto una traiciَn?» Pero se encogiَ de
hombros para alejar esos pensamientos. Eran demasiado habituales como para confiar en ellos. Como si intuyera el motivo de su distracciَn, Istriya se girَ hacia Skeaos. --؟Qué dices tْ, Skeaos, eh? ؟Qué dices tْ de la avaricia infantil de mi hijo? --؟Avaricia? ؟Infantil? --gritَ Xerius. ؟Por qué le provocaba de ese modo? --؟Qué si no? Despilfarras los regalos de la Zorra. Primero el destino te entrega a este Maithanet y, en contra de mi consejo, tratas de asesinarlo. ؟Por qué? Porque no es tuyo. Después te entrega la Guerra Santa, ،un martillo con el que aplastar a nuestro ancestral enemigo! Y como no es tuya, ،quieres destruirla a ella también! Eso son berrinches de un niٌo, no las estratagemas de un Emperador astuto. --Créeme, madre estoy tratando de desencadenar la Guerra Santa, no de acabar con ella. Los perros extranjeros firmarلn el Solemne Contrato. --،Con tu sangre! ؟Has olvidado lo que sucede cuando alguien junta estَmagos hambrientos con corazones fanلticos? Son hombres belicosos, Xerius; hombres intoxicados por su fe. ،Hombres que actْan ante el rostro de la humillaciَn! ؟Esperas de verdad que soporten tu extorsiَn? ،Estلs poniendo en riesgo el Imperio, Xerius! ؟Poniendo en riesgo el Imperio? No. En el noroeste vivيan pocos nansur visibles desde las montaٌas, tal era su miedo a los scylvendios. Y en el sur, todas las «viejas provincias» que habيan pertenecido al Nansurium en el momento mلs لlgido de su poder estaban esclavizadas por los infieles de Kian. Entonces, los tambores fanim resonaban en sus viejas conquistas, llamando a los hombres a rendir culto al Falso Profeta, Fane. La fortaleza de Asgilioch, que los antiguos kyraneanos habيan erigido para resguardarse de Shigek, era de nuevo una frontera. No estaba poniendo en riesgo el Imperio; sَlo su apariencia. El Imperio era el premio, y no, la apuesta. --Por fortuna, tu hijo no es tan estْpido como eso, madre. Los Hombres del Colmillo no se morirلn de hambre. Comerلn de mi plato, pero sَlo una vez al dيa. No pretendo negarles las provisiones que necesitan para vivir; sَlo las provisiones que necesitan para marchar. --؟Y qué hay de Maithanet? ؟Y si te ordena que les des provisiones? En cuestiones de Guerra Santa, una antigua constituciَn comprometيa al Emperador con el Shriah. Xerius estaba obligado a
abastecer la Guerra Santa so pena de ser objeto de la Censura del Shriah. --،Ah!, pero ya sabes, madre, que no puede hacerlo. Sabe tan bien como nosotros que esos Hombres del Colmillo son estْpidos, que creen que Dios en persona ha ordenado el derrocamiento de los infieles. Si abastezco a Calmemunis de todo lo que me pide, marcharلn en quince dيas, convencidos de que pueden destruir a los fanim con sus mيseros recursos. Maithanet simular لindignarse, por supuesto, pero en secreto aplaudir لmi decisiَn; sabe que eso le dar لa la Guerra Santa el tiempo que necesita para agruparse. ؟Por qué crees que ordenَ que se reuniera en Momemn y no en Sumna? Aparte de para gravar mi bolsillo, porque sabيa que yo harيa esto. Ella se detuvo de repente, con los ojos entrecerrados y escrutadores. A ninguna alma tan reptil como la suya le podيa pasar por alto la sutileza de ese movimiento. --؟Significa esto que tْ estلs jugando con Maithanet o que Maithanet est لjugando contigo? Durante los meses anteriores, Xerius habيa subestimado al nuevo Shriah; debيa reconocerlo. Pero no subestimarيa al demonio una vez mلs. No, en ese caso. Xerius habيa advertido que Maithanet comprendيa que el Nansurium estaba condenado. Durante elْ ltimo siglo y medio, los sabios y poderosos de Nansur habيan estado esperando la catلstrofe, la noticia de que las tribus scylvendias se habيan unido como en el pasado y estaban avanzando con gran estruendo hacia la costa. As ي era como Kyraneas habيa caيdo dos mil aٌos antes y como el Imperio Ceneiano lo habيa hecho mلs de mil aٌos después. Y as يserيa como, y de eso Xerius estaba seguro, caerيa también el Nansurium. Pero era la perspectiva de esta inevitabilidad sumada a Kian, una naciَn infiel que crecيa al mismo ritmo que Nansur decrecيa, lo que verdaderamente le aterraba. Cuando los scylvendios se marcharan, y siempre se acababan marchando, ؟quién impedirيa que los infieles de Kian olisquearan la sangre encharcada de Kyraneas, que arrancaran los Tres Corazones de Dios: Sumna, los Mil Templos y el Colmillo? Sي, ese Shriah era astuto. Xerius ya no lamentaba el fracaso de sus asesinos. Maithanet le habيa dado un martillo como ningْn otro: una Guerra Santa. --Nuestro nuevo Shriah --dijo-- est لmuy sobrevalorado. «Que crean que juega conmigo.» --Pero ؟con qué fin, Xerius? Aunque la mayorيa de los
participantes en la Guerra Santa se plieguen a tus exigencias, ؟no creer لs realmente que ellos derramarلn su sangre para izar el Sol Imperial, verdad? Aunque lo firmaran, el Solemne Contrato serيa inْtil. --No inْtil, madre. Aunque rompan su juramento, ese contrato no es inْtil. --Entonces, ؟por qué? ؟Por qué asumir este riesgo insensato? --Venga, madre. ؟Tan mayor estلs? Por un instante, inesperadamente, vislumbrَ cَmo las cosas debيan de parecerle a ella: la mercantil, y por lo tanto extraordinaria, exigencia de que todos los grandes nobles de la Guerra Santa firmaran el Solemne Contrato; el envيo del mayor ejército nansur reunido en una generaciَn no contra los infieles de Kian, sino contra su mucho mلs antiguo y temperamental enemigo, los scylvendios. ،Cَmo debيan de haberla perturbado esas dos cosas! En los planes tan sublimes como el suyo, la lَgica siempre estaba oculta. Xerius no era tan estْpido como para creer que él era igual a sus ancestros en fuerza o espيritu. El presente era distinto, y distintas eran las fuerzas necesarias. El gran hombre de ese momento encontraba sus armas en los otros hombres y en el astuto cلlculo de los acontecimientos. Xerius tenيa entonces ambas cosas: su precoz sobrino, Conphas, y esa insensata Guerra Santa del Shriah. Con esos dos instrumentos, recuperarيa el Imperio. --؟Cuلl es tu plan, Xerius? ،Debes decيrmelo! --Es doloroso, ؟verdad, madre? Estar en el corazَn del Imperio pero ser sordo a sus latidos... ،Después de toda una vida marcando su comp لs como si fuera un tambor! Pero en lugar de mostrar su enfado, sus ojos se abrieron con una repentina epifanيa. --El Solemne Contrato es simplemente un pretexto --jade ,--algo َ para protegerte de la Censura del Shriah cuando t...ْ --؟Cuando yo qué, madre? --Xerius mirَ nerviosamente a la pequeٌa multitud que le rodeaba. Aquél no era el lugar adecuado para una conversaciَn de tal envergadura. --؟Es ésa la razَn por la que has mandado a mi nieto a la muerte? --le preguntَ ella gritando. All يestaba finalmente el verdadero motivo de su sedicioso interrogatorio. Su querido nieto, el pobre Conphas, que en ese mismo momento marchaba en algْn lugar de la estepa de Jiunati en busca de los temibles scylvendios. ةsa era la Istriya que Xerius conocيa y despreciaba: devota del sentimiento religioso pero obsesionada por su
progenie, por el destino de la Casa Ikurei. «Conphas debيa ser el Restaurador, ؟verdad, madre? A m يno me creيas capaz de semejante gloria, ؟verdad, vieja zorra?» --،Eres demasiado ambicioso, Xerius! ،Ambicionas demasiado! --،Ah!, por un momento cre يque lo habيa entendido. Habيa dicho eso con una brusca certeza, pero una parte importante de él la creيa lo suficiente como para que entonces el sueٌo exigiera un cuarto de vino entero sin rebajar con agua. «Incluso mلs esta noche --pens ,--َdespués del incidente de los pلjaros«. --S يque lo entiendo --le espetَ Istriya--. Tus pensamientos no son tan profundos como para que esta anciana no pueda comprenderlos. Esperas conseguir esas firmas para tu Solemne Contrato, pero no porque esperes que los Hombres del Colmillo renuncien a sus conquistas, sino porque vas a declararles la guerra después. Gracias a ese contrato, serلs inmune a la Censura del Shriah cuando sometas a los insignificantes y mal defendidos feudos que sin duda van a alzarse en la estela de la Guerra Santa. Y ésa es la razَn por la que has mandado a Conphas a lo que tْ llamas expediciَn de castigo contra los scylvendios. Tu plan exige mano de obra que no tienes para guarecer las provincias del norte. El temor le retorciَ las tripas. --،Ah! --dijo Istriya con maldad--, una cosa es ensayar tus planes en la oscuridad de tu alma y otra muy distinta oيrlos de los labios de otro, ؟no es asي, mi estْpido hijo? Es como escuchar a un actor imitando tu voz. ؟Te parece una estupidez ahora, Xerius? ؟Te parece una locura? --No, madre --logrَ decir con cierto aire de seguridad--. Solamente atrevido. --؟Atrevido? --gritَ ella, como si la palabra hubiera dado riendo suelta a un transtorno--. ،Por los Dioses, ojal لte hubiera estrangulado en la cuna! ،Un hijo tan idiota! Nos has condenado, Xerius, ؟no lo ves? Nadie, ningْn Gran Rey de Kyraneas, ningْn Emperador-Aspecto de Cenei, ha derrotado jamلs a los scylvendios en su terreno. ،Son el Pueblo de la Guerra, Xerius! ،Conphas est لmuerto! ،La flor de tu ejército est لmuerta! ،Xerius! ،Xerius! ،Nos has condenado a todos a la catلstrofe! --،No, madre! ،Conphas me asegurَ que podيa hacerlo! ،Ha estudiado a los scylvendios como nadie! ،Conoce sus debilidades! --Xerius, pobre loco, ؟no ves que Conphas es todavيa un niٌo? Brillante, valiente, hermoso como un Dios, pero todavيa un niٌo... --Se llevَ las manos a las mejillas y se clavَ las uٌas--. ،Has matado a mi niٌo!
--gimiَ. Su lَgica, o tal vez fuera su terror, recorrieron el cuerpo de Xerius con la fuerza de una catarata. Presa del pلnico, Xerius mirَ al resto de gente que estaba en el balcَn, vio el miedo de su madre en todos sus rostros y se dio cuenta de que habيan estado all يdurante todo el rato. No le tenيan miedo a Ikurei Xerius III، ,sino a lo que habيa hecho! «؟Lo he destruido todo?» Dio un traspié. Unas manos huesudas lo sostuvieron. Skeaos. ،Skeaos! ةl comprendيa lo que habيa hecho. ،Habيa vislumbrado la gloria! ،El resplandor! Se dio la vuelta, cogiَ al anciano Primer Consejero por los pliegues de su tْnica y lo agitَ con tanta fuerza que su broche, un ojo de oro con la pupila deَ nice, se solt yَ cay rَ ebotando al suelo. --،Dime que lo ves! --gritَ Xerius--. ،Dيmelo! Sosteniendo su tْnica para evitar que se le abriera, el anciano mantuvo diligentemente la mirada pegada al suelo. --Has hecho una apuesta, Dios-de-los-Hombres. Sَlo lo sabremos una vez que se hayan lanzado las fichas numeradas. ،S !ي،Eso era! «Sَlo después de que se hayan lanzado las fichas numeradas.» Los ojos se le llenaron de lلgrimas. Cogiَ al anciano por las mejillas y le sorprendiَ la aspereza de su piel. Su madre no le habيa dicho nada nuevo. Siempre habيa sabido que lo habيa apostado todo. ؟Durante cu لntas horas habيa estado conspirando con Conphas? ؟Cuلntas veces se habيa sentido admirado por el talento marcial de su sobrino? Nunca antes habيa tenido el Imperio un Exalto-General como Ikurei Conphas. ،Nunca! «Vencer لa los scylvendios. ،Humillar لal Pueblo de la Guerra! --Y a Xerius le parecيa que sabيa esas cosas con una certidumbre increي ble--. Mi estrella entra en la Zorra, llevada por dos portentos al Clavo del Cielo... ،Un pلjaro se cagَ encima de m»!ي Habيa puesto las manos sobre los hombros de Skeaos, y le sorprendiَ la magnanimidad de su gesto. «Cَmo debe amarme.» Mirَ a Gaenkelti, Ngarau y los demلs, y de repente la causa de su duda y su miedo le pareciَ perfectamente clara. Se girَ hacia su madre, que habيa caيdo sobre sus rodillas. --Vosotros, todos vosotros, creéis que es un hombre el que ha hecho una apuesta loca. Pero los hombres son frلgiles, madre. Los hombres cometen errores. Ella le mirَ, con el hollيn que le rodeaba los ojos enturbiado por las
lلgrimas. --؟Acaso los emperadores no son hombres, Xerius? --Los sacerdotes, los augures y los filَsofos nos enseٌan que lo que vemos es humo. El hombre que yo soy no es mلs que humo, madre. El hijo al que alumbraste no es sino mi mلscara, un disfraz mلs que he adoptado para esta cansina profusiَn de sangre y semen que tْ llamas vida. ،Soy lo que me dijiste que serيa! Emperador. Divino. No humo, sino fuego. Al oيr estas palabras, Gaenkelti se arrodillَ. Después de un momento de duda, los otros le imitaron. Pero Istriya se agarrَ al brazo de su eunuco y se puso en pie, mirل ndolo boquiabierta. --؟Y si Conphas tiene que morir en el humo, eh, Xerius? ؟Si los scylvendios emergen del humo y apagan tu fuego, entonces, qué? Tratَ de contener su ira. --Tu fin se acerca y te aferras al humo porque temes que el humo sea loْ nico existente. Tienes miedo, madre, porque eres vieja y nada desconcierta mلs que el miedo. Istriya le observَ imperiosamente. --Mi edad es problema mيo. No necesito a idiotas que me la recuerden. --No. Supongo que tus tetas no te permiten olvidarla. Istriya dio un alarido y se abalanzَ sobre él como habيa hecho en su infancia. Pero su gigantesco eunuco, Pisathulas, la retuvo cogiéndola con unos puٌos que hacيan que sus antebrazos parecieran los de un enano. Inclin lَa cabeza afeitada con una estupefacciَn atemorizada. haberte --،Deberيa haberte matado! --bram، .--Deberيa َ estrangulado con tu propio cordَn umbilical! Incomprensiblemente, Xerius se echَ a reيr. ،Vieja y asustada! Por primera vez parecيa vulgar, lejos de la indَmita y sabelotodo matriarca que siempre habيa parecido. ،Su madre era patética! Casi compensaba perder un Imperio. --Llévala a sus aposentos --le dijo al gigante--. Que los médicos la atiendan. Farfullando y gritando, fue sacada por la fuerza del balcَn. La inmensidad de las Cumbres Andiamine se tragaron sus gritos asesinos. Los ricos colores del atardecer se habيan empalidecido y se habي an tornado los de la oscuridad. El sol casi se habيa puesto, enmarcado por un manto de nubes purpْreas. Durante un rato, Xerius se quedَ allي,
respirando hondamente, retorciéndose las manos para silenciar los temblores. Su gente le observaba nerviosamente con el rabillo del ojo. Su rebaٌo. Finalmente, Gaenkelti, cuya ascendencia norsirai le hacيa mلs franco de lo que parecيa, rompiَ el silencio. --Dios-de-los-Hombres, ؟puedo hablar? Xerius asintiَ con un gesto irritado. --La Emperatriz, Dios-de-los-Hombres... Lo que ha dicho... --Sus miedos estلn justificados, Gaenkelti. Ella simplemente dijo la verdad que mora en todos nuestros corazones. --،Pero ha amenazado con matarte! Xerius golpeَ al capitلn en plena cara. Las manos del hombre rubio se cerraron en un puٌo durante un instante, después volvieron a abrirse. Se quedَ mirando fieramente los pies de Xerius. --Lo siento, Dios-de-los-Hombres. Sَlo temيa que... --Nada --dijo Xerius, secamente--. La Emperatriz estل envejeciendo, Gaenkelti. La marea la ha alejado tanto de la costa que ya ni se la ve. Est لperdiendo los modales. Gaenkelti cayَ al suelo y colocَ los labios fuertemente en la rodilla derecha de Xerius. --Es suficiente --dijo el Emperador. Xerius puso de pie al capitلn. Dejَ que sus dedos se demoraran en los atractivos tatuajes azules que cubrيan los antebrazos del aquel hombre. Los ojos le ardيan. Le dolيa la cabeza. Pero sintiَ una extraordinaria calma. Se girَ hacia Skeaos. --Alguien te ha traيdo un mensaje, viejo amigo. ؟Eran noticias de Conphas? Una pregunta enloquecedora, pero sorprendentemente trivial cuando la pronunciَ sin aliento. Como el Primer Consejero dudَ, regresaron los temblores. «Por favor... Sejenus, por favor.» --No, Dios-de-los-Hombres. Alivio mareante. Xerius casi tartamudeَ. --؟Y bien? ؟De qué se trataba? --Los fanim han mandado un emisario en respuesta a tu peticiَn de iniciar negociaciones. --Bien... ،Bien! --Pero no un emisario cualquiera, Dios-de-los-Hombres. --Skeaos se lamiَ sus delgados labios de anciano--. Un cishaurim. Los fanim han
mandado a un cishaurim. El sol desapareciَ, y pareciَ que con él lo hiciera toda esperanza.
Como un trapo batido por el viento, los braseros revoloteaban en el pequeٌo patio que Gaenkelti habيa escogido para la reuniَn. Rodeado de cerezos enanos y acebos, Xerius apret َcon fuerza su Chorae, hasta que sinti q َ ue le ardيan los nudillos. Ech u َ n vistazo a la penumbra de los pَ rticos colindantes y cont iَnconscientemente los hombres que all يhabي a. Se gir h َ acia el enjuto hechicero que tenيa a su derecha: Cememketri, el Gran Maestro del Saik Imperial. --؟Tenemos suficientes? --Mلs que suficientes --respondiَ Cememketri con indignaciَn. --Modera tu tono, Gran Maestro --le espetَ Skeaos desde la izquierda de Xerius--. Nuestro Emperador te ha hecho una pregunta. Cememketri inclinَ levemente la cabeza, como si lo hiciera contra su voluntad. Dos hogueras gemelas se reflejaban en sus acuosos ojos. --Aqu يsomos tres, Dios-de-los-Hombres, y doce arqueros, todos con Chorae. Xerius parpadeَ. --؟Tres? ؟Sَlo quedلis tْ y dos mلs? --No he podido hacer nada, Dios-de-los-Hombres. --Por supuesto. Xerius pensَ en el Chorae que tenيa en la mano derecha. Podيa darle una lecciَn de humildad al pomposo mago con un golpecito, pero eso harيa que sَlo quedaran dos. ،Cَmo despreciaba a los hechiceros! Los despreciaba casi tanto como despreciaba necesitarlos. --Ya vienen --susurrَ Skeaos. Xerius apretَ su Chorae con tanta fuerza que las escrituras grabadas en él le dejaron una marca en la palma. Dos guardias entraron en el patio llevando lلmparas en lugar de armas. Ocuparon sus puestos a ambos lados de las puertas de bronce, y Gaenkelti, todavيa vestido con su armadura ceremonial, se colocَ entre ellos, acompaٌado de una figura que vestيa un hلbito de lino negro. El capitلn acompaٌَ al emisario al lugar establecido, en el que las esferas de luz proyectadas por los cuatro braseros se sobreponيan. A pesar de la iluminaciَn, Xerius sَlo podيa ver parte de los labios y la mejilla izquierda bajo la capucha del hلbito. Cishaurim. Para los nansur, elْ nico nombre mلs odioso era el de
scylvendio. Los niٌos nansur --incluso los hijos de los emperadores-- se criaban escuchando leyendas sobre los hechiceros-sacerdotes infieles, sus rituales venéreos y sus inconmensurables poderes. Con sَlo pronunciar el nombre, el terror se apoderaba del pecho de los nansur. Xerius se esforzَ por respirar. «؟Por qué mandar a un cishaurim? ؟ Para matarme?» El emisario se quitَ la capucha, que quedَ reposando sobre sus hombros. Después, bajَ los brazos para que el hلbito cayera al suelo y revelara la larga tْnica de color azafrلn que llevaba debajo. Tenيa la calva pلlida, extraٌamente pلlida, y el rostro dominado por la negrura de las cuencas bajo la frente. Los rostros sin ojos siempre turbaban a Xerius, pues le recordaban la calavera muerta que habيa debajo de la expresiَn de todo hombre; pero el conocimiento de que ése podيa ver igualmente le provocَ una punzada en el velo del paladar, una punzada que no pudo silenciar tragando saliva. Tal como sus profesores le habي an advertido durante su infancia, una serpiente rodeaba el cuello del cishaurim, un لspid Shigeki, negra y brillante como si llevara aceites, con la lengua titilando y los ojos de lazarillo suspendidos cerca de la oreja derecha del hombre. Las hendiduras sin vista siguieron fijas en Xerius, pero el لspid inclinَ y volviَ la cabeza para escudriٌar lentamente la amplitud del patio y probar metَdicamente el aire. --؟La ves, Cememketri? --susurrَ Xerius entre dientes--. ؟Ves la marca de la hechicerيa? --No --dijo el hechicero, con la voz tensa por miedo a que le oyeran. Los ojos de la serpiente se detuvieron un instante en los pَrticos oscuros que flanqueaban el patio, como si estudiara la amenaza que representaban las sombras que habيa al otro lado. Después, como un timَn girando sobre un gozne engrasado, se girَ hacia Xerius. --Soy Mallahet --dijo el cishaurim en un sheyico sin acento--, hijo adoptivo de Kisma, de la tribu de Indara-Kishauri. --،؟Eres Mallahet?! --exclamَ Cememketri. Otra indiscreciَn: Xerius no le habيa dado permiso para hablar. --Y tْ eres Cememketri. --El rostro sin ojos se inclinَ, pero la cabeza de la serpiente permaneciَ erguida--. Es un honor, viejo enemigo. Xerius percibiَ que el Gran Maestro se agarrotaba a su lado. --Emperador --murmurَ el hechicero--, debes marcharte ahora mismo. Si es realmente Mallahet, estلs en grave peligro. ،Todos lo estamos! Mallahet... Habيa oيdo ese nombre antes, en uno de los informes de Skeaos: el que tenيa los brazos cubiertos de cicatrices como un
scylvendio. --As يque tres no son suficientes --replicَ Xerius, inexplicablemente animado por el miedo de su Gran Maestro. --Mallahet es el segundo cishaurim mلs importante, sَlo por debajo de Seokti. Yْ nicamente porque sus Leyes Proféticas prohiben que los no kianene ocupen la posiciَn de Heresiarca. ،Hasta los cishaurim temen su poder! --Lo que dice el Gran Maestro es cierto, Dios-de-los-Hombres --aٌ adiَ Skeaos en voz baja--. Debes marcharte ahora mismo. Permيteme que negocie en tu lugar... Pero Xerius les ignor ؟.Cَ َ mo podيan ser tan poco juiciosos cuando los mismيsimos Dioses habيan garantizado esos procedimientos? --Bienvenido, Mallahet --dijo, sorprendido por la tranquilidad de su voz. --Estلs en presencia de Ikurei Xerius III, el Emperador de Nansur. Arrodيllate, Mallahet --ladrَ Gaenkelti después de una breve pausa. El cishaurim alzَ un dedo y el لspid se balanceَ sobre él como si se estuviera burlando. --Los fanim sَlo nos arrodillamos ante el عnico, el Dios-que-es-Solitario. Por reflejos o por simple ignorancia, Gaenkelti alzَ el puٌo para golpear al hombre. Xerius le detuvo con la palma abierta. --Prescindiremos del Protocolo en esta ocasiَn, capitلn --dijo--. Los َ l puٌo en el que sosten infieles pronto se arrodillarلn ante m-- .يSe llev e يa el Chorae a la palma de la otra mano, movido por un oscuro impulso de esconderlo de la mirada de la serpiente--. ؟Has venido a negociar? --le preguntَ al cishaurim. --No. Cememketri murmurَ una maldiciَn de soldado. --Entonces, ؟para qué has venido? --He venido, Emperador, para que tْ puedas negociar con otro. Xerius parpadeَ. --؟Quién? Por un instante, pareciَ que el Clavo del Cielo refulgيa en la frente del cishaurim. Se oyَ un grito procedente de la oscuridad de los pَrticos, y Xerius alzَ las manos. Cememketri entonَ algo incomprensible, mareante. Un globo, compuesto de rastros fantasmales de fuego azul, apareciَ ante ellos. Pero nada habيa sucedido. El cishaurim seguيa allي, tan inmَvil como antes. Los ojos del لspid refulgيan como dos pedazos de لmbar
a la luz del fuego. --،Su cara! --dijo Skeaos entre jadeos. Superpuesta, como una mلscara transparente sobre su semblante de calavera, habيa otra cara, un soldado kianene entrecano que todavي a llevaba la marca del desierto en sus rasgos perfilados. Unos ojos escudriٌaron desde las cuencas vacيas del cishaurim, y una barba fantasmal le creciَ en la barbilla, trenzada a la manera de los Grandes de Kian. --Skauras --dijo Xerius. Nunca habيa visto a ese hombre antes, pero de alguna manera supo que estaba mirando al Sapatishah-Gobernador de Shigek, el infiel sinvergüenza al que las Columnas Meridionales habيan sitiado durante mلs de cuatro décadas. Los fantasmales labios se movieron, pero loْ nico que Xerius oyَ fue una voz lejana que hablaba con los ritmos reposados del kiani. Entonces, debajo se movieron los labios reales. --Excelente intuiciَn, Ikurei. A ti te conozco por tus monedas. --؟Qué es esto? ؟El Padirajah manda a uno de sus perros Sapatishah para hablar conmigo? De nuevo, el alarmante lapso de labios y voces. --No eres digno del Padirajah, Ikurei. Yo solo podrيa romper tu Imperio con la rodilla. Da gracias por que el Padirajah sea un hombre piadoso y respete sus tratados. --Todos nuestros tratados son irrelevantes, Skauras, ahora que Maithanet es Shriah. --Todavيa mلs razَn para que el Padirajah te desdeٌe. También tْ te has vuelto irrelevante. Skeaos se inclinَ. --Pregْntale a qué viene tanto teatro si ya no tienes ninguna importancia --le susurrَ a su oيdo--. Los infieles tienen miedo, Dios-de-los-Hombres. ةsa es laْ nica razَn por la que han venido aquي. Xerius sonriَ, convencido de que su anciano Primer Consejero sَlo habيa confirmado lo que él ya sabيa. --Si me he vuelto irrelevante, ؟a qué vienen estas medidas extraordinarias? ؟Por qué has hecho del mejor de los tuyos tu mensajero? --Por la Guerra Santa que tْ y tus hermanos idَlatras lanzaréis contra nosotros. ؟Por qué si no? --Y porque sabes que la Guerra Santa es mi instrumento. La expresiَn espectral sonriَ, y Xerius oyَ unas lejanas carcajadas.
--Le arrancarيas la Guerra Santa de las manos a Maithanet, ؟ verdad? ؟Harيas de ella la gran palanca que utilizarيas para enmendar siglos de derrotas? Conocemos tus miserables tramas para unir a los id َlatras mediante el Solemne Contrato. Y sabemos del ejército que has mandado contra los scylvendios. Las estratagemas de un loco, todas. --Conphas ha prometido poner picas con cabezas de scylvendios a lo largo del camino desde la estepa hasta mis pies. --Conphas est لcondenado. Nadie posee la astucia ni la fuerza necesarias para vencer a los scylvendios, ni siquiera tu sobrino. Tu ejército y tu heredero estلn muertos, Emperador. Carroٌa. Si no hubiera tantos inrithi en tus costas, irيa hasta all يahora mismo y te darيa de beber con mi espada. Xerius agarrَ su Chorae con mلs fuerza para silenciar los temblores. Una imagen de Conphas sangrando a los pies de algْn saqueador scylvendio cruzَ su mente, y se sonriَ a pesar del horror que aquello significaba. «Entonces, madre sَlo me tendrيa a mي...» Una vez mلs la voz de Skeaos en su oيdo. --Trata de asustarte. Hemos tenido noticias de Conphas esta maٌ ana, y no habيa ningْn problema. Recuerda, Dios-de-los-Hombres, los scylvendios aplastaron Kianene hace menos de ocho aٌos. Skauras perdiَ tres hijos en esa expediciَn, incluido Hasjinnet, el mayor. Acَsale, Xerius. ،Acَsale! Los hombres enfadados cometen errores. Pero, obviamente, él ya habيa pensado en eso. --Te equivocas, Skauras, si crees que Conphas es tan estْpido como Hasjinnet. Los ojos etéreos parpadearon sobre las cuencas vacيas. --La batalla de Zirkirta fue una gran congoja para nosotros, s ;يpero una congoja que vosotros compartiréis muy pronto. Tratas de hacerme daٌo, Ikurei, pero solamente profetizas tu propia destrucciَn. --El Nansurium --dijo Xerius-- ha soportado pérdidas mucho mayores y ha sobrevivido. «،Pero Conphas no puede perder! ،Los augurios!» --Es suficiente, Ikurei. Te concedo esta nimiedad. El Dios-que-es-Solitario sabe que los nansur sois un pueblo testarudo. Incluso te concedo que Conphas quiz لprospere all يdonde mi hijo titubeَ. No subestimaré a ese encantador de serpientes. Fue mi rehén durante diez aٌos, ؟lo recuerdas? Pero nada de esto hace de la Guerra Santa de Maithanet tu instrumento. No tienes ningْn martillo amenazل ndonos.
--S يlo tengo, Skauras. Los Hombres del Colmillo no saben nada de tu pueblo, menos incluso que Maithanet. Una vez que comprendan que no sَlo guerrean contra ti sino contra tus cishaurim, los lيderes de la Guerra Santa firmarلn el Solemne Contrato. La Guerra Santa necesita una Escuela, y esa Escuela resulta ser mيa. Los labios incorpَreos sonrieron sobre la adusta lيnea de la boca de Mallahet. De nuevo, una extraٌa voz lejana. --؟Hesha? ؟Ejoru Saika? Mamnati jeskuti kah... --؟Qué? ؟El Saik Imperial? ؟Crees que el Shriah te ceder لla Guerra Santa por el Saik Imperial? Maithanet ha apartado tu mirada de los Mil Templos, ؟verdad? ؟Lo ves, Ikurei? ؟Ves finalmente lo rلpidamente que el suelo se abre bajo tus pies? --؟Qué quieres decir? --Hasta nosotros sabemos mلs de los planes de tu maldito Shriah que tْ. Xerius se quedَ mirando el rostro de Skeaos y vio que era la preocupaciَn y no el cلlculo lo que surcaba sus arrugados rasgos. ؟Qué estaba sucediendo? «Skeaos, ،dime qué tengo que decir! ؟Qué significa esto?» --؟Te has quedado sin habla, Ikurei? --La voz interpuesta adoptَ un aire despectivo--. Bueno, a ver qué te parece esto: Maithanet ha sellado un pacto con los Chapiteles Escarlatas. Ahora mismo, los magos Escarlatas se estلn preparando para unirse a la Guerra Santa. Maithanet ya posee la Escuela que necesita, y es una que deja en ridي culo al Saik Imperial en nْmero y poder. Como te decيa, eres irrelevante. --،Imposible! --espetَ Skeaos. Xerius se girَ hacia el anciano Primer Consejero, asombrado por su audacia. --؟Qué es esto, Ikurei? ؟Ahora permites que tus perros aullen en tu mesa? Xerius sabيa que debيa estar encolerizado, pero una salida asي de Skeaos... no tenيa precedentes. --،Miente, Dios-de-los-Hombres! --gritَ Skeaos--. Es una trampa de infiel para arrancarnos concesiones... --؟Por qué iban a mentir? --espetَ Cememketri, obviamente ansioso por humillar a un viejo enemigo de la corte--. ؟No crees que los infieles quieren que nos hagamos con la Guerra Santa? ؟O crees que prefieren tratar con Maithanet? ؟Se habيan olvidado de la presencia del Emperador? Hablaban
como si él fuera una ficciَn cuya utilidad hubiera terminado. «؟Me consideran irrelevante?» --No --replicَ Skeaos--. Saben que la Guerra Santa es nuestra, ،pero quieren hacernos creer que no es as!ي Una furia gélida se desatَ en el interior de Xerius. Aquella noche iba a haber muchos gritos. O bien los dos hombres recobraron la compostura, o bien percibieron algo en el humor de Xerius, porque guardaron silencio de repente. Hacيa dos aٌos, un zeumi habيa actuado ante la corte de Xerius con unos tigres blancos. Después, Xerius le habيa preguntado c َmo podيa hacer obedecer a bestias tan feroces con sَlo la mirada. --Porque ven su futuro en mis ojos --le habيa dicho el inmenso hombre de piel oscura. --Debes perdonar a mis fervorosos sirvientes --dijo Xerius al espectro que moraba en el rostro del cishaurim--. Pero puedes estar seguro de que yo no lo haré. El semblante de Skauras parpadeَ y después reapareciَ, como si entrara y saliera de un caٌَn de luz que no habيan visto. Cَmo debيa estar riéndose el viejo lobo. Xerius casi podيa verle agasajando al Padirajah con descripciones de la confusiَn de la corte imperial. --Lloraré por ellos --dijo el Sapatishah. --Ahَrrate tus cantos fْnebres para tu propia gente, infiel. Independientemente de quién posea la Guerra Santa, estلs condenado. Los fanim estaban condenados. Dejando de lado su colérica insolencia, lo que Cememketri habيa dicho hacيa un momento era cierto. El Padirajah querيa que poseyera la Guerra Santa. Uno no podي a regatear con fanلticos. --،Oh, poderosas palabras! Al menos hablo con el Emperador de Nansur. Dime, pues, Ikurei Xerius III, ahora que comprendes que ambos estamos regateando desde una posiciَn débil, ؟qué propones? Xerius se detuvo, poseيdo por un frيo calculador. Siempre habيa sido especialmente astuto cuando estaba airado. Las alternativas le cruzaban el alma, pero la mayorيa de ellas fallaban por culpa de la evidente astucia de Maithanet. Pensَ en Calmemunis y el odio que profesaba por su primo, Nersei Proyas, heredero del trono de Conriya... Y entonces, lo comprendiَ. --Para los Hombres del Colmillo, tْ y tu pueblo sois poco mلs que vي ctimas de un sacrificio, Sapatishah. Hablan y actْan como si su triunfo ya estuviera en las escrituras. Quiz لllegue el momento de que te respeten como hacemos nosotros.
--Shrai laksara kah. --Quieres decir miedo. Ahora todo dependيa de su sobrino, que estaba lejos, en el norte. Mلs que nunca. «Los augurios...» --Como decيa, respeto.
_____ 6 _____ La estepa de Jiunati «Se dice: un hombre nace de su madre y se alimenta de su madre. Después se alimenta de la tierra, y la tierra pasa a su interior, cogiendo y dando una pizca de polvo cada vez, hasta que el hombre ya no es de su madre, sino de la tierra.» Proverbio scylvendio «... Y en el antiguo sheyico, el idioma de las castas dominantes y religiosas del Nansurium, skilvenas significaba "catلstrofe" o "apocalipsis", como si los scylvendios de algْn modo hubieran trascendido el papel de los pueblos en la historia y se hubieran convertido en un principio.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Principios de verano, aٌo del Colmillo 4110, la estepa de Jiunati Cnaiur urs Skiotha encontr َal Rey-de-Tribus y los demلs apiٌados en la cima del risco, que les proporcionaba una vista panorلmica de las montaٌas Hethanta y el ejército nansur, que estaba acampado mلs abajo. Deteniendo el avance de su caballo, observ d َ esde la distancia mientras el corazَn le latيa como si la sangre se le hubiera espesado m لs de la cuenta. Por un momento, se sintiَ como un niٌo excluido por sus hermanos mayores y sus pérfidos amigos. No le hubiera sorprendido oي r insultos flotando en el aire. «؟Por qué me deshonran de este modo?» Pero él ya no era un niٌo; era el muy sangriento caudillo de Utemot, un experimentado guerrero scylvendio, de mلs de cuarenta y cinco veranos. Poseيa ocho esposas, veintitrés esclavos y mلs de
trescientas cabezas de ganado. Era padre de treinta y siete hijos, diecinueve de ellos legيtimos. Tenيa los brazos cubiertos de swazond, trofeos rituales en forma de cicatriz, de mلs de doscientos enemigos muertos. Era Cnaiur, el-que-destroza-caballos-y-hombres. «Podrيa matar a cualquiera de ellos. ،Machacarlos hasta dejarlos cubiertos de sangre! ؟Y sin embargo me ofenden asي? ؟Qué he hecho?» Pero como cualquier asesino, conocيa la respuesta. El atropello no se debيa a su deshonra, sino a la presunciَn de que la conocيan. Llameante entre cimas cubiertas de nieve, el sol baٌaba a los caudillos congregados bajo el pلlido oro de la maٌana. Parecيan guerreros de distintas naciones y eras pese a que los veteranos de la batalla de Zirkirta llevaban los cascos puntiagudos de los kianene. Algunos vestيan antiguos corsés escamados; otros, cotas de malla y corazas de distinta procedencia, botines de prيncipes y nobles inrithi hacيa mucho tiempo fallecidos. Sَlo los brazos cubiertos de cicatrices, los rostros pétreos y el pelo negro largo les delataban como el Pueblo de la Guerra, como scylvendios. Xunnurit, el Rey-de-Tribus por elecciَn, estaba sentado entre ellos, con el brazo izquierdo firmemente apoyado en el muslo, y el derecho, se ٌalando hacia la distancia. El jinete que estaba a su lado apuntَ en esa direcciَn con la luna creciente llena de muescas que era su arco. Cnaiur vislumbrَ una flecha de abedul volando a través del cielo y vio cَmo desaparecيa al otro lado de la hierba que habيa junto al rيo. «Estلn midiendo distancias --pens ,--lo َ cual sَlo puede significar que tienen planeado el asalto«. «Sin m« ؟.يPodيan simplemente haberse olvidado? Maldiciendo, Cnaiur dirigiَ su montura hacia ellos. Mantuvo la cara girada hacia el este para librarse de la indignidad de sus miradas burlonas. El rيo Kiyuth cruzaba la superficie del valle, negro excepto all يdonde habيa rلpidos poco profundos congelados. Incluso desde la distancia, podيa ver cَmo el ejército de Nansur habيa ocupado la orilla, y entonces talaba los لlamos que quedaban y los arrastraba sirviéndose de grupos de caballos. Fortificado con trincheras y empalizadas, el campamento imperial estaba aproximadamente a un kilَmetro de distancia. Era un gran rectلngulo de innumerables tiendas y carromatos bajo la montaٌa que los memorialistas llamaban Sakthuta, los Dos Toros. Tres dيas antes, esa visiَn le habيa sorprendido y consternado. Que los nansur entraran en sus territorios era ya una afrenta, pero que clavaran postes y erigieran muros...
Entonces, con todo, sَlo le llenaba de presagios. Mostrando los dientes, se introdujo entre sus hermanos caudillos. --،Xunnurit! --bram ؟.--َPor qué no he sido llamado? El Rey-de-Tribus maldijo y tirَ de las riendas de su caballo para encararle. La brisa matinal rizaba los adornos de piel de lobo de su casco de batalla kianene. Observَ a Cnaiur con un evidente desprecio. --Fuiste llamado como los demلs, utemot. Cnaiur habيa conocido a Xunnurit sَlo cinco dيas antes, poco después de llegar con sus guerreros utemot. Se cayeron mal mutua e inmediatamente, como les sucede a los pretendientes de una misma mujer bella. El desprecio de Xunnurit, y Cnaiur no tenيa ninguna duda, se debيa a los escandalosos rumores sobre la muerte de su padre, ya antiguos. Ignoraba por completo, sin embargo, las razones de su propia antipatيa. Quiz لsolamente habيa correspondido al desdén con mلs desdén. Quiz لera el bordado de seda de la tْnica de vellَn de Xunnurit, o la enquistada vanidad de su sonrisa. El odio no necesitaba razones, aunque sَlo fuera porque habيa tantas y tan fلciles de explicar. --No deberيamos atacar --dijo Cnaiur sin rodeos--. Esto es una locura juvenil. La desaprobaciَn pendيa en el aire como el almizcle en la brisa matutina. Los otros caudillos le escudriٌaron con expresiَn cauta. A pesar de los rumores que sin lugar a dudas habيan tenido que oيr, los brazos despellejados de Cnaiur exigيan una mezquina deferencia. Cnaiur sab يa que ni uno solo de aquellos hombres habيa matado a la mitad que él. Xunnurit se inclinَ y escupiَ sobre la hierba, un gesto de falta de respeto. --؟Locura? Los nansur cagan, mean y atizan culos en nuestra tierra santa, utemot. ؟Qué preferirيas que hiciera? ؟Negociar? ؟Capitular y rendir tributo a Conphas? Cnaiur se debatiَ entre desacreditar al hombre o desacreditar sus planes. --No --respondiَ, optando por la sabidurيa en lugar de la calumnia--. Yo preferirيa esperar. Tenemos a Ikurei Conphas atrapado. --Alzَ una mano de dedos gruesos y la cerrَ en un puٌo--. Sus caballos necesitan buen forraje; los nuestros, no. Sus hombres estلn acostumbrados a los techos, las almohadas, el vino y las comodidades de las mujeres fلciles, mientras los nuestros duermen en sus sillas y sَlo necesitan la sangre de su caballo como sustento. A medida que los dيas pasen, el cervatillo empezar لa correr a través de sus corazones y el chacal a través de sus
estَmagos. Tendrلn miedo y hambre. Sus fortificaciones de tierra y madera les olerلn mلs a cautiverio que a seguridad. Y pronto, ،la desesperaciَn los llevar لa nuestro terreno! Un sordo estruendo recorriَ la asamblea de caudillos, y Cnaiur mirَ cada una de aquellas caras curtidas. Algunos eran jَvenes y estaban ansiosos por derramar sangre, pero la mayorيa tenيan el sَlido conocimiento de muchas campaٌas; caras mلs viejas, como la suya. Eran hombres que habيan sobrevivido a las muchas impaciencias de la juventud y, a pesar de eso, seguيan en el momento لlgido de su fuerza y advertيan la sabidurيa de sus palabras. Pero Xunnurit no parecيa muy impresionado. --Siempre el tلctico, ؟eh, utemot? Dime, Cnaiur urs Skiotha, si entraras en tu yaksh y encontraras a un grupo de hombres asaltando a tus esposas, ؟qué tلctica adoptarيas? ؟Esperarيas en una emboscada fuera, donde tendrيas mلs posibilidades de tener éxito? ؟Esperarيas hasta que hubieran terminado de profanar tu hogar y tuْ tero? Cnaiur soltَ una risotada mientras advertيa por primera vez que a Xunnurit le faltaban dos dedos de la mano izquierda. ؟Podrيa el muy idiota hacer un nudo? --La ladera de las Hethanta es algo muy distinto a mi yaksh, Xunnurit. --؟Lo es? ؟Es esto lo que nos cuentan los memorialistas? Lo que sorprendiَ a Cnaiur no fue tanto la astucia del hombre como darse cuenta de que lo habيa subestimado. Los ojos de Xunnurit refulgieron de triunfo. --No. Los memorialistas dicen que nuestra batalla es nuestro hogar, nuestra tierra y nuestroْ tero, nuestro cielo y nuestro yaksh. Hemos sido violados, como si Conphas hubiera poseيdo a nuestras mujeres y hubiera roto nuestros hogares. Violados. Profanados. Humillados. No estamos para calcular ventajas tلcticas, utemot. --؟Y qué hay de nuestra victoria sobre los fanim en Zirkirta? --preguntَ Cnaiur. La mayorيa de los hombres presentes habيan estado en Zirkirta ocho aٌos antes, donde él mismo habيa abatido a Hasjinnet, el general kianene. --؟Qué pasa con eso? --؟Cuلnto tiempo tardaron las tribus en replegarse ante los kianene? ؟Cuلnto tiempo sangramos antes de romperles la espalda? Dedicَ a Xunnurit una sonrisa macabra, la que con tanta frecuencia llevaba a las lلgrimas a sus esposas. El Rey-de-Tribus se puso tenso.
--Pero eso... --؟Es distinto, Xunnurit? ؟Cَmo puede una batalla ser como un yaksh y, sin embargo, no ser como otra batalla? En Zirkirta, tuvimos paciencia. Esperamos, y al hacerlo, destruimos completamente a un poderoso enemigo. --Pero no es simplemente una cuestiَn de esperar, Cnaiur --gritَ una tercera voz. Era Oknai Un Ojo, el caudillo de la poderosa tribu munuati, del interior--. La cuestiَn es cuلnto tiempo debemos esperar. Pronto empezarلn las sequيas, y los que procedemos del corazَn de la estepa debemos llevar a nuestros rebaٌos a los pastos veraniegos. Numerosos gritos siguieron a la intervenciَn, como si ésa fuera la primera cosa razonable que se decيa. --Ciertamente --aٌadi َXunnurit, repuesto gracias a su inesperado apoyo--. Conphas ha venido bien pertrechado, con un convoy de equipaje mلs grande que su ejército. ؟Cuلnto tiempo nos harيas esperar antes de que el cervatillo y el chacal royeran sus corazones y َ acia los demل sus estَmagos? ؟Un mes? ؟Dos? ؟Seis, incluso-- ?Se gir h s y se vio reconfortado por una oleada de asentimientos guturales. Cnaiur se pasَ la mano por el cuero cabelludo y escudriٌَ los rostros hostiles que le rodeaban. Comprendيa sus preocupaciones porque también eran las suyas. Una ausencia demasiado prolongada planteaba excesivos peligros. Los rebaٌos desatendidos significaban lobos, pestes, incluso hambrunas. Si uno aٌadيa a eso la amenaza de las revueltas de los esclavos, las esposas dيscolas y, para las tribus de la frontera septentrional de la estepa como la suya, los sranc, entonces el atractivo de un regreso precipitado era irresistible. Se girَ hacia Xunnurit. Se daba cuenta de que la decisiَn de atacar no era algo que el hombre hubiera impuesto a los demلs. Aunque eran conscientes de que la prisa era la maldiciَn de la sabidurيa, querيan que la guerra concluyera rلpidamente, mucho mلs de lo que lo habيan querido en Zirkirta. Pero ؟por qué? Todos los ojos estaban en él. --؟Y bien? --preguntَ Xunnurit. ؟Pretendيa eso Ikurei Conphas? Supuso que resultarيa bastante f لcil conocer las diversas exigencias que las estaciones planteaban al Pueblo de la Guerra. ؟Habيa elegido Conphas deliberadamente las semanas anteriores a la sequيa estival? Las implicaciones de esa idea marearon a Cnaiur. De repente, todo lo que habيa observado y habيa oيdo desde que se habيa unido a las huestes tenيa un significado distinto: la sodomيa de sus prisioneros
scylvendios, las embajadas burlonas, incluso el posicionamiento de sus retretes... Todo calculado para incitar al Pueblo de la Guerra a atacar. --؟Por qué? --preguntَ abruptamente Cnaiur--. ؟Por qué iba Conphas a traer tantas provisiones? Xunnurit soltَ una risotada. --Porque esto es la estepa. No hay forraje. --No. Porque espera una guerra de desgaste. --،Exactamente! --exclamَ Xunnurit--. Pretende esperar hasta que el hambre obligue a las tribus a disolverse. --؟Disolverse? --gritَ Cnaiur, consternado porque su punto de vista pudiera ser tan fلcilmente pervertido--. ،No! Pretende esperar hasta que el hambre o el orgullo obliguen a las tribus a atacar. La audacia de su afirmaciَn provocَ gritos entre los all يreunidos. Xunnurit riَ a la manera atribulada de los que han confundido la ingenuidad con la sabidurيa. --Tْ, utemot, vives lejos del Imperio --dijo como si le estuviera perdonando la vida a un idiota--, de modo que tal vez tu ignorancia de la polيtica imperial sea de esperar. ؟Cَmo ibas a saber que la estatura de Ikurei Conphas crece mientras que la de su tيo, el Emperador, se tambalea? Hablas como si Ikurei Conphas hubiera sido mandado aquي para conquistar, cuando en realidad ha sido enviado aqu ي،para morir! --؟Bromeas? --gritَ Cnaiur, exasperado--. ؟Has mirado sus huestes? Su caballerيa de élite, sus auxiliares norsirai, prلcticamente todas las columnas del Ejército Imperial, ،hasta la Guardia Eَtica del Emperador! Han vaciado el ejército para reunir esta expediciَn. Se han incumplido tratados, se han prometido y gastado fortunas en oro. ةste es un ejército de conquista, no una procesiَn fْnebre por... --،Pregunta a los memorialistas! --espetَ Xunnurit--. Otros emperadores han sacrificado tanto como eso, si no mلs. Xerius tenيa que engaٌar a Conphas, ؟no es as?ي --،Bah! ،Y tْ dices que los utemot no saben nada del Imperio! El Nansْrium es un lugar sitiado. ،No puede permitirse perder ni siquiera una parte de su ejército! Xunnurit se inclinَ hacia adelante en su montura y alzَ el puٌo en un gesto amenazador. Sus cejas se hundieron sobre los ojos resplandecientes. Los orificios nasales le brillaron. --Entonces, ،mلs razَn para aplastarlo ahora! Después, ،avanzaremos hacia el Gran Mar arrasando como nuestros padres de antaٌo! ،Destruiremos sus templos, dejaremos embarazadas a sus hijas, decapitaremos a sus hijos!
Para alarma de Cnaiur, gritos de adhesiَn estallaron al viento matutino. Los silenciَ con una mirada asesina. --؟Sois todos una panda de borrachos ciegos? ،Qué mejor razَn para dejar que los nansur se consuman! ؟Qué creéis que harيa Conphas si estuviera entre nosotros? ؟Qué...? --،Sacarse mi espada del culo! --gritَ alguien, lo que provocَ una explosiَn de carcajadas desbordantes. Cnaiur pudo percibir entonces la jocosa camaraderيa, que en realidad se reducيa a poco mلs que una conspiraciَn para reيrse de un hombre, siempre el mismo, independientemente de cuلl fuera su llamada a las armas o al intelecto. Sus labios se fruncieron hasta formar una mueca. Le habيan juzgado hacيa muchos aٌos y le habيan encontrado carencias. «Pero los indicadores son incesantes...» --،No! --gritَ Cnaiur--. ،Se reirيa de vosotros como vosotros os reيs de m !يDirيa que a un perro hay que conocerlo para domarlo, ،y yo conozco a esos perros! ،Mejor de lo que se conocen a s يmismos! --Su voz y su expresiَn habيan adoptado un tono lastimero; tratَ de sofocarlo--. Escuchad. ،Debéis escucharme! Conphas est لjugando incluso con esta misma reuniَn: con nuestra arrogancia, con nuestros... pensamientos habituales. ،Ha hecho todo lo que ha estado en su mano para provocarnos! ؟No lo veis? Nosotros decidimos su genio en el campo de batalla. Sَlo nosotros podemos dejarle en ridيculo. Y hacer lo que mلs le aterroriza, aquello que ha querido prevenir con todos sus medios. ،Debemos esperar! ،Esperar a que él venga a por nosotros! Xunnurit le observaba fijamente, con los ojos refulgentes de deleite. Entonces sonreيa con sorna. --Los hombres te llaman Cnaiur, el que Mata Hombres; hablan de tu destreza en el campo de batalla, de tu infinita hambre de santas matanzas. Pero ahora --negَ con la cabeza en un gesto de reprensiَn--, ؟ ha desaparecido esa hambre, utemot? ؟Debemos llamarte ahora Cnaiur, el que Mata el Rato? Mلs carcajadas salidas del fondo de sus corazones, graves, ordinarias, honestas al modo de la gente sencilla, pero a la vez teٌidas de un regocijo desagradable: el sonido de hombres de poca valيa deleitل ndose en la degradaciَn de otro de mلs. A Cnaiur le zumbaban los oي dos. La tierra y el cielo se encogieron hasta que todo el mundo se convirtiَ en una suma de rostros con los dientes amarillos, riéndose. La percibiَ revolviéndose en su interior, su segunda alma, la que emborronaba el sol y manchaba de sangre la tierra. Sus risotadas
titubearon ante su amenaza. Su mirada hostil barriَ las sonrisas de sus caras. --Maٌana --declarَ Xunnurit, guiando nerviosamente a su caballo hacia el distante campamento nansur-- sacrificaremos una naciَn entera al Dios-Muerto. ،Maٌana pasaremos un Imperio a cuchillo!
Balanceلndose en silencio sobre las monturas de madera, innumerables jinetes avanzaron a través de la hierba helada y grisلcea a causa del rocيo matinal. Habيan pasado casi ocho aٌos desde la batalla de Zirkirta, ocho aٌos desde que Cnaiur habيa sido testigo porْ ltima vez de una reuniَn del Pueblo de la Guerra como aquélla. Grandes congregaciones seguيan a sus caudillos y cubrيa una extensiَn de laderas y cumbres de una milla. Ocultos tras grupos de lanzas levantadas, cientos de pendones sobresalيan de las masas, seٌalando tribus y federaciones de toda la estepa. ،Tantos! ؟Era consciente Ikurei Conphas de lo que habيa hecho? Los scylvendios eran rebeldes por naturaleza, y aparte de sus rituales escaramuzas en la frontera con el Nansurium, se pasaban la mayor parte del tiempo asesinلndose entre ellos. Su aficiَn a las regaٌinas y la aniquilaciَn recيproca era el mayor baluarte del Imperio contra su raza; mلs incluso que Hethanta, el que arrasaba el cielo. Al invadir la estepa, Conphas habيa unido al Pueblo de la Guerra y habيa puesto al Imperio bajo la amenaza del mayor peligro experimentado por toda una generaciَn. ؟Qué podيa haber provocado que asumiera ese riesgo? Sin ninguna razَn aparente, Ikurei Xerius III se habيa jugado el Imperio por su sobrino. ؟Qué promesas le habيa hecho Conphas? ؟Qué circunstancias le habيan motivado? No todo era como parecيa; Cnaiur estaba seguro de eso. Y sin embargo, mientras contemplaba los campos de jinetes armados, no pudo evitar arrepentirse de sus recelos pasados. Dondequiera que mirara, veيa adustos, belicosos jinetes, con pedazos de cuero clavados en sus escudos circulares, con los caballos guarnecidos con faldones hechos de monedas nansur y kianene saqueadas. Miles y miles de scylvendios, endurecidos por crueles estaciones y una guerra inacabable, se habيan unido como en los dيas legendarios. ؟Qué esperanzas podيa tener Conphas?
Los cuernos nansur atronaron desde detrلs de las montaٌas y asustaron a los hombres y los caballos por igual. Todos los ojos se volvieron hacia el largo risco que oscurecيa el valle. El caballo de Cnaiur resoplَ, hizo una cabriola y agitَ en el aire las cabelleras que adornaban sus bridas. --Pronto --murmurَ, tranquilizando la cabeza retozona del caballo con una mano firme--, pronto estallar لla locura. Cnaiur siempre recordaba las horas previas a la batalla como insoportables, y debido a ello, cuando tenيa que pasar por el trance invariablemente se sorprendيa. Habيa momentos en los que la enormidad de lo que iba a suceder se apoderaba de él y le dejaba aturdido como un hombre que acabara de evitar una caيda mortal. Pero esos momentos eran pasajeros. En buena medida, esas horas transcurr يan como las demلs, mلs ansiosas quizل, y puntuadas de fogonazos de odio y turbaciَn, pero tan tediosas como las demلs. En buena medida, necesitaba recordarse la locura que iba a desencadenarse. Cnaiur fue el primero de los miembros de su tribu en llegar a la cima del risco. Ardiendo entre dos montaٌas de formas incisivas, el sol naciente los cegaba, y pasَ un largo rato antes de que Cnaiur pudiera discernir las lejanas columnas del Ejército Imperial. Falanges de infanter يa formaban un gran grupo segmentado en el campo abierto, entre el rي o y el campamento fortificado de los nansur. Soldados de vanguardia a caballo se alineaban en las abruptas laderas que habيa ante ellos, preparados para hostigar cualquier intento scylvendio de cruzar el Kiyuth. Como si dieran la bienvenida a su antiguo enemigo, los cuernos nansur retronaron de nuevo y provocaron estremecimientos a través del crudo aire matinal. Un fuerte grito surgiَ de entre las columnas, seguido del hueco repiqueteo de los golpes de las espadas en los escudos. Mientras las otras tribus se reunيan a lo largo del risco, Cnaiur escudriٌَ a los nansur con una mano levantada contra el sol. El hecho de que ocuparan el terreno central en lugar de la orilla oriental del rيo no le sorprendiَ, aunque imaginaba que Xunnurit y los demلs estarيan en ese momento tratando de cambiar sus planes a toda prisa. Intentَ contar las columnas --las formaciones parecيan extraordinariamente amplias--, pero tuvo dificultades para concentrarse. La absurda magnitud de sus circunstancias le pesaba como algo palpable. ؟Cَmo podيan suceder cosas asي? ؟Cَmo podيan naciones enteras...? Bajَ la cabeza y se frotَ la nuca, ensayando la letanيa de recriminaciones que siempre consumaban esos pensamientos tan culpables. Vio mentalmente a su padre, Skiotha; la cara se le iba
ennegreciendo mientras se ahogaba en el barro. Cuando levantَ la mirada, sus pensamientos estaban tan ausentes como su expresiَn. Conphas, Ikurei Conphas era el centro de lo que iba a suceder; no, Cnaiur urs Skiotha. Una voz le sobresaltَ: Bannut, el hermano de su padre. --؟Por qué se han desplegado tan cerca de su campamento? --El viejo guerrero se aclarَ la garganta, un sonido como el de las monedas del bajo vientre de los caballos--. Creيa que se valdrيan del rيo para impedir que cargلramos. Cnaiur retomَ su evaluaciَn del Ejército Imperial. El vértigo del inminente derramamiento de sangre le recorriَ las extremidades. --Porque Conphas necesita una batalla decisiva. Quiere que extendamos nuestras lيneas en su lado del rيo. Negarnos espacio de maniobra y obligarnos a un enfrentamiento a todo o nada. --؟Est لloco? Bannut tenيa razَn. Conphas estaba loco si creيa que sus hombres podrيan imponerse en una batalla campal. Desesperados, los kianene habيan hecho una intentona similar en Zirkirta ocho aٌos antes, pero no habيan logrado mلs que un desastre. El Pueblo de la Guerra no se ven يa abajo. Una carcajada aflorَ entre los murmullos de los parientes que le rodeaban. Cnaiur girَ la cabeza. ؟Se reيan de él? ؟Estaba alguien riéndose de él? --No --respondiَ, distante, observando a esos hombres por encima del hombro de Bannut--. Ikurei Conphas no est لloco. Bannut escupiَ, un gesto destinado, o al menos eso le pareciَ a Cnaiur, al Exalto-General nansur. --Hablas como si le conocieras. Cnaiur mirَ directamente al anciano, tratando de descifrar qué significaba el tono indignado de su voz. En cierto sentido, conocيa a Conphas. Mientras hacيa incursiones en el Imperio el otoٌo anterior, hab يa capturado a numerosos soldados nansur, hombres que parloteaban sobre el Exalto-General con una adoraciَn que habيa despertado el interés de Cnaiur. Con carbones calientes y preguntas severas, habيa descubierto muchas cosas de Ikurei Conphas, de su brillantez en las Guerras Galeoth, de sus audaces tلcticas y su novedoso régimen de entrenamiento; suficiente como para saber que era distinto de cualquier otro con el que se hubiera encontrado en el campo de batalla. Pero ese conocimiento era inservible con viejas serpientes como Bannut, que nunca le habيa perdonado el asesinato de su padre.
--Cabalga hasta Xunnurit --le ordenَ Cnaiur, sabiendo perfectamente que el Rey-de-Tribus no prestarيa la menor atenciَn a un mensajero utemot--. Descubre cuلles son sus intenciones. Bannut no se dejَ engaٌar. --Me llevaré a Yursalka conmigo --dijo con la voz quebrada--. Se casَ con una de las hijas de Xunnurit, la deforme, la primavera pasada. Quiz لel Rey-de-Tribus se acuerde de su generosidad. --Bannut volviَ a escupir, como si quisiera subrayar lo que habيa dicho, y espoleَ para mezclarse con el resto de utemot. Durante un largo rato, Cnaiur permaneciَ sentado, sombrيo, en su caballo, contemplando absorto cَmo los abejorros se lanzaban entre las cabezas inclinadas de los tréboles morados del suelo. Los nansur siguieron aporreando sus distantes escudos. El sol, lentamente, envolvi َ el valle con su cلlido abrazo. Los caballos piafaban de impaciencia. Mلs cuernos sonaron mientras tanto, y los nansur detuvieron su clamor. El rumor de los murmullos de sus parientes se desvaneciَ y una creciente ira sustituyَ a la pena en su pecho. Siempre hablaban entre sي y nunca con él; era como si fuera un hombre muerto para ellos. Pensaba en todos aquellos a los que habيa matado los primeros aٌos después de la muerte de su padre, todos esos utemot que trataban de arrancarle al Yaksh Blanco del caudillo el deshonor de su nombre. Siete primos, un t يo y dos hermanos. Un odio terco se desbordَ en su interior, un odio que le aseguraba que no cederيa, por muchas indignidades que hubiera de sufrir, por muchos susurros o miradas cautelosas que tuviera que soportar. Matarيa a todos y a cualquiera, enemigo o igual, antes de ceder. Fijَ la mirada en el atestado paisaje del ejército de Conphas. «؟Te mataré hoy, Exalto-General? Creo que sي.» Unos sْbitos gritos llamaron su atenciَn a la izquierda. Al otro lado de la muchedumbre de brazos y caballos, vio el pendَn de Xunnurit ondeando contra el cielo. Colas de caballo teٌidas se agitaban arriba y abajo, transmitiendo la orden de que avanzaran lentamente. Mلs lejos, al norte, grupos de scylvendios ya habيan empezado a descender por las laderas. Gritando a los miembros de su tribu, Cnaiur espoleَ su caballo hacia el rيo, pisoteando los tréboles y ahuyentando a los abejorros. El rocيo se habيa evaporado y la hierba, entonces, hacيa un ruido لspero bajo las espinillas de su caballo. El aire olيa a tierra calentلndose. Las huestes scylvendias cubrieron lentamente el extremo oriental del valle. Abriéndose paso a través de los matorrales de los terrenos
que flanqueaban el rيo, Cnaiur vislumbrَ a Bannut y Yursalka dirigiéndose hacia él a través de campo abierto; los estuches con sus arcos se balanceaban a la altura de las caderas, y los escudos rebotaban sobre las ancas de los caballos. Saltaron por encima de la maleza, y Bannut estuvo a punto de caer del caballo a un profundo barranco. Al cabo de un instante estaban colocando sus monturas en paralelo a la de Cnaiur. Por alguna razَn, parecيan todavيa mلs extraٌamente cَmodos que de costumbre. Después de dedicar una mirada conspiratoria a Bannut, Yursalka mirَ a Cnaiur con unos ojos inexpresivos. --Vamos a tomar el extremo meridional del fuerte; después, nos posicionaremos frente a la Columna Nasueret, a la izquierda del enemigo. Si Conphas avanza antes de que hayamos recuperado la posiciَn, vamos a retirarnos hacia el sur y atacar sus flancos. --؟Xunnurit te ha contado todo esto? Yursalka asintiَ con cuidado. Bannut le mirَ; en sus viejos ojos refulgentes habيa una satisfacciَn maliciosa. Balanceلndose al paso de su caballo, Cnaiur mirَ por encima del Kiyuth, que avanzaba por entre los estandartes de color carmes يa la izquierda del Ejército Imperial. Encontrَ el pendَn de la Columna Nasueret rلpidamente: el Sol Negro de Nansur partido por el ala de una لguila, con el sيmbolo sheyico del nueve bordado en oro debajo. Bannut se aclarَ la garganta de nuevo. --La Novena Columna --dijo con aprobaciَn--. Nuestro Rey-de-Tribus nos honra. Si bien tradicionalmente estaban apostados en la frontera kianene del Imperio, se rumoreaba que los hombres de la Nasueret se encontraban entre los mejores del Ejército Imperial. --O eso, o nos est لllevando al asesinato --rectificَ Cnaiur. Quiz لXunnurit esperaba que las duras palabras que habيan intercambiado el dيa anterior tuvieran consecuencias drلsticas. «Todos me quieren muerto.» Yursalka espetَ algo ininteligible, y después, se alejَ trotando. Cnaiur imaginَ que buscarيa una compaٌيa mلs honorable. Bannut sigui َ al lado de Cnaiur, pero no dijo nada. Cuando el Kiyuth estuvo tan cerca que olieron su glacial antigüedad, varios destacamentos se separaron de las lيneas scylvendias y galoparon a través de los muchos vados del rيo. Cnaiur observَ esas cohortes con aprensiَn, sabedor de que su inmediata fortuna revelarيa en buena medida las intenciones de Conphas. Los
soldados de vanguardia nansur al otro lado del rيo cayeron sobre ellos, se dispersaron y echaron a correr, acribillados por descargas de flechas. Los scylvendios los siguieron hacia el grueso del Ejército Imperial; después, giraron y galoparon en paralelo a las lيneas nansur, disparando nubes de flechas desde la grupa de los caballos, que avanzaban al galope. Mلs y mلs cohortes se unieron a ellos; guiaban sus caballos solamente mediante las espuelas, los gritos y las rodillas. Pronto, miles cruzaban las lيneas imperiales. Cnaiur y sus utemot atravesaron el Kiuth bajo la cobertura de esos merodeadores y dejaron rastros de agua al ascender por la orilla opuesta. Después, cabalgaron rلpidamente hacia su nueva posiciَn frente a la Nasueret. Cnaiur sabيa que el momento de cruzar el rيo y reubicarse serيa crيtico, y durante todo el proceso esperَ oيr el sonido de los cuernos nansur seٌalando su avance. Pero el Exalto-General mantuvo sus columnas inmَviles, y permiti q َ ue los scylvendios se reunieran formando una gran media luna a lo largo de la orilla del rيo. ؟Qué estaba haciendo Conphas? Al otro lado del campo, sobre una hierba tan desigual como la barba juvenil, les esperaba el Ejército Imperial. Cnaiur mirَ una fila tras otra de figuras con escudo, cargadas con armaduras e insignias, con faldas de cuero rojo y arneses revestidos de hierro con ribetes de malla. Innumerables y anَnimos, pronto morirيan por sus pecados. Los cuernos bramaron. Miles de espadas golpearon como una sola. Y a pesar de todo, un asombroso silencio se habيa posado sobre el campo de batalla, como si todos inspiraran a la vez. Una brisa cruzَ el valle y arrastrَ el olor de caballos, cuero sudoroso y hombres sin lavar. El roce y el ruido de las vainas y los arneses le recordَ a Cnaiur su propia armadura. Con las manos tan ligeras como vejigas llenas de aire, comprobَ las cintas de su casco esmaltado blanco, un trofeo de su victoria sobre Hasjinnet en Zirkirta, y después los nudos de su pechera revestida de oro. Se balanceَ por la cintura sobre su montura para flexionar sus mْsculos y aliviar la tensiَn. Susurrَ un homenaje en memoria del Dios-Muerto. Las tribus reunidas se intercambiaron sيmbolos de crin, y Cnaiur gritَ algunasَ rdenes a sus parientes. Se formَ la primera oleada de lanceros que cabalgarيa a su lado. Se ataron los escudos al cuello. Percibiendo el escrutinio de Bannut, Cnaiur se girَ hacia él; su expresiَn lo intranquilizَ. --Tْ --dijo el viejo guerrero-- deberيas ser juzgado por este dيa, Cnaiur urs Skiotha. El juicio es incesante.
Cnaiur mirَ con la boca abierta al hombre, transido de furia y asombro. --ةste no es el lugar, tيo, para revivir viejas heridas. --No se me ocurre un lugar mejor. Preocupaciones, sospechas y premoniciones le acuciaron, pero no habيa tiempo. Los soldados de vanguardia se estaban batiendo en retirada. En la distancia, las lيneas de jinetes se separaban de las grandes huestes en direcciَn a las falanges del Ejército Imperial. El peregrinaje habيa terminado; la adoraciَn iba a empezar. Con un grito, ordenَ a los utemot que avanzaran al trote. Algo parecido al miedo le atenazaba, una sensaciَn de caيda, como si estuviera en lo alto de un precipicio. Al cabo de un instante, se encontraron a tiro de los arqueros nansur. Gritَ, y sus lanceros espolearon los caballos, que se pusieron a galopar, y sostuvieron los escudos contra los hombros y las alforjas de la montura. Cruzaron un raquيtico matorral de zumaques. Las primeras saetas susurraron entre ellos; cortando el aire como si fuera tela, impactaron contra escudos, suelo, carne. Una le rozَ el hombro; otra se hundiَ un dedo en la lلmina de cuero de su escudo. Cruzaron al galope una extensiَn de hierba lisa, haciendo acopio de un يmpetu mortal. Mلs flechas descendieron sobre ellos, y ya eran menos. Bufidos de los caballos, repiqueteo de las flechas, después sَlo el sonido seco de mil cascos sobre la hierba. Con la cabeza gacha, Cnaiur observَ a los soldados de infanterيa de la Columna Nasueret preparلndose. Bajaron las picas, y eran las picas mلs largas que jamلs habيa visto. El aliento contenido por la vacilaciَn. Después espoleَ el caballo para que corriera mلs, blandiَ la lanza y aullَ el grito de guerra utemot. Sus parientes respondieron, y el aire temblَ: «،Guerra y culto!». Pasَ volando por encima de macizos de hierbajos y flores silvestres. Su tribu cabalgaba con él, extendida como dos grandes brazos. Alcanzado en el pecho, el caballo se inclinَ y cayَ sobre la hierba de la estepa. Cnaiur se golpeَ contra matojos y espinillas, y se desgarrَ el hombro y el cuello. Por un instante, estuvo enredado entre patas. Se estremeciَ bajo una sombra aplastante, pero nada sucediَ. Empujَ para liberarse, y arrojَ a un lado su escudo, desenvainَ la espada y tratَ de comprender el sentido de la confusiَn que lo rodeaba. Muy cerca, al alcance de la mano, un caballo sin jinete daba patadas en cيrculo para golpear a los nansur. Fue destripado hasta morir por unos hombres que avanzaban tan juntos que parecيan unidos con clavos. Las filas nansur seguيan en buena medida indemnes, y luchaban
con terca profesionalidad. Los utemot, de repente, parecيan agrestes y endebles ante ellos, empobrecidos por su cuero sin teٌir y su armadura robada. Por todas partes, sus parientes estaban siendo masacrados. Cnaiur vio cَmo Okkiurm, su primo, era derribado del caballo mediante unos ganchos y aporreado en el suelo. Observَ cَmo su sobrino Maluti se revolvيa bajo espadas que se cernيan sobre él, todavيa bramando el grito de guerra utemot. ؟Tantos habيan caيdo ya? Oteَ la extensiَn de terreno que quedaba a su espalda, esperando encontrar la segunda oleada de lanceros utemot. Con la sola excepciَn de un caballo solitario que renqueaba hacia el rيo, el terreno estaba vac يo. Vio que, en la distancia, los miembros de su tribu se arremolinaban en sus posiciones originales; observaban cuando debيan estar cabalgando. ؟Qué estaba sucediendo? ؟Traiciَn? ،Traiciَn! Buscَ a Bannut, le encontrَ encogido sobre la hierba, cerca, tocلndose el estَmago como si acunara un juguete. Un nansur saliَ dando tumbos de la riٌa y levantَ su puٌal para clavلrselo en el cuello a Bannut. Cnaiur agarrَ una pesada jabalina del suelo y se la lanzَ. El soldado le vio y, estْpidamente, alzَ el escudo. La jabalina perforَ la parte superior, y el soldado tuvo que bajarlo a causa del peso. Cnaiur saltَ hacia él, cogiَ la jabalina y violentamente ensartَ al escudo y el hombre. El soldado de infanterيa se sacudiَ y cayَ al suelo sobre las manos y las rodillas, gateَ bajo el sable alzado de Cnaiur y, finalmente, se desplomَ al suelo sin cabeza. Cnaiur cogiَ a Bannut por el arnés y le alejَ a rastras del tumulto. El viejo guerrero se carcajeَ; la sangre le formaba pompas entre los labios. --،Xunnurit recordaba bien el favor que le hizo Yursalka! --gritَ. Cnaiur le mirَ horrorizado. --؟Qué has hecho? --،Matarte! ،Matar al asesino de los suyos! ،El maricَn llorica que hubiera sido nuestro caudillo! Los cuernos atronaron en medio de los rugidos. Entre latidos de su corazَn, Cnaiur vio a su padre en el rostro dolorido de Bannut. Pero Skiotha no habيa muerto asي. --،Te vi esa noche! --dijo Bannut resollando, con la voz cada vez m لs tomada por la agonيa--. Vi la verdad de lo que... --Su cuerpo se acalambrَ y se estremeciَ en una tos incontrolable--. Lo que ha sucedido durante estosْ ltimos treinta aٌos. ،Conté toda la verdad! ،Ahora los utemot serلn liberados de la opresiَn de tu deshonra! --،No sabes nada! --gritَ Cnaiur.
--،Lo sé todo! Vi cَmo le mirabas. ،Sé que era tu amante! ؟Amante? Los ojos de Bannut estaban empezando a tornarse espejos, como si mirara algo sin fondo. --El tuyo es el nombre de nuestra vergüenza --dijo entre jadeos--. ،Por el Dios-Muerto que iba a verlo eliminado! Cnaiur sintiَ que su sangre era como grava. Se girَ y parpadeَ para reprimir las lلgrimas. Llorica. A través de una pantalla de figuras que peleaban y blandيan espadas, vislumbrَ cَmo Sakkeruth, un amigo de la infancia, caيa de su montura. Recordَ haber pescado peces con arpَn junto a él bajo el amplio cielo estival. Recordَ... «No.» Maricَn. ؟Era eso lo que ellos creيan? --،No! --gruٌَ, girلndose hacia Bannut. La vieja ira de hierro, por fin, le habيa encontrado--. Soy Cnaiur urs Skiotha, el-que-detroza-caballos-y-hombres. --Clavَ su espada en la hierba y cogiَ al hombre estupefacto por la garganta--. ،Nadie ha matado a tantos! ،Nadie tiene tantas cicatrices sagradas! Soy la medida de la deshonra y el honor. ،Tu medida! Su tيo tuvo arcadas, y le sacudiَ con las manos empapadas de sangre. Después, se le escapَ toda la fuerza. Ahogado, como se ahogaba a las hijas de los esclavos. Recuperando el sable, Cnaiur se alejَ del cadلver de su tيo, que ten يa una expresiَn ausente, dando tumbos. Los cuerpos de caballos y hombres cubrيan el suelo. Reducidos a bobalicones sin sus monturas, sus utemot retrocedيan ante el fiero muro de soldados de infanterيa. Muchos aullaban a sus distantes parientes, dلndose cuenta de que hab يan sido engaٌados. Un puٌado, vergonzosamente, se vino abajo y corriَ. Otros se reunieron alrededor de Cnaiur. Oficiales imperiales vociferaban por encima del barullo. Las columnas nansur avanzaban. Con la mano izquierda extendida hacia adelante, Cnaiur se quedَ absorto y alzَ el sable hasta que el sol refulgiَ a lo largo de la superficie manchada. Los soldados de infanterيa avanzaron por encima de los caيdos, con los escudos decorados con el Sol Negro y en los rostros una mلscara de desalentador jْbilo. Cnaiur vio que uno lanceaba el cuerpo de Bannut. Entre los oficiales, volvieron a estallar gritos broncos sobre el estrépito de cuernos distantes. De repente, las tres primeras filas cargaron.
Cnaiur se encogiَ y lanzَ su espada contra la protegida espinilla del primer hombre que se dispuso a ir a por él. El muy idiota cayَ. Apartَ el escudo de una patada y le clavَ la hoja en las bandas de la armadura, justo debajo de la axila. Exultaciَn. Liberَ su sable de un tirَn, se dio la vuelta y atacَ a otro, al que le rompiَ la clavيcula a través del arnés. Cnaiur gritَ y alzَ sus brazos llenos de cicatrices, poderosas recompensas de su pasado sangriento. --؟Quién? --rugiَ en su afeminada lengua--. ؟Quién de entre vosotros ser لel que pondr لel cuchillo sobre mis brazos? Un tercero cayَ, vomitando sangre, pero los demلs se cerraron a su alrededor, en clara superioridad, liderados por un oficial con los ojos marmَreos que bramaba «،muere!» con cada golpe de su espada. Cnaiur le complaciَ cortلndole una parte de la mandيbula con los dientes inferiores. Impertérritos, los otros le atacaron con lanzas y escudos, empujلndole por la espalda. Otro oficial se abalanzَ sobre él, un joven noble con el motivo de la Casa Biaxi en el escudo. Cnaiur vio el terror en sus ojos, la conciencia de que el inmenso scylvendio que tenي a delante era algo mلs que humano. Cnaiur le arrancَ el puٌal de las manos, le dio patadas salvajemente, lo golpeَ. El niٌo cayَ de espaldas, temblando y dلndose palmadas en la sangre que le manaba de la entrepierna como si fuera fuego. Le empujaron; estaban tan ansiosos por evitarle como por estar cerca de él. --؟Dَnde estلn vuestros poderosos guerreros? --gritَ Cnaiur--. ،Mostradme a vuestros poderosos guerreros! Con las extremidades bulliendo de una ira devoradora, acabَ con todos ellos, con los débiles y con los fuertes por igual. Luchَ como un loco con el corazَn partido; golpeaba escudos hasta que rompيa los brazos, machacaba figuras hasta que arrojaban penachos de sangre. Las columnas que avanzaban les rodearon, pero Cnaiur y sus utemot mataron y mataron hasta que la hierba a sus pies se convirtiَ en un estiércol sangriento, enmaraٌado de cadلveres. Los nansur amainaron y retrocedieron unos cuantos pasos, mirando boquiabiertos al caudillo utemot. Envainando el sable, Cnaiur saltَ por encima de los cadلveres apilados ante él. Cogiَ a un herido rezagado por el cuello y le aplastَ la trلquea. Rugiendo, levantَ al hombre destrozado por encima de su cabeza. --،Yo soy el saqueador! --grit، .--La َ medida de todos los hombres-- ! Arroj e َ l cuerpo que sostenيa, que cay a َ sus pies--. ؟No hay ningْn hombre entre vosotros? --Escupiَ y después se riَ ante su estupefacto
silencio--. Todos nenas, pues. --Se sacudiَ la sangre de la melena y volvi َ a alzar el sable. Entre los nansur emergieron gritos de pلnico. Muchos se lanzaron contra los hombres que se apretujaban a su espalda, locos por escapar de su trastornado aspecto. Los cascos atronadores abrieron una brecha por entre el barullo de la batalla, y todas las cabezas se giraron. Mلs jinetes utemot explotaron entre ellos, empalando a algunos nansur con largas lanzas y pisoteando a otros. Hubo un breve instante de total confusiَn, y Cnaiur, con la espada ya roma convertida en un tubo de hierro, acabَ con dos mلs. Después, los hombres de la Columna Nasueret huyeron, dejando atrلs armas y escudos mientras corrيan. Cnaiur y sus parientes se encontraron solos, con los pechos jadeantes y la sangre fluyendo por heridas abiertas. --،Ayaaah! --gritaban mientras una cohorte tras otra galopaba huyendo de ellos--. ،Guerra y culto! Pero Cnaiur les ignorَ y se dirigiَ corriendo a la cima de un pequeٌo montيculo. El valle se abrيa ante él, repleto de polvo, humo e incontables miles de hombres luchando. Por un momento, la enormidad del espectلculo lo dejَ sin aliento. Mلs lejos, al norte, vio cَmo divisiones de jinetes scylvendios, oscuros a través de faldas de polvo, giraban sobre sus talones y cargaban contra lo que parecيa una aislada columna nansur. Siguiendo la costumbre de la caballerيa munuati, compaٌيas de jinetes se dirigieron hacia el este entre la columna aislada y el centro, y derribaron a los hombres que huيan. Al principio pensَ que se dirigيan hacia el campamento nansur, pero los observَ y se dio cuenta de que no era asي. El campamento ya ardيa, y Cnaiur vio esclavos, sacerdotes y artesanos nansur colgando y cayendo desde la empalizada. Alguien ya habيa alzado el pendَn de los pulit, la mلs meridional de las tribus scylvendias, en lo que habيa sido la puerta de madera. Tan rلpidamente... Escudriٌَ la locura del centro. Alguien habيa prendido fuego a los hierbajos que quedaban en medio, y a través del humo vio a Xunnurit Akkunihor atrapado contra las resplandecientes aguas negras del Kiyuth, rodeado por todas partes por la Guardia Eَtica y elementos de una columna que no pudo identificar. Caballos y hombres muertos cubr يan la gran franja de tierra entre él y la desesperada posiciَn de Xunnurit. ؟Dَnde estaban los kuoti? ؟Los alkussi? Cnaiur se girَ hacia el oeste, hacia el extremo mلs lejano del rيo --el lado equivocado--, y vio una batalla campal a lo largo de la abrupta cresta del valle. Identificَ a los Kidruhil, la caballerيa de élite del Imperio, que se imponيan a una
destrozada cohorte scylvendia. Vio jinetes nymbricanios, los auxiliares norsirai del Emperador, desaparecer por un risco situado mلs al norte, y las perfectas falanges de lo que parecيan dos columnas intactas marchando en su estela; una de ellas portaba pendones Nasueret... Pero ؟cَmo podيa ser? Sus utemot acababan de aniquilar a la Nasueret, ؟no? ؟Y no habيan sido colocados los Kidruhil en el flanco derecho de los nansur, la posiciَn de honor entre los ketyai, la posiciَn desde la que se encaraba a los pulit... Oيa a sus hombres llamلndole, pero los ignor ؟.Qué َ estaba haciendo Conphas? Una mano le cogiَ el hombro. Era Balait, el hermano mayor de su segunda esposa, alguien a quien siempre habيa respetado. Le habيan cortado el corsé y entonces le colgaba de un hombro. Todavيa llevaba su puntiagudo casco de batalla, pero la sangre le corrيa por la sien izquierda y dibujaba una lيnea entre las salpicaduras. --Venga, Cnaiur --dijo, jadeando--. Othkut nos ha traيdo caballos. El campo de batalla es confuso; debemos reagruparnos para golpear. --Algo pasa, Bala --respondiَ Cnaiur. --Pero los nansur estلn condenados... Su campamento est لen llamas. --Pero poseen el centro. --،Mucho mejor! Los flancos son nuestros, y lo que queda de su ejército ha sido arrastrado a campo abierto. Ahora mismo, ،hasta Oknai Un Ojo lidera a sus munuati para liberar a Xunnurit! ،Nos cerraremos sobre ellos como un puٌo! --No --dijo Cnaiur con expresiَn ausente, observando cَmo los Kidruhil se abrيan camino a golpes por encima de la cresta--. ،Algo pasa! Conphas nos ha dado los flancos para hacerse con el centro... Eso explicaba por qué los pulit habيan tomado tan fلcilmente el campamento. Conphas habيa retirado a sus Kidruhil al principio de la batalla para lanzarlos contra el centro de los scylvendios. Y habيa dado a sus columnas estandartes falsos para que creyeran que habيa desplegado su principal baza en los flancos. El Exalto-General querيa el centro. --Quiz لpensَ que la toma del Rey-de-Tribus nos sumirيa en la confusiَn --sugiriَ Balait. --No, no es tan estْpido como eso... ،Mira! Ha lanzado todos sus caballos hacia el centro... como si persiguiera algo. Cnaiur se frotَ la barbilla mientras observaba el panorama y recorrي a con los ojos una escena violenta tras otra: los afilados golpes de las
espadas; los empujones mortales y el sangriento trabajo de los martillos de la guerra, y bajo su belleza, algo incomprensible, como si el propio campo de batalla se hubiera convertido en una seٌal viva, un pictograma como los que los extranjeros utilizaban para helar el aliento sobre la piedra y el papiro. ؟Qué significaba eso? Balait se habيa unido a sus meditaciones. --Est لcondenado --dijo el hombre, negando con la cabeza--. ،Ni siquiera sus Dioses pueden salvarle! Entonces, Cnaiur lo entendiَ. El aliento se le tornَ gélido en el pecho. La hirviente furia de la sangre abandonَ sus extremidades; sentيa sَlo el dolor de las heridas y el indecible hueco abierto por las palabras de Bannut. --Tenemos que huir. Balait le mirَ con desdén, estupefacto. --؟Que tenemos que qué? --Los Arqueros del Chorae. Conphas sabe que los ubicamos en el centro: o bien ha acabado con ellos, o los ha perseguido por todo el campo de batalla. En ambos casos, nosotros... Entonces, vislumbrَ los primeros resplandores de luz profana. Demasiado tarde. --،Una Escuela, Bala! ،Conphas se ha traيdo una Escuela! Cerca del corazَn del valle, desde donde las falanges de infanterيa se desplegaban rلpidamente para hacer frente a Oknai Un Ojo y sus munuati, al menos dos docenas de figuras ataviadas de negro ascendieron lentamente por encima del campo hacia el cielo. Maestros. Los hechiceros del Saik Imperial. Varios se dispersaron por el valle. Los otros ya estaban cantando su cلntico sobrenatural, que abrasaba la tierra y a los scylvendios con una resplandeciente llama. La carga de los munuati se convirtiَ en un amasijo de caballos y hombres ardiendo. Durante un largo rato, Cnaiur no pudo moverse. Observَ cَmo las siluetas montadas caيan en el corazَn de las hogueras doradas. Vio a hombres arder como la paja en flores incandescentes. Vio soles acercل ndose al horizonte y chocando contra la fiera tierra. En el aire resonaban las sacudidas del trueno hechicero. la batalla estaba pensada para --Una trampa --murmur، .--Toda َ impedir que utilizلramos nuestros Chorae! Pero Cnaiur tenيa su propio Chorae, una herencia de su padre. Con los dedos insensibles y los brazos aturdidos de cansancio, se sacَ la esfera de hierro de la pechera y la cogiَ con fuerza.
Como si caminara por encima de la espalda del humo y el polvo, un Maestro se dirigiَ hacia ellos. Se detuvo, flotando a la altura de un لrbol. Su tْnica negra de seda restallaba bajo el viento de la montaٌa, y sus bordados dorados se ondulaban como una serpiente bajo el agua. Una luz blanca refulgيa en sus ojos y su boca. Una descarga de flechas se tornَ carbَn al impactar contra sus Guardas esféricas. El fantasma de la cabeza de un dragَn ascendiَ pesadamente de sus manos. Cnaiur vio escamas vitreas y ojos como globos de agua sanguinolenta. La mayestلtica cabeza se inclinَ. Se girَ hacia Balait. --،Corre! --gritَ. Las fauces astadas se abrieron y arrojaron una llama cegadora. Los dientes restallaron. La piel se cubriَ de ampollas y se descamَ. Pero Cnaiur no sintiَ nada; sَlo la calidez arrojada por la sombra ardiendo de Balait. Hubo un grito momentلneo, y después explotaron intestinos y huesos. Entonces, la espuma de luminoso fuego desapareciَ. Desconcertado, Cnaiur se encontrَ en el centro de unas ruinas quemadas. Balait y los otros utemot seguيan ardiendo, chisporroteando como la carne de cerdo en la brasa. El aire olيa a cenizas y grasa. «Todos muertos...» Un poderoso grito emergiَ entre la cacofonيa, y a través de pantallas de humo y scylvendios que huيan, vio una marea de ensagrentados soldados de infanterيa nansur corriendo hacia él a través de las laderas. --El juicio es incesante... --susurrَ la voz de un extraٌo. Cnaiur saliَ corriendo por encima de los caيdos, saltando como los demلs en direcciَn a la lيnea oscura del rيo. Tropezَ con una flecha clavada en la hierba y cayَ de cabeza contra el cadلver de un caballo. Apoyلndose contra la ijada templada por el sol, se puso en pie y echَ a correr. Pasَ junto a un joven guerrero que cojeaba a causa de una flecha hincada en el muslo; después, junto a otro arrodillado en el suelo que escupيa sangre; luego, junto a un grupo de utemot que emitيan un ruido sordo postrados sobre sus caballos, liderados por Yursalka. Cnaiur gritَ su nombre, y a pesar de que el hombre le mirَ momentل neamente, siguiَ cabalgando. Maldiciendo, se apresurَ. Los oيdos le tronaban. Tragaba saliva después de inspirar trabajosamente. Mلs adelante, vio a centenares concentrados junto a la orilla; algunos se despojaban frenéticamente de su armadura para nadar, y otros corrيan hacia el sur, hacia los rلpidos de poca profundidad. Yursalka y su
cohorte de utemot pasaron al galope junto a los hombres que se dispon يan a lanzarse al rيo y se adentraron en las aguas. Muchos de los caballos zozobraron en la rلpida corriente, pero unos cuantos lograron llevar a sus jinetes a la otra orilla. El terreno se inclinaba, y Cnaiur recorri َ la distancia a grandes zancadas. Se tropezَ con otro caballo muerto, y después chocَ contra un matorral de vara de oro meciéndose al viento. A su derecha, vio una compaٌيa de Kidruhil desplegلndose sobre las laderas y galopando velozmente hacia los fugitivos. Se tambaleَ en el angosto terreno cercano a la orilla; finalmente, se adentrَ dando tumbos en la histérica muchedumbre de sus paisanos. Apartando a los hombres a empujones, consiguiَ abrirse paso trabajosamente hacia el fango y la maleza pisoteada de la orilla. Vio a Yursalka empujando y espoleando a su empapada montura al otro lado. Una docena de utemot le esperaban con los caballos embravecidos, piafando. --،Utemot! --bramَ, y de algْn modo le oyeron entre el clamor. Dos de ellos seٌalaron en su direcciَn. Pero Yursalka les estaba gritando mientras golpeaba el aire con la mano abierta. Con los rostros inexpresivos, hicieron girar los caballos y, arredrados por Yursalka, galoparon hacia el suroeste. Cnaiur maldijo su forma de batirse en retirada. Cogiَ el cuchillo y empezَ a tambalearse cubierto con su pechera. En dos ocasiones, a punto estuvo de ser empujado al agua. Gritos de alarma cruzaban el cielo, apremiados por el creciente estruendo de cascos. Oyَ cَmo se part يan lanzas y chirriaban los caballos. Empezَ a cortar los encajes que la pechera tenيa a la altura de la barriga. Los cuerpos se apretujaban contra él y hacيan que se tambaleara. Vislumbrَ el perfil negro de un jinete Kidruhil erigiéndose contra el brillo del sol. Se arrancَ la pechera y la lanzَ al Kiyuth. Algo explotَ sobre su cuero cabelludo. La sangre caliente le anegَ los ojos. Cayَ de rodillas. El suelo lleno de surcos le golpeَ la cara. Gritos, lloriqueos, y el sonido de cuerpos sumergiéndose en las agitadas aguas de montaٌa. «Como mi padre», pensَ, y entonces la oscuridad se arremolinَ sobre él.
Voces roncas, exhaustas, enmarcadas por un coro de cantantes m لs distantes y mلs borrachos. Dolor, como si su cabeza estuviera
clavada a la tierra. Su cuerpo plomizo, inamovible como el fango del rي o. Difيcil pensar. --؟Qué? ؟Se hinchan justo después de morir? El horror le sacudiَ. La voz procedيa de su espalda, muy cerca. ؟ Saqueadores? --؟Otro anillo? --exclamَ otra voz--. ،Pues cَrtale el maldito dedo! Cnaiur oyَ pasos aproximلndose, pies enfundados en sandalias que se abrيan paso sobre la hierba. Lentamente, porque los movimientos rلpidos llamaban la atenciَn, probَ sus dedos y muٌecas. Se movيan. Con cuidado, metiَ la mano bajo el cinturَn y cerrَ los cosquilleantes dedos alrededor de su Chorae; lo sacَ y lo hundiَ en el barro. --Es un aprensivo --aٌadiَ una tercera voz--. Siempre lo ha sido. --،No lo soy! Es sَlo que..., que... --؟Qué? --Es un sacrilegio; eso es todo. Robar a los muertos es una cosa; profanarlos es otra. --؟Tengo que recordarte --dijo la tercera voz-- que estos cadلveres son de los que tْ llamas scylvendios? No es fلcil profanar algo que ya era maldito. ،Eh! Aqu يhay otro vivo. El sonido de una espada saliendo enérgicamente de la vaina, un ruido sordo, un jadeo de asfixia. A pesar de que la cabeza le latيa, Cnaiur hundiَ la cara en el fango, aunque evitando en lo posible que le entrara en la boca. --Todavيa no he logrado sacarle este maldito anillo... --؟Quieres hacer el favor de cortarle el maldito dedo? --gritَ la segunda voz, entonces tan cerca que a Cnaiur se le erizَ el vello de la nuca. --،Por el maldito عltimo Profeta! ،Elْ nico que tiene la suerte de encontrar oro en estos apestosos salvajes y est لparalizado por los escr ْpulos! Bueno, ؟qué tenemos aqu ?يUn hombretَn. Por Sejenus, ،miradle las cicatrices! --De todos modos, dicen que Conphas quiere que cojamos todas las cabezas --dijo la tercera voz--. ؟Qué importancia tiene un dedo? --Allي. Un pequeٌo brillo. ؟Crees que pueden ser rubيs? Una mano لspera cogiَ el hombro de Cnaiur y lo levantَ del fango. Ojos entreabiertos al sol poniente. Los miembros tensos para simular el rigor mortis. La boca llena de barro inmَvil en una sonrisa sardَnica. Sin respiraciَn. --Lo digo en serio --dijo una sombra avecinلndose--. ،Mirad las
cicatrices de este cabrَn! ،Ha matado a cientos! --Deberيan dar recompensas por hombres como ése. Imagيnate, uno de nuestros compatriotas por cada cicatriz. Las manos le toquetearon el cuerpo, le dieron palmadas y fisgonearon. Sin respiraciَn. Rيgida inmovilidad. --Quiz لdeberيamos llevلrselo a Gavarus --sugiriَ la primera voz--. Tal vez quieran colgarlo o algo asي. --Buena idea --dijo la sombra cلusticamente--. ؟Qué tal si lo cargas tْ? Un risa. --Ya no te parece tan buena idea, ؟eh? --dijo la segunda voz--. ؟Has tenido suerte por ahي, Naff? --Ni una maldita cosa --dijo la sombra, soltando a Cnaiur en el suelo de nuevo--. El prَximo anillo que encuentres es mيo, cabrَn. ،Si no, te corto los dedos! Un golpe desde la oscuridad. Un dolor que nunca habيa sentido antes. El mundo rugiَ. Tratَ de no vomitar. --Claro --dijo la primera voz, amistosamente--. ؟Quién necesita oro después de un dيa como éste? ،Imagيnate la celebraciَn del triunfo cuando volvamos! ،Imagيnate los cلnticos! Los scylvendios destruidos en su propio paيs. ،Los scylvendios! Cuando seamos viejos, sَlo tendremos que decir que servimos junto a Conphas en Kiyuth, y todo el mundo nos observar لcon respeto y miedo. --La gloria no sirve para nada, chico. Oro. Loْ nico que importa es el oro.
Por la maٌana, Cnaiur se despertَ temblando. Sَlo oyَ el chapoteo de la profunda corriente del rيo Kiyuth. Un inmenso dolor de acero se le expandيa desde la nuca, y durante un momento se quedَ inmَvil, aplastado por su peso. Las convulsiones le sacudieron el cuerpo y escupiَ bilis sobre la huella que tenيa ante su cara. Tosiَ. Con la lengua palpَ una suave y salada mella entre sus dientes. Por alguna razَn, el primer pensamiento claro que emergiَ de su estado de sufrimiento fue su Chorae. Metiَ los dedos en el vَmito y el fango, y lo encontrَ en seguida. Se lo metiَ debajo del cinturَn revestido de hierro. «Mيo. Mi recompensa.»
El dolor le apretaba como una herradura contra la base del crلneo, pero logrَ ponerse a cuatro patas. La hierba estaba manchada de barro y afilada, como pequeٌas navajas bajo sus dedos. Se alejَ a rastras de la corriente del rيo. El suelo del terraplén estaba cubierto de huellas fangosas y entonces era el frلgil recuerdo de la matanza. Los cadلveres parecيan unidos con cemento al suelo: la carne era correosa bajo las moscas; la sangre se coagulaba como una cereza aplastada. Se sintiَ como si estuviera arrastrلndose por uno de esos mareantes relieves en piedra que cubrيan las paredes de los templos en Nansur, en los que hombres que forcejeaban eran esculpidos a modo de una representaciَn profana. Pero eso no era ninguna representaciَn. Coronando la cumbre que tenيa ante él, un caballo muerto se erigي a como una redondeada cordillera, con el vientre en la sombra. El punto brillante del sol se alzaba en el extremo opuesto. Los caballos muertos siempre tenيan el mismo aspecto, ridيculamente tenso, como si hubieran sido grabados en madera siendo simplemente repujados por los lados. Se subiَ a él y se dejَ caer dolorosamente. Contra su mejilla, estaba tan frيo como el fango del rيo. Con la salvedad de las grajillas, los buitres y la muerte, no habيa nadie en el campo de batalla. Contemplَ la gradual pendiente por la que habيa escapado. Escapado... Cerrَ los ojos con fuerza. Una y otra vez, corrيa; el cielo azul se encogيa por el rugido que tenيa tras él. «Nos vencieron abrumadoramente.» Derrotados. Humillados por su enemigo ancestral. Durante un largo rato, no sintiَ nada. Recordَ esas maٌanas de su juventud en las que, por cualquiera que fuera la razَn, se despertaba antes del amanecer. Salيa sigilosamente del yaksh y se adentraba en el campo, en busca de un terreno mلs elevado desde el que pudiera observar cَmo el sol abrazaba la tierra. El viento siseaba por entre la hierba. El sol, agachado, salيa, incorporلndose. Y él pensaba: «Soy el ْltimo. Soy elْ nico». Como en ese momento. Por un absurdo instante, sintiَ el extraٌo entusiasmo de quien ha profetizado su propia destrucciَn. Se lo dirيa a Xunnurit, el idiota de ocho dedos. Habيan pensado de él que era una vieja propagadora de miedos ridيculos. ؟Dَnde estaba entonces su risa? «Muerta», pensَ. Todos ellos estaban muertos. ،Todos! Las huestes se habيan apostado en el horizonte, habيan estremecido la Cلmara del Cielo con el estruendo de sus avances, y entonces habيan
desaparecido, habيan sido vencidas, estaban muertas. Desde el lugar en el que estaba tendido, vio grandes franjas de prado quemado, la cل scara abrasada de lo que habيan sido miles de hombres arrogantes. M لs que vencidos; habيan sido masacrados. ،Y por los nansur! Cnaiur habيa participado en demasiadas escaramuzas fronterizas para no respetar a sus guerreros, pero al final habيa despreciado a los nansur como lo hacيan todos los scylvendios: como una raza mestiza, una especie de alimaٌa humana, merecedora de ser perseguida e incluso, extinguida. Para los scylvendios, la menciَn del Imperio-tras-las-Montaٌas evocaba innumerables imلgenes de degradaciَn: monjes lascivos postrلndose ante su profano Colmillo; hechiceros enfundados en tْnicas de fulana, que pronunciaban obscenidades sobrenaturales mientras cortesanos pintados, con sus suaves cuerpos espolvoreados y perfumados, cometيan las carnales. ة sos eran los hombres que los habيan conquistado: cultivadores de la tierra y escritores de palabras; hombres que se divertيan con hombres. Su respiraciَn se convirtiَ en un dolor en el velo del paladar. Pensَ en Bannut, en la traiciَn de sus parientes. Se agarrَ a la hierba, con sus manos doloridas, como si fuera tan débil, estuviera tan vacيo, que pudiera elevarse en cualquier momento hacia el cielo hueco. Un grito desesperado se desencadenَ en su pecho, pero se tornَ en un simple bufido entre sus dientes apretados. Jadeَ en busca de aire, gimiَ, girَ la cabeza a un lado y a otro a pesar de la agonيa. «،No!» Entonces, gimoteَ. Llorَ. «Llorica.» Bannut riéndose a carcajadas, escupiendo sangre lechosa. «Vi cَmo le mirabas. ،Sé que era tu amante!» --،No! --gritَ Cnaiur, pero su odio le fallَ. Todos esos aٌos dلndole vueltas a sus silencios, obsesionلndose por la reprimenda silenciosa en sus ojos, creyéndose loco por sus sospechas, vilipendiلndose a s يmismo por sus miedos, pero siempre pensando en los pensamientos ocultos de los demلs. ؟Cuلntas calumnias murmuradas en su ausencia? ؟Cuلntas veces, atraيdo por el ruido de las carcajadas, habيa entrado en un yaksh para encontrar sَlo labios cerrados y miradas insolentes? Todo ese tiempo, ellos... Se agarr َ el pecho. «،No!» Reprimiَ las lلgrimas que le afloraban a los ojos, golpeَ con su puٌo mugriento, cada vez con mلs fuerza, la hierba, como si le estuviera echando carbَn a un horno. El rostro de hacيa treinta aٌos flotَ en su
imaginaciَn, poseيdo por una demonيaca tranquilidad. --،Tْ me obligaste! --murmurَ entre dientes--. Me obligaste a cargar con un peso tras otro... Un repentino destello de miedo le acallَ. Le llegaban voces a través del viento. Tendido inmَvil, con los ojos solamente entreabiertos de modo que las pestaٌas emborronaban su visiَn, escuchَ. Hablaban en sheyico, pero lo que decيan le resultَ indescifrable. ؟Estaban los saboteadores recorriendo todavيa el campo de batalla? «،Corazَn de ciervo desgraciado! ،Levلntate y muere!» El viento se calmَ y los sonidos aumentaron. Oيa los pasos de caballos y el roce regular de los bلrtulos. Al menos habيa dos hombres montados. El acento aristocrلtico de su habla parecيa sugerir que se trataba de oficiales. Se acercaban, pero ؟desde qué direcciَn? Reprimiَ el loco impulso de sentarse y mirar a su alrededor. --Desde los dيas de Kyraneas, los scylvendios han estado aquي --decيa la voz mلs refinada--, tan implacables y pacientes como el océano. ،Y sin sufrir ningْn cambio! Algunos pueblos se alzan y otros se hunden, razas y naciones enteras desaparecen, pero los scylvendios permanecen. ،Y los he estudiado, Martemus! He estudiado todas y cada una de las informaciones sobre ellos que he podido encontrar, antiguas y recientes. ،Hasta consegu يque mis hombres entraran en la Biblioteca de los Sareots! ،Sي, en Iothiah! Aunque no encontraron nada. Los fanim han dejado que se caiga a pedazos. Pero esto es lo importante: todas las descripciones de los scylvendios que he leيdo, por muy antiguas que fueran, podrيan haber sido escritas ayer. Han pasado miles de aٌos, Martemus, y los scylvendios no han experimentado ningْn cambio. Deja de lado sus estribos y su hierro, y podrيan ser indistinguibles de los que destruyeron Mehtsonc hace dos mil aٌos o los que saquearon Cenei mil aٌos después. Los scylvendios son, como dijo el filَsofo Ajencis, un pueblo sin historia. --Pero son gentes analfabetas, ؟no? --preguntَ el otro hombre, Martemus. --Pero incluso los pueblos analfabetos cambian a lo largo de los siglos, Martemus. Migran. Se olvidan de los dioses viejos y descubren otros nuevos; hasta sus idiomas cambian. Pero no los scylvendios. Estل n obsesionados con las costumbres. Donde nosotros construimos inmensos edificios de piedra para vencer el paso de los aٌos, ellos hacen monumentos de sus acciones, templos de sus guerras.
La descripciَn le dio un vuelco al corazَn de Cnaiur. ؟Quiénes eran esos hombres? Uno era, sin lugar a dudas, de las Casas. --Es interesante --dijo Martemus--, pero eso no explica que tْ supieras que los derrotarيamos. --No seas pesado. No soporto que mis oficiales sean pesados. Primero me haces preguntas impertinentes y después te niegas a considerar respuestas mis respuestas. --Lo siento, Exalto-General. No pretendيa ofenderte. Te ruego que me disculpes y me castigues por mi franco... --،Ah, Martemus!, siempre la misma farsa. El recatado general de provincias sin otra ambiciَn que servir. Te conozco mejor de lo que crees. He visto cَmo tu interés aumenta cuando menciono cuestiones de Estado, del mismo modo que ahora veo ansia de gloria en tus ojos. Era como si una gran piedra le hubiera caيdo a Cnaiur sobre el pecho. No podيa respirar. Era él. ،ةl! ،Ikurei Conphas! --No lo negaré. Pero no pretendo cuestionarte. Es sَlo que..., que... Al decir esas palabras, los dos hombres se detuvieron. Cnaiur ya podيa verlos; eran como sombras montadas a través del borrَn de sus pestaٌas. Respirَ superficialmente. --؟Qué, Martemus? --Durante toda esta campaٌa, he mantenido la boca cerrada. Lo que estلbamos haciendo me parecيa una locura, tanto que... --؟Qué? --Que mi fe en ti ha titubeado. --Pero a pesar de eso no has dicho nada, no has preguntado nada... ؟Porqué? Cnaiur tratَ de levantarse del suelo, pero no pudo. En sus oيdos, las voces incorpَreas se habيan convertido en un estruendo burlَn. Asesinarle. ،Debيa hacerlo! --Por miedo, Exalto-General. Uno no sale de lo mلs bajo como yo he hecho sin saber el peligro que entraٌa cuestionar a los superiores..., especialmente cuando estلn desesperados. Risas. --As يque ahora, rodeados por esto --la sombra de Conphas seٌalَ los campos repletos de maltrechos cadلveres--, das por hecho que ya no estoy desesperado; te parece que es seguro hacer las enconadas preguntas que me estلs haciendo. Una sْbita conciencia de s يmismo y su entorno sobrevino a Cnaiur. Era como si se viera desde lejos: un hombre encogido, acurrucado contra el cadلver de un caballo, rodeado de inmensos cيrculos de
muerte. Incluso esas imلgenes le causaban recriminaciones. ؟Qué clase de pensamientos eran ésos? ؟Por qué siempre debيa pensar demasiado? ؟Por qué tenيa que estar pensando siempre? «،Mلtale!» --Exactamente --respondiَ Martemus. «Abalلnzate sobre ellos. Asusta a sus caballos. ،Cَrtales el cuello aprovechando su confusiَn!» --؟Debo consentيrtelo? --prosiguiَ Conphas--. ؟Debo permitirte que des un paso mلs hacia la cima, Martemus? --Mi lealtad y discreciَn, Exalto-General, son tuyas sin ninguna reserva. --Eso ya lo daba por sentado, pero gracias por repetيrmelo. ؟Qué me dirيas si te dijera que la batalla que acabamos de librar, la gloriosa victoria que hemos logrado, no es mلs que el primer combate de la Guerra Santa? --؟La Guerra Santa? ؟La Guerra Santa del Shriah? --Si la Guerra Santa es del Shriah o no, no es la cuestiَn aquي. «،Muévete! ،Véngate! ،Venga a tu gente!» --Pero ؟qué hay de...? --Me temo que serيa una irresponsabilidad por mi parte contarte m لs, Martemus. Pronto, quizل, pero no ahora. Mi triunfo aquي, tan magnي fico, tan divino, ser لun pequeٌo sacrificio al lado de lo que seguirل. Pronto, los Tres Mares enteros celebrarلn mi nombre, y entonces... Bueno, eres mلs un soldado que un oficial. Sabes que con frecuencia los comandantes necesitan tanto de la ignorancia de sus subordinados como de sus conocimientos. --Sي. Deberيa habérmelo esperado. --؟Esperado, qué? --،Que tus respuestas alimentarيan mi curiosidad en lugar de saciarla! Risas. --Venga, Martemus, aunque te dijera todo lo que sé, te seguirيa sucediendo lo mismo. Las respuestas son como el opio: cuanto mلs ingieres, mلs necesitas. ةsa es la razَn por la que el hombre sobrio encuentra solaz en el misterio. --Al menos, podrيas explicarme, zopenco como soy, cَmo sabيas que los ganarيamos. --Como te decيa, los scylvendios estلn obsesionados por las costumbres. Eso significa que ellos repiten, Martemus. Siguen la misma fَrmula una y otra vez. ؟Lo entiendes? Veneran la guerra, pero no
comprenden qué es en realidad. --؟Y qué es en realidad? --Intelecto, Martemus. La guerra es intelecto. Conphas espoleَ el caballo para que reemprendiera la marcha y dej َ a su subordinado debatiéndose con la trascendencia de lo que acababa de decir. Cnaiur observَ cَmo Martemus se quitaba el casco tocado con plumas y se pasaba la mano por el pelo corto. Durante un instante sin aliento, pareciَ mirarle directamente a él, como si pudiera oي r el martilleo de los latidos del corazَn de Cnaiur. Entonces, de repente, espoleَ el caballo para que siguiera al del Exalto-General. --Esta tarde, cuando nuestros hombres se hayan recuperado de sus diversiones, empezaremos a recoger cabezas de scylvendios --le gritَ Conphas a Martemus cuando éste estuvo cerca--. Voy a hacer un camino de trofeos, desde aqu يhasta nuestra gran y enfermiza capital de Momemn, Martemus. ،Piensa en la gloria! Sus voces se apagaron, y sَlo quedَ la corriente de aguas frيas contra el silencio zumbante y el pلlido aroma de hierba arrasada. Tan frيo. El suelo era tan frيo. ؟Adَnde debيa ir? Habيa huido de su infancia y habيa recuperado lentamente el honor del nombre de su padre, Skiotha, caudillo de los utemot. Con la ignominiosa muerte de su padre, habيa huido y habيa recuperado lentamente el nombre de su pueblo, los scylvendios, que eran la cَlera de Lokung, mلs venganza que hueso o carne. Entonces, también ellos habيan muerto ignominiosamente. No le quedaba nada. Estaba tendido en ninguna parte, entre los muertos.
Algunos acontecimientos nos marcan tan profundamente que tienen una presencia mلs evidente en sus secuelas que mientras suceden. Se resisten a convertirse en pasado, y as يse vuelven contemporلneos de nuestros corazones palpitantes. Algunos acontecimientos no se recuerdan, se reviven. La muerte del padre de Cnaiur era uno de esos acontecimientos. Cnaiur est لsentado en la oscuridad del gran yaksh del caudillo como lo estuvo veintinueve aٌos atrلs. Un fuego arde en el centro, muy brillante si se mira directamente, pero ilumina poco. Cubierto con pieles, su padre habla con otros distinguidos miembros de la tribu acerca de la insolencia de sus parientes kuoti del sur. En las sombras proyectadas por esos hombres robustos, los esclavos merodean nerviosamente;
llevan odres de gishrut, leche de yegua fermentada. Cuando un cuerno es alzado por un brazo lleno de cicatrices, lo llenan. El lugar apesta a humo y licor agrio. El Yaksh Blanco ha visto muchas escenas semejantes, pero esta vez, uno de los esclavos, un hombre norsirai, abandona las sombras y entra en la luz del fuego. Levanta el rostro y se dirige a los estupefactos lيderes en un scylvendio perfecto, como si él mismo fuera de la tierra. --Quisiera hacer una apuesta contigo, caudillo de los utemot. El padre de Cnaiur no sale de su asombro, tanto por la insolencia como por la gran transformaciَn. Un hombre doblegado hasta entonces se ha vuelto tan augusto como cualquier rey. Sَlo Cnaiur no estل sorprendido. Los otros hombres, que se refugian en la oscuridad, guardan silencio. --Ya has hecho una apuesta, esclavo. Y has perdido --responde su padre desde el otro lado del fuego. El esclavo sonrيe burlonamente, como un soberano entre gente inmadura. --Pero quiero apostar mi vida contigo, Skiotha. Un esclavo pronunciando un nombre. ،Hasta qué punto esto deroga las antiguas costumbres! ،Cَmo subvierte el orden tradicional! Skiotha sopesa esa situaciَn absurda y finalmente se rيe. La risa empequeٌece, y esta afrenta debe ser empequeٌecida. La furia darيa fe de la profundidad de este combate y convertirيa al esclavo en un combatiente. Y el esclavo lo sabe. As يque el esclavo continْa. --Te he estado observando, Skiotha, y me he preguntado por el tamaٌo de tu fuerza. Muchos aqu يse lo preguntan... ؟Lo sabes? La risa de su padre se borra. El fuego sisea quedamente. --He sido juzgado, esclavo --dice Skiotha, temeroso de mirar a la cara de sus parientes. Como avivado por esas palabras, el fuego chisporrotea, radiante, y se adentra mلs en las zonas en penumbra, entre los hombres reunidos. Su calor renovado le muerde la piel a Cnaiur. --Pero el juicio --replica el esclavo-- no es algo que se obtiene y luego se olvida, Skiotha. El viejo juicio es solamente una base para el nuevo. El juicio es incesante. La complicidad las hace inolvidables, graba escenas con una claridad insoportable, como si la extensiَn de la condena fuera consecuencia de la precisiَn de los detalles. El fuego tan caliente que
podrيa mecerlo en su regazo. El frيo de la tierra bajo sus muslos y nalgas. Sus dientes apretados, como si mascaran arena. Y el rostro pل lido del esclavo norsirai girلndose hacia él, con los ojos azules refulgentes, abarcando mلs que cualquier cielo. ،Ojos que ordenan! Ojos que subyugan, que hablan. «؟Recuerdas tu parte?» Cnaiur ha recibido un guiَn para ese momento. --؟Tienes miedo, padre? --dice entre los hombres sentados--. ،Locas palabras! ،Traicioneras y locas! Una mirada hiriente de su padre. Cnaiur baja los ojos. Skiotha se gira hacia el esclavo. --؟Cuلl, pues, es tu apuesta? --le pregunta con una indiferencia artificiosa. Y Cnaiur es atenazado por el miedo de que pueda morir. Miedo a que el esclavo, Anasurimbor Moenghus, ،pueda morir! No su padre. Moenghus... Después, cuando su padre yacيa muerto, llorَ ante los ojos de su tribu. Llorَ de alivio. Al fin, Moenghus, el que se llamَ a s يmismo dunyaino, era libre. Algunos nombres nos marcan profundamente. Treinta aٌos, ciento veinte estaciones... Mucho tiempo en la vida de un hombre. Y no significaba nada. Algunos acontecimientos nos marcan profundamente.
Cnaiur huyَ. Con la caيda de la oscuridad, se escabullَ entre las refulgentes hogueras de las patrullas nansur. El vasto cuenco de la noche parecيa algo en lo que pudiera desplomarse; tan grande era la reprobaciَn de la tierra. La muerte lo perseguيa con sus propios pies.
_____ 7 _____ Momemn «El mundo es un cيrculo que tiene tantos centros como hombres.» Ajencis, El tercer analيtico de los hombres
Principios de otoٌo, aٌo del Colmillo 4110, Momemn Todo Momemn habيa rugido. Helado por las sombras, Ikurei Conphas desmontَ bajo la inmensidad del Arco Xatantiano. Sus ojos se demoraron un instante en las imلgenes talladas, siguiendo un panel de prisioneros y botines tras otro. Se girَ hacia el general Martemus para recordarle que ni siquiera Xatantius habيa pacificado a las tribus scylvendias. «Yo hice lo que ningْn hombre hizo. ؟No me convierte eso en algo mلs que un hombre?» Conphas no podيa seguir contando cuلntas veces ese pensamiento entrecortado se habيa apoderado de él, y a pesar de que era reacio a reconocerlo, deseaba oيrlo resonando en la boca de los demلs, especialmente en la de Martemus. ،Ojal لpudiera sacarle esas palabras! Martemus poseيa el candor natural de una vida de oficial de campo. Despreciaba los halagos. Si decيa algo, y eso era algo que Conphas sabيa, era cierto. Pero entonces no era el momento. Martemus estaba estupefacto, mirando hacia el otro lado del Campus Scuari, el escenario de los desfiles del recinto imperial. Dispuestas bajo los pendones de todas las columnas del Ejército Imperial, las falanges de soldados de infanterيa con uniforme de ceremonia llenaban toda la extensiَn del Scuari. Cientos de banderines rojos y negros ondulaban a la brisa sobre las formaciones, con plegarias pintadas en oro. Entre las falanges, se extendيa una amplia avenida hacia la fachada del Foro Allosiano. Los jardines, instalaciones y columnatas de las Cumbres Andiamine se encaramaban entre la neblina en lo alto. Conphas vio que su tيo lo esperaba. Resultaba una figura distante enmarcada por las poderosas estatuas del foro. Pese a la pompa imperial, parecيa pequeٌo, como un ermitaٌo asomلndose a la entrada de su cueva. --؟Es tu primera audiencia imperial? --le preguntَ Conphas a Martemus. El general asintiَ y se girَ hacia él con un aire ligeramente inseguro. --Es la primera vez que entro en el recinto imperial. Conphas sonriَ. --Bienvenido al burdel. Unos mozos se hicieron cargo de los caballos. De acuerdo con la costumbre, los sacerdotes hereditarios de Gilgaَl les llevaron unas vasijas de agua. Como Conphas esperaba, les untaron sangre de leَn en
las extremidades y, murmurando oraciones, les limpiaron sus simbَlicas heridas. Los sacerdotes Shriah que llegaron tras ellos, sin embargo, le sorprendieron. Les ungieron con aceites entre murmullos, y después acabaron mojando sus dedos en vino de palma y dibujando el Colmillo en su frente. Sَlo cuando terminaron el rito gritando su nuevo tيtulo, Escudo-del-Colmillo, comprendiَ por qué su tيo los habيa incorporado a la ceremonia. Los scylvendios eran tan infieles como los kianene, asي que ؟por qué no aprovechar el imperante fervor por la Guerra Santa? Conphas pensَ, con cierto desagrado, que era, en verdad, una buena estratagema, lo que probablemente significaba que Skeaos estaba detrلs. Por lo que Conphas sabيa, su tيo habيa agotado cualquier atisbo de brillantez que en otro tiempo hubiese tenido, especialmente por lo que respectaba a la Guerra Santa. La Guerra Santa... Sَlo con pensar en ella a Conphas le entraban ganas de escupir como un scylvendio, y eso que habيa llegado a Momemn el dيa anterior. Nunca en su vida habيa sentido Conphas nada parecido a la euforia que habيa experimentado en la batalla de Kiyuth. Rodeado por su estado mayor --que estaba medio muerto de miedo--, habيa mirado al indeciso campo de batalla y, de alguna manera, inexplicablemente, habيa sabido lo que tenيa que hacer, y con una certeza que le habيa hecho sentir que sus huesos eran de hierro. «Soy el amo de este lugar. Soy mلs...» El sentimiento habيa sido parecido al rapto o el éxtasis religioso. Habيa sido, como advertirيa mلs tarde, una revelaciَn, un momento de percepciَn divina del inconmensurable poder de su mano. No podيa haber otra explicaciَn. Pero ؟quién habrيa pensado que las revelaciones, como la carne, podيan corromperse con el transcurso de los dيas? Al principio, las cosas habيan ido extraordinariamente bien. Después de la batalla, los scylvendios supervivientes habيan huido a la estepa profunda. Algunos grupos dispersos habيan seguido de cerca al ejército, pero no podيan hacer mلs que atacar a alguna que otra patrulla. Incapaz de resistirse a unaْ ltima estocada, Conphas hizo que una docena de prisioneros «oyeran como por casualidad» a sus oficiales alabando a las tribus que habيan traicionado a las huestes; los prisioneros, gracias a una osadيa y un ingenio que no les correspondي an, consiguieron mلs tarde escaparse milagrosamente. Conphas sabيa que los scylvendios no sَlo creerيan sus acusaciones de traiciَn, sino que les complacerيan. Mucho mejor que sea el Pueblo de la Guerra quien derrote al Pueblo de la Guerra, y no los nansur. ،Ah, qué hermoso
era el desacuerdo! Transcurrirيa mucho tiempo antes de que los scylvendios acudieran al campo de batalla con una voluntad unida. No obstante, hubiera sido preferible que los desacuerdos fueran m لs fلciles de deshacer. Meses antes, Conphas le habيa prometido a su tيo que adornarيa su marcha de regreso del frente con cabezas scylvendias ensartadas en picas. Con ese fin, ordenَ que las cabezas de todos los scylvendios fallecidos en Kiyuth fueran recogidas, embalsamadas y amontonadas en carros. Pero tan pronto como el Ejército Imperial cruzَ la frontera, los cartَgrafos y matemلticos empezaron a discutir acerca de la ubicaciَn adecuada de sus truculentos trofeos. Como las disputas persistieron, los hechiceros del Saik Imperial, que al igual que todos los hechiceros se consideraban mejores cartَgrafos que los cartَgrafos y mejores matemلticos que los matemل ticos, intervinieron. Lo que siguiَ fue una guerra burocrلtica propia de la corte de su tيo, que de algْn modo, siguiendo la perversa mezcla de orgullo herido y rencor, llevَ al asesinato de Erathius, el mلs renombrado de los cartَgrafos imperiales. Cuando la subsiguiente investigaciَn militar no logrَ resolver ni el asesinato ni la disputa, Conphas detuvo sumariamente a los mلs prominentes representantes de cada facciَn y, valiéndose de artيculos ambiguos de la ley marcial, hizo que fueran despellejados en pْblico. A nadie le sorprendiَ que las diferencias se disiparan al dيa siguiente. Pero si la vejaciَn habيa empaٌado su embeleso, su regreso a Momemn a punto estuvo de acabar con él por completo. Encontrَ la capital rodeada por los campamentos de la Guerra Santa, que se habي an convertido en una inmensa barriada de tiendas y cabaٌas alrededor de los muros del frente seco de la ciudad. Pese a lo perturbadora que le resultَ esa visiَn, Conphas todavيa esperaba que las masas entregadas le dieran la bienvenida. En cambio, una muchedumbre de inrithi desaliٌ ados le gritaron insultos, le lanzaron piedras e incluso, en una ocasiَn, le arrojaron bolsas de excrementos humanos ardiendo. Cuando ordenَ a sus Kidruhil que se adelantaran para abrirle camino, lo que siguiَ podrيa ser descrito como un campo de batalla. --Sَlo ven al sobrino del Emperador --le explicَ un oficial enviado por su tيo--, no al hombre que conquistَ a los scylvendios. --؟Tanto odian a mi tيo? El oficial se encogiَ de hombros. --Hasta que sus seٌores acepten firmar el Solemne Contrato, él sَlo les provee del grano suficiente para sobrevivir. El hombre le dijo que la Guerra Santa estaba creciendo a razَn de
cientos de personas al dيa, a pesar de que, como se rumoreaba, los principales contingentes de Galeoth, Ce Tydonn, Conriya y el Alto Ainon todavيa estaban a meses de distancia. Hasta entonces, sَlo tres grandes seٌores se habيan unido a los Hombres del Colmillo: Calmemunis, el Palatino de la provincia conriyana de Kanampurea; Tharschilka, un conde de una oscura zona fronteriza de Galeoth, y Kumrezzer, el Gobernador-Palatino del distrito ainonio de Kutapileth. Todos ellos habيan rechazado violentamente las exigencias del Emperador acerca de la firma del contrato. Las negociaciones se habي an deteriorado desde entonces y se habيan convertido en un agrio enfrentamiento de voluntades; los seٌores inrithi sembraban tanta confusiَn como podيan, lo que provocaba incluso la cَlera del Shriah, e Ikurei Xerius III hacيa una proclamaciَn tras otra en un intento de constreٌirlos y hasta coaccionarlos. --El Emperador --concluyَ el oficial-- est لde lo mلs alentado por tu llegada, Exalto-General. Conphas a punto estuvo de echarse a reيr al oيr aquello. El regreso de un rival no alentaba a ningْn emperador. Pero todos los emperadores se sentيan alentados por el regreso de su ejército, especialmente cuando estaba sufriendo un asedio, como era, esencialmente, el caso. Conphas se habيa visto obligado a entrar en Momemn en barco. Y entonces, el gran triunfo que tanto habيa esperado, el important يsimo reconocimiento de lo que habيa logrado, se habيa visto ensombrecido por acontecimientos mلs importantes. La Guerra Santa habيa mermado su gloria; habيa empequeٌecido incluso la destrucciَn de los scylvendios. Los hombres lo festejarيan, sي, pero del mismo modo como celebraban festivales religiosos en tiempos de hambruna: con desgana, demasiado preocupados por la urgencia de los acontecimientos como para comprender realmente qué o a quién festejaban. ؟Cَmo podيa él no odiar la Guerra Santa? Los platillos retumbaron. Los cuernos sonaron. Completando la ceremonia, los sacerdotes Shriah hicieron una reverencia y se retiraron, y él se quedَ empapado del acre olor del vino de palma. Aparecieron ujieres vestidos con faldas decoradas con motivos dorados, y Conphas, con Martemus a su lado y su séquito tras él, los siguiَ en una lenta marcha a través del atestado silencio del Scuari. Campos enteros de soldados con faldas rojas se pusieron de rodillas cuando pasaron ante ellos, como si, al igual que el viento entre el trigo, dejaran una estela en
los extremos mلs lejanos del campus. Conphas sintiَ una emociَn momentلnea. ؟No habيa sido aquello su revelaciَn? ؟La fuente de su embeleso en las orillas del rيo Kiyuth? «Por lo que pueden ver mis ojos, estلn respondiendo ante mي, ante mi mano. Por lo que pueden ver mis ojos, y mلs allل...» Mلs allل. Un pensamiento sin aliento. Gratuito. Mirَ a su espalda para asegurarse de que las instrucciones que hab يa dictado estaban siendo obedecidas. Dos de sus guardaespaldas personales le seguيan muy de cerca, tirando del prisionero entre ellos, mientras que otra docena marcaban su paso con lasْ ltimas cabezas scylvendias cortadas. A diferencia de los Exalto-Generales del pasado, no llevaba un desfile de esclavos y botines para el Emperador, pero Conphas pensَ que la visiَn de las cabezas scylvendias embalsamadas erguidas por encima del campus poseيa un efecto singular. Aunque no pudo ver a su abuela entre la multitud que flanqueaba a su tيo en el foro, supo que estaba allي, y que le daba su aprobaciَn. --Dales espectلculo --le gustaba decir--, y ellos te darلn el poder. El poder se daba all يdonde se percibيa. Durante toda su vida, Conphas habيa estado rodeado de tutores. Pero habيa sido su abuela, la fiera Istriya, quien mلs le habيa preparado para sus derechos de nacimiento. En contra de los deseos de su padre, Istriya habيa insistido en que Conphas pasara los primeros aٌos de su infancia rodeado de la pompa y la circunstancia de la corte imperial. Y allي, ella le habيa criado como si fuera suyo; le habيa enseٌado la historia de la dinastيa y, a través de ésta, todos los secretos no escritos del arte de gobernar. Conphas, incluso, sospechaba que ella habيa tenido algo que ver con las falsas acusaciones que habيan provocado la ejecuciَn de su padre, solamente para asegurarse de que el hombre no interferirيa con la sucesiَn en caso de que su otro hijo, Ikurei Xerius III, muriera prematuramente. Pero por encima de todo, ella habيa garantizado, hasta habيa impuesto, la percepciَn de que él, y sَlo él, era el heredero predecible. Incluso cuando no era mلs que un niٌo, ella le habيa convertido en un espectلculo, como si hasta su respiraciَn fuera un triunfo del Imperio. Entonces, ni siquiera su tيo osarيa contravenir esa percepciَn; ni siquiera en caso de que lograra engendrar un hijo que no babeara ni necesitara paٌales de adulto. Istriya lo habيa hecho tan bien que él casi la amaba. Conphas escudriٌَ a su tيo una vez mلs. Para entonces, estaba mلs cerca, tanto que Conphas podيa advertir los detalles de su vestido. El cuerno de fieltro blanco que se alzaba de la diadema sorprendiَ al
Exalto-General. Ningْn Emperador nansur habيa llevado la corona de Shigek desde la pérdida de la provincia en manos de los fanim tres siglos antes. ،Esa presunciَn era indignante! ؟Qué podيa haberle llevado a un exceso semejante? ؟Creيa que colmلndose de huecos ornamentos podrيa salvaguardar su gloria? «Sabe... ،Sabe que le he superado!» Durante el regreso de la estepa de Jiunati, Conphas habيa pensado en su tيo hasta la obsesiَn. Conphas comprendيa que la pregunta real era si su tيo decidirيa convertirle en una herramienta con mلs usos o se desharيa de él al verlo como una amenaza. El hecho de que Xerius le hubiera mandado a destruir a los scylvendios no disminuي a en absoluto la posibilidad de que se deshiciera de él. La ironيa de asesinar a alguien por haber cumplido con éxito susَ rdenes no significar يa nada para Xerius. Tales «injusticias», como las llamaban los filَsofos, eran el pan y la sal de la polيtica imperial. No. De no mediar otros factores, habيa llegado a pensar Conphas, su tيo intentarيa matarle. Elْ nico problema era que él habيa derrotado a los scylvendios. Aunque, como Conphas se temيa, su triunfo no se tradujera en el poder de derrocar a su tيo, Xerius, que creيa ver una conspiraciَn cada vez que dos de sus esclavos se tiraban un pedo, darي a por hecho simplemente que s يposeيa ese poder. De no mediar otros factores, Conphas deberيa haber regresado a Momemn con ultimلtum y torres de asedio. Pero otros factores estaban mediando. La batalla de Kiyuth no hab يa sido sino el primer paso del plan general de quitarle la Guerra Santa a Maithanet, y la Guerra Santa era la clave del sueٌo de su tيo de tener un Imperio restaurado. Si Kian podيa ser derrotado, y si todas las viejas provincias podيan ser reconquistadas, entonces Ikurei Xerius III serيa recordado no como un guerrero-Emperador, como Xatantius o Triamus, sino como un gran estadista-Emperador, como Caphrianas el Joven. ة se era su sueٌo. Mientras Xerius se aferrara a su sueٌo, Conphas sabيa que harيa cuanto estuviera en su mano para acomodar a su endiosado sobrino. Al derrotar a los scylvendios, Conphas se habيa vuelto mلsْ til que peligroso. Debido a la Guerra Santa. Todo era debido a la maldita Guerra Santa. A cada paso de Conphas, el foro abarcaba una porciَn mayor del cielo. Su tيo, que parecيa incluso mلs ridيculo entonces que Conphas veيa la ropa que llevaba, estaba cada vez mلs cerca. Pese a que su cara pintada parecيa impasible en la distancia, Conphas vio, o creyَ ver,
que sus manos se agarraban momentلneamente a los costados de su t ْnica morada. ؟Un gesto de nerviosismo? El Exalto-General a punto estuvo de echarse a reيr. Pocas cosas le parecيan mلs divertidas que la aflicciَn de su tيo. Los gusanos debيan retorcerse. Siempre habيa odiado a su tيo, ya de niٌo. Pero pese a todo el desprecio que sentيa por él, habيa aprendido hacيa mucho tiempo a no subestimarle. Su tيo era como uno de esos infrecuentes borrachos a los que les costaba hablar y se tambaleaban un dيa tras otro, pero se mostraban letalmente alerta cuando se enfrentaban al peligro. ؟Percibيa el peligro en ese momento? De repente, Ikurei Xerius III parecيa una gran adivinanza, inescrutable. «؟Qué estلs pensando, tي o?» La pregunta le acuciaba tanto que se sintiَ obligado a buscar una respuesta. --Dime, Martemus --dijo en voz baja--, ؟qué crees que estل pensando mi tيo? Martemus estaba tenso. Quiz لle parecيa indecoroso conversar en ese momento. --Tْ le conoces mucho mejor que yo, Exalto-General. --Una respuesta muy polيtica. Conphas se callَ, estremecido por la premoniciَn de que la causa de la ansiedad de Martemus era mucho mلs profunda que la simple perspectiva de reunirse con el Emperador por primera vez. ؟Cuلndo ese hombre habيa tenido miedo ante sus superiores? Nunca. --؟Debo tener miedo, Martemus? Los ojos del general permanecieron clavados en el distante Emperador. No parpadeaba. --Debes tener miedo, sي. Sin importarle qué pudieran pensar los que le observaban, Conphas escudriٌَ el perfil del hombre, y una vez mلs percibiَ el clلsico corte nansur de su mandيbula y su nariz rota. --؟Y por qué es as?ي Martemus siguiَ caminando en silencio durante lo que pareciَ un larguيsimo rato. Exasperado, Conphas sintiَ el impulso de pegarle. ؟Por qué pensar durante tanto tiempo una respuesta cuando la decisiَn siempre era la misma? Martemus sَlo decيa la verdad. --Sَlo sé --respondiَ finalmente el general-- que si yo fuera el Emperador y tْ mi Exalto-General, te tendrيa miedo. Conphas resoplَ entre dientes.
--Y cuando el Emperador le tiene miedo a algo, lo mata. Veo que incluso los provincianos sois conscientes de su verdadero carلcter. Pero mi tيo me tiene miedo desde la primera tarde que le derroté al benjuka. Yo tenيa ocho aٌos. Podrيa haberme estrangulado y haberlo atribuido todo a una desafortunada uva de no haber sido por mi abuela. --No veo... --Mi tيo le tiene miedo a todos y a todo, Martemus. Conoce demasiado bien la historia de nuestra dinastيa como para no hacerlo. Debido a eso, sَlo los nuevos miedos le incitan a asesinar. A duras penas percibe viejos miedos como yo. El general se encogiَ de hombros imperceptiblemente. --Pero ؟acaso él no...? Se detuvo, como estremecido por su propio descaro. --؟Mandَ ejecutar a mi padre? Por supuesto que sي. Pero al principio no temيa a mi padre. Sَlo después, después de que..., después de que la Casa Biaxi le envenenara el corazَn de rumores. Martemus le observَ con el rabillo del ojo. --Pero lo que tْ has logrado, Exalto-General... ،Piensa en ello! Con una sola orden tuya, todos los soldados que estلn aquي, ،hasta elْ ltimo!, darيan su vida por ti. ،Sin duda el Emperador lo sabe! ،Sin duda, éste es un nuevo miedo! Conphas habيa pensado que Martemus era incapaz de sorprenderle, pero le impresionَ la trascendencia y la vehemencia de su respuesta. ؟Estaba sugiriendo una rebeliَn? ؟Allي? ؟En ese momento? De repente, se vio ascendiendo por la escalera hacia el foro, saludando a su tيo, y después girلndose hacia los miles de soldados reunidos a lo largo de todo el Campus Scuari para gritarles, implorando --no, ordenando-- que asaltaran el foro y las Cumbres Andiamine. Vio a su tيo reducido a un guiٌapo sanguinolento. La escena le dejَ sin aliento. ؟Podيa ser una revelaciَn de alguna clase? ؟Una visiَn de su futuro? ؟Debيa...? ،Pero eso era una total locura! Martemus no alcanzaba a ver el plan en su totalidad. A pesar de ello, todo --los soldados arrodillلndose en un extremo de su campo visual, las espaldas aceitosas de los ujieres ante él, su tيo esperando como al término de un viaje extremadamente enrevesado-se habيa convertido en una pesadilla. De repente, Martemus y sus temores infundados le molestaron. ،Se suponيa que tenيa que ser su gran momento! Su momento de éxtasis. --؟Y qué hay de la Guerra Santa? --le espetَ. Martemus frunciَ el entrecejo, pero siguiَ mirando hacia el inmenso
foro. --No lo entiendo. Invadido por un repentino destello de impaciencia, Conphas mirَ al hombre. ؟Por qué les resultaba tan difيcil verlo? ؟Era ésa la forma en que los Dioses se sentيan cuando se hartaban de la incapacidad de los hombres para comprender el gran portento de sus designios? ؟ Esperaba demasiado de sus seguidores? Los Dioses, sin duda, lo hacي an. Pero quiz لésa fuera la cuestiَn. ؟Qué mejor que hacer que se esforzaran? --؟Crees --prosiguiَ Martemus-- que el Emperador es mلs avaricioso que temeroso? ؟Que su deseo de restaurar el Imperio eclipsa el miedo que siente por ti? Conphas sonriَ. El endiosamiento habيa sido apaciguado. --Eso creo. Me necesita, Martemus. --As يque te la juegas. Los ujieres habيan llegado a la monumental escalera que llevaba a la cima del foro, y entonces se alejaban por ambos lados, haciendo una reverencia. El Emperador estaba cerca, por encima de ellos. --؟Y por quién apostarيas tْ, Martemus? Por primera vez, el general le mirَ directamente. Sus refulgentes ojos marrones estaban llenos de una inusitada adoraciَn. --Por ti, Exalto-General. Y por el Imperio. Se habيan detenido en la base de la monumental escalera. Después de mirar un instante a Martemus, Conphas hizo un gesto a sus guardaespaldas para que le siguieran con el prisionero; después, empezَ a subir la escalera. Su tيo le esperaba en el rellano mلs grande. Conphas advirtiَ que Skeaos estaba a su lado. Decenas de funcionarios de la corte se arremolinaban entre las columnas del foro. Todo el mundo observaba con el rostro solemne. Sin él quererlo, recordَ las palabras de Martemus: «Con una sola orden tuya, todos los soldados que estلn aqu يdarيan su vida por ti». Conphas era un soldado, y como tal creيa en la formaciَn, las previsiones, la planificaciَn; en la preparaciَn, en resumen. Pero también poseيa, como deben hacer todos los grandes lيderes, un buen ojo para la fruta que madura antes de tiempo. Conocيa perfectamente la importancia del tiempo. Si golpeaba entonces, ؟qué sucederيa? ؟Qué harيan --y ése era el problema-- todos los all يreunidos? ؟Cuلntos se unirيan a él? «Por ti... Apostarيa por ti.»
Pese a todas sus carencias, su tيo era un astuto juez de caracteres. Era como si el muy idiota supiera instintivamente equilibrar el bastَn y la caricia, cuلndo golpear y cuلndo calmar. De repente, Conphas se dio cuenta de que no tenيa ni idea de la manera en que esos hombres de tamaٌa importancia reaccionarيan. Obviamente, Gaenkelti, el capitلn de la Guardia Eَtica, permanecerيa junto al Emperador; hasta la muerte, si era necesario. Pero ؟Cememketri? ؟ Preferirيa el Saik Imperial un dirigente fuerte a uno débil? ؟Y qué habيa de Ngarau, que controlaba las todopoderosas arcas? ،Tantas incertidumbres! Una cلlida rلfaga de viento mandَ revoloteando a sus pies unas cuantas hojas de alguna arboleda oculta. Se detuvo en el rellano inmediatamente por debajo de su tيo y le saludَ. Ikurei Xerius III permaneciَ inmَvil como una estatua pintada. El arrugado Skeaos, sin embargo, le hizo un gesto para que se acercara. Con los oيdos zumbلndole, Conphas ascendiَ losْ ltimos escalones. Imل genes de soldados causando disturbios se aparecieron en su imaginaci َn. Pensَ en su daga ceremonial; se preguntَ si su temple serيa suficiente para atravesar la seda, el damasco, la piel y el hueso. Sي. Se detuvo ante su tيo. Su expresiَn y sus extremidades se tensaron en desafيo. A pesar de que Skeaos le miraba con una alarma desnuda, su tيo simulَ no darse cuenta. --،Qué gran victoria, sobrino! --exclamَ abruptamente--. ،Has colmado de gloria a la Casa Ikurei como ningْn otro! --Tْ --dijo Conphas en un tono neutro-- eres demasiado generoso, t يo. Su tيo frunciَ muy brevemente el entrecejo. Conphas no se habيa arrodillado para besarle la rodilla. Sus miradas se cruzaron, y por un instante Conphas se asustَ. Se habيa olvidado de lo mucho que Xerius se parecيa a su padre. Mejor. Le cogerيa la nuca como si fuera a darle un beso يntimo, y entonces le clavarيa el cuchillo en el esternَn. Le darيa un tirَn a la hoja y le partirيa el corazَn por la mitad. El asesinato serيa rلpido y notablemente falto de crueldad. Entonces, él se dirigirيa a los hombres que estaban a sus pies y les ordenarيa que garantizaran la seguridad del recinto imperial. En menos de lo que un corazَn tarda en latir, el Imperio serيa suyo. Alzَ la mano para darle el beso, pero su tيo se la apartَ y le hizo a un lado de un empujَn, cautivado por algo que estaba muchos escalones
por debajo. --؟Y qué es eso? --gritَ, obviamente refiriéndose al prisionero. Conphas resiguiَ con la mirada a los espectadores y vio a Gaenkelti y muchos otros escrutلndole con recelo. Con una sonrisa falsa, se girَ para unirse al Emperador. --،Ah, tيo! ةste es elْ nico prisionero que podemos ofrecerte. Todo el mundo sabe que los scylvendios son unos pésimos esclavos. --؟Y quién es él? El hombre habيa sido empujado hasta quedar de rodillas, y entonces se inclinaba sobre su desnudez, con los brazos llenos de cicatrices encadenados a la espalda. Uno de los guardaespaldas tirَ de su melena negra y le levantَ la cara hacia el Emperador. Pese a que un rastro de desdén dominaba su expresiَn, sus ojos grises estaban ausentes, fijos en cosas que no eran de ese mundo. --Xunnurit --dijo Conphas--, su Rey-de-Tribus. --،Habيa oيdo que habيa sido capturado, pero no me atrevيa a creer los rumores! ،Conphas! ،Conphas! ،El Rey-de-Tribus scylvendio capturado! ،Hoy has hecho inmortal esta Casa! Lo cegaré, lo castraré y lo ataré a la base de mi trono, como los antiguos Grandes Reyes de Kyraneas. --Una magnيfica idea, tيo. Conphas mirَ a su derecha y finalmente vio a su abuela. Llevaba una tْnica de seda verde cruzada por una banda azul en forma de abrazo. Como siempre, parecيa una vieja zorra haciéndose la coqueta. Pero habيa algo en su expresiَn... Por alguna razَn, parecيa distinta. --Conphas --dijo jadeando, con los ojos abiertos de embeleso--. ،Te marchaste como heredero del Imperio y has vuelto como un dios! Una inspiraciَn colectiva siguiَ a esas palabras. Traiciَn, o al menos algo que sin duda el Emperador interpretarيa como una traiciَn. --Eres demasiado amable, abuela --dijo Conphas, rلpidamente--. Vuelvo como un humilde esclavo que sَlo ha cumplido la orden de su amo. «،Pero tiene razَn! ؟No es as»?ي Por alguna razَn, dejَ de acariciar la posibilidad de derrocar a su tيo y tratَ de arreglar la metedura de pata de su abuela. Resoluciَn. ،Tenيa que concentrarse! --Por supuesto, querido. Hablaba en un sentido figurado... --De un modo curiosamente obsceno para una mujer tan vieja, se dirigiَ pavoneل ndose a su lado y entrelazَ el brazo en el que portaba el cuchillo con el de ella--. Deberيa darte vergüenza, Conphas. Puedo entender que el
vulgo --mirَ con ira a los ministros de su hijo-- encuentre escandalosas mis palabras, pero ؟tْ? --؟Debes siempre mimarlo tanto, madre? --dijo Xerius. Habيa estado palpando su trofeo, como si tratara de poner a prueba su tono muscular. Por casualidad, Conphas interceptَ la mirada de Martemus, que estaba pacientemente arrodillado; hasta entonces habيa sido ignorado por completo. El general asintiَ peligrosamente. Una conocida serenidad se apoderَ entonces de Conphas, la que le permitيa pensar y actuar con tranquilidad mientras los otros hombres daban tumbos. Mirَ las aparentemente interminables hileras de soldados de infanterيa que habيa debajo de ellos. «Con una orden tuya, todos los soldados...» Se separَ de su abuela. --،Mira! --dijo--, hay cosas que debo saber. --؟O qué? --respondiَ su tيo, que se habيa olvidado del Rey-de-Tribus, o quiz لsu interés habيa sido una argucia. Sin intimidarse, Conphas mirَ con dureza los ojos pintados de su tي o y sonriَ ante la absurdidad de su corona Shigek. --O dentro de poco estaremos en guerra con los Hombres del Colmillo. ؟Sabيas que han provocado un disturbio cuando he intentado entrar en Momemn? ؟Que han matado a veinte de mis Kidruhil? Conphas se dio cuenta de que su mirada se habيa desplazado hacia el cuello blando y maquillado de su tيo. Quiz لése serيa el mejor lugar en el que golpear. --،Oh, s !ي--dijo Xerius con un gesto desdeٌoso--, un incidente lamentable. Calmemunis y Tharschilka han estado incitando a otros hombres aparte de los suyos. Pero te aseguro que es un asunto concluido. --؟Qué quieres decir con lo de concluido? --Por primera vez en su vida, a Conphas no le importaba en absoluto lo que su tيo opinara de su tono. --Maٌana --declarَ Xerius con la voz de un decreto-- tْ y tu abuela me acompaٌaréis rيo arriba para observar el transporte de miْ ltimo monumento. Sé, sobrino, que tienes una naturaleza inquieta, que eres partidario de la acciَn decisiva, pero debes ser paciente. Esto no es Kiyuth, y nosotros no somos scylvendios... Las cosas no son como parecen, Conphas. Conphas estaba estupefacto. «Esto no es Kiyuth y nosotros no somos scylvendios.» ؟Qué significaba eso?
Como si el asunto estuviera terminado, Xerius prosiguiَ. --؟Es éste el general del que tan bien me has hablado? Martemus, ؟verdad? Es un placer para m يque esté aquي. No he podido transportar a un nْmero suficiente de tus hombres para llenar el campus, as يque me he visto obligado a utilizar mi Guardia Eَtica y varios cientos de los guardias de la ciudad. Aunque estaba anonadado, Conphas respondiَ sin dudar. --؟Y los has vestido como mis... regulares del ejército? --Por supuesto. La ceremonia es tanto por ellos como por ti, ؟ verdad? Con el corazَn martilleلndole, Conphas se arrodillَ y besَ la rodilla de su tيo.
Armonيa... Tan dulce. Eso era lo que Ikurei Xerius creيa que estaba buscando a tientas. Cememketri, el Gran Maestro del Saik Imperial, le habيa asegurado que el cيrculo era la mلs pura de las formas geométricas, la mلs eficaz para apaciguar el espيritu. Le habيa dicho que uno no debي a vivir su propia vida en lيneas. Habيa que hacer nudos con cيrculos de cuerda, y habيa que tramar las intrigas con cيrculos de sospecha. ،La propia forma de la armonيa estaba maldita! --؟Cuلnto tiempo debemos esperar, Xerius? --le preguntَ su madre desde detrلs, cuya voz sonaba ronca por la edad y la irritaciَn. «El sol quema, ؟verdad, madre zorra?» --Pronto --le dijo al rيo. Desde la proa de su galera, Xerius contemplaba las aguas marrones del rيo Phayus. Tras él, estaba sentada su madre, la Emperatriz Istriya, y su sobrino, Conphas, exaltado por su impresionante destrucciَn de las tribus scylvendias en Kiyuth. En teorيa, les habيa invitado a presenciar el transporte de suْ ltimo monumento desde las canteras de Osbesus, rيo abajo, a Momemn. Pero como siempre, tras la reuniَn de la familia imperial se ocultaban mلs motivos. Sabيa que se burlarيan del monumento --su madre abiertamente, su sobrino en silencio--, pero no despreciarيan --no podيan-- el anuncio que en breve les iba a hacer. La mera menciَn de la Guerra Santa serيa suficiente para merecer su respeto. Durante un tiempo, por lo menos. Desde que habيan zarpado de los muelles de piedra de Momemn,
su madre habيa estado adulando a su nieto. --Quemé mلs de doscientos votivos de oro por ti --estaba diciendo--, uno por cada dيa que estuviste en el campo de batalla. Y ofrec يtreinta y dos perros al sacerdocio de Gilgaَl para que los sacrificaran en tu... --Hasta les regalَ un leَn --gritَ Xerius por encima de su hombro--. El albino que Pisathulas comprَ a ese insoportable comerciante kutnami, ؟ no es asي, madre? Aunque no podيa verla, percibiَ sus ojos clavados en su espalda. --Eso tenيa que ser una sorpresa, Xerius --dijo con una لcida dulzura--. ؟Te habيas olvidado? --Lo siento, madre. Yo... --Tenيa preparada su guarida --le dijo a Conphas, como si Xerius no hubiera hablado--. Un regalo lَgico para el Leَn de Kiyuth, ؟no? --Se ri َde su propio ingenio para la conspiraciَn. Xerius se agarrَ con fuerza al pasamanos de caoba. --،Un leَn! --exclamَ Conphas--. Y albino, ،nada menos! No es de extraٌar que los Dioses me favorecieran, abuela. --Un soborno --respondiَ ella, desdeٌosamente--. Estaba desesperada por que volvieras de una sola pieza; loca de desesperaciَn. Pero ahora que me has dicho que derrotaste a los brutos, me siento idiota. ،Tratar de sobornar a los Dioses para que cuidaran de uno de ellos! El Imperio nunca ha visto a hombres como tْ, querido Conphas. ،Nunca! --Todo lo que sé, abuela, te lo debo a ti. Istriya a punto estuvo de soltar una risa nerviosa. Las alabanzas, especialmente las procedentes de Conphas, siempre habيan sido su narcَtico preferido. --Fui una tutora bastante severa, ahora que lo mencionas. --La mلs severa. --Pero es que tْ siempre llegabas tarde, Conphas. Esperar a alguien siempre saca lo peor que hay en mي. Podrيa arrancar ojos de un zarpazo. Xerius apretَ los dientes. «،Sabe que estoy escuchando! Me estل acosando.» Conphas se estaba riendo. --Me temo que descubr يlos placeres de las mujeres a una edad terriblemente precoz, abuela. Tenيa a otras tutoras a las que atender. Istriya estaba siendo maliciosa, hasta seductora. Vieja zorra. --Lecciones aprendidas de primera mano, supongo.
--Todo se reduce a follar, ؟no es as?ي Sus risas taparon el zumbido de los remos de la galera. Xerius reprimiَ un grito. --،Y ahora la Guerra Santa, querido Conphas! ،Serلs mلs, mucho mلs, que el mejor Exalto-General de nuestra historia! «؟Qué est لtratando de hacer?» Istriya siempre le habيa acosado, pero nunca habيa llegado a llevar sus bromas tan cerca de la sediciَn. Sabيa que gracias a su victoria sobre los scylvendios, Conphas habيa dejado de ser una herramienta para transformarse en una amenaza; especialmente, después de la farsa del foro el dيa anterior. Xerius sَlo tenيa que echarle un vistazo a la cara de su sobrino para saber que Skeaos habيa tenido razَn. En los ojos de Conphas estaba el asesinato. Si no hubiera sido por la Guerra Santa, Xerius habrيa ordenado que acabaran con él all يmismo. Istriya habيa estado allي. Sabيa todo eso, y a pesar de ello presionaba cada vez mلs. ؟Estaba ella...? ؟Estaba tratando de que mataran a Conphas? Conphas, obviamente, estaba desconcertado. --Mis hombres llamarيan a eso contar los muertos antes de que se derrame la sangre, abuela. Pero ؟estaba realmente preocupado? ؟Podيa estar actuando? ؟ Algo tramado por los dos para despistarle? Observَ con los ojos entrecerrados el otro extremo de la galera en busca de Skeaos. Le vio con Arithmeas y le llamَ con una mirada de furia, pero después se maldijo. ؟Qué necesidad tenيa de ese viejo idiota? Su madre estaba haciendo trampas. Ella siempre estaba haciendo trampas. «Ignَrales.» Skeaos se desliz َa su lado-- el hombre caminaba como un cangrejo--, pero Xerius no le hizo caso. Respirando lenta y profundamente, estudiَ el trلfico del rيo. Con una lenta elegancia, los barcos se adelantaban unos a otros, y la mayorيa transportaban pesadas mercancيas. Vio los cuerpos sin vida de cerdos y ganado, urnas de aceite y barriles de vino; vio trigo, maيz, roca de cantera, e incluso lo que le pareciَ que debيa de ser una compaٌيa de danza, todo surcando el ancho rيo de regreso a Momemn. Era bueno estar en el Phayus. Era la gran cuerda a partir de la que se extendيan las inmensas redes del Nansurium. El comercio y la industria de los hombres, todo sancionado por su imagen. mi rostro«. «El oro que tienen en sus manos --pens --lleva َ Mirَ el cielo. Sus ojos se posaron sobre una gaviota
misteriosamente suspendida en el corazَn de una nube tormentosa. Por un momento, pensَ que podيa sentir la caricia de la armonيa y olvidar el fastidio de su madre y su sobrino a sus espaldas. Entonces, la galera dio una sacudida y se detuvo de repente. Xerius se tambaleَ sobre la proa un momento, tratando de tenerse en pie. Se incorporَ y buscَ con la mirada llena de furia al capitلn entre una pequeٌa horda de funcionarios que estaban en mitad del barco. Oyَ gritos amortiguados por la madera; después, el chasquido de los lلtigos. Las imلgenes le vinieron a la cabeza espontلneamente: espacios atestados y oscuros, dientes podridos apretلndose agَnicamente, sudor y un dolor insoportable. --؟Qué ha pasado? --oyَ Xerius que preguntaba su madre. --Un banco de arena, madre --dijo Conphas a modo de explicaciَn--. Otro retraso, al parecer. --Su tono estaba preٌado de impaciencia, una licencia a la que no se hubiera atrevido meses antes, pero todavيa pequeٌa comparada con la afrenta del dيa anterior. Los gritos resonaron en la cubierta embaldosada. Los remos batي an las aguas circundantes, pero sin ningْn efecto. Con una expresiَn que ya imploraba piedad, el capitلn se acercَ y reconociَ que habيan encallado. Xerius reprendiَ al idiota mientras percibيa el escrutinio de su madre. Cuando la mirَ, vio un par de ojos demasiado sagaces para pertenecer a una madre que observaba a su hijo. A su lado, Conphas se recostَ en su divلn, sonriendo como si estuviera contemplando una pelea de gallos amaٌada. Turbado por su escrutinio, Xerius hizo un gesto para interrumpir las quejumbrosas explicaciones del capitلn. --؟Por qué deberيan los remeros recoger lo que tْ has sembrado? --gritَ. Disgustado por el infantil lloriqueo de aquel hombre, le dio la espalda y ordenَ a sus guardaespaldas que se lo llevaran abajo. El aullido del capitلn no hizo mلs que espolear su ira. ؟Por qué habيa tan pocos hombres capaces de soportar las consecuencias de sus acciones? --Un juicio --dijo su madre, secamente-- digno del عltimo Profeta. --Esperaremos aqu ي--espetَ Xerius a nadie en concreto. Al cabo de un rato, los latigazos y los gritos amainaron. Los remos quedaron en silencio. Se produjo un infrecuente momento de tranquilidad en la cubierta. El aullido de un perro resonَ sobre las aguas. Los niٌos se perseguيan a lo largo del embarcadero meridional esquivando pimenteros y chillando. Pero se oyَ otro sonido.
--؟Los oيs? --preguntَ Conphas. --Sي, los oigo --respondiَ Istriya, girando el cuello para mirar rيo arriba. Xerius también lo oيa: un débil coro de gritos sobre las aguas. Entrecerrando los ojos, mir a َ lo lejos, donde el Phayus se doblaba y se plegaba entre oscuras laderas, buscando algْn signo visible de la barcaza que transportaba su nuevo monumento. No vio ninguno. --Quiz ل--le susurrَ Skeaos al oيdo-- deberيamos esperar tuْ ltimo triunfo en la popa de la galera, Dios-de-los-Hombres. Empezَ a reprender al Primer Consejero por interrumpirle con tonter يas, pero después dudَ. --Continْa --murmurَ, escudriٌando al anciano. El rostro de Skeaos le recordaba con frecuencia una manzana podrida con los dos agujeros de los ojos negros relucientes. Parecيa un niٌo viejo. --Desde allي, Dios-de-los-Hombres, tu divino monumento se revelar لmucho mejor, lo que permitir لa tu madre y tu sobrino... --Tenي a una expresiَn dolorida. Xerius hizo una mueca y mirَ con recelo a su madre. --Nadie osa burlarse del Emperador, Skeaos. --Por supuesto, Dios-de-los-Hombres; sin duda. Pero si esperamos en la popa, tu obelisco quedar لexpuesto en un magnيfico لngulo mientras la barcaza nos adelanta. --Ya habيa pensado en eso... --Sin duda. Xerius se girَ hacia la Emperatriz y el Exalto-General. --Ven, madre --dijo--. Apartémonos del sol. Un poco de sombra te favorecerل. Istriya frunciَ el entrecejo al oيr el insulto, pero por otro lado, pareci َ visiblemente aliviada. El sol estaba en lo mلs alto y calentaba mucho para esa época del aٌo. Se alzَ con una elegancia tensa y, a regaٌ adientes, cogiَ la mano que le ofrecيa su hijo. Conphas se puso en pie tras ella y los siguiَ. Formaciones de esclavos perfumados y funcionarios se apartaron de su camino. Con Skeaos esperando a una distancia prudente, los tres se detuvieron en las mesas cubiertas de manjares. Xerius se animَ cuando su madre alabَ a los esclavos de la cocina. Halagar a sus sirvientes siempre habيa sido una manera de arrepentirse de anteriores indiscreciones, su forma de disculparse. Xerius pensَ que quiz لserيa indulgente con él ese dيa. Finalmente, se instalaron bajo el dosel de la parte posterior de la
galera y se tendieron en sofلs nilnameshi. Skeaos permaneciَ a la derecha de Xerius, su posiciَn habitual. El Emperador encontraba su presencia reconfortante: como un vino demasiado fuerte, su familia ten يa que rebajarse con agua. --؟Y cَmo est لmi media hermana? --le preguntَ Conphas. El jnan habيa empezado. --Una esposa satisfactoria. --Y a pesar de ello, suْ tero sigue cerrado --seٌalَ Istriya. --Ya tengo un heredero --respondiَ Xerius con indiferencia, sabedor de que la vieja bruja se alegraba de su impotencia. La semilla fuerte abr يa elْ tero. Le habيa llamado débil. Los ojos negros de Istriya refulgieron. --Sي... Un heredero sin herencia. ،Qué franqueza! Quiz لla edad habيa atrapado, por fin, a la inmortal Istriya. Quiz لel tiempo era elْ nico veneno del que no podrيa escapar. --Ve con cuidado, madre. --Quizل, y esa idea llenَ a Xerius de un estridente jْbilo, muriera pronto. Maldita vieja zorra. Conphas intercediَ. --Creo que la abuela se refiere a los Hombres del Colmillo, divino tي o... Esta maٌana he sabido que acaban de provocar altercados y saquear Jarutha. Hemos soportado disturbios y exigencias del Shriah, t يo. Estamos al borde de una guerra abierta. Al corazَn del asunto directamente. No era elegante. Era burdo. --؟Qué tienes pensado hacer, Xerius? --preguntَ Istriya--. No es sَlo tu malhumorada y a veces poco educada madre quien se inquieta por estos portentosos acontecimientos. Hasta las Casas de la Congregaciَn mلs dignas de confianza estلn alarmadas. En un sentido u otro, debemos actuar. --Nunca he creيdo que fueras poco educada, madre; sَlo lo pareces. --Respَndeme, Xerius: ؟qué tienes pensado hacer? Xerius suspirَ de manera audible. --Ya no es una cuestiَn de lo que piense que deba hacer. El hecho se ha consumado. Calmemunis ha enviado emisarios. Firmar لel Solemne Contrato maٌana por la tarde. Se compromete personalmente a que los altercados y los disturbios terminen hoy. --،Calmemunis! --siseَ su madre como si le sorprendiera. Con toda probabilidad, lo habيa sabido antes que el propio Xerius. Después de todos los aٌos que se habيa pasado tramando a favor y en contra de
maridos e hijos, su red de espيas se extendيa hasta la misma médula del Nansurium--. ؟Qué hay de los otros Grandes Nombres? ؟Qué hay del ainonio? ؟Cَmo se llama? ؟Kumrezzer? --Sَlo sé que Calmemunis va a hablar con él, con Tharschilka y con algunos otros hoy. --También él firmar ل--dijo Conphas con el aire de un orلculo aburrido. --؟Qué te hace estar tan seguro de eso? --preguntَ Istriya. Conphas levantَ su cuenco, y uno de los ubicuos esclavos acudiَ corriendo para volver a llenلrselo. --Todos los que llegaron pronto firmarلn. Deberيa haberme dado cuenta antes, pero ahora que lo pienso, me parece claro que esos idiotas temen la llegada de los demلs por encima de cualquier otra cosa. Creen que son invencibles. Diles que los fanim son tan terribles guerreros como los scylvendios y se reirلn; te recordarلn que el Dios en Persona cabalga a su lado. --؟Qué propones? --preguntَ Istriya. Sin pensar, Xerius se habيa incorporado en su sofل. --Sي, sobrino, ؟qué propones? Conphas dio un sorbo a su cuenco y se encogiَ de hombros. --Creen que tienen la victoria asegurada, as يque ؟por qué compartirla? O incluso peor: ؟por qué dلrsela a sus superiores, que no la merecen? Pensad. Cuando Nersei Proyas llegue, Calmemunis serل poco mلs que uno de sus tenientes. Lo mismo puede decirse de Tharschilka y Kumrezzer. Cuando los principales contingentes de Galeoth y el Alto Ainon lleguen, saben que van a perder sus posiciones preeminentes. Por ahora, la Guerra Santa es suya, y quieren blandirي a... --Entonces, debes retrasar la distribuciَn de provisiones, Xerius --le interrumpiَ Istriya--; evitar que marchen. --Quiz لpodamos decirles --aٌadiَ Skeaos-- que hemos encontrado gorgojos en nuestros graneros. Xerius mirَ a su madre y su sobrino, tratando de matizar la expresiَn desdeٌosa de su rostro. All يera donde terminaban sus conocimientos y donde empezaba su propio genio. Ni siquiera Conphas, la astuta serpiente, podيa adelantلrsele en aquello. --No --dijo--. Marcharلn. Istriya le mirَ fijamente. Su rostro estaba todo lo estupefacto que su piel arrugada le permitيa. --Quiz ل--dijo Conphas-- deberيamos ordenar a los esclavos que
se retiraran. Con una palmada, Xerius hizo que aquellos cuerpos perfumados salieran corriendo de la cubierta. --؟Qué significa esto, Xerius? --preguntَ Istriya, a quien le temblَ la voz, como si la sorpresa le hubiera cortado la respiraciَn. Conphas la escudriٌَ esbozando con los labios una afable sonrisa. --Creo que lo sé, abuela. ؟Podrيa ser, tيo, que el Padirajah haya pedido un... gesto? Enmudecido por la estupefacciَn, Xerius se quedَ mirando boquiabierto a su sobrino. ؟Cَmo podيa saberlo? Demasiada perspicacia, y sin duda un exceso de relajaciَn en las costumbres. En cierto sentido, a Xerius siempre le habيa aterrorizado Conphas. Era mل s que el simple ingenio de aquel hombre. En el interior de su sobrino hab يa algo muerto. No, mلs que muerto, algo fluido. Con los demلs, incluso con su madre --a pesar de que ella le parecيa demasiado distanteْ ltimamente-- siempre habيa un intercambio de expectativas tل citas, de pequeٌas necesidades humanas que trababan y apuntalaban todas las conversaciones, incluso los silencios. Pero con Conphas habي a sَlo meras superficies. Su sobrino nunca habيa sido conmovido por nadie. Conphas sَlo se sentيa conmovido por Conphas, aunque en ocasiones simulara serlo por otros. Era un hombre para el que todo era un antojo. Un hombre perfecto. Pero ،dominar a un hombre as !يY debيa dominarle. «Halلgalo --le habيa dicho en una ocasiَn Skeaos a Xerius--. Y transfَrmate en una parte de la gloriosa historia que él considera su vida.» Pero no habيa sido capaz. Halagar a otro era humillarse a sي mismo. َ erius. El miedo aٌadi ؟:--Es َ necesario --؟Cَmo lo sabes-- ?le espet X que te mande a Ziek para descubrirlo? La Torre de Ziek. ؟Quién en Nansur no se estremecيa cuando la vislumbraba alzلndose sobre la congestiَn de Momemn? La mirada de su sobrino se endureciَ un instante. Le habيa conmovido, y ؟por qué no? Conphas se habيa sentido amenazado. Xerius se riَ. La aguda voz de Istriya interrumpiَ su regocijo. --؟Cَmo puedes bromear con una cosa asي, Xerius? ؟Habيa bromeado? Quiz لsي. --Discْlpame por mi tosco humor, madre, pero Conphas ha acertado, ha acertado un secreto tan mortيfero que podrيa destruirnos a todos, destruirnos a todos si... --Se detuvo y se girَ hacia Conphas--.
Por eso debo saber cَmo te has enterado. Conphas se mostrَ cauto. --Porque es lo que yo harيa. Skauras..., no, Kian debe comprender que nosotros no somos unos fanلticos. «Skauras.» Skauras el halcَn, un nombre viejo. El taimado Sapatishah-Gobernador de Shigek kianene era el primer y correoso obstلculo que debيa superar la Guerra Santa. ،Qué poco comprendيan los Hombres del Colmillo la situaciَn real de las cosas entre los rيos Phayus y Sempis! Nansur y Kian habيan mantenido una guerra intermitente durante siglos. Se conocيan يntimamente y habيan sellado innumerables treguas con hijas de escasa valيa. Cuلntos espي as, rescates, incluso rehenes... Xerius insistiَ mientras escudriٌaba a su sobrino. En su imaginaciَn flotَ la imagen de la fantasmal cara de Skauras superpuesta a la del emisario cishaurim. --؟Quién te lo ha dicho? --le preguntَ con una abrupta intensidad. De joven, Conphas habيa sido durante cuatro aٌos rehén de los kianene. ،Nada mلs y nada menos que en la corte de Skauras! Conphas mirَ los mosaicos con motivos florales que habيa entre sus sandalias. --El propio Skauras --dijo al fin, mirando directamente a Xerius. Su comportamiento tenيa un elemento juguetَn, pero el de aquel que juega solo--. Nunca he interrumpido la comunicaciَn con su corte, pero estoy seguro de que tus espيas ya te lo han dicho. ،Y Xerius se habيa preocupado por los recursos de su madre! --Debes andarte con cuidado en cosas como ésas, Conphas --dijo Istriya, maternalmente--. Skauras es uno de los viejos kianene, un hombre del desierto, tan despiadado como listo. Te utilizarيa para sembrar la disensiَn entre nosotros si pudiera. Recuerda siempre que lo importante es la dinastيa, la Casa Ikurei. ،Esas palabras! A Xerius empezaron a temblarle las manos. Las juntَ. Tratَ de controlar sus pensamientos. Apartَ la mirada de sus rostros voraces. ،Hacيa tantos aٌos! Jugueteando con una pequeٌa ampolla del tamaٌo del dedo de un niٌo, verti e َ l veneno en la oreja de su padre. ،Su padre! Y su madre..., no, la voz de Istriya retumbando en sus pensamientos: «،La dinastيa, Xerius! ،La dinastيa.«! Habيa decidido que su marido no tenيa la garra y el colmillo necesarios para mantener a la dinastيa con vida. ؟Qué estaba sucediendo allي? ؟Qué estaban haciendo? ؟ Conspirar?
Contemplَ a la anciana y adulterada bruja. ،Ojal لhubiera deseado en algْn momento matarla! Pero por lo que podيa recordar, ella habيa sido el tَtem, el fetiche sagrado que sostenيa la demente maquinaria del poder en ese lugar. Sَlo la vieja e insaciable Emperatriz era indispensable. En ocasiones, en su juventud, lo habيa despertado en mitad de la noche, atormentلndole de placer, agitلndole el pene, susurr لndole en el oيdo hْmedo por su lengua: «Emperador Xerius... ؟Lo sientes, mi querido hijo divino?». Era tan hermosa entonces. Se habيa corrido por primera vez gracias a su mano, y ella habيa tomado su semen y se lo habيa dado a probar. «El futuro --le habيa dicho-- sabe a sal... Y hiere, Xerius, mi querido hijo. --Esa cلlida risa que envolvيa el frيo mلrmol de comodidad--. Prueba cَmo hiere...» --؟Lo ves? --estaba diciendo Istriya--. ؟Ves cَmo le preocupa? Eso es lo que Skauras espera. Conphas habيa estado observلndole detenidamente. --No soy idiota, abuela. Y ningْn infiel podrيa tomarme por tal, especialmente Skauras. En cualquier caso, te pido disculpas, tيo. Deberيa habértelo dicho antes. Xerius los observَ a los dos con la mirada en blanco. Fuera, el sol era fiero y brillaba tanto que filtraba los motivos bordados en el toldo rojo al interior: animales entrelazados en cيrculos alrededor del sello del Sol Negro de Nansur. En todas partes --en la sanguinolenta sombra del toldo, en los muebles, el suelo y las extremidades--, el Sol Negro del Imperio estaba rodeado de bestias incestuosas. «Mil soles --pensَ, sintiéndose en calma--. En todas las viejas provincias, ،mil soles! Nuestros antiguos bastiones serلn recuperados. ،El Imperio ser لrestaurado!» --Serénate, hijo --estaba diciendo Istriya--. Sé que no eres tan idiota como para sugerir que Calmemunis y los otros marchen contra los kianene, o que sacrificar a todos los Hombres del Colmillo reunidos hasta ahora sea el «gesto» al que se refiere mi nieto. Eso serيa una locura, y el Emperador de Nansur no est لloco. ؟Verdad, Xerius? Durante ese rato, los gritos que habيan oيdo antes se habيan ido acercando. Xerius se puso en pie y se dirigiَ hacia el pasamanos de estribor. Apoyلndose, vio cَmo el primero de los remolcadores de las barcazas se deslizaba procedente de las distantes riberas. Mirَ de soslayo a los remeros, como la espina dorsal de un ciempiés. Sus espaldas refulgيan bajo el sol. «Pronto...» Se girَ hacia su madre y su sobrino, y después mirَ de soslayo a
Skeaos, que permanecيa inexpresivo, al modo de los intrusos accidentales. --El Imperio quiere lo que ha perdido --dijo Xerius--. Nada mلs. Y sacrificar لcualquier cosa, hasta una Guerra Santa, para obtener lo que quiere. --،Era tan fلcil decirlo! Esas palabras eran el mundo en pequeٌo. --،Estلs loco! --gritَ Istriya--. ؟As يque mandarلs a esos primeros extranjeros a la muerte y mermarلs la Guerra Santa a la mitad simplemente para mostrar al tres veces maldito Skauras que no eres un lunلtico religioso? Despilfarras tu fortuna, Xerius, y ،tientas la infinita ira de los Dioses! Su violencia le sorprendiَ. Pero poco importaba para sus planes lo que ella pensara. Era a Conphas a quien necesitaba... Xerius le observaba. Después de un momento de reconcentrada deliberaciَn, Conphas asintiَ lentamente. --Ya veo... --dijo. --؟Ves algْn sentido en esto? --siseَ Istriya. Conphas lanzَ a Xerius una mirada valorativa. --Piensa, abuela. Llegarلn muchos mلs hombres que los que se han reunido hasta ahora, verdaderos Grandes Nombres, como Saubon, Proyas, ،incluso Chepheramunni, Rey-Regente del Alto Ainon! Pero lo que es mلs importante es que parece que las masas de plebeyos han sido las primeras en responder a la llamada de Maithanet, esos iletrados, movidos por el sentimiento mلs que por el sobrio espيritu de la guerra. Perder a esa chusma serيa una ventaja en innumerables sentidos: menos bocas que alimentar, un ejército mلs cohesionado en el campo de batalla... --Se detuvo y mirَ a Xerius con lo que sَlo podrيa describirse como asombro en los ojos, o algo parecido a eso--. Y eso enseٌarيa al Shriah y a los que le siguen a temer a los fanim. Su dependencia de nosotros, de los que ya respetamos a los infieles, crecer لen la misma medida que su miedo. --،Es una locura! --espetَ Istriya, impertérrita ante la defecciَn de su nieto--. ؟Qué? Entonces, ؟guerreamos contra los kianene bajo las condiciones de un tratado secreto? ؟Por qué deberيamos darles algo ahora, cuando nosotros estamos al fin en una posiciَn a la que aferramos? ،Romperle la espalda a un odiado enemigo! ؟Y vosotros parlamentarيais con ellos? ؟Dirيais: «Cortaré esta extremidad y aquella de allي, pero no ésta»? ،Es una locura! --Pero ؟estamos nosotros en esa posiciَn, abuela? --replicَ Conphas; la deferencia filial estaba entonces ausente de su tono--.
،Piensa! ؟Quiénes somos nosotros? Ciertamente, no los Ikurei. Nosotros significa los Mil Templos. Maithanet es quien tiene cogido ese martillo, ؟o acaso lo has olvidado?, mientras que nosotros solamente tratamos de hacernos con los pedazos resultantes. ،Maithanet nos arruina, abuela! Hasta el momento ha hecho cuanto ha podido para castrarnos. Esa es la razَn por la que ha invitado a los Chapiteles Escarlatas, ؟no es as ?يPara evitar pagar el precio que nosotros exigimos por el Saik Imperial. --Ahَrrame tus explicaciones de cuento de hadas, Conphas. Todavي a no soy una vieja tan estْpida. --Se girَ hacia Xerius y le dedicَ una mirada feroz. Su diversiَn debiَ parecerle evidente--. As يque Calmemunis, Tharschilka e incontables miles de otros son destruidos. La horda ha sido sacrificada. Y entonces, ؟qué, Xerius? Xerius no pudo evitar sonreيr. ،Qué plan! ،Hasta el gran Ikurei Conphas estaba sobrecogido! Y Maithanet... El pensamiento le dio ganas de ponerse a reيr como un poseso. --Entonces, ؟qué? Nuestro Shriah aprende lo que es el miedo. El respeto. Todos sus aspavientos, todos sus sacrificios, himnos y adulaciones no habrلn servido de nada. Como has dicho antes, madre, no se puede sobornar a los Dioses. --Pero a ti sي. Xerius se riَ. --Por supuesto que a m يsي. Si Maithanet ordena a los Grandes Nombres que firmen el Solemne Contrato, que prometan la devoluciَn de las viejas provincias al Imperio, entonces le daré --se girَ hacia su sobrino e inclinَ la cabeza-- el Leَn de Kiyuth. --،Espléndido! --gritَ Conphas--. ؟Cَmo no lo habيa visto antes? Azotarles con una mano para acariciarlos con la otra. ،Genial, tيo! La Guerra Santa ser لnuestra. ،El Imperio ser لrestaurado! Le Emperatriz mirَ a su progenie con recelo. --؟Qué dices, madre? Pero la mirada de Istriya se habيa posado en el Primer Consejero. --Te has mantenido en un absoluto silencio, Skeaos. --No es éste el lugar adecuado para que yo hable, Emperatriz. --؟No? Pero ؟este demente plan es tuyo, no es as?ي --Es mيo, madre --le espetَ Xerius, irritado por su suposiciَn--. El pobre lleva semanas tratando de sacلrmelo de la cabeza. --Ya mientras decيa las palabras sabيa que estaba cometiendo un error. --؟Es asي? ؟Y por qué, Skeaos? Pese a lo mucho que te desprecio a ti y a la desorbitada influencia que ejerces sobre mi hijo, siempre me
ha parecido que tus ideas son sَlidas. ؟Qué opiniones puedes compartir con nosotros? Skeaos la mirَ con una expresiَn de impotencia y no dijo nada. --؟Temes por tu vida, Skeaos? --dijo Istriya, gentilmente--. Haces bien... La justicia de mi hijo es severa y carece totalmente de coherencia. Pero yo no tengo miedo, Skeaos. Las ancianas estلn mلs resignadas ante la muerte que los ancianos. Al traer la vida al mundo, acabamos viéndonos a nosotras mismas como deudoras. Lo que se da se quita --apuntَ, y se girَ hacia su hijo, con los labios fruncidos en una sonrisa depredadora--, lo cual me lleva a lo que querيa decir: a juzgar por lo que Conphas dice, Xerius, das poco o mلs bien nada a los fanim entregلndoles la primera mitad de la Guerra Santa. Xerius reprimiَ su furia. --No me cabe duda de que cientos de miles de vidas es mلs que poco, madre --respondiَ. --،Ah!, pero yo hablo en términos prلcticos, Xerius. Conphas dice que esos hombres son escoria, mلs un impedimento que una ventaja. Como Skauras también debe saberlo, te pregunto, mi querido hijo: ؟qué ha exigido a cambio? Ya sé qué recibes, as يque, dime, ؟qué has dado? Xerius la observَ, pensativo. Le vino a la memoria su encuentro con el cishaurim, Mallahet, y sus crيpticas negociaciones con Skauras. ،Qué frيa le parecيa entonces aquella noche de verano! Frيa e infernal... «El Imperio ser لrestaurado..., cueste lo que cueste.» --Permيteme --prosiguiَ Istriya-- que simplifique, ؟de acuerdo? Dime cuلles son los riesgos. Dime dَnde la segunda mitad de la Guerra Santa, laْ til, necesariamente se tambalea. Xerius engarzَ su mirada con la de Conphas. Vio la odiada y consciente sonrisa que no estaba en su cara, pero encontrَ en ella un asentimiento, loْ nico que necesitaba. ؟Qué era Shimeh comparada con el Imperio? ؟Qué era la fe comparada con el poder imperial? Conphas se habيa puesto del lado del Imperio, de su lado. De repente, el aire le pareciَ cargado del almizcle de la humillaciَn de su madre. Se regocijَ en él. --Esto es la guerra, madre. Como en el juego de las fichas numeradas, ؟quién puede decir qué triunfos o catلstrofes nos depara el futuro? La Emperatriz le observَ durante un largo rato con el rostro desconcertantemente imperturbable bajo su piel de cosméticos. --Shimeh --dijo finalmente con una voz mortecina--; la Guerra
Santa perecer لante Shimeh. Xerius sonriَ; después, se encogiَ de hombros. Se girَ hacia el rيo. En ese momento, los gritos de los remeros estriaban el cielo y la primera de las barcazas pasaba ante ellos. Arrastrando largas cuerdas de cٌل amo, remolcaba una inmensa gabarra de madera, tan grande que parec يa doblar la reluciente espalda negra del rيo. Vio el monumento negro sujetado con vigas, tan largo como altas eran las puertas de Momemn: un gran obelisco para el templo-complejo de Cmiral en Momemn. Mientras pasaba ante él, sintiَ la calidez erَtica del basalto bajo el sol, que irradiaba desde los grandes planos y el inmenso perfil de su cara, el temible semblante de Ikurei Xerius III, en el pinلculo. Sintiَ que el corazَn se le desbordaba y lلgrimas imperiales le cayeron por las mejillas. Le pareciَ ver cَmo levantaban el monumento en el centro de Cmiral, entre miles de ojos maravillados; su rostro imperial mostrado para siempre al blanco sol. Un santuario. Sus pensamientos dieron un salto: «Seré inmortal...». Regresَ a su sof لy se recostَ para saborear deliberadamente las llamaradas de esperanza y orgullo. ،Oh, dulce, divina vanidad! --Como un inmenso sarcَfago --dijo su madre, siempre el لspid de la verdad.
____ 8 ____ Momemn «Los reyes nunca mienten. Exigen al mundo que esté equivocado.» Proverbio conriyano «Cuando realmente aprehendemos a los Dioses, dice el sabio Nilnameshi, los reconocemos no como dioses sino como ladrones. Esto es una de las blasfemias mلs sensatas, puesto que siempre vemos al rey que nos engaٌa, pero nunca al ladrَn.» Olekaros, Confesiones
Otoٌo, aٌo del Colmillo 4110, norte de la estepa de Jiunati Yursalka, de los utemot, se despertَ dando un respingo. Un ruido de alguna clase...
El fuego estaba apagado. Todo era negrura. La lluvia repiqueteaba contra los muros invisibles de su yaksh. Una de sus esposas gimiَ y tirَ de las sلbanas. Entonces, lo volviَ a oيr. Un golpecito contra la entrada oculta. --؟Ogatha? --susurrَ con voz ronca. Uno de sus hijos menores se habيa marchado con toda tranquilidad la tarde anterior, pero no habيa regresado. Habيan dado por hecho que el chico habيa sido sorprendido por la lluvia, que volverي a cuando cesara. Ogatha lo habيa hecho anteriormente. En cualquier caso, Yursalka estaba asustado. Siempre por ahي, ese chico. --؟Oggie? Nada. Otro golpecito. Mلs curioso que alarmado, sacَ las piernas de debajo de las sل banas y se arrastrَ desnudo hasta su sable. Estaba seguro de que se trataba de Oggie jugando, pero eran tiempos difيciles para los utemot. Uno nunca sabيa. Vio el parpadeo de un rayo a través de una juntura del techo cَnico. Por un instante, el agua que goteaba le pareciَ azogue. El trueno subsiguiente le dejَ los oيdos zumbando. Después otro golpecito. Se puso tenso. Con cuidado, avanz َentre sus esposas y sus hijos y se detuvo ante la entrada del yaksh. El niٌo era travieso, razَn por la cual Yursalka lo adoraba tanto, pero tirar piedras contra el yaksh de su padre en mitad de la noche ؟...Era eso una travesura? ؟O malicia? Cerrَ la mano alrededor de la empuٌadura de la espada. Temblَ. Fuera, caيa una gélida lluvia otoٌal. Mلs rayos silenciosos, seguidos de truenos que martilleaban el aire. Desatَ la portezuela; después, lentamente, la apartَ a un lado con el sable. No veيa nada. El sonido pastoso de la lluvia en el fango y los charcos lo inundaba todo. El rugido le recordَ a Kiyuth. Se agachَ bajo la cortina de lluvia, apretando los dientes para que no le castaٌetearan. Los dedos de sus pies se cerraron sobre una de las piedras que habيa entre el fango. Se arrodillَ, la cogiَ, pero apenas veيa nada. Se dio cuenta de que no era una piedra, sino un trozo de cecina, quiz لincluso un pedazo de espلrrago silvestre. De nuevo, el parpadeo de un rayo. Por un instante, loْ nico que pudo hacer fue protegerse de la luz. Lo
comprendiَ con el temblor del trueno. Un trozo del dedo de un niٌo... Lo que tenيa en la mano era el dedo de un niٌo. «؟Oggie?» Maldiciendo, tirَ el dedo y escudriٌَ frenéticamente la oscuridad que lo rodeaba. Ira, pena y terror fueron superados por la incredulidad. «Esto no est لsucediendo.» Una blancura incandescente partiَ el cielo, y por un instante, vio todo el mundo: el horizonte desolado, la extensiَn de los pastos distantes, los yaksh circundantes de sus parientes, y la larga figura detenida a no mلs de diez metros de distancia, observando... --Asesino --dijo Yursalka como aturdido--. ،Asesino! Oyَ pasos chapoteando sobre el barro. --Encontré a tu hijo caminando por la estepa --dijo la odiada voz--, as يque te lo he traيdo. Algo, una col, le impactَ en el pecho. Un miedo desacostumbrado se apoderَ de él. t-tan aliviado. ،Todos estamos --E-estلs vivo --farfull .--Estoy َ m-muy aliviados! Mلs rayos, y Yursalka le vio, como un inmenso espectro, tan salvaje y elemental como el trueno y la lluvia. --Algunas cosas rotas --dijo la voz crispada desde la oscuridad-nunca pueden arreglarse. Yursalka aullَ y saliَ corriendo hacia adelante, a la vez que blandيa el sable dibujando un gran arco. Pero unas extremidades de hierro le cogieron en la oscuridad. Algo explotَ en su cara. La espada se deslizَ de sus dedos insensibles. Una mano lo estrangulَ, y golpeَ un antebrazo hecho de piedra. Sintiَ que los dedos de sus pies hacيan surcos en el barro. Tuvo arcadas. Notَ algo afilado formando un arco en su ingle. Sinti َ una corriente hْmeda en la entrepierna, la extraٌa sensaciَn de que le estaban vaciando. Resbalَ, se golpeَ contra el fango y se retorciَ sobre sus entraٌas. «Estoy muerto.» Un breve revoloteo de luz blanca, y Yursalka le vio acuclillلndose junto a él; vio unos ojos perturbados y una sonrisa famélica. Después, todo se tornَ negro. --؟Quién soy? --preguntَ la oscuridad. --Cna..., Cnaiur --dijo entre jadeos--. Hombre-asesino... El m-mلs violento de los hombres... Recibiَ una bofetada con la mano abierta, como si fuera un esclavo.
--No. Soy tu final. Ante tus ojos, pasaré a tu descendencia por el cuchillo. Descuartizaré tu cadلver y se lo daré de comer a los perros. Tus huesos los reduciré a polvo y los lanzaré al viento. Liquidaré a los que digan tu nombre o el nombre de tus padres, hasta que Yursalka se convierta en una palabra tan carente de sentido como el balbuceo de un bebé. ،Te haré desaparecer, borraré todo rastro de ti! El camino de tu vida ha llegado hasta m يy no sigue mلs adelante. ،Soy tu final, tu completa desapariciَn! Entonces, una luz de antorcha y una conmociَn inundaron la oscuridad. ،Habيan oيdo sus gritos! Vio pies descalzos y calzados pisar el barro, oyَ a hombres maldecir y gruٌir. Observَ cَmo su hermano menor daba vueltas con el pecho descubierto sobre el fango; vio a suْ ltimo primo vivo caer de rodillas, y después dar tumbos como un borracho en un charco. --،Soy tu caudillo! --bramَ Cnaiur--. ،Desafيame o sé testigo de mi justicia! ،De todos modos, se har لjusticia! Sorprendentemente insensible, Yursalka girَ la cabeza sobre el barro y vio a mلs y mلs utemot reuniéndose a su alrededor. Las antorchas chisporroteaban y siseaban bajo la lluvia, y su luz naranja se teٌيa de blanco por las ocasionales rلfagas de rayos. Vio a una de sus esposas, envuelta solamente por la piel de oso que su padre le habيa regalado, observando, horrorizada, el lugar en el que yacيa. Caminَ dando tumbos hacia él, con el rostro ausente. Cnaiur la golpeَ con la fuerza con que se golpea a un hombre. Se le deslizَ la piel y cayَ inerte y desnuda a los pies de su caudillo. Parecيa tan frيa. --،Este hombre --rugiَ Cnaiur-- ha traicionado a sus parientes en el campo de batalla! --،Para liberarnos! --consiguiَ gritar Yursalka--. ،Para liberar a los utemot de tu yugo, de tu depravaciَn! --،Habéis oيdo su confesiَn! ،Su vida y la vida de todas sus pertenencias quedan confiscadas! --No... --Yursalka tosiَ, pero la insensibilidad le estaba reclamando. ؟Qué habيa de justicia en eso? Habيa traicionado a su caudillo, s ,يpero por honor. Cnaiur habيa traicionado a su caudillo, su padre, ،por el amor de otro hombre! ،Por un extranjero que podيa decir palabras mortales! ؟Dَnde estaba la justicia en eso? Cnaiur extendiَ los brazos como si fuera a forcejear con el cielo tormentoso. --Soy Cnaiur urs Skiotha, el-que-destroza-caballos-y-hombres, caudillo de los utemot, ،y he regresado de entre los muertos! ؟Quién osa
disputarme mi juicio? La lluvia siguiَ cayendo. Con la salvedad de algunas miradas de terror y sobrecogimiento, nadie osaba enfrentarse a aquel hombre loco. Entonces, una mujer, la mestiza norsirai que Cnaiur habيa tomado por esposa, irrumpiَ de entre el resto y se arrojَ a sus brazos, llorando descontroladamente. Le golpeَ con poca fuerza el pecho, gimiendo algo incomprensible. Por un momento, Cnaiur la abrazَ con fuerza, después la apartَ. --Soy yo, Anissi --dijo él con una ternura avergonzada--. Estoy entero. Entonces, se apartَ de ella para mirar a Yursalka, un demonio a la luz de las antorchas, una apariciَn iluminada por el rayo. Las esposas y los hijos de Yursalka se habيan reunido a su alrededor, llorando. Yursalka sintiَ blandos muslos bajo su cabeza y el revoloteo de cلlidas manos sobre la cara y el pecho. Pero sَlo podيa mirar la figura voraz de su caudillo. Observَ cَmo cogيa a su hija mلs joven por el pelo y sofocaba su grito con el hierro afilado. Durante un espeluznante momento, se quedَ prendida en su hoja, y Cnaiur la agitَ como una muٌeca ensartada. Las esposas de Yursalka gritaban y se encogيan de miedo. Alzلndose sobre ellas, el caudillo de los utemot agitَ su espada una y otra vez, hasta que todas dieron tumbos y se estremecieron en el barro. Sَlo quedaba Omiri, la hija coja de Xunnurit, con la que Yursalka se habيa casado la primavera anterior, que lloraba y se agarraba a su marido. Cnaiur la cogiَ con la mano que tenيa libre y la levantَ por la nuca. Su boca se movيa como la de un pez para formar un grito silencioso. --؟Es éste el coٌo malnacido de Xunnurit? --gruٌَ. --S ي--dijo Yursalka entre jadeos. Cnaiur la arrojَ como un trapo al fango. --Vive para ver nuestra diversiَn. Después, sufrir لlos pecados de su padre. Rodeado de sus familiares muertos o moribundos, Yursalka observ َ cَmo Cnaiur se enrollaba sus intestinos, como si fueran una cuerda, alrededor del brazo cubierto de cicatrices. Vislumbrَ los ojos insensibles de los miembros de su tribu, sabedor de que no harيan nada. No porque temieran a su demente caudillo, sino porque era como tenيa que ser.
Finales de otoٌo, aٌo del Colmillo 4111, Momemn Desde la declaraciَn de la Guerra Santa un aٌo y medio antes, incalculables miles de hombres se habيan reunido alrededor de las murallas de Momemn. Entre los bien situados en el interior de los Mil Templos, habيa rumores de la consternaciَn del Shriah, que segْn se decيa, no habيa previsto una respuesta tan abrumadora a su llamamiento. En particular, no habيa pensado que tantos hombres y mujeres de las castas inferiores hicieran suya la causa del Colmillo. Eran habituales los rumores de hombres libres que vendيan a sus mujeres como esclavas para comprar un pasaje a Momemn. Se comentaba que un cortador viudo de la ciudad de Meigeiri habيa llegado a ahogar a sus dos hijos para no venderlos a los traficantes de esclavos. Cuando lo arrastraron ante el magistrado eclesiلstico local, supuestamente afirmَ que los habيa «mandado por adelantado» a Shimeh. Historias semejantes empaٌaban todos los informes enviados a Sumna, tanto que se convirtieron mلs en un motivo de asco que de alarma en el aparato del Shriah. Lo que les inquietaba eran las anécdotas, infrecuentes al principio, de atrocidades cometidas por o contra los Hombres del Colmillo. Junto a la costa de Conriya, una peque ٌa borrasca habيa matado a mلs de novecientos peregrinos de las castas inferiores, a los que se habيan prometido pasajes en barcos no aptos para la navegaciَn. Al norte, una cohorte de filibusteros galeoth que hacيan ostentaciَn del Colmillo habيa destruido no menos de diecisiete aldeas a lo largo de su marcha hacia el sur. No dejaron ningْn testigo, y sَlo fueron descubiertos cuando trataron de vender los efectos personales de Arnyalsa, un afamado sacerdote misionero, en un mercado de Sumna. Siguiendoَ rdenes de Maithanet, un grupo de Caballeros Shriah habيa rodeado el campamento y los habيa matado a todos. También estaba la historia de Nrezza Basirullas, el Rey de Cironj y quiz لel hombre mلs rico de los Tres Mares. Cuando varios miles de tydonnios que habيan contratado sus barcos no le pagaron lo acordado, los mandَ a la isla de Pharixas, un viejo bastiَn pirata del Rey Rauschang de Thunyerus, y les exigiَ que tomaran por asalto la isla a modo de pago. Y as يlo hicieron, y con desenfreno. Murieron miles de inocentes, inocentes inrithi. Se decيa que Maithanet habيa llorado al recibir esas noticias. Inmediatamente puso la Casa Nrezza bajo la censura Shriah, que
anulaba todas las obligaciones, comerciales y de otra naturaleza, con Barisullas, sus hijos y sus representantes. La censura fue rلpidamente revocada, con todo, cuando quedَ claro que sin los barcos cironji la Guerra Santa tardarيa muchos meses mلs en organizarse. Antes de que se pusiera punto final al fiasco, Barisullas incluso obtuvo reparaciones en forma de concesiones comerciales Shriah por parte de los Mil Templos. Se rumoreaba que el Emperador de Nansur mandَ sus felicitaciones personales al astuto Rey cironji. Pero ninguno de esos incidentes ocasionَ nada parecido al revuelo provocado por la marcha de lo que acab َsiendo llamado la Guerra Santa Vulgar. Cuando la noticia de que los primeros Grandes Nombres en llegar habيan capitulado ante Ikurei Xerius III y habيan firmado el Solemne Contrato fue conocida en Sumna, se produjo una gran preocupaciَn por la posibilidad de que sucediera algo que hubiera que lamentar. Pero sin la ayuda de los hechiceros, las sْplicas de Maithanet --que ensalzaban las virtudes de la paciencia y aludيan funestamente a las consecuencias de un desafيo-- no llegaron a Momemn hasta dيas después de la partida de Calmemunis, Tharschilka, Kumrezzer y la inmensa multitud que los seguيa. Maithanet estaba molesto. En los puertos de todos los Tres Mares, los grandes contingentes patrocinados por el Estado estaban finalmente preparلndose para embarcar. Gothyelk, el Conde de Agansanor, ya hab يa zarpado con cientos de siervos tydonnios y sus cortes, mلs de cincuenta mil hombres entrenados y disciplinados. La formaciَn de la Guerra Santa, segْn calculaban los consejeros del Shriah, estarيa lista en el plazo de unos pocos meses. En total, los Hombres del Colmillo ten يan que ser mلs de trescientos mil, suficientes para asegurarse la completa destrucciَn de los infieles. La prematura marcha de los que ya se habيan reunido all يsupuso un desastre sin paliativos, aunque la mayor parte de ellos fueran chusma. Se despacharon mensajes frenéticamente, implorando a los seٌores que esperaran a los demلs, pero Calmemunis, en particular, era un hombre testarudo. Cuando Gotian, el Gran Maestro de los Caballeros Shriah, le interceptَ con el llamamiento de Maithanet, el Palatino de Kanampurea, al parecer, dijo: «Es muy triste ver que el propio Shriah duda». La confusiَn y la tragedia, en lugar de la fanfarria, habيan caracterizado la partida de la Guerra Santa Vulgar de Momemn. Como s َlo una minorيa de los all يreunidos estaban relacionados con alguno de los Grandes Nombres, las huestes no tenيan un lيder claro; en
realidad, carecيan de toda organizaciَn. En consecuencia, se produjeron varios disturbios cuando la soldadesca nansur empezَ a distribuir los suministros, y entre cuatrocientos y quinientos de los fieles fueron asesinados. Calmemunis, dicho sea en su honor, actuَ rلpidamente, y con la ayuda de los galeoth de Tharschilka, sus conriyanos pudieron imponer orden a las masas. Las provisiones del Emperador fueron distribuidas con un mيnimo de justicia. Las disputas que pervivieron se arreglaron mediante la espada, y la Guerra Santa Vulgar estuvo lista para marchar. Los ciudadanos de Momemn llenaron las murallas de la ciudad para ver la partida de los Hombres del Colmillo. Muchos abuchearon a los peregrinos, que hacيa mucho tiempo que se habيan ganado el desprecio de sus anfitriones. La mayorيa, sin embargo, permaneciَ en silencio, observando cَmo los infinitos campos de humanidad marchaban penosamente hacia el horizonte meridional. Vieron innumerables carros atestados con posesiones; las mujeres y los niٌos caminando con la mirada apagada a través del polvo; los perros haciendo cabriolas alrededor de innumerables pies, e infinitos miles de pobres hombres de las castas inferiores, con el rostro endurecido, pero llevando sَlo martillos, piquetas o azadas. El propio Emperador observَ el espectلculo desde las cumbres lacadas de las puertas del flanco sur. Segْn se rumoreaba, se le oyَ decir que la visiَn de tantos ermitaٌos, pedigüeٌos y prostitutas le dio ganas de vomitar, pero que ya le habيa dado a la vulgar plebe su cena. A pesar de que las huestes no podيan recorrer mلs de diez millas al dيa, los Grandes Nombres estaban, por lo general, satisfechos de su avance. A juzgar por las cifras, la Guerra Santa Vulgar cre e َ l caos a lo largo de la costa. Esclavos rurales veيan a hombres extraٌos desfilando a través de los campos, un puٌado de hombres inofensivos que pronto serيan seguidos por miles. Cultivos enteros fueron pisoteados; huertos y arboledas arrasados. Pero con la comida del Emperador en el estَ mago, los Hombres del Colmillo fueron todo lo disciplinados que cabيa esperar. Los incidentes de violaciones y robos fueron tan infrecuentes que los Grandes Nombres pudieron impartir justicia, y lo que es mلs importante, pudieron seguir simulando que lideraban un ejército. Cuando cruzaron la frontera y se adentraron en la provincia de Anserca, sin embargo, los peregrinos se habيan convertido plenamente en bandidos. Compaٌيas de fanلticos recorrieron el campo ansercano; en gran medida, limitaron sus estragos a las cosechas y el ganado, pero a veces recurrieron a los saqueos y las matanzas. La ciudad de
Nabathra, famosa por sus mercados de lana, fue saqueada. Cuando unidades nansur bajo el mando del general Martemus, que habيa recibido la orden de seguir de cerca a la Guerra Santa Vulgar, trataron de contener a los Hombres del Colmillo, estallaron muchos campos de batalla. Al principio pareciَ que el general, pese a que sَlo tenيa dos columnas a su disposiciَn, podrيa controlar la situaciَn. Pero el peso de las cifras y la ferocidad de los galeoth de Tharschilka le obligaron a retirarse al norte y, enْ ltima instancia, a guarecerse tras las murallas de Gielgath. Calmemunis hizo pْblica una declaraciَn en la que culpaba al Emperador; aseguraba que Xerius III habيa emitido un edicto mediante el que negaba provisiones a los Hombres del Colmillo, en directa contradicciَn con sus anteriores promesas. En realidad, sin embargo, los edictos habيan sido emitidos por Maithanet, que habيa esperado que su acciَn detuviera la marcha de las huestes hacia el sur y le diera el tiempo suficiente para convencerlas de que regresaran a Momemn. Con los Hombres del Colmillo ralentizados por la necesidad de forraje, Maithanet lanzَ mلs edictos: uno rescindيa la remisiَn Shriah anteriormente extendida a todos los que se habيan unido a la causa del Colmillo; otro, castigaba a Calmemunis, Tharschilka y Kumrezzer con la censura Shriah; y un tercero amenazaba a todos los que seguيan a esos Grandes Nombres con lo mismo. Estas noticias, sumadas a la reacciَn contra el derramamiento de sangre de los dيas anteriores, detuvieron la Guerra Santa Vulgar. Durante un tiempo, hasta Tharschilka flaqueَ en su intento, y pareci َ cierto que el grueso de la Guerra Santa Vulgar regresarيa a Momemn. Pero entonces Calmemunis recibiَ la noticia de que un convoy de provisiones imperiales, al parecer con destino a la fortaleza fronteriza de Asgilioch, habيa caيdo milagrosamente en manos de su pueblo. Convencido de que era una seٌal de Dios, reuniَ a los seٌores y a los lي deres espontلneos de la Guerra Santa Vulgar y les dirigiَ palabras incendiarias. Les pidiَ que se detuvieran y que juzgaran por s يmismos la rectitud de su empeٌo. Les recordَ que el Shriah era un hombre, y que como todos los hombres cometيa errores de juicio de vez en cuando. --El ardor ha desaparecido del corazَn de nuestro bendito Shriah --dijo--. Ha olvidado la sagrada gloria de lo que estamos haciendo. ،Pero tened en cuenta, hermanos, que cuando asaltemos las puertas de Shimeh, cuando entreguemos la cabeza del Padirajah en un saco, él se acordar لde ella! ،Nos halagar لpor haber mantenido nuestra resoluciَn cuando su corazَn dudَ!
Pese a que varios miles desertaron y, enْ ltima instancia, regresaron a la capital imperial, la mayor parte de la Guerra Santa Vulgar siguiَ adelante, entonces del todo inmune a las exhortaciones del Shriah. Grupos de forajidos se dispersaron por la provincia, mientras que el cuerpo principal siguiَ hacia el sur, fragmentلndose todavيa mلs. Las casas de campo de las castas nobles fueron saqueadas. Numerosas aldeas fueron pasadas a fuego; los hombres masacrados, las mujeres violadas. Las ciudades amuralladas que se negaban a abrir sus puertas fueron asaltadas. Finalmente, los Hombres del Colmillo se encontraron al pie de las montaٌas Uٌaras, que durante mucho tiempo habيan sido el baluarte de las ciudades de la llanura Kyranae. De algْn modo, lograron recuperarse y reorganizarse al pie de las murallas de Asgilioch, la antigua fortaleza kyraneana que los nansur llamaban Los Rompedores por haber detenido tres invasiones fanim anteriores. Durante dos dيas, las puertas de la fortaleza permanecieron cerradas ante ellos. Entonces, Prophilas, el comandante de la guarniciَn imperial, cursَ una invitaciَn a cenar a los Grandes Nombres y otros nobles. Calmemunis exigiَ rehenes, y cuando los recibiَ, aceptَ la invitaciَ n. Con Tharschilka, Kumrezzer y varios miembros de la pequeٌa nobleza, entrَ a Asgilioch y fue hecho prisionero inmediatamente. Prophilas hizo pْblica una orden del Shriah y les informَ respetuosamente de que serيan retenidos de forma indefinida a menos que ordenaran a la Guerra Santa Vulgar que se disolviera y regresara a Momemn. Como se negaron, tratَ de razonar con ellos, y les asegurَ que no tenيan ninguna esperanza de imponerse a los kianene, que eran tan astutos y despiadados como los scylvendios en el campo de batalla. --Aunque dirigierais un verdadero ejército --les dijo--, no apostarيa por vosotros. Al parecer, liderلis una migraciَn de mujeres, niٌos y esclavos. Os lo ruego, ،ceded! Calmemunis, sin embargo, respondiَ con carcajadas. Reconociَ que, mْsculo por mْsculo, arma por arma, no era probable que la Guerra Santa Vulgar pudiera enfrentarse en igualdad de condiciones con el ejército del Padirajah. Pero afirmَ que eso no tenيa la menor importancia, porque el عltimo Profeta habيa mostrado que la fragilidad, cuando estaba investida de razَn, era invencible. --Hemos dejado Sumna y el Shriah atrلs --dijo--. A cada paso que damos estamos mلs cerca de la sagrada Shimeh. ،A cada paso que damos estamos mلs cerca del paraيso! Procede con cautela, Prophilas, pues Inri Sejenus dice: «،Desgracia para aquel que obstruya
el Camino!». Prophilas liberَ a Calmemunis y los demلs Grandes Nombres antes de la puesta de sol. Al dيa siguiente, miles y miles de personas se congregaron en el valle que habيa al pie de las torres de Asgilioch. Una suave lluvia cayَ sobre ellos. Se encendieron cientos de hogueras para el sacrificio; los cadلveres de las vيctimas fueron apilados en altos montones. Los acَ litos cubrieron con barro los cuerpos desnudos y aullaron sus incomprensibles cلnticos. Las mujeres cantaron dulces himnos mientras sus maridos afilaban las armas --piquetas, guadaٌas, viejas espadas y mazos-- que habيan reunido. Los niٌos perseguيan a los perros entre la muchedumbre. Muchos de los guerreros que habيa entre ellos --conriyanos, galeoth y aiononios que habيan marchado con los Grandes Nombres-- los miraban con consternaciَn, como a una banda de leprosos que escalaban los pases de montaٌa tratando de ser los primeros en poner los pies en tierra de infieles. Las montaٌas Uٌaras no eran imponentes; eran mلs una mezcla de escarpaduras y llanuras de piedra desnuda que una verdadera cordillera. Pero tras ellas, los tambores llamaban a hombres oscuros con ojos de leopardo a rendir culto a Fane. Tras ellas, los inrithi eran destripados y colgados de los ل rboles. Para los creyentes, las Uٌaras eran el final de la tierra. Dejَ de llover. Rayos de luz solar atravesaron las nubes. Cantando himnos, con lلgrimas de alegrيa en los ojos, los primeros Hombres del Colmillo empezaron a ascender por las montaٌas. La sagrada Shimeh, segْn creيan, debيa de estar al otro lado del horizonte. Siempre justo al otro lado. Cuando las noticias de que la Guerra Santa Vulgar se habيa adentrado en tierra de infieles llegaron a Sumna, Maithanet despidiَ a su corte y se retirَ a sus aposentos. Sus sirvientes impidieron el paso a todos los que quisieron acercarse a él y les informaron de que el santo Shriah estaba rezando y ayunando, y que as يlo harيa hasta que conociera el destino de la primera y dيscola mitad de la Guerra Santa.
Skeaos hizo la mayor reverencia que el jnan permitيa. --El Emperador me ha pedido que te muestre el camino a la Cل mara Privada, Exalto-General. El ainonio ha llegado --dijo. Conphas levantَ la mirada de su escritura y dejَ su pluma en el cuerno de tinta.
--؟Ya? Dijeron que serيa maٌana. --Un viejo truco, seٌor. Los Chapiteles Escarlatas también recurren a los viejos trucos. Los Chapiteles Escarlatas. Conphas a punto habيa estado de soltar un silbido al pensar en ello. La mلs poderosa Escuela de los Tres Mares, que se disponيa a hacer suya la Guerra Santa... Conphas siempre habيa tenido el aprecio de un experto por las grandes incoherencias de la vida. Absurdidades como ésa eran un manjar para él. La maٌana anterior habيa anunciado la presencia de cientos de galeras y buques de guerra amarrados en la desembocadura del rيo Phayus. Los Chapiteles Escarlatas, la corte del Rey-Regente y mلs de una docena de Palatinos-Gobernadores, as يcomo legiones de soldados de infanterيa de las castas inferiores, habيan estado desembarcando desde entonces. Al parecer, todo el Alto Ainon habيa acudido a unirse a la Guerra Santa. El Emperador estaba exultante. Desde la partida de la Guerra Santa Vulgar, hacيa semanas, habيan llegado mلs de diez mil soldados thunyerios, bajo el Prيncipe Skaiyelt, el hijo del infame Rey Rauschang, y al menos cuatro veces esa cantidad de tydonnios bajo Gothyelk, el belicoso Conde de Agansanor. Por desgracia, ambos hombres se habيan mostrado inmunes a los encantos de su tيo, violentamente inmunes. Cuando se le presentَ el Solemne Contrato, el Prيncipe Skaiyelt escrutَ la corte imperial con sus desconcertantes ojos azules y, después, sin mediar palabra, se marchَ de palacio. El viejo Gothyelk le habيa dado una patada al atril y habيa llamado a su tيo, o bien «infiel castrado», o bien «maricَn degenerado», dependiendo del traductor al que se le preguntara. La arrogancia de los bلrbaros, especialmente de los bلrbaros norsirai, era insondable. Pero su tيo tenيa mلs esperanzas puestas en los ainonios. Eran ketyai, como los nansur, y como los nansur eran un pueblo antiguo y comercial. Los ainonios eran civilizados pese a su arcaica devociَn por las barbas. Conphas escudriٌَ a Skeaos. --؟Crees que lo han hecho a propَsito? ؟Para cogernos con el pie cambiado? Agitَ el pergamino al aire para que se secara y se lo dio para que fuera enviado. Eranَ rdenes a Martemus de que retomara las patrullas al sur de Momemn. --Es lo que yo harيa --respondiَ con franqueza Skeaos--. Si uno va
acaparando pequeٌas ventajas... Conphas asintiَ. El Primer Consejero habيa parafraseado un famoso pasaje de El comercio de las almas, el clلsico tratado de filosof يa polيtica de Ajencis. Por un instante, a Conphas le pareciَ extraٌo que Skeaos y él tuvieran que despreciarse tanto. En ausencia de su tيo, compartيan una peculiar comprensiَn de las cosas, como si, al igual que los hijos competitivos de padres abusivos, pudieran de vez en cuando dejar de lado su rivalidad y reconocer su anلloga suerte en una distendida charla. Se puso en pie y bajَ la mirada al arrugado anciano. --Tْ primero, viejo padre. Ignorando los buenos modales del prestigio burocrلtico, Conphas se habيa instalado junto a su comandamiento en el piso inferior de las Cumbres Andiamine, que dominaba el foro y el Campus Scuari. La caminata hasta la Cلmara Privada, que estaba en la cima, era larga, y se preguntَ ociosamente si el viejo Primer Consejero estaba preparado para hacerla. A lo largo de los aٌos, mلs de un miembro del Aparato Imperial habيa muerto del «apretَn», como lo llamaban los habitantes de palacio. Segْn su abuela, en el pasado habيan utilizado la ascensiَn para deshacerse de funcionarios viejos y bravucones, dلndoles mensajes supuestamente demasiado importantes para confiلrselos a esclavos y ordenلndoles después su inmediato regreso. Las Cumbres Andiamine no eran amigas de los corazones débiles, ni en el sentido literal ni en el figurado. Llevado mلs por la curiosidad que la malicia, Conphas obligَ al anciano a seguir un paso ligero. Nunca habيa visto a nadie morir del apretَn. Sorprendentemente, Skeaos no se quejَ y, aparte de agitar los brazos como un viejo mono, no mostrَ ninguna seٌal de fatiga. Respirando sin dificultades, empezَ a informar a Conphas de los detalles del tratado establecido entre los Chapiteles Escarlatas y los Mil Templos, al menos de los que ellos conocيan. Cuando resultَ evidente que Skeaos no sَlo tenيa la apariencia, sino también la resistencia de un viejo mono, Conphas se aburriَ. Después de ascender por diversas escaleras, pasaron por los Jardines Hapetine. Como siempre, Conphas mirَ de soslayo el lugar en el que Ikurei Anphairas, su tatarabuelo, habيa sido asesinado mلs de cien aٌos antes. Las Cumbres Andiamine estaban llenas de cientos de grutas como aquélla, lugares en los que los potentados mucho tiempo atrلs fallecidos habيan cometido o sufrido una u otra afrenta. Conphas sabيa que su tيo hacيa lo posible por evitar esos lugares a menos que
estuviera muy borracho. Para Xerius, aquel sitio apestaba al recuerdo de los emperadores muertos. Pero para Conphas, las Cumbres Andiamine eran mلs un escenario que un mausoleo. Incluso entonces, coros ocultos llenaban las galerيas de himnos. En ocasiones, nubes de fragante incienso encapotaban los pasillos y rodeaban con un halo los faroles, de modo que parecيa que uno no ascendيa a la cima de una colina, sino a las verdaderas puertas del cielo. Conphas sabيa que si hubiera sido un visitante y no un residente, esclavas con el pecho descubierto le habrي an servido embriagadores vinos con narcَticos nilnameshi, y eunucos de inmensas barrigas le habrيan regalado aceites olorosos y armas ceremoniales. Todo habrيa estado calculado para acaparar pequeٌas ventajas, como habيa dicho Skeaos; para distraer, agradar e intimidar. Todavيa con aliento, Skeaos siguiَ repitiendo como un loro un infinito reguero, al parecer, de hechos y advertencias. Conphas le escuchaba con escaso interés, esperando que el viejo idiota le dijera algo que no supiera. Entonces, el Primer Consejero pasَ al tema de Eleazaras, el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. --Nuestros agentes en Carythusal dicen que su extraordinaria reputaciَn a duras penas le hace justicia. Era poco mلs que un subdiل cono cuando su maestro, Sasheoka, muriَ por causas desconocidas hace unos diez aٌos. En sَlo dos, era el Gran Maestro de la mayor Escuela de los Tres Mares. Eso ilustra su intimidante inteligencia y habilidad. Debes... --Y ambiciَn --le interrumpiَ Conphas--. Ningْn hombre consigue tanto en tan poco tiempo sin ambiciَn. --Suponيa que lo sabrيas. Conphas soltَ una risotada. --،ةse es el Skeaos que conozco y quiero! Hosco. Henchido de un orgullo ilيcito. Me tenيas preocupado, viejo. El Primer Consejero continuَ como si no hubiera dicho nada. --Debes tener una gran precauciَn cuando hables con él. En un principio, tu tيo pensَ en excluirte de esta reuniَn, pero Eleazaras requiri َ personalmente tu presencia. --؟Mi tيo qué? --Incluso cuando se aburrيa, Conphas tenيa buen o يdo para los desaires. --Excluirte. Temيa que el Gran Maestro explotara tu inexperiencia en estos asuntos... --؟Excluirme? ؟A m ?ي--Conphas mirَ con recelo al anciano, reacio por alguna razَn a creerle. ؟Estaba tramando algo? ؟Alentaba el fuego
del resentimiento? Quiz لse trataba de otra de las pruebas de su tيo... --Pero como decيa --prosiguiَ Skeaos-- todo ha cambiado, y ésa es la razَn por la que te estoy explicando esto. --Ya veo --respondiَ Conphas, escéptico. ؟Qué pretendيa aquel viejo idiota?--. Dime, Skeaos: ؟para qué se celebra esta reuniَn? --؟Para qué? Me temo que no te entiendo, Exalto-General. --Qué fin tiene. Qué objetivo. ؟Qué quiere lograr mi tيo de Eleazaras y los ainonios? Skeaos frunciَ el entrecejo, como si la respuesta fuera tan obvia que la pregunta tuviera que ser necesariamente el preludio de una broma. --El objetivo es conseguir el apoyo ainonio al Solemne Contrato. --؟Y si Eleلzaras se revela tan intratable como, pongamos, el Conde de Agansanor? Entonces, ؟qué? --Con el debido respeto, Exalto-General, dudo sinceramente... --Si es asي, Skeaos, entonces, ؟qué? Conphas habيa sido oficial de campo desde los quince aٌos. Si se lo proponيa, podيa hacer que los hombres dieran un respingo con sَlo cambiar al tono de su voz. El viejo Primer Consejero se aclarَ la garganta. Conphas sabيa que Skeaos tenيa un exceso de valentيa administrativa, pero no tenيa el menor coraje cuando se trataba de un enfrentamiento cara a cara. Eso explicaba por qué su tيo le querيa tanto. --؟Si Eleلzaras rechaza el Solemne Contrato? --repitiَ el anciano--. Entonces, el Emperador le denegar لlas provisiones, como a los demلs. --؟Y si el Shriah le pide a mi tيo que se las suministre? --Por ese entonces, la Guerra Santa Vulgar habr لsido destruida, o al menos eso... creemos. La preocupaciَn principal de Maithanet ser لel liderazgo; no, las provisiones. --؟Y quién ser لese lيder? Conphas escupيa cada pregunta antes de que Skeaos acabara sus respuestas, como habrيa hecho un interrogador. El viejo empezaba a parecer nervioso. --T-tْ. El L-leَn de Kiyuth. --؟Y cuلl ser لmi precio? --E-el S-solemne Contrato, la p-promesa firmada de que todas las viejas provincias serلn retornadas. --As يque yo soy el eje de los planes de mi tيo, ؟no es as?ي --S-sي, Exalto-General. --As يpues, dime, querido Skeaos, ؟por qué iba mi tيo a pensar en
excluirme, ،a m!ي, de estas negociaciones con los Chapiteles Escarlatas? El paso del Primer Consejero se ralentizَ. Mirَ las recargadas volutas bordadas en las alfombras que estaban pisando. En lugar de hablar, se retorciَ las manos. Conphas sonriَ con voracidad. --Acabas de mentirme, ؟no es asي, Skeaos? La cuestiَn de si yo deb يa asistir o no a esta reuniَn con Eleلzaras nunca surgi ؟,verdad? َ Como el hombre no respondiَ, Conphas le cogiَ por los hombros y le mirَ fijamente. --؟Es necesario que se lo pregunte a mi tيo? Skeaos le mirَ a los ojos un instante y después bajَ la mirada. --No --dijo--, no es necesario. Conphas le soltَ. Con las palmas sudadas, alisَ la pechera arrugada de la tْnica de seda del anciano. --؟A qué estلs jugando, Skeaos? ؟Creيas que hiriendo mi vanidad lograrيas que actuara en contra de mi tيo? ؟De mi Emperador? ؟Estas tratando de incitarme a la sediciَn? El hombre tenيa una expresiَn de pلnico en el rostro. --No. ،No! Soy un viejo idiota, lo sé, pero mis dيas en esta tierra est لn contados. Celebro la vida que los Dioses me han dado. Celebro los dulces frutos que he comido, los grandes hombres que he conocido. Incluso, y sé que te parecer لdifيcil de creer, ،estoy exultante por haber vivido lo suficiente para ver cَmo tْ lograbas la gloria! Pero este plan de tu tيo, de llevar una Guerra Santa a la destrucciَn. ،Una Guerra Santa! Temo por mi alma, Ikurei Conphas. ،Mi alma! Conphas estaba estupefacto, tanto que se olvidَ completamente de su ira. Daba por hecho que las insinuaciones de Skeaos eran otra mلs de las pruebas de su tيo y respondiَ en consecuencia. La posibilidad de que aquel idiota actuara por su cuenta y riesgo nunca se le pasَ por la cabeza. Durante muchos aٌos Skeaos y su tيo habيan sido distintas encarnaciones de una misma voluntad. --Por los Dioses, Skeaos... ؟También a ti te ha atrapado Maithanet? El Primer Consejero negَ con la cabeza. --No, no tengo el menor interés en Maithanet, ni en Shimeh, por otro lado... Eres joven; no comprenderيas mis motivos. Los jَvenes nunca pueden ver la vida tal como es: el filo de un cuchillo, tan delgada como los respiraciones por las que se mide. Lo que le da profundidad no es la memoria. Tengo recuerdos suficientes para diez hombres, y a pesar de ello mis dيas son tan estrechos y sombrيos como el lino
manchado de grasa que los pobres cuelgan de sus ventanas. No, lo que le da profundidad a la vida es el futuro. Sin un futuro, sin el horizonte de una promesa o una amenaza, nuestras vidas no tienen sentido. Sَlo el futuro es real, Conphas, y a menos que corrija algunas cosas ante los Dioses, no tengo ninguno. Conphas resoplَ. --Pero yo te entiendo perfectamente, Skeaos. Has hablado como un verdadero Ikurei. ؟Cَmo lo dice el poeta Girgalla? «Todo el amor empieza por la propia piel», o la propia alma, como en este caso. Pero siempre me ha parecido que ambas cosas son intercambiables. --؟Lo entiendes, pues? ؟Puedes comprenderlo? Lo entendيa, y mejor de lo que Skeaos creيa. Su abuela. Skeaos conspiraba junto a su abuela. Hasta podيa oيr su voz: «Debes acosarlos a los dos, Skeaos. Poner a uno contra el otro. La fascinaciَn de Conphas por la locura de mi hijo se desvanecer لpronto. Sَlo espera y verلs. Vendr لcorriendo a nosotros, ،y juntos obligaremos a Xerius a abandonar su loco plan!». Se preguntَ si la vieja zorra habيa tenido a Skeaos como amante. «Probablemente», pensَ, e hizo una mueca de desagrado ante aquella imagen. «Como una pasa follلndose a una rama.» --Tْ y mi abuela --dijo-- esperلis salvar la Guerra Santa de mi tيo. Una tarea encomiable, con la salvedad de que es rayana en la traiciَn. En el caso de mi abuela lo entiendo, porque lo tiene cautivado, pero ؟tْ, Skeaos? Sabes, como muy pocos, de lo que es capaz Ikurei Xerius III cuando sospecha. Ha sido un poco imprudente, ؟no crees?, tratar de enfrentarme con él de este modo. --،Pero él te escucha! Y lo que es mلs importante, ،él te necesita! --Quiz لsي... Pero, de todos modos, es irrelevante. A tu anciano est َmago puede parecerle que la comida est لcruda, pero mi tيo ha preparado un festيn, Skeaos, y yo no tengo ninguna intenciَn de discutي rselo. Por mucho que despreciara a su tيo, Conphas tenيa que reconocer que aprovisionar a Calmemunis y la chusma que le seguيa era un movimiento tan brillante como cualquiera de los que él hubiera hecho en el campo de batalla. La Guerra Santa Vulgar serيa aniquilada por los infieles, y con un solo golpe, el Imperio intimidarيa al Shriah, quiz لle obligarيa a exigir al resto de Hombres del Colmillo que firmaran el Solemne Contrato imperial y demostrarيa a los fanim que la Casa Ikurei habيa negociado de buena fe. El contrato asegurarيa la legalidad de cualquier acciَn militar que el Imperio ejerciera contra los Hombres
del Colmillo para recuperar las provincias perdidas, y el trato con los infieles asegurarيa que dichas acciones militares encontrarيan poca resistencia en su debido momento. ،Qué plan! Y no habيa sido trazado por Skeaos, sino por su tيo. Si ese hecho irritaba a Conphas, mلs debيa irritar al viejo Primer Consejero. --No es el festيn lo que disputamos --replicَ Skeaos--, ،es su precio! ،Estoy seguro de que te das cuenta de ello! Conphas escudriٌَ al Primer Consejero durante un largo rato. Habيa algo curiosamente patético en el modo como el hombre conspiraba junto a su abuela; como dos pedigüeٌos mirando desdeٌosamente a los que son demasiado pobres para darles mلs que unas monedas. --؟El Imperio? ؟Restaurado? --dijo con frialdad--. Me da la impresiَn de que tu alma es una baratija, Skeaos. Skeaos abriَ su boca sin dientes para contestar, pero después la cerrَ.
La Cلmara Privada del Emperador era una habitaciَn austera, circular, rodeada de columnas de mلrmol negro, con una galerيa adyacente para esas raras ocasiones, casi siempre de carلcter ritual, en que las Casas de la Congregaciَn eran invitadas a observar cَmo el Emperador convertيa, con su firma, los edictos en ley. Un pequeٌo grupo de ministros y esclavos revoloteaba en el centro de la habitaciَn, apiٌados alrededor de la cabecera de una mesa de caoba. Conphas vislumbr e َ l reflejo de su tيo flotando sobre la superficie bruٌida de la mesa, como un cadلver en unas aguas salobres. No habيa ni rastro de Maestros Escarlatas. El Exalto-General se entretuvo un rato cerca de la entrada, estudiando las placas de marfil fijadas en las paredes: representaciones de los grandes legisladores de la antigüedad y el Colmillo, desde el profeta Angeshrael hasta el filَsofo Poripharus. Se preguntَ absurdamente cuلles de sus parientes muertos habيan utilizado el artesano para modelar sus caras. El sonido de la llamada de su tيo le sobresaltَ. --Ven. Sَlo tenemos un momento, sobrino. Los demلs se habيan retirado, y sَlo Skeaos y Cememketri permanecيan al lado de su tيo. Conphas advirtiَ que las galerيas circundantes estaban llenas de miembros de la Guardia Eَtica y el Saik
Imperial. Conphas se sentَ en el lugar que le indicَ su tيo. --Tanto Skeaos como Cememketri estلn de acuerdo --estaba diciendo Xerius-- en que Eleلzaras es un hombre maliciosamente listo y peligroso. ؟Cَmo lo atraparيas, sobrino? Su tيo estaba tratando de parecer jocoso, lo que significaba que tenيa miedo, como quiz لtambién deberيa tenerlo él: nadie sabيa todavيa por qué los Chapiteles Escarlatas se habيan dignado entrar en la Guerra Santa, y eso significaba que nadie conocيa las intenciones de la Escuela. Para hombres como Skaiyelt y Gothyelk, el objetivo estaba claro: redenciَn o conquista. Pero ؟para Eleلzaras? ؟Quién podيa decir cuلles eran los motivos de las Escuelas? Conphas se encogiَ de hombros. --Atraparlo es imposible. Para atrapar a un oponente se debe saber mلs que él, y en este momento nosotros no sabemos nada. No sabemos nada de su trato con Maithanet. Ni siquiera sabemos por qué ha hecho tal trato. ،Y a asumir ese riesgo! Una Escuela uniéndose por propia voluntad a la Guerra Santa... ،La Guerra Santa! Honestamente, t يo, no estoy seguro de que conseguir su apoyo al Solemne Contrato deba ser una prioridad para nosotros en este instante. --؟Qué estلs proponiendo? ؟Que deberيamos simplemente tratar de arrancarle los detalles? Pago a mis espيas una buena suma de oro a cambio de esas nimiedades, sobrino. ؟Nimiedades? Conphas tratَ de mantener la compostura. A pesar de que el corazَn de su tيo estaba demasiado prostituido como para albergar fe religiosa alguna, era tan celoso de su ignorancia como cualquier fanلtico. Si los hechos contradecيan sus aspiraciones, los hechos no existيan. --Una vez me preguntaste cَmo me impuse en Kiyuth, tيo. ؟ Recuerdas lo que te dije? --؟Lo que me dijiste? --dijo el Emperador casi escupiendo--. Tْ siempre estلs «diciéndome» cosas, Conphas. ؟Cَmo esperas que distinga una impertinencia de otra? ةsa era quiz لel arma menos peligrosa y mلs utilizada del arsenal de su tيo: la amenaza de interpretar un consejo como una orden. La amenaza planeaba por encima de todas sus conversaciones: «؟ Presumirيas de dictarleَ rdenes al Emperador?». Conphas siempre respondيa a su tيo con una sonrisa. --A juzgar por lo que dice Skeaos --dijo de forma gentil-- creo que simplemente deberيamos negociar de buena fe; de toda la buena fe
que podamos, en cualquier caso. Sabemos demasiado poco para atraparle. Dar un paso hacia el precipicio y después un paso en direcciَn contraria, simulando que nunca se ha dado ese paso: ésa siempre habي a sido la costumbre de su familia, al menos hasta lasْ ltimas bufonadas de su abuela. --Eso es exactamente lo que yo pensaba --dijo Xerius. Al menos todavيa recordaba las reglas. Justo entonces, un chambelلn anunciَ la inminente llegada de Eleل zaras y su comitiva. Xerius le pidi a َ Skeaos que mantuviera su Chorae cerca de la mano, cosa que el viejo Consejero hizo bajo la mirada de disgusto de Cememketri. Se trataba de una pequeٌa tradiciَn dinلstica, adoptada desde hacيa mلs de un siglo y observada siempre que los miembros de la familia imperial conferenciaban con hechiceros extranjeros. Chepheramunni, Rey-Regente y jefe titular del Alto Ainon, fue anunciado en primer lugar, pero cuando el pequeٌo séquito ainonio entrَ en la sala, iba siguiendo a Eleazaras como un perro. La entrada del Gran Maestro fue rلpida y, segْn pensَ Conphas, anticlimلtica. Sus maneras eran mلs las de un banquero que las de un hechicero: impaciencia ante el espectلculo, hambre por los libros de contabilidad. Le hizo una reverencia a Xerius, pero no mayor que la que le hubiera hecho el Shriah. Un esclavo echَ hacia atrلs su silla y se sentَ sin dificultades a pesar de la cola morada de su tْnica. Con colorete en las mejillas y apestando a perfume, Chepheramunni se sentَ a su lado con una terrosa expresiَn de miedo y resentimiento en el rostro. Primero, se procediَ al obligatorio intercambio de honores, presentaciones y agasajos. Cuando Cememketri, homَlogo de Eleazaras en el Saik Imperial, fue presentado, el Gran Maestro sonriَ desdeٌosamente y se encogiَ de hombros como si dudara de la condiciَn del hombre. Los Maestros de las Escuelas, como le habيan dicho a Conphas, eran con frecuencia insoportablemente altaneros cuando se encontraban en compaٌيa de otros Maestros. Cememketri se puso rojo de ira, pero tuvo el acierto de no pagarle con la misma moneda. Después de esos prolegَmenos jnanicos, el Gran Maestro se girَ hacia Conphas. --Al fin --dijo expresلndose en un correcto sheyico--, conozco al famoso Ikurei Conphas. Conphas abriَ la boca para responder, pero su tيo hablَ antes. --Es un hombre extraordinario, ؟verdad? Pocos soberanos
disponen de instrumentos como él para ejecutar su voluntad... Pero sin lugar a dudas, no habrلs venido hasta aqu يsolamente para conocer a mi sobrino. Aunque Conphas no podيa estar seguro, Eleazaras pareciَ guiٌarle el ojo antes de girarse hacia su tيo, como diciendo: «Debemos soportar a los idiotas como él con paciencia, ؟verdad?». --Por supuesto que no --respondiَ Eleazaras con una elocuente brevedad. Xerius parecيa no entender. --Entonces, ؟puedo preguntarte por qué los Chapiteles Escarlatas se han unido a la Guerra Santa? Eleazaras se mirَ las uٌas sin pintar. --Es muy simple, en realidad. Nos han comprado. --؟Comprado? --Eso es. --،Una transacciَn extraordinaria! ؟Cuلles son los detalles de vuestro acuerdo? El Gran Maestro sonriَ. --،Oh!, me temo que la confidencialidad forma parte del acuerdo. Desgraciadamente, no puedo divulgar ningْn detalle. Conphas pensَ que era una historia improbable. Ni siquiera los Mil Templos eran tan ricos como para «contratar» a los Chapiteles Escarlatas. Estaban all يpor razones que trascendيan el oro y las concesiones comerciales del Shriah, de eso estaba seguro. Cambiando de direcciَn con la misma fluidez que un tiburَn en el agua, el Gran Maestro prosiguiَ. --Te preocupa, por supuesto, que nuestros objetivos puedan influir en el Solemne Contrato. Se produjo una pausa incَmoda. --Por supuesto. --Que alguien se adelantara a sus pensamientos era la cosa que mلs irritaba a su tيo. --A los Chapiteles Escarlatas --dijo Eleلzaras con recato-- no les importa quién posea las tierras conquistadas por la Guerra Santa. En consecuencia, Chepheramunni firmar لvuestro acuerdo con gusto. ؟No es as يChepheramunni? El hombre maquillado asintiَ, pero no dijo nada. El perro estaba bien adiestrado. --Sin embargo --prosiguiَ Eleلzaras--, hay ciertas condiciones que nos gustarيa negociar antes. Conphas habيa previsto aquello. Los hombres civilizados
regateaban. Xerius protestَ. --؟Condiciones? Durante siglos las tierras desde aqu يhasta Nenciphon han sido... --He oيdo todos los argumentos --le interrumpiَ Eleلzaras--. Basura, pura Basura. Ambos sabemos lo que est لen juego aquي, Emperador... ؟No es as?ي Xerius se quedَ mirلndole con una muda estupefacciَn. No estaba acostumbrado a que le interrumpieran, pero, de hecho, tampoco estaba acostumbrado a hablar con hombres que eran mلs que sus iguales. El Alto Ainon era una naciَn rica y densamente poblada. De los soberanos y déspotas de los Tres Mares, sَlo el Padirajah de Kian tenيa mلs poder comercial y militar que el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. --Si no es as ي--prosiguiَ Eleلzaras al ver que Xerius no lograba responderle--, entonces estoy seguro de que tu precoz sobrino s يlo sabe. Joven Conphas, ؟sabes lo que est لen juego aqu?ي A Conphas le pareciَ obvio. --Poder --dijo, encogiéndose de hombros. A partir de ese momento, hubo una extraٌa camaraderيa, entre ese hechicero y Conphas, y éste pensَ que, desde el principio, el Gran Maestro habيa reconocido en él un intelecto anلlogo al suyo. «Hasta los extranjeros saben que eres un idiota, tيo.» --Precisamente, Conphas. ،Precisamente! La historia es sَlo un pretexto para el poder, ؟no? Lo que importa... --El hechicero de pelo blanco esbozَ una pequeٌa sonrisa, como si hubiera dado con un argumento mejor con el que exponer su idea--. Dime --le preguntَ a Xerius--, ؟por qué has dado provisiones a Calmemunis, Kumrezzer y los demلs? ؟Por qué les has dado los medios que necesitaban para marchar? Su tيo optَ por la respuesta ensayada. --Para acabar con sus estragos. ؟Por qué si no? --Improbable --espetَ Eleلzaras--. Creo, mلs bien, que has aprovisionado la Guerra Santa Vulgar para destruirla. Se produjo una pausa incَmoda. --Pero eso es una locura --respondiَ, al fin, Xerius--. Aparte de la condenaciَn, ؟qué habrيamos ganado? --؟Ganado? --repitiَ Eleلzaras con una sonrisa--. La Guerra Santa, por supuesto... Nuestro trato con Maithanet os dejَ sin la menor posibilidad de ejercer vuestra influencia por medio del Saik Imperial, as يque necesitabas otra cosa con la que hacer trueques. Si la Guerra
Santa Vulgar es destruida, os resultar لmلs fلcil convencer a Maithanet de que la Guerra Santa os necesita, o mejor dicho, de que necesita la ahora legendaria sagacidad militar de tu sobrino. El Solemne Contrato ser لsu precio, y el contrato, efectivamente, te cede todos los ingresos procedentes de la Guerra Santa... Debo reconocer que se trata de un magnيfico plan. Ese pequeٌo halago fue la perdiciَn de Xerius. Por un breve instante, sus ojos refulgieron de un exultante engreimiento. Conphas habيa descubierto que los hombres estْpidos tendيan a estar demasiado orgullosos de sus escasos momentos brillantes. Eleلzaras sonriَ. «Est لjugando contigo, tيo, y no eres capaz de verlo«. El Gran Maestro se inclinَ hacia adelante, como si fuera consciente del malestar generado por su proximidad. Conphas advirtiَ que Eleل zaras era un maestro en el ejercicio del jnan. --Por ahora --dijo frيamente--, no conocemos los detalles de tu estrategia, Emperador. Pero permيteme que te asegure una cosa: si implica traicionar la Guerra Santa, entonces implica traicionar a los Chapiteles Escarlatas. ؟Sabes lo que eso significa? ؟Lo que comporta? Si nos traicionas, Ikurei, entonces nadie --mirَ sombrيamente a Cememketri--, ni siquiera el Saik Imperial, podr لescapar de nuestra ira. Somos los Chapiteles Escarlatas, Emperador... Piensa en eso. --؟Es eso una amenaza? --dijo, entre jadeos, Xerius. --Es una garantيa, Emperador. Todos los acuerdos requieren garantيas. Xerius apartَ la cara de repente para concentrarse en Skeaos, que le estaba susurrando al oيdo con vehemencia. Cememketri, sin embargo, no pudo seguir conteniéndose. --Te estلs pasando, Eli. Actْas como si estuviéramos en Carythusal, pero estلs sentado en Momemn. Entre este lugar y tu casa hay dos de los Tres Mares. ،Est لdemasiado lejos para ir soltando amenazas! Eleلzaras frunciَ el entrecejo, y luego soltَ una risotada. Se girَ hacia Conphas como si el Gran Maestro del Saik Imperial no existiera. --En Carythusal te llaman el Leَn de Kiyuth --dijo con toda tranquilidad. Sus ojos eran pequeٌos, oscuros y لgiles. Le escudriٌaron desde debajo de unas pobladas cejas blancas. --؟De veras? --respondiَ Conphas, realmente sorprendido de que el mote de su abuela hubiera viajado con tanta rapidez a un lugar tan lejano; sorprendido y complacido, muy complacido. --Mis archiveros me han dicho que has sido el primero en derrotar a
los scylvendios en una batalla campal. Mis espيas, por otro lado, me han dicho que tus soldados te adoran como si fueras un dios. ؟Es cierto? Conphas sonriَ al decidir que el Gran Maestro le lamerيa el culo y se lo dejarيa tan limpio como el de un gato si llegaba el caso. Pese a su perspicacia, le habيa juzgado mal. Habيa llegado el momento de ponerlo en su lugar. --Lo que Cememketri acaba de decir es cierto y lo sabes. Mلs allل de lo que hayas pactado con Maithanet, has puesto a tu Escuela en la mayor situaciَn de peligro desde la Guerra Escolلstica. Y no sَlo debido a los cishaurim. Serلs un pequeٌo enclave de blasfemia en el interior de una gran tribu de fanلticos. Necesitarلs todos los amigos que puedas conseguir. Por primera vez algo semejante a la ira aflorَ en el rostro de Eleل zaras, como la visiَn del carbَn entre un fuego humeante. --Podemos hacer que el mundo arda con nuestra canciَn, joven Conphas. No necesitamos a nadie.
Pese a las meteduras de pata de su tيo, Conphas abandonَ las negociaciones convencido de que la Casa Ikurei habيa conseguido mل s de lo que habيa cedido. Ademلs, estaba casi seguro de saber por qué los Chapiteles Escarlatas habيan aceptado la oferta de Maithanet de unirse a la Guerra Santa. Pocas cosas revelan los objetivos de un competidor con mayor claridad que el proceso de negociaciَn de un acuerdo. En el transcurso de los trueques, quedَ claro que el centro de las preocupaciones de Eleل zaras tenيa que ver con los cishaurim. A cambio de la firma del Solemne Contrato por parte de Chepheramunni, exigيa que Cememketri y el Saik Imperial les cedieran toda la informaciَn que habي an recopilado sobre los sacerdotes-hechiceros fanim a lo largo de siglos de guerra contra ellos. Obviamente, eso era de esperar: los Chapiteles Escarlatas habيan apostado su propia existencia por su capacidad de vencer a los cishaurim. Pero habيa una innegable intensidad en el modo como el Gran Maestro pronunciaba su nombre. Eleلzaras decيa «cishaurim» de la misma forma que un nansur dirيa «scylvendio», de la forma en que uno pronuncia el nombre de un viejo y odiado enemigo. Para Conphas, eso sَlo podيa significar una cosa: los Chapiteles Escarlatas estaban en guerra contra los cishaurim desde mucho antes
de que Maithanet declarara la Guerra Santa. Como la Casa Ikurei, los Chapiteles Escarlatas se habيan implicado en la Guerra Santa para valerse de ella. Para los Chapiteles Escarlatas, la Guerra Santa era un instrumento de venganza. Cuando Conphas mencionَ sus sospechas, su tيo adoptَ un aire despectivo; al menos, al principio. Insistiَ en que Eleلzaras era demasiado mercantilista como para arriesgarse por una tonterيa como la venganza. Cuando Cememketri y Skeaos apoyaron esa teorيa, sin embargo, el Emperador se dio cuenta de que habيa estado albergando las mismas sospechas desde el principio. Era oficial: los Chapiteles Escarlatas se habيan unido a la Guerra Santa para poner el punto final a una guerra preexistente con los cishaurim. En s يmisma, la conjetura era reconfortante. Significaba que los objetivos de los Chapiteles Escarlatas no se cruzarيan con los suyos hasta el final, cuando ya no importara. A Eleلzaras le resultarيa difيcil hacer efectiva su amenaza una vez él y su Escuela estuvieran muertos. Pero lo que inquietaba a Conphas era la pregunta de qué habيa llevado a Maithanet a invitar a los Chapiteles Escarlatas. Sin duda, de todas las Escuelas, era la mلs capacitada para destruir a los cishaurim en un enfrentamiento abierto. Pero, aparentemente, Conphas no podيa pensar en una Escuela menos susceptible de unirse a una Guerra Santa. Y por lo que Conphas sabيa, el Shriah no se habيa aproximado a ninguna otra Escuela, ni siquiera al Saik Imperial, que habيa sido el tradicional baluarte contra los cishaurim a lo largo de las Guerras Santas. Sَlo a los Chapiteles Escarlatas. ؟Por qué? A menos que Maithanet hubiera tenido noticia de su guerra. Pero esa respuesta era todavيa mلs inquietante que la pregunta. Con la muerte de casi todos los espيas imperiales en Sumna, tenيan multitud de razones para recelar todavيa mلs de la astucia de Maithanet. ،Pero eso! ؟Un Shriah que se habيa infiltrado en las Escuelas? Y los Chapiteles Escarlatas, nada menos. No por primera vez, Conphas sospechَ que Maithanet, y no la Casa Ikurei, ocupaba el centro de la telaraٌa de la Guerra Santa. Pero no osَ compartir sus dudas con su tيo, que tendيa a ser todavيa mلs idiota cuando estaba asustado. En lugar de eso, explorَ ese miedo en sي mismo. Ya no se regodeaba con glorias futuras en las horas de oscuridad antes del sueٌo. En lugar de eso, se preocupaba por unas repercusiones que ni podيa tolerar ni verificar. Maithanet. ؟Qué juego se llevaba entre manos? Y, por cierto, ؟
quién era en realidad?
Las noticias llegaron unos cuantos dيas después. La Guerra Santa Vulgar habيa sido aniquilada. Las informaciones eran vagas al principio. Mensajes urgentes desde Asgilioch relataban los terribles testimonios de una docena de galeoth que habيan logrado escapar a través del espolَn Uٌaras. La Guerra Santa Vulgar habيa sido totalmente derrotada en las llanuras de Mengedda. Poco después, llegaron dos mensajeros de Kian: uno llevaba las cabezas cortadas de Calmemunis, Tharschilka y un hombre que podيa ser Kumrezzer o no; el otro traيa un mensaje secreto del propio Skauras, que fue entregado, de acuerdo con las instrucciones del Sapatishah, a su antiguo rehén y pupilo. Decيa simplemente: «No podemos contar los cadلveres de vuestros parientes idَlatras; tantos han sido derribados por la furia de nuestra justa mano. Sea alabado el Dios Solitario. Sabed que la Casa Ikurei ha sido escuchada». Después de despedir al mensajero, Conphas pasَ varias horas dل ndole vueltas al mensaje en sus aposentos. Una y otra vez, las palabras le sobrevenيan por voluntad propia: «... tantos han sido derribados...», «no podemos contar...». Aunque sَlo tenيa veintisiete aٌos, Ikurei Conphas habيa sido testigo de las carnicerيas cometidas en muchos campos de batalla, tantas que casi podيa ver las masas de inrithi desparramados y enmara ٌados por las llanuras de Mengedda, con sus ojos de pez muerto mirando la tierra o el cielo infinito. Pero no era la culpa lo que llevaba a su alma a cavilar --y quizل, en cierto sentido, incluso a lamentar--, sino la pura escala de su primer logro. Era como si hasta entonces las dimensiones del plan de su tيo hubieran sido demasiado abstractas como para que las comprendiera verdaderamente. Ikurei Conphas estaba sobrecogido por lo que él y su tيo habيan hecho. «La casa Ikurei ha sido escuchada.» El sacrificio de un ejército entero de hombres. Sَlo los Dioses osaban cometer actos como ése. «Hemos sido escuchados.» Conphas se dio cuenta de que muchos sospecharيan que habيa sido la Casa Ikurei la que habيa hablado, pero nadie lo sabrيa. Un extra ٌo orgullo se apoderَ de él, un orgullo secreto que nada tenيa que ver
con la estima de otros hombres. En los anales de los grandes acontecimientos, habrيa muchos relatos de ese primer acontecimiento trلgico de la Guerra Santa. La responsabilidad de esa catلstrofe serيa atribuida a Calmemunis y los otros Grandes Nombres. En la lista de ancestros de sus descendientes, serيan nombres de vergüenza y desdén. No habrيa ninguna menciَn a Ikurei Conphas. Por un instante, Conphas se sintiَ como un ladrَn: el responsable secreto de una gran pérdida. Y el entusiasmo que sentيa tenيa una intensidad prلcticamente sexual. Vio claramente por qué amaba esa especie de guerra. En el campo de batalla, todos sus actos estaban sujetos al escrutinio de los demلs. Allي, sin embargo, no estaba sujeto a ese escrutinio; promulgaba el destino desde un lugar que trascendيa el juicio o la recriminaciَn. Estaba escondido en elْ tero de los acontecimientos. Como un Dios.
TERCERA PARTE: LA RAMERA
_____ 9 _____ Sumna «Y el rey nohombre gritَ palabras hirientes: "Ahora a m يdebes confesar, por los muertos que por encima de ti rondan!". Y el Emisario respondiَ, siempre cauteloso: "Somos la raza de la carne, somos la raza de los amantes".» Balada de los inchoroi, antigua canciَn popular kuniْrica
Principios de invierno, aٌo del Colmillo 4110, Sumna --؟Volverلs la semana que viene? --preguntَ Esmenet a Psammatus mientras observaba cَmo se ponيa la tْnica blanca de seda por la cabeza y la hacيa descender por su estَmago y sobre su todavيa refulgente falo. Ella estaba sentada desnuda en la cama, con las sلbanas amontonadas sobre las rodillas. Psammatus se detuvo mientras se alisaba las arrugas con una expresiَn ausente. La mirَ con lلstima. --Me temo que ésta va a ser miْ ltima visita, Esmi. Esmenet asintiَ. --Has encontrado a otra, a otra mلs joven. --Lo siento, Esmi. --No, no lo sientas. Las putas no somos tan ingenuas como para llorar como las esposas. Psammatus sonriَ, pero no respondiَ. Esmenet observَ cَmo recogيa su toga y sus vestiduras doradas y blancas. Habيa algo emocionante y reverente en su forma de vestir. Hasta se detuvo para besar los colmillos dorados que decoraban cada una de las anchas mangas. Echarيa de menos a Psammatus, echarيa de menos su esbelto cabello plateado y su rostro paternal. Quiz لincluso echara de menos el modo como la tomaba. «Me estoy convirtiendo en una vieja zorra --pens .--َ Una razَn mلs para que Akka me abandone«. Inrau estaba muerto, y Achamian se habيa ido de Sumna convertido en un hombre roto. Después de todos esos dيas, todavيa contenيa la respiraciَn al recordar su partida. Le habيa rogado que se la llevara con él. Al final, hasta habيa llorado y se habيa puesto de rodillas: --،Por favor, Akka! ،Te necesito! Pero ella sabيa que era mentira, y el perplejo resentimiento de los ojos de Achamian significaba que él también. Ella era una prostituta y las prostitutas se insensibilizaban ante los hombres, ante todos los hombres, por pura necesidad. No. Por mucho que temiera perder a Achamian, lo que mلs temيa era la perspectiva de volver a su vieja vida, a la incesante sucesiَn de miradas hambrientas y angustiadas, y semen derramado. ،Querيa las Escuelas! ،Las Grandes Facciones! Necesitaba a Achamian, sي, pero deseaba todavيa mلs su vida. Y ésa era la ironيa que la dejaba sin aliento: que mientras disfrutaba de esa nueva vida con Achamian, habيa sido incapaz de
renunciar a la antigua. --Dices que me quieres --le habيa gritado Achamian--, pero a pesar de eso aceptas clientes. ،Dime por qué, Esmi! ؟Por qué? «Porque sabيa que me dejarيas. Y todos me dejلis... Todos los que quiero.» --Esmi --estaba diciendo Psammatus--. Esmi, por favor, no llores. Volveré la semana que viene. Te lo prometo. Ella negَ con la cabeza y se secَ las lلgrimas de los ojos. No dijo nada. «،Llorando por un hombre! ،Soy mلs fuerte que esto!» Psammatus se sentَ junto a ella para atarse las sandalias. Parecيa pensativo, hasta asustado. Esmenet sabيa que los hombres como Psammatus acudيan a las putas tanto para escapar de pasiones incَ modas como para saturarse de ellas. --؟Has oيdo hablar de un joven sacerdote llamado Inrau? --pregunt َ, esperando a la vez tranquilizarle y retener un patético pedazo de su vida con Achamian. --Sي, la verdad es que s ي--respondiَ Psammatus, con el perfil sorprendido y aliviado--. Es el que dicen que se suicidَ. Lo mismo que decيan los otros. Las noticias de la muerte de Inrau habيan provocado un gran escلndalo en la Hagerna. --Suicidio. ؟Estلs seguro de eso? --«؟Y si es cierto? ؟Qué harلs en ese caso, Akka?» --Estoy seguro de que es lo que dicen. Se girَ, le dedicَ una mirada sombrيa y le pasَ un dedo por la mejilla. Después, se puso en pie y se abrochَ la tْnica azul, la que utilizaba para esconder sus vestiduras. --Deja la puerta abierta, por favor --dijo Esmenet. ةl asintiَ. --Encantado, Esmi. --Encantada. Bajo las crecientes sombras del atardecer, Esmenet se tumbَ desnuda sobre las sلbanas y se adormeci َun rato pensando en un arrepentimiento tras otro. La muerte de Inrau. La huida de Achamian. Y como siempre, su hija... Cuando abri lَos ojos, una figura oscurecيa la puerta. Alguien esperaba. --؟Quién eres? --le preguntَ ella cansinamente. Se aclarَ la garganta. Sin mediar palabra, el hombre se dirigiَ al lado de la cama. Era alto, casi escultural, y llevaba un abrigo negro como el carbَn sobre una pechera plateada y una tْnica negra de damasco
arrugado. «Un nuevo cliente --pensَ ella, mirلndole a la cara con la inocencia de los que se acaban de despertar--. Y guapo, ademلs.» --Doce talentos --dijo ella, incorporلndose entre las sلbanas--, o media moneda de plata si... Le dio una bofetada. Muy fuerte. La cabeza le saliَ rebotada hacia atrلs y hacia un lado. Se cayَ de la cama de cara. El hombre soltَ una carcajada. --No eres una puta de doce talentos. Seguro que no. Con los oيdos zumbando, Esmenet se puso en cuclillas y apoyَ la espalda contra la pared. El hombre se sentَ en el extremo de la tosca cama y empezَ a quitarse los guantes de cuero dedo por dedo. --Es una cuestiَn de etiqueta. Uno nunca deberيa empezar una relaciَn con mentiras, puta. Se establece un desafortunado precedente. --؟Tenemos una relaciَn? --preguntَ ella sin aliento. Tenيa insensible todo el lado izquierdo de la cara. --Por persona interpuesta, pero sي. Los ojos del hombre se detuvieron en sus pechos antes de parpadear y dirigirse hacia sus muslos. Esmenet abriَ las rodillas un poco mلs, como si fuera un accidente debido al cansancio. --؟Y de quién se trata? --preguntَ ella. El corazَn le martilleaba en el pecho. El hombre le mirَ debajo del ombligo con la desvergüenza de un propietario de esclavos. --Un Maestro del Mandato --elevَ la mirada como si saliera de una ensoٌaciَn-- llamado Drusas Achamian. «Akka. Sabيas que esto sucederيa.» --Le conozco --dijo con precauciَn, reprimiendo la necesidad de preguntarle una vez mلs al hombre quién era. «No hagas preguntas. La ignorancia es la vida.» --؟Qué quieres saber? --dijo en su lugar. Separَ mلs las rodillas y abriَ totalmente las piernas. «Sé la puta...» --Todo --respondiَ el hombre. Sus gruesos labios formaron una sonrisa--. Quiero saberlo todo y conocer a todas las personas que ha conocido. --Te costar لdinero --dijo ella, tratando de tranquilizar su voz--. Ambas cosas te costarلn dinero. «Debes venderle.» --؟Por qué no me sorprende? ،Ah, negocios! Hace que todo sea tan
directo, ؟no te parece? --Murmurَ algo entre dientes mientras rebuscaba en su monedero--. Aqu يestلn... Once talentos de cobre. Seis por traicionar tu cuerpo y cinco por traicionar al Maestro. --Una sonrisa salvaje--. Una justa tasaciَn del relativo valor de ambas cosas, ؟no crees? --Media moneda de plata, al menos --dijo ella--. Por cada cosa. «Haz negocio... Sé la puta.» --،Qué presunciَn! --respondiَ, hundiendo dos pلlidos dedos en su monedero--. ؟Qué tal una de éstas? Mirَ el refulgente oro con una franca avidez. --Servir ل--dijo, con la boca seca. El hombre sonriَ. --Ya me lo imaginaba. La moneda desapareciَ, y él empez َa desvestirse mientras observaba con una asilvestrada franqueza cَmo ella se apresuraba a encender unas velas contra la oscuridad del atardecer. Llegado el momento, su proximidad tuvo un elemento animal, un olor o una calidez que le hablaba directamente al cuerpo de ella. ةl le acariciَ el pecho izquierdo con una mano fuerte y encallecida, y toda ilusi َn que Esmenet hubiera tenido de valerse de la lujuria de aquel hombre como arma se evaporَ. Su presencia era abrumadora. Cuando él la posَ en la cama, ella temiَ que fuera a derretirse. «Sé complaciente...» El hombre se arrodillَ ante ella y, sin ningْn esfuerzo, tirَ de sus caderas alzadas y sus piernas abiertas alrededor de sus muslos. Y ella se encontrَ deseando el momento que habيa temido. ةl estaba dentro de ella. Ella grit »؟.Qué َ me est لhaciendo? ؟Qué est لhaciendo?» Empezَ a moverse. El dominio que aquel hombre tenيa sobre el cuerpo de ella era inhumano. En seguida, un jadeo se fundiَ con el siguiente. Cuando él la acariciaba, su piel era como agua, viva, con temblores que cruzaban su cuerpo de arriba abajo. Empezَ a retorcerse, a apretarse contra él desesperada, gimiendo entre los dientes apretados, ebria de un éxtasis de pesadilla. A través de sus ojos doloridos, el hombre parecيa ser su centro ardiente; se fundيa en su interior, la cubrيa de un desgarramiento tras otro, un empujَn tras otro. Constantemente, él la llevaba al resonante lيmite del clيmax, pero entonces se detenيa y le hacيa preguntas, preguntas infinitas... --؟Y qué dijo exactamente Inrau acerca de Maithanet? --No pares..., por favor. --؟Qué dijo?
«Dile la verdad.» Ella recordaba haber tratado de acercar la cara de ese hombre a la suya, susurrando. --Bésame..., bésame. Recordaba su grueso pecho apretado contra sus senos, y haber temblado, haberse desmoronado debajo de él como si fuera de arena. Recordaba haberse quedado tendida con él, inmَvil y sudorosa, jadeando en busca de aire, sintiendo los fuertes latidos del corazَn del hombre en su miembro, su menor movimiento como un rayo entre sus muslos, una felicidad agَnica que la hizo sollozar y rugir con un salvaje abandono. Y recordaba haber respondido sus preguntas con la urgencia de unas caderas que se sacuden. «،Cualquier cosa! ،Te darيa cualquier cosa!» Cuando ella llegَ finalmente al clيmax, se sintiَ como si la hubieran lanzado por un precipicio y oyَ sus propios gemidos roncos en la distancia, estridentes contra el retumbante rugido de dragَn del hombre. Entonces, él se apartَ, y ella se sintiَ saqueada; los miembros le temblaban, tenيa la piel insensibilizada y cubierta de un sudor frيo. Dos de las velas se habيan consumido, pero una luz grisلcea iluminaba la habitaciَn. «؟Cuلnto tiempo?» ةl estaba de pie, con su perfil divino refulgiendo bajo el resplandor de la vela que quedaba. --Se est لhaciendo de dيa --dijo él. La moneda de oro revoloteَ en su mano y cautivَ a Esmenet con su brillo. La sostuvo encima de ella y dejَ que se deslizara entre sus dedos. Cayَ en uno de los charcos pegajosos de su estَmago. Bajَ la mirada y reprimiَ un grito horrorizado. Su semen era negro. --Cلllate --dijo, recogiendo su ropa--. No le digas ni una palabra de esto a nadie. ؟Lo entiendes, zorra? --Lo entiendo --logrَ decir. Se le saltaban las lلgrimas. «؟Qué he hecho?» Se qued َmirando la moneda y el perfil del Emperador que habيa en ella, distante y dorado sobre su aterciopelado vello pْbico y la superficie de su piel desnuda, piel enhebrada y manchada con una brea brillante. La bilis le ascendi h َ asta el velo del paladar. La habitaciَn se llenَ de luz. «Est لabriendo las contraventanas.» Pero cuando levantَ la mirada, ya habيa desaparecido. Oyَ el لrido batir de alas desapareciendo en el amanecer.
Una bocanada de frيo aire matutino entrَ en la habitaciَn y disolviَ el olor de un celo inhumano. «Pero él olيa a mirra.» Esmenet se dio la vuelta en la cama y vomitَ en el suelo.
Pasَ un tiempo antes de que pudiera lavarse, vestirse y salir de la habitaciَn. Cuando llegَ tropezando a la calle, sabيa que no podrيa volver jamلs. Soportَ el acre contacto de los demلs --el distrito de la clientela estaba junto al siempre atestado Mercado Ecosiumo-sintiéndose sorprendentemente viva bajo las miradas y los sonidos de su ciudad: herreros martilleando; el grito de un hombre tuerto proclamando el poder curativo de sus productos de azufre; otro hombre gritando los nombres de sus carnes; los discordantes gritos de los arrieros que azotaban a sus bestias hasta que éstas bramaban. Sonidos incesantes. Y un maremلgnum de olores: piedra seca estival, incienso, el atractivo aroma de carne asلndose, heces y humo; olor de humo en todas partes. Un fresco vigor matinal animaba el mercado, y Esmenet pasَ entre la multitud como una sombra cansada. Le dolيa todo el cuerpo, hasta la médula, y caminar le resultaba penoso. Cogiَ su moneda de oro con fuerza y se la cambiَ de vez en cuando de mano para secarse el sudor de las palmas. Observaba de un modo ausente las cosas y a la gente: una لnfora rota que derramaba aceite sobre la estera de un mercader; unas jَvenes esclavas galeoth negociando con la muchedumbre con la mirada gacha y cestos tejidos de grano sobre la cabeza; un perro ojeroso, alerta, observando entre un bosque de piernas abriéndose y cerrلndose; el borroso perfil de Junriuma alzلndose en la distancia. Observaba y pensaba: «Sumna». Amaba su ciudad, pero tenيa que escapar. Achamian le habيa dicho que aquello podيa suceder; que si Inrau habيa sido en verdad asesinado, quiz لacudieran a ella hombres que lo buscaran a él. --Si eso sucede, Esmi, hagas lo que hagas, no preguntes. Es mejor que no sepas nada, ؟lo comprendes? La ignorancia es la vida... Sé complaciente. Sé una zorra de principio a fin. Negocia como negocian las zorras. Y por encima de todo, Esmi, debes venderme. Debes decirles todo lo que sabes. Y decirles la verdad, porque probablemente ya conozcan buena parte de ella. Haz esto y sobrevivirلs. --Pero ؟por qué?
--Porque los espيas estiman por encima de todo una alma débil y negociadora, Esmi. Te dejarلn en paz por si puedes resultarْ til. Oculta tu fuerza y sobrevivirلs. --Pero ؟qué hay de ti, Akka? ؟Y si les digo algo que puedan utilizar para hacerte daٌo? --Soy un Maestro, Esmi --le habيa respondido--, un Maestro del Mandato. Finalmente, a través de una pantalla de transeْntes, vio a una niٌa pequeٌa detenida con los pies descalzos bajo la polvorienta luz del sol. Servirيa. La niٌa observaba con sus grandes ojos marrones cَmo Esmenet se acercaba, demasiado cautelosa para devolverle la sonrisa. Se apretَ un palo contra el pecho de su raيdo vestido. «Sobrevivي, Akka. Y no sobrevivي.» Esmenet se agachَ junto a la niٌa y la dejَ estupefacta con el talento de oro. --Toma --dijo, depositلndolo sobre las pequeٌas palmas de sus manos. «Se parece tanto a mi hija.»
Solo a lomos de una mula, Achamian estaba descendiendo por el valle de Sudica. Habيa elegido ese itinerario entre Sumna y Momemn por casualidad, o al menos eso habيa creيdo, con la sola esperanza de evitar las muy cultivadas tierras mلs cercanas a la costa. Hacيa mucho tiempo que Sudica estaba despoblada. En ella no habيa mلs que pastores, sus rebaٌos de ovejas y ruinas. El dيa era claro y sorprendentemente cلlido. Nansur no era un paي s seco, pero tenيa tal carلcter que a Achamian siempre le hacيa pensar en un paيs seco. Sus habitantes se concentraban con gran densidad alrededor de los rيos y las costas, y emigraban de las grandes extensiones de tierra que resultaban inhَspitas a causa de su vulnerabilidad ante los scylvendios. Sudica era un lugar asي. Achamian habيa leيdo que, en los tiempos de Kyraneas, habيa sido una de las grandes provincias, cuna de dinastيas de generales y dirigentes. Ahora no habيa mلs que ovejas y piedras medio enterradas. Estuviera en el paيs en que estuviera, a Achamian siempre le parecيa que tratarيa de buscar lugares como aquéllos, lugares que dormيan, que soٌaban en tiempos antiguos. Era una costumbre que compartيa con muchos de los integrantes del
Mandato, una profunda obsesiَn por los monumentos de palabras o piedras condenados; tan profunda que con frecuencia se encontraban caminando entre ruinas o recorriendo la biblioteca de un anfitriَn culto sin saber por qué. Eso les habيa convertido en los cronistas de los Tres Mares. Para ellos, pasear entre muros derruidos y columnas destruidas, o entre las palabras de un tratado antiguo, era en cierto sentido viajar en paz con sus recuerdos, ser un hombre en lugar de dos. Uno de los monumentos mلs famosos de Sudica era la fortaleza-templo en ruinas de Batathent. Achamian tardَ un buen rato en ascender las colinas y cruzar las tierras cubiertas de matorrales antes de situarse bajo su sombra. Los inmensos muros derruidos se desmenuzaban y se convertيan en grava. Obviamente, aquel lugar hab يa sido asaltado a lo largo de los aٌos por su granيtica y brillante piedra caliza. Loْ nico que quedaba del interior del templo eran las hileras de inmensas columnas, demasiado imponentes para ser derruidas y arrastradas a la costa. Batathent habيa sido uno de los pocos baluartes que habيan sobrevivido al colapso de Kyraneas durante el Primer Apocalipsis, un santuario para los que huيan de las partidas de scylvendios y sranc que los perseguيan. Una mano protectora cerrada alrededor de la frلgil luz de la civilizaciَn. Achamian paseَ por el lugar, turbado por la conjunciَn de la piedra antigua y sus propios conocimientos. Regresَ a su mula sَlo cuando la creciente oscuridad le hizo temer que no encontrarيa el camino de vuelta. Esa noche desplegَ su esterilla y durmiَ bajo las columnas. Encontrَ un triste consuelo en el modo como la luz del sol se demoraba en la piedra gélida. Soٌَ con ese dيa en que todos los niٌos nacieron muertos, ese dيa en que el Consulto, derrotado y devuelto a las negras murallas de Golgotterath por los nohombres y los antiguos norsirai, trajo el vacيo, absoluto y terrible, al mundo: Mog-Pharau, el No Dios. En su sueٌo, Achamian vio cَmo un momento de gloria tras otro se apagaba en los ojos angustiados de Seswatha. Y se despertَ, como siempre se despertaba, siendo testigo del fin del mundo. Se lav َel pelo y la barba en un riachuelo cercano, se aderez cَ on aceites y después regres a َ su modesto campamento. No sَlo lloraba por Inrau, sino por la pérdida de su antigua confianza. Numerosas averiguaciones le habيan llevado a los laberيnticos aposentos de los Mil Templos sin ningْn resultado. Sus conversaciones con distintos miembros del Aparato Shriah dominaban sus pensamientos, y en esos
recuerdos los sacerdotes parecيan todavيa mلs altos y delgados, como el mimbre. Muchos de esos hombres habيan sido desconcertantemente cortantes y se aferraban con terquedad a la explicaciَn oficial de la muerte de Inrau: suicidio. Achamian sabيa que habيa sido estْpido ofrecerles oro a cambio de la verdad. ؟En qué estaba pensando? Habيa mلs oro en los cuencos en los que bebيan anpoi del que él jamلs serيa capaz de reunir. Era un pordiosero ante la riqueza de los Mil Templos, ante el poder de Maithanet. Desde que habيa sabido de la muerte de Inrau, Achamian se habي a movido como si no comprendiera nada, poseيdo por el mismo encogimiento interior que habيa sentido de niٌo, cuando su padre le ped يa que le llevara la cuerda que utilizaba para sus azotainas. «Trae la cuerda», decيa aquella voz crispada, y empezaba la ceremonia: labios temblorosos, manos convulsas mientras se cerraban alrededor de aquel cٌلamo cruel... Si Inrau en verdad se habيa suicidado, entonces Achamian serيa su asesino. «Trae la cuerda, Akka. Trلela ahora mismo.» Se habيa sentido aliviado cuando el Mandato le habيa ordenado que viajara a Momemn y se uniera a la Guerra Santa. Con la pérdida de Inrau, Nautzera y otros miembros del Quorum habيan abandonado sus oscuras esperanzas de infiltrarse en los Mil Templos. Entonces querيan que observara una vez mلs a los Chapiteles Escarlatas. Por mucho que le irritara la ironيa de la orden, no discutiَ. Habيa llegado el momento de dar un paso adelante. Sumna no hizo mلs que confirmar una conclusiَn para la que no estaba preparado. Hasta Esmenet empezَ a ponerle nervioso. Miradas burlonas y cosméticos baratos. La espera infinita mientras ella complacيa a otros hombres. Con la misma facilidad con que incitaba a su cuerpo, su lengua le enfriaba los pensamientos con una vacilante pulcritud. Pero a pesar de todo, le dolيa pensar en ella, en el gusto de su piel, en su perfume amargo. Los hechiceros no estaban acostumbrados a las mujeres. Sus misterios eran de una clase inferior y debيan ser despreciados por los hombres instruidos. Pero el misterio de esa mujer, su ramera sumni, despertaba en su interior mلs miedo que desdén. Miedo y deseo. Pero ؟por qué? Después de la muerte de Inrau, lo que mلs necesitaba era una distracciَn, y ella se habيa negado una y otra vez a ser esa distracci َn. Mلs bien al contrario. Le preguntaba por los detalles del dيa y discut يa --mلs para sus adentros que con él-- el significado de cada hecho insignificante que le contaba. Sus conspiraciones eran tan
impertinentes como absurdas. Una noche él as يse lo dijo con la sola esperanza de que se callara un rato. Ella se detuvo, pero cuando hablَ, lo hizo con un hastيo que sobrepasَ con mucho al suyo, con el tono de quien ha visto su honestidad herida por la mezquindad del otro. --Sَlo estoy jugando, Achamian... Pero en los juegos hay algo de verdad. Se habيa quedado tendido en la oscuridad, consumido por la agitaciَn, sintiendo que si pudiera desenmaraٌar sus heridas como ella, se desmoronarيa convertido en polvo. «Esto no es un juego. Inrau estل muerto. ،Muerto!» ؟Por qué ella no se daba cuenta... de lo que él necesitaba que fuera? ؟Por qué no podيa dejar de acostarse con otros hombres? ؟No tenيa él oro suficiente con el que mantenerla? --؟Tْ también, Drusas Achamian? --le habيa gritado una vez, cuando él le habيa ofrecido dinero--. ،No pienso ser tu puta! --Esas palabras le habيan provocado la euforia y la desolaciَn a la vez. En una ocasiَn, al regresar a la casa de vecinos y no encontrarla sentada en la ventana, se habيa atrevido a subir a la puerta movido por una ignominiosa curiosidad. «؟Cَmo es con los demلs? ؟Es con ellos igual que conmigo?» Habيa oيdo sus gemidos bajo un cuerpo jadeante; habيa oيdo cَmo su cama crujيa al ritmo de unos gruٌidos ensordecedores. Y le pareciَ que se le detenيa el corazَn. Piel de gallina y los oيdos zumbando. Habيa colocado las insensibilizadas puntas de sus dedos en la puerta. Allي, al otro lado... All يestaba ella, su Esmi, con las piernas envueltas alrededor de otro hombre, con los senos refulgiendo del sudor de otro. Recordَ que se habيa estremecido cuando ella habيa llegado al clيmax, y que habيa pensado: «،Ese grito es mيo! ،Mيo!». Pero él no la poseيa. Quiz لpor primera vez lo habيa comprendido. A pesar de ello, pensَ: «Inrau est لmuerto, Esmi. Eres loْ nico que me queda». Recordaba haber oيdo que el hombre salيa del interior de ella. --،Hummm! --habيa gemido Esmi--. ،Ah, Callustras!, estلs terriblemente bien dotado para ser un viejo soldado. ؟Qué harيa yo sin esa gruesa polla que tienes, eh? --Estoy seguro de que encontrarيas muchas para saciar tu coٌo, querida --habيa respondido el hombre. --Sَlo unas migajas. Tْ, en cambio, eres un banquete. --Dime, Esmi, ؟quién es ese hombre que estaba aqu يlaْ ltima vez
que vine? ؟Otra migaja? Achamian habيa puesto la mejilla hْmeda contra la puerta. Frيo, una angustia sin aliento. Esmi se habيa reيdo. --؟Aqu ?يNo me acuerdo. Achamian casi habيa oيdo al hombre sonriendo y negando con la cabeza. --Zorra tonta --habيa dicho--. Hablo en serio. El modo como me mir َ cuando crucé la puerta... Casi esperaba que me asaltara de camino a los barracones. --Hablaré con él. Se pone... celoso. --؟Celoso de una puta? --Callustras, ese monedero tuyo est لtan lleno... ؟Estلs seguro de que no quieres gastar un poco mلs? --Me temo que ya me lo he gastado todo... Pero quiz لsi lo agitas un poco caiga algo. Un momento de silencio entrecortado. El débil sonido de un cachete. Esmi habيa susurrado algo a duras penas audible, pero Achamian estaba seguro de lo que habيa oيdo. --No te preocupes por tu monedero, Callustras. Pero hazme eso otra vez... Se habيa sentido contaminado, como si contemplar algo obsceno le convirtiera a él en un hombre obsceno. «Sَlo est لinterpretando el papel de puta --habيa tratado de recordarse--, tal como yo interpreto el de espيa.» Laْ nica diferencia era que ella resultaba mucho mejor intérprete. Humor coqueto, honestidad venal, apetito desnudo, todas esas cosas que atenuaban la vergüenza de un hombre por derramar semen a cambio de dinero. Tenيa talento. --Me uno a ellos en todos los sentidos --habيa admitido en una ocasiَn--. Me estoy haciendo vieja, Akka, y no hay nada mلs patético que una puta vieja y muerta de hambre. --En su voz habيa un temor real. Achamian se habيa acostado con un sinfيn de prostitutas en innumerables ciudades a lo largo de los aٌos, as يque ؟por qué era Esmenet tan distinta? Habيa acudido a ella, en primera instancia, por sus hermosos muslos de chico y su suave piel. Habيa vuelto porque era muy buena, porque bromeaba y deseaba del modo como lo hacيa con Callustras, quienquiera que fuese. Pero en algْn momento habيa llegado a conocer a la mujer mلs all لde sus piernas abiertas ؟.Y qué
era lo que habيa descubierto? ؟De quién se habيa enamorado? Esmenet, la Zorra de Sumna. Con frecuencia, en su imaginaciَn, ella era inexplicablemente delgada y fiera, azotada por la lluvia y los vientos, oscurecida por el balanceo de las ramas del bosque; esa mujer que en una ocasiَn habيa levantado su mano hacia el sol, manteniéndola all يpara que él viera cَ mo la luz se mecيa en su palma, y le habيa dicho que la verdad era aire, era cielo y sَlo podيa ser anhelada, nunca tocada por los miembros y los dedos de un hombre. ةl habيa sido incapaz de decirle la profundidad con que le afectaban sus cavilaciones, que se revolvيan como cosas vivas en el pozo de su alma y reunيan piedras a su alrededor. Una bandada de gorriones surgiَ de un viejo roble en un barranco cercano, y Achamian se sobresaltَ. «El arrepentimiento --pensَ, recordando un viejo proverbio shiradi--, hace del corazَn un leproso.» Con una palabra hechicera encendiَ una hoguera y se preparَ el agua para el té de la maٌana. Mientras esperaba a que el agua hirviera, estudiَ sus aledaٌos: los cercanos pilares de Bathanet alzلndose hacia el sol matinal; los solitarios لrboles, oscuros sobre la maleza y la hierba muerta, que se batيan al viento. Escuchَ los silbidos y los chisporroteos amortiguados de su pequeٌa hoguera. Cuando alargَ el brazo para coger el agua hirviendo, se dio cuenta de que las manos le temblaban como si fueran presa de la parلlisis. ؟Era a causa del frيo? «؟Qué me est لpasando?» «Las circunstancias», se dijo. Se habيa visto superado por las circunstancias. Con una repentina resoluciَn, dejَ el agua a un lado y empezَ a hurgar en su escaso equipaje. Sacَ su tinta, su pluma y una sola hoja de pergamino. Sentado con las piernas cruzadas sobre su esterilla, humedeciَ la pluma. En el centro del margen izquierdo, escribiَ: MAITHANET Sin duda, el corazَn del misterio. El Shriah que podيa ver a los Escogidos. El asesino de Inrau, quizل. A la derecha, anotَ: GUERRA SANTA El martillo de Maithanet y el destino de Achamian. Debajo de eso,
cerca de la base de la hoja, escribiَ: SHIMEH El objetivo de la Guerra Santa de Maithanet. ؟Podيa ser tan sencillo? ؟Liberar la ciudad del Ultimo Profeta del yugo de los fanim? Los objetivos declarados por los hombres astutos raramente eran los verdaderos. Traz u َ na lيnea a la derecha de Shimeh y apunt:َ LOS CISHAURIM ؟Desafortunadas vيctimas de la Guerra Santa de Maithanet o, de algْn modo, cَmplices? Trazَ otra lيnea a partir de ah يhacia Guerra Santa, en el centro, y se detuvo para escribir: LOS CHAPITELES ESCARLATAS Al menos el motivo de las Escuelas estaba claro: la destrucciَn de los cishaurim. Pero como Esmenet habيa seٌalado, ؟cَmo sabيa Maithanet de su guerra secreta contra los cishaurim? Contemplَ por un instante su escritura, observando cَmo la tinta se achataba al secarse. Por si acaso, escribiَ: EL EMPERADOR junto a Guerra Santa. En Sumna se rumoreaba con insistencia que el Emperador trataba de comprometer la Guerra Santa, de transformarla en un instrumento de reconquista imperial. Aunque a Achamian le importaba poco si la dinastيa Ikurei lo lograba o no, sin duda serيa una importante variable en el لlgebra de esos acontecimientos. Y entonces, en el extremo superior derecho, escribiَ: EL CONSULTO Un nombre como una pizca de sal en el agua pura. Significaba tantas cosas: el Apocalipsis, la hilaridad y el desdén con el que las Grandes Facciones contemplaban el Mandato. ؟Dَnde estaban? ؟Tenي an siquiera un lugar en aquella pلgina? Estudiَ el mapa un momento, probando el té entre el vapor
ascendente. Percibiَ el calor en el estَmago y le ayudَ a hacer frente al frي o matinal. «Estoy olvidando algo», pensَ. Olvidando... La mano le temblَ al escribir: INRAU bajo Maithanet. «؟Te matَ él, querido muchacho, o lo hice yo?» Achamian se sacudiَ esos pensamientos. No le pagaba ningْn respeto a Inrau llorلndole, y mucho menos regodeلndose en la autocompasiَn. No habيa nada que vengar. Si habيa que hacer alguna reparaciَn, estaba all ,يen algْn lugar de esa pلgina. «No soy su padre. Debo ser lo que soy: un espيa.» Achamian hacيa esos mapas con frecuencia, no porque le preocupara la posibilidad de olvidar algo, sino porque le preocupaba que se le pudiera pasar algo por alto. Le parecيa que visualizar las conexiones siempre permitيa vislumbrar nuevas conexiones posibles. Ademلs, ese simple ejercicio habيa demostrado ser, con frecuencia, una guيa valiosa para sus indagaciones en el pasado. La diferencia crucial en ese caso, sin embargo, era que en lugar de escribir el nombre de individuos y sus conexiones con algْn mezquino objetivo, en ese mapa aparecيan las Grandes Facciones y sus conexiones con una Guerra Santa. La escala de ese misterio, lo que estaba en juego, excedيa con mucho cualquier cosa a la que se hubiera enfrentado con anterioridad..., aparte de sus sueٌos. Aguantَ la respiraciَn. «؟Un preludio al Segundo Apocalipsis? ؟Era posible?» La mirada de Achamian regresَ a El Consulto, aislado en una esquina, y entonces se dio cuenta de que su mapa ya habيa arrojado su primer dividendo. Si el Consulto seguيa todavيa en los Tres Mares, tenيa que tener alguna suerte de conexiَn. Era imposible que se mantuvieran al margen en unos tiempos tan épicos. ؟Dَnde, pues, se escondيan? Inexorablemente, su mirada regresَ a: MAITHANET Achamian le dio otro sorbo a su té. «؟Quién eres, amigo? ؟Cَmo puedo descubrir quién eres?» Quiz لdeberيa regresar a Sumna. Quiz لpodrيa arreglar las cosas con Esmenet, ver si ella perdonaba a un idiota su frلgil orgullo. Al menos podrيa asegurarse de que ella...
Achamian dejَ rلpidamente su maltrecha taza, cogiَ su pluma y escribiَ: PROYAS entre Maithanet y Guerra Santa. ؟Por qué no habيa pensado en eso antes? Después de encontrar a Proyas en los escalones, debajo del Shriah, Achamian habيa sabido que el Prيncipe Coronado se habيa convertido en uno de los pocos confidentes de Maithanet. Eso no le hab يa sorprendido. En los aٌos posteriores a la tutela de Achamian, Proyas se habيa obsesionado con la devociَn. A diferencia de Inrau, que se hab يa comprometido con los Mil Templos para servir del mejor modo posible, Proyas habيa abrazado el Colmillo y el عltimo Profeta para juzgar del mejor modo posible, o al menos eso pensaba Achamian. El recuerdo de laْ ltima carta de Proyas, la que habيa puesto punto final a su ya lacَnica correspondencia, todavيa le escocيa. »"؟Sabes qué me duele mلs cuando pienso en ti, viejo profesor? No el hecho de que fueras un blasfemo, sino el pensamiento de que en el pasado amé a un blasfemo." ؟Cَmo se recuperaba uno de palabras tan severas? Pero tenيa que hacerlo, sabيa Achamian, y por razones que eran a la vez las mejores y las peores. Tenيa que salvar el abismo entre ellos, no porque todavيa quisiera a Proyas --los hombres extraordinarios con frecuencia imponي an ese amor--, sino porque necesitaba abrirse camino hacia Maithanet. Necesitaba respuestas, para tranquilizar su corazَn y, quizل, también para salvar el mundo. Cَmo se reirيa Proyas si le dijera eso... ،Con razَn en los Tres Mares creيan que el Mandato estaba loco! Achamian se puso en pie y vertiَ el resto del té sobre el sibilante fuego. Mirَ en su mapa las conexiones una vez mلs y cavilَ sobre los amplios espacios en blanco que quedaban en su papiro, y de un modo ocioso se preguntَ cَmo podrيa llenarlos. Levantَ el campamento, cargَ la mula y reemprendiَ su solitario viaje. Sudica se extendيa sin demarcaciones: mلs colinas, mلs tierra pedregosa.
Esmenet caminَ en la penumbra con los demلs; el corazَn le latيa
con fuerza. Sentيa la tambaleante inmensidad de la Puerta de Pieles que se alzaba sobre ella, como si fuera un martillo que el destino hubiera estado sosteniendo durante mil aٌos a la espera de su huida. Vislumbr lَos rostros que le rodeaban, pero sَlo vio cansancio y aburrimiento. Para ellos, abandonar la ciudad carecيa de novedad. Imagin q َ ue esa gente escapaba de Sumna cada dيa. Por un absurdo instante, le tuvo miedo a su miedo. Si escapar de Sumna no significaba nada, ؟significaba eso que todo el mundo era una cلrcel? De repente, tuvo que parpadear para contener las lلgrimas bajo la luz del sol. Se detuvo, mirando de reojo las descomunales torres marrones. Después, mirَ a su alrededor; respirando profundamente, ignorَ las maldiciones de los que estaban tras ella. Los soldados holgazaneaban a ambos lados de las fauces oscuras de la puerta, observando a los que entraban en la ciudad pero sin hacer preguntas. Gente a pie, en carros, a caballo, bullيa a su alrededor. A ambos lados de la calle, una escasa colonia de comerciantes voceaba sus mercancي as con la esperanza de obtener algْn beneficio de los hambrientos vagabundos. Entonces, vio lo que antes habيa sido solamente una borrosa banda en el horizonte, apareciendo aqu يy all لentre el atestado perي metro de las murallas de Sumna: el campo, con una palidez invernal y extendiéndose infinitamente en la distancia. Y vio el sol, el sol deْ ltima hora de la tarde, impregnando la tierra como si fuera agua. Un transportista restallَ su lلtigo junto a su oreja, y ella se apartَ. Un carro, tirado por un endeble buey, crujiَ a su lado. El cochero le dedicَ una sonrisa sin dientes. Vislumbrَ el tatuaje verdoso que tenيa en el dorso de su mano izquierda. La marca de su tribu. El Signo de Gierra, si bien ella no era sacerdotisa. El Aparato Shriah insistيa en que todas las rameras se tatuaran parodias de los tatuajes sagrados que llevaban las prostitutas del templo. Nadie sabيa por qué. «Para engaٌarse y creer que los Dioses son engaٌados», supuso Esmenet. All يle pareciَ algo distinto, sin muros, sin la amenaza de la Ley Shriah. Pensَ en la posibilidad de llamar al transportista, pero mientras el carro se alejaba su mirada se vio atraيda por el camino, que trazaba una perfecta lيnea a través del paisaje roto, como cemento entre ladrillos agrietados. «Dulce Gierra, ؟qué estoy haciendo?» Camino abierto. Achamian le habيa dicho en una ocasiَn que era
como una cuerda alrededor del cuello, que le asfixiaba a uno si no segu يa. A punto estuvo de desear sentirlo as يella en ese momento. Asي comprenderيa qué era ser arrastrado hacia alguna destinaciَn. Pero a ella le parecيa como una larga caيda, perfectamente vertical, ademلs. Con sَlo mirar hacia abajo, se mareَ. «،Idiota! ،Es sَlo un camino!» Habيa ensayado su plan mil veces. ؟Por qué tener miedo entonces? No era una esposa. Llevaba el monedero entre las piernas. De camino a Momemn, como decيan los soldados, venderيa melocotones. Quiz لlos hombres se interpusieran entre las mujeres y los Dioses, pero tenيan hambre como las bestias. El camino serيa agradable. Enْ ltima instancia, encontrarيa la Guerra Santa. Y en la Guerra Santa encontrarيa a Achamian. Le coger يa por las mejillas y le besarيa; finalmente se convertirيa en una compaٌera de viaje. Entonces, le contarيa lo que habيa sucedido, le hablarيa del peligro. Respirَ hondamente. Percibiَ el polvo y el frيo. Empezَ a andar con las piernas tan ligeras que podrيa haberse puesto a bailar. Pronto serيa oscuro.
____ 10 ____ Sumna «؟Cَmo podrيa uno describir la terrible majestad de la Guerra Santa? Ya entonces, antes de los baٌos de sangre, contemplarla era a la vez temible y maravilloso; una gran bestia cuyas extremidades estaban compuestas de naciones enteras -Galeoth, Thunyerus, Ce Tydonn, Conriya, Alto Ainon y el Nansurium-, y los Chapiteles Escarlatas como las fauces del dragَn, nada menos. Desde los dيas del Imperio Ceneiano o el Antiguo Norte, el mundo no habيa presenciado una reuniَn asي. Pese a estar contaminada por la polيtica, era una cosa sobrecogedora.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Mediados de invierno, aٌo del Colmillo 4111, Sumna
Esmenet siguiَ caminando incluso después de que cayera la noche, ebria por la pura imposibilidad de hacerlo. En varias ocasiones, incluso se puso a correr por los campos oscuros; sus pies se agitaban sobre la hierba helada y extendيa los brazos mientras giraba bajo el Clavo del Cielo. El frيo era implacable como el hierro; los espacios, infinitos. La oscuridad era gélida, como si hubiera sido rasgada de la vista y el olfato con la cuchilla del invierno. Era tan distinta de la hْmeda oscuridad de Sumna, donde las sensaciones cargadas de tinta lo manchaban todo. Allي, bajo el frيo y la oscuridad, el pergamino del mundo estaba en blanco. Allي, al parecer, era donde empezaba todo. Saboreَ ese pensamiento, pero también se estremeciَ. En una ocasi َn, Achamian le habيa dicho que el Consulto creيa lo mismo. Finalmente, a medida que la noche se aclaraba, recuperَ la sobriedad. Se recordَ a s يmisma los arduos dيas que tenيa por delante, las temibles intenciones que la movيan. Achamian estaba siendo observado. No podيa pensar en eso sin acordarse de aquella noche con el desconocido. A veces se sentيa asqueada y veيa la completa oscuridad de su semen cada vez que parpadeaba. Otras veces sentيa mucho frيo, revisaba y evaluaba cada palabra dicha, cada punzante clي max, con la falta de pasiَn de un recaudador de impuestos. Le resultaba difيcil creer que hubiese sido esa zorra, esa mujer traicionera, adulterada... Pero lo habيa sido. No era su traiciَn lo que le avergonzaba. Sabيa que Achamian no se lo tendrيa en cuenta. No; lo que le hacيa sentir vergüenza era lo que habيa sentido, no lo que habيa hecho. Algunas prostitutas despreciaban tanto lo que hacيan que buscaban el dolor y el castigo cada vez que se iban a la cama. Esmenet, sin embargo, era de las que podيan reيrse, de vez en cuando, del hecho de que le pagaran para que les complaciera. El placer de ellos era también el suyo, independientemente de quién la acariciara. Pero no aquella noche. El placer habيa sido el mلs intenso que habيa experimentado jamلs. Lo habيa sentido. Lo habيa gritado. La habيa hecho vibrar. Pero no lo habيa poseيdo. Le habيa dejado una marca en su cuerpo. Y le avergonzaba hasta el punto de sentir ira. Con frecuencia se humedecيa al pensar en el abdomen de aquel hombre contra su estَmago. A veces se sonrojaba y se tensaba al
pensar en sus orgasmos. Quienquiera que fuese, fuera lo que fuese, habيa hecho cautivo su cuerpo, se habيa apoderado de lo que era suyo y lo habيa rehecho no a su propia imagen, sino a la imagen de lo que él querيa que ella fuera. Infinitamente receptiva. Infinitamente dَcil. Infinitamente agradecida. Pero donde su cuerpo andaba a tientas, su intelecto comprendيa. Se dio cuenta en seguida de que si el extraٌo la conocيa a ella, conocيa a Inrau. Y si conocيa a Inrau, era simplemente imposible que la causa de su muerte hubiera sido el suicidio. ةsa era la razَn por la que debيa encontrar a Achamian. La posibilidad de que Inrau se hubiera suicidado le habيa destrozado. --؟Y si es verdad, Esmi? ؟Y si se suicidَ? --No lo hizo. Ya basta, Akka. Por favor. --،Se suicidَ! ،Oh, dulces Dioses! ،Lo percibo! Le obligué a ponerse en una situaciَn en la que loْ nico que podيa hacer era traicionar: o Maithanet, o yo. ؟No lo ves, Esmi? ،Le obligué a enfrentar a un amor con otro! --Estلs borracho. Y siempre que lo estلs tus miedos se apoderan de ti. --Dulces Dioses... Le he matado. Qué huecas habيan sido sus palabras tranquilizadoras: inexpresivas parrafadas nacidas de una paciencia que flaqueaba debido a la indemostrable sospecha de que se castigaba a s يmismo para conseguir que ella sintiera pena por él. ؟Por qué se habيa mostrado tan frيa, tan egoيsta? En un momento dado, se habيa sorprendido a s يmisma maldiciendo a Inrau, echلndole la culpa de la partida de Achamian. ؟Cَmo podيa haber pensado una cosa as?ي Pero eso iba a cambiar. Muchas cosas iban a cambiar. De algْn modo, increيblemente, formaba parte de lo que quiera que estuviese sucediendo. Iba a ser su igual. «No lo mataste, mi amor. ،Lo sé!» Y también sabيa quién le habيa matado. El desconocido podيa ser de cualquiera de las Escuelas, pero por alguna razَn sabيa que no era asي. Lo que ella habيa experimentado estaba mلs all لde los Tres Mares. El Consulto. Habيan matado a Inrau y la habيan violado a ella. El Consulto. Pese a lo aterradora que era esa intuiciَn, resultaba también excitante. Nadie, ni siquiera Achamian, habيa visto al Consulto en siglos. Y sin embargo, ella... Pero no pensَ en eso demasiado, porque
cuando lo hacيa, empezaba a sentirse... afortunada. Y no podيa soportarlo, as يque se decيa que viajaba por Achamian. Y en ciertos momentos de descuido, se veيa a s يmisma como un personaje de Las Sagas, como Ginsil o Ysilka, una esposa mortalmente atrapada en las maquinaciones de su marido. Al parecer, el camino que tenيa ante ella cantarيa con un furtivo encanto, como si unos testigos ocultos de su heroيsmo observaran cada paso que daba. Se estremeciَ bajo su capa. Su aliento se acumulaba ante ella. Caminَ, cavilando sobre la gélida esperanza que acompaٌaba a tantas maٌanas invernales. La luz del amanecer tardaba en llegar.
A media maٌana, pasَ ante un hostal de carretera, donde descansَ un rato con la esperanza de unirse a un pequeٌo grupo de caminantes que se habيa reunido en sus patios. Dos ancianos, con las espaldas dobladas bajo inmensos fardos de frutos secos, esperaban con ella. A juzgar por su entrecejo fruncido, Esmenet pensَ que habيan visto su tatuaje en el dorso de su mano izquierda. Todo el mundo, al parecer, sabيa que Sumna imprimيa una marca a sus zorras. Cuando el grupo finalmente emprendiَ el camino, lo siguiَ tan discretamente como le fue posible. Un pequeٌo cuadro de sacerdotes de piel azul, devotos de Jukan, lideraban la partida; cantaban en voz baja himnos y hacيan sonar los platillos que llevaban en los dedos. Algunos se unieron a su canto, pero la mayorيa permanecيa en silencio, caminando con dificultades, susurrando quedamente. Esmenet vio que uno de los ancianos hablaba con el conductor de un carro. El transportista se girَ y la mirَ con esa expresiَn vacيa que habيa visto con frecuencia: la mirada de uno que anhela aquello a lo que debe resistirse. Apartَ la mirada cuando ella sonriَ. Sabيa que tarde o temprano aquel hombre se inventarيa el modo accidental de hablar con ella. Y en ese momento, ella tendrيa que tomar una decisiَn. Pero entonces, una tira de su sandalia izquierda se rompiَ. Logrَ anudar los extremos para seguir utilizلndola, pero le pinchaba y le rozaba la piel bajo sus calcetines de lana. Se le reventaron las ampollas y no tardَ en cojear. Maldijo al transportista por no darse prisa. Maldijo de todo corazَn la ley que impedيa que las mujeres llevaran botas en el Nansurium. Poco después, el nudo cediَ, y aunque lo intentَ denodadamente, no consiguiَ repararlo. El grupo se alejaba por el camino y se iba haciendo cada vez mلs
pequeٌo. Metiَ la sandalia en la bolsa y empezَ a caminar sin ella. Casi inmediatamente, dejَ de sentir el pie. Después de veinte pasos, se le hizo el primer agujero en el calcetيn. Algo mلs tarde, su calcetيn era poco mلs que una falda hecha jirones alrededor de su tobillo. Ya casi saltaba a la pata coja mلs rato que andaba, y con frecuencia tenيa que detenerse para frotarse la suela del pie para calentلrsela. No veيa ni rastro de los demلs. Tras ella, vislumbrَ un distante grupo de hombres. Parecيan llevar una manada de animales... o de caballos de guerra. Rogَ por que fuera lo primero. La ruta que ella seguيa era el Camino Kariano, una reliquia del Imperio Ceneiano que, sin embargo, el Emperador mantenيa en buen estado. Atravesaba en lيnea recta la provincia de Massentia, que en verano la gente llamaba La Dorada debido a sus inacabables campos de grano. El problema con el Camino Kariano era que se adentraba en lo mلs profundo de las llanuras Kyranae en lugar de dirigirse directamente hacia Momemn. Mلs de mil aٌos antes, habيa unido Sumna con la antigua Cenei. Entonces era mantenido sَlo por el servicio que prestaba a Massentia, y a Esmenet le habيan dicho que se convert يa en una pradera después de cruzarse con el mلs importante Camino Pon, que llevaba a Momemn. Pese a su rodeo por el interior, Esmenet habيa optado por el Camino Kariano después de pensarlo mucho. A pesar de que no podيa permitirse comprar mapas ni habrيa sabido cَmo interpretarlos, y a pesar de que nunca antes habيa salido de Sumna, poseيa un يntimo conocimiento de ese y muchos otros caminos. Todas las prostitutas clasificaban a sus clientes en funciَn de sus gustos. A algunas les gustaban altos; a otras, bajos. Algunas tenيan preferencia por los sacerdotes, con sus manos dubitativas y sin callos, mientras que otras tenيan preferencia por los soldados y su burda confianza. Pero Esmenet siempre habيa preferido la experiencia. Los que habيan sufrido, habيan vencido, habيan visto cosas lejanas o asombrosas, ésos eran los hombres que ella preferيa. Cuando era mلs joven, se habيa acostado con hombres como ésos y habيa pensado: «Ahora formo parte de todo lo que han visto. Ahora soy mلs de lo que era». Cuando, después, los acribillaba a preguntas, lo hacيa tanto para descubrir los detalles de su enriquecimiento como por pura curiosidad. Se marchaban con menos plata y menos semen, pero ella se habيa convencido a s يmisma de que se llevaban una parte de ella consigo; que ella se expandيa de alg
ْ modo; que ella, Esmenet, moraba en los ojos que observaban y n guerreaban con el mundo. Muchas personas le habيan quitado de la cabeza esa creencia. Estaba la vieja puta, Pirasha, que se habrيa muerto de hambre de no haber sido por la generosidad de Esmenet. --No, querida --le habيa dicho en una ocasiَn--. Cuando las mujeres meten la mano en los bolsillos de los hombres, loْ nico que estلn haciendo es recuperar lo que les ha sido robado. Después habيa sido el gallardo soldado de caballerيa Kidruhil, al que Esmenet habيa creيdo amar, que acudiَ a ella por segunda vez sin recordar la primera. --Debes estar equivocada --habيa exclamado--. ،Recordarيa una belleza como la tuya! Luego habيa dado a luz a su hija. Recordaba haber pensado, no mucho después de que naciera su hija, que el parto habيa significado el fin de su vana ilusiَn. Entonces sab يa, sin embargo, que simplemente marcaba la transiciَn de una serie de autoengaٌos a otra. La muerte de una hija; eso marcaba el fin de las vanas ilusiones. Meter las pequeٌas prendas en un fardo, dلrselo a la mujer embarazada del piso de abajo, decir palabras amables para aliviar su --،su!-- vergüenza... Muchas insensateces habيan muerto con su hija, y mucha amargura habيa nacido. Pero Esmenet no era, como algunos, proclive al rencor. Aunque sabيa que la denigraba, seguيa permitiéndose su ansia de historias del mundo, y seguيa valorando por encima de todo a los mejores narradores. Los rodeaba con sus piernas alegremente. Simulaba excitarse por su ardor, y en ocasiones, dado el curioso modo como la simulaciَn se tornaba realidad, se excitaba. Después, a medida que sus intereses se retiraban al oscuro mundo del que procedيan, se volvيan impenetrables. Hasta los clientes mلs amables parecيan peligrosos. Habيa descubierto que muchos hombres albergaban un vac يo de alguna clase, un lugar del que sَlo podيan dar cuenta a otros hombres. Entonces, empezaba la seducciَn real. --Dime --susurraba ella en ocasiones--, ؟qué has visto que haga de ti mلs..., mلs que los otros hombres? A la mayorيa, la pregunta les parecيa divertida. Otros se quedaban perplejos, preocupados, indiferentes o incluso ofendidos. Unos pocos, Achamian entre ellos, la consideraban fascinante. Pero todos ellos respondيan. Los hombres necesitaban ser mلs. Esmenet
habيa decidido que ésa era la razَn por la que tantos de ellos apostaban: buscaban dinero, sin duda, pero también anhelaban una demostraciَn, un signo de que el mundo, los Dioses, el futuro --alguien-les diferenciaba por alguna razَn. As يque le contaban historias, miles con el transcurso de los aٌos. Se sonreيan de sus narraciones, pensando que la emocionaban como sucedيa cuando ella era joven, con sَlo hacerle saber con quién acababa de acostarse. Y con una excepciَn, ninguno sospechaba que a ella no le importaba en absoluto lo que sus historias dijeran de ellos y s يlo que sus historias decيan del mundo. Achamian lo habيa comprendido. --؟Haces esto con todos tus clientes? --le preguntَ en una ocasiَn sin previo aviso. A ella no le sorprendiَ. Otros le habيan preguntado lo mismo. --Me reconforta saber que mis hombres son algo mلs que una polla. Una media verdad. Pero como era de esperar, Achamian se mostrَ escéptico y frunciَ el entrecejo. --Es una pena --dijo. Eso la habيa herido a pesar de que no tenيa ni idea de lo que significaba. --؟Qué es una pena? --Que no seas un hombre --respondi .--Si َ fueras un hombre, no necesitarيas convertir en maestros a todos los que te utilizan. Esmenet habيa llorado en sus brazos esa noche. Pero habيa proseguido con sus estudios y habيa llegado muy lejos a través de los ojos de otros. ةsa era la razَn por la que sabيa que Massentia era segura; que a pesar de su mayor longitud, los Caminos Kariano y Pon eran una ruta mucho mلs segura para una mujer solitaria que uno de los caminos mل s directos que bordeaban la costa. Y ésa era también la razَn por la que sabيa que era mejor caminar junto a otros viajeros para que los que se cruzaran con ella dieran por hecho que era una de ellos. Y ésa era la razَn por la que le asustaba tanto su sandalia rota. Antes, ebria de franqueza y pura osadيa, se habيa sentido aliviada por su soledad. Pero entonces jugaba en contra de ella. Se sentيa expuesta, como si tras las copas de los لrboles se ocultaran arqueros que esperaran vislumbrar su mano tatuada, oيr una palabra susurrada o algْn otro motivo inevitable para intervenir. El camino descendيa en pendiente, y Esmenet avanzَ cojeando
como pudo. Una creciente sensaciَn de desesperanza no hizo sino aumentar el dolor que sentيa en el pie descalzo. ؟Cَmo iba a caminar hasta Momemn asي? ؟Cuلntas veces le habيan dicho que viajar con seguridad era cuestiَn de preparaciَn? Cada doloroso paso parecيa una reprimenda. El Camino Kariano descendيa gradualmente ante ella entre marjales poco profundos y cruzaba después lo que parecيa un riachuelo antes de adentrarse en las oscuras colinas que cercaban el horizonte. Sobresaliendo por entre grupos de لrboles sin hojas, un acueducto ceneiano en ruinas, a escasa distancia, se desmoronaba en pequeٌos campos llenos de escombros de los que los locales habيan saqueado las piedras. Caminillos de fango se ovillaban en las cumbres mلs lejanas, bordeaban campos en barbecho y desaparecيan en las extensiones en pendiente de bosque. Pero lo que despertaba la esperanza y la atenciَn de Esmenet eran los edificios rْsticos que se apiٌ aban junto al puente: una aldea de la que salيan unas delgadas lيneas de humo hacia el cielo gris. Tenيa un poco de dinero. De sobra para reparar su sandalia. Se reprendiَ por sus recelos a medida que se acercaba a la aldea. Habيa oيdo decir que una de las cosas que caracterizaban Massentia era el hecho de que poseيa pocas de las grandes plantaciones que dominaban el Imperio. Massentia era una tierra de pequeٌos propietarios rurales y artesanos: francos, honestos, orgullosos, o al menos eso habي a oيdo decir. Pero recordaba el modo como esos hombres fruncيan el entrecejo cuando la veيan sentada en su ventana, en Sumna. --Los hombres que son dueٌos de su trabajo --le dijo en una ocasiَn la vieja Pirasha-- creen que también son dueٌos de la verdad. --Y la verdad no era amable con las putas. Esmenet se maldijo por preocuparse. Todo el mundo decيa que Massentia era segura. Se adentrَ renqueando en lo que le pareciَ un atestado y humilde mercado, y escudriٌَ las casuchas y fachadas circundantes en busca de un zapatero remendَn. Como no encontrَ ninguno, olisqueَ el aire en busca de alguna seٌal del aceite de pescado con que los curtidores empapaban sus pieles. Loْ nico que en realidad necesitaba era una tira de piel. Pasَ junto a montones de arcilla que se derretيa; después cuatro cabaٌas de alfareros intercomunicadas. En una, un anciano trabajaba en su torno a pesar del frيo; modelaba las curvas de la arcilla con los pulgares. La boca de un horno resplandecيa tras él. Su tos, que
sonَ como el borboteo del barro, la estremeciَ. Se preguntَ ociosamente si la aldea estaba apestada. Un grupo de cinco niٌos que holgazaneaban frente a la entrada de un establo la mirَ. El mayor, o al menos el mلs alto, la observaba con una franca admiraciَn. Si hubiera tenido los ojos parejos habrيa sido guapo. Recordaba a uno de sus clientes diciéndole que era difيcil encontrar niٌos guapos en aldeas como aquéllas, porque con frecuencia eran vendidos a viajeros ricos. Esmenet se preguntَ si jamلs habيan hecho una oferta por ese chico. Sonriَ mientras él se dirigيa hacia ella con paso decidido. «Quizل él...» --؟Eres una puta? --le preguntَ sin rodeos. Esmenet sَlo se lo pudo quedar mirando con una mezcla de sorpresa eir.ل --،Lo es! ،Lo es! --gritَ otro niٌo--. ،De Sumna! ،Por eso esconde la mano! Oyَ una serie de maldiciones propias de un soldado. --Anda y que te zurzan --le espetَ ella--, pequeٌo idiota. El niٌo sonriَ, y Esmenet se dio cuenta inmediatamente de que era uno de ellos: hombres que se creيan mلs el ladrido de un perro que las palabras de una mujer. --Déjame ver tu mano. Algo en su voz la desconcertَ. --؟No tienes tenderetes que limpiar? --«Esclavo», transmitiَ burlonamente su tono. La despreocupada ferocidad de su mirada se endureciَ y se convirti َ en otra cosa. Cuando le cogiَ la mano, ella le dio una bofetada. El niٌo retrocediَ dando tumbos, sorprendido. Recuperلndose, se agachَ. --Es una puta --les dijo a sus compaٌeros en un tono socarrَn, como si las verdades desafortunadas comportaran desafortunadas consecuencias. Se puso en pie haciendo girar una sucia piedra entre los dedos--. Una puta adْltera. Pasَ un momento cargado de nerviosismo. Los cuatro vacilaron. Estaban en una especie de antesala, y lo sabيan aunque no comprendieran su significado. En lugar de enardecerlos con palabras, el guapo le tirَ la piedra. Esmenet se agachَ y la esquivَ. Pero los demلs estaban poniéndose en cuclillas para recoger sus propios proyectiles. Empezaron a apedrearla. Ella les maldijo levantando los brazos. La
gruesa lana de su capa impedيa que le hicieran daٌo de verdad. --،Cabrones! --gritَ. Se detuvieron, acobardados y divertidos al mismo tiempo por su ferocidad. Uno de los niٌos, el gordo, soltَ una risotada cuando ella se agachَ para hacerse con unas cuantas piedras. Le dio a él en primer lugar, justo encima de la ceja izquierda, y le abriَ las carnes. El niٌo cayَ de rodillas y se puso a llorar. Los otros se lo quedaron mirando, estupefactos. Se habيa derramado sangre. Alzَ otra piedra con la mano derecha con la esperanza de que se agacharan y se fueran corriendo. De niٌa, antes de que su cuerpo le despertara otras vocaciones, habيa trabajado en los muelles; se ganaba el pan o unas monedas de cobre tirando piedras a las gaviotas que hurgaban entre la mercancيa. Y era muy buena. Pero el alto golpeَ primero, lanzلndole un puٌado de barro a la cara. La mayor parte de él no la alcanzَ --el idiota lo habيa arrojado como si su brazo estuviera hecho de cuerda--, pero la arenilla la cegَ momentل neamente. Se frotَ los ojos que frenesي. Después, una explosiَn en su oي do hizo que se tambaleara. Otra piedra le dio en los dedos... ؟Qué estaba pasando? --،Basta! ،Basta! --bramَ una voz ronca--. ؟Qué estلis haciendo, niٌ os? El niٌo gordo todavيa lloraba. Esmenet parpadeَ sintiendo un escozor en los ojos y vio a un anciano con vestiduras Shriah manchadas que alzَ un puٌo como el extremo de un fémur entre los niٌos. --،Apedreلndola! --gritَ el instigador casi guapo--. ،Es una puta! --Los otros le secundaron con entusiasmo. El viejo sacerdote los intimidَ un instante y después se girَ hacia ella. Entonces le veيa claramente: las manchas de la vejez, la ruin joroba de quien ha gritado ante innumerables rostros. Tenيa los ojos morados de frيo. --؟Es eso cierto? Le agarrَ la mano con una fuerza terrible y escudriٌَ el tatuaje. La mir َ a la cara. sirviente de Gierra? --؟Eres una sacerdotisa? --ladr ؟.--Una َ Esmenet era consciente de que ya conocيa la respuesta, que sَlo le hacيa la pregunta por una perversa necesidad de humillar e instruir. Mir لndole a sus empaٌados ojos, comprendiَ de repente el peligro. Dulce Sejenus... --S-s ي--tartamudeَ. --،Mentirosa! Es la marca de una puta --grit ,retorciéndole َ la mano
ante su cara como si tratara de meterle comida en la boca--. ،La marca de una puta! --Ya no soy puta --protestَ. --،Mentirosa! ،Mentirosa! Un frيo repentino descendiَ sobre Esmenet. Le honrَ con una falsa sonrisa y después le disputَ la posesiَn de su mano. El viejo idiota farfullَ algo y retrocediَ dando tumbos. Vislumbrَ brevemente a la gente que se habيa reunido; mirَ de soslayo, cلusticamente, a los niٌos, y después se girَ de nuevo hacia el camino. --،No te vayas! --aullَ el viejo sacerdote--. ،No te vayas! Ella siguiَ andando con toda la dignidad que pudo reunir. --No permitلis que una puta viva --recitَ el viejo sacerdote-- porque ella ha hecho de suْ tero una fosa. Esmenet se detuvo. --No permitلis que una puta respire --prosiguiَ el sacerdote en un tono entonces jubiloso-- porque se burla de la semilla de los justos. Apedreadla para que vuestra mano no se vea tentada... Esmenet se dio la vuelta. --،Basta! --explotَ. Silencio estupefacto. --،Estoy maldita! --grit ؟.--No َ lo ves? ،Ya estoy muerta! ؟No es eso suficiente? Demasiados ojos la miraron. Se dio la vuelta y siguiَ renqueando hacia el Camino Kariano. --،Puta! --gritَ alguien. Algo se partiَ contra la base de su crلneo. Cayَ de rodillas. Otra piedra le magullَ el hombro. Se levantَ protegiéndose con las manos, tambaleلndose, tratando de caminar rلpidamente. Pero los niٌos estaban correteando a su alrededor y la bombardeaban con sus piedras pequeٌas y erosionadas por el rيo. Entonces, vio al alto en un extremo de su campo visual; levantaba con esfuerzo algo del tamaٌo de su mano. Esmenet se encogiَ. El impacto le cerrَ la boca bruscamente; se tambale َ y perdiَ el equilibrio. Cayَ sobre el frيo barro, se puso de cuatro patas, levantَ una rodilla del suelo. Una pequeٌa piedra le impactَ en la mejilla y llenَ su ojo izquierdo de afiladas lلgrimas. Después se levantَ y anduvo tan bien como pudo. Durante ese tiempo, todo le habيa parecido aterradoramente posible. Necesitaba irse de all يcuanto antes. Las piedras no eran mلs que rلfagas de lluvia y viento, obstلculos impersonales. Entonces estaba llorando incontrolablemente.
--،Basta! --gimi، .--َDejadme en paz! --،Puta! --bramَ el sacerdote. Una multitud mucho mayor se habيa reunido en torno a ella. Se burlaban de ella y se inclinaban sobre la grava llena de fango. Un golpe paralizante cerca de la columna vertebral. Los hombros sacudiéndose hacia atrلs. Una mano involuntaria levantلndose. Una explosiَn en la sien. Después en el suelo de nuevo. Escupiendo arenilla. «،Basta! ،Por favor!» ؟Era ésa su voz? Pequeٌa, afilada, contra su frente. Brazos arriba. Encogiéndose como un perro. «Por favor. Alguien.» El sonido del trueno. Después, una gran sombra emborronando el cielo. Entre lلgrimas y dedos, alzَ la mirada y vio el venoso estَmago de un caballo y, mلs arriba, un jinete mirلndola. Guapo, de labios gruesos. Grandes ojos marrones furiosos y preocupados a la vez. Un Caballero Shriah. Las piedras se habيan detenido. Esmenet lloriqueaba entre sus manos manchadas de barro. --؟Quién ha empezado todo esto? --restallَ una voz. --،Aqu !ي--rugiَ el sacerdote--. Este asun... El Caballero Shriah se inclinَ hacia adelante y le golpeَ con un puٌo cubierto de malla. --،Ponedlo en pie! --ordenَ a los demلs-- Ahora. Tres hombres corrieron a ayudar al sacerdote a levantarse. De los labios temblorosos le salيa un hilillo de sangre y saliva. Se le escapَ un solo sollozo, como una tos, y mirَ a su alrededor con un aturdido terror. --،N-no tienes ninguna autoridad! --gritَ. --؟Autoridad? --dijo riéndose--. ؟Quieres que discutamos acerca de la autoridad? Mientras el Caballero Shriah acosaba al sacerdote, Esmenet se puso trabajosamente en pie. Se secَ la sangre y las lلgrimas de la cara y se frotَ las manchas de barro de su capa de lana. El corazَn le latيa en los oيdos, y en dos ocasiones temiَ que iba a desvanecerse por falta de aire. Estuvo a punto de vencerla la necesidad de gritar, pero no de miedo o dolor, sino de incredulidad y pura indignaciَn. ؟Cَmo podيa haber ocurrido? ؟Qué habيa sucedido? Vislumbrَ al Caballero Shriah pegando una vez mلs al sacerdote, y se maldijo por estremecerse. ؟Por qué debيa compadecer a ese obsceno ingrato? Respirَ profundamente. Se secَ mلs lلgrimas
ardientes. Se serenَ. Con las manos cerradas ante sي, se girَ hacia el niٌo que habيa empezado aquello. Lo mirَ con todo el odio que fue capaz de reunir; después separَ su dedo meٌique de los demلs para que se moviera como un pequeٌo falo. Bajَ la mirada para asegurarse de que él se daba cuenta, y luego le sonriَ siniestramente. El niٌo empalideciَ. El niٌo mirَ al Caballero Shriah, asustado e inquieto; después a sus amigos, que también se habيan percatado del gesto burlَn de Esmenet. Dos de ellos sonrieron a su pesar, y uno, poseيdo por esa extraٌa e inquietante capacidad de los niٌos para conspirar con aquellos a los que acaban de atormentar, gritَ. --،Es verdad! --Venga --le dijo el Caballero Shriah a Esmenet, ofreciéndole una mano--. Ya he llenado mi cupo de idiotas provincianos. --؟Quién eres? --dijo ella entre jadeos, de nuevo abrumada por las l لgrimas. --Curtias Sarcellus --dijo el hombre con calidez--, Primer Caballero-Comandante de los Caballeros Shriah. Ella levantَ el brazo, y él tomَ su mano tatuada.
Hombres del Colmillo se apresuraban por entre la oscuridad; figuras altas, la mayorيa en sombras con la salvedad del raro brillo del hierro. Tirando de su mula, Achamian corriَ hacia ellos. Sus ojos brillantes sَlo mostraron por él un interés pasajero, y supuso que se hab يan acostumbrado a los extranjeros. El viaje preocupaba a Achamian. Nunca antes se habيa abierto paso por un campamento como aquél. Cada fogata que rodeaba le parecيa un mundo lleno de su propia diversiَn o desesperaciَn. Oyَ fragmentos de conversaciَn transportados por el aire, vislumbrَ combativos rostros al otro lado del fuego. Caminaba entre esos grupos, parte de una sombrيa procesiَn. En dos ocasiones, escalَ colinas que se alzaban a la altura necesaria para ver el rيo Phayus y sus congestionadas llanuras aluviales. En ambas ocasiones se quedَ paralizado de miedo. Brillantes fuegos salpicaban la distancia: los mلs cercanos, poblando la oscuridad con vislumbres de tela y hombres belicosos; los mلs lejanos, formando constelaciones que refulgيan por las laderas. Aٌos antes habيa presenciado una representaciَn ainonia en un anfiteatro cercano a Carythusal, y le habيa sorprendido el contraste
entre los oscuros espectadores y los iluminados actores en el escenario. Allي, al parecer, habيa mil representaciones como aquéllas. Tantos hombres, tan lejos de casa. All يpodrيa sondear la verdadera medida del poder de Maithanet. «،Qué multitud! ؟Cَmo podemos fracasar?» Pensَ en esa idea --«podemos»--, durante un rato. Al oeste, discerniَ el tortuoso trazado de las murallas de Momemn, sus gigantescas torres coronadas por el resplandor de las antorchas. Torciَ hacia ellas. El suelo cada vez estaba mلs pelado y lleno de gente a medida que se acercaban. Desafiando la luz de unas cuantas hogueras conriyanas, preguntَ dَnde podيa encontrar el contingente de Attrempus. Cruzَ una pasarela que chirriaba por encima de las aguas estancadas de un canal. Finalmente, encontrَ el campamento de su viejo amigo Krijates Xinemus, el Mariscal de Attrempus. Aunque Achamian reconociَ inmediatamente a Xinemus, se detuvo en la oscuridad, fuera de la luz del fuego, para observarle. Proyas le hab يa dicho en una ocasiَn que él y Xinemus se parecيan mucho, como, segْn dijo, «un hermano fuerte y otro débil». Obviamente, Proyas nunca habيa pensado que esa comparaciَn pudiera ofender a su viejo tutor. Como muchos hombres arrogantes, Proyas creيa que sus insultos eran una prolongaciَn de su honestidad. Sosteniendo un cuenco de vino, Xinemus estaba sentado ante una pequeٌa hoguera, hablando en voz baja con tres oficiales de alto rango. Bajo la rojiza luz del fuego, parecيa cansado, como si hablara de algْn asunto cuya resoluciَn escapara de sus atribuciones. Se rascَ, ausente, la piel muerta que, como sabيa Achamian, cubrيa perpetuamente sus orejas; después, de forma inexplicable, se girَ y mirَ hacia la oscuridad, hacia Achamian. El Mariscal de Attrempus frunciَ el entrecejo. --Muéstrate, amigo --gritَ. Por alguna razَn, Achamian se quedَ sin palabras. En ese momento, los otros también le estaban mirando. Oyَ cَmo uno de ellos, Dinchases, murmuraba algo sobre los espectros. El hombre a su derecha, Zenkappa, hizo la seٌal del Colmillo. --Eso no es un espectro --dijo Xinemus poniéndose en pie. Agachَ la cabeza como si estuviera mirando a través de la niebla--. ؟Achamian? --Si no estuvieras aqu ي--dijo el tercer oficial, Iryssas, a Xinemus--, habrيa jurado que eras tْ... Mirando de soslayo a Iryssas, Xinemus, repentinamente, se echَ a correr hacia Achamian con una expresiَn de alegrيa desconcertada.
--؟Drusas Achamian? ؟Akka? El aliento regresَ al fin a los labios de Achamian. --Hola, Zin. --،Akka! --gritَ el Mariscal, cogiéndole entre sus brazos como a un saco. --Mariscal. --Hueles como un culo, amigo --dijo Xinemus riéndose, y lo apartَ de él--. ،Apestas! --Han sido dيas duros --dijo el hechicero. --No tengas miedo. Serلn todavيa mلs duros.
Tras asegurarle que habيa mandado a los esclavos a la cama, Ximenus le ayudَ con el equipaje, hizo que se encargaran de su mula y le ech َuna mano para montar su maltrecha tienda. Habيan pasado aٌos desde que Achamian habيa visto porْ ltima vez al Mariscal de Attrempus, y a pesar de que habيa creيdo que su amistad serيa inmune al paso del tiempo, su conversaciَn fue torpe al principio. En general, hablaron de trivialidades: el tiempo, el temperamento de su mula. Cuando uno de los dos mencionaba algo mلs importante, una inexplicable timidez obligaba al otro a darle una respuesta evasiva. --؟Cَmo estلs? --le preguntَ finalmente Xinemus. --Tan bien como cabrيa esperar. A Achamian, todo le parecيa horriblemente irreal, tanto que casi habيa esperado que Xinemus le llamara Seswatha. Su amistad con Xinemus habيa nacido en la lejana corte conriyana. Reunirse con ese hombre allي, estando en una misiَn, le avergonzaba como se avergüenza quien es sorprendido, si no mintiendo, s يen circunstancias que, con el tiempo, le acabarلn convirtiendo en un mentiroso. Achamian se encontrَ atormentلndose, preguntلndose qué le habيa contado a Xinemus de sus misiones anteriores. ؟Habيa sido sincero? ؟O habيa sucumbido a la necesidad juvenil de parecer mلs de lo que era? ؟Le dije que era un idiota acabado? --،Ah, contigo, Akka!, uno nunca sabe qué puede esperarse. --؟As يque los otros estلn contigo? --preguntَ, aunque conocيa la respuesta--. ؟Zenkappa? ؟Dinchases? Otro miedo le asaltَ. Xinemus era un hombre piadoso, uno de los m لs piadosos que Achamian habيa conocido jamلs. En Conriya, Achamian habيa sido un tutor que ademلs resultaba ser un Maestro.
Pero all يera, lisa y llanamente, un Maestro. Allي, en mitad de la Guerra Santa, ،nada menos!, no se pasarيa por alto su sacrilegio. ؟Cuلnto iba a tolerarle Xinemus? «Quiz ل--pensَ Achamian--, esto sea un error.» Quiz لdeberيa haber acampado en otra parte, solo. --No por mucho tiempo --respondiَ Xinemus--. Les he despedido. --No es necesario... Xinemus alzَ un nudo bajo la débil luz del fuego. --؟Y los Sueٌos? --؟Qué pasa con ellos? --En una ocasiَn me dijiste que tenيan muchos altibajos, que a veces algunos detalles cambiaban y que habيas decidido tomar nota de ellos con la esperanza de descifrarlos. El hecho de que Xinemus recordara eso le inquietَ. --Dime --dijo en un patoso intento de cambiar de tema--, ؟dَnde estل n los Chapiteles Escarlatas? Ximenus sonriَ. --Precisamente estaba pensando en cuلndo ibas a preguntل rmelo... En algْn lugar al sur de aquي, en una de las casas de campo del Emperador, o al menos eso me han dicho. --Le dio un golpe a una estaca de madera y maldijo cuando se golpeَ el pulgar--. ؟Estلs preocupado por ellos? --Serيa un estْpido si no lo estuviera. --؟Tanto codician vuestros conocimientos? --Sي. La Gnosis es hierro para su bronce..., aunque dudo que intenten algo en mitad de la Guerra Santa. Que una Escuela de blasfemos formara parte de la Guerra Santa ya resultaba incomprensible para los inrithi. Que pusieran de manifiesto su blasfemia por tal de conseguir sus propios y misteriosos objetivos hubiera resultado intolerable. --؟Es ésa la razَn por la que ellos... te han mandado aqu?ي Xinemus raramente se referيa al Mandato por su nombre. Eran siempre «ellos». --؟Para vigilar a los Chapiteles Escarlatas? En parte, supongo. Pero por Supuesto --una imagen de Inrau cruzَ su mente-- hay otros motivos. Siempre hay otros motivos. «؟Quién te matَ?» Por alguna razَn, la mirada de Xinemus se habيa perdido en la oscuridad. --؟Qué pasa, Akka? ؟Qué ha sucedido? Achamian le mirَ las manos. Querيa decirle a Xinemus, querيa
explicarle sus absurdas sospechas sobre el Shriah, contarle las extraٌas circunstancias que habيan rodeado la muerte de Inrau. Sin duda, confiaba en ese hombre como en ningْn otro, miembro o no del Mandato. Pero la historia le parecيa demasiado larga, demasiado tortuosa y demasiado contaminada por sus propios errores y debilidades para compartirla. A Esmenet podيa contلrsela, pero ella era una zorra. Desvergonzado. --Muy bien --dijo Achamian jovialmente, tirando de las cuerdas--. Al menos me proteger لde la lluvia. Xilmenus le escudriٌَ un instante sin mediar palabra. Por suerte, no insistiَ en el tema. Se unieron a los tres otros hombres que estaban alrededor del fuego de Xinemus. Dos eran capitanes de la guarniciَn de Attrempus, coetلneos de su Mariscal con el rostro curtido. El oficial mayor, Dinchases --o Dench el Sangriento, como le llamaban-- habيa estado con Xinemus desde el momento en que Achamian habيa conocido al Mariscal. El menor, Zenkappa, era un esclavo nilnameshi que Xinemus habيa heredado de su padre y después habيa liberado por su valor en el campo de batalla. Ambos, por lo que Achamian sabيa, eran buenos hombres. El tercero, Iryssas, era el hijo menor delْ nico tيo vivo de Xinemus y, si Achamian no se confundيa, mayordomo de la Casa Krijates. Pero ninguno de ellos saludَ su llegada. O bien estaban demasiado borrachos, o bien demasiado absortos en su conversaciَn. Dinchases, al parecer, estaba contando una historia. --... Entonces el grande, el thunyerio... --Malditos estْpidos, ؟os acordلis de Achamian? --gritَ Xinemus--. ؟ Drusas Achamian? Secلndose los ojos y conteniendo las risas, los tres hombres se giraron para mirarle. Zenkappa sonriَ y levantَ su cuenco. Dinchases, sin embargo, le mirَ exhaustivamente, e Iryssas lo hizo con abierta hostilidad. Dinchases vio el entrecejo fruncido de Xinemus y alzَ de mala gana su cuenco. Tanto él como Zenkappa inclinaron la cabeza y luego derramaron una libaciَn. --Bienvenido, Achamian --dijo Zenkappa con genuina calidez. Achamian imaginَ que, como liberto, quiz لtenيa menos problemas con los parias. Dinchases e Iryssas, sin embargo, eran de casta noble; Iryssas de una de mucho rango. --Veo que has montado tu tienda --seٌalَ Iryssas con tono
despreocupado. Tenيa el aspecto cauteloso y perspicaz de un borracho peligroso. Achamian no dijo nada. --As يque supongo que tendré que resignarme a tu presencia, ؟eh, Achamian? Achamian le mirَ directamente a los ojos y se maldijo a s يmismo por tragar saliva. --Supongo que sي. Xinemus mirَ de soslayo a su joven primo. --Los Chapiteles Escarlatas forman parte de la Guerra Santa, Iryssas. Deberيas darle la bienvenida a Achamian. Yo lo hago. Achamian habيa sido testimonio de innumerables conversaciones como aquélla. El fiel tratando de racionalizar su amistad con hechiceros. El racionamiento siempre era el mismo: «Sonْ tiles...». --Quiz لtengas razَn, primo. Enemigos de nuestros enemigos, ؟eh? Los conriyanos eran celosos de sus odios. Después de siglos de refriegas con el Alto Ainon y los Chapiteles Escarlatas, habيan acabado apreciando, aunque fuera a regaٌadientes, al Mandato. En demasيa, dir يan los sacerdotes. Pero de todas las Escuelas, sَlo el Mandato, poseedora de la Gnosis del Antiguo Norte, estaba a la altura de los Chapiteles Escarlatas. Iryssas levantَ su vaso y lo vaciَ sobre el polvo, junto a sus pies. --Que los Dioses beban a placer, Drusas Achamian. Que celebren a uno que es maldito... Imprecando, Xinemus le dio una patada al fuego. Una nube de chispas y cenizas envolvieron a Iryssas. Cayَ de espaldas, gritando, golpeلndose instintivamente el pelo y la barba. Xinemus se deslizَ tras él. --؟Qué has dicho? ؟Qué has dicho? --rugiَ. Pese a ser de una constituciَn un poco mلs delgada que Iryssas, Xinemus lo puso de rodillas como si fuera un niٌo, y le reprendiَ con maldiciones y bofetones con la palma de la mano. Dinchases dirigiَ una mirada de disculpa a Achamian. --No pensamos como él --dijo con picardيa--. Estamos completamente borrachos. A Zenkappa aquello le pareciَ demasiado divertido como para permanecer sentado. Se girَ sobre el suelo y desapareciَ en las sombras tras su tronco, aullando una carcajada. Hasta Iryssas se riَ, aunque con el recato de una esposa dominada por su marido.
--،Basta! --le gritَ a Xinemus--. ،Me disculparé! ،Me disculparé! Sorprendido tanto por la insolencia de Iryssas como por la violencia de la respuesta de Xinemus, Achamian observaba, boquiabierto. Después se dio cuenta de que nunca antes habيa visto a Xinemus en compaٌيa de sus soldados. Iryssas se arrastrَ de nuevo a su asiento, con la cabeza ladeada y la barba negra manchada de ceniza. Sonriendo y frunciendo el entrecejo a la vez, se inclinَ sobre su taburete de acampada hacia Achamian. Estaba haciéndole una reverencia, segْn advirtiَ Achamian, pero era demasiado perezoso para levantar el culo del asiento. --Lo siento --dijo, mirando a Achamian con una sinceridad desconcertada--. Y me gustas, Achamian, a pesar de ser --lanzَ una mirada esquiva a su seٌor y primo-- un maldito hechicero. Zenkappa empezَ a aullar de nuevo. A su pesar, Achamian sonriَ y le devolviَ la reverencia. Se dio cuenta de que Iryssas era uno de esos hombres cuyos odios eran demasiado antojadizos para adoptar la fijeza de una obsesiَn. Podيa despreciar y abrazar sucesivamente y sin malicia. Los hombres asي, como habيa descubierto Achamian, eran el espejo de la integridad o la depravaciَn de sus seٌores. --،Maldito idiota! --gritَ Xinemus a Iryssas--. ،Mira tus ojos! Mلs bizcos que el culo de un mono. Mلs paroxismos de risa siguieron. Esa vez, a Achamian su hilaridad le resultَ irresistible. Pero se riَ mucho mلs que los otros, llorando como si estuviera poseيdo por un demonio. Lلgrimas de alivio cayeron por sus mejillas. ؟ Cuلnto tiempo hacيa? Los otros se fueron silenciando y observaron cَmo él trataba de recobrar la compostura. --Hacيa demasiado tiempo --logrَ decir al fin Achamian. La respiraci َn le temblَ al exhalar. Sus lلgrimas de repente le herيan. --Hacيa demasiado tiempo, Akka --dijo Xinemus, poniéndole una mano amistosa sobre el hombro--. Pero has vuelto y, por una noche, est لs libre de las artimaٌas de los hombres maquinadores. Puedes beber en paz.
Esa noche durmiَ irregularmente. Por alguna razَn, el exceso de alcohol intensificaba y a la vez amortiguaba los Sueٌos. El modo como se transformaban en el siguiente los hacيa parecer menos inmediatos,
mلs onيricos, pero las pasiones que los acompaٌaban... eran, en el mejor de los casos, insoportables. Con la bebida, se tornaban locos de sufrimiento. Ya estaba despierto cuando Paata, uno de los esclavos personales de Xinemus, llegَ con un bol de agua limpia. Mientras se lavaba, Xinemus metiَ su rostro sonriente por entre las portezuelas y le retَ a una partida de benjuka. Poco después, Achamian se encontrَ sentado con las piernas cruzadas sobre una esterilla de paja ante Xinemus, estudiando el tablero dorado de benjuka que habيa entre ellos. Un dosel combado les protegيa del sol, que refulgيa con tanta intensidad que el campamento a su alrededor parecيa, a pesar del frيo, un bazar en mitad del desierto. «Loْ nico que falta --pensَ Achamian-- son los camellos.» Si bien la mayorيa de los que pasaban por all يeran conriyanos de la corte de Xinemus, vio toda clase de inrithi: galeoth desnudos de cintura para arriba y pintados para una especie de festival que, aparentemente, confundيa el invierno con el verano; thunyerios portando la malla de hierro negro de la que nunca parecيan desprenderse, e incluso un noble ainonio, cuyos elaborados ropajes parecيan totalmente ridيculos entre el maremلgnum de telas manchadas de grasa, pedazos de madera y barracones irregulares. --Resulta difيcil de creer, ؟verdad? --dijo Xinemus, refiriéndose aparentemente al nْmero de los inrithi. Achamian se encogiَ de hombros. --S يy no... Yo estaba en la Hagerna cuando Maithanet declarَ la Guerra Santa. A veces me pregunto si Maithanet llamَ a los Tres Mares o los Tres Mares llamaron a Maithanet. --؟Estabas en la Hagerna? --le preguntَ Xinemus. Su expresiَn se habيa oscurecido. --Sي. --«Hasta conoc يa vuestro Shriah...» Xinemus soltَ una risotada con la mirada bravucona que utilizaba para expresar desaprobaciَn. --Tْ mueves, Akka. Achamian buscَ el rostro de Xinemus, pero el Mariscal parecيa totalmente absorto en las geometrيas de piezas y posibilidades que habيa sobre el tablero. Achamian habيa aceptado echar una partida sabiendo que eso alejarيa a los demلs y, por tanto, le permitirيa decirle a Xinemus lo que habيa sucedido en Sumna. Pero se habيa olvidado de que el benjuka sacaba en ambos lo peor que llevaban dentro. Cada vez que jugaban a benjuka, se peleaban como dos eunucos de harén.
El benjuka era una reliquia, un superviviente del fin del mundo. Hab يa sido jugado en las cortes de Tryse, Atrithau y Mehtsonc antes del Apocalipsis, y habيa sido estudiado en los jardines de Carythusal, Nenciphon y entonces Momemn. Pero lo que hacيa especial al benjuka no era su edad. En términos generales, habيa una inquietante afinidad entre los juegos y la vida, y en ninguna parte esa afinidad era mلs sorprendente, o mلs perturbadora, que en el benjuka. Como la vida, los juegos estaban gobernados por las reglas. Pero a diferencia de la vida, los juegos se encontraban completamente definidos por esas reglas. Las reglas eran el juego, y si uno jugaba rigiéndose por reglas distintas, simplemente estaba jugando a otro juego. Como un marco fijo de reglas determinaba el significado de todos los movimientos en tanto que movimientos, los juegos poseيan una claridad que hacيa que la vida pareciera, por comparaciَn, una reyerta de borrachos. Las convenciones eran indudables; los cambios, seguros; sَlo el resultado era oculto. La astucia del benjuka consistيa en la ausencia de un marco determinado. En lugar de aportar una base inmutable, las reglas del benjuka no eran sino otro movimiento dentro del juego, otra pieza mلs que mover. Y eso hacيa del benjuka la imagen misma de la vida, un juego de desconcertantes complejidades y sutilezas casi poéticas. Otros juegos podيan ser descritos como patrones cambiantes de piezas y resultados del lanzamiento de las fichas numeradas, pero el benjuka daba pie a historias, y todo cuanto poseyera historia poseيa la estructura misma del mundo. Se decيa que algunos habيan hundido la cabeza en el tablero de benjuka y la habيan levantado convertidos en profetas. Achamian no estaba entre ellos. Estudiَ el tablero y se frotَ las manos para calentلrselas. Xinemus le provocَ con una desagradable risotada. --Eres siempre tan adusto cuando juegas al benjuka. --Es un juego espantoso. --Sَlo dices eso porque te cuesta demasiado esfuerzo. --No. Lo digo porque pierdo. Pero Xinemus tenيa razَn. El Abenjukala, el texto clلsico sobre el benjuka de los tiempos ceneianos, empezaba: «As يcomo los juegos miden los lيmites del intelecto, el benjuka mide los lيmites del alma». Las complejidades del benjuka eran tales que un jugador nunca podيa dominar intelectualmente el tablero y, por lo tanto, forzar a otro a ceder. El benjuka, como decيa el anَnimo autor, era como el amor. Uno nunca
podيa imponerle a otro el amor. Cuanto mلs trataba uno de atraparlo, m لs escurridizo se volvيa. El benjuka, asimismo, castigaba el corazَn codicioso. Si otros juegos exigيan una laboriosa astucia, el benjuka exigيa algo mلs. Sabidurيa, quizل. Con un aire de disgusto, Achamian moviَ laْ nica piedra que tenيa entre sus piezas plateadas, el sustituto de una pieza robada, o al menos eso decيa Xinemus, por uno de sus esclavos. Otro agravio. Si bien las piezas no eran nada mلs que la forma en que eran utilizadas, la piedra empobrecيa su juego de alguna forma, rompيa el ruin encanto de un juego de fichas completo. «؟Por qué me toca a m يla piedra?» --Si estuvieras borracho --dijo Ximenus, respondiendo a su movimiento con decisiَn--, entenderيa que hicieras eso. ؟Cَmo podيa hacer bromas? Achamian se qued َmirando el dibujo del tablero y se dio cuenta de que las reglas habيan cambiado una vez mلs, esa vez ؟desastrosamente. Busc a َ lguna opciَn, pero no vio ninguna. Xinemus esbozَ una sonrisa vencedora y empezَ a cortarse las uٌas con un cuchillo. --Proyas se sentir لigual --dijo-- cuando finalmente llegue. --Algo en su tono hizo que Achamian levantara la mirada. --؟Por qué? --Has oيdo hablar del reciente desastre. --؟Qué desastre? --La Guerra Santa Vulgar ha sido destruida. --؟Qué? Achamian habيa oيdo rumores acerca de la Guerra Santa Vulgar antes de partir de Sumna. Semanas atrلs, antes de la llegada del grueso de la Guerra Santa, un buen nْmero de seٌores de Galeoth, Conriya y el Alto Ainon habيan decidido marchar contra los infieles por s يmismos. El mote de vulgar se lo habيan impuesto debido a las huestes de parias sin seٌor que los siguieron. A Achamian nunca se le habيa ocurrido preguntar cَmo le iba. «Ha empezado. El derramamiento de sangre ha empezado.» --En las llanuras de Mengedda --prosiguiَ Xinemus--. El infiel Sapatishah, Skaurus, mandَ las cabezas embalsamadas de Tharschilka, Kumrezzer y Calmemunis al Emperador como aviso. --؟Calmemunis? ؟Te refieres al primo de Proyas? --،Un idiota arrogante y testarudo! Le rogué que no marchara, Akka. Razoné, grité, incluso me humillé, ،me rebajé como un estْpido!,
pero el perro no me escuchَ. Achamian habيa coincidido en una ocasiَn con Calmemunis en la corte del padre de Proyas. Un engreimiento escandaloso sumado a la estupidez, Suficiente para que Achamian hiciera un gesto de dolor. --Aparte de pensar que el Dios en Persona le habيa llamado, ؟por qué crees que se marchَ? --Porque sabيa que una vez que llegara Proyas, él serيa poco mل s que un perrito faldero adulador. Nunca le ha perdonado a Proyas el incidente de Paremti. --؟La batalla de Paremti? ؟Qué sucediَ? --؟No lo sabes? Habيa olvidado el mucho tiempo que hacيa, viejo amigo. Tengo muchos cotilleos que contarte. --Mلs tarde --dijo Achamian--. Dime qué pasَ en Paremti. --Proyas hizo que azotaran a Calmemunis. --؟Que le azotaran? --Eso preocupَ profundamente a Achamian. ؟ Tanto habيa cambiado su viejo estudiante?--. ؟Por cobardيa? Como si compartiera la preocupaciَn de Achamian, el rostro de Xinemus se oscureciَ. --No. Por impiedad. --Estلs bromeando. ؟Proyas hizo que un igual fuera azotado por impiedad? ؟Hasta dَnde ha llegado su fanatismo, Zip? --Demasiado lejos --dijo Xinemus rلpidamente, como si estuviera avergonzado por su seٌor--. Pero sَlo por un instante. Me decepcionَ muchيsimo, Akka. Me rompiَ el corazَn que el divino niٌo al que tْ y yo enseٌamos se hubiera convertido en un hombre de semejantes... extremos. Proyas habيa sido un niٌo divino. Durante los cuatro aٌos que habيa pasado como tutor de la corte en la capital conriyana de Aoknyssus, Achamian se habيa enamorado del niٌo, incluso mلs que de su legendaria madre. Dulces recuerdos. Paseando a través de vestيbulos iluminados por el sol y a lo largo de oscuros senderos del jardيn, habي an hablado de historia, lَgica y matemلticas, y él habيa respondido a una inacabable catarata de preguntas. --؟Maestro Achamian? ؟Adَnde han ido todos los dragones? --Los dragones estلn en nuestro interior, joven Proyas. En tu interior. El entrecejo fruncido. Las manos apretadas de frustraciَn. Pero otra respuesta indirecta de su tutor. --؟As يque ya no hay mلs dragones en el mundo, maestro Achamian?
--Tْ estلs en el mundo, Proyas, ؟no es as?ي Xinemus habيa sido maestro de esgrima de Proyas al mismo tiempo, y habيan llegado a respetarse gracias a sus periَdicas riٌas por el niٌo. Si Achamian amaba al Prيncipe, Xinemus --que cultivaba la devoci َn que necesitarيa para servir al niٌo como rey-- le amaba mلs, tanto que cuando Xinemus vislumbrَ la influencia del tutor en el pupilo, invitَ a Achamian a su casa de campo en el mar Meneanor. --Has hecho sabio a un niٌo --le habيa dicho Xinemus, tratando de explicar su extraordinaria oferta. Raramente los miembros de las castas nobles ejercيan de anfitriones de hechiceros. --Tْ le has hecho peligroso --respondiَ Achamian. Habيan encontrado su amistad en algْn lugar de las risas que siguieron. --؟Fanلtico por un tiempo? --preguntَ entonces Achamian--. ؟ Significa eso que recuperَ la compostura? Xinemus hizo una mueca, rascلndose, ausente, el lado de la nariz. --Mلs o menos. La Guerra Santa y su relaciَn con Maithanet han reavivado su celo, pero ahora es mلs sabio, mلs paciente, mلs tolerante con la debilidad. --Tus lecciones, imagino. ؟Qué le hiciste? --Le pegué hasta que sangrَ. Achamian se riَ. --Lo digo en serio. Después de Paremti me marché de la corte indignado. Pasé el invierno en Attrempus. Acudiَ a mي, sَlo... --؟Para implorarte perdَn? Xinemus hizo una mueca. --Es lo que era de esperar, pero no. Viajَ hasta all يpara reprenderme. El Mariscal neg َcon la cabeza y sonri .Achamian َ sabيa por qué: ya de niٌo, Proyas habيa sido proclive a simpلticos excesos. Recorrer a solas doscientas millasْ nicamente para echar una bronca era algo que s َlo Proyas podيa hacer. --Me acusَ de abandonarle en un momento de necesidad. Calmemunis y su gente habيan presentado cargos contra él, tanto en los tribunales eclesiلsticos como ante el Rey, y por un tiempo las cosas parecieron ir por mal camino, si bien nunca estuvo realmente en peligro. --Obviamente, sabes que sَlo estaba buscando tu aprobaciَn --dijo Achamian, suprimiendo una punzada de envidia--. Siempre te ha adorado, ya lo sabes, a su modo... ؟Tْ qué hiciste? --Escuché cَmo despotricaba con toda la paciencia que fui capaz de
reunir. Después le llevé al patio interior y le tiré una espada de entrenamiento. «؟Quieres castigarme?», le dije. «Castيgame, pues.» --Xinemus sonriَ mientras Achamian se reيa a carcajadas. --De niٌo era tenaz, Akka, pero ahora es totalmente implacable. Se negَ a ceder. Le podrيa haber dejado inconsciente y él se hubiera vuelto a poner en pie, empapado de sangre y nieve. Cada vez le decيa: «Te he entrenado tan bien como he sabido, mi Prيncipe, pero a pesar de todo sigues perdiendo». Entonces él se abalanzaba sobre mي, gritando como un poseso. »A la maٌana siguiente no dijo nada y me evitَ como si tuviera la peste. Pero por la tarde me buscَ fuera, con el rostro magullado como el de una manzana. "Lo entiendo", dijo. Le pregunté: "؟Qué es lo que entiendes?". "Tu lecciَn", respondiَ. "Entiendo tu lecciَn." "؟Y de qué lecci َn se trata?", le dije. Y me respondiَ: "Que me he olvidado de aprender. Que la vida es la lecciَn de Dios, y que a pesar de que nos comprometamos a enseٌar a hombres impيos, debemos estar dispuestos a aprender de ellos también". Achamian mirَ a su amigo con un cلndido temor. --؟Era eso lo que pretendيas enseٌarle? Xinemus frunciَ el entrecejo y negَ con la cabeza. --No. Sَlo querيa que se tragara su arrogancia. Pero me pareciَ bien, as يque solamente le dije: «Muy bien, mi Prيncipe, muy bien». Y asent يsabiamente como se hace cuando estلs de acuerdo con alguien a quien no consideras tan listo como tْ. Achamian sonriَ y asintiَ. Xinemus estallَ en carcajadas. --De todos modos, Proyas no ha repetido lo de Paremti desde entonces. Y cuando regresَ a Aoknyssus, se ofreciَ a compensar a Calmemunis recibiendo el mismo nْmero de latigazos en la corte de su padre. --؟Y Calmemunis aceptَ? Estoy seguro de que ese hombre no es tan estْpido. --،Oh!, el muy zoquete aceptَ y azotَ a Nersei Proyas ante los ojos del Rey y la corte. Y ésa es la razَn real por la que Calmemunis nunca perdonَ a Proyas. Acabَ a latigazos con losْ ltimos jirones de honor que le quedaban. Cuando se dio cuenta de ello, sostuvo que Proyas le habيa engaٌado. --As يque crees que ésa es la razَn por la que Calmemunis insistiَ en liderar la Guerra Santa Vulgar. Xinemus asintiَ con tristeza.
--ةsa es la razَn por la que él y otros cien mil estلn muertos. Las grandes catلstrofes eran con frecuencia provocadas por cosas pequeٌas como ésa. La intolerancia de un prيncipe y la estupidez de un noble arrogante. Pero ؟dَnde estaban esos hechos? ؟Estaban en alguna parte de esos distantes campos de la muerte? «Cien mil muertos...» Achamian bajَ la mirada hacia el tablero de benjuka. Por algْn motivo, vio al instante el movimiento que debيa hacer. Como si le sorprendiera que Achamian quisiera seguir jugando, Xinemus observَ cَ mo recolocaba una pieza aparentemente irrelevante. «Cien mil muertos. ؟Es eso también un movimiento?» --Diablo astuto --siseَ Xinemus, estudiando el tablero. Al cabo de un instante de duda, hizo su movimiento de respuesta. Achamian se dio cuenta de que era un error. En un instante de irreflexiَn, Xinemus habيa acabado totalmente con la ventaja de que disponيa. «؟Por qué ahora lo veo tan claro?» Benjuka. Dos hombres. Dos objetivos distintos. Un resultado. ؟ Quién determinaba ese resultado? ؟El vencedor? Pero las verdaderas victorias eran tan infrecuentes..., tan infrecuentes en el tablero de benjuka como en la vida. Con mas frecuencia el resultado era un difيcil compromiso. Pero ؟un compromiso negociado por quién? ؟Por nadie? Achamian pensَ que pronto la verdadera Guerra Santa marcharيa desde Momemn, cruzarيa la fértil provincia de Anserca y después se adentrarيa en tierras hostiles. Durante todo ese tiempo, la perspectiva de la campaٌa habيa parecido una abstracciَn, un simple movimiento que, sin embargo, todavيa no podيa ser contrarrestado. «Pero esto no es un juego. La Guerra Santa marchar لy, de modo inevitable, morirلn miles y miles de personas.» Tantos hombres. Tantos objetivos enfrentados. Y sَlo un resultado. ؟Cuلl serيa el resultado? ؟Y quién lo negociarيa? ؟Nadie? Esa idea aterrorizَ a Achamian. De repente, la Guerra Santa parecي a una apuesta loca, una tirada de dados contra un futuro totalmente negro. Las vidas de innumerables miles-- incluido Achamian-- por la distante Shimeh. ؟Cَmo podيa cualquier recompensa compensar una apuesta como ésa? --Cien mil muertos --prosiguiَ Xinemus, aparentemente inconsciente de la gravedad de su posiciَn en el tablero--. Un puٌado de ellos, hombres que conozco. Y para empeorar las cosas, el Emperador ha explotado rلpidamente nuestra consternaciَn. Nos ha pedido que
aprendamos del error de la Guerra Santa Vulgar. --؟Que consistiَ en...? --preguntَ Achamian, todavيa distraيdo por el tablero. --La locura de marchar sin Ikurei Conphas. Achamian levantَ la mirada. --Pero creيa que el Emperador habيa dado provisiones a Calmemunis y los demلs, que les habيa posibilitado precisamente que marcharan. --As يes. Pero ha prometido dar provisiones a cualquiera que firme su maldito Solemne Contrato. --As يque Calmemunis y los demلs firmaron... --En Sumna habيa dudas al respecto. --؟Por qué no? Esos hombres no le dan la menor importancia a su palabra. ؟Por qué no prometer que devolverيan todas las tierras conquistadas al Emperador si tu promesa no vale nada? --Pero sin duda --insistiَ Achamian-- Calmemunis y los demلs debieron detectar el plan del Emperador. Ikurei Xerius sabe perfectamente que los Grandes Nombres no le cederلn nada. El Solemne Contrato es solamente un pretexto, algo para evitar la Censura Shriah cuando él ordene a Conphas que vuelva a hacerse con las conquistas de la Guerra Santa. --Sي, pero te olvidas de la razَn por la que Calmemunis marchَ, Aldea. No marchَ por la Remisiَn Shriah o por la gloria del Ultimo Profeta, ni siquiera para forjarse un reino a su medida, por cierto. No. Calmemunis tenيa el corazَn de un ladrَn. Marchَ para negarle a Proyas la posibilidad de alcanzar la gloria. Inmَvil por un repentino pensamiento, Achamian se detuvo para escudriٌar a su amigo. --Pero tْ..., tْ s يmarchas por el عltimo Profeta. ؟Cَmo te hacen sentir esas venganzas y esos objetivos materiales? Por un instante, Xinemus pareciَ desconcertado. --Por supuesto --dijo lentamente--. Deberيa estar indignado. Pero supongo que esperaba que sucediera esto. Para serte franco, me preocupa mلs lo que vaya a pensar Proyas. --؟Por qué? --Sin duda, las noticias del desastre le horrorizarلn. Pero todos estos cَmputos y esta politiquerيa... --Xinemus dudَ, como si estuviera ensayando en silencio algo que habيa pensado durante mucho tiempo, pero no habيa dicho nunca--. Yo estaba entre los primeros que llegaron aquي, Akka, mandado por Proyas para coordinar a todos los conriyanos
que vinieron después. He formado parte de la Guerra Santa desde que se levantَ el primero de los pabellones bajo las murallas de Momemn. Sé que la mayorيa de los que andan por aqu يson hombres pيos. Y todos ellos han oيdo hablar de Nersei Proyas y del respeto que Maithanet siente por él. Todos ellos, hasta los Grandes Nombres como Gothyelk o Saubon, estلn preparados para seguirle. Buena parte de lo que suceda en este juego con el Emperador depender لde la respuesta de Proyas... --Y Proyas es con frecuencia poco prلctico --concluyَ Achamian--. Temes que este juego con el Emperador despierte a Proyas el Juez en lugar de a Proyas el Tلctico. --Exactamente. En estos momentos, la Guerra Santa es rehén del Emperador. Se niega a proveernos mلs all لde nuestras necesidades diarias a menos que aceptemos la firma del contrato. Por supuesto, Maithanet puede exigirle que provea a la Guerra Santa bajo amenaza de la Censura Shriah, pero ahora parece que incluso él tiene dudas. La destrucciَn de la Guerra Santa Vulgar le ha convencido de que estamos condenados a menos que marchemos con Ikurei Conphas. Los kianene han enseٌado los dientes y parece que la fe a solas no ser لsuficiente para derrotarlos. ؟Quién mejor para pilotarnos a través de esos bancos de arena que el gran Exalto-General que ha aplastado a los scylvendios? Pero ni siquiera un Shriah tan poderoso como Maithanet puede obligar a un Emperador a que mande a suْ nico heredero contra los infieles. Y, por supuesto, el Emperador no mandar لa Conphas a menos que los Grandes Nombres firmen el Solemne Contrato. --Recuérdame --dijo Achamian, irَnicamente-- que nunca me cruce en el camino del Emperador. --Es un manيaco --espetَ Xinemus--, un manيaco astuto. Y a menos que Proyas sea capaz de ser mلs hلbil que él, todos nosotros estaremos vertiendo sangre por Ikurei Xerius III y no por Inri Sejenus. Por alguna razَn, el nombre del عltimo Profeta le recordَ a Achamian el frيo. Se quedَ mirando, absorto, las geometrيas de plata yَ nice del tablero de benjuka. Se inclinَ hacia adelante, cogiَ la pequeٌa piedra erosionada por las aguas que habيa utilizado para sustituir una pieza que faltaba y la lanzَ hacia el deslumbrante polvo, mلs all لde su toldo. De repente, el juego le pareciَ infantil. --؟De modo que te rindes? --le preguntَ Xinemus. Parecيa decepcionado; todavيa creيa que podيa ganar. --No tengo ninguna posibilidad --respondiَ Achamian, pensando en Proyas y no en el benjuka. El Prيncipe llegarيa convertido en un hombre sitiado, y Achamian
no querيa acosarlo todavيa mلs; no querيa decirle que su adorado Shriah tenيa entre manos un aciago juego.
Pese a la penumbra invernal, el interior del pabellَn era cلlido. Esmenet se incorporَ y se abrazَ las rodillas entre los brazos. ؟Quién pod يa pensar que cabalgar hacيa que las piernas dolieran tanto? --Estلs pensando en otra persona --dijo Sarcellus. «Su voz es tan distinta --pens .--َTan segura«. --S ي--dijo. --El Maestro del Mandato, supongo. Sorpresa. Pero entonces recordَ haberle dicho... --؟Y qué? --le preguntَ ella. ةl sonriَ, y como siempre ella se sintiَ a la vez contenta e inquieta. ؟ Tenيa algo que ver con sus dientes, quizل? ؟O con sus labios? --Exactamente --dijo él--. Los Maestros del Mandato son idiotas. Todo el mundo en los Tres Mares lo sabe... ؟Sabes lo que los nilnameshi dicen de las mujeres que aman a idiotas? Esmenet se girَ y le mirَ con una expresiَn lلnguida. --No. ؟Qué dicen los nilnameshi? --Que cuando duermen, no sueٌan. Sarcellus la apret َsuavemente contra su almohada.
_____ 11 _____ Momemn «La razَn, escribe Ajencis, es la capacidad de sobreponerse a obstل culos desconocidos para la satisfacciَn del deseo. Lo que distingue al hombre de las bestias es la capacidad del hombre para sobreponerse a los obstلculos mediante la razَn. Pero Ajencis ha confundido lo accidental con lo esencial. Anterior a la capacidad de sobreponerse a infinitos obstلculos es la capacidad de enfrentarse a ellos. Lo que define al hombre no es que razona, sino que reza.» Ekyannus I, Cuarenta y cuatro epيstolas
Finales de invierno, aٌo del Colmillo 4111, Momemn El Prيncipe Nersei Proyas se tambaleَ y recobrَ el equilibrio mientras sus hombres remaban en el bote entre las graneles olas. Habي a decidido llegar a las playas del Nansurium de pie, pero el Meneanor, que habيa decidido batir las costas hasta que todo el mundo fuera mar, se lo estaba poniendo difيcil. En dos ocasiones, unos inmensos muros de espuma habيan estado a punto de echarlo por la borda, y se habيa planteado si su decisiَn era la correcta. Escudriٌَ la costa arenosa, vio que en la playa sَlo estaba el estandarte de Attrempus y decidiَ que llegar seco y sentado era mucho mejor que medio ahogado. «،La Guerra Santa al fin!» Pero si bien esa idea le conmoviَ profundamente, lo hizo acompaٌ ada de una cierta aprensiَn. Habيa sido el primero en besar la rodilla de Maithanet en Sumna, y entonces estaba seguro de que serيa elْ ltimo de los Grandes Nombres en unirse a la Guerra Santa. «Polيtica», pensَ con acritud. No era, como habيa escrito el filَsofo Ajencis, la negociaciَn de ventajas en el seno de comunidades de hombres; era mلs una absurda subasta que un ejercicio de oratoria. Uno trocaba principios y piedad para conseguir lo que los principios y la piedad exigيan. Uno se mancillaba para limpiarse. Proyas habيa besado la rodilla de Maithanet, se habيa comprometido con el rumbo que esos principios y esa piedad le exigي an. ،Dios mismo habيa sancionado ese rumbo! Pero desde el principio se habيa visto envuelto en polيtica: las incesantes disputas con el Rey, su padre; los irritantes retrasos en la formaciَn de la flota; las innumerables concesiones, contratos, huelgas preventivas, huelgas de represalia, halagos y amenazas. Parecيa una alma vendida para salvarse. «؟Ha sido ésta tu prueba? ؟Me has encontrado carencias?» Hasta el viaje por mar habيa sido una prueba. Siempre veleidoso, el Meneanor era especialmente tormentoso en invierno. Los habيa golpeado un temporal procedente de las costas de Cironj y habيan sido apartados de su rumbo por el Meneanor. Se habيan visto obligados por vientos desfavorables a navegar peligrosamente cerca de costas infieles. En un momento dado, habيan estado a una distancia de pocos dيas de Shimeh, o al menos eso le habيa dicho el estْpido de su oficial de derrota, como si la ironيa fuera a entusiasmarle en lugar de irritarle. Entonces, habيan soportado la segunda tormenta, cuando viraban trabajosamente hacia el norte, la que habيa dispersado la flota y habيa
segado la vida de mلs de quinientos hombres. A cada momento, parecي a que algo conspirara contra él. Si no eran los hombres, eran los elementos, y si no los elementos, los hombres. Hasta los sueٌos le habي an atormentado: que la Guerra Santa ya habيa partido; que él llegarيa, compartirيa un cuenco de vino con el Emperador y después le dirيan que volviera a casa. Quiz لdeberيa haberse esperado algo asي. Quiz لencontrarse con Achamian en Sumna --،mientras se arrodillaba ante Maithanet, nada menos!-- habيa sido algo mلs que una indignante coincidencia. Quiz ل habيa sido un augurio, un recordatorio de que los Dioses con frecuencia se reيan de las cosas que a los hombres les hacيan rechinar los dientes. Justo, entonces, una inmensa ola empujَ el bote hacia adelante y empapَ a sus tripulantes con agua espumosa ribeteada por la luz del sol. Como una bellota sobre la seda, la quilla se deslizَ y quedَ en paralelo a la cresta de la ola. Muchos de los remeros gritaron. Por un instante, pareciَ inevitable que se hundieran. Perdieron a uno de los remeros. Entonces, el bote se encallَ con un banco de arena y se encontraron varados en mitad de numerosas charcas provocadas por la marea. Proyas se bajَ de un salto con sus hombres y, contra sus protestas, les ayudَ a arrastrar el bote hasta la playa de color hueso. Vislumbrَ su flota esparcida sobre el brillante mar. Parecيa imposible. All يestaban. Habي an llegado. Mientras los otros empezaban a descargar el equipaje, Proyas dio unos cuantos pasos sobre tierra firme y cayَ de rodillas. La arena le quemaba la piel. El viento le revolvيa su corto pelo color azabache. El aire olيa a sal, pescado y piedra ardiente. No era muy distinto, del olor de la distante costa de Conriya. «Ha empezado, dulce Profeta... La Guerra Santa ha empezado. Permيteme ser la fuente de tu justa ira. Permيtele a mi mano ser la mano que limpia tu hogar de maldad. ،Permيteme ser tu martillo«! Protegido por el ruido de las estruendosas olas, parecيa seguro llorar. Tuvo que parpadear para alejar las lلgrimas de sus ojos. En un extremo de su campo visual, vio cَmo los hombres que le hab يan esperado se acercaban por las blancas dunas. Se aclarَ la garganta, se puso en pie cuando estuvieron cerca y se sacudiَ con aire ausente la arena de la tْnica. Bajo el ondeante estandarte de Attrempus, se pusieron de rodillas y, con las palmas de las manos sobre los muslos, inclinaron la cabeza ante él. Una baja escarpadura los enmarcaba, y tras ésta una gran mancha gris en el cielo. «Momemn --supuso
Proyas--, y sus innumerables hogueras.» --Te he echado de menos Xinemus --dijo Proyas--. ؟Qué te parece? El hombre corpulento y de barba espesa que iba al frente se puso en pie. A Proyas le sorprendiَ, y no por primera vez, lo mucho que se parecيa a Achamian. --Me temo, mi Prيncipe --respondi َXinemus-- que tu considerado sentimiento no durar لmucho mلs... --Dud .--Es َ decir, una vez que oigas las noticias que tengo para ti. «Ya empieza.» Meses atrلs, antes de que regresara a Conriya para reclutar a su ejército, Maithanet le habيa advertido de que la Casa Ikurei probablemente pretendiera dar al traste con la Guerra Santa. Pero el porte de Xinemus le dijo que algo mucho mلs dramلtico que el mero politiqueo habيa aflorado durante su ausencia. --Nunca he sido de los que culpan al mensajero, Xinemus. Ya lo sabes. --Estudiَ momentلneamente el rostro del séquito del Mariscal--. ؟ Dَnde est لese inْtil de Calmemunis? Xinemus a duras penas pudo controlar el temor en sus ojos. --Muerto, mi Prيncipe. --؟Muerto? --preguntَ secamente. «،Por favor, que no empiece asي !» Frunciَ los labios y preguntَ sin alterarse:-- ؟Qué ha sucedido? --Calmemunis marchَ... --؟Marchَ? Loْ ltimo que o يera que le faltaban provisiones. Le mandé una carta al Emperador en persona pidiéndole que le negara a Calmemunis todo lo que pudiera necesitar para marchar. «،Por favor, as يno!» --Cuando el Emperador le negَ las provisiones, Calmemunis y los demلs provocaron disturbios, hasta saquearon unas cuantas aldeas. Esperaban marchar contra los infieles solos para obtener toda la gloria. A punto estuve de llegar a las manos con el maldito... --؟Calmemunis marchَ? --Proyas estaba petrificado--. ؟El Emperador le dio provisiones? --Desde mi punto de vista, mi Prيncipe, Calmemunis no le dio al Emperador otra opciَn. Siempre ha sabido cَmo incitar a sus hombres. O le daba provisiones y se deshacيa de él, o se arriesgaba a una guerra abierta. --El Santo Shriah habrيa intercedido antes de que eso sucediera --espetَ Proyas, reacio a absolver a nadie de ese crimen--. ؟Calmemunis marchَ y ahora est لmuerto? Quieres decir que... --Sي, mi Prيncipe --dijo Xinemus con solemnidad. Ya habيa
digerido esos hechos--. La primera batalla de la Guerra Santa ha terminado catastrَficamente. Todos estلn muertos; Istratmenni, Gedapharus, todos los barones peregrinos de Kanampurea, junto a otros incontables miles, han sido destruidos por los fieles en un lugar llamado las llanuras de Mengedda. Por lo que yo sé, sَlo una treintena de galeoth del contingente de Tharschilka sobrevivieron. Pero ؟cَmo podيa ser? ؟La Guerra Santa derrotada en batalla? --؟Sَlo una treintena? ؟Cuلntos partieron? --Mلs de cien mil: los primeros galeoth en llegar y los primeros ainonios junto a las huestes de chusma que descendieron hasta Momemn poco después del llamamiento del Shriah. El estruendoso golpe y el silbido de la espuma llenaron el silencio. La Guerra Santa, o una fracciَn considerable de ella, habيa sido masacrada. «؟Estamos condenados? ؟Pueden los infieles ser tan fuertes?» --؟Qué dice el Shriah? --preguntَ con la esperanza de silenciar esas temibles premoniciones. --El Shriah se ha sumido en el silencio. Gotian dice que estل llorando por las almas caيdas en Mengedda. Pero existe el rumor de que le da miedo que la Guerra Santa no pueda vencer a los infieles, que espera una seٌal de Dios, y la seٌal no llega. --؟Y el Emperador? ؟Qué dice él? --El Emperador ha venido afirmando en todo momento que los Hombres del Colmillo subestiman la ferocidad de los infieles. Y lamenta la pérdida de la Guerra Santa Vulgar. --؟De qué? --As يes como ha acabado llamلndose... Por la chusma. Un vergonzante alivio acompaٌَ su explicaciَn. Cuando se hizo evidente que esa escoria --ancianos, mujeres, incluso niٌos huérfanos-responderيa a la llamada del Shriah, Proyas ya se habيa preocupado por la posibilidad de que la campaٌa fuera mلs una migraciَn que un ejército. --El Emperador llora pْblicamente --continuَ Xinemus--, pero en privado insiste en que ninguna guerra contra los infieles, santa o de cualquier otra naturaleza, puede tener éxito sin el liderazgo de su sobrino, Conphas. Emperador o no, el hombre es un perro mercenario. Proyas asintiَ, comprendiendo al fin el perfil de los acontecimientos que tenيa ante sي. --Y supongo que el precio que exige por el gran Ikurei Conphas es nada mلs y nada menos que el Solemne Contrato, ؟no es as ?يEse
desgraciado de Calmemunis nos ha vendido. --Intenté, mi seٌor... Intenté retener al Palatino. ،Pero no tenيa ni el rango ni la astucia necesaria para detenerle! --Ningْn hombre tiene la astucia necesaria para razonar con un idiota, Zin. Y lo del rango no es culpa tuya. Calmemunis era un hombre arrogante e impetuoso. En ausencia de sus superiores, sin duda, se embriagaba de presunciَn. Se condenَ a s يmismo, Zin. Es tan simple como eso. Pero Proyas sabيa que no era tan simple como eso. El Emperador habيa tenido su participaciَn en aquello; de eso, estaba seguro. --Pero a pesar de todo --dijo Xinemus-- no puedo evitar la sensaciَn de que podrيa haber hecho mلs. Proyas se encogiَ de hombros. --Decir «podrيa haber hecho mلs», Zin, es lo que hace de un َ na risotada con tristeza--. En hombre un hombre y no un Dios-- .Solt u realidad, fue Achamian quien me dijo eso. Xinemus sonriَ lلnguidamente. --También a m يme lo dijo... Un idiota muy sensato, ese Achamian. «Y perverso..., un blasfemo. Cَmo me gustarيa que recordaras eso, Zin.» --Un idiota sensato, sي. Al ver que el Prيncipe habيa llegado sano y salvo, el resto de las huestes conriyanas habيan empezado a desembarcar de las naves. Mirando hacia el Meneanor, Proyas vio que mلs botes se dirigيan hacia la orilla por entre el fuerte oleaje. Pronto esas playas estarيan atestadas de hombres, sus hombres, y bien podيa ser que todos ellos estuvieran condenados. «؟Por qué, Dios? ؟Por qué nos atribulas si es tu Voluntad la que queremos cumplir?» Pasَ un buen rato interrogando a Xinemus acerca de los detalles de la derrota de Calmemunis. Sي, Calmemunis estaba muerto con toda certeza: los fanim habيan mandado su cabeza cortada a modo de mensaje. No, nadie sabيa a ciencia cierta cَmo los infieles les habيan destruido. Los supervivientes habيan comunicado que ellos eran superiores en nْmero, que poseيan al menos dos hombres por cada inrithi. Pero Proyas sabيa que los supervivientes de una gran batalla eran propensos a decir esas cosas. Proyas tenيa innumerables interrogantes, todos ellos tan desesperados por ser formulados que con frecuencia interrumpيa a Xinemus a media respuesta. Y tenيa, ademل s, la curiosa sensaciَn de haber sido decepcionado, como si su tiempo en Conriya y en el mar hubiera sido resultado de las maquinaciones de
otro. No fue consciente del acercamiento de la comitiva imperial hasta que estuvo casi junto a él. --Conphas en persona --dijo Xinemus con gravedad, seٌalando al otro lado de la playa-- ha venido a agasajarte, mi Prيncipe. Aunque no se conocيan, Proyas reconociَ a Ikurei Conphas de inmediato. Su porte transmitيa visiblemente la tradiciَn imperial nansur: la divina ecuanimidad de su expresiَn, la familiaridad marcial del modo como sostenيa su casco de plata bajo el brazo derecho. El hombre era capaz incluso de caminar sobre la arena con una elegancia felina. Conphas sonriَ cuando sus miradas se encontraron: la sonrisa de dos héroes que hasta entonces sَlo habيan estado juntos en rumores y reputaciَn. Y entonces, se detuvo ante él, el hombre casi mيtico que hab يa doblegado a los scylvendios. A Proyas le resultَ difيcil no sentirse impresionado, hasta levemente atemorizado, por su presencia. Conphas se inclinَ levemente por la cintura y alargَ la mano para encajarla como un soldado. --En el nombre de Ikurei Xerius III, el Emperador de Nansur --dijo--, te doy la bienvenida, Prيncipe Nersei Proyas, a nuestras costas, y a la Guerra Santa. «Vuestras costas..., como si la Guerra Santa también fuera vuestra.» Proyas no se inclinَ ni encajَ la mano que le ofrecيan. Mلs que mostrar sorpresa o insulto, la mirada de Conphas se tornَ ir َnica y evaluadora. --Me temo --prosiguiَ cَmodamente-- que acontecimientos recientes dificultan la existencia de confianza entre nosotros. --؟Dَnde est لGotian? --preguntَ Proyas. --El Gran Maestro de los Caballeros Shriah te espera en la escarpadura. No le gusta que le entre arena en las botas. --؟A ti s?ي --Yo he tenido la prevenciَn de ponerme sandalias. Se oyeron risas tras la respuesta, las suficientes para que a Proyas le rechinaran los dientes. Como Proyas no dijo nada, Conphas prosiguiَ. --Entiendo que Calmemunis era uno de tus hombres. No me sorprende que trates de culpar a otro en lugar de a uno de los tuyos. Pero te aseguro que el Palatino de Kanampurea muriَ a causa de su propia estupidez. --De eso, Exalto-General, no tengo la menor duda.
--Entonces, ؟aceptarلs la invitaciَn del Emperador a reunirte con él en las Cumbres Andiamine? --Para hablar del Solemne Contrato, sin duda. --Entre otras cuestiones. --Quisiera hablar antes con Gotian. --As يserل, mi Prيncipe. Pero quiz لdeba ahorrarte el trلmite y decirte lo que el Gran Maestro te dirل. Gotian te contar لque el Santo Shriah considera a tu hombre, Calmemunis, elْ nico responsable del desastre de las llanuras de Mengedda. Y te contar لque el Shriah se ha sentido muy turbado por ese desastre, y que ahora pondera laْ nica y eminentemente justificada exigencia del Emperador. Y es, te lo aseguro, justificada. En los لrboles genealَgicos de todas las familias prominentes del Imperio encontrarلs los nombres de docenas de hombres que han muerto guerreando por las tierras que la Guerra Santa recuperarيa. --Puede ser que as يsea, Ikurei, pero somos nosotros quienes ponemos las vidas esta vez. --El Emperador lo comprende y lo aprecia, y ésa es la razَn por la que se ha ofrecido a otorgar la titularidad de las provincias perdidas. Bajo los auspicios del Imperio, por supuesto. --No es suficiente. --No, supongo que nunca nada es suficiente, ؟no? Lo reconozco, mi Prيncipe, nos encontramos en un apuro muy curioso. A diferencia de vosotros, la Casa Ikurei no es conocida por su piedad, y ahora que al fin nos encontramos defendiendo la misma causa, estamos siendo impugnados por nuestros hechos del pasado. Pero la indignaciَn del que discute nada tiene que ver con la verdad o falsedad de sus argumentos. ؟No es acaso lo que nos dice Ajencis? Te ruego, Prيncipe, que no prestes atenciَn a nuestros defectos y estudies nuestra demanda a la dulce luz de la razَn. --؟Y si la razَn me dice lo contrario? --Entonces, debes tomar nota del ejemplo de Calmemunis, ؟no crees? Por mucho que te duela reconocerlo, la Guerra Santa nos necesita. Una vez mلs, Proyas no respondiَ. Conphas prosiguiَ con una sonrisa, batiendo sus pestaٌas. --As يque ya ves, Nersei Proyas, tanto la razَn como las circunstancias estلn de nuestro lado. Como Proyas siguiَ negلndose a contestar, el Exalto-General hizo una reverencia y se girَ con un desdén despreocupado. Seguido por su
reluciente séquito, se alejَ por la playa. Las olas restallaron con una renovada furia, y el viento levantَ un ligero rocيo sobre Proyas y sus hombres. Era gélido. Proyas hizo cuanto pudo para ocultar sus manos temblorosas. En la batalla por la Guerra Santa se acababa de librar una escaramuza, e Ikurei Conphas le habيa vencido ante los suyos. ،Y con facilidad! Todos los problemas que habيa tenido hasta el momento serيan mosquitos comparados con el Exalto-General y su tres veces maldito tيo. --Venga, Xinemus --dijo, ausente--, debemos asegurarnos de que la flota desembarca de forma ordenada. --Hay una cosa, mi Prيncipe..., algo que me olvidé de mencionar. Proyas suspirَ y le preocupَ el audible temblor que lo acompaٌَ. --؟De qué se trata, Zin? --Drusas Achamian est لaquي.
Achamian estaba sentado a solas junto al fuego, esperando el regreso de Xinemus. Con la excepciَn de un puٌado de esclavos y Hombres del Colmillo, la parte del campamento en la que se encontraba estaba abandonada. Los hombres del Mariscal estaban todavيa en las playas, ayudando a su Prيncipe y sus parientes a desembarcar. La sensaciَn de que le rodeaban telas llenas de agujeros le inquietَ. Tiendas oscuras y vacيas. Rescoldos frيos. Se dio cuenta de que era como si el Mariscal y sus hombres hubieran sido aniquilados en el campo de batalla. Bienes abandonados. Lugares en los que las palabras y las miradas habيan calentado el aire en el pasado. Ausencia. Achamian se estremeciَ. Durante los primeros dيas posteriores a su reuniَn con Xinemus y su incorporaciَn a la Guerra Santa, Achamian se habيa ocupado de asuntos relativos a los Chapiteles Escarlatas. Habيa colocado una serie de Guardas cerca de su tienda, discretamente, para no ofender la sensibilidad de los inrithi. Encontrَ a un hombre del lugar que le mostrَ el camino a la casa de campo en la que estaban retirados los Maestros Escarlatas. Hizo mapas, listas de nombres, incluso contratَ a tres hermanos adolescentes, hijos de un esclavo shigekio no hereditario, propiedad de un vasallo tydonnio, para que vigilaran el camino que llevaba a la villa y le informaran de las idas y venidas significativas. No pudo hacer mucho mلs. Suْ nico intento de hacer buenas migas con el
magnate local que los Chapiteles habيan contratado para que les proveyera habيa sido un desastre. Cuando Achamian persistiَ, el hombre intentَ literalmente clavarle una cuchara; no por lealtad a los Chapiteles, sin embargo, sino movido por el miedo. Parecيa que los nansur estaban aprendiendo de prisa: para los Chapiteles Escarlatas, cualquier motivo de sospecha, fuera una gota de sudor o la familiaridad con un extranjero, era sinَnimo de traiciَn. Y nadie traicionaba a los Chapiteles Escarlatas. Pero todas esas tareas eran poco mلs que rutina. Durante todo el d يa, Achamian pensaba: «Después de esto, Inrau, me ocuparé de ti después de esto...». Mلs tarde, llegَ el «después». No habيa nadie a quien preguntar. Nadie a quien vigilar. Nadie, con la excepciَn de Maithanet, de quien sospechar. No habيa nada que hacer, excepto esperar. Por supuesto, segْn los informes que mandaba a sus supervisores del Mandato en Atyersus, estaba persiguiendo agresivamente toda indirecta e insinuaciَn. Pero eso era simplemente una parte de la pantomima en la que todos participaban, incluidos los fanلticos como Nautzera. Eran como hombres muertos de hambre cenando hierba. Cuando uno se morيa de hambre, ؟por qué no cultivar la ilusiَn de la digestiَn? Pero esa vez la ilusiَn asqueaba en lugar de tranquilizar. Y la razَn era obvia: Inrau. Al caer en el agujero que era el Consulto, Inrau habيa llegado demasiado lejos como para disimularlo. As يque Achamian empezَ a buscar formas de amortiguar su coraz َn, o al menos de acabar con algunas de las recriminaciones de sus pensamientos. «Cuando Proyas venga --le decيa a su alumno muerto--. Me ocuparé de ti cuando Proyas venga.» Se dedicَ a beber en exceso: vino sin aguar, sobre todo; algْn anpoi cuando Xinemus estaba de especial buen humor, y yursa, un terrible licor que los galeoth hacيan con patatas podridas. Fumaba aceite de adormidera y hachيs, pero abandonَ el primero después de que la lيnea entre los trances y los Sueٌos desapareciera. Empezَ a releer los pocos clلsicos que Xinemus llevaba consigo. Se riَ con la tercera y cuarta Analيticas de Ajencis, dلndose cuenta por primera vez de la sutileza del humor del filَsofo. Frunciَ el entrecejo ante la lيrica de Protathis, que le pareciَ farragosa a pesar de que veinte aٌos antes le habيa parecido que hablaba el mismo idioma que su alma. Y empezَ, como habيa hecho muchas veces, Las Sagas, sَlo para dejarlas
de lado unas pocas horas mلs tarde. O bien sus floridas imprecisiones le ponيan furioso hasta el punto de enfadarse y sentir que le temblaban las manos, o bien sus verdades le hacيan llorar. Era una lecciَn, al parecer, que aprendيa de nuevo cada cierto nْmero de aٌos: ver el Apocalipsis hacيa imposible leer relatos sobre él. Algunos dيas, cuando estaba demasiado inquieto para leer, paseaba por el campamento, por yermos y caminos tan lejanos del centro de la Guerra Santa que los norsirai le llamaban abiertamente «jefe» por el color de su piel. En una ocasiَn, cinco tydonnios le persiguieron desde su pequeٌo feudo con cuchillos, berreando insultos y acusaciones. Otros dيas paseaba por los caٌones de adobe de Momemn hacia distintas لgoras, hacia el antiguo templo-complejo de Cmiral y, en una ocasiَn, hacia las puertas del recinto imperial. Inevitablemente, se veيa rodeado de prostitutas, pero nunca se acordaba de concertar una cita para encontrarlas. Se olvidaba de las caras, ignoraba los nombres. Se deleitaba con los empujones de cuerpos que resoplaban, con la suciedad de la piel frotلndose contra otra piel sin lavar. Después, regresaba a casa, vacيo de todo excepto de su semen. Intentarيa con toda la intensidad que pudiera no pensar en Esmi. Normalmente, Xinemus regresaba al anochecer y se reservaban un rato para hacer unos cuantos movimientos en la partida de benjuka que tuvieran en marcha. Luego, se sentaban junto al fuego del Mariscal y se pasaban un لcido cuenco de una bebida que los conriyanos llamaban perrapta, de la que afirmaban que limpiaba el paladar para la cena; pero a Achamian le parecيa que hacيa que todo tuviera gusto de pescado. Después, cenaban lo que los esclavos de Xinemus pudieran conseguir. Algunas noches se les unيan oficiales del Mariscal, normalmente Dinchases, Zenkappa e Iryssas, y mataban el tiempo con chistes procaces y cotilleos irreverentes. Otras noches, las pasaban ellos dos solos, y hablaban de cosas mلs profundas y dolorosas. En ocasiones, como esa noche, Achamian se quedaba solo. Habيan llegado noticias de la flota conriyana antes del amanecer. Xinemus habيa partido poco después para preparar la llegada del Prي ncipe Coronado. Estaba de mal humor porque le daba miedo, y Achamian no tenيa ninguna duda al respecto, informar a Proyas de Calmemunis y la Guerra Santa Vulgar. Cuando Achamian le sugiriَ la posibilidad de acompaٌarle a su encuentro con Proyas, Xinemus se limit َ a mirarle con incredulidad. --،Si te llevo conmigo me cuelga! --ladrَ.
Antes de partir, sin embargo, cabalgَ hasta el fuego matutino y le prometiَ a Achamian que le comunicarيa a Proyas su presencia all يy sus necesidades. El dيa habيa sido muy largo y habيa estado cargado de esperanza y temor. Proyas era el amigo y confidente de Maithanet. Si alguien podيa sonsacarle informaciَn al Santo Shriah, ése era él. ؟Y por qué no? Buena parte de lo que era, de lo que hacيa que los otros se refirieran a él como Prيncipe Sol, era debido a su viejo tutor, a Drusas Achamian. «No te preocupes, Inrau... Me lo debe.» Entonces, el sol se puso sin noticias de Xinemus. La duda se apoderَ de él como la bebida. El miedo ahuecَ sus palabras no dichas, as يque las llenَ de ira y rencor. «،Yo le hice! ،Yo le convert يen lo que es! ،No se atrever»!ل Se arrepintiَ de esos severos pensamientos y empezَ a rememorar. Recordَ a Proyas de niٌo, llorando, meciendo su brazo, corriendo en la penumbra del bosque de nogales, entre lanzas de luz solar. --،Escala libros, tonto! --habيa gritado--. Sus ramas nunca se rompen. Recordَ haberse acercado a Inrau en el scriptorium sin que éste se diera cuenta para observar cَmo dibujaba, con el aire aburrido de los niٌ os, una hilera de falos a lo largo de la pلgina inmaculada. --Practicando tu caligrafيa, ؟eh? --Mis hijos --le murmurَ al fuego--. Mis preciosos hijos. Finalmente, oyَ cَmo unos jinetes descendيan por los oscuros senderos. Vio a Xinemus liderando una pequeٌa partida de caballeros conriyanos. El Mariscal desmont e َ n la penumbra y se dirigi h َ acia la hoguera frotلndose la nuca. Tenيa la mirada cansada de un hombre con unaْ ltima y difيcil tarea. --No te recibirل. --Debe de estar terriblemente ocupado --espetَ Achamian--. ،Y cansado! Qué estْpido he sido. Quiz لmaٌana... Xinemus suspirَ audiblemente. --No, Akka. No te recibirل.
Cerca del corazَn de la famosa Agora Kamposea de Momemn, Achamian se detuvo en un tenderete de objetos de bronce. Ignorando el ceٌo fruncido del propietario, cogiَ una gran bandeja pulida y simulَ
buscar imperfecciones. La girَ de lado a lado, contemplando el reflejo manchado de la muchedumbre que pasaba a su espalda. Después vio de nuevo al hombre, que aparentemente le regateaba al vendedor de salchichas. Bien afeitado. Pelo negro cortado a la manera irregular de los esclavos. Vistiendo una tْnica de lino azul bajo una capa de rayas a la moda nilnameshi. Achamian vislumbrَ un intercambio de monedas bajo la sombra del puesto. El reflejo del hombre saliَ a la luz del sol sosteniendo una salchicha metida entre pan. Sus ojos aburridos estudiaron detenidamente el atestado mercado, y se posaron sobre esto o aquello. Le dio un pequeٌo bocado y después se quedَ mirando la espalda de Achamian. «؟Quién eres?» --؟Qué es esto? --gritَ el vendedor de los objetos de bronce--. ؟Te estلs mirando los dientes por si te ha quedado algo entre ellos? --Por si tengo sيfilis --dijo Achamian, sombrيamente--. Me temo que quiz لtenga sيfilis. No necesitَ mirar al hombre para saber el horror que esas palabras provocaban. Una mujer que estaba echando un vistazo a los cuencos de vino se escabullَ rلpidamente entre la multitud. Achamian vio cَmo la figura reflejada se alejaba del puesto. Aunque dudaba de que estuviera en un peligro inmediato, ser seguido no era algo que debiera ignorarse. Lo mلs probable era que ese hombre perteneciera a los Chapiteles Escarlatas, que debيan estar interesados en él por razones evidentes, o quiz لincluso fuera un hombre del Emperador, que espiaba a todo el mundo por el mero hecho de espiar a todo el mundo. Pero siempre cab يa la posibilidad de que el hombre perteneciera al Colegio de Luthymae. Si los Mil Templos habيan matado a Inrau, entonces, probablemente, sabيan que él estaba allي. Y si ése era el caso, Achamian necesitaba saber qué sabيa ese hombre. Sonriendo, Achamian le ofreciَ la bandeja al vendedor, que dio un respingo como si fuera un carbَn ardiendo. Achamian la dejَ entre el montَn de relucientes objetos y echَ miradas de soslayo aprovechلndose del barullo. «Que crea que estoy discutiendo.» Pero si tenيa intenciَn de enfrentarse al hombre, lo importante era mلs el dَnde que el cَmo. Kamposea no era, sin lugar a dudas, el lugar adecuado. «Algْn callejَn, quizل.» Mلs all لdel agora, Achamian vio un grupo de pلjaros revoloteando sobre las grandes cْpulas del templo Xothei, cuya silueta se alzaba entre las casas de vecinos que cercaban el lado norte del mercado. Al este
del templo habيa un inmenso andamio cubierto de una telaraٌa de cuerdas junto a un obelisco inclinado, elْ ltimo regalo del Emperador al templo-complejo de Cmiral. Era un tanto mلs pequeٌo, segْn advirtiَ Achamian, que los obeliscos que se alzaban mلs allل, entre el humo. Se abriَ camino hacia el norte a empujones, entre una multitud ruidosa y los gritos de los vendedores, buscando huecos entre los edificios que pudieran ser salidas raramente utilizadas del mercado. Confiaba en que el hombre todavيa le siguiera. Casi se dio de bruces con un pavo real que tenيa desplegado su inmenso abanico de airados ojos rojos. Los nansur consideraban sagrada a esa ave y le permitيan corretear libremente por sus ciudades. Después, vislumbrَ a una mujer sentada en la ventana de una de las casas de vecinos cercanas que le recordَ momentلneamente a Esmenet. «Si saben de mي, entonces saben de ella...» Mلs razَn todavيa para atrapar al idiota que le seguيa. En el extremo septentrional del mercado, pasَ entre cercados llenos de cabras y cerdos; hasta vio un inmenso toro resoplando. «Vيctimas para sacrificios que se venden a los sacerdotes cْlticos de Cmiral», supuso Achamian. Entonces, encontrَ su callejَn, una estrecha ranura entre dos muros de adobe. Pasَ ante un hombre ciego sentado tras una esterilla llena de baratijas y se adentrَ apresuradamente en la hْmeda oscuridad. El silbido de las moscas llenaba sus oيdos. Vio montones de ceniza y grasientas entraٌas entre huesos secos y peces muertos. El hedor a podrido era repugnante, pero se escondiَ en un lugar en el que estaba seguro de que el hombre no le verيa inmediatamente. Y esperَ. El olor le obligَ a toser. Tratَ de concentrarse, ensayando las tortuosas Palabras que utilizarيa para atrapar a su seguidor. La dificultad de los pensamientos que habيa tras ellas le irritَ, como le sucedيa con frecuencia. Siempre se mostraba ligeramente incrédulo con respecto a su habilidad para poner en prلctica hechizos, y mلs todavيa cuando pasaba dيas sin proferir una sola Palabra significativa, como era el caso. Pero en sus treinta y nueve aٌos con el Mandato, su habilidad --al menos en ese aspecto-- nunca le habيa fallado. «Soy un Maestro.» Observَ las figuras iluminadas por el sol que pasaban revoloteando de un lado al otro de la ranura. Pero ni rastro del hombre. La porquerيa habيa ascendido por encima de la suela de sus
sandalias y se le habيa deslizado entre los dedos. Advirtiَ que el pez que habيa entre sus pies temblaba. Vio a un gusano saliendo por la cuenca vacيa de un ojo. «،Esto es una locura! Ningْn idiota lo es tanto como para seguir a alguien hasta aquي.» Saliَ corriendo del callejَn y sostuvo la mano contra el nublado sol para escudriٌar la esquina del mercado. No veيa al hombre por ningْn lado. «El idiota soy yo... ؟Seguro que me estaba siguiendo?» Echando chispas, Achamian abandonَ su bْsqueda y se apresurَ a comprar las cosas por las que habيa ido a Momemn. No habيa descubierto nada de los Chapiteles Escarlatas, menos incluso de Maithanet y los Mil Templos, y Proyas todavيa se negaba a verse con él. Como no habيa encontrado nuevos libros para leer y Xinemus acostumbraba a reprenderle por su ebriedad, Achamian habي a decidido recuperar una de sus viejas pasiones: cocinarيa. Todos los hechiceros habيan estudiado alquimia con mayor o menor profundidad, y todos los alquimistas, al menos los que eran dignos de llamarse asي, eran buenos cocineros. Xinemus pensَ que se degradaba a s يmismo, que cocinar era cosa de mujeres y esclavos, pero Achamian sabيa que no era asي. Xinemus y sus oficiales se burlarيan de él hasta que probaran su comida, y entonces le concederيan un cierto honor, el mismo que le concederيan a cualquier otro habilidoso practicante de un arte antiguo. Finalmente, Achamian serيa algo mلs que un pedigüeٌo blasfemo en su mesa. Sus almas estarيan en peligro, pero al menos sus apetitos se verيan saciados. Pero se olvidَ del pato, los puerros, el curry y las cebolletas en cuanto volviَ a ver al hombre, esa vez bajo las murallas de la Puerta Gilgallic, entre la aglomeraciَn que abandonaba la ciudad. Sَlo vislumbrَ un instante su perfil, pero era el mismo hombre; el mismo peinado irregular, la misma capa raيda. Sin pensarlo, Achamian soltَ sus compras. «Ahora soy yo quien va a seguir.» Pensَ en Esmi, ؟Sabيan que vivيa con ella cuando estaba en Sumna? «No puedo arriesgarme a perderle, con testigos o sin ellos.» ةsa era la clase de acciَn precipitada que Achamian solيa despreciar. Pero a lo largo de los aٌos habيa descubierto que las circunstancias eran crueles con los planes elaborados, y que de todos
modos casi todo acababa convirtiéndose en una de esas acciones impetuosas. --،Tْ! --gritَ por encima del fragor, y una vez mلs se maldijo por su estupidez. ؟Y si se ponيa a correr? Obviamente, sabيa que Achamian le habيa visto. De otro modo, ؟por qué no lo habrيa seguido hasta el callejَn? Pero por suerte, el hombre no le habيa oيdo. Achamian se abriَ camino trabajosamente hacia él, mirando sin cesar su nuca. Fue maldecido, recibiَ incluso algْn que otro codazo, mientras perseguيa al hombre. Su nuca estaba mلs cerca. --،Dulce Sejenus, hombre! --gritَ un perfumado ainonio no muy lejos de Achamian--. ،Haz eso otra vez y te acuchillo! Mلs cerca. Las Palabras de Coacciَn bullيan entre sus pensamientos. Los otros las oirيan, lo sabيa. Lo sabrيan. Blasfemia. «Lo que sucede, sucede. ،Tengo que detener a ese hombre!» Mلs cerca. Tan cerca... Alargَ el brazo, le cogiَ por el hombro y tirَ de él para darle la vuelta. Por un instante, sَlo pudo mirarle sin mediar palabra. El desconocido frunciَ el entrecejo y apartَ la mano de Achamian moviendo el hombro. --؟Qué significa esto? --le espetَ. --L-lo siento --dijo Achamian apresuradamente, incapaz de apartar la mirada de su rostro--. Creيa que eras otra persona. --«Pero era él, ؟ no?» Si hubiera visto la marca de hechicerيa, habrيa pensado que se trataba de una trampa, pero no era nada, sَlo una cara de pendenciero. Habيa cometido un simple error. Pero ؟cَmo? El hombre le observَ desdeٌosamente un instante y neg َcon la cabeza. --Borracho idiota. Durante un momento de pesadilla, Achamian sَlo pudo tambalearse con la corriente de la muchedumbre. Se maldijo por haber tirado su comida. No importaba. De todos modos, cocinar era cosa de esclavos.
Esmenet estaba sentada a solas junto al fuego de Sarcellus, temblando. Una vez mلs, se sentيa como si hubiera sido arrojada mلs all لdel
circuito de lo posible. Habيa viajado para encontrar a un hechicero, pero habيa sido rescatada por un caballero. Y entonces estaba mirando las innumerables hogueras de una Guerra Santa. Cuando entrecerraba los ojos para mirar hacia Momemn, veيa incluso el palacio del Emperador, las Cumbres Andiamine, que se erigيan contra el turbio mar. La visiَn la hizo llorar; no solamente porque al fin era testigo del mundo que habيa deseado ver durante tanto tiempo, sino también porque le recordَ los cuentos que ella acostumbraba a contarle a su hija, los que Esmenet seguيa contando mucho tiempo después de que ella se durmiera. Siempre habيa sido mala para eso. Hacer regalos egoيstas. El campamento de los Caballeros Shriah ocupaba las cumbres del norte de Momemn, por encima de la Guerra Santa, a lo largo de laderas con terrazas que en el pasado habيan sido cultivadas. Como Sarcellus era Primer Caballero-Comandante, solamente por detrلs de Incheiri Gotian, su pabellَn hacيa que los de sus hombres parecieran enanos. Habيa sido levantado, a orden suya, en el extremo de la terraza, para que Esmenet pudiera maravillarse con las vistas que él le habيa dado. Dos esclavas rubias estaban sentadas en una estera de junco cerca, comiendo arroz en silencio y murmurando en su lengua materna. Esmenet ya las habيa sorprendido mirando nerviosamente en su direcciَn, como si tuvieran miedo de que escondiera algْn deseo que ellas no hubieran satisfecho. La habيan baٌado, le habيan frotado la piel con agradables aceites y la habيan ataviado con vestidos de muselina azul y seda. Se sorprendiَ de odiarlas por tenerle miedo, y sin embargo, las amaba. Todavيa podيa saborear el faisلn a la pimienta que le habيan preparado para cenar. «؟Estoy soٌando?» Se sentيa un fraude, una puta que también era actriz, y por lo tanto dos veces maldita, dos veces degradada, pero sentيa también un orgullo desmesurado, aterrador debido a su desquiciada presunciَn. «،ة sta soy yo! --gritaba algo en su interior--. ،Yo tal como soy en realidad!» Sarcellus le habيa dicho que serيa as ؟.يCuلntas veces se habيa disculpado por las incomodidades del camino? El viajaba frugalmente; llevaba una correspondencia crucial para Incheiri Gotian, el Gran Maestro de los Caballeros Shriah. Pero insistiَ en que eso cambiarيa cuando llegaran a la Guerra Santa, donde le prometيa que la acomodar يa de un modo acorde con su belleza y su inteligencia.
--Ser لcomo la luz posterior a una larga oscuridad --le habيa dicho--. Ser لiluminadora; ser لcegadora. Pasَ una palma temblorosa por la seda bordada que se desbordaba por encima de su regazo. A la luz del fuego, no podيa verse el tatuaje en el dorso de la mano izquierda. «Me gusta este sueٌo.» Sin aliento, se llevَ la muٌeca a los labios y probَ la amargura del aceite perfumado. «،Zorra veleidosa! ،Recuerda por qué estلs aqu»!ي Girَ la mano izquierda hacia el fuego lentamente, como si quisiera secarse el sudor o el rocيo, y observَ cَmo el tatuaje revestيa la sombra que habيa bajo sus tendones. «Esto... esto es lo que yo soy. Una zorra que envejece.» Y todo el mundo sabيa lo que les sucedيa a las zorras viejas. Sin aviso previo, Sarcellus emergiَ de la oscuridad. Tenيa, segْn habيa decidido Esmenet, una inquietante afinidad con la noche; como si caminara con ella y no a través de ella. Y eso a pesar de sus blancas vestiduras Shriah. Se detuvo y se quedَ mirando sin mediar palabra. --No te quiere, ya lo sabes. En realidad, no. Ella le mirَ a los ojos a través de la luz del fuego. --؟Le has encontrado? --Sي. Est لacampado con los conriyanos..., tal como dijiste. En parte, su renuencia le pareciَ atractiva. --Pero ؟dَnde, Sarcellus? --Cerca de la Puerta Anciline. Ella asintiَ y apartَ la mirada nerviosamente. --؟Te has preguntado por qué, Esmi? Si me debes algo, es esta pregunta... «؟Por qué él? ؟Por qué Achamian?» Se dio cuenta de que le habيa hablado mucho de Akka. Demasiado. Ningْn hombre de los que habيa conocido era tan inquisitivo como Curtias Sarcellus, ni siquiera Achamian. Su interés en ella era voraz, como si su vida de oropel le pareciera tan exَtica como la suya. ؟Y por qué no? La Casa Curtias era una de las mayores Casas de la Congregaciَn. Para alguien como Sarcellus, amamantado con carne y miel, mimado por esclavos, experiencias como las de Esmenet eran tan distantes como la lejana Zeum. --Desde que tengo memoria --le habيa confesado Sarcellus-- me
he sentido atraيdo por los vulgares, los pobres, los que ponen el esfuerzo gracias al que viven los de mi clase-- .Se ri e َ ntre dientes--. Mi padre me azotaba por jugar a las fichas numeradas con los esclavos de campo o por esconderme en la despensa para mirar por debajo de las faldas... Ella le dio un golpe juguetَn. --Los hombres son perros. Laْ nica diferencia es que olfatean los culos con los ojos. ةl se habيa reيdo. --،Eso es! ،Eso es por lo que disfruto tanto con tu compaٌيa! Vivir una vida como la tuya es una cosa, pero ser capaz de hablar de ella es otra totalmente distinta. Esta es la razَn por la que soy devoto tuyo, Esmi. Tu pupilo. ؟Cَmo no se podrيa haber visto arrastrada? Cuando Esmenet miraba sus atractivos ojos, con iris marrones como la tierra fértil y blancos como las perlas hْmedas, se veيa a s يmisma reflejada de un modo que ella nunca se habيa atrevido a imaginar. Veيa a alguien extraordinario, alguien elevado y no degradado por su sufrimiento. Pero entonces, viendo cَmo cerraba los puٌos a la luz de la hoguera, se veيa a s يmisma cruel. --Ya te lo he dicho --dijo con cuidado--. Le quiero. «A él. No a ti.» Esmenet no podيa pensar en dos hombres mلs diferentes que Achamian y Sarcellus. En ciertos aspectos, las diferencias eran evidentes. El Caballero-Comandante era implacable, impaciente, intolerante. Sus opiniones eran instantلneas e irrevocables, como si hiciera las cosas bien afirmando simplemente que estaban bien. Sus arrepentimientos eran pocos, y nunca catastrَficos. En otros aspectos, sin embargo, sus diferencias eran mلs sutiles. Y mلs reveladoras. Esos primeros dيas posteriores a su rescate, Sarcellus le habيa parecido totalmente incomprensible. Pese a que su ira era violenta, se expresaba con el ardor del berrinche de un niٌo y la convicciَn de la condena de un profeta; nunca montaba en cَlera con los que le irritaban. Pese a que consideraba todo obstلculo algo que merecيa ser aplastado, hasta los problemillas intrascendentes que menudeaban su vida administrativa cotidiana, era elegante y no cruel en sus métodos. Pese a que su arrogancia era irresponsable, nunca se sentيa amenazado por las crيticas y era mلs capaz de reيrse de sus propias estupideces que la mayorيa.
El hombre le habيa parecido una paradoja, censurable y cautivadora a la vez. Pero después Esmenet se habيa dado cuenta: era un kjineta, un miembro de las castas nobles. Mientras que los suthenti, gente de castas de baja categorيa como ella o Achamian, temيan a los demلs, a s يmismos, las estaciones, las hambrunas, etcétera, Sarcellus sَlo temيa cosas particulares: que tal pudiera decir tal cosa, que la lluvia pudiera posponer la cacerيa. Y eso, como comprendيa ella, lo cambiaba todo. Achamian era quiz لtan temperamental como Sarcellus, pero el miedo hacيa que su ira fuera mلs amarga, propensa al desdén y el resentimiento. También podيa ser arrogante, pero debido al miedo parecيa mلs estridente que tranquilizador, y sin lugar a dudas, no toleraba ninguna contradicciَn. Protegido por su casta, Sarcellus no habيa hecho del miedo, como se veيan obligados a hacer los pobres, el centro de sus pasiones. En consecuencia, tenيa una confianza en s يmismo inamovible. Sentيa. Actuaba. Juzgaba. El miedo a estar equivocado que caracterizaba a Achamian simplemente no existيa para Curtias Sarcellus. Si Achamian ignoraba las respuestas, Sarcellus ignoraba las preguntas. Ninguna certidumbre podيa ser mayor. Pero Esmenet no habيa calculado las consecuencias de su escrutinio. Una perturbadora sensaciَn de intimidad se posَ sobre su entendimiento. Cuando las preguntas de Sarcellus, sus bromas, hasta su modo de hacer el amor indicaban que querيa algo mلs que melocotones para endulzarle el camino hacia Momemn, ella le observaba en secreto con sus hombres, ensoٌada, preguntلndose... Obviamente, descubriَ en él algunas cosas que le parecieron intolerables. Su desdén. Su capacidad de ser cruel. Pese a su galanterي a, con frecuencia se dirigيa a ella del mismo modo como un pastor trataba a su cayado, y la corregيa continuamente cuando sus pensamientos se apartaban del buen camino. Pero una vez que ella comprendiَ el origen de esas tendencias, empezَ a verlas mلs como rasgos propios de su casta que como defectos. «Los leones matan --habيa pensado--, no asesinan. Los nobles toman, no roban.» Se descubriَ sintiendo algo que no sabيa describir, al menos al principio; algo que no habيa sentido antes. Y lo sentيa mلs en sus brazos que en cualquier otra parte. Pasaron dيas antes de que lo entendiera. Se sentيa segura. No habيa sido una revelaciَn menor. Antes de darse cuenta, habيa tenido miedo de enamorarse de Sarcellus. Y durante un breve perيodo
de tiempo, el amor que sentيa por Achamian habيa parecido una mentira, el capricho de una chica enclaustrada por un hombre de mundo. Aunque se maravillaba ante la comodidad que sentيa cuando Sarcellus la abrazaba, no podيa dejar de pensar en la desesperaciَn de sus sentimientos hacia Achamian. Una cosa le parecيa bien y la otra mal. ؟Acaso el amor no hacيa que te sintieras bien? «No», se dio cuenta. Los Dioses castigaban amores como aquéllos con horrores. Con hijas muertas. Pero no podيa decirle eso a Sarcellus. Nunca lo entenderيa, a diferencia de Achamian. --Le quieres --repitiَ sin لnimo el Caballero-Comandante--. Eso me lo creo, Esmi. Lo acepto... Pero ؟te quiere él a ti? ؟Puede quererte? Ella frunciَ el entrecejo. --؟Por qué no iba a poder? --Porque es un hechicero. Un Maestro, ،por el amor de Sejenus! --؟Crees que me importa que esté maldito? --No, por supuesto que no --respondi َsuavemente, como si tratara de ser amable con duras verdades--. Lo digo, Esmi, porque los Maestros no pueden amar. Y los Maestros del Mandato los que menos. --Es suficiente, Sarcellus. No sabes de lo que estلs hablando. --؟De verdad? --dijo con un tono dolido en la voz--. Dime, ؟qué parte juegas tْ en sus falsas ilusiones? --؟Qué quieres decir? --Eres su cadena, Esmi. Se ha atado a ti porque tْ le mantienes unido a lo que es real. Pero si tْ acudes a él, si naufragas en tu vida y acudes a él, serلs solamente uno de dos barcos en el mar. Pronto, muy pronto, perderلs de vista la costa. Su locura te engullirل. Te despertarلs con sus dedos alrededor de tu cuello, el nombre de algْn hombre muerto hace muchos aٌos zumbando en tus... --،He dicho que es suficiente, Sarcellus! La mirَ fijamente. --Le crees, ؟verdad? --؟Creo qué? --Toda esa locura de la que parlotea. El Consulto. El Segundo Apocalipsis. Esmenet frunciَ los labios. No dijo nada. ؟De dَnde provenيa esa vergüenza? Sarcellus asintiَ lentamente. --Ya veo... No importa. No te culparé por ello. Has pasado mucho
tiempo con él. Pero hay unaْ ltima cosa que tienes que tener en cuenta. Sus ojos ardيan cuando parpadeَ. --؟Qué? --Sabes que las esposas, incluso las amantes, estلn prohibidas entre los Maestros del Mandato. Se sintiَ con frيo, dolorida, como si alguien le hubiera apretado el corazَn con un hierro helado. Se aclarَ la garganta. --Sي. --As يque sabes --se lamiَ los labios--, sabes lo mلximo a lo que puedes aspirar... Ella le mirَ con odio. --؟A ser su puta, Sarcellus? «؟Y qué soy yo para ti?» Sarcellus se arrodillَ ante ella y le cogiَ las manos entre las suyas. Tirَ de ellas suavemente. --Tarde o temprano, le llamarلn de vuelta, Esmi. Se ver لobligado a dejarte. Esmenet mirَ el fuego. Las lلgrimas dibujaban lيneas ardientes en sus mejillas. --Lo sé.
De rodillas, el Caballero-Comandante vio una lلgrima detenida en el labio superior de Esmenet. Una réplica en miniatura del fuego resplandecيa en tila. Parpadeَ y se vio a s يmismo follلndose la boca de su cabeza cortada. La cosa llamada Sarcellus sonriَ. --Pero te estoy presionando --dijo--. Te pido disculpas, Esmi. Sَlo quiero que tْ... te des cuenta, que no sufras. --No importa --dijo ella suavemente, evitando su mirada, pero sus manos apretaron las de él. ةl liberَ sus dedos y le cogiَ lentamente las rodillas. Pensَ en su cono, tenso y graso entre sus piernas, y se estremeciَ de deseo. ،Solamente estar donde habيa estado el Arquitecto! Empujar all يdonde él habيa empujado. Era humillante y a la vez provocador. ،Entrar en un horno alimentado por el Viejo Padre! Se puso en pie. --Ven --le dijo, girلndose hacia el pabellَn.
Vio sangre y un éxtasis que hacيa gemir. --No, Sarcellus --dijo Esmenet--. Tengo que pensar. ةl se encogiَ de hombros y sonriَ lلnguidamente. --Entonces, cuando puedas. Mirَ a Eritga y Hansa, sus dos jَvenes esclavas, y con un gesto les ordenَ que se quedaran observando. Después dejَ a Esmenet y entrَ por las portezuelas del pabellَn del Caballero-Comandante. Se riَ entre dientes, pensando en las cosas que le harيa. Tuvo una erecciَn bajo sus pantalones; los rasgos de su cara se estremecieron de deleite. ،Tanta poesيa grabarيa en ella! Los faroles daban poca luz y proyectaban un resplandor naranja sobre el estudio del pabellَn. Se inclinَ sobre las almohadas dispuestas ante una mesa baja cubierta de rollos de papiro. Se pasَ la muٌeca por su liso estَmago y se agarrَ la dolorosa longitud de su miembro... Pronto. Pronto. --،Oh, s !ي--dijo una vocecita--. La promesa de la liberaciَn. --Un aliento como salido de un junco--. Estoy entre tus hacedores, pero el genio de tu creaciَn todavيa me mueve a la incredulidad. --؟Arquitecto? --jadeَ la cosa llamada Sarcellus--. Padre, cَmo te arriesgas asي? ؟Y si alguien ve tu marca? --Una marca no se ve entre muchas. --Hubo un revoloteo de alas y un golpecito seco cuando un cuervo se posَ sobre la mesa. Una cabeza humana calva girَ sobre su cuello, como si probara sus mْsculos entumecidos--. Cualquiera que me vea --explicَ la cara de un palmo-ignorar لmi marca. Los Maestros Escarlatas estلn por todas partes. --؟Ha llegado la hora? --preguntَ la cosa llamada Sarcellus--. ؟Es ya el momento? Esbozَ una sonrisa no mayor que la curva de la uٌa de un dedo del pie. --Pronto, Maengi. Pronto. Una ala desplegada y extendida trazَ una lيnea a través del pecho de Sarcellus. ةste doblَ la cabeza hacia un lado, con las extremidades rي gidas, y el éxtasis galopَ por su piel. Un éxtasis abrasador. --؟As يque se queda? --preguntَ la Sيntesis--. ؟No corre a él? La punta del ala siguiَ con sus perezosas caricias. La cosa llamada Sarcellus jadeَ. --Por ahora... --؟Ha mencionado su noche conmigo? ؟Te ha dicho algo? --No. Nada. --؟Pese a todo ella se muestra... abierta, como si lo compartiera
todo? --Ssssي, Viejo Padre. --Como sospechaba. --Un pequeٌo entrecejo fruncido--. Es mucho mلs que la simple zorra por la que la tomé, Maengi. Es una estudiosa del juego. --El entrecejo fruncido se convirtiَ en una sonrisa--. Una puta de doce talentos a fin de cuentas... --Debo... --Maengi sintiَ un profundo latido entre el recto y la raيz de su falo. Tan cerca--. ؟D-debo matarla? --Se arqueَ sobre la agonizante punta del ala. «،Por favor! ،Padre, por favor!» --No, no corre hacia Drusas Achamian, cosa que significa algo... Su vida ha sido demasiado dura como para no contraponer la lealtad a las ventajas. Pero todavيa puede resultarْ til. La punta del ala se retirَ y se plegَ en un lustroso negro. Pequeٌos pل rpados se cerraron y se abrieron sobre unos ojos que parecيan cuentas de cristal. Maengi soltَ el aire, estremecido. Sin pensarlo, cogiَ su falo con la mano derecha y empezَ a acariciar la cabeza con el pulgar. --؟Qué hay de Atyersus? --preguntَ sin resuello--. ؟Sospecha algo? --El Mandato no sabe nada. Solamente han mandado a un idiota con un encargo idiota. Relajَ su mano, tragَ saliva. --Ya no estoy tan seguro de que Drusas Achamian sea un idiota, Viejo Padre. --؟Por qué? --Después de entregarle el mensaje del Shriah a Gotian, me reunي con Gaortha... La pequeٌa cara hizo una mueca. --؟Te reuniste con él? ؟Acaso yo te di permiso para que lo hicieras? --N-no. Pero la puta me pidiَ que encontrara a Achamian, y sabيa que se le habيa ordenado a Gaortha que le siguiera. La pequeٌa cabeza se gir َhacia un lado y luego hacia el otro. --Me temo que se me est لacabando la paciencia, Maengi. La cosa llamada Sarcellus se apretَ las palmas sudorosas en sus vestiduras. --Drusas Achamian descubriَ que Gaortha lo seguيa. --؟Qué? --En el mercado de Kamposea... ،Pero el idiota no sabe nada, Viejo Padre! Nada. Gaortha tuvo tiempo de mudar de piel. La Sيntesis dio un saltito hasta el borde de la mesa de caoba. Aunque parecيa tan ligero como los huesos ahuecados y el papiro, era
como si llevara consigo el presentimiento de algo inmenso, como si una ballena avanzara sobre las aguas en todas las direcciones simultل neamente. La luz se derramaba de sus ojos. CسMO Rugiَ a través de lo que pasaba por ser el alma de Maengi. ODIO Haciendo estallar cualquier pensamiento, cualquier pasiَn que pudiera considerar suyos. ESTE MUNDO. Aplastando incluso el deseo insaciable, el dolor que todo lo abarca... Ojos como Clavos del Cielo gemelos. Risas, salvajes, con mil aٌos de locura. MUةSTRAME, MAENGI..., Las alas se abrieron ante él, ocultando los faroles, dejando solamente una pequeٌa cara blanca contra el negro, una frلgil boquilla para algo terrible, descomunal. MUةSTRAME TU VERDADERO ROSTRO. La cosa llamada Sarcellus sintiَ el puٌo de su expresiَn aflojلndose un poco... Como las piernas de Esmenet.
Era primavera, y una vez mلs los campos y arboledas que rodeaban Momemn estaban atestados de inrithi, mucho mejor armados y mucho mلs peligrosos que aquellos que habيan perecido en Gedea. Las noticias de la matanza de las llanuras de Mengedda habيan empaٌ ado durante muchos dيas la Guerra Santa. «؟Cَmo ha podido ser?», preguntaban. Pero la preocupaciَn pronto fue contenida por los rumores de la arrogancia de Calmemunis, por informaciones de su rechazo a obedecer lasَ rdenes de Maithanet. ،Desafiar a Maithanet! Se preguntaban por esa locura, y los sacerdotes les recordaban la dificultad del camino, los padecimientos que sufrirيan si se apartaban de la buena senda. También se hablaba mucho de la impيa contienda del Emperador con los Grandes Nombres. Con la excepciَn de los ainonios, todos los Grandes Nombres se habيan negado a firmar el Solemne Contrato, y alrededor de las hogueras, al anochecer, se producيan muchas discusiones ebrias acerca de lo que sus lيderes deberيan hacer. La mayorيa, con diferencia, maldecيa al Emperador, y unos pocos incluso
sugerيan que la Guerra Santa deberيa asaltar Momemn y hacerse con las provisiones que fueran necesarias para marchar. Pero otros se ponي an de lado del Emperador »؟.Qué es el Solemne Contrato-preguntaban-- sino un simple pedazo de papel? Y mirad --decيan-- los beneficios que reporta firmarlo.» No sَlo los Hombres del Colmillo serي an cَmodamente provistos de lo necesario, sino que se asegurarيan la guيa de Ikurei Conphas, la mayor inteligencia militar en generaciones. Y por si la destrucciَn de la Guerra Santa Vulgar no era prueba suficiente, ؟qué habيa del Shriah, que no habيa forzado al Emperador a aprovisionar la Guerra Santa ni habيa impuesto a los Grandes Nombres que firmaran el contrato? ؟Por qué iba Maithanet a dudar asي si tampoco él tenيa miedo de los infieles? Pero ؟cَmo podيa uno preocuparse cuando los mismيsimos infieles se estremecيan ante su poder? ،Menuda congregaciَn! ؟Quién podيa imaginar que tantos potentados asumieran la causa del Colmillo? Y, por otro lado, todavيa mلs. Sacerdotes, no sَlo de los Mil Templos sino de todos los Cultos, representando todos los Aspectos de Dios, habيan ascendido por las playas o habيan descendido por las colinas para ocupar su lugar en la Guerra Santa, cantando himnos, haciendo restallar los platillos, impregnando el aire del aroma amargo del incienso y del fragor de la adulaciَn. Los يdolos eran ungidos con aceites y fragancia de rosa, y las sacerdotisas de Gierra hacيan el amor con los encallecidos guerreros. Los narcَticos circulaban y eran tomados reverentemente, y los Acَlitos gritaron en éxtasis desde el polvo. Los demonios fueron expulsados. Empezَ la purificaciَn de la Guerra Santa. Los Hombres del Colmillo se reunيan después de las ceremonias, intercambiaban feroces rumores o especulaban sobre la degeneraciَn de los infieles. Contaban, bromeando, que la esposa de Skaiyelt tenيa que ser mلs hombruna que Chepheramunni, o que los nansur eran proclives a encularse entre sي, razَn por la cual marchaban siempre en formaciones tan apretadas. Insultaban a los esclavos que se fingيan enfermos o gritaban a las mujeres que portaban cestas de ropa procedentes del rيo Phayus. Y, en contra de su costumbre, fruncيan el entrecejo ante los extraٌos grupos de extranjeros que merodeaban incesantemente por el campamento. Tantos..., tanta gloria.
CUARTA PARTE: EL GUERRERO
_____ 12 _____ La estepa de Jiunati «He explicado cَmo Maithanet consigui َlos numerosos recursos de los Mil Templos para asegurarse la viabilidad de la Guerra Santa. He descrito, a grandes rasgos, los primeros pasos tomados por el Emperador para unir la Guerra Santa a sus ambiciones imperiales. He tratado de reconstruir la reacciَn inicial de los cishaurim de Shimeh a partir de su correspondencia con el Padirajah de Nenciphon. Incluso he mencionado al odiado Consulto, del que finalmente puedo hablar sin miedo al ridيculo. He hablado, en otras palabras, casi exclusivamente de poderosas facciones y sus impersonales objetivos. ؟Qué hay de la venganza? ؟Y de la esperanza? Con el trasfondo de naciones competidoras y fes en guerra, ؟cَmo llegaron estas pequeٌas pasiones a controlar la Guerra Santa?» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa «...pese a que confraterniza con el hombre, la mujer y los niٌos, pese a que yace con bestias y se burla de su semilla, nunca ser لtan licencioso como el filَsofo, que yace con todas las cosas inimaginables.» Inri Sejenus, Maestros, 36, 21, El tratado
Principios de primavera, aٌo del Colmillo 4111, norte de la estepa de Jiunati Dejando atrلs el campamento de los utemot, Cnaiur cabalgَ hacia el norte por لridas praderas. Pasَ ante rebaٌos de ganado, saludando a regaٌadientes a los distantes jinetes-- poco mلs que niٌos armados-- que cuidaban de ellos. Los utemot se habيan convertido en un pueblo poco numeroso, no muy distinto de las tribus nَmadas del nordeste que ellos expulsaban de vez en cuando. Habيan pagado por el desastre de Kiyuth un precio mucho mلs alto que el resto de las tribus, y entonces
sus primos del sur, los kuoti y los ennutil, allanaban sus pastos a voluntad. A pesar de que Cnaiur habيa logrado mucho con los pocos medios propios de las pequeٌas guerras tribales, sabيa que los utemot estaban cerca de la extinciَn. Algo tan simple como otra sequيa veraniega los condenarيa a muerte. Coronَ cimas peladas, espoleَ su caballo a través de la maleza y caudalosos riachuelos primaverales. El sol era blanco y distante, y parecيa no arrojar sombras. El aire olيa a la retirada del invierno, a tierra hْmeda bajo hierba pajiza. La estepa se extendيa ante él barrida por las argénteas olas del viento. No muy lejos del horizonte, los tْmulos de sus ancestros se alzaban sobre el césped. El padre de Cnaiur estaba enterrado allي, as يcomo todos los padres de su linaje, hasta el principio. ؟Por qué habيa ido allي? ؟Qué razَn podيa motivar ese peregrinaje solitario? Era normal que los de su tribu lo tomaran por loco. Era un hombre que se dejaba aconsejar por los muertos antes que por los sabios. La silueta irregular de un buitre surgiَ de uno de los tْmulos funerarios, flotَ como una cometa y después volviَ a descender y a desaparecer de su vista. Pasَ un buen rato antes de que la peculiaridad de aquello estremeciera a Cnaiur. Algo habيa muerto all يhacيa poco, algo que no habيa sido enterrado o incinerado. Espoleَ su montura hasta un trote cauto, mirando entre los tْmulos. El viento le insensibilizaba el rostro y le revolvيa el cabello. Encontrَ al primer hombre a escasa distancia de la tumba mلs cercana. Dos flechas negras habيan sido lanzadas desde tan cerca que habيan perforado las placas del hilo metلlico de su pechera y habيan cruzado la espalda. Cnaiur desmontَ y escudri ٌla َ hierba circundante, separando las hojas con la palma y los dedos. Encontr h َ uellas. Sranc. Los sranc habيan matado a ese hombre. Escrutَ los tْmulos una vez mلs, inspeccionando la hierba. Escuchَ. Sَlo podيa oيr el viento y, de vez en cuando, los gritos de lejanos buitres peleلndose. El cadلver no habيa sido mutilado. Los sranc no habيan terminado su trabajo. Hizo rodar el cuerpo con la bota; las flechas se partieron con dos ruidos secos. La boca grisلcea se abriَ bajo el cielo, la espalda se arque َ a causa del rigor mortis, pero los ojos azules no se hundieron. El hombre era un norsirai, as يlo indicaba su cabello rubio. Pero ؟quién era? ؟Parte de una banda de saqueadores que se habيa topado con un grupo mلs numeroso de sranc que les habيa perseguido hacia el sur?
Habيa sucedido antes. Cnaiur cogiَ la brida de su caballo y tirَ de ella hacia la hierba. Se sacَ la espada y después, agachado, corriَ por la pradera. Un poco mلs tarde, se encontrَ entre los tْmulos... All يhallَ el segundo cadلver. ةste habيa muerto enfrentلndose a su enemigo. Una flecha rota sobresalيa del dorso de su muslo izquierdo. Herido, se habيa visto obligado a detener su huida, y después habيa sido asesinado de una manera habitual entre los sranc: destripado y estrangulado con su propio intestino. Pero aparte de su vientre abierto, Cnaiur no vio otras heridas. Se arrodillَ y cogiَ una de las gélidas manos del cadلver. Apretَ las callosidades. Demasiado blandas. No eran saqueadores. Al menos no ése. ؟Quiénes eran esos hombres? ؟Qué idiotas extranjeros --de alguna ciudad, sin duda-- se arriesgarيan a encontrarse con los sranc de camino a tierras scylvendias? Una rلfaga de viento le revelَ lo mucho que se habيa acercado a los buitres. Corriَ rلpidamente a la izquierda para aproximarse a lo que debيa ser la mayor concentraciَn de cadلveres, tras uno de los tْmulos mلs grandes. De camino a la cima, se encontrَ con el primero de los sranc muertos, con el cuello parcialmente cortado. Como todos los cadل veres sranc, estaba duro como una piedra, con la piel agrietada y de color morado oscuro. Estaba acurrucado como un perro, todavيa cogido a su arco de hueso. A juzgar por la postura y la hierba arrancada, Cnaiur supo que habيa sido alcanzado en la cima del tْmulo con la fuerza necesaria para hacerle caer hasta casi la base. Encontrَ el arma que le habيa matado a poca distancia, mلs arriba. Una flecha de metal, negra, con un anillo de dientes humanos fijados alrededor de un mango hecho de piel humana. Un sranc muerto por una arma sranc... ؟Qué habيa sucedido all?ي Cnaiur se dio cuenta repentinamente de que estaba en cuclillas al lado de un tْmulo, en mitad de sus antepasados muertos. En parte, le indignَ el sacrilegio, pero se sentيa mucho mلs asustado que indignado. ؟Qué podيa significar aquello? Con la respiraciَn agitada, trepَ hasta la cima. Los buitres se habيan congregado alrededor de la base del tْmulo adyacente, encorvados sobre su botيn con la espalda estriada por el viento. Un puٌado de grajillas reٌيan entre ellas, saltando de una cara a otra. La carroٌa cubrيa el suelo: los cadلveres de los sranc tumbados o acurrucados los unos contra los otros, siguiendo la circunferencia del tْ mulo, apilados, con las cabezas colgando de cuellos rotos y las caras
entre piernas y brazos inertes. ،Tantos! Sَlo la cima del tumulto estaba desnuda. Laْ ltima postura de un solo hombre. Una postura imposible. El superviviente estaba sentado con las piernas cruzadas en la cima del tْmulo, con los antebrazos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada bajo el disco brillante del sol. Las pلlidas lيneas de la estepa le enmarcaban. Ningْn animal posee sentidos tan afilados como los buitres; al cabo de un momento, empezaron a dar graznidos de alarma, golpeando el aire con sus inmensas y desgreٌadas alas. El superviviente levantَ la cabeza, observando cَmo alzaban el vuelo. Entonces, como si sus sentidos fueran tan afilados como los de los buitres, se girَ hacia Cnaiur. Cnaiur pudo discernir muy poco de su cara. Larga, de rasgos marcados, pero aguileٌa. Ojos azules, quiz ;لpero eso sَlo se deducيa por su pelo rubio. Y sin embargo, Cnaiur pensَ: «Conozco a ese hombre...». Se puso en pie y caminَ hacia la carnicerيa con las piernas agarrotadas de incredulidad. La figura le mirَ impertérrita. «،Conozco a ese hombre!» Se dirigiَ hacia él entre los sranc muertos y advirtiَ, estupefacto, que todos ellos habيan perecido a resultas de un solo e infalible golpe. «No..., no puede ser. No puede ser.» La inclinaciَn del suelo parecيa mayor de lo que era. Era como si los sranc, a sus pies, aullaran en silencio, como si le advirtieran, como si le rogaran, como si el horror del hombre en la cima fuera suficiente para trascender el abismo que habيa entre sus razas. Se detuvo unos cuantos pasos por debajo del extranjero. Con aire cansino, levantَ la espada de su padre ante él estirando los brazos cubiertos de cicatrices. Finalmente, se atreviَ a mirar a los ojos al hombre sentado. El corazَn le latيa con una fuerza propia de algo que estaba mلs all لdel miedo o la ira... Era él. Ensangrentado, pلlido, pero era él. Una pesadilla en carne y hueso. --Tْ... --susurrَ Cnaiur. El hombre no se moviَ, pero le escrutَ desapasionadamente. Cnaiur vio la sangre que manaba como brea de una herida oculta y manchaba de negro su tْnica. Con la trastornada certidumbre de quien ha soٌado un momento mil veces, Cnaiur subiَ cinco escalones mلs y después puso la punta bruٌida
de su espada bajo la barbilla del hombre. Con ella, alzَ aquel rostro impasible hacia el sol. Los labios... «،No era él! Casi él...» --Eres dunyaino --dijo, con la voz profunda y frيa. Los ojos brillantes le contemplaron, pero no habيa absolutamente nada en su expresiَn: ni miedo, ni alivio, ni reconocimiento, ni falta de todo eso. Entonces, como una flor hundiéndose sobre un tallo endeble, el hombre se desplomَ de espaldas sobre la hierba. A Cnaiur le martilleaba la cabeza. «؟Qué significaba eso?» Atَnico, el caudillo de los utemot mirَ mلs all لde los inertes cuerpos de los sranc, hacia los tْmulos funerarios de sus ancestros, el antiguo y terreno historial de su sangre. Después, devolviendo la mirada hacia la figura inconsciente que tenيa delante percibiَ de repente los huesos del tْmulo que habيa bajo sus pies, acurrucados en posiciَn fetal, enterrados a mucha profundidad. Y de pronto se dio cuenta... Se dio cuenta de que estaba en la cima del tْmulo de su padre.
Anissi. La primera esposa de su corazَn. En la oscuridad, era una sombra, esbelta y serena contra su cuerpo quemado por el sol. Tenيa el pelo rizado sobre el pecho de él, en mechones que recordaban las extraٌas escrituras que él habيa visto tantas veces en Nansur. A través del cuero del yaksh, la lluvia nocturna sonaba como una respiraciَn eterna. Se girَ. Apartَ su cara del hombro y la puso sobre el brazo. ةl estaba sorprendido. Habيa creيdo que estarيa dormida. «Anissi..., cَmo amo esta paz que hay ente nosotros.» Su voz era adormilada y joven. --Le pregunté... «Le pregunté.» A Cnaiur le preocupaba oيr que sus esposas se referيan al extranjero de ese modo --el modo de él--, como si hubieran penetrado de alguna manera en su crلneo y practicado un robo. ةl. El hijo de Moenghus. El dunyaino. A través de la lluvia y las paredes de cuero, Cnaiur podيa sentir el ansia que le provocaba la presencia del hombre al otro lado del oscuro campamento, un terror que venيa de mل s all لdel horizonte. --؟Y qué dijo? --Dijo que los hombres muertos que encontraste eran de Atrithau.
Cnaiur ya habيa llegado a esa conclusiَn. Ademلs de Sakarpus, Atrithau era laْ nica ciudad al norte de la estepa; laْ nica ciudad de hombres, en cualquier caso. --Sي, pero ؟quiénes eran? --Los llamَ sus seguidores. Un pinchazo de aprensiَn en el corazَn. Seguidores. «ةl es igual... Posee los hombres del mismo modo que su padre habيa poseيdo...» --؟Qué importa --preguntَ Anissi-- la identidad de unos cuantos hombres muertos? --Importa. --Todo importaba cuando se trataba de los dْnyainos. Desde su descubrimiento de Anasurimbor Kellhus, un pensamiento habيa tiranizado los movimientos del alma de Cnaiur: «Utiliza al hijo para encontrar al padre». Si ese hombre seguيa a Moenghus, entonces sabيa dَnde encontrarle. Incluso en ese momento, Cnaiur podيa ver a su propio padre, Skiotha, revolviéndose y pateando en el hielo fangoso a los pies de Moenghus, con la garganta aplastada. Un caudillo asesinado por un esclavo desarmado. Los aٌos habيan convertido esa imagen en un narc َtico, en algo que Cnaiur rememoraba obsesivamente. Los detalles cambiaban. A veces, en lugar de escupir en la cara ennegrecida de su padre, Cnaiur la sostenيa contra el pecho. A veces, en lugar de morir Skiotha en el suelo, a los pies de Moenghus, Moenghus morيa a los pies de Cnaiur, hijo de Skiotha. Una vida por una vida. Un padre por un padre. Venganza. ؟Acaso no remediarيa esto el desequilibrio que le habيa trastornado el corazَn? «Utiliza al hijo para encontrar al padre.» Pero ؟podيa arriesgarse a hacer una cosa asي? ؟Y si sucedيa de nuevo? Sَlo tenيa dieciséis veranos el aٌo en que su primo Okyati se encontr َcon Anasurimbor Moenghus en el campo. Okyati y su destacamento habيan rescatado al hombre de un grupo de sranc que cruzaban Suskara. Eso por s يsolo era suficiente para hacer del extranjero un objeto digno de interés: pocos hombres sobrevivيan a tal cautiverio. Okyati atَ al hombre al yaksh de Skiotha. --Ha caيdo en manos mلs amables --dijo riéndose a mandيbula batiente. Skiotha reclamَ a Moenghus como tributo y se lo regalَ a su primera esposa, la madre natural de Cnaiur. --Por los hijos que me has dado --dijo Skiotha. Y Cnaiur pensَ: «Por m»ي. A lo largo de la transacciَn, Moenghus se habيa limitado a observar
con los ojos azules refulgiendo en su rostro ajado. Cuando su mirada se posَ por un momento en el hijo de Skiotha, Cnaiur se burlَ de él con un desdén adolescente. El hombre era poco mلs que un fardo de trapos, piel pلlida, barro y sangre reseca: otro extranjero destrozado, menos que un animal. Pero eso, como sabيa entonces Cnaiur, era precisamente lo que ese hombre querيa que pensaran sus captores. Para un dunyaino, hasta la degradaciَn era una potente arma. Quiz لla mلs potente. Mلs tarde, Cnaiur verيa al esclavo de vez en cuando, mientras convertيa un tendَn en una cuerda, curaba pieles, acarreaba sacos de bosta para sus fuegos y cosas por el estilo. El hombre correteaba como los demلs, se movيa con el mismo apuro sobre sus huecas extremidades. Si Cnaiur percibيa su existencia era debido a su lugar de origen. «ةse..., ése es el que sobreviviَ a los sranc.» Cnaiur le miraba un breve instante y después seguيa con su camino. Pero ؟durante cuلnto tiempo le estudiarيan esos ojos oscuros después? Pasaron varias semanas antes de que Moenghus hablara con él. El hombre escogiَ bien el momento: la noche del regreso de Cnaiur del Rito-de-los-Lobos-de-Primavera. Tambaleلndose por la pérdida de sangre, Cnaiur habيa vuelto a casa a oscuras, con la cabeza del lobo atada a su cinturَn. Se derrumbَ frente a la entrada del yaksh de su madre, tosiendo esputo sobre la tierra desnuda. Moenghus fue el primero en encontrarle, el primero en curar sus palpitantes heridas. --Has matado al lobo --le dijo el esclavo, levantلndole del polvo. El umbrيo campamento nadَ por el rostro de Moenghus, y sin embargo, sus ojos le parecieron tan fijos e inamovibles como el Clavo del Cielo. En su angustia, Cnaiur encontrَ un vergonzoso indulto en esos ojos extranjeros, un santuario. Apartَ las manos del hombre. --Pero no ha sido como tenيa que ser --gruٌَ. Moenghus asintiَ. --Has matado al lobo. «Has matado al lobo.» Esas palabras. ،Esas palabras cautivadoras! Moenghus habيa visto su preocupaciَn y habيa dichoْ nica y exclusivamente las palabras que podيan apaciguar su corazَn. Nada habيa sucedido como deberيa haber sucedido, pero el resultado final era el adecuado. ةl habيa matado al lobo. Al dيa siguiente, mientras Cnaiur se recuperaba en la لspera penumbra del yaksh de su madre, Moenghus le llevَ un estofado de
cebollas silvestres y conejo. Una vez que el cuenco humeante hubo cambiado de manos, el hombre destrozado levantَ la mirada y elevَ la cara de sus hombros hundidos. Todas las seٌales de su esclavitud --la tي mida joroba, el aliento entrecortado, los ojos raudos de miedo-desaparecieron. La transformaciَn fue tan repentina, tan completa, que durante un buen rato Cnaiur no pudo mلs que quedarse mirلndolo con un temeroso asombro. Pero que un esclavo mirara a los ojos a un guerrero era una afrenta, de modo que Cnaiur cogiَ el palo de los esclavos y le apaleَ. Los ojos azules mostraron poca sorpresa y permanecieron fijos en él durante todo el rato, tirando de los suyos con una tranquilidad inquietante, como si le perdonara su... ignorancia. Cnaiur distَ con mucho de castigarle verdaderamente, del mismo modo que la indignaci َn que debيa haber sentido distَ mucho de animar su palo. La segunda vez que Moenghus se atreviَ a mirarle, Cnaiur le pegَ brutalmente, tan brutalmente que su madre le castigَ después, acusل ndolo de daٌar deliberadamente sus bienes. «El hombre es insolente --le dijo Cnaiur--, pero su corazَn est لcolmado de vergüenza.» Hasta él sab يa que era la desesperaciَn y no una pيa furia lo que habيa activado su brazo. Hasta él sabيa que Moenghus le habيa robado el corazَn. Sَlo aٌos después comprenderيa por qué esos azotes le habيan unido al extranjero. La violencia entre hombres fomentaba una intimidad inexplicable. Y Cnaiur habيa sobrevivido a suficientes campos de batalla para comprenderlo. Al castigar a Moenghus por desesperaciَn, Cnaiur habيa demostrado necesidad. «Debes ser mi esclavo. ،Debes pertenecerme!» Y al demostrar necesidad, abriَ su corazَn, permitiَ que la serpiente entrara. La tercera vez que Moenghus le mirَ a los ojos, Cnaiur no cogiَ su palo, sino que le preguntَ: --؟Por qué? ؟Por qué me provocas? --Porque tْ, Cnaiur urs Skiotha, eres mلs que tus parientes. Porque sَlo tْ puedes comprender lo que tengo que decir. «Sَlo tْ.» ،Qué palabras tan cautivadoras! ؟Qué hombre joven no se irrita a la sombra de sus mayores? ؟Qué hombre joven no alberga resentimientos secretos, pomposas esperanzas? --Habla. Moenghus habl َde muchas cosas a lo largo de los meses siguientes, de cَmo los hombres soٌaban, de cَmo el Logos, el camino del intelecto, era laْ nica cosa que los despertarيa. Pero entonces todo era
un tanto borroso para Cnaiur. De todas las conversaciones secretas, sَlo recordaba con claridad la primera. Lo cierto era que los pecados de iniciaciَn siempre brillaban mلs que los demلs, como los faros. --Cuando los guerreros hacen incursiones en el Imperio a través de las montaٌas --dijo Moenghus--, siempre utilizan los mismos senderos, ؟ no? --Sي, claro. --؟Por qué? Cnaiur se encogiَ de hombros. --Porque los senderos son los pasos de montaٌa. No hay otro modo de cruzarlas para llegar al Imperio. --Y cuando los guerreros se reْnen para hacer incursiones en los pastos de sus vecinos siempre utilizan los mismos caminos, ؟no? --No. --؟Por qué no? --Porque cabalgan por campo abierto. Los caminos por los que cruzar la estepa son innumerables. --،Exactamente! --exclamَ Moenghus--. ؟Y no son ambas cosas como viajes? ؟Cada logro una destinaciَn? ؟Cada ansia un punto de partida? --Supongo... Eso es lo que dicen los memorialistas. --Entonces, los memorialistas son sabios. --Dime qué quieres decir, esclavo. Risas, perfectas en las burdas cadencias del scylvendio; las risas de un gran guerrero. Hasta Moenghus sabيa qué gestos hacer. --؟Lo ves? Te pones impaciente porque crees que el camino que tomo es intrincado. ،Hasta las palabras son como viajes! --؟Y? --Y si todo lo que los hombres hacen son viajes, te pregunto: ؟por qué son los métodos de los scylvendios, las costumbres que dictan lo que los hombres hacen, como pasos de montaٌa? ؟Por qué cabalgan por los mismos caminos una y otra vez cuando los caminos a su destino son innumerables? Por alguna razَn, la pregunta estremeciَ a Cnaiur. Las palabras eran tan audaces que se sintiَ osado con sَlo oيrlas, y tan convincentes que se sintiَ entusiasmado y aterrorizado a la vez, como si hubieran tocado un lugar que dolيa al tacto especialmente porque era prohibido. Los caminos del Pueblo de la Guerra, segْn le habيan dicho, eran tan inmutables y sagrados como volubles y degenerados los de los extranjeros. Pero ؟por qué? ؟No eran esos caminos simplemente
distintos senderos utilizados para llegar a destinaciones similares? ؟ Qué hacيa de los caminos scylvendios losْ nicos caminos, losْ nicos senderos que un hombre recto debيa transitar? ؟Y cَmo podيa eso ser cuando la estepa sin caminos moraba, como decيan los memorialistas, en todas las cosas scylvendias? Por primera vez, Cnaiur vio a su gente a través de los ojos de un for لneo. ،Qué extraٌo parecيa todo! La hilaridad de los tintes de la piel hechos con sangre menstrual. La inutilidad de prohibir acostarse con vي rgenes sin testigos, matar al ganado con la mano derecha, defecar en presencia de caballos. Hasta las cicatrices rituales, sus swazond, parec يan intrascendentes y extraٌas, mلs una loca vanidad que un sيmbolo sagrado. Por primera vez se habيa preguntado realmente por qué. De niٌo, habيa sido propenso a hacer preguntas, tanto que cada vez que hacيa una, por muy sensata que fuera, su madre se quejaba y le hacيa reproches; expresiones, sabيa él, de un viejo rencor maternal contra un niٌo insoportablemente precoz. Pero las preguntas del niٌo eran profundas sin él proponérselo. Los chicos preguntaban tanto para ser rechazados como para ser contestados, para descubrir qué preguntas eran permisibles y cuلles no. Preguntar realmente por qué, sin embargo, era ir mucho mلs all لde lo permitido. Cuestionarlo todo. Cabalgar por la estepa sin caminos. --All يdonde no hay senderos-- habيa continuado Moenghus-- los hombres sَlo se extravيan si no llegan a su destino. No hay crيmenes, no hay transgresiones; ningْn pecado, excepto la estupidez o la incompetencia, y ninguna obscenidad, salvo la tiranيa de las costumbres. Pero t yْ a sabes todo esto... T e ْ res distinto del resto de la tribu. Moenghus habيa ido deslizando la mano y entonces le tenيa cogida la suya. En su tono habيa algo letلrgico, denso e hinchado. Ten يa una mirada amable, lastimera, hْmeda como los labios. --؟Es un pecado para m يtocarte de este modo? ؟Por qué? ؟De qué paso de montaٌa nos hemos desviado? --De ninguno... --Sin aliento. --؟Por qué? --Porque cabalgamos por la estepa. --«Y no hay nada mلs sagrado.» Una sonrisa, como un padre o un amante sorprendido repentinamente por la violencia de su adoraciَn. --Nosotros los dunyainos, Cnaiur, somos guيas y rastreadores,
estudiosos del Logos, el Camino Mلs Corto. De todo el mundo, sَlo nosotros hemos adquirido conciencia de la terrible pocilga de las costumbres. Sَlo nosotros. Se llevَ la joven mano de Cnaiur a su regazo. Palpَ con los pulgares los espacios entre sus duricias. ؟Podيa también calmar el dolor? --Dime, hijo del caudillo, ؟qué deseas mلs que nada? ؟Qué circunstancia? Dيmelo a mي, que estoy despierto, y te mostraré el rastro que debes seguir. Cnaiur se humedeciَ los labios. --Convertirme en el gran caudillo del Pueblo de la Guerra --mintiَ. ،Esas palabras! ،Esas palabras que rompيan el corazَn! Moenghus habيa asentido con la seriedad propia de un memorialista satisfecho con los poderosos augurios. --Bien. Cabalgaremos juntos, tْ y yo, por la abierta estepa. Te mostraré un camino como ningْn otro. Meses después, Skiotha estaba muerto, y Cnaiur se habيa convertido en caudillo de los utemot. Habيa alcanzado lo que habيa simulado desear, el Yaksh Blanco, su destino. Aunque los otros miembros de su tribu envidiaban el camino por el que habيa transitado, las costumbres los mantenيan unidos a él. Habي a recorrido senderos prohibidos, y sus parientes, constreٌidos por las profundas sendas de la estupidez y la ciega costumbre, sَlo podيan fruncir el entrecejo y murmurar a sus espaldas. ،Qué orgullo habيa sentido! Pero era un orgullo extraٌo, tenue, como la solitaria sensaciَn de privilegio e impunidad que habيa sentido de niٌo al mirar a sus hermanos y hermanas mientras dormيan a la luz del fuego. Habيa pensado: «Podrيa hacer cualquier cosa». Cualquier cosa. Y no lo sabrيan. Después, dos estaciones mلs tarde, las otras mujeres estrangularon a su madre por dar a luz a una niٌa rubia. Mientras alzaban su cadلver a los postes de los buitres, él empezَ a comprender qué hab يa sucedido en realidad. Supo que la muerte de su madre era un destino, el resultado de un viaje. Y Moenghus era el viajero. Al principio, se sintiَ desconcertado. El dunyaino habيa seducido y habيa dejado embarazada a su madre; eso estaba claro. Pero ؟para qué? ؟Cuلl era el prَximo destino? Y entonces, lo comprendiَ: para asegurarse de tener acceso al hijo de ella, Cnaiur urs Skiotha. As يempezَ su obsesiva rememoraciَn de los acontecimientos que
le habيan llevado al Yaksh Blanco. Paso a paso, fue evocando el modo como las pequeٌas traiciones juveniles habيan acabado en parricidio. Pronto, la débil sensaciَn de gratitud por haberse burlado de sus superiores se evaporَ. Pronto, el hermético jْbilo de haber destruido a alguien desventurado se tornَ en una incredulidad atَnita, en una incredulidad desolada. Le habيa enorgullecido superar a sus parientes, ser mلs, y esa demostraciَn de superioridad le habيa entusiasmado. Habيa encontrado el camino mلs corto. Se habيa hecho con el Yaksh Blanco. ؟No era eso prueba de su supremacيa? Eso le habيa dicho Moenghus antes de abandonar a los utemot. Eso habيa pensado él. Entonces lo comprendيa: no habيa hecho mلs que traicionar a su padre. Como su madre, habيa sido seducido. «Mi padre est لmuerto. Yo fui el cuchillo.» Y Anasurimbor Moenghus lo habيa empuٌado. La revelaciَn fue tan increيble como desgarradora. Una vez, cuando Cnaiur era un niٌo, se habيa formado, cerca del campamento utemot, un torbellino cuya espalda se erigيa contra las nubes. Los yaksh, el ganado y las vidas giraban como faldas a sus pies. Habيa estado observando desde la distancia, llorando, cogiéndose a la rيgida cintura de su padre. Un momento después, se desvaneciَ como arena cayendo sobre el agua. Recordaba a su padre corriendo bajo el pedrisco para ayudar a sus parientes. Recordaba haber empezado a seguirle, después haber dado traspiés hasta detenerse, paralizado por la visiَn que tenيa ante él, como si la escala de la transformaciَn hubiera empequeٌecido la capacidad de creer de los ojos. La intrincada telaraٌa de caminos, corrales y yaksh habيa sido totalmente rediseٌada, como si un niٌo alto como una montaٌa hubiera dibujado cيrculos concéntricos con un palo. El horror habيa sustituido a la familiaridad, pero el orden habيa sustituido al orden. Como el torbellino, su revelaciَn acerca de Moenghus habيa establecido de un plumazo un orden distinto, y mucho mلs horrendo que el que habيa conocido hasta entonces. El triunfo se convirtiَ en una degradaciَn. El orgullo se transformَ en remordimiento. Moenghus dejَ de ser el magnيfico padre de su corazَn. Llegَ a ser el tirano imposible, un esclavista disfrazado de esclavo. Las palabras que le habيan elevado, que le habيan revelado la verdad y el éxtasis, se convirtieron en palabras que lo humillaban, que le otorgaban ventajas obscenas. Las expresiones que le habيan confortado se transmutaron en recordatorios de un juego enloquecido. Todo --la mirada, el tacto, los atractivos gestos-- habيa sido arrasado por el torbellino y violentamente
rediseٌado. Durante un tiempo, habيa creيdo realmente que estaba despierto, que era elْ nico que no daba traspiés y andaba a tientas por los sueٌos impuestos a los scylvendios por las costumbres de sus antepasados. Segْn ellos, la estepa no era solamente un pedazo de suelo para sus pies y sus estَmagos, sino también para sus almas. Pero él, Cnaiur urs Skiotha, sabيa y vivيa la verdad de la estepa. Sَlo él estaba despierto. Si los otros desfilaban por caٌones ilusorios, su alma recorrيa las llanuras sin caminos. Sَlo él era verdaderamente de la tierra. Sَlo él. ؟Por qué no estar aparte de la tribu sino ante ella conferيa ese terrible poder? Pero el torbellino también se habيa llevado eso. Recordaba a su madre llorando después de la muerte de su padre, pero ؟lloraba ella por Skiotha o, como Cnaiur, por Moenghus, a quien habيa perdido para siempre? Para Moenghus, como sabيa Cnaiur, la seducciَn de la primera esposa de Skiotha no era sino una estaciَn, un punto de partida para la seducciَn del hijo primogénito de Skiotha ؟.Qué mentiras le habrي a susurrado mientras la penetraba en la oscuridad? Cnaiur estaba seguro de que habيa mentido, puesto que él ni hablaba ni amaba por ella. Y si le mentيa a ella, entonces... Todo lo que sucedيa era una bْsqueda, como habيa dicho Moenghus. Hasta los movimientos del alma --pensamiento, deseo, amor-- eran viajes a través de un lugar sin caminos. Cnaiur habيa visto en s يmismo un punto de partida, el origen de sus pensamientos, que tan lejos viajaban. Pero no era nada mلs que un camino embarrado, un sendero utilizado por otro para llegar a su destino. Los pensamientos que él habيa considerado propios habيan pertenecido siempre a otro. Su estado de vigilia no era mلs que el sueٌo de un sueٌo mلs profundo. Por medio de una astucia sobrenatural, habيa sido engaٌado para que cometiera una obscenidad tras otra, se degradara una y otra vez, y él habيa llorado de gratitud. Y se dio cuenta de que los otros miembros de la tribu lo sabيan, aunque sَlo fuera del tenue modo en que los lobos olيan la fragilidad. Las burlas y las risas de los idiotas no significaban nada cuando uno ten يa la verdad. Pero cuando uno era engaٌado... «Llorica.» ،Qué tormento! Durante treinta aٌos, Cnaiur habيa vivido con ese torbellino y habيa intensificado su estruendo, a medida que lo conocيa mejor, con incesantes recriminaciones. Estaciones de angustia se apilaban sobre
él. Despierto, le recorrيa sin aliento, con la curiosa monotonيa de las profundidades de un charco, pلlido a través del tinte verdoso del agua. A lo largo de la oscuridad circundante, se entrelazaban las cavernas como los estrechos tْneles que se encuentran bajo las grandes piedras arrancadas de la hierba. Justo debajo de la superficie, el pلlido dunyaino se detiene como si tirara de él alguna atadura, sonriendo, y levanta la boca. Con horror, Cnaiur observa cَmo un gusano sale por entre los labios sonrientes y atraviesa el agua. Se asoma al aire como un dedo ciego. Acuoso y obsceno, el insيpido color rosa de los lugares ocultos. Y en todas las ocasiones, su torpe mano se abre sobre el charco y, en un silencioso momento de locura, lo toca. Pero entonces Cnaiur estaba despierto, y el rostro habيa regresado. Lo habيa encontrado en su peregrinaciَn a los tْmulos funerarios de sus ancestros. Procedيa de las inmensidades del norte y estaba atormentado por el frيo, destrozado por las heridas de los sranc. Anasurimbor Kellhus, hijo de Anasurimbor Moenghus. Pero ؟qué significaba ese segundo advenimiento? ؟Darيa una respuesta al torbellino, o simplemente doblarيa su furia? ؟Se atreverيa a utilizar al hijo para encontrar al padre? ؟Se atrever يa a cruzar la estepa sin caminos? Anissi levantَ la cabeza de su tَrax y le escrutَ la cara. Sus pechos rozaban la superficie hueca de su estَmago. Sus ojos brillaban en la oscuridad. «Era --pensَ Cnaiur-- demasiado bella para pertenecerme.» --Todavيa no has hablado con él --dijo ella, hundiendo la cabeza bajo la catarata de su pelo y bajando los labios para besarle el brazo--. ؟Por qué? --Te lo he dicho... Tiene un gran poder. Percibiَ que ella estaba pensando. Quiz لera la cercanيa de sus labios a su piel. --Comparto tus... recelos --dijo--. Pero a veces no sé quién me da m لs miedo, s يtْ o él. La ira se removiَ en su interior, la lenta y peligrosa ira de alguien cuya autoridad es incuestionable y absoluta. --؟Tienes miedo de mي? ؟Por qué? --Le tengo miedo a él porque ya habla nuestro idioma tan bien como cualquier esclavo al cabo de diez aٌos. Le tengo miedo porque sus ojos... no parecen parpadear. Ya me ha hecho reيr y llorar. Silencio. Las escenas oscilaron en sus pensamientos, una serie de imلgenes rotas y rompedoras. Se agarrotَ sobre la estera, con los
miembros tensos contra la blandura de ella. --A ti te tengo miedo --prosigui --َporque me habيas dicho que esto sucederيa. Sabيas que ocurrirيan todas estas cosas. Conoces a ese hombre, aunque nunca has hablado con él. Le dolيa la garganta. «Solamente has llorado cuando te he pegado.» Le besَ el brazo y le tocَ los labios con un dedo. --Ayer, me dijo: «؟Por qué espera?». Desde que habيa encontrado al hombre, los acontecimientos habي an sucedido con tanta certidumbre como si el menor suceso estuviera empapado de las aguas del destino y el presagio. No podيa haber mلs intimidad entre él y ese hombre. Con sus manos desnudas le habيa estrangulado hasta la muerte en un sueٌo tras otro. --؟Nunca le has hablado de m ?ي--preguntَ. Y ordenَ. --No, no lo he hecho. Pero es que tْ le conoces. Y él te conoce a ti. --A través de ti. Me ve a través de ti. Por un instante se preguntَ qué era lo que el extranjero veيa, qué imagen de él se transmitيa a través de las hermosas expresiones de Anissi. «Buena parte de la verdad», decidiَ. De todas sus esposas, sَlo Anissi tenيa el coraje de decirle cuلndo gritaba en sueٌos. Sَlo ella le susurraba cuando él se despertaba llorando. Las otras se quedaban inmَviles, muertas, simulando el sueٌo, lo cual era bueno. A las otras las habrيa pegado por osar ser testimonios de esa debilidad. En la penumbra, Anissi le cogiَ el hombro y tirَ de él como si quisiera apartarle de algْn gran peligro. --Seٌor, esto es sacrilegio. Es un brujo. Un hechicero. --No. Es menos que eso. Y mلs. --؟Cَmo? ؟Cَmo lo sabes? --La precauciَn habيa desaparecido de su voz. Entonces era insistente. Cerrَ los ojos. El rostro lloriqueante de Bannut se le apareciَ en mitad de la oscuridad, rodeado del furor de Kiyuth. «Maricَn llorica...» --Duerme, Anissi. ؟Se atreverيa a utilizar al hijo para encontrar al padre?
El dيa era soleado, y la calidez hablaba de la inevitabilidad del verano. Cnaiur se detuvo ante el ancho cono del yaksh, siguiendo los
patrones del bordado a lo largo de sus caras escondidas. Era uno de esos dيas en los que los restos del invierno desaparecيan de las pieles y las grietas de la madera del yaksh, cuando el olor a podrido era sustituido por el olor a polvo. Se agachَ frente a la portezuela del yaksh y puso dos dedos en el suelo; después, se los llevَ a los labios como era costumbre. Ese acto le reconfortaba, aunque ya hacيa mucho tiempo que las razones de que as يfuera habيan muerto. Apartَ la portezuela y se deslizَ en el interior, donde se sentَ con las piernas cruzadas de espaldas a la entrada. Tratَ de ubicar la figura encadenada en la oscuridad. El corazَn le martilleaba el pecho. --Mis esposas me han dicho que has aprendido nuestro idioma con una rapidez... increيble. Una luz pلlida se filtrَ detrلs de él. Vio los miembros desnudos, grises como las ramas muertas. El olor a orina y excrementos saturaba el aire. El hombre tenيa el aspecto y el olor de la fragilidad y la enfermedad. Eso, como sabيa Cnaiur, no era ninguna casualidad. --Aprendo de prisa, sي. --La cabeza en sombras descendiَ, como hundiéndose en... Cnaiur reprimiَ un estremecimiento. Se parecيan tanto. --Mis esposas me dicen que eres un brujo. --No lo soy. --Respiraciَn prolongada--. Pero tْ ya lo sabes. --Creo que lo sé. --Sacَ su Chorae de una bolsa fijada a su cinturَn y lo tirَ formando un pequeٌo arco. Los grilletes repiquetearon. El extranjero cogiَ la esfera en el aire como si fuera una mosca. No sucediَ nada. --؟Qué es esto? --Un don concedido a mi pueblo en tiempos muy antiguos, un don de nuestro Dios. Mata a los brujos. --؟Y las runas que hay en él? --No significan nada, al menos ahora. --No confيas en mي. Me tienes miedo. --No le tengo miedo a nada. Ninguna respuesta. Una pausa para reconsiderar unas palabras mal escogidas. --No --dijo el dunyaino, finalmente--. Le tienes miedo a muchas cosas. Cnaiur apretَ los dientes. Otra vez. ،Le estaba sucediendo otra vez! Palabras como palancas empujلndole hacia atrلs por una sucesiَn de precipicios. La ira le recorri cَ omo el fuego a través de un pasillo de
rabia. Un azote. --Tْ --dijo crispado-- sabes que soy distinto de los demلs. Tْ percibes mi presencia a través de mis esposas gracias a mi conocimiento. Sabes que haré lo contrario de muchas de las cosas que tْ digas por el simple hecho de que tْ lo digas. Sabes que cada noche utilizaré las entraٌas de una liebre para decidir si debo dejarte vivir. »Sé quién eres, Anasurimbor. Sé que eres dunyaino. Si el hombre estaba sorprendido, no lo demostrَ. --Responderé tus preguntas --dijo solamente. --Me contarلs todo lo que te ha llevado a tu situaciَn actual. Me explicarلs por qué motivo has venido aquي. Si no lo haces a mi plena satisfacciَn, te mataré inmediatamente. La amenaza era poderosa; las palabras estaban cargadas de certeza. Otros hombres se habrيan inquietado ante ellas, las habrيan sopesado en silencio para calcular una respuesta. Pero el dunyaino no lo hizo. Respondiَ inmediatamente, como si no le sorprendiera nada de lo que Cnaiur pudiera decir o hacer. --Todavيa estoy vivo porque mi padre pasَ por tus tierras cuando tْ eras joven y cometiَ un crimen que tْ tratas de reparar. No creo que sea posible que me mates, aunque eso es lo que deseas. Eres demasiado inteligente para encontrar satisfacciَn con un sustituto. Comprendes el poder que yo represento, y sin embargo, todavيa tienes la esperanza de utilizarme como el instrumento de tu mayor deseo. Mis circunstancias, as يpues, estلn cortadas por el mismo patrَn que tu objetivo. Silencio momentلneo. Los pensamientos de Cnaiur daban tumbos por la impresiَn y la confirmaciَn. Después, retrocediَ con una repentina sospecha. «Este hombre es un intelecto... Guerra.» --Estلs preocupado --dijo la voz--. Te esperabas este punto de vista, pero no esperabas que lo dijera en voz alta, y como lo he dicho en voz alta, temes que pueda limitarme a satisfacer tus expectativas para engaٌarte en un sentido mلs profundo. --Una pausa--. Como mi padre, Moenghus. Cnaiur escupiَ. --،Las palabras son para ti cuchillos! Pero no siempre cortan, ؟ verdad? Has estado a punto de morir mientras cruzabas Suskara. Quizل yo deba pensar como un sranc. El extranjero empezَ a responder, pero Cnaiur ya se habيa puesto de pie y se inclinaba para salir al aire puro de la estepa, gritando en busca de ayuda. Observَ, impلvido, cَmo los suyos sacaban al norsirai
del yaksh y lo ataban, desnudo, a un poste cercano al centro del campamento. Durante horas, el hombre sollozَ y aullَ, rogَ piedad a gritos como se la rogaban a él en los viejos tiempos. Sus intestinos se vaciaron; tanta era la agonيa. Cnaiur pegَ a Anissi cuando ella empezَ a llorar. No se creيa nada de eso.
Esa noche, Cnaiur regresَ, sabiendo, o mejor esperando, que la oscuridad le protegerيa. El aire todavيa apestaba bajo las pieles. El extranjero estaba tan silencioso como la luz de la luna. --Ahora --dijo Cnaiur--, tu objetivo... Y no creas que me he hecho ilusiones de haberte doblegado. Los de tu especie nunca sois doblegados. Se oyَ un susurro en la oscuridad. --Tienes razَn. --La voz era cلlida en la penumbra--. Para los de mi especie sَlo hay misiones. He venido a por mi padre, Anasurimbor Moenghus. He venido a matarlo. Silencio, con la salvedad de una leve brisa procedente del sur. El extranjero continuَ. --Ahora el dilema es solamente tuyo, scylvendio. Nuestras misiones parecen ser la misma. Sé dَnde y, lo que es mلs importante, c َmo encontrar a Anasurimbor Moenghus. Te ofrezco la copa que tْ deseas. ؟Es veneno o no? ؟Se atreverيa a utilizar al hijo? --Es siempre veneno --susurrَ Cnaiur-- cuando tienes sed.
Las esposas del caudillo atendيan a Kellhus, lavaban su piel quebrada con ungüentos hechos por las ancianas de la tribu. A veces, les decيa algo mientras lo hacيan, calmaban sus atemorizados ojos con palabras tiernas, las hacيa sonreيr. Cuando llegَ el momento de que su esposo y el norsirai partieran, se reunieron en el gélido espacio de tierra que habيa delante del Yaksh Blanco y observaron solemnemente cَmo los hombres preparaban sus caballos. Percibيan el monolيtico odio de uno y la divina indiferencia del otro. Y cuando las dos figuras estuvieron circundadas por lejanos
pastos, no supieron por quién lloraban, si por el hombre que las habيa dominado o por el hombre que las habيa conocido. Sَlo Anissi era consciente del motivo de sus lلgrimas.
Cnaiur y Kellhus cabalgaron hacia el sureste, cruzando tierras utemot y adentrلndose en las de los kuoti. Cerca del lيmite meridional de los pastos kuoti, fueron abordados por unos cuantos jinetes. Las empuٌaduras de sus espadas eran cabezas de lobo pulidas, y llevaban sillas de montar con penachos. Cnaiur hablَ con ellos levemente, les recordَ los Caminos y ellos se alejaron cabalgando, ansiosos, segْn imaginَ, por contarles a sus caudillos que al fin los utemot no contaban con Cnaiur urs Skiotha, el-que-destrozacaballos, el mلs violento de los hombres. Una vez estuvieron a solas, el dunyaino tratَ de nuevo de entablar conversaciَn con él. --No podrلs mantener ese silencio para siempre --dijo. Cnaiur escrutَ al hombre. Su cara, cubierta de una barba rubia, era gris contra las superficies nubladas. Llevaba un arnés sin mangas, com ْn entre los scylvendios, y sus pلlidos antebrazos sobresalيan de la capa de cuero que le caيa de los hombros. Las colas de marmota que adornaban la capa se balanceaban al paso de su caballo. Podrيa haber sido scylvendio si no hubiera sido por su pelo claro y sus brazos sin cicatrices. Ambas cosas le hacيan parecer una mujer. --؟Qué quieres saber? --le preguntَ Cnaiur, sospechando, a regaٌ adientes. Pensَ que era una buena cosa que le perturbara su impecable scylvendio del norte. Era un recordatorio. En cuanto el norteٌo no le perturbara, sabيa que estarيa perdido. ةsa era la razَn por la que con frecuencia no querيa hablarle a la abominaciَn, la razَn por la que se hab يan pasado losْ ltimos dيas cabalgando en silencio. La costumbre era tan peligrosa all يcomo la astucia de ese hombre. En cuanto la presencia del hombre dejara de irritarle, en cuanto se sintiera en consonancia con sus circunstancias, le antecederيa en el transcurso de los acontecimientos, le dirigirيa de un modo que no se podrيa ver. En el campamento, Cnaiur habيa utilizado a sus esposas como intermediarias para aislarse a s يmismo de Kellhus. Esa habيa sido una de las muchas precauciones que habيa tomado; hasta habيa dormido con un cuchillo en la mano, sabedor de que el hombre no tendr
يa necesidad de romper sus cadenas para visitarle. Podيa presentarse como otro --hasta como Anissi--, tal como Moenghus se habيa presentado ante el padre de Cnaiur tantos aٌos atrلs, con el rostro de su hijo mayor. Pero entonces Cnaiur no tenيa ningْn intermediario para protegerse. No podيa contar con el silencio, como habيa esperado inicialmente. A medida que se acercaran al Nansurium, se verيan obligados a hacer planes. Hasta los lobos necesitaban planes para sobrevivir en tierra de perros. Ahora estaba solo con un dunyaino, y no podيa imaginar un peligro mayor. --Esos hombres --dijo Kellhus--, ؟por qué te han dejado pasar? Cnaiur le mirَ con cautela. «Empieza con pequeٌas cosas para introducirse en mi corazَn sin que yo me dé cuenta.» --Es nuestra costumbre. Todas las tribus asaltan de vez en cuando el Imperio. --؟Por qué? --Por muchas razones: para capturar esclavos, para saquear, pero sobre todo para rendir culto. --؟Para rendir culto? --Somos el Pueblo de la Guerra. Nuestro Dios est لmuerto; fue asesinado por los pueblos de los Tres Mares. Nuestra obligaciَn es vengarle. Cnaiur lamentَ su respuesta. Aparentemente, parecيa inocua, pero por primera vez se dio cuenta de lo mucho que ese hecho decيa del Pueblo de la Guerra y, por extensiَn, de s يmismo. «Para este hombre no hay cosas pequeٌas.» Todos los detalles, todas las palabras, eran un cuchillo en las manos de ese extranjero. --Pero ؟cَmo --insistiَ el dunyaino-- se le puede rendir culto a lo que est لmuerto? «No digas nada», pensَ, pero ya estaba hablando. --La muerte es mلs grande que cualquier hombre. Se le debe rendir culto. --Pero la muerte es... --Yo haré las preguntas --le espetَ Cnaiur--. ؟Por qué te han mandado a matar a tu padre? --Esto --dijo Kellhus, irَnicamente-- es algo que deberيas haberme preguntado antes de aceptar mi trato. Cnaiur reprimiَ el impulso de sonreيr, sabedor de que ésa era la reacciَn que el dunyaino buscaba.
--؟Por qué? --contraatac .--َSin m ,يte serيa imposible cruzar la estepa con vida. Hasta las montaٌas Hethanta, eres mيo. Tengo hasta entonces para hacerme una idea. --Pero si a los extranjeros les es imposible cruzar la estepa, ؟cَmo logrَ mi padre escapar? A Cnaiur se le puso la piel de gallina, pero pensَ: «Buena pregunta. Me recuerda la traiciَn de los tuyos». --Moenghus era astuto. En secreto, se habيa cubierto los brazos de cicatrices y se los habيa ocultado. Después de matar a mi padre y de que los utemot se vieran obligados por su honor a no importunarle, se afeitَ la cara y se tiٌَ el pelo de negro. Como podيa hablar como si fuera uno del Pueblo de la Guerra, cruzَ esta tierra como nosotros hacemos, como un utemot cabalgando para rendir culto. Sus ojos eran casi tan pل qué crees que te prohib يque te lidos... --Entonces, Cnaiur aٌadi ؟:--Por َ vistieras durante tu cautiverio? --؟Quién le dio el tinte? El corazَn de Cnaiur a punto estuvo de detenerse. --Yo. El dunyaino se limitَ a asentir y apartَ la mirada del monَtono horizonte. Cnaiur se sorprendiَ siguiendo su mirada. --،Estaba poseيdo! --le espet، .--َPoseيdo por un demonio! --Cierto --respondiَ Kellhus, girلndose hacia él, pero su voz era severa, ©orno la de un scylvendio--. Mi padre te habitaba. Y Cnaiur se encontrَ deseando oيr lo que el hombre iba a decir. «T ْ puedes ayudarme. Tْ eres sabio.» ،Otra vez! ،El brujo estaba haciéndolo otra vez! Estaba desviando su discurso, conquistando los movimientos de su alma. Era como una serpiente tanteando una salida tras otra. --؟Por qué te han mandado a matar a tu padre? --le exigiَ Cnaiur, aprovechلndose de su pregunta no respondida como prueba de la profundidad inhumana de esa contienda. «Y es una contienda», advirtiَ Cnaiur. No hablaba con ese hombre; guerreaba contra él. «Intercambiaré cuchillos.» El dunyaino le mirَ con curiosidad, como si estuviera preocupado por su sospecha inconsciente. Otra estratagema. --Porque mi padre me ha llamado --respondiَ crيpticamente. --؟Y eso es razَn suficiente para matarle? --Los dunyainos han estado escondidos durante dos milenios y seguirيan escondidos, si pudieran, por toda la eternidad. Pero hace treinta y un aٌos, cuando yo era todavيa un niٌo, fuimos descubiertos por
un grupo de sranc. Los sranc fueron fلcilmente destruidos, pero por si acaso, mi padre fue mandado a los bosques para que determinara hasta qué punto éramos vulnerables. Cuando regresَ unos cuantos meses mلs tarde, se decidiَ que debيa exiliarse. Mi padre habيa sido contaminado, se habيa convertido en una amenaza para nuestra misiَn. Pasaron tres décadas, y se daba por hecho que estaba muerto. --El dunyaino frunciَ el entrecejo--. Pero entonces regresَ, regresَ de un modo sin precedentes. Nos mandَ sueٌos. --Hechicerيa --dijo Cnaiur. El dunyaino asintiَ. --Sي, aunque en ese momento nosotros no lo sabيamos. Sabي amos solamente que la pureza de nuestro aislamiento habيa sido contaminada, y que la fuente de esa contaminaciَn debيa ser encontrada y eliminada. Cnaiur examinَ el perfil del hombre, que se mecيa suavemente al ritmo del medio galope de su caballo. --As يque eres un asesino. --Sي. Como Cnaiur permaneciَ en silencio, Kellhus prosiguiَ. --No me crees. ؟Cَmo iba a creerle? ؟Cَmo iba a creer a un hombre que nunca hablaba, que siempre tramaba y maniobraba, tramaba y maniobraba, incesantemente? --No te creo. Kellhus se girَ hacia la circundante llanura de color verde grisلceo. Habيan dejado atrلs los ondulados pastos de Kuoti y entonces cruzaban la inmensa meseta del interior de Jiunati. Al otro lado de un pequeٌo riachuelo y del delgado empalizado de arbustos y لlamos que reseguيa sus hundidas riberas, las distancias eran tan anodinas como un océano. Sَlo el cielo, lleno de nubes que parecيan montaٌas navegando, poseيa profundidad. --Los dunyainos --dijo Kellhus, al cabo de un rato-- se han entregado al Logos, a lo que tْ llamas razَn e intelecto. Buscamos la conciencia absoluta, el pensamiento que se mueve a s يmismo. Los pensamientos de todos los hombres surgen de la oscuridad. Si eres el movimiento de tu alma, y la causa de ese movimiento te procede, entonces, ؟cَmo podrيas llamar tuyos a tus pensamientos? ؟Cَmo podrي as ser otra cosa que un esclavo de la oscuridad que antecede a todo? S َlo el Logos permite mitigar esa esclavitud. Sَlo conocer las fuentes del pensamiento y la acciَn nos permite usar nuestros pensamientos y
nuestras acciones para librarnos del yugo de las circunstancias. Y sَlo los dunyainos poseen este conocimiento, llanero. El mundo sueٌa, esclavizado por su ignorancia. Sَlo los dunyainos estلn despiertos. Moenghus, mi padre, amenaza esto. ؟Pensamientos que surgيan de la oscuridad? Quiz لmejor que la mayorيa; Cnaiur sabيa que eso era cierto. Estaba acosado por pensamientos que no podيan ser los suyos. Cuلntas veces, después de pegar a una de sus mujeres, habيa mirado su enrojecida palma y pensado: «؟Quién me ha movido a hacer esto? ؟Quién?». Pero eso era irrelevante. --ةsa no es la razَn por la que no te creo --dijo Cnaiur, pensando: «Ya lo sabe». El dunyaino podيa leerle con la misma facilidad con que un miembro de su tribu podيa leer el humor de su rebaٌo. Como si pudiera ver ese pensamiento, Kellhus dijo: --No crees que un hijo pueda ser el asesino de su padre. --Sي. El hombre asintiَ. --Los sentimientos, como el amor de un hijo por su padre, no hacen mلs que devolvernos a la oscuridad; nos hacen esclavos de la costumbre y el apetito. --Los refulgentes ojos brillantes mantenيan a los de Cnaiur en una calma imposible--. Yo no quiero a mi padre, llanero. Yo no le quiero. Si su asesinato permite a mis hermanos lograr su misiَn, entonces le mataré. Cnaiur observَ al hombre; la cabeza le zumbaba de cansancio. ؟ Podيa creer eso? Lo que ese hombre decيa parecيa perfectamente lَ gico, pero Cnaiur sospechaba que podيa hacer que cualquier cosa sonara creيble. --Ademلs --prosiguiَ Anasurimbor Kellhus--, tْ sabes algo de este asunto. --؟De qué asunto? --De hijos que matan a sus padres.
En lugar de responder, el scylvendio le dedicَ una mirada fugaz, herida, y después escupiَ. Manteniendo una expresiَn expectante, Kellhus lo rodeَ con la palma de sus sentidos. La estepa, el riachuelo cada vez mلs cercano, todo en su campo visual retrocediَ. Cnaiur urs Skiotha se convirtiَ en el todo. El rلpido ritmo de su respiraciَn. La postura de los mْsculos
alrededor de sus ojos. Su pulso, como un gusano moviendo los tendones del cuello. Se convirtiَ en un coro de signos, un texto vivo, y Kellhus pudo leerlo. Si esas circunstancias debيan ser poseيdas, entonces todo debيa ser tenido en cuenta. Desde que habيa abandonado al cazador y habيa huido al sur a través de las tierras baldيas del norte, Kellhus se habيa encontrado con muchos hombres, especialmente en la ciudad de Atrithau. Allي descubriَ que Leweth, el cazador que le habيa salvado, no era una excepciَn. Los hombres nacidos en el mundo eran tan cortos de luces e ilusos como el cazador. Kellhus sَlo necesitaba pronunciar unas cuantas verdades rudimentarias, y se quedaban asombrados. Sَlo tenيa que hilvanar esas verdades en un tosco sermَn y renunciaban a sus posesiones, amantes, incluso hijos. Cuarenta y siete hombres le habي an acompaٌado desde que habيa partido a caballo de las puertas meridionales de Atrithau, hombres que se hacيan llamar adunyanios, «pequeٌos dunyainos». Ninguno habيa sobrevivido a la caminata a través de Suskara. Lo habيan sacrificado todo por amor y sَlo habيan pedido palabras a cambio, sَlo la apariencia del significado. Pero ese scylvendio era distinto. Kellhus se habيa enfrentado a la sospecha y la desconfianza con anterioridad, y habيa descubierto que podيa volver ambas cosas en su favor. Habيa descubierto que los hombres que sospechaban se entregaban mلs que la mayorيa cuando finalmente confiaban en uno. Al no creer en nada al principio, de repente lo creيan todo, fuera para hacer penitencia por sus recelos iniciales, o simplemente para evitar cometer el mismo «error» de nuevo. Muchos de sus mلs fanلticos seguidores habيan sido escépticos al principio. Pero la desconfianza que albergaba Cnaiur urs Skiotha era distinta de todas las que habيa encontrado hasta entonces, tanto en su proporciَn como en su forma. A diferencia de los demلs, ese hombre le conocيa. Cuando el scylvendio, con la expresiَn flلccida de asombro y tensa de odio al mismo tiempo, le habيa encontrado encima del tْmulo, Kellhus habيa pensado: «Padre..., al fin te he encontrado...». Ambos habيan sido Anasurimbor Moenghus en el rostro del otro. Nunca se hab يan visto, pero se conocيan mutuamente con intimidad. Al principio, su vيnculo se habيa revelado ventajoso para la misiَn de Kellhus. Le habيa permitido seguir con vida y le garantizaba que podrيa cruzar la estepa en condiciones seguras. Pero también habيa significado que sus circunstancias fueran incalculables.
El scylvendio siguiَ rechazando todos sus intentos de poseerle. No tenيa miedo de la perspicacia que Kellhus mostraba. No se habيa tranquilizado por sus racionalizaciones ni se sentيa halagado por sus oblicuas alabanzas. Y cuando sus pensamientos se aceleraban por el interés que habيa despertado en él lo que Kellhus habيa dicho, rل pidamente se retractaba, recordando acontecimientos transcurridos hac يa décadas. Hasta el momento, el hombre sَlo habيa cedido palabras rencorosas y escupitajos. De algْn modo, tras treinta aٌos de obsesiَn por Moenghus, el hombre habيa dado con un puٌado de verdades referentes a los dunyainos. Conocيa $u capacidad de leer los pensamientos a través de los rostros. Sabيa de su intelecto. Conocيa su total compromiso para con su misiَn. Y sabيa que no hablaban para compartir puntos de vista, o para comunicar verdades, sino para adelantarse, para dominar almas y circunstancias. Sabيa demasiado. Kellhus le estudiَ con el rabillo del ojo; observَ cَmo se inclinaba hacia atrلs cuando el suelo se hundيa hacia el riachuelo, con los hombros llenos de cicatrices inmَviles, las caderas meciéndose al paso del caballo. «؟Era esto lo que te proponيas, Padre? ؟Es él un obstلculo que has puesto en mi camino? ؟O es un accidente?» Kellhus decidiَ que probablemente lo segundo. Pese a las burdas tradiciones de su pueblo, el hombre era extraordinariamente inteligente. Los pensamientos de los hombres en verdad inteligentes casi nunca seguيan los mismos caminos. Se bifurcaban, y los pensamientos de Cnaiur urs Skiotha se habيan ramificado hasta muy lejos, siguiendo a Moenghus hasta lugares en los que ningْn hombre nacido en el mundo habيa osado penetrar. «De alguna manera, vio a través de ti, Padre, y ahora ve a través de m ؟.يCuلl fue tu error? ؟Puede enmendarse?» Kellhus parpadeَ y, en ese instante, se abstrajo de las laderas, el cielo y el viento, y soٌَ cien sueٌos paralelos de acto y consecuencia, siguiendo los hilos de la probabilidad. Y entonces lo vio. Hasta ese momento habيa intentado sortear las sospechas del scylvendio, cuando lo que necesitaba era hacer que tales sospechas funcionaran para él. Mirَ una vez mلs al llanero e inmediatamente vio la pena y la furia alimentando su incesante desconfianza; después captَ las palabras, tonos y expresiones que empujarيan al hombre a un lugar del que no podrيa escapar, donde sus sospechas le obligarيan a
confiar en él. Kellhus vio el Camino Mلs Corto. El Logos. --Lo siento --dijo, dudando--. Lo que he dicho era inapropiado. El scylvendio soltَ una risotada. «Sabe que he mentido... Dios.» Cnaiur le mirَ directamente a la cara, con una encendida expresiَn de desafيo. --Dime, dunyaino, ؟cَmo se hace para gobernar los pensamientos del mismo modo que los demلs gobiernan un caballo? --؟Qué quieres decir? --respondiَ Kellhus secamente, como si estuviera decidiendo si ofenderse. Los cambios de tono del idioma scylvendio eran muchos, muy sutiles, y diferيan en el caso de los hombres y las mujeres. Aunque el llanero no era consciente, le habيa denegado el acceso a importantes herramientas al restringirle el trato a sus esposas. --،Incluso ahora --ladrَ Cnaiur-- estلs tratando de gobernar los movimientos de mi alma! El débil repiqueteo del corazَn. La densidad de la sangre en su piel curtida. «Todavيa no est لseguro.» --Crees que eso es lo que te hizo mi padre. --Eso es lo que tu padre... --Cnaiur se detuvo, con los ojos dilatados de alarma--. ،Pero me dices eso para desviarme! ،Para evitar mi pregunta! Hasta entonces, Kellhus habيa previsto con éxito todas las bifurcaciones del pensamiento del scylvendio. Las respuestas de Cnaiur seguيan un claro patrَn: se lanzaba por los caminos que Kellhus abrيa para él y después retrocedيa. Kellhus sabيa que mientras su conversaciَn siguiera aproximadamente ese patrَn, el scylvendio creerيa que estaba seguro. Pero ؟cَmo hacerlo? Nada engaٌaba tan bien como la verdad. --No he conocido a ningْn hombre --dijo, al fin-- que se comprendiera a s يmismo mejor de lo que le he comprendido yo. La mirada estremecida de miedo se lo confirmَ. --؟Cَmo es eso posible? --Porque yo he sido educado. Porque he sido formado. Porque soy uno de los Aptos. Porque soy dunyaino. Sus caballos se dedicaron a retozar paralela y perpendicularmente al riachuelo. Cnaiur se inclinَ hacia un lado y escupiَ en el agua. --Otra respuesta que no es una respuesta --espetَ.
؟Podيa decirle la verdad? No, obviamente no. Kellhus empezَ con un semblante de duda. --Todos vosotros, tanto tus parientes como tus esposas, tus hijos e incluso tus enemigos al otro lado de las montaٌas, no podéis ver las verdaderas fuentes de vuestros pensamientos y actos. O bien asumيs que no son el origen, o bien pensلis que est لen algْn lugar mلs all لdel mundo, en el Exterior, como he oيdo que lo llamaban. Lo que te precede, lo que realmente determina tus pensamientos y actos, o bien es pasado por alto, o atribuido a demonios y dioses. Los ojos estrechos y los dientes apretados de los recuerdos no deseados. «Mi padre ya le ha contado esto...» --Lo que viene antes determina lo que viene después --prosiguiَ Kellhus--. Para los dunyainos no hay un principio mلs importante. --؟Y qué viene antes? --preguntَ Cnaiur, tratando de forzar una risotada. --؟Para los hombres? Historia, idioma, pasiَn, costumbre. Todas esas cosas determinan lo que los hombres dicen, piensan y hacen ة. stas son las ocultas cuerdas de marionetas de las que penden todos los hombres. Respiraciَn entrecortada. Un rostro cargado de pensamientos indeseados. --Y cuando las cuerdas se ven... --Pueden cogerse. Aisladamente, ese reconocimiento era inofensivo: en ciertos aspectos, todos los hombres deseaban dominar a sus semejantes. Sَlo cuando se sumaba a eso el conocimiento de sus habilidades podيa resultar amenazador. «Si supiera lo hondo que veo...» Cَmo les aterrorizarيa, a los hombres nacidos en el mundo, verse con los ojos de un dunyaino; ver las vanas ilusiones y las estupideces, las deformidades. Kellhus no veيa caras; veيa cuarenta y cuatro mْsculos sobre el hueso y los miles de combinaciones expresivas que podيan realizar: una segunda boca tan estentَrea como la primera, y mucho mلs veraz. No oيa a los hombres hablar, oيa el aullido del animal que llevaban dentro, el gimoteo del niٌo azotado, el coro de generaciones precedentes. No veيa hombres, veيa ejemplos y efectos, la ilusa descendencia de padres, tribus y civilizaciones. No veيa lo que venيa después. Veيa lo que venيa antes. Cabalgaron entre los لrboles que habيa en la otra orilla del
riachuelo, esquivando ramas cargadas del verdor del inicio de la primavera. --Locuras --dijo Cnaiur--. No te creo... Kellhus no dijo nada y dirigiَ su caballo por entre لrboles y ramas que les golpeaban. Conocيa los caminos de los pensamientos del scylvendio, las deducciones que sacarيa... Si pudiera olvidar su furia. --Si todos los hombres ignoran los orيgenes de sus pensamientos... --dijo Cnaiur. Ansiosos por dejar atrلs la maleza, los caballos galoparon losْ ltimos metros hacia el campo abierto e infinito. --Todos los hombres viven engaٌados. Kellhus le mirَ fijamente durante un instante crucial. --Actْan por razones que no son suyas. «؟Lo ver»?ل --Como esclavos --empezَ Cnaiur, frunciendo el ceٌo de asombro. Entonces, recordَ a quién estaba mirando--. ،Pero dices eso solamente para exonerarte! ؟Qué importancia tiene esclavizar a esclavos, eh, dunyaino? --Mientras que lo que viene antes permanezca oculto, mientras que los hombres estén engaٌados, ؟qué mلs da? --Porque es un engaٌo. Un engaٌo afeminado. ،Una afrenta contra el honor! --؟Nunca has engaٌado a tus enemigos en el campo de batalla? ؟ Nunca has esclavizado a otro? Cnaiur escupiَ. --Mis enemigos, mis rivales, esos que me harيan lo mismo a m يsi pudieran. Ese es el trato respetado por todos los guerreros, y es un trato honorable. Pero lo que tْ haces, dunyaino, convierte a todos los hombres en tus enemigos. ،Qué penetraciَn! --؟As يlo crees? ؟O hace de ellos mis hijos? ؟Qué padre no debe gobernar su yaksh? Al principio, Kellhus temiَ haber sido demasiado oblicuo. --؟De modo que eso es lo que somos para ti? ؟Niٌos-- ?dijo Cnaiur, después. --؟Acaso mi padre no te utilizَ como su instrumento? --،Responde mi pregunta! --؟Niٌos para nosotros? Por supuesto que lo sois. ؟De qué otra cosa podrيa haberse aprovechado mi padre con tan poco esfuerzo? --،Mentira! ،Mentira!
--Entonces, ؟por qué me tienes miedo, scylvendio? --،Ya basta! --Eres débil, ؟verdad? Lloras fلcilmente. Te estremecيas cada vez que tu padre levantaba la mano... Dime, scylvendio, ؟cَmo crees que lo sé? --،Porque eso es propio de todos los niٌos! --Estimas a Anissi por encima de tus otras esposas no por su mayor belleza, sino porque sَlo ella es capaz de sobrellevar tu tormento y, a pesar de ello, seguir queriéndote. Porque sَlo ella... --،Te lo contَ ella! ،La muy zorra te lo contَ! --Tu ansia por la cَpula ilيcita, por... --،He dicho que ya basta! Durante miles de aٌos, los dunyainos habيan sido criados al lيmite de sus sentidos, educados para presentar al desnudo lo que precedيa. No habيa secretos en su presencia. Ni mentiras. ؟Cuلntas fragilidades espirituales tenيa el scylvendio? ؟Cuلntos pecados de carne y corazَn habيa cometido? Todo indecible; todo amordazado por la furia y una incesante recriminaciَn, oculto incluso para s يmismo. Si Cnaiur urs Skiotha sospechaba de Kellhus, entonces Kellhus obrarيa en consecuencia. Verdad. Verdad indecible. O bien el scylvendio preservaba su autoengaٌo abandonando sus sospechas, pensando que Kellhus era un simple charlatلn al que era mejor no temer, o bien abrazaba la verdad y compartيa lo indecible con el hijo de Moenghus. De ambos modos, la misiَn de Kellhus se verيa beneficiada. De ambos modos, la confianza de Cnaiur serيa, enْ ltima instancia, indudable, fuera la confianza propia del desdén o la confianza propia del amor. El scylvendio a punto estuvo de quedarse boquiabierto, con los ojos como platos a causa de un horror estupefacto. Kellhus leyَ su expresiَn; vio las inflexiones del rostro, el timbre y las palabras que le calmarيan y le devolverيan su ademلn inescrutable, o bien acabarيan con cualquier serenidad que le quedara. --؟Es as يcon todos los guerreros de sangre caliente? ؟Todos ellos se estremecen ante la verdad? Pero algo se torciَ. Por alguna razَn, la palabra verdad no alcanzَ a golpear la violencia de la pasiَn de Cnaiur y se desvaneciَ en una calma adormilada, como un potrillo que se desangrara. --؟La verdad? Tْ sَlo necesitas hablar para convertirla en una mentira, dْnyaino. No hablas como los demلs hombres.
«Una vez mلs sus conocimientos...» Pero no era demasiado tarde. --؟Y cَmo hablan los demلs hombres? --Las palabras que los hombres pronuncian no les pertenecen a ellos. No siguen el rastro de su nacimiento. «Muéstrale la locura. La verل.» --El suelo sobre el que los hombres hablan no tiene caminos, scylvendio..., como la estepa. Kellhus reconociَ su error al instante. La ira refulgiَ en los ojos del hombre, y no podيa haber ninguna duda de su causa. --،؟La estepa no tiene rastros, dunyaino?! --le gritَ. «؟Es el camino que tْ tomaste, padre?» No podيa haber ninguna duda. Moenghus habيa utilizado la estepa, la figura central de las creencias scylvendias, como su vehيculo principal. Explotando la inconsistencia metafَrica entre la estepa sin caminos y los profundos caminos de las costumbres de los scylvendios, habيa logrado que Cnaiur cometiera determinados actos que de otro modo le hubieran resultado inimaginables. Para serle fiel a la estepa, se debيan repudiar las costumbres. Y en ausencia de prohibiciones consuetudinarias, cualquier acto, hasta el asesinato del propio padre, se volvيa concebible. Una estratagema sencilla y eficaz. Pero al final, habيa resultado descifrada con una excesiva facilidad. Le habيa dado a Cnaiur una comprensiَn mucho mayor de los dunyainos. --،Otra vez el torbellino! --gritَ el hombre, inexplicablemente. «Est لloco.» --،Todo esto! --dijo despotricando--. ،Cada palabra es un azote! Kellhus sَlo vio en su cara asesinatos y tumultos. Una brillante venganza en sus ojos. «Al final de la estepa. Le necesito para cruzar las tierras scylvendias. Si no ha sucumbido cuando lleguemos a las montaٌas, le mataré.»
Esa noche recogieron hierba muerta y la trenzaron formando gruesos fajos. Después de hacer un pequeٌo montَn, Cnaiur les prendiَ fuego. Se sentaron cerca de la hoguera mientras roيan sus provisiones en silencio. --؟Por qué crees que Moenghus te llamَ? --le preguntَ Cnaiur, sorprendido por la extraٌeza de pronunciar ese nombre. «Moenghus...»
El dunyaino siguiَ masticando con la mirada perdida en los pliegues dorados del fuego. --No lo sé. --Debes saber algo. Te mandَ sueٌos. Refulgiendo a la luz del fuego, los implacables ojos azules buscaron los suyos. «Empieza el escrutinio», pensَ Cnaiur, pero entonces se dio cuenta de que el escrutinio habيa empezado mucho antes, con sus esposas en el yaksh, y que no habيa terminado. «El juicio es incesante.» --Los sueٌos no eran mلs que imلgenes --dijo Kellhus--, imلgenes de Shimeh, y de un violento enfrentamiento entre pueblos. Sueٌos de historia..., exactamente los sueٌos que son un anatema para los dunyainos. «Este hombre hace eso constantemente», pensَ Cnaiur; constantemente poblaba sus respuestas con comentarios que exigيan por s يmismos una réplica o una pregunta. ؟La historia es un anatema para los dunyainos? Pero ése era el objetivo del hombre: desviar el alma de Cnaiur de cuestiones mucho mلs importantes. ،Qué enloquecedora sutileza! --Pero te llamَ --insistiَ Cnaiur--. ؟Y quién llama a otro sin dar razones? --«A menos que el llamado se sienta obligado a acudir.» --Mi padre me necesita. Eso es todo lo que sé. --؟Te necesita? ؟Para qué? --«ةsta. ةsta es la pregunta.» --Mi padre est لen guerra, llanero. ؟Qué padre no llama a su hijo en tiempos de guerra? --Uno que cuente a su hijo entre sus enemigos. --«Aqu يhay algo m لs..., algo que estoy pasando por alto.» Mirَ al norsirai a través del fuego y supo, de alguna manera, que el hombre habيa visto esa revelaciَn en su interior. ؟Cَmo podيa imponerse en una guerra como ésa? ؟Cَmo podيa vencer a alguien que podيa oler sus pensamientos por medio de las sutilezas de su expresiَ n? «Mi cara..., tengo que esconder mi cara«. --؟En guerra contra quién? --preguntَ Cnaiur. --No lo sé --respondiَ Kellhus, y casi pareciَ desesperado, como un hombre que lo ha apostado todo a la sombra de un desastre. «؟Lلstima? ؟Trata de ganarse la lلstima de un scylvendio?» Por un instante, Cnaiur estuvo a punto de sonreيr. «Quiz لlo he sobrevalorado...» Pero una vez mلs, sus instintos le salvaron. Con su brillante cuchillo, Cnaiur cortَ otro pedazo de amicut, la barra de carne de buey seca, hierbas silvestres y bayas en que consistي
a la mayor parte de sus provisiones. Se quedَ mirando impلvidamente al dunyaino mientras masticaba. «Quiere que crea que es débil.»
_____ 13 _____ Las montaٌas Hethanta «Hasta los duros de corazَn evitan el calor de los hombres desesperados, porque las hogueras de los débiles pueden partir la mayor parte de las piedras.» Proverbio conriyano «؟As يque quiénes fueron los héroes y los cobardes de la Guerra Santa? Hay suficientes cلnticos que responden esa pregunta. No es necesario decir que la Guerra Santa aportَ mلs pruebas violentas del viejo proverbio de Ajencis: "Pese a que los hombres son todos igualmente frل giles ante el mundo, las diferencias entre ellos son terribles"». Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Primavera, aٌo del Colmillo 4111, estepa central de Jiunati Nunca antes habيa Cnaiur superado una prueba semejante. Viajaron hacia el sudeste, pasando casi siempre inadvertidos y sin sobresaltos. Antes de la catلstrofe de Kiyuth, Cnaiur y sus parientes no habيan logrado viajar mلs de un dيa sin encontrarse con partidas de munuati, akkunihor u otras tribus scylvendias. Entonces, por lo general, pasaban tres o cuatro dيas antes de que Kellhus y él fueran interceptados. Cruzaron diversas tierras tribales sin ningْn tipo de problema. Al principio, Cnaiur habيa temido la visiَn de jinetes galopando. Las costumbres protegيan a todo guerrero scylvendio en peregrinaje hacia el Imperio, y en los buenos tiempos, esos encuentros eran ocasiones perfectas para chismorrear, intercambiar informaciَn o saludos familiares, un buen momento para dejar el cuchillo de lado. Pero era infrecuente que un guerrero scylvendio fuera acompaٌado por un esclavo, y aquéllos no eran buenos tiempos. Cnaiur sabيa que en una época desesperada los hombres nada racionaban tanto como la
tolerancia. Eran mلs estrictos en su interpretaciَn de la costumbre y menos condescendientes con las cosas infrecuentes. Pero la mayorيa de las bandas que encontraron consistيan en niٌ os con cara de niٌa y brazos débiles. Si la visiَn de los brazos cubiertos de cicatrices de Cnaiur no les atemorizaba y mostraban una balbuciente deferencia, adoptaban posturas similares a las de los jَvenes: se enorgullecيan al remedar las palabras y las maneras de sus padres, ya muertos. Asentيan fingiendo sabidurيa al oيr las explicaciones de Cnaiur y miraban mal a los que hacيan preguntas infantiles. Pocos hab يan visto el Imperio, de modo que para ellos seguيa siendo un lugar m لgico. Todos, en algْn momento, le pidieron que vengara las muertes de sus parientes. Cnaiur no tardَ en desear esos encuentros. Eran una oportunidad de evadirse. La estepa se expandيa ante Cnaiur y Kellhus sin apenas nada a lo que prestar atenciَn. Indiferentes a su propia desolaciَn, los prados se tornaron mلs densos y verdes. Flores moradas no mayores que una uٌa de Cnaiur se inclinaban al viento, que peinaba la hierba y trazaba ondulaciones en la distancia. Con su odio convertido en aburrimiento, Cnaiur observaba cَmo las sombras de las nubes navegaban pesadamente hacia el horizonte. Y a pesar de que sabيa que cabalgaban a través del corazَn de la estepa de Jiunati, le parecيa estar haciéndolo por una tierra extraٌa. El noveno dيa de su viaje, se despertaron y hallaron los cielos preٌ ados. Empezَ a llover. En la estepa, la lluvia parecيa infinita. El gris impregnaba las distancias, hasta tal punto que les parecيa que viajaban a través del vacيo. El norteٌo se girَ hacia él con la mirada perdida en las cuencas bajo las cejas. Mechones de pelo negro se rizaban en su barba y encuadraban su estrecha cara. --Hلblame --dijo Kellhus-- de Shimeh. Insistiendo, siempre insistiendo. «Shimeh... ؟Moraba realmente all يMoenghus?» --Es sagrada para los inrithi --respondiَ Cnaiur, manteniendo la cabeza inclinada bajo la lluvia--, pero est لen manos de los fanim. --No se molestَ en alzar la voz por encima del terrible rugido: sabيa que el hombre le oirيa. --؟Cَmo sucediَ? Cnaiur sopesَ esas palabras con cuidado, como si las probara para comprobar que no estaban envenenadas. Habيa decidido racionar lo
que le dirيa y no le dirيa al dunyaino acerca de los Tres Mares. ؟Quién sabيa qué armas podيa el hombre blandir gracias a eso? --Los fanim --respondiَ cautelosamente-- se han impuesto la misiَn de destruir el Colmillo en Sumna. Han guerreado durante muchos aٌos contra el Imperio. Shimeh no es sino una de entre muchas recompensas. --؟Conoces bien a los fanim? --Bastante bien. Hace ocho aٌos, lideré a los utemot contra ellos en Zirkirta, muy lejos al sur de aquي. El dunyaino asintiَ. --Tus esposas me dijeron que no fuisteis derrotados en el campo de batalla. «؟Anissi? ؟Le dijiste eso?» Podيa verla traicionلndole de muchas maneras, aun creyendo que estaba beneficiلndole. Cnaiur apartَ su cara y observَ cَmo la hierba se cubrيa de gris. ةl sabيa que esos comentarios eran solamente un intento de jugar con su vanidad. Ya no respondيa a nada remotamente يntimo. Kellhus regresَ a su sendero anterior. --Decيas que los fanim tratan de destruir el Colmillo. ؟Qué es el Colmillo? La pregunta sorprendiَ a Cnaiur. Hasta el mلs ignorante de sus primos sabيa qué era el Colmillo. Quiz لsolamente trataba de comparar sus respuestas con las de otros. --La primera escritura de los hombres --le dijo a la lluvia--. Hubo una época, antes del nacimiento de Lokung, en la que hasta el Pueblo de la Guerra estaba unido al Colmillo. --؟Vuestro Dios naciَ? --S ;يhace mucho tiempo. Fue nuestro Dios quien sembrَ la devastaciَn en las tierras del norte y se las dio a los sranc. --Inclinَ la cabeza hacia atrلs y hacia adelante, y por un instante, saboreَ el impacto del agua frيa en la frente y la cara. Sabيa dulce en sus labios. Sentيa cَmo el dunyaino le observaba, cَmo estudiaba su perfil. «؟Qué ves?» --؟Qué hay de los fanim? --preguntَ Kellhus. --؟Qué pasa con ellos? --؟Dificultarلn nuestro paso por sus tierras? Cnaiur reprimiَ la necesidad de mirar al hombre. A propَsito o no, Kellhus habيa sacado a colaciَn una cuestiَn que le habيa tenido preocupado desde que habيa decidido emprender esa bْsqueda. Ese d يa-- parecيa ya tan lejano--, escondiéndose entre los muertos en
Kiyuth, Cnaiur habيa oيdo a Ikurei Conphas hablar de una Guerra Santa inrithi. Pero ؟una Guerra Santa contra quién?: ؟contra las Escuelas o contra los fanim? Cnaiur habيa elegido su ruta con cuidado. Habيa decidido que cruzarيan las montaٌas Hethanta en direcciَn al Imperio, a pesar de que un scylvendio solitario no podيa esperar vivir mucho entre los nansur. Habrيa sido mejor evitar completamente el Imperio, viajar hacia el sur, en direcciَn al nacimiento del rيo Sempis, que podrيan haber seguido después directamente hacia Shigek. Se rumoreaba que los fanim eran sorprendentemente tolerantes con los peregrinos. Pero si los inrithi estaban en verdad preparando una Guerra Santa contra Kian, esa ruta habrيa sido desastrosa, especialmente para Kellhus, con su cabello rubio y su piel pلlida... No. Necesitaba, por alguna razَn, descubrir algo mلs de esa Guerra Santa antes de penetrar en el sur profundo, y cuanto mلs se acercaran al Imperio, mayores probabilidades tendrيa de dar con ese conocimiento. Si los inrithi no habيan declarado una Guerra Santa contra los fanim, podrيan bordear las fronteras del Imperio y llegar a tierras fanim indemnes. Si habيan emprendido la Guerra Santa, en todo caso, probablemente se verيan obligados a cruzar el Nansurium, una perspectiva que tenيa a Cnaiur atemorizado. --Los fanim son un pueblo belicoso --respondiَ finalmente Cnaiur, que utilizaba la lluvia como débil excusa para no mirar al hombre--. Pero me han dicho que son tolerantes con los peregrinos. No se molestَ en mirar o hablar a Kellhus durante un rato, aunque algo en su interior se mantuvo encogido durante todo ese tiempo. Cuanto mلs evitaba mirar a ese hombre, mلs temible le parecيa volverse. Le resultaba mلs divino. «؟Qué ves?» Cnaiur se apretَ los ojos con los dedos para hacer que desaparecieran las imلgenes de Bannut. La lluvia durَ un dيa mلs antes de convertirse en una llovizna que velaba las lejanas laderas con capas de niebla. Otro dيa pasَ antes de que se secara su lana y su cuero. No mucho después, Cnaiur se obsesionَ con la idea de matar al dunyaino mientras durmiera. Habيan estado hablando de hechicerيa, con mucho el tema mلs frecuente de sus escasas conversaciones. El dunyaino se referيa a ella constantemente, incluso le hablaba a Cnaiur de una derrota que habيa sufrido a manos de un guerrero-mago nohombre en el lejano norte. Al principio Cnaiur habيa dado por hecho
que esa preocupaciَn era debida a algْn miedo del dunyaino, como si la hechicerيa fuera laْ nica cosa que su dogma no era capaz de digerir. Pero entonces se le ocurriَ que Kellhus sabيa que él consideraba inofensivo hablar de hechicerيa y que por eso la utilizaba, para romper el silencio con la esperanza de conducirle hacia temas mلsْ tiles. Hasta la historia del nohombre, advirtiَ Cnaiur, era probablemente otra mentira, una falsa confesiَn pronunciada con el objetivo de implicarle en un intercambio de confesiones. Después de descubrir esteْ ltimo ardid, pensَ incomprensiblemente: «Cuando se duerma... Esta noche le mataré cuando se duerma». Y siguiَ pensando eso a pesar de que sabيa que no podيa matarle. Sَlo sabيa que Moenghus habيa llamado a Kellhus a Shimeh. Era improbable que le encontrara jamلs sin Kellhus. Sin embargo, la noche siguiente se deslizَ de sus mantas y se arrastrَ sobre los frيos pastos con su sable. Se detuvo junto a las ascuas del fuego mirando las formas inertes del hombre. Respiraciَn regular. El rostro resultaba tan tranquilo de noche como impلvido de dي a. ؟Estaba despierto? «؟Qué clase de hombre eres tْ?» Como un niٌo aburrido, Cnaiur peinَ las puntas de las hojas de hierba circundantes con el filo de la espada, observando cَmo se doblaban y después cَmo se enderezaban bajo la luz de la luna. En la mente se le aparecieron distintas posibilidades: su golpe detenido por las palmas desnudas de Kellhus; su golpe detenido por la traiciَn de su propia mano; los ojos de Kellhus abriéndose y una voz procedente de ninguna parte diciendo: «Te conozco, scylvendio..., mلs que cualquier amante, cualquier Dios». Se puso de cuclillas y se colocَ sobre el hombre durante lo que pareciَ un largo rato. Después, presa de un ataque de duda y furia, regresَ arrastrلndose a sus mantas. Temblَ durante un buen rato, como si fuera de frيo. Durante las dos semanas siguientes, las grandes mesetas del interior de Jiunati se fueron transformando gradualmente en una sucesi َn de abruptas pendientes. El suelo se tornَ arcilloso, y la hierba creciَ hasta rozar los flancos de los caballos. Las abejas hacيan garabatos a poca distancia, y grandes nubes de mosquitos les asaltaban cuando cruzaban las aguas estancadas. Cada dيa, sin embargo, la estaciَn parecيa batirse en retirada. El suelo se volviَ mلs pedregoso, la hierba mلs baja y pلlida, y los insectos mلs letلrgicos. --Estamos ascendiendo --seٌalَ Kellhus.
Pese a que el terreno habيa alertado a Cnaiur de su acercamiento, Kellhus fue el primero en advertir las montaٌas Hethanta en el horizonte. Como siempre le sucedيa al contemplar las montaٌas, Cnaiur percibi e َl Imperio al otro lado, un laberinto de lujosos jardines, vastos campos y ciudades antiguas, vetustas. En el pasado, el Nansurium habيa sido el destino de los peregrinajes estacionales de su tribu, un lugar de hombres que gritaban, casas de campo en llamas y mujeres temblorosas; un lugar de castigo y culto. Pero Cnaiur pensَ que en esa ocasiَn el Imperio serيa un obstلculo, quiz لun obstلculo insalvable. No se habيan encontrado con nadie que supiera de la Guerra Santa, y parecيa que iban a estar obligados a cruzar las Hethanta y entrar en el Imperio. Cuando vislumbrَ el primer yaksh en la distancia, se sintiَ mucho mل s alentado de lo que un hombre debيa sentirse. Por lo que él sabيa, cabalgaban por tierras de Akkunihor. Si alguien sabيa si el Imperio estaba librando una Guerra Santa contra Kian, serيan los akkunihor, que eran el tamiz por el que pasaban muchos peregrinajes. Sin mediar palabra, tirَ de su caballo hacia el campamento. Kellhus fue el primero en ver que algo sucedيa. --Este campamento --dijo en tono apagado-- est لmuerto. «El dunyaino tiene razَn», pensَ Cnaiur. Vio varias docenas de yaksh, pero a ningْn hombre ni ninguna cabeza de ganado, lo que era m لs revelador. Los pastos por los que cabalgaban no habيan sido pacidos. Y el campamento tenيa el aspecto vacيo y seco de las cosas abandonadas. Su euforia se tornَ en disgusto. Ningْn hombre normal. Ninguna charla normal. Ninguna escapatoria. --؟Qué ha pasado? --preguntَ Kellhus. Cnaiur escupiَ sobre la hierba. Sabيa lo que habيa sucedido. Después del desastre de Kiyuth, los nansur habيan asaltado esas tierras. Algْn destacamento habيa topado con ese campamento y habي a asesinado o esclavizado a todo el mundo. Akkunihor. Xunnurit era akkunihor. Quiz لtoda su tribu habيa sido eliminada. --Ikurei Conphas --dijo Cnaiur, levemente impresionado por lo poco importante que ese nombre habيa llegado a ser para él--. Esto lo ha hecho el sobrino del Emperador. --؟Cَmo lo sabes? --preguntَ Kellhus--. Quiz لlos habitantes ya no necesitaban este lugar. Cnaiur se encogiَ de hombros, sabedor de que no era asي. Aunque algunos lugares de la estepa podيan ser abandonados, las cosas no
podيan serlo, al menos no por parte del Pueblo de la Guerra. Todo era necesario. Entonces, con una certeza imposible, se dio cuenta de que Kellhus le matarيa. Las montaٌas estaban a escasa distancia y la estepa se extendيa tras ellos. Tras ellos. El hijo de Moenghus ya no le necesitaba. «Me matar لmientras duerma.» No, tal cosa era imposible. No, después de viajar durante tanto tiempo, ،de superar tantas cosas! Deberيa utilizar al hijo para encontrar al padre. ،Era laْ nica forma! --Debemos cruzar las Hethanta --declarَ, simulando inspeccionar el yaksh desolado. --Tienen un aspecto imponente --respondiَ Kellhus. --Sي..., pero yo conozco el camino mلs corto.
Esa noche acamparon entre los yaksh abandonados. Cnaiur rechazَ todo intento de Kellhus de entablar conversaciَn y se limitَ a escuchar el aullido de los lobos de las montaٌas y a sacudir la cabeza cada vez que se oيa un crujido procedente de los yaksh que les rodeaban. Habيa llegado a un trato con el dunyaino: libertad y pasaje seguro a través de la estepa a cambio de la vida de su padre. Entonces, con la estepa ya casi a su espalda, parecيa haber sabido siempre que el trato era una farsa. ؟Cَmo podيa no haberse dado cuenta? ؟No era Kellhus el hijo de Moenghus? ؟Y por qué habيa decidido cruzar las montaٌas? ؟Era realmente para descubrir si el Imperio se habيa embarcado en una Guerra Santa, o para prolongar la mentira que habيa estado persiguiendo? Utiliza al hijo. Utiliza al dunyaino... ،Qué idiota! Aquella noche no durmiَ. Tampoco lo hicieron los lobos. Antes del amanecer, se deslizَ de la total oscuridad del yaksh y se acurrucَ entre semillas. Encontrَ el crلneo de un niٌo y llorَ; gritَ a los ribetes, a la madera, a las superficies ocultas; dio puٌetazos a la traicionera tierra que tenيa bajo los pies. Los lobos se rieron y aullaron nombres despreciables, nombres odiosos. Después, llevَ sus labios al suelo y respirَ. Le percibiَ escuchando en
alguna parte, all يfuera. Le percibiَ sabiendo. ؟Qué veيa? No importaba. El fuego ardيa. Y tenيa que ser alimentado. Uno miente si resulta necesario. Para que el fuego ardiera con la verdad. Sَlo el fuego. Tan frيo contra los ojos hinchados. La estepa. La estepa sin caminos.
Partieron del campamento desierto al amanecer. Sus caballos trotaron a través de los pastos, pespunteados aqu يy all لpor trozos de piel y huesos podridos. Ninguno de los dos hablَ. Las Hethanta se alzaban hacia el cielo de levante. Las laderas se volvيan mلs empinadas y siguieron las tortuosas lيneas del risco para conservar sus caballos. A mediodيa, ya se habيan adentrado en las estribaciones. Como siempre, Cnaiur encontrَ el cambio de terreno inquietante, como si los aٌos hubieran tatuado los horizontes lineales y los grandes cielos abovedados en su corazَn. En las colinas, se podيa esconder cualquier cosa o cualquier hombre; en las colinas, uno tenيa que encontrar cimas para ver. «Territorio dunyaino», pensَ. Como si trataran de confirmar esos pensamientos, las cumbres de la siguiente cresta revelaron alrededor de una veintena de jinetes en la distancia; descendيan por el mismo sendero que ellos recorrيan de camino a las alturas. --Mلs scylvendios --seٌalَ Kellhus. --Sي. Regresan de una peregrinaciَn. --؟Sabrيan algo de la Guerra Santa? --؟Qué tribu? --preguntَ Kellhus. La cuestiَn despertَ las sospechas de Cnaiur. Era demasiado... scylvendia para un extranjero. --Ya veremos. Quienquiera que fueran los jinetes, estaban tan preocupados como él por la repentina apariciَn de extraٌos. Unos cuantos se pusieron a galopar hacia ellos, mientras el resto descabalgaba lo que parecيa ser un grupo de cautivos. Los estudiَ mientras se aproximaban en busca de las reveladoras seٌales que identificaran su tribu. Se dio cuenta en seguida de que eran hombres y no niٌos, pero ninguno de ellos llevaba casco de guerra kianene, lo cual significaba que eran demasiado jَvenes
para haber combatido contra los fanim en Zirkirta. Entonces, vio la pintura blanca veteando su cabello. Eran munuati. Imلgenes de Kiyuth le asaltaron: miles de munuati corriendo a través de llanuras humeantes entre los fuegos hechiceros del Saik Imperial. Aquellos hombres habيan logrado sobrevivir de algْn modo. Cnaiur sَlo tuvo que vislumbrar a su lيder para saber que no le iba a gustar. Incluso a distancia, proyectaba una impaciente arrogancia. Obviamente, el dunyaino vio eso mismo y mلs. --El que va delante --dijo-- ve una oportunidad para probarse a sي mismo. --Lo sé. No digas nada. Los desconocidos tiraron de sus riendas y se detuvieron armando un gran escلndalo ante ellos. Cnaiur advirtiَ las swazond recién hechas en sus brazos. --Soy Panteruth urs Mutkius, de los munuati --declarَ el lيder--. ؟ Quiénes sois vosotros? --Sus seis parientes se apelotonaron tras él, observando con un aire de poco disimulado bandidaje. --Cnaiur urs Skiotha... --؟De los utemot? --Panteruth los escudriٌَ, mirando con recelo los swazond que cubrيan los brazos de Cnaiur; luego, observَ a Kellhus. Escupiَ a la manera scylvendia--. ؟Quién es éste? ؟Tu esclavo? --Es mi esclavo, sي. --؟Le permites llevar armas? --Naciَ en mi tribu. Me pareciَ prudente. La estepa se ha convertido en un lugar desesperado. --Ciertamente --espetَ Panteruth--. ؟Qué dices, esclavo? ؟Naciste entre los utemot? Esa presunciَn sorprendiَ a Cnaiur. --؟Dudas de mi palabra? --La estepa se ha convertido en un lugar desesperado, como decي as, utemot. Yْ ltimamente se ha hablado de espيas... Cnaiur soltَ una risotada. --؟Espيas? --؟Cَmo si no podrيan habernos vencido los nansur? --Gracias a su ingenio. Por la fuerza de sus armas. Mediante la astucia. Yo estaba en Kiyuth, mocoso. Lo que sucediَ no tuvo nada que ver con... --،También yo estuve en Kiyuth! ،Lo que yo vi sَlo puede explicarse por la traiciَn! Su tono no dejaba lugar a dudas: la ofensa deliberada de quien
desea verter sangre. Cnaiur empezَ a sentir un cosquilleo en las extremidades. Mirَ a Kellhus, sabedor de que el dunyaino verيa en su expresiَn todo lo que necesitaba saber. Después, se volviَ hacia los munuati. --؟Sabéis quién soy? --dijo, no sَlo a Panteruth sino también a sus hombres. Eso pareciَ desconcertar al joven guerrero. Pero se recuperَ rل pidamente. --Hemos oيdo las historias. No hay un solo hombre en la estepa que no se haya reيdo del nombre de Cnaiur urs Skiotha. Cnaiur le dio un fuerte puٌetazo en el lado de la cabeza. Un instante de locura; después, una violencia caَtica. Cnaiur espoleَ hacia Panteruth, le golpeَ por segunda vez con el puٌ o y lo derribَ de su montura. Entonces, tirَ del caballo hacia la derecha y alelلndose de los desconcertados compatriotas del hombre, desenvainَ el sable. Cuando los demلs espolearon hacia él, se lanzَ hacia ellos y acabَ con dos antes de que hubieran desenvainado las espadas. Se agachَ para esquivar el barrido del tercero, y luego dio una estocada, le clavَ la espada en el esternَn y le partiَ en dos el corazَn. Se dio la vuelta en busca del dunyaino. Kellhus estaba a escasa distancia de él. Un caballo piafaba con tres cuerpos inertes a sus pies. Por un instante, se miraron a los ojos. --Vienen los demلs --dijo Kellhus. Cnaiur se girَ. Vio cَmo el resto de la banda de Panteruth se abrيa en abanico ladera abajo, cabalgando rلpidamente hacia ellos. Gritos munuati cruzaban el aire. Cnaiur envain َla espada y cogi e َ l arco; después, desmont .َ Resguardلndose tras la mole de su caballo, se hizo con una de sus flechas, tir d َ e la cuerda de tripa y derrib a َ uno de los jinetes con una flecha en el ojo. Con otra flecha, un segundo jinete se dobl sَ obre su montura, agarrلndose un brazo ensangrentado. Flechas que sonaban como cuchillos cortando lino sisearon a su alrededor. De repente, su caballo grit ,se َ ech a َ cabalgar y pate ;Cnaiur َ cay h َ acia atrلs y tropez َ con los caيdos. Después, entre las piernas de su caballo remolَn, vislumbrَ al dunyaino. Mلs all لde Kellhus, los jinetes que se aproximaban se habيan abierto como una mano: ocho de ellos, a modo de palma, trataban de derribar desde muy cerca al dunyaino, mientras que los otros cinco, que hacيan de dedos, galopaban alrededor de su flanco y disparaban flechas a poca distancia. Las saetas titilaban sobre la hierba. Las que
erraban el blanco caيan pesadamente sobre el suelo; las otras, simplemente, eran desviadas de su trayectoria... por el dunyaino. Kellhus se puso en cuclillas, cogiَ una pequeٌa hacha de la silla de un caballo muerto y la lanzَ trazando un لngulo perfecto sobre la pendiente. Como si estuviera dirigida por una cuerda, se clavَ en la cara del jinete mلs cercano. Su cadلver cayَ rodando como un pesado fardo de cuerda entre las patas del caballo del siguiente arquero. El caballo de éste se tropezَ, pateَ el suelo y cayَ agitلndose. Habيan cortado los dedos, pero la palma seguيa descendiendo con gran estruendo por la ladera. Por un instante, el dunyaino permaneciَ inmَvil, con la espada curva hacia adelante, mientras los caballos, acercلndose, aporreaban el suelo con sus cascos... «Est لmuerto», pensَ Cnaiur, que se puso en pie. Los caballeros estaban prلcticamente sobre él. El dunyaino desapareciَ, tragado por los huecos sombrيos que hab يa entre los jinetes. Cnaiur vislumbrَ destellos de metal. Los tres caballos que galopaban justo enfrente de Cnaiur tropezaron, patearon al aire y cayeron al suelo. Cnaiur se deslizَ; vislumbrَ torsos estallando y hombres aplastados. Un casco que se agitaba le golpeَ el muslo y cayَ de cabeza contra el suelo. Hizo una mueca y se cogiَ la pierna herida mientras trataba de ponerse en pie con la otra. Un golpe. Una flecha se clavَ en el suelo junto a él. Otro zumbido. Otra. Los otros jinetes munuati pasaron junto a él a toda velocidad, virando para esquivar a sus parientes caيdos. Se estaban preparando en el otro lado de la ladera para un nuevo asalto. Maldiciendo, Cnaiur se puso en pie trabajosamente --otra flecha--, cogiَ un escudo redondo del suelo y se echَ a correr hacia el arquero munuati. Mientras corrيa, desenvainَ el sable. Un golpe brusco. La punta metلlica de una flecha se clavَ en el cuero laminado del escudo. Una segunda le alcanzَ en la cadera y rebotَ en los discos de hierro de su faja. Cnaiur se lanzَ hacia la derecha y se valiَ del primer arquero para cubrirse del segundo. ؟Dَnde estaba el tercero? Oyَ los feroces gritos de los jinetes munuati a su espalda. Tenيa saliva densa y amarga en la boca. Las piernas le latيan. El arquero se acercaba mientras hacيa girar el caballo para atacarle de frente. Colocَ otra flecha en el arco, pero se dio cuenta de la inutilidad, y estirَ frenéticamente el brazo por encima de su hombro para coger el sable... Cnaiur se arrastrَ, gritando como un salvaje, y clavَ la espada en la mancha peluda de la axila del hombre. Cogiéndolo por el pelo enmara
ٌ do, Cnaiur le hizo caer de la silla. El otro arquero montado corriَ hacia él a con la espada envainada. Cnaiur meti َun pie en el estribo, se impuls yَ salt sَ obre la silla. Cogi a َ l vuelo al estupefacto jinete y se lo llev a َ l suelo con él. Pese a estar sin aliento, el hombre forceje yَ trat d َ e coger el cuchillo. Cnaiur le dio un cabezazo y sinti cَ َmo el cuero cabelludo se abrيa a la altura del borde del casco del hombre. Habيa perdido el suyo. Le dio otro cabezazo y percibiَ cَmo la nariz se rompيa bajo su frente. El munuati consiguiَ sacar el cuchillo, y Cnaiur lo cogiَ por la muٌeca. Respiraba trabajosamente, con la mirada imperturbable y los dientes apretados. Chirrido de pieles y armaduras. --Yo soy mas fuerte --gritَ Cnaiur, dلndole un nuevo cabezazo. El hombre no tenيa miedo en los ojos; sَlo un odio terco. --،Mلs fuerte! Apret َel tembloroso brazo contra el suelo y retorci lَa muٌeca, hasta que el cuchillo se desliz e َ ntre sus dedos entumecidos. Le dio un nuevo cabezazo. Levant u َ na pierna. Un golpe seco. El tercer arquero. El muniati que habيa tras él gorjeَ y soltَ todas sus fuerzas. Una flecha lo habيa clavado al suelo por la garganta. Cnaiur oyَ unos cascos al galope y vislumbrَ una sombra inmensa. Se encogiَ y le llegَ el sonido del barrido de un sable. Se acurrucَ. Vio que el munuati se detenيa y que, al hacerlo, arrancaba grandes pedazos de suelo; después, espoleَ para volver hacia donde él estaba. Con la sangre cegلndole los ojos, Cnaiur buscَ en el suelo. ؟Dَnde estaba su espada? Sin pensar, Cnaiur agarrَ las riendas. Con todas sus fuerzas, tirَ de ellas para desequilibrar al caballo, que cayَ berreando al suelo. El estupefacto munuلti se alejَ rodando. Cnaiur golpeَ la hierba metَ dicamente y, al final, encontrَ la espada en un matojo. La cogiَ y detuvo el primer golpe del munuati con un resonante taٌido. La espada del hombre trazَ arcos brillantes en el cielo. El ataque era furioso, pero al cabo de un instante, Cnaiur le devolviَ el golpe y le hizo perder el equilibrio con una ferocidad extrema. El hombre trastabill َ. Y ése fue el fin. El munuati mirَ a Cnaiur con una expresiَn estْpida y se inclinَ para recoger su arma. Y también perdiَ la cabeza. «Soy mلs fuerte.» Con el pecho palpitante, Cnaiur escrutَ el pequeٌo campo de batalla,
afligido por el temor de que Kellhus estuviera muerto. Pero encontrَ al dunyaino en seguida: estaba solo entre un puٌado de muertos, con la espada en la misma posiciَn, esperando la embestida de un solitario lancero munuati. Inclinلndose hacia adelante con su lanza, el jinete aullَ, dando voz a la furia de la estepa a través del golpeteo de los cascos de su caballo. «Lo sabe --pensَ Cnaiur--. Sabe que va a morir.» Bajo su mirada, el dunyaino cogiَ la punta de hierro de la lanza del hombre con su espada y la empujَ hacia el suelo. La lanza se clavَ, y el hombre fue arrojado hacia atrلs en mitad de su canto. El dunyaino saltَ, levantَ el pie enfundado en una sandalia por encima de la cabeza del caballo y le pegَ una patada al jinete en plena cara. El hombre cayَ y se tambaleَ sobre la hierba, donde la espada del dunyaino puso fin a sus espasmos. «؟Qué clase de hombre...?» Anasurimbor Kellhus se detuvo sobre el cadلver, como si estuviera memorizلndolo. Después, se girَ hacia Cnaiur. Bajo su pelo agitado por el viento, vetas de sangre le recorrيan la cara, de tal modo que por un momento pareciَ tener algo semejante a una expresiَn. Tras él, las negras escarpaduras de las Hethanta se erguيan hacia el cielo.
Dando zancadas por entre los caيdos, Cnaiur fue silenciando a los heridos. Finalmente, llegَ a Panteruth, que se arrastraba hacia la cresta. Mand َla desesperada espada del hombre silbando sobre la hierba y después clav lَa suya en el suelo. Lo pate sَ alvajemente, y luego tir d َ e él para ponerlo a sus pies como si fuera un muٌeco. Le escupi e َ n la cara partida y le mir a َ los ojos empaٌados y ensangrentados. lo fلcilmente que el Pueblo de la --؟Lo ves, munuati? --grit ؟.--Ves َ Guerra es destrozado? ،Espيas-- !Escupi، .--Una َ excusa de mujer! Con la mano abierta, le dio una bofetada que lo mandَ al suelo. Le volviَ a dar una patada movido por la oscura furia que ensordecيa su corazَn. Le golpeَ hasta que el hombre gritَ y lloriqueَ. --؟Qué? ؟Lloras? --gritَ Cnaiur--. ،Tْ, que me llamaste traidor a mi tierra! --Lanzَ con fuerza su mano contra la garganta del hombre--. ،Ahَ gate! --grit، .--َAhَgate! El hombre gorjeَ y soltَ susْ ltimas fuerzas. El suelo retumbَ con la furia de Cnaiur. El cielo parpadeَ.
Lanzَ al hombre quebrado al suelo. Una muerte vergonzosa. Una muerte adecuada. Panteruth urs Mutkius no volverيa a la tierra.
Desde la distancia, Kellhus observَ cَmo Cnaiur envainaba la espada. El llanero se dirigiَ hacia él, caminando con un extraٌo cuidado entre los cadلveres. Tenيa los ojos salvajes, brillantes bajo un cielo nublado. «Est لloco.» --Hay mلs --dijo Kellhus--. Encadenados en el camino, mلs abajo. Mujeres. --Nuestra recompensa --dijo Cnaiur, evitando el escrutinio del monje. Pasَ junto a Kellhus de camino a los llantos. De pie, con las muٌecas encadenadas, Serwe gritaba mientras la figura se le acercaba. --،Por favoor! Las otras chillaron cuando se dieron cuenta de que era un scylvendio el que caminaba hacia ellos, un scylvendio distinto: mلs brutal, incluso oscuro visto a través de sus ojos llenos de lلgrimas. Se apiٌaron tras Serwe a tanta distancia como las cadenas les permitieron. --،Por favoor! --gritَ Serwe de nuevo mientras la inmensa figura se acercaba, empapada en la sangre de sus parientes--. ،Tienes que salvarnos! Pero entonces vislumbrَ los ojos sin piedad del hombre. El scylvendio le dio una bofetada que la mandَ al suelo.
--؟Qué harلs con ella? --le preguntَ Kellhus, mirando a la mujer acurrucada desde el otro lado del fuego. --Me la quedaré --dijo Cnaiur, arrancando otro bocado de carne de caballo de la costilla que tenيa en las manos--. Hemos hecho un trabajo muy sangriento --prosiguiَ, masticando--. Ahora ella es mi recompensa. De repente, el llanero se puso en pie y lanzَ la reluciente costilla al fuego; después, se arrodillَ junto a la mujer. --Es tan bonita --dijo casi distraيdamente. La mujer se estremeciَ al tacto de la mano tendida. Sus cadenas repiquetearon. ةl la cogiَ y, al hacerlo, le manchَ de grasa la mejilla.
«Le recuerda a alguien. A una de sus esposas... Anissi, laْ nica a la que se atreve a amar.» Kellhus observَ cَmo el scylvendio la tomaba de nuevo. Con el llanto de ella, con sus gritos, parecيa que la tierra estuviera girando lentamente, como si las estrellas hubieran detenido su ciclo y fuera la tierra la que hubiera empezado a girar. Habيa algo allي..., algo; podيa percibirlo. Habيa algo ultrajado. ؟De qué oscuridad procedيa aquello? «Algo me est لpasando, Padre.» Después, el scylvendio la puso de rodillas ante él. Rodeَ su hermoso rostro con la palma de la mano y lo volviَ hacia el fuego. Pas َ sus gruesos dedos por el cabello dorado. Le murmur a َ lgo en un idioma incomprensible. Kellhus observ cَ َmo los ojos hinchados se alzaban hacia el scylvendio, aterrorizados por haber comprendido ة.l grit a َ lgo mل s, y ella hizo un gesto de dolor bajo la mano que la sostenيa. --Kufa... Kufa... --dijo ella entre jadeos. Y se puso a llorar de nuevo. Mلs preguntas severas, a las que ella respondiَ con la timidez de los apaleados; levantَ la mirada un instante hacia aquella cruel cara y la bajَ en seguida. Kellhus mirَ su alma a través de su expresiَn. «Ha sufrido mucho», pensَ, tanto que hacيa tiempo que habيa aprendido a ocultar el odio y la resoluciَn bajo la mلscara de un abyecto temor. Su mirada se encontrَ un instante con la de él, y después la retirَ hacia la oscuridad que la rodeaba. «Quiere estar segura de que sَlo somos dos.» El scylvendio le sujetَ la cabeza con las dos manos cubiertas de cicatrices. Mلs palabras incomprensibles en una voz gutural preٌada de amenazas. La soltَ, y ella asintiَ. Sus ojos azules brillaron en el refulgente fuego. El scylvendio sacَ un pequeٌo puٌal de su polaina y empezَ a forcejear con el blando hierro de las esposas. Al cabo de un rato, las cadenas cayeron repiqueteando al suelo. Ella se frotَ las muٌecas magulladas y volviَ a mirar a Kellhus. «؟Tiene la valentيa?» El scylvendio la dejَ y regresَ a su lugar ante el fuego, junto a Kellhus. Hacيa algْn tiempo que habيa dejado de sentarse frente a él; Kellhus sabيa que era para impedirle que le leyera el rostro. --؟As يque la has liberado? --preguntَ Kellhus, sabiendo que no era asي. --No. Ahora lleva unas cadenas distintas. --Al cabo de un momento, aٌadiَ:-- Las mujeres son fلciles de doblegar. «No se lo cree.»
--؟En qué idioma hablabais? --Una pregunta verdadera. --Sheyico. El idioma del Imperio. Ella era una concubina nansur, hasta que los munuati la cogieron. --؟Qué le has preguntado? El scylvendio le mirَ con severidad. Kellhus observَ el pequeٌo drama que habيa en su expresiَn: una borrasca de significados. Recordaba al odio, pero también a una previa resoluciَn. Cnaiur habيa decidido de antemano cَmo manejar ese momento. --Le he preguntado por el Nansurium --dijo finalmente--. Hay un gran movimiento en el Imperio, en todos los Tres Mares. Un nuevo Shriah gobierna los Mil Templos. Va a haber una Guerra Santa. «No le ha dicho esto; sَlo se lo ha confirmado. ةl lo sabيa antes.» --Una Guerra Santa... ؟Contra quién? El scylvendio tratَ de juzgarlo, de sondear la mلscara burlona que llevaba por cara. Kellhus se habيa ido preocupando cada vez mلs por la sagacidad de las intuiciones no dichas del scylvendio. El hombre sab يa incluso que tenيa planeado matarle... Entonces, algo extraٌo cruzَ la expresiَn de Cnaiur. La comprensiَn de alguna cosa, seguida de un temor sobrenatural cuyos motivos escapaban a Kellhus. --Los inrithi se estلn reuniendo para castigar a los fanim --dijo Cnaiur--, para retomar sus perdidas tierras santas. --Un ligero asco coloreَ su tono. Como si un lugar pudiera ser sagrado--. Para reconquistar Shimeh. «Shimeh... El hogar de mi padre.» Otra muesca. Otra correspondencia de causa. Las implicaciones de su misiَn florecieron en su intelecto. «؟Es ésta la razَn por la que me has llamado, Padre? ؟Por la Guerra Santa?» El scylvendio se habيa girado para ver a la mujer a través del fuego. --؟Cَmo se llama? --preguntَ Kellhus. --No se lo he preguntado --respondiَ Cnaiur mientras cogيa otro pedazo de carne de caballo.
Con las extremidades perfiladas por un refulgente lecho de carbones, Serwe cogi َel cuchillo que el hombre habيa utilizado para desollar el caballo. En silencio, se puso en pie sobre la forma durmiente del scylvendio. El hombre dormيa profundamente y su respiraciَn era
regular. Alz e َ l cuchillo a la luna con las manos temblorosas. Dudَ... recordando el momento en que la habيa cogido, su mirada. Esos desquiciados ojos habيan mirado a través de ella como si fuera cristal, transparente a su deseo. ،Y su voz! Habيa gritado palabras elementales: --Si te vas, te daré caza, muchacha. Puedes estar tan segura de eso como de la muerte. Te encontraré... Te haré mلs daٌo del que jamلs te han hecho. Serwe cerrَ los ojos con fuerza. «،Clava-clava-clava-clava!» El metal se hundiَ... Fue detenida por una mano llena de duricias. Una segunda mano le tap َla boca y reprimi u َ n grito. A través de las lلgrimas, vio la silueta del segundo hombre barbado. El norsirai. Negَ con la cabeza lentamente. Sintiَ un pellizco y el cuchillo se deslizَ entre sus dedos entumecidos; el hombre lo cogiَ antes de que cayera sobre el scylvendio. Sintiَ que la levantaban y que la volvيan a dejar al otro lado de la hoguera encendida. A la luz, consiguiَ discernir los rasgos del hombre. Triste, tierno incluso. Negَ con la cabeza una vez mلs, como los ojos oscuros desbordantes de preocupaciَn..., de vulnerabilidad incluso. Le quitَ la mano de los labios lentamente; después, se la llevَ al pecho. --Kellhus --susurrَ, y luego asintiَ. Ella se cogiَ las manos y se le quedَ mirando sin mediar palabra. --Serwe --respondiَ finalmente, en un tono tan apagado como el de él. Las ardientes lلgrimas le caيan por las mejillas. --Serwe --repitiَ Kellhus suavemente. Levantَ la mano para tocarla, pero dudَ y se la llevَ al regazo. Por un instante, rebuscَ algo en la oscuridad que quedaba detrلs de él y, finalmente, sacَ una manta de lana todavيa caliente gracias al fuego. Estupefacta, se la cogiَ bajo el débil refulgir de la luna en sus ojos. ة l se dio la vuelta y se tumbَ de nuevo sobre la esterilla. En mitad de silenciosos y angustiados sollozos, se durmiَ.
Temor. Tiranizaba sus dيas. Acosaba sus sueٌos. El temor hacيa que sus pensamientos corretearan, revolotearan de un miedo al siguiente; que sus intestinos temblaran, sus manos se agitaran perpetuamente, con la
cara siempre flلccida por miedo a que un mْsculo tenso pudiera provocar el derrumbamiento definitivo. Primero con los munuati, y entonces con ese scylvendio mucho mل s oscuro, mucho mلs amenazador, cuyas piernas sobresalيan como ra يces por entre las rocas, cuyas palabras eran como truenos, cuyos ojos eran los de un asesino glacial. La obediencia instantلnea, incluso ante aquellos deseos que él no verbalizaba. Un punzante castigo, hasta para aquellas cosas que ella no hacيa. Golpes por su respiraciَn, por su sangre, por su belleza, por nada. Golpes por golpes. Estaba indefensa. Completamente sola. Hasta los Dioses la habي an abandonado. Temor. Serwe se puso en pie bajo el frيo de la maٌana, entumecida, exhausta de un modo que nunca comprenderيa. El scylvendio y su extraٌo norsirai habيan cargado losْ ltimos de sus vيveres robados en los caballos supervivientes de los munuati. Observَ cَmo el scylvendio se dirigيa a grandes zancadas hacia el lugar en el que habيa atado a las otras doce prisioneras de la corte Gaunum. Ellas cogieron sus cadenas en busca de un poco de comodidad y se encogieron de abyecto miedo. Ella las vio, las conocيa, pero le parecieron irreconocibles. Allي, la esposa de Barastas, que la odiaba casi tanto como la esposa de Peristus. Y mلs allل, Ysanna, que la habيa ayudado en los jardines hasta que el Patridomos la habيa juzgado demasiado hermosa. Serwe las conocيa a todas. Pero ؟quiénes eran? Las oيa llorar. No imploraban piedad --habيan cruzado las montaٌ as y ya sabيan hasta qué punto habيan dejado atrلs toda piedad--, sino cordura. ؟Qué hombre en su sano juicio destruye herramientasْ tiles? Esta podيa cocinar, con la otra podيa fornicar, y aquélla servirيa para ir a por mil esclavos escogidos al azar, sَlo si él la dejaba vivir... La joven Ysanna, con el ojo izquierdo cerrado a causa de la hinchazَn que le habيa provocado un puٌetazo de Cnaiur, estaba gritل ndole. --،Serwe, Serwe! ،Dile que normalmente no tengo este aspecto! ،Dile que soy guapa! ،Serwe, por favoor! Serwe apart َla mirada y simul n َ o oيr. Demasiado temor. No podيa recordar cuلndo habيa dejado de sentir las lلgrimas. Entonces, por alguna razَn, tenيa que probarlas antes de darse cuenta de que estaba llorando.
Sordo a sus gritos, el scylvendio se colocَ pisando fuerte entre ellas, golpeَ a las que le cogيan y soltَ las dos puntas de la ingeniosa estaca que los scylvendios utilizaban para atar a sus prisioneros al suelo. Levantَ primero una estaca del suelo, después la otra, y las soltَ con un gran estruendo. Las mujeres gemيan y se arrastraban a su alrededor. Cuando sacَ el cuchillo, algunas empezaron a gritar. Cogiَ la cadena de una de las que gritaban, Orra, una rechoncha esclava de la cocina. Los gritos se interrumpieron. Pero entonces, en lugar de matarla, empez َa rascar el débil hierro de las esposas como habيa hecho con Serwe la noche anterior. Estupefacta, Serwe mirَ al norsirai; ؟cَmo se llamaba?, ؟Kellhus? ةl la mirَ durante un grave pero alentador instante, y después apartَ la mirada. Orra estaba libre; sentada, se frotaba las muٌecas, atَnita. El scylvendio habيa empezado a liberar a otra. De repente, Orra se puso a correr ladera arriba; resultaba una figura absurda por su volumen y su desesperaciَn. Como nadie la siguiَ, se detuvo con el rostro angustiado. Se puso en cuclillas, mirando salvajemente a su alrededor, y a Serwe le recordَ el gato del Patridomos, que siempre tenيa demasiado miedo como para alejarse en exceso de su cuenco de comida por mucho que los niٌos lo atormentaran. Otras siete se unieron a Orra en su cautelosa vigilia, incluida Ysanna y la esposa de Barastas. Sَlo cuatro siguieron corriendo. Algo relacionado con eso dificultaba la respiraciَn. El scylvendio dejَ las cadenas y las estacas all يmismo, y regresَ donde estaban Serwe y Kellhus. El norsirai le preguntَ algo ininteligible. El scylvendio se encogiَ de hombros y mirَ a Serwe. --Los que las encuentren, que las utilicen --dijo, indiferente. Se lo habيa dicho a ella, y Serwe lo sabيa, porque el llamado Kellhus no hablaba sheyico. Se subiَ al caballo y estudiَ a las ocho mujeres restantes. --Seguidme --les gritَ con total naturalidad-- y os vaciaré los ojos con flechas. Entonces, como locas, las mujeres empezaron a llorar de nuevo, rogلndole que no las dejara. La esposa de Barastas incluso implorَ de nuevo las cadenas. Pero el scylvendio pareciَ no oيrlas. Le pidiَ a Serwe que montara en su caballo. Y ella se alegrَ. ،Se alegrَ de corazَn! Y las otras sintieron envidia. --،Aqu يSerwe! --oyَ que chillaba la esposa de Barastas--. ،Vuelve
aquي, puerca en celo! ،Eres mيa! ،Mيa! ،Maldita seas! ،Vuelve aqu!ي Cada una de las palabras golpeَ a Serwe como si fuera un puٌetazo y pasَ a través de su cuerpo para dejarla indemne. Vio que la esposa de Barastas caminaba hacia la caravana de caballos, moviendo las manos de un modo desquiciado. El scylvendio se girَ sobre su montura y sacَ el arco de la funda. Tensَ la cuerda y disparَ una flecha con un movimiento sin esfuerzo. La flecha alcanzَ a la mujer noble en la boca, le partiَ los dientes y se clavَ en las huecas humedades de la garganta. Cayَ hacia adelante como una muٌeca, agitلndose entre hierbajos y varas de oro. El scylvendio soltَ un gruٌido de aprobaciَn y siguiَ adentrلndose en las montaٌas. Serwe probَ las lلgrimas. «Nada de esto est لsucediendo», pensَ. Nadie sufrيa asي. No. Se temيa que pudiera ponerse a vomitar de miedo.
Las Hethanta se erigيan sobre ellos. Ascendieron con dificultad abruptas laderas de granito, se abrieron paso entre estrechos barrancos, bajo acantilados de rocas sedimentarias repletos de extraٌos fَsiles. Durante la mayor parte del tiempo, el camino seguيa un delgado riachuelo bordeado de pيceas y raquيticos pinos. Se encaramaron siempre mلs hacia arriba, rodeados de un aire cada vez mلs frيo, hasta que dejaron atrلs el musgo. El combustible de sus hogueras fue siendo cada vez mلs escaso. Las noches se volvieron terriblemente frيas. Se despertaron cubiertos de nieve en dos ocasiones. Durante el dيa, el scylvendio se adelantaba con su caballo, solo, y rara vez hablaba. Kellhus seguيa a Serwe. Ella se descubriَ hablando con él, movida por algo que habيa en su porte. Era como si la mera presencia del hombre fuera un indicio de intimidad, de confianza. Sus ojos la abrazaban, como si su mirada reparara de alguna forma el suelo hendido bajo sus pies. Ella le hablَ de su vida como concubina en Nansur, de su padre, un nymbricanio que la habيa vendido a la Casa Gaunum cuando habيa cumplido los catorce aٌos. Le describiَ los celos de las esposas de Gaunum, cَmo le habيan mentido acerca de su primer hijo diciéndole que habيa nacido muerto cuando Griasa, una vieja esclava shigekia, habيa visto cَmo lo estrangulaban en las cocinas. «Niٌos azules --le habيa susurrado la anciana al oيdo, con la voz quebrada por una ofensa casi demasiado tediosa para ser
mencionada--. Eso es todo lo que llevarلs, niٌa.» Eso, le explicَ Serwe a Kellhus, se convirtiَ en una morbosa broma compartida por todos los miembros del servicio doméstico, especialmente por las concubinas o esclavas con la fortuna de ser visitadas por sus amos. «Llevamos sus ni ٌos azules..., azules como los sacerdotes de Jukan.» Al principio, ella le hablaba del modo como de niٌa les hablaba a los caballos de su padre; el parloteo irreflexivo de alguien que era oيdo, pero no comprendido. Pronto, sin embargo, descubriَ que él sي comprendيa. Al cabo de tres dيas, empezَ a hacerle preguntas en sheyico, una lengua difيcil que ella sَlo habيa llegado a dominar después de aٌos de cautiverio en Nansur. Las preguntas la estremecي an, la llenaban de un deseo de responderlas apropiadamente. ،Y su voz! Era profunda, oscura y vinosa como el mar. Y cَmo pronunciaba su nombre, como si estuviera celoso de su sonido. Serwe; parecيa un ensalmo. En cuestiَn de unos pocos dيas, su cauteloso afecto se convirtiَ en sobrecogimiento. Por la noche, en cambio, pertenecيa al scylvendio. No podيa comprender la relaciَn existente entre esos dos hombres, a pesar de que pensaba en ello con frecuencia. Entendيa que su destino dependيa, de algْn modo, de ellos. Al principio, habيa dado por sentado que Kellhus era el esclavo del scylvendio, pero no era asي. El scylvendio, como advirtiَ finalmente, odiaba al norsirai, hasta le tenيa miedo. Actuaba como alguien que intenta preservarse de una contaminaciَn ritual. Al principio, esa idea la habيa entusiasmado. «،Tienes miedo! --aullaba en silencio a espaldas del scylvendio--. ،No eres distinto de m !ي،No eres mلs que yo!» Pero entonces aquello empezَ a preocuparle mucho. ؟Temido por un scylvendio? ؟Qué clase de hombre es temido por un scylvendio? Se atreviَ a preguntلrselo al hombre en persona. --Porque he venido --habيa respondido Kellhus-- a hacer un trabajo terrible. Ella le crey ؟.Cَ َ mo no iba a creer a un hombre como aquél? Pero habيa otras preguntas mلs dolorosas, preguntas que no se atrevيa a formular, a pesar de que se las hacيa cada noche con los ojos. «؟Por qué no me tomas? ؟Por qué no me conviertes en tu recompensa? ،Te tiene miedo!» Pero ella conocيa la respuesta. Ella era Serwe. No era nada. Le habيa costado comprender que, efectivamente, no era nada. Su infancia habيa sido feliz, tan feliz que entonces lloraba siempre que
pensaba en ella: recogiendo flores silvestres en las praderas de Cepalot, salpicando como una nutria en el rيo junto a sus hermanos, retozando alrededor de fuegos a medianoche. Su padre habيa sido indulgente, amable. Su madre la habيa cubierto de adoraciَn. --Serchaa, dulce Serchaa --le decيa--, eres mi preciosa bendiciَn, el baluarte que impide que se me rompa el corazَn. Serwe habيa creيdo ser algo entonces. Amada. Preferida por encima de sus hermanos. Feliz a la manera inconmensurable de los niٌ os que no tienen ningْn sufrimiento que poner en el otro platillo de la balanza. Habيa oيdo muchas historias de sufrimiento, sin duda, pero las penalidades que all يaparecيan eran siempre ennoblecedoras, estaban revestidas de moralejas y contenيan lecciones que ella ya hab يa aprendido. Ademلs, aunque el destino la traicionara, y ella estaba segura de que no lo harيa, permanecerيa inquebrantable y heroica, un faro de fortaleza para las almas que desfallecieran a su alrededor. Entonces, su padre la vendiَ al Patridomos de la Casa Gaunum. En su primera noche en el hogar Gaunum, habيa sido despojada de todas esas majaderيas. Comprendiَ rلpidamente que all يno habيa nada-- ningْn vicio, ninguna depravaciَn-- que ella no estuviera dispuesta a cometer para aplacar a los hombres y sus fuertes manos. Como concubina Gaunum, vivيa en un estado de perpetua ansiedad, atrapada entre el odio de las esposas Gaunum y los caprichosos apetitos de los hombres Gaunum. «No es nada --le decيan--. Nada. Sَlo otra hermosa chica norsirai sin ningْn valor.» A punto estuvo de creerles. Pronto empezَ a rezar por que ese o aquel hijo del Patridomos fuera a visitarla, hasta los que eran mلs crueles. Flirteaba con ellos. Los seducيa. Era la delicia de sus invitados. Aparte del orgullo de su ardor, del placer de su gratificaciَn, ؟qué mلs tenيa? En la gran quinta de la Casa Gaunum habيa un santuario repleto de pequeٌos يdolos en honor de los antepasados. Ella se habيa arrodillado y habيa rezado en aquel santuario mلs veces de las que podيa contar, y cada vez habيa implorado piedad. Percibيa a los muertos Gaunum en todos los rincones de aquel lugar; susurraba cosas odiosas, la emocionaba con temibles premoniciones. Y ella imploraba e imploraba piedad. Entonces, como si fuera una respuesta a sus plegarias, el Patridomos en persona, que siempre le habيa parecido un dios distante y de pelo entrecano, se le acercَ en los jardines y le cogiَ la barbilla. digna del mismيsimo --،Por los Dioses! --exclam .--Eres َ
Emperador, chica... Esta noche. Espérame esta noche. ،Cَmo habيa bailado su alma ese dيa! ،Digna del Emperador! Con qué cuidado se habيa aseado y habيa mezclado los mejores perfumes a la espera de su visita. ،Digna del Emperador! Cَmo habيa llorado cuando él no se presentَ. --No llores, Serchaa --le habيan dicho las otras chicas--. Prefiere a los niٌos pequeٌos. Durante algunos dيas, después de aquel incidente, habيa despreciado a los niٌos pequeٌos. Y siguiَ rezando a los يdolos, a pesar de que entonces sus caritas cuadradas parecيan reيrse de ella. Ella, Serwe, debيa tener algْn sentido, ؟no? Loْ nico que querيa era una seٌal, algo, cualquier cosa... Se postrَ ante ellos. Entonces, uno de los hijos del Patridomos se la llevَ a la cama junto a su esposa. Al principio, Serwe habيa sentido lلstima por la mujer, una chica con el rostro de un hombre que habيa sido entregada a Gaunum Peristus para sellar una alianza entre casas. Pero mientras Peristus la utilizaba para generar la semilla que plantarيa en elْ tero de su esposa, Serwe percibiَ el odio de la mujer, como si compartiera la cama con un pequeٌo incendio. Sَlo para irritar a esa mojigata, habيa gritado, habيa espoleado la lujuria de Peristus con palabras y trucos de zorra, y le hab يa robado la semilla. La horrible mujercita habيa llorado, habيa despotricado como una histérica, y por mucho que Peristus le pegara, no paraba. Aunque preocupada por el regocijo que esto le ocasionَ, Serwe habيa corrido al santuario a dar las gracias a los ancestros Gaunum. Y poco después, cuando se dio cuenta de que llevaba en su seno al hijo de Peristus, rob َ una de las palomas de los palafreneros y la sacrificَ en su honor. Durante el sexto mes de embarazo, la esposa de Peristus le susurr َ: --Tres meses para el funeral, ،humm!, Serchaa. Aterrorizada, Serwe habيa acudido a Peristus, pero éste le habيa dado una bofetada y le habيa ordenado que se marchara. Ella no significaba nada para él, as يque volvi a َ los يdolos Gaunum. Les ofreci cَ ualquier cosa, todo. Pero su hijo naci d َ e color azul, segْn dijeron; azul como los sacerdotes de Jukan. A pesar de ellos, Serwe siguiَ rezando, esa vez por que se le concediera la venganza. Rez َa los Gaunum por la destrucciَn de Gaunum. Un aٌo mلs tarde, el Patridomos partiَ a caballo de la casa de campo
con todos sus hombres. El agrupamiento de la Guerra Santa se habيa vuelto difيcil de controlar y el Emperador habيa necesitado a sus generales. Entonces, llegaron los scylvendios: Panteruth y sus munuati. Los bلrbaros la encontraron en el santuario; gritaba, mientras romp يa los يdolos de piedra contra el suelo. La casa de campo ardiَ y casi todas las horribles esposas Gaunum y sus horribles hijos Gaunum fueron pasados por la espada. La esposa de Barastas, las concubinas mلs jَvenes y las esclavas mلs hermosas fueron sacadas por las puertas. Serwe gritَ como las demلs, llorَ por su casa incendiada. La casa que habيa odiado. Un sufrimiento propio de una pesadilla. Brutalidad. Distinta de cualquier cosa que hubiera sufrido hasta entonces. Cada una de ellas iba atada a la silla de uno de los guerreros munuati, que las hicieron correr durante todo el camino hasta las Hethanta. Por la noche, cuando los munuati iban a por ellas con los falos untados de grasa animal, se acurrucaban, lloraban y gritaban. Y Serwe pensaba en una palabra, una palabra sheyica que no existيa en su nymbricanio nativo..., una palabra de afrenta. «Justicia.» A pesar de todas sus vanidades y todos sus desagradables pecados, tenيa algْn sentido. Era algo. Era Serwe, hija de Ingaera, y se merecيa mucho mلs de lo que le habيan dado. Tendrيa dignidad, o morirيa odiando. Pero su valentيa pasaba por un momento terrible. Habيa intentado no llorar. Habيa intentado ser fuerte. Hasta habيa escupido en la cara de Panteruth, el scylvendio que la habيa reclamado como su recompensa. Pero los scylvendios no eran del todo humanos. ةl bajَ la mirada hacia las extranjeras, como si estuviera en la cima de alguna montaٌa impيa, mلs distante que el mلs brutal de los hijos del Patrodomos. Ellos eran scylvendios, los que destrozaban-caballos-y-hombres, y ella era Serwe. Pero se habيa aferrado a la palabra. Y observando cَmo los munuati morيan a manos de esos hombres, habيa osado regocijarse, habيa creيdo incluso que serيa liberada. Al fin, ،justicia! «Sin ningْn valor», le habيa dicho la Gaunum. Sَlo era otra hermosa chica norsirai sin ningْn valor. La habيa creيdo, pero habيa seguido rogando. Rezando. «،Mostradles! ،Por favor! ،Mostradles que tengo alg ْn sentido...!» Y allي, habيa implorado piedad a un scylvendio enloquecido. Habي a exigido justicia.
،Loca despreciable! Lo comprendiَ desde el momento en que Cnaiur empujَ su cuerpo manchado de sangre contra el de ella. Era sَlo un capricho. Era sَlo sumisiَn. Era sَlo dolor, muerte y temor. La justicia no era sino uno mلs de los traicioneros يdolos Gaunum. Su padre, arrancلndola medio desnuda de sus mantas y arrojل ndola a las manos encallecidas de un extranjero. --Ahora perteneces a esos hombres, Serwe. ،Que los Dioses cuiden de ti! Peristus, levantando la mirada de sus papiros, frunciendo el entrecejo con divertida incredulidad. --Quizل, Serwe, has olvidado lo que eres. Dame la mano, niٌa. Los يdolos Gaunum, mirلndola lascivamente con sus rostros de piedra. Un silencio burlَn. Panteruth, limpiلndose su escupitajo de la cara, sacando su cuchillo. --El sendero que sigues es estrecho, zorra, y sabes que no... Te lo mostraré. Cnaiur, apretando sus muٌecas con mلs fuerza que cualesquiera esposas. --Pliégate a mi voluntad, chica. Completamente. No toleraré ningْn recuerdo del pasado. Acabaré con cualquier cosa que no se rinda. ؟Por qué eran tan crueles con ella? ؟Por qué todo el mundo la odiaba? ؟La castigaba? ؟La herيa? ؟Por qué? Porque era Serwe, y no era nada. Nunca serيa nada. ةsa era la razَn por la que Kellhus la abandonaba todas las noches. En un momento dado, cruzaron la espina dorsal de las Hethanta y el camino empezَ a descender. El scylvendio les prohibiَ que hicieran hogueras, pero las noches empezaron a ser mلs templadas. Ante ellos se extendيa la llanura Kyranae, oscura en la amarillenta distancia como la piel de una ciruela demasiado madura.
Kellhus se detuvo en el extremo del promontorio y mir َlos erosionados barrancos y los viejos bosques. Supuso que Kuniuri debيa de tener un aspecto muy semejante desde el tejado de la Demua; pero mientras Kuniuri estaba muerta, esa tierra estaba viva. Los Tres Mares. Laْ ltima gran civilizaciَn de hombres. Finalmente, habيa llegado. «Me acerco, Padre.» --No podemos seguir as ي--gritَ el scylvendio a sus espaldas.
«Ha decidido que debe ser ahora.» Kellhus habيa estado esperando ese momento desde que habيan salido a campo abierto hac يa unas horas. --؟Qué quieres decir, scylvendio? --Es imposible que dos hombres como nosotros puedan cruzar las tierras de los fanim durante una Guerra Santa. Serيamos destripados por espيas mucho antes de llegar a Shimeh. --Pero para eso hemos cruzado las montaٌas, ؟no? Para viajar a través del Imperio... --No --dijo el scylvendio, hoscamente--. No podemos viajar a través del Imperio... Te he traيdo aqu يpara matarte. --O para que yo te mate --respondiَ Kellhus, hablلndole todavيa al paisaje que tenيa delante. Kellhus le dio la espalda al Imperio y se girَ hacia Cnaiur. Superficies de roca, baٌadas por el sol, imponentes, enmarcaban al hombre. Serwe estaba cerca. Advirtiَ que tenيa sangre en las uٌas. --Eso es lo que has estado pensando, ؟eh? El scylvendio se humedeci َlos dedos. --Tْ verلs. Kellhus encerrَ al bلrbaro en su escrutinio del mismo modo que un niٌo aprisionarيa un pلjaro entre sus manos cosquillosas: atento a cualquier temblor, al pulso de un corazَn del tamaٌo de un guisante, al pequeٌo calor de una respiraciَn presa del pلnico. ؟Debيa darle alguna pista al hombre? ؟Debيa mostrarle lo transparente que era? Hacيa unos dيas, desde que Cnaiur supo la verdad de la Guerra Santa gracias a Serwe, se habيa negado a comentar nada al respecto o acerca de sus planes. Pero sus intenciones habيan sido claras: les habيa hecho cruzar las Hethanta para ganar tiempo, del mismo modo que otros, segْn habيa visto Kellhus, lo hacيan cuando eran demasiado débiles para rendirse a sus obsesiones. Cnaiur necesitaba seguir dando caza a Moenghus, aunque supiera que la caza fuera una farsa. Pero entonces iban a entrar en el Imperio, la tierra en la que los scylvendios eran desollados vivos. Antes, a medida que se acercaban a las Hethanta, Cnaiur simplemente habيa tenido miedo de que Kellhus lo matara. En ese momento, convencido de que su mera presencia se convertirيa en una amenaza mortal, no tenيa ninguna duda. Kellhus habيa visto la resoluciَn en el transcurso de la maٌana, en las palabras del hombre y sus recelosas miradas. Si no podيa utilizar al hijo para matar al padre, Cnaiur urs Skiotha matarيa al hijo.
Aunque sabيa que eso era imposible. «Tantos tormentos.» Odio, grande como una ola por su alcance y su fuerza, suficiente para matar a infinitos miles, suficiente para matar al yo o incluso a la verdad. La herramienta mلs potente. --؟Qué quieres que diga? --preguntَ Kellhus--. ؟Que ahora que ya hemos llegado al Imperio ya no te necesito? ؟Que como ya no te necesito he decidido matarte? A fin de cuentas, uno no cruza el Imperio en compaٌيa de un scylvendio. --Tْ mismo lo dijiste, dunyaino, cuando estabas encadenado en mi yaksh. Para los de tu especie sَlo hay una misiَn. Tanta penetraciَn. Odio, pero veteado por una astucia casi sobrenatural. Cnaiur urs Skiotha era peligroso... ؟Por qué tenيa que soportar su compaٌيa? Porque Cnaiur todavيa conocيa ese mundo mejor que él. Y lo que era mلs importante, conocيa la guerra. Habيa sido criado en ella. «Todavيa puede sermeْ til.» Si las rutas de peregrinaciَn a Shimeh estaban cerradas, Kellhus no tenيa otra alternativa que sumarse a la cada vez mلs populosa Guerra Santa. Sin embargo, la perspectiva de la guerra presentaba un dilema casi insuperable. Se habيa pasado horas en el trance de las probabilidades, tratando de esbozar modelos de guerra, pero no dispon يa de los principios que necesitaba. Las variables eran demasiadas y muy inconstantes. La guerra... ؟Podيa una circunstancia ser mلs caprichosa? ؟Mلs peligrosa? «؟Es éste el camino que has elegido para mي, Padre? ؟Es ésta tu prueba?» --؟Y cuلl es mi misiَn, scylvendio? --El asesinato. El parricidio. --Y tras treinta aٌos entre hombres nacidos en el mundo, ؟qué clase de poder crees que mi padre, un dunyaino que posee todos los dones que yo poseo, detenta? El scylvendio se quedَ perplejo. --No habيa pensado... --Yo s ؟.يCrees que ya no te necesito? ؟Que no necesito a Cnaiur urs Skiotha, el muy sanguinario?, el-que-destroza-caballos-y-hombres, un hombre que puede derribar tres hombres en el espacio de otros tantos latidos de su corazَn, un hombre que es inmune a mis métodos y, por lo tanto, también a los de mi padre? Quienquiera que sea mi padre, scylvendio, ser لmuy poderoso; demasiado poderoso para que un
hombre lo mate solo. Kellhus oyَ cَmo el corazَn de Cnaiur latيa bajo su pecho, vio cَmo sus pensamientos se crispaban a través de sus ojos y olيa el entumecimiento que se expandيa por sus extremidades. Extraٌamente, el hombre mirَ durante un suplicante momento a Serwe, que habيa empezado a temblar de miedo. --Dices esto para engaٌarme --murmurَ Cnaiur--, para calmarme. Una vez mلs el muro de desconfianza, franco y tenaz. «Debo mostrarle.» Kellhus desenvainَ la espada y embistiَ. El scylvendio reaccionَ al instante, pero con la misma rigidez que los reflejos arrullados por la incredulidad. Esquivَ el primer golpe fل cilmente, pero cayَ de espaldas ante la rotunda combinaciَn que le siguiَ. Con cada impacto, Kellhus percibيa cَmo refulgيa su ira, sentيa cَmo se despertaba y se hacيa con el control de sus extremidades. Pronto, el scylvendio empezَ a responder con una rapidez cegadora y una fuerza que hacيa chirriar los huesos. Sَlo en una ocasiَn habيa visto Kellhus a niٌos scylvendios practicando la bagaratta, el «barrido» de la esgrima scylvendia. En ese momento, le habيa parecido excesivamente ornamental, lastrado por demasiadas fiorituras discutibles. Pero no era as يcuando se combinaba con la fuerza. En dos ocasiones, los grandes barridos de Cnaiur a punto habيan estado de alcanzarle los talones. Kellhus los habيa esquivado y simulando fatiga, habيa emitido el falso olor a un asesinato inminente. Podيa oيr cَmo gritaba Serwe. --،Mلtale, Kellhus! ،Mلtale! Resoplando, el bلrbaro redoblَ su furia. Kellhus detuvo una martilleante lluvia de golpes fingiendo desesperaciَn. Alargَ el brazo, cogi َ a Cnaiur por la muٌeca derecha y tirَ de él hacia adelante. De algْn modo, increيblemente, Cnaiur logrَ levantar la mano que tenيa libre y deslizar يa junto al brazo con el que Kellhus sostenيa la espada. Descargَ la palma contra el rostro de Kellhus. Kellhus cayَ de espaldas y le dio dos patadas en las costillas a Cnaiur. Rodَ hacia atrلs hasta quedarse haciendo la vertical y después, sin esfuerzo, volviَ a ponerse en posiciَn. Probَ su propia sangre. «؟Cَmo?» El scylvendio trastabillَ y se cogiَ el costado. Kellhus pensَ que habيa subestimado los reflejos del hombre tanto como muchas otras cosas. Dejَ la espada a un lado y embistiَ al hombre. Cnaiur aullَ, arremetiَ,
golpeَ. Kellhus observَ el arco de la punta de la espada bajo la refulgente luz del sol, a través de escarpaduras colgantes y lentas nubes. La cogiَ con las palmas, como uno harيa con la cara de un amante o una mosca. Doblَ la hoja y arrancَ la empuٌadura de la mano de Cnaiur. Dio un paso para tenerlo dentro de su radio de acciَn y le dio un golpe en la cara. Mientras el hombre daba tumbos de espaldas, se agachَ y le barriَ las piernas. En lugar de arrastrarse fuera de su alcance, Cnaiur se puso de pie y saltَ sobre él. Kellhus se inclinَ hacia atrلs, cogiَ al scylvendio por la parte trasera de la faja y por el cuello, y lo lanzَ en la misma direcciَn en la que venيa, mلs cerca del saliente. Cuando Cnaiur tratَ de ponerse en pie, Kellhus le golpeَ y lo mandَ todavيa mلs lejos. Mلs golpes, hasta que el scylvendio era mلs una bestia virulenta que un hombre; sorbيa el aire, se estremecيa, agitaba los brazos, que eran golpeados sin miramientos. Kellhus le pegَ con fuerza, y él se sintiَ flلccido cuando su crلneo impactَ contra el borde del promontorio. Kellhus levantَ al bلrbaro, lo llevَ al precipicio y, con una mano, lo sostuvo colgando por encima del distante Imperio. El viento procedente del abismo batيa su pelo azabache. --،Hazlo! --jadeَ Cnaiur entre mocos y baba. Sus pies se balanceaban sobre la nada. «Tanto odio.» --Pero lo digo en serio, Cnaiur. Te necesito. Los ojos del scylvendio se abrieron como platos, horrorizados. «Suéltame --decيa su expresiَn--. Por este camino se encuentra la paz.» Y Kellhus se dio cuenta de que se habيa equivocado una vez mلs con el scylvendio. Le habيa creيdo inmune al trauma fيsico de la violencia, pero no lo era. Kellhus le habيa pegado del mismo modo que un marido pega a su esposa o un padre a su hijo. Ese momento vivirيa en su interior para siempre, en forma de recuerdos y una vergüenza involuntaria. Mلs degradaciَn que Cnaiur debيa echar al fuego. Kellhus lo levantَ hacia tierra firme y lo soltَ. Otro pecado. Serwe se acuclillَ bajo su caballo, llorando, pero no porque hubiera salvado al scylvendio, sino porque no le habيa matado. -- ،Iglitha sun tamatha! --llor َen su lengua materna--. ،Iglitha sun tamatha! «Si me quisieras.» --؟Me crees? --le exigiَ al scylvendio. El scylvendio se le quedَ mirando con un sordo estremecimiento,
como si estuviera estupefacto por la ausencia de cَlera. Se puso en pie trastabillando. --Cلllate --le dijo a Serwe, a pesar de que no podيa apartar la mirada de Kellhus. Serwe siguiَ gimiendo, gritando a Kellhus. Los ojos de Cnaiur se desplazaron de Kellhus a su recompensa. Caminَ hacia ella con la palma de la mano abierta. --،Te he dicho que te calles! --؟Me crees? --preguntَ una vez mلs Kellhus. Serwe lloriqueَ y tratَ de tragarse sus sollozos. «Tanta pena.» --Te creo --dijo Cnaiur, incapaz momentلneamente de mirarle a los ojos. Estaba observando fijamente a Serwe. Kellhus ya sabيa que ésa serيa su respuesta, pero habيa una gran diferencia entre conocer un reconocimiento y obtenerlo. Pero cuando finalmente el scylvendio le mirَ, la vieja ira animaba sus ojos y ardيa con una intensidad prلcticamente carnal. Si Kellhus ya lo habيa dado por sentado antes, entonces podيa estar completamente seguro: el scylvendio estaba loco. --Opino que tْ crees que me necesitas, dunyaino. Por ahora. --؟Qué quieres decir? --preguntَ Kellhus, genuinamente perplejo. «Est لempezando a ser mلs errلtico.» --Tienes planeado unirte a esa Guerra Santa, o utilizarla para viajar a Shimeh. --No veo otro modo de llegar allي. --Pero pese a toda ese parloteo de que me necesitas, te olvidas de que yo soy un infiel para los inrithi --dijo Cnaiur--, no muy distinto de los fanim a los que esperan masacrar. --Entonces, ya no eres un infiel. --؟Un converso? --le espetَ con incredulidad. --No. Eres un hombre que se ha despertado de su estado salvaje, un superviviente de Kiyuth que ha perdido la fe en las costumbres de sus parientes. Recuerda, como todos los pueblos, los inrithi creen que ellos son los escogidos, la cْspide de lo que significa ser un hombre de bien. Las mentiras que halagan casi siempre son creيdas. Kellhus advirtiَ que la profundidad de sus conocimientos alarmَ al scylvendio. El hombre habيa tratado de hacer fuerte su posiciَn manteniéndole en la ignorancia con respecto a los Tres Mares. Kellhus rastreَ las deducciones que le habيan llevado a fruncir el entrecejo, observَ cَmo contemplaba a Serwe... Pero habيa asuntos mلs
acuciantes. --Los nansur no prestarلn atenciَn a esas historias --dijo Cnaiur--. S َlo verلn las cicatrices en mis brazos. A Kellhus se le escapَ el origen de su resistencia. ؟Acaso el hombre no querيa encontrar a Moenghus? «؟Cَmo puede ser todavيa un misterio para m»?ي Kellhus asintiَ, pero encogiéndose de hombros, de tal modo que a la vez rechazaba y comprendيa sus objeciones. --Serwe dice que los pueblos de todos los Tres Mares se reْnen en el Imperio. Nos uniremos a ellos y evitaremos a los nansur. --Quizل... --dijo Cnaiur, lentamente--, si podemos llegar a Momemn sin ningْn sobresalto. --Pero entonces negَ con la cabeza--. No. Los scylvendios no deambulan por esos lugares. La visiَn de un scylvendio despertar لdemasiadas preguntas, demasiada indignaciَn. No tienes la menor idea de hasta qué punto nos desprecian, dunyaino. Ah يestaba, sin lugar a dudas, la desesperaciَn. Kellhus comprendi َ que, en parte, aquel hombre habيa abandonado la esperanza de encontrar a Moenghus. ؟Cَmo se le podيa haber pasado eso por alto? Pero la pregunta mلs importante era si el scylvendio hablaba sinceramente. ؟Serيa imposible cruzar el Imperio con Cnaiur? Si era as ي, tendrيa que... No. Todo dependيa del dominio de la circunstancia. No se unirيa a la Guerra Santa; se aprovecharيa de ella, se valdrيa de ella como su instrumento. Pero como en el caso de cualquier arma nueva, necesitaba instrucciَn, entrenamiento, y la posibilidad de encontrar a otro con tanta experiencia y conocimientos como Cnaiur urs Skiotha era muy remota. «Dicen de él que es el mلs violento de los hombres.» Si el hombre sabيa demasiado, Kellhus no sabيa lo suficiente, al menos no todavيa. Cualesquiera que fueran los peligros de cruzar el Imperio, valيa la pena intentarlo. Si las dificultades resultaban ser insuperables, entonces volverيa a evaluar la situaciَn. --Cuando pregunten --respondiَ Kellhus--, el desastre de Kiyuth ser لtu explicaciَn. Los pocos utemot que sobrevivieron a Ikurei Conphas han sido reducidos por sus vecinos. Serلs elْ ltimo de tu tribu: un hombre desposeيdo, expulsado de su paيs por la congoja y la mala fortuna. --؟Y quién serلs tْ, dunyaino? Kellhus se habيa pasado muchas horas peleلndose con esa pregunta. --Yo seré la razَn que tْ tienes para unirte a la Guerra Santa. Yo seré un prيncipe con el que te encontraste al viajar hacia el sur por tus tierras
perdidas, un prيncipe que ha soٌado con Shimeh desde el otro extremo del mundo. Los hombres de los Tres Mares saben poco de Atrithau, sَlo que sobreviviَ a su mيtico Apocalipsis. Debemos llegar a ellos como surgidos de las sombras, scylvendio. Seremos quienesquiera que digamos que somos. --Un prيncipe... --repitiَ Cnaiur con recelo--. ؟De dَnde? --Un prيncipe de Atrithau al que encontraste viajando por las tierras baldيas del norte. Aunque Cnaiur entonces comprendيa, e incluso apreciaba, el camino tendido ante él, Kellhus sabيa que en su interior todavيa se estaba debatiendo. ؟Cuلnto serيa capaz de soportar ese hombre para ver vengada la muerte de su padre? El caudillo utemot se pasَ el antebrazo desnudo por la boca y la nariz. Escupiَ sangre. --Un prيncipe de nada --dijo.
A la luz matutina, Kellhus observَ cَmo el scylvendio cabalgaba hacia el poste. En la parte superior habيan colocado un crلneo; todavي a tenيa piel adherida y se veيa enmarcado por un matojo de pelo oscuro y lanoso. Pelo scylvendio. A ambos lados, a cierta distancia, hab يa mلs postes: mلs cabezas scylvendias plantadas a la distancia prescrita por los matemلticos de Conphas. Cada tantas millas, tantas cabezas scylvendias. Kellhus se girَ en su montura hacia Serwe, que le observaba inquisitivamente. --Si nos descubren, le matarلn --dijo--. ؟No lo sabe? --Su tono decي a: «No le necesitamos, mi amor. Puedes matarle». Kellhus veيa las distintas posibilidades rebosando en sus ojos. El lloriqueo estridente que ella habيa preparado a lo largo de los dيas, listo para su primer encuentro con los postes nansur. --No debes traicionarnos, Serwe --respondiَ severamente Kellhus como un padre nymbricanio a su hija. La hermosa cara se aflojَ, sorprendida. saber... --Nunca te traicionarيa, Kellhus --le espet .--Debes َ --Sé que te preguntas qué es lo que me mantiene unido a ese scylvendio, pero tْ no lo entenderيas. Debes saber sَlo que si nos traicionas, me traicionas a m.ي --Kellhus, yo... --La sorpresa se habيa convertido en dolor, en lل
grimas. --Debes soportarle, Serwe. Se apartَ de esos terribles ojos y empezَ a gimotear. --؟Por ti? --le escupiَ amargamente. --Yo sَlo soy la promesa. --؟La promesa? --grit ؟.--َLa promesa de quién? Pero Cnaiur habيa regresado y estaba cabalgando a su alrededor en direcciَn a la pequeٌa caravana de caballos. Sonriَ irَnicamente al percatarse del llanto de Serwe. --Cuidado con este momento, mujer --dijo en sheyico--. Ser لtuْ nica oportunidad para hacerte una idea de quién es este hombre. --Su carcajada fue violenta. Se inclinَ sobre el caballo y empezَ a rebuscar en una de las alforjas. Sacَ una camisa de lana manchada y se desnudَ de cintura para arriba. La camisa no logrَ esconder su brutal herencia, pero al menos ocultَ las cicatrices. Los nansur no contemplarيan de buena gana esas marcas. El llanero hizo un gesto hacia la delgada hilera de postes. Seguيan el contorno de la tierra: algunos estaban inclinados; otros, rectos, se hundيan en el horizonte y seٌalaban el camino que se alejaba de las Hethanta. Sus lْgubres cargas les daban la espalda y miraban hacia el mar distante. El infinito escrutinio de los muertos. --ةste es el camino hacia Momemn --dijo, y escupiَ sobre la hierba pisoteada.
_____ 14 _____ La llanura Kyranae «Algunos dicen que los hombres guerrean constantemente contra las circunstancias, pero yo digo que huyen. ؟Qué son las obras de los hombres sino un respiro, un escondite que pronto ser لdescubierto por la catل strofe? La vida es una incesante fuga ante el cazador que llamamos mundo.» Ekyannus VIII, Ciento once aforismos
Primavera, aٌo del Colmillo 4111, Imperio de Nansur
El gorjeo de una alondra solitaria, como una aria contra la corriente de aire que se filtra a través de las ramas del bosque. «Tarde --pensَ ella--. Los pلjaros siempre cantan por la tarde.» Serwe abriَ los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se sintiَ en paz. Bajo su mejilla, el pecho de Kellhus subيa y bajaba al ritmo de su sueٌo. Ella habيa intentado reunirse con él en su esterilla antes, pero él siempre se habيa resistido; «para apaciguar al scylvendio», habيa pensado ella. Pero esa maٌana, después de una oscura noche de viaje, él habيa cedido. Y entonces ella saboreaba la presiَn de su fuerte cuerpo, la adormilada sensaciَn de refugio que le proporcionaba su brazo protector. «Kellhus, ؟sabes cuلnto te amo?» Nunca habيa conocido a un hombre como él; un hombre que sabي a quién era y que, sin embargo, la amaba. En un momento de distracciَn, sus ojos siguieron el follaje del inmenso sauce bajo el que dormيan. Las ramas se doblaban contra las profundidades de otras ramas, abriéndose como las piernas de una mujer, y bifurcلndose una vez mلs, serpenteaban entre las grandes faldas de hojas que se mecيan y caيan bajo el viento iluminado por el sol. Percibiَ el alma de aquel gran لrbol, que rumiaba, apenado e infinitamente sabio, el testimonio enraizado de innumerables soles. Serwe oyَ unas salpicaduras. Con el pecho descubierto, el scylvendio estaba en cuclillas junto al rيo; recogيa agua con la mano izquierda y se enjuagaba cuidadosamente la herida de la frente. Le observَ a través del borrَn de sus pestaٌas, simulando que dormيa. Las cicatrices le cubrيan y arrugaban su ancha espalda, un segundo historial a la altura de las cicatrices que veteaban sus brazos. Como si fuera consciente de su escrutinio, el bosque se sumiَ en el silencio, un silencio coloreado por la impلvida grandeza de los لrboles. Hasta el solitario pلjaro se acallَ, y cediَ al chapoteo y al goteo del baٌo de Cnaiur. Quiz لpor primera vez no le tuvo miedo al scylvendio. «Parece solo --pensَ ella--, hasta amable.» Bajَ la cabeza hasta el agua y empezَ a lavarse su largo pelo negro. La vaporosa superficie del rيo transcurrيa lentamente ante él, arrastrando ramitas y pelusas. Cerca de la orilla mل s lejana, vio las ondulaciones de un mosquito de agua que pasaba rozando la espejeante espalda del rيo. Entonces, vio a un niٌo al otro lado.
Al principio, vislumbrَ sَlo su cara, medio escondida en el cepo cubierto de musgo de una trampa. Después vio unos miembros delgados como las ramas que le ocultaban. «؟Tienes madre?», pens َella, pero cuando se dio cuenta de que estaba mirando al scylvendio, le sobrevino un repentino terror. «،Corre! ،Huye!» --Llanero --llamَ Kellhus suavemente. Sorprendido, el scylvendio se girَ hacia él--. Tus'afaro togringmut t'yagga --dijo, y Serwe supo que asentيa por el roce que sintiَ en la parte superior de la cabeza. El scylvendio siguiَ su mirada y se quedَ observando entre los sombrيos huecos de la otra orilla. Por un ansioso instante, el niٌo le devolviَ la mirada al llanero. --Ven aqu ي--dijo Cnaiur sobre las silenciosas aguas--. Quiero mostrarte algo. El niٌo dudَ, receloso y curioso a la vez. «،No! Tienes que correr... ،Corre!» --Ven --dijo Cnaiur, levantando la mano y haciéndole una seٌal con los dedos--. No voy a hacerte nada. El niٌo se puso en pie tras el escudo de ramas caيdas, tenso, indeciso... --،Corre! --gritَ Serwe. El niٌo parpadeَ entre los لrboles, brillando entre el sol blanco y la profunda sombra verde. --،Maldita muchacha! --berreَ Cnaiur. Saliَ corriendo de las aguas con el cuchillo en la mano. En ese mismo instante, también Kellhus desapareciَ; se habيa puesto en pie y seguيa la estela del scylvendio. --،Kellhus! --gritَ ella, observando cَmo corrيa bajo el lejano dosel de hojas--. ،No dejes que le mate! Pero un repentino horror la dejَ sin respiraciَn; tuvo la certeza inexplicable de que Kellhus también querيa hacerle daٌo al niٌo. «Debes soportarle, Serwe.» Con el cuerpo todavيa entumecido, se puso en pie y se dirigiَ hacia las oscuras aguas. Sus pies descalzos patinaron sobre las resbaladizas piedras, pero logrَ impulsarse hacia adelante y cayَ junto a la otra orilla. Entonces, se levantَ, empapada de frيo, corriَ sobre la grava y se agach َ entre los arbustos en la penumbra moteada de luz. Corriَ como algo salvaje, saltando entre la maraٌa de hojas, sorteando heléchos y ramas caيdas, siguiendo sus sombras a la carrera, adentrلndose cada vez mلs en la pantalla de لrboles oscuros.
Sintiَ sus pies ingrلvidos, sus pulmones infinitos. Era respiraciَn y velocidad, nada mلs. -- ،Bas'tushri! --repitiَ el eco por entre los huecos del bosque--. ، Bas'tushri! --El scylvendio llamaba a Kellhus. Pero ؟desde dَnde? Se agarrَ al tronco de un joven fresno. Mirَ a su alrededor, oyَ los chasquidos de alguien que corrيa por entre la maleza, pero no vio nada. Por primera vez en semanas, estaba sola. Ella sabيa que matarيan al niٌo si lo atrapaban, para evitar que contara lo que habيa visto. Viajaban a través del Imperio en secreto, convertidos en fugitivos por las cicatrices que cubrيan los brazos del scylvendio. «Pero yo no soy una fugitiva», pensَ. El Imperio era su tierra, o al menos la tierra a la que su padre la habيa vendido. «Estoy en casa. No tengo ninguna necesidad de soportarle.» Se separَ del لrbol y, con los ojos en blanco y el corazَn en un puٌo, empez a َ caminar en لngulo recto a su trayectoria anterior. Camin u َn rato, oyendo de vez en cuando mortecinos gritos a través del roce de hojas al viento. «Estoy en casa», pensaba. Pero entonces la asaltaban pensamientos de Kellhus, curiosamente manchados por la brutalidad del scylvendio. Los ojos de Kellhus cuando ella hablaba, transidos por la preocupaciَn o una sonrisa reprimida. La emociَn de su mano al coger la de ella, como si su modesta intimidad acarreara una promesa imposible. Y las cosas que decيa, palabras que le habيan resonado en la médula y habيan hecho de su penosa vida un retrato de una belleza que rompي a el corazَn. «Kellhus me quiere. Es el primero que me quiere.» Entonces, con una mano temblorosa, se tocَ el estَmago bajo su vestido empapado. Empezَ a temblar. Imaginَ que las otras --las mujeres que habيan sido apresadas junto a ella por los munuati-- estaban muertas. Y no lo lamentaba. Una pequeٌa, desagradable parte de Serwe hasta celebraba la muerte de las esposas Gaunum, las que habيan estrangulado a su bebé, a su bebé azul. Pero a dondequiera que fuese del Imperio, sabيa que habrيa otras esposas Gaunum. Serwe siempre habيa sido perfectamente consciente de su belleza, y durante una parte del tiempo que pasَ entre sus parientes nymbricanios, habيa pensado que era un gran regalo de los Dioses, la seguridad de que su futuro marido serيa propietario de mucho ganado. Pero allي, en el Imperio, sَlo le aseguraba que serيa una concubina mimada, despreciada por la esposa de algْn Patridomos y condenada a dar a luz a bebés azules.
Tenيa el estَmago liso, pero lo percibيa; percibيa al bebé. Imلgenes de la urgente furia del scylvendio le asaltaron, pero pens :َ «El hijo de Kellhus. Nuestro hijo». Se girَ y empezَ a desandar lo andado.
Al cabo de un rato, Serwe se dio cuenta de que estaba perdida y se sintiَ una vez mلs aterida. Mirَ el blanco resplandor del sol a través de la mortaja de ramas abovedadas y hojas distantes, tratando de encontrar el norte. Pero no lograba recordar en qué direcciَn habيa avanzado inicialmente. «؟Dَnde estلs?», pensَ, demasiado asustada para gritar. «Kellhus... Encuéntrame, por favor.» Un repentino aullido resonَ por entre el dosel de hojas. ؟El niٌo? ؟ Habيan encontrado al niٌo? Pero se dio cuenta de que no podيa ser: el grito procedيa de un hombre. «؟Qué est لpasando?» El ruido sordo de cascos procedente de una pequeٌa cuesta que quedaba a su derecha la alentَ. «،Aqu يest !لCuando se ha dado cuenta de que me he perdido, ha cogido el caballo para mejor...» Pero cuando los dos jinetes alcanzaron la cima, se le puso la piel de gallina de miedo. Descendieron galopando la poco acusada ladera, levantando hojas y humus, y después, estupefactos por su apariciَn, tiraron de las riendas de las monturas para detenerlas inmediatamente. Ella los reconociَ al instante por su armadura e insignias: oficiales de poca graduaciَn del Kidruhil, la caballerيa de élite del Ejército Imperial. Dos de los hijos Gaunum habيan pertenecido a ese cuerpo. El mلs joven y atractivo parecيa casi tan asustado como ella; dibuj َ un conjuro de vieja bruja sobre la crin de su caballo. Pero el mayor sonri َ como un borracho malicioso. Una cicatriz en forma de guadaٌa le cruzaba la frente, rodeaba una de sus profundas cuencas y le partيa la mejilla izquierda. «؟El Kidruhil aquي? ؟Significa eso que estلn muertos?» Vio en su imaginaciَn el niٌo pequeٌo, mirando desde detrلs de las ramas negras. « ؟Est لvivo? ؟Avis? ؟...Es َ culpa mيa?» Ese pensamiento, mلs que el miedo a los hombres, la paralizَ. Sise َ aterrorizada; su barbilla se levantَ por propia voluntad, como si estuviera mostrلndole el cuello a las armas envainadas. Las lلgrimas le
corrيan por las mejillas. «،Corre!», pensَ frenéticamente, pero no logrَ moverse. --Est لcon ellos --dijo el hombre de la cicatriz, todavيa luchando con su sudoroso caballo. --؟Quién sabe? --respondiَ el otro, nerviosamente. --Est لcon ellos. Las mujeres tan guapas como ella no merodean por los bosques solas. No es de los nuestros, y no me cabe ninguna duda de que no es la hija de un cabrero. ،Mيrala! Pero el otro habيa estado mirلndola boquiabierto desde el principio. Sus piernas desnudas, la curva de sus pechos bajo el vestido suelto, pero especialmente su cara, como si le diera miedo de que desapareciera si apartaba la mirada. --Pero no tenemos tiempo --dijo con poco convencimiento. --A la mierda --espetَ el otro--. Siempre tenemos tiempo para tirarnos una cosa asي. Desmontَ con una extraٌa elegancia, mirando a su compaٌero como si lo desafiara a hacer una maliciosa broma. «Sيgueme --decيan sus ojos--, y verلs.» Intimidado por algo incomprensible, el mلs joven siguiَ a su burdo compaٌero. Continuaba mirando a Serwe, con los ojos tيmidos y viciosos a la vez. Ambos caminaban con torpeza a causa de las faldas de hierro y cuero. El de la cicatriz se acercَ a ella, y el joven se quedَ atrلs, sosteniendo las bridas de los caballos. Ya estaba meneلndose desesperadamente su flلccido miembro. --Quiz ل--dijo con una voz curiosa-- me limitaré a mirar... «Estلn muertos --pensَ ella--. Yo los maté.» --Mirarلs dَnde te suenas los mocos --dijo el otro, riendo, con los ojos hambrientos y severos a la vez. «Te mereces esto.» Con una despiadada economيa, el hombre mayor desenvainَ la daga, le cogiَ su vestido de lana y se lo abriَ desde el cuello hasta el estَ mago. Evitando su mirada, utilizَ la punta para apartarle la ropa y dejar a la vista el seno derecho. --،Cielos! --dijo, exhalando con fuerza. Apestaba a cebollas, dientes podridos y vino amargo. Finalmente, la mirَ a los ojos. Levantَ una mano y se la puso en la mejilla. La uٌa de su pulgar era morada a causa de una magulladura. --Déjame en paz --susurrَ con la voz transida por los ojos ardiendo y los labios temblorosos. La demanda impotente de un niٌo atormentado
por otro niٌo. --،Chsss! --dijo él, suavemente. La obligَ a ponerse de rodillas con lentitud. --No seas cruel conmigo --murmurَ ella entre lلgrimas. --Eso nunca --dijo, con la voz tomada por algo parecido a la reverencia. Con un crujido de cuero, se arrodillَ y clavَ la daga en el suelo del bosque. Respiraba pesadamente. --Dulce Sejenus --siseَ. Parecيa aterrorizado. Ella se estremeciَ cuando deslizَ una mano temblorosa sobre su seno. Los primeros gemidos la convulsionaron. «Porfavor-porfavor-porfavor-porfavor...» Uno de los caballos se asustَ. Se oyَ un sonido, como una hacha golpeando unas ramas secas empapadas. Vislumbrَ al jinete mلs joven; vio que su cabeza colgaba de una parte del cuello y la sangre se le derramaba por el torso caيdo. Después vio al scylvendio con el pecho alterado y las extremidades cubiertas de sudor. El hombre de la cicatriz gritَ, se puso en pie dando tumbos y desenvainَ la espada. Pero el scylvendio no parecيa prestarle atenciَn. Su mirada asesina la buscaba a ella. --؟Te ha hecho daٌo este perro? --ladrَ mلs que preguntar. Serwe negَ con la cabeza, recomponiendo petrificada sus ropas. Atisbo el mango del cuchillo envuelto en un montَn de hojas. --Escْchame, bلrbaro --le dijo el Kidruhil apresuradamente. Los temblores recorrieron su espada--. No tenيa ni idea de que fuera tuya... Ni idea. Cnaiur le mirَ fijamente con ojos glaciales y un extraٌo gesto en su gruesa mandيbula. Le escupiَ al cadلver de su compaٌero y sonri َcomo un lobo. El oficial se apartَ de Serwe como si quisiera demostrarse ajeno a su crimen. --V-venga, amigo, ؟eh? C-coge los caballos. P-para ti... A Serwe le pareciَ que se ponيa en pie flotando, que se habيa deslizado hasta el hombre de la cicatriz y que el cuchillo simplemente habيa aparecido en un lado de su cuello. Sَlo su desesperado bofetَn la devolviَ al suelo. Ella observَ cَmo caيa de rodillas, toqueteلndose el cuello con las manos estupefactas. Echَ un brazo hacia atrلs, como si quisiera equilibrar su caيda, pero trastabillَ y levantَ la espalda y las caderas del suelo, pateando hojas con un pie. Se girَ hacيa ella, vomitando su
propia sangre, con los ojos redondos y refulgentes. Implorلndole. --Ggg..., g-gg... El scylvendio se arrodillَ sobre él y le arrancَ el puٌal del cuello con indiferencia. Después, se puso en pie, aparentemente ajeno a la sangre que salيa a borbotones --«Como lasْ ltimas gotas de la orina de un niٌo pequeٌo», pensَ ella estْpidamente--: primero de su estَmago y su cintura; después de sus bronceadas rodillas y espinillas. Entre las piernas del scylvendio, el hombre moribundo seguيa mirلndola, con los ojos cada vez mلs cristalinos a causa de un pلnico letلrgico. Cnaiur se acercَ a ella. Hombros anchos y caderas delgadas. Largos brazos cincelados cubiertos de cicatrices y venas. Piel de lobo colgando entre sus sudorosos muslos. Por un momento, el terror y el odio la abandonaron. La habيa salvado de la humillaciَn, quiz لincluso de la muerte. Pero no pudo silenciar el recuerdo de sus brutalidades. El asilvestrado esplendor de su cuerpo se convirtiَ en algo famélico, sobrenatural, perturbado. Y él no le permitirيa que lo olvidara. Cogiéndole la garganta con la mano izquierda, tirَ de ella hasta ponerla en pie, lo que le provocَ arcadas, y la lanzَ contra un لrbol. Con la mano derecha blandiَ el cuchillo y lo alzَ amenazadoramente ante su rostro; lo sostuvo el tiempo suficiente para que ella vislumbrara su propio reflejo distorsionado en la hoja manchada de sangre. Después, él le apretَ la punta contra la sien. Ella hizo una mueca de dolor al notar el pinchazo y sintiَ que la sangre le entraba en la oreja. ةl la mirَ con una intensidad que la hizo sollozar. ،Sus ojos! Blanquiazules sobre el blanco, gélidos por la total ausencia de piedad, brillantes por los antiguos odios de su raza. --P-por favor... ،No me mates, por favor! --Ese niٌo al que has avisado ha estado a punto de costamos la vida, muchacha --le espet .--Si َ vuelves a hacer algo as ,يte mataré. Si intentas huir de nuevo, ،te prometo que mataré a todo el mundo para encontrarte! «،Nunca mلs! Nunca... Lo prometo. ،Te soportaré! ،S»!ي ةl le soltَ el cuello y le agarrَ el brazo derecho, y por un instante, ella se encogiَ mientras lloraba, esperando un puٌetazo. Como nunca llegَ, siguiَ llorando a voz en grito, ahogلndose en su propia respiraciَn estremecida. El mismo bosque, las lanzas de luz solar a través de las ramas que se bifurcaban, los لrboles como pilares de un templo, retumbaban con su ira. «Lo prometo.»
El scylvendio se girَ hacia el hombre de la cicatriz, que todavيa se retorcيa lentamente contra el suelo. --Le has matado --dijo con un marcado acento--. ؟Lo sabes? --S-s ي--dijo ella petrificada, tratando de recuperar la compostura. «Dios, ؟y ahora qué?» Con el cuchillo, trazَ una lيnea lateral en su antebrazo. El dolor fue agudo y rلpido, pero ella se mordiَ el labio en lugar de gritar. --Swazond --dijo en los toscos tonos del scylvendio--. El hombre al que has matado se ha ido de este mundo, Serwe. Sَlo existe aquي, en una cicatriz que tienes en el brazo. Es la marca de su ausencia, de todas las formas en que su alma no se moverل, de todos los actos que no cometerل. --Frotَ la herida con la palma de la mano y después cerrَ el puٌo. --No lo entiendo --dijo Serwe gimoteando, tan perpleja como aterida. ؟Por qué habيa hecho eso? ؟Habيa sido un castigo? ؟Por qué la habيa llamado por su nombre? «Debes soportarle...» --Tْ eres mi recompensa, Serwe. Mi tribu. Cuando encontraron a Kellhus en el campamento, Serwe descendi َ del caballo del hombre de la cicatriz, que se habيa asustado al cruzar el rيo, y corriَ entre las aguas hacia él. Y al instante, estaba entre sus brazos, abrazلndolo con fiereza. Unos fuertes dedos pasaron por entre su pelo. El martilleo de su corazَn murmuraba a sus oيdos. Olيa a hojas secas por el calor del sol y a tierra sَlida. Entre sus lلgrimas, oyَ: --،Chsss, niٌa! Ya estلs a salvo. Conmigo estلs a salvo. --،Se parec يa tanto a la voz de su padre! El scylvendio cabalgَ a través del rيo guiando a su caballo. Soltَ una sonora risotada al acercarse a ellos. Serwe no dijo nada, pero lo observَ con una mirada funesta. Kellhus estaba allي. Volvيa a ser seguro odiarle. --Breng'ato gingis, kutmulta tos phuira --dijo Kellhus. Aunque ella no sabيa nada de scylvendio, estuvo segura de que le habيa dicho: «Ya no es tuya, as يque déjala en paz». Cnaiur se limitَ a carcajearse. --No tengo tiempo para esto --respondiَ en sheyico--. Las patrullas Kidruhil suelen ser de mلs de cincuenta y sَlo hemos matado a una docena.
Kellhus apartَ a Serwe y la cogiَ firmemente por los hombros. Por primera vez, ella se dio cuenta de los arcos de sangre que moteaban su tْnica y su barba. --Tiene razَn, Serwe. Estamos en peligro. Ahora nos perseguirلn. Serwe asintiَ con los ojos nuevamente anegados en lلgrimas. --Todo ha sido culpa mيa, Kellhus --sise .--َLo siento... Pero era sَlo un niٌo. ،No podيa dejarle morir! Cnaiur volviَ a soltar una risotada. --El mocoso no avisَ a nadie, muchacha. ؟Qué niٌo puede escapar de un dْnyaino? Le sobrevino una oleada de terror. --؟Qué quiere decir? --le preguntَ a Kellhus, pero entonces sus propios ojos estaban llenos de lلgrimas. «،No!» Vio en su imaginaciَn al niٌo, con sus pequeٌas extremidades retorcidas en algْn lugar del bosque, con sus ojos sin vista buscando el cielo. «He hecho esto...» Otra ausencia en el lugar en que una alma debيa moverse. ؟Qué clase de actos hubiera llevado a cabo ese niٌo sin nombre? ؟Qué clase de héroe podrيa haber sido? Kellhus se apartَ de ella, transido por la pena. Como si hallara solaz en el inmediato movimiento, empezَ a enrollar la esterilla bajo el gran sauce. Se detuvo sin mirarla. --Debes olvidarte de esto, Serwe. No tenemos tiempo --dijo con la voz dolorida. Vergüenza, como si sus tripas se hubieran convertido en agua frيa. «Yo le impuse este crimen», pensَ, mirando cَmo Kellhus ataba su equipaje a la silla de montar. Una vez mلs su mano habيa encontrado su barriga. «Mi primer pecado contra tu padre.» --Los caballos de los Kidruhil --dijo el scylvendio--. Primero cabalgaremos con ellos hasta que se mueran.
Durante los dos primeros dيas, eludieron a sus perseguidores con una relativa facilidad, confiando en los bosques primigenios que alfombraban la cabecera del rيo Phayus y en la perspicacia marcial del scylvendio para protegerse. Dيa y noche a caballo, avanzando trabajosamente por abruptos barrancos, galopando a través de rocosas laderas y aventurلndose en los innumerables afluentes del Phayus era casi mلs de lo que podيa soportar. La primera noche, se balanceaba sobre la grupa del caballo, batallando con sus adormiladas piernas y
sus ojos, que se negaban a seguir abiertos, mientras Cnaiur y Kellhus lideraban el convoy a pie. Parecيan invencibles, y le dio rabia ser tan débil. Al final del segundo dيa, Cnaiur les permitiَ acampar y les dio a entender que ya se habيan deshecho de todos los perseguidores que pudieran haber tenido. Dos cosas, segْn dijo, jugaban a su favor: el hecho de que viajaran hacia el este, cuando cualquier partida de asaltantes scylvendios se hubiera retirado, sin duda, a las Hethanta después de toparse con los Kidruhil, y el hecho de que él y Kellhus hab يan matado a tantos después de la inmensa mala suerte de encontrarse con ellos mientras perseguيan al niٌo. Serwe estaba demasiado cansada para mencionar al que ella habيa matado, as يque se frotَ la sangre coagulada de su antebrazo sorprendida por la sensaciَn de orgullo que la recorriَ. --Los Kidruhil son idiotas arrogantes --prosiguiَ Cnaiur--. Once muertos les convencerلn de que la partida de asaltantes es numerosa. Eso significa que serلn precavidos en su persecuciَn e irلn en busca de refuerzos. También significa que si encuentran nuestro rastro en direcci َn este, pensarلn que es una artimaٌa y seguirلn hacia el oeste, en direcciَn a las montaٌas, con la esperanza de encontrar el rastro de la partida principal. Aquella noche comieron pescado crudo que habيan arponeado en un riachuelo cercano, y pese a su odio, Serwe se sorprendiَ admirando la afinidad que habيa entre ese hombre y la naturaleza. Para él, era un lugar con innumerables pistas y pequeٌas tareas. Podيa intuir cَmo serي a el terreno al que se acercaban mediante la visiَn y el canto de determinados pلjaros, y podيa aliviar la tensiَn de los caballos dلndoles pasteles de hongos arrancados del humus. Se dio cuenta de que en él habيa algo mلs que abusos y asesinatos. Mientras Serwe se maravillaba por su capacidad para saborear comida que en su vida anterior le habrيa hecho vomitar, Cnaiur les cont َ episodios de sus muchas incursiones en el Imperio. Dijo que las provincias occidentales del Imperio eran suْ nica esperanza para despistar a sus perseguidores: hacيa mucho tiempo que habيan sido abandonadas a causa de las depredaciones de sus parientes. Su peligro serيa mucho mayor una vez que se adentraran en las grandes extensiones de tierras cultivadas a lo largo del curso inferior del Phayus. Y no por primera vez, Serwe se preguntَ por qué esos hombres se arriesgaban a hacer un viaje como aquél. Retomaron su andadura a la luz del dيa con la intenciَn de seguir el
viaje hasta la noche siguiente. A primera hora de la maٌana, Cnaiur derribَ a un joven gamo, lo cual Serwe tomَ como un buen augurio a pesar de que la perspectiva de comer carne de venado cruda no le entusiasmaba. Estaba constantemente hambrienta, pero habيa dejado de hablar de ello debido al entrecejo fruncido de Cnaiur. A mediodيa, sin embargo, Kellhus espoleَ la montura hasta la de ella. --Vuelves a tener hambre, ؟verdad, Serwe? --le dijo. --؟Cَmo lo sabes? --le preguntَ. Nunca dejaba de emocionarse cada vez que Kellhus adivinaba sus pensamientos, y la parte de ella que sentيa por él un miedo reverente no hacيa sino encontrar un nuevo motivo para confirmarse. --؟Cuلnto tiempo hace, Serwe? --؟Cuلnto tiempo hace que qué? --respondiَ ella, temerosa de repente. --Que estلs embarazada. «،Pero es tu hijo, Kellhus! ،Tuyo!» --Pero si no nos hemos acostado todavيa --dijo él gentilmente. De repente, Serwe se sintiَ desconcertada. No estaba segura de qué querيa decir exactamente, y mucho menos de si habيa hablado en voz alta. Pero por supuesto que se habيan acostado. Ella estaba embarazada, ؟no? ؟Quién mلs podيa ser su padre? Los ojos se le llenaron de lلgrimas. «Kellhus, ؟estلs tratando de hacerme daٌo?» --No, no --respondiَ él--. Lo siento, querida Serwe. Pararemos para comer en seguida. Ella se quedَ mirando su ancha espalda mientras él se adelantaba cabalgando para unirse a Cnaiur. Serwe estaba acostumbrada a contemplar sus breves conversaciones y obtenيa una nimia satisfacciَn en los momentos de duda, hasta de angustia, que descomponيan la curtida expresiَn de Cnaiur. Pero en ese instante se sintiَ obligada a contemplar a Kellhus, a percibir el modo como el sol refulgيa en su cabello rubio, a escrutar la suntuosa lيnea de sus labios y el brillo de sus ojos, que todo lo sabيan. Y le pareciَ casi dolorosamente hermoso, como algo demasiado brillante para los frيos rيos, la piedra desnuda y los nudosos لrboles. Parecيa... Serwe contuvo el aliento. Temiَ por un momento qué fuera a desvanecerse. «No he hablado y sin embargo lo sabe.» «Yo soy la promesa», habيa dicho Kellhus sobre el largo camino de crلneos scylvendios.
«Nuestra promesa --le susurrَ ella al niٌo que llevaba en su interior--. Nuestro Dios.» Pero ؟acaso era posible? Serwe habيa oيdo innumerables historias de Dioses que confraternizaban con hombres como hombres, hacيa mucho tiempo, en los dيas del Colmillo. Eso decيa la escritura. ،Era cierto! Lo que era imposible era que un Dios pudiera caminar entonces, que un Dios pudiera enamorarse de ella, de Serwe, la hija vendida a la Casa Gaunum. Pero quiz لése era el significado de su belleza, la razَn por la que habيa sufrido la codicia venal de un hombre tras otro. Era también demasiado hermosa para el mundo; debيa estar esperando la llegada de su prometido. Anasurimbor Kellhus. Sonriَ con lلgrimas de un jْbilo extasiado. Podيa verle tal como él era realmente, irradiando una luz que procedيa de otro mundo, halos como discos dorados refulgiendo alrededor de sus manos. ،Entonces le veيa! Mلs tarde, mientras mascaban un pedazo de carne de venado cruda junto a un grupo de لlamos, bajo la brisa, él se girَ hacia ella. --Lo entiendes --le dijo en su lengua nativa de Nymbricani. Ella sonriَ, pero no le sorprendiَ que él conociera la lengua de su padre. Le habيa pedido que la hablara muchas veces; no para aprenderla, como sabيa ella en ese momento, sino para escuchar su voz secreta, la que estaba resguardada de la furia del scylvendio. --Sي..., lo entiendo. Voy a ser tu esposa. --Parpadeَ para reprimir las lلgrimas. ةl sonriَ con una compasiَn divina y le acariciَ dulcemente la mejilla. --Pronto, Serwe. Muy pronto. Esa tarde cruzaron un amplio valle, y mientras alcanzaban la cima de las lejanas laderas, vieron por primera vez a sus perseguidores. Serwe no pudo verlos al principio; sَlo atisbaba la falda exterior de los ل rboles iluminados por el sol a lo largo de un pedroso desfiladero. Después vislumbrَ las sombras de los caballos detrلs, con sus delgadas patas cruzلndose en la oscuridad y los jinetes encogidos para evitar las ramas invisibles. De repente, uno apareciَ en el extremo; el sol impregnَ su casco y su armadura de un blanco radiante. Serwe se contrajo en las sombras. --Parecen confundidos --dijo. --Han perdido nuestro rastro en el suelo pedregoso --dijo Cnaiur con gravedad--. Estلn buscando la ruta que tomamos para descender. Después, Cnaiur les pidiَ que aceleraran el paso. Con su convoy de
caballos, bramaron a través del bosque. El scylvendio les guiَ por las descendentes laderas, hasta que llegaron a un riachuelo poco profundo con el lecho de grava. All يcambiaron de direcciَn; cabalgaron rيo abajo junto a las fangosas orillas, y a veces se adentraron en la corriente, hasta que ésta desembocَ en un rيo mucho mلs caudaloso. El aire estaba empezando a enfriarse, y las sombras grises del atardecer se habيan tragado los espacios abiertos. En muchas ocasiones, Serwe habيa creيdo oيr a los Kidruhil a través de los bosques que tenيan a su espalda, pero el omnipresente ruido de la corriente de agua le impedيa estar segura. Sin embargo, curiosamente, no tenيa miedo. Si bien la euforia que habيa sentido durante la mayor parte del dيa se habيa desvanecido, la sensaciَn de inevitabilidad no lo habيa hecho. Kellhus cabalgaba a su lado, y su mirada tranquilizadora siempre estaba all يen el momento en que su corazَn se debilitaba. «No tienes nada que temer --pensaba ella--. Tu padre cabalga contigo.» --Estos bosques --dijo el scylvendio, alzando la voz para que la oyeran al otro lado del rيo-- continْan un poco mلs antes de convertirse en pastos. Cabalgaremos tanto como podamos a oscuras, sin arriesgar nuestros caballos ni nuestros pellejos. Los hombres que nos siguen no son como los demلs. Tienen resoluciَn. Viven para cazar y para combatir a mi pueblo en estos bosques. No se detendrلn hasta que acaben con nosotros. Pero una vez que dejemos atrلs el bosque, tendremos la ventaja de que contamos con caballos de mلs. Los haremos correr hasta que se mueran. Nuestraْ nica esperanza es cabalgar junto al Phayus, dejar atrلs todos los rumores de nuestra presencia aqu يy alcanzar la Guerra Santa. Siguiendo su guيa, cabalgaron junto al rيo, hasta que la luz de la luna se convirtiَ en una franja de mercurio tras la piedra azulina y la vecina oscuridad del bosque. Al cabo de un rato, la luna descendiَ y los caballos empezaron a tropezar y a asustarse. Con una maldiciَn, el scylvendio les ordenَ que se detuvieran. Sin mediar palabra, empezَ a descargar el equipaje de las monturas y a lanzarlo al rيo. Demasiado cansada para hablar, Serwe desmontَ, se estirَ bajo el fr يo nocturno y se quedَ mirando por un momento el Clavo del Cielo, que brillaba entre nubes de estrellas mلs pلlidas. Girَ la mirada hacia el camino que habيan recorrido y se quedَ petrificada por un brillo distinto: una acuosa hilera de luces se deslizaba junto al rيo. --؟Kellhus? --dijo ella, con la voz quebrada después de tanto tiempo
sin utilizarla. --Ya los he visto --respondiَ Cnaiur, arrojando una alforja al agua--. La ventaja del perseguidor: antorchas durante la noche. --En su tono habيa algo distinto, percibiَ Serwe, una tranquilidad que ella no habيa o يdo nunca. La tranquilidad de un trabajador en su elemento. --Nos han estado ganando terreno --seٌalَ Kellhus--; se mueven demasiado de prisa para estar tratando de seguir nuestro rastro. --No tienes experiencia en estos asuntos, dunyaino. --Deberيas escucharle --dijo Serwe con mلs vehemencia de la que pretendيa. Cnaiur se girَ hacia ella, y a pesar de que su expresiَn estaba sumida en la oscuridad, ella percibiَ su indignaciَn. Los scylvendios no toleraban a las mujeres de mal genio. --Elْ nico modo en que podrيamos utilizar esto en nuestro provecho --respondiَ él, con su furia a duras penas contenida-- serيa internل ndonos en el bosque. Ellos seguirيan adelante, quiz لperderيan nuestro rastro totalmente, pero al amanecer se darيan cuenta de su error. Entonces, se verيan obligados a deshacer sus pasos; pero no todos ellos lo harيan. Saben que estamos empeٌados en viajar hacia el este, y sabrيan que nos han adelantado. Avisarيan a los mلs aventajados de nuestra llegada y estarيamos condenados. Nuestraْ nica esperanza es dejarlos atrلs, ؟lo entiendes? --Lo entiende, llanero --respondiَ Kellhus. Siguieron caminando, tirando de sus caballos. Entonces era Kellhus quien los guiaba, aprovechلndose infaliblemente de toda extensiَn de terreno abierto, de modo que en ocasiones Serwe tenيa que correr. Se caيa muchas veces porque tropezaba con cosas que no veيa, pero siempre lograba recuperarse antes de que el scylvendio pudiera reprenderla. Se encontraba siempre sin resuello, con los pulmones ardiendo; sentيa de vez en cuando un calambre en el costado. Estaba amoratada, rasguٌada y tan cansada que las piernas se le doblaban cada vez que se quedaba quieta. Pero detenerse estaba fuera de toda cuestiَn, al menos mientras la hilera de antorchas desfilara en la distancia. Finalmente, el rيo se doblَ y cayَ en forma de cascada sobre una serie de bancos de piedras. A la luz de las estrellas, Serwe vislumbrَ ante s يuna gran extensiَn de agua. --El rيo Phayus --dijo Cnaiur--. Muy pronto cabalgaremos, Serwe. En lugar de seguir el afluente del Phayus, giraron a la derecha y se adentraron en la negrura del interior del bosque.
Al principio, Serwe no podيa ver prلcticamente nada, y se sintiَ como si siguiera una caravana de sonidos a través de un tْnel de pesadilla en el que la negrura se apretujara con la negrura. Ramitas que se partيan. Caballos que resoplaban. El regular impacto de los cascos. Pero poco a poco, un pلlido crepْsculo empezَ a resaltar los detalles de la oscuridad: delgados troncos, cepos, el mosaico de hojas sobre el suelo. El scylvendio habيa dicho la verdad. El bosque se estaba tornando menos espeso. Cuando el amanecer empezَ a asomar por el horizonte de levante, Cnaiur les ordenَ que se detuvieran. Sostenido entre las raيces de un ل rbol caيdo, un gran disco de tierra se levantaba tras él. --Ahora cabalgaremos --dijo--. Cabalgaremos de prisa. Finalmente, pudo descansar los pies, pero su alivio fue breve. Con Cnaiur delante y Kellhus en la parte trasera, avanzaron a toda prisa por entre la maleza. A medida que el bosque se hacيa menos espeso, la confusiَn del enrejado del dosel de hojas descendiَ hasta que pareciَ que corrيan a través de él, azotados por innumerables ramas. A través del sonido de los cascos, oyَ la oleada de cantos matinales de los pلjaros. Dejaron atrلs la opresiva maleza y salieron a los prados galopando. Serwe gritَ y se riَ a voces, entusiasmada por la repentina velocidad del campo abierto. El aire frيo le insensibilizَ el rostro ardiente y le batiَ el pelo en colas ondeantes. Ante ellos, la esfera roja del sol encumbraba el horizonte, bruٌendo la morada distancia de naranja y magenta. Los pastos fueron dando pie, gradualmente, a tierras cultivadas, hasta que las distancias estuvieron cubiertas de campos de trigo joven, cebada y mijo. Bordearon pequeٌas aldeas rurales y las vastas plantaciones que pertenecيan a las Casas de la Congregaciَn. Como concubina de la Casa Gaunum, Serwe habيa sido recluida en fincas similares, y mientras miraba los laberيnticos complejos, los tejados con tejas de arcilla roja y las hileras de enebros como lanzas, le inquietَ que algo tan familiar en el pasado pudiera volverse tan amenazador y extraٌ o. Los esclavos levantaban las cabezas de los campos y les observaban mientras galopaban a lo largo de polvorientos caminos. Los transportistas les maldecيan cuando les adelantaban a toda velocidad. Las mujeres soltaban sus fardos y apartaban de un tirَn a los asombrados niٌos de su camino. «؟Qué cree esa gente? --se preguntaba Serwe con los pensamientos ebrios de fatiga--. ؟Qué ven?» «Osados fugitivos», decidiَ. Un hombre cuya tosca cara les recordaba el terror scylvendio. Otro hombre, cuyos ojos azules les
sondeaban con la prisa de una sola mirada. Y una hermosa mujer, con el largo cabello rubio al viento, la recompensa que esos hombres les negarيan a sus invisibles perseguidores. Aْ ltima hora de la tarde, espolearon a sus sudorosos caballos hacia la cima de una pedregosa colina, donde el scylvendio, al fin, les permitiَ un momento de respiro. Serwe a punto estuvo de caer de la silla. Se desplomَ y se estirَ entre las hierbas; los oيdos le zumbaban, el suelo giraba lentamente bajo su cuerpo. Por un instante, loْ nico que pudo hacer fue respirar. Después oyَ la maldiciَn del scylvendio. que lidere a esos --،Cabrones tenaces! --espet .--Quienquiera َ hombres es tan astuto como terco. --؟Qué hacemos? --preguntَ Kellhus, y la pregunta, por alguna razَn, decepcionَ a Serwe. «Tْ sabes. Tْ siempre sabes. ؟Por qué te pones en sus manos?» Se puso en pie trabajosamente, asombrada porque sus piernas se hubieran agarrotado tan rلpidamente, y siguiَ sus miradas hacia el horizonte. Bajo el sol, vislumbrَ un pequeٌo velo de polvo encaminلndose hacia el rيo, pero poco mلs. --؟Cuلntos? --le preguntَ Cnaiur a Kellhus. --Los mismos que antes..., sesenta y ocho. Aunque ahora cabalgan en caballos distintos. --Caballos distintos --repitiَ Cnaiur secamente, como si le molestara tanto lo que eso significaba como la capacidad de Kellhus de llegar a esas conclusiones--. Deben de haberse hecho con ellos en algْn lugar del camino. --؟Y no has sabido anticipar eso? --Sesenta y ocho --dijo Cnaiur, ignorando la pregunta--. ؟ Demasiados? --preguntَ, mirando con severidad a Kellhus. --Demasiados. --؟Aunque ataquemos de noche? Kellhus asintiَ, con la mirada extraٌamente perdida. --Quiz ل--repitiَ al fin--, pero sَlo si hemos agotado todas las alternativas. --؟Qué alternativas? --preguntَ Cnaiur--. ؟Qué... hacemos? Serwe vislumbrَ una curiosa angustia en su expresiَn. «؟Por qué le preocupa tanto? ؟No ve que vamos a seguir?» --Les hemos ganado terreno --dijo Kellhus con firmeza--. Seguiremos cabalgando. Con Kellhus al frente, se adentraron en la sombra de la colina y fueron ganando velocidad lentamente. Dispersaron un pequeٌo rebaٌo de
ovejas y espolearon a sus ya exhaustos caballos con mلs fuerza que antes. Precipitلndose por la pradera, Serwe sintiَ que el dolor se filtraba desde sus doloridas piernas. Dejaron atrلs la sombra de la colina, y el sol del atardecer cayَ con calidez a su espalda. Espoleَ el caballo para que corriera mلs, se puso a la altura de Kellhus y le dedicَ una fiera sonrisa. ةl la hizo reيr con una mueca divertida: ojos asombrados por su audacia, cejas hundidas de indignaciَn. Con el scylvendio a su espalda, galoparon de lado, riéndose de sus desventurados perseguidores, hasta que el atardecer se convirtiَ en crepْsculo y los distantes campos se enjuagaron de todos los colores salvo el gris. «Le hemos ganado al mismيsimo sol.» terreno --pens --hasta َ Abruptamente, su caballo --su recompensa por haber matado al hombre de la cicatriz-- titubeَ en pleno galope y agitَ la cabeza con un fuerte resoplido. Ella casi sintiَ que la cabeza del animal explotaba... Después, una explosiَn de tierra, hierba y mugre entre sus dientes y un silencio vibrante. El ruido de los cascos se aproximaba. --،Déjala! --oyَ que ladraba el scylvendio--. Nos quieren a nosotros, no a ella. Ella es una propiedad que les ha sido robada, una simple chucherيa. --No. --Esto es impropio de ti, dunyaino... Muy impropio de ti. --Tal vez --oyَ que decيa Kellhus, con la voz entonces muy cercana y amable. Le cogiَ las mejillas con las manos. «Kellhus... Nada de niٌos azules.» «Nada de niٌos azules, Serwe. Nuestro niٌo ser لrosado y vivirل.» --Pero ella estar لmلs segura... Oscuridad y sueٌos de una gran sombrيa carrera a través de tierras infieles.
Flotando. «؟Dَnde est لel cuchillo?» Serwe se despertَ jadeando en busca de aire. Todo el mundo daba vueltas y se sacudيa debajo de su cuerpo. El pelo le batيa y, revoloteل ndole en la cara, le aguijoneaba los ojos. Oli a َ vَmito. --،Por aqu !ي--oyَ que gritaba el scylvendio por encima de los martilleantes cascos, con la voz impaciente, incluso urgente--. ،A la cima de esa colina!
La espalda y los hombros robustos de un hombre estaban aplastados contra sus pechos y su mejilla. Tenيa los brazos asidos con una fuerza impresionante alrededor del torso del hombre, y las manos... ،No se sentيa las manos! Pero notaba la cuerda rozلndole las muٌecas. ،Estaba atada! Amarrada a la espalda de un hombre. A Kellhus. ؟Qué estaba sucediendo? Levantَ la cabeza, sintiَ que unos cuchillos le toqueteaban la parte posterior de los ojos. Pasaron junto a unos pilares descabezados y al lado de la danzarina lيnea de un muro derruido. Ruinas de alguna clase, y al otro lado, las oscuras avenidas de un olivar. ؟Un olivar? ؟Tan lejos habيan llegado? Mirَ hacia atrلs y le sorprendiَ la ausencia de sus caballos sin jinetes. Entonces, a través de delgadas nubes de polvo, vio una inmensa cohorte de jinetes oscureciendo la distancia inmediata. Los Kidruhil: rostros duros concentrados en la persecuciَn, espadas agitل ndose y refulgiendo bajo el sol. Giraron y penetraron en el templo en ruinas. Tuvo la mareante sensaciَn de ser ingrلvida; después se golpeَ contra la espalda de Kellhus. El caballo empezَ a dar patadas mientras ascendيa por una acusada pendiente. Vislumbrَ los terrosos restos de un muro a su espalda. --،Mierda! --oyَ que rugيa el scylvendio. Después:-- ،Kellhus! ؟Los ves? Kellhus no dijo nada, pero arqueَ la espalda y dio una sacudida con el brazo derecho para tirar del caballo en otra direcciَn. Serwe vislumbrَ su barbado perfil cuando girَ la cabeza a la izquierda. --؟Quiénes son? --gritَ. Y Serwe vio otra ola de jinetes, mلs distantes pero acercلndose a ellos, galopando por la misma ladera. El caballo de Kellhus dio un tirَn y, trazando una tangente pendiente arriba, levantaron grava y polvo. Mirَ hacia atrلs, hacia los Kidruhil que tenيan debajo, y observَ cَmo saltaban los muros ruinosos en filas impلvidas. Después vio cَmo otro grupo, tres jinetes, salيa desde detrلs de una arboleda y giraba para interceptar su ascensiَn por la colina. --،Kellhuuuus! --gritَ ella, forcejeando con las cuerdas para llamarle la atenciَn. --،Quieta, Serwe! ،Estلte quieta! Un Kidruhil cayَ fulminado de su montura mientras se agarraba a una flecha clavada en el pecho. «El scylvendio», advirtiَ Serwe al recordar al gamo que habيa matado. Sin detenerse, sin embargo, los
otros dos galoparon junto a su compaٌero caيdo. El primero tirَ de sus riendas, se colocَ en paralelo a ellos y alzَ una jabalina. La ladera se tornَ llana, y los caballos ganaron velocidad. El Kidruhil lanzَ su lanza por encima del borrَn moteado del suelo y la hierba. Serwe se estremeciَ. Pero de alguna manera, Kellhus levantَ el brazo y la cogiَ en el aire, como si fuera una ciruela cayendo de un لrbol. Con un solo movimiento, girَ la jabalina y volviَ a lanzarla. La jabalina se clav َen la estupefacta cara del hombre. Durante un momento espeluznante, Serwe observ cَ َ mo el hombre se tambaleaba sobre la silla y después se desplomaba sobre el acelerado suelo. El otro se limitَ a ocupar su lugar y tirَ de las riendas para acercarse, como si quisiera chocar contra ellos, con la espada alzada para golpear. Por un instante, Serwe le mirَ a los ojos, brillantes en una cara cubierta de polvo, locos de determinaciَn asesina. Mostrando los dientes apretados, golpeَ... El golpe de Kellhus impactَ en su cuerpo como la cuerda de una gran catapulta de asedio. Su espada revoloteَ en el espacio que quedaba entre ellos. Soltando su arma, el Kidruhil bajَ la mirada. El intestino y los excrementos ensangrentados caيan a borbotones sobre la empuٌadura y los muslos. Su caballo dio un respingo y redujo la velocidad hasta detenerse. Inmediatamente después, estaban descendiendo al galope por la ladera del otro lado de la cumbre, y el suelo desaparecيa. Su caballo resoplَ y dio tumbos hasta detenerse sobre la grava, tras la montura de Cnaiur. Antes ellos bostezaba una abrupta caيda, de casi tres veces la altura de los لrboles que poblaban la base. No a pico, pero demasiado abrupta para los caballos. Un tejido de oscuras arboledas y campos se extendيa en la borrosa distancia, mلs abajo. --Por la cresta --espetَ el scylvendio, tirando de su caballo. Pero se detuvo cuando la montura de Kellhus volviَ a gritar. Antes de que Serwe supiera qué estaba pasando, sus brazos habيan sido liberados, y Kellhus habيa saltado al suelo. La levant d َ e la silla y trat d َ e equilibrarla mientras ella se buscaba las piernas. --Vamos a deslizamos hasta abajo. ؟Puedes hacerlo, Serwe? Ella pensَ que iba a vomitar. --Pero si no puedo sentirme las man... Justo entonces, el primero de los Kidruhil llegَ a la cima. --،Venga! --gritَ Kellhus, casi empujلndola por encima del extremo
redondeado. La tierra polvorienta se abriَ bajo sus pies y empezَ a descender a trompicones. Un caballo tropezَ y cayَ en una avalancha de polvo a su espalda. Agarrلndose, rasguٌando con los dedos que a duras penas pod يa sentir, logrَ detenerse. El caballo siguiَ cayendo. --،Corre, muchacha, corre! --gritَ el scylvendio desde arriba. Ella observَ cَmo medio caminaba, medio se caيa junto a ella, dejando una estela de polvo en el mareante vacيo que tenيa debajo. Se arriesgَ a dar un paso tentativo, y volviَ a caer. Se revolviَ, tratando de apuntalar sus pies en la ladera, pero golpeَ algo duro y saliَ rebotada hacia arriba en una explosiَn de arena, agitلndose en el aire. Aterrizَ con las manos y las rodillas, y por un instante le pareciَ que podrيa detener su caيda, pero otra roca le golpeَ el pie izquierdo, tirَ de su rodilla hacia su pecho y ella cayَ, se golpeَ y se rasgَ, rodando de cabeza a través de una nube. Se detuvo entre el caos de piedras caيdas. El scylvendio estaba meciéndole la cabeza. La preocupaciَn de su mirada la dejَ asombrada. --؟Puedes ponerte en pie? --preguntَ. --No lo sé --dijo ella entre jadeos. «؟Dَnde est لKellhus?» ةl la ayudَ a sentarse, pero su preocupaciَn ya estaba en otra parte. --Quédate aqu ي--le dijo bruscamente--. No te muevas. --Estaba desenvainando su espada mientras se ponيa en pie. Ella levantَ la mirada hacia la ladera y se mareَ en seguida. Vio una nube de polvo cayendo y se dio cuenta de que era Kellhus, que aceleraba su descenso dando un salto tras otro. Entonces, la estremeci َ el dolor en su costado, algo afilado que martirizaba cada una de sus respiraciones. --؟Cuلntos? --le preguntَ Cnaiur a Kellhus cuando éste derrapَ para detenerse. --Suficientes --dijo, impertérrito--. No nos seguirلn por aquي. Darلn la vuelta. --Como los otros. --؟Qué otros? --Los perros que nos han sorprendido cuando hemos alcanzado la cima. Deben de haber empezado a descender en el momento en que hemos girado para alejarnos de ellos, porque he vislumbrado sَlo a los rezagados; por allي, a la derecha... Mientras Cnaiur decيa eso, Serwe oyَ el estruendo de cascos a través de la pantalla de madera noble.
«،Pero no tenemos caballos! ،No tenemos cَmo huir!» --؟Qué significa eso? --gritَ ella, jadeando por la llamarada de dolor que la atormentaba. Kellhus se arrodillَ a su lado; su cara celestial hacيa olvidar el sol. Una vez mلs, ella vio su halo, el resplandeciente oro que le hacيa distinto del resto de hombres. «،Nos salvar !ل،No te preocupes, querido, sé que lo har»!ل --Serwe, cuando vengan, quiero que cierres los ojos --le dijo. --Pero eres la promesa --dijo, sollozando. Kellhus le rozَ la mejilla; después, sin mediar palabra, se apartَ para ocupar su lugar junto al scylvendio. Ella vislumbrَ rلfagas de movimiento detrلs, y oyَ los relinchos y los bufidos de los caballos de guerra. Después, los primeros sementales, cubiertos de faldones de malla, franquearon las sombras y salieron a la luz del sol, montados por jinetes con sobretodos blancos y azules, y pesadas armaduras. A medida que los jinetes se acercaban en un semicيrculo irregular, Serwe se dio cuenta de que tenيan caras de plata, tan desapasionadas como las de los Dioses. Y supo que habيan sido enviados. ،Enviados para protegerle! Para proteger la promesa. Uno se acercَ mلs que los otros y se quitَ el yelmo tirando de una descarga de grueso pelo negro. Estirَ de dos correas, y después se apartَ la mلscara de plata de su robusta cara. Era sorprendentemente joven y llevaba una barba recortada en لngulos rectos habitual entre los hombres de los Tres Mares orientales. Ainonio, quizل, o conriyano. --Soy Krijates Iryssas --dijo el joven en un sheyico con marcado acento--. Estos pيos pero adustos seٌores son Caballeros de Attrempus y Hombres del Colmillo... ؟Habéis visto a unos criminales fugitivos por aqu?ي Un silencio atَnito. --؟Por qué lo preguntas? --dijo Cnaiur, finalmente. El hombre mirَ con recelo a sus compaٌeros y después se inclinَ hacia adelante en su montura. Sus ojos titilaron. --Porque me estoy muriendo por falta de una conversaciَn sincera. El scylvendio sonriَ.
QUINTA PARTE: LA GUERRA SANTA
_____ 15 _____ Momemn «Muchos han condenado a aquellos que se unieron a la guerra con motivaciones mercenarias y, sin duda, si esta humilde historia llega finalmente a sus improbables bibliotecas, también arremeterلn contra m .يDebo admitir que mis motivos para unirme a la Guerra Santa eran mercenarios, si por tal entendemos que me un يa ella con objetivos que nada tenيan que ver con la destrucciَn de los infieles y la reconquista de Shimeh. Pero hubo muchos mلs mercenarios que, al igual que yo, fomentaron sin pretenderlo la Guerra Santa matando a un buen nْmero de infieles. El fracaso de la Guerra Santa no tuvo nada que ver con nosotros. ؟Dije fracaso? Quiz لtransformaciَn serيa una palabra mلs adecuada.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa «La fe es la verdad de la pasiَn. Puesto que ninguna pasiَn es mلs verdadera que otra, la fe es la verdad de nada.» Ajencis, La cuarta analيtica del hombre
Primavera, aٌo del Colmillo 4111, Momemn --Recuerda lo que te dije --susurrَ Xinemus a Achamian mientras un viejo esclavo les precedيa por el inmenso pabellَn de Proyas--. Sé formal. Sé cauto... Sَlo te va a recibir para que yo me calle; nada mلs. Achamian frunciَ el entrecejo. --؟Cَmo han cambiado los tiempos, eh, Zin? --Tenيas demasiada influencia sobre él cuando era niٌo, Akka; dejaste una fuerte impronta en su persona. Los hombres celosos con frecuencia confunden la pureza con la intolerancia, especialmente cuando son jَvenes.
A pesar de que Achamian sospechaba que las cosas eran mucho mلs complicadas, sَlo dijo: --؟Has estado leyendo otra vez, verdad? Siguieron al esclavo a través de una sucesiَn de portezuelas bordadas; giraron a la izquierda, después a la derecha, luego a la izquierda una vez mلs. Aunque hacيa semanas que Proyas habيa llegado, las salas de administraciَn por las que pasaban parecيan haber sido dispuestas sin orden ni concierto, y en algunos casos, sَlo se habي an desempaquetado la mitad de los enseres. A Achamian le pareci َ inquietante. Normalmente, Proyas era meticuloso hasta extremos incre يbles. --Caos y crisis --dijo Xinemus a modo de explicaciَn--. Desde su llegada..., tiene a mلs de la mitad de su personal en el campo, contando pollos. Achamian recordَ que contar pollos era una frase hecha conriyana que significaba «hacer esfuerzos inْtiles». --؟Tan mal van las cosas? --Peor. Est لperdiendo el juego que el Emperador le ha planteado, Akka. Recuerda también esto. --Quiz لdeberيa esperar, esperar hasta que... --Achamian empezَ a decirlo, pero ya era demasiado tarde. El viejo esclavo se habيa detenido ante la entrada de un recinto mucho mلs grande y agitَ la mano con una fioritura que revelَ una axila oscura. «Entrad por vuestra cuenta y riesgo», decيa su expresiَn. La sala era mلs frيa, menos luminosa. Los incensarios llenaban el interior de brumas y de la esencia de maderas aromلticas. Las alfombras estaban esparcidas alrededor de un fuego central, y en ellas habيa un curiosa profusiَn de pictogramas ainonios y estilizadas escenas sacadas de las leyendas conriyanas. Reclinado entre almohadones, el Prيncipe observَ desde el otro extremo de la refulgente chimenea. Achamian se puso de rodillas inmediatamente e hizo una reverencia. Vislumbrَ un hilo de humo que ascendيa en espiral procedente de un pequeٌo pedazo de carbَn del fuego. --Levلntate, Maestro --dijo Proyas--. Siéntate en un cojيn junto a mi chimenea. No te pediré que me beses la rodilla. El Prيncipe Coronado de Conriya solamente llevaba una falda de lino bordada con la insignia de su dinastيa y su naciَn. La barba muy recortada, entonces de moda entre los jَvenes nobles de Conriya, perfilaba su rostro. Su expresiَn era neutra, como si tratara de suspender el juicio. Sus grandes ojos eran hostiles, pero no odiosos.
«No te pediré que me beses la rodilla...» Un principio no muy prometedor. Achamian respirَ hondo. --Me honras en exceso, mi Prيncipe, concediéndome esta audiencia. --Quiz لmلs de lo que te imaginas, Achamian. Nunca en mi vida tantos hombres habيan reclamado tanto mi atenciَn. --؟Acerca de la Guerra Santa? --؟Qué si no? Achamian hizo una mueca de dolor para sus adentros. Por un instante, se encontrَ sin palabras. --؟Es cierto que estلs asolando el valle? --Y mلs allل... Si tienes pensado reconvenirme por mis tلcticas, Achamian, piénsatelo mejor. --؟Qué saben los hechiceros de tلcticas, mi Prيncipe? --Demasiado, ya que me lo preguntas. Peroْ ltimamente, todo el mundo se cree una autoridad en cuestiones de tلctica, ؟verdad, Mariscal? Xinemus mirَ a Achamian con una expresiَn de disculpa. --Tus tلcticas son impecables, Proyas. Lo que me preocupa son las formas. --؟Y qué comerيamos si no? ؟Nuestras alfombrillas de rezo? --El Emperador cerrَ sus graneros solamente cuando t ْy los otros Grandes Nombres empezasteis a hacer saqueos. --،Pero lo que nos daba era una miseria, Zin! Lo justo para evitar los disturbios. ،Lo justo para controlarnos! Ni un grano mلs. --Sin embargo, saquear a inrithi... Proyas frunciَ el entrecejo y sacudiَ las manos. --،Es suficiente! Una y otra vez, dices una cosa sَlo porque yo digo la contraria. Sin que sirva de precedente, ،casi preferirيa oيr hablar a Achamian! ؟Has oيdo eso, Zin? Me irritas tanto... A juzgar por la sombrيa mirada de Xinemus, Achamian se dio cuenta de que Proyas no bromeaba. «Ha cambiado tanto... ؟Qué le ha pasado?» Pero ya mientras se preguntaba eso, Achamian conocيa la respuesta. Proyas sufrيa, como debيan de sufrir todos los hombres de gran ambiciَn, por el incesante intercambio de principios por ventajas. Ningْn triunfo sin arrepentimiento. Ningْn alivio sin asedio. Un ansioso compromiso tras otro, hasta que la vida entera parecيa una derrota. Era una enfermedad que los Maestros del Mandato conocيan bien.
--Achamian... --dijo Proyas cuando vio que éste no hablaba--, tengo a una naciَn de emigrantes que alimentar, un ejército de bandidos al que contener, y un Emperador al que burlar, as يque ahorrémonos las sutilezas del jnan. Dime qué quieres. El rostro de Proyas era un campo de batalla de expectaciَn e impaciencia. Aunque querيa ver a su viejo maestro, segْn intuيa Achamian, no querيa querer verlo. «Esto es un error.» Una inspiraciَn involuntaria. --Me pregunto si mi Prيncipe todavيa recuerda lo que le enseٌé hace un montَn de aٌos. --Esos recuerdos, me temo, son laْ nica razَn por la que estلs aquي . Achamian asintiَ. --؟Y recuerda lo que significaba pensar en términos de posibilidades? La impaciencia recuperَ las cumbres de la expresiَn de Proyas. --؟Te refieres a pensar «como si»? --Sي, mi Prيncipe. --De niٌo tus juegos me cansaban, Achamian. De adulto, simplemente no tengo tiempo para ellos. --Esto no es un juego. --؟No? ،Entonces, ؟por qué estلs precisamente aquي, Achamian?! ؟Qué intereses puede tener el Mandato en la Guerra Santa? ةsa era la pregunta. Cuando uno guerreaba contra algo intangible, las dificultades eran sin duda frecuentes. Toda misiَn que careciera de un objetivo, o que tuviera un objetivo que se habيa evaporado en abstracciones, inevitablemente confundيa los medios con los fines, tomaba sus esfuerzos por la cosa por la que se esforzaba. El Mandato estaba allي, segْn habيa advertido Achamian, para determinar si debيa estar allي. Y eso era tan significativo como pudiera serlo cualquier otra misiَn del Mandato, porque en eso consistيan todas las misiones del Mandato. Pero no podيa decيrselo a Proyas. No, tenيa que hacer lo que hacيan todos los agentes del Mandato: poblar lo desconocido con antiguas amenazas y sembrar el futuro de catلstrofes del pasado. En un mundo que ya era aterrador, el Mandato se habيa convertido en una Escuela dedicada a infundir temor. --؟Nuestros intereses? Descubrir la verdad. --As يque vas a soltarme un sermَn sobre la verdad y no sobre las posibilidades... Me temo que esos dيas ya han terminado, Drusas Achamian.
«Me llamabas Akka, antes.» --No, mis dيas de sermones han terminado. Lo mلximo que ahora puedo hacer, al parecer, es recordarle a la gente lo que sabيa en el pasado. --Hay muchas cosas que antes creيa saber que ya no me importan. Debes ser mلs especيfico. --Sَlo querيa recordarte, mi Prيncipe, que cuando estamos mلs seguros, mلs seguros podemos estar de que nos engaٌamos. Proyas sonriَ amenazadoramente. --،Ah! Estلs poniendo en entredicho mi fe. --No la pongo en entredicho. Sَlo la atenْo. --La atenْas, pues. Harلs que me haga nuevas preguntas, que considere inquietantes «posibilidades». ؟Y cuلles, te ruego, son esas inquietantes posibilidades? --El sarcasmo era abierto y escocيa--. Dime, Achamian, ؟en qué clase de idiota me he convertido? En ese instante, Achamian comprendiَ hasta qué punto el Mandato habيa sido menoscabado. No sَlo se habيan vuelto ridيculos, sino que se habيan vuelto trasnochados, una cosa del pasado. ؟Cَmo se podيa recuperar la credibilidad desde un abismo como aquél? --La Guerra Santa --dijo Achamian-- podrيa no ser lo que parece. --؟Podrيa no ser lo que parece? --gritَ Proyas con una burlona estupefacciَn; un reproche a un profesor que habيa dado un traspié fatal--. Para el Emperador, la Guerra Santa es un libidinoso medio para restaurar su Imperio. Para muchos de mis iguales, es simplemente un instrumento venal para la conquista y la gloria. Para Eleلzaras y para los Chapiteles Escarlatas, es un vehيculo para vete a saber qué antigualla. Y para muchos otros, es simplemente una forma barata de redimir una vida desaprovechada. ؟La Guerra Santa no es lo que parece? ،No ha habido una sola noche, Achamian, en que no haya rezado por que tengas razَn! El Prيncipe Coronado se inclinَ hacia adelante y se sirviَ un cuenco de vino. No le ofreciَ uno a Achamian ni a Xinemus. --Pero los rezos --prosiguiَ Proyas-- no son suficientes, ؟verdad? Algo sucederل, alguna traiciَn o pequeٌa atrocidad, y mi corazَn gritarل: «،Qué vergüenza! ،Sean todos malditos!». ؟Y sabes una cosa, Achamian? Es una posibilidad que me salva, que me hace continuar. ؟Y si esta Guerra Santa es en realidad divina, un bien en s يmisma y por s يmisma?, me pregunto. Su aliento se quedَ suspendido durante esasْ ltimas palabras, como si ningْn aliento pudiera seguirlas.
«Y si...» --؟Es tan difيcil de creer? ؟Es tan imposible que a pesar de los hombres y sus libidinosas ambiciones, esta cosa, la Guerra Santa, sea buena por s يmisma? Si es imposible, Achamian, entonces mi vida tiene tan poco sentido como la tuya... --No --dijo Achamian, incapaz de amordazar su ira--, no es imposible. La quejumbrosa furia de los ojos de Proyas se apaciguَ y se tornَ cérea de arrepentimiento. --Te pido disculpas, antiguo maestro. No querيa... --Se interrumpiَ con otro trago de vino--. Quiz لno sea muy buen momento para ir haciendo propaganda de tus hipَtesis, Achamian. Me temo que Dios me est لponiendo a prueba. --؟Por qué? ؟Qué ha sucedido? Proyas lanzَ una mirada a Xinemus, una mirada de preocupaciَn. --Se ha producido una matanza de inocentes --dijo--. Tropas galeoth bajo mando de Coithus Saubon acabaron con los habitantes de una aldea entera cerca de Pasna. Achamian recordَ que Pasna era un ciudad a unas cuarenta millas r يo Phayus arriba, famosa por sus olivares. --؟Lo sabe Maithanet? Proyas hizo una mueca. --Lo sabrل. De repente, Achamian comprendiَ. --Le desafيas --dijo--. ،Maithanet ha prohibido esos disturbios! --Achamian a duras penas era capaz de ocultar su jْbilo. Si Proyas desafiaba a su Shriah... --No me gustan tus modales --le espetَ Proyas--. ،Qué te importa...! --Se detuvo, como sorprendido por algo que, entonces él, acababa de comprender--. ؟Es ésta la posibilidad que quieres que considere? --preguntَ, con asombro y furia en su tono--. Ese Maithanet... --Un repentino humor negro--. ؟Ese Maithanet conspira con el Consulto? --Como decيa --respondiَ Achamian al fin-- es una posibilidad. --Achamian, no te insultaré. Conozco la misiَn del Mandato. Conozco el horror solitario de tus noches. Tْ y los tuyos vivيs los mitos que nosotros dejamos atrلs con la infancia. ؟Cَmo puede uno no respetar eso? Pero no confundas cualquier desacuerdo que yo pueda tener con Maithanet con la reverencia y la devociَn que tengo por el Santo Shriah. Lo que tْ estلs diciendo, la «posibilidad» que me estلs pidiendo que tenga en cuenta, es una blasfemia. ؟Lo entiendes?
--Sي, perfectamente. --؟Tienes algo mلs? ؟Algo mلs que tus pesadillas? Achamian tenيa mلs porque entonces tenيa muchas cosas menos. Tenيa a Inrau. Se humedeciَ los labios. --En Sumna, un agente nuestro --tragَ saliva--, un agente mيo, ha sido asesinado. --Un agente destinado, sin lugar a dudas, a espiar a Maithanet... --Proyas suspirَ; después, negَ con la cabeza con tristeza, como si se resignara a oيr palabras categَricas y quiz لdolorosas--. Dime, Achamian, ؟cuلl es el castigo por espiar a los Mil Templos? El hechicero parpadeَ. --La muerte. --؟Esto? --explotَ Proyas--. ؟Esto es lo que me traes? ؟Uno de tus espيas es ejecutado ،por espiar!, y tْ sospechas que Maithanet, ،el mayor Shriah en generaciones!, conspira con el Consulto? ؟Son éstas tus pruebas? Confيa en mي, Maestro, cuando un agente del Mandato tiene mala suerte, no es necesario... --،Hay mلs! --protestَ Achamian. --،Oh, esto tenemos que oيrlo! ؟Qué? ؟Acaso algْn borracho te susurrَ una historia escabrosa? --Ese dيa en Sumna, cuando te vi besar la rodilla de Maithanet... --،Oh, s!ي, por descontado, ،hablemos de eso! Te das cuenta de la afrenta... --،Me vio, Proyas! ،Supo que yo era un hechicero! Eso le obligَ a hacer una pausa, pero poco mلs. --؟Y crees que yo no sé eso? ،Yo estaba allي, Akka! As يque él, como otros grandes Shriah antes que él, tiene el don de ver a los Escogidos. ؟Y? Achamian estaba estupefacto. --؟Y? --repitiَ Proyas--. ؟Qué significa eso aparte de que él, a diferencia de ti, escogiَ el camino de la rectitud? --Pero... --Pero ؟qué? --Los sueٌos... Han sido tan contundentesْ ltimamente. --،Ah, otra vez con las pesadillas! --Algo est لsucediendo, Proyas. Lo sé. ،Lo siento! Proyas resoplَ. --Y ah يes donde est لel problema, ؟verdad, Achamian? Achamian sَlo pudo quedarse mirلndole, atَnito. Habيa algo mلs, algo que estaba olvidando... ؟Cuلndo se habيa convertido en ese viejo
idiota? --؟Problema? --logrَ preguntar--. ؟Qué problema? --La diferencia entre saber y sentir. Entre el conocimiento y la fe. --Proyas cogiَ su cuenco y se lo bebiَ entero, como si pretendiera castigar al vino--. Recuerdo que te pregunté sobre Dios en una ocasiَn, hace muchos aٌos. ؟Recuerdas lo que me dijiste? Achamian negَ con la cabeza. --«He oيdo rumores --dijiste--, pero nunca he conocido a ese hombre.» ؟Te acuerdas? ؟Te acuerdas de cَmo yo me puse a saltar y a reيr? Achamian asintiَ y sonriَ lلnguidamente. --Lo repetiste sin parar durante semanas. Tu madre estaba furiosa. Me habrيan despedido si Zin no hubiera... --Siempre ha sido un maldito valedor tuyo, ese Xinemus --dijo Proyas, sonriéndole al Mariscal--. ؟Sabes que no tendrيas amigos si no fuera por él? Una repentina punzada en la garganta le imposibilitَ responder. Parpadeَ; tenيa los ojos ardiendo. «No... Por favor, aqu يno.» El Mariscal y el Prيncipe se le quedaron mirando, ambos con una expresiَn avergonzada y a la vez preocupada. --De todos modos --prosiguiَ Proyas, dubitativo--, lo que quiero decir es lo siguiente: lo que tْ dijiste de mi Dios, debes decirlo también del Consulto. Loْ nico que tienes son rumores, Achamian. Fe. No tienes ni idea de lo que estلs hablando. --؟Qué estلs diciendo? Su voz se endureciَ. --La fe es la verdad de la pasiَn, Achamian, y ninguna pasiَn es mلs verdadera que otra. Y eso significa que no hay ninguna posibilidad de que lo que me dices que debo considerar, cualquier miedo que puedas infundirme, sea mلs verdadero que mi adoraciَn. No puede haber ninguna conversaciَn entre nosotros. --Entonces, te pido disculpas... ،No hablaremos mلs de esto! No pretendيa ofenderte... --Sabيa que esto te harيa daٌo --le interrumpiَ Proyas--, pero debيa decيrtelo. Eres un blasfemo, Achamian. Impuro. Tu misma presencia es una afrenta contra ةl. Un ultraje. Y as يcomo un dيa te amé a ti, ahora amo mلs a mi Dios, mucho mلs. Xinemus no pudo soportar mلs. --Pero sin duda...
Proyas silenciَ al Mariscal alzando la mano. Sus ojos reflejaban fervor y fuego. --El alma de Zin es suya. Puede hacer con ella lo que le parezca. Pero, Achamian, debes respetarme en esto: no quiero verte de nuevo. Nunca mلs. ؟Lo entiendes? «No.» Achamian mirَ primero a Xinemus; después de nuevo a Nersei Proyas. «No tiene por qué ser asي...» --As يser ل--dijo... Se puso en pie abruptamente, tratando de ocultar el dolor de su rostro. Los pliegues de su ropa calentados por el fuego quemaban al rozar su piel. --Sَlo te pido una cosa --dijo bruscamente--. Conoces a Maithanet. Quiz لsَlo confيe en ti. عnicamente pregْntale por vuestro joven sacerdote, Paro Inrau, que muriَ a causa de una caيda en la Hagerna hace algunas semanas. Pregْntale si le matَ su gente. Pregْntale si sabي a que el muchacho era un espيa. Proyas le mirَ con la ausencia de un hombre que se dispone a odiar. --؟Por qué se supone que iba a hacer tal cosa, Achamian? --Porque en el pasado me amaste. Sin decir nada mلs, Drusas Achamian se girَ y dejَ a los dos nobles inrithi sentados en silencio junto al fuego. Fuera, el aire de la noche estaba cargado del olor de miles de hombres sin lavar. La Guerra Santa. «Muertos --pensَ Achamian--. Todos mis discيpulos estلn muertos.» --؟Qué desapruebas esta vez? --le dijo Proyas al Mariscal--. ؟Las tل cticas o las formas? --Ambas cosas --respondiَ Xinemus con frialdad. --Ya veo. --Pregْntate a ti mismo, Proyas; deja por una vez a un lado la escritura, y pregْntate de verdad si el sentimiento que tienes en tu pecho, ahora, en este mismo momento, es perverso o recto. Una pausa llena de seriedad. --No siento nada.
Esa noche, Achamian soٌَ con Esmenet, لgil y salvaje encima de él,
y después con Inrau, que gritaba desde el Gran Negro: «،Estلn aquي, viejo profesor! ،En formas que tْ no puedes ver!». Pero inevitablemente, los otros sueٌos vinieron después, la antigua pesadilla que siempre se alzaba en su temible marco y ahuyentaba los deseos menores y mلs recientes. Y entonces, Achamian se encontrَ en los Campos de Eleneot, arrastrando el cuerpo destrozado de un Gran Rey fuera del clamor de la guerra. Los ojos azules de Celmomas le imploraron. --Déjame --dijo entre jadeos el Rey de barba entrecana. --No... Si mueres, Celmomas, todo estar لperdido. Pero el Gran Rey sonriَ con sus labios destrozados. --؟Ves el sol? ؟Ves su destello, Seswatha? --El sol se pone --respondiَ Achamian, entonces con lلgrimas cayéndole por las mejillas. --،S !يSي... La oscuridad del No Dios no lo abarca todo. Los Dioses todavيa nos ven, querido amigo. Estلn lejos, pero los oigo galopar a través de los cielos. Oigo cَmo me llaman. --،No puedes morir, Celmomas! ،No debes morir! El Gran Rey negَ con la cabeza; las lلgrimas le manaban de unos ojos paradَjicamente tiernos. --Me estلn llamando. Dicen que mi fin no es el fin del mundo. Esa carga, dicen, es tuya... Tuya, Seswatha. --No --susurrَ Achamian. --،El sol! ؟No ves el sol? ؟No puedes sentirlo en tus mejillas? Tales revelaciones se ocultan en cosas simples como ésa. ،Lo veo! Veo claramente que he sido un idiota terco e implacable... Y contigo, contigo mلs que nadie, he sido injusto. ؟Puedes perdonar a un anciano? ؟ Puedes perdonar a un estْpido anciano? --No hay nada que perdonar, Celmomas. Has perdido mucho; has sufrido mucho. --Mi hijo... ؟Crees que estar لallي, Seswatha? ؟Crees que me dar ل la bienvenida como su padre? --Sي. Como su padre y su rey. --؟Te he contado alguna vez --dijo Celmomas, con la voz rota de un orgullo desconsolado-- que mi hijo se introdujo en una ocasiَn en los pozos mلs profundos de Golgotterath? --Sي. --Achamian sonriَ entre sus lلgrimas--. Muchas veces, viejo amigo. --،Cَmo le echo de menos, Seswatha! ،Cَmo anhelo volver a estar a su lado una vez mلs!
El viejo Rey llorَ un rato mلs, después abriَ los ojos como platos. --Lo veo tan claramente. Ha tomado el sol como corcel y cabalga por encima de nosotros. ،Lo veo! Galopa a través de los corazones de mi gente, ،despertando en ellos el asombro y la furia! --،Chsss! Conserva tus fuerzas, mi Rey. Los médicos estلn de camino. --Dice..., dice cosas dulces para reconfortarme... Dice que uno de mis descendientes regresarل, Seswatha. Un Anasurimbor regresarل... --El Gran Rey hizo una mueca de dolor y se encogiَ de hombros. Un poco de baba le cayَ entre sus dientes apretados--. En el fin del mundo. Después, los refulgentes ojos de Anasurimbor Celmomas II, Seٌor Blanco de Tryse, Gran Rey de Kuniuri, quedaron débiles e inmَviles. El sol del atardecer brillَ y luego se apagَ, y el reluciente bronce de las huestes norsirai empalideciَ bajo el crepْsculo del No Dios. --،Nuestro Rey! --gritَ Achamian a los sombrيos caballeros que le rodeaban--. ،Nuestro Rey ha muerto!
Se preguntَ si esos juegos eran habituales en el Agora Kamposea. Estaba de espaldas a él, pero Esmenet percibiَ su mirada evaluadora. Basَ los dedos por un haz de orégano colgado, como si quisiera comprobar si estaba bien seco. Se inclinَ hacia adelante, sabedora de que su vestido de lino blanco, un hasas tradicional, se doblarيa sobre sus nalgas y se abrirيa por el costado, lo que otorgarيa al desconocido la posibilidad de ver su cadera desnuda y su seno derecho. Un hasas era poco mلs que un largo rollo de lino decorado con un intrincado cuello bordado y sujeto a la cintura por medio de un cintur َn de piel. Aunque era la vestimenta habitual de las esposas libres en los dيas calurosos, también era popular entre las prostitutas por obvias razones. Pero ella ya no era una prostituta. Ella era... Ya no sabيa lo que era. Las esclavas de Sarcellus Cepaloran, Eritga y Hansa, también hab يan visto al hombre. Soltaron una risita por encima de la canela, simulando estar discutiendo acerca de la longitud de las ramas. No por primera vez ese dيa, Esmenet sintiَ desprecio por ellas, del mismo modo como con frecuencia habيa sentido desprecio por la competencia de sus vecinas en Sumna, especialmente las mلs jَvenes. «،Me est لmirando! ،A m»!ي
Era un hombre extraordinariamente atractivo: rubio pero bien afeitado, de pecho cuadrado. Llevaba solamente una falda de lino azul con borlas doradas que se le pegaban a los sudorosos muslos. La telara ٌa de tatuajes azules que lucيa sobre el brazo indicaba que era un oficial de la Guardia Eَtica del Emperador. Aparte de eso, Esmenet no lo conoc يa de nada. Se habيan encontrado hacيa poco; ella con Eritga y Hansa; él, con tres de sus compaٌeros. La aglomeraciَn la habيa empujado hacia él. Ol يa a cلscaras de naranja y piel salada. Era alto: los ojos de Esmenet a duras penas llegaban a la altura de su clavيcula. Algo en él le hizo pensar en la buena salud. Levantَ la mirada sin saber por qué y le sonriَ de esa manera tيmida y a la vez consciente que desprendيa modestia y prometيa abandono al mismo tiempo. Después, nerviosa, excitada y consternada, habيa tirado de Eritga y Hansa hacia un tranquilo callejَn repleto de curiosos que paseaban y se alineaban junto a los puestos de especias con sus cestos planos apilados y sus cortinas de hierbas secلndose. Comparadas con la apestosa muchedumbre, aquellas fragancias deberيan haber sido un alivio para Esmenet, pero ésta no hacيa sino aٌorar el olor de aquel desconocido. Entonces, en misteriosa ausencia de sus amigos, vagaba al sol a escasa distancia de ellas, observلndolas con un inquietante candor. «Ignَrale», pensَ ella, incapaz de sacudirse la imagen de su fuerte estَmago apretلndose contra ella. َ las dos chicas. --؟Qué estلis haciendo-- ?espet a --Nada --dijo con petulancia Eritga en un sheyico con fuerte acento. El sonido de un palo golpeando un caballete las hizo saltar a las tres. El viejo vendedor de especias, cuya piel parecيa manchada del color de sus productos, se quedَ mirando a Eritga con los ojos airados. Blandiَ su palo y lo alzَ hacia el toldo de lino. --،Es tu dueٌa! --gritَ él. La bronceada muchacha se encogiَ. El vendedor de especias se girَ hacia Esmenet, se llevَ la palma de la mano al cuello y bajَ la mejilla derecha, un gesto de deferencia de la casta de los mercaderes. Le sonriَ con aprobaciَn. Nunca en su vida habيa estado tan limpia, tan bien alimentada o tan bien vestida. Aparte de sus ojos y sus manos, Esmenet sabيa que parecيa la esposa de algْn modesto perteneciente a la casta noble. Sarcellus le habيa hecho innumerables regalos: ropa, ungüentos, perfumes, pero no joyas.
Evitando su mirada, Eritga le dio una patada al toldo, lo que confirm َ lo que Esmenet habيa sabido desde el principio: que la chica no se consideraba a s يmisma una sirviente de Esmenet. Tampoco lo hacيa Hansa. Al principio, Esmenet habيa pensado que se trataba de simples celos: las chicas querيan a Sarcellus, y soٌaban, como hacيan las esclavas jَvenes, en ser algo mلs que las compaٌeras de cama de su due ٌo. Pero Esmenet habيa empezado a sospechar que el propio Sarcellus tenيa algo que ver con esa actitud. Todas las dudas que habيa albergado habيan desaparecido esa maٌana, cuando las dos chicas se negaron a permitirle abandonar el campamento a solas. --،Eritga! --gritَ Esmenet--. ،Eritga! La muchacha la mirَ con un odio franco. Su pelo era tan claro que parecيa no tener frente bajo la luz del sol. --،Vete a casa! --le ordenَ Esmenet--. ،Las dos! La chica soltَ una risotada y escupiَ sobre el polvo de la calle. Esmenet dio un amenazador paso adelante. --Pon tu pecoso culo en casa, esclava, antes de que... Otro golpe del palo en el caballete. El vendedor de especias saliَ de su puesto y golpeَ a Eritga en la cara. La chica cayَ, chillando, mientras el vendedor le pegaba una y otra vez, y gritaba maldiciones en una lengua desconocida. Hansa apartَ a Eritga arrastrلndola y después, en tanto el vendedor seguيa gritando y blandiendo el palo, salieron corriendo del callejَn. --Ya van para casa --le dijo el hombre a Esmenet, radiante de orgullo y apretando una lengua rosa por entre los huecos de sus dientes--. ،Malditos esclavos! --aٌadiَ, escupiendo por encima de su hombro izquierdo. Pero Esmenet sَlo podيa pensar: «Estoy sola». Parpadeَ para reprimir las lلgrimas que amenazaban sus ojos. --Gracias --le dijo al anciano. El retorcido rostro se suavizَ. --؟Qué deseas? --preguntَ amablemente--. ؟Pimienta? ؟Ajo? Tengo un ajo muy bueno. Lo seco durante el invierno de una manera especial. ؟Cuلnto tiempo hacيa que no estaba sola? «Desde esa aldea; hace meses», pensَ. Sarcellus la habيa rescatado all يde la lapidaciَn. Se estremeciَ sintiéndose, de repente, horriblemente sola. Ocultَ el tatuaje en la palma de su mano derecha. No habيa estado sola desde el dيa en que Sarcellus la habيa salvado. Desde que habيa llegado a la Guerra Santa, Eritga y Hansa habيan estado siempre con ella. Y el propio Sarcellus habيa logrado de
algْn modo pasar mucho tiempo con ella. En realidad, habيa sido muy atento, dado el egoيsmo que parecيa caracterizar su vida en otros aspectos. La habيa consentido, en muchas ocasiones, llevلndola allي, al Agora Kamposea, acompaٌلndola a rezar a Cmiral, pasando una tarde entera con ella en el templo de Xothei, donde se habيa reيdo mientras ella se maravillaba por su gran cْpula y escuchaba cَmo le explicaba el modo en que los ceneianos la habيan construido en la baja antigüedad. Incluso habيan recorrido juntos el recinto imperial. Sarcellus se habيa burlado de ella por haberse quedado boquiabierta al entrar en la frيa sombra de las Cumbres Andiamine. Pero nunca la habيa dejado sola. ؟Por qué? ؟Tenيa miedo de que fuera en busca de Achamian? Le pareciَ un miedo tonto. Sintiَ frيo. Estaban vigilando a Akka. ،Ellos! ،Tenيa que decيrselo! Pero ؟por qué se escondيa de él? ؟Por qué temيa la idea de tropezar con él cada vez que salيa del campamento? Siempre que veي a a alguien que se le parecيa, inmediatamente apartaba la mirada, temerosa de que si no lo hacيa, quiz لconvirtiera a quienquiera que fuese en Achamian. Y si él la veيa y la castigaba con un ceٌo fruncido e interrogante. Y si detenيa su corazَn con una mirada angustiada... --؟Qué deseas? --estaba repitiendo el vendedor de especias, entonces con el rostro preocupado. Ella le mirَ sin comprender, pensando: «No tengo dinero». Pero si as يera, ؟por qué habيa ido al agora? Entonces, recordَ al hombre, el Guardia Eَtico que la observaba. Recorriَ el callejَn con la mirada y le vio esperando, mirلndola con vivacidad. «Tan atractivo...» Se quedَ sin aliento. Sintiَ el calor que rodeaba sus muslos. Esa vez no apartَ la mirada. «؟Qué quieres?» ةl la mirَ intensamente y mantuvo su mirada fija en ella ese instante de mلs que sellaba todas las citas sobrentendidas. Inclinَ ligeramente la cabeza y mirَ el extremo mلs lejano del mercado; después, de nuevo, a ella. Apartَ la mirada, nerviosa, con un revoloteo en el pecho. --Gracias --dijo entre dientes al vendedor de especias. El hombre sacudiَ las manos de indignaciَn cuando ella se dio la vuelta. Entumecida, empezَ a caminar en la direcciَn que el desconocido
habيa indicado. Le vio con el rabillo del ojo, siguiéndola a través de una sombrيa pantalla de gente. Mantenيa la distancia, pero parecيa que ya presionaba su sudoroso pecho contra la espalda de ella, sus estrechas caderas contra las nalgas de ella, moviéndose, susurrلndole al oيdo. Ella tratَ de recuperar el aliento, caminَ mلs de prisa, como si la persiguieran. «،Quiero esto!» Se encontraron en unos cercados vacيos, rodeados del olor del ganado para los sacrificios. Los recintos exteriores del templo-complejo se alzaban sobre ellos. De algْn modo, sin mediar palabra, se abrazaron en la oscuridad de un callejَn adyacente. Esa vez, él oliَ a piel quemada. Su beso fue apabullante, hasta vicioso. Ella sollozَ, apretَ la lengua en el interior de la boca de él y sintiَ el filo de cuchillo de sus dientes. --،Oh, s !ي--casi gritَ él--. ،Tan dulce! --Le cogiَ el seno izquierdo. Con la otra mano, jugueteَ con su vestido y acariciَ la parte interior de sus muslos. --،No! --exclamَ ella, apartلndole de un empujَn. --؟Qué? --El hombre se inclinَ sobre los codos de ella, buscando su boca. Ella apartَ la cara. --Dinero --musitَ. Una falsa risa--. Nadie come gratis. --،Ah, Sejenus! ؟Cuلnto? --Doce talentos --dijo ella entre jadeos--, talentos de plata. --Una puta --siseَ él--. ،Eres una puta! --Soy doce talentos de plata... El hombre dudَ. --Est لbien. Empezَ a buscar en su monedero y la mirَ de soslayo cuando ella se ajust َnerviosamente el vestido. --؟Qué es esto? --preguntَ él bruscamente. Ella siguiَ su mirada al dorso de su mano izquierda. --Nada. --؟De verdad? Pues me temo que he visto esa «nada» antes. Es un tatuaje que se burla del que llevan las sacerdotisas de Gierra, ؟no? Lo que utilizan en Sumna para identificar a las putas. --S ؟.يY? El hombre sonriَ. --Te daré tus doce talentos. De cobre.
--De plata --dijo ella. Su voz sonَ insegura. --Una manzana podrida es una manzana podrida; no importa cَmo la vistas. --S ي--susurrَ ella, sintiendo que se le saltaban las lلgrimas. --؟Qué ha sido eso? --،S !ي،Date prisa! ةl rebuscَ en su monedero. Esmenet vislumbrَ que media moneda de plata se deslizaba entre sus dedos. Agarrَ las sudadas monedas de cobre. Se levantَ la parte delantera de su hasas y él la penetrَ. Ella llegَ al clيmax casi inmediatamente, soltando el aire a través de sus dientes apretados. Le golpeَ débilmente los hombros con los puٌos cerrados alrededor del dinero. ةl siguiَ dلndole sacudidas, lentamente pero con fuerza. De vez en cuando, emitيa un gruٌido mلs fuerte que el anterior. --،Dulce Sejenus! --siseَ él, con el aliento cلlido en el oيdo de ella. Ella volviَ a alcanzar el clيmax, esa vez a voz en grito. Sintiَ que él se estremecيa; notَ las reveladoras sacudidas, profundas, como si estuviera buscando su centro. --Por Dios --dijo él entre jadeos. Se echَ hacia atrلs y le apartَ los brazos. Parecيa mirar a través de ella--. Por Dios... --repitiَ, esa vez de un modo distinto--. ؟Qué he hecho? Resollando, ella levantَ la mano y se la puso en la mejilla, pero él dio un paso atrلs, tratando de alisar su falda. Esmenet vislumbrَ un rastro de manchas hْmedas, la sombra de su falo cada vez mلs flلccido. ةl no podيa mirarla, as يque girَ la vista hacia la brillante entrada del callejَn. Empezَ a caminar hacia ella, como si estuviera aturdido. Apoyلndose contra la pared, Esmenet vio cَmo recuperaba la compostura, o al menos una versiَn con el rostro pلlido de la compostura, bajo la luz del sol. Desapareciَ, y ella recostَ la cabeza, respirَ profundamente y alisَ su hasas con manos patosas. Tragَ saliva. Lo sentيa descender por el interior de su muslo, primero caliente, después frيo, como una lلgrima que se desliza hasta la barbilla. Por primera vez, le pareciَ, pudo oler la peste del callejَn. Vio el brillo de su media moneda de plata entre peces podridos y sin ojos. Deslizَ los hombros sobre los ladrillos de adobe y mirَ la resplandeciente agora. Soltَ las monedas de cobre. Cerrَ los ojos con fuerza y vio su estَmago manchado de semen negro. Después huyَ, verdaderamente sola.
Esmenet advirtiَ que Hansa habيa estado llorando. Tenيa el ojo izquierdo como si en cualquier momento pudiera cerrarse a causa de la hinchazَn. Eritga levant َla mirada del fuego que estaba preparando. Un verdugَn rojo estropeaba su cara-- a causa del golpe del vendedor de especias, imagin E َ smenet-- pero, por lo demلs, parecيa normal. Sonriَ como un chacal pecoso, alzando sus invisibles cejas y mirando hacia el pabellَn. Sarcellus la estaba esperando en el interior, sentado en la penumbra. --Te he echado de menos --dijo Sarcellus. Pese a su extraٌo tono, Esmenet sonriَ. --Y yo a ti. --؟Dَnde has estado? --Caminando. --Caminando... --Soltَ el aire a través de sus fosas nasales--. ؟ Caminando por dَnde? --Por la ciudad. Por los mercados. ؟Qué mلs te da? ةl la mirَ con curiosidad. Parecيa estar... oliéndola. Dio un salto, la cogiَ por la muٌeca y tirَ de ella para acercarla, tan rل pidamente que Esmenet soltَ un gemido. Mirلndola, bajَ el brazo, cogiَ el dobladillo de su vestido y empezَ a subيrselo. Se detuvo justo encima de sus rodillas. --؟Qué estلs haciendo, Sarcellus? --Te he echado de menos. Ya te lo he dicho. --No, ahora no. Tengo la peste de... --S ي--dijo él, apartando las manos de ella--. Ahora. Levantَ los pliegues de lino e hizo una especie de toldo. Se puso en cuclillas con las rodillas abiertas como un simio. Un estremecimiento recorriَ su cuerpo, pero Esmenet no supo si era de terror o de furia. ةl baj َsu hasas. Se puso en pie. Se la qued m َ irando sin ninguna expresiَn. Después sonri.َ Algo en él le recordَ a una guadaٌa, como si su sonrisa pudiera segar trigo. --؟Quién? --preguntَ él. --؟Quién qué? Le dio un bofetَn. No muy fuerte, pero pareciَ escocer mلs a causa de ello. --؟Quién? Ella no dijo nada y se girَ hacia el dormitorio.
ةl la cogiَ del brazo, le dio la vuelta violentamente y alzَ la mano para darle otro golpe... Dudَ. --؟Ha sido Achamian? --preguntَ. A Esmenet le pareciَ que nunca habيa odiado mas una cara. Sinti cَ َmo el escupitajo se formaba entre sus labios y sus dientes. --،S !ي--siseَ. Sarcellus bajَ la mano y la soltَ. Por un momento, pareciَ desolado. --Perdَname, Esmi --dijo con voz sorda. «؟Que te perdone qué, Sarcellus? ؟Qué?» ةl la abrazَ desesperadamente. Al principio, ella permaneciَ rيgida, pero cuando él empezَ a lloriquear, algo en su interior se rompiَ. Cediَ, se relajَ bajo la presiَn de sus brazos, oliَ con fuerza su aroma: mirra, sudor y cuero. ؟Cَmo podيa ese hombre tan duro, mلs seguro de s يmismo que ningْn otro hombre que ella hubiera conocido, llorar por haber pegado a una mujer como ella, traicionera, vil? ؟Cَmo podيa él...? --Sé que le quieres --oyَ que susurraba--. Sé que... Pero Esmenet no estaba tan segura.
El hechicero se reuniَ con Proyas a la hora acordada en un montي culo que dominaba la vasta y escuلlida extensiَn de la Guerra Santa. Al este, rodeado por las lejanas murallas y las torretas de Momemn, el sol, alzلndose, ardيa como un gran pedazo de carbَn. Proyas cerrَ los ojos y saboreَ el débil calor del sol matinal. «Este dي a --pensَ y rezَ al mismo tiempo--, todo cambia.» Si las informaciones eran verdaderas, entonces al fin el interminable debate de perros y cuervos llegarيa a su fin. ةl tendrيa a su leَn. Se girَ hacia Achamian. --No est لmal, ؟eh? --؟El qué? ؟La Guerra Santa o esta cita? Proyas se sintiَ castigado por su tono y molesto por su falta de deferencia. Habيa comprendido que necesitaba a Achamian mientras daba vueltas en su camastro, hacيa unas horas. Al principio, su orgullo se habيa mostrado contrario: sus palabras de la semana anterior habي an sido tan tajantes como podيan serlo las palabras: «No quiero verte de nuevo. Nunca mلs». Arrepentirse de ellas justamente cuando necesitaba al hombre le pareciَ abyecto, mercenario. Pero ؟debيa arrepentirse de sus palabras para contravenirlas?
--La Guerra Santa, por supuesto --respondiَ con indiferencia--. Mis escribas me dicen que mلs de... --Tengo un ejército de rumores que perseguir, Proyas --dijo el Maestro--, as يque, por favor, dispénsame de las galanterيas del jnan y dime lo que tienes que decirme. Achamian era habitualmente cortante por las maٌanas. Probablemente se trataba de una consecuencia de los Sueٌos, como habيa supuesto siempre Proyas. Pero habيa algo mلs en su tono, algo cercano al odio. --El resentimiento puedo entenderlo, Akka, pero debes respetar mi cargo. Un acuerdo vincula a la Escuela del Mandato con la Casa Nersei, y si es necesario, lo invocaré. Achamian le mirَ inquisitivamente. --؟Por qué, Prosha? --preguntَ, utilizando el diminutivo de su nombre como hacيa cuando era su tutor--. ؟Por qué estلs haciendo esto? ؟Qué podيa él decirle que no supiera ya o que estuviera dispuesto a oيr? --No estلs en situaciَn de hacerme preguntas, Maestro. --Todos los hombres, hasta los prيncipes, deben responder a la raz َn. Una noche vetas mi presencia ante ti para siempre y después, apenas una semana mلs tarde, me llamas, ؟y no te puedo hacer una pregunta? --،No te he llamado a ti! --grit َProyas--. He llamado al Maestro del Mandato bajo los auspicios del tratado que mi padre firmَ con tus superiores. O bien lo acatas, o bien lo infringes. La elecciَn es tuya, Drusas Achamian. No ese dيa. ،Ese dيa no iba a dejarse arrastrar a ese laberinto! No cuando todo iba a cambiar... Quizل. Pero obviamente Achamian tenيa sus propios intereses. --Sabes --dijo--, he pensado en lo que dijiste esa noche. En realidad, no he hecho otra cosa. --؟En qué? «،Por favor, viejo tutor, deja eso para otro dيa!» --Hay una fe que se reconoce a s يmisma como fe, Proyas, y hay una fe que se toma a s يmisma por conocimiento. La primera abraza la incertidumbre y reconoce el carلcter misterioso de Dios. Engendra la compasiَn y la tolerancia. ؟Quién puede condenar totalmente cuando no est لseguro de si tiene la razَn? Pero la segunda, Proyas, la segunda abraza la certidumbre y sَlo insinceramente rinde culto al misterio de
Dios. Engendra intolerancia, odio, violencia... Proyas frunciَ el entrecejo. ؟Por qué no cedيa? --Y engendra, imagino, alumnos que repudian a sus viejos profesores, ؟eh, Achamian? El hechicero asintiَ. --Y Guerras Santas... Algo en su respuesta intranquilizَ a Proyas, le amenazَ con fomentar miedos ya acuciantes. Sَlo sus aٌos de estudio le habيan salvado de la mudez. --Mora en m ي--cit --yَ encontrarلs refugio ante la incertidumbre-- . Mir a َ Achamian con una expresiَn de burla--. Rيndete, como un niٌo se rinde a su padre, y todas las dudas serلn conquistadas. El Maestro le devolviَ la mirada durante un incَmodo instante. Después, asinti cَ on el irَnico disgusto de un hombre que habيa sido consciente desde el principio de la apariencia sensiblera de su perdiciَn. Hasta Proyas podيa percibirlo: la sensaciَn de que citando la escritura, recorrيa a poco mلs que un truco mezquino. Pero ؟por qué? ؟Cَmo pod يa la voz del عltimo Profeta, la Primera y عltima Palabra, sonar tan..., tan ?... La pena que vio en los ojos de su viejo profesor le resultَ insoportable. --No te atrevas a juzgarme --le espetَ Proyas. --؟Por qué me has llamado, Proyas? --preguntَ Achamian, cansinamente--. ؟Qué quieres? El Prيncipe conriyano puso en orden sus pensamientos respirando profundamente. Pese a sus esfuerzos por impedirlo, habيa permitido que Achamian le distrajera con el peso de cuestiones menores. Era suficiente. Ese dيa serيa el dيa. Tenيa que serlo. --Anoche recib يnoticias de un sobrino de Zin, Iryssas. Ha encontrado a una persona interesante. --؟Quién? --Un scylvendio. Esa palabra roيa el corazَn de los niٌos. Achamian le mirَ fijamente, pero no pareciَ muy impresionado. --Iryssas partiَ hace poco mلs de una semana. ؟Cَmo ha podido encontrar a un scylvendio tan cerca de Momemn? --Parece que el scylvendio estaba de camino para unirse a la Guerra Santa. Achamian parecيa perplejo. Proyas recordَ la primera vez que vio
esa expresiَn: de joven, jugando al benjuka con él bajo los olmos del templo del jardيn de su padre. Cَmo se habيa entusiasmado. Esa vez la expresiَn fue huidiza. --؟Es una broma? --preguntَ Achamian. --No sé qué pensar, viejo tutor; por eso te he llamado. --Debe de ser mentira --afirmَ Achamian--. Los scylvendios no se unen a las Guerras Santas de los inrithi. Somos poco mلs que... --Se por qué me has citado aqu-- ?يpregunt ,como َ si interrumpi .--Pero؟ َ estuviera pensando en voz alta--. A menos... Proyas sonriَ. --Espero la llegada de Iryssas en breve. Su mensajero creيa que podrيa estar sَlo unas horas por delante del grupo del mayordomo. Mandé a Xinemus para que lo trajera aquي. El Maestro mirَ de soslayo el amanecer, una esclerَtica morada alrededor de un iris dorado. --؟Viaja de noche? --Cuando encontraron al hombre y sus acompaٌantes, estaban siendo perseguidos por los Kidruhil del Emperador. Al parecer, Iryssas pens َque era prudente regresar con la mayor presteza posible. Parece que el scylvendio ha hecho algunas afirmaciones bastante provocativas . Achamian levantَ la mano, como si quisiera impedir un exceso de detalles. --؟Acompaٌantes? --Un hombre y una mujer. No sé nada mلs, salvo que ninguno de los dos es scylvendio y que el hombre dice que es un prيncipe. --؟Y cuلles son las afirmaciones que ese scylvendio ha hecho? Proyas se detuvo para ahuyentar los temblores que amenazaban su voz. --Afirma que conoce el arte de la guerra de los fanim. Afirma que los ha derrotado en el campo de batalla. Y le ofrece sus conocimientos a la Guerra Santa. Finalmente, Achamian comprendiَ. La agitaciَn. La impaciencia por sus propias preocupaciones. Proyas habيa visto lo que los jugadores de benjuka llamaban el kut'ma o «movimiento oculto». Esperaba usar a ese scylvendio, quienquiera que fuese, tanto para irritar como para derrotar al Emperador. Achamian sonriَ a su pesar. Incluso después de tantas palabras duras, inevitablemente compartiَ una parte de la excitaci َn de su viejo estudiante. --As يque afirma ser tu kut'ma --dijo.
--؟Es posible lo que dice, Akka? ؟Los scylvendios han hecho la guerra contra los fanim? --Las tribus del sur asaltan con frecuencia Gedea y Shigek. Cuando yo estaba destinado en Shimeh, hubo... --؟Tْ has estado en Shimeh? --le espetَ Proyas. Achamian frunciَ el entrecejo. Como la mayorيa de los profesores, no soportaba las interrupciones. --He estado en muchos sitios, Proyas. Por culpa del Consulto. Cuando uno no sabيa dَnde mirar, tenيa que mirar en todas partes. --Lo siento, Akka. Es sَlo que... --Proyas se fue acallando, desconcertado. Achamian sabيa que el Prيncipe habيa transformado Shimeh en la cima de una montaٌa sagrada, un destino que exigيa guerrear contra miles de hombres antes de obtenerlo. La idea de que un blasfemo pudiera llegar all يsimplemente en barca... --En ese momento --prosiguiَ Achamian--, hubo un gran tumulto contra los scylvendios. Los cishaurim habيan mandado a veinte de los suyos a Shigek para unirse a una expediciَn de castigo que el Padirajah estaba planeando mandar a la estepa. Nunca volviَ a saberse del ejército del Padirajah ni de los cishaurim. --Los scylvendios los masacraron. Achamian asintiَ. --Sي, es muy probable que tu scylvendio haya combatido y haya derrotado a los fanim. Es posible incluso que tenga conocimientos que compartir. Pero ؟por qué iba a compartirlos con nosotros? ؟Con inrithi? ة sa es la cuestiَn. --؟El odio que sienten por nosotros es tan profundo? Achamian vislumbr َuna ensordecedora carga de lanceros scylvendios galopando hacia el fuego, y el trueno de la voz de Seswatha. Una imagen de los Sueٌos. Parpadeَ. --؟Odia un sacerdote Momic al toro cuyo cuello corta? No. Para los scylvendios, recuerda, todo el mundo es un altar de sacrificios, y nosotros somos simplemente las vيctimas del ritual. Ni siquiera merecemos su desdén, razَn por la cual esto es tan extraordinario. ؟Un scylvendio uniéndose a la Guerra Santa? Es como..., como... --Como entrar en las jaulas en las que se guardan las vيctimas de los sacrificios --terminَ Proyas en un tono consternado-- y ponerse a hacer negocios con las bestias.
--Exactamente. El Prيncipe Coronado frunciَ los labios y recorriَ con la mirada todo el campamento; Achamian supuso que buscaba una seٌal de sus malditas esperanzas. Nunca antes habيa visto a Proyas asي, ni siquiera de niٌo. Parecيa tan... frلgil. «؟Tan desesperada es la situaciَn? ؟Qué temes perder?» --Pero, por supuesto --aٌadiَ Achamian en un tono conciliador--, después de la victoria de Conphas en Kiyuth, las cosas pueden haber cambiado en la estepa. Drلsticamente, quizل. --؟Por qué siempre tenيa que satisfacerle as?ي Proyas le mirَ de lado, y en sus labios se formَ una sonrisa sardَnica. Volviَ a observar la confusa extensiَn de tiendas, pabellones y callejones que tenيan enfrente. --Todavيa no estoy tan acabado, viejo... --dijo, y se detuvo, entrecerrando los ojos--. ،All !ي--exclamَ, seٌalando algo que Achamian no pudo ver--. Viene Zin. En seguida veremos si ese scylvendio es mi kut'ma o no. De la desesperaciَn a la impaciencia en un abrir y cerrar de ojos. «Ser لun rey peligroso», pensَ Achamian involuntariamente. Es decir, si sobrevivيa a la Guerra Santa. Achamian tragَ saliva y percibiَ el polvo en los dientes. La costumbre, especialmente cuando iba acompaٌada de miedo, permitيa ignorar el futuro. Pero eso era algo que él no podيa hacer. Con tantos hombres belicosos reunidos en un solo lugar, tenيa que suceder algo catastrَfico. ةsa era una ley tan inexorable como cualquiera de la lَgica de Ajencis. Cuanto mلs lo recordara, mلs preparado estarيa cuando llegara el momento. «En algْn lugar, algْn dيa, millares de los miles que me rodean yacer لn muertos.» La pregunta odiosa, la pregunta que a él le parecيa morbosa hasta el punto de provocarle arcadas, pero que a pesar de todo se sentيa obligado a hacerse, era: «؟Quién morir»?ل. Alguien iba a hacerlo. «؟Yo?» Finalmente, sus ojos distinguieron a Xinemus y su partida montada entre la confusiَn del campamento. El hombre tenيa un aspecto demacrado, tal como era de esperar, puesto que el Prيncipe le habيa mandado partir en mitad de la noche. Tenيa la cara cuadrada y barbada vuelta hacia ellos. Achamian estaba seguro de que le miraba a él y no a Proyas. «؟Morirلs tْ, viejo amigo?»
--؟Le ves? --preguntَ Proyas. Al principio, Achamian creyَ que se referيa a Xinemus, pero entonces vio al scylvendio, también a caballo, hablando con Iryssas, que llevaba el cabello completamente revuelto. La visiَn los dejَ helados. Proyas habيa estado observلndolo, como si le entusiasmara evaluar su reacciَn. --؟Qué pasa? --preguntَ. --Hacيa tanto... --Achamian contuvo la respiraciَn. --؟Tanto qué? «Tanto...» Dos mil aٌos, para ser exactos, desde que habيa visto un scylvendio porْ ltima vez. --Durante el Apocalipsis... --empezَ, pero se fue apagando, dubitativo. ؟Por qué se volvيa tan tيmido cuando hablaba de esas cosas, esas cosas reales?--. Durante el Apocalipsis, los scylvendios se unieron al No Dios. Acabaron con Kyraneas, saquearon Mehtsonc y sitiaron Sumna poco después de que Seswatha huyera allي... --Quieres decir «aqu »ي--dijo Proyas. Achamian mirَ al hombre burlonamente. --Después de que Seswatha huyera aqu ي--explicَ Proyas--, donde en el pasado estuvo la antigua Kyraneas. --S-sي... Aquي. Se encontraba en antiguo suelo kyraneano. Allي, sَlo que enterrado bajo muchas capas. Seswatha incluso habيa pasado por Momemn en una ocasiَn, aunque entonces se llamaba Monemora y era poco mلs que un pueblo. Achamian advirtiَ que ésa era la fuente de su inquietud. Normalmente, no tenيa demasiados problemas en mantener las dos eras, la presente y la apocalيptica, separadas. Pero ese scylvendio... Era como si portara en la frente antiguas calamidades. Achamian escrutَ la figura que se aproximaba: los gruesos brazos cubiertos de cicatrices, el rostro brutal con ojos que sَlo veيan enemigos muertos. Otro hombre, tan mugriento y agotado por el viaje como el scylvendio, pero con el pelo rubio y la barba de un norsirai, cabalgaba a muy poca distancia por detrلs de él. Hablaba con una mujer, también de pelo claro, que se balanceaba precariamente en su silla. Achamian pensَ en ellos un instante --la mujer parecيa herida--, pero su atenciَn pronto se desviَ de nuevo hacia el scylvendio. Un scylvendio. Parecيa demasiado estrafalario para creerlo. ؟Tenي a aquello un significado mلs grande? Habيa sufrido tantos sueٌos de Anasurimbor Celmomasْ ltimamente, y entonces eso, una visiَn incipiente del fin del mundo antiguo. ،Un scylvendio!
--No confيes en él, Proyas. Son crueles, carecen por completo de piedad. Son tan salvajes como los sranc, y mucho mلs astutos. Proyas se riَ. --؟Sabes que los nansur empiezan todos los brindis y todas las oraciones con una maldiciَn contra los scylvendios? --Eso he oيdo. --Bueno, donde tْ ves un espectro de tus pesadillas, Maestro, yo veo al enemigo de mi enemigo. Achamian percibiَ que la visiَn del bلrbaro habيa reactivado las esperanzas de Proyas. --No. Ves un enemigo, lisa y llanamente. Es un infiel, Proyas. Anatema. El Prيncipe Coronado le mirَ implacablemente. --Como tْ. ،Qué error! ؟Cَmo podيa hacérselo entender? --Proyas debes... --،No, Achamian! --gritَ el Prيncipe--. No «debo» nada. ،Sَlo por esta vez, ahَrrame tus oscuras premoniciones! ،Por favor! --Me llamaste para que te aconsejara --le espetَ. Proyas se dio la vuelta. --La petulancia, viejo tutor, no es propia de ti. ؟Qué te ha pasado? Te llamé para que me aconsejaras, sي, pero en lugar de eso no paras de cotorrear. Un consejero, como pareces haber olvidado, ofrece al Prي ncipe los datos necesarios para que éste haga un anلlisis sensato. No hace sus propios anلlisis y después regaٌa al Prيncipe por no compartirlos-- .Le dio la espalda con una risotada--. Ahora sé por qué el Mariscal se preocupa tanto por ti. Las palabras le hirieron. Achamian podيa ver en su expresiَn que Proyas habيa tenido la intenciَn de hacerle daٌo, habيa querido infligirle lo mلs parecido posible a una herida mortal. Nersei Proyas era un comandante, un comandante que se enfrentaba a un Emperador por el alma de una Guerra Santa. Necesitaba resoluciَn, la apariencia de unanimidad y, por encima de todo, obediencia. El scylvendio ya casi hab يa llegado hasta ellos. Achamian lo sabيa, y sin embargo, las palabras le hirieron. «؟Qué me ha pasado?» Xinemus habيa detenido su caballo negro en la base del montي culo. Les saludَ mientras desmontaba. Achamian no tuvo aliento para responderle. «؟Qué dices de mي, Zin? ؟Qué ves?» Siguiendo el ejemplo de Xinemus, el grupo revoloteَ alrededor de
sus caballos un instante. Achamian oyَ a Iryssas regaٌando al norsirai por su aspecto, como si fuera un hermano muy unido, y no un extranjero que iba a conocer a su Prيncipe. Con murmullos y pasos cansados, empezaron a subir por la ladera. Ya en el suelo, el scylvendio era mلs alto que Xinemus, mلs alto que todos los demلs, en realidad, con la excepciَn del norsirai. Tenيa la cadera enjuta, y sus amplios hombros estaban ligerيsimamente encorvados. Parecيa hambriento, pero no a la manera de los pedigüeٌos, sino de los lobos. Proyas le dedicَ unaْ ltima mirada a Achamian antes de saludar a sus huéspedes. «Sé lo que necesito que sea», le advirtieron sus ojos. --Qué infrecuente es que el aspecto de un hombre se corresponda a los rumores --dijo el Prيncipe en sheyico. Sus ojos se detuvieron en los brazos repletos de tendones del bلrbaro--. Pero tu aspecto es tan fiero como la reputaciَn de tu pueblo, scylvendio. A Achamian le molestَ el tono amistoso de Proyas. Su capacidad para convertir sin el menor esfuerzo una discrepancia en una bienvenida, para ser rencoroso un instante y afable el siguiente, siempre habيa inquietado a Achamian. Sin lugar a dudas, él no la tenي a. Siempre habيa pensado que una pasiَn tan mَvil denotaba una preocupante capacidad de engaٌar. El scylvendio fulmin َcon la mirada a Proyas, pero no dijo nada. Achamian sinti u َ n escozor en la piel. El hombre, segْn advirti ,llevaba َ un Chorae metido en el interior del cinturَn. Podيa oيr su abismal susurro. Proyas frunciَ el entrecejo. --Sé que hablas sheyico, amigo. --Si no recuerdo mal --dijo Achamian en conriyano--, los scylvendios tienen poca paciencia con los cumplidos irَnicos, mi Prي ncipe. Les parecen poco varoniles. Los gélidos ojos azules refulgieron en su direcciَn. Algo en el interior de Achamian, algo que sabيa cَmo valorar las amenazas fيsicas, tembl َ. --؟Quién es éste? --preguntَ el hombre con un fuerte acento. --Drusas Achamian --dijo Proyas, en un tono mucho mلs duro entonces--, un hechicero. El scylvendio escupiَ, y Achamian no supo si lo hizo por desprecio o si era un gesto popular contra la hechicerيa. --Pero no te corresponde a ti hacer las preguntas --prosiguiَ Proyas--. Mis hombres te salvaron a ti y a tus acompaٌantes de los nansur, y puedo ordenarles con la misma facilidad que os entreguen a ellos. ؟Lo entiendes?
El bلrbaro se encogiَ de hombros. --Pregunta lo que quieras. --؟Quién eres? --Soy Cnaiur urs Skiotha, caudillo de los utemot. Pese a sus escasos conocimientos acerca de los scylvendios, Achamian habيa oيdo hablar de los utemot, al igual que todos los Maestros del Mandato. Segْn los Sueٌos, Sathgai, el Rey-de-Tribus que habيa liderado a los scylvendios al lado del No Dios, era utemot ؟.Podي a ser eso otra coincidencia? --Los utemot, mi Prيncipe --le murmur َAchamian a Proyas-- son una tribu del extremo septentrional de la estepa. Una vez mلs, el bلrbaro le fulminَ con una gélida mirada. Proyas asintiَ. --As يpues, dime, Cnaiur urs Skiotha, ؟por qué un lobo scylvendio viajarيa tan lejos para hablar con los perros inrithi? El scylvendio se mostraba tan despectivo como sonriente. Mostraba, segْn percibiَ Achamian, la caracterيstica arrogancia de los b لrbaros, la irreflexiva certidumbre de que los duros modales de su tierra hacيan de él un hombre mucho mلs duro que los demلs, aunque fueran mلs civilizados. «Para él --pensَ Achamian--, somos mujeres tontas.» --He venido --dijo el hombre sin rodeos-- para vender mi sabidurيa y mi espada. --؟Cَmo mercenario? --preguntَ Proyas--. Creo que no, amigo mيo. Achamian me ha dicho que no existen scylvendios mercenarios. Achamian tratَ de mirar a los ojos a Cnaiur. No pudo. --Las cosas le fueron mal a mi tribu en Kiyuth --explicَ el bلrbaro--. Y fue peor todavيa cuando regresamos a nuestros pastos. Los pocos de mis parientes que sobrevivieron a los nansur fueron destruidos por nuestros vecinos del sur. Nuestros rebaٌos fueron robados. Nuestras esposas e hijos fueron hechos prisioneros. Los utemot ya no existen. --؟Y? --espetَ Proyas--. ؟Esperas hacer de los inrithi tu tribu? ؟ Esperas que me crea eso? Silencio. Un momento duro entre dos hombres indَmitos. --Mi tierra me ha repudiado. Me ha despojado de mi corazَn y mis pertenencias, as يque, a cambio, yo he renunciado a mi tierra. ؟Tan difي cil de creer es? --Pero entonces por qué... --empezَ Achamian en conriyano. Fue interrumpido por la mano de Proyas. El Prيncipe escrutَ al bل rbaro en silencio, evaluلndole de esa forma desconcertante en que
Achamian le habيa visto evaluar a otros antes: como si él fuera el centro absoluto de todo juicio. Si Cnaiur urs Skiotha estaba desconcertado, sin embargo, no lo demostraba. Proyas exhalَ con fuerza, como si hubiera llegado a una conclusiَn arriesgada y, por lo tanto, trascendental. --Dime, scylvendio, ؟qué sabes de Kian? Achamian abri َla boca para protestar, pero dud cَ uando observ e َl ceٌo fruncido de Xinemus. «،No olvides cuلl es tu lugar!», gritaba la expresiَn del Mariscal. --Mucho y poco --respondiَ Cnaiur. Achamian sabيa que ésa era la clase de respuesta que Proyas despreciaba, pero el scylvendio estaba jugando a lo mismo que el Prي ncipe. Proyas querيa saber lo que el scylvendio sabيa de los fanim antes de revelar cuلnto necesitaba saber. De otro modo, el hombre podr يa simplemente decirle lo que querيa oيr. La respuesta evasiva, sin embargo, significaba que el scylvendio se habيa percatado de ello, y por tanto, que era extraordinariamente sagaz. Achamian recorriَ con la mirada la superficie cicatrizada de los brazos del bلrbaro, tratando de contar sus swazond con un solo vistazo. No pudo. «Muchos --pens --le َ han subestimado«. --؟Qué hay de la guerra? --preguntَ Proyas--. ؟Qué sabes del arte de la guerra kianene? --Mucho. --؟Cَmo es eso? --Hace ocho aٌos, los kianene invadieron la estepa, como los nansur, con la esperanza de acabar con nuestras incursiones en Gedea. Nos enfrentamos a ellos en un lugar llamado Zirkirta. Los aplastamos. Estas de aqu ي--se pasَ un grueso dedo por varias cicatrices que tenيa en la base de la muٌeca derecha-- son de aquella batalla. ةsta es su general, Hasjinnet, hijo de Skauras, el Sapatishah de Shigek. No habيa orgullo en su voz. Para él, la guerra era simplemente un hecho que debيa ser descrito; no muy distinto, como imaginَ Achamian, de la descripciَn del nacimiento de un potrillo en sus pastos. --؟Mataste al hijo del Sapatishah? --Finalmente, s ي--dijo el scylvendio--. Antes le hice cantar. Muchos de los conriyanos que observaban se rieron a carcajadas, y aunque Proyas sَlo le concediَ una sonrisa suficiente, Achamian se dio cuenta de que estaba entusiasmado. Pese a sus toscas maneras, el scylvendio estaba diciendo exactamente lo que Proyas esperaba oيr.
Pero Achamian siguiَ sin estar convencido. ؟Cَmo sabيan que los utemot habيan sido aniquilados? Y lo que era mلs importante: ؟qué ten يa eso que ver con arriesgar la vida, las piernas y la piel cruzando el Nansurium para unirse a la Guerra Santa? Achamian mirَ por encima del hombro izquierdo del scylvendio al hombre norsirai que le acompaٌaba. Por un instante, sus miradas se engarzaron, y a Achamian le sorprendiَ la mezcla de sabidurيa y pesar. Incomprensiblemente, pens »ة:l... َ ةl tiene la respuesta». Pero ؟se darيa cuenta Proyas de eso antes de acogerlos bajo su protecciَn? Los conriyanos se tomaban las normas de la hospitalidad con una seriedad absurda. --؟As يque conoces las tلcticas kianene? --estaba preguntando Proyas. --Sي. Ya entonces hacيa aٌos que era caudillo. Era consejero del Rey-de-Tribus. --؟Podrيas describيrmelas? --Podrيa... El Prيncipe Coronado sonriَ, como si finalmente hubiera reconocido en el scylvendio una chispa similar a la suya. Achamian sَlo podيa mirar con una entumecida preocupaciَn. Sabيa que cualquier interrupciَn serي a rechazada de plano. --Eres cauto --dijo Proyas--, lo cual es bueno. Un infiel en una Guerra Santa debe ser cauto. Pero no tienes ninguna necesidad de recelar de mي, amigo. El scylvendio resoplَ. --؟Por qué? Proyas abriَ los brazos, seٌalando la gran dispersiَn de tiendas que pespunteaban las distancias. --؟Has presenciado alguna vez una reuniَn as ?يLa gloria de los inrithi se ha reunido en estos campos, scylvendio. Los Tres Mares nunca habيan sido tan pacيficos. Toda su violencia se ha reunido aquي . Y cuando marche contra los fanim, te aseguro que tu batalla en Kiyuth, en comparaciَn, parecer لuna mera escaramuza. --؟Y cuلndo marchar?ل Proyas hizo una pausa. --Eso podrيa depender de ti. El bلrbaro se lo quedَ mirando, estupefacto. --La Guerra Santa est لparalizada. Una hueste, especialmente una hueste tan grande como ésta, marcha sobre su estَmago. Pero Ikurei Xerius III, a pesar de los acuerdos forjados hace mلs de un aٌo, nos
niega las provisiones que necesitamos. Segْn la ley eclesiلstica, el Shriah puede exigir que el Emperador nos aprovisione, pero no puede exigir que los nansur marchen con nosotros. --Pues marchad sin ellos. --Eso es lo que harيamos, pero el Shriah duda. Hace meses, algunos Hombres del Colmillo consiguieron las provisiones que necesitaban tras someterse a las exigencias del Emperador... --Que son... --Firmar el Solemne Contrato, un acuerdo mediante el que se ceden al Imperio todas las tierras conquistadas. --Inaceptable. --No para los Grandes Nombres de los que te hablaba. Pensaron que eran invencibles, que esperar a que se les sumaran los demلs sَlo servirيa para que les robaran su gloria. ؟Qué es una firma en un papiro a cambio de la gloria? As يque marcharon, se adentraron en tierras fanim y fueron completamente destruidos. Mientras reflexionaba, el scylvendio se habيa llevado una mano a la barbilla. «Un gesto extraٌamente encantador --pensَ Achamian-- en un hombre como ése.» --Ikurei Conphas --dijo con decisiَn. Proyas alzَ las cejas con aprobaciَn. Hasta Achamian se sintiَ muy impresionado. --Sigue --dijo el Prيncipe. --Sin Conphas, tu Shriah teme que la Guerra Santa sea totalmente destruida. Se niega a exigirle al Emperador que os aprovisione porque teme una repeticiَn de lo sucedido. Proyas sonriَ amargamente. --Eso es. Y el Emperador, naturalmente, ha puesto el precio de Conphas en el contrato. Elْ nico modo de que Maithanet empuٌe su herramienta es, al parecer, vendiéndola. --Y vendiéndoos a vosotros. Proyas exhalَ un largo suspiro. --No te equivoques, scylvendio; soy un hombre devoto. No dudo de mi Shriah, sَlo de su anلlisis de estos acontecimientos recientes. Estoy convencido de que el Emperador est لmostrando un farol, de que aunque marchemos sin firmar su maldito contrato, mandar لa Conphas y sus columnas a hacerse con cualquier prerrogativa que puedan obtener de la Guerra Santa... Por primera vez, Achamian se dio cuenta de que Proyas temيa que Maithanet pudiera capitular. ؟Y por qué no? Si el Santo Shriah podيa
tolerar a los Chapiteles Escarlatas, ؟por qué no iba a soportar también el Solemne Contrato del Emperador? --Mi esperanza --prosiguiَ Proyas--, y es sَlo una esperanza, es que Maithanet te acepte a ti como sustituto de Conphas. Contigo como consejero nuestro, el Emperador no podr لseguir manteniendo que nuestra ignorancia nos condenarل. --؟El sustituto del Exalto-General? --repitiَ el caudillo scylvendio, que se estremeciَ con una carcajada, como advirtiَ Achamian un instante después. --؟Te parece divertido, scylvendio? --preguntَ Proyas con una expresiَn de desconcierto. Achamian aprovechَ la oportunidad. --Es por Kiyuth --le susurrَ rلpidamente en conriyano--. Piensa en el odio que debe de sentir por Conphas después de Kiyuth. --؟Venganza? --le espetَ Proyas a modo de respuesta, también en conriyano--. ؟Crees que ésa es su verdadera razَn para viajar hasta aqu ي? ؟Para descargar su venganza sobre Ikurei Conphas? --،Pregْntaselo! ؟Por qué ha venido hasta aqu يy quiénes son los otros? Proyas mirَ a Achamian. La desilusiَn de sus ojos se habيa visto desplazada por la aceptaciَn. Su ardor habيa estado muy cerca de enga ٌarle, y lo sabيa. Habيa estado a punto de acoger al scylvendio en su hogar --،a un scylvendio!-- sin apenas unas cuantas preguntas comprometidas. --No conoces a los nansur --estaba diciendo el bلrbaro--. ؟El gran Ikurei Conphas sustituido por un scylvendio? Habr لalgo mلs que lamentos y rechinar de dientes. Proyas ignorَ el comentario. --Una cosa que sigue preocupلndome, scylvendio... Comprendo que tu tribu haya sido destruida, que tu tierra se haya vuelto contra ti, pero ؟por qué has venido aquي? ؟Por qué iba un scylvendio a cruzar el Imperio, precisamente? ؟Por qué iba un infiel a unirse a una Guerra Santa? Las palabras borraron de un plumazo el humor del rostro de Cnaiur urs Skiotha y dejaron solamente cautela. Achamian observَ cَmo se tensaba. Parecيa la puerta a algo temible que habيa sido desatado. --Yo soy la razَn por la que Cnaiur ha viajado hasta aqu ي--declarَ una voz resonante desde detrلs del bلrbaro. Todos los ojos se giraron hacia el anَnimo norsirai. El porte del hombre era imperioso, pese a los trapos que le cubrيan; tenيa el
semblante de un hombre acostumbrado a una vida de absoluta autoridad. Pero esa expresiَn estaba de alguna forma matizada, como si hubiera estado acompaٌada por la pena y el sufrimiento. La mujer que estaba agarrada a su cintura miraba una cara tras otra, escandalizada y desconcertada a la vez. «؟Cَmo --gritaban sus ojos-- podéis no daros cuenta?» --Y, por cierto, ؟quién eres tْ? --le preguntَ Proyas. Los ojos azul claro parpadearon. El rostro sereno se inclinَ lo justo para saludar a un igual. --Soy Anasurimbor Kellhus, hijo de Moenghus --dijo el hombre en sheyico con un fuerte acento--. Un Prيncipe del norte, de Atrithau. Achamian jadeَ sin comprender. Entonces, el nombre, Anasurimbor, le golpeَ como un repentino puٌetazo en el estَmago. Le dej َ sin resuello. Se sorprendiَ alzando las manos y cogiendo a Proyas del brazo. «No puede ser.» Proyas le mirَ con acritud, advirtiéndole que cerrara la boca. «Tendr لs mucho tiempo para entrometerte mلs tarde, Maestro.» Volviَ a mirar al extranjero. --Un nombre poderoso. --No puedo hablar por mi sangre --respondiَ el norsirai. «Uno de mis descendientes regresarل, Seswatha...» --No tienes el aspecto de un Prيncipe. ؟Debo considerarte mi igual? --Tampoco puedo hablar por lo que tْ hagas o creas. Por lo que respecta a mi aspecto, loْ nico que puedo decir es que mi peregrinaje ha sido duro. «Un Anasurimbor regresarل...» --؟Peregrinaje? --Sي. A Shimeh... Hemos venido a morir por el Colmillo. «... en el fin del mundo.» --Pero Atrithau est لmuy lejos del influjo de los Tres Mares. ؟Cَmo puedes haber tenido noticia de la Guerra Santa? Vacilَ, como si tuviera miedo y no estuviera convencido de lo que iba a decir. --Sueٌos. Alguien me mandَ sueٌos. «،No puede ser!» --؟Alguien? ؟Quién? El hombre no pudo responder.
_____ 16 _____ Momemn «Aquellos de nosotros que sobrevivimos siempre nos sentiremos apabullados al recordar su llegada. Y no sَlo porque entonces era muy distinto. En cierto y extraٌo modo, nunca cambiَ. Cambiamos nosotros. Si él nos parece ahora tan distinto es porque era una figura que transformَ la situaciَn.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Finales de primavera, aٌo del Colmillo 4111, Momemn El sol acababa de ponerse. El hombre que decيa llamarse Anasurimbor Kellhus estaba sentado con las piernas cruzadas a la luz del fuego, junto a un pabellَn en cuyos laterales de tela habيan cosidoل guilas bordadas; «un regalo de Proyas», supuso Achamian. Al principio, no habيa nada inmediatamente impresionante en el hombre, salvo, quizل, su largo cabello de color pajizo, que era tan fino como el armiٌo y parecيa extraٌamente fuera de lugar a la luz del fuego. «Cabello hecho para el sol», pensَ Achamian. La joven mujer herida que se agarraba fieramente a su costado el dيa anterior estaba sentada junto a él, con un vestido sencillo pero elegante. Ambos se habيan baٌado y habيan cambiado sus trapos por ropas salidas del guardarropa del Prيncipe. Al acercarse, a Achamian le sorprendiَ la belleza de la mujer. Antes le habيa parecido poco mلs que una niٌa apaleada. Ambos observaron cَmo se acercaba, con los rostros vividos bajo la luz del fuego. --Debes de ser Drusas Achamian --dijo el Prيncipe de Atrithau. --Veo que Proyas te ha advertido acerca de mي. El hombre sonriَ con complicidad; en realidad, era mucho mلs que complicidad. Se trataba de una sonrisa distinta de cualquier otra que Achamian hubiera visto jamلs. Parecيa comprenderle mucho mلs de lo que él querيa ser comprendido. Entonces, se dio cuenta. «Conozco a este hombre.»
Pero ؟cَmo se reconoce a un hombre al que nunca se ha visto antes? A menos que sea a través de un hijo o un pariente... Imلgenes de su sueٌo reciente, en las que sostenيa el rostro muerto de Anasurimbor Celmomas en su regazo, destellaron en su memoria. El parecido era inconfundible: el surco entre las cejas, el largo hoyuelo de las mejillas, los ojos profundos. «،Es un Anasurimbor! Pero es imposible...» Y sin embargo, en aquellos tiempos, las cosas imposibles parecي an innumerables. Reunida alrededor de las adustas murallas de Momemn, la Guerra Santa era una visiَn tan asombrosa como cualquiera de las pesadillas de las Viejas Guerras de Achamian, con la posible salvedad de las desgarradoras batallas de Agongorea y el desesperado cerco de Golgotterath. La llegada del scylvendio y del Prيncipe de Atrithau no habيan hecho sino confirmar la absurda magnitud de la Guerra Santa, como si las historias antiguas hubieran acudido en personas para ungirla. «Uno de mis descendientes regresarل, Seswatha, un Anasurimbor volverل...» Pese a lo extraordinario de la llegada del scylvendio, no era mلs que una casualidad. Pero el Prيncipe Anasurimbur Kellhus de Atrithau era una cuestiَn totalmente diferente. ،Anasurimbor! Eso era todo un nombre. La dinastيa Anasurimbor habيa sido la tercera y mلs esplendorosa dinastيa que habيa regido Kuniuri, una estirpe que el Mandato habيa creيdo desaparecida desde hacيa miles de aٌos, si no con la muerte de Celmomas II en los campos de Eleneot, entonces sin duda con el saqueo de Tryse poco después. Pero no. La sangre del primer gran rival del No Dios habيa sido de algْn modo preservada. Imposible. «... en el fin del mundo.» --Proyas me ha advertido --dijo Kellhus--. Me ha dicho que los tuyos sufrيs pesadillas de mis ancestros. Achamian sintiَ un pinchazo de traiciَn. Casi podيa oيr al Prيncipe: «Sospechar لque eres un agente del Consulto... Y de no ser asي, tendr لla esperanza de que Atrithau siga en guerra contra el Consulto, y de que tْ tengas noticias de su escurridizo enemigo. Sيguele la corriente, si quieres. Pero no trates de convencerle de que el Consulto no existe. No te escuchar»ل. --Pero yo siempre he creيdo --prosiguiَ Kellhus-- que uno debe cabalgar durante un dيa el caballo de otro hombre antes de criticarle.
--؟Para comprenderle mejor? --No --respondiَ el hombre, encogiéndose de hombros con un destello en la mirada--, porque entonces estلs a un dيa de distancia y tienes su caballo... Achamian negَ con la cabeza con tristeza y sonriَ, y después de un momento, los tres estallaron en carcajadas. «Me gusta este hombre. ؟Y si es quien afirma ser?» Mientras sus risas se iban apagando, Kellhus le presentَ a la mujer, Serwe, y le dio la bienvenida. Achamian se sentَ con las piernas cruzadas al otro lado del fuego. Achamian casi nunca se enfrentaba a situaciones como aquélla con un plan definido. Normalmente, se presentaba con un puٌado de curiosidades y poco mلs. Mientras iba poniendo sobre la mesa esas curiosidades, hacيa preguntas, y en las respuestas que recibيa buscaba determinadas claves, signos reveladores y transparentes en las palabras y las expresiones. Nunca sabيa exactamente qué estaba buscando; sَlo que estaba buscando. Confiaba en que cuando encontrara algo sabrيa reconocerlo. Un buen espيa siempre sabيa reconocerlo. La deficiencia de su método, sin embargo, se hizo evidente desde el principio. Nunca antes habيa conocido a un hombre como Anasurimbor Kellhus. Estaba su voz, que siempre parecيa afinada con el timbre de una promesa. En ocasiones, Achamian se sorprendيa aguzando el oيdo para oيrle, no porque hablara en voz baja o porque su acento fuera incomprensible --hablaba con una extraordinaria fluidez, pese a lo reciente de su llegada--, sino porque su voz tenيa profundidad. Parecي a susurrar: «Hay mلs de lo que te estoy contando... Sَlo escucha y verل s». Y estaba también su cara, el sincero drama de su expresiَn. Habيa en ella cierta inocencia, una concisa forma de mostrarse propia sَlo de los jَvenes, aunque a Achamian de ningْn modo le pareciَ ingenuo. El hombre se mostraba prudente, divertido y triste sucesivamente, sin malicia, como si experimentara sus pasiones y las pasiones de los dem لs con una asombrosa inmediatez. Y finalmente, estaban sus ojos, que brillaban suavemente a la luz del fuego. Eran azules como el agua que despierta la sed. Eran ojos que seguيan cada palabra de Achamian, como si ni el mayor grado de atenciَn hiciera justicia a lo que decيa. Y sin embargo, al mismo tiempo, les rondaba un aire de extraٌa reserva. Pero no la reserva de los
hombres que llegan a conclusiones que lio se atreven a decir en voz alta, como Proyas, sino la reserva de un hombre que tiene la certidumbre de que a él no le corresponde sacar conclusiones. Mلs que nada, sin embargo, era lo que el hombre decيa lo que hab يa sobrecogido a Achamian. --؟Y por qué te has unido a la Guerra Santa? --le preguntَ Achamian, tratando de convencerse de que todavيa creيa que la respuesta que le habيa dado a Proyas no era la verdadera. --Te refieres a los sueٌos --respondiَ Kellhus. --Supongo que sي. Por un breve instante, el Prيncipe de Atrithau le contemplَ con paternalismo, casi con pena, como si Achamian todavيa no comprendiera las reglas de esa reuniَn. --Hasta la llegada de esos sueٌos, la vida habيa sido para m يcomo una ensoٌaciَn --explic .--َUn sueٌo en s يmisma, quiz ...لEl sueٌo por el que me preguntas, el sueٌo de la Guerra Santa, fue un sueٌo de los que despierta, un sueٌo que hace que la vida anterior se convierta en sueٌo ؟. Qué hace uno cuando tiene sueٌos semejantes? --pregunt ؟.--َVolverse a dormir? Achamian compartiَ su sonrisa. --؟Pudiste? --؟Volverme a dormir? No, nunca. Ni aunque quisiera. Dormir es algo que no se consigue mediante el deseo. No puede ser cogido como una manzana, para saciar el apetito. El sueٌo es como la ignorancia o el olvido... Cuanto mلs se esfuerza uno para lograr tales cosas, mلs se alejan del alcance de la mano. --Como el amor --aٌadiَ Achamian. --Sي, como el amor --dijo Kellhus suavemente, mirando a Serwe por un breve instante--. ؟Y por qué tْ, un hechicero, te has unido a la Guerra Santa? Esa pregunta cogiَ a Achamian con la guardia baja. Se sorprendiَ respondiendo con mلs franqueza de la que pretendيa. --No sé por qué... Porque me ha sido ordenado por mi Escuela, supongo. Kellhus sonriَ amablemente, como si reconociera un dolor compartido. --Pero ؟cuلl es tu misiَn aqu?ي Achamian se mordiَ el labio, pero no pudo resistirse a decir una verdad, por otro lado, humillante. --Buscamos un mal antiguo e implacable --dijo lentamente, con el
resentimiento de los hombres que son ridiculizados con frecuencia--. Un mal que no hemos sido capaces de encontrar en mلs de trescientos aٌ os. Y sin embargo, una noche tras otra, nos acongojan sueٌos con los horrores que ese mal provocَ en una ocasiَn. Kellhus asintiَ, como si incluso ese loco reconocimiento tuviera algْn precedente en su propia vida. --؟Acaso no es difيcil buscar lo que no podemos ver? Esas palabras llenaron a Achamian de un pesar inenarrable. --Sي... Muy difيcil. --Quizل, Achamian, tْ y yo no seamos tan diferentes. --؟A qué te refieres? Pero Kellhus no respondiَ. No le resultَ necesario. Achamian advirtiَ que el hombre habيa percibido su anterior incredulidad, y habيa respondido mostrلndole lo irَnico que era que un hombre angustiado por sus sueٌos le negara a otro hombre la posibilidad de que los suyos le extasiaran. De repente, Achamian creyَ la historia de Kellhus. ؟Cَmo podrيa creer en s يmismo si no? Pese a esos momentos de sutil enseٌanza, Achamian se habيa dado cuenta de que el discurso y los modales del hombre no tenيan nada que ver con una orden. Su conversaciَn carecيa de las intangibles rivalidades que acompaٌaban como un olor, en ocasiones dulce pero casi siempre agrio, las charlas de otros hombres. Debido a ello, su conversaciَn tenيa un carلcter de viaje. A veces reيan, y en otras ocasiones se quedaban callados, inmovilizados por la gravedad de los temas de los que hablaban. Y esos momentos eran como estaciones, como pequeٌos santuarios a partir de los cuales orientar un peregrinaje mayor. Achamian se dio cuenta de que ese hombre no estaba interesado en convencerle de nada. Sin duda, habيa cosas que deseaba mostrarle, cosas que esperaba que compartiera, pero cada una de ellas era ofrecida en el marco de una comprensiَn comْn: «Que a ambos nos muevan las cosas en s يmismas. Descubrلmonos mutuamente». Antes de acercarse al fuego, Achamian se habيa preparado para ser muy suspicaz, incluso tremendamente crيtico, con cualquier cosa que el hombre pudiera decir. El Antiguo Norte era entonces hogar de innumerables tribus de sranc, y sus grandes ciudades --Tryse, Sauglish, Myclai, Kelmeol y las otras-- estaban completamente en ruinas y llevaban dos mil aٌos muertas. Y all يdonde habيa sranc no podيa entrar ningْn hombre. El Antiguo Norte era oscuro para el Mandato. Inescrutable. Y Atrithau era el bastiَn solitario en la oscuridad, frلgil ante
la larga y vetusta sombra de Golgotterath. Una sola luz prendida contra el corazَn negro del Consulto. Hacيa siglos, cuando el Consulto todavيa tenيa refriegas abiertamente con el Mandato, Atyersus habيa mantenido una misiَn en Atrithau. Pero la misiَn habيa quedado sumida en el silencio siglos atrل s, poco después de que el Consulto se retirara a la oscuridad. De vez en cuando, mandaban al norte expediciones para que investigaran, pero fracasaban invariablemente. O bien eran rechazadas por los galeoth --que se mostraban extremadamente celosos con su ruta de caravanas meridional--, o bien desaparecيan en las vastas llanuras Istyuli para no volver a ser vistas jamلs. En consecuencia, el Mandato sabيa muy poco de Atrithau, sَlo lo que se podيa deducir de los comerciantes que lograban sobrevivir al largo itinerario entre Atrithau y Galeoth. Y por lo tanto, Achamian comprendيa que serيa totalmente prisionero de los hechos que Kellhus le contara. No tendrيa ningْn modo de saber si decيa la verdad, de saber si era el Prيncipe de Atrithau o no. Y sin embargo, Anasurimbor Kellhus era un hombre que movيa las almas de los que le rodeaban. Hablando con él, Achamian llegَ a comprender ciertas cosas que difيcilmente hubiera comprendido de otro modo. Encontrَ respuestas a curiosidades que nunca antes se habي a atrevido a reconocer, como si su alma hubiera sido estimulada y abierta al mismo tiempo. Segْn los comentarios, el filَsofo Ajencis habيa sido un hombre as ؟.يY podيa un hombre como Ajencis mentir? Era como si Kellhus fuera una revelaciَn viviente, un ejemplar de la Verdad. Achamian acabَ confiando en él; confiando pese a mil aٌos de sospecha. La noche se cerrَ, y el fuego decreciَ peligrosamente. Serwe, que habيa hablado muy poco, yacيa dormida con la cabeza sobre el regazo de Kellhus. Su rostro dormido revolviَ una tenue sensaciَn de soledad en el interior de Achamian. --؟La quieres? --le preguntَ Achamian. Kellhus sonriَ con tristeza. --Sي... La necesito. --Te adora, ya lo sabes. Se ve en el modo como te mira. Eso pareciَ entristecer todavيa mلs a Kellhus. Su rostro se oscureci َ. --Ya lo sé --dijo finalmente--. Por alguna razَn me hace mلs de lo que soy... También otros hacen eso. --Quiz ل--dijo Achamian con una sonrisa que le pareciَ
curiosamente falsa-- saben algo que tْ ignoras. Kellhus se encogiَ de hombros. --Quizل. --Mirَ a Achamian con franqueza. Después, con la voz dolorida, aٌadiَ:-- Es paradَjico, ؟verdad? --؟El qué? --Tْ tienes un conocimiento privilegiado y sin embargo nadie te cree; en cambio yo no tengo nada y todo el mundo insiste en que tengo un conocimiento privilegiado. Y Achamian sَlo podيa pensar: «Pero ؟me crees?». --؟A qué te refieres? --preguntَ. Kellhus le mirَ pensativamente. --Esta tarde un hombre ha caيdo de rodillas ante m يy me ha besado el dobladillo de la toga. --Se riَ, como si todavيa estuviera asombrado por la triste absurdidad de ese acto. --Tu sueٌo --dijo Achamian con naturalidad--. Creyَ que los Dioses te mueven. --Te aseguro que no me han movido en absoluto. Achamian dudَ de eso y por un momento se asust »؟.Quién َ es este hombre?» Permanecieron sentados en silencio un rato. Les llegaron distantes gritos de algْn lugar en el campamento circundante. Borrachos. --،Perro! --bramَ uno--. ،Perro! --Te creo, ya lo sabes --dijo finalmente Kellhus. El corazَn de Achamian revoloteَ, pero no dijo nada. --Creo en la misiَn de tu Escuela. Fue el turno de Achamian para encogerse de hombros. --Entonces, ya sois dos. Kellhus se riَ. --؟Puedo preguntarte quién es mi crédulo colega? --Una mujer. Esmenet. Una prostituta a la que visitaba de vez en cuando. --Achamian no pudo evitar mirar a Serwe al decirlo. «No tan hermosa como esta mujer, pero hermosa en cualquier caso.» Kellhus le habيa estado observando con atenciَn. --Es una mujer hermosa, imagino. --Es una prostituta --repitiَ Achamian, de nuevo turbado por la capacidad de verbalizar sus pensamientos. Achamian se culpَ del silencio que siguiَ a esas لcidas palabras. Se arrepintiَ, pero no pudo hacer como si no las hubiera dicho. Mirَ a Kellhus con una disculpa en los ojos. Pero el asunto ya habيa sido perdonado y olvidado. Los silencios
entre tos hombres estaban repletos de incَmodos significados --acusaciones, dudas, juicios de quién es débil y quién es fuerte--, pero los silencios de ese hombre enmendaban en lugar de sellar esas cosas. El silencio de Anasurimbor Kellhus decيa: «Sigamos adelante, tْ y yo, y recordemos estas cosas en un mejor momento». --Hay algo --dijo al fin Kellhus-- que me gustarيa preguntarte, Achamian, pero temo que nuestra relaciَn todavيa sea demasiado reciente. «Qué honestidad. Ojal لpudiera seguirte.» --Loْ nico que uno puede hacer, Kellhus, es preguntar. El hombre sonriَ y asintiَ. --Eres un profesor y yo soy un extranjero ignorante en una tierra desconcertante... ؟Accederيas a enseٌarme? Con esas palabras, un centenar de preguntas asaltaron a Achamian. --Me considerarيa afortunado, Kellhus, de contar con un Anasurimbor entre mis estudiantes --se sorprendiَ diciendo. Kellhus sonriَ. --Est لacordado, pues. Te tengo, Drusas Achamian, por mi primer amigo entre este prodigio. Esas palabras despertaron una extraٌa timidez en Achamian, y se sintiَ aliviado cuando Kellhus despertَ a Serwe y le dijo que iban a retirarse. Después, avanzando trabajosamente por entre los oscuros callejones de tela de camino a su tienda, Achamian experimentَ una extraٌa euforia. Aunque la alegrيa que provocaban cosas como aquélla no tenيa medida, se sintiَ sutilmente transformado por su encuentro con Kellhus, como si le hubieran mostrado un ejemplo muy necesario de algo profundamente humano. Un ejemplo de la actitud adecuada ante la vida. Tendido en su humilde tienda, temiَ dormirse. La perspectiva de sufrir las pesadillas de nuevo le parecيa insoportable. El trauma tanto podيa disminuir como intensificar la perspicacia. Cuando finalmente el sueٌo le sobrevino, soٌَ una vez mلs con el desastre de los Campos de Eleneot, con la muerte de Anasurimbor Celmomas III bajo los martillos sranc. Y cuando se despertَ jadeando en busca de aire puro, la voz del Alto Rey moribundo --،tan similar a la de Kellhus!-- resonَ en su alma y abrumَ el ritmo de su corazَn con sus cadencias proféticas: «Uno de mis descendientes regresarل, Seswatha, un Anasurimbor regresarل... en el fin del mundo».
Pero ؟qué significaba eso? ؟Era Anasurimbor Kellhus realmente una seٌal, como Proyas esperaba? ؟Una seٌal no de la sanciَn de Dios a la Guerra Santa, como Proyas daba por hecho, sino del inminente regreso del No Dios? «... en el fin del mundo.» Achamian empezَ a temblar, a agitarse con un horror que nunca habيa experimentado estando despierto. «؟El regreso del No Dios? Por favor, dulce Sejenus, permيteme morir antes«... ،Era impensable! Se abrazَ los hombros y se meciَ en la oscuridad de su tienda, susurrando «،no!» una y otra vez. «،No!» «Por favor... Esto no puede estar sucediendo, ،no a m !يSoy demasiado débil. Soy sَlo un idiota.» Al otro lado de la tela de su tienda, todo permanecيa en etéreo silencio. Innumerables hombres dormيan, soٌaban con el terror y la gloria contra los infieles, y no sabيan nada de lo que Achamian temيa. Eran inocentes, como Proyas; estaban movidos por el irresponsable ي mpetu de su fe, pensando que un lugar, una ciudad llamada Shimeh, era el clavo alrededor del cual girarيa el destino del mundo. Pero el clavo, como sabيa Achamian, debيa encontrarse en un lugar mلs oscuro, un lugar mucho mلs al norte, donde la tierra lloraba brea. Un lugar llamado Golgotterath. Por primera vez en muchos, muchos aٌos, Achamian rezَ. Mلs tarde volviَ en razَn, y se sintiَ un poco estْpido. Por muy extraordinario que fuera Kellhus, no tenيa nada mلs que los sueٌos de Celmomas y la coincidencia de un nombre para justificar una conclusiَn tan aterradora. Achamian era escéptico, y estaba orgulloso de serlo. Era un estudiante de los antiguos, de Ajencis, un profesional de la lَgica. El Segundo Apocalipsis no era sino la mلs dramلtica de un centenar de conclusiones banales. Y si algo definيa su vida de vigilia, era la banalidad. En cualquier caso, encendiَ su vela con una palabra hechicera y hurgَ en la bolsa. Sacَ el mapa que habيa hecho poco antes de unirse a la Guerra Santa. Echَ un vistazo a los nombres esparcidos en el papiro y se detuvo en: MAITHANET Mientras la vieja enemistad entre Proyas y él persistiera, tendrيa pocas esperanzas de saber mلs cosas de Maithanet o de adelantar sus
investigaciones sobre la muerte de Inrau. «Lo siento, Inrau», pensَ, y obligَ a sus ojos a apartarse de su querido discيpulo. Después escrutَ: EL CONSULTO escrito --mucho mلs apresuradamente, le pareci --a َ solas, en la esquina superior derecha, y todavيa aislado de la delgada red de conexiones que unيan los Otros nombres. A la luz de la vela, parecيa temblar contra la hoja pلlida y veteada, como si fuera algo demasiado desquiciado para ser capturado en tinta. Mojَ su pluma en el cuerno y escribiَ con mucho cuidado: ANASURIMBOR KELLHUS bajo el odiado nombre.
Cnaiur cruzaba el campamento con el paso reacio de un hombre que no est لseguro del lugar al que se dirige. El camino que seguيa se extendيa entre un caos de campos dormidos. Aqu يy allل, el fuego segu يa ardiendo, atendido por hombres que susurraban, la mayorيa borrachos. Los olores le asaltaron al llevar la brusquedad del hedor en el aire frيo y seco: ganado, carne rancia y humo de aceite; algْn idiota estaba quemando madera hْmeda. Los recuerdos de su reciente encuentro con Proyas dominaban sus pensamientos. Para fortalecer el plan que debيa permitirle burlar al Emperador, el Prيncipe Coronado habيa buscado consejo en cinco Palatinos conriyanos que habيan adoptado la causa del Colmillo. Eran hombres orgullosos con lenguas orgullosas. Hasta los Palatinos mلs belicosos, como Gaidekki o Ingiaban, hablaban mلs de cara a la galerي a que para solucionar el problema. Observلndolos, Cnaiur se habيa dado cuenta de que todos jugaban una versiَn infantil del juego del dunyaino. Las palabras, segْn le habيan enseٌado Moenghus y Kellhus, podيan ser utilizadas con la mano abierta o con el puٌo cerrado, como forma de abrazar o como forma de esclavizar. Por alguna razَn, aquellos inrithi, que no tenيan nada tangible que ganar o perder con respecto a los demلs, hablaban con los puٌos cerrados: afirmaciones fatuas,
concesiones falsas, agasajos burlones, insultos halagadores y una inacabable sucesiَn de insinuaciones sarcلsticas. Jnan, lo llamaban. Era una seٌal de casta y cultura. Cnaiur habيa soportado la farsa tan bien como habيa podido, pero inevitablemente, segْn le parecيa entonces, pronto habيan lanzado también las redes sobre él. --Dime, scylvendio --dijo Gaidekki, colorado por el alcohol y la osad يa--, esas cicatrices tuyas, ؟reflejan al hombre o la medida del hombre? --؟Qué quieres decir? El Palatino de Anplei sonriَ. --Bueno, dirيa que si, por ejemplo, matas a Ganyama, él merecerي a dos cicatrices como mucho. Pero ؟y si me mataras a m ?ي--Mirَ a los demلs, con las cejas alzadas y los labios fruncidos, como si hablara en deferencia a sus formadas opiniones--. ؟Qué? ؟Veinte cicatrices? ؟ Treinta? --Sospecho --dijo Proyas-- que las espadas scylvendias tienen muy buen ojo. Imrotha se riَ de eso con demasiado entusiasmo. --Las swazond --dijo Cnaiur a Gaidekki-- contabilizan enemigos, no idiotas. --Se quedَ mirando impلvido al asustado Palatino, y después, escupiَ al fuego. Pero Gaidekki no se dejَ intimidar tan fلcilmente. --؟Y yo qué soy? --preguntَ peligrosamente--. ؟Idiota o enemigo? En ese momento, Cnaiur comprendiَ otra de las penalidades que iba a tener que sufrir durante los prَximos meses. Los peligros y las privaciones de la guerra no eran nada; los habيa sobrellevado durante toda su vida. La deshonra de tener tratos con Kellhus era un problema de una naturaleza diferente, pero algo que podيa soportar en nombre del odio. Pero la degradaciَn de participar un dيa tras otro en las desagradables y afeminadas costumbres de los inrithi era algo que no habيa tenido en consideraciَn. ؟Cuلnto deberيa sufrir para ver la venganza satisfecha? Por suerte, Proyas se adelantَ con habilidad a su respuesta a Gaidekki y puso punto final al consejo. Demasiado disgustado para soportar sus evasivas de despedida, Cnaiur se habيa limitado a abandonar el pabellَn y adentrarse en la noche. Dejَ que su mirada vagara mientras él caminaba. La luna era llena y brillaba, manchando de color plateado la espalda de las nubes, cada vez mلs cargadas. Movido por una peculiar melancolيa, mirَ a las estrellas. A los niٌos scylvendios les contaban que el cielo era un yaksh
increيblemente grande y lleno de innumerables agujeros. Recordaba a su padre seٌalando hacia el cielo en una ocasiَn. --؟Lo ves, Nayu? --le habيa dicho--. ؟Ves las mil luces mirando a través del cuero de la noche? As يes como sabemos que un gran sol brilla mلs all لde este mundo. As يes como sabemos que cuando es de noche, en realidad es de dيa, y que cuando es de dيa, en realidad es de noche. As يes como sabemos, Nayu, que el mundo es una mentira. Para los scylvendios, las estrellas eran un recordatorio: sَlo el Pueblo de la Guerra era verdadero. Cnaiur se detuvo. El polvo bajo sus sandalias todavيa desprendيa el calor del sol. A lo largo de la oscuridad inmediata, el silencio parecيa sisear. ؟Qué estaba haciendo all ?يEntre perros inrithi. Entre hombres que rasgaban su aliento en el pergamino y su sustento en la tierra. Entre hombres que vendيan sus almas a la esclavitud. Entre ganado. ؟Qué estaba haciendo? Se llevَ las manos a las cejas y se pasَ los pulgares por los ojos. Se estremeciَ. Entonces, oyَ la voz del dunyaino desplazلndose en la oscuridad. Con los ojos cerrados con fuerza, se sintiَ joven una vez mلs, detenido en el centro del campamento utemot, oyendo cَmo Moenghus hablaba con su madre. Vio la cara ensangrentada de Bannut, sonriendo en lugar de desencajarse mientras él le estrangulaba. «Llorica.» Pasلndose las uٌas por el cuero cabelludo, siguiَ andando. A través de una pantalla de campos oscuros, vislumbrَ la luz de la hoguera del dunyaino. Vio al Maestro barbado, Drusas Achamian, sentado, inclinل ndose hacia adelante como si se estuviera esforzando por escuchar. Después vio a Kellhus y a Serwe, con la brillantez del fuego contra la penumbra circundante. Serwe dormيa con la cabeza sobre el regazo del dunyaino. Encontrَ un lugar junto a un carro desde el que podيa observar. Se agachَ. Cnaiur tenيa la intenciَn de analizar detenidamente lo que el dunyaino dijera, con la esperanza de confirmar alguna de sus innumerables sospechas. Pero rلpidamente se dio cuenta de que Kellhus estaba jugando con ese hechicero del mismo modo que jugaba con todos los demلs; aporreلndole con los puٌos cerrados, le obligaba a
que su alma recorriera caminos por él inventados. Obviamente, no lo parecيa. Comparado con las bromas de Proyas y sus Palatinos, lo que Kellhus le decيa al Maestro tenيa una gravedad sobrecogedora. Pero todo era un juego, un juego cuyas verdades se habيan convertido en meros mensajes, en los que cada mano abierta escondيa un puٌo. ؟Cَmo podيa uno determinar las verdaderas intenciones de un hombre como él? Esa idea le hizo pensar que los monjes dunyainos podيan ser incluso mلs inhumanos de lo que habيa creيdo. ؟Y si cosas como la verdad y el significado no tenيan ningْn sentido para ellos? ؟Y si loْ nico que hacيan era moverse y moverse, como un reptil, deslizلndose a través de una circunferencia tras otra, consumiendo una alma tras otra en aras de la pura consumaciَn? El pensamiento le puso la carne de gallina. Se llamaban a s يmismos estudiantes del Logos, el Camino Mلs Corto. Pero ؟el camino mلs corto hacia dَnde? A Cnaiur, el Maestro le traيa sin cuidado, pero la visiَn de Serwe dormida con la cabeza sobre los muslos de Kellhus le llenَ de un miedo impropio de él, como si ella yaciera rodeada por una serpiente enroscada. Se le pasaron todo tipo de posibilidades por la cabeza: escabullirse en mitad de la noche; llevلrsela y mirarla tan fijamente a los ojos que su centro se sintiera tocado, para después explicarle la verdad de Kellhus... Pero esas visiones dieron pie a la furia. ؟Qué clase de pensamientos acobardados eran ésos? Siempre alej لndose, siempre vagando por lo inexplorado y lo débil. ،Siempre traicionando! Serwe frunciَ el entrecejo y se revolviَ como si estuviera siendo importunada por un sueٌo. Kellhus le acariciَ distraيdamente la mejilla. Incapaz de apartar la mirada, Cnaiur le dio puٌetazos al polvo. «Ella no es nada.» El Maestro se marchَ un rato después. Cnaiur observَ cَmo Kellhus guiaba a Serwe a su pabellَn. Ella se parecيa tanto a una niٌa pequeٌa cuando se despertaba: el cuerpo balanceلndose, la cabeza agachada, observando sus pies mientras hacيa pucheros y pestaٌeaba. Tan inocente. «Y embarazada», sospechaba entonces Cnaiur. Pas َun largo rato antes de que el dunyaino reapareciera. Se encamin h َ acia el fuego y empez a َ sofocarlo golpeando las brasas con un palo. Lasْ ltimas llamaradas se apagaron, y Kellhus se convirti e َ n una
fantasmagَrica apariciَn grabada por los carbones naranja que tenيa a sus pies. Sin mediar aviso, levantَ la mirada. --؟Cuلnto tiempo tenيas pensado esperar? --le preguntَ en scylvendio. Cnaiur se pudo en pie y se sacudiَ el polvo de las nalgas. --Hasta que se marchara el hechicero. Kellhus asintiَ. --Sي. El Pueblo de la Guerra desprecia a los brujos. Pese a la proximidad del dunyaino, Cnaiur se plantَ tan cerca de los carbones que percibiَ su لrido calor. Desde que Kellhus lo habيa sostenido sobre el precipicio aquel dيa en las montaٌas, cada vez que se acercaba a él tenيa que combatir una extraٌa timidez fيsica. «Ningْn hombre me intimida.» --؟Qué quieres de ese hombre? --preguntَ, escupiendo a los carbones. --Ya lo has oيdo. Instrucciَn. --Lo he oيdo. ؟Qué quieres de él? Kellhus se encogiَ de hombros. --؟Te has preguntado siquiera por qué mi padre me ha llamado a Shimeh? --Dijiste que no lo sabيas. --«Eso es lo que dijiste.» --Pero a Shimeh... --Kellhus le mirَ repentinamente--. ؟Por qué Shimeh? --Porque es donde él vive. El dunyaino asintiَ. --As يes. Cnaiur sَlo pudo quedarse mirلndole. Habيa algo que Proyas le habيa dicho antes, aquella misma noche... Le habيa preguntado al hombre por los Chapiteles Escarlatas, por las razones que tenيa la Escuela para unirse a la Guerra Santa, y Proyas habيa contestado como si le sorprendiera su ignorancia. Shimeh, le habيa dicho, era el hogar de los cishaurim. Las palabras eran pastosas en su boca. --؟Crees que Moenghus es un cishaurim? --Me llamَ a través de los sueٌos... Por supuesto. Moenghus le habيa llamado valiéndose de la hechicerيa. ،Hechicerيa! ةl habيa dicho lo mismo cuando Kellhus mencionَ por primera vez los sueٌos. Pero ؟por qué esa conexiَn se le habيa escapado? Sَlo los cishaurim practicaban la hechicerيa entre los fanim.
Moenghus simplemente tenيa que ser cishaurim. Lo sabيa, pero... Cnaiur frunciَ el entrecejo. --،No me dijiste nada! ؟Por qué? --No querيa que lo supieras. ؟Qué significaba eso? ؟Acaso él le habيa ocultado ese conocimiento? Todo ese tiempo Moenghus habيa sido poco mلs que un sombrيo destino, escurridizo e imperioso a la vez, como el objeto de alguna necesidad carnal obscena. Y sin embargo, él nunca le habيa preguntado verdaderamente nada a Kellhus acerca de él ؟.Por qué? «Sَlo necesito saber el lugar.» Pero tales pensamientos eran una estupidez, resultaban juveniles. El hambre voraz no cede festines. Eso era lo que los memorialistas advertيan a los empecinados jَvenes scylvendios. As يse lo habيa advertido Cnaiur a Xunnurit y a los otros caudillos antes de Kiyuth. Y sin embargo allي, en el mلs temible peregrinaje de su vida... El dunyaino lo observَ con la expresiَn expectante, incluso apesadumbrada. Pero Cnaiur ya estaba advertido, y sabيa que algo no del todo humano le escrutaba desde detrلs de ese rostro perfectamente humano. El escrutinio, tan completo, tan exacto, era palpable. «Puedes verme, ؟verdad? Verme mirلndote...» Entonces, lo comprendiَ: no le habيa preguntado a Kellhus acerca de Moenghus porque preguntar era un indicio de ignorancia y necesidad. Mostrar carencias como ésa ante el dunyaino era tanto como mostrarle su garganta desnuda a un lobo. No le habيa preguntado por Moenghus, porque Moenghus estaba allي, en su hijo. Pero, por supuesto, no podيa decir eso. Cnaiur escupiَ. --Sé poco de las Escuelas --dijo--, pero sé una cosa: los Maestros del Mandato no revelan los secretos de su prلctica a nadie. Si quieres aprender hechicerيa, estلs perdiendo el tiempo con ese hechicero. Habيa hablado como si no hubieran mencionado a Moenghus. El dunyaino, sin embargo, no se molestَ en simular desconcierto. Advirtiَ que ambos estaban en la misma zona oscura, en la misma nada tenebrosa mلs all لdel tablero de benjuka. --Lo sé --respondiَ Kellhus--. Me ha hablado de la Gnosis. Cnaiur le dio una patada al polvo, que cayَ encima de los carbones, y estudiَ la dispersiَn de negro sobre el resplandor cavado en el suelo. Se encaminَ hacia el pabellَn. --Treinta aٌos --gritَ Kellhus a su espalda--. Moenghus ha vivido
entre esos hombres durante treinta aٌos. Tendr لun gran poder, mلs del que ninguno de los dos podemos derrotar. Necesito mلs que la hechicer يa, Cnaiur. Necesito una naciَn. Una naciَn. Cnaiur se detuvo y mirَ hacia el cielo una vez mلs. --De modo que en eso consistir لla Guerra Santa, ؟eh? --Con tu ayuda, scylvendio. Con tu ayuda. Dيa por noche. Noche por dيa. Mentiras. Todo mentiras. Cnaiur continuَ caminando, sorteando apenas visibles cuerdas tensoras hacia las portezuelas de tela. Hacia Serwe.
Durante un rato, el Emperador se quedَ mirando a su viejo Primer Consejero en un silencio estupefacto. Pese a la hora tan tardيa, el hombre todavيa llevaba las vestiduras de seda de su cargo. Habيa entrado sin resuello en los aposentos privados hacيa sَlo un momento, mientras sus esclavos le preparaban para acostarse. --؟Serيas tan amable de repetir lo que acabas de decir, querido Skeaos? Me temo que no te he oيdo bien. --Al parecer, Proyas ha encontrado a un scylvendio que ya ha hecho la guerra contra los infieles anteriormente, que les infligiَ una derrota aplastante, en realidad, y le ha transmitido a Maithanet que él serيa un sustituto apropiado para Conphas --dijo el anciano mirando al suelo. --،Afrenta! ،Perro conriyano impertinente y soberbio! Xerius agitَ las palmas de las manos a través de una confusa muchedumbre de esclavos adolescentes. Un niٌo se resbalَ, cayَ al suelo de mلrmol y se echَ a llorar ocultلndose el rostro. Se oyَ el estallido de la caيda de decantadores. Xerius dio un paso al frente y mirَ cara a cara al viejo Skeaos. --،Proyas! ؟Ha habido un hombre mلs codicioso en la tierra? ،Sinvergüenza, ladrَn de corazَn negro! --Nunca, Dios-de-los-Hombres --respondiَ Skeaos rلpidamente, tartamudeando--. P-pero es improbable que esto interfiera en nuestro divino propَsito. El viejo Primer Consejero tuvo el cuidado de mantener la mirada fija en el suelo. Nadie podيa mirar al Emperador a los ojos. «ةsta --pensaba Xerius-- es la razَn por la que realmente esos idiotas me consideraban un Dios.» ؟Qué era Dios sino una sombra tirلnica sَlo entrevista, la voz
que nunca estaba dentro del campo visual, la voz de ninguna parte? --؟Nuestro propَsito, Skeaos? Un temible silencio, roto sَlo por el gimoteo del niٌo. --S-sي, Dios-de-los-Hombres. El hombre es un scylvendio... ؟Un scylvendio liderando la Guerra Santa? No me cabe duda de que esto es poco mلs que una broma. Xerius respirَ hondo. El hombre tenيa razَn, ؟no era as ?يEra poco mلs que una argucia del Prيncipe conriyano para irritarle, como los disturbios del rيo Phayus. Y sin embargo, estaba profundamente preocupado... Habيa algo raro en el proceder de su Primer Consejero. Xerius valoraba a Skeaos muy por encima del resto de sus acicalados consejeros, poco mلs que perritos falderos. En Skeaos encontraba la mezcla perfecta de ciega sumisiَn e intelecto, de deferencia y perspicacia. Peroْ ltimamente habيa percibido un orgullo, una ilيcita identificaciَn entre consejo y orden. Escudriٌando su frلgil perfil, Xerius se sintiَ mلs en calma, la calma de la sospecha. --؟Has oيdo el dicho, Skeaos? «Los gatos miran a los hombres desde arriba, y los perros desde abajo; sَlo los cerdos se atreven a mirar a los hombres a los ojos.» --S-sي, Dios-de-los-Hombres. --Simula ser un cerdo, Skeaos. ؟Qué habrيa en el rostro de un hombre cuando mirara el semblante de Dios? ؟Desafيo? ؟Terror? ؟Qué debيa haber en el rostro de un hombre? El rostro anciano, bien afeitado, se girَ, se alzَ lentamente y mir َ al Emperador a los ojos antes de volver a fijarlos en el suelo. --Tiemblas, Skeaos --murmurَ Xerius--. Eso es bueno.
Achamian estaba pacientemente sentado ante el pequeٌo fuego del desayuno, sorbiendo lasْ ltimas gotas de su té. Escuchaba distraي damente cَmo Xinemus informaba a Iryssas y Dinchases de las actividades de la maٌana. Las palabras significaban poco para él. Desde que habيa conocido a Anasurimbor Kellhus, Achamian no habيa dejado de rumiar obsesivamente. Por mucho que lo intentara, no era capaz de hacer encajar al Prيncipe de Atrithau en ningْn lugar con sentido. Nada menos que siete veces habيa preparado las Palabras de Llamada para informar a Atyersus de su «descubrimiento». Nada menos que siete veces habيa titubeado en mitad de un verso y se habي
a ido acallando. Obviamente, el Mandato debيa ser informado. Las noticias de la llegada de un Anasurimbor harيan montar en cَlera a Nautzera, Simas y los demلs. Nautzera, en particular, se convencerيa de que Kellhus seٌ alaba el cumplimiento de la Profecيa Celmomiana: que el Segundo Apocalipsis iba a empezar. A pesar de que todo hombre ocupaba el centro del lugar en el que se encontrara, hombres como Nautzera creي an que ocupaban también el centro de su tiempo. «Vivo ahora --pensar يa sin pensar--, en consecuencia algo trascendental debe suceder.» Pero Achamian no era un hombre asي. Era racional, y como tal, tendيa a ser escéptico. Las bibliotecas de Atyersus estaban repletas de proclamaciones de una inminente condena; cada generaciَn estaba tan convencida como la anterior de que el fin serيa inmediato. Achamian no podيa pensar en una falsa ilusiَn mلs perseguida y en pocas preocupaciones mلs merecedoras de burla. La llegada de Anasurimbor Kellhus tenيa que ser una simple coincidencia. En ausencia de pruebas concluyentes, la razَn le obligaba a llegar a esa conclusiَn. El pulgar que faltaba en el asunto, como decيan los ainonios, era que no podيa confiar en que el Mandato retuviera esa informaciَn. Después de siglos hambrientos por migajas, Achamian sabيa que se pondrيan histéricos con un bocado como ése. As يque las preguntas recorrيan su alma cيclicamente y, cada vez mلs, empezaba a temer las respuestas. ؟Cَmo iban Nautzera y los demلs a interpretar sus nuevas noticias? ؟Qué harيan? ؟Hasta qué punto serيan implacables en la persecuciَn de sus miedos? «Les di a Inrau... ؟Debo darles a Kellhus también?» No. Les habيa dicho lo que le sucederيa a Inrau. Se lo habيa dicho, y ellos se habيan negado a escuchar. Hasta su viejo profesor, Simas, lo habيa traicionado. Achamian era un Maestro del Mandato como ellos. Tenيa los Sueٌos de Seswatha como ellos. Pero a diferencia de Nautzera y Simas, a él no le habيan despojado de la compasiَn. Entonces ya sabيa lo que tenيa que hacer. Y lo que era mلs importante: conocيa a Anasurimbor Kellhus. O al menos una parte de él. Lo suficiente, quizل. Achamian dejَ a un lado su cuenco de té y se inclinَ hacia adelante con los codos sobre las rodillas. --؟Qué te parece el recién llegado, Zin? --؟El scylvendio? De rلpido ingenio. Sediento de sangre. Y catastrَ ficamente grosero. No deja pasar ningْn desaire sin su castigo, aunque s
lَo sea porque se enfada por todo-- ...Inclin lَa cabeza y aٌadi :--No َ le digas que he dicho esto. Achamian riَ. --Me refiero al otro, al Prيncipe de Atrithau. El Mariscal se puso inusitadamente solemne. --؟De verdad? --preguntَ después de un momento de duda. Achamian frunciَ el entrecejo. --Por supuesto. --Creo que --se encogiَ de hombros-- tiene algo. --؟Qué quieres decir? --Bueno, est لel nombre, que me hizo sospechar al principio. En realidad, querيa preguntarte... Achamian levantَ una mano. --Después. Xinemus respirَ hondo y negَ con la cabeza. Algo en su actitud le puso la piel de gallina a Achamian. --No sé qué pensar --dijo finalmente. --O eso, o tienes miedo de decir lo que piensas. Xinemus le mirَ con hostilidad. --Te has pasado la noche entera con él. Dيmelo t ؟:habيas ْ conocido alguna vez a un hombre como él? --No --reconociَ Achamian. --؟Qué es lo que le hace distinto? --Es... mejor, mejor que la mayorيa de los hombres. --؟La mayorيa de los hombres? ؟O quieres decir todos los hombres? Achamian observَ atentamente a Xinemus. --Te da miedo. --Claro. Y también el scylvendio, por cierto. --Pero de una forma diferente... Dime, Zin, ؟qué crees que es Anasurimbor Kellhus? «؟Profeta o profecيa?» --Mلs --dijo Xinemus con decisiَn--. Mلs que un hombre. Siguiَ un largo silencio, poblado sَlo por los gritos de algْn alboroto lejano. --El hecho es --aventurَ finalmente Achamian-- que ninguno de los dos sabe nada... --؟Qué es eso? --exclamَ Xinemus, mirando por encima del hombro de Achamian. El Maestro girَ el cuello.
--؟Qué es el qué? A primera vista, parecيa que una muchedumbre se acercaba. El gentيo se empujaba por el estrecho camino mientras grupos de hombres se sumaban a él a través de los campos circundantes. Caminaban con dificultades por entre los restos de las hogueras, derribaban las cuerdas con ropa tendida y apartaban a golpes sillas y barbacoas. Achamian incluso vio cَmo un pabellَn a punto estaba de venirse abajo cuando los hombres que pasaban junto a él tropezaron con las cuerdas tensoras. Pero entonces vislumbrَ una disciplinada formaciَn de soldados con ropajes morados desfilando a través del centro de la multitud y, en el centro de la formaciَn, un rectلngulo de esclavos desnudos de cintura para arriba que transportaban un palanquيn de caoba. --Una procesiَn de alguna clase --dijo Xinemus--. Pero quién... Su voz se quebrَ. Ambos lo habيan visto al mismo tiempo: un largo estandarte morado, coronado por el pictograma ainonio de la Verdad y una serpiente de tres cabezas enroscada. El sيmbolo de los Chapiteles Escarlatas. El bordado dorado relumbraba bajo el sol. --؟Por qué exhiben su estandarte as ?ي--preguntَ Xinemus. Buena pregunta. Para muchos Hombres del Colmillo, loْ nico que distinguيa a los hechiceros de los infieles era que los hechiceros ardي an todavيa mejor. Mostrar de ese modo su marca en el corazَn del campamento era poco menos que una imprudencia. Amenos... --؟Tienes el Chorae? --preguntَ Achamian. --Ya sabes que no lo llevo cuando... --؟Lo tienes? --Con mis cosas. --Ve a por él... ،De prisa! Achamian advirtiَ que exhibيan su estandarte por su bien. Tenيan que elegir: o bien se arriesgaban a incitar a la muchedumbre, o se arriesgaban a asustar a un Maestro del Mandato. El hecho de que pensaran que la segunda posibilidad era mucho mلs amenazadora era una clara seٌal de las pésimas relaciones existentes entre las dos Escuelas. Obviamente, los Chapiteles Escarlatas querيan conocerle. Pero ؟ por qué? Pronto, la descontrolada multitud se acercَ a medida que la procesi َn avanzaba tercamente. Achamian vio terrones explotando en polvo al
impactar en el palanquيn. Gritos de «،Gurwikka!» --una palabra norsirai peyorativa, muy comْn para referirse a los hechiceros-- pronto cruzaron el aire. Xinemus saliَ corriendo de su pabellَn, vociferandoَ rdenes a sus esclavos. La pechera se le agitaba sobre los hombros, desabrochada, y sujetaba la vaina de su espada con la mano izquierda. Muchos de sus hombres estaban ya reuniéndose a su alrededor. Achamian vio docenas de otros que se levantaban en todos los rincones, pero parecي an muy pocos ante aquellos centenares, quiz لmiles, de hombres, que provocaban altercados a medida que se acercaban. Con su caracterيstica brusquedad, Xinemus se abriَ camino entre sus hombres hasta llegar al lado de Achamian. --؟Estلs seguro de que vienen a por ti? --gritَ por encima del creciente rugido. --؟Por qué si no iban a traer su Marca? Al hacer esto en pْblico, se garantizan la presencia de testigos. Por raro que pueda parecer, creo que hacen esto para tranquilizarme. Xinemus asintiَ, pensativo. --Olvidan lo muy odiados que son. --؟Y quién no? El Mariscal le observَ con extraٌeza; después, dirigiَ la mirada a la multitud que se acercaba, mesلndose la barba. --Voy a crear un perيmetro de contenciَn, o a intentarlo, al menos. Quédate aquي. Permanece visible. Cuando quienquiera que sea ese idiota se encuentre contigo, dile que baje su Marca y escَndete inmediatamente. De inmediato, ؟lo entiendes? Las palabras le escocieron. En todos los aٌos que hacيa que Achamian conocيa a Krijates Xinemus, el hombre nunca le habيa berreadoَ rdenes. El siempre amigable Xinemus se habيa convertido, de repente, en el Mariscal de Attrempus, un hombre con una tarea que realizar y numerosos hombres a su disposiciَn. Pero Achamian comprendiَ que no era eso lo que le herيa. La situaciَn, a fin de cuentas, exigيa capacidad de decisiَn. Lo que le escocيa era el tono oculto de ira, la sensaciَn de que su amigo, por alguna razَn, le culpaba a él. Achamian observَ cَmo Xinemus ordenaba a sus hombres que formaran una lيnea; después, con la ayuda de Dinchases, los posicionَ en un delgado semicيrculo alrededor de los campamentos adyacentes valiéndose del canal de agua estancada que corrيa por detrلs de ellos para proteger sus flancos. Se produjo un instante de ajetreo cuando los esclavos corrieron a apagar el fuego que acababan de encender
momentos antes. Otros se internaron en la muchedumbre, por entre las tiendas, para extinguir cualquier llama que encontraran. La muchedumbre y los Chapiteles Escarlatas casi habيan llegado a ellos. Los soldados de Xinemus entrelazaron sus brazos y los primeros alborotadores se empezaron a acumular ante ellos, con el rostro enrojecido y poco dispuestos a ser reprimidos. Al principio, simplemente revolotearon confusos, gritando insultos en toda variedad de lenguas. Pero a medida que la procesiَn se acercaba, fueron creciendo en nْmero. Se volvieron mلs atrevidos. Achamian vio a un thunyerio lanzando puٌ etazos, aunque fue frenado por sus propios compaٌeros. Otros grupos blandيan armas e intentaban abrirse paso a través de la lيnea. Xinemus lanzَ a los pocos hombres libres que tenيa a esas refriegas y, al menos por el momento, consiguiَ impedir cualquier estallido. El estandarte de los Chapiteles Escarlatas se acercَ pesadamente; se detenيa, después avanzaba, luego se detenيa otra vez. Por encima de las cabezas, Achamian vislumbrَ una serie de bastones negros pulidos alzلndose y cayendo como si le hubieran dado la vuelta a un gran ciempiés. Después vio los Javreh, los esclavos-soldado de los Chapiteles Escarlatas, que se abrيan paso con una macabra determinaciَn. El enigmلtico palanquيn avanzaba con ellos. ؟Quién podيa ser? ؟Quién podيa ser tan idiota como para...? De repente, un grupo de Javreh se destacَ y se enfrentَ cara a cara con los hombres de Xinemus. Se produjo un instante de confusiَn. Xinemus acudiَ rلpidamente a poner orden y se acercَ a pocos metros de ellos. Mلs allل, el palanquيn se balanceَ cuando los que lo portaban toparon con los empujones de los cuerpos apelotonados. La Serpiente de Tres Cabezas se tambaleَ bajo la brisa, pero se mantuvo en pie. Los exhaustos Javreh estaban desbordando la lيnea, magullados, ensangrentados. Algunos tenيan que ser cargados. El palanquيn sigui َ adelante, como un barco cabeceando contra un dique roto. Xinemus lo observaba todo con una expresiَn estupefacta. Después les lloviَ de todo: platos saqueados, cuencos de vino, huesos de pollo, piedras y hasta el cadلver de un gato, que obligَ a Achamian a encogerse. Aparentemente inmunes, los esclavos bajaron con lentitud la carga, arrodillلndose hasta que sus frentes tocaron el suelo. El palanqu يn quedَ sobre sus espaldas bronceadas. El aguacero cesَ, y los gritos se volvieron cada vez mلs esporل dicos. Achamian contuvo la respiraciَn. Un capitلn de Javreh apartَ una
pantalla de mimbre e inmediatamente se puso de rodillas. Apareciَ un pie enfundado en una zapatilla morada, seguido por los pliegues bordados de una magnيfica tْnica. Se produjo un instante de completo silencio. Era Eleلzaras en persona, el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas y el gobernador de facto del Alto Ainon. Achamian se quedَ atَnito de incredulidad. ؟El Gran Maestro? ؟All?ي Algunos hombres entre la muchedumbre, al parecer, conocيan su aspecto. Un gran murmullo pasَ entre ellos; creciَ durante un buen rato, y después se desvaneciَ a medida que cobraban conciencia de la trascendencia de lo que estaban presenciando. Estaban en presencia de uno de los hombres mلs poderosos de los Tres Mares. Sَlo el Shriah y el Padirajah podيan afirmar que tenيan mلs poder que el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. Blasfemo o no, un hombre de tanto poder imponيa respeto, y el respeto imponيa silencio. Eleلzaras recorriَ la concurrencia con una mirada divertida y después se girَ hacia Achamian. Era alto, escultural como lo son los hombres delgados y grلciles. Caminaba como si lo hiciera por encima de una cuerda floja, con un pie delante del otro. Mantuvo las manos ocultas entre las mangas, como era costumbre formal entre los magos orientales. Deteniéndose a la distancia prescrita por el jnan, saludَ a Achamian con una ligera reverencia. Achamian vislumbrَ el cuero cabelludo bronceado bajo el cabello ralo gris, que llevaba recogido en un elaborado moٌo en la parte posterior de la cabeza. --Debes disculpar la compaٌيa que parezco traer conmigo --dijo, agitando desdeٌosamente su mano de largos dedos hacia la muchedumbre embobada--. El espectلculo es siempre un narcَtico, me temo. --Al igual que las contradicciones --respondiَ Achamian con neutralidad. Por muy estupefacta que pudiera estar su improvisada audiencia, los Chapiteles Escarlatas no eran amigos de los Maestros del Mandato. No veيa ninguna razَn por la que debiera simular lo contrario. --Cierto. Me dijeron que eras un estudiante de la lَgica de Ajencis. Tus comentarios son irresistibles, Maestro del Mandato, ؟lo sabيas? «Ainonio», pensَ amargamente Achamian. --Siempre estamos combatiendo a los carroٌeros, si a eso te refieres. Eleلzaras negَ con la cabeza. --No te halagues a ti mismo. La presunciَn no casa bien con el
martirio. Nunca lo ha hecho. Nunca lo harل. --Siempre he pensado lo mismo. --La muchedumbre que les rodeaba se habيa vuelto mلs indisciplinada y le habيa obligado a alzar la voz. Los labios del Gran Maestro se tensaron en una avinagrada lيnea. --Hombre inteligente. Hombrecillo inteligente. Dime, Drusas Achamian, ؟cَmo es que después de todos estos aٌos todavيa sigues haciendo trabajos de campo? ؟Ofendiste a alguien? ؟A Nautzera, quiz ل? ؟O sodomizaste a Proyas cuando era niٌo? ؟Es ésa la razَn por la que la Casa Nersei te mandَ hacer las maletas hace tantos aٌos? Achamian se habيa quedado sin habla. Le habيan investigado, se habيan armado con todos los hechos dolorosos y las indirectas que hab يan sido capaces de recopilar. ،Y él que creيa que les habيa estado espiando! --،Ah! --dijo Eleلzaras--. No te esperabas que fuera tan poco diplom لtico, ؟verdad? El cuchillo romo, te aseguro, tiene sus... --،Desgraciados impuros! --aullَ alguien con una alarmante ferocidad. Siguieron mلs gritos. Achamian mirَ a su alrededor y vio que los hombres de Xinemus estaban otra vez tratando de mantener la posiciَn. Muchos inrithi se inclinaban hacia adelante sobre los brazos entrelazados, gritando obscenidades. --Quiz لdeberيamos retirarnos al pabellَn del Mariscal --dijo Eleل zaras. Achamian mirَ de soslayo el furioso rostro de Xinemus tras el Gran Maestro. --Eso no va a ser posible. --Ya veo. --؟Qué quieres, Eleلzaras? Xinemus le habيa pedido a Achamian que terminara ese encuentro antes de que empezara, pero no podيa hacer eso. No sَlo hablaba con Eleلzaras, el mلs poderoso Hechicero Anagَgico de los Tres Mares, sino también hablaba con el hombre que habيa negociado el tratado de su Escuela con Maithanet. Quiz لEleلzaras sabيa cَmo habيa descubierto Maithanet su guerra con los cishaurim. Quiz لintercambiara ese conocimiento por lo que fuera que pretendiera. --؟Querer? --dijo el Gran Maestro--. Bueno, solamente conocerte. Los Escogidos, si no te has dado cuenta hasta ahora, estلn un tanto --lanzَ una mirada a la ruidosa muchedumbre de inrithi y volviَ a él-- fuera de lugar aquي... El jnan nos exige que nos relacionemos.
--Tanto, al parecer, como que nos demos explicaciones poco claras. El Gran Maestro sonriَ. --Pero no burlas. Nunca burlas. Eso es un error que sَlo los mojigatos medio cultos cometen. El verdadero usuario del jnan nunca se rيe de otro mلs de lo que se rيe de s يmismo. «Maldito ainonio.» --؟Qué quieres, Eleلzaras? --Conocerte, como decيa. Tenيa que conocer al hombre que ha trastornado radicalmente mi idea del Mandato... ،Y pensar que en el pasado cre يque la tuya era la mلs gentil de las Escuelas! Entonces Achamian estaba genuinamente perplejo. --؟De qué estلs hablando? --Me dijeron que hace no mucho residiste en Carythusal. Geshrunni. Habيan descubierto a Geshrunni. «؟Te maté a ti también?» Achamian se encogiَ de hombros. --De modo que vuestro secreto ha sido desvelado. Estلis en guerra contra los cishaurim. --؟Cَmo podيa molestarles eso cuando habيan dejado claramente de manifiesto ante todo el mundo que se iban a unir a la Guerra Santa? Tenيa que haber algo mلs. ؟La Gnosis? ؟Acaso Eleلzaras estaba sَlo distrayéndole mientras otros investigaban sus Guardas? ؟Era eso un audaz preludio a su abducciَn? Habيa sucedido antes. --Nuestro secreto ha sido desvelado --dijo Eleلzaras--, pero también el tuyo. Achamian le observَ con una mirada socarrona. El hombre hablaba como si le estuviera acosando con el conocimiento de algْn obsceno secreto, un secreto tan vergonzoso que cualquier alusiَn a él, por muy indirecta que fuera, no podيa no ser entendida. Y sin embargo, él no ten يa la menor idea de lo que estaba diciendo. --Fue una pura coincidencia --prosiguiَ Eleلzaras-- que encontrل ramos su cadلver. Nos lo trajo un pescador que faena en la desembocadura del rيo Sayut. Pero lo que mلs nos preocupَ no fue que lo mataras. Después de todo, en la gran partida de benjuka, uno con frecuencia gana piezas al sacrificarlas. No, lo que nos preocupَ fue el modo. --؟Yo? --Se riَ, incrédulo--. ؟Crees que yo maté a Geshrunni? La sorpresa habيa sido tan absoluta que simplemente espetَ esas palabras. Entonces era Eleلzaras el que estaba asustado.
--Tienes talento para mentir --dijo el Gran Maestro después de un momento. --،Y tْ para equivocarte! Geshrunni era el informante mejor colocado que el Mandato ha tenido en una generaciَn. ؟Por qué يbamos a matarle? El clamor habيa crecido. Figuras descontroladas se empujaban en la periferia del campo visual de Achamian; blandيan los puٌos, gritaban insultos y acusaciones. Pero parecيan curiosamente triviales, como si se fundieran en humo ante la absurdidad de aquello, su primer encuentro con el Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. Eleلzaras le escudriٌَ pensativamente durante un instante; después negَ con la cabeza, compungido, como si le entristeciera la persistencia de los mentirosos compulsivos. --؟Por qué es un informante asesinado, eh? En muchos sentidos, muchos hombres son mلsْ tiles muertos. Pero como te decيa, fue el modo lo que despertَ mi morbosa curiosidad, lo reconozco. Frunciendo el entrecejo, Achamian hundiَ sus hombros de incredulidad. --Alguien te est لtomando el pelo, Gran Maestro. «Alguien nos lo est لtomando a los dos... Pero ؟quién?» Eleلzaras le mirَ con resentimiento y frunciَ los labios como si sostuviera un amargo pedazo de lima entre los dientes. --Mi Maestro de Espيas me advirtiَ de esto --dijo tensamente--. Daba por hecho que tenيas alguna razَn oscura para hacer lo que hiciste, algo relacionado con tu maldita Gnosis. Pero insistiَ en que estabas simplemente loco. Y me dijo que lo sabrيa por el modo como mientes. «Sَlo los locos y los historiadores --dijo-- creen en sus mentiras.» --؟Primero soy un asesino y ahora un loco? --S ي--espetَ Eleلzaras en un tono de condena y desagrado--. ؟ Quién mلs colecciona rostros humanos? Reprimiendo el impulso de retorcer las manos, Eleلzaras parpadeَ para alejar las imلgenes de su casi desastroso encuentro con el Maestro del Mandato el dيa anterior. El rostro de un hombre anَnimo le rondaba especialmente: un robusto mestizo tydonnio, con el ojo izquierdo blanco como la nieve en el extremo de una vieja cicatriz. Algunos rostros eran mلs adecuados para las expresiones de malicia que otros, sin duda. Pero ese hombre... En ese momento le habيa
parecido la mismيsima encarnaciَn del odio, una deidad infernal disfrazada de carne encallecida y sangre enfebrecida. «Nos desprecian tanto. Y hacen bien.» En lugar de soportar la indignidad de acampar junto a las murallas de Momemn, los Chapiteles Escarlatas habيan contratado, a un precio exorbitante, una casa de campo cercana a una de las Casas nansur. Segْn las costumbres ainonias, era bastante austera, mلs una fortaleza que una casa de campo, pero Eleلzaras suponيa que los ainonios nunca habيan tenido que construir sus casas pensando en los scylvendios. Y al menos le permitيa vivir rodeado, en cierta medida, de un lujo tranquilo. El campamento de la Guerra Santa se habيa convertido en un tugurio intolerable, tal como su reciente expediciَn para conocer al tres veces maldito Maestro del Mandato le habيa recordado. Eleلzaras habيa despedido a sus esclavos y entonces estaba sentado a solas en el sombreado porche que dominaba elْ nico patio de la casa de campo. Escudriٌَ a Iyokus, su Maestro de Espيas y mلs cercano consejero, mientras su palidez se abrيa paso a través de los jardines baٌados por el sol. El hombre se apresuraba, como si le persiguiera la brillantez que le rodeaba. Observarle mientras se movيa del sol a la sombra era como ver el polvo convirtiéndose en piedra. Iyokus asintiَ en tanto se acercaba a su silla. Su misma presencia proyectaba en Eleلzaras, muchas veces, una sensaciَn de amenaza, algo as يcomo vislumbrar en el rostro de un hombre la primera oleada de peste. El olor de sus perfumes pasados de moda, sin embargo, transportaba una extraٌa sensaciَn de comodidad. --Tengo noticias de Sumna --dijo Iyokus, sirviéndose vino en un cuenco de plata que habيa sobre la mesa--, sobre Kutigha. Hasta hacيa poco, Kutigha habيa sido suْ ltimo espيa superviviente en los Mil Templos. Todos los demلs habيan sido ejecutados. El agente a su cargo no habيa sabido nada de él en semanas. --؟As يque crees que est لmuero? --preguntَ Eleلzaras, amargamente. --S ي--respondiَ Iyokus. Después de todos esos aٌos, Eleلzaras se habيa acostumbrado a Iyokus, pero en algْn lugar de su propio cuerpo merodeaba un pequeٌo recuerdo de su repulsiَn inicial. Iyokus era adicto a la chanv, la droga que le permitيa tener a buena parte de las castas gobernantes ainonias en la palma de la mano, con la excepciَn, y ese pensamiento con frecuencia sorprendيa a Eleلzaras, de Chepheramunni, elْ ltimo tيtere que habيan
instalado en el trono ainonio. A los que podيan permitirse su dulce sabor, la chanv les agudizaba la mente y les alargaba la vida muchي simo mلs all لde los cien aٌos, pero también succionaba el pigmento del cuerpo y, segْn decيan algunos, la voluntad del alma. Iyokus tenيa el mismo aspecto entonces que el dيa en que Eleلzaras se habيa unido a la Escuela de niٌo, hacيa muchos, muchos aٌos. A diferencia de otros adictos, Iyokus se negaba a utilizar cosméticos para compensar los déficit de su piel, que era mلs traslْcida que el lino manchado de grasa que los pobres colgaban en sus ventanas. Como gusanos oscuros y artr يticos, las venas se bifurcaban a través de sus rasgos. Hasta podيa verse la oscuridad en el centro de sus ojos rojos cuando cerraba los pل rpados. Sus uٌas eran de un color negro ceroso a causa de los moratones. Mientras Iyokus arrastraba su silla junto a la mesa, un ligero sudor cubriَ a Eleلzaras, y éste se encontrَ mirando la longitud de sus propios bracos bronceados. Pese a ser delgados, poseيan una fortaleza nervuda, vitalidad. A pesar del inquietante aspecto provocado por la adicciَn, Eleلzaras podrيa haber sucumbido al seٌuelo de la droga, especialmente por el modo como se decيa que agudizaba la mente. Quiz لelْ nico aspecto de la chanv que le prevenيa de deslizarse por esa pلlida y extraٌamente narcisista relaciَn amorosa --era raro que los adictos se casaran o engendraran niٌos que vivieran-- era el perturbador hecho de que nadie conocيa su fuente. Para Eleلzaras, eso resultaba intolerable. A lo largo de la despiadada y angosta ascensiَn hacia la cima a la que entonces habيa llegado, siempre se habيa negado a actuar ignorando hechos cruciales. Hasta ese dيa. --؟De modo que ya no tenemos mلs fuentes en los Mil Templos? --preguntَ Eleلzaras a pesar de que ya conocيa la respuesta. --Ninguna a la que valga la pena escuchar... Un sudario ha caيdo sobre Sumna. Eleazaras contemplَ los brillantes terrenos: caminos adoquinados bordeados por enebros como lanzas, un sauce gigante junto a un estanque de un verde espejeante, guardias con cara de halcَn. --؟Qué significa eso, Iyokus? --pregunt .--He َ puesto a la mayor Escuela de los Tres Mares en un gran peligro. --Significa que debemos tener fe --dijo Iyokus con un aire de fatalismo, encogiéndose de hombros--. Fe en ese Maithanet. --؟Fe? ؟En alguien a quien no conocemos? --Por eso se trata de fe.
La decisiَn de unirse a la Guerra Santa habيa sido la mلs difيcil de la vida de Eleلzaras. Al principio, tras recibir la invitaciَn de Maithanet, habيa tenido ganas de echarse a reيr. ؟Los Chapiteles Escarlatas uniéndose a una Guerra Santa? Esa posibilidad era demasiado absurda como para merecer siquiera un momento de consideraciَn. Quiz لésa era la razَn por la que Maithanet habيa acompaٌado su invitaciَn con seis Baratijas. Las Baratijas eran laْ nica cosa de la que un hechicero no pod يa reيrse. Esa oferta merecيa ser considerada seriamente. Entonces, Eleلzaras se dio cuenta de lo que Maithanet les estaba ofreciendo en realidad: Venganza. --As يpues, debemos doblar nuestros gastos en Sumna, Iyokus. Esto es intolerable. --Estoy de acuerdo. La fe es intolerable. Una imagen de hacيa diez aٌos asaltَ a Eleلzaras y le mandَ débiles temblores a través de las puntas de sus dedos: Iyokus cayendo sobre él tras el asesinato, con la piel llena de ampollas, veteada de sangre, la boca graznando las mismas palabras que habيan restallado en el interior del alma de Eleلzaras desde entonces: «؟Cَmo pueden hacer esto?». Era asombroso el modo como determinados dيas desafiaban el paso de los aٌos, se tornaban violentos y plagaban el presente de un ayer inmortal. Incluso allي, lejos de los Chapiteles Escarlatas y diez aٌos después, Eleلzaras todavيa podيa oler la dulce carne quemada, tan semejante a la de cerdo cuando se dejaba demasiado tiempo sobre el asador. ؟Cuلnto tiempo habيa transcurrido desde laْ ltima vez en que habيa sido capaz de comer cerdo? ؟Cuلntas veces habيa soٌado con ese dيa? Sasheoka era el Gran Maestro entonces. Se habيan estado reuniendo en los aposentos del consejo, en lo mلs profundo de las galer يas, bajo los Chapiteles Escarlatas, comentando la posible defecciَn de uno de sus nْmeros a la Escuela Mysunsai. Los mلs sacrosantos aposentos de los Chapiteles Escarlatas estaban envueltos por Guardas. Uno no podيa dar un paso o apoyarse sobre la piedra desnuda sin sentir la marca de la inscripciَn o el aura de los ensalmos. Y sin embargo, los asesinos simplemente habيan titilado y cobrado existencia. Un ruido extraٌo, como el revoloteo de los pلjaros en sus nidos, y una luz, como si una puerta hubiera sido abierta de repente en la superficie del sol, enmarcando tres figuras. Tres siluetas infernales. El asombro habيa helado los huesos y habيa paralizado los
pensamientos, y después los muebles y los cuerpos fueron arrojados contra los muros. Cegadoras bandas del mلs puro blanco restallaron por todos los rincones de la habitaciَn. Gritos. Terror araٌلndoles los intestinos. Protegido por un hueco entre el muro y una mesa que no fue derribada, Eleazaras se habيa arrastrado sobre su propia sangre para morir, o al menos eso habيa pensado. Algunos de sus pares seguيan vivos. Vislumbrَ el instante en el que Sasheoka, su predecesor y profesor, se arrugَ al tacto cegador de sus asesinos. Iyokus, de rodillas, con su pلlida cabeza ennegrecida por la sangre, se balanceaba bajo el brillo de sus Guardas, tratando de reforzarlas. Cataratas de luz le oscurecieron, y Eleazaras, sin que lo advirtieran los intrusos, sintiَ que las palabras le afloraban a los labios. Pudo verlos, tres hombres con togas color azafrلn, dos agachados, el otro en pie, baٌados en la incandescencia de sus propios esfuerzos. Vio rostros serenos con las profundas cuencas de los ojos de los ciegos, y energيas rodando alrededor de sus frentes como si lo hicieran alrededor de una ventana al Exterior. Un fantasma blanco, surgido de las manos extendidas de Eleazaras, el cuello escamado, una poderosa cresta, las fauces abriéndose como unas tijeras. Con la deliberada gracia de una reina, la cabeza del dragَn bajَ en picado y arrojَ su fuego contra los cishaurim. Eleazaras habيa llorado de ira. Sus Guardas se vinieron abajo. La piedra se resquebrajَ. La carne se cayَ de sus huesos. Su agonيa fue demasiado breve. Después, silencio. Cuerpos esparcidos, y Sasheoka, una ruina crepitante. Iyokus jadeaba en el suelo. Nada. No percibيan nada. El onta sَlo habيa sido herido por sus propias hechicerيas. Era como si los cishaurim nunca hubieran existido. Iyokus tambaleلndose hacia él... «؟ Cَmo han podido hacer eso?» Los cishaurim habيan empezado su larga y secreta guerra. Eleazaras la terminarيa. Venganza. ةse era el regalo que el Shriah de los Mil Templos le hab يa ofrecido, el regalo de su antiguo enemigo: una Guerra Santa. Un regalo peligroso. A Eleلzaras se le habيa ocurrido que lo que las seis Baratijas representaban simbَlicamente era, en realidad, la Guerra Santa. Dar Chorae a un hechicero era dar algo que no podيa ser aceptado; no se podيa hacer de su muerte e impotencia un regalo. Al abrazar la venganza ofrecida por Maithanet, Eleلzaras y los Chapiteles Escarlatas se habيan entregado a la Guerra Santa. Al aceptarla, Eleلzaras sabيa que se habيa rendido. Y entonces, los
Chapiteles Escarlatas, por primera vez en su gloriosa historia, dependي an de los antojos de otros hombres. --؟Y qué hay de tus espيas en el recinto imperial? --preguntَ Eleل zaras. Detestaba el miedo, as يque evitarيa hablar de Maithanet si le era posible--. ؟Han descubierto algo mلs del plan del Emperador? --Nada... hasta ahora --respondiَ Iyokus, secamente--. Corre el rumor, sin embargo, de que Ikurei Conphas recibiَ un mensaje de los fanim poco después de la destrucciَn de la Guerra Santa Vulgar. --؟Un mensaje? ؟Acerca de qué? --De la Guerra Santa Vulgar, presumiblemente. --Pero ؟cuلl era su contenido? ؟Era una amonestaciَn, una advertencia contra cualquier otra acciَn de la Guerra Santa o una primera tentativa de paz? ؟Qué era? --Cualquiera de esas cosas --respondiَ Iyokus--, o quiz لninguna de ellas. No tenemos forma de saberlo. --؟Por qué se lo mandaron a Ikurei Conphas? --Por un buen nْmero de razones... Recuerda que él fue rehén del Sapatishah durante un tiempo. --Ese chico, Conphas, de él es de quien tenemos que preocuparnos. Ikurei Conphas era inteligente, excesivamente inteligente, lo cual significaba sin duda que también carecيa de escrْpulos. Otro pensamiento aterrador: «ةl ser لnuestro general». Sosteniendo el cuenco de plata con sus alargados dedos, Iyokus parecيa estar mirando la pequeٌa moneda de vino que quedaba en el fondo. --؟Puedo hablarte con franqueza, Gran Maestro? --preguntَ finalmente. --Por supuesto. La emociَn se concentrَ en el rostro de Iokus con la misma facilidad que el agua en la arpillera, pero su aprensiَn era entonces franca. --Los Chapiteles Escarlatas estلn siendo degradados por todo esto... --empezَ con incomodidad--. Nos hemos convertido en subordinados cuando nuestro destino es gobernar. Abandona esta Guerra Santa, Eli. Hay demasiada incertidumbre. Demasiadas cosas desconocidas. Estamos jugando a las fichas numeradas con nuestras propias vidas. «؟Tْ también, Iyokus?» Eleلzaras sintiَ volutas de ira alrededor de su corazَn. Los cishaurim habيan plantado una serpiente en su interior diez aٌos atrلs, y ésta habي
a engordado de miedo. La sentيa contorsionلndose en su interior, animando sus manos con el deseo afeminado de arrancarle a Iyokus sus desconcertantes ojos. --Paciencia, Iyokus --dijo sَlo--. Saber es siempre una cuestiَn de paciencia. --Ayer, Gran Maestro, estuviste a punto de morir a manos de los hombres con los que vamos a marchar... Si eso no demuestra la absurdidad de nuestra posiciَn, entonces nada lo hace. Se referيa a los disturbios. ،Qué estْpido habيa sido al acorralar a Drusas Achamian en ese lugar! Todo podrيa haber terminado allي: cientos de peregrinos muertos a manos del Gran Maestro, los Chapiteles Escarlatas en guerra abierta con los Hombres del Colmillo. De no haber sido por la sensatez del Maestro del Mandato... --،No lo hagas, Eleلzaras! --habيa gritado cuando las masas se lanzaron contra ellos--. ،Piensa en tu guerra contra los cishaurim! Pero también habيa habido una amenaza en la voz de ese hombre desaliٌado: «No te permitiré hacerlo. Te detendré, y sabes que puedo...». ،Qué perversa ironيa! Porque la amenaza --no la razَn-- habيa estado en su mano. ،La amenaza de la Gnosis! Sus designios habيan sido salvados por la falta de lo que su Escuela habيa codiciado durante generaciones. ،Cَmo despreciaba al Mandato! Todas las Escuelas, incluso el Saik Imperial, reconocيan la ascendencia de los Chapiteles Escarlatas, con la salvedad del Mandato. ؟Y por qué debيan hacerlo cuando un simple espيa podيa amedrentar a su Gran Maestro? --El incidente --respondiَ Eleلzaras-- sَlo demuestra algo que siempre hemos sabido, Iyokus: que nuestra posiciَn en la Guerra Santa es precaria, cierto. Pero todos los grandes designios requieren grandes sacrificios. Cuando todo esto llegue a buen término, cuando Shimeh sea una ruina humeante y los cishaurim hayan sido extinguidos, el Mandato ser لlaْ nica Escuela que todavيa podr لhumillarnos. --Un imperio arcano, ésa serيa la recompensa de su desesperada labor. --Lo cual me recuerda --dijo Iyokus-- que recib يuna misiva del Ministro de Documentos en Carythusal. Estuvo repasando todos los registros de muertos, como tْ le pediste. Hubo otro, hace aٌos. Otro cadلver sin cara. --Medio podrido. Lo encontraron en el delta. El hombre era desconocido. Como han pasado cinco aٌos, tenemos pocas esperanzas de determinar su identidad. El Mandato. ؟Quién hubiera dicho que se dedicaban a juegos tan
oscuros? Pero ؟ése? Sَlo era otro desconocido. --Quiz ل--prosiguiَ Iyokus-- el Mandato, finalmente, ha dejado de lado toda esa chorrada del Consulto y el No Dios. Eleلzaras asintiَ. --Estoy de acuerdo. El Mandato ahora juega a lo mismo que nosotros, Iyokus. Ese hombre, Drusas Achamian, deja pocas dudas al respecto... --،Qué gran mentiroso! Eleلzaras casi habيa creيdo que no sabيa nada de la muerte de Geshrunni. --Si el Mandato es parte del juego --prosiguiَ Iyokus-- todo cambia. ؟Te das cuenta de eso? No podemos seguir considerلndonos la primera Escuela de los Tres Mares. --Primero aplastaremos a los cishaurim, Iyokus. Mientras tanto, asegْrate de que Drusas Achamian es vigilado.
_____ 17 _____ Las Cumbres Andiamine «El acontecimiento en s يmismo no tenيa precedentes: desde la caي da de Cenei ante las huestes scylvendias, nunca se habيan reunido tantos potentados en un mismo lugar. Pero pocos sabيan que la humanidad en s يmisma estaba en juego. ؟Y quién podيa pensar que un breve intercambio de miradas, no el edicto del Shriah, desequilibrarيa ese juego? Pero ؟no es éste el verdadero enigma de la historia? Cuando uno mira con la profundidad suficiente, siempre encuentra que la catلstrofe y el triunfo, los verdaderos objetos del escrutinio del historiador, inevitablemente se deben a lo pequeٌo, trivial y delirantemente accidental. Cuando reflexiono en demasيa sobre este hecho, no temo que estemos «borrachos en la danza sagrada», como escribe Protathis, sino que no haya danza en absoluto.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Finales de primavera, aٌo del Colmillo 4111, Momemn Con Cnaiur, Xinemus y los cinco Palatinos conriyanos que habيan hecho suya la causa del Colmillo, Kellhus siguiَ a Nersei Proyas a través de las galerيas de las Cumbres Andiamine. Les guiaba uno de los
eunucos del Emperador, que desprendيa un aceitoso olor a musgo y bل lsamo. Girلndose tras conversar con Xinemus, Proyas llamَ a Cnaiur a su lado. Kellhus habيa observado de cerca los caprichosos cambios de humor de Proyas a lo largo de su viaje al recinto imperial. El hombre hab يa estado entusiasmado y ansioso de forma alternativa. Entonces, estaba claramente eufَrico. El pensamiento casi se leيa en el perfil del hombre: «،Esto funcionar»!ل. --Aunque esto irrite a los demلs --dijo Proyas, tratando de parecer brusco--, los nansur son, en muchos sentidos, el pueblo mلs antiguo de los Tres Mares, descendientes de los ceneianos de la baja antigüedad y de los kyraneanos de la alta. Viven a la sombra de obras monumentales y, en consecuencia, se sienten movidos a construir monumentos. --Abri َ las manos hacia las inmensas bَvedas de mلrmol--. Como éste. «Est لdando una explicaciَn convincente de la fortaleza de la casa de su enemigo --percibiَ Kellhus--. Teme que este lugar pueda intimidar al scylvendio.» Cnaiur hizo una mueca y escupiَ sobre las lْgubres escenas pastorales que tenيa bajo los pies. Por encima de un grueso hombro, el eunuco le mirَ y acelerَ nerviosamente el paso. Proyas se quedَ mirando al scylvendio; sus ojos desaprobadores esbozaron una sonrisita. --En circunstancias normales, Cnaiur, no tratarيa de corregir tus modales, pero quiz لlas cosas nos vayan mejor si procuras no escupir. En ese momento, uno de los mلs malhumorados Palatinos, Ingiaban, soltَ una carcajada. El scylvendio tensَ la mandيbula, pero no dijo nada. Habيa transcurrido una semana desde que se habيan unido a la Guerra Santa y habيan sido agasajados por la hospitalidad de Nersei Proyas. En ese tiempo, Kellhus habيa pasado muchas horas en el trance de la probabilidad, evaluando, extrapolando y volviendo a evaluar ese extraordinario giro de las circunstancias. Pero la Guerra Santa habيa demostrado ser de un valor incalculable. Nada de lo que habيa conocido hasta entonces se podيa comparar con el inmenso nْ mero de variables que presentaba. Obviamente, los miles de hombres anَnimos que constituيan su grueso eran en buena medida irrelevantes, significativos sَlo en su totalidad, pero el puٌado de hombres que eran relevantes, que enْ ltima instancia determinarيan el destino de la Guerra Santa, seguيan siendo inaccesibles para él. Eso cambiarيa en cuestiَn de minutos.
El gran enfrentamiento entre el Emperador y los Grandes Nombres de la Guerra Santa habيa llegado a un momento crيtico. Ofreciendo a Cnaiur como sustituto de Ikurei Conphas, Proyas le habيa implorado a Maithanet que solventara la disputa del Solemne Contrato del Emperador, e Ikurei Xerius III habيa aceptado invitar a todos los Grandes Nombres para que expusieran sus opiniones y oyeran los juicios del Shriah. Iban a reunirse en el jardيn privado, oculto en algْn lugar de los dorados complejos de las Cumbres Andiamine. De un modo u otro, la Guerra Santa iba a marchar hacia la lejana Shimeh. Que el Shriah se pusiera del lado de los Grandes Nombres y ordenara al Emperador que proveyera a la Guerra Santa, o del lado de la dinastيa Ikurei y ordenara a los Grandes Nombres que firmaran el Solemne Contrato era algo que poco importaba a Kellhus. De ambos modos, parecيa que los lيderes de la Guerra Santa tendrيan un consejero competente. La brillantez de Ikurei Conphas, el Exalto-General de Nansur, era reconocida a regaٌadientes hasta por Proyas. Y la inteligencia de Cnaiur, como sabيa Kellhus de primera mano, estaba mلs all لde toda discusiَn. Lo que importaba era que la Guerra Santa se impusiera enْ ltima instancia a los fanim y le llevara hasta Shimeh. Hasta su padre. Su misiَn. «؟Era esto lo que querيas, Padre? ؟Debe esta guerra ser mi lecciَn «? --Me pregunto --dijo Xinemus, irَnicamente-- qué opinar لel Emperador de tener a un scylvendio bebiéndose su vino y pellizcando el culo a sus sirvientas. El Prيncipe y el resto de potentados estallaron en carcajadas. --Estar لdemasiado ocupado apretando los dientes de ira --respondiَ Proyas. --Tengo poca paciencia para estos juegos --dijo Cnaiur, y a pesar de que los otros interpretaron esto como un reconocimiento, Kellhus supo que era una advertencia. «ةste ser لsu juicio, y yo seré enjuiciado a través de él.» --Los juegos --respondiَ otro Palatino, Gaidekki-- van a terminarse, mi salvaje amigo. Como siempre, Cnaiur se enfureciَ por su tono paternalista. Hasta se le hincharon las fosas nasales. «؟Cuلnta degradaciَn soportar لcon tal de ver a mi padre muerto?» --El juego nunca termina --afirmَ Proyas--. El juego no tiene
principio ni fin. «Ni principio ni fin...»
Kellhus era un niٌo de once aٌos cuando oyَ por primera vez esta frase. Habيa sido convocado para su formaciَn en un pequeٌo santuario de la primera terraza, donde tenيa que encontrarse con Keeriga Jeukal. A pesar de que Kellhus ya llevaba aٌos minimizando sus pasiones, la perspectiva de encontrarse con Jeukal le atemorizaba: era uno de los Pragma, los mلs viejos hermanos dunyainos, y los encuentros entre tales hombres y los niٌos pequeٌos solيan acabar angustiosamente para los segundos. La angustia del juicio y la revelaciَn. La luz del sol, que caيa en haces entre los pilares del santuario, calentaba agradablemente la piedra bajo sus pequeٌos pies. Fuera, bajo las murallas de la primera terraza, los لlamos eran peinados por el viento de la montaٌa. Kellhus se demorَ bajo la luz, sintiendo la sencilla calidez del sol empapando su tْnica y su cabeza desnuda. --؟Has bebido hasta saciarte como te ordenaron? --preguntَ el Pragma. Era un anciano, y su cara carecيa de expresiَn en el mismo grado en que la arquitectura del santuario carecيa de adornos. Uno podrيa haber pensado que estaba mirando a las piedras en lugar de a un niٌo; tan neutro era su rostro. --Sي, Pragma. --El Logos no tiene principio ni fin, joven Kellhus. ؟Lo entiendes? La instrucciَn habيa empezado. --No, Pragma --respondiَ Kellhus. Pese a que todavيa tenيa miedo y esperanza, hacيa mucho tiempo que habيa derrotado su necesidad de tergiversar la amplitud de sus conocimientos. Un niٌo tenيa pocas opciones cuando sus profesores podيan leer las caras. --Hace mil aٌos, cuando los dunyainos fundaron... --؟Después de las antiguas guerras? --le interrumpiَ, con impaciencia, Kellhus--. ؟Cuando nosotros éramos todavيa refugiados? El Pragma le golpeَ con la fuerza necesaria para hacerle caer sobre la dura piedra. Kellhus se puso en pie y se secَ la sangre de la nariz. Pero sintiَ poco miedo y, mucho menos, arrepentimiento. El golpe era una lecciَn, nada mلs. Entre los dunyainos, todo era una lecciَn. El Pragma le mirَ sin el menor atisbo de pasiَn.
--La interrupciَn es debilidad, joven Kellhus. Surge de las pasiones y no del intelecto; de la oscuridad que precede a todo. --Lo entiendo, Pragma. Los frيos ojos le escrutaron y vieron que era verdad. --Cuando los dْnyainos fundaron Ishual en estas montaٌas, sَlo conocيan un principio del Logos. ؟Cuلl era ese principio, joven Kellhus? --Que lo que viene antes determina lo que viene después. El Pragma asintiَ. --Han pasado dos mil aٌos, joven Kellhus, y sin embargo, todavيa consideramos cierto ese precepto. ؟Significa eso que el principio del antes y el después, de la causa y el efecto, ha envejecido? --No, Pragma. --؟Y a qué se debe? ؟Acaso los hombres no envejecen y mueren? ؟ Acaso tampoco las montaٌas envejecen y se desmoronan? --Sي, Pragma. --Entonces ؟cَmo puede ser que este principio no haya envejecido? --Porque --respondi َKellhus, tratando de sofocar un atisbo de orgullo-- el principio del antes y el después no est لen el circuito del antes y el después. Es la base de lo que es «joven» y lo que es «viejo», y por lo tanto no puede ser joven ni viejo. --Sي. El Logos es sin principio ni fin. Y sin embargo, el hombre, joven Kellhus, s يposee un principio y un fin, como todas las bestias. ؟ Por qué es el hombre distinto de las otras bestias? --Porque como las bestias, est لen el circuito del antes y el después, y sin embargo aprehende el Logos. Posee intelecto. --As يes. ؟Y por qué, joven Kellhus, los dunyainos alientan el intelecto? ؟Por qué con tanta frecuencia formamos a niٌos pequeٌos como tْ en los caminos del pensamiento, las extremidades y el rostro? --Debido al Dilema del Hombre. --؟Y qué es el Dilema del Hombre? Una abeja habيa entrado zumbando en el santuario, y entonces dibujaba, adormilada, trazos azarosos bajo las bَvedas. --Que el hombre es una bestia, que sus apetitos proceden de la oscuridad de su alma, que el mundo le asalta con circunstancias arbitrarias y que a pesar de ello aprehende el Logos. --Precisamente. ؟Y cuلl es la soluciَn al Dilema del Hombre? --Carecer por completo de apetitos bestiales; dominar por completo el desarrollo de las circunstancias; ser el perfecto instrumento del Logos y, por lo tanto, alcanzar el Absoluto. --Sي, joven Kellhus. ؟Y eres tْ un perfecto instrumento del Logos?
--No, Pragma. --؟Y eso por qué? --Porque estoy aquejado de pasiones. Yo soy mis pensamientos, pero las fuentes de mis pensamientos me exceden. No soy amo de mي mismo porque la oscuridad me precede. --As يes, niٌo. ؟Cuلl es el nombre que damos a las oscuras fuentes del pensamiento? --Legiَn. Las llamamos «la legiَn». El Pragma alzَ una mano paralizada, como si fuera a marcar una estaciَn crucial de su peregrinaje. --Sي. Vas a embarcarte, joven Kellhus, en la mلs difيcil etapa de tu Acondicionamiento: el dominio de la legiَn interior. Sَlo haciéndolo serلs capaz de sobrevivir al Laberinto. --؟Eso responder لla pregunta de los Mil Veces Mil Pasillos? --No. Pero te permitir لhacer la pregunta adecuada.
En algْn lugar cerca de la cima de las Cumbres Andiamine, pasaron por un pasillo con paneles de marfil y desembocaron parpadeando en el jardيn privado del Emperador. Entre los senderos empedrados, la hierba era blanda e inmaculada, oscura bajo la sombra de distintos لrboles que formaban rayos en un estanque circular situado en el corazَn del jardيn, como una versiَn en agua del Sol Imperial. Hibiscos, lotos erguidos y arbustos aromلticos poblaban los macizos junto a los senderos. Kellhus vislumbr َ unos colibrيes saltando de flor en flor bajo la luz del sol. Si las لreas pْblicas del recinto imperial habيan sido construidas para intimidar a los invitados con las dimensiones y la ostentaciَn, Kellhus comprendiَ que el jardيn privado habيa sido diseٌado para transmitir la sensaciَn de intimidad, para dar a los dignatarios visitantes el regalo de la confianza del Emperador. ةse era un lugar simple y elegante, el modesto corazَn del Emperador hecho de tierra y piedra. Reunidos bajo los cipreses y los tamarindos, los seٌores inrithi --galeoth, tydonnios, ainonios, thunyerios e incluso algْn nansur-permanecيan en grupos alrededor de lo que debيa de ser el trono del Emperador. Aunque iban ataviados con sus mejores galas y no llevaban armas, parecيan mلs soldados que cortesanos. Esclavas adolescentes revoloteaban entre ellos, con sus hinchados pechos desnudos y sus piernas juveniles brillando con aceites; llevaban sobre las caderas
bandejas de vino y diversos manjares. Los cuencos se derramaban en los brindis, y dedos manchados de grasa eran limpiados con elegantes muselinas y sedas. Los Seٌores de la Guerra Santa, todos reunidos en un lugar. «El estudio se profundiza, Padre.» Las caras se giraron y las voces se acallaron cuando se acercaron. Muchos saludaron a Proyas, pero la mayorيa se quedaron mirando a Cnaiur, envalentonados por el abierto escrutinio de los nْmeros. Kellhus sabيa que Proyas habيa impedido a propَsito que ninguno de los Grandes Nombres conociera a Cnaiur para controlar mejor ese momento. Sus expresiones daban fe de lo acertado de esa decisiَn. Pese a ir vestido como un inrithi-- tْnica de lino blanco bajo una capa de seda gris a la altura de la rodilla--, Cnaiur irradiaba una fortaleza salvaje: su rostro curtido en batallas; su poderoso cuerpo, sus extremidades de hierro y sus manos capaces de romper cuellos; sus swazond; sus ojos como frيos topacios. Todo en él hablaba de hechos violentos o sugerيa intenciones violentas. La mayorيa de los inrithi se quedaron impresionados. Kellhus vio p لnico, envidia, incluso deseo. All يestaba finalmente un scylvendio, y el aspecto del hombre, al parecer, superaba con creces los rumores que habيan oيdo. Cnaiur soportَ su escrutinio con desdén, mirando a un hombre tras otro como si estuviera evaluando ganado. Proyas le susurrَ algunas palabras a Xinemus, y después se adelantَ para llevarse a Cnaiur y a Kellhus aparte. De repente, los seٌores prorrumpieron en requerimientos. Xinemus les acallَ. --Pronto oiréis lo que el hombre tiene que decir --gritَ. Proyas hizo una mueca. --La cosa ha ido tan bien como cabيa esperar, creo --susurrَ. Kellhus habيa descubierto que el Prيncipe conriyano era un hombre piadoso, pero apasionado. Poseيa una fortaleza, una certidumbre moral, que de algْn modo obligaba a los demلs a tratar de obtener su aprobaciَn. Pero era también proclive a desenterrar impiedades, a dudar de todos los hombres que acudيan a él por su certidumbre. Al principio, esa combinaciَn de duda y certeza habيa dejado a Kellhus perplejo. Pero después de su noche con Drusas Achamian, se habيa dado cuenta de que el Prيncipe Coronado habيa sido entrenado para ser suspicaz. Proyas era cauteloso hasta lo indecible. Como con el
scylvendio, Kellhus se habيa visto obligado a avanzar tangencialmente al tratar con él. Incluso después de dيas de conversaciones y sondeos en forma de preguntas, el hombre todavيa albergaba sus reservas. --Parecen ansiosos --dijo Kellhus. --؟Y por qué no? --respondiَ Proyas--. Les he traيdo a un Prيncipe que afirma soٌar con Shimeh y a un infiel scylvendio que podrيa ser su general. --Mirَ pensativamente a los demلs Hombres del Colmillo--. Estos hombres serلn tus iguales --dijo--. Préstales atenciَn. Aprende de ellos. Todos ellos son extremadamente orgullosos, y los hombres orgullosos, como he ido sabiendo, no son proclives a tomar sabias decisiones... Las implicaciones eran claras: pronto sus vidas dependerيan de las sabias decisiones de esos hombres. El Prيncipe hizo un gesto a un alto galeoth que estaba entre las flores rosadas y verdes de un tamarisco. --Ese es el Prيncipe Coithus Saubon, séptimo hijo del Rey Eryeat y lيder del contingente galeoth. El hombre con el que discute es su sobrino Athjeari, Conde de Gaenri. Coithus Saubon tiene mucha reputaciَn por aquي: comandَ el ejército de su padre contra el Nansurium hace muchos aٌos. Logrَ varios éxitos, o eso me han dicho, pero fue humillado por Conphas cuando el Emperador le nombrَ Exalto-General. Quiz لningْn hombre vivo odie tanto a los Ikurei como él. Pero no le importa nada el Colmillo o el Ultimo Profeta. Una vez mلs, Proyas no mencionَ las implicaciones que aquello ten يa. El Prيncipe galeoth era un mercenario que les apoyarيa sَlo si sus objetivos coincidيan con los suyos. Kellhus evaluَ el rostro del hombre, que era de mandيbula fuerte y atractiva bajo una descarga de cabello rubio rojizo. Sus miradas se encontraron. Saubon asintiَ con una comedida cortesيa. Una apenas percibida aceleraciَn de su corazَn. Un débil sonroj e َn las mejillas. Los ojos entrecerrلndose muy ligeramente, como si se esforzara por mirar un golpe no visto. «Nada teme mلs que la opiniَn de los otros hombres.» Kellhus asintiَ en respuesta, con la expresiَn franca, cلndida. Advirti َ que Saubon habيa sido educado bajo la severa mirada de otro; un padre cruel, quizل, o una madre. «Harيa de su vida una demostraciَn, maldecirيa los ojos que juzgan.» --Nada empobrece --le dijo Kellhus a Proyas-- mلs que la ambiciَn. --As يes --respondiَ Proyas con aprobaciَn, también asintiendo en
direcciَn al Prيncipe galeoth. --Ese hombre de all ي--prosiguiَ el Prيncipe Coronado, seٌalando a un tydonnio de amplia cintura mلs all لdel galeoth-- es Hoga Gothyelk, Conde de Agansanor y lيder electo del contingente de Ce Tydonn. Antes de que yo naciera mi padre fue vencido por él en la batalla de Maan. Llama a su cojera el «regalo de Gothyelk». --Proyas sonriَ; era un hijo devoto que se tomaba muy en serio el humor de su padre--. Segْn dicen los rumores, Hoga Gothyelk es tan pيo en el templo como indomable en el campo. De nuevo las implicaciones: «Es uno de los nuestros». A diferencia de Saubon, el Conde de Agansanor no era consciente de su momentلneo escrutinio: estaba ocupado reprendiendo a tres hombres mلs jَvenes en lo que debيa de ser su lengua nativa. Su barba, un largo pellejo gris metلlico, se balanceaba y temblaba mientras él chillaba. Su ancha nariz se hinchَ. --؟Quiénes son esos hombres a los que reprende? --preguntَ Kellhus. --Sus hijos. Tres de ellos. En Conriya les llamamos la Prole Hoga. Les est لabroncando por beber demasiado. El Emperador, segْn dice, quiere que estén borrachos. Pero Kellhus sabيa que era otra cosa y no la bebida lo que habيa despertado la furia del Conde de Agansanor. Algo cansado rondaba su expresiَn, algo cuyo impulso habيa titubeado en el transcurso de una larga y turbulenta vida. Hoga Gothyelk ya no sentيa mلs ira, no de verdad; sَlo variaciones de la pena. Pero ؟por qué razَn? «Ha hecho algo... Cree que est لmaldito.» Sي, all يestaba: la resoluciَn oculta, como débiles hilos en las tensas arrugas de su cara, alrededor de los ojos. Habيa venido a morir, a morir limpio. --Y ese hombre --prosiguiَ Proyas, atreviéndose a seٌalar--, en el centro de ese grupo que lleva mلscaras... ؟Le ves? Proyas habيa seٌalado hacia su izquierda, donde se habيa reunido el grupo mلs grande con diferencia: los Palatinos-Gobernadores del Alto Ainon. Todos sin excepciَn vestيan togas espectaculares. Bajo sus pelucas trenzadas llevaban mلscaras de porcelana blanca que les cubr يan los ojos y las mejillas. Parecيan estatuas con barba. --؟El que lleva el pelo sujeto como un abanico detrلs de la cabeza? --preguntَ Kellhus. Proyas le dedicَ una amarga sonrisa. --Efectivamente. Se trata, ni mلs ni menos, que de Chepheramunni
en persona, el Rey-Regente del Alto Ainon y perrito faldero de los Chapiteles Escarlatas... ؟Ves cَmo rechaza todas las ofertas de comida y bebida? Teme que el Emperador trate de drogarle. --؟Por qué llevan mلscaras? --Los ainonios son un pueblo pervertido --respondiَ Proyas, lanzando una mirada de precauciَn a su alrededor--. Una raza de actores de mimo. Estلn extremadamente preocupados por las sutilezas de las relaciones entre humanos. Consideran que un rostro escondido es una arma potencial en todos los aspectos relacionados con el jnan. --El jnan --murmurَ Cnaiur-- es una enfermedad que todos tenéis. Proyas sonriَ, divertido por el implacable desprecio del llanero. --Sin duda, pero los ainonios estلn mortalmente enfermos. --Disculpadme --dijo Kellhus--. Pero ؟qué es el jnan? Proyas le dedicَ una mirada, atَnito. segْn --Nunca habيa pensado en ello antes --reconoci .--Byantas, َ recuerdo, lo define como «la guerra de palabras y sentimientos». Pero es mucho mلs .Las sutilezas que guيan la conducta entre hombres, podrيa decirse. Es-- se encogi d َ e hombros-- solamente algo que hacemos. Kellhus asintiَ. «Saben tan poco de s يmismos, Padre.» Preocupado por la precariedad de su respuesta, Proyas dedicَ su atenciَn al pequeٌo grupo de hombres que estaban junto al estanque del jardيn; todos llevaban las mismas vestiduras, con emblemas del Colmillo sobre sus tْnicas. --Allي. El del pelo plateado. Es Incheiri Gotian, Gran Maestro de los Caballeros Shriah. Es un buen hombre, el enviado del Shriah. Maithanet le ha pedido que juzgue nuestra demanda contra el Emperador. Gotian esperaba al Emperador en silencio con un pequeٌo bote de marfil en las manos. «Una misiva --pensَ Kellhus--, de Maithanet en persona.» Aunque Gotian era la imagen misma de la seguridad, Kellhus vio al instante que estaba nervioso: el rلpido pulso de su aorta bajo la carne oscura de su cuello, los tendones flexionلndose a lo largo del dorso de la mano, la tensa compostura de la musculatura alrededor de los labios... «No se siente a la altura de su carga.» Pero algo mلs que ansiedad hervيa a fuego lento en su expresiَn: sus ojos también delataban una curiosa espera, una que Kellhus habيa presenciado en muchas ocasiones en muchas caras. «Anhela que le muevan..., que le mueva alguien mلs santo que él.» --Un buen hombre --repitiَ Kellhus. «Sَlo tengo que convencerle de
que soy mلs santo.» --Y ese de all ي--dijo Proyas, seٌalando con la cabeza a su derecha-- es el Prيncipe Skaiyelt de Thunyerus, a la sombra de un gigante, al que llaman Yalgrota. Fuera deliberadamente o no, el pequeٌo contingente thunyerio ocup َ la periferia del grupo de seٌores inrithi. De toda la nobleza reunida en el jardيn, sَlo ellos iban ataviados para la batalla; llevaban pecheras de malla negra bajo sobretodos con mangas bordadas con estilizados animales. Todos llevaban barbas hirsutas y el cabello largo y sedoso. Skaiyelt tenيa el rostro uniformemente picado, como por la viruela, y murmuraba con gravedad a Yalgrota, que tenيa la mirada dura y se erig يa por encima de él, mirando con fiereza a Cnaiur por encima de numerosas cabezas. --؟Has visto alguna vez a un hombre como él? --siseَ Proyas, mirando al gigante con una sincera admiraciَn--. Recemos porque su interés en ti sea académico, scylvendio. Cnaiur engarzَ su mirada con la de Yalgrota sin parpadear. --S ي--dijo sin alterarse--, por su bien. Un hombre se mide por algo mلs que su cuerpo. Proyas arqueَ las cejas y sonriَ de soslayo a Kellhus. --؟Crees --le preguntَ Kellhus al scylvendio-- que no es tan largo como alto? Proyas soltَ una carcajada, pero los feroces ojos de Cnaiur se posaron en Kellhus. «Juega con estos idiotas si debes, dunyaino, ،pero no juegues conmigo!» --Estلs empezando --dijo Proyas-- a recordarme a Xinemus, mi Prي ncipe. «Al hombre que estima por encima de todos los demلs.» Un grito de enojo surgiَ del bullicio de voces de fondo: -- ،Gi'irga fi hierst! ، Gi'irga fi hierstas da moia! --Gothyelk, una vez mلs, regaٌando a uno de sus hijos, esa vez desde el otro extremo del jardيn. --؟Qué son esos colgantes que los thunyerios llevan entre los muslos? --preguntَ Kellhus a Proyas--. Parecen manzanas marchitas. --Son cabezas reducidas de sranc... Hacen fetiches de sus enemigos, y podemos contar --su desagrado se convirtiَ en una mueca-con que pronto, una vez la Guerra Santa inicie su marcha, llevarلn cabezas humanas. Como iba a decir, los thunyerios son un pueblo joven en los Tres Mares. Se unieron a la causa de los Mil Templos y el عltimo Profeta sَlo en época de mi abuelo, as يque son celosos del modo en
que lo son los pueblos conversos. Pero una interminable guerra con los sranc los ha vuelto morbosos, melancَlicos..., perturbados, incluso. Skaiyelt no es una excepciَn en este sentido, al menos por lo que sé; el hombre no sabe una palabra de sheyico. Tendr لque ser... controlado, supongo, pero no hay que tomلrselo muy en cuenta. «Aqu يhay un gran juego --pensَ Kellhus--, y no hay lugar para los que no conocen las reglas.» --؟Por qué? --preguntَ. --Porque es zafio. Es un bلrbaro analfabeto. Le respuesta que esperaba: una respuesta que, sin duda, ofenderي a al scylvendio. Como si le hubieran dado pie, Cnaiur bufَ. --؟Y qué crees --preguntَ con mordacidad-- que dicen los otros de m ?ي El Prيncipe se encogiَ de hombros. --Mلs o menos lo mismo, imagino. Pero eso cambiar لrلpidamente, scylvendio. He... Proyas se detuvo a media respuesta. Toda su atenciَn fue requerida por el repentino silencio que se habيa hecho entre los nobles inrithi. Se acercaron tres figuras a través de la sombra de la columnata circundante. Dos hombres, Guardias Eَticos a juzgar por el aspecto de la armadura y la insignia, tiraban de un tercero entre los dos. El hombre iba desnudo, estaba escuلlido y llevaba pesados grilletes en el cuello, las muٌecas y los tobillos. A juzgar por las cicatrices que cubrيan sus brazos, era obviamente un scylvendio. --Demonios astutos --murmurَ entre dientes Proyas. Los Guardias Eَticos lanzaron al hombre a la luz. El hombre se tambaleَ como un borracho, ignorando que llevaba el falo a la vista. Alzَ el rostro lastimero hacia el cielo. Le habيan arrancado los ojos. --؟Quién es él? --preguntَ Kellhus. Cnaiur escupiَ y observَ cَmo los Guardias Eَticos encadenaban al hombre a la base del trono del Emperador. --Xunnurit --dijo después de un momento--. Nuestro Rey-de-Tribus en la batalla de Kiyuth. --Una prueba de la debilidad de los scylvendios, sin duda --dijo Proyas con inquietud--. Una prueba de la debilidad de Cnaiur urs Skiotha... Una prueba en lo que ser لnuestro juicio.
--Te sentarلs aqu يen posiciَn --dijo el Pragma, ni tenso ni amable--. Y repetirلs la frase «El Logos no tiene principio ni fin». La repetirلs sin cesar hasta que te ordene lo contrario. ؟Lo entiendes? --Sي, Pragma --respondiَ Kellhus. Se agachَ sobre una pequeٌa esterilla de juncos trenzados en el centro del santuario. El Pragma se sentَ ante él en una esterilla similar, de espaldas a los لlamos baٌados por el sol y los fruncidos precipicios de las montaٌas mلs allل. --Empieza --dijo el Pragma, quedلndose inmَvil. --El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene... Al principio le sorprendiَ la facilidad del ejercicio. Pero las palabras perdieron rلpidamente su significado y se convirtieron en una repetitiva letanيa de sonidos desconocidos, mلs un pastoso ejercicio de la lengua, los dientes y los labios que habla. --Deja de decir eso en voz alta --dijo el Pragma--. Dilo sَlo para ti. «El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene...» Eso resultaba muy distinto y, como rلpidamente descubriَ, era mucho mلs difيcil. Decir la frase en voz alta habيa apuntalado de alguna forma la repeticiَn, como si apretara el pensamiento contra su boca y su lengua. Entonces, estaba a solas, suspendido en ninguna parte de su alma, repetido, repetido y repetido, contrario a todas las costumbres de deducciَn y libre asociaciَn. «El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene...» La primera cosa que notَ fue la curiosa falta de tensiَn de su rostro, como si el ejercicio hubiera cortado los vيnculos que unيan la expresiَn a la pasiَn. Su cuerpo se quedَ completamente inmَvil, mucho mلs de lo que habيa estado jamلs. Al mismo tiempo, sin embargo, unas curiosas oleadas de tensiَn le recorrيan desde su interior, como si algo profundo obstaculizara e impidiera que su aliento interior llegara a su voz interior. Y la repeticiَn fue enmudecida por un susurro, se convirtiَ en un delgado hilo ondulando a través de un torbellino de pensamiento inarticulado, sin forma. «El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene...» El sol ascendيa sobre las despeinadas laderas, coloreando su campo visual con el contraste de oscuras plomadas y caras calvas brillantes. Kellhus se dio cuenta de que estaba en guerra. Embrionarios
impulsos salidos de la nada exigيan pensamiento. Voces no proferidas surgiendo de la oscuridad exigيan pensamiento. Imلgenes sibilantes clamaban, pedيan, amenazaban, todas exigيan pensamiento. Y entre todo ello: «El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene principio ni fin. El Logos no tiene...». Mucho después, se darيa cuenta de que ese ejercicio habيa delimitado su alma. La incesante repeticiَn de la frase del Pragma le hab يa enfrentado consigo mismo, le habيa mostrado hasta qué punto él era otro. Por primera vez, vio realmente la oscuridad que le habيa precedido, y supo que antes de ese dيa, nunca habيa estado realmente despierto. Cuando el sol, finalmente, se puso, el Pragma rompiَ su ayuno de silencio. --Has completado tu primer dيa, joven Kellhus, y ahora continuarلs durante la noche. Cuando el sol del amanecer llegue al glaciar de levante, dejarلs de repetir laْ ltima palabra de la frase, pero continuarلs con las demلs. Cada vez que el sol salga por el glaciar, dejarلs de repetir laْ ltima palabra. ؟Lo entiendes? --Sي, Pragma. --Le pareciَ que eran palabras dichas por otro. --Entonces, continْa. A medida que la oscuridad sepultaba el santuario, la lucha se intensificaba. Su cuerpo, sucesivamente, se alejaba hasta el punto de marearse y se acercaba hasta el extremo de sofocarse. Un momento era una apariciَn, un accidente de humo ascendiendo en espiral, tan insustancial que parecيa que la brisa de la noche pudiera esparcirlo y convertirlo en nada. En otro, parecيa ser un manojo de carne acalambrada, con todas las sensaciones agudizadas, hasta que incluso el frيo de la noche repiqueteaba como cuchillos sobre su piel. Y la frase se convirtiَ en algo ebrio, algo que se tambaleaba y se balanceaba a través de un coro de agitaciones, distracciones y pasiones frenéticas de pesadilla. Entonces, el sol saliَ por el glaciar y su belleza le dejَ atَnito. Un ardor anaranjado, las frيas llanuras de hielo y nieve resplandecientes. Y durante el tiempo en que el corazَn tarda en dar un latido, la frase se le escapَ y sَlo pensَ en el modo como el glaciar se erguيa, curvado como la espalda de una mujer hermosa... El Pragma se inclinَ hacia adelante y le golpeَ con un rictus de falsa ira en la cara. --،Repite la frase! --gritَ.
Para Kellhus, cada uno de los grandes nombres representaba una pregunta, una coyuntura de innumerables permutaciones. En sus rostros, veيa fragmentos de otros rostros aflorando como si todos los hombres fueran momentos de un solo hombre. Un instante de Leweth pasando como una borrasca por el entrecejo de Athjeari mientras hablaba con Saubon. Un reflejo de Serwe en el modo en que Gothyelk miraba a su hijo menor. Las mismas pasiones, pero cada una en un equilibrio distinto. Concluyَ que cualquiera de esas personas podrيa ser fلcilmente poseيda como lo habيa sido Leweth, a pesar de su fiero orgullo. Pero sumados, eran incalculables. Eran un laberinto, mil veces mil pasillos, y tenيa que pasar por todos ellos. Tenيa que poseerlos. «؟Y si esta Guerra Santa excede mis capacidades? Entonces ؟qué, Padre?» --؟Es que ayunas, dunyaino? --preguntَ Cnaiur en su enconado scylvendio--. ؟Te engordas a base de caras? Proyas les habيa dejado para ir a hablar con Gotian y, en ese instante, estaban solos. --Tenemos la misma misiَn, scylvendio. Hasta entonces, los acontecimientos habيan superado sus mلs optimistas previsiones. Su afirmaciَn de que poseيa sangre real le habي a dado, casi sin esfuerzo, una posiciَn entre las castas dominantes inrithi. No sَlo Proyas le habيa proveيdo de lo «necesario acorde con su rango principesco», sino que le habيa hecho un lugar de honor en su fuego del consejo. Kellhus descubriَ que mientras uno poseyera el porte de un prيncipe, era tratado como un prيncipe. La actuaciَn se convertي a en ser. Su otra afirmaciَn, sin embargo --la afirmaciَn de haber soٌado con Shimeh y la Guerra Santa-- le habيa dado una posiciَn muy distinta, mل s peligrosa y con mلs posibilidades. Algunos se burlaban abiertamente de ello. Otros, como Proyas y Achamian, la consideraban una posible advertencia, como el primer atisbo de una enfermedad. Muchos, buscando cualquier rastro de sanciَn divina que pudieran hallar, simplemente lo aceptaban. Pero todos le concedيan a Kellhus la misma posiciَn. En los pueblos de los Tres Mares, los sueٌos, por muy triviales que fueran, se consideraban un asunto muy serio. Los sueٌos no eran, como habيa creيdo el dunyaino antes de la llamada de Moenghus, simples
ensayos, caminos para que el alma se preparara para distintas eventualidades. Los sueٌos eran el portal, el lugar en el que el Exterior se infiltraba en el mundo, donde lo que trascendيa a los hombres --fuera el futuro, lo distante, lo demonيaco o lo divino-- encontraba una imperfecta expresiَn en el aqu يy en el ahora. Pero no era suficiente afirmar que uno habيa soٌado. Si los sueٌos eran poderosos, también eran baratos. Todo el mundo soٌaba. Después de escuchar pacientemente las descripciones de sus visiones, Proyas le habيa explicado a Kellhus que literalmente miles de personas habيan afirmado haber soٌado con la Guerra Santa; algunas con su triunfo, y otras, con su destrucciَn. Uno no podيa andar diez metros junto al Phayus, segْn dijo, sin ver a algْn ermitaٌo dando alaridos y gesticulando acerca de su sueٌo. --؟Por qué --le habيa preguntado con su caracterيstica honestidad-- deberيa yo considerar tus sueٌos distintos? Los sueٌos eran un asunto importante, y los asuntos importantes exigen preguntas difيciles. --Quiz لno debas --habيa respondido Kellhus--. Yo no estoy seguro de hacerlo. Y fue eso, su renuencia a creer en sus propias afirmaciones proféticas, lo que le habيa dado esa peligrosa posiciَn. Cuando inrithi an َnimos, habiendo oيdo rumores, se ponيan de rodillas ante él, Kellhus se enojaba como un padre compasivo. Cuando le rogaban que les tocara, como si la gracia pudiera transmitirse a través de la piel, él les tocaba, pero sَlo para levantarlos y reprenderlos por humillarse ante otro. Al afirmar ser menos de lo que parecيa ser, movيa a los hombres, incluso a hombres cultivados como Proyas o Achamian, a esperar o temer que pudiera ser mلs. Nunca lo dirيa, nunca lo afirmarيa, pero fabricarيa las circunstancias que hicieran que pareciera verdad. Entonces, todos los que se consideraban observadores secretos, todos los que preguntaban sin resuello «؟Quién es este hombre?», estarيan mلs satisfechos que nunca. ةl serيa su perspicacia. Asي, serيan incapaces de dudar de él. Dudar de él serيa pensar que su propia perspicacia estaba vacيa. Renegar de él serيa como renegar de uno mismo. Jugarيa en un terreno condicionado. «Tantas permutaciones... Pero veo el camino, Padre.» La risa resonَ en todo el jardيn. Algْn joven galeoth mestizo, harto de estar de pie, habيa considerado el trono del Emperador un buen
lugar en el que descansar. Estuvo all يsentado un rato, ajeno al regocijo de los demلs, estudiando sucesivamente el cerdo glaseado jumyan que le habيa cogido a un esclavo y al hombre encadenado a sus pies. Cuando finalmente se dio cuenta de que todo el mundo se estaba riendo de él, decidiَ que le gustaba la atenciَn que le estaban dedicando y se puso a burlarse de una serie de posturas imperiales. Los Hombres del Colmillo rugieron. Finalmente, Saubon cogiَ al joven y lo llevَ de vuelta entre sus parientes, que le aplaudيan. Un instante después, una fila de miembros del aparato imperial, todos vestidos con las voluminosas togas que su cargo exigيa, anunciaron la llegada del Emperador. Con Conphas a su lado, Ikurei Xerius III apareci jَusto cuando la hilaridad decrecيa, con una expresiَn mezcla de benevolencia y disgusto. Se sent e َ n su trono y reaviv e َl alborozo de sus invitados cuando adopt lَa misma postura-- la palma izquierda hacia arriba sobre su regazo, la derecha cerrada ante s --ي que el joven galeoth habيa imitado hacيa un momento. Kellhus observ cَ َmo su figura empalidecيa de ira cuando uno de sus eunucos le explicaba el origen de las risas. Hubo asesinato en su mirada cuando despidi a َ l hombre, y se pele cَ on su postura un instante. Sabيa que ser premeditado era el insulto mلs intimidador. En ese sentido, hasta un Emperador podيa ser convertido en esclavo, si bien, como advirtiَ Kellhus, él no sabيa por qué. Finalmente, Xerius adoptَ la postura norsirai: las manos cogidas a las rodillas. Pasَ un largo rato de silencio antes de que lograra dominar su ira. Durante ese tiempo, Kellhus estudiَ los rostros del séquito imperial: la inquebrantable arrogancia del sobrino del Emperador, Conphas; el pل nico de los esclavos, tan acostumbrados a las enardecidas pasiones de su amo; la mueca de desaprobaciَn en los labios de los consejeros imperiales, dispuestos en semicيrculo tras el Emperador, su centro. Y... Un rostro diferente entre los consejeros..., un rostro inquietante. Fue la mلs sutil de las incongruencias, una vaga sensaciَn de equي voco, lo que le llamَ la atenciَn al principio. Un anciano vestido con una elegante tْnica de seda color carbَn, un hombre obviamente obedecido y respetado por los demلs. Uno de sus compaٌeros se inclinَ hacia él y le susurrَ algo inaudible entre el estruendo de voces. Pero Kellhus pudo leerle los labios. «Skeaos...» El nombre del consejero. Tomando aire profundamente, Kellhus dejَ que el impulso de sus propios pensamientos se ralentizara y se detuviera. El hombre que él
era en su vida cotidiana con otros hombres dejَ de existir; fue arrancado de él como los pétalos de una flor. El ritmo de los acontecimientos se ralentiz ة.lَ se convirtiَ en un lugar, un campo en blanco para una sola figura: el erosionado paisaje del rostro de un anciano. Ningْn rubor reflejo perceptible. Desconexiَn entre el pulso de sus latidos y su aparente expresiَn... Pero el zumbido de las voces circundantes se fue apagando, y él se apartَ, recompuesto. El Emperador iba a hablar. Palabras que podيan sellar el destino de la Guerra Santa. Habيan transcurrido cinco latidos de su corazَn. ؟Qué podيa eso significar? Una cara sola, indescifrable, entre el maremلgnum de expresiones transparentes. «Skeaos, ؟eres obra de mi padre?»
«El Logos no tiene principio ni. El Logos no tiene principio ni. El Logos no tiene principio ni. El Logos no tiene...» Por un instante, saboreَ la sangre que tenيa en el labio partido, pero la sensaciَn fue lentamente enjuagada por la implacable letanيa. La cacofonيa interior titubeَ, desapareciَ en un silencio mortal. Su cuerpo se convirtiَ en un completo extraٌo, un cuerpo desechable. Y el movimiento del tiempo en s يmismo, el paso del antes y el después, se transformَ. Las sombras de los pilares del santuario barrieron el suelo desnudo. La luz del sol cayَ sobre su cara y después parpadeَ. Se orinَ y defecَ, pero no sintiَ ninguna incomodidad, ningْn olor. Y cuando el viejo Pragma se puso en pie y le vertiَ agua sobre los labios, fue sَlo una piedra lisa incrustada entre el musgo y la grava bajo una cascada. El sol bordeَ los pilares y después descendiَ ante él para llevar su sombra por encima del regazo del Pragma y luego entre los لrboles bru ٌidos, donde se congregَ con sus parientes y se hinchَ para dan paso a la noche. Una y otra vez, presenciَ cَmo el sol salيa y se ponيa, el moment لneo respiro de la noche, y a cada albada la frase se desmembraba un poco mلs. A medida que el mundo se aceleraba, el movimiento de su alma se ralentizaba. Hasta que sَlo susurraba. «El Logos. El Logos. El Logos...» ةl era un hueco lleno de ecos desprovistos de toda voz creadora; cada frase era una impecable repeticiَn de la anterior. ةl era un
caminante a través de una galerيa abisal de espejo frente a espejo; cada uno de sus pasos era tan ilusorio como el anterior. Sَlo el sol y la noche marcaban su pasaje, y sَlo estrechando cada vez mلs el espacio entre los espejos hacia el imposible lugar en el que un punto de fuga amenazaba con besar a otro punto de fuga, el lugar en el que su alma restarيa enteramente inmَvil. Cuando el sol volviَ a salir, sus pensamientos retrocedieron a una sola palabra. «El. El. El. El...» Y le pareciَ un tartamudeo absurdo y el mلs profundo de los pensamientos al mismo tiempo, como si sَlo en ausencia de Logos pudiera introducirse en el ritmo de su corazَn latiendo un momento tras otro. El pensamiento se adelgazَ y la luz del sol barriَ una vez mلs el santuario, y lo dejَ atrلs, hasta que la noche agujereَ el sudario del cielo, hasta que los cielos se revolvieron como la rueda infinita de una cuadriga. «El. El...» Una alma en movimiento encadenada al lيmite, al exquisito momento antes de algo, cualquier cosa. El لrbol, el corazَn, el todo transformado en nada mediante la repeticiَn, mediante la inacabable acumulaciَn del mismo rechazo al nombre. Una corona de oro a través de las altas laderas del glaciar. ...Y después nada. Ningْn pensamiento.
--El Imperio os da la bienvenida --anunciَ Xerius, tratando de mantener un tono amable. Recorriَ con la mirada los Grandes Nombres del Colmillo y se demorَ un instante en el scylvendio, que estaba junto a s ,!يnuestro extraordinario recién llegado. El Kellhus. Sonri، .--Ah, َ scylvendio. Me dicen que eres el caudillo de los utemot ؟.Es as ,ي scylvendio? --As يes --respondiَ Cnaiur. El Emperador midiَ su respuesta. Kellhus advirtiَ que no estaba de humor para las galanterيas del jnan. --Yo también tengo un scylvendio --dijo. Sacَ el antebrazo de la intrincada manga y cogiَ la cadena que tenي a entre los pies. Dio un tirَn brutal, y el acurrucado Xunnurit levantَ su cara ciega y partida hacia la concurrencia. Su cuerpo desnudo era
esquelético, estaba desnutrido, y las extremidades parecيan colgar de distintos goznes, goznes siempre cerrados, lejos del mundo. Las largas franjas de swazond en sus brazos parecيan entonces un testimonio de los huesos que habيa debajo de ellas, no del sangriento pasado del scylvendio. --Dime --dijo el Emperador, reconfortado por su mezquina brutalidad--, ؟de qué tribu es éste? Cnaiur parecيa impertérrito. --ةste era de los akkunihor. --«؟Era»? Para ti est لmuerto, supongo. --No, no est لmuerto. No es nada para mي. El Emperador sonriَ como si estuviera entusiasmado con un pequeٌ o misterio que le distrajera de asuntos mلs pesados. Pero Kellhus veيa debajo las maquinaciones, la confianza en que demostrarيa que ese salvaje era un idiota ignorante. La necesidad. --؟Porque le hemos doblegado? ؟Hummm? --insistiَ el Emperador. --؟Doblegado a quién? Ikurei Xerius se detuvo. --A este perro de aquي. Xunnurit, Rey-de-Tribus, tu Rey. Cnaiur se encogiَ de hombros, como si le asombrara el malicioso capricho de un niٌo. --No has doblegado nada. Se oyeron algunas risas. El Emperador se avinagrَ. Kellhus vio cَmo el aprecio al intelecto de Cnaiur se colocaba tambaleلndose en la delantera de sus pensamientos. Hubo una reevaluaciَn, una revisiَn de las estrategias. «Est لacostumbrado --pensَ Kellhus--, a recuperarse de los errores.» --S ي--dijo Xerius--. Doblegar a un hombre no es nada, supongo. Es demasiado fلcil doblegar a un hombre. Pero doblegar a un pueblo..., sin duda, eso es algo, ؟no? La expresiَn imperial se tornَ exultante cuando Cnaiur no alcanzَ a responder. El Emperador prosiguiَ. --Mi sobrino, Conphas, aquي, ha doblegado a un pueblo. Quizل hayas oيdo hablar de ellos. El Pueblo de la Guerra. Una vez mلs, Cnaiur se negَ a responder. Su mirada, en cambio, era asesina. --Tu pueblo, scylvendio. Doblegado en Kiyuth, ؟Estabas tْ en Kiyuth, me pregunto?
--Estaba en Kiyuth --dijo Cnaiur con un chirrido. --؟Fuiste doblegado? Silencio. --؟Fuiste doblegado? Todos los ojos estaban fijos entonces en el scylvendio. --Fui --buscَ el término sheyico apropiado-- adiestrado en Kiyuth. --؟De veras? --gritَ el Emperador--. Deberيa haberlo imaginado. Conphas es un instructor de lo mلs exigente. As يque dime, ؟qué lecciones aprendiste? --Conphas fue mi lecciَn. --؟Conphas? --repitiَ el Emperador--. Debes disculparme, scylvendio, pero estoy un tanto confundido. Cnaiur prosiguiَ en un tono reflexivo. --En Kiyuth, aprend يlo que Conphas ha aprendido. Es un general bregado en muchos campos de batalla. De los galeoth aprendiَ la eficacia de disciplinadas formaciones de pica contra las cargas montadas. De los kianene aprendiَ la eficacia de encauzar a su oponente, la huida falsa y la idoneidad de ocultar a sus jinetes en la reserva. Y de los scylvendios aprendiَ la importancia del gobokzoy, el «momento»; que uno debe leer al enemigo desde lejos y golpear en el instante en que est لdesequilibrado. »En Kiyuth aprend ي--prosiguiَ, dirigiendo su pétrea mirada hacia Conphas-- que la guerra es intelecto. La sorpresa era obvia en el rostro del sobrino imperial, y Kellhus se maravillَ de la fuerza de esas palabras. Pero habيan sucedido demasiadas cosas como para concentrarse en ese problema. El aire estaba tenso por ese combate entre el Emperador y el bلrbaro. Entonces era el turno del Emperador para guardar silencio. Kellhus entendiَ lo que estaba en juego en esa conversaciَn. El Emperador necesitaba demostrar la incompetencia del scylvendio. Xerius habيa hecho del Solemne Contrato el precio de Ikurei Conphas. Como cualquier mercader, Xerius sَlo podيa justificar ese precio difamando las mercancيas de sus competidores. --،Basta de chلchara! --gritَ Coithus Saubon--. Los Grandes Nombres han oيdo demasiado... --،Pero no es a los Grandes Nombres a quien corresponde decidir! --espetَ el Emperador. --Tampoco es a Ikurei Xerius a quien corresponde decidir --aٌadiَ Proyas con los ojos brillantes de fervor. --،Gotian! ؟Qué dice el Shriah? ؟Qué dice Maithanet del Solemne
Contrato de nuestro Emperador? --gritَ el entrecano Gothyelk. --،Pero es demasiado pronto! --farfullَ el Emperador--. ،Todavيa no hemos sondeado a este hombre, este infiel! --،Gotian! --clamaron los otros. --Pues bien, ؟qué dices tْ, Gotian? --gritَ el Emperador--. ؟Permitirي as que un infiel te liderara contra los infieles? ؟Serيas castigado como la Guerra Santa Vulgar fue castigada en las llanuras de Mengedda? ؟Cu لntos muertos? ؟Cuلntos esclavizados por el mal humor de Calmemunis? --،Los Grandes Nombres lideran! --gritَ Proyas--. El scylvendio serل nuestro consejero... --،Sigue siendo una afrenta! --rugiَ el Emperador--. ؟Un ejército con diez generales? Cuando os vayلis a pique, y lo haréis, por no conocer la astucia de los kianene, ؟a quién os dirigiréis? ؟A un scylvendio? ؟En vuestros momentos de crisis? ،Qué estupidez! ،Entonces ser لuna Guerra Santa infiel! Dulce Sejenus, este hombre es un scylvendio --gritَ en tono quejumbroso, como si un ser amado se hubiera vuelto loco--. ؟ No significa esto nada para vosotros, idiotas? ،Es una plaga en la misma tierra! ،Su propio nombre es una blasfemia! ،Una abominaciَn ante Dios! --؟Y tْ nos hablas de afrenta? --gritَ Proyas en respuesta--. ؟Darلs lecciones de piedad a los que sacrificarلn sus mismيsimas vidas por el Colmillo? ؟Qué hay de tus iniquidades, Ikurei? ؟Qué hay de ti, que has hecho de la Guerra Santa una herramienta? --،Yo preservarيa la Guerra Santa, Proyas! ،Salvarيa el instrumento de Dios de vuestra ignorancia! --Pero ya no somos ignorantes, Ikurei --respondiَ Saubon--. Has oي do hablar al scylvendio. Nosotros hemos oيdo hablar al scylvendio. --،Pero este hombre os venderيa! ،Es scylvendio! ؟No me habéis o يdo? --؟Cَmo no يbamos a oيrte? --le espetَ Saubon--. Gritas mلs que mi esposa. Gran estruendo de carcajadas. --Mi tيo dice la verdad --gritَ Conphas, y los nobles hicieron silencio. El gran Conphas finalmente habيa hablado. Serيa la voz mلs sobria--. No sabéis nada de los scylvendios --prosiguiَ con naturalidad--. No son infieles como los fanim. Su maldad no es debida a la tergiversaciَn, a la conversiَn de la fe verdadera en una abominaciَn. Son un pueblo sin Dioses. Conphas se dirigiَ al Rey-de-Tribus, que estaba a los pies del
Emperador, y levantَ la cara cegada para que todos la vieran. Le cogiَ uno de los brazos descarnados. --A estas cicatrices las llaman swazond --dijo, como un paciente profesor--, una palabra que significa «muertes». Para nosotros, son poco mلs que salvajes trofeos, no muy distintos de las cabezas de sranc encogidas que los thunyerios cosen en sus escudos. Pero son mucho mلs para los scylvendios. Esas muertes son suْ nico objetivo. El significado de sus vidas est لescrito en estas cicatrices. Nuestras muertes..., ؟lo entendéis? Mirَ los rostros de los inrithi all يreunidos y le satisfizo la aprehensiَn que vio en ellos. Una cosa era admitir a un infiel entre ellos; otra que enumeraran los detalles de su maldad. --Lo que el salvaje ha dicho antes no es verdad --prosiguiَ Conphas--. Este hombre no es «nada». Es un sيmbolo de su humillaciَ n. La humillaciَn de los scylvendios. --Mirَ con dureza el rostro impasible de Xunnurit, las hundidas y llorosas cuencas de los ojos. Después mirَ a Cnaiur, que estaba junto a Proyas. --Miradle --dijo con naturalidad--. Mirad a quién habéis convertido en vuestro general. ؟No creéis que tiene sed de venganza? ؟No creéis que incluso ahora est لtratando de contener la furia que tiene en su corazَn? ؟Sois tan inocentes como para creer que no tiene planeada nuestra destrucciَn? ؟Que su alma no se est لretorciendo, como hacen las almas de los hombres, con posibilidades, con imلgenes..., su venganza satisfecha y nuestra ruina total? Conphas mirَ a Proyas. --Pregْntale, Proyas. Pregْntale qué mueve su alma. Se produjo una pausa que llenَ el murmullo de los nobles. Kellhus se girَ a la enigmلtica cara que rondaba por encima del Emperador. De niٌo, veيa las expresiones del mismo modo que un hombre nacido en el mundo; comprendيa sin comprender. Pero entonces podي a ver las vigas bajo los tablones de la expresiَn de un hombre, y debido a eso, podيa calcular, con una aterradora exactitud, la distribuciَn de fuerzas en los fundamentos de un hombre. Pero ese Skeaos le desconcertaba. Aunque leيa las intenciones de los demلs, en el rostro del anciano sَlo veيa una imitaciَn de la profundidad. La matizada musculatura que producيa su expresiَn era irreconocible, como si se amarrara a una osamenta distinta. Ese hombre no habيa sido instruido a la manera de los dunyainos. Es mلs: esa cara no era una cara. Pasَ un instante. Las incongruencias se acumularon, se
clasificaron, se adscribieron alternativas hipotéticas... Extremidades. Delgadas extremidades se doblaron y apretaron contra el simulacro de una cara. Kellhus parpadeَ y sus sentidos descendieron a su adecuada proporciَn. ؟Era eso posible? ؟Hechicerيa? Si era asي, no tenيa nada de la extraٌa torsiَn que habيa experimentado con el nohombre al que se habي a enfrentado hacيa tanto tiempo. Kellhus sabيa que la hechicerيa era inexplicablemente grotesca --como los garabatos de un niٌo en una obra de arte--, aunque desconocيa el porqué. Loْ nico que sabيa era que podيa distinguir la hechicerيa, del mundo, y a los hechiceros, de los hombres normales. ةse era uno de los muchos misterios que habيan motivado su estudio de Drusas Achamian. Esa cara, y estaba mلs o menos seguro, no tenيa nada que ver con la hechicerيa. Pero entonces, ؟cَmo? «؟Qué es este hombre?» De repente, la mirada de Skeaos se engarzَ con la suya. La frente llena de surcos se frunciَ formando un falso ceٌo. Kellhus asintiَ de la manera amigable y avergonzada de quien es sorprendido mirando fijamente a otro. Pero en la periferia de su campo visual vislumbrَ que el Emperador le miraba alarmado, y después se daba la vuelta para escrutar a su consejero. «Ikurei Xerius no sabe que esa cara es distinta», advirtiَ Kellhus. Ninguno de ellos lo sabيa. «El estudio se profundiza, Padre. Siempre se profundiza.» --De joven --estaba diciendo Proyas--, fui educado por un Maestro del Mandato, Conphas. ةl dirيa que eres bastante optimista con respecto al scylvendio. Varios se rieron abiertamente de aquello, aliviados. --Las historias del Mandato --dijo Conphas sin alterarse-- no valen nada. --Quiz ل--respondiَ Proyas--, mلs o menos como las historias nansur. --Pero ésa no es la cuestiَn, Proyas --dijo el viejo Gothyelk, con tanto acento que su sheyico a duras penas era comprensible--. La cuestiَn es cَmo podemos confiar en ese infiel. Proyas se girَ hacia el scylvendio, que estaba a su lado, vacilando de repente. --؟Qué tienes que decir, Cnaiur? --preguntَ. A lo largo de esa conversaciَn, Cnaiur habيa permanecido en
silencio, esforzلndose poco por ocultar su desdén. Entonces escupiَ hacia Conphas.
Ningْn pensamiento. El niٌo se extinguiَ. Sَlo un lugar. Ese lugar. Inmَvil, el Pragma estaba sentado ante él, con las suelas de sus pies descalzos juntas, su hلbito oscuro perfilado por las sombras de los profundos pliegues, sus ojos tan vacيos como los del niٌo que observaban. Un lugar sin respiraciَn ni sonido. Un lugar sَlo de vista. Un lugar sin antes ni después..., casi. Porque los primeros rayos de sol corrيan sobre el glaciar, tan lentos y pesados como grandes ramas de لrbol al viento. Las sombras se templaron y la luz refulgiَ sobre el viejo crلneo del Pragma. La mano izquierda del anciano sali َde la manga derecha portando un acuoso cuchillo. Y era como una cuerda en el agua, con el brazo extendido hacia adelante, con las puntas de los dedos recorriendo la hoja mientras el cuchillo se balanceaba lلnguidamente en el aire. El sol se deslizaba y el oscuro santuario se sumergيa en su espalda de espejo... Y el lugar en el que Kellhus habيa existido extendiَ una mano abierta --los cabellos rubios como luminosos filamentos contra la piel bronceada-- y cogiَ el cuchillo del espacio aturdido. El impacto del mango contra la palma provocَ la transformaciَn de lugar a niٌo pequeٌo. La pلlida fetidez de su cuerpo. La respiraciَn, el sonido y unos pensamientos tambaleلndose. «He sido legiَn...» En la periferia de su campo visual, vio el extremo del sol sobresaliendo tras la montaٌa. Se sintiَ ebrio de cansancio. En el retroceso de su trance, le pareciَ que loْ nico que podيa oيr eran ramitas arqueلndose y meciéndose al viento, tiradas por hojas como un millَn de velas no mayores que su mano. Causas en todas partes, pero entre incontables sucesos diminutos, difusos, inْtiles. «Ahora lo comprendo.»
--Me sondearéis --dijo Cnaiur, finalmente--. Aclararéis el enigma del corazَn scylvendio. Pero utilizad vuestros propios corazones para hacer un mapa del mيo. Veis a un hombre humillado ante vosotros, Xunnurit; un hombre vinculado a m يpor nuestro parentesco de sangre. Qué ofensa debe ser, decيs. Su corazَn debe clamar venganza. Y decي s eso porque vuestro corazَn clamarيa asي. Pero mi corazَn no es vuestro corazَn. Esa es la razَn por la que es un enigma para vosotros. »Xunnurit no es un nombre vergonzoso para el Pueblo de la Guerra. Ni siquiera es un nombre. Aquel que no cabalga entre nosotros no forma parte de nosotros. Es el otro. Pero vosotros, que confundيs vuestro corazَn con el mيo --que sَlo veis dos scylvendios, uno doblegado y otro en pie-- creéis que todavيa es de los mيos. Creéis que su degradaciَn es la mيa, y que yo vengaré esto. Conphas os quiere hacer pensar eso. ؟Por qué otra razَn Xunnurit seguirيa entre nosotros? ؟Qué mejor manera de desacreditar al hombre fuerte que haciendo de un hombre doblegado su doble? Quiz لsea el corazَn nansur el que deba ser sondeado. --Pero nuestro corazَn es inrithi --dijo Conphas con ferocidad--. Ya lo conocemos. --As يes --dijo fieramente Saubon--. Serيa tomar la Guerra Santa a Dios y hacerla suya. --،No! --espetَ Conphas--. Mi corazَn salvarيa la Guerra Santa para Dios. La salvarيa de este perro abominable y os salvarيa a vosotros de vuestra locura. ،Los scylvendios son un anatema! --،Como los Chapiteles Escarlatas! --replicَ Saubon, avanzando hacia Conphas--. ؟También querrلs que nos deshagamos de ellos? --Es distinto --espetَ Conphas--. Los Hombres del Colmillo necesitan a los Chapiteles Escarlatas... Sin ellos, los cishaurim nos destruirيan. Saubon se detuvo a unos pocos pasos del Exalto-General. Era enjuto, rapaz. --Los inrithi necesitan al scylvendio, también. Esto es lo que tْ nos has dicho. Debemos salvarnos de nuestra propia locura en el campo de batalla. --Calmemunis y tu pariente Tharschilka te lo han dicho ya, idiota. Con su muerte en las llanuras de Mengedda. --Calmemunis --espetَ Saubon--. Chusma marchando con chusma. --Dime, Conphas --preguntَ Proyas--. ؟No sabيas que Calmemunis estaba condenado de antemano? Si es as ؟,يpor qué el Emperador no le dio provisiones?
--،Nada de todo esto es lo que importa! --gritَ Conphas. «Miente», percibiَ Kellhus. Sabيan que la Guerra Santa Vulgar ser يa destruida. Querيan que fuera destruida... De repente, Kellhus comprendiَ que el resultado de ese debate era en realidad primordial para su misiَn. Los Ikurei habيan sacrificado una hueste entera para fortalecer su posiciَn con respecto a la Guerra Santa. ؟Qué otro desastre provocarيan una vez que se convirtiera en una molestia? --La cuestiَn --prosiguiَ con ardor Conphas-- ،es si podéis confiar en un scylvendio para que os lidere contra los kianene! --Pero ésa no es la cuestiَn --replicَ Proyas--. La cuestiَn es si podemos confiar en un scylvendio mلs que en ti. --Pero ؟cَmo puede siquiera discutirse eso? --implorَ Conphas--. ؟ Confiar en un scylvendio mلs que en m ?ي--Se riَ con aspereza--. ،Eso es una locura! --Tu locura, Conphas --dijo Saubon--, y la de tu tيo... Si no fuera por tus malditas previsiones de destrucciَn y tu tres veces maldito Solemne Contrato, ،nada de esto se estarيa discutiendo! --،Pero las tierras que vais a conquistar son nuestras! La sangre de nuestros ancestros cubriَ cada llanura, cada loma, ؟y a ti te ofende nuestra reclamaciَn? --Es la tierra de Dios, Ikurei --dijo Proyas, cortante--. La mismيsima tierra del Ultimo Profeta. ؟O acaso pondrيas los patéticos anales de Nansur por delante del Tractate? ؟Por delante de nuestro seٌor, Inri Sejenus? Conphas permaneci َen silencio un instante, evaluando esas palabras. Kellhus pens q َ ue uno no debيa entablar a la ligera una guerra de fe con Nersei Proyas. --؟Y quién eres tْ, Proyas, para hacer esa pregunta? --dijo finalmente Conphas, reponiéndose de su silencio anterior--. ؟Eh? Tْ, que pondrيas a un infiel, ،a un scylvendio nada menos!, por delante de Sejenus. --Todos somos instrumentos de los Dioses, Ikurei. Hasta un infiel, un scylvendio, nada menos, puede ser un instrumento si ésa es la voluntad de Dios. --؟Tratamos de adivinar cuلl es la voluntad de Dios, pues? ؟Eh, Proyas? --Esa, Ikurei, es la tarea de Maithanet. --Proyas se girَ hacia Gotian, que habيa estado observلndoles atentamente durante todo el tiempo. --؟Qué dice Maithanet, Gotian? Dinos: ؟qué opina el Shriah? El Gran Maestro tenيa las manos cerradas alrededor del bote de
marfil. Sostenيa la respuesta, como sabيa todo el mundo, entre sus manos apretadas. Su expresiَn era dubitativa. «No est لdecidido. Desprecia al Emperador, y no confيa en él, pero teme que la soluciَn de Proyas sea demasiado radical.» Kellhus advirtiَ que muy pronto se verي a obligado a interceder. --Le preguntarيa al scylvendio --dijo Gotian, aclarلndose la garganta-- por qué ha venido. Cnaiur mirَ con dureza al Caballero Shriah, al Colmillo bordado en oro en su blanca vestidura. «Las palabras estلn en ti, scylvendio. Dilas.» --He venido --dijo Cnaiur, finalmente-- por la promesa de guerra. --Pero eso es algo que los scylvendios no hacen --respondiَ Gotian, con sus sospechas atemperadas por la esperanza--. No hay scylvendios mercenarios. Al menos yo nunca he oيdo hablar de ellos. --Yo no me vendo, si es a eso a lo que te refieres. El Pueblo de la Guerra no se vende, no vende. Lo que necesitamos, lo arrebatamos. --Sي. Nos arrebatarيa a nosotros --agregَ Conphas. --،Deja que el hombre hable! --gritَ Gothyelk, cada vez mلs impaciente. --Después de Kiyuth --prosiguiَ Cnaiur-- los utemot desaparecimos. La estepa no es como vosotros creéis. El Pueblo de la Guerra lucha siempre; si no es contra los sranc, los nansur o los kianene, entre ellos. Nuestras llanuras fueron invadidas por nuestros viejos competidores. Nuestros rebaٌos, degollados. Nuestros campos, quemados. Yo me convert يen caudillo de nada. Cnaiur mirَ sus rostros concentrados. Kellhus habيa descubierto que las historias, si estaban bien contadas, merecيan respeto. --Gracias a este hombre --prosiguiَ, seٌalando a Kellhus-- descubrي que los extranjeros podيan tener honor. Como esclavo, luchَ a nuestro lado contra los kuoti. A través de él y de los sueٌos mandados por Dios, supe de vuestra guerra. Yo ya no tenيa mi tribu, as يque acepté su apuesta. Muchas miradas, segْn advirtiَ Kellhus, estaban entonces fijas en él. ؟Debيa aprovechar ese momento? ؟O permitirle al scylvendio que continuara? --؟Apuesta? --preguntَ Gotian, tan desconcertado como ligeramente asustado. --Que esta guerra serيa distinta de todas las demلs. Que serيa una revelaciَn... --Ya veo --respondiَ Gotian, con los ojos repentinamente brillantes
de fe. --؟S ?ي--preguntَ Cnaiur--. Creo que no. Sigo siendo un scylvendio. --El llanero mirَ a Proyas y después recorriَ con la mirada la ilustre asamblea--. No te equivoques conmigo, inrithi. En este sentido Conphas tiene razَn. Para m يtodos sois unos borrachos dando traspiés. Niٌos que juegan a la guerra cuando deberيais estar en casa con vuestras madres. No sabéis nada de la guerra. La guerra es oscura, negra como la brea. No es un Dios. No hace reيr ni llorar. No recompensa el talento ni la osadيa. No es un juicio de almas ni la medida de voluntades. Mucho menos es una herramienta, un medio para algْn fin mujeril. Es simplemente el lugar en el que los huesos de hierro de la tierra se encuentran con los huesos huecos de los hombres y los doblegan. »Me habéis ofrecido guerra, y yo he aceptado. Nada mلs. Yo no lamentaré vuestras pérdidas. No inclinaré mi cabeza ante vuestras piras funerarias. No me alegraré de vuestros triunfos. Pero he aceptado la apuesta. Sufriré con vosotros. Pasaré a los fanim por la espada y llevaré a sus esposas e hijos al matadero. Y cuando duerma, soٌaré en sus lamentaciones, y mi corazَn se alegrarل. Durante un instante se produjo un silencio de estupefacciَn. Después, intervino Gothyelk, el viejo Conde de Agansanor. --He cabalgado en muchas campaٌas. Mis huesos son viejos, pero siguen siendo mis huesos, no los del fuego. Y he aprendido a confiar en el hombre que odia abiertamente y a temer solamente a los que odian en secreto. Estoy satisfecho con la respuesta de este hombre, aunque me guste poco. --Se girَ hacia Conphas con los ojos estrechos de desconfianza--. Es triste que un infiel nos dé lecciones de honestidad. Lentamente, ese asentimiento fue repetido por otros. --Hay sabidurيa en las palabras del infiel --gritَ Saubon por encima del murmullo--. ،Haremos bien en escucharle! Pero Gotian siguiَ inquieto. A diferencia de los demلs, él era nansur, y Kellhus veيa que compartيa muchos de los temores del Emperador y el Exalto-General. Las noticias de las atrocidades scylvendias eran un hecho cotidiano en la vida de los nansur. Sin avisar, el Gran Maestro buscَ sus ojos a través de la multitud. Kellhus vio cَmo imلgenes catastrَficas pasaban por la mente del hombre: la Guerra Santa arruinada, y todo por una decisiَn tomada por él en nombre de Maithanet. --He soٌado esta guerra --dijo Kellhus, de repente. Mientras los inrithi cedيan a su hasta entonces silenciosa voz, los reuniَ con su mirada acuosa--. No pretendo explicaros el significado de esos sueٌos
porque no lo conozco. --Estaba en mitad del santificado cيrculo de su Dios, habيa dicho, pero no era presuntuoso. Dudaba del modo en que hombres hechos y derechos dudaban, y no admitيa ninguna presunciَn en la bْsqueda de la verdad--. Pero sé esto: la decisiَn que debéis tomar es clara. Una declaraciَn de certidumbre fortalecida por la declaraciَn de incertidumbre que la habيa precedido. «Las pocas cosas que sé --habي a dicho-- las sé.» --Dos hombres os han pedido que hagلis una concesiَn. El Prي ncipe Nersei Proyas os ha pedido que aceptéis la ayuda de un scylvendio infiel, mientras que Ikurei Xerius os ha pedido que os liguéis a los intereses del Imperio. La cuestiَn es simple: ؟qué concesiَn es mلs grande? La demostraciَn de sabidurيa y perspicacia a través de la clarificaci َn. Su reconocimiento de eso cementarيa su respeto, les prepararيa para reconocer mلs cosas, y les convencerيa de que su voz pertenecي a a la razَn y no a sus preocupaciones mercenarias. --Por un lado, tenemos a un Emperador que de buena gana aprovisionَ la Guerra Santa Vulgar a pesar de que sabيa que iba a ser destruida casi con toda seguridad. Por el otro, tenemos a un caudillo que se ha pasado toda la vida saqueando y asesinando a los pيos. --Se interrumpiَ, sonriendo con arrepentimiento--. En mi tierra, llamamos a esto un dilema. Calidas risas estallaron en el jardيn. Sَlo Xerius y Conphas no sonreيan. Kellhus habيa burlado el prestigio del Exalto-General centrل ndose en el Emperador, y habيa presentado el problema de la credibilidad del Emperador en los mismos términos que la del scylvendio, como sَlo un hombre justo y equitativo harيa. Después habي a cerrado la ecuaciَn con un amable ingenio, con lo cual se aseguraba la estima y una percepciَn vagamente cَmica de la percepciَn de la verdad. --Ciertamente, puedo responder por el honor de Cnaiur urs Skiotha, pero ؟quién responderيa por m ?يAsumamos que los dos hombres, el Emperador y el caudillo, son igualmente poco dignos de fiar. Si es asي, la respuesta est لen algo que ya conocemos: asumimos la tarea de Dios, pero es una tarea oscura y sangrienta igualmente. No hay labor m لs fiera que la guerra. Estudiَ sus rostros, mirando a cada uno de ellos como si estuviera a solas con él. Estaban en el extremo, en el vértice de la conclusiَn a la que la razَn habيa llegado. Incluso Xerius. --Aceptemos la ayuda del Emperador o del caudillo --prosigui ;--َ
concedamos la misma confianza, concedamos la misma tarea... Kellhus se detuvo y mirَ a Gotian. Vio interferencias moviéndose por propia voluntad en el alma del hombre. --Pero al Emperador --dijo Gotian, asintiendo lentamente-- le concedemos también los beneficios de nuestra tarea. Un murmullo de profundo acuerdo recorriَ los Hombres del Colmillo. --؟Qué dices, Gran Maestro? --gritَ el Prيncipe Saubon--. ؟Estل satisfecho el Shriah? --،Pero esto no tiene ningْn sentido! --gritَ Ikurei Conphas--. ؟Cَmo puede el Emperador de una naciَn inrithi ser tan poco digno de confianza como un salvaje infiel? El Exalto-General se habيa lanzado inmediatamente sobre la bisagra del argumento de Kellhus, pero su protesta llegaba demasiado tarde. Sin mediar palabra, Gotian abriَ el bote y sacَ los dos rollos que hab يa en su interior. Dudَ; su rostro severo estaba pلlido. Tenيa el futuro de los Tres Mares en las palmas de las manos, y lo sabيa. Con cuidado, como si estuviera sosteniendo una reliquia sagrada, abriَ el rollo con el sello de cera negro. Girلndose hacia el silencioso Emperador, el Gran Maestro de los Caballeros Shriah empezَ a leer con una voz resonante como la de un sacerdote: --Ikurei Xerius III, Emperador de Nansur, por la autoridad del Colmillo y del Tractate, y de acuerdo con la antigua constituciَn de Templo y Estado, recibe la orden de aprovisionar el instrumento de nuestra gran... El rugido de la asamblea reverberَ en el jardيn del Emperador. La voz de Gotian siguiَ resonando, acerca de Inri Sejenus, acerca de la fe, acerca de intenciones fuera de lugar, pero los alborozados Hombres del Colmillo habيan empezado a abandonar el jardيn, tan ansiosos estaban de prepararse para marchar. Conphas estaba estupefacto en el escalَn inferior al trono del Emperador, mirando al Rey-de-Tribus scylvendio a sus pies. Cerca, Proyas aceptaba la felicitaciَn de sus iguales con palabras dignas y ojos jubilosos. Pero Kellhus estudiَ al Emperador a través de rلfagas de figuras. Estaba ladrandoَ rdenes a uno de sus resplandecientes guardias,َ rdenes que, segْn sabيa Kellhus, no tenيan nada que ver con la Guerra Santa. --Coge a Skeaos --sisearon sus labios-- y después reْne a los demل s. ،El viejo desgraciado oculta alguna traiciَn!
Kellhus observَ cَmo el Guardia Eَtico hacيa gestos a sus compaٌ eros y después se cerraba sobre el consejero sin cara. Se lo llevaron de all يcon malos modos. ؟Qué descubrirيan? En el jardيn del Emperador se habيan producido dos enfrentamientos. El atractivo rostro de Ikurei Xerius III se girَ entonces hacia él, tan aterrorizado como iracundo. «Cree que formo parte de la traiciَn de su consejero. Quiere detenerme, pero no logra dar con ningْn pretexto.» Kellhus se girَ hacia Cnaiur, que permanecيa all يestoicamente, estudiando la figura desnuda de su pariente encadenada a los pies del Emperador. --Debemos irnos rلpidamente --dijo Kellhus--. Ha habido demasiada verdad aquي.
_____ 18 _____ Las Cumbres Andiamine «... y esa revelaciَn asesinَ todo lo que yo habيa sabido. Si antes le preguntaba a Dios "؟quién eres?", ahora pregunto "؟quién soy?".» Ankharlus, Carta al templo blanco «El Emperador, segْn dice la opiniَn mلs generalizada, era un hombre excesivamente suspicaz. El miedo tiene muchas formas, pero no es nunca tan peligroso como cuando se combina con el poder y una incertidumbre perpetua.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Finales de primavera, aٌo del Colmillo 4111, Momemn El Emperador Ikurei Xerius III caminaba retorciéndose las manos. Después del desastre del jardيn, habيa empezado a temblar descontroladamente. No habيa podido ir mلs all لde sus aposentos imperiales. Conphas y Gaenkelti, el capitلn de la Guardia Eَtica, estaban en silencio en el centro de la habitaciَn, observلndolo. Xerius se detuvo junto a una mesa laqueada y tragَ un largo sorbo de anpoi espirituoso.
Se frotَ los labios y jadeَ. --؟Le tenéis? --S ي--respondiَ Gaenkelti--. Lo han llevado a las galerيas. --Debo verlo. --Te recomiendo que no lo hagas, Dios-de-los-Hombres --respondiَ cuidadosamente Gaenkelti. Xerius se detuvo y dedicَ una dura mirada a su corpulento capitلn norsirai. --؟Me recomiendas que no lo haga? ؟Hay aqu يalgo relacionado con la hechicerيa? --El Saik Imperial dice que no, pero ese hombre ha sido... entrenado. --؟Qué quieres decir con «entrenado»? ،Ahَrrame tu chلchara, Gaenkelti! El Imperio ha sido humillado hoy. ،Yo he sido humillado! --Fue... difيcil de reducir. Han muerto tres de mis hombres. Cuatro tienen alguna extremidad rota... --،Estلs bromeando! --gritَ Conphas--. ؟Iba armado? --No. Nunca he visto nada igual. Si no hubiéramos llevado los guardias de mلs asignados a la audiencia... Como decيa, ha sido entrenado. --Quieres decir --dijo Xerius, con el rostro transido por el terror-que durante todo este tiempo, todos estos aٌos, ؟podrيa haber matado..., haberme matado a m?ي --Pero ؟qué edad tiene Skeaos, tيo? --preguntَ Conphas--. ؟Cَmo puede ser? Tiene que tratarse de hechicerيa. --El Saik jura y perjura que no --repitiَ Gaenkelti. --،El Saik! --espetَ Xerius, girلndose en busca de mلs anpoi--. Ratas blasfemas husmeando alrededor del palacio; conspirando, siempre conspirando contra mي. Necesitamos una confirmaciَn en busca de uno independiente. --Dio otro largo trago y tosi .--Mandad َ َ la voz acongojada de otra de las Escuelas... La Mysunsai-- prosigui ,con . --Ya lo he hecho, Dios-de-los-Hombres. Pero creo en el Saik en este caso. Gaenkelti cogiَ la pequeٌa esfera cubierta de runas que llevaba en el peto: un Chorae, la pesadilla de los hechiceros. --He sostenido esto ante su cara una vez que lo han reducido. No ha tenido miedo. No habيa nada en su cara. --،Skeaos! --gritَ Xerius a los techos grabados, volviendo a servirse anpoi--. ،Servil, maldito y sigiloso Skeaos! ؟Un espيa? ؟Un asesino
entrenado? Temblaba cada vez que le hablaba directamente. ؟Lo sabي ais? Temblaba como un cervatillo. Y yo que me decيa a m يmismo: «Los otros me consideran un Dios, pero Skeaos, ،ah, el bueno de Skeaos!, sabe que soy divino. Sَlo Skeaos se ha rendido...». Y mientras tanto me vertيa veneno en la oreja. Avivaba mi apetito con su lengua. ،Dioses de la condenaciَn! ،Quiero verle despellejado! ،Le estrujaré la verdad a su cuerpo partido! ،Que sea maldito con la agonيa! Con un rugido, Xerius se revolviَ y volcَ la mesa. El cristal y el oro cayeron y se hicieron aٌicos sobre el mلrmol. ةl se quedَ en silencio, con el pecho agitado. El mundo zumbaba a su alrededor, impenetrable, burlلndose. En todas partes las sombras eran un clamor. Los grandes designios estaban en marcha. Los mismos Dioses se movيan; se movيan contra él. --؟Qué hay del otro, Dios-de-los-Hombres? --osَ preguntar Gaenkelti--. ؟El Prيncipe de Atrithau que te hizo sospechar de Skeaos? Xerius se girَ hacia su capitلn con la mirada todavيa salvaje. --El Prيncipe de Atrithau --repitiَ, estremeciéndose al recordar la serena expresiَn del hombre. Un espيa..., y con una cara que transmitي a una total tranquilidad. ،Qué confianza! ؟Y por qué no, cuando el Primer Consejero del Emperador era uno de ellos? Pero basta. Le visitarيa aterrorizado pronto. --Vigiladle. Observadle como a ningْn otro. Se girَ hacia Conphas; le escrutَ brevemente. Por una vez le pareciَ que su divino sobrino estaba perturbado. Las pequeٌas satisfacciones... Tendrيa que agarrarse a ellas durante la noche que seguirيa. --Por favor, déjanos ahora, capitلn --dijo, recobrando la compostura--. Estoy complacido con tu conducta. Haz que el Gran Maestro Cememketri y Tokush sean llamados a mi presencia en seguida. Hablaré con mis hechiceros y espيas. Y mis augures... Mل ndame también a Arithmeas. Gaenkelti se arrodillَ, tocَ el suelo alfombrado con la frente y se retir َ. A solas con su sobrino, Xerius le dio la espalda y caminَ hasta el pَ rtico abierto en el otro extremo de la sala. Fuera era oscuro, y el mar Meneanor se agitaba en la penumbra contra el horizonte gris. --Sé cuلl es tu pregunta --le dijo a la figura que habيa tras él--. Te preguntas cuلnto le he contado a Skeaos. Te preguntas si sabe todo lo que tْ sabes. --Siempre estaba contigo, tيo. ؟No es as?ي --Pueden engaٌarme como a un idiota, sobrino, pero no soy un
idiota... Pero eso lo sabremos. Sabremos muy pronto lo que Skeaos sabe. Sabremos cَmo castigarle. --؟Y la Guerra Santa? --preguntَ cautelosamente Conphas--. ؟Qué hay de nuestro Solemne Contrato? --Nuestra propia casa, sobrino. Primero, nuestra propia casa... «O eso dirيa tu abuela.» Xerius se girَ hacia Conphas, perdido en sus pensamientos. --Cememketri me ha dicho que un hechicero del Mandato se ha unido a la Guerra Santa. Ve a por él..., tْ en persona. --؟Por qué? Los Maestros del Mandato son idiotas. --Se puede confiar en los idiotas precisamente porque son idiotas. Sus objetivos raramente interceden con los nuestros. ةste es un asunto muy importante, Conphas. Debemos estar seguros. Conphas le dejَ a solas con el mar ennegrecido. Se podيa ver a mucha distancia de la cima de las Cumbres Andiamine, pero nunca, al parecer, lo suficiente. Hablarيa con Cememketri, Gran Maestro del Saik Imperial, y Tokush, su Maestro de Espيas. Escucharيa cَmo se peleaban y no descubrirيa nada a través de ellos. Y después, bajarيa a las galerيas. Verيa al «bueno» de Skeaos en persona. Y le inflingirيa las primeras consecuencias de su transgresiَn.
El viaje desde el campamento hasta las Cumbres Andiamine tenيa un cierto elemento de pesadilla para Achamian. Aquello era Momemn de noche, algo horroroso. El aire era tan acre que tenيa sabor. Habيa vislumbrado en varias ocasiones un alto dedo de piedra --la Torre de Ziek, supuso--, y por un breve instante, mientras pasaba cerca del templo-complejo de Cmiral, vio las grandes cْpulas de Xothei arqueadas como negras barrigas bajo el cielo. Sin embargo, se habيa encontrado sumergido en una caَtica madriguera de avenidas bordeadas por viejas casas vecinales y puntuadas por bazares, canales y templos cْlticos abandonados. Compleja a la luz del dيa, Momemn era laberيntica de noche. La tropa de Kidruhil con antorchas formaba una refulgente hebra a través de la noche. Pezuٌas con herraduras de hierro repiqueteaban contra la piedra y el fango, lo que atraيa a las ventanas caras asustadas y pلlidas. Vestido con su armadura ceremonial, el propio Ikurei Conphas cabalgaba a su lado, pero distante. De vez en cuando, Achamian miraba de soslayo al Exalto-General.
Habيa algo enervante en su perfecciَn fيsica, algo que hacيa que Achamian cobrara total conciencia de su corpulencia; casi como si a través de Conphas, los Dioses hubieran revelado el cruel humor que se escondيa en la acumulaciَn de defectos de los hombres mلs normales. Pero era algo mلs que su aspecto lo que le resultaba inquietante. Ese hombre tenيa un aire... un poco demasiado seguro de s يmismo para ser definido como arrogancia. Achamian decidiَ que Ikurei Conphas estaba poseيdo, bien por una terrible fuerza, o bien por una aterradora carencia. ،Conphas! Todavيa le parecيa increيble. ؟Qué podيan querer los Ikurei de él? Achamian habيa renunciado a preguntلrselo al sobrino imperial. --He venido aqu يa buscarte --dijo el hombre, inexpresivamente--, no a charlar. Fuera lo que fuese lo que el Emperador querيa, era lo suficientemente importante como para mandar de chico de los recados al sobrino imperial. Desde el principio, la llamada habيa llenado a Achamian de una sensaciَn de hermética aprensiَn. Los Kidruhil, con sus pesadas armaduras, se habيan esparcido por las avenidas del campo conriyano como si estuvieran ejecutando un asalto. Pasaron un buen rato forcejeando e insultلndose antes de que quedara claro que los nansur habيan ido all يa buscarle a él. --؟Por qué iba a llamarme un Emperador? --le habيa preguntado a Conphas. --؟Por qué llamar a cualquier hechicero? --le respondiَ con impaciencia. Esa respuesta le habيa molestado, le habيa recordado a los funcionarios de los Mil Templos a los que habيa pedido detalles acerca de la muerte de Inrau. Y por un instante, Achamian habيa comprendido lo insignificante que el Mandato se habيa vuelto en el gran esquema de los Tres Mares. De las Escuelas, el Mandato era el idiota perdido cuyas rocambolescas reivindicaciones se volvيan mلs y mلs desesperadas a medida que se cerraba la noche. Como cualquier otra sensaciَn de vergüenza, los poderosos evitaban religiosamente la desesperaciَn. Y por esa razَn, aquella peticiَn resultaba tan inquietante. ؟Qué pod يa querer un Emperador de un idiota desesperado como Drusas Achamian? Por lo que él sabيa, sَlo dos cosas podيan llevar a una Gran Facci َn como los Ikurei a llamarle: o bien habيan encontrado algo cuya
resoluciَn estaba mلs all لde las capacidades de su propia Escuela, el Saik Imperial, o de los mercenarios Mysunsai, o bien deseaban hablar del Consulto. Como nadie excepto el Mandato creيa todavيa en el Consulto, tenيa que ser la anterior. Y quiz لeso no era tan improbable como parecيa. Si bien las Grandes Facciones normalmente se reيan de su misiَn, todavيa respetaban su talento. La Gnosis hacيa de ellos ricos idiotas. Finalmente, pasaron bajo una inmensa puerta, cabalgaron a lo largo de los jardines exteriores del recinto imperial y llegaron a la base de las Cumbres Andiamine. El alivio que Achamian esperaba encontrar, sin embargo, no aparecيa por ninguna parte. --Hemos llegado, hechicero --dijo Ikurei Conphas, cortante, mientras desmontaba con la facilidad de un hombre acostumbrado a los caballos--. Sيgueme. Conphas le guiَ por una serie de puertas de hierro que parecيan poca cosa con respecto a los edificios circundantes. El palacio, con sus columnas de mلrmol brillante bajo las incontables antorchas que rodeaban su perيmetro, ascendيa hasta una altura descomunal por encima de ellos. Conphas martilleَ las puertas, que al ser abiertas de par en par por dos Guardias Eَticos, revelaron un largo pasillo iluminado por velas. En lugar de ascender hacia las Cumbres, sin embargo, bajaba a su corazَn enterrado. Conphas siguiَ adelante, pero se detuvo cuando Achamian vacilَ. --Si te estلs preguntando --dijo con una pequeٌa y maliciosa sonrisa-- si el pasaje lleva a las mazmorras del Emperador, as يes... La luz de las velas alumbraba los intrincados relieves estampados de su peto, los muchos soles de Nansur. Bajo el peto, Achamian sabيa que habيa un Chorae. La mayorيa de los nobles de rango los llevaban; eran sus tَtems contra la hechicerيa. Pero Achamian no tuvo necesidad de intuir su presencia. Podيa sentirla. --Me he hecho ya muchas conjeturas --respondiَ, permaneciendo en el umbral--. Creo que ha llegado el momento de que me expliques mi propَsito aquي. --Los hechiceros del Mandato --dijo Conphas con tristeza--. Como todos los avaros, das por hecho que todo el mundo va detrلs de tu tesoro. ؟Qué crees, hechicero? ؟Que soy tan estْpido como para entrar al trapo en el campamento de Proyas sَlo para secuestrarte? --Perteneces a la Casa Ikurei. Eso es motivo suficiente para la preocupaciَn, ؟no crees? Conphas le escrutَ en silencio --la mirada de un recaudador de
impuestos-- y al parecer comprendiَ que no podيa ofender a Achamian con una burla o valiéndose de su rango. --Est لbien --dijo abruptamente--. Hemos descubierto a un espيa entre nosotros. El Emperador necesita que verifiques que la hechicerيa no ha tenido nada que ver con esto. --؟No confiلis en el Saik Imperial? --Nadie confيa en el Saik Imperial. --Ya veo. Y los mercenarios, los Mysunsai, ؟por qué no les llamلis a ellos? Una vez mلs, el hombre sonriَ con condescendencia, con mucho m لs que condescendencia. Achamian habيa visto muchas sonrisas como aquélla antes, pero siempre le habيan parecido un tanto estridentes, repletas de pequeٌas desesperaciones. Pero en aquella sonrisa no habي a ninguna estridencia. Sus dientes perfectos refulgieron a la luz de las velas. Eran dientes carroٌeros. --Este espيa, hechicero, es extremadamente raro. Quizل demasiado para su limitado talento. Achamian asintiَ. Los Mysunsai eran «limitados». Las almas mercenarias raramente eran talentosas. Pero para que el Emperador mandara en busca de un hechicero del Mandato, para que desconfiara no sَlo de sus propios magos, sino también de sus mercenarios... «Estل n aterrorizados --pensَ Achamian--. Los Ikurei estلn aterrorizados.» Achamian escudriٌَ al sobrino imperial en busca de alguna seٌal de decepciَn. Satisfecho, cruzَ el umbral. Hizo un gesto de dolor cuando oyَ que las puertas se cerraban tras él. Iban avanzando por el pasillo al ritmo de los largos pasos marciales de Conphas. Achamian casi podيa percibir cَmo las Cumbres Andiamine se erigيan sobre él. «؟Cuلnta gente ha pasado por este pasillo y no ha regresado nunca?», se preguntَ. Sin aviso previo, Conphas dijo: --Eres amigo de Nersei Proyas, ؟no? Dime: ؟qué sabes de Anasurimbor Kellhus, el que afirma ser Prيncipe de Atrithau? Una sacudida fيsica acompaٌَ la pregunta, y por un instante, Achamian tuvo que esforzarse por mantener su rلpido paso. «؟Est لKellhus implicado en esto?» ؟Qué debيa decirle? ؟Que temيa que el hombre fuera un presagio del Segundo Apocalipsis? «No le digas nada.» --؟Por qué lo preguntas? --Sin duda, habrلs sabido del resultado de la reuniَn del Emperador con los Grandes Nombres. En buena medida, fue debido a la astucia de
ese hombre. --Su sabidurيa, quieres decir. Una momentلnea ira desfigurَ la expresiَn del Exalto-General. Se dio dos golpecitos en el peto, justo por debajo del cuello, precisamente donde llevaba escondido su Chorae, como sabيa Achamian. El gesto calmَ un tanto al hombre, como si le recordara todas las formas en que Achamian podيa morir. --Te he hecho una pregunta sencilla. «La pregunta es cualquier cosa menos sencilla», pensَ Achamian. ؟ Qué sabيa él de Kellhus? Muy poco, salvo quiz لque él estaba tan asustado por quién fuera el hombre como el otro atemorizado por quién pudiera ser. Un Anasurimbor habيa regresado. --؟Tiene esto --preguntَ Achamian-- algo que ver con vuestro «raro espيa»? Conphas se detuvo abruptamente y le escrutَ. O bien estaba atَnito por alguna estupidez oculta en su pregunta, o estaba tomando una decisiَn. «Estلn realmente atemorizados.» El Exalto-General bufَ, como si le pareciera increيble que pudiera preocuparse por lo que un Maestro del Mandato pudiera hacer con los secretos del Emperador. peinarte la barba, --Nada en absoluto. --Sonri .--Deberيas َ َ ientras retomaba el paso--. Vas a conocer al hechicero-- aٌadi m Emperador en persona.
Xerius se apartَ de Cememketri y mirَ con dureza la cara de Skeaos. Le salيa sangre de una oreja. Largos mechones de cabello canoso enmarcaban su venosa frente y sus mejillas hundidas, lo que le daba un aspecto salvaje. El anciano estaba desnudo y encadenado, y tenيa el cuerpo doblado por la espalda en una mesa curva semejante a la mitad de una rueda rota. La madera era suave --pulida por muchas cadenas-- y oscura contra la piel del Primer Consejero. La cلmara tenيa el techo abovedado bajo y estaba iluminada por brillantes braseros esparcidos al azar por sus recovecos. Estaban en el corazَn de las Cumbres Andiamine, en lo que a lo largo de las eras se habيa dado en llamar la Sala de la Verdad. En los muros, con estantes de hierro, estaban los instrumentos de la Verdad.
Skeaos le observaba sin miedo y parpadeaba como parpadearيa un niٌo que se despertara en mitad de la noche. Sus ojos refulgieron en su cara arrugada y se giraron hacia las figuras que acompaٌaban al Emperador: Cememketri y otros dos viejos magos, vistiendo las togas negras y doradas del Saik Imperial, los Hechiceros del Sol; Gaenkelti y Tokush, todavيa vistiendo su armadura ceremonial, con los rostros rي gidos por miedo a que el Emperador, inevitablemente, les hiciera responsables de aquella escandalosa traiciَn; Kimish, el interrogador, que veيa puntos de dolor en lugar de hombres; Skalateas, el mysunsai con toga azul que habيa sido llamado por Gaenkelti, con el rostro de mediana edad visiblemente perplejo, y, por supuesto, los dos arqueros con tatuajes azules de la Guardia Eَtica, con su Chorae suspendido sobre el pecho hundido del Primer Consejero. --Es un Skeaos tan distinto --susurrَ el Emperador, cogiéndose las temblorosas manos. Al Primer Consejero se le escapَ una suave risilla. Xerius reprimiَ el miedo que le movيa y sintiَ que su corazَn se endurecيa. Furia. All يiba a necesitar furia. --؟Qué dices, Kimish? --preguntَ. --Ya ha sido interrogado brevemente, Dios-de-los-Hombres --respondiَ Kimish sin rodeos--. Segْn el protocolo. ؟Habيa excitaciَn en su voz? A Kimish, a diferencia de los demلs all يreunidos, no le importaba en lo mلs mيnimo que quien estuviera en la mesa fuera un consejero imperial. A él sَlo le importaba su oficio. Xerius sabيa que las causas polيticas de esa afrenta, las mareantes implicaciones, no significaban nada para él. A Xerius le gustaba ese rasgo de Kimish, aunque en ocasiones le irritara. Era un atributo apropiado para un interrogador. --؟Y? --preguntَ Xerius, con la voz casi rota. Toda su pasiَn parecيa amplificada, suspendida de la posibilidad de radicales transformaciones. De irritaciَn a furia. De pequeٌo dolor a agonيa. --Es distinto de todos los hombres que he visto antes, Dios-de-los-Hombres. Lo que no era atributo apropiado de Kimish, segْn habيa decidido Xerius, era su querencia por el dramatismo. Como un cuentacuentos, hablaba dejando huecos, como si el mundo fuera su coro. El centro del asunto era algo que Kimish se guardaba celosamente, algo que iba dando de acuerdo con las reglas del suspense narrativo, no de la necesidad. --Encontrar respuestas es tu trabajo, Kimish --le espetَ Xerius--. ؟
Por qué debo yo interrogar al interrogador? Kirmish se encogiَ de hombros. --A veces es mejor mostrar que decir --dijo, cogiendo una serie de alicates de la hilera de instrumentos que habيa junto al consejero--. Observad. Se arrodillَ y cogiَ uno de los pies del Primer Consejero con la mano izquierda. Lentamente, con el aburrimiento del artesano, le arrancَ una u ٌa con un alicate. No hubo nada. Ningْn grito, ni siquiera un estremecimiento del viejo cuerpo. --Inhumano --dijo Xerius jadeando, y se echَ hacia atrلs. Los otros se quedaron estupefactos. Se girَ hacia Cememketri, que negaba con la cabeza, y después hacia Skalateas. --No hay hechicerيa aquي, Dios-de-los-Hombres --dijo inexpresivamente Skalateas. Xerius se dio la vuelta para enfrentarse a su Primer Consejero. --؟Qué eres? --gritَ. La vieja cara sonriَ. --Soy mلs, Xerius. Soy mلs. --No era la voz de Skeaos, sino algo roto, como muchas voces. El suelo se moviَ bajo los pies de Xerius. Se equilibrَ cogiéndose a Cememketri, que involuntariamente se contrajo bajo el Chorae que se balanceaba alrededor de su cuello. Xerius mirَ el rostro burlَn del hechicero. «،El Saik Imperial!» Sus pensamientos aullaron, convulsos, arcanos en hecho y deseo. Sَlo ellos tenيan los recursos. Sَlo ellos tenي an los medios... --،Mientes! --le gritَ al Gran Maestro--. ،Esto tiene que ser hechicerي a! ،Lo percibo! ،Se siente como veneno en el aire! ،Esta habitaciَn apesta a ella! --Lanzَ al aterrorizado hombre al suelo--. ،Has comprado a este esclavo! --aullَ, seٌalando a Skalateas, que tenيa el rostro ceniciento--. ؟Eh, Cememketri? ،Bellaco impيo y blasfemo! ؟Es esto obra tuya? El Saik iba a ser los Chapiteles Escarlatas del oeste, ؟no? ،Harيan de su Emperador un tيtere! Xerius se detuvo de golpe e interrumpiَ sus acusaciones al ver a Conphas en la entrada. El hechicero del Mandato estaba a su lado. Los miembros del séquito del Gran Maestro le pusieron en pie rلpidamente. --Estas acusaciones --dijo Conphas con cautela-- tal vez sean precipitadas. --Tal vez --espetَ Xerius, alisلndose la toga--. Pero como dirيa tu abuela, Conphas, teme primero el cuchillo mلs cercano. --Después,
vislumbrando al rechoncho hombre de barba cuadrada que estaba al lado de Conphas, preguntَ:-- ؟Es éste el Maestro del Mandato? --Sي. Drusas Achamian. El hombre se arrodillَ sin ninguna ceremonia y tocَ el suelo con la frente. --Dios-de-los-Hombres --murmurَ. --؟No son curiosos, mandati, estos encuentros de magos y reyes? El bochorno del momento anterior fue olvidado. «Quiz لserيa bueno --pensَ Xerius-- que el hombre comprenda lo que est لen juego en esta reuniَn.» Por alguna razَn, se sintiَ obligado a ser cortés. El hechicero le mirَ socarronamente. Después, recordَ, y bajَ la mirada. quieres --Soy tu esclavo, Dios-de-los-Hombres --murmur ؟.--Qué َ que haga? Xerius le cogiَ del brazo --«El gesto mلs desarmante», pensَ: «un Emperador cogiendo un brazo de casta baja»-- y le llevَ entre los demلs hasta el postrado Skeaos. --Ya ves, Skeaos --dijo Xerius--, las molestias que nos hemos tomado para asegurarnos de que estلs cَmodo. El viejo permaneciَ impertérrito, sَlo sus ojos brillaron con una extraٌa intensidad. «Un mandati», decيan. Xerius mirَ a Achamian. La expresiَn del hombre era neutra. Y entonces, Xerius lo sintiَ, notَ el odio emanando de la pلlida forma de Skeaos, como si el viejo hombre reconociera al hechicero del Mandato. El cuerpo despatarrado se estirَ. Las cadenas se tensaron y un eslabَn mordiَ a otro. La mesa de madera crujiَ. El hechicero del Mandato retrocediَ. Dos pasos. --؟Qué ves? --siseَ Xerius--. ؟Es hechicerيa? ؟Lo es? --؟Quién es este hombre? --preguntَ Drusas Achamian. El horror era evidente en su voz. --Mi Primer Consejero... durante treinta aٌos. --؟Le habéis... interrogado? ؟Qué ha dicho? --El hombre casi gritaba. ؟Era pلnico lo que habيa en sus ojos? --،Respَndeme, mandati! --gritَ Xerius--. ؟Hay hechicerيa aqu?ي --No. --Mientes, mandati. ،Lo veo! Lo veo en tus ojos. El hombre le mir َdirectamente, con la mirada reconcentrada, como si tratara de comprender las palabras del Emperador para concentrarse en algo de repente trivial.
--N-no --tartamude .--Lo َ que ves es miedo... Aqu يno hay hechicer يa. O eso, o bien se trata de una hechicerيa de otra clase. Una invisible para los Escogidos... --Es como te decيa, Dios-de-los-Hombres --interrumpiَ Skalateas desde detrلs--. Los Mysunsai siempre hemos sido pيos. No harيamos nada que... --،Silencio! --gritَ Xerius. Lo que antes era Skeaos empezَ a gruٌir. --Meta kaperuptis sun rangashra, Chigra, Mandati-Chigraa... --espetَ el viejo consejero, con la voz entonces totalmente inhumana. Se retorciَ bajo las cadenas; el viejo cuerpo se ondulaba a merced a sus delgados y grasientos mْsculos. Un perno saltَ de la pared. Pero el hechicero estaba estupefacto. --،Las cadenas! --gritَ alguien. Kimish. --Gaenkelti... ،Conphas! --gritَ Xerius, ausente, retrocediendo dando tumbos. El viejo cuerpo se sacudiَ sobre la mesa curva como anguilas muertas de hambre cosidas a la piel humana. Otro perno saltَ de la pared. Gaenkelti fue el primero en morir, con el cuello partido, de tal modo que Xerius pudo ver su flلccida cara inclinلndose hacia su espada mientras caيa hacia adelante. Una cadena alcanzَ a Conphas en un lado de la cara y le lanzَ contra el muro. Tokush estaba roto como un mu ٌeco. «؟Skeaos?» Pero entonces se oyeron ،palabras! Palabras ardientes y la habitaci َn se llenَ de fuegos cegadores. Xerius chillَ y cayَ. La piedra se partiَ. El aire se estremeciَ. Y podيa oيr al mandati gritando: --،No, maldito seas! ،NOOO! Y después un aullido, distinto de cualquier cosa que hubiera oيdo antes, como mil lobos quemلndose vivos. El sonido de carne impactando contra la piedra. Xerius se puso en pie contra una pared, pero no vio nada a causa de los Guardias Eَticos que le protegيan. Las luces se apagaron y pareciَ oscuro, muy oscuro. El hechicero del Mandato todavيa gritaba, maldiciendo. --،Es suficiente, mandati! --rugiَ Cememketri. --،Maldito ingrato pomposo! ،No tienes ni la menor idea de lo que has hecho! --،He salvado al Emperador!
Y Xerius pensَ: «Estoy salvado...». Se abriَ paso entre los dos Guardias Eَticos y se tambaleَ hacia el centro de la habitaciَn. Humo. El olor de cerdo asado. El hechicero del Mandato estaba arrodillado ante el cuerpo calcinado de Skeaos. Le cogيa por los hombros y le agitaba la flلccida cabeza. --؟Qué eres? --despotricaba--. ،Respَndeme! Los ojos de Skeaos refulgieron, blancos entre la piel negra y destrozada. Y se rieron, se rieron del airado hechicero. --Tْ eres el primero, Chigra --dijo resollando Skeaos en un susurro ambiental y horripilante--. Y serلs elْ ltimo... Lo que siguiَ perseguirيa a Xerius en sueٌos durante el resto de sus contados dيas. Como si tratara de respirar mلs hondo, el rostro de Skeaos se desdoblَ como las patas de una araٌa apretadas con fuerza a un torso frيo. Doce extremidades, coronadas por unas pequeٌas y malvadas fauces, abiertas, que dejaron a la vista unos dientes sin labios y unos ojos sin pلrpados en el lugar en el que debيa haber estado la cara. Como los largos dedos de una mujer, abrazaron al atَnito hechicero del Mandato por la cabeza y empezaron a apretar. El hombre gritَ, agَnico. Xerius permaneciَ impotente, paralizado. Pero poco después la cabeza infernal habيa desaparecido, rodando como un melَn sobre las piedras del suelo y sacudiendo las patas. Conphas dio tumbos tras ella, con el puٌal ensangrentado. Se detuvo con el arma a un lado y mirَ a los ojos hْmedos de su tيo. --Abominaciَn --dijo, secلndose la sangre de la cara. Mientras tanto, el hechicero del Mandato gruٌيa y se ponيa en pie. Mirَ las caras estupefactas. Sin mediar palabra, caminَ lentamente hacia la entrada. Cememketri le bloqueَ el camino. Drusas Achamian se girَ y mirَ a Xerius. La vieja intensidad regresaba a sus ojos. Le corrيan gotas de sangre por la mejilla. --Me voy --dijo sin rodeos. --Vete --dijo Xerius, y asintiَ a su Gran Maestro. Mientras el hombre salيa de la sala, Conphas mirَ a Xerius interrogativamente. «؟Es esto prudente?», preguntaba su expresiَn. --Nos hubiera dado un sermَn sobre mitos, Conphas; sobre el Antiguo Norte y el regreso de la Bruma. Siempre hacen lo mismo. --Después de esto --repitiَ Conphas--, quiz لdeberيamos empezar a escucharles. --Los acontecimientos locos raramente dan credibilidad a los
hombres locos, Conphas. Mirَ a Cememketri y supo por la expresiَn del anciano que habيa llegado a la misma conclusiَn que él. Habيa habido Verdad en esa habitaciَn. El horror dio paso al entusiasmo. «،He sobrevivido!» Intriga. El Gran Juego, el benjuka de doblegar corazones y mover almas. ؟Hubo algْn momento en el que no jugara? A lo largo de los aٌos, habيa aprendido que uno podيa jugar ignorando las maquinaciones de sus oponentes solamente durante un tiempo. El truco consistيa en forzar todas las manos. Mلs tarde o mلs temprano, el momento llegaba, y si habيas forzado la mano de tu contrincante con la prontitud necesaria, sobrevivيas y dejabas de ser ignorante. El momento habيa llegado. Habيa sobrevivido. Y ya no era ignorante. El mandati mismo habيa dicho: una hechicerيa de otra clase, una invisible para los Escogidos. Xerius poseيa su respuesta. Conocيa la fuente de esa loca traiciَn. Los hechiceros-sacerdotes de los fanim. Los cishaurim. Un viejo enemigo. Y en ese oscuro mundo, los viejos enemigos eran bienvenidos. Pero no le dijo nada a su sobrino; tanto saboreaba esos raros momentos en los que la perspicacia del hombre quedaba lejos de la suya. Xerius se acercَ al escenario de la carnicerيa y bajَ la mirada a la rid يcula figura de Gaenkelti. Estaba muerto. --El precio del conocimiento ha sido pagado --dijo sin pasiَn--, y no hemos sido arruinados. --Quiz ل--respondi َConphas, frunciendo el entrecejo--. Pero todavي a estamos en deuda. «Se parece tanto a mi madre», pensَ Xerius.
Las calles y los nebulosos vericuetos de la Guerra Santa estaban inundados de gritos, hogueras y una alegrيa salvaje, entusiasta. Cogiendo la correa de su cartera, Esmenet se abriَ paso con los hombros entre los altos y sombrيos guerreros. Vio la efigie del Emperador quemada. Vio a dos hombres pegلndole a un desventurado tercero entre tiendas. Muchos se arrodillaban solos o en grupo; lloraban, cantaban o gritaban. Muchos otros danzaban a la ronca llamada de los dobles oboes o el lastimero taٌido de las arpas nilnameshi. Todo el mundo bebيa. Observَ a un inmenso thunyeiro descuartizar un toro con su hacha de guerra; después poner su cabeza troceada en la hoguera
de un altar improvisado. Por alguna razَn, los ojos del animal le recordaron los de Sarcellus: oscuros, con largas pestaٌas y curiosamente irreales, como hechos de cristal. Sarcellus se habيa retirado pronto. Habيa dicho que necesitaban descansar antes de levantar el campo a la maٌana siguiente. Ella se hab يa acostado junto a él, sintiendo el calor de su amplia espalda, esperando a que su respiraciَn adoptara el ritmo poco profundo que caracterizaba su sueٌo. Una vez que se convenciَ de que estaba del todo dormido, saliَ de la cama, y haciendo el menor ruido posible, recogiَ un puٌado de cosas. La noche era bochornosa. El aire hْmedo temblaba a causa de las sensaciones y el ruido de las celebraciones cercanas. Sonriendo a la enormidad que tenيa ante sي, habيa recogido sus pertenencias y se adentraba en la noche. Entonces se encontraba cerca del corazَn del campamento. Esquivando a la multitud, se detenيa una y otra vez para localizar la Puerta Ancilline de Momemn. Pasar por entre todas aquellas celebraciones resultَ difيcil. Muchos hombres la agarraban por sorpresa. La mayorيa simplemente la lanzaban al aire, riendo, olvidلndose de ella en el mismo momento en que volvيan a bajarla al suelo, pero los mلs atrevidos, la mayorيa norsirai, o bien la toqueteaban o le hundيan los labios con fieros besos. Uno de ellos, un tydonnio con cara de niٌo un palmo mلs alto que Sarcellus, fue particularmente amoroso. La levantَ sin ningْn esfuerzo gritando «،Tusfera! ،Tusfera!», una y otra vez. Ella se retorci َy le fulmin َ con la mirada, pero él simplemente se reيa y la apretaba contra su pechera. Esmenet hizo una mueca de dolor, experiment e َ l horror de mirar unos ojos que miraban directamente a los suyos y, sin embargo, eran completamente ajenos a su furia o su miedo. Ella le empuj p َ or el pecho, y él se ri cَ omo un padre que juega con la chillona de su hija. --،No! --le espetَ ella, sintiendo cَmo una mano patosa la manoseaba entre los muslos. --،Tusfera! --rugiَ el hombre de entusiasmo. Cuando ella sintiَ sus dedos masajeلndole la piel desnuda, le dio un puٌetazo, tal como un viejo cliente le habيa enseٌado, all يdonde su bigote se unيa a la nariz. Gritando, el hombre la soltَ. Retrocediَ dando tumbos, con los ojos como platos de horror y confusiَn, como si le hubiera acabado de dar una patada un caballo en el que confiara. A la luz del fuego, la sangre ennegreciَ sus dedos pلlidos. Ella oyَ vivas mientras huيa de la poblada
oscuridad. Pasَ un tiempo antes de que dejara de temblar. Habيa encontrado un espacio solitario y oscuro detrلs de un pabellَn en el que habيa bordados innumerables pictogramas ainonios. Se abrazَ las rodillas y se balanceَ, observando el extremo superior de una hoguera cercana por encima de las tiendas circundantes. Las chispas bailaban como mosquitos en el cielo de la noche. Llorَ un poco. «Voy para allل, Akka.» Reemprendiَ su camino. Tenيa miedo de los grupos en los que no habيa mujeres o parecيa haber demasiada bebida. La Puerta Ancilline, con sus torres coronadas por antorchas, pronto se erigiَ ante ella a no mucha distancia. Se atreviَ a acercarse a un grupo mلs tranquilo de juerguistas y les preguntَ dَnde podيa encontrar el pabellَn del Mariscal de Attrempus. Se cuidَ de esconder su mano tatuada. Con la laboriosa cortesيa de los hombres borrachos que son conscientes de estarlo, le seٌalaron casi una docena de caminos distintos. Desesperada, finalmente les pidiَ que le indicaran uno solo. --Por ah ي--dijo un hombre en un sheyico con mucho acento--, a través del canal muerto. Ella comprendiَ por qué al canal lo llamaban «muerto» antes incluso de verlo. El aire hْmedo se volviَ fétido por el olor de verduras podridas, despojos y agua estancada. Empequeٌecida por un grupo de caballeros conriyanos, cruzَ un estrecho puente de madera. Debajo, el canal era negro y permanecيa inmَvil a la luz de las antorchas. Uno de los hombres se inclinَ por encima de la baranda para ver cَmo su escupitajo caيa al agua; sonriَ tيmidamente a Esmenet. --Yashari asumirيa, poro --dijo, tal vez en conriyano. Esmenet le ignorَ. Inquieta mلs por el tamaٌo que por los modales de los jَvenes nobles, abandonَ el camino principal, con sus sombrيos grupos de juerguistas, y se arriesgَ a caminar por un terreno mلs oscuro. Casi todo el mundo creيa que la mayor altura de las castas nobles era una consecuencia de su mejor sangre. Pero Achamian le habيa dicho en una ocasiَn que era mلs bien una cuestiَn de dieta. ةsa era la razَn por la que, insistيa él, los norsirai parecيan altos fuera cual fuese su casta: comيan mلs carne roja. Normalmente, a Esmenet le atraيan los hombres escultَricos, «لrboles de mْsculos», tal como ella y sus amigas rameras les llamaban en broma, pero no esa noche, no después del encuentro con el tydonnio, en cualquier caso. Esa noche, la hacيan
sentir pequeٌa, disminuida, como un juguete que se rompe fلcilmente, que fلcilmente se deja de lado. Estaba tratando de pasar desapercibida entre las tiendas en el momento en que encontrَ el pabellَn de Xinemus. Cortando por los silenciosos campos, habيa seguido el canal muerto hacia el norte. Vio una hoguera y mلs juerguistas ante ella. Mientras pensaba cuلl serيa la mejor forma de evitarlos, vislumbrَ el estandarte de Attrempus colgando torcido entre el humo y la luz: una torre alargada flanqueada por dos estilizados leones. Durante un rato, no pudo mلs que quedلrselo mirando. Aunque no veيa a los congregados alrededor de su base, imaginَ a Achamian sentado con las piernas cruzadas en una esterilla, con el rostro animado por la bebida y su memorable desdén burlَn. De vez en cuando se pasar يa los dedos por su barba veteada de gris, un gesto meditabundo, o quiz لnervioso. Ella entrarيa en el terreno iluminado, con su igualmente memorable sonrisa traviesa, y a él se le caerيa el cuenco de vino de sorpresa. Ella verيa cَmo moverيa los labios para decir su nombre, cَmo los ojos le brillarيan de lلgrimas. Sola, en la oscuridad, Esmenet sonriَ. Serيa tan bueno sentir cَmo su barba le hacيa cosquillas en la oreja, oler su fragancia seca de canela, apretarse contra su pecho de barril. Oيrle decir su nombre. «Esmi. Esmenet. Qué nombre tan pasado de moda.» «Del Colmillo. Esmenet era la esposa del Profeta Asgeshrael.» «،Ah!, un nombre de ramera.» Esmenet se secَ los ojos. No tenيa la menor duda de que él se alegrarيa de verla. Pero no comprenderيa el tiempo que habيa pasado con Sarcellus, especialmente una vez que le hablara de aquella noche en Sumna y de lo que habيa significado para Inrau. Se mostrarيa adusto, incluso airado. Podيa ser que hasta le pegara. Pero no la rechazarيa. Esperarيa, como siempre hacيa, a que el Mandato lo llamara. Y la perdonarيa. Siempre lo hacيa. Esmenet luchَ con su cara. «،Tan inْtil! ،Patética!» Se peinَ con los dedos, se alisَ su hasas con las manos sudorosas. Maldijo la oscuridad por impedirle usar sus cosméticos. ؟Tenيa los ojos rojos todavيa? ؟Era ésa la razَn por la que los conriyanos la habيan tratado con tanta amabilidad?
«،Patética!» Se puso a caminar a lo largo de la orilla del canal sin detenerse a pensar por qué lo hacيa. El secretismo, por alguna razَn, parecيa crucial. La oscuridad y el sigilo eran esenciales. Vislumbrَ la hoguera a través de extraٌos لngulos entre las tiendas; vio brillantes figuras de pie, bebiendo, riendo. Entre los festejos y el canal habيa un gran pabellَn flanqueado por un buen nْmero de tiendas mلs pequeٌas: las dependencias de los esclavos y cosas asي, imaginَ Esmenet. Sin aliento, se arrastrَ tras un refugio desnudo adyacente al pabellَn. Se detuvo en la oscuridad, sintiéndose como una criatura malnacida en alguna canciَn infantil, una criatura que debيa rehuir la luz letal. Entonces, se atreviَ a mirar por la esquina. Sَlo mلs juerguistas y una hoguera mلs. Buscَ a Achamian, pero no le vio por ninguna parte. Se dio cuenta de que el fornido hombre vestido con una tْnica de seda gris con las mangas veteadas tenيa que ser Xinemus en persona. Hacيa de anfitriَ n; ladrabaَ rdenes a los esclavos y se parecيa mucho a Achamian, como si fuera su hermano mayor. Achamian se habيa quejado en una ocasiَn de que Proyas se reيa de él por parecer el hermano gemelo, aunque débil, de Xinemus. «As يque eres su amigo», pensَ ella, observلndole y dلndole las gracias en silencio. No conocيa a casi ninguno de los hombres que estaban alrededor del fuego, pero el hombre que tenيa los brazos estriados a causa de las cicatrices tenيa que ser el scylvendio del que todo el mundo estaba hablando. ؟Significaba eso que el hombre de barba rubia, el que estaba sentado junto a la imponente chica norsirai, era su compaٌero? ؟El Prي ncipe de Atrithau, el que afirmaba soٌar en la Guerra Santa? Esmenet se preguntaba a quién mلs podيa estar viendo. ؟Estaba el mismيsimo Prي ncipe Proyas entre ellos? Observaba con los ojos abiertos de par en par. Una sensaciَn de pavor le sacaba el aire de los pulmones. Advirtiَ que estaba en el mismي simo corazَn de la Guerra Santa, fiera de pasiَn, promesa y sacra determinaciَn. Esos hombres eran mلs que humanos, eran Kahiht, Almas del Mundo, atados a la gran rueda de los acontecimientos. La idea de caminar entre ellos le llevَ las cلlidas lلgrimas a los ojos. ؟Cَmo podيa ella? Escondiَ torpemente el dorso de la mano, que revelaba al instante lo que era a los ojos que la miraban... «؟Qué es esto? ؟Una puta? Debes de estar bromeando...» ؟Qué habيa estado pensando Esmenet? Si Achamian hubiera
estado allي, ella le habrيa avergonzado. «؟Dَnde estلs?» --،Todo el mundo! --gritَ un hombre alto, de cabello oscuro, haciendo que Esmenet diera un respingo. Llevaba una barba recortada y una toga suntuosa con un intrincado bordado floral. Cuando lasْ ltimas voces se acallaron, alzَ su cuenco al cielo nocturno. --Maٌana --dijo--, ،marcharemos! Con los ojos refulgentes de fervor, prosiguiَ, hablando de pruebas superadas y naciones conquistadas, de infieles derrotados e iniquidades corregidas. Después, hablَ de la Santa Shimeh, el sagrado corazَn de todos los lugares. --Guerreamos por un pedazo de suelo --dijo--. Pero no guerreamos por polvo o tierra. Guerreamos por el suelo. El suelo de todas nuestras esperanzas, de todas nuestras convicciones... --Su voz se quebrَ de pasiَn--. Guerreamos por Shimeh. Transcurriَ un instante de silencio y, después, Xinemus entonَ la Plegaria del Gran Templo: Dulce Dios de Dioses, que caminas entre nosotros, innumerables son tus nombres santos. que tu pan acalle nuestra hambre diaria, que tus lluvias despierten nuestras tierras inmortales, que nuestra sumisiَn sea correspondida con dominio, para ser prَsperos en tu nombre. No nos juzgues por nuestros pecados sino por nuestras tentaciones, y da a los demلs lo que los demلs nos han dado a nosotros, porque tu nombre es Poder, y tu nombre es Gloria, porque tu nombre es Verdad, que dura y perdura para siempre jamلs. --،Gloria a Dios! --rugieron una docena de voces, resonando como si fuera una reuniَn en un templo. El ambiente lْgubre se prolongَ un instante, y después las voces volvieron a estallar. Se hicieron mلs brindis. Se cortaron del asador
porciones de carne humeante mلs grandes. Esmenet observَ, con la respiraciَn entrecortada, cَmo la sangre le flaqueaba en las venas. Lo que estaba presenciando le parecيa increيblemente hermoso. Brillante. Atrevido. Majestuoso. Hasta santo. A una parte de ella le reconcomيa la sospecha de que si gritaba y los enfrentaba con el secreto de su presencia, todos se retirarيan rلpidamente, y ella se quedarيa sola ante las brasas frيas, llorando por su impertinencia. «Esto es el mundo», advirtiَ. Allي. Ante ella. Observَ al Prيncipe de Atrithau hablلndole a Xinemus al oيdo, vio a Xinemus reيr y después hacer un gesto en direcciَn a ella. Empezaron a caminar hacia Esmenet. Ella se encogiَ en la negrura que habيa tras la pequeٌa tienda, acurrucada como si tuviera frيo. Vislumbrَ cَmo sus sombras, de lado, fantasmales, avanzaban a través de la tierra poblada y las hierbas; después, los dos hombres pasaron junto a ella, siguiendo un ondeante sendero de luz en direcciَn al canal de agua estancada. Aguantَ la respiraciَn. --Siempre hay --seٌalَ el alto Prيncipe-- tanta paz en la oscuridad que hay mلs all لde un fuego. Los dos hombres se detuvieron en la orilla del canal, se subieron las tْnicas y se pusieron a toquetear sus taparrabos. Pronto, dos arcos gorjeaban sobre la vaporosa superficie. --،Hummm! --dijo Xinemus--. El agua est لcaliente. --Pese a estar aterrorizada, Esmenet achinَ los ojos y sonriَ. --Y es profunda --respondiَ el Prيncipe. Xinemus se carcajeَ de una manera a la vez maliciosa y encantadora. Después de volver a componer sus ropas, le dio una palmada al otro hombre en la espalda. --Voy a utilizar esto --dijo, alborozado-- la prَxima vez que venga a mear aqu يcon Akka. Estoy seguro de que a punto estar لde caerse. --Al menos tendrلs una cuerda que tirarle --respondiَ el hombre mلs alto. Mلs risas, robustas y cلlidas a la vez. «Una amistad --pensَ Esmenet-- acaba de sellarse.» Aguantَ la respiraciَn cuando ellos volvieron sobre sus pasos. Le pareciَ que el Prيncipe de Atrithau la miraba directamente. Pero si vio algo, no lo revelَ. Los dos hombres se reunieron con los demلs junto al fuego. Con el corazَn latiéndole con fuerza, con el alma zumbلndole de recriminaciones, se deslizَ en direcciَn al extremo mلs lejano del pabellَn para colocarse en un lugar en el que no tuviera que temer ser
descubierta por hombres que fueran a orinar. Se apoyَ contra el tocَn de un لrbol de alguna clase, torciَ la cabeza hacia el hombro y cerrَ los ojos; dejَ que las voces que rodeaban el fuego la transportaran. --Me diste un buen susto allي, scylvendio. Estuve seguro de que... --؟Serwe, verdad? Deberيa haber sabido que la belleza del nombre... «Parecen buena gente», pensَ Esmenet, la clase de gente que Akka se preciaba de tener por amigos. «Hay... espacio entre esas personas», decidiَ. Espacio para fracasar. Espacio para dolerse. Sola en la oscuridad, de repente se sintiَ segura, como le habيa sucedido con Sarcellus. Aquéllos eran los amigos de Achamian, y a pesar de que ella no existيa para ellos, de algْn modo la mantendrيan a salvo. Una sensaciَn de somnolencia la embalsamَ. Sus voces eran cantarيnas y estruendosas, brillaban de honesto buen humor. «Sَlo una cabezada», pensَ Esmenet. Después oyَ que alguien mencionaba el nombre de Akka. --؟... as يque Conphas en persona vino a por Achamian? ؟ Conphas? --No estaba demasiado satisfecho. Cabrَn lisonjero. --Pero ؟para qué iba a querer a Achamian el Emperador? --Pareces preocupado por él. --؟Por quién? ؟Por el Emperador o por Achamian? Ese fragmento se vio sumergido por la marea de otras voces. Esmenet se dejَ llevar por la corriente. Soٌَ que el tocَn en el que estaba apoyada era un لrbol entero muerto, sin hojas, ramas, ramitas ni corteza, que su tronco era una asta fلlica rodeada de extremidades curvas que siseaban al viento como lل tigos. Soٌَ que no podيa despertarse, que de algْn modo el لrbol la habي a enraizado a la sofocante tierra. «Esmi...» Se estirَ. Sintiَ que algo le rozaba la mejilla. --Esmi. Una voz cلlida. Una voz familiar. --Esmi, ؟qué estلs haciendo? Sus pلrpados revolotearon y se abrieron. Por un momento, estuvo demasiado horrorizada para gritar. Después él le puso la mano en la boca. --،Chsss! --le reprendiَ Sarcellus--. Esto podrيa ser difيcil de explicar --aٌadiَ, asintiendo en direcciَn a la hoguera de Xinemus. O lo que quedaba de ella. Sَlo restaban unas pequeٌas llamas. Con
la excepciَn de una figura solitaria acurrucada sobre las esterillas junto al fuego, todo el mundo se habيa ido. Una cortina se extendيa en la distancia, tan frيa y لrida como el cielo de la noche. Esmenet inspirَ aire por la nariz. Sarcellus quitَ la mano y después la puso en pie para tirar de ella tras el pabellَn. Era oscuro. --؟Me has seguido? --le preguntَ, agitando el antebrazo para soltarse. Todavيa estaba demasiado desorientada para estar enfurecida. --Me desperté y no estabas. Sabيa que te encontrarيa aquي. Esmenet tragَ saliva. Sinti َlas manos ligeras, como si se estuvieran preparando por voluntad propia para protegerle la cara. --No voy a volver contigo, Sarcellus. Algo que Esmenet no pudo descifrar reluciَ en sus ojos. ؟Triunfo? Después se encogiَ de hombros. La facilidad de ese gesto la aterrorizَ. --Eso est لbien --dijo despreocupadamente--. Ya me habيa hartado de ti, Esmi. Se lo quedَ mirando. Las lلgrimas trazaron cلlidas lيneas en sus mejillas. ؟Por qué estaba llorando? No le querيa..., ؟verdad? Pero él la habيa querido. De eso, ella estaba segura..., ؟verdad? ةl seٌalَ con la cabeza el campamento abandonado. --Ve con él. Ya no me importa. Sintiَ que la desesperaciَn le acalambraba el velo del paladar. ؟Qué podيa haber sucedido? Quiz لGotian le habيa ordenado, finalmente, que se deshiciera de ella. Los Caballeros-Comandantes, le habيa dicho Sarcellus en una ocasiَn, tenيan en buena medida prohibidos los placeres como ella. Pero, sin duda, mantener a una puta en mitad de una Guerra Santa habيa provocado un buen puٌado de rumores. Ella habيa soportado muchas miradas morbosas y risas broncas. Sus subordinados y pares sabيan por igual qué era ella. Y si ella habيa aprendido algo del mundo de las castas nobles, era que el rango y el prestigio sَlo podيan llevar a un hombre a obrar asي. Eso era, ؟verdad? Pensَ en el extraٌo del Agora Kamposea, en el callejَn, el sudor... «؟Qué estaba haciendo?» Pensَ en el frيo beso de seda contra su piel, la carne asada, humeando y pimentada, servida con vino de terciopelo. Pensَ en ese verano en Sumna hacيa cuatro aٌos, el posterior al verano de las inundaciones, cuando ni siquiera se podيa permitir harina rebajada con tiza. Se habيa adelgazado tanto que nadie querيa comprarla... Habيa estado cerca, muy cerca.
Un susurro interior, pequeٌo, un gimoteo infinitamente razonable: «Implَrale su perdَn. ،No seas idiota! Implَrale...». «،Implَrale!» Pero sَlo podيa mirarle. Sarcellus parecيa una apariciَn, algo que estuviera mلs all لde cualquier excusa, de cualquier peticiَn. Totalmente hombre. Como ella no dijo nada, él soltَ un bufido de impaciencia y se dio media vuelta. Ella observَ hasta que la oscuridad se tragَ su figura. «؟Sarcellus?» Casi habيa gritado eso, pero algo cruel la dejَ helada. «Esto era lo que querيas», dijo una voz que no era la suya. Al este, el cielo brillaba bajo la lejana silueta de las Cumbres Andiamine. Pensَ absurdamente que el Emperador pronto se despertar يa. Estudiَ al hombre solitario tendido junto a las brasas. No se movيa. Indiferente, recorriَ el atestado suelo pensando dَnde habيa visto al scylvendio y dَnde habيa visto al Prيncipe de Atrithau. Se sirviَ vino en un pegajoso cuenco y bebiَ. Mordisqueَ un mendrugo desechado. Se sintiَ como una niٌa que se ha despertado mucho antes que sus padres, o un vagabundo que busca comida husmeando en ausencia de los guardias. Se quedَ un rato junto a la forma que dormيa. Era Xinemus. Esmenet sonriَ, recordando su broma de la noche anterior, mientras orinaba con el Prيncipe norsirai. Las brasas tintineaban y reventaban, y su torvo naranja se hundيa todavيa mلs en el montَn a medida que el amanecer se tornaba gris en el horizonte. «؟Dَnde estلs, Akka?» Empezَ a retroceder, como si buscara algo demasiado grande como para verlo con un solo vistazo. Unos pasos la sobresaltaron. Ella se dio la vuelta... Y vio a Achamian caminando cansinamente hacia ella. No pudo ver su cara, pero supo que era él. ؟Cuلntas veces habيa visto esa figura corpulenta desde su ventana en Sumna? La habيa visto y habيa sonreيdo. A medida que se acercaba, Esmenet vislumbrَ las cinco franjas de su barba; después el primer contorno de su rostro, cadavérico bajo la oscuridad. Se quedَ delante de él, sonriendo, llorando, con las muٌecas hacia adelante. «Soy yo.» ةl mirَ a través de ella, mلs all لde ella, y siguiَ andando. Al principio, ella se quedَ allي, como una estatua de sal. No se habي a dado cuenta del tiempo que se habيa pasado temiendo y deseando ese momento. Dيas inacabables, parecيa entonces. ؟Qué aspecto
tendrيa él? ؟Qué dirيa? ؟Estarيa orgulloso de lo que ella habيa descubierto? ؟Llorarيa cuando ella le contara lo de Inrau? ؟Despotricar يa cuando ella le hablara del extraٌo? ؟Le perdonarيa por apartarse del buen camino? ؟Por esconderse en la cama de Sarcellus? Tantas preocupaciones. Tantas esperanzas. ؟Y entonces? ؟Qué habيa sucedido? «Ha simulado no verme. Ha actuado como si..., como si...» Temblَ. Se llevَ una mano a la boca. Después corriَ, como una sombra entre sombras, y se apresurَ bajo el aire empapado. Pasَ volando por campos dormidos, tropezلndose con las cuerdas tensoras de las tiendas. A cada paso, caيa... Con el pecho tembloroso, se puso de rodillas. Cogiَ un puٌado de tierra con las manos y empezَ a tirarse del pelo. Le sobrevinieron gemidos. Furia. --؟Por qué, Akka? ؟Por qué? He venido a s-salvarte, a d-decirte... «،Te odia! ،No eres mلs que una sucia puta! ،Una mancha en sus pantalones!» --،No! ،Me quiere! ،ة-él es elْ nico que me ha querido de verdad! «Nadie te quiere. Nadie.» --M-m-mi hija... ،E-ella me querيa! «،Ojal لte hubiera odiado! ،Odiado y vivido!» --،Cلllate! ،Cلllate! El torturador se convirtiَ en el torturado, y ella se encogiَ en una bola, demasiado angustiada como para pensar, respirar o gritar. Arrastr َ la cara y la boca por encima del suelo. Un grave gemido lastimero retumbَ en el aire de la noche... Entonces, empezَ a toser descontroladamente, sacudiéndose en el polvo. Escupiَ. Durante un largo rato, permaneciَ inmَvil. Las lلgrimas se secaron. El ardor se convirtiَ en un pinchazo rodeado de dolor, como si le hubieran amoratado toda la cara. Akka... Su mente derivَ por muchos pensamientos, todos ellos, curiosamente, ajenos al rugido que tenيa en los oيdos. Se acordَ de Pirasha, la vieja ramera de la que se habيa hecho amiga y a la que hab يa perdido hacيa aٌos. Entre la tiranيa de muchos y la tiranيa de uno, decيa Pirasha, con frecuencia, las rameras han elegido la de muchos. --ةsa es la razَn por la que somos mلs --espetaba--. Mلs que concubinas, mلs que sacerdotisas, mلs que esposas, mلs incluso que algunas reinas. Podemos estar oprimidas, Esmi, pero recuerda,
recuerda siempre, querida, que nunca somos propiedad de nadie. --Sus ojos empaٌados se llenaron de una ferocidad que parecيa demasiado violenta para su anciano cuerpo--. ،Escupimos su semilla! ،Nunca, nunca cargamos su peso! Esmenet se girَ hasta quedar tendida de espaldas y se cubriَ los ojos con el antebrazo. Las lلgrimas todavيa le escocيan en las comisuras de los ojos. «No soy propiedad de nadie. Ni de Sarcellus. Ni de Achamian.» Como si emergiera de un letargo, se puso en pie. Entumecida. Lenta. «،Oh, Esmi! Te estلs haciendo vieja.» Cosa mala para una puta. Empezَ a caminar.
_____ 19 _____ Momemn «... a pesar de que los espيas quedaron expuestos relativamente pronto en el transcurso de la Guerra Santa, la mayorيa creyeron que los responsables habيan sido los cishaurim y no el Consulto ة.ste es el problema de todas las revelaciones: su significado con frecuencia excede el marco de nuestra comprensiَn. Sَlo comprendemos después, siempre después. No sَlo cuando es demasiado tarde, sino precisamente porque es demasiado tarde.» Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa
Finales de primavera, aٌo del Colmillo 4111, Momemn El scylvendio la sacudiَ con su hambre, con el rostro fiero y famélico. Serwe sinti َsu estremecimiento como si fuera pétreo; después observ sَ in لnimo cَmo abandonaba su apetito y se daba la vuelta en la oscuridad de la tienda. Ella se girَ hacia el extremo opuesto de la cavernosa tienda que Proyas les habيa dado. Vistiendo un simple blusَn gris, Kellhus estaba sentado con las piernas cruzadas junto a una vela, inclinado sobre un gran tomo que también le habيa dado Proyas. «؟Por qué permites que me utilice as ?ي،Soy tuya!»
Deseَ gritar eso en voz alta, pero no pudo. Percibiَ los ojos del scylvendio a su espalda, y si se giraba, estaba segura de que los verيa refulgir como los de un lobo a la luz de la antorcha. Serwe se habيa recuperado rلpidamente de las dos semanas anteriores. El incesante zumbido en los oيdos habيa desaparecido y los moratones se habيan vuelto de un color amarillo verdoso. Todavيa le dolيa respirar muy hondo, y sَlo cojeaba al andar, pero eso se habيa vuelto mلs una incomodidad que un signo de debilidad. Y todavيa llevaba su bebé... El bebé de Kellhus. Eso era lo importante. Al médico de Proyas, un sacerdote tatuado de Akkeagni, le habيa maravillado ese hecho, y le habيa enseٌado una pequeٌa oraciَn con la que darle las gracias a Dios. --Para mostrarle gratitud --habيa dicho-- por la fuerza de tuْ tero. Pero ella no tenيa ninguna necesidad de oraciones destinadas al Exterior. El Exterior habيa entrado en el mundo y la habيa tomado a ella, a Serwe, como amante. El dيa antes se habيa sentido con fuerzas para llevar la ropa sucia al rيo. Se puso la cesta trenzada sobre la cabeza, como hacيa cuando todavيa era propiedad de su padre, y cruzَ el campo renqueando hasta encontrar a alguien a quien pudo seguir al lugar adecuado del rيo. En todos los sitios por los que pasaba, los Hombres del Colmillo la miraban con descaro. A pesar de estar acostumbrada a esas miradas, se sentيa a la vez emocionada, airada y asustada. ،Tantos hombres belicosos! Algunos, incluso, se atrevيan a llamarla con frecuencia en lenguas que ella no entendيa, y siempre con palabras burdas que despertaban las estridentes risas de sus compaٌeros. «Crees que ahora cojeas, ؟eh, muchacha?» En las ocasiones en que ella se atrevيa a devolverles la mirada, pensaba: «Soy la vasija de otro, ،uno mucho mلs fuerte y santo que tْ!». La mayorيa de ellos se sentيan reprendidos por su fiera mirada, como si pudieran, de algْn modo, percibir lo que de verdad tenي an sus pensamientos; pero algunos la observaban hasta que ella apartaba su mirada, con la lujuria espoleada mلs que sofocada por su desafiamiento, como el scylvendio. Ninguno, sin embargo, se atrevيa a molestarla. Ella sabيa que era demasiado hermosa para no pertenecer a alguien importante. ،Si supieran a quién! Las dimensiones del campamento la habيan dejado estupefacta desde el principio, pero sَlo cuando se uniَ a las masas congregadas a lo largo de las rocosas orillas del rيo Phayus comprendiَ verdaderamente la inmensidad de la Guerra Santa. Mujeres y esclavas, miles de ellas,
atestaban las brumosas distancias enjuagando, refregando, sumل ndose al incesante sataccato de ropa hْmeda golpeando contra las piedras. Esposas con grandes barrigas se adentraban en el rيo y cogي an agua para frotarse las axilas. Pequeٌos grupos de hombres y mujeres se reيan, contaban chismes o cantaban himnos sencillos. Niٌos desnudos corrيan por entre la confusiَn, gritando: «،No, tْ! ،Tْ!». «Pertenezco a esto», habيa pensado. Y entonces, el dيa siguiente, iban a marchar en direcciَn a tierras fanim. Serwe, hija de un caudillo nymbricanio tributario, ،serيa parte de una Guerra Santa contra los kianene! Para Serwe, los kianene siempre habيan sido uno mلs de una serie de nombres misteriosos, amenazadores, no muy distinto de scylvendio. Como concubina, habيa oيdo a los hijos Gaunum hablar de ellos de vez en cuando, con la voz cargada de desprecio pero también de admiraciَn. Comentaban las embajadas abortadas al Padirajah en Nenciphon, las maniobras diplomلticas, los éxitos triviales y los perturbadores contratiempos. Se quejaban de la pésima «polيtica con los infieles» del Emperador. Y la gente y los lugares que mencionaban le parecيan todos curiosamente irreales, como una prolongaciَn despiadada y enérgica de algْn cuento de hadas infantil. Los chismes con los esclavos y otras concubinas, eso era real: el hecho de que el viejo Griasa hubiera sido azotado el dيa anterior por salpicar salsa de limَn sobre el regazo del Patridomos; que Eppaltros, el atractivo mozo de cuadra, hubiera irrumpido en el dormitorio y hubiera hecho el amor con Aalsa, sَlo para ser traicionado por alguien desconocido y sentenciado a muerte. Pero ese mundo habيa desaparecido, se habيa desvanecido para siempre a manos de Panteruth y sus munuati. La gente y los lugares irreales habيan caيdo en catarata sobre el estrecho cيrculo de su vida, y entonces caminaba con hombres que departيan con Prيncipes, Emperadores e incluso Dioses. Pronto, muy pronto, verيa los magnificentes Grandes de Kian dispuestos para la batalla, observarيa c َmo el revoloteo de los pendones del Colmillo hacيa retemblar el campo. Casi podيa ver a Kellhus en mitad del altercado, glorioso e imbatible, derribando al sombrيo Padirajah. Kellhus serيa el héroe violento de esa escritura no escrita. Ella lo sabيa. Con una inexplicable certeza, lo sabيa. Pero entonces él parecيa tan pacيfico, doblado a la luz de las velas sobre un texto antiguo. Con el corazَn martilleلndole, se deslizَ hacia él rodeلndose los
hombros y los pechos fuertemente con la manta. --؟Qué lees? --preguntَ ella con la voz quebrada. Después empezَ a llorar, con el recuerdo del scylvendio todavيa presente entre las piernas. «،Soy demasiado débil! Demasiado débil para soportarle...» El rostro amable se levantَ del manuscrito, un tanto frيo bajo la pل lida luz. --Siento interrumpirte --siseَ entre las lلgrimas, con el rostro transido por una angustia infantil, por la sumisiَn, terrible e incomprensible. «؟Adَnde iré?» --No huyas, Serwe --dijo Kellhus. Le hablَ en nymbricanio, el idioma de su padre. Eso era parte del oscuro refugio que habيan construido entre los dos, el lugar en el que los iracundos ojos del scylvendio no los veيan. Pero al oيr su lengua materna, ella se vino abajo y se puso a gemir. --Con frecuencia --prosiguiَ él, tocلndole la mejilla y mezclلndole las lلgrimas con el pelo-- cuando el mundo nos niega una y otra vez, cuando nos castiga como te ha castigado a ti, Serwe, resulta difيcil comprender el significado. Ninguna de nuestras plegarias es atendida, todas nuestras confianzas son traicionadas. Nuestros huesos son aplastados. Parece que no signifiquemos nada en el mundo. Y cuando creemos que no tenemos ningْn significado, empezamos a pensar que no somos nada. Se le escapَ un suave gritito. Querيa echarse hacia adelante, encogerse con mلs fuerza hasta que nada quedara... «Pero no lo entiendo.» --La ausencia de comprensiَn --respondiَ Kellhus-- no es lo mismo que la ausencia. Tْ tienes un significado, Serwe. Eres algo. Todo este mundo est لempapado de significado. Todo, hasta tu sufrimiento, tiene un significado sagrado. Hasta tu sufrimiento tiene un importante papel que cumplir. Ella se llevَ los dedos flلccidos al cuello. Se le arrugَ la cara. «؟Significo algo?» --Mلs de lo que te imaginas --susurrَ él. Ella se desplomَ sobre su pecho, y él la abrazَ mientras Serwe gritaba sin emitir ningْn sonido. Entonces, aullَ su angustia, vociferَ como habيa hecho de niٌa, con el cuerpo temblلndole, las manos atrapadas entre ambos. ةl la meciَ entre sus brazos. Le pasَ la mejilla por la cabeza. Después de un rato, él se separَ de ella, y Serwe bajَ la cabeza por
vergüenza. ،Qué débil! ،Qué patética! Con suaves caricias él le secَ las lلgrimas de los ojos y la observَ durante un largo rato. Ella no se calmَ totalmente hasta que vio las lل grimas cayendo de los ojos de Kellhus. «Llora por mي..., por mي...» --Eres de él --dijo finalmente--. Eres su recompensa. --No --dijo ella con voz ronca--. Mi cuerpo es su recompensa. Mi corazَn es tuyo. ؟Cَmo habيa sucedido? ؟Cَmo habيa sido partida en dos? Habيa soportado mucho. ؟Por qué esa agonيa? ؟Entonces que amaba? Pero por un instante se sinti cَ asi sana hablando en su lenguaje secreto, diciendo cosas tiernas... «Significo algo.» Las lلgrimas de Kellhus se ralentizaban al llegar a su barba bien cuidada, se agolpaban y después caيan al libro abierto y manchaban la tinta antigua. --،Tu libro! --dijo ella entre jadeos, encontrando alivio en una sensaciَn de culpa por un objeto que a él le importaba. Se quitَ de encima la manta, desnuda, de color marfil a la luz, y pasَ los dedos por las pل ginas abiertas--. ؟Se ha echado a perder? --Muchos otros han llorado sobre este texto --respondiَ suavemente Kellhus. La distancia entre sus caras era densa, hْmeda, tensa de repente. Ella le cogiَ la mano derecha y la guiَ a sus perfectos pechos. --Kellhus --susurr َtemblando--, quiero tenerte dentro..., dentro de m ي. Y finalmente, él cediَ. Jadeando debajo de él, ella mirَ el oscuro rincَn en el que estaba tendido el scylvendio, sabedora de que verيa el éxtasis en su cara..., en la cara de los dos. Y ella gritَ cuando llegَ al clيmax. Fue un grito de odio.
Cnaiur estaba tumbado, siseando la respiraciَn entre los dientes apretados. La imagen del rostro perfecto de Serwe, girلndose hacia él en un angustiado éxtasis, poblَ la luz que temblaba en las superficies de tela. Serwe se reيa como una muchacha, y Kellhus le dijo en murmullos algo en esa maldita lengua suya. El lino y la lana se sacudيan sobre la
piel suave, y después la vela se apagَ. Oscuridad total. Salieron por la portezuela y el olor de aire fresco se introdujo en el pabellَn. --Jiruschi dan klepet gesauba dana --dijo ella, con la voz adelgazada por el espacio abierto y amortiguada por la tela. El chisporroteo del carbَn mientras alguien lanzaba madera al fuego. --؟Ejiruschina? Baussa kalwe --respondiَ Kellhus. Serwe se riَ mلs, pero de un modo ronco, extraٌamente maduro, que él no habيa oيdo nunca antes. «Una cosa mلs que la zorra me oculta...» Anduvo a tientas en la oscuridad y las puntas de sus dedos encontraron el cuero de su empuٌadura. Estaba frيo y caliente a la vez, como la piel humana desnuda bajo el frيo de la noche. Permaneciَ inmَvil unos segundos mلs, escuchando el acallado contrapunto de sus voces a través de los estallidos y crujidos de las llamas incipientes. Entonces veيa la luz del fuego, una débil mancha naranja a través de la tela negra. Una pequeٌa sombra pasَ ante ella. Serwe. Alzَ el sable. Hizo un ruido لspero contra su vaina. Un tenue resplandor naranja. Vestido solamente con su taparrabos, se quitَ de encima las mantas y caminَ silenciosamente sobre las esterillas en direcciَn a la entrada del pabellَn. Respiraba pesadamente. Imلgenes de la tarde anterior le pasaron fugazmente por la cabeza: el dunyaino y su escrutinio sin fondo de los nobles inrithi. La idea de liderar a los Hombres del Colmillo en la batalla despertaba algo en su interior --orgullo, quiz ,--لpero no se hacيa ilusiones con respecto a su verdadera situaciَn ة.l era un infiel para esos hombres, incluso para Nersei Proyas. Y a medida que el tiempo pasara, se harيan a la idea de eso. No serيa un general. Un consejero sobre la astucia de los kianene, quiz ;لpero nada mلs. Guerra Santa. La idea todavيa le hacيa soltar un resoplido. Como si no todas las guerras fueran santas. Pero la cuestiَn, como sabيa entonces, no era lo que él serيa, sino lo que el dunyaino serيa ؟.Qué terrores habيa infundido a esos prي ncipes extranjeros? «؟Qué har لde la Guerra Santa?» ؟Harيa de ella su zorra? ؟Como Serwe? Pero éste era el plan. --Treinta aٌos --habيa dicho Kellhus poco después de su llegada--.
Moenghus ha vivido entre esos hombres durante treinta aٌos. Tendr لun gran poder, mلs del que ninguno de los dos podemos derrotar. Necesito mلs que la hechicerيa, Cnaiur. Necesito una naciَn, una naciَn. De algْn modo, explotarيan las circunstancias, le pondrيan los arreos a la Guerra Santa y se valdrيan de ella para destruir a Anasurimbor Moenghus. ؟Cَmo podيa temer por esos inrithi, arrepentirse de haberles llevado al dunyaino, cuando ése era su plan? Pero ؟era ése el plan? ؟O era simplemente otra mentira del dunyaino, otra forma de pacificar, embaucar o esclavizar? ؟Y si Kellhus no era un asesino al que habيan mandado a asesinar a su padre, como decيa, sino un espيa al que habيan mandado a cumplir los deseos de su padre? ؟Era simplemente una coincidencia que Kellhus viajara a Shimeh justo en el momento en que la Guerra Santa se embarcaba en una campaٌa para conquistarla? Cnaiur no era un idiota. Si Moenghus era cishaurim, temerيa la Guerra Santa y buscarيa el modo de destruirla. ؟Podيa ser ésa la razَn por la que habيa llamado a su hijo? Los oscuros orيgenes de Kellhus le permitirيan infiltrarse en ella, como ya habيa hecho, mientras que su crianza, su entrenamiento, su brujerيa o lo que quiera que fuera le permitirيa hacerse con ella, darle la vuelta, quiz لincluso volverla contra su hacedor, contra Maithanet. Pero si Kellhus servيa a su padre en lugar de darle caza, entonces ؟por qué le habيa salvado en las montaٌas? Cnaiur todavيa podيa sentir la imposible mano de hierro alrededor de su cuello y la inmensa profundidad bajo sus pies. --Pero lo digo en serio, Cnaiur. Te necesito. ؟Podrيa haber sabido entonces, ya entonces, del enfrentamiento entre Proyas y el Emperador? ؟O simplemente sucediَ que los inrithi necesitaban a un scylvendio? Improbable, por no decir algo mلs. Pero ؟cَmo podrيa haberlo sabido Kellhus? Cnaiur tragَ saliva y saboreَ a Serwe. ؟Podيa ser que Moenghus siguiera comunicلndose con él? Ese pensamiento le sorbiَ todo el aire de los pulmones. Vio a Xunnurit, cegado, encadenado a los pies del Emperador... «؟Soy yo lo mismo?» Todavيa hablando en esa maldita lengua, Kellhus volviَ a tomarle el pelo a Serwe. Cnaiur lo sabيa porque oyَ la risa de Serwe, un sonido como el de agua cayendo sobre las piedras alisadas del dunyaino.
En la oscuridad, Cnaiur extendiَ su sable, apretَ la punta en la portezuela y la apartَ a un lado un palmo. Observَ sin aliento. Sus caras naranja a la luz del fuego, sus espaldas en la penumbra, los dos inclinados de lado en el tronco de olivo sin corteza en el que se sentaban, como amantes. Cnaiur estudiَ sus reflejos sobre la superficie manchada de su espada. Por el Dios-Muerto, era preciosa. Tanto como... El dunyaino se girَ y le mirَ con los ojos refulgentes. Parpadeَ. Cnaiur sintiَ que sus labios se fruncيan involuntariamente, una violenta corriente en su pecho, garganta y oيdos. «،Es mi recompensa!», gritَ sin voz. Kellhus mirَ el fuego. Lo habيa oيdo. De alguna manera. Cnaiur dejَ caer la portezuela, convirtiendo la luz dorada en oscuridad. Una desolada oscuridad. «Mi recompensa...»
Achamian nunca recordarيa lo que habيa pensado ni el camino que habيa tomado en su larga caminata desde el recinto imperial hasta el campamento de la Guerra Santa. De repente, se encontr َsentado en el polvo, en mitad de los restos de la celebraciَn. Vio su tienda, pequeٌa y solitaria, manchada y baqueteada por muchas estaciones, muchos viajes, a la silenciosa sombra del pabellَn de Xinemus. La Guerra Santa se extendيa tras ella, una gran ciudad de tela, enmaraٌando la distancia de portezuelas, cuerdas tensoras, banderillas y toldos. Vio a Xinemus durmiendo junto a la fogata apagada, con su grueso cuerpo acurrucado contra el frيo. Supuso que el Mariscal se habيa preocupado por la autoritaria llamada del Emperador, y habيa esperado toda la noche junto al fuego, esperado a que Achamian volviera a casa. «Casa.» Se le saltaron las lلgrimas al pensar en eso. Nunca habيa tenido una casa, un lugar que pudiera considerar propio. No habيa ningْn refugio, ningْn santuario para un hombre como él. Sَlo amigos, esparcidos aqu يy allل, que por alguna incomprensible razَn le querيan y se preocupaban por él. Dejَ que Xinemus siguiera durmiendo; aquél serيa un dيa exigente. El gran campamento de la Guerra Santa se desmontarيa ese dيa; las tiendas caerيan y serيan enrolladas con fuerza alrededor de postes, los convoyes de equipaje se alinearيan y se cargarيan de bل
rtulos y provisiones; después empezarيa la ardua pero exultante marcha hacia el sur, hacia la tierra de los infieles, hacia la desesperaciَn y el derramamiento de sangre, y tal vez incluso hacia la verdad. En la penumbra de su tienda, sacَ una vez mلs el mapa de papiro, sin hacer caso de las lلgrimas que caيan sobre él. Mirَ: EL CONSULTO un rato, como si tratara de recordar lo que el nombre significaba, lo que presagiaba. Después, humedeciendo su pluma, trazَ una irregular lيnea diagonal desde él hasta EL EMPERADOR Al fin conectados. Durante mucho tiempo habيa flotado a solas en su esquina, mلs como un resto de tinta que un nombre, sin tocar nada, sin significar nada, como las amenazas murmuradas por un cobarde después de que su torturador se haya ido. Ya no. La amarga apariciَn habيa desnudado su abultada carne, y el horror de lo que era y de lo que podيa ser se convirtiَ en el horror de entonces. Ese horror. Su horror. ؟Por qué? ؟Por qué iba el destino a infligirle esta revelaciَn a él? ؟ Era el destino idiota? ؟Sabيa lo débil, lo hueco, que se habيa vuelto? «؟Por qué yo?» Una pregunta egoيsta. Quiz لla mلs egoيsta de las preguntas. Todas las cargas, incluidas aquellas tan demenciales como el Apocalipsis, debيan reposar sobre los hombros de alguien ؟.Por qué no él? «Porque soy un hombre roto. Porque anhelo un amor que no puedo tener. Porque...» Pero ese camino era demasiado fلcil. Ser frلgil, estar aquejado de un deseo no correspondido, era simplemente lo que significaba ser un hombre. ؟Cuلndo habيa adquirido esa tendencia a regodearse en la autocompasiَn? ؟En qué momento de la lenta acumulaciَn que era la vida se habيa llegado a ver a s يmismo como la vيctima del mundo? ؟Cَmo se habيa vuelto tan idiota? Después de trescientos aٌos, él, Drusas Achamian, se habيa reencontrado con el Consulto. Después de dos mil aٌos, él, Drusas Achamian, habيa sido testigo del regreso de un Anasurimbor. Anagke, la Zorra del Destino, ،le habيa elegido a él para esas cargas! Y no
estaba en situaciَn de preguntar por qué. Ni siquiera esas preguntas le aliviarيan su carga. Tenيa que actuar, elegir su momento y vencer, abrumar. ،Era Drusas Achamian! Su canto podيa carbonizar legiones, partir la tierra en dos, hacer que salieran del cielo dragones gritando. Pero incluso mientras volvيa a escrutar el pergamino, un gran hueco se abriَ en el corazَn de su momentلnea resoluciَn, como la quietud que sigue a las olas en la superficie de un estanque, empequeٌ eciéndole cada vez mلs. Y en la estela de ese hueco, voces procedentes de sus sueٌos le acosaban con miedos medio olvidados, la niebla del arrepentimiento inarticulado... Habيa descubierto al Consulto, pero no sabيa nada de sus planes ni la forma de descubrirles de nuevo. Ni siquiera sabيa cَmo lo habيa descubierto el Emperador. Laْ nica y temblorosa lيnea que unيa el Consulto con el Emperador carecيa de todo significado, con la salvedad de que estaban relacionados de algْn modo. Y si el Consulto se habيa infiltrado en la corte imperial con ese..., ese espيa, debيa dar por hecho que podrيa haberse infiltrado del mismo modo en todas las Grandes Facciones, en todos los Tres Mares, quiz لincluso en el mismo Mandato. Una cara abriéndose como los dedos paralizados de la palma de una mano sin piel. ؟Cuلntos eran? De repente el nombre, el Consulto, que habيa estado tan aislado de los demلs, parecيa unido a ellos con una aterradora intimidad. Achamian advirtiَ que el Consulto no sَlo se habيa infiltrado en las Grandes Facciones, sino que se habيa infiltrado en individuos, hasta el punto de convertirse en ellos. ؟Cَmo se combate a un enemigo como ése sin combatir aquello en lo que se ha convertido? ؟Sin combatir contra todas las Grandes Facciones? Por lo que Achamian sabيa, el Consulto ya gobernaba los Tres Mares y simplemente toleraba el Mandato como un enemigo impotente, un hazmerreيr, para fortificar el baluarte de ignorancia que les protegيa. «؟Cuلnto tiempo hacيa que se estaban riendo? ؟Hasta qué punto habيa llegado su corrupciَn?» ؟Podrيa haber llegado hasta tan lejos como el Shriah? ؟Podيa la Guerra Santa ser su médula, un artefacto del Consulto? Le recorriَ una cascada de implicaciones que le hacيan martillear el corazَn, y su piel quedَ cubierta del sudor frيo del pلnico. Acontecimientos desconectados se entretejيan en una narraciَn mucho mلs oscura que la ignorancia, del mismo modo que las ruinas
despedazadas se podيan ir uniendo mediante la intuiciَn de algْn bastiَn o templo perdido. El rostro ausente de Geshrunni. ؟Le matَ el Consulto? ؟Llevarse esa cara para consumar algْn obsceno rito de sustituciَn, sَlo para ser frustrados cuando los Chapiteles Escarlatas encontraron su cadلver poco después? Y si el Consulto sabيa de Geshrunni, ؟ significaba también eso que conocيan la guerra secreta entre los Chapiteles Escarlatas y los cishaurim? ؟Acaso no explicarيa eso que Maithanet también supiera de la existencia de la guerra? ؟La muerte de Inrau? Si el Shriah de los Mil Templos era un espيa del Consulto... Si la profecيa de Anasurimbor... Mirَ el papiro una vez mلs. ANASURIMBOR KELLHUS Todavيa estaba desconectado, pese a su inquietante proximidad al Consulto. Levantَ la pluma, dispuesto a trazar una lيnea entre los dos nombres, pero dudَ. Dejَ la pluma a un lado. El hombre, Kellhus, que serيa su alumno y amigo, era tan... distinto de los demلs hombres. El regreso de los Anasurimbor era un presagio del Segundo Apocalipsis. La verdad de eso hacيa que a Achamian le dolieran los huesos. Y la Guerra Santa serيa simplemente el primer gran derramamiento de sangre. Con la cabeza dلndole vueltas, Achamian se llevَ una mano aturdida a la cara, entre el cabello. Imلgenes de su vida anterior --ense ٌلndole لlgebra a Proyas, grabando nْmeros en la tierra de un camino del jardيn, leyendo a Ajencis bajo la inquieta luz solar de la maٌana en el pَ rtico de Zin-- recorrieron sus pensamientos, totalmente ingenuos, dolorosamente pلlidos, inocentes y completamente destrozados. «El Segundo Apocalipsis est لaquي. Ya ha empezado...» Y él estaba en el mismيsimo centro de la tempestad. La Guerra Santa. Perturbadas sombras juguetearon y retozaron en los muros de tela de su tienda, y Achamian supo con una certidumbre atroz que estaban sondeando el horizonte, que una inconmensurable trampa se habيa introducido inadvertidamente y estaba fijando su temible curso. «Otro Apocalipsis... Y est لsucediendo.» ،Pero eso era una locura! ،No podيa ser! «Es. Inspira. Ahora espira, lentamente. Estلs a la altura de esto, Akka. ،Debes estar a la altura de esto!»
Tragَ saliva. «Pregْntate: ؟cuلl es la pregunta? ؟Por qué iba a querer el Consulto esta Guerra Santa? ؟Por qué iba a querer destruir a los fanim? ؟Tiene algo que ver con los cishaurim?» Pero tras el alivio que sintiَ al plantearse la pregunta, surgiَ la segunda, una cuestiَn cuyos términos eran demasiado dolorosos para él como para negarlo. Un pensamiento como un cuchillo en invierno. «Mataron a Geshrunni inmediatamente después de que yo me marchara de Carythusal.» Pensَ en el hombre del Agora Kamposea, el que creyَ que le seguي a, el que parecيa haber cambiado de cara. «؟Significa eso que me estلn siguiendo?» ؟Les habيa llevado él a Inrau? Achamian se detuvo, sin resuello bajo la luz difusa, con el pergamino petrificado y balanceلndose en su mano izquierda. También les habيa llevado... Se llevَ dos dedos a la boca y se los frotَ lentamente contra el labio inferior. --Esmi... --susurrَ.
Amarradas juntas, las galeras de recreo se mecيan suavemente en el Meneanor, en el exterior del puerto fortificado de Momemn. Era una tradiciَn con siglos de antigüedad unirlas as يen la festividad de Kussapokari, que marcaba el solsticio de verano. La mayor parte de las galeras eran de las dos castas mلs altas: la kjineta de las Casas de la Congregaciَn y la sacerdotal nahat. Hombres de la Casa Gaunum, de la Casa Daskas, la Casa Ligesseras y muchas otras evaluaban a los dem لs y confeccionaban sus chismorreos dependiendo de las turbias lealtades de poder y enemistad que hubiera entre las Casas. Incluso en el interior, habيa miles de variaciones de rango y reputaciَn. El criterio oficial para esos rangos era claro: mayor o menor cercanيa al Emperador, que se medيa fلcilmente por la jerarquيa de los puestos en los laberيnticos ministerios o, en el extremo opuesto, filiaciَn con la Casa Biaxi, el tradicional enemigo de la Casa Ikurei. Pero las Casas ten يan por s يmismas largas historias, y el rango entre los hombres estaba inextricablemente vinculado a la historia. As يse lo contaban a las concubinas y los niٌos: «A ese hombre, Trimus Charcharius, respétalo, ni ٌo. Sus ancestros fueron un dيa Emperadores», a pesar de que la Casa
Trimus no gozaba del favor del Emperador y habيa sido despreciada por los Biaxi desde tiempos inmemoriales. Si se aٌadيa a eso la riqueza, la sabidurيa y el talento, los cَdigos jnanicos que abarcaban todas sus relaciones se tornaban tan indescifrables para los demلs como apabullantes para ellos, una complicada ciénaga que devoraba rل pidamente a los estْpidos. Pero este maremلgnum de asuntos ocultos y cلlculos instantلneos no les constreٌيa. Era simplemente el modo como se hacيa, tan natural como el ciclo de las constelaciones. Las cosas fluidas de la vida no eran menos necesarias por el hecho de ser fluidas. As يque los juerguistas reيan y hablaban como si lo hicieran despreocupadamente, apoyل ndose en las barandillas pulidas, disfrutando de la perfecciَn del sol deْ ltima hora de la tarde y temblando cuando eran cubiertos por las sombras. Los cuencos se entrechocaban. Se vertيa y se salpicaba vino, haciendo que los dedos pegajosos se tornaran aْn mلs pegajosos. El primer trago era lanzado al mar, una propiciaciَn a Momas, el Dios que servيa de excusa para esas reuniones. Las conversaciones eran una mezcla de humor y gravedad, como un desfile de voces, cada una de ellas tratando de llamar la atenciَn, cada una de ellas atenta a la ocasi َn de impresionar, de informar, de entretener. Las concubinas, vestidas con sus culati de seda, habيan sido dejadas de lado por las لsperas conversaciones de los hombres, como era debido, y se regodeaban con esos temas que les parecيan enormemente divertidos: moda, esposas celosas y esclavos obstinados. Los hombres, sosteniendo cuidadosamente sus mangas ainonias para que fueran iluminadas por el sol, hablaban de cosas serias y contemplaban con un divertido desdén cualquier cosa que no fuera la guerra, los precios y la polيtica. Las escasas transgresiones del jnan que se permitيan eran toleradas, incluso alentadas, dependiendo de quien las cometiera. Parte del jnan consistيa precisamente en saber cuلndo transgredirlo. Los hombres se reيan con fuerza de los ruidos de las inevitables muestras de sorpresa que circulaban entre las mujeres y les llegaban a los oيdos. A su alrededor, las aguas de la bahيa eran azul oscuro y llanas. Como juguetes en la distancia, los barcos de grano galeoth, los inmensos buques mercantes cironji y otros echaban amarras en la desembocadura del rيo Phayus. El cielo posterior a la tormenta parecي a profundo por su claridad. Hacia tierra firme, las colinas poco elevadas que rodeaban Momemn eran marrones, y la ciudad en s يmisma parec يa vieja, como las cenizas de un fuego. A través de la perpetua bruma de humo, se percibيan los grandes monumentos de la ciudad, como
sombras mلs oscuras erigiéndose sobre la mancha grisلcea de las casas de vecinos y los caَticos callejones. Como siempre, la Torre de Ziek avasallaba el nordeste. Y el corazَn de la ciudad, las Grandes Cْ pulas de Xothei, se erguيa sobre el confuso templo-complejo de Cmiral. Los pertenecientes a la facciَn Biaxi con buena vista juraron que en mitad de los templos podيan ver la Polla del Emperador, nombre con el que se habيa acabado conociendo elْ ltimo monumento de Xerius. Sigui َ la controversia. Hubo algunos, los mلs religiosos, que mostraron su desaprobaciَn por esa broma tan subida de tono. Pero se vieron llevados por mلs discusiَn y mلs vino. Fueron obligados a conceder que el obelisco, después de todo, tenيa una «punta» arrugada. Uno de los borrachos que habيa entre ellos incluso sacَ su cuchillo --la primera violaciَn real de la etiqueta-- cuando se le recordَ que habيa besado el obelisco la semana anterior. Era en el exterior de los muros de Momemn donde las cosas habي an cambiado. Los campos circundantes eran polvo gris, pisoteado por incontables pies y moldeado por roderas cocidas al sol. La tierra se hab يa roto bajo el peso de la Guerra Santa. Las arboledas estaban muertas. Las fosas sépticas apestaban. Moscas. La Guerra Santa habيa marchado, y los hombres de las Casas discutيan sobre ello incesantemente, recordaban la humillaciَn del Emperador --no, la humillaciَn del Imperio-- a manos de Proyas y su scylvendio mercenario. ،Un scylvendio! ؟Acaso los demonios les acosar يan también en el campo de la polيtica? Los Grandes Nombres habيan puesto en evidencia al Emperador, y a pesar de que Ikurei Xerius habي a amenazado con no marchar junto a la Guerra Santa, finalmente habي a reconocido su derrota y habيa mandado a Conphas con ellos. El intento de unir la Guerra Santa con los intereses de Nansur habيa sido un movimiento osado, en eso estaban todos de acuerdo, pero mientras el brillante Conphas marchara con ellos, el Emperador seguيa teniendo posibilidades de triunfar. Conphas, un hombre como un Dios, un verdadero hijo de Kyraneas, o incluso de Cenei, una sangre ancestral. ؟ Cَmo no iba a hacerse con la Guerra Santa? --،Piensa en ello --gritaban--. ،El Viejo Imperio restaurado! La mayorيa habيa pasado los pestilentes meses de primavera y verano en sus propiedades en la provincia y habيa visto poco a los Hombres del Colmillo. Algunos se habيan hecho ricos aprovisionando a la Guerra Santa, y todavيa mلs tenيan a sus queridos hijos con Conphas. Habيa pocas razones prلcticas para celebrar la marcha de la Guerra Santa hacia el sur. Pero quiz لsus especulaciones eran mلs
profundas. Cuando las langostas descendieron, se hicieron ricos vaciando sus graneros, pero siguieron quemando ofrendas cuando las hambrunas terminaron. Nada detestaban tanto los Dioses como la arrogancia. El mundo era un cristal pintado: sombras de un antiguo e inimaginable poder se movيan debajo de él. En algْn lugar distante, la Guerra Santa recorrيa los caminos entre antiguas capitales, una gran migraciَn de hombres robustos y brazos refulgentes bajo el sol. Incluso entonces, algunos afirmaban oيr unos débiles cuernos a través de las risotadas y el mar inmَvil, como el repiqueteo de trompetas permanece en los oيdos zumbantes. Otros se detenيan y escuchaban, y aunque no oيan nada, se estremecيan y racionaban sus palabras con cuidado. Si las glorias presenciadas induc يan temor al hombre, las glorias afirmadas pero nunca vistas le infundي an piedad. Y juicio.
GLOSARIO DE PERSONAJES Y FACCIONES: Anasurimbor Kellhus: Monje dunyaino de treinta y tres aٌos. Drusas Achamian: Hechicero del Mandato de cuarenta y siete aٌos. Cnaiur: Bلrbaro scylvendio, caudillo de los utemot. Esmenet: Prostituta sumni de treinta y un aٌos. Serwe: Concubina nymbricania de diecinueve aٌos. Anasurimbor Moenghus: Padre de Kellhus. Skiotha: Padre fallecido de Cnaiur.
Los dunyainos: Secta monلstica secreta cuyos miembros han repudiado la historia y los apetitos animales con la esperanza de encontrar una explicaciَn absoluta a través del control de todos los deseos y circunstancias. Durante dos mil aٌos, han educado a sus miembros para los reflejos motores y la agudeza intelectual. El Consulto: Conciliلbulo de magos y generales que sobrevivieron a la muerte del No Dios en 2155 y han luchado desde entonces para propiciar su retorno en el llamado Segundo Apocalipsis. Muy pocos en los Tres Mares creen que el Consulto siga existiendo.
LAS ESCUELAS: Nombre colectivo dado a las distintas academias de hechiceros. Las primeras Escuelas, tanto en el Antiguo Norte como en los Tres Mares, surgieron en respuesta a la condena del Colmillo a la hechicerيa. Las Escuelas son una de las instituciones mلs antiguas de los Tres Mares, y sobreviven, en gran medida, debido al terror que inspiran y su independencia de los poderes seculares y religiosos de los Tres Mares.
--El Mandato: Escuela gnَstica fundada por Seswatha en 2156 para proseguir la guerra contra el Consulto y para proteger a los Tres Mares del regreso del No Dios, Mog-Pharau. Nautzera: Antiguo miembro del Quorum. Simas: Miembro del Quorum y antiguo profesor de Achamian. Seswatha: Superviviente de las Viejas Guerras y antiguo fundador del Mandato.
--Los Chapiteles Escarlatas: Escuela anagَgica mلs poderosa en los Tres Mares que ha sido la gobernadora de facto del Alto Ainon desde 3818. Eleلzaras: Gran Maestro de los Chapiteles Escarlatas. Iyokus: Maestro de Espيas de Eleلzaras. Geshrunni: Esclavo soldado y momentلneo espيa del Mandato. --El Saik Imperial: Escuela anagَgica vinculada al Emperador de Nansur. Cememketri: Gran Maestro del Saik Imperial.
--La Myunsai: Autoproclamada Escuela Mercenaria, que vende sus
servicios hechiceros en los Tres Mares. Skalateas: Hechicero mercenario.
LAS FACCIONES INRITHI: Sintetizando elementos monoteيstas y politeيstas, el inrithismo, la fe dominante en los Tres Mares, se basa en las revelaciones de Inri Sejenus ) circa ,(2202-2159 el Ultimo Profeta. Los principios centrales del intrithismo versan sobre la inmanencia de Dios en los acontecimientos histَricos, la unidad de las deidades individuales de los Cultos como Aspectos de Dios tal como fue revelada por el عltimo Profeta y la infalibilidad del Colmillo como escritura. --Los Mil Templos: Instituciَn que provee el marco eclesiلstico del inrithismo. A pesar de que tiene su base en Sumna, los Mil Templos es omnipresente en los Tres Mares noroccidentales y orientales. Maithanet: Shriah de los Mil Templos. Paro Inrau: Sacerdote Shriah y antiguo alumno de Achamian.
--Los Caballeros Shriah: Orden monلstica militar bajo la directa direcciَn del Shriah, creada por Ekyannus III ,el Dorado, en 2511 . Incheiri Gotian: Gran Maestro de los Caballeros Shriah. Curtias Sarcellus: Primer Caballero-Comandante de los Caballeros Shriah.
--Los conriyanos: Conriya es una naciَn ketyai de los Tres Mares orientales. Fundada después del colapso del Imperio Ceneiano oriental en 3372, tiene su base alrededor de Aoknyssus, la antigua capital de Shir. Nersei Proyas: Prيncipe de Conriya y antiguo alumno de Achamian. Krijates Xinemus: Amigo de Achamian y Mariscal de Attrempus. Nersei Calmemunis: Lيder de la Guerra Santa Vulgar.
--Los nansur: El Imperio Nansur es una naciَn ketyai de los Tres Mares occidentales y el autoproclamado heredero del Imperio Ceneiano. En la cْspide de su poder, el Imperio de Nansur se extendيa desde Galeoth hasta Nilnamesh, pero se ha visto muy reducido a lo largo de siglos de guerra contra los fanim de Kian. Ikurei Xerius III: Emperador de Nansur. Ikurei Conphas: Exalto-General de Nansur y sobrino del Emperador. Ikurei Istriya: Emperatriz de Nansur y madre del Emperador. Martemus: General y Ayuda de Campo de Conphas. Skeaos: Primer Consejero del Emperador.
--Los galeoth: Galeoth es una naciَn norsirai de los Tres Mares, el llamado Medio-Norte, fundada alrededor de 3683 por los descendientes de los refugiados de las Viejas Guerras. Coithus Saubon: Prيncipe de Galeoth y lيder del contingente de Galeoth. Kussalt: Mozo de Saubon. Coithurn Athjeari: Sobrino de Saubon.
--Los tydonnios: Ce Tydonn es una naciَn norsirai de los Tres Mares orientales. Fue fundada después del colapso de la naciَn ketyai de Cengemis en 3742. Hoga Gothyelk: Conde de Agansanor y lيder del contingente tydonnio.
--Los ainonios: Alto Ainon es la principal naciَn ketyai de los Tres Mares orientales. Fue fundada después del colapso del Imperio Ceneiano en 3372, y ha sido gobernada por los Chapiteles Escarlatas desde el final de la Guerra Escolلstica en 3818. Chepheramunni: Rey-regente del Alto Ainon y lيder del contingente ainonio.
--Los thunyerios: Thunyerus es una naciَn norsirai de los Tres Mares. Fue fundada a través de la federaciَn de las tribus thunyerias alrededor de 3987, y sَlo recientemente se ha convertido al inrithismo. Skaiyelt: Prيncipe de Thunyerus y lيder del contingente thunyerio. Yalgrota: siervo gigante de Skaiyelt.
LAS FACCIONES FANIM: Estrictamente monoteيsta, la fanim es una fe advenediza fundada por las revelaciones del profeta Fane (3669-3742) y restringida a los Tres Mares suroccidentales. Los principios centrales de los fanim tienen que ver con la singularidad y la trascendencia de Dios, la falsedad de los Dioses (que son considerados demonios por los fanim), el repudio de los Hombres del Colmillo como herejes y la prohibiciَn de todas las representaciones de Dios.
--Los kianene: Kian es la mلs poderosa naciَn ketyai de los Tres Mares. Se extiende desde la frontera meridional del Imperio de Nansur hasta Nilnamesh. Fue fundada en la estela de la Jihad Blanca, la guerra santa emprendida por el primer fanim contra el Imperio de Nansur entre 3743 y 3771. Kascamandri: Padirajah de Kian.
Skaras: Sapatishah-Gobernador de Shigek.
--Los cishaurim: Hechiceros-sacerdotes de los fanim, con base en Shimeh. Poco se sabe de la metafيsica de la hechicerيa de los cishaurim, o la Psushke, segْn se refieren a ella los cishaurim, mلs all لdel hecho de que no puede ser percibida por los Escogidos y de que es tan extraordinaria como la hechicerيa anagَgica de las Escuelas. Seokti: Hereje del cishaurismo. Mallahet: Poderoso miembro del cishaurismo.